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 ALMA DE ESTRELLAS

de  Adrián Di Stefano

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de estas obras requiere el permiso del autor, así como abonar los correspondientes derechos al autor a o la entidad de gestión que él indique, a tal fin se inserta en cada texto su dirección electrónica. Para leer las obras y, en su caso, guardar o imprimir, pulsa en el TÍTULO.

 

 

“ALMA DE ESTRELLAS”

 De Adrián Di Stefano

 adriandistefano@gmail.com

 

LA ACCIÓN TRANSCURRE EN EL COMEDOR DE UNA CASA CON SALIDAS DE AMBOS LADOS. EN PRIMER PLANO A LA IZQUIERDA LA ENTRADA A LA MISMA Y POR DERECHA A LA COCINA Y OTRAS DEPENDENCIAS DE LA MISMA. UNA ESCALERA QUE COMUNICA CON LA SALIDA A LAS HABITACIONES POR DERECHA E IZQUIERDA. SILLÓN DE DOS CUERPOS, MESA RATONA, MODULAR, MESA Y SILLAS Y DEMÁS MUEBLES QUE ADORNAN EL AMBIENTE.

EN ESCENA ESTA SENTADO ALBERTO, LEYENDO UN PERIÓDICO. ENTRA JUAN, SU HIJO, QUE CRUZA Y SALE.

JUAN.-    Pa, los accidentes de tránsito constituyen una de las

                 principales causas de muertes en nuestro país. Para los menores de treinta y cinco años, ¿qué lugar ocupa?

ALBERTO.-   ¡La primera!

JUAN.-    (EN OFF) ¿Adivinaste o lo sabías?

ALBERTO.-    Lo imaginé.

JUAN.-    (ENTRANDO) ¿Qué tipo de choque es más peligroso en ruta: lateral, frontal o trasero?

ALBERTO.-    ¡Frontal!

JUAN.-    A noventa kilómetros por hora, ¿cuántos metros necesitas

                 para frenar tu coche con pavimento seco?

ALBERTO.-    Treinta metros!

JUAN.-    No, el doble. Sesenta y cinco metros. La mayoría de los

                 accidentes son: ¿por falla humana, del coche o el camino?

ALBERTO.-    Del camino si no esta bien, del coche si no esta bien y        

                          falla humana si el humano falla. ¿Qué estás haciendo?

JUAN.-    Un test de conducción segura.

ALBERTO.-    ¿Y para qué me preguntas a mí?

JUAN.-    Para ver si opinamos lo mismo.

ALBERTO.-    ¿Y?

JUAN.-    Y qué?

ALBERTO.-   ¿Cómo venimos?

JUAN.-    Salvo tu última respuesta, acertamos y opinamos por igual. A ver ésta: Cuándo se es encandilado por otro vehículo que viene en sentido contrario, ¿qué conviene hacer?

ALBERTO.-    ¡Mandarlo al diablo!

JUAN.-    En serio. Yo contesté: encenderle la luz alta para que se de

                 cuenta qué esta haciendo el otro.

ALBERTO.-    ¿Y está bien?

JUAN.-    ¡No! La respuesta exacta es: disminuir la velocidad y

                 desviarse hacia la derecha.

ALBERTO.-    ¡Y maldecirlo! Ahora te pregunto yo: cuando chocas a

                          cincuenta kilómetros con algo fijo, ¿ a qué es equivalente?

JUAN.-    ¡A caerte de un cuarto piso!

ALBERTO.-    ¿Quién te lo dijo?

JUAN.-    ¡Era una de las preguntas del test!

ALBERTO.-    Bueno, seguí con eso…

JUAN.-    No, la última: cuando conducís, ¿cuántos gramos por litro de

                 alcohol podes tener?

ALBERTO.-    ¡Nada!

JUAN.-    No, algo sí. ¿Pero cómo hacer para calcularlo?

ALBERTO.-    No tomando nada. ¡Quién toma una copa, toma otra; y

                          si tomas no manejas!

JUAN.-    Porqué no ponen un dispositivo que no permita arrancar si

                 tomaste, tipo la pipeta de los controles.

ALBERTO.-    Porque debe ser muy caro.

JUAN.-    ¿Por qué no hacen controles en las puertas de salones de

                 fiestas, restaurant y boliches?

ALBERTO.-    ¡En los boliches los deberían hacer!

JUAN.-    Claro, porque en las fiestas y en los restaurant cenan y

                 festejan con coca y agua mineral.

ALBERTO.-    Una de las pocas veces que te tengo que dar la razón.

                          Pero sabes como puede llegar a repercutir negativamente en esos lugares. ¿Y quién paga esos controles?

JUAN.-    Dale pa, no haciendo controles en donde los chorros a dos

                 cuadras ven que están y agarran por otro lado. ¿A vos no te metieron en cana por robar tu propio coche?

ALBERTO.-    No me hagas acordar. Es el día de hoy en que estoy

                          traumado con eso. Insisto, todo eso es muy caro.

JUAN.-    ¿Y no es más cara una muerte? Y además: si no hay lugares

                  en que podes ir a más de ciento treinta kilómetros porqué los autos y camiones pueden superar esa velocidad. Les ponen un tope y listo.  ¿No es acaso una apología del delito ver que un coche puede levantar hasta doscientos kilómetros por hora? Mira, se me ocurre una idea: conectas el GPS con un sensor en los caminos. Y el mismo conectado con un estabilizador en el motor. Y entonces éste no permite superar la velocidad máxima, parecida a la chicharra que tienen los micros…

ALBERTO.-   Que siempre la desconectan. ¿Tenés una idea cómo

                         bajaría la recaudación por multas por exceso de velocidad?

JUAN.-    Tenés una idea como bajaría la cantidad de accidentes

                 fatales por exceso de velocidad?

ALBERTO.-    ¿Tenés una idea de los intereses que hay en juego?

JUAN.-    ¿Tenés una idea que lo que está en juego interesa más que lo

                 que está en juego?

ALBERTO.-    A ver: empecemos de nuevo. Yo estoy acá sentado

                          tranquilo, leyendo el diario y vos venís con un test. Hace cuarenta años que manejo y el que va a dar un examen de manejo sos vos. Qué te parece si cada uno sigue con lo suyo y dejamos tranquilos a los que deciden las leyes, los controles y las recaudaciones.

JUAN.-    Cómo se nota que nunca sufriste las consecuencias de la

                 imprudencia, el descontrol y la corrupción.

ALBERTO.-    ¡Pará, pará! Respetá a tu padre y no te hagas el

                          moralista que si por casualidad se me ocurre entrar a controlar tu excesiva prudencia no se si no me encuentro con algún descontrol… (ENTRA ANA CON VESTIDO ESCOLAR Y UTILES. SALUDA Y SUBE A SU DORMITORIO).

ANA.-    ¡Hola Jonas! ¡Hola Pa! Vos no usas cinturón de seguridad,

               excedes la velocidad máxima, estacionás en doble fila y te falta la verificación técnica del auto…

ALBERTO.-    ¿Pero qué les pasa hoy conmigo? ¡Nena vení!

ANA.-    (ENTRANDO)  ¿Qué Pa?

ALBERTO.-    Con qué desayunaste? Yo cinturón uso. Mamá no usa.

ANA.-    Hoy tuvimos clase de seguridad vial y de las diez normas que

               dictaron vos infraccionás en cuatro o bueno, en tres.

ALBERTO.-    ¡Vení, vení, vení! Trae la bici.

ANA.-    ¡Uh! ¿Para qué?

JUAN.-    Dale que me la prestás; voy hasta lo de Jorge.

ANA.-    Que papá te preste el auto.

JUAN.-    Pa…

ALBERTO.-    Paren un poco. Decime, mi querida princesa: con la bici

                          no usas casco. Vas de contramano y vas por la vereda.

ANA.-    La bici no es un coche.

ALBERTO.-    Pero está considerado como un vehículo y tenés que

                          respetar lo mismo que un coche. ¿Te queda claro?

ANA.-   ¡Me aburrís pa!    

ALBERTO.-    Claro, ahora resulta que yo soy el aburrido y ustedes

                           son los divertidos.

JUAN.-    Ana, me llevo la bici… (SALE)

ANA.-    No subas a nadie y controlá el aire de las gomas (SALE)

ALBERTO.-    ¡Hijos! ¡Criá hijos! (ENTRA MARCELA, SU ESPOSA.)

MARCELA.-    ¿Estás hablando solo? Me voy a llevar el coche. ¿Tiene

                      

                          nafta? Ayer escuché un ruido adelante, ¿lo controlaste? Me tiraba el volante hacia la derecha…

ALBERTO.-    Eso habrá sido cuando subiste, por el peso de tu cuerpo.

MARCELA.-    ¡Qué gracioso! ¿Te enteraste lo que le pasó a Robi? Qué

                           mala suerte tuvo.

ALBERTO.-    ¿Por qué?

MARCELA.-    Cuando dicen que las cosas se encadenan. Pinchó una

                           goma, no tenía auxilio. Para en un costado para llamar a un remolque y como no tenía el triángulo reflectante, puso su

mochila. Se la robaron. Y encima cuando estaba sentado llamando por el celular, se lo llevó puesto un camión que no pudo frenar del todo y al no tener apoyacabezas casi lo desnuca. Y para peor, como no había renovado el seguro y no hizo la transferencia, nadie le cubre el arreglo.

ALBERTO.-    Qué mala suerte! Ahora digo yo; ¿no podía haber algo bien?

MARCELA.-    Ya salió el hombre perfecto. Vuelvo a la noche. ¡Ah! Y

                           mirá que se quemó la luz baja y de posición del lado acompañante.

ALBERTO.-    Tené cuidado que no te confundan con una moto. Y no

                          sigas acumulando boletas por no usar el cinturón. Si no cumplís por seguridad, cumplí por el bolsillo.

MARCELA.-    La foto de la multa que llegó no decía: no usó el

                           cinturón de seguridad. Decía: ciento dieciséis kilómetros cuando alguien, que con el cinturón de seguridad puesto, estaba manejando.

ALBERTO.-    ¡Claro! Decime ahora que dieciséis kilómetros son

                          motivo de multa.

MARCELA.-    Al Juez le va a parecer que sí.

ALBERTO.-    Pero eso no quita que te pongas el cinturón por tu

                          seguridad.

MARCELA.-    Y si se incendia el coche y me pongo nerviosa y no lo

                           puedo desabrochar?

ALBERTO.-    Es menos probable eso que un choque por un descuido

                          o imprudencia tuya o del otro.

MARCELA.-    También es menos probable que se caiga un avión y no

                           me subís ni de casualidad.

ALBERTO.-    Eso porque no te dejan sacar el brazo por la ventanilla

                          cuando el avión dobla.

MARCELA.-    Tampoco la saco en el coche. Hago lo que no haces vos.

                           Pongo la luz de giro.

ALBERTO.-    ¿Dónde está la perra?

MARCELA.-    ¿Qué? ¿Por?

 ALBERTO.-    Es la única que me hace caso y no me contradice

                          (SALE).

MARCELA.-    ¡Si la sacas a la calle ponele la correa y llevá una bolsita! (VA AL TELÉFONO. MARCA Y HABLA) Hola Carmen, ¿me hiciste lo que te pedí? ¿Cuánto sale? Voy a buscarlo. (SALE. LA

ESCENA QUEDA VACIA. SE ASOMA EL ABUELO HÉCTOR CON UN CASCO DE CORREDOR ANTIGUO; MIRA HACIA AMBOS

LADOS Y CUANDO SE DESCUBRE SOLO SE SIENTA EN EL SILLÓN Y SACA UNA REVISTA “TUERCA”. PASA LAS HOJAS CON GRAN ENTUSIASMO. BAJA ANA DE SU DORMITORIO SIN VER AL ABUELO.

HÉCTOR.-    ¡Quieta!

ANA.-    Abuelo, me asustaste.

HÉCTOR.-   ¿Dónde vas?

ANA.-    A salir, nono.

HÉCTOR.-    Cruzá por la senda peatonal. Y no esperes que los coches

                        te respeten al cruzar. Acá no hay una cultura de respetar el cruce del peatón. Vení que te voy a contar algo.

ANA.-    Abuelo, estoy apurada.

HÉCTOR.-    Es cortito. Cuando cumplí los dieciocho años fui a dar el

                        examen de manejo. Quería salir con el coche para levantarme chicas. Me acompañó mi hermano. Tenía un fiat bolita.

Dí todo el examen perfecto. Entonces el señor que estaba sentado a mi lado examinándome,  me dice: “estacione el auto y venga por el registro”. Te imaginás. Bajé volando, cerré no me acuerdo si con llave, pero como estaba tan enloquecido casi corriendo estuve a punto de salir, cuando el vozarrón de mi hermano me paralizó. “Turco idiota”, porque me decían turco; “no cruces por cualquier lado. Cruzá por la senda peatonal”. Y me salvó. Si no le hubiera hecho caso, me bochaban el examen seguro.

ANA.-    Abuelo, ya me lo contaste muchas veces y no te dijo idiota. Te

               calificó con otro adjetivo.

HÉCTOR.-    ¡Turco me dijo!

ANA.-    Pero idiota no, te dijo…

HÉCTOR.-    Bueno, no importa.

ANA.-    Te llamó… (SE ACERCA AL ODIO Y LE DICE ALGO)

HÉCTOR.-    ¿Eso me dijo? No me acordaba. (ELLA VA A SALIR Y

                        SE DETIENE)

ANA.-    Abuelo, lo que no me contesta es si el que te mandó pintar la

               senda peatonal fue Liniers o Sobremonte… (SALE RIENDO

A TIEMPO QUE EL ABUELO LE REVOLEA UNA PANTUFLA)

ADELAIDA.-    (LA ABUELA, ENTRANDO) Algún día le vas a pegar.

HÉCTOR.-    Apunto para otro lado. Estos chicos ya no respetan nada.

ADELAIDA.-    Son sanos.

HÉCTOR.-    Sanos éramos nosotros. En nuestra época no había

                        droga, ni alcohol ni teclados ni pantallas. Ni teléfonos microbióticos.

ADELAIDA.-    Celulares. Ni Internet ni cable, ya lo sé. Pero no podés

                            estar en contra de todo eso. Y sacate ese casco.

HÉCTOR.-    Ni loco. Tengo que recordar mi primera carrera. Hoy es

                        el aniversario. Pensar que hace… cuántos años! Yo ganaba mi primera carrera.

ADELAIDA.-    Y no habías cumplidos los diecisiete años.

HÉCTOR.-    ¿Quién te dijo? Me anotaron mal y los números estaban

                        borrados.

ADELAIDA.-    ¡Héctor!

HÉCTOR.-    Pero yo era un az al volante y mi padre se emocionó 

                        cuando me vio en el podio.

ADELAIDA.-    Tu padre te quiso matar cuando se enteró y estuviste

                            un mes sin salir.

HÉCTOR.-    Porque tuve paperas.

ADELALIDA.-    ¿Paperas? La cara como una papa del cachetazo que

                              te dio. (ENTRA JUAN)

JUAN.-    ¿Abuelo me ayudás? (ENCIENDE SU COMPUTADORA      

                 PORTATIL Y SE SIENTA ANTE ELLA. CONECTA EL VOLANTE A LA MISMA Y VA A PRACTICAR MANEJO)

HÉCTOR.-    ¿Qué  es eso?

JUAN.-    Tengo que practicar abuelo. Y no me andan los controles de

                 los pedales y la palanca de cambio. Así que como papá no me presta el coche ni mamado porque dice que se rompe, sentate adelante mío y prestame los piés para imitar el embrague, el freno y  el acelerador. Cuando freno corré el pié izquierdo para adentro y cuando

acelero para afuera y dame el brazo izquierdo que lo voy a usar como palanca de cambio.

HÉCTOR.-    Ponete el cinturón de seguridad.

JUAN.-    No tengo. ¿Abu, me traes una corbata de papá?

ADELAIDA.-    ¿Vos querés que nos acuchille? Te traigo una soga y

                            después se la prestas al abuelo que con suerte la usa de corbata y se cuelga del techo (SALE)

HÉCTOR.-    Incentivale vos el sentimiento criminal.

JUAN.-    Abu, te llegás a colgar y con tu peso se viene abajo antes el

                 techo.

HÉCTOR.-    ¡Otro que tal! Esto no es gordura…

JUAN.-    ¿Estas embarazado?

HÉCTOR.-    Esto es falta de gimnasia, exceso por haber hecho

                        aparatos y ahora no poder seguir y sobre todo por haber hecho el esfuerzo de no fumar más. Me la paso comiendo caramelos.

JUAN.-    Caramelos,  salamines, mondiola, pan y postres. Pará con los

                 postres abu! Y aconsejale a mi viejo que haga lo mismo. En cualquier momento revienta y tenemos chinchulines desparramados por todos lados.

HÉCTOR.-    La culpa la tiene tu abuela. Hace unos budines de pan

                        que te vuelve loco.

JUAN.-    Abu, esa panza no es solo por los budines. Menos mal que el

                 casco lo tenés en la cabeza, sino pensaría que te lo mandaste también.

HÉCTOR.-    Tu viejo está gordo, yo no.

ADELAIDA.-    (ENTRANDO) Tomá esta soga y ponétela.

JUAN.-    (HACIENDO LA ACCIÓN DE TODO LO QUE DICE)

                 Entro al coche, me siento y prendo el motor.

HÉCTOR.-    Antes ajustate el cinturón.

JUAN.-    Es lo  mismo mientras no arranque. Bueno, ahora ajusto los

                 espejos (JUEGA CON LOS ANTEOJOS DEL ABUELO)

HÉCTOR.-    No metas los dedos en el cristal.

JUAN.-    Abu, vení que te llevo a dar una vuelta.

ADELAIDA.-    ¡Ah! Te acordaste de tu abuela. ¡Aprendé vos

                            grandulón!

HÉCTOR.-    A la edad de él también te llevaba y te llegaba a decir que

                        invitaras a tu abuela me mordías una oreja.

JUAN.-    Bueno, silencio los dos que me tengo que concentrar y vos

                 abu viajá quieta sin distraerme porque puede ser peligroso. No te apoyes en la puerta ni juegues con el picaporte. No saques ni la cabeza ni los brazos por la ventanilla, aunque deberías viajar atrás por ser una niña.

ADELAIDA.-    ¡Aprendé!

HÉCTOR.-    ¡Dale Juan, arrancá!

JUAN.-    No puedo!

HÉCTOR.-    ¿Por qué? Mi motor ya esta regulando y listo para salir.

JUAN.-   No arranco!

HÉCTOR.-   ¿Qué te volviste una mula?

ADELAIDA.-    ¡Dejalo pensar!

JUAN.-    Hasta que la abuela no se ponga el cinturón no arranco.

ADELAIDA.-    Tiene razón. Qué torpe fui. Ya vengo (SALE)

HÉCTOR.-    Primera lección aprendida. Vas a ser como yo.

JUAN.-    Tampoco es la pavada.

HÉCTOR.-    Me haces acordar cuando yo di el examen por primera 

                       vez. ¿Te lo conté?

 JUAN.-    Creo que veintisiete veces sin contar las que escuche que se lo

                 contaste a mi hermana.

ADELAIDA.-    (ENTRANDO CON UNA CORBATA) Acá estoy. Me

                            pongo esto.

JUAN.-    Una corbata de papá; nos va a incinerar.

ADELAIDA.-    No, es del nono y ya no la usa.

JUAN.-    (HACE LA ACCIÓN DE TODO LO QUE DICE) Aprieto el

                 embrague, pongo primera y arranco…

HÉCTOR.-    ¡Puf, puf, puf!... No sincronizaste bien los pedales y el

                        motor se detuvo.

JUAN.-    Dale abu! Lo hice bien. Voy de nuevo (LO HACE) Y

                 arranco. Pongo segunda, llego a la esquina y pongo la luz de

giro. Dame el otro brazo abu. Pongo tercera, llego a la otra esquina y el semáforo esta en verde. Se pone en amarillo y sigo.

ADELAIDA.-    Nene, pasaste en rojo y era una avenida y te diste

                            cuenta que ese taxi que cruzó casi te lleva puesto.

JUAN.-    Porque venía muy rápido. Abu, si te copias del abuelo no te

                 llevo más. En amarillo tengo derecho a pasar.

ADELAIDA.-   En amarillo sí, pero ya se había puesto en rojo cuando

                           seguiste. Y también es cierto que la imprudencia de engancharse con la onda verde tan al límite es muy peligroso. Pero no te enojes, la próxima vez pará cuando se ponga en amarillo el semáforo. Si te chocaba de mi lado no contaba más el cuento. (AL ABUELO) ¿Y vos de qué te reis?

HÉCTOR.-    Yo no dije nada. Solo que no te vendría nada mal

                        practicar con el arpa en vez del piano.

JUAN.-     Se pueden callar los dos que me desconcentro. Ahí viene el

                  otro semáforo. Ahora cuando se ponga en amarillo freno. (LO HACE. EL ABUELO SE ASOMA PARA VER LA PANTALLA)

HÉCTOR.-    Frenaste encima de la senda peatonal. Ahora la gente

                        cuando quiera cruzar te pisa el capot.

JUAN.-    ¡Ufa! No les viene nada bien (ENTRA ALBERTO).

ALBERTO.-    Qué viejo ridículo! Sacate eso. ¿Qué están haciendo?

                          Dejá a los abuelos tranquilos Juan. Y prestame la compu. Que tengo que ver algo.

JUAN.-    Vos prestame el auto para practicar.

ALBERTO.-    Pedíselo a tu madre que es la que más lo usa y se lo

                          llevó. Mamá, preparame un café con leche…

ADELAIDA.-    Justo ahora que tu hijo me llevó a dar una vuelta.

ALBERTO.-    Dejen de jugar que ya están grandecitos. Héctor tenés

                          que arreglar el cuerito de la canilla del baño. Aprovechá que estas con el casco así no te golpeas la cabeza cuando te agaches a ver el caño del desagüe del agua que esta perdiendo.

HÉCTOR.-    ¿Necesitas alguna otra cosita?

ALBERTO.-    Si; el coche dice mi esposa que tira para un lado.

                          Después fijate si son los amortiguadores; y cambiá las lamparitas que están quemadas o si es que están en corto los fusibles.

HÉCTOR.-   ¿Este se tomó en serio el papel de jefe?

JUAN.-    Abu, no me responden tus pedales.

HÉCTOR.-    Hace rato que a mi nada me responde (SALE).

ADELAIDA.-    Después seguimos con el paseo, nene.

JUAN.-    Esperá que estaciono de tu lado y bajás abu. Dale ahora. (LA 

                ABUELA SALE POR COCINA).

ALBERTO.-    Seguí en tu pieza y en un rato traeme la compu. (SE

                          SIENTA EN EL MISMO SITIO DEL COMIENZO)

JUAN.-    (SALIENDO) Pa, los accidentes de tránsito constituyen una

                 de las primeras causas de … (ALBERTO SE QUEDA INMOVIL. ENTRA UN HOMBRE VESTIDO DE NEGRO)

MENSAJERO.-   (DIRIGIÉNDOSE AL PÚBLICO) Esta era una

                               familia tipo normal. En que los días transcurrían sin muchas situaciones extremas y en donde se respiraba un aire de tranquilidad. Pero un día cualquiera, como este de hoy, inesperado, una llamada telefónica motivó que ya nada fuera igual.

DOCTORA.-    (ENTRANDO POR PLATEA Y DIRIGIÉNDOSE

                          TAMBIÉN AL PÚBLICO. LA INTENCIÓN DEL SIGUIENTE DIÁLOGO IMAGINARIO CON LA PLATEA, SERÁ

LA DE DAR LA SENSACIÓN QUE ES EL MISMO PÚBLICO EL QUE SUGIERE COMO SIGUE LA HISTORIA)  ¿Alguno de ustedes sabe qué ocurrió? La mujer que manejaba el auto dónde está? Dicen que salió despedida del auto por la importancia del impacto… (ENTRA POR EL OTRA LADO DE LA PLATEA UN OFICIAL DE POLICÍA) Oficial, me acaban de corroborar lo sucedido. Este bolso se encontró en el auto. Puede que haya un celular dentro con algún número de referencia. (LE ALCANZA LA CARTERA. EL OFICIAL BUSCA Y ENCUENTRA UN CELULAR Y EN EL MARCA UN NÚMERO PREDETERMINADO. SUENA UN CELULAR EN LA ESCENA. EL MENSAJERO ATIENDE.

OFICIAL.-    ¡Hola!

MENSAJERO.-    ¡Hola!

OFICIAL.-    ¿Hablo con la familia Gutiérrez?

MENSAJERO.-    Si, bueno. Como si lo fuera. ¿Quién habla?

OFICIAL.-    Un oficial de la seccional segunda. Ha ocurrido un

                      accidente y la dueña de este celular esta involucrada. Puede alguien acercarse hasta el lugar del siniestro. Es en la esquina de la Avenida Potosí y Ustiaga.

MENSAJERO.-    Bueno, yo no puedo responderle, pero trataré de

                               ubicar a algún familiar. Si usted puede llamar en un instante pero a un teléfono de línea que ya le paso, puede que ellos directamente lo atiendan. Deme un segundo. (SE FIJA EN EL TELÉFONO Y LE DICE) ¿Puede tomar nota?

OFICIAL.-    Si, ¿cuál es?

MENSAJERO.-    Cuatro tres cuatro dos, seis siete cuatro cuatro. Sólo

                                unos minutos y llame.

OFICIAL.-    ¡Bien, gracias! (SALEN LA DOCTORA Y EL OFICIAL)

MENSAJERO.-    Y esa llamada inesperada, cambió la historia…

                                (SALE. VUELVE LA ACCIÓN A LA CASA Y MIENTRAS ALBERTO LEE EL DIARIO SUENA EL TELÉFONO. ATIENDE)

ALBERTO.-    ¡Hola!... Si, es acá… ¿Cómo?... ¿Pero y ella cómo está?...

                          Deme la dirección…(OSTENCIBLEMENTE NO TOMA NOTA) Sí, sí voy para allá… (TOMA UN SACO QUE TENÍA COLGADO Y SALE. ENTRA LA ABUELA CON UNA BANDEJA)

ADELAIDA.-    ¿Dónde lo vas a tomar el café con leche?... (LO APOYA

                            EN LA MESA) ¡Albert!

HÉCTOR.-    (ENTRANDO SIN EL CASCO) Voy hasta la ferretería a

                        comprar unas cosas.

ADELAIDA.-    ¿No viste a Albert?

HÉCTOR.-    Estaba acá cuando sonó el teléfono. Debe haber salido

                        por algo. Ya vengo (SALE).

ADELAIDA.-    No sé porqué siento algo que no me gusta.

JUAN.-    (ASOMÁNDOSE) ¿Abu, le decís a papá que suba un minuto?

JUAN.-    Este siempre lo mismo. Cuando se lo necesita no está.

ADELAIDA.-    ¿Nene, por qué no te fijas si alguien lo vio salir?

JUAN.-    Nona, no se va a perder. Llamalo al celu. (SALE)

ADELAIDA.-    (MARCA EL NÚMERO Y SUENA EL MISMO

                            CELULAR DE LA ESCENA) Se lo olvidó acá. Nunca se lo olvida.

ANA.-    (ENTRANDO) Abu, parece que hubo un accidente por acá

               nomás; pasaron unas cuantas ambulancias y la gente corriendo. Poné la tele para ver qué es a ver si dicen algo.

ADELAIDA.-    ¿No lo viste a tu padre?

ANA.-    No.Ví al nono que me dijo que iba a la ferretería.

JUAN.-    (ASOMÁNDOSE)  Ani, no sabés si mamá se llevó el celu. La

                  estoy llamando y me atiende un tipo.

ANA.-    Se lo habrán robado o lo habrá perdido.

JUAN.-    Che, pero no se puede encontrar a nadie en esta casa.  

                 (SALE)

ANA.-    Abu, llamala vos a mamá.

ADELAIDA.-    No, mejor llamala vos. (ANA LO HACE. ADELAIDA SE PONE Y SE SACA VARIAS VECES SU ABRIGO)

ANA.-    Me dá con el contestador.

HÉCTOR.-    (ENTRANDO)  ¡De no creer! Hace un mes compré el

                        mismo repuesto que ahora. ¿Saben cuánto aumentó? El cuarenta por ciento! Que después me vengan a decir que no hay inflación.

ANA.-    Nono, viste a la gente corriendo?

HÉCTOR.-    Si, ví también el móvil de Crónica TV. Habrán cortado la

                       avenida como siempre, algunos que protestaban, como si eso fuera una novedad para cubrirla periodísticamente.

ADELAIDA.-    ¿Héctor, por qué no vas a ver?

HÉCTOR.-    Tengo que arreglar el baño. ¿Quién lo aguanta a tu hijo

                        sinó! (SALE)

ANA.-    Qué habrá pasado Abu?

ADELAIDA.-    No lo sé, pero estoy muy intranquila. Tus padres no

                            aparecen y no sé si estoy sintiendo calor o frío.

ANA.-    Ví que varias veces te pusiste y sacaste el sacón.

ADELAIDA.-    No me lo aguanto puesto pero tengo frió cuando me lo

                            saco.

JUAN.-    (ASOMÁNDOSE) ¿Ani, el coche de papá, tiene  matafuegos y

                 botiquín?

ANA.-    Matafuegos si, pero botiquín no lo ví nunca. Cortala con tus

               preguntas. Estas muy pesado con eso.

JUAN.-    Después venime a pedir que te lleve a vos y a tus amigas.

ANA.-    A mis amigas las llevas seguro.

JUAN.-    Pero a vos no te voy a llevar.

ANA.-    Voy igual. O no van mis amigas. Y le cuento a papá qué te

               pasó el otro día.

JUAN.-    Vos le contas y yo le cuento lo que sé de vos.

ADELAIDA.-    Chicos, se olvidan que estoy acá? A ver, vengan los

                              dos! (JUAN BAJA)

ANA.-    Abu, no te des manija que era una broma. Mirá si vamos a

               ocultarle algo sobre todo a mamá.

JUAN.-    Es cierto. Papá esta en el limbo, pero mamá no nos pierde

                 pisada. Y sabe todo antes que pase.

ADELAIDA.-   Pero mamá también es humana y últimamente la estoy

                           notando algo distraída o como preocupada y sin prestar atención a las cosas. Así que vengan que la vieja sabe por vieja, pero más sabe por piola. Uno a cada lado; (SE SIENTAN EN EL SILLÓN) y de paso no pienso en nada hasta que vuelvan los papis. ¿Quién habla primero? (AMBOS CALLAN) A ver, vos Ani, dale que tu hermano por ser caballero te deja hablar.

ANA.-    Nada, nona. Que el otro día él tomó un poco de más.

ADELAIDA.-    ¿Qué tomó?

JUAN.-    ¡Un vaso de cerveza!

ADELAIDA.-   ¿Uno solo o acompañado?

JUAN.-    Estaba solo.

ADELAIDA.-    ¿Me refiero a si el vaso tenía otro vaso de compañía?

JUAN.-    ¡Eh! Sí, creo que hubo dos…

ADELAIDA.-    ¿Cada cuánto tiempo?

ANA.-    Estaba mareado y no se dio cuenta y como estaba con los

               amigos les quiso mostrar como arrancaba el auto de papá. Y en lugar de poner primera puso marcha atrás. Y se llevó puesto un florero.

ADELAIDA.-   ¡La planta preferida de tu padre! Y él creyó que había

                           sido tu madre. Menos mal que después se olvidó de preguntarle. ¿Y sus amigos no le dijeron nada?

ANA.-    Uno solo no quería saber nada. A los otros les pareció

               divertido.  

ADELAIDA.-    Lo que quiere decir que si hubieran ido con él en el

                            coche a bailar, lo hubieran dejado manejar habiendo tomado alcohol porque es divertido!   

JUAN.-   ¿Y si nadie sabe manejar, qué hubieran hecho?

ADELAIDA.-    No bebe el que sabe manejar. ¡Y se embroma si se

                            quiere! O dejan el coche, que es mucho mejor que dejar la vida! ¿Y vos Juancito, qué tenías para decir?

JUAN.-    Que ella también tiene lo suyo. Fue a dar una vuelta con el

                 novio.

ADELAIDA.-    Y eso qué tiene de malo, aunque no sabía que ya tenía

                            novio.

ANA.-    No es mi novio.

JUAN.-    Amigovio y con derecho.

ADELAIDA.-    Pero de qué están hablando. ¿Es tu amigo o tu novio? ¿Y

                            qué estudia: abogacía?    

JUAN.-    No importa nona. El caso es que fue con él en su moto y sin

                 usar casco.

ANA.-    Pero la moto era chica.

JUAN.-    Sí; y tu cabeza grande para golpear primero.                             

ADELAIDA.-    Chicos, a la edad de ustedes no miden el peligro. Están

                            lejos de todo y no se dan cuenta de lo que significa

perder cosas. Nena, me traes un vaso de agua.

ANA.-    ¿Te sentís mal nona?

ADELAIDA.-    No, solo que me acordé que tengo que tomar una

                            pastilla. ¿Juancito, me traés por favor el frasquito que esta en la mesita de luz de mi pieza?

JUAN.-    Si, nona (SALEN AMBOS. ENTRA HÉCTOR).

HÉCTOR.- ¡No te digo! Encima que aumentan cada vez los repuestos

                     son más berretas. Ya vengo (SALE Y VUELVE A

ENTRAR, A TIEMPO QUE ENTRAN LOS CHICOS CON EL VASO DE AGUA Y UN PASTILLERO QUE LE ALCANZAN A LA ABUELA) ¿Qué te pasa? (AL VER A LA ABUELA SENTADA)

ADELAIDA.-    Nada, me bajó un poco la presión.

HÉCTOR.-    Te bajó o te subió. Seguro te pusiste nerviosa por algo.

ADELAIDA.-    Porqué no tratás de ubicar a Albert que dejó el celular

                           acá y Marcela no contesta el suyo.

HÉCTOR.-    Y qué tiene de raro eso. Albert habrá ido acá nomás y

                        Marce estará en una de esas reuniones de mujeres comprando algo que jamás usará.

ANA.-    Dejá nono; me juego que papá esta chusmeando en la otra

               cuadra donde algo tiene que haber pasado. ¡Acompañame! (SALEN LOS CHICOS. QUEDAN LOS ABUELOS EN SILENCIO UN INSTANTE).

HÉCTOR.-    Te conozco. ¿Estas preocupada por algo?

ADELAIDA.-    Tengo un feo presentimiento y me falta un poco el aire.

                            Recién me contaban los chicos cosas qué hacen y se me cruzó por la cabeza la idea tonta de pensar si estamos preparados y en condiciones de soportar lo inesperado. A veces creo que la cuerda de la vida que estiramos creyendo que no va a romperse cada vez se hace más finita y dependemos de un milagro.

HÉCTOR.-    Bueno, tampoco es para tanto. Con esos pensamientos no

                        se puede ni respirar por miedo a que el aire este contaminado. Ni hablemos de salir a la calle o viajar. No se qué te habrán contado estos locos pero me lo imagino.  Ahora me toca a mí recordarte que nosotros también fuimos chicos…

ADELAIDA.-    ¡No, no! Ya sé! Pero yo me refiero a otra cosa. Ellos van

                            a tener tiempo de sufrir. Y de hacerlo con el tiempo lo podrán superar, Pero nosotros, no. Y si llegara a pasar algo con ellos o con Alberto o Marcela, ¿te imaginás?

HÉCTOR.-    ¡No! Mirás mucha televisión. Ya te lo dije. Antes pasaba

                        lo mismo pero no había tantos canales de noticias. Ahora parece que las “estrellas” son las almas que nos dejan. ¡Claro! ¡Qué imbécil! ¿Cómo no me di cuenta? Es un negocio redondo. Van en busca

de las estrellas de turno. Los hacen famosos, aunque sea por un rato. No pagan a nadie, no tienen problemas ni discusiones contractuales o salariales, y se apagan cuando otra estrella las reemplaza. Y no molesta la competencia. Todas buscan el plano más cercano. Mostrar lo que vende y nosotros compramos. No hace falta decir que cuanto más morboso mejor. Quién no tiene un “alma de estrella” dentro. Al que le toque en suerte, aunque no se halla preparado, brillará. Después de todo un poco más o un poco menos es la ley de la vida. Nacemos, crecemos, brillamos o vivimos apagados y nos vamos. Tal como vinimos. Te diste cuenta lo que lograste con tu preocupación. Nos pusimos nostálgicos. Voy a preparar unos regios mates.

ADELAIDA.-    ¿Pero ibas a la ferretería de nuevo?

HÉCTOR.-    ¿Cuánto hace que no estamos solos en toda la casa?

ADELAIDA.-    ¡Andá loco! No me hagas reír que mi mente se enoja.

                            Y llevá esta bandeja para adentro que Albert me lo pidió y se olvidó (LE DA LA BANDEJA)

HÉCTOR.-   Tu cabecita siempre te juega en contra. (SALE. SUENA

                       EL TELÉFONO. NO ATIENDE. LA ABUELA ESTA COMO PARALIZADA. VUELVE A SONAR. ENTRA EL ABUELO. ¿Por qué no atendiste? Fijate que no hierva el agua que yo atiendo. (LA ABUELA SALE) Hola!... No, estoy solo… Sí… Esta bien… Pero… Ya voy…(CUELGA Y HABLA PARA ADENTRO TRATANDO DE DISIMULAR SU ANGUSTIA) Ade, mantené el agua que ya vengo.

ADELAIDA.-    (EN OFF) ¿Dónde vas?

HÉCTOR.-    Me llamó el ferretero que se confundió de repuesto. No

                        salgas que ya vengo. (SALE. LA ESCENA QUEDA VACÍA. ENTRA LA ABUELA TEMEROSA. AL INSTANTE ENTRA CORRIENDO ANA Y SUBE A SU HABITACIÓN AL IGUAL QUE JUAN SIN ATENDER A LA ABUELA)

ADELAIDA.-    Ani… Juancito… ¡Díos mío! ¿Qué pasó? (ENTRA

                           ALBERTO QUE SIN DECIR PALABRA SE SIENTA EN EL MISMO SITIO DEL COMIENZO DE LA OBRA. SE TOMA LA CABEZA CON AMBAS MANOS Y NO RESPONDE AL LLAMADO DE SU MADRE)  ¡Albert… Albert!... (AMBOS SE QUEDAN QUIETOS. ENTRA EL MENSAJERO QUE SE DIRIJE AL PÚBLICO)

MENSAJERO.-    Esta era una familia tipo normal. Este día pudo

                               haber cambiado su historia si hubiera ocurrido lo que todos imaginamos. La delgada línea que separa la ficción de la realidad. Esta pudo seguir siendo una familia tipo normal. Y otro pudo haber sido su destino. Y por fortuna, lo podemos contar. (SE REINICIA LA ACCIÓN,

CON LA ABUELA TRATANDO DE DESPERTAR A SU HIJO QUE

 

REACCIONA EN FORMA VIOLENTA COMO POR HABER TENIDO UNA PESADILLA. EL MENSAJERO QUE LO OBSERVA, SALE)

ADELAIDA .-    ¡Albert… Albert!...

ALBERTO.-    ¡Ay! ¿Dónde está Marcela?...  ¿Vieja, decime que me quedé

                          dormido y todo fue una pesadilla?

ADELAIDA.-    No sé de qué me estas hablando. Hace rato que te estoy

                            llamando y no me contestás. Y si te quedaste dormido lo hiciste con los ojos abiertos.

ALBERTO.-    Pero es que fue todo muy real y si no fue un sueño me

                          agarra un ataque.

Adelaida.-    ¿Pero qué pasó?

ALBERTO.-    ¡Nada! No te asustes. Tráeme el café con leche.

ADELAIDA.-    Se te enfrió!

ALBERTO.-    ¿Cuándo lo trajiste?

ADELAIDA.-    Hace un rato y vos no estabas.

ALBERTO.-   ¡Pero entonces si yo salí, es verdad!

ADELIADA.-   ¿Es verdad qué?

ALBERTO.-    Pero mama; yo tengo la sensación de no haberme

                          movido de acá. Cómo si esta conversación la hubiéramos tenido ya antes..

ADELAIDA.-    Nene, estas trabajando mucho.

ALBERTO.-    Es que si no salí y tampoco fue un sueño; ¿qué fue?

ADELAIDA.-    ¡Una premoción telepática!

ALBERTO.-    ¡Claro!... ¿Qué? ¿Qué dijiste?

ADELAIDA.-    ¡Qué sé yo!

ALBERTO.-    ¡Ay, mamá! ¿No te acordás de lo que dijiste recién?

(ALBERTO SE DIRIJE AL TELÉFONO Y MARCA UN NÚMERO)

ALBERTO.-    ¿Por qué no atiende? ¿Qué maldita costumbre tiene?

ADELAIDA.-    ¿A quién llamás?

ALBERTO.-    A Marcela!

ADELAIDA.-    Porque debe estar manejando.

ALBERTO.-    ¿Pero si ve que llamamos de casa, no puede parar y

                          atender? Ahí me agarró el contestador: “Marce, soy yo. Cuando puedas llamame por favor”. ¿Dónde está el viejo?

ADELAIDA.-    Fue hasta la ferretería.

ALBERTO.-    ¿No habrá ido con el casco puesto?

ADELAIDA.-    ¿Qué casco?

ALBERTO.-    Nada, olvidate. ¿Los chicos dónde están?

ADELAIDA.-    En sus habitaciones. Nene, estas muy nervioso. Tenés

                            que descansar más.

ALBERTO.-    ((LLAMANDO A SUS HIJOS) ¡Any!... Juan!...

ANA.-    (EN OFF) ¿Qué Pa?

JUAN.-    (EN OFF) ¿Qué querés?

ALBERTO.-    ¡Vengan! (ELLOS ENTRAN. DIRIGIÉNDOSE A

                          JUAN) ¿Por qué no me avisaste que rompiste mi maceta?

JUAN.-    ¿Qué?

ALBERTO.-    (DIRIGIÉNDOSE A ANA) Y vos, ¿qué tenés en la

                          cabeza, cuando no tenés un casco? (MIRA A LA ABUELA BUSCANDO COMPLICIDAD. ESTA NO LE RESPONDE)

ANA.-    ¿Con qué te diste, pa?

ALBERTO.-    ¡Cuiden a la abuela al menos que esta mayor!

ADELAIDA.-    ¡Tu abuela!

ANA.-    ¿Ay, pa; para eso me llamaste?

JUAN.-    ¡Date una ducha con agua destinada! (SUENA EL TELÉFONO. ALBERTO CORRE A ATENDER)

ALBERTO.-    ¡Hola!... Es para vos (POR ANA)

ANA.-    ¡Hola! ¿Cómo estás?...

ALBERTO.-    ¡Cortá nena!

ANA.-    (TAPANDO EL AURICULAR) Pa, recién empecé a hablar…

               Hola; no es que hay no sé qué cosa en el aire que esta afectando el ambiente…

ALBERTO.-    Cortá nena, que tiene que llamar tu madre.

ANA.-    (IDEM) ¡Pa, te tomás un té de tilo!... Me llamás al celu que voy

               a mi pieza. (CORTA) Ya vengo…(SALE. SUENA NUEVAMENTE EL TELÉFONO. EL PADRE ATIENDE)

ALBERTO.-    ¡Hola!...Es para vos… (POR EL HIJO)

JUAN.-    ¡Hola!... ¡Ah! Sí… ¿Tenés tiempo? Dale, anotá que te dicto…

ALBERTO.-    ¡Cortá nene!

JUAN.-    (AL PADRE) Pero, llamó él, no pagás la llamada…

ALBERTO.-    Es que tiene que llamar tu madre.

JUAN.-    Me llamás al celu que voy a mi pieza… (CORTA Y SALE.

                 SUENA EL TIMBRE DE LA CASA. ALBERTO ATIENDE EL TELÉFONO)

ALBERTO.-    ¡Hola!...

ADELAIDA.-    Albert, es el timbre de la puerta. (SALE

                           CORRIENDO Y VUELVE A ENTRAR CON EL OFICIAL DE POLICIA)

ALBERTO.-    ¿Qué pasó oficial?

OFICIAL.-    No se asuste. Entre lo que pasó y lo que pudo pasar se

                       alegrará de la diferencia.

ALBERTO.-   ¿Se accidentó mi señora con el coche?

OFICIAL.-    Sí; y ella esta bien antes que nada.

ALBERTO.-    ¿Dónde está?

OFICIAL.-    La esta acompañando una doctora y ya vienen para acá.

ALBERTO.-    ¿Pero qué pasó?

OFICIAL.-    Se encontró de golpe con un coche que venía de

                        contramano escapando a un patrullero. Y tienen que agradecer que la prudencia y la responsabilidad de su mujer la salvó.

ALBERTO.-  ¿La prudencia?

OFICIAL.-   Sí; y le aseguro que el cinturón de seguridad y el andar

                      despacio, la salvó. De no haber sido por eso, el tremendo

impacto que sufrió la hubiera despedido del auto. Y hoy estaríamos lamentando que no hubiera tomado los recaudos del caso.

ALBERTO.-    ¿Y el coche quedo…?

OFICIAL.-    ¡Algo bastante estropeado! Pero le aseguro que su mujer

                        nació de nuevo.

(ENTRAN LA DOCTORA Y MARCELA)

ALBERTO.-    ¡Marce! (SE ABRAZAN)

MARCELA.-    ¡Ay! ¡Despacio!

DOCTORA.-    ¿Usted es el marido?

ALBERTO.-    Si, disculpe.

DOCTORA.-    ¿Puede firmar acá, por favor? Es porque ella quiso

                           venir para acá a toda costa. Aprendan ustedes los hombres. Seguro que usted no usa cinturón de seguridad y se vanagloria de ir más rápido y hablar mientras maneja. Ella por ser prudente se salvó no solo ella sino salvó a su familia. Por respetar la velocidad máxima y usar cinturón de seguridad y no contestar los llamados que vio que le habían hecho, ahí la tiene sana y salva. Según me contaron los que vieron el accidente, ella venía despacio y por eso pudo reaccionar y aminorar el golpe.

MARCELA.-    Viste, que te dije que había que usar el cinturón de

                           seguridad.

ALBERTO.-    ¡Sí claro! Te aseguro que de ahora en adelante, lo voy a

                          usar siempre.

OFICIAL.-    Amigo, habrá que dejarlas a ellas que conduzcan y

                        nosotros a lavar los platos.

DOCTORA.-    No es mala idea Oficial. Esta es su cartera. El celular

                           sonó varias veces después del siniestro pero preferimos no atender hasta que ella saliera de su estado de confusión. Le dejé por escrito lo que tiene que hacer.

OFICIAL.-    Yo atendí un llamado pero me cortaron. En cuanto a        

                        los trámites por el auto y las denuncias del caso, acérquese por la seccional en cuanto pueda.

ALBERTO.-    ¡Muchas gracias a ambos! (SE SALUDAN TODOS).

DOCTORA.-    (A MARCELA) Recuerde la fecha de hoy. Doble

                           cumple años al año, pero a la hora de sumar,

descuéntese los que se agregan. Buenas noches. Me alegro que cuando esta noche se vaya a dormir, lo pueda hacer con su familia.

OFICIAL.-    Buenas noches a todos (SALEN AMBOS).

MARCELA.-    ¡Nona, no manejo más!

ADELAIDA.-    Vení nena sentate.

MARCELA.-    ¿Los chicos? ¿Se enteraron? ¿Dónde está el nono?

ADELAIDA.-    Fue hasta la ferretería.

ALBERTO.-    No puedo creer que me hiciste caso! Si te cuento lo que

                          soñé o que… ¿Cómo era mamá?

MARCELA.-    ¿Cómo era qué?

ADEALIDA.-    Nada, que tuvo una… ¿cómo era nene?

ALBERTO.-    ¡Premoción telepática mamá! (LO DICE SIN DARSE

                          CUENTA)

ADELAIDA.-    ¡Eso!

MARCELA.-    Y encima le tengo que dar la razón. No saben la

                           cantidad de cosas e imágenes que se me cruzaron en un segundo por la cabeza.

JUAN.-    (ASOMÁNDOSE) ¡Hola ma! ¿Trajiste el coche? Papá me dijo

                 que te lo pidiera para practicar… ¿Qué te pasó? ¿Te caíste?

ALBERTO.-    ¡Baja alcornoque!

ANA.-    (ASOMÁNDOSE) ¿Ma, me conseguiste lo que te pedí? Decime

               que no y te estrangulo… ¿Qué te pasó? ¿Papá te hizo caer?

ALBERTO.-    Bajá nena! Mamá tuvo un accidente. (ENTRA

                          HÉCTOR Y LE HABLA A ADELAIDA)

HÉCTOR.-    Hoy no sé qué pasa. Parece que tengo un aura especial.

                       Todas las vecinas me miran  me sonríen. Así da gusto llegar a la madurez. Te quiero ver a vos (POR SU HIJO) si a mi edad tenés el arrastre que tengo yo con mis chicas.

ADELIADA.-    Pará de hablar Sean Conery. No te miran por tu

                            atractivo.

HÉCTOR.-    Vos porque te ponés celosa.

MARCELA.-    Esta vez tiene razón. Aunque también vos nono. Si no

                           estuviera enamorada de tu hijo, me anotaba en la lista de pretendientes.

HÉCTOR.-    ¡Tomá!

ADELAIDA.-    ¡Qué viejo ridículo!

ALBERTO.-    El caso es que tuvo un accidente y por la importante

                          que fue el golpe, es un milagro que estemos acá ahora todos juntos.

JUAN.-    ¿Te diste una piña ma?

MARCELA.-    Fijate la foto que sacaron con mi celular como quedó el

                           coche. Justo para que puedas practicar.

ANA.-    ¡A ver! Ma! ¿Cómo saliste de acá dentro? (SE VAN PASANDO

               EL CELULAR)

JUAN.-    ¿Con qué te diste? ¿Con un acoplado?

ALBERTO.-    ¿A ver?

ADELAIDA.-    A mi ni me lo muestren.

HÉCTOR.-    Si, es tu coche porque el número coincide.

MARCELA.-    Y vos Juancito que vas a dar el examen de manejo, vas

                           con tu padre.

JUAN.-    No que es mufa y me va a gritar y hacerme poner nervioso.

MARCELA.-    Lo será pero me salvó la vida. Tanto insistió con el

                           cinturón de seguridad que me ganó por cansancio. Y si seguís tomando cerveza que sea sin alcohol o ni te gastes en sacar el registro.

ANA.-    (A SU HERMANO) ¿Qué me mirás a mí?

MARCELA.-    Ella es cabeza dura pero no tanto, así que te ponés el

                           casco o te casco!

JUAN.-    (A SU HERMANA) ¿Qué me mirás a mí?

ALBERTO.-    Yo no sé de qué hablan, pero al menos en esto no tengo

                          nada que ver. ¡O sí, claro, la pesadilla o la…!

ADELAIDA.-    ¡Premoción telepática!

MARCELA.-    ¡Sí tenés! Y tu culpa está en no saber de qué estamos

                           hablando. Y la mía, en que sabiéndolo, tuve que llegar a este extremo y sufrirlo en carne propia para prevenirles y aconsejarles.

HÉCTOR.-    ¿Habrá quedado bien del golpe? (A  ADELAIDA)

ADELIADA.-    Callate!

MARCELA.-    ¡Sí, nono! Te aseguro que quedé bien. Dicen que el susto

                           te despierta de una borrachera.  A mí me despertó de algo hasta peor que una borrachera. Vivimos enceguecidos, enloquecidos en una vorágine de sensaciones que no logramos descifrar. Como si en la autopista de la vida devoramos kilómetros y kilómetros sin escuchar ni ver. Y por una calle paralela, llena de cunetas y badenes, que nos obliga a ir despacio, cuando creíamos quedarnos atrás, avanzamos igual sin preocuparnos en llegar. Solo vamos! ¡Pero vemos y escuchamos y así va a dar gusto llegar!

ANA.-    ¡Má, te volviste mística!

JUAN.-    La hermana Marcela, nos llenamos de guita.

ADELAIDA.-    ¡Chicos!

MARCELA.-    Saben; cuando bajé del coche y me iba revisando

                           mentalmente todo el cuerpo, me acordé de esas películas en las que las almas hablan desprendidas de los cuerpos con los que están al lado, y claro, ellos no los ven. Bueno, al principio me asusté porque veía todo doble y borroso y no se si atiné a decir algo, pero nadie me decía nada y me miraban con ojos desorbitados como si estuvieran viendo a un

fantasma. Y tenía ganas de salir corriendo y gritar. Pero no me dejaron. Esa mujer que vino acá, se plantó adelante y como un sargento de caballería me tuvo a rayas. Ahí me di cuenta que estaba viva. Después recuerdo que no podía parar de llorar. Me parece que me lloré todo y por un tiempo, aunque lo necesite, aunque me emocione como ahora, no voy a poder llorar. Así que nada de películas románticas, ni emociones violentas como que te saques un diez (POR SU HIJA) o vos (POR SU HIJO) no prendas durante el día la compu, o vos (POR ALBERTO) que te acuerdes de mi cumple o nuestro aniversario… Pero, porqué me dejaron hablar… ¿qué es esto? (SE TOCA SU MEJILLA) ¡Uh! ¡Había quedado una!

ANA.-    Ma, y no llegaste a ver una luz blanca que dicen que cuando…

JUAN.-    ¡Qué bruta sos! Eso es cuando te estas por ir…

ALBERTO.-    Porqué no suben y siguen con lo suyo.

MARCELA.-    No, dejalos. No perdí en  ningún momento la

                           conciencia.

JUAN.-    Ves, si en lugar de ella, le hubiera pasado a Papá, en una de

                  esas la recuperaba.

ALBERTO.-    ¡Nene!

ANA.-    Ves que el bruto sos vos. Papá será un inconsciente, pero no

               hubiera perdido al menos, lo que no tiene.

ALBERTO.-    ¡No me defiendas más, nena!

JUAN.-    En los exámenes de manejo deberían prever cómo reaccionar

                 en estos casos extremos. Primeros auxilios y todo eso.

ALBERTO.-    Bueno, al fin decís algo coherente.

HÉCTOR.-    ¡En mi época!... ¿Les conté lo que me pasó cuando di el

                        examen de manejo?... (TODOS LO MIRAN EXPECTANTE) Bueno, otro día se los cuento.

MARCELA.-    ¡Vengan chicos! (A ALBERTO) Sacame una foto con

                            ellos. Otra con los nonos detrás. Como cuidándonos las espaldas.

ALBERTO.-    Esperen que me fijo a quien encuentro en la calle para

                          salir yo también.

ADELAIDA.-    Nene, vas a meter a un extraño en casa. Es peligroso.

ALBERTO.-    ¡Sí, mamá! ¡Vos me enseñaste a descubrir y saber en

                          quien se puede confiar! (BAJA A LA PLATEA.

DIRIGIÉNDOSE AL PÚBLICO) ¿Vení, me das una mano? ¿Te animás

a sacarnos una foto? (SUBE ALGUIEN DEL PÚBLICO Y LES SACA UNA FOTO A LOS INTEGRANTES DE LA FAMILIA) ¡Gracias! ¿Estos son conocidos tuyos? (POR EL RESTO DEL PÚBLICO) ¡Tengo una idea! (DIRIGIÉNDOSE A SU FAMILIA) ¡Vengan! Ubíquense entre ellos que yo voy a ver si encuentro al Oficial y la Doctora y les pido que vengan.

 (SALE POR PLATEA. BAJAN LOS DEMÁS A LA PLATEA Y SE UBICAN ENTRE EL PÚBLICO).

HECTOR.-    Al final, sos nomás una Estrella. Mirá el alboroto que

                        armaste.

MARCELA.-    ¡Pero esta no es fugaz!

ANA.-    ¿Vas a estar en la tele, ma?

JUAN.-    ¡Pero no seas atolondrada!

ADELAIDA.-    Nene, ayudame a bajar.

ANA.-   Venga nona, que este es peligroso. (BAJAN TODOS MENOS

              HÉCTOR)

HECTOR.-    ¡Esperen! (SALE Y VUELVE A ENTRAR CON EL

                       CASCO) Lo tengo que lucir.

ADELAIDA.-    Mirá que sos payaso.

HÉCTOR.-    Que si tuviera una nariz postiza, me la pondría. (ENTRA

                        EL PADRE CON EL OFICIAL Y LA DOCTORA)

ALBERTO.-   Los encontré. Estaban asistiendo a los del otro coche

JUAN.-    ¿Los chorros? ¡Mirá lo que hicieron!

OFICIAL.-    Son menores de edad. De haber tenido un hogar y unos

                       padres como ustedes no estarían en este situación.

DOCTORA.-    Qué gusto me da verlos a todos juntos y sonrientes.

MARCELA.-    Usted a mi lado. La voy a recordar. Logró lo que nadie.

                           Hacerme callar y quedar quieta.  

DOCTORA.-    Bueno. En estos casos como en todos los órdenes de la

                           vida, hay que saber tener autoridad. De la que hace bien. Y cuando es bien entendida, ayuda y cómo.

ANA.-    ¿Y quién nos saca la foto?

MENSAJERO.-    (ENTRANDO) ¡Yo! Esa es tarea mía. ¿Están todos?

MARCELA.-    Si, lo estamos!        

MENSAJERO.-    ¡Bueno, ahí va! (SE QUEDA QUIETO PENSATIVO. ANTES DE SACAR LA FOTO LOS MIRA A TODOS POR FUERA DE LA CÁMARA. SE QUEDA EN SILENCIO OBSERVÁNDOLOS)

ALBERTO.-    ¿Le ocurre algo?

ANA.-    ¿Ma, de dónde salió este hombre?

JUAN.-    ¡Callate!

HÉCTOR.-    ¿No tapo a nadie con el casco?

ADELAIDA.-    ¡Sacate eso!

MARCELA.-   ¡Déjelo nona!

ALBERTO.-    Tiene que apretar el botón de la izquierda arriba.

MENSAJERO.-    ¡Sí, si! ¡Solo que me pareció que faltaba alguien! ¡Voy! (SACA LA FOTO Y SE PRODUCE EL APAGÓN FINAL).

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

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