Para ir al BUSCADOR, pulsa en la imagen

 

NOTICIAS TEATRALES
Elaboradas por Salvador Enríquez
(Optimizado para monitor con resolución 1024 X 768 píxeles)

PORTADA

MADRID

EN BREVE

PRÓXIMAMENTE

LA TABLILLA

HERRAMIENTAS

EN PRIMERA LA SEGUNDA DE MADRID ENSEÑANZA LA CHÁCENA

AUTORES Y OBRAS

LA TERCERA DE MADRID

ÚLTIMA HORA DESDE LA PLATEA
DE BOLOS CONVOCATORIAS LIBROS Y REVISTAS NOS ESCRIBEN LOS LECTORES
MI CAMERINO   ¡A ESCENA! ARCHIVO DOCUMENTAL   TEXTOS TEATRALES
  ENTREVISTAS LAS AMÉRICAS  

 

BAJUNILLAS DE LA SIERRA

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

‘’BAJUNILLAS DE LA SIERRA”
 
Original de: Raimundo Francés
bea45azul@yahoo.com

 

Sainete para tres personajes.

 Agustina, que acude a la boda de su sobrina y se encuentra en la estación de cercanías de Madrid, con un matrimonio de la capital, que va en la misma dirección. Él, es Mariano, un señor funcionario, intelectual y titulado, aunque de vida modesta que vive ya de su pensión. Su esposa, Pastora, algo aburrida y decepcionada con su vida, y con su marido, porque aspiraba a vivir con más comodidades y no ha sido así, de manera que simula siempre tener más categoría de la que tiene.

 

El escenario, bien sencillo. Un cartel que diga ‘’ESTACION DE RENFE’’ o bien ‘’RENFE-SALA DE ESPERA” y un banco simple de madera en donde ya aparecen sentados Pastora y su marido, cada uno en un extremo del banco. Ella con el brazo derecho en el posa-brazos, apoyándose la cabeza con la mano y su abanico en la otra mano. De vez en cuando, se da un tortazo en la cara o en el hombro, tratando de ahuyentar a los fastidiosos mosquitos. Ella muestra un gesto de aburrimiento total.

 

Él, con sombrero, bastón, gafas y corbata, leyendo un periódico, aunque en realidad se está quedando dormido, pero lo disimula.

 

Es un día de verano. Hace calor. En el suelo, junto a Mariano, una maleta de viajes de mediano tamaño.

 

Aparece Agustina, mujer pueblerina de una aldea de la campiña aragonesa. Muy simpática ella, con su acento de maña, y generosa con todo el mundo. Viste ropa vulgar y calcetines oscuros y largos hasta la rodilla. Lleva zapatos planos. En su muñeca derecha luce unas baratijas y de su cuello penden un bolso negro barato y un paraguas grande y antiguo. Sus manos las tiene ocupadas con varias bolsas de plástico y una caja de cartón amarrada con cuerdas.

 

Cuando se acerca a la pareja para sentarse y descansar, tiene expresión de cansancio. El calor y los bultos, andando durante un rato, la han hecho sudar mucho.  Aprovechando el hueco libre en medio del banco, desde atrás mismo no vacila en colocar todos los bártulos al golpe,  sin pensárselo. Luego, se dirige al matrimonio.

 

                                           Para evitar un excesivo entrecomillado, el autor se permite simular las palabras con el acento que suele distinguir a los de la región aragonesa.

 

Agustina -  ¿Permiso?

 

                  (Pastora, gira la cabeza atrás y la mira como la que ve a una palurda, y casi sin hacerle caso, le contesta)

 

Pastora -     ¿Para qué, señora? ¿Para sentarse usted, o para que nos vayamos nosotros? Porque con todos estos bultos que usted ha puesto aquí, no me va a quedar espacio ni para sacar el brazo para rascarme.

 

A - ¡Ay, maja! ¡No es para tanto, eh! Que en mi pueblo, los señores hombres les dan el asiento a las señoras mujeres, como yo. Y aquí, estoy viendo un hombre… o algo que se le parece , ¿no?

 

                 (A esto, Mariano, sin mirar a la pobre Agustina, abre la boca y sentencia)

 

M - ¡Señora! ¡Eso, será en su pueblo! Pero, aquí, en la ciudad, el que llega primero es el que toma su asiento. Que eso de la galantería es un derecho que las mujeres  han preferido perder, a cambio de otros… más masculinos, por cierto.

 

A - ¡Bueno, hombre! ¡Que no es para ponerse así!  Que, verá usted como tó tiene arreglo. Mire, yo quito de aquí la bolsa de la comida para  ponérmela en mi regazo, y en este “huequecico” me ‘’asiento’’ yo, ¡y ya está!

 

                  (Hace lo que dice y se pone muy seria y quieta, algo estrujada entre tanto paquete, con las manos apoyadas sobre la bolsa de la comida)

 

  

¡Ay que ver qué calor hace, eh! Yo creía que esto del calor era cosa de mi pueblo. Pero ¡anda! Que lo que hace aquí es de soltar chorros ¡hasta por las orejas! ¿verdad, usted?

 

¿Cómo se le habrá ocurrido a mi sobrinita casarse con este calor, la jodía? Ya lo tenía que haber dejao para el Otoño.

                                               

                    (Pastora, aunque pretende pasar por finolis, se siente fastidiada ante la aparición de Agustina, como si de un pesado moscardón se tratara, y pierde un poco los modales)

 

P – Porque le picará mucho en el … ¡moño!

 

 A - ¡Eso digo yo!  Yo, na más pensar que se me eche un señor hombre encima con este calor…. ¡Ay, Dios mío, qué bochorno! ¿Me deja usted el abanico un momentico?

 

                    (Pastora, se sorprende de la cara dura, pero por amabilidad, se lo da, aunque con gesto de mala gana)

 

A -  ¡Uf! ¡Ya esto es otra cosa! ¿Verdad usted?  

        Oiga, y su marido de usted, ¿siempre está así, con el periódico? ¡Es que no dice ná el muy jodío!

 

M – (Sin inmutarse) ¡En boca cerrada no entran moscas!

 

A - ¡Y que lo diga! Si estuviera usted en mi pueblo, allí si que las hay, y grandes. Moscas como becerros. Pero a tó se acostumbra una. ¡Qué se le va a hacer! ¿Verdad, usted?

 

P -  … Supongo.

 

                   (A esto, Agustina le devuelve el abanico a Pastora y empieza a hurgar en la bolsa de la comida)

 

  

A - ¡Oiga, maja! ¿Tiene usted hora?

 

P – Pregunte usted a mi marido.

 

A - ¡Oiga! ¡Usted, buen mozo! ¿Me puede decir la hora que es?

 

                    (Mariano, sin inmutarse ni un pelo)

                                                

M – Deben de ser… como las tres.

 

A - ¡Oiga! ¿Pero, no tiene usted reloj?  Por lo menos, lo que yo le veo en su muñeca es un reloj, ¿o no?

 

M – Sí, pero ahora no puedo mirar el reloj.

 

A - ¡Ah! ¿No? ¿Tiene usted ‘’torticulitis’’ de esas?

 

P – Tortícolis, señora, tortícolis.

 

M – Pero, ¿no ve usted señora, que tengo la mano ocupada sosteniendo al periódico? Si la giro para ver la hora, tengo que soltar el periódico y se me caen las hojas. Y luego, ¿quién las recoge? ¿Usted?

 

A - ¡Bueno, hombre! ¡No se ponga usted así, jodío! Que solo quería saber si era ya hora de comer algo. ¿No tienen ustedes apetito? Porque yo no he comío na desde que salí del pueblo a las siete de la mañana ¿eh? ¡Que ya son horas!  Bueno, entonces, ustedes no comen ¿o qué?

 

P - Pues… ¡no!

 

A – Pues yo sí, que de aquí a que lleguemos a Bajunillas, ¡quién sabe! Y como venga el tren con retraso, y sin comer, y con este calor,  entonces, nos podemos caer desmayaos  aquí mismo.

 

                      (Mientras va sacando las viandas y las va colocando en su regazo)

 

¡Cuidado con el nombrecito del pueblo “onde” se va a casar mi sobrina! ’’Bajunillas de la sierra”. ¡Qué jodío, el que le puso ese nombrecico! A lo mejor es que allí todas las mozas son ‘’bajillas”.

 

M -  (Sin girar la cabeza) ¡No! Bajillas, no. ¡Bajunillas!, como usted.

                                                       

A - ¡Oiga, majo! Que una pué medir metro y medio, pero de cuerpo ¿qué me dice? ¿Está una bien formá o qué?  ¿Es que no se ha fijao usted todavía?

 

             (Hace amago de levantarse para mostrar su figura de pie, pero Pastora la detiene sujetándola del brazo)

 

P – No. Si no hace falta. Ya salta a la vista. Pero ¿no ve usted que mi marido está muy ocupado leyendo las noticias?

 

A – Bueno, perdone. No quería faltarla, ¿eh? Que una es ‘’bajilla’’ pero mu honrá.

 

       ¡Bien! A ver qué tenemos aquí… Esto es jamón de cuatro jotas, que está pa cantarle cinco jotas. Esto, salchichón de Salamanca… estos son los filetes de lomo… Tenemos huevos, también… ¡Coño!  ¡Si llevo aquí víveres para un regimiento!   (Hablando a sí misma)  ¿No te habrás pasao Agustina?

 

                       (Ahora, mirando a la pareja)

 

¿De verdad que ustedes no quieren comer na? ¡Que aquí, hay pa tós!

 

P -  No… gracias.

 

                      (Mariano, gira un poco la cabeza y mira de reojo a todo aquel material de primera que se le ponía por delante, sin esperarlo)

 

M  - Pensándolo bien, todo eso huele… ¡coño!, ¡cómo huele!

 

                      (Pastora, para evitar que su marido caiga en la tentación, le grita)

                                                 

P - ¡Mariano! No olvides que esta mañana nos pusieron un desayuno excelente en el hotel. ¡No puedes tener apetito… tan pronto!

 

M – No, ya. Si yo lo decía, porque por el olor se distingue cuando unos embutidos son de aquí o de allá. Tú sabes que para mí, todo es cultura, hasta el olor de un buen chorizo.

 

                 (Mientras, Agustina, como puede, moviendo las envolturas de las chacinas y las fiambreras, sonríe feliz sabiendo lo sabroso del bocado que está dispuesta a meterse en el cuerpo)

 

                 (Mariano, parece que va cambiando de actitud)

 

M – Oiga, ¿dijo usted que se dirige a Bajunillas de la sierra?

 

                  (Agustina, dando el primer mordisco a su enorme bocadillo)

 

A - ¡Sí, jeñó!  Y, ¿por qué lo pregunta?

 

M – Es que nosotros también nos apeamos allí.

 

A - ¿Ah, sí? ¡No me diga! ¡Qué casualidad! Oiga, pues lo mismo ustedes podrían… ¿De verdad que no quiere comerse un bocadillo de jamón o de chorizo? Mire, que tengo de sobras ¿eh? ¡Ande, hombre!

 

M – Bueno, la verdad es que siendo de Guijuelo, lo podría probar… vamos… por no despreciárselo, más que nada.

 

A - ¡Ande, hombre! Que no me tiene que despreciar nada. Lo que tiene que hacer es comérselo que está ¡pa chupar hasta el pellejo! Tenga, aguante ahí, que le preparo enseguida un bocadillo que le va a saber a gloria.                                               

 

P - ¡Mariano, por favor!

                                           

                   (Con cara de pena y de ruego)

 

M -  Mujer… ¡que es de Guijuelo!

 

A - ¡Señora, déjelo, mujer! ¡Que tós sabemos lo que es necesidad! Además, su señor marido no tiene mu buen color, y este choricico le va a sentar que ni pintao.

 

P – Pues, ¡ya hablaremos luego, tú y yo, Mariano!

 

                         (Mariano toma el bocata que le ha preparado Agustina y lo muerde con ahínco. A esto, se le cae el periódico al suelo por haberlo soltado)

 

A - ¡Eh, oiga! Que se le ha caído el periódico. Deje que se lo cojo yo.

 

       (Hace amago de apartar sus paquetes para poder agacharse y recoger el periódico)

 

M - ¡Déjelo! No se moleste. Si, me lo encontré en una papelera. Además, es de la semana pasada ¿sabe? Es que, claro, uno es un hombre intelectual, y por costumbre, tengo que leer algo, aunque sea las esquelas, y también suelo buscar la bolsa ¿sabe usted?

 

A - ¿La bolsa? ¿Qué bolsa? ¿Quiere usted una bolsa? Yo tengo muchas ¡Será por bolsas!

 

M – No, si me refiero a la bolsa bursátil ¿sabe?  Las inversiones, las acciones…

 

A - ¡Ah, ya! Pues, yo de eso no entiendo ni papa. Yo, de la única bolsa que entiendo es de la bolsa de la compra. ¡Hay que ver lo caro que se está poniendo tó, ¿verdad, usted?                                                       

 

Mire, este queso me ha costado mil durotes, este salchichón, más de cien durotes, este jamón…

                                               

P – Señora, no hace falta que nos diga los precios. Nosotros sabemos de eso. Conocemos los precios de todos los mejores productos de los mejores supermercados. Es que estamos acostumbrados a consumir de todo lo mejor. ¿Verdad, Mariano?

 

M -  Mmmmmm… ¡Perfectamente!

 

A – Pues, como les decía, yo podría invitarles a ustedes a la boda de mi sobrina. Total, por dos más, en una boda de estas de hoy, de docenas y docenas de personas ¿Quién lo iba a notar?

 

P – No, muchas gracias.

 

M – Además, no podríamos ir, porque seguramente, la boda de su sobrina será, como siempre, por la tarde, y nosotros, por la tarde tenemos que ir a otra boda, y no podemos estar en dos bodas a la vez ¿Comprende?

 

A - ¡Qué pena! ¡Bueno! ¡Qué le vamos a hacer!

 

                       (A esto, se mete la mano en un bolsillo de su falda y hurgando, saca unas servilletas o pañuelos  de papel, que suele llevar para sonarse)

 

¡Tenga! ¡Tenga, hombre! ¡Que se le está cayendo la pringue de la boca y se va a poner perdío!

                 

                       (Mariano toma una servilleta y al tirar de ella observa que pegado iba un papelito que a esto, se cae al suelo)

 

M - ¡Oh, perdone! Se le caído un papelito.                                                   

 

A – No se moleste. Ya lo cojo yo. No sé que puñetas será esto. ¡Ah, sí! Parece un billete de la primitiva esa. Ahora me recuerdo que lo                                              

compré la semana pasada y con el jaleo de la boda y eso, lo había extraviado… ¡y mira donde estaba! Ya no me acordaba donde lo había dejado. Bueno, es mejor tirarlo.

 

M – Oiga ¿Por qué lo va a tirar? ¿No ha comprobado si le ha tocado aunque sea un pequeño reintegro?

 

A - ¡No! ¿Pa qué? Si, yo casi nunca juego a nada. Y, si juego, tampoco me acuerdo de mirarlo. Total, ¡si no me va a tocar na!

 

M – Pero… mujer. Lo menos que puede hacer es comprobarlo. A ver. Déjeme ver. Es del jueves 11 y sábado día 13. ¡Qué casualidad! Este periódico que estaba yo leyendo es del domingo 14. Ahí tienen que venir los resultados. 

 

                 (Mariano, recoge el periódico del suelo y buscar en las últimas páginas)

 

A ver, a ver… ocho, quince, dieciocho, veintisiete, cuarenta y cuarenta y cuatro.  Pues, no. Me parece que aquí, ¡nada de nada!

 

A - ¿No se lo dije? Si ya lo decía mi difunta madre que en gloria esté. La suerte no está pa quien la encuentra sino pa el jodío que la busca.

 

P – Será al revés, señora.

 

A - ¡Eso! ¡Bueno, qué más da!

 

M – Un momento. Que solo he mirado los números del jueves. Tengo que mirar también los del sábado.

 

A - ¿Cómo será ese pueblo de Bajunillas de la sierra?

                                                

M - ¡Coño!.... ¡Joder!

 

A - ¿Qué le ha pasao? ¿Le ha sentao mal el chorizo? Me extraña porque el chorizo de Guijuelo no le sienta mal ni a mi abuelo de 90 años operao de la ‘’pancrititis” esa. Se dice así ¿no?

 

P – Pancreatitis, señora.

 

M - ¡Coño! ¡Qué barbaridad! ¡Qué morterada!

 

P - ¡Venga, Mariano! Di ya lo que pasa, que me estás irritando. ¿Qué estas viendo?  ¿Un periódico atrasado, o una revista pornográfica?

 

M - ¡Que le ha tocado, señora!

 

A - ¿Quién me ha tocado? Yo no veo a nadie…

 

M  - ¡Que le ha tocado el gordo!

 

A - ¿El gordo? ¿Qué  a mí me ha tocao un gordo?

                             (Moviéndose, como sacudiéndose las pulgas)

 

¿Dónde está ese gordo? Que le pego dos sopapos que se va a enterar. (Cogiendo el paraguas por el puño)

 

M – ¡Que digo, que le ha tocado el primer premio! ¿No lo ve usted?

         (Mariano se lo muestra pero sin soltar el billete)

 

A¡Yo no veo na!  Pero, ¡na de na! Con tanto sudar la gota gorda, tengo los ojos más nublaos que el cielo de mi pueblo un día de tormenta.

 

P – Mariano, ¿de veras que a esta señora le ha tocado el primer premio? ¿Cuánto? ¿Cuánto?

 

 

                                                    

M - ¿Cuánto, dices? ¡Millones! ¡Una burrada! ¡Esta mujer, donde tú la ves, ahora mismo, es ¡una asquerosa millonaria!

 

A - ¡Oiga! ¡Sin ofender, eh! Que sudar así, sudamos todos, ¿eh?

 

P – Señora ¿No quiere usted mi abanico? Tenga, tenga.

 

A – No, si yo, ¿pa qué? En mi pueblo, nos damos aire con la falda. Así, ¿lo ve usted?

                           

                          (Se coge la falda por los extremos y se la levanta dándose aire, con lo que muestra al público sus muslos y hasta las bragas)

 

M – Señora, ¿quiere usted que yo le guarde este billetito? Es que lo digo porque con tanto chorizo, con tanto jamón y tanta pringue, no se le vaya a manchar y se le borren los números… usted me entiende.

 

A – No, si yo le entiendo. ¡Ande, ande! ¡Traiga usted pa acá! No se le vaya a caer al suelo y lo pierda. Total (con retintín) ¡como es de la semana pasada! 

 

                           (Mientras se lo mete por la canal del pecho)

 

Mira por donde me voy a comprar las dos vacas que vi el otro día en la feria. ¿Usted cree que me ha tocao bastante para comprar dos vacas?

 

M – Señora, con ese dinero, se puede usted comprar la ganadería de Victorino Martín, entera, y los cuatro cortijos que tiene en Salamanca.

 

A - ¡Mira qué bien! Pos lo mejor que puedo hacer es comprarle a mi sobrina un buen regalito de bodas, porque la verdad es que lo que le llevo no es gran cosa. Un juego de cuchillos pa cortar los salchichones que le llevo, también, y un cacharro de esos que sirven

                                                      

 

pa calentar esas porquerías de comida que se compran en los supermercados. Porque ustedes saben que hoy, las parejas no quieren cocinar, y es que tienen que trabajar en la oficina, y claro…

 

P – Si, lo de siempre. Como todas.

 

M – Oiga, señora, ¿le puedo preguntar una cosa?

 

A – ¡A ver! ¡Pues, claro, majo!

 

M – Si es que se puede saber ¿Qué va a hacer usted con tanto dinero?

 

A - ¡Toma! No lo sé ni yo. De momento, ya se lo he dicho. Comprar dos vacas, que las mías ya dan poca leche. Son viejicas ya ¿sabe usted? Demasiao han dao ya las pobrecicas mías. Pero les ha llegado ya la hora de la jubilación. ¿Y qué le va a hacer una?

 

M – Oiga, ¿solo eso? ¡Pero, si le han tocao millones!

 

A – Y ¿Qué quiere, jodío? ¿Qué me compre el pueblo pa mí solica?  Una vez que compre las vaquillas, pues le daré a mi sobrinica pa que se compre una casica y le regalaré la mitad del dinero pa que viva bien. Sobre tó, pa que no le falte chorizo de Guijuelo y vinico de mi tierra. Oiga, que usted no lo ha probado ¿eh? Espere, espere, que aquí traigo yo.

 

                   (Saca una botella de tinto y se la ofrece. Mariano la toma por el gollete y se dispone a beber)

 

A - ¡Ande, ande! Beba, beba sin miedo que tié que echar pa abajo el bocadillo que sa comío.

 

M – Bueno, pues brindo por usted, y por su sobrina que es una persona con suerte.

                                                   

 

A - ¡Oiga!  Y ¿por qué dice eso, majo? ¿Es que usted no tiene suerte? Mire, mire, que tiene usted una mujer que bien maja que es ¿eh? ¿Qué más quiere?  Eso sí, tiene usted que comer más jamón y más salchichón de Guijuelos porque tiene usted una carilla como si no comiera más que lechuga y arroz en blanco… ¡y demasiao blanco!

 

M – Bueno, aunque no soy un hombre de suerte, pero soy feliz haciendo felices a los demás. Hoy, por ejemplo, he descubierto que a usted le ha tocao la primitiva, y la he hecho muy feliz ¿lo ve usted?

 

A - ¡Bueno! Yo, ya soy feliz, majo. La que ha tenido suerte es mi sobrina, la jodía. Porque es la única pariente que me queda, y tó va a ser pa ella.

 

P - ¡Anda, que las hay con una potra!

 

A – Oiga ¿Es verdad eso de que ustedes también van a Bajunillas para asistir a una boda?

 

M – Sí. Se nos casa nuestro hijo. ¡Con todas las chicas que hay en Madrid! ¡Y se tuvo que fijar en una paleta de ese pueblucho, donde no hay más que cerdos, gallinas y conejos! … ¡muchos conejos!

 

A – Oiga. No diga eso, que también allí crían unos melones ¡que vaya melones! ¡No sabe usted como están de dulcecicos!  Na mas llegar, me pienso comer un par de ellos, yo jolica ¿eh?

 

P - ¡Qué bestia! ¡Uy, perdón! Quiero decir, que se ve que usted es de buen comer, que tiene unos colores muy saludables.

 

A - ¿Yo? ¡Siempre!  ¡Qué calor!

 

                          (Vuelve a levantarse la falda para echarse aire, enseñando todo)

 

 

A – Oiga, majo, y ¿cómo se llama su hijico? También, Mariano? ¿Cómo usted?

 

M – No, se llama Getulio, como su abuelo.

 

A - ¡Ah, ya! Vaya nombrecico ¿eh? Oiga, ¿sabe usted…? A mí, ese nombre me suena de algo. A ver, Getulio, Getulio… No sé. No caigo. Pero yo diría que he visto ese nombre en algún sitio.

 

M – Sí. Seguramente en el calendario. Yo solo conozco el del calendario y a mi padre, que ahora, el pobre, descansa en La Almudena.

 

A - ¡Coño! Si ya decía yo que había visto ese nombre en algún sitio. Coja usted ahí, tenga esto, y esto, y esto también.

 

           (Le va soltando todo a Mariano)

 

Que yo, aunque mañica de pueblo sé leer una miajica. Y yo le digo  que lo he leío en alguna parte.

 

                   (Se mete la mano en el bolso negro que llevaba colgando del hombro y saca un sobre)

 

¿Lo ve usted? ¿No se lo decía yo?

 

P - ¿Qué es eso?

 

A – Es la invitación pa la boda de mi sobrina. Aquí dice… riata, riata, riata… ‘’a la unión de Tomasita Requejo Alvarado y Getulio Hernández de la Flor”.

¿Lo ven? Yo había visto ese nombre tan feísimo en la invitación de mi sobrina. ¡Hombre! Es que un nombrecito así, no es muy fácil de olvidar ¿verdad que no? Aunque le digo una cosa, ¿eh? El nombre

 

                                                  

es raro con coraje pero a lo mejor el zagal, como decía mi sobrina, es muy majete ¿eh?

 

M - ¡Coño! Entonces, su sobrina es… ¡Tomasita!  La novia de nuestro chico… ¡Coño!

 

P – O sea, que mi Getulito, o sea que, la esposa que va a ser de mi Getulito de mi vida, va a heredar…

 

M - ¡Setecientos cincuenta millones…!!

 

P - ¡Mariano! ¡El abanico! ¿Dónde está el abanico? ¡Ay, qué sudores man entrao! ¡Ay, que me da algo!

 

                   (A esto, Agustina, le coge el vestido, se lo levanta y empieza a darle aire con él, así que Pastora también enseña sus ‘’pertenencias’’ íntimas)

 

A - ¡Uy, mira! Ahí viene ya el tren que va a Bajunillas. ¡Ya era hora!

 

M – Pero, Agustina, ¡por Dios! ¡Que el tren puede descarrilar! Yo creo, que lo mejor es que tomemos un taxi,  ¿no?

 

A - ¿Un taxi? ¿Hasta Bajunillas? ¿Con lo caro que salen los taxis? ¡Por Dios!

 

M – Bueno, mujer. No se preocupe, yo lo pagaré.

 

A - ¡Ah, bueno! Ya eso es otra cosa. Bien, pues entonces, vamos a tomar el taxi, pero que tenga aire, de ese que da mucho fresquito por las partes bajas.

 

P – Ah, sí, mujer. ¡Vamos! Cójase de mi brazo, Agustina, no se vaya a caer.

                                                   

M -  ¡Y del mío también!

 

A – Oiga, ¿Y qué hacemos con el chorizo, el jamón, y todo eso? ¿Se va a quedar todo ahí? ¡Con lo que me costó!

 

M - ¡Qué importa! ¿No dice usted que lo compró todo la semana pasada?

 

A – Pues, sí.

 

M - Pues, entonces, ya, a partir de ahora, con este calor, todo ese embutido se puede poner muy rancio ¿no cree usted?

 

A – Es verdad.

 

                      (Todos de espaldas, saliendo despacio, agarraditos del brazo)   

 

M – Oiga, Agustina, porque la puedo llamar Agustina, ¿verdad? Hay que ver lo bien que me ha sentado el bocadillo ese de chorizo. Ha sido el mejor bocadillo que he comido en toda mi vida.

 

P – No, sI yo te lo he dicho siempre. Como los embutidos de Guijuelos y el vinito de Aragón… ¡Y no digamos, las mañicas! ¡Las mujeres más guapas y más simpáticas del mundo!

 

                      (Mientras se cierra el telón, se oye una campana y una voz que grita: ‘’Viajeros al tren”)

 

                                      FIN

bea45azul@yahoo.com

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

Si quieres dejar algún comentario puedes usar el Libro de Visitas  

Lectores en línea

web stats

::: Recomienda esta página :::

Servicio gratuito de Galeon.com