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BESO ASESINO

de Juan Sahagún

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de estas obras requiere el permiso del autor, así como abonar los correspondientes derechos al autor a o la entidad de gestión que él indique, a tal fin se inserta en cada texto su dirección electrónica.

 

BESO ASESINO

Juan Sahagún

(Obra protegida por Derechos de Autor mediante la Sociedad General de Escritores de México. Para solicitud de montaje: juansah@gmail.com )

 

Personajes: (10 H / 7 F)

·         Guillermo León

·         Clara, su esposa

·         Gonzalo, hijo menor

·         Gregorio, hijo medio

·         Guillermo chico, hijo mayor

·         Lupe, sirvienta

·         Nínive

·         Estela

·         Alicia

·         Invitados a la boda

·         Juez

·         Mesero

·         Abogado

·         Sacerdote

 

(La obra puede ser montada por cuatro actores y cuatro actrices)

Época actual (2019)

En el centro, sala clase media. Aroma a añejo por doquier. A la izquierda espectador, un juego de sillones de tres piezas estilo isabelino con sendas recubiertas de plástico transparente y un sillón reclinable verde que sale de estilo; hay una mesita de centro con figuras bucólicas de porcelana. Al fondo, un librero antiguo con colecciones de libros intocados. Igualmente al fondo del escenario, al centro, un reloj de pedestal con péndulo. A la derecha atrás, una vitrina estilo victoriano que contiene conjuntos de platos y vasos acomodados meticulosamente; adelante, un comedor tipo barroco color crema, con toda seguridad de segunda mano. En las paredes hay desde cuadros que son malas reproducciones de pinturas clásicas figurativas hasta imágenes religiosas y, por ahí, una bendición papal. El espacio deberá poder adaptarse a las escenas que se sitúan en el taller de vestidos de novia, o en la cantina, o el departamento de Nínive.

Todo en penumbra. Suenan boleros románticos –los Tres Ases, los Hermanos Martínez Gil, Álvaro Carrillo, etc.-. A la tercera llamada la música cesa y se produce un oscuro total. Mientras se escuchan las campanadas del reloj, la luz sube y Guillermo León –Memo- aparece en escena. Justo cumple sesenta y cinco años; él se asume como un “hombre viejo”. Usa anteojos con cuerda al cuello, viste camisa de franela correctamente abotonada, pantalón de vestir, calcetines y zapatos cómodos. Su cabello es casi totalmente blanco plateado peinado con rigor hacia atrás. Camina con parsimonia un tanto forzada, pues podría hacerlo mejor. Hay en su actitud cierto agobio, algo de nerviosismo contenido mientras ajusta su reloj de pulsera conforme al de pedestal.

De súbito, la calma se interrumpe. La luz sube de intensidad al tiempo que entran Clara (60 años), Guillermo chico (42 años), Gregorio (41 años), Gonzalo (40 años) y Lupe (35 años), que con una mano enarbola un cuchillo pastelero y con otra sostiene platitos de cartón. Clara, la esposa, lleva un pastel coronado con dos velas encendidas: 65. El grupo entero canta “las Mañanitas”. Memo, sobresaltado, exclama un quedo “Dios mío”, se toca el corazón, va a sentarse al reclinable y eventualmente esboza una forzada sonrisa de gratitud. Le hacen soplar al pastel. Apaga las velas. Al final, habrá aplausos, abrazos y felicitaciones ad libitum, mientras Gonzalo toma fotografías con su celular.

 

Escena I

Clara.- ¿Te asustamos? (Breve pausa) ¡Te asustamos, Memo! (Ríe y lo abraza).

Gregorio.- ¡La cara que puso!

Clara.- (Lo besa) ¡Se asustó mi viejito!

Guillermo.- Todavía está pálido.

Gonzalo.- (A sus padres) ¡No se muevan! ¡No se muevan! Así están perfectos.

Clara.- (Posando junto a Memo) ¡Apúrate, Gonzalo!

Gonzalo.- (Toma foto) ¡Ya!

Lupe.- ¿Comienzo a servir el pastel, señito?

Clara.- Claro, Lupe.

(Lupe sirve el pastel, va a la cocina, regresa con tazas de chocolate y reparte).

Memo.- (Casi para sí) Cuándo llegaron. Me… me hubieran avisado.

Guillermo.- Ay, papá, casi venimos del aeropuerto.

Gregorio.- Si era una sorpresa cómo te íbamos a avisar.

Clara.- Llegaron de Estados Unidos hoy en la mañana.

Memo.- (Reacio) ¿Ah, sí?

Clara.- (Contenta) Se quedarán con Gonzalo.

Gonzalo.- (Bromista) Pero nomás un ratito, ¿eh? No los voy a aguantar mucho tiempo.

Clara.- Dejaron a las esposas y los nenes en San Diego, ¿tú crees? Sólo vinieron a verte.

Gregorio.- ¡Sesenta y cinco años! No los aparentas, papá. Te ves como de…

Gonzalo.- Como de ciento veinte. (Ríe).

Clara.- (Dándole un manotazo) ¡No hagas esas bromitas de tu padre!

Gonzalo.- Perdón, papá.

Clara.- Se ve exactamente igual como cuando nos conocimos.

Gregorio.- (a Guillermo, en supuesto secreto) Aquí viene otra vez, Guillermo.

Guillermo.- (Irónico) Ojalá no se le olvide ningún detalle.

Clara.- Aunque se burlen lo voy a volver a contar. Sobre todo hoy.

Memo.- (Evidentemente molesto) No hace falta, Clara.

Clara.- Parece que no hubiera pasado el tiempo. Así lo veo todo. Yo tenía dieciocho. Un día me quedé de ver en una nevería con una amiga…

Gregorio.-…que te quería presentar a su primo…

Gonzalo.-…que vivía en Chicago…

Clara.- Aunque se burlen. Y que según ella estaba muy guapo y era muy decente.

Gregorio.- Lo que me parece más terrible de tu historia es que el tal primo “decente” terminara matando a su esposa.

Clara.- ¡Eso no importa, Gregorio! Además fue un chisme que a lo mejor ni fue cierto.

Lupe.- Sí fue cierto, señito.

Clara.- No lo sabemos. Lo importante es que en esa nevería conocí a Memo.

Guillermo.- Imagínate si en vez de casarte con Memo te hubieras casado con el tal Charles.

Gregorio.- ¡Ya! Déjenme contar mi historia.

Lupe.- Ay, seño, no les haga caso. Luego me la cuenta a mí. Me encanta escucharla.

Clara.- Pero yo quería recordársela a Memo precisamente hoy.

Gonzalo.- Falta mi pastel, Lupe.

Memo.- (A Clara) En serio no hace falta.

Clara.- Lo que sí voy a platicarles es de la primera serenata que me llevó.

Guillermo.- Ah, caray. Esa sí no me la sabía.

Gregorio.- (Irónico) ¿No? ¿En serio?

Clara.- Tu padre tenía una voz preciosa y se sabía todas las canciones de la trova yucateca.

Guillermo.- Qué rico te quedó el pastel, ma.

Clara.- Su voz era como la de Emilio Tuero.

Memo.- (Fastidiado) Clara, en serio no hace falta.

Gonzalo.- (Asombrado) ¡Y quién era ese “Emilio Tuero”!

Clara.- ¡Ay, viejito, cántate esa de “tienen tus ojos un raro encanto…”! ¡Te sale tan preciosa!

Memo.- Ya no canto.

Guillermo.- Pues yo te he oído entonar bastante bien dos que tres tonadas muy bajito.

Gregorio.- Si quieres te pongo “El Fonógrafo” para que te animes.

Memo.- Esa estación de radio no me gusta.

Guillermo.- Es la única que escuchas.

Gonzalo.- Ya no le sigan. ¿Qué no ven que no está de humor?

Memo.- (A Gonzalo, conteniendo su ira) Tú… no digas nada.

Claro.- (Mediando) Ay, no le hables así a Gonzalo.

Gonzalo.- (Viendo a su padre, que le quita la vista) No importa, mamá. Estoy acostumbrado.

Clara.- Además, no veo la razón para ese mal humor. Estás llegando a unos gloriosos sesenta y cinco años, sano, con un negocio próspero, rodeado de hijos que te quieren y una esposa que te adora. ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué más se le puede pedir a la vida, digo yo?

(De pronto todos se congelan. Memo pega un soberano grito de hartazgo -¡Yaaa!-, avanza a proscenio y habla para sí, no al público, mientras la parte de atrás se oscurece y los demás personajes salen de escena).

Memo.- ¡La locura! ¡El matrimonio, el hogar, la familia… son la locura! Tuvieron que trascurrir más de cuarenta años para que se me abrieran los ojos. Dicen que el peor castigo son las llamas del infierno. Yo digo que no: lo peor es la tibieza del hogar. Esa cotidianidad enfermiza en la que no pasa absolutamente nada. Ese… pasmo… en el que aceptamos lo que venga con resignación vacuna. Esa casa que más que casa es una cárcel. Pero el vendaje se me cayó de la cara. Y vi. Vi que a los sesenta y cinco malgasté mi salud en caminatas de no más de ochenta metros, que tenía un negocio –fábrica de vestidos de novia- que más que negocio era una ironía, que mis hijos eran la ingratitud en persona, y que tenía una esposa… que más pronto que tarde tenía que matar. (Ilusionado) Matarla. ¿Y todo por qué? Porque el amor a veces tarda… pero llega.

(Se oscurece el proscenio. Memo sale).

 

Escena II

(Taller de elaboración de vestidos de novia. Por ahí, máquinas de coser, hilos, tres maniquíes. Alicia (20 años) y Estela (22 años) están terminando de guardar sus cosas mientras Nínive aún cose un vestido de novia).

Estela.- Apúrate, Alicia.

Alicia.- Ya voy, ya voy.

Estela.- Nos van a cerrar el metro.

Alicia.- No exageres. Cierran hasta las doce.

Estela.- Pues qué horas crees que son.

Alicia.- (Ve su celular) ¡Dios mío, Estela! ¡Las once y media!

Estela.- Te digo.

Alicia.- (A Nínive) ¿Y tú, otra vez te vas a quedar hasta tarde?

Estela.- ¿A qué hora te piensas ir, Nínive?

Nínive.- (Sin verla) Al ratito.

Estela.- (Suspicaz) Y cómo te vas a ir.

Nínive.- Vienen por mí.

Alicia.- (Con malicia) Quién… si no es indiscreción.

Nínive.- (Rápida) Mi primo.

Estela.- (Extrañada) ¿Tienes un primo?

Nínive.- Sí. ¿No les había dicho?

Alicia.- No.

Estela.- ¿Cómo se llama?

Nínive.- Juan.

Estela.- (Irónica) Ah, Juan.

Nínive.- Ajá. Él me va a llevar a mi casa.

Alicia.- ¿Y los otros días que has salido tarde…también él ha venido por ti?

Nínive.- Claro.

Estela.- Qué raro. Porque no lo hemos visto, ¿verdad, Alicia?

Alicia.- Me gustaría conocerlo.

Nínive.- Ya váyanse. Les van a cerrar el metro.

Estela.- Ya vente, Licha. Tu bolsa, no se te vaya a olvidar.

Alicia.- (Tomando su bolsa) Ya estoy. Ya estoy. (A Nínive) Nos saludas a “Juan”.

Estela.- (A punto de salir) Pásenla bien.

Alicia.- ¡La van a pasar muy bien!

(En la puerta, Estela y Alicia se dicen algo en secreto, ríen viendo a Nínive, y por fin salen. Nínive queda sola. Suspira aliviada. Un par de segundos y aparece Memo).

Memo.- Por fin se fueron.

Nínive.- Ya no las soporto.

Memo.- Perdón, pero no las puedo correr.

Nínive.- Deberías.

Memo.- Dependo mucho de ellas. Son muy buenas.

Nínive.- Lo saben.

Memo.- Llevan mucho tiempo conmigo y…

Nínive.- Lo nuestro. Lo saben.

Memo.- ¿Tú crees?

Nínive.- Es obvio.

Memo.- Yo te he tratado igual frente a ellas. ¿Nos han visto?

Nínive.- No. Pero lo saben.

Memo.- ¿Te han dicho algo?

Nínive.- Se les nota en la mirada.

Memo.- Creo que exageras.

Nínive.- No exagero, Memo. Córrelas.

Memo.- No puedo. Clara sospecharía.

Nínive.- No me importa.

Memo.- A mí sí.

Nínive.- Por qué.

Memo.- No empecemos. Toma tus cosas y vámonos.

Nínive.- (Pausa) Hasta cuándo.

Memo.- Vámonos.

Nínive.- Respóndeme.

Memo.- Hasta cuándo qué.

Nínive.- Ya sabes.

Memo.- Entiéndeme. Es muy difícil.

Nínive.- ¿Y no crees que también para mí es muy difícil?

Memo.- Pues sí pero…

Nínive.- ¿Quieres que terminemos? (Pausa) ¿Estás pensando terminar conmigo?

Memo.- Creo que todo esto ya se pasó de la raya y…

Nínive.- No puedo creer lo que me estás diciendo.

Memo.- Lo que pasó entre nosotros ha sido muy bonito pero…

Nínive.- (Con asco) ¿”Bonito”?

Memo.- Quiero decir… contigo he descubierto cosas que… nunca pensé que existieran… y…

Nínive.- Nunca me habías hablado así.

Memo.- Es que… te soy sincero, ya no puedo con la culpa.

Nínive.- A ver: culpa de qué.

Memo.- Pues… no sé… nunca le había sido infiel a mi mujer.

Nínive.- Eso ya lo sabía.

Memo.- Y pues… lo nuestro no es normal.

Nínive.- Estás diciendo puras tonterías.

Memo.- Mírame, Nínive. Mírame bien.

Nínive.- Te estoy mirando.

Memo.- Soy un viejo de sesenta y cuatro años. Y tú una jovencita.

Nínive.- Somos una mujer y un hombre. Y nos queremos.

Memo.- Eso no es cierto. No puedes estar enamorada de mí.

Nínive.- Eso déjamelo a mí, ¿quieres?

Memo.- ¡Tienes veinte años! Tienes un futuro. Yo ya viví suficiente.

Nínive.- ¿Ya no me quieres? Ya no me quieres. Es eso, ¿verdad?

Memo.- Claro que no. Sólo estoy tratando de ver las cosas como son.

Nínive.- Yo te voy a decir cómo son las cosas. Siéntate. ¡Siéntate!

Memo.- No subas la voz.

Nínive.- No me importa. ¿Ahí está ella?

Memo.- No. Se quedó en casa de uno de mis hijos. 

Nínive.- Mejor. Siéntate. (Él se sienta) Me vas a decir, para empezar, cómo es Clara.

Memo.- Cómo. No te entiendo.

Nínive.- Eso. Cómo es ella. Físicamente.

Memo.- No sé a dónde vas.

Nínive.- Diariamente, por más de… cuántos… ¿cuarenta y tantos años?

Memo.- (Sin entender) Qué.

Nínive.- Cuántos años tiene tu hijo, el mayor.

Memo.- Cuarenta y dos.

Nínive.- Por más de cuarenta años has visto, todos los días, a una mujer que cada vez es más y más vieja. ¿Me equivoco?

Memo.- No creo que sea la manera de…

Nínive.- Qué ves en las noches, cuando ella se prepara para dormir.

Memo.- Ya sé lo que… (Cierra los ojos).

Nínive.- Mírame. Ahora mírame tú a mí. (Él abre los ojos) Todas las noches, te lo aseguro, ves de reojo desvestirse a una mujer de piel arrugada como papel, colgada, de senos espantosamente caídos. De ojos hundidos, de piernas llenas de várices. Y se te acerca para darte las buenas noches con un aliento que huele a…

Memo.- No sigas, por favor.

Nínive.- Y conmigo qué tienes. (Pausa) Tienes esto.

(Nínive se quita el vestido. Se quita el brasier).

Memo.- (Suave) No tienes qué hacerlo.

Nínive.- Esto es tuyo, Guillermo. Soy tuya. Para toda la vida. Abrázame.

Memo.- No.

Nínive.- Tócame.

Memo.- No.

Nínive.- Acaríciame.

(Ella le toma las manos y las lleva a sus senos y a sus nalgas. Memo se resiste, pero no puede más. Nínive se le sienta a horcajadas. Se besan, primero con ternura, luego con pasión. De pronto, ella se suelta, se separa).

Nínive.- Déjala.

Memo.- Es… muy difícil.

Nínive.- Cásate conmigo. Te lo estoy pidiendo.

Memo.- No sé cómo voy a decirle que…

Nínive.- Pídele el divorcio. (Comienza a vestirse). ¿Lo harás?

Memo.- (Luego de un hondo suspiro) Lo haré. Algún día.

(Nínive sale. Memo se levanta, toma del suelo el brasier de Nínive y avanza de nuevo a proscenio para hablar en monólogo, no para el público).

Memo.- “Lo haré. Algún día”. (Sonríe) Cuando dije estas palabras sentí cómo mi corazón corrió desbocado, queriendo salírseme del pecho. Nínive supo desarmarme por completo. Yo había supuesto que me sobrarían argumentos para terminar con esa relación que me estaba dando terribles dolores de cabeza. Pensé que tendría los arrestos suficientes como para decir un “hasta aquí”, y ella soltaría el llanto y se iría muy triste a su casa. Pero no. No me bastó ese católico escozor al sentirme villano de melodrama barato. Un adúltero arrepentido. Quise echar marcha atrás, lavar mis culpas y continuar con esa fidelidad que había juramentado ante Dios. Pero una sencilla interrogante, anidada en el fondo de mi corazón, hizo que entendiera las cosas. Y es que en la pregunta estaba encerrada la respuesta, ¿a quién prefieres, a la que tiene veinte y está preciosa, o a la que tiene sesenta y está cada vez más avejentada?

(Memo sale de escena mientras se oscurece el proscenio).

 

Escena III

(En la sala de su casa, Clara está viendo la televisión, mientras borda. Está triste. Memo sale de escena un momento y regresa con bata y pantuflas. Se sienta a ver la televisión y al mismo tiempo ojea un periódico. Quedan en silencio unos instantes).

Clara.- (Proyecta la voz) ¡Lupe! ¡Lupe!

Memo.- (Luego de una pausa. Sin ver a Clara) Se ha de haber ido.

Clara.- No. Todavía le falta planchar.

Memo.- Se le ha de haber olvidado.

Clara.- Ella iba a salir hasta las ocho pasadas a ver a la vecina.

Memo.- Como digas.

Clara.- ¡Lupe!

(Entra Lupe, con una camisa en la mano).

Lupe.- Discúlpeme, señito. Estaba planchando.

Clara.- (A Memo) ¿Ves? Te dije. (A Lupe) No seas malita, tráeme un vasito de leche con vainilla.

Lupe.- ¿Usté no quiere nada, don Memo?

Memo.- Un ron.

(Lupe ríe).

Clara.- No hagas esas bromitas, Memo. ¿Ya te tomaste tu pastilla para la presión?

Memo.- Sí.

Clara.- No te la has tomado. Tráesela, Lupe.

Lupe.- Orita, seño. (Lupe sale. Silencio).

Clara.- ¿Saliste a caminar hoy?

Memo.- Media hora.

Clara.- Tienes qué hacerlo. Te lo dijo el doctor.

Memo.- (Necio) Que sí salí.

Clara.- ¿Media hora o menos?

Memo.- Media hora. (Silencio) Qué ves.

Clara.- Una película que nunca me ha gustado.

Memo.- Si no te gusta para qué la ves. Cámbiale.

Clara.- No hay nada.

Memo.- Apaga la tele.

Clara.- Será que me gusta hacer corajes.

Memo.- Cuál es.

Clara.- “El esqueleto de la señora Morales”.

Memo.- ¿Ya la vi?

Clara.- Muchas veces.

Memo.- No me acuerdo.

Clara.- Es esa del taxi… taxi…

Memo.- Esa es de David Silva. Y no es taxista. Es camionero.

Clara.- ¡Mírala! (Memo ve la tele).

Memo.- Taxidermista. Es taxidermista. Diseca animales.

Clara.- ¡Esa! Es con Amparo Rivelles, que es su esposa y la va a matar.

Memo.- Ah, ya me acordé. ¿Todavía no la mata?

Clara.- Ahorita. ¿Me da un coraje?

Memo.- ¿Por qué?

Clara.- No sé. Supuestamente ella es la mala, pero a mí no me lo parece.

Memo.- A lo mejor hoy sí.

(Entra Lupe con el vaso de leche y vainilla).

Clara.- ¿Y la pastilla del señor?

Lupe.- Orita, señito. (Casi en secreto, a Clara). ¿Ya le dijo?

Clara.- (Bajo, reprendiéndola) Ay, Lupe, no te metas en lo que no.

Memo.- ¿Qué pasó?

Clara.- Ésta, que mete las narices en donde no.

Memo.- (Sin quitar la vista del periódico) Cuándo se te va a quitar lo chismosa, Lupe.

Lupe.- Perdón, don Memo. Es que la noticia me puso muy triste.

Memo.- (Por fin la ve) ¿Qué noticia?

Clara.- Vete por la pastilla. Ándale. (Lupe sale).

Memo.- Qué noticia.

Clara.- Ninguna. (Transición) Oye, viejito, ya vas a cumplir sesenta y cuatro años. ¿Qué quieres hacer?

Memo.- Nada. Yo ya no cumplo años. Qué noticia.

Clara.- No es noticia. Es… una idea.

Memo.- ¿Me quieres explicar?

Clara.- A tus hijos… se les metió una idea.

Memo.- Cuál.

Clara.- Irse.

Memo.- A dónde. Quiénes. ¿Todos?

Clara.- Nomás Guillermo chico y Gregorio.

Memo.- Qué pasó.

Clara.- Pues que como no les ha ido muy bien en sus trabajos, y ya ves que buscan y buscan y no sale nada…

Memo.- Qué pasó.

Clara.- Le ofrecieron a Guillermo un trabajo en San Diego, en bienes raíces…

Memo.- Es mentira.

Clara.- Te estoy diciendo la verdad.

Memo.- No les iba mal. Gregorio iba bien en el despacho jurídico. Qué va a hacer allá.

Clara.- No sé. Pero están felices.

(Lupe regresa con un vaso de agua y la pastilla. Queda a un lado de Clara).

Lupe.- Yo digo que no está bien que vivan tan lejos de sus padres. Eso no se hace.

Memo.- (Pasmado) Cuándo se van.

Clara.- La semana próxima. (Silencio) Dale su pastilla.

(Memo toma su pastilla. Se soba el pecho).

Clara.- Viejito, ¿te sientes bien?

Lupe.- No se mortifiquen. Yo voy a estar aquí para cuidarlos.

Clara.- Gracias, Lupe.

Lupe.- Ustedes son mi familia. (Pausa). Ya ven que con el joven Gonzalo no se cuenta mucho pero yo…

Clara.- Cállate, Lupe.

Lupe.- Si quieren yo me quedo a vivir con ustedes para siempre.

Clara.- Cállate. (Silencio).

Memo.- (Intenso, para sí) Me lleva el carajo.

(Memo se levanta y sale furioso. Clara y Lupe se ven sin saber qué decir. Lupe ayuda a Clara a levantarse y ambas salen hablando muy bajo mientras el audio de la película se disuelve. Luego de un par de segundos, Memo aparece y se dirige a proscenio).

Memo.- Estuve presente en el parto de mis tres hijos. En el quirófano. Los vi nacer. Los tuve entre mis manos. La sangre escurrió por entre mis dedos. Sus cabecitas no eran más grandes que una toronja. Cuerpecitos tersos y ligeros. Diminutos corazones que latían como trotes de caballitos que ansiaban por llegar al hogar. Preparé sus cuartos con adornos y juguetes. Me sorprendía la madrugada al pie de las cunas, mirándolos horas enteras. Les hablaba. Platicaba con ellos. De mi trabajo, mis ilusiones, mis problemas. Hacía planes con ellos. Les enseñaría a jugar futbol, a subir a un árbol, a tocar la guitarra, a cantar. Les tomé cientos, miles de fotos. Cuando entraron al kínder, a la primaria. En sus graduaciones yo era el más orgulloso. Clara me pellizcaba el brazo cuando me ganaba el llanto. Y sus novias… (Sonríe) Nunca me gustó ninguna. O muy flacas, o demasiado serias. Planee la casa con la idea de que se quedarían a vivir allí para siempre. Uno a uno se fueron yendo. Nos visitaban primero cada mes, luego cada tres. Después cada año. Y cuando más los necesitaba… Así me llegó la vejez.

(Se oscurece el área de proscenio en tanto Memo sale).

 

Escena IV

(Taller de costura. Estela y Alicia trabajan. Clara revisa algunos vestidos de novia. En una mesa, Memo hace cuentas manipulando una calculadora. Suena el radio: “el Fonógrafo, música ligada a su recuerdo”. La canción “Beso Asesino”. Memo la tararea, primero bajo, luego sube un poco de volumen y canta con una voz dulce y entonada. No se ha dado cuenta).

Estela.- Don Memo, quién lo dijera.

Memo.- (Interrumpiendo) Qué.

Estela.- Qué bonito canta.

(Memo baja el volumen del radio, que queda de fondo).

Clara.- De joven me llevaba serenatas.

Alicia.- Uy, ahora ya no hay quien lleve serenatas.

Estela.- Ya pasó de moda.

Alicia.- Y si lo hacen, es sólo pretexto para emborracharse.

Clara.- (Orgullosa) También toca la guitarra.

Estela.- Un estuche de monerías.

Alicia.- Así cualquiera cae.

Clara.- Por cierto, viejito, ¿y la guitarra?

Memo.- No tenemos.

Clara.- Sí tenemos. Dónde la dejé.

Memo.- No tenemos.

Clara.- Ha de estar en la covacha. Voy a buscarla.

Memo.- No tenemos. Se rompió y la tiré.

Clara.- Te voy a comprar una.

Memo.- Para qué, Clara.

Estela.- Para que nos cante.

Alicia.- Así vamos a trabajar mejor.

Estela.- Nos van a quedar más bonitos los vestidos.

Alicia.- Y va a ser de buena suerte. Todas las novias van a ser felices. (Ríe).

Clara.- Por cierto, ¿y ustedes cuándo salen?

Memo.- (Bromea) No se les vaya a ir el tren.

Estela.- Ni lo digan. Yo no encuentro uno que valga la pena.

Alicia.- Por más que me le insinúo a mi novio, y no quiere.

Clara.- Pues es que eso no es así. El truco es darte a desear.

Estela.- Ni lo diga. Alicia es de las que luego luego sueltan la…

Alicia.- ¡Estela! Qué va a pensar don Memo.

Memo.- Yo no pienso nada. Yo trabajo.

Clara.- ¿Quieres que te traiga algo de comer?

Memo.- Un tamalito.

Clara.- Creo que no tenemos. Deja le digo a Lupe. (Sale. Silencio).

Estela.- Ya me imagino, don Memo. Usted de joven ha de haber sido bien noviero.

Memo.- (Sonriendo) Para nada.

Alicia.- Cuántas novias tuvo, si no es indiscreción.

Memo.- Ay, niñas. Qué preguntas.

Estela.- Sí, díganos ahorita que no está la señora.

Memo.- Clara fue mi tercera novia.

Estela.- ¿En serio? No lo puedo creer.

Alicia.- Nos está mintiendo.

Memo.- De veras. La primera se llamaba Silvia.

Estela.- ¡Como mi hermana!

Alicia.- Ay, Estela, y eso qué.

Memo.- Y terminamos porque sus padres la mandaron a estudiar a Guadalajara.

Estela.- ¿Y por qué no la fue a buscar?

Memo.- Eso quise. Pero al poco tiempo me enteré que ya andaba de novia.

Estela.- ¿Y la otra?

Memo.- Elizabeth. Se va a escuchar feo lo que voy a decir, pero es la verdad. Yo terminé con ella.

Alicia.- ¿Por?

Memo.- Era increíblemente celosa.

Estela.- Así soy yo. Es que soy escorpión.

Memo.- Me hacía unas escenitas… que para qué les cuento.

Alicia.- No, sí. Cuéntenos.

Memo.- Una vez me dio una cachetada por voltear a ver a una muchacha. Bueno, eso dijo, porque yo ni cuenta me di.

Estela.- ¿Y doña Clarita no es celosa?

Memo.- Nunca le he dado motivos.

Alicia.- ¿Nunca, nunca, nunca?

Memo.- (Ríe) Ay, niña. Hablaste como bolero yucateco.

(Tocan a la puerta).

Alicia.- ¿Quién puede ser?

Memo.- Ha de ser la muchacha que estoy esperando. La que va a trabajar con ustedes.

Estela.- Ni la reciba, don Memo. Total, si usted nos canta, trabajaremos con más ganas y acabaremos todo muy pronto.

Memo.- Ábrele, Alicia.

(Alicia va a abrir la puerta. Regresa junto con Nínive).

Nínive.- (Tímida) Buenas tardes. ¿Don Guillermo?

Memo.- ¿Tú eres Nínive?

Nínive.- Para servirle.

Memo.- Ellas son Estela y Alicia.

Nínive.- Mucho gusto.

Memo.- Me decías que ya has trabajado como costurera.

Nínive.- Ah, sí. Traigo dos cartas de recomendación. (Se las da).

Memo.- (Leyendo) Trabajaste con Ezequiel Mendoza.

Nínive.- ¿Lo conoce?

Memo.- Es mi amigo. Y con Yolandita. ¿Cómo está?

Nínive.- Tuvo que cerrar su taller porque uno de sus hijos se enfermó y lo tiene qué cuidar.

Memo.- ¿De algo grave?

Nínive.- Chocó. Pero parece que se está recuperando. Como ella cerró, me quedé sin trabajo.

Memo.- Las condiciones son las que te dije por teléfono. ¿Estás de acuerdo?

Nínive.- Sí. (Dándole una carpeta) Ah, también traje unos diseños que hice, para mostrarle que también me gusta hacer eso.

Estela.- (Molesta) Bueno, nosotras seguimos trabajando.

Alicia.- (Molesta) Bienvenida.

(Estela y Alicia continúan sus labores, mirándose cómplices en su desagrado.  Mientras tanto, Memo ve los diseños).

Memo.- ¿Son tuyos?

Nínive.- Sí.

Memo.- Son hermosos. ¿Estudiaste diseño?

Nínive.- Aprendí nomás de ver.

Memo.- Qué bueno. Eres muy talentosa. Y cuéntame de ti. Vives con tu familia…

Nínive.- Vivo sola. Mis papás fallecieron cuando yo era muy niña y me crió una tía, que también murió hace tres años.

Memo.- Lo siento mucho.

Nínive.- La verdad, yo no. Era una mujer muy cruel.

(Entra Clara con un plato con comida).

Memo.- Mira, Clara. Te presento a Nínive Ortiz, la chica de la que te platiqué.

Clara.- Mucho gusto. No nada más tienes un nombre precioso. También eres muy bonita.

Nínive.- Gracias, señora.

Memo.- Espero que te sientas en tu casa. Esto, más que una pequeña fábrica, es un taller familiar.

Clara.- Queremos que te sientas en confianza, así que lo que se te ofrezca, hija. Los dejo. Tengo que ir a la cocina. (Sale).

Memo.- Bueno, pues… bienvenida.

Nínive.- No sabe cuánto le agradezco esta oportunidad.

(Con sus dos manos, Nínive toma la mano de Memo y así la sostiene por unos instantes, mirándolo a los ojos. Memo se turba. La suelta y se despide, titubeante).

Memo.- Este… con permiso. Instálate. Al rato regreso para decirte cuáles son los pendientes.

(Nínive sonríe turbada. Memo sale de escena. Se oscurece el área).

 

Escena V

(Muchos años atrás (mil novecientos setenta y tantos). Memo y Clara tendrán veintitantos años. Es el día de su boda civil. Aún no entran. Alguien será el juez, los demás, invitados. Lupe, joven, reparte ambigús, luego bebidas. Música ambiental).

Invitada 1.- Como que los novios ya se tardaron mucho, ¿no?

Invitado 1.- La boda era a las cinco y ya son cinco y media.

Invitado 2.- No se desesperen.

Invitado 1.- Las bodas siempre comienzan tarde. Y terminan temprano. (Ríe).

Invitada 2.- Con que no se desespere el juez…

Invitado 1.- No creo. Ya le está entrando a las copitas.

(En efecto, el Juez bebe).

Invitado 2.- ¿Cuándo han visto un juez borracho? (Ríe).

Invitada 1.- Va a ser una boda muy “entonada”.

Invitada 2.- ¿No será que ya se arrepintieron?

Invitado 1.- ¿Luego de tres años de noviazgo?

Invitada 1.- Ha pasado.

Invitado 1.- Pues si no se anima Memo, le entró al quite. A mí me gusta Clara.  (Ríe).

Invitada 2.- ¿No será que el vestido no le entra a la novia?

Invitado 2.- ¿Engordó?

Invitada 1.- Ay, como eres inocente. ¿Pues por qué crees que se casan?

Invitado 2.- Ah. Ya entendí.

Invitada 1.- Por eso no vinieron los papás. Están furiosos.

Invitado 1.- Uy, mal augurio. Lo que mal empieza…

Invitado 2.- Mal termina. Menos mal que las botanitas están sabrosas.

Invitada 2.- No sean así. Hay que desearles felicidad eterna.

Invitada 1.- Aunque se casen a las prisas.

Invitado 1.- Parece que ahí vienen. Pónganse serios… o les cuento un chiste.

Invitada 2.- (Bajo) ¡Compórtate!

(Entra Clara, vestida elegante. Luego Memo, de traje. Se colocan delante de la mesa en la que oficiará el Juez. Hay silencio ceremonial).

Juez.- Muy buenas tardes. ¿Clara Isabel Dávalos Martínez?

Clara.- Soy yo.

Juez.- ¿Guillermo León López?

Memo.- Para servirle.

Juez.- Hoy, catorce de noviembre del año en curso, ante mí, en mi calidad de juez del registro civil, confirmo que han cumplido con todos los requisitos que la ley establece para la celebración de este acto. Le pregunto a Clara Isabel Dávalos Martínez si es su libre voluntad unirse en matrimonio con Guillermo León López.

Clara.- Sí.

Juez.- Guillermo León López, es su libre voluntad unirse en matrimonio con Clara Isabel Dávalos Martínez.

Juez.- (Mostrándoles el libro) ¿Reconocen éstas como sus firmas?

Memo y Clara.- Sí.

Juez.- (Señalando en el libro) ¿Éste es el régimen que escogieron para que rija en su matrimonio?

Memo y Clara.- Sí.

Juez.- Firmen aquí, y aquí sus respectivos pulgares. El derecho.

(Memo y Clara lo hacen. Una vez que han plasmado sus huellas, el Juez dice):

Juez.- ¿Se toman de la mano, por favor?

(Memo y Clara lo hacen).

Juez.- Clara Isabel y Guillermo, hoy es un día especial para ustedes pues han decidido unirse en matrimonio por el gran amor que se tienen. No hay que olvidar que la institución del matrimonio es la unión libre de un hombre y una mujer para realizar vida en común. Como dice la epístola de Melchor Ocampo, los casados deben ser sagrados el uno para el otro. También, ambos deberán ser ejemplo para sus hijos. Los exhorto a ser felices el uno con el otro. Así, como juez del registro civil, y en nombre de los Estados Unidos Mexicanos y de la sociedad, los declaro unidos en legítimo matrimonio.

(Aplausos, que crecen cuando la pareja se besa).

Invitados (Ad lib).- ¡Arriba los novios! ¡Arriba los novios! ¡Felicidades!

(Los invitados dan abrazos a los novios y les desean felicidades).

Invitado 3.- ¡Aquí hace falta música!

(El Invitado 3 pone música. “American Pie, de Don McLean”).

Clara.- (Casi a gritos) ¡Cómo que rock! ¡Cómo que rock! ¡En esta casa se escuchan boleros!

(Sale una guitarra que tocará uno de los invitados. Se escucha la canción, “Irresistible”. Las parejas comienzan a bailar y a cantar, animadas. Los invitados 1 y 3 aprovechan diferentes momentos para darle de beber a Memo, que por más que se resiste, termina tomando. Al terminar “Irresistible”:).

Invitado 3.- Ahora sí, mi querido Memo… ¡vas a cantar!

Todos.- ¡Sí, que cante! ¡Que cante! ¡Cántanos!

(Clara no está muy contenta pues las invitadas aprovechan para acariciarlo. Finalmente Memo accede).

Memo.- Hace tiempo que no canto… pero ahí les va.

Guitarrista.- ¿Cuál va a ser, Memo?

Memo.- “Beso asesino”.

(Memo canta la canción, dedicándosela a Clara. Memo se luce. Al final, aplausos. La pareja se besa. Vuelve a sonar la música. Tal vez el grupo canta “Ojos tristes”, o “Nunca”. Clara aprovecha para llevarse a Memo aparte).

Clara.- (Bajo) Memo, ya no tomes.

Memo.- No estoy tomando.

Clara.- Te estoy viendo.

Memo.- Te lo juro.

Clara.- ¿Ves? Ya tienes lengua de trapo.

Memo.- En serio. Nomás me tomé unos traguitos.

Clara.- Esos mensos que te dieron de beber.

Memo.- Yo ni quería.

Clara.- Pues di que no.

Memo.- Eso dije.

Clara.- Pues ni una más. ¿Quieres sal de uvas?

Memo.- No me gustan.

Clara.- Ahorita te las traigo. Y compórtate.

Memo.- ¿Pero qué hecho de malo?

Clara.- No quiero que hagas desfiguros.

Memo.- Está bien.

Clara.- Mañana te vas a sentir pésimo.

Memo.- Sí, mi amor.

Clara.- Y ya no cantes.

Memo.- Pero es que estoy contento.

Clara.- Sigue contento. Pero seriecito. Acuérdate que en una boda la protagonista es la novia, no el novio.

(Memo queda regañado. Clara vuelve a integrarse al grupo, que sigue cantando. Al finalizar una canción, aplauden. Oscuro).

 

Escena VI

(Taller de costura. No hay nadie. Aparece Memo que, a vistas, se cambia de ropa para quedar de nuevo en época actual. Se dirige al proscenio).

Memo.- Así empezó mi vida marital. El apacible bienestar hogareño. Se sucedieron con presteza años de pálido tedio, sin mayores sobresaltos, sin más complicaciones que las propias de sacar adelante un negocio, que más que negocio era una paradoja: taller de vestidos de novia. Quizás los únicos momentos relevantes, ahora que lo pienso, fueron dos robos casi dialogados con los ladrones, un par de sismos y sus respectivos rezos, y los finales de las telenovelas de las nueve, con los que Clara siempre lloraba. Ella fue la protagonista, no sólo de mi boda, sino de mi vida. Con doctoral solvencia me fue comiendo terreno, me atajó espacios, me impuso palabras y silencios, me robó el tiempo. Yo doblé las manos pues asumí que el matrimonio tenía que ser como la línea recta de un electrocardiograma. No un estado de gracia, sino un estado de coma. Hasta que llegó ella. La niña.

(Memo sale y aparecen en escena Estela, Alicia y poco después Nínive. Se ponen a trabajar. Nínive diseña, Estela y Alicia cosen en silencio).

Alicia.- ¿Te sientes la jefa?

(Silencio).

Alicia.- A ti te digo, Nínive. ¿Te sientes muy mandona?

Nínive.- Qué te pasa.

Alicia.- Contesta. ¿Te crees mucho?

Nínive.- Por qué.

Alicia.- Eres una… una hija de la chingada.

Nínive.- Qué tienes.

Alicia.- Llegaste muy modosita, pero ahora quieres darnos órdenes.

Nínive.- Yo no le doy órdenes a nadie.

Alicia.- No te hagas pendeja. Bien que sé lo que está pasando.

Estela.- Cálmate, Alicia. No vale la pena.

Alicia.- ¡Cómo que no!

Estela.- Que te calmes.

Alicia.- Aquí nos tiene esta estúpida haciendo sus diseños, como si fueran muy chingones.

Nínive.- Si no los quieres hacer, ni te molestes.

Alicia.- Nomás eso me faltaba. Ahora resulta que tú nos dices si hacemos bien las cosas o no.

Nínive.- ¿No quieres trabajar?

Alicia.- Claro. Vas a ir a acusarnos.

Nínive.- No soy una chismosa, como tú.

Alicia.- Rapidito vas a ir a resbalártele a don Memo.

Estela.- Cállate, Alicia. Te van a correr.

Alicia.- Me vale.

Estela.- Cállate.

Alicia.- Pues es que ya estoy harta de esta imbécil.

Nínive.- No te tengo miedo.

Alicia.- Yo menos. Ahorita mismo voy con doña Clara a decirle todo.

Nínive.- Todo qué.

Alicia.- Tú sabes.

Nínive.- Anda. Ve. A ver si te cree.

(Alicia no sabe qué decir).

Estela.- (A Nínive) Eres una mierda.

Nínive.- ¿Tú también me estás declarando la guerra?

(Pausa).

Estela.- (A Alicia, jalándola de un brazo y sentándola). Siéntate, Licha. De veras, no vale la pena. Ya veremos qué hacemos.

Nínive.- Mientras, terminen su trabajo. Van muy atrasadas.

(Silencio. Entra Memo y siente la tensión).

Memo.- ¿Pasa algo?

Nínive.- Nada.

Memo.- Oí gritos.

Nínive.- Era afuera. Un par de viejas peleoneras. Pero ya se fueron.

Memo.- Ah, ¿y ustedes cómo van?

Nínive.- Bien. Creo que Alicia le quería decir algo.

Memo.- ¿Sí? (A Alicia) Dime.

Alicia.- Que… Es que se puso mala mi mamá y quería pedirle permiso para irme tantito antes.

Memo.- Claro.

Alicia.- (Toma su bolsa, guarda cosas) Le prometo que mañana estoy aquí más temprano.

Memo.- No necesitas prometerme nada, hija. Si necesitas algo, me llamas.

Alicia.- Gracias, don Memo.

Estela.- ¿La puedo acompañar nomás al metro?

Memo.- Acompáñala a su casa. Me llamas en cuanto lleguen.

Estela.- Sí, don Memo.

(Estela también toma sus cosas. Ambas salen en silencio).

Memo.- ¿Te peleaste con ellas?

Nínive.- Dios me libre, don Memo. Nunca me peleo con nadie.

Memo.- Acabas de llegar, y eso sería muy malo.

Nínive.- Le aseguro que me llevo muy bien con ellas.

Memo.- No me gustan los conflictos.

Nínive.- Si en algún momento hubiera algún problema, le juro que yo solita me voy.

Memo.- Bueno, no hace falta llegar a tal extremo.

Nínive.- Yo no soy de peleas. De veras.

Memo.- Te creo, hija.

Nínive.- Estela y Alicia son buenas gentes.

Memo.- Llevan años conmigo. Tal vez se sienten un poco incómodas de que tú diseñes y ellas no.

Nínive.- Me han dicho que les gusta lo que hago.

Memo.- Y así debe de ser. (Pausa).

Nínive.- Eso sí, yo no soy de mucha plática.

Memo.- No hace falta.

Nínive.- Como siempre he vivido sola…

Memo.- Por qué.

Nínive.- Ya le dije que casi no conocí a mis padres.

Memo.- Y que tuviste una relación difícil con tu tía.

Nínive.- Me pegaba.

Memo.- ¿No podías irte con alguien más?

Nínive.- No. No conocía a nadie más.

Memo.- Nunca trataste de…

Nínive.- Un día se me ocurrió irme a meter a casa de una vecina. Yo tenía catorce años. Me encontró, y me llevó de las greñas, me pegó con un cinturón, y me amarró a las patas de mi cama. Ahí me tuvo tres días sin comer.

Memo.- Y cómo fue que…

Nínive.- Cuando yo tenía diecisiete ella conoció a un señor, que le dijo que no me quería en su casa. Así nomás me echó.

Memo.- ¿Y qué hiciste?

Nínive.- Una locura.

Memo.- (Interesado) Qué.

Nínive.- En una bolsa de plástico llevaba mi único cambio de ropa. Lo único que se me ocurrió hacer fue correr y correr. No sé cómo explicarlo, pero me sentía angustiada pero a la vez libre. De tanto andar fui a parar al otro lado de la ciudad. Ya me estaba agarrando la noche y por fortuna vi en una casa un letrero donde solicitaban sirvienta. Toqué. Me recibió una señora de mirada… no sé… muy bonita, muy buena. Me invitó un vaso de agua de limón –cómo me puedo acordar de esas cosas, dirá usted-…

Memo.- Sigue.

Nínive.-… platicamos como dos horas, o algo así. Se llamaba Catalina. Vivía sola en una casa muy grande. En ese mismo momento me quedé a trabajar. Se portó conmigo como nunca pensé que…

(Nínive llora. Memo saca un pañuelo y se lo da).

Memo.- Dicen que Dios aprieta pero no ahorca.

Nínive.- Perdón.

Memo.- No tienes porqué pedir perdón por llorar.

Nínive.- Ella trabajaba. Creo que era periodista, o algo así. Yo me quedaba casi todo el día sola, pero ya no me sentía tan mal. Es curioso. ¿Sabe lo que me hacía sentirme acompañada? El radio. Nunca fui de televisión.

Memo.- (Sonríe) Te gusta la música.

Nínive.- Mucho. Me aprendí todas las estaciones.

Memo.- Qué era lo que escuchabas. ¿La música tropical?

Nínive.- Se va a reír de mí, pero mi favorita era una estación que usted oye todo el tiempo.

Memo.- (Asombrado) ¿El Fonógrafo? ¿Oyes el Fonógrafo?

Nínive.- ¡Esa!

Memo.- No puede ser. Si eres una niña. Te debería de gustar… no sé… otras cosas.

Nínive.- Ya sé que a todas las mujeres de mi edad les fascinan los cantantes de moda. Pero a mí no.

Memo.- ¿Entonces?

Nínive.- Me encanta… le digo que se va a reír.

Memo.- Dime.

Nínive.- Me encanta Pepe Jara.

Memo.- (Riendo) ¡No lo puedo creer! ¡A tu edad!

Nínive.- ¡Sí, en serio! Esa de (sin cantar) “Sabrá Dios, si tú me quieres o me engañas”.

Memo.- (Sonriendo) Esto es… insólito. No me digas que has oído tríos como “los Dandys”…

Nínive.- No me gustan “los Dandys”. Lo máximo son los Tres Ases”. Sobre todo la de “Seguiré mi viaje”.

Memo.- (Alegre) De veras no puede ser. Conoces a “los Bribones”.

Nínive.- (Sin cantar) “Yo sé que en los mil besos… que te he dado en la boca…”. No eran trío. Nomás eran dos.

Memo.- ¿Y a “los Tres Caballeros”?

Nínive.- Son los de “Es la historia de un amor…”.

Memo.- El colmo sería que conocieras a José Antonio Méndez.

Nínive.- “Si me comprendieras… si me conocieras… que feliz sería”.

Memo.- ¡Qué bárbara! ¿Algo de la trova yucateca?

Nínive.- ¡Me encanta!

Memo.- Como cuál.

Nínive.- “Ella… la que hubiera amado tanto… la que hechizó de música mi alma…”.

Memo.- (Cantando) “…me pide… con ternura que la olvide… que la olvide… sin odios y sin llanto”.

Nínive.- Ay, canta muy bien.

Memo.- Cantaba. Ya no. (Transición rápida) Oye, qué es lo que le… por qué esa música tan… tan vieja.

Nínive.- Porque es muy bella, las letras dicen cosas. Cosas que llegan al corazón.

Memo.- Estoy asombrado.

(Entra Clara, con un vaso de leche en la mano).

Clara.- Viejito, ¿quieres leche con vainilla?

Memo.- ¿Qué?

Clara.- ¿Esta niña no se piensa ir? Es tarde.

Nínive.- Es verdad. Me voy a apurar.

Clara.- Ya es noche, Memo. Deberías llevarla a su casa.

Nínive.- No se molesten. Ahorita tomo el metro y en un dos por tres…

Clara.- No, Memo. Llévala. Sirve que sacas el choche. Tiene semanas sin salir. Se nos va a echar a perder.

Memo.- Espérame un segundo, Nínive. (Memo sale).

Nínive.- Ya hicieron que me sintiera mal. Tantas molestias…

Clara.- No es ninguna molestia. Memo te va a llevar y asunto arreglado. (Transición) Así que vives sola.

Nínive.- Desde hace varios años.

Clara.- (Amable) ¿Antes?

Nínive.- Viví con una tía.

Clara.- ¿Ah, sí?

Nínive.- Era alguien muy difícil. Me hizo cosas muy feas. Me golpeaba.

Clara.- La hubieras denunciado.

Nínive.- Pero también tenía sus ratos que se portaba bien conmigo.

Clara.- Hay gente extremosa, hija.

Nínive.- Hasta llegaba a ser dulce y buena. De hecho, ¿sabe qué? Usted me la recuerda mucho.

Clara.- ¿De veras?

Nínive.- Tiene la misma mirada. Dulce y buena.

Memo.- (Entrando) ¿Nos vamos?

Nínive.- Sí. Hasta mañana, doña Clara.

(Nínive se despide dándole un beso en la mejilla a Clara, quien queda halagada mientras Memo y Nínive salen. Oscuro).

 

Escena VII

(Interior de una cantina, posiblemente en el centro de la ciudad. Un par de parroquianos, un mesero, un solitario trovador que canta boleros. Llega Memo y se sienta en una mesa –en proscenio-. Está inquieto).

Mesero.- ¿Qué le voy a servir?

Memo.- Una cerveza clara. No. Oscura.

Mesero.- ¿Botana?

Memo.- No. Por ahora no. Oiga, joven, quiero saber si está bien mi reloj. Son las siete y media, ¿verdad?

Mesero.- (Viendo su reloj) Siete treinta y cinco, para ser precisos.

Memo.- (Casi para sí) Ya se tardó.

Mesero.- No se preocupe. Siempre llega a quien esperamos. Orita le traigo su cerveza. (El mesero sale).

Memo.- (Para sí) Lo que me faltaba. (Despectivo) Un mesero filósofo.

(Memo espera. Le llevan la cerveza. Toma un sorbo. Llega Gonzalo, el hijo menor. Viste pantalón de mezclilla, camisa y saco. Saluda a su padre de beso).

Gonzalo.- Perdón, papá. El tráfico está terrible.

Memo.- Sí.

Gonzalo.- Y para colmo no hallaba dónde dejar el coche.

Memo.- ¿Lo dejaste muy lejos?

Gonzalo.- Como a cinco cuadras.

Memo.- Muy lejos.

Gonzalo.- (Proyectando) ¡Joven! ¡Joven! (El mesero se aproxima) Una cuba con bacardí blanco.

Mesero.- ¿Tehuacán?

Gonzalo.- Nomás con coca.

Mesero.- (A Memo) Qué le dije, mi señor. (El mesero sale).

Gonzalo.- Por qué te dijo eso.

Memo.- Sabe. (Transición) Cuéntame cómo estás.

Gonzalo.- Mmm… bien. Bien.

Memo.- No lo dices muy convencido, hijo.

Gonzalo.- Ya sabes. La chamba está difícil.

Memo.- Por qué.

Gonzalo.- Me han pedido pocos jingles.

Memo.- Escogiste una profesión complicada.

Gonzalo.- Sí, lo sé.

Memo.- Vivir de la música…

Gonzalo.- No vas a empezar a regañarme, ¿verdad?

Memo.- Cómo crees.

Gonzalo.- Hubieras preferido que fuera abogado, como Gregorio.

Memo.- Por supuesto que no.

Gonzalo.- O que me hubiera dedicado a vender casas, como Guillermo.

Memo.- Ya ves lo que pasó. Tus hermanos se las vieron tan difícil que tuvieron que irse a vivir a Estados Unidos.

Gonzalo.- Parece que allá les va mejor. Ganan en dólares.

Memo.- ¿Se te antoja?

Gonzalo.- Qué.

Memo.- Irte con ellos.

Gonzalo.- No sé. Lo he pensado.

Memo.- ¿Pero?

Gonzalo.- Nunca aprendí inglés.

Memo.- Nunca es tarde.

Gonzalo.- Ellos son… más adaptables. Sus mujeres, la verdad, querían ser gringas.

Memo.- Son unas sangronas. La última vez que hablé con ellas ya no sabían cómo decir cosas en español.

Gonzalo.- Por pose. ¿Tú crees que se les va a olvidar tan rápido?

Memo.- Claro que no.

(Llega el mesero con la bebida de Gonzalo. Pausa).

Gonzalo.- Pues… salud.

Memo.- Salud.

(Chocan sus vasos y beben).

Gonzalo.- Me da risa.

Memo.- Qué cosa.

Gonzalo.- Jamás habíamos estado en una cantina.

Memo.- ¿Tú?

Gonzalo.- Nosotros. Juntos.

Memo.- ¿No?

Gonzalo.- Seguro. No me digas que estamos celebrando algo.

Memo.- En todo caso, estamos celebrando que estamos juntos.

Gonzalo.- Me dijeron que van a venir.

Memo.- ¿Tus hermanos?

Gonzalo.- Para tu cumpleaños. Pero todavía falta. Es en seis meses, ¿no?

Memo.- Siete. Ni me lo recuerdes.

Gonzalo.- ¿No te gusta cumplir años?

Memo.- Después de los sesenta, no. Ya eres oficialmente “viejo”.

Gonzalo.- Pero tú no te ves viejo. Te ves muy bien. Hasta rejuvenecido.

Memo.- Lo dices para halagarme. (Sonríe) Seguro quieres que pague la cuenta.

Gonzalo.- En serio, papá. ¿Estás haciendo ejercicio?

Memo.- Tengo que hacer. Me lo ordenó el doctor.

Gonzalo.- Por qué.

Memo.- La presión. Se me sube. Un poco.

Gonzalo.- ¿Qué haces?

Memo.- Camino media hora diaria. ¿Y tú?

Gonzalo.- Yo qué.

Memo.- ¿No practicas ningún deporte?

Gonzalo.- Ya sabes que no fui bueno para eso.

Memo.- Cómo me acuerdo cuando los llevaba a jugar futbol.

Gonzalo.- Ni me digas.

Memo.- Para ti era un tormento.

Gonzalo.- Mis hermanos eran muy buenos. Sobre todo Gregorio.

Memo.- Si hubiera querido, hasta profesional hubiera sido.

Gonzalo.- Guillermo era buen portero.

Memo.- Pero nunca se quería ensuciar.

Gonzalo.- (Recordando con una sonrisa) De veras.

Memo.- Apenas se tiraba por un balón, de inmediato se levantaba para limpiarse la ropa.

Gonzalo.- Era pura figura. Pero era bueno.

Memo.- Gregorio era excelente. Y bravo. Bueno para los golpes.

Gonzalo.- (De repente serio) ¿Quieres comer algo?

Memo.- No, gracias.

(Silencio).

Gonzalo.- Creo que por eso no me gustó el futbol.

Memo.- Por qué.

Gonzalo.- Me comparabas con ellos.

Memo.- No lo hice.

Gonzalo.- Lo hacías. Todo el tiempo.

Memo.- ¿Eso crees?

Gonzalo.- Un día… nunca se me va a olvidar… estábamos jugando en las canchas de la escuela y… (Se detiene).

Memo.- ¿Y? Qué pasó.

Gonzalo.- ¿No te acuerdas?

Memo.- De qué.

Gonzalo.- Tenía doce años. Un chavito más grande que yo me dio una patada. Me levanté para reclamarle y me empezó a golpear. Mis hermanos, en lugar de defenderme, les pidieron a los demás que no se metieran, que nos dejaran agarrarnos a golpes.

Memo.- No me acuerdo.

Gonzalo.- Tendrías que acordarte. Porque justo cuando estábamos trenzados en la tierra, tú llegaste. Nos separaste.

Memo.- (Sin recordar) Qué pasó después.

Gonzalo.- Nos empezaste a decir, con una voz muy… muy tranquila, que eso no estaba bien, que no debíamos de pelearnos, que debíamos de jugar en paz. En paz.

Memo.- ¿Eso estuvo mal?

Gonzalo.- No me defendiste. (Pausa) Hubiera querido, no sé, que le hubieras dado unos buenos jalones de pelo, que le hubieras gritado que a un hijo tuyo no se le pega.

Memo.- Perdóname, hijo. No sabía que eso te…

Gonzalo.- A ellos los defendiste varias veces. A mí no. Ya no importa. Siempre fuiste conmigo… así.

Memo.- Discúlpame.

(Silencio).

Gonzalo.- Para qué me citaste.

Memo.- Necesitamos hablar de hombre a hombre. Se trata de algo serio.

Gonzalo.- Dime.

Memo.- Quiero confiarte algo… delicado. Muy delicado.

Gonzalo.- Habla.

Memo.- Tengo… ya sabes que tengo mucho tiempo con el taller… y pues… ahí han trabajado algunas muchachas.

Gonzalo.- Alicia y Estela.

Memo.- Y otras, antes. Las he respetado. Jamás había… las he visto siempre como trabajadoras. Respetándolas.

Gonzalo.- Te pusiste rojo.

Memo.- Es muy… hablar de esto es muy…

Gonzalo.- Tenme confianza.

Memo.- Hace un tiempo… llegó una chica nueva. Diferente.

Gonzalo.- No me digas que… ¿te gustó?

Memo.- Me enamoré.

Gonzalo.- ¿Y ella? ¿Ya se lo dijiste?

Memo.- Somos… somos amantes.

Gonzalo.- (Asombrado) ¿Tienes una amante?

Memo.- Todo ha pasado… ha sido superior a mis fuerzas.

Gonzalo.- ¿Ella te quiere?

Memo.- Me pidió que… me divorcie de tu mamá.

Gonzalo.- Qué le dijiste.

Memo.- ¿A tu mamá? Se lo pedí pero… no entendió. No comprendió lo que le pedía.

Gonzalo.- Es que es muy…

Memo.- Sé que a mi edad eso es absurdo.

Gonzalo.- Cuántos años tiene.

Memo.- Veinte.

Gonzalo.- ¿Se quiere casar contigo?

Memo.- Sí.

Gonzalo.- No intenta quedarse con el negocio, ¿verdad?

Memo.- Es una buena mujer. Está enamorada de mí.

Gonzalo.- No sé qué decirte.

Memo.- Dime todo lo que piensas.

Gonzalo.- Cuando ella tenga cuarenta…

Memo.- Estoy viviendo algo que pensé que jamás iba a suceder.

Gonzalo.- (Pensando) Supongo que debo apoyarte. ¿Y qué pasará con mi mamá?

Memo.- No le va a faltar nada. De eso me encargo.

Gonzalo.- Emocionalmente, quiero decir.

Memo.- El amor se acabó hace mucho. Es inercia. Costumbre.

Gonzalo.- Va a ser un escándalo, eso sí. Mis hermanos van a pegar el grito en el cielo.

Memo.- Van a seguir con sus vidas. Tú vas a seguir con la tuya. Y yo…

Gonzalo.- Hazlo. Arriésgate. Hazlo.

Memo.- Gracias. Lo voy a hacer.

(Silencio largo. Beben. Piensan. Suena el bolero “Llegaste tarde”).

Gonzalo.- Ya que estamos en las confesiones, yo también tengo algo que decirte.

Memo.- (Sonriendo, más aliviado) Esta plática nos estaba haciendo falta.

Gonzalo.- No es algo sencillo de entender.

Memo.- (Imitando la forma en que Gonzalo dijo la misma frase) Tenme confianza.

Gonzalo.- Vivo con alguien.

Memo.- ¡Qué bueno! Ya era hora.

Gonzalo.- No fue fácil.

Memo.- (Sonríe) Cuándo la voy a conocer.

Gonzalo.- Ese era el problema. Yo no aceptaba algo que estaba muy dentro de mí.

Memo.- No te entiendo.

Gonzalo.- Ahora te puedo decir que sí soy yo, el auténtico Gonzalo. El que sí se sabe defender, y sabe defender lo que quiere.

Memo.- Explícate.

Gonzalo.- Se llama Alberto. Es un buen hombre. Me quiere. También nos vamos a casar.

(Memo queda helado. Luego de verlo unos instantes, sin comprender, le quita la vista. Lentamente se levanta y camina hacia afuera del escenario. Gonzalo quiere decir algo, pero se contiene. Deja un billete en la mesa y sale. Oscuro).

 

Escena VIII

(Taller de costura. No hay nadie en el escenario, sólo los maniquíes, desnudos. Entra Memo, vestido como al inicio de la obra. Está confundido. Se sienta. Se lleva las manos a la cabeza. Resuenan en su mente, inconexos, algunos de los diálogos dichos durante su fiesta de cumpleaños).

Clara.- (Voz en off, con reverberación) “¿Te asustamos? ¡Te asustamos, Memo!”.

Gregorio.- (Voz en off, con reverberación) “¡La cara que puso!”.

Clara.- (Voz en off, con reverberación) “¡Se asustó mi viejito!”

Guillermo.- (Voz en off, con reverberación) “Todavía está pálido”.

Gonzalo.- (Voz en off, con reverberación) “¡No se muevan! ¡No se muevan! Así están perfectos”.

Gregorio.- (Voz en off, con reverberación) “¡Sesenta y cinco años! No los aparentas, papá. Te ves como de…”.

Gonzalo.- (Voz en off, con reverberación) “Como de ciento veinte”. (Ríe).

Clara.- (Voz en off, con reverberación) “Parece que no hubiera pasado el tiempo. Así lo veo todo. Yo tenía dieciocho...”.

Gonzalo.- (Voz en off, con reverberación) “Como de ciento veinte”. (Ríe).

Gregorio.- (Voz en off, con reverberación) “¡Sesenta y cinco años! No los aparentas, papá. Te ves como de…”.

Gonzalo.- (Voz en off, con reverberación) “Como de ciento veinte”. (Ríe).

(Memo lanza un grito contenido y se abraza las rodillas. De pronto, aparece por un extremo un “Abogado” con portafolios, que pone en la mesa, y anota cosas en una libreta).

Abogado.- De manera que quiere divorciarse.

Memo.- (Levanta la cabeza y asiente débilmente) Ajá.

Abogado.- A ver si podemos poner la ley de su lado.

Memo.- (Sin entender, como noqueado) ¿Cómo?

Abogado.- Cuántos años lleva de casado.

Memo.- No sé. Muchos.

Abogado.- ¿Régimen matrimonial?

Memo.- ¿Régimen…? Tampoco sé. El de…

Abogado.- ¿Tiene una copia del acta?

Memo.- La… la perdí. Creo que… (Casi dormido tentalea en la mesa. Encuentra unos papeles –en blanco- y se los da al Abogado). Creo que sólo tengo estos.

Abogado.- Veamos… (Los ojea profesional). Claro. Sociedad conyugal. Lleva… en efecto, muchos años. Demasiados, diría yo. (Ríe).

Memo.- Pero eso no importa, ¿o sí?

Abogado.- Digamos que… ¿qué es lo que quiere usted?

Memo.- Divorciarme. Ya no vivir con ella.

Abogado.- Pero desea algo más, ¿no es así?

Memo.- Casarme… con otra.

Abogado.- Debí imaginarme. Lo habitual. Quiere vivir con la nueva.

Memo.- Sí. Queremos. Los dos.

Abogado.- Déjeme decirle que tiene un problema en puerta.

Memo.- Por qué.

Abogado.- ¿Tiene mucho dinero?

Memo.- No. (Confundido) No.

Abogado.- Porque va a necesitar dinerito para comenzar “su nueva vida”.

Memo.- He pensado que podríamos… (Se detiene).

Abogado.- Qué piensa hacer con su exmujer.

Memo.- Quién sabe. No lo he pensado.

Abogado.- Ella tiene derecho a la mitad de su patrimonio. O más…

Memo.- ¿Más?

Abogado.- Se ha hecho cargo del cuidado de la casa durante cuarenta años. Eso le da derecho a…

Memo.- (Grita) ¡Ella no tiene derecho a nada! ¡Sólo ha estado sentada ahí, frente a la televisión, o en la cocina, hablando con la criada!

Abogado.- No se altere.

Memo.- ¡Grito porque se me pega la gana! ¡Porque estoy en mi casa! ¡Es mi casa! ¡Mi casa! ¡Y va a ser la de Nínive!

Abogado.- Creo que mejor hablamos otro día que esté más tranquilo.

(El Abogado toma su portafolios y sale).

Memo.- (Suavizando) Es mi casa. Va a ser nuestra casa. Nínive y yo. Nínive y yo. Nínive. Nínive.

(Entra el Sacerdote llevando un librito en la mano. Se coloca a un extremo. Habla con calma, pero muy firme –para nada “bondadoso”-).

Sacerdote.-…pero el divorcio es algo muy serio, hijo.

Memo.- (Más confundido) ¿Padre?

Sacerdote.- Es algo que debemos evitar por todos los medios.

Memo.- Pero es que yo…

Sacerdote.- Tenemos que hablar. Largo y tendido.

Memo.- No hay mucho que decir.

Sacerdote.- Estás pasando por momentos difíciles, aciagos. Necesitas auxilio y consejo.

Memo.- Yo sé lo que necesito.

Sacerdote.- Para eso está Dios, para ayudarnos a resistir la tentación de tomar el camino equivocado.

Memo.- No es una equivocación.

Sacerdote.- Es un gran error. Muy común en todos los hombres.

Memo.- (Irónico) Error.

Sacerdote.- Sí. Estás confundiendo las cosas.

Memo.- No estoy de acuerdo.

Sacerdote.- En Dios encontrarás la fuerza necesaria para evitar cometer una tontería.

Memo.- ¡No es ninguna tontería!

Sacerdote.- Abre los ojos.

Memo.- Sé lo que quiero hacer.

Sacerdote.- No lo sabes. (Remarcando) No lo sabes. (Breve pausa) Ante Dios juraste serle fiel a tu mujer, acompañarla y apoyarla para toda la vida.

Memo.- Pero conocí al amor de mi vida.

Sacerdote.- Tu verdadero amor es Clara.

Memo.- Ella se ha vuelto… insoportable. No puedo estar un segundo más a su lado. Detesto su voz, su forma de respirar, sus chantajes, sus manipulaciones.

Sacerdote.- Cómo puedes decir eso.

Memo.- Me robó mi vida.

Sacerdote.- Tú decidiste unirte a ella. Nadie te obligó.

Memo.- Era joven. Era un idiota. No sabía lo que estaba haciendo.

Sacerdote.- ¿Ahora sí lo sabes?

Memo.- Es distinto. Conocí el amor.

Sacerdote.- ¿Con ella? ¿Con la otra?

Memo.- Se llama Nínive.

Sacerdote.- Ella es algo pasajero. Un capricho. Un antojo.

Memo.- Usted no sabe de eso. Es… sacerdote.

Sacerdote.- Sé más de lo que te imaginas. Y, fíjate bien lo que te digo. Te comprendo.

Memo.- No. No entiende nada, padre.

Sacerdote.- El matrimonio es una carga tan pesada que a veces buscamos algo que nos ayude a aligerarla.

Memo.- Está diciendo estupideces.

Sacerdote.- Estoy hablando como sacerdote y como hombre. Te entiendo.

Memo.- Eso no es posi…

Sacerdote.- (Interrumpiéndolo) Pero tú también date cuenta que lo de esa muchachita es sólo placer.

Memo.- (Enfático) Sí. ¡Sí! Y la amo.

Sacerdote.- Eso crees.

Memo.- ¡La amo! ¡La adoro! ¡Y ella me adora!

Sacerdote.- Cálmate, Guillermo.

Memo.- ¡No me importa lo que diga usted! ¡Lo que digan los imbéciles de mis hijos!

Sacerdote.- (Incrédulo) Estás… cómo puedes hablar así de…

Memo.- ¡No cuento con ellos! Nunca he contado con ellos.

Sacerdote.- Pides demasiado de…

Memo.- ¡En este mismo momento voy a correr de esta casa a Clara!

Sacerdote.- ¡Estás loco!

Memo.- ¡Nunca he estado más lúcido! ¡La voy a echar de aquí! ¡Que se largue a donde sea, no me interesa!

Sacerdote.- Eres cruel.

Memo.- ¡Que se pudra a la mitad de la calle!

Sacerdote.- ¡No puedes hacer eso!

Memo.- ¡Nínive va a ser mi esposa! ¡Por fin seré feliz!

Sacerdote.- ¡Eres un viejo, y ella una niña!

Memo.- ¡Soy un hombre! ¡Nos amamos! ¡Y voy a ser feliz! ¡Feliz! ¡Cinco años, o dos, o un mes, o un solo día, qué importa!

Sacerdote.- (Pausa) Enloqueciste. Que Dios te perdone.

(El Sacerdote sale. Memo queda exhausto después de la discusión. Se vuelve a sentar. Respira hondo, se toca el pecho. Asiente con la cabeza al percibir que está bien. Se escucha un par de frases de la fiesta).

Gregorio.- (Voz en off, con reverberación) “¡Sesenta y cinco años! No los aparentas, papá. Te ves como de…”.

Gonzalo.- Como de ciento veinte. (Ríe).

Clara.- (Voz en off, con reverberación) “Parece que no hubiera pasado el tiempo. Así lo veo todo. Yo tenía dieciocho. Un día me quedé de ver en una nevería con una amiga…”.

Gregorio.- (Voz en off, con reverberación) “…que te quería presentar a su primo…”.

Gonzalo.- (Voz en off, con reverberación) “…que vivía en Chicago…”.

Clara.- (Voz en off, con reverberación) “Aunque se burlen. Y que según ella estaba muy guapo y era muy decente”.

Gregorio.- (Voz en off, con reverberación) “Lo que me parece más terrible de tu historia es que el tal primo “decente” terminara matando a su esposa… terminara matando a su esposa… terminara matando a su esposa… terminara matando a…”.

(Memo, desesperado, toma unas tijeras y, con violencia, las clava en la mesa. Se apaga ese lado del escenario).

 

Escena IX

(Como fondo, la música de un bolero –podría ser “Tú me acostumbraste”-. Se ilumina el otro extremo del escenario. Ahí está Nínive, en bata de dormir que transparenta un hermoso cuerpo desnudo. Acaba de darse un baño. Se unta crema en las piernas, se rocía perfume, se acicala el pelo con lentitud sensual. Casi al terminar la canción entra Memo, enredado en una toalla. Se acaba de bañar con ella. Comienza a vestirse, sonriente).

Memo.- ¿Vas a ir mañana a trabajar?

Nínive.- Claro.

Memo.- Si quieres, no vayas.

Nínive.- Quiero ir. Me gusta mi trabajo… (Jugando) pero detesto a mi jefe.

Memo.- Pero él te adora.

Nínive.- A mí me gusta hacer el amor con él.

(Memo la besa en la boca).

Memo.- Me tengo que apurar.

Nínive.- ¿Y a ti?

Memo.- Qué.

Nínive.- ¿No te gusta hacer el amor conmigo?

Memo.- (Pudoroso) ¡Nínive! Ya sabes que no me gusta hablar de eso.

Nínive.- (Riendo) ¡Por qué!

Memo.- No me preguntes por qué. Nada más no me gusta.

Nínive.- No tiene nada de malo.

Memo.- Mejor cambiemos de plática.

Nínive.- Es algo muy bonito. Es cuando te siento más cerca.

Memo.- Ya. Háblame de otro tema.

Nínive.- Dime una cosa y me callo.

Memo.- Qué.

Nínive.- Por qué cuando me haces el amor…

Memo.- (Se tapa los oídos) ¡Ya!

Nínive.- (Le quita las manos de los oídos) ¡Dime! Por qué cuando me haces el amor todo el tiempo me ves los senos.

Memo.- No voy a responder.

Nínive.- ¡Por favor, dime!

Memo.- No.

Nínive.- (Juguetona) ¡Por favor!

Memo.- (Evasivo) Porque… porque me gustas mucho. Ya. Dónde está mi cinturón.

Nínive.- (Pausa) Me gusta que me veas.

Memo.- (Lo encuentra) ¿Las llaves del coche? (Busca).

Nínive.- Me gusta que me veas. Y también me gusta cómo gritas cuando llegas.

Memo.- ¡Ya! Te voy a dar unas buenas nalgadas.

Nínive.- (Sexy) Eso estaría bien. Nunca lo hemos hecho.

Memo.- ¡Nínive!

Nínive.- ¿Te gustaría?

Memo.- (Encontrándolas) Aquí están.

Nínive.- Prométeme que la próxima vez me vas a dar de nalgadas.

Memo.- No. No sé.

Nínive.- ¿Y si probamos de una vez? (Lo abraza. Él se suelta).

Memo.- Me tengo que ir. Es tarde.

Nínive.- (Pausa) Una última pregunta y me callo.

Memo.- Ahora qué.

Nínive.- Júrame que me vas a responder.

Memo.- Depende.

Nínive.- Promételo.

Memo.- (Forzado) Está bien.

Nínive.- Cuando hacías el amor con tu mujer…

Memo.- Eso sí no.

Nínive.- (Insistiendo) ¿Cuando hacías el amor con ella también la mirabas?

Memo.- No.

Nínive.- ¿Nunca?

Memo.- Nunca.

Nínive.- ¿Por qué?

Memo.- Porque… No está bien que hablemos de eso.

Nínive.- Sólo dime eso. ¿Jamás la viste?

Memo.- (Apenado) Jamás la… Muy pocas veces la vi desnuda.

Nínive.- Me imaginé. ¿Y a otras mujeres?

Memo.- ¿Cuáles?

Nínive.- No sé. Otras mujeres. En tu vida.

Memo.- No hubo otras mujeres.

Nínive.- ¿Ninguna?

Memo.- Hasta que llegaste tú.

Nínive.- O sea que… ¿O sea que soy la primera mujer que ves desnuda? ¿Que realmente ves desnuda?

Memo.- (Breve pausa. Tímido) Sí.

Nínive.- (Alegre por su descubrimiento) ¡Por eso me ves todo el tiempo!

Memo.- Ya no quiero hablar de…

Nínive.- (Halagada) ¡Guillermo! (Lo abraza).

Memo.- (Se suelta) Ya me tengo que ir.

Nínive.- Una última pregunta.

Memo.- (Con falso enfado) ¡Ya no!

Nínive.- (Infantil) Última-última. Te lo juro.

Memo.- Tus preguntas me están poniendo nervioso.

Nínive.- Una y ya.

Memo.- (Paternal) A ver.

Nínive.- (Lenta) Cómo has podido aguantar tanto tiempo con ella.

Memo.- Eso sí no te lo voy a poder contestar.

Nínive.- Por qué.

Memo.- Porque ni yo mismo lo sé.

Nínive.- Debe haber una razón.

Memo.- Supongo que… no sé… los hijos…

Nínive.- Pero ellos ya son hombres, viven aparte, lejos.

Memo.- Te digo que no sé.

Nínive.- Qué haces con ella. Todo el tiempo, quiero decir.

Memo.- Nada.

Nínive.- De qué hablan.

Memo.- No sé. De… del negocio… de recuerdos… de lo que hay en la televisión… Cosas de viejos.

Nínive.- Tú no eres viejo.

Memo.- Tengo sesenta y cuatro años.

Nínive.- No lo eres. Me lo demuestras todas las veces que vamos a la cama.

Memo.- Nínive… Ya sé a dónde vas.

Nínive.- ¿Y?

Memo.- Esta plática ya la hemos tenido muchas veces.

Nínive.- Ella sí es vieja. No te merece.

Memo.- (Suspicaz) ¡Otra vez! Qué me quieres decir.

Nínive.- Tú lo sabes.

Memo.- No. No lo sé.

Nínive.- Déjala.

Memo.- Ya te dije que no pue…

Nínive.- (Interrumpiéndolo) Déjala. No tienes caso que sigamos así.

Memo.- Ya te he dicho muchas veces que…

Nínive.- ¿Qué pensarías si te dijera que estoy embarazada?

Memo.- (Serio) ¿Lo estás?

Nínive.- No. ¿Pero no te gustaría?

Memo.- ¿A mi edad?

Nínive.- Sería maravilloso. ¡Nuestro hijo!

Memo.- No estaría bien.

Nínive.- ¡Deja de estar pensando en lo que está bien y lo que no! ¡Sería hermoso! ¡Un hijo nuestro!

Memo.- Creo que esto está siendo muy…

Nínive.- Sepárate. Déjala. Ya. Hoy mismo.

Memo.- Eso sería muy…

Nínive.- ¿Lo has pensado? Dime. ¡Dime!

Memo.- Sí.

Nínive.- Entonces lo quieres hacer, pero no te atreves.

Memo.- Es posible.

Nínive.- Hazlo. Pero hazlo ya.

Memo.- Y… qué vamos a hacer tú y yo.

Nínive.- Cómo que qué. Vivir juntos, como marido y mujer.

Memo.- ¿Y ella?

Nínive.- ¡Qué te importa! ¡Que se vaya a vivir con sus hijos! ¡Que ellos se hagan cargo! ¡Tú necesitas vivir tu vida! ¡Guillermo… abre los ojos!

Memo.- Supongo que tienes razón.

Nínive.- ¡Tenemos razón!

Memo.- (No muy convencido) Hoy mismo lo hago. Le pediré el divorcio.

Nínive.- No te lo va a dar.

Memo.- Se lo voy a exigir.

Nínive.- Yo te voy a decir qué es lo que vas a hacer: vas a tomar una maleta, vas a meter su ropa, y la vas mandar a casa de Gonzalo. Hoy mismo.

Memo.- Pero…

Nínive.- En cuanto hagas eso, me llamas y me voy a tu casa. A partir de ese momento viviremos juntos.

Memo.- No va a ser fácil…

Nínive.- Júrame que lo vas a hacer. Hoy mismo. Ahora.

Memo.- Este… yo…

Nínive.- ¡Júramelo! ¡Júramelo!

Memo.- ¡Está bien! (Pausa) Lo juro. Lo juro.

Nínive.- No quiero decirte esto, pero me obligas a hacerlo. (Lenta) Si no lo haces, no me volverás a ver. No volverás a entrar por esa puerta. Jamás regresaré contigo. Ni volverás a hacer el amor conmigo.

Memo.- Está bien.

Nínive.- ¡Deshazte de ella! ¡Deshazte de ella! ¡Júramelo!

Memo.- (Tomando fuerzas) Lo voy a hacer. Lo haré. Lo juro.

(Memo respira hondo, como si le faltara el aire, y se dirige afuera del escenario. Incluso se soba el pecho. Nínive queda seria, serena, con un gesto decidido –no sonríe-, y sale del escenario. Se oscurece esa área del escenario).

 

Escena X

(Se ilumina el área de la sala de la casa de Memo. Clara, sentada en el reclinable verde, ve la televisión. Audio de una película mexicana –“Peregrina”, con Antonio Aguilar-. Entra Memo –vestido como al inicio de la obra-. Se le nota turbado, exhausto, muy tenso, muy nervioso. No sabe si sentarse).

Clara.- Dónde estabas, viejito.

Memo.- En… en el taller.

Clara.- Trabajando a estas horas.

Memo.- Tenía… tengo pendientes.

Clara.- Pero es tu cumpleaños.

Memo.- Ajá.

Clara.- Trabajar el día de tu cumpleaños es pecado.

Memo.- Sí. Supongo que tienes razón.

Clara.- Siéntate.

Memo.- ¿Qué?

Clara.- Ay, que te sientes. Qué haces ahí parado.

Memo.- Nada. Nada.

Clara.- (Cálida) Que te sientes, te digo.

Memo.- Voy.

Clara.- (Pausa) Estuviste horas en el taller.

Memo.- Sí.

Clara.- Ni me di cuenta cuando te fuiste.

Memo.- ¿No?

Clara.- Me quedé dormida. Un rato. Mucho.

Memo.- ¿Ah, sí?

Clara.- Tengo sueño.

Memo.- Es tarde.

Clara.- Apenas se fueron los muchachos, me dormí.

Memo.- Ah.

Clara.- Pensé que se iban a quedar más tiempo.

Memo.- Claro.

Clara.- Tenían más de un año de no venir.

Memo.- Pues es que viven lejos.

Clara.- (Aclarando) Guillermo chico y Gregorio.

Memo.- Sí. Ellos.

Clara.- Tampoco Gonzalo viene seguido.

Memo.- Por su trabajo, supongo.

Clara.- Pobre. Me mortifica tanto…

Memo.- Por qué.

Clara.- Vive solo. Ya debería conseguirse una buena mujer.

Memo.- Debería.

Clara.- Se le nota en la cara que está muy solo.

Memo.- (Guardando el secreto) Tal vez no esté tan solo.

Clara.- Sí lo está. Yo lo siento. Es mi hijo.

Memo.- Sí. Es tu hijo.

Clara.- No me lo dice, pero sufre.

Memo.- Sí. Sufre mucho.

Clara.- Está delgado. Demacrado.

Memo.- No me di cuenta.

Clara.- Ay, cómo no lo vas a notar.

Memo.- No.

Clara.- Aunque se ría… porque ríe mucho… me doy cuenta de su tristeza.

Memo.- Siempre te has dado cuenta de todo.

Clara.- A veces he pensado una locura.

Memo.- Cuál.

Clara.- Que no le gustan las mujeres.

Memo.- Qué quieres decir.

Clara.- Eso. Que les tiene miedo. ¿Y sabes qué he pensado?

Memo.- Qué.

Clara.- Que si está tan solo… deberías proponerle que salga con alguna de las muchachas del taller.

Memo.- ¿Ah, sí? Con cuál.

Clara.- No sé. Con Alicia… o con Estela. Son muy monas.

Memo.- Sí. Lo son.

Clara.- O con Nínive.

Memo.- Ajá.

Clara.- ¿Y cómo viste a Guillermo chico y a Gregorio?

Memo.- Bien.

Clara.- No estoy de acuerdo.

Memo.- Por qué.

Clara.- Se están volviendo… diferentes.

Memo.- ¿Sí?

Clara.- Supongo que se están haciendo al modo de Estados Unidos.

Memo.- Debe ser.

Clara.- ¿Te imaginas?

Memo.- Qué.

Clara.- Cuando podamos ver a nuestros nietos.

Memo.- Qué con ellos.

Clara.- Ya son gringos.

Memo.- ¿Ah, sí?

Clara.- Ay, Memo. Estás en la luna. ¿Qué, no la pasaste bien en tu cumpleaños?

Memo.- Sí.

Clara.- Sí qué.

Memo.- Sí la pasé bien.

Clara.- (Transición) Ay, ¿habrá regresado Lupe?

Memo.- No sé.

(Clara se levanta con trabajos).

Clara.- Ay, esta rodilla que no me deja ni moverme. (Se asoma por un extremo y proyecta la voz). ¡Lupe! ¿Ya regresaste? ¡Lupe!

Lupe.- (Voz en off) ¡Voy!

Clara.- Ya regresó. (Clara vuelve al sillón verde) ¿Ya la viste?

Memo.- ¿Qué dices?

Clara.- Que si ya viste la película.

Memo.- Cuál.

Clara.- La que está en la tele.

Memo.- No. Cuál es.

Clara.- Una muy bonita. Es de amor.

Memo.- Ah, no.

Clara.- Es “Peregrina”. ¿Sabes por qué me gusta?

Memo.- No.

Clara.- Porque cantan puras canciones de la trova yucateca.

Memo.- (En lo suyo) Qué bueno.

Lupe.- (Entrando, apurada) Perdón, señito. Ando a las prisas.

Clara.- ¿Y eso?

Lupe.- Es que la señora de la esquina quiere que le cuide a su niño, que porque va a salir a una fiesta.

Clara.- ¿Te vas a tardar?

Lupe.- Me dijo que va a regresar como a la una de la mañana. ¿Me da permiso?

Clara.- Bueno. Pero estás aquí a la una.

Lupe.- (Medio mutis) Gracias, señito.

Clara.- Lupe.

Lupe.- Dígame, seño.

Clara.- No seas malita. Tráeme tantito pastel. ¿Quedó?

Lupe.- Un montón. Ni comieron.

Clara.- ¿Tú no quieres, viejito?

Memo.- Sí.

Clara. Ándale, Lupe.

(Lupe sale por el pastel. Silencio. Se escucha el audio de la película. Memo se frota las manos sudorosas, nervioso).

Clara.- ¿Sabes que me dijo Guillermo chico?

Memo.- Qué.

Clara.- Que a tus nietos les platica mucho de ti.

Memo.- ¿Ah, sí?

Clara.- ¿Y sabes que les dice?

Memo.- No. Qué.

Clara.- Que eres un padre ejemplar.

Memo.- Ajá.

Clara.- ¿No te da emoción?

(Entra Lupe con el pastel –aún en la charola-. Lupe empuña el cuchillo y lo deja a un lado de la mesa de centro. Memo ha visto esa acción con sumo cuidado, ideando su plan. Lupe deja unas servilletas a un lado).

Lupe.- Ya está, señito.

Clara.- Gracias, Lupe. Ahora sí, vete. Ah, (A Memo) ¿quieres tu pastilla para la presión?

Memo.- No.

Clara.- ¿De veras? Tómatela, viejito.

Memo.- (Seco) No.

Clara.- Bueno. (A Lupe, sin mirarla, ve la televisión, pero comienza a parpadear de sueño) Vete, Lupe. No tardes.

Lupe.- No, señito. Gracias.

Clara.- Mañana van a venir a desayunar mis hijos.

Lupe.- Sí, seño.

(Lupe sale. De nuevo queda en la atmósfera el audio de la película. Se escucha claramente la canción “Presentimiento”. La letra que dice: “El día en que cruzaste por mi camino, tuve el presentimiento de algo fatal, esos ojos, me dije, son mi destino, esos brazos morenos son mi dogal”. Memo levanta la cabeza para confirmar que Lupe se haya ido. Clara ve la televisión y comienza a cabecear de sueño. Memo sabe que es su oportunidad. Toma una servilleta y, con cuidado, empuña el cuchillo. Clara reclina la cabeza para dormitar. Memo duda. Respira con dificultad. La canción cambia. Ahora suena “Beso asesino”. Se levanta y calcula el golpe criminal. Cierra los ojos, los abre, resuelve hacerlo.

 

Memo: (Bajo, intenso, para sí) ¡Tengo que matarla! ¡Tengo que matarla!

 

(Justo cuando lo va a asestar, siente un dolor en el pecho. Se lleva la mano al corazón. Poco a poco se desploma. Gime. Clara abre los ojos. Ve que su marido desfallece. Se incorpora y lo toma entre sus brazos. Ambos en el suelo).

Clara.- ¡Memo! ¡Qué te pasa! ¡Memo! ¡Memo!

Memo.- (Agonizando) Yo te… yo te…

Clara.- ¡Memo! ¡Mi amor! ¡No te vayas! ¡No te me vayas! ¡Te amo! ¡Te amo! ¡No me dejes! ¡No me dejes! ¡No me dejes!

(Memo muere. Llorando, Clara lo besa en los labios. En el fondo, “Beso asesino”. Oscuro final).

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

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