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ANTONIA, LA MADRE DE ANTONIO

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

ANTONIA, LA MADRE DE ANTONIO

 

(Sainete)

 

De: Raimundo Francés

e-mail: bea45azul@yahoo.com

 

Sainete en dos actos

 

ANTONIA , la madre de Antonio, es una señora de noventa y ocho años que no solo se mantiene con una salud envidiable, sino que además disfruta de la vida llevándolo todo al lado jocoso, pues nada le gusta más que las bromas y encontrar una razón para reírse.  Se trata de un caso real llevado a la comedia.  Los personajes de PAULA  y ANTONIA , pueden ser interpretados por la misma actriz, caracterizada convenientemente.  Otro personaje es el de ROBERTO, un amigo de Antonio, el hijo de la feliz centenaria, que hace una visita a la casa donde se encontrará con la abuela en la segunda parte de la historia. También participa MARIBEL, la hija de Antonia, quien junto con su hermano y Paula, se reparten la responsabilidad de cuidar y acompañar a la abuela durante largas temporadas.

 

El escenario no debe tener nada de especial. El clásico salón donde se desarrolla todo el diálogo. En cuanto al vestuario, tampoco tiene por qué apartarse del habitual, aunque Paula, al encontrarse en casa puede llevar puesto unas prendas cómodas y algún delantal que sugiera sus labores en la cocina.  

 

Suena el llamador de la puerta y abre Paula, que se encuentra sola en la casa, preparando lo necesario para celebrar el cumpleaños de la abuela. Roberto, ha sido invitado a tomar café con sus amigos Paula y Antonio, coincidiendo con el cumpleaños de la abuela, a quien no ve desde hace mucho. Mientras que Roberto habla, Paula simula que arregla la mesa colocando los detalles de la mesa.

 

 

                                                          

 

PRIMER ACTO

 

Duración aproximada: 35 minutos.

 

 

ROBERTO - ¡Buenas tardes! ¿Se puede?

 

PAULA - ¡Hola, Roberto! ¡Pasa, hombre!

 

ROBERTO - ¿Llego tarde?

 

PAULA - ¿Tarde? ¡Qué va!  Si, todavía no he preparado el café.

 

ROBERTO – Pues, estaba ya preocupado porque vosotros sabéis que soy muy formal, y sobre todo cuando me invitan a un cumpleaños.

 

PAULA - ¿Quieres sentarte?

 

ROBERTO - (Se sienta) ¡Bueno! Por cierto, ¿cómo está la abuela?

 

PAULA - ¿La abuela? ¿Mi suegra? ¿Cómo quieres que esté? ¡Fenomenal! ¡Como siempre!

 

ROBERTO - ¡Claro! ¡Cómo iba a estar! Es que yo, tengo unas preguntitas. Por cierto, ¿dónde está la abuela?

 

PAULA - ¿Antonia? ¡Ah!  Pues... ha salido. Pero no tardará.

 

ROBERTO - ¡Ah, sí?  Y, ¿ha salido sola?

 

PAULA – No. Va con ella su hija, mi cuñada Maribel, porque quieren cargar el móvil. Y mientras, Antonio, ha ido a comprar una tarta.

 

ROBERTO - ¡Ah, claro! La tarta del cumpleaños.

 

PAULA - ¡No! La tarta del cumpleaños, ya se la ha comido.

 

ROBERTO - ¿Qué se la ha comido? ¿Quién? ¡Bueno! Si es que puede saberse.

 

PAULA - ¿Quién va a ser? ¡Pues, ella! ¡La abuela!

 

ROBERTO - ¿La abuela? ¿Quieres decir, Antonia? ¿La madre de Antonio?  ¡Pero si Antonio me dijo que su madre cumpliría hoy noventa y ocho años!

 

PAULA – Y te ha dicho bien. Pero, ¿tú qué crees, que a mi suegra, a sus noventa y ocho años, no le gustan las tartas?

 

ROBERTO - ¡Hombre! Yo no digo que... ¡Bueno! Es que... Entonces, ¿la abuela se ha comido la tarta de su noventa y ocho cumpleaños?

 

PAULA – Pues, sí. ¡Se la ha comido enterita!

 

ROBERTO – Pero... ¿sola?

 

PAULA – No. Sola no. Con un paquete de galletas.   

 

ROBERTO - ¡Dios del cielo!  ¿Y si le da algo?

 

PAULA - ¿Algo? ¿Algo de qué?

 

ROBERTO - ¡Hombre! Pues... a una persona de esa edad, le puede dar algo... ¿no?

 

PAULA - ¿A quién? ¿A mi suegra? ¿A Antonia? A mi suegra lo único que le da, que yo sepa, es hambre. ¡Hambre, a todas horas!

 

ROBERTO - ¡Coño!   Oye, Paula: Y tu suegra, con noventa y ocho años, ¿no tiene goteras?

 

PAULA - ¿Goteras? ¿Mi suegra?  Antonia tiene menos goteras que el Palacio de la Zarzuela.

 

ROBERTO – Entonces... Antonia, ¿nunca ha tenido alguna enfermedad?

 

PAULA - ¿Quién? ¿Mi suegra? Yo, desde que la conozco, ¡vamos! Desde que yo era novia de Antonio, no la he visto enferma ni una sola vez. ¡Si las farmacias tuvieran que vivir de mi suegra, estarían todas de liquidación, por cierre!

 

ROBERTO - ¿Ni la han operado nunca de nada?  Porque, a su edad, es raro, ¿verdad?

 

PAULA - ¡Bueno! ¡Eso, sí!  El año pasado, la operaron de una peritonitis, que se le presentó, así,  de pronto.

 

ROBERTO - ¡Ah, si? No lo sabía. Antonio no me había comentado nada de eso. Y, ¿qué?

 

PAULA – Y, qué... ¿de qué?

 

ROBERTO - ¡Hombre! Una operación quirúrgica no es cualquier cosa. ¿Cómo se comportó? ¿No sintió miedo?

 

PAULA - ¿Miedo? ¿Miedo de qué?  ¡Mira! No te lo vas a creer. Cuando la ingresaron y después de contarle dos chismes a los enfermeros, lo primero que preguntó fue: ‘’¿Aquí cuando se come?” Y Antonio, su hijo, le dijo: ‘’Mamá, ¿cómo puedes pensar en comer cuando te van a operar de peritonitis?

 

ROBERTO – ¿Y ella qué le dijo?

 

PAULA – Pues, como siempre: “¡Hijo,  y qué coño tiene que ver la ‘’pitonitis” esa de los cojones, con la patatitis? (haciendo gestos del acto de comer) Porque yo supongo, que a mí no me van a operar sin comer ¿no? Que estoy con un desayuno desde esta mañana a las ocho y ya son las seis de la tarde. ¡Eso no se hace! ¡Y menos con una persona mayor, como yo, a quien se le debe un respeto!  Te puedes imaginar a los mozos y a las enfermeras, riéndose a carcajadas. 

 

ROBERTO – Seguro que Antonio estaba más nervioso que ella.

 

PAULA - ¿Antonio? Bueno, yo no te quiero contar cómo estaba Antonio. Tenía un “cabreo” como para saltar por las paredes.  Primero, estaba disgustado porque los médicos no se aclaraban con lo que tenía su madre, y no paraban de hacerle pruebas y análisis. Luego, tuvo que firmar más papeles que cuando pidió la hipoteca.  Me acuerdo, que ya de cachondeo, porque donde tú lo ves, el hijo, hay veces que me recuerda a la madre, va y le pregunta a los mozos auxiliares: ¿No me van a traer ustedes también el papelito para que se lo firme?  Y los mozos, le preguntaron: ¿Papelito? ¿Qué papelito?  Y él, les dijo: ¿Cuál va a ser? La autorización esa de los cojones. Es que todos los cirujanos que van a intervenir a mi madre, incluso los anestesistas y los sanitarios me han obligado a firmarles a cada uno una autorización, porque dicen que mi madre, ya, con la edad que tiene, lo más probable es que se les quede en las manos y después no quieren reclamaciones.

 

ROBERTO - ¡Hombre! Yo lo comprendo.  Porque, me imagino que a su edad, ya...

Tú me entiendes, lo más natural es que se hubieran presentado complicaciones...

 

PAULA - ¿Complicaciones? Que yo sepa no. La ingresaron, la operaron, la bajaron a planta, y cuando se le pasó la anestesia, al cabo de un par de horas, se comió un par de huevo con patatas y dos plátanos, y se durmió como una marmota.

 

ROBERTO - ¡No me digas! ¿Así, sin más?

 

PAULA - ¡Bueno! Si mal no recuerdo, a las tres de la mañana, se despertó y pidió a la enfermera un tazón de leche calentita y un chusco de pan para migarlo. Y dijo que iba a poner una reclamación porque le dijeron que no tenían manteca colorá. Es que ella dice que la manteca colorá es una cosa típica de Andalucía y debe estar en todas partes, incluso en los hospitales.

 

ROBERTO - ¡Joder! ¡Eso es increíble!  Oye, Paula, ¿y se recuperó pronto?

 

PAULA - ¡Claro! A los tres días, le dieron el alta, sobre todo para que no se comiera todos los víveres del hospital. Y al día siguiente, la llevó Antonio a la estación de RENFE para que cogiera el TALGO.

 

ROBERTO - ¿El TALGO? ¿Para ir... adonde?

 

PAULA - ¿A dónde iba a ser? A Madrid. A pasar unos días con su hija Maribel y con su nieto, aprovechando que éste celebraba también su treinta cumpleaños. Y de paso,

para  que la llevaran a Segovia.

 

ROBERTO - ¡Ah! Que ella no conocía Segovia.

 

PAULA – No. No era por eso, que ella había estado ya en Segovia. Es que decía que hacía tiempo que no se comía un cochinillo.   

 

ROBERTO – ¿Y, llegó a comerse el cochinillo?

 

PAULA - ¡Buenoooo! ¡Y le supo a poco! Cuando el propietario del restaurante de Segovia se enteró de la edad de mi suegra y la vio rebañando el plato, llamó a la prensa local y se hizo tres fotos con ella porque decía que las iba a poner en un folleto de propaganda. Y ¡Claro! No le cobró la factura y encima la invitó a café con pasteles. 

 

ROBERTO - ¡Joder, joder! ¿Y, tu suegra, sigue con ese humor de siempre?

 

PAULA - ¡Mi suegra? ¡Bueno! Ese y más. Tú ya la conoces muy bien. Cuando no está de bromas, está de cachondeo. Esa, no sabe vivir de otra manera.

 

ROBERTO – La verdad es que así es como la recuerdo yo.  Ya cuando yo era tan solo un muchachito, que solía ir a reunirme con Antonio, que tú sabes que siempre fue mi gran amigo, en vez de contestarme a las buenas tardes, se echaba a reír. ¡Hombre! A mí, aquello, me chocaba un poco porque parecía que se estaba cachondeando de mí, pero luego me fui acostumbrando a su carácter.  Pero siempre fue muy cariñosa y amable conmigo, y no me dejaba salir de su casa sin merendar chocolate con galletas. Y recuerdo que hacía un chocolate para chupar hasta la taza.

 

PAULA – Pues, a sus noventa y ocho años, sigue igual. Se lleva todo el día riendo. Mismamente, hace un rato le dije: Antonia, ¿no le hará daño esa tarta que se acaba de comer? Y, te puedes suponer lo que contestó. “¡A mí lo que me hace daño es mirarla y no comérmela!” – Y luego, salió riéndose a carcajadas.

 

ROBERTO – Pues... ¡vaya apetito! Y yo que pensé que una mujer de esos años, solo tomaba una sopita y un yogur.

 

PAULA - ¿Quién? ¿Mi suegra? ¿Antonia? Esa dice que la sopita y los yogur son para los ‘’ancianitos” del asilo de San José.

 

ROBERTO – O sea, que tu suegra, la madre de Antonio, come de todo.

 

PAULA - ¿De todo? Y, ¡porque no hay más! Esa mujer no se come a los niños porque no la dejan, pero no será porque no le gustan. De hecho, cada vez que se encuentra con una conocida que lleva un bebé, siempre le dice lo mismo: ¡Hija, qué niño tienes! ¡Está para comérselo!  

 

ROBERTO - ¡Vaya con Antonia! Si yo tuviera conmigo a una suegra así, sería mi ruina.

 

PAULA - ¡Hombre! Y ¿por qué te crees que nos la tenemos que repartir mi cuñada y yo tres meses cada una? Cada vez que nos toca a nosotros,  se nos pone la cuenta en rojo.

 

ROBERTO – Entonces... así, como está la cosa, Antonia puede durar... (Haciendo gestos de sacudidas con la mano)

 

PAULA - ¿Quién? ¿Mi suegra? ¡Más que un martillo metido en manteca! Antonia tiene cuerda para rato. ¡Qué más quisiera yo que estar como ella! ¡Fíjate! La semana pasada me hicieron una analítica, y me han sacado de todo. Colesterol, baja en hierro, alto de azúcar... ¡Vamos! ¡De todo!  No tenía ya bastante con la artrosis, sino que ahora, más medicamentos. Por eso, estoy yendo a la piscina municipal.

 

ROBERTO – Sí. La verdad es que ir a la piscina no es mala idea. Mi mujer dice que allí se lo pasa muy bien. Aunque lo del baño es lo de menos. Mi mujer, ni siquiera sabe nadar. Lo que le sienta bien es el pedazo de desayuno con churros y el rato de cotilleo con las compañeras de la piscina.

 

PAULA - ¡Oye, Roberto! No me negarás que en la vida, todo es importante. ¡Que ya tenemos bastante con esta lucha diaria, y encima, soportando a las suegras!

 

ROBERTO – Eso es cierto. Y sobre todo, cuando se trata de una suegra con noventa y ocho años y que come más que un camionero de Santander. Y, hablando de comida. Yo no me explico como tu suegra no tiene nada de esas cosas que te han salido a ti, que eres cuarenta años más joven.

 

PAULA - ¿Quién? ¿Antonia? Yo tampoco me lo explico.  ¡Vamos!  Es que no tiene ni siquiera un poquito de colesterol. Y eso, que come “pringá”, chorizo, lomito de cerdo, chicharrones... ¿Cómo te lo explicas?

 

ROBERTO - ¡Coño! Esa mujer es increíble. Oyes, Paula, y tu suegra, ¿duerme la siesta?

 

PAULA - ¿Qué si duerme la siesta? ¡Todos los días! Ella siempre me decía que tenía por costumbre dormir la siesta desde el día en que nació. ¡Vamos! Incluso el día en que se casó, creo que la estaban vistiendo de novia y cuando llegó la hora de comer, echó a todo el mundo, se sentó a comer con el vestido blanco y después de comer, se acostó.

 

ROBERTO - ¿Con el vestido de novia puesto?

 

PAULA - ¡Pues, claro! Y cuando se levantó de su siesta, se comió un bocadillo de jamón y se metió en el coche para que en el camino a la iglesia la acabaran de maquillar. Dicen que cuando mi suegra entró en la iglesia mayor agarrada del brazo de su padre, iba eructando como un pirata y sacudiéndose las miajas de pan del vestido.

 

ROBERTO - ¿Y no sintió vergüenza?

 

PAULA - ¿Vergüenza? ¡Qué va! Si dicen que iba muerta de risa.

 

ROBERTO –  ¡Vaya con la abuela! Y, aquí en tu casa, ¿también duerme la siesta? 

 

PAULA - ¿Qué si la duerme? Esa, termina de almorzar, que por cierto, es la primera que termina, y antes de que te des cuenta ya ha desaparecido.

 

ROBERTO - ¡Ah! Pero... ¿duerme la siesta en su cama?

 

PAULA - ¡Pues, claro! ¡No habrás pensado que la iba a dormir en un sillón! No, hombre, no. Ella duerme la siesta como don Camilo. Es decir, con su camisón, su gorrito, su mantita, y su orinal debajo de la cama.

 

ROBERTO –  (Riéndose) Y... ¿ronca? 

 

PAULA - ¡Como una becerra harta de leche!

 

ROBERTO - ¡Joder! Y, por la noche, ¿coge bien el sueño?

 

PAULA - ¿Por la noche? ¡Mira! Cuando se acuesta, se pone su cobertor a la altura del pecho, junta las manos y empieza a rezar un avemaría, como si fuera una niña pequeñita, y cuando va por ‘’llena eres de gracia’’ ya está roncando.

 

ROBERTO - ¿Cómo una becerra?

 

PAULA – No. Como cinco becerras.

 

ROBERTO – Y, ¿a qué hora se levanta?

 

PAULA – A las siete.

 

ROBERTO - ¿Tan pronto? Y, ¿qué hace a esa hora?

 

PAULA - ¿Qué va a hacer? Se toma dos cafés, pone la lavadora, saca a la perrita, y cuando vuelve, pone la televisión.

 

ROBERTO - ¡Ah! ¿También está interesada en las noticias?

 

PAULA - ¡No, hombre! ¡Qué va! A ella lo que le gustan son los dibujos animados y los anuncios. Porque con ellos, se ríe a carcajadas. Lo de reírse con los dibujitos, lo entiendo, porque me río hasta yo. Pero lo de los anuncios, no sé qué gracia le habrá encontrado a los anuncios publicitarios.  Aunque algunos, reconozco que son para reírse, como ese en el que te dicen que si  llamas hoy y pides un préstamo de seis millones solo dando tu número de carné y el de la cuenta,  mañana a las diez,  tienes el dinero ingresado,  así por las buenas. 

 

ROBERTO – Oye, ¿Y hace un buen desayuno tu suegra?

 

PAULA - ¿Antonia? ¡Mira! Como el que se hace en un hotel de cinco estrellas. Primero, su queso y tres lonchas de jamón. Luego, los cereales con un tazón de leche, después, sus dos croissant y sus tostadas con mantequilla y mermelada de ciruela, y para terminar, un tazón de café como el casco de un bombero, lleno hasta arriba con cinco cucharadas de azúcar.  

 

ROBERTO - ¡Increíble! Estoy alucinando. Me pregunto qué deberíamos hacer los demás humanos para llegar a esa edad en ese estado tan excepcional.

 

PAULA – Pues, yo no me lo pregunto. Yo lo sé.

 

ROBERTO - ¿De veras? Pues dime el secreto, porque eso a mí me interesa.

 

PAULA – Pues, mi suegra, está así, como está, porque se lo toma todo a cachondeo. Estoy convencida.

 

ROBERTO - ¿Tú crees?

 

PAULA - ¿Qué si creo? Es que no se le puede atribuir a otra causa. Cuando entre por esa puerta, dile por ejemplo, que está un poco pachucho porque ayer te sacaron la muela del juicio. Seguro que te contesta con esa voz de ratona jamonera: ‘’No te quejes tanto cojones, que esta mañana cuando te levantaste, te pondrías muy contentito cuando viste los cincuenta euros que te dejaría el ratón Pérez debajo de la almohada. ¿A que sí?  Además, en estos tiempos que corren, por una muela de juicio, el ratoncito ese, te  tiene que dejar por lo menos cien euros. Y a ver si te compras una corbata nueva con ese dinerito, que esa que llevas puesta se parece a la que llevaba mi abuelo en el entierro de mi bisabuelo”  Y todo eso, riéndose a carcajadas, como siempre.

 

ROBERTO – O sea, que con tu suegra, no se puede hablar en serio.

 

PAULA – No. La verdad, es que, no mucho.  Y que no se te ocurra hablarle de su edad, porque no solo te suelta una grosería sino que te lo dice riéndose.

 

ROBERTO - ¿Ni siquiera se la puede felicitar por su cumpleaños?

 

PAULA – Ni eso.  El otro día, mi vecina Pepi, creyendo que le hacía un cumplido, le hizo la estúpida pregunta de siempre: ‘’Y usted, Antonia, ¿cuántos cumple este año, noventa y siete o noventa y ocho?

 

ROBERTO – Y, ¿qué le contestó ella?

 

PAULA – Pues, te lo puedes imaginar. Sin mediar un segundo le replicó: “ Mira, no te contesto como te mereces porque todavía me queda educación, pero te iba a decir que hoy cumplo  ¡Los mismos que tengo en el ... hoyo dieciocho!”  Y rompió a carcajadas.  Así que, lo mejor es seguirle la corriente.

 

ROBERTO – Pues, por lo que veo, Antonia es todo un personaje.

 

PAULA – No lo sabes tú muy bien. Es un personaje de mucho cuidado. Yo le digo a Antonio que por qué no se la ofrece a Almodóvar, a ver si hace una película con ella. Y así, de camino, se nos pone al día la cuenta corriente.

 

ROBERTO – Bueno, Paula. La verdad es que no sé si quedarme o marcharme. Porque, a lo mejor, estoy molestando, en una acto tan familiar como éste.

 

PAULA - ¡No, hombre! ¿A dónde vas, ahora? Tú te quedas, que ahora viene Antonio con la otra tarta, y tú vas a ser el primero que la va a probar. Tú, tranquilo.  ¡Anda! Echa un vistazo a las noticias de la tele mientras yo voy a la cocina y termino de preparar el café. Ya, esta gente, no debe tardar mucho.

 

 SE CORRE EL TELÓN

 

 

SEGUNDO ACTO

 

Duración aprox. 25 min.

 

 

Aparecen ya los restantes personajes, Antonia, su hijo Antonio y Maribel. Éstos últimos muestran cara de cansancio de tantas vueltas, el primero buscando una tarta a una hora un poco tardía y la última, harta de buscar un establecimientos donde cargar el móvil de una firma determinada.

 

ANTONIO - ¡Hombre, Roberto! Pensaba que no ibas a venir.

 

ROBERTO – Tú sabes que yo solo tengo una palabra. Y yo digo como los marines norteamericanos: Para faltar a una cita solo hay dos excusas válidas: O has pasado con tu mujer una noche de pasión agotadora, o estás muerto. Y como la primera es bastante improbable, pues no hay excusa que valga.

 

ANTONIA - ¡Hola, muchacho! Yo te conozco a ti de algo ¿verdad?

 

ROBERTO - ¡Claro, Antonia! ¿No recuerda que nos vimos no hace mucho? Además, yo soy el amigo de su hijo, el que siempre salía con él.

 

ANTONIA - ¡Hijo! Y si tú eras tan amigo de mi hijo, ¿por qué no te casaste con mi hija? A mí me hubiese gustado. Y no, que se casó con el canijo ese de los cojones, que se la da un soplido y sale volando por el extractor de la cocina.

 

MARIBEL - ¡No le hagas caso, Roberto! Mi madre ya debe de estar chocheando. A su edad, ya se le nota un poco de demencia senil, como es natural.

 

ROBERTO – Pues, verá, Antonia. No es que su hija no me gustase. La verdad es que aunque yo iba a su casa desde muy joven a reunirme con su hijo porque teníamos las mismas aficiones, no crea que ese era el único motivo. También me gustaba ver a su hija, porque aquí Maribel, también tiene un encanto especial, con ese carácter, esa sonrisa, pero...

 

ANTONIA - ¡Bueno, picha! ¿No está de moda ahora separarse? Pues, ya sabes. Se separan ustedes y tú te casas con mi hija, que tengo ganas de ir a una buena boda, pero de esas donde ponen langostinos y jamón serrano, y no las porquería esas que ponen hoy. ¡Ni eso es comer, ni eso es nada!  

 

ROBERTO – Veo que usted sigue con ese buen humor de siempre. Eso es bueno para la salud. Quizás por eso se conserva usted tan bien.

 

ANTONIA - ¿Verdad que sí? Dime, dime. Tú a mí, ¿cómo me ves? ¿Verdad que estoy igual?  La gente se cree que con los años una se tiene que hacer una vieja a la fuerza. Y, ¿por qué, coño?  ¡Si yo no voy ni a la consulta del médico!  Si la última vez que fui al ambulatorio a solicitar la tarjeta nueva me encontré con don Jesús, el ‘’pediata” ese que veía a mis niños, y cuando vi el color que tenía, le tuve que decir: ¡Oiga! don Jesús, usted tiene muy mala cara, ¿eh? Usted, ¿por qué no duerme más? Y, ¿por qué no se toma un buen puchero por la noche?

 

MARIBEL - ¡Venga, mamá! No le cuentes ahora a Roberto toda esa historia.

 

ROBERTO – Déjala, Maribel. Eso que cuenta es muy interesante.

 

ANTONIA - ¿Verdad que sí, hijo? Y además, le dije: Y, no fume tanto que eso lo va a matar. Y usted no tiene bien el hígado. Eso es de no reírse. Es que ustedes, los médicos de ver tanta gente malita y todo el día trabajando para ganar mucho dinerito ya se han olvidado hasta del cachondeo. Se debería tomar una hierbita que hay, muy buena y muy baratita.  El pobre  hombre me dio las gracias, me dio dos besos, y se fue muy contento.

 

ROBERTO – Pues, creo que usted le dio un buen consejo a su médico.

 

ANTONIA - ¡Claro! Y por Navidades, don Jesús llamó para felicitarnos por las pascuas y dijo que estaba haciendo lo que yo le dije, que ya hasta cuenta sus chistecitos,  y que está mucho mejor, y que ya tiene mejor color.   

 

MARIBEL - ¡Bueno, sí, mamá! Anda, deja ya de contar tantos rollos que se va a creer Roberto que tú eres una curandera.

 

ROBERTO – No. Déjala. Si yo creo que ella lleva razón. La verdad es que si todos nos tomásemos la vida como ella, con ese optimismo y esas ganas de vivir, no tendríamos esta cara de candado que llevamos siempre encima. Solo pensamos en comprar un piso más lujoso, en cambiar de coche por capricho, en tener mucha ropa, muchos tiestos, en el colesterol, en tragarnos toda la porquería que nos ponen en la tele. ¡Qué asco de vida! Así no podemos llegar a viejos, como ella.

 

ANTONIA – ¡Oye! Tú a mí no me estarás llamando vieja. ¿Verdad, picha? Porque yo a ti, no te he insultado.    

 

ROBERTO – No, Antonia, perdone. No he querido decir eso. Lo que decía es que si fuésemos como usted, viviríamos mejor.

 

ANTONIA - ¡Hombre! Eso, no hace falta que lo digas.

 

ROBERTO – Oye, Antonio. Estoy pensando que si tu madre fuese al programa ese de la tele...

 

ANTONIO - ¿Quién? ¿Mi madre? Mamá, mira lo que dice Roberto. ¿Que, por qué no vas al programa de la tele a buscarte un novio?

 

ANTONIA - ¿Quién? ¿Yo? ¿A buscarme un novio? ¿Yo? ¡Por favor! ¡Estaría yo loca! ¡Aguantar yo a un viejo de esos! ¡Esa gente nada más que quiere lo que tú sabes! Mucha cama, mucha ‘’bisagra’’ de esa que se compran en Gibraltar para ponerse a tono y después no dejarme dormir por las noches.        

Sin embargo, le pides a un viejo de esos que te lleve a dar un paseo en el barco ese del lago, ¿cómo se llama? ¿No era el ‘’Misirisipi”? Y te dice: “No, hija, a mí me dejas tú de barcos, que me mareo”. Y a la hora de comer, hay que verlos. “ ¡No, no!  De eso no puedo comer yo, y de eso tampoco”. ¡Qué pena de vejestorios!

 

MARIBEL - ¡Bueno, mamá, ya está bien! ¡Venga! Vamos a preparar el café y la tarta, porque si seguimos así, vamos a tener que tomar la tarta con la cena.

 

ANTONIA - ¡Eso mismo digo yo! Y a ver si me dejáis una buena porción que esta es de las que a mí me gustan. Oyes, niña, a propósito, ¿Hoy que estamos celebrando aquí? ¿Es tu santo o qué?

 

ANTONIO - ¡No te digo, que esta mujer está ya chocheando!  ¿Pero, es que no te acuerdas, mamá, de que hoy es tu cumpleaños?

 

ANTONIA – ¿Mi cumpleaños? ¿Qué estás diciendo tú de cumpleaños? Pero, ¿tú me has visto a mí alguna vez cumpliendo años? Déjame de años, que yo no me llevo bien con ellos. Esa tarta nos la vamos a comer porque estamos aquí otra vez, todos reunidos y con las mismas ganas de cachondeo. ¡Como debe ser! Déjate de cumpleaños ni tonterías de esas, que yo no me acuerdo ni del año en que nací, ni tengo por qué acordarme. ¡Vamos! ¡Por Dios!  

 

ROBERTO – Entonces, Antonia ¿Usted no se acuerda del año de su nacimiento? Debió de ser más o menos cuando se estaba construyendo el Titanic, ¿no?

 

ANTONIA - ¡Ay, hijo! Yo no me acuerdo del “Tiritanic” ese. Pero, si viviera mi marido, él si te lo podría decir, porque era oficial de la Marina, y de barcos  sabía mucho. ¿Verdad, hijo?

 

ROBERTO – Entonces, ¿usted no recuerda cosas de su niñez? Supongo que recordará algunas travesuras, por lo menos.

 

ANTONIA – Sí, hombre. Yo, de mi niñez recuerdo, que era muy jovencita. Y, también recuerdo que mi madre me peinaba con una colita de caballo.

 

ROBERTO – Y, ¿no recuerda usted a qué jugaba cuando era niña?

 

ANTONIA – Al fútbol. A mí me encantaba chutar. Y me hartaba de reír metiéndoles goles a mis hermanos. Pero, decían que eso era cosa de niños, y mi madre me gritaba desde la ventana: ‘’Antonia, deja ya esa pelota, que eso es de machotes, y de tanto correr vienes después muerta de hambre y tu padre no gana  para tanto”. Así, que no pude ser futbolista. Y, hoy, ya las niñas sí pueden jugar al fútbol. Yo tenía que haber nacido en esta época. ¡Qué lástima!   

 

ANTONIO – Mamá, déjate ya de decir chorradas y siéntate ya, que te van a salir varices.

 

ANTONIA - ¿Varices? ¡Varices me van a salir en el estómago como tardéis mucho en poner esa tarta en la mesa!

 

ROBERTO – Antonia, ¿Y las excursiones? ¿Le gustan las excursiones?

 

ANTONIA - ¿A mí? ¡Que si me gustan! Yo voy con las del IMSERSO dos veces todos los años. Además, si yo no voy, la gente de mi barrio se borra de la lista.

 

ROBERTO - ¡No me diga! ¿Cómo es eso?

 

ANTONIA – Porque yo la formo en todas partes, incluso en los hoteles.

 

ROBERTO – Antonio, ¿es cierto eso?

 

ANTONIO – Sí, hombre. Es que tú no conoces a mi madre. Lo que pasa es que en las excursiones, cuando van en el autocar, mi madre empieza a contar chistes y la gente se monda. Y no es que todos los chistes que cuenta, que son bastante antiguos, sean buenos. Lo que pasa es que mi madre tiene una risa contagiosa, y la gente se cae al suelo. Primero lanza un ‘’ji’’ muy largo de esos, y luego varios ‘ji’’ así, muy cortitos. Y luego, al contrario. Ya tú sabes. Como si fuera un canario en celo.  

 

ROBERTO - ¡Coño! ¡Menos mal que yo vivo aquí y tu madre en otra provincia, porque si coincidiéramos en una excursión, yo lo iba a pasar muy mal.

 

ANTONIA - ¡Picha! Que la risa no es mala. ¡Ni mata a nadie! ¡Al revés! ¡Poco buena que es!

 

ROBERTO – Sí, pero es que yo estoy ya tocado de la próstata y si me río mucho, pues usted ya sabe...

 

ANTONIA – Que te puedes mear en los pantalones. ¡Coño! Pues, te llevas un dodoti, que los hay muy baratitos en el supermercado. Yo los llevo siempre, y, ¿a que no se nota nada? ¡Mira, mira!

 

MARIBEL - ¡Bueno! Ya está bien de cachondeito. Ahora, a la mesa todo el mundo que ya está el café y la tarta repartida en porciones.

 

ANTONIA - ¡Niña! Ese trocito tan pequeño no será para mí ¿verdad? Os es que ya tú no quieres a tu madre.  

 

MARIBEL - ¡No, mamá, no! El tuyo es ese, el más grande. A ver si coges un día un empacho y te llevas tres o cuatro días sin salir con una buena colitis. A ver si así, se te quitan las ganas de comer tanto dulce.

 

ANTONIA -  ¡Calla, niña! En lugar de buscarme tanto las cosquillas, a ver si tú comes un poco más que a ese paso un día vas a entrar en tu casa sin llave, por debajo de la puerta, como el ratón Pérez.

 

ROBERTO – Entonces, Antonia, usted en las excursiones forma la marimorena con sus chistes.

 

ANTONIA - ¡Bueno! Pero eso es en el autocar. Después, en el hotel, como dice la gente, también  doy el numerito.

 

ROBERTO - ¡No me diga!

 

ANTONIO – Sí, hombre. Por las tardes, tú sabes que hay orquesta y baile en el hotel. Y mi madre se pone a bailar cha cha cha y te puedes hacer una idea de la que se forma. 

 

ROBERTO – Pues sí. Me hago una idea. Debe de ser todo un espectáculo.

 

ANTONIO – No te lo puedes imaginar. A mí me han contado que un día, hasta los músicos de la orquesta soltaban el instrumento y se ponían a bailar con ella. ¡Y el ritmo que tiene es de película! La gente le hace corro, y muchos se parten de risa de ver la marcha que tiene y lo que aguanta.

 

ROBERTO – ¿Y, cómo puede aguantar tanto? A su edad...

 

ANTONIA - ¡Otra vez con la edad! ¡Mira, muchacho, como hables otra vez de mi edad, te echo de esta casa! Aquí te permito que hables de lo que quieras, pero a la edad, déjala tranquila como a los muertos. Cada uno tiene su edad y cada uno que la gaste como quiera.  Y, hablando de baile. ¿A ti como se te da el rock-and- roll y esas cosas?

 

ROBERTO – ¿A mí? ¡Yo no bailo ni la conga!

 

ANTONIA – Pero, eso ¿cómo es posible? Entonces, si tú no sabes bailar, tú no puedes ir a ninguna parte. ¡Qué lastima me das! Oye, ¿tú quieres que yo te enseñe? Cuando terminemos esta tarta, podemos poner el radio “caserette” ese de mi hijo y yo te doy una clasecita. Verás lo bien que lo vamos a pasar.

 

MARIBEL – Pero, ¡mamá! ¿Cómo se te ocurre enseñar a bailar a este hombre, aquí, en casa de tu hijo, y hoy, precisamente?

 

ANTONIA – Y ¿qué pasa niña? ¿Es algo malo?  ¿Se ha muerto alguien? ¿Es que hay algún velatorio aquí al lado? Yo, de verdad, que a esta gente joven no la comprendo. En vez de bailar, de reírse un rato y de pasárselo bien, solo piensan en los problemas, en ver los muertos del telediario, que son un montón todos los días, y en las tonterías de siempre.

 

ROBERTO - ¿Sabes, Maribel? Creo que tu madre lleva razón. Estamos siempre ocupados en problemas tontos que convertimos en tragedias, en crearnos ansiedad y necesidades que no tienen sentido y en soñar despiertos con un golpe de suerte para tener lujos y poder presumir ante los amigos. Y así, no llegamos a ancianos. La manera de llegar a mayores y en ese estado de entusiasmo de tu madre, es hacer lo que ella hace. Reírse, bailar, comer de todo sin miedo, disfrutar de la vida dentro de nuestras posibilidades, disfrutar con los buenos amigos,  y huir de todos esos rollos absurdos que tanto nos agobian.

 

ANTONIA - ¿Verdad que sí, chiquillo? Entonces, ¿Qué? ¿Te animas? Yo te voy a enseñar cómo se baila un cha cha cha.  ¡Niña! Ve preparando el “radio-caserette” que después de la tarta nos vamos a dar un bailecito. Vais a ver lo que es ritmo del caribe del bueno. ¡Niña! Tú ya sabes la música que a mí me gusta. La del venezolano ese que lleva una gorrita de guerrillero. ¡Alfonso Guerra! ¿No era?

 

MARIBEL - ¡Anda, ya, mamá!  Ese es Juan Luis Guerra.

 

ANTONIA - ¡Ese, ese! El otro día soñé que se me estaba declarando por fuera de la ventana. Y cuando estábamos en lo mejor, me desperté.¡Jiiiii, ji, ji!

 

ANTONIO - ¡Roberto! ¿De verdad que estás dispuesto a bailar con mi madre?

 

ROBERTO - ¡Pues, claro! ¡Joder! No querrás que me pierda esta oportunidad de pasar un buen rato ¿no? Ya verás. Entre la risa y el bailecito, seguro que se me quitan los dolores de los huesos, me baja el colesterol y hasta el  PSA.

 

ANTONIA - ¡Di que sí, muchacho!  Oye, Robertito, eso que has dicho de  “peerse ya” , no será una palabrota de esas nuevas, ¿verdad, hijo?  

 

ROBERTO – No, Antonia, ¡Ja, ja, ja!  No es nada de eso. Es algo que tiene que ver con el mal de próstata. ¡Ja, ja, ja!  ¡Ja, ja, ja!  

 

                             (A esto, todos rompen a reírse a carcajadas, mientras que se va corriendo el telón)

 

ANTONIA - ¡Ah, ya! Entonces, esta tarde tenemos tarta, luego un bailoteo del bueno, (Simulando unos pasitos de baile y moviendo las caderas)  y ya cuando se canse Roberto y se le ponga la lengua de corbata, nos sentamos y contamos unos cuantos chistes nuevos que escuché el otro día en el Súper. ¡Qué bien nos lo vamos a pasar!

 

 

       SE CORRE EL TELÓN

 

  

FIN

 

 Antonia Carrillo, a tan solo tres meses de cumplir el siglo, y con una sonrisa en la boca, falleció en la ciudad de Málaga el 19 de septiembre de 2007 a causa de una parada cardiaca en  un simple proceso gripal. Fue trasladada y enterrada en San Fernando, Cádiz, su ciudad natal. Las palabras de su hija Maribel, en el sepelio, mientras introducían el ataúd en el nicho, y con lágrimas en los ojos, fueron: ¡Qué pena de mi madre! ¡Qué aburrida va a estar ahí metida, la pobre!

 

e-mail: bea45azul@yahoo.com

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