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¡BIENVENIDO, AMOR!

de Francisco Compañ Bombardó

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

¡BIENVENIDO, AMOR!

 

 

de Francisco Compañ Bombardó

 

currocompan@yahoo.es

 

 

PERSONAJES:

(Por orden de intervención.)

 

                                                           REVISOR

                                                           SOR ISABEL

                                                           SOR SAGRARIO

                                                           MARÍA

                                                           PANCRACIO

                                                           FELISA

                                                           BERNARDO

                                                           DOÑA LUISA

                                                           ALEJANDRO

                                                           DON RICARDO

 

 

PRÓLOGO

            Telón corto que representa el interior de un vagón de tren, colocado de forma paralela a la batería. En el foro de dicho telón se pueden apreciar las ventanas del tren, en el que van pasando imágenes de paisajes frondosos. Las ventanas en su parte superior tienen unas ventanillas correderas, las cuales están medio abiertas. Hay ocho asientos colocados de dos en dos.

            Ocupando los asientos, de izquierda a derecha de la escena, se encuentran SOR SAGRARIO, que es la monja con más edad del convento, es sorda por los dos costados, aunque lee como nadie los labios; junto a ésta se sienta SOR ISABEL, que es campechana, cotilla y apasionada en todo lo que hace; frente a las dos se sitúa MARÍA, que es todavía novicia, de unos veinticuatro años, viaja con sus dos compañeras de convento porque es la única de la orden que sabe francés, inglés, italiano y tagalo, aunque es también la única que no sabe latín. En el asiento de atrás de MARÍA se sienta PANCRACIO, que está mirando el paisaje, y que tiene unos sesenta años aproximadamente, lleva toda su vida como mayordomo en las mejores familias francesas, inglesas y, alguna que otra, argentina; discreto, elegante y serio, mantiene en todo momento una compostura inglesa; está de vuelta de todo. Detrás de éste se sitúan FELISA y BERNARDO, éste duerme a pierna suelta, mientras que ella está pelando patatas en un bol de plástico; FELISA es una muchacha joven, bastante cazurra, y que al ponerse nerviosa habla amontonando las palabras, poniendo unas delante de otras y viceversa, pero tienen unas manos divinas para la cocina; BERNARDO es un hombre de mediana edad, no dado a largas conversaciones, y, siempre que puede, se las da de enterado.

            En cada extremo del vagón hay una puerta que se comunica con otros vagones. De la puerta situada a la izquierda entra el REVISOR.

 

 

COMIENZA LA ACCIÓN

            REVISOR.- (Balanceándose por el “tracatrá” del tren.) ¡Ah, están aquí! Les he buscado por todo el tren.

            MARÍA.- Pues no nos hemos movido del asiento en todo el viaje.

            REVISOR.- ¿Ni siquiera para ir al servicio?

            SOR ISABEL.- Ni siquiera para eso. Con este traqueteo es más peligroso el camino al baño que ir de misiones a Tanzania con la tribu de los Yocoloco.

            REVISOR.- Ya deberían de estar ustedes acostumbradas, hermanas.

            SOR ISABEL.- Mil años que haga este viaje, mil años que no me acostumbraré.

            SOR SAGRARIO.- (Que lleva toda la conversación intentando captar alguna frase.) ¿De qué hablan? ¡No entiendo nada!

            REVISOR.- ¿No lleva el aparato, “Sor Dera”?

            SOR ISABEL.- Un día Sor Sagrario le va a entender.

            REVISOR.- Es un riesgo que me gusta correr, Sor Isabel; así quemo adrenalina.

            SOR ISABEL.- El aparato lo perdió en Italia; concretamente en la Fontana Di Trevi. Confundió los aparatos para la sordera con dos monedas, y las lanzó a la fuente.

            REVISOR.- Los aparatos... no sé yo; pero dicen que si tiras unas monedas a esa fuente, alguna vez en la vida vuelves a Roma.

            SOR ISABEL.- Yo le aseguro que lanzar a la Fontana esos aparatos es mano de santo.

            REVISOR.- No me diga.

            SOR ISABEL.- Lo que yo le diga, hijo. Sor Sagrario vuelve a Italia seguro, porque esos aparatos solo los fabrican en Roma; concretamente en la calle Amicci, junto al Café Pío Monte. ¿Lo conoce?

            REVISOR.- No.

            MARÍA.- ¿Nunca ha estado en Roma?

            REVISOR.- Jamás. Me he pasado toda la vida en este tren. En ocasiones me gustaría alargar las vías, y observar qué hay más allá de aquellas montañas; de esos horizontes.

            MARÍA.- ¿Ha pensado bajarse algún día del tren?

            REVISOR.- ¿En marcha?

            MARÍA.- Me refiero a que si ha pensado alguna vez dejar el tren para dedicarse a otra cosa.

            REVISOR.- ¿Otra cosa? No sé hacer otra cosa. Llevo casi treinta años en este servicio. Me muestran los billetes, y yo los pico; ése es mi trabajo.

            SOR ISABEL.- También muestra dónde se tiene que sentar cada pasajero. Imagínese cómo sería esto sin usted; un descontrol, vamos.

            REVISOR.- (Extrañado.) ¿Usted cree?

            SOR ISABEL.- Yo creo mucho. De lo contrario no estaría aquí.

            MARÍA.- Además, tiene usted una conversación muy amena; y eso es de agradecer.

            SOR SAGRARIO.- (Que intenta seguir la conversación como puede.) ¿Quién va a perecer?

            REVISOR.- (Haciendo una cruz con los dedos.) ¡No sea ceniza, madre!

            SOR ISABEL.- ¡Hermana, por Dios!

            MARÍA.- Es que hay que hablarle de frente, para que pueda leer los labios.

            REVISOR.- ¿Sabe leer los labios?

            SOR ISABEL.- Divinamente. Hizo un curso por correspondencia, y a una distancia de cincuenta metros no se le escapa una. A veces, de perfil también coge algo.

            REVISOR.- Pues podían ustedes haber avisado antes, porque con lo de “Sor Dera” me la estaba jugando.

            SOR ISABEL.- Ya le he dicho que un día le iba a pillar.

            MARÍA.- Además, ¿no le gusta a usted el riesgo?

            REVISOR.- Sí, pero...

            SOR SAGRARIO.- (Que sigue sin oír nada.) ¡Cuéntenme de qué hablan, por caridad!

            MARÍA.- (Acercando la cara a la de SOR SAGRARIO.) Le estábamos contando a este señor lo de sus aparatos.

            SOR SAGRARIO.- Ah, sí. (Mirando al REVISOR.) Una pena, hijo, una pena.

            REVISOR.- ¿Y qué hacían ustedes en Italia? No me digan más; han ido al Vaticano, a ver al Papa. ¿Lo han visto? ¿Les ha recibido?

            SOR ISABEL.- Pero, hijo, ¿usted se cree que Su Santidad vive en una casa mata donde todo el mundo que va pasa a saludarlo, como si eso fuera una pensión? No, señor. Él vive en un palacio, donde para visitarlo hay que pedir audiencia.

            REVISOR.- Sinceramente, y a mi humilde entender, me quedo con la idea de la casa mata; es más del pueblo, ¿no le parece?

            SOR ISABEL.- Hacen lo de la audiencia para mantener un orden. (Le hace gestos para que se incline un poco hacia ella, pues lo que le va a decir lo trata como confidencial. El REVISOR se inclina.) Lo del palacio, es para mantener las distancias; a la gente le gusta que lo que adora tenga poder.

            REVISOR.- (Incorporándose.) Creo que ya sé por dónde va; pensaré en ello.

            SOR ISABEL.- Confidencial, ¿eh?

            REVISOR.- Yo no he escuchado nada... (Mirando a SOR SAGRARIO.) ¿Y usted, “Sor Dera”?

            MARÍA.- No tiente a la suerte.

            SOR SAGRARIO.- ¿Cómo dice, hijo? Si no se pone de cara a mí no le entiendo nada.

            REVISOR.- (Sentándose frene a ella.) ¡Quién le manda a usted viajar tanto! ¿Qué se le perdió en Roma, madre?

            SOR SAGRARIO.- Una cocinera, hijito.

            REVISOR.- ¿Una cocinera?

            SOR ISABEL.- Exactamente en Italia no se nos perdió. Es más, en realidad no se nos perdió, nos la perdieron.

            REVISOR.- ¿Se la perdieron? No entiendo...

            SOR ISABEL.- Muy sencillo. Le explico; todo comenzó en la convención nacional de conventos, que se celebra anualmente. Este año se ha celebrado en Valladolid. Allí nos reunimos, y además de debatir sobre temas eclesiásticos y divinos, también hacemos un concurso de gastronomía, en el que se presentan las mejores elaboraciones propias de cada convento. En la presente edición, para sorpresa nuestra, llegamos a la final, alcanzando la victoria. El plato, y no porque fuese nuestro, estaba para chuparse los dedos; bueno, quiero decir, el contenido del plato.

            REVISOR.- ¿De qué se trataba?

            SOR ISABEL.- Pues, por entonces, nuestra cocinera, Sor Margarita, hizo pollo con zumo de naranja, amenizado con guindillas de pascua, y regado con mino de misa. ¡Riquísimo, oiga! Fíjese que yo creo que el éxito estuvo en el pollo, que fue criado por nosotras. En fin, a lo que íbamos, que el Obispo de Tarragona pasaba por ahí... Vio, probó y llevó.

            REVISOR.- ¿La receta?

            SOR ISABEL.- La cocinera. Se la llevó a un convento de Reus.

            REVISOR.- ¿De la misma congregación?

            MARÍA.- En dos semanas ya pertenecía a las Hermanas de la Cruz de Hierro.

            REVISOR.- ¡Sopla! ¿Y sin pagar traspaso ni nada? ¡Cómo está el clero! ¿Y qué hicieron ustedes? Se quejaron, claro. Ante tal atropello no cabe otra cuestión.

            SOR ISABEL.- Nos quedamos con las ganas.

            SOR SAGRARIO.- Con las dos; las de protestar y las de comer. Porque desde entonces no hay cocinera; y cada día a la hora de comer se produce un caos... ¡Que ríase usted de la Torre de Babel!

            REVISOR.- (Sorprendido por la intervención de SOR SAGRARIO.) ¡Vaya, cómo ha cazado la conversación!

            MARÍA.- Ya le dije que no tentara a la suerte.

            SOR ISABEL.- Ya no podíamos más. Nos eligieron a nosotras tres en el convento para conseguir una buena cocinera.

            REVISOR.- ¿Y lo han logrado?

            SOR SAGRARIO.- Nos fuimos tres, y regresamos tres. Igual que nos fuimos venimos, con las manos vacías...

            SOR ISABEL.- (Interrumpiéndola.) Y el estómago lleno. Porque, eso sí, hemos ido a los mejores restaurantes.

            REVISOR.- ¿Por dónde han buscado?

            MARÍA.- El Vaticano, Francia, Italia y los mejores restaurantes de Madrid.

            REVISOR.- ¿Y no ha sido suficiente? ¿No han encontrado nada?

            SOR SAGRARIO.- Sí, hijo, sí. Hemos encontrado personas que cocinaban realmente bien.

            SOR ISABEL.- Pero eran todo hombres. No entiendo la razón de por qué en los mejores restaurantes los cocineros tienen que ser varones. ¿Es que las mujeres no cocinan bien?

            REVISOR.- Por algunas conversaciones que he escuchado aquí, a personas entendidas en la materia, parece ser que se debe a que la mujer no sabe mandar.

            En el asiento de atrás de MARÍA, se encuentra PANCRACIO, que ha seguido atento toda la conversación.

            PANCRACIO.- (Incorporándose) Si me permiten... No he podido evitar escuchar su conversación; y la duda que usted expone, amigo revisor, puede que se deba a que el hombre no sabe o le cuesta ser dirigido por una mujer. “¿Por qué?”, se preguntarán ustedes; pues me temo que por lo de siempre, y ya saben a lo que me refiero. Y les puedo asegurar que una señora dirige igual que un hombre; igual de mal, y, por supuesto, igual de bien.

            MARÍA.- (A SOR SAGRARIO.) Qué bien habla, ¿verdad?

            SOR SAGRARIO.- No te dejes embaucar, María. Seguro que es comerciante de mantas.

            PANCRACIO.- Permítanme que me presente; Pancracio Cienfuegos De Benito, natural de Guadalajara, y me dirijo a la mansión de los marqueses de Sierrasoma.

            MARÍA.- (A SOR SAGRARIO.) Tal vez sea un aristócrata.

            SOR SAGRARIO.- ¡Qué inocente! Llevo años y años viajando en este tren, y todavía no se ha subido en él ninguno de la aristocracia.

            PANCRACIO.- Por cierto, ¿me podrían decir cuánto queda para llegar?

            REVISOR.- (Levantándose y volviéndose a situar en el pasillo.) Pues... (De repente todo el paisaje de las ventanas se torna negro, ya hasta el final del trayecto. Hace una leve indicación hacia la ventana.) En estos momentos queda exactamente un ratito.

            PANCRACIO.- ¿Tan exacto me lo puede decir? ¿No teme equivocarse?

            REVISOR.- Está bien... (Agitando la mano de un lado a otro.) Aproximadamente.

            PANCRACIO.- (A las MONJAS.) Si no es mucho preguntar, ¿se dirigen ustedes también allí?

            SOR ISABEL.- Vamos a la misma estación, pero no al mismo lugar. Usted, si lo he entendido bien, se encamina a la mansión de Don Ricardo, ¿no es cierto?

            PANCRACIO.- Veo que le conocen.

            SOR SAGRARIO.- En aquel lugar nos conocemos todos.

            PANCRACIO.- ¿Tan pequeño es?

            SOR ISABEL.- En realidad, no es que sea pequeño, es que es inexistente.

            REVISOR.- (En tono de broma.) Vamos, que se podría decir que son ustedes dos familias.

            SOR ISABEL.- No, no se podría decir; hay que decirlo. Detrás de las montañas tan solo se encuentran la mansión de la familia Sierrasoma, y nuestro humilde convento.

            REVISOR.- ¿A qué orden pertenecían?

            SOR ISABEL.- Y pertenecemos, oiga; y pertenecemos. Somos de la orden Celestina.

            PANCRACIO.- ¿Y viven muy lejos?

            MARÍA.- Al contrario; vivimos muy cerca.

            SOR SAGRARIO.- Unos enfrente de otros.

            SOR ISABEL.- Concretamente, la mansión de los Sierrasoma dista a unos cincuenta metros de nuestro convento.

            REVISOR.- (En tono gracioso.) Vaya, que cuando hacen un guateque son ustedes las primeras en enterarse.

            MARÍA.- Más o menos.

            PANCRACIO.- Lo que no entiendo es cómo a alguien se le ocurriría hacer una mansión tan apartada de la civilización.

            REVISOR.- ¿Y se llevan bien?

            SOR SAGRARIO.- ¡Qué remedio, hijo! Si encima que somos pocos nos llevamos mal...

            MARÍA.- ¿Por qué habríamos de llevarnos mal?

            REVISOR.- Hombre, no sé...

            PANCRACIO.- Seguramente, quiso decir usted (Refiriéndose al REVISOR.) que hay que tener algún tipo de excentricidad para irse a vivir en medio del campo.

            REVISOR.- (Dándole la razón, aunque sin mucha convicción.) Sí, eso mismo... (Aparte) Creo.

            SOR ISABEL.- Pues así a vuela pluma no les sabría decir con precisión. Todos tenemos nuestras manías.

            PANCRACIO.- (Intentando sonsacar.) Algunos más que otros.

            SOR SAGRARIO.- (A SOR ISABEL.) Sor Isabel, dígaselo. Este hombre, a buen seguro, debe conocer aquella casa; sus habitante y sus costumbres mejor que nosotras. (A PANCRACIO.) ¿No es cierto, Don Pancracio?

            PANCRACIO hace una mueca con la cabeza, no dando a entender nada.

            SOR ISABEL.- ¿Costumbres? ¡Locuras, llamaría yo a sus actos!

            MARÍA.- (A SOR ISABEL.) Estaba usted deseando soltarlo.

            PANCRACIO.- (Muerto de la curiosidad.) Por mí no lo haga. Desahóguese, desahóguese.

            REVISOR.- Nos tiene usted en ascuas.

            SOR ISABEL.- Pues verán, acérquense. (PANCRACIO y el REVISOR se inclinan prestando más atención.) El problema en aquella casa son los hombres.

            PANCRACIO.- Viniendo esa sentencia de boca de una mujer, aunque sea del clero, no es una opinión muy objetiva que digamos.

            SOR ISABEL.- ¡No diga tonterías!

            MARÍA.- ¡Sor Isabel, por Dios! Conténgase, hermana.

            SOR ISABEL.- (A PANCRACIO.) Disculpe usted. No sé contenerme cuando chismorreo. ¿Qué le voy a hacer?

            PANCRACIO.- No tiene usted de qué disculparse, hermana. Está en su completo derecho de apasionarse con sus palabras. Además, ¡qué caray!, que es muy saludable.

            REVISOR.- Diga usted que sí.

            SOR ISABEL.- Continúo. Les he dicho lo de los hombres, porque son al padre y al hijo a los que se les va la cabeza.

            REVISOR.- ¿Y a las mujeres de la casa no?

            SOR ISABEL.- Diga usted mejor la mujer; en singular.

            MARÍA.- Es el matrimonio y el niño.

            SOR ISABEL.- El niño, por decir algo. Porque ya tiene sus treinta años.

            MARÍA.- Todavía le quedan un par de años. (En este instante SOR ISABEL, SOR SAGRARIO, PANCRACIO y el REVISOR la miran extrañados. Ante las miradas, rectifica.) Lo sé de casualidad.

            PANCRACIO.- ¿Y la servidumbre?

            SOR ISABEL.- No aguantan ni una semana. El único que resiste es el jardinero; pero yo creo que es porque no entra en la casa, y no tiene ningún tipo de trato con los señores.

            REVISOR.- Para cobrar seguro que entra.

            SOR SAGRARIO.- (Que sigue la conversación con la mirada.) Ni para eso, hijito. Se lo ingresan directamente en el banco.

            SOR ISABEL.- Yo creo que eso es lo que le está salvando.

            PANCRACIO.- (Muy intrigado.) ¿Pero qué es lo que ocurre en aquella mansión para que caiga de tal manera todo el servicio? Tampoco debe de ser para tanto.

            REVISOR.- Seguro. Lo que pasa es que el servicio se ha vuelto muy tiquismiquis.

            SOR ISABEL.- ¿Tiquismiquis? ¿Usted qué pensaría si hoy su señor es un perro, mañana un elefante, y pasado un ciempiés?

            REVISOR.- Que se ha caído de un árbol.

            SOR SAGRARIO.- Eso es cuando le toca ser un mandril.

            PANCRACIO.- (Aparte.) ¡Dónde me voy a meter!

            REVISOR.- ¿Y no tiene momentos lúcidos?

            MARÍA.- Claro, hombre, como todo el mundo. Lo que sucede es que los disimula muy bien.

            SOR ISABEL.- Cuando más animal se vuelve es cuando le pedimos algún donativo para hacer arreglos en el convento.

            REVISOR.- No quiere dar un duro, ¿verdad? Si es que, en realidad, los ricos se hacen ricos porque no sueltan el dinero.

            MARÍA.- Al contrario; da, y mucho. Lo que sucede es que tenemos que estar detrás de él, día y noche, hasta que deje de ser animal, para poder explicarle el motivo de la donación.

            REVISOR.- ¿No han intentado comunicarse con él a través de ladridos, graznidos, o lo que sea, según convenga?

            SOR SAGRARIO.- Lo hemos intentado todo, hijito. El problema es que la única hermana que sabe imitar todo tipo de animales es muda, y Don Ricardo no la escucha muy bien; por lo que la comunicación no llega nunca a buen puerto.

            PANCRACIO.- Lo importante es que al final deje caer alguna donación.

            SOR ISABEL.- Ya lo dice el refrán: Quien algo quiere, algo le cuesta.

            REVISOR.- O quien quiera peces...

            MARÍA.- (Interrumpiéndole.) Que se agache y los coja, hermano.

            PANCRACIO.- De una u otra forma se va a tener que mojar.

            SOR ISABEL.- Tiene usted razón; el chapuzón no se lo quita nadie. Pero créame, merece la pena.

            PANCRACIO.- (Que sigue intrigado sobre sus futuros señores.) Si ésa es la razón de la locura de Don Ricardo, ¿cuál es la del hijo?

            MARÍA.- Lo de Alejandro, (Rectifica.) quiero decir, Don Alejandro son habladurías.

            REVISOR.- ¡Sopla! ¡Qué enfermedad más rara! ¿Es contagiosa?

            SOR ISABEL.- Dicen que ataca, sin escrúpulos ni nada, a los que trabajan en los trenes de la Comunidad de Madrid.

            REVISOR.- (Aterrado.) ¡¿Qué me está contando, Sor Isabel?! Nunca había oído hablar de ella.

            SOR SAGRARIO.- Ni yo. (SOR ISABEL la golpea levemente. Disimulando.) Claro, que yo nunca oigo nada; y, ahora, sin aparatos menos.

            REVISOR.- (Nervioso.) Voy volando a avisar a mis compañeros maquinistas, y al que pone la cinta de megafonía, para que estén atentos.

            SOR ISABEL.- ¡Corra, corra! No deje pasar ni un segundo; puede que sea tarde.

            El REVISOR hace mutis por la puerta de la izquierda. Las MONJAS ríen.

            PANCRACIO.- ¡Cómo se ha quedado usted con el pobre chico!

            SOR ISABEL.- (Entre risas.) No se preocupe; no le molesta. Nos conocemos de hace muchos años, y siempre lo lío con algo. (A SOR SAGRARIO.) Aunque en esta ocasión ha estado usted a punto de pisarlo todo.

            SOR SAGRARIO.- Lo siento, hijita; estaba con el santo al cielo.

            PANCRACIO.- ¿Qué clase de habladurías tiene Don Alejandro?

            SOR ISABEL.- ¿Usted ha visto alguna vez un músico que no sepa tocar ningún instrumento?

            PANCRACIO.- Para serle sincero, yo nunca he conocido a ningún músico.

            SOR ISABEL.- Y en el hipotético caso de que lo conociese, ¿no le resultaría extraño?

            PANCRACIO.- ¿El conocerlo?

            SOR ISABEL.- El que no supiese tocar ningún instrumento.

            PANCRACIO.- Supongo que sabría tocar, al menos, el triángulo.

            SOR ISABEL.- Supone usted mal, Don Pancracio. No sabe tocar ni la zambomba.

            PANCRACIO.- ¿Don Alejandro?

            SOR ISABEL.- La única escala que conoce es la que tiene peldaños.

            MARÍA.- ¡No sea exagerada, Sor Isabel! Crea música, que es lo esencial.

            SOR SAGRARIO.- Ahora la que exageras eres tú. Siempre tan inocente. Ese muchacho lo que crea es ruido; un ruido extrañísimo.

            PANCRACIO.- ¡Ni que le diese golpes a las cacerolas!

            SOR ISABEL.- Buena descripción.

            MARÍA.- No les haga caso. Ale... (Rectifica.) Quiero decir, Don Alejandro, es un gran músico. Ha escrito dos óperas, y varios conciertos en Mi, Sol y Fa mayor.

            SOR SAGRARIO.- En eso lleva razón. Porque él lo hace todo a lo grande; como es rico.

            PANCRACIO.- ¿Y todo eso sin saber música? (Sorprendido.) ¡Qué portento!

            MARÍA.- (Continuando.) Una ópera en alemán, y la otra en italiano. ¿Qué le parece?

            PANCRACIO.- Y seguramente que no sabe ni alemán ni italiano.

            MARÍA.- Don Alejandro sabe quince idiomas.

            SOR ISABEL.- ¿Y tú cómo sabes todo eso?

            MARÍA.- Coincidimos hace dos años en una escuela de idiomas; en clases de tagalo.

            PANCRACIO.- No me veo asistiendo a una ópera en tagalo.

            MARÍA.- Lo aprendió para comunicarse con el servicio.

            SOR ISABEL.- Llevamos muchos años de vecino, y doy fe de que los Sierrasoma nunca han tenido el servicio filipino.

            MARÍA.- Pero pueden tenerlo en cualquier momento.

            SOR SAGRARIO.- Siempre ha sido muy previsor ese muchacho.

            MARÍA.- En ese mismo año aprendió, además de tagalo, sueco y flamenco.

            PANCRACIO.- No puedo ni imaginarme una ópera en flamenco.

            SOR SAGRARIO.- ¿Y para qué querrá aprender a caminar con zuecos? Definitivamente, a ese muchacho se le ha ido la cabeza.

            PANCRACIO.- ¿Qué relación guardarán los zuecos con el flamenco?

            SOR SAGRARIO.- La Costa del Sol, sin duda alguna.

            MARÍA.- La cuestión es que escribe cosas muy interesantes, y de un gran nivel cultural.

            PANCRACIO.- No lo debe de hacer tan mal cuando vive de eso.

            MARÍA.- (Haciendo una aclaración.) Bueno... Yo no he dicho que viva de la música; solo digo que escribe muy bien.

            SOR ISABEL.- Nunca nadie ha estrenado nada de lo que él haya compuesto. ¡Imagínese cómo será!

            PANCRACIO.- (Intrigado.) Pues entonces, ¿de qué vive?

            SOR ISABEL.- De su padre. Mejor dicho, de la riqueza de su padre.

            PANCRACIO.- ¿Y el padre?

            SOR ISABEL.- De su riqueza.

            PANCRACIO.- ¿De la del hijo?

            SOR ISABEL.- No, hombre; de la suya como padre.

            PANCRACIO.- ¿A qué se dedica entonces?

            SOR SAGRARIO.- Pero, hijito, ¿no le está diciendo que es rico? Los ricos se dedican a ser ricos. ¿O cree que iba a estar haciendo el oso hormiguero si no tuviese qué comer?

            SOR ISABEL.- Es lo que más me impresiona de los ricos; nunca hacen nada, y cada vez tienen más.

            SOR SAGRARIO.- El dinero hace dinero.

            PANCRACIO.- ¡Qué gran verdad ha dicho usted, Sor Sagrario!

            MARÍA.- En realidad es el máximo accionista del Banco Mediterráneo, y posee gran parte del capital de una central petrolífera en Persia.

            PANCRACIO.- Ahora comprendo.

            SOR SAGRARIO.- Pues yo no comprendo.

            SOR ISABEL.- ¿No lo comprende, Sor Sagrario? Claro, como no oye.

            SOR SAGRARIO.- Lo que no comprendo es cómo María sabe tanto de esa familia, si lleva tan solo seis meses en la monjía, preparándose como novicia.

            MARÍA.- Ya se lo he dicho, hermana; guardamos muy buena amistad. Soy su diván en los momentos tristes. Ya saben cómo son estos artistas, hoy están alegres y mañana melancólicos.

            PANCRACIO.- No me extraña, con su porvenir en la música...

            MARÍA.- Cualquier día de éstos da la campanada; créame, Don Pancracio.

            PANCRACIO.- Los artistas hasta después de muertos no son reconocidos. Qué paradoja, ¿eh? En cuanto quedan los cuerpos irreconocibles, son reconocidos. Tiene gracia. (Sonríe.)

            SOR ISABEL.- Son reconocidos por sus obras.

            SOR SAGRARIO.- Y es que no somos nadie.

            PANCRACIO.- ¡Qué razón que tiene!

            SOR SAGRARIO.- (Se saca del bolsillo de hábito una estampa de una imagen. A PANCRACIO.) Cójala; le protegerá siempre. Es San Valentín.

            PANCRACIO.- (La coge, la mira y la guarda en su bolsillo.) Eso espero. Muchas gracias.

            SOR SAGRARIO.- María, hija, ¿llevas algo de comer entre las bolsas? Con tanta conversación se me ha abierto el apetito.

            MARÍA.- Voy a ver. (Se pone a rebuscar entre las bolsas de viaje que tienen sobre el asiento que está vacío.)

            PANCRACIO.- ¡Qué gran idea ha tenido, hermana! Yo también, aprovechando que ustedes va yantar, hincaré el diente a algún alimento. (Rebusca en una bolsa grande de viaje situada al lado de su asiento.)

            MARÍA.- Mire, hermana. (Abriendo un tupperware.) Aquí tengo unas croquetitas que me han preparado en el hotel, antes de salir.

            SOR SAGRARIO.- Traiga, traiga. (Comienza a comérselas con verdadero placer.)

            MARÍA.- (Que sigue buscando.) Aquí hay otra cosa. (Saca un tupperware, y lo abre.) Son albóndigas. Según me han comentado en la cocina del hotel, me las han hecho con salsa de almendras.

            SOR SAGRARIO.- A ver. (Las mira.) Tienen un aspecto estupendo. ¿Tienes un tenedor?

            MARÍA.- (Sacándolos de la bolsa.) Aquí tiene, Sor Sagrario. (Se lo da.)

            PANCRACIO.- (Poniéndose de pie.) Hermanas, aquí tengo pan del día y un poco de embutido.

            SOR ISABEL.- No está bien comer solo, cuando se puede hacer en compañía.

            MARÍA.- ¿Le apetece comer con nosotras?

            PANCRACIO.- (Contento.) Será un verdadero placer. (Sale de sus asientos, y se mete donde se sientan las monjas.) Si me permiten... (Se sienta en el asiento libre, que es el que hay junto a MARÍA.) Aquí he traído un poco de vino. (Les muestra la botella.) Bueno... No se si ustedes...

            SOR ISABEL.- Claro que sí, Don Pancracio. Nosotras tomaremos un poquito; para acompañarle, claro está. Además, estas albóndigas, bien se merecen este tipo de caldo.

            MARÍA.- Sacaré vasos. (Busca en las bolsas; los saca y los reparte.)

            PANCRACIO.- ¡Vaya con Sor Sagrario! No levanta la cabeza para nada.

            MARÍA.- Le vuelven loca las croquetas. Éstas son de pollo. Ahora que estamos sin cocinera, y que nos tenemos que turnar, cada vez que le toca a ella cocinar nos prepara croquetas. De pollo; de bacalao; de espinacas... Vamos, de lo que usted quiera.

            SOR ISABEL.- Fíjese a dónde llega su obsesión, que una noche nos hizo tortilla de croquetas. Es de los platos más extraños que he probado.

            MARÍA.- ¿Comprende ahora nuestras urgencias por encontrar cocinera?

            PANCRACIO.- (Mientras parte el pan.) Me lo figuro. Lo que siento es que no la hayan conseguido.

            SOR ISABEL.- (Mientras moja pan en la salsa de las albóndigas.) No se preocupe; Dios aprieta, pero no ahoga.

            PANCRACIO.- La que se va a ahogar como siga comiendo así es Sor Sagrario.

            MARÍA.- (A SOR SAGRARIO.) Tenga, hermana, para bajar la comida. (Dándole un vasito de vino.)

            SOR SAGRARIO.- (Cogiéndolo.) Gracias, María. (Bebe.)

            Aparece el REVISOR por la puerta de la izquierda.

            REVISOR.- ¡Muy graciosa, Sor Isabel! Otra vez me ha pillado usted. Pero le juro que no me va a enredar más.

            SOR ISABEL.- No jure en vano. El año pasado dijo usted exactamente lo mismo que ahora; juramento incluido. Además, es una inocentada como otra cualquiera.

            REVISOR.- Solo que hoy no es veintiocho de Diciembre.

            SOR ISABEL.- Ya lo sé, hombre. Es por si no nos vemos ese día.

            PANCRACIO.- (Al REVISOR.) Admítalo, ha caído como un pardillo.

            REVISOR.- Lo admito. Ha ganado ella una vez más. (A SOR ISABEL.) Mi enhorabuena, hermana.

            SOR ISABEL.- Gracias, hijo.

            REVISOR.- Por cierto, que no lo he dicho, que tengan buen provecho.

            MARÍA, PANCRACIO y SOR ISABEL.- Gracias.

            REVISOR.- (Al ver a SOR SAGRARIO.) ¡Madre mía, cómo jala!

            PANCRACIO.- La verdad es que la hermana tiene buen saque.

            SOR SAGRARIO.- (Que está totalmente ajena a la conversación.) María, hija, (Secándose con una servilleta.) ¿no habrá por ahí (Señalando las bolsas.) un poquito de fruta?

            MARÍA.- Ha hecho usted la pregunta perfecta, Sor Sagrario. (Rebusca en las bolsas.)

            REVISOR.- ¿A eso llama usted una pregunta perfecta?

            MARÍA.- A eso y a cualquier pregunta que tenga una respuesta perfecta.

            PANCRACIO.- A mí me parece una pregunta de “sí” o “no”; simplemente.

            MARÍA.- Para simples mentes, sí. Yo voy más allá del “sí” o del “no”. Mi respuesta es la respuesta soñada por todo aquel que hace ese tipo de preguntas.

            SOR SAGRARIO.- (Que sigue la conversación atónita, sin enterarse de nada.) ¡Déjense de monsergas! ¿Hay o no hay fruta?

            MARÍA.- Aquí tiene, hermana. (Le entrega algo envuelto en una tela.)

            SOR SAGRARIO.- (Al desenvolverlo.) ¡Qué delicia! Mandarinas.

            PANCRACIO.- ¿Es una apreciación mía, o están peladas?

            SOR ISABEL.- Están peladas.

            REVISOR.- ¿Y eso?

            MARÍA.- Eso es que en todos los lugares por donde pasamos nos quieren mucho, y nos facilitan las cosas.

            SOR ISABEL.- Como debe ser. Eso es caridad.

            REVISOR.- En fin, como yo no vivo de la caridad, voy a seguir trabajando.

            MARÍA.- ¿Le quedan muchos billetes por picar?

            REVISOR.- (Echando una ojeada al vagón.) Sin contar a este señor (Por PANCRACIO.) me restan dos.

            PANCRACIO.- (Sorprendido.) ¡Qué precisión! ¿Cómo puede llegar a ese razonamiento tan rápido?

            REVISOR.- No es una respuesta tomada a la ligera; no crea. Se trata, tan solo, de tener un poquito de vista. Todas las personas que se dirigen a la parada de Sierrasoma viajan en este vagón. Con ser un poco observador basta.

            SOR ISABEL.- ¿No somos demasiados para un lugar tan poco concurrido?

            REVISOR.- (Refiriéndose a BERNARDO y FELISA.) Tal vez sean turistas.

            SOR ISABEL.- En un momento ha pasado usted de ser un poco observador a no ser nada observador. ¿Cómo puede decir que son turistas? ¿En qué se basa?

            REVISOR.- En nada en concreto. Como siempre van a los lugares donde no va nadie...

            PANCRACIO se levanta y sale de donde está sentado, junto a las monjas, para sentarse en su asiento.

            PANCRACIO.- Me permiten, voy a buscar mi billete. (Coge su bolsa, y revisa dentro de ella.)

            MARÍA.- (Al REVISOR.) Le daré los nuestros. (Los busca.)

            REVISOR.- No se moleste, a ustedes las conozco.

            MARÍA.- Que nos conozca no impide que nos colemos.

            REVISOR.- (Dubitativo.) No me líe.

            SOR SAGRARIO.- (Que ya ha terminado las mandarinas. Se seca las manos.) Mes está cogiendo morriña.

            SOR ISABEL.- (Al REVISOR.) ¿Tanto le cuesta pedirnos los billetes? Desde que viajo con usted ni una sola vez me lo ha pedido. ¿Qué explicación puede darme?

            REVISOR.- Soy incapaz. Me eduqué en un colegio de monjas. (Ante las caras de sorpresa que ponen TODOS, PANCRACIO incluido, hace una aclaración.) Era el único colegio de la zona que tenía rondalla, y mi padre tenía la ilusión de que tocase la bandurria. Era el único niño entre un montón de niñas. ¡Imagínense los comentarios en el barrio!

            PANCRACIO.- (Dándole el billete.) Me lo figuro.

            MARÍA.- ¿Y aprendió a tocar la bandurria?

            REVISOR.- (Picando el billete y devolviéndoselo a PANCRACIO.) Jamás. Lo único que aprendí fue a hablar a destiempo, y a razonar con dificultad.

            SOR ISABEL.- ¿Y no se le quedó el gusanillo de la bandurria? Debe de ser como una espinita que lleva dentro.

            REVISOR.- No crea; no pienso en ello.

            PANCRACIO.- Lógico.

            REVISOR.- Bueno, voy a seguir pidiendo billetes.

            SOR SAGRARIO.- Eso. Pida, pida. Mientras tanto, y con el permiso de la compañía, me voy a echar una cabezadita. (Se acomoda y cierra los ojos.)

            PANCRACIO.- (De pie. Desde su asiento.) Una ida estupenda, hermana. La acompaño... Desde mi asiento, por supuesto. (Se sienta y cierra los ojos.)

            MARÍA.- Yo me iba a poner a ver el paisaje. Pero éste, en concreto, me parece todo muy homogéneo. (Es todo negro.)

            SOR ISABEL.- ¿Entonces?

            MARÍA.- Lo miraré y pensaré en mis cosas. (Apoya la cabeza en el cristal, y lanza un suspiro.) Ay.

            SOR ISABEL.- Pues lo vas a ver todo muy negro. En fin, yo cogeré una revista para ver cómo va el mundo.

            MARÍA.- ¿Una revista del corazón para ver cómo va el mundo?

            SOR ISABEL.- Sí, María. Yo mido el mundo por la cantidad de parejas que se separan.

            MARÍA.- ¿Y cómo está actualmente?

            SOR ISABEL.- Como tu paisaje. Negro. Negrísimo.

            SOR SAGRARIO.- A ver si podemos hacer menos ruido, que es la hora de la siesta.

            El REVISOR se ha parado en mitad del vagón intentando cerrar una de las ventanillas, cosa que le cuesta horrores. Finalmente lo consigue, y prosigue su caminar hasta donde se encuentran BERNARDO y FELISA. Él duerme a pierna suelta, mientras que ella continúa pelando patatas.

            REVISOR.- (A BERNARDO y FELISA.) Billetes, por favor.

            FELISA.- (Apresurada y nerviosa, dejando el bol con las patatas y el cuchillos en el suelo.) Momentito un favor por. ¡Bernardo, tadespier, tadespier! (Zarandea a BERNARDO.)

            BERNARDO.- (Haciéndose el remolón.) ¡Déjame, Felisa! (Mira por la ventana.) Llámame cuando amanezca.

            REVISOR.- Para información del caballero le diré que no es de noche.

            BERNARDO.- (Abriendo los ojos y mirando, de nuevo, por la ventana.) ¿Ah no?

            REVISOR.- No, señor. Lo que sucede es que nos encontramos atravesando un túnel.

            BERNARDO.- (Incorporándose en su propio asiento.) Menudo alivio. Creí que estaba perdiendo la vista poco a poco. Ya sabe, primero las vacas, luego los árboles, después los campos y ,finalmente, el cielo.

            REVISOR.- ¡Caramba! Lo pinta como el fin del mundo.

            BERNARDO.- Nunca se sabe cuando puede llegar.

            REVISOR.- Le aseguro que en veinte minutos, hora arriba hora abajo, ya habrá llegado.

            BERNARDO.- ¿Es usted Nostra Damus?

            REVISOR.- Soy algo más que eso. Soy el revisor.

            FELISA.- (A BERNARDO, ante la cara de extrañeza de éste.) Se tren al tonto refiere.

            BERNARDO.- ¡Ah! Se refiere usted al tren...

            REVISOR.- (A BERNARDO, refiriéndose a FELISA.) ¿Qué es, húngara o polaca?

            BERNARDO.- Manchega; de Albacete.

            REVISOR.- Nadie lo diría.

            BERNARDO.- No se deje llevar por las apariencias. Lo que sucede es que cuando se pone nerviosa, hecho que le ocurre con bastante frecuencia, amontona unas palabras con otras; y hace unas frases muy desordenadas. Llevamos años trabajando juntos, y la entiendo a la perfección.

            REVISOR.- ¿Y por qué se ha puesto nerviosa ahora? ¿No será que no llevan billetes?

            BERNARDO.- (Buscando en el bolsillo.) Qué va, hombre. (Saca dos billetes y se los entrega al REVISOR, que los comprueba y los pica.) Lo que sucede es que hace años que no monta en tren; y me está dando un viajecito...

            REVISOR.- Me lo figuro. Ahora mismo estaba pelando patatas.

            BERNARDO.- Eso es normal. Es cocinera.

            FELISA.- Soy cocinera.

            BERNARDO.- Cuando no trabaja le gusta entrenarse; es una gran profesional.

            REVISOR.- Menos mal que no es taxidermista. (A FELISA.) ¿Ha dicho usted cocinera? Va a por lo del puesto que queda vacante, ¿no?

            FELISA.- Tamentefectiva. Un porque insegura practico soy poco.

            BERNARDO.- (Ante la cara de perdido de el REVISOR.) Básicamente, dice que no confía mucho en sus posibilidades.

            REVISOR.- (A FELISA.) Nada de eso. Usted no se preocupe, que por la necesidad que tienen de comer bien se quedan con sus servicios. Seguro.

            BERNARDO.- Oiga, ¿no es un poco largo este túnel? Parece que no acabe nunca.

            REVISOR.- (Con sonrisa bonachona.) ¿Verdad? Parece que no tiene fin; pero le aseguro que lo tiene. Lo que sucede es que estamos atravesando toda la sierra de Madrid, y, claro, para atravesarla hay que pasar por dentro. En su día quisieron atravesarla por arriba, pero nada; también intentaron atravesarla dando un rodeo, pero las máquinas jamás encontraron un trozo de tierra a quien hincar el hierro. Así, que llevaron a cabo el método tradicional; o sea, perforar por dentro de la montaña.

            BERNARDO.- Efectivamente, es la forma más normal de hacer un túnel.

            FELISA.- Yo visto he aire por el túnel un nunca.

            REVISOR.- (A BERNARDO.) ¿Qué ha dicho?

            BERNARDO.- Que nunca ha visto un túnel por el aire.

            REVISOR.- Pues no se crea, que comienza a haberlos debajo del agua; como en Francia. (Aparte.) ¿Cómo serán las salidas de emergencia?

            BERNARDO.- Y es que está todo inventado.

            REVISOR.- No me atrevería a decir tanto.

            FELISA.- Caso de hombre hágale mundo es.

            REVISOR.- ¿Cómo dice?

            BERNARDO.- Dice que me haga caso, que he recorrido varias veces el mundo.

            REVISOR.- ¿Eso es verdad?

            BERNARDO.- Claro que es verdad. Para qué le iba a mentir. ¿A que has dicho eso, Felisa?

            FELISA.- Sí, cierto. Dicho está.

            BERNARDO.- Ea, ahí lo tiene.

            REVISOR.- Me refería a lo de las vueltas al mundo suyas.

            BERNARDO.- Ah, bueno. No se lo tiene que tomar al pie de la letra. He estado aquí; he estado allá. En resumen, mi experiencia se centra únicamente en España.

            REVISOR.- (Satisfecho con la explicación.) Entonces, no siga. Quien ha recorrido la piel de toro, ha recorrido el mundo. Aquí hay de todo y en abundancia. Sol; playas; campos; abogados; parques acuáticos; alegría;... De todo, vamos; de todo. Se hablan varias lenguas; hay diferentes humores; diversas maneras de ser; variada gastronomía; distintos sonidos de sirenas de ambulancias;... (Con orgullo.) Sí, amigo...

            BERNARDO.- (Se presenta estrechándole la mano.) Bernardo, para servirle.

            REVISOR.- (Mientras se la estrecha.) Un placer. Pues eso, que si me dice usted que ha recorrido España, para mí es como si hubiese recorrido el mundo. (Mirándolo de arriba a abajo.) ¡Qué envidia que me da!

            BERNARDO.- (Matizando.) Bueno... España entera... No me atrevería a decir tanto.

            REVISOR.- ¿No me irá usted a decir que no ha salido de la provincia de Soria?

            BERNARDO.- No, por Dios. ¡Cómo le voy a decir yo tal cosa! ... Si nunca he entrado en Soria.

            REVISOR.- Todavía le quedan más provincias.

            BERNARDO.- Para serle sincero nunca me he metido en ninguna.

            REVISOR.- (Intrigado.) Explíquese.

            FELISA.- (Que ha estado en silencio siguiendo toda la conversación. Con enfado.) ¡Explícate! ¡Eso!

            BERNARDO.- (Evitando dar explicaciones.) Si no tiene importancia...

            REVISOR.- Entonces, ¿cómo logró entrar en Madrid?

            FELISA.- ¡Pregunta buena! ¡Contesta a eso!

            BERNARDO.- En Madrid me metieron. Nací aquí.

            FELISA.- (Enojada.) ¡Farsante! ¡Más que farsante! ¡¿Mentirme podido cómo de has manera esa?!

            BERNARDO.- ¡Mujer, no te pongas así! ¡Tampoco es para tanto!

            REVISOR.- (Intentando convencer a FELISA.) En cierto modo conoce gente de toda España. Es de Madrid. (A BERNARDO.) Por cierto, qué curioso que sea usted de Madrid y viva en Madrid.

            BERNARDO.- Todo el mundo me lo dice. Lo peor de todo es que Felisa creía que yo era un trotamundos, y fíjese ahora... (Señalando a FELISA.)

            FELISA.- (Que comienza a pelar patatas de manera furiosa.) ¡Hables no me! ¡Hables no me!

            BERNARDO.- (Al REVISOR.) Total, que ahora ya no me quiere hablar.

            REVISOR.- Pues casi que mejor, oiga. En cierto modo es de agradecer. (Cambiando el tema.) A todo esto, ¿qué va usted a hacer en el convento?

            BERNARDO.- ¿En el convento? No sé de qué me habla. Yo voy a servir al Marqués de Sierrasoma; por lo visto, se jubiló su mayordomo de toda la vida, y yo voy a reemplazarlo.

            REVISOR.- (Aparte.) Dice que se jubiló. ¡Pobre inocente!

            BERNARDO.- En fin, a ver qué tal se me da.

            REVISOR.- Bueno, yo me voy a revisar los vagones vacíos, a ver qué se ha dejado la gente. Que tenga mucha suerte, amigo Bernardo.

            BERNARDO.- (Acurrucándose para echar una cabezadita.) Despiérteme cuando lleguemos.

            REVISOR.- Así lo haré. (Hace mutis por la puerta de la derecha, mientras cae lentamente el telón.)

 

TELÓN

 

ACTO PRIMERO

            Amplísimo salón de la mansión de los Marqueses de Sierrasoma. El foro está decorado con grandes cristaleras, a través de los cuales se pueden observar los inmensos y cuidados jardines. El espacio entre las cristaleras y la tela, en donde están dibujados los jardines, es practicable. En el foro, a la derecha, se encuentra la puerta, también acristalada, que da a los jardines. En el lateral izquierdo, arranca una escalera ancha, que conduce a las habitaciones. En el mismo lateral izquierdo, pero más cerca de la batería, está la puerta del comedor. En el lateral derecho, más cerca del foro, se encuentra la puerta que conduce hacia la cocina y las habitaciones del servicio; junto a esta puerta hay un llamador de terciopelo. Más cerca de la batería, en este lado derecho de la escena, se encuentra subiendo dos escalones un pasillo, que se supone que conduce a la puerta de entrada de la casa. Entre la escalera que conduce a las habitaciones y la puerta del comedor se encuentra una armadura de cuerpo entero, que sujeta con sus manos una gran espada. En el lado derecho, entre las dos puertas, hay colgado un retrato de grandes dimensiones. Cerca de la cristalera del jardín, pero por dentro de la vivienda, hay colocada alguna que otra silla. En medio de la escena se encuentra un sofá de grandes dimensiones, en cuyo respaldo hay colocado un mueble bar, con copas y bebidas encima. Delante del sofá hay una mesa pequeña, con unas figuras  encima.

            Son alrededor de las cuatro de la tarde, y el sol entra con fuerza por las cristaleras. Al levantarse el telón el escenario está vacío de personajes. Se escucha el canto de algunos pájaros. Se oye de fondo la voz de DOÑA LUISA, una mujer de unos cincuenta y cinco años, muy distinguida y elegante.

COMIENZA LA ACCIÓN

            DOÑA LUISA.- (Sin aparecer por la escena.) ¡Ricardo, no te escondas! ¡Que lo que tengo que decirte es muy importante! (Aparece por uno de los laterales del jardín; entrando en casa por la puerta acristalada del foro.) ¡Ricardo! ¡Por el amor de Dios, contesta! (Para sí misma, mientras camina hacia el centro de la escena.) No me toman nunca en serio, y un día de estos me voy a marchar para que se den cuenta de que existo. ¡Siempre con la misma función!

            Por las escaleras de la izquierda baja ALEJANDRO; un chico de unos treinta años, al que nada más verle se le nota el porte aristocrático; impecablemente vestido.

            ALEJANDRO.- (Bajando las escaleras. Sin darle importancia.) ¿Rezas, mamá?

            DOÑA LUISA.- Hola, hijo. No rezo; no. Aunque debería de hacerlo.

            ALEJANDRO.- Pues pásate un día por las Celestinas; allí son expertas.

            DOÑA LUISA.- ¡No te burles! Llevo dos días intentando hablar con tu padre; y nada, no hay manera. ¿No lo habrás visto por casualidad?

            ALEJANDRO.- ¡Uf! Qué va. Llevo unos días muy ajetreado; de la biblioteca a la habitación y de la habitación a la biblioteca. Es curioso, antes me traían la comida, pero llevo tres días que nadie asoma la cabeza por mi dormitorio. ¿Tú sabes algo?

            DOÑA LUISA.- (Con resignación.) Algo sé, hijo; algo sé. Por esa razón estoy buscando a tu padre.

            ALEJANDRO.- ¿Crees que lo han raptado?

            DOÑA LUISA.- ¡No digas sandeces! ¡Quién va a aguantar a tu padre durante dos días! Esa opción está totalmente descartada.

            ALEJANDRO.- ¿Crees, entonces, que papá ha raptado al servicio?

            DOÑA LUISA.- A ti te ha afectado mucho el no comer durante tres días.

            ALEJANDRO.- (Corrigiéndola.) Dos. Es que anteayer comí las sobras del sábado.

            DOÑA LUISA.- Tampoco te ha sentado bien estar dos días en ayunas.

            ALEJANDRO.- ¿Tu no has pasado hambre?

            DOÑA LUISA.- (Sentándose en el sofá.) No, Alejandro. A mí no se me caen los anillos por meterme en la cocina y prepararme algo. Eso sí, hacía años que no entraba, y la decoración es horrorosa.

            ALEJANDRO.- (Que está junto al mueble bar, preparándose una copa.) Te recuerdo que fuiste tú quien la decoraste.

            DOÑA LUISA.- Pero fue en una crisis emocional; y fíjate en los resultados.

            ALEJANDRO.- (Sonriendo.) Sí, es verdad; tenías que estar mal.

            DOÑA LUISA.- Menos mal que hoy se acaban nuestros problemas; hoy llega el nuevo servicio. (Aparte.) A ver cuánto dura esta vez.

            ALEJANDRO.- Estoy impaciente por ello.

            DOÑA LUISA.- Además, en esta hornada viene también tu nuevo mayordomo personal.

            ALEJANDRO.- Nunca he tenido uno. No sé si sabré mandarle con corrección.

            DOÑA LUISA.- Con educación se consigue todo. Y ya va siendo hora de que te vayas independizando. Te vendrá bien tenerlo; ya verás.

            ALEJANDRO.- Lo cierto, es que eso de hacer lo que quiera me va a venir muy bien; ¿cuándo llegan?

            DOÑA LUISA.- Vienen en el tren de hoy.

            ALEJANDRO.- Estupendo. (Da un sorbo a la copa.)

            DOÑA LUISA.- El problema es que tu padre no está; y es él quien tiene que entrevistarlos. Si no aparece tendré que hacerlo yo. (Dándole un escalofrío por todo el cuerpo.) ¡Y eso me pone de los nervios!

            ALEJANDRO.- No hay de qué preocuparse, mamá. Ya sabes cómo es papá; aparecerá cuando menos te lo esperes.

            DOÑA LUISA.- ¡Solo Dios sabe dónde está!

            ALEJANDRO.- (Haciendo memoria.) Espera, espera, espera, espera. (Queda pensativo.) No recuerdo bien el día, pero creo que lo vi pastando por el prado.

            DOÑA LUISA.- (Sorprendida.) ¡Pastando por el prado, dices!

            ALEJANDRO.- Eso creo.

            DOÑA LUISA.- (Con aire de preocupación.) ¿En qué se habrá convertido ahora, en un perro de las praderas?

            Se oye el sonido de un cencerro a lo lejos.

            DOÑA LUISA.- ¿Qué es eso?

            ALEJANDRO.- Me da a mí que es la respuesta a tu pregunta.

            Por la puerta de la derecha, más cercana a la batería, aparece DON RICARDO, sesentón y sencillo, con un cencerro de grandes dimensiones colgado al cuello.

            DON RICARDO.- (Imitando el mugido de una vaca.) ¡Muuuuuuuuy buenas tardes!

            DOÑA LUISA.- (Poniéndose de pie.) ¡Por fin has llegado! ¿Se puede saber dónde te habías metido?

            ALEJANDRO.- Por tu aspecto se diría que eres una vaca, papá.

            DON RICARDO.- Lo soy, hijo; lo soy. (Rectificando.) Quiero decir que lo era, hijo; lo era.

            ALEJANDRO.- ¿Y qué tal te ha ido? ¿Has encontrado muchos peligros por esos campos de Dios?

            DON RICARDO.- ¿Cómo sabes que he estado por las praderas que hay junto al convento?

            ALEJANDRO.- No lo sabía.

            DON RICARDO.- (Por un momento se queda pensativo.) Ah.

            ALEJANDRO.- (Sentándose en el sofá, con la copa en la mano.) En fin, cuenta Indiana Jones, ¿qué tal?

            DON RICARDO.- No me puedo quejar. (Quitándose el cencerro del cuello.) Lo peor es llevar este cacharro. (Lo deja sobre la mesa.)

            DOÑA LUISA.- ¡No me lo dejes aquí que me vas a rayar la mesa! (Coge el cencerro y lo suelta en el suelo.)

            DON RICARDO.- (Por DOÑA LUISA.) ¡Qué exagerada!

            ALEJANDRO.- (A DON RICARDO.) ¿Quieres tomar algo?

            DON RICARDO.- ¿De beber?

            ALEJANDRO asiente con la cabeza.

            DON RICARDO.- ¡Ni loco!

            DOÑA LUISA.- (Aparte. Sonriendo.) Uy, que expresión tan acertada.

            DON RICARDO.- Desde que comencé no he parado de tomar hierba, y eso es pura agua; que te lo digo yo, hazme caso.

            ALEJANDRO.- Vaya, debes tener ranas en el estómago.

            DON RICARDO.- Menos gaitas, Alejandro. No te puedes figurar lo que es inflarse de comer, para rumiar lo que acabas de tragar; y, en realidad, no comes sino que bebes... Vamos, que llevo todo el día en el servicio.

            DOÑA LUISA.- (Con sarcasmo.) Aquí ya no hay servicio, Ricardo.

            DON RICARDO.- Es una manera de hablar, Luisa.

            ALEJANDRO.- ¿Y qué más has hecho? Porque tiempo has tenido...

            DON RICARDO.- Cierra los ojos por un instante. (ALEJANDRO cierra los ojos.) Imagínate una vaca. Sin duda alguna la estarás viendo en un prado verde, ¿no es cierto? (ALEJANDRO, que sigue con los ojos cerrado, afirma con la cabeza.) ¿A que está con la cabeza agachada, comiendo? (ALEJANDRO asiente de nuevo) ¿A que no levanta la cabeza para nada? (ALEJANDRO repite el movimiento.) ¿Te das cuenta? (ALEJANDRO abre los ojos, y encoge los hombros extrañado.) Muy sencillo, Alejandro. No te puedes imaginar una vaca corriendo; ni saltando; ni chapoteando en un barrizal... Es así. Es el animal más pacífico del mundo; no se mete en conflictos. Siempre impasible al tren; a los coches; a las nubes... Solo piensan en comer. A tal extremo ha llegado su obsesión por comer, que la naturaleza las ha dotado de la capacidad de volver a comer lo que ya han comido. ¿Te das cuenta, ahora?

            DOÑA LUISA.- Pues hijo, podrían aprovechar su tiempo en pensar. Mientras van comiendo, van pensando.

            DON RICARDO.- ¿Y quién dice que no lo hagan?

            ALEJANDRO.- (Sorprendido.) ¿Lo hacen?

            DON RICARDO.- Hombre, no te lo aseguraría al cien por cien. Hay teorías que así lo afirman; y cuentan, además, que es precisamente su gula la que evita que lleven a cabo sus pensamientos.

            DOÑA LUISA.- (Aparte.) ¡Lo que hay que oír!

            ALEJANDRO.- (Maravillado.) ¿Significaría que si no fuese por esa tendencia descomunal a comer dominarían el mundo? ¡Es increíble!

            DOÑA LUISA.- (Aparte) Esta conversación sí que es increíble.

            DON RICARDO.- Bueno, si te fijas te darás cuenta que a muchas personas les ocurre esto; no es nada nuevo.

            ALEJANDRO.- No acierto a relacionarlo.

            DON RICARDO.- Es fácil. Muchas personas viven sus vidas ocupadísimas; nunca tienen tiempo para hacer aquello que les gusta. Mientras se gastan físicamente, van pensando qué harán con el dinero que van a ganar. Piensan en aquel viaje soñado; o aquel capricho deseado. Pero nunca llegan a realizarlo, porque siempre buscan otra tarea, mientras siguen añorando su Dorado particular. Ya ves, es como una pescadilla; nunca hay fin.

            DOÑA LUISA.- ¡Qué teorías más raras las tuyas! ¿No será que nunca quieren cumplir sus sueños porque esto les dejaría huérfanos de ilusión?

            ALEJANDRO.- Qué rebuscada eres mamá.

            DON RICARDO.- Siempre has sido muy enrevesada, Luisa.

            DOÑA LUISA.- (Aparte.) Me sentaré aquí para no darles con un cuadro en la cabeza. (Se sienta en el sofá.) Mejor, no. (Se levanta.) (A ALEJANDRO y DON RICARDO.) Voy a salir al jardín a ver qué tal están las margaritas.

            DON RICARDO.- Mejor que mires los rosales.

            DOÑA LUISA.- (Abriendo la puerta del jardín.) Está bien. No pienso preguntarte el por qué; ya me imagino la respuesta. (Hace mutis.)

            DON RICARDO.- (Explicando su comentario a ALEJANDRO.) Es que el otro día fui una abeja, y las margaritas no aguantaron mi peso.

            ALEJANDRO.- Eso son gajes del oficio. No hay que preocuparse por ello.

            DON RICARDO.- Es lo que yo pienso; pero cualquiera se lo explica a tu madre.

            ALEJANDRO.- Está, últimamente, de un susceptible muy grande. Debe de tener alguna de esas crisis...

            DON RICARDO.- ¡Déjate de crisis! Lo que le sucede es que es mujer.

            ALEJANDRO.- Pues eso es inevitable.

            DON RICARDO.- Y, además, perjudica la salud; la de los hombres, claro.

            ALEJANDRO.- Sin embargo, a mí me encantan las mujeres.

            DON RICARDO.- ¡Toma éste! Y a mí. Pero también me gusta la mostaza y me sienta mal.

            ALEJANDRO.- No, no. Quiero decir que me gusta hablar con ellas; que aprendo mucho de su conversación.

            DON RICARDO.- ¿Pero con cuántas mujeres has hablado tú, criatura?

            ALEJANDRO.- Mi mejor amiga es una mujer.

            DON RICARDO.- (Poniéndole la mano en el hombro.) Ten cuidado, Alejandro; con una mujer el siguiente nivel es el enamoramiento. De la amistad al amor hay un paso. Y cuando das ese paso la amistad se va al garete; y el amor, al poco tiempo, también coge las de Villadiego. Hazme caso; no se puede ser amigo de una mujer, acabas enamorándote.

            ALEJANDRO.- Pareces un bohemio amargado hablando así.

            DON RICARDO.- Hijo, yo ya estoy de vuelta de muchas cosas; y este camino, en concreto, lo he recorrido entero.

            ALEJANDRO.- Ese tipo de caminos nunca se acaban de hacer; no tienen final.

            DON RICARDO.- Te puedo asegurar que yo ya estoy sentado en la meta.

            ALEJANDRO.- ¿Quién te ha dicho que tu meta es el final del camino? Aveces, el final de las cosas no está donde uno cree; hay sendas que no se ven, pero que conducen a lugares maravillosos.

            DON RICARDO.- Según tú todo tiene que dar a un lugar paradisíaco. ¡Qué fantasioso!

            ALEJANDRO.- De cualquier manera, mi relación con esta chica no va a cambiar.

            DON RICARDO.- Yo no estaría tan seguro.

            ALEJANDRO.- Yo sí.

            DON RICARDO.- ¿La conozco?

            ALEJANDRO.- Puede...

            DON RICARDO.- ¿Vive cerca?

            ALEJANDRO.- A dos pasos.

            DON RICARDO.- (Levantándose alterado) ¡No será monja!

            ALEJANDRO.- ¿Por qué tiene que ser monja?

            DON RICARDO.- Lo supuse, más que nada, porque a cien kilómetros a la redonda solo estamos el convento y nosotros.

            ALEJANDRO.- No es monja; es novicia. Nos conocemos de hace tiempo.

            DON RICARDO.- (Acercándose, con las manos en la cabeza, al mueble bar para ponerse una copa.) Bueno... Ahora sí que tengo que tomar un trago.

            ALEJANDRO.- (Levantándose.) ¿Y eso?

            DON RICARDO.- (Dando un sorbo.) Novicia y amiga tuya... Acabáis junto; seguro.

            ALEJANDRO.- ¡Qué tontería!

            DON RICARDO.- (Sonriendo.) Ya me lo dirás... (Cambiando el tono de la conversación.) Y mientras me lo dices o no me dices, que me lo dirás... Dime, ¿en qué estás metido ahora?

            ALEJANDRO.- Estoy trabajando en un proyecto bastante ambicioso. En concreto, estoy confeccionando un himnario de las tribus que existen en el África central.

            DON RICARDO.- (Irónico.) Qué interesante.

            ALEJANDRO.- Me estoy dejando la piel en ello.

            DON RICARDO.- ¿Cuándo has estado tú en África?

            ALEJANDRO.- No hace falta estar en un lugar para conocerlo. Hoy en día hay miles de instrumentos que nos ayudan a estar más al tanto de todo...

            DON RICARDO.- (Interrumpiéndole.) Vale. No sigas. Ahora me vendrás con el cuento del “internete” ése; el mayor engaño que existe. Con ese invento maligno lo que se está consiguiendo es que las calles estén cada vez más vacías. Para comprar en el mercado; para bajar un disco; para leer un libro...

            ALEJANDRO.- Tu mismo lees el periódico por internet.

            DON RICARDO.-(Levantando el brazo, con el dedo índice extendido.) ¡Es distinto! ¡Cómo puedes comparar! Aquí la prensa llega con un día de retraso; es lógico que lo lea.

            ALEJANDRO.- También diriges tus empresas desde aquí.

            DON RICARDO.- Es inevitable. Una está en Persia, y la otra...

            ALEJANDRO.- (Sin dejarle terminar.) ¡Papá, por favor, que está en Alicante! Usas internet mucho más que yo; reconócelo.

            DON RICARDO.- (Quitándole importancia.) Solo en momentos puntuales; por estricta necesidad.

            ALEJANDRO.- El último viaje que hiciste con mamá fue a través de la red. ¿Qué me dices a esto?

            DON RICARDO.- ¡Ya veo que no vas a parar hasta que me pilles! ¡Tú quieres que diga que “internete” es bonito! ¡Tú quieres que sucumba a los encantos de la tecnología!

            ALEJANDRO.- Nada más lejos de mi intención.

            DON RICARDO.- Entonces, ¿a qué viene este interrogatorio? ¿Cómo puedes pensar que yo uso “internete” hasta para lavarme los dientes? ¿Esa es la educación que has recibido en los mejores colegios? (ALEJANDRO lo mira cariacontecido.) ¡Es lo que me faltaba! (Mientras camina hacia las escaleras de la izquierda, que conducen a las habitaciones. Va hablando consigo mismo.) ¡Si ya me lo decía mi padre, que era tu abuelo, invierte el dinero de la educación de tu hijo en algo, pero jamás en tu hijo! ¡Qué razón tenía! (Desaparece por las escaleras.)

            Queda ALEJANDRO solo en el escenario.

            ALEJANDRO.- (Boquiabierto.) Pues vale. (Mira alrededor y se da cuenta de que el cuadro que hay en la derecha de la escena está un poco doblado; se dirige a él para enderezarlo.) Así está mucho mejor. (Se lo queda mirando detenidamente.) ¿Dónde habré visto este cuadro antes? (Se encoge de hombros, y se dirige al comedor. Justo cuando va a entrar en ella aparece por la puerta del jardín DOÑA LUISA.)

            DOÑA LUISA.- (Entrando.) ¡Alejandro! (ALEJANDRO se vuelve hacia ella.) Me ha parecido escuchar el tren.

            ALEJANDRO.- (Mirando el reloj.) Como todos los días a esta hora, mamá.

            DOÑA LUISA.- Con la diferencia de que todos los días llega vacío, y hoy va completito.

            ALEJANDRO.- Ah, es verdad.

            DOÑA LUISA.- ¿Dónde está tu padre?

            ALEJANDRO.- Ha subido arriba. Supongo que a darse un baño, porque olía...

            DOÑA LUISA.- A vaca, Alejandro. No olvides que es tu padre.

            ALEJANDRO.- Supongo que tardará.

            DOÑA LUISA.- (Preocupada.) No puede tardar. ¡No ves que tiene que hacer las entrevistas al servicio!

            ALEJANDRO.- ¿Entrevistas? Si han venido de tan lejos será para quedarse, ¿no?

            DOÑA LUISA.- Ya lo sé, hijo. (Con aire altivo.) Pero las formas son las formas.

            ALEJANDRO.- ¿Vienen muchas personas?

            DOÑA LUISA.- Creo recordar que tres; dos mayordomos y una cocinera.

            ALEJANDRO.- Me parece bien.

            DOÑA LUISA.- En fin, voy a buscar a tu padre; que seguro que se ha olvidado del tema.

            ALEJANDRO.- No te preocupes, mamá; yo le aviso. (Al dirigirse a la escalera vuelve a toparse con el cuadro, al que mira detenidamente.) (Aparte. Mirando al cuadro.) Te he visto en algún sitio, no sé dónde, pero te he visto.

            DOÑA LUISA.- (Que contempla la situación.) ¿Ocurre algo?

            ALEJANDRO.- (Dando media vuelta y dirigiéndose a las escaleras.) Nada; cosas mías.

            ALEJANDRO hace mutis por las escaleras. Queda DOÑA LUISA sola en escena.

            DOÑA LUISA.- (Mirando a su alrededor.) A ver, a ver... Que esté todo en orden para cuando lleguen estas personas. (Al observar el cuadro.) ¡Vaya! Ya me han puesto bien el cuadro; ¿es que no se dan cuenta de que a un cuadro derecho nadie lo mira? (Se acerca a él y lo vuelve a inclinar.) Así está mejor; le da categoría. (Lo sigue revisando todo, clavando la vista en el mueble bar, en el que ve dos copas empezadas y una botella.) ¡Malditos hombres! ¡No saben poner las cosas en su sitio! ¡Cansadísima me tienen! ¡Cansadísima! (Guarda las copas y la botella.) No puedo más. A la mínima que me pase voy a cometer una locura. Así aprenderán.

            Suena el timbre.

            DOÑA LUISA.- (Alterada.) ¡Oh Dios mío! ¡No puede ser! ¡No puede ser! Todavía no es la hora. (Vuelve la cabeza hacia las escaleras.) ¡Nada! Y éstos sin venir. (Mirando al cielo.) Si es que...

            Vuelven a llamar a la puerta.

            DOÑA LUISA.- (Retocándose.) Ya va... (Mirando, de nuevo, al cielo.) Que tengan mucha paciencia, por favor. Dales fuerza, para que duren mucho. (Se dirige a abrir.)

            Desaparece por la puerta que conduce a la entrada de la vivienda, que es la que está a la derecha de la escena, más pegada a la batería. Por un instante, queda el escenario vacío, apareciendo por dicha puerta DOÑA LUISA, FELISA, PANCRACIO y BERNARDO. Estos tres últimos personajes portan maletas de viaje.

            DOÑA LUISA.- Siéntense donde gusten; mientras yo voy a avisar a mi marido. (Hace mutis por las escaleras.)

            Quedan PANCRACIO, FELISA y BERNARDO. PANCRACIO, se sienta en una de las sillas que hay en el foro; BERNARDO, en el sofá; y FELISA, camina contemplándolo todo, con los ojos abiertos como platos, totalmente alucinada.

            FELISA.- (Soltando un silbido.) ¡Menuda choza! ¡Esta gente debe de ser riquííííííísima!

            BERNARDO.- ¡Bah! No te dejes impresionar; seguro que están tiesos.

            FELISA.- ¡Pero si solo el ambiente la atmósfera ya cuesta una fortuna! Yo veo mucho lujo. (A PANCRACIO.) ¿Verdad, usted?

            PANCRACIO.- (A FELISA.) Pienso que tiene usted razón.

            FELISA.- “Pos” eso. (A BERNARDO.) ¿Ves tú cómo yo tenía razón?

            BERNARDO.- (Levantándose y dirigiéndose a PANCRACIO.) ¿Y quién es usted?

            PANCRACIO.- (Levantándose y extendiendo su mano hacia BERNARDO.) Soy Pancracio.

            BERNARDO.- (Estrechándole la mano.) Muy bien. Yo, Bernardo. (Señalando a FELISA.) Y esa es Felisa, la cocinera. (Mirándolo de arriba a abajo.) ¿Usted qué es? ¿Mayordomo? ¿Cocinero? ¿Pinche? ¿Jardinero? ¿Chófer?...

            PANCRACIO.- (Con orgullo.) Mayordomo.

            BERNARDO.- ¿Desde hace mucho?

            PANCRACIO.- Eso depende de la casa; en ésta todavía no lo soy.

            BERNARDO.- Se es mayordomo o no se es. No puede decir “ahora sí”, “ahora no”. Hay que decidirse.

            PANCRACIO.- Usted es de los que...

            BERNARDO.- (Interrumpiéndole.) Tutéame, por favor. ¡Qué menos entre colegas!

            PANCRACIO.- Gracias, Bernardo. Tú también puedes tutearme.

            FELISA.- ¿Yo puedo tutear?

            BERNARDO.- ¿Tú eres mayordoma?

            FELISA.- No.

            BERNARDO.- ¡Pues ea! A tratar al señor de usted.

            PANCRACIO.- (Sonriendo.) No seas tan bestia, Bernardo. (A FELISA.) Claro que puede tutearme, Felisa.

            FELISA.- (Contenta.) ¡Muchas gracias! Usted también puede hacerlo conmigo.

            PANCRACIO.- (Aparte.) Supongo que hablará de tutearla.

            BERNARDO.- ¡Muy bien! Ya nos tuteamos todos; ya somos iguales.

            PANCRACIO.- Sí, ya hemos tomado conciencia de clase.

            BERNARDO.- Pero, perdona, Pancracio, que antes te he cortado. ¿Qué ibas a decir?

            PANCRACIO.- (Pensativo.) ¿Antes?... ¡Ah, sí! Te decía que tú eres de los que creen que se nace siendo mayordomo, ¿no?

            BERNARDO.- Claro que sí. Eso se lleva dentro, ¿no lo crees?

            PANCRACIO.- Hombre...

            BERNARDO.- ¿No estás colegiado?

            PANCRACIO.- ¿Colegiado? ¿Dónde?

            BERNARDO.- En el Excelentísimo Colegio Oficial de Mayordomos de España.

            PANCRACIO.- Como siempre he servido en el extranjero, pues nunca lo he creído conveniente. Ni sabía que existía.

            BERNARDO.- Te lo recomiendo. Además, las cuotas son muy bajas; aunque depende de si eres ejerciente o no ejerciente.

            PANCRACIO.- ¿Si no ejerzo como mayordomo también tengo que pagar?

            BERNARDO.- Sí, señor. Uno es mayordomo para toda la vida. ¿O es que tú has visto un mayordomo banquero, o un mayordomo abogado?

            PANCRACIO.- No; pero he visto mayordomos menos ladrones que un banquero, y más legales que un abogado.

            BERNARDO.- Eso es fácil.

            FELISA.- (Que sigue admirando la casa.) Lo difícil es al revés.

            PANCRACIO.- A ver si me animo, y me colegio.

            BERNARDO.- De lo contrario sería competencia desleal.

            PANCRACIO.- ¡Acabáramos! Mañana mismo voy.

            BERNARDO.- Tendrás que esperar un tiempo.

            PANCRACIO.- ¿No es tan fácil, verdad? Seguramente me tendrán que hacer pruebas de admisión y todo eso, ¿no?

            BERNARDO.- Qué va. Lo que ocurre es que, hoy por hoy, estamos un tanto lejos de la civilización.

            PANCRACIO.- Aquí está todo lejos. ¿Dónde habrá ido la señora?

            FELISA.- Ha dicho que iba a buscar a su marido.

            BERNARDO.- Lo cierto es que tardan.

            PANCRACIO.- Oigo pasos.

            FELISA.- (Poniéndose nerviosa.) ¡Ser ellos deben! ¿Siento me me levanto ó?

            PANCRACIO.- (A BERNARDO, por FELISA.) ¿Qué le sucede?

            BERNARDO.- No te asustes, Pancracio. Es que cuando se pone nerviosa amontona las palabras, unas encima de otras.

            PANCRACIO.- (A FELISA.) ¿Y se puede saber por qué te has puesto nerviosa, así de repente?

            FELISA.- (Inmóvil.) La porque acerca señora se.

            PANCRACIO busca con la mirada a BERNARDO, solicitando una respuesta.

            BERNARDO.- Quiere decir que está nerviosa porque se acerca la señora.

            PANCRACIO.- (Restándole importancia.) ¡Ah, no! ¡Qué va! No te preocupes, Felisa; ha sido una falsa alarma. Es que, a veces, oigo sonidos que no existen; en ocasiones, ya han ocurrido; y, en otras, van a suceder.

            BERNARDO.- Pues así la vas a tranquilizar pronto...

            FELISA.- (Aparte.) Creo que estoy más tranquila... Pero más asustada.

            BERNARDO.- ¿Y te sucede con mucha frecuencia?

            PANCRACIO.- Depende del tiempo.

            BERNARDO.- Lógico. Depende de si el día está nublado o con sol; de si es seco o húmedo; ¿no es así?

            PANCRACIO.- Qué va, qué va. De lo que depende es de la última vez que me pasó. Si ha transcurrido poco tiempo, pues me ocurre con mucha frecuencia; y si transcurre mucho tiempo, pues me ocurre con poca frecuencia.

            BERNARDO.- No me has convencido.

            PANCRACIO.- Eso mismo le dije yo a mi psicólogo cuando me lo explicó.

            FELISA.- ¿Tienes psicólogo?

            PANCRACIO.- ¡Vaya! Ya se te entiende; celebro que estés más relajada.

            BERNARDO.- ¿En serio que tu vas a un loquero?

            PANCRACIO.- Estuve unos años sirviendo en la Argentina; (Con acento argentino.) y allá todos tienen psicoanalista.

            BERNARDO.- (Sorprendido.) ¿Los mayordomos, también?

            PANCRACIO.- También.

            BERNARDO.- ¡Menudo país! Y aquí nos tenemos que conformar con el barman de la barra. Qué triste.

            FELISA.- Pero será más barato.

            BERNARDO.- ¡Qué loca! Yo, aveces, al mío le he dejado media paga, y he continuado con mis problemas.

            PANCRACIO.- Con los psicólogos es igual; no te creas.

            FELISA.- ¿Has probado con los curas? Un sacerdote oye tus problemas sin que te cueste un duro; y, además, aconseja.

            BERNARDO.- Sí, te aconseja que dejes una limosna. Al final te sale más caro el collar que el perro. ¡Qué inocente eres, Felisa!

            PANCRACIO.- Oigo pasos.

            BERNARDO.- Eso es que vienen; sentémonos.

            Los tres se apresuran a sentarse, mientras se acicalan un poco.

            FELISA.- (A BERNARDO, mientras se retoca.) ¿Bien estoy? ¿Bien estoy?

            BERNARDO.- Mujer, que sí. No te peines más, que se te va a llenar de grasa el pelo.

            FELISA.- (Guardando el peine.) ¡Digas no me eso! Guardaré lo; guardaré lo.

            PANCRACIO.- (A FELISA.) ¿Nerviosilla?

            FELISA.- Hable no me.

            BERNARDO.- ¡Pero mira que eres exagerada!

            PANCRACIO.- No tienes de qué preocuparte, Felisa. Tú a todo responde con un sí o con un no. Aveces, sería bueno, incluso, un “tal vez”; más que nada para que no te conozcan del todo.

            BERNARDO.- ¿Con un sí o un no? Se van a creer que es una robot.

            PANCRACIO.- Todo lo contrario. A los señores, a todos, porque son todos iguales, les gusta que el servicio, o sea, sus subordinados no hablen mucho.

            FELISA.- ¿Y eso?

            PANCRACIO.- Porque creen que si el servicio, esto es nosotros, no hablamos mucho de nuestros temas, tampoco charraremos de los temas de la casa.

            BERNARDO.- (Acariciándose la barbilla.) Qué curioso...

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) ¿No os explican estas cosas en el Ilustrísimo Colegio?

            BERNARDO.- Seguro que sí. Pero es que nunca voy a las charlas; como cada cierto tiempo cambio de casa, pues nunca me llega el correo a tiempo. Al final, siempre acabo leyendo la correspondencia de otro compañero.

            FELISA.- (Mirando al rededor.) ¿Es nadie que a venir no va?

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) Que dice Felisa que es extraño que no haya venido nadie todavía.

            PANCRACIO.- Me temo que ha sido otra falsa alarma.

            BERNARDO.- Pero, hombre, si te equivocas más que un médico.

            PANCRACIO.- Lo que sucede es que lo que he escuchado ahora ha sido el reflejo de la conversación de antes. No es una ciencia muy exacta que digamos.

            FELISA.- (Respirando hondo; muy relajada.) ¿Entonces no viene nadie?

            PANCRACIO.- Nadie, hija; ni el expreso de Gijón.

            BERNARDO.- Eso es lo que se me está apeteciendo a mí; un expreso.

            FELISA.- ¿Un tren?

            BERNARDO.- ¡Serás bruta! ¿Cómo me voy a tomar un tren?

            PANCRACIO.- En grandes cápsulas te puedes tragar uno entero.

            BERNARDO.- Seguramente me indigestaría.

            FELISA.- Lo mejor en esos casos es el bicarbonato.

            PANCRACIO.- Sí, dicen que no falla.

            BERNARDO.- En tal caso, me gustaría tomarme un café.

            FELISA.- Pues aquí como no te lo hagas tú mismo...

            PANCRACIO.- A este paso lo que vamos a tenernos que hacer nosotros mismos es la entrevista.

            FELISA.- ¿Tan grande será la casa?

            BERNARDO.- Qué va. (Bajando la voz.) Lo que sucede es que nos están espiando desde algún punto de este salón.

            FELISA.- ¿En serio?

            BERNARDO.- Totalmente. (Se levanta, y comienza a observar todos los puntos de la habitación; cuadros, armadura...) Lo vi en una película; en el cine.

            PANCRACIO.- Ah, bueno; una película...

            BERNARDO.- Es que era americana.

            FELISA.- Entonces, te creo. En eso los americano saben más que nadie.

            PANCRACIO.- ¡Qué tontería!

            BERNARDO.- (Mientras sigue inspeccionando el salón.) Ya salió el típico español.

            PANCRACIO.- Español... Sí; pero, típico... Llevo más de cuarenta años en el extranjero.

            BERNARDO.- Cada nación es famosa por algo. Alemania es conocida por lo eficaz de sus productos; Andorra es conocida por lo barato que están sus productos; Suecia por lo ricas que están sus productoras; Mónaco porque son todos ricos...

            PANCRACIO.- No sigas. No me convences mucho; pero cansas bastante. Si tan convencido estás de que nos están espiando...

            BERNARDO le hace ostensibles gestos de guardar silencio.

            PANCRACIO.- (Bajando la voz.) ... encuentra ya el dichoso agujerito.

            Se hace un silencio, mientras FELISA ayuda a BERNARDO a encontrar el supuesto agujero. Mientras, impasible, PANCRACIO los contempla sentado en el sofá.

            PANCRACIO.- No lo encontraréis ni en un millón de años.

            BERNARDO.- Con tu ayuda, ni en tres siglos.

            FELISA.- (Bajando la voz.) No discutáis, que nos van a oír.

            PANCRACIO.- Qué más nos da que nos oigan; si, según vosotros, ya nos están viendo.

            BERNARDO.- (Acercándose a PANCRACIO, y bajando la voz.) Es que yo si hablo pierdo muchos puntos.

            PANCRACIO.- ¿De verdad?

            BERNARDO.- (Con el mismo tono bajo.) Y la Felisa ya ni te cuento.

            PANCRACIO.- Oigo pasos.

            BERNARDO.- (Que sigue buscando, impasible, por las paredes.) Sí, Pancracio; sí. Mira como voy corriendo a sentarme, y a ponerme bien la raya del pantalón.

            FELISA.- (Observando de cerca un cuadro. Con mucha tranquilidad.) Mira como se me amontonan las palabras... Debe de ser por los nervios...

            Ríen a la vez BERNARDO y FELISA.

            PANCRACIO.- Hablo en serio; oigo pasos.

            Las carcajadas cesan, haciéndose un silencio durante un breve instante. Suenan unos pasos. Aparece por las escaleras de la izquierda DOÑA LUISA; las baja muy despacio, con mucha clase. BERNARDO y FELISA han quedado petrificados de pie, ante los cuadros y las figuras; mientras PANCRACIO aprovecha el momento para peinarse con un poquito de saliva las cejas.

            DOÑA LUISA.- (Que ya ha bajado completamente las escaleras; se dirige al centro de la escena.) Celebro que aprecien el arte. Todo es auténtico.

            BERNARDO.- (Aparte; nervioso y sin moverse.) Y yo con la raya del pantalón doblada.

            PANCRACIO.- (Poniéndose de pie; juntando los talones; y haciendo una leve reverencia.) Señora.

            DOÑA LUISA.- (Con mucha educación.) Siéntese, por favor. Recuerde que todavía no trabaja para mí.

            PANCRACIO se sienta, volviendo a hacer la leve reverencia. Mientras tanto FELISA y BERNARDO van girando sus cuerpos hasta alcanzar con sus miradas a DOÑA LUISA.

            DOÑA LUISA.- Ustedes también pueden sentarse, por favor.

            BERNARDO.- (Dirigiéndose al sofá, y con la cabeza hacia abajo.) Muchas gracias, señora.

            FELISA.- (También se sienta. Ya ha recuperado su estado de nervios.) Señora, gracias. Señora, gracias. (Se sientan los dos junto a PANCRACIO.)

            DOÑA LUISA.- Les tengo que comunicar que mi marido se siente un tanto indispuesto; así que será yo quien les haga unas breves preguntas. (Les da la espalda, y camina por la escena.)

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¿Qué clase de preguntas nos hará, Pancracio?

            PANCRACIO.- Las de costumbre.

            FELISA.- ¿Y costumbre son las de cuáles?

            PANCRACIO mira a BERNARDO, buscando en él la traducción a la frase de FELISA.

            BERNARDO.- Dice que cuáles son esas preguntas.

            PANCRACIO.- Las que nos han hecho a todos en todas las casas; más que nada tratan de conocernos un poco.

            FELISA.- (Santiguándose de manera nerviosa.) ¡Ay, Virgen Santa del Perpetuo Socorro, socórreme!

            PANCRACIO.- Tranquila, Felisa. Recuerda, respuestas muy cortas.

            DOÑA LUISA, con paso lento y elegante, da media vuelta, colocándose de nuevo frente a PANCRACIO, BERNARDO y FELISA. Camina despacio hacia ellos.

            DOÑA LUISA.- Ante todo, quiero darles la bienvenida a esta mansión. Supongo que... (Es interrumpida por DON RICARDO, que desciende por las escaleras; tras él va su hijo, ALEJANDRO.

            DON RICARDO.- Buenas tardes.

            PANCRACIO, FELISA y BERNARDO, se levantan con aires de sorprendidos.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) Seguro que es el jefe.

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) Qué extraño; si estaba indispuesto...

            DON RICARDO se acerca a los tres; los observa de arriba a abajo; y les lanza una pregunta a cada uno.

            DON RICARDO.- (A PANCRACIO.) ¿Cuál es su nombre?

            PANCRACIO.- (Junta los talones, y hace una leve reverencia con la cabeza.) Pancracio, señor.

            DON RICARDO.- ¿Tiene algún inconveniente en trabajar aquí?

            PANCRACIO.- Ninguno, señor.

            DON RICARDO se coloca frente a BERNARDO, al que mira fijamente a los ojos.

            DON RICARDO.- ¿Y usted?

            BERNARDO.- Tampoco, señor.

            DON RICARDO.- La pregunta era el nombre.

            BERNARDO.- El nombre de quién.

            DON RICARDO.- ¿No sabe esa pregunta tan simple?

            BERNARDO.- (Aparte.) ¿El nombre de quién puede ser? (A DON RICARDO.) Ah, ya caigo. (Santiguándose.) El nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Qué tal?

            DOÑA LUISA.- (Que se ha acercado a su hijo. A ALEJANDRO; contrariada.) ¿Qué significa esto?

            ALEJANDRO.- No te puedo dar una respuesta clara, mamá.

            DON RICARDO.- (Pensativo ante la respuesta de BERNARDO.) Tu nombre es Trinidad. Ha sido una adivinanza fácil. (Se pone frente a FELISA.) ¿Y tú, cómo te llamas?

            FELISA.- Sí.

            DON RICARDO.- ¿Sí?

            FELISA.- (Nerviosa.) Bueno, no.

            DON RICARDO.- ¿No?

            FELISA.- Tal vez.

            DON RICARDO.- Tú serás la cocinera, ¿verdad?

            FELISA.- (Nerviosa del todo.) Señor, sí. El que usted se lo hago quiera yo plato.

            DON RICARDO.- (A PANCRACIO.) ¿Qué ha dicho, Pancracio?

            PANCRACIO.- El que la entiende es Trinidad, señor.

            DON RICARDO.- (A BERNARDO.) ¿Qué ha dicho, Trinidad?

            BERNARDO.- (Excusándose.) Disculpe, el señor. Se me han escapado un par de palabras, y he perdido el sentido a la frase.

            ALEJANDRO.- Lo que la chica te ha querido decir, papá, es que efectivamente es la cocinera; y que el plato que tú quieras con gusto te lo hará.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¡Sopla, qué tío!

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) Ya me habían hablado de este chico; dicen que es un portento con los idiomas.

            DON RICARDO.- (A FELISA. Alegre.) Muchas gracias. ¿Y cuál es tu nombre?

            FELISA.- Felisa.

            DON RICARDO.- ¡Maravilloso! Estáis los tres contratados.

            BERNARDO, PANCRACIO y FELISA se miran entre si complacidos, dándose la enhorabuena.

            DOÑA LUISA.- (A ALEJANDRO.) ¡Esto es una locura; una tomadura de pelo! Dile que cese inmediatamente.

            ALEJANDRO.- (A DOÑA LUISA.) Para una vez que está cuerdo...

            DON RICARDO.- (A BERNARDO.) Trinidad, tú serás mi mayordomo. Me gusta que me hables con acertijos... (Ríe.) Vamos a hacer tú y yo buenas migas.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) Pero si yo no sé ninguna adivinanza... ¿Qué hago ahora?

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) Pues te las inventas, hombre. No le quites la ilusión... (Con tono irónico.) Trinidad.

            DON RICARDO.- Pancracio, tú serás el mayordomo de mi hijo Alejandro.

            PANCRACIO.- Será un honor, señor.

            DON RICARDO.- Un honor y un privilegio, porque vas a ser el primero que tenga. Bueno, hechas ya las reparticiones se pueden retirar a las habitaciones del servicio. (Señalando el foro derecha.) Siguiendo ese pasillo encontrarán la cocina, y posteriormente su aposentos.

            BERNARDO, PANCRACIO y FELISA recogen sus maletas, y se encaminan hacia la puerta que conduce a la cocina.

            DON RICARDO.- ¡Ah! Se me olvidaba. (Los tres dan media vuelta.) Pueden tomarse el resto del día libre.

            PANCRACIO.- (Aparte; mientras se retiran.) Esto va a ser una experiencia muy dura. (Hace mutis, junto con BERNARDO y FELISA, por la puerta del servicio.)

            DON RICARDO.- (Satisfecho.) ¿Qué te ha parecido, Luisa?

            DOÑA LUISA.- (Contrariada.) ¿Que qué me ha parecido? ¿Me estás preguntado que qué me ha parecido?

            DON RICARDO.- Esa ha sido la pregunta, efectivamente.

            DOÑA LUISA.- Estoy harta, Ricardo.

            DON RICARDO.- (Extrañado.) ¿Harta? ¿De qué? (A ALEJANDRO.) ¿Tú la comprendes, hijo?

            ALEJANDRO.- (Sirviéndose una copa.) Hombre...

            DOÑA LUISA.- (Enfadada.) ¡Cómo que hombre! ¿Es que tú no ves el comportamiento que tiene tu padre?

            DON RICARDO.- ¿Qué comportamiento he tenido?

            DOÑA LUISA.- ¡Serás cínico!

            ALEJANDRO.- Explícate, mamá...

            DON RICARDO.- Eso; explícate.

            DOÑA LUISA.- Hace cinco días eras una avispa...

            DON RICARDO.- (Corrigiéndola.) Abeja; era una abeja.

            DOÑA LUISA.- ¡Lo que sea!

            DON RICARDO.- Hombre, no. Lo que sea no, porque no es igual.

            DOÑA LUISA.- Hasta hace unas horas eras una vaca. ¿Tú crees que es normal?

            ALEJANDRO.- A ti te encanta la naturaleza.

            DON RICARDO.- Recuerda que hiciste tres años de veterinaria.

            DOÑA LUISA.- Ya. Pero de eso a compartir mi casa con todos los protagonistas del National Geographic va un abismo.

            DON RICARDO.- Cariño, no sé, sinceramente, a qué viene este berrinche. Llevo bastante tiempo así.

            Por la puerta de la cocina asoman sus cabezas PANCRACIO, BERNARDO y FELISA.

            BERNARDO.- ¿A qué se deberán esos chillidos?

            PANCRACIO.- Todavía no he logrado averiguarlo.

            DOÑA LUISA.- ¿Y por esa razón yo tengo que estar ya acostumbrada? ¡Estaría bueno!

            ALEJANDRO.- Tiempo has tenido para ello.

            DOÑA LUISA.- (A ALEJANDRO.) Tu eres un pachorra; como tu padre.

            DON RICARDO.- Luisa, por Dios, sin ofender.

            ALEJANDRO.- Si no me ha ofendido.

            DON RICARDO.- Lo digo por mí, hijo.

            PANCRACIO.- (A sus compañeros.) Yo creo que está molesta porque no nos ha hecho ella la entrevista.

            ALEJANDRO.- ¿No estarás molesta porque papá no te ha dejado hacer la entrevista?

            DOÑA LUISA.- No, Alejandro. Estoy enfadada porque hacéis lo que os da la gana; vais al son de vuestra música.

            BERNARDO.- (A sus compañeros. Sonriendo.) Tiene gracia esa frase en boca de una mujer. (FELISA, acto seguido, le pega una colleja.)

            DOÑA LUISA.- Parece como si no os hiciera falta.

            DON RICARDO.- No digas tonterías, Luisa. Algo harás...

            DOÑA LUISA.- (Enojadísima.) ¿Algo haré? ¡Claro que lo voy a hacer! ¡Marcharme!

            FELISA.- (A BERNARDO y PANCRACIO.) ¿Se va la señora?

            PANCRACIO.- Eso parece.

            DON RICARDO.- Mira, Luisa, no tengo tiempo para dedicarte ahora.

            DOÑA LUISA.- A eso me refiero; nunca hay tiempo.

            DON RICARDO.- Tiempo sí que hay, pero no para ti. Compréndelo.

            BERNARDO.- Ahí tiene razón. (Reciba otra colleja de FELISA.)

            DOÑA LUISA.- ¡Para todos los bichos siempre hay tiempo, pero para tu mujer nunca! Pues, ¿sabes que te digo? Que me voy. (Se dirige a las escaleras que conducen a las habitaciones.)

            ALEJANDRO.- ¡No estarás hablando de marcharte!

            DOÑA LUISA.- No, Alejandro. Estoy hablando de poner una panadería en Socuéllamos. (Hace mutis por las escaleras, camino de su habitación.)

            PANCRACIO.- Menudo carácter.

            DON RICARDO y ALEJANDRO se quedan por un instante contemplando las escaleras.

            ALEJANDRO.- ¿Hablaba en serio?

            DON RICARDO.- Ni caso; tu madre no sabe dónde está Socuéllamos.

            ALEJANDRO.- Una panadería es muy sacrificado... Y en cuanto a lo de irse, ¿qué piensas?

            DON RICARDO.- Conozco a tu madre desde antes de que tú nacieras, y te puedo asegurar... ¡Vamos!, que pongo la mano en el fuego y ni una quemadura. Tu madre, o sea mi mujer, no se mueve de aquí. Todas las mujeres son iguales; que si me voy por aquí; que si me voy por allí... Al final, nada.

            BERNARDO.- (A FELISA y PANCRACIO.) Menuda lección de psicología está dando mi señor. (Acto seguido FELISA propina otra colleja a BERNARDO.)

            ALEJANDRO.- ¿Estás seguro?

            DON RICARDO.- ¡Segurííííííísimo! Lo que pasa es que necesitan de vez en cuando llamar la atención. Lo hacen para sentirse más mujer. Una vez que recapacitan, algo extraordinario por otra parte, se dan cuenta de que no pueden vivir sin el hombre, y vuelven a él como una gatita mansa.

            ALEJANDRO.- ¿Lo dices en serio?

            DON RICARDO.- En realidad, lo leí en un libro.

            Baja DOÑA LUISA por las escaleras portando una maleta; en la otra mano lleva un sobre que deposita en la mesa que hay junto al sofá. Sin decir nada, ante la mirada atónita de TODOS, cruza la escena haciendo mutis por la puerta de la derecha, junto a la batería.

            ALEJANDRO.- (Con la vista puesta por donde se ha marchado DOÑA LUISA.) Tenía toda la pinta de irse de casa.

            DON RICARDO.- Si mi padre, o sea tu abuelo, tenía razón; leer no es bueno.

            ALEJANDRO.- ¿Ponía algo ese libro para cuando la mujer se va de verdad?

            DON RICARDO.- Sí, daba una solución; llorar por los rincones, mendigando cariño.

            ALEJANDRO.- ¡Estarás de coña! Eso son teorías de revistas dominicales.

            DON RICARDO.- ¿Por qué se habrá ido?

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¿Tú crees que habrá ido a Socuéllamos?

            PANCRACIO.- Qué va; a esta hora no hay trenes.

            DON RICARDO.- ¿Para qué se habrá ido?

            ALEJANDRO.- La donna é móvile.

            DON RICARDO.- Cual pluma al vento. Qué gran verdad. Con lo bien que estábamos... Realmente, me cuesta creer qué le ha podido llevar a tomar esta decisión.

            FELISA.- (A PANCRACIO y BERNARDO.) ¿Pero es que no han escuchado lo que les ha dicho la señora? ¡Serán zoquetes!

            DON RICARDO.- (Sentándose en el sofá.) Estoy destrozado...

            FELISA.- (A PANCRACIO y BERNARDO.) Los hombres solo veis el último vagón, y el resto del tren ni lo oléis.

            ALEJANDRO.- Espera un momento... (Se dirige a la mesa, donde recoge el sobre que DOÑA LUISA ha dejado.) Puede que aquí, (Mostrando a DON RICARDO el sobre.) esté la solución.

            DON RICARDO.- (Incorporándose; esperanzado.) Con suerte dice que va de compras a París, para la nueva temporada Primavera-Verano. Léela, léela.

            ALEJANDRO.- (Abriendo el sobre, y leyéndola para sí mismo.) Por lo que pone no parece que se haya marchado a Francia.

            DON RICARDO.- ¿A Nueva York?

            ALEJANDRO.- Me temo que no.

            DON RICARDO.- (Sentándose, desanimado, sobre el sofá.) ¿No? Léela en voz alta.

            ALEJANDRO.- (Leyéndola) “Me voy. Adiós.)

            DON RICARDO.- Pero desde el principio, hijo; el final ya me lo supongo. Siempre ha sido muy cumplida en las despedidas.

            ALEJANDRO.- Este es el principio... Y el final. Ésta es toda la carta, papá.

            DON RICARDO.- (Desesperado.) ¿Y ahora qué voy a hacer yo?

            ALEJANDRO.- Lo cierto, es que es una carta enigmática.

            DON RICARDO.- (Reincorporándose.) ¡Alejandro, rápido! Llama al servicio.

            ALEJANDRO.- ¿A todo?

            DON RICARDO.- No sé... Tú llámalo.

            ALEJANDRO.- ¿Para qué?

            DON RICARDO.- No sé... Tú llámalo. Llama a Trinidad; es hombre de grandes acertijos, y él nos desvelará este entuerto.

            ALEJANDRO.- ¡Trinidad! ¡Trinidad! (A DON RICARDO.) ¿Tú crees que nos habrá escuchado?

            DON RICARDO.- No te apures; en unos segundos estará aquí. (Se sientan los dos.) Pero la próxima vez intenta usar el llamador.

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) Me parece que por ahí te buscan.

            BERNARDO.- Pero... ¿Y qué me van a decir? ¿Por qué no venís conmigo?

            FELISA.- Ni loca.

            PANCRACIO.- Te necesitan para que les arregles el enigma de la carta.

            BERNARDO.- Pero si yo no adivino ni lo que viene detrás de la noche. ¿Cómo voy a salir?

            FELISA.- Saliendo. No nos hagas quedar mal el primer día de trabajo.

            BERNARDO.- Además, hoy es nuestro día libre; puedo haber salido a dar una vuelta.

            FELISA.- Sí; a coger coquinas.

            PANCRACIO.- Deberías de saber que un mayordomo siempre ha de estar pendiente a las necesidades de su señor.

            ALEJANDRO.- Parece que tarda.

            DON RICARDO.- Está al llegar.

            BERNARDO.- ¡Berenjenas en vinagre! ¡Que no salgo!

            PANCRACIO.- Tienes que salir, Bernardo; el deber es el deber.

            BERNARDO.- ¿Y los acertijos?

            PANCRACIO.- ¿Tú sabes adivinanzas?

            BERNARDO.- Alguna que otra.

            PANCRACIO.- Pues las sueltas.

            BERNARDO.- No sé... Tengo que pensarlo.

            FELISA.- (Empujando a BERNARDO al centro de la escena.) No hay tiempo para ñoñerías. ¡Hala!

            DON RICARDO.- (Viendo llegar a BERNARDO. Se pone de pie.) ¡Maravilloso! Ya estás aquí, Trinidad.

            BERNARDO.- Disculpe, el señor, que no venga de uniforme.

            DON RICARDO.- No tienes por qué disculparte. Es tu día libre; pero te necesito con urgencia.

            BERNARDO.- Usted dirá.

            PANCRACIO.- (A FELISA) Vamos, Felisa, antes de que nos llamen también.

            FELISA.- Buena idea. (Hacen los dos mutis por la puerta que conduce a las habitaciones del servicio.)

            DON RICARDO.- (Con la carta en la mano.) Verás; por una extraña razón, desconocida por todos, mi mujer ha abandonado el hogar.

            BERNARDO.- No sé cómo puedo ayudarle, señor.

            DON RICARDO.- (Entregándole la carta.) Toma. Dejó esta nota.

            BERNARDO.- No comprendo...

            ALEJANDRO.- Muy sencillo, Trinidad; lo que el señor quiere es que la descifres.

            BERNARDO.- Si los señores me lo permiten, seguramente necesitaré de su colaboración.

            DON RICARDO.- Por supuesto, colaboraremos en todo lo que haga falta.

            ALEJANDRO.- No faltaría más.

            BERNARDO lee la carta en silencio. Pasan unos segundos, y sigue mirando el folio escrito. DON RICARDO y ALEJANDRO le observan atentos.

            DON RICARDO.- ¿Qué tal?

            BERNARDO.- Oro parece... Plata no es...

            DON RICARDO.- (Para sí mismo, caminando por la escena.) Oro parece; plata no es... Oro parece; plata no es... (Alzando la voz.) ¡Ya está!

            BERNARDO.- (Sorprendido.) ¿Ah sí?

            DON RICARDO.- Quiere decir que es algo muy importante. Que es oro, y que no es plata.

            ALEJANDRO.- Lo que debemos hacer es desmenuzar la carta.

            BERNARDO.- (Se dispone a romperla.) Buena idea.

            ALEJANDRO.- (Deteniéndole, y arrebatándole el folio.) ¡Pero qué haces, insensato!

            BERNARDO.- Desmenuzándola; como usted sugirió.

            ALEJANDRO.- Me refiero a que debemos analizarla palabra por palabra. Veamos, (Ojeando la carta.) dice: “Me voy. Adiós.”. El “Me”, es que se va ella; el “voy” es que se va a ir; y...

            BERNARDO.- ... Y el “Adiós” es que ya se ha ido.

            DON RICARDO.- (Maravillado.) ¡Qué portento, Trinidad! Recuérdeme que le aumente el sueldo.

            BERNARDO.- Gracias, señor.

            ALEJANDRO.- (Con los ojos fijos en la carta.) Me da la sensación de que entre el “voy” y el “Adiós” está la clave.

            DON RICARDO.- ¿Tú crees? (Mirando el papel.) ¿En el punto?

            ALEJANDRO.- Ese punto es lo más importante; es la pausa. Es mamá subiendo las escaleras y esperando sentada que alguien vaya a disculparse.

            DON RICARDO.- ¿A disculparse? ¿Pero de qué? Yo no entiendo nada; me voy a volver loco.

            BERNARDO.- Si me lo permite, el señor, está claro que después del punto ya viene el “Adiós”; es como si ya no hubiese vuelta atrás.

            DON RICARDO.- (Sentándose abatido en el sofá.) Es mi perdición...

            ALEJANDRO.- Hombre, Trinidad, que poco tacto...

            BERNARDO.- Lo digo porque si en vez de “Me voy. Adiós.”, hubiese sido “Adiós. Me voy.”, estaría queriendo decir que lo más importante es que se va, y no el “Adiós”. Ya saben, el factor de los productos...

            ALEJANDRO.- (Aparte.) Me resulta extraño este dicho...

            DON RICARDO.- (Apocado.) “Adiós” pongo por testigo que no te he entendido ni una palabra.

            BERNARDO.- ... En este caso sí altera el resultado.

            DON RICARDO.- ¿Quieres decir que ya no tengo ninguna oportunidad?

            ALEJANDRO.- No, papá. ¡Cómo va a decir eso! (Con tono intimidatorio. A BERNARDO) ¿A que no has querido decir eso, Trinidad?

            BERNARDO.- Para nada. Ha sido todo lo contrario. La puerta de la esperanza siempre está abierta.

            DON RICARDO.- Soñadores, ilusos... ¿No os dais cuenta de que intentando engañarme a mí os estáis engañando vosotros mismos?

            BERNARDO.- A lo mejor se ha ido porque todavía le quiere.

            DON RICARDO.- Lo que me quiere es ver lejos...¡Qué digo lejos! Ni siquiera quiere verme. (Vuelve a recostarse sobre el sofá.)

            BERNARDO.- (A ALEJANDRO.) Lo veo muy mal. ¿Le había pasado esto alguna otra ocasión?

            ALEJANDRO.- No. En realidad, es la primera vez que mi madre se va de casa.

            BERNARDO.- Voy a pedir a Felisa que haga unas tilas. ¿Le parece bien, Don Alejandro?

            ALEJANDRO.- Es una excelente idea, Trinidad.

            BERNARDO.- (Aparte.) Qué manía con lo de Trinidad. (Se acerca a la puerta del servicio y tira del llamador. Acto seguido aparece PANCRACIO por dicha puerta, ataviado con el uniforme de mayordomo.)

            PANCRACIO.- ¿Llamaban los señores?

            BERNARDO.- Sí que llamaban, pero a Felisa.

            PANCRACIO.- ¿Y no les sirvo yo?

            ALEJANDRO.- Si usted sabe hacer tila....

            PANCRACIO.- Yo sé hacer la tela de tila. De cualquier manera, es bueno dejarlo en manos de una profesional; voy a la cocina a decirle a Felisa que prepare una poca.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¿Pero está en la cocina?

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) La está organizando un poco. (A DON RICARDO  y ALEJANDRO.) Con el permiso de los señores... (Después de hacer una leve reverencia, hace mutis por la puerta del servicio.)

            Suena el timbre de la puerta de la calle.

            DON RICARDO.- (Con un ápice de ilusión.) ¿Será ella?

            BERNARDO.- ¿Ve el señor? Nunca es tarde si la esperanza es buena.

            DON RICARDO.- (Impaciente.) Deja de decir tonterías y abre; que me la voy a comer a besos. ¡Qué nervios!

            BERNARDO.- Lo que mande el señor. (Desaparece por el pasillo situado a la derecha de la escena, más cerca de la batería, que conduce a la puerta de la entrada.)

            En el escenario quedan DON RICARDO y ALEJANDRO. Los dos en silencio, y con la mirada puesta en el pasillo de la entrada. A los pocos segundos aparece BERNARDO.

            BERNARDO.- Si me lo permite el señor, como no le dé usted los beso en la mano...

            DON RICARDO.- ¿Y por qué he de hacer semejante estupidez?

            Aparecen SOR ISABEL, SOR SAGRARIO y MARÍA.

            SOR SAGRARIO.- Ave María Purísima...

            DON RICARDO.- ¡Las que faltaban para el duro!

            SOR ISABEL.- Se dice “Sin pecado concebida”, Don Ricardo.

            DON RICARDO.- ¡Se dice gaitas!

            SOR ISABEL.- Se ha levantado usted nublado, ¿eh? Una lástima, con el día tan hermoso que hace ahí fuera.

            DON RICARDO.- Para mí el día se ha nublado y hay tormenta.

            SOR SAGRARIO.- Entonces apetece estar en casita.

            DON RICARDO.- Pero en la de uno, Sor Sagrario; no en la del vecino.

            SOR ISABEL.- No se ponga así, Don Ricardo. Solo hemos venido para decirle que ya hemos llegado del viaje...

            ALEJANDRO y MARÍA se sientan en las sillas que hay en el foro, charlando amigablemente; BERNARDO queda de pie junto a DON RICARDO.

            SOR ISABEL.- ... Y que para cualquier cosa que necesite, pues ahí nos tiene usted.

            SOR SAGRARIO.- Ya sabe que siempre ha sido bien mirado en el convento.

            DON RICARDO.- Muchas gracias por el ofrecimiento. En estos momentos estoy bien servido. Por mi parte, el ofrecimiento es recíproco; ya saben que estamos para lo que haga falta.

            SOR ISABEL.- Fíjese qué casualidad, que nada más llegar la superiora nos ha reunido a todas para decirnos que sería necesaria una ayuda para arreglar la calefacción de las celdas.

            BERNARDO.- Si el señor no precisa nada más...

            DON RICARDO.- Puedes retirarte. Gracias, Trinidad.

            BERNARDO.- (Mientras se retira. Aparte.) ¡Y dale con lo de Trinidad! (Hace mutis por la puerta de servicio.)

            DON RICARDO.- Y eso, qué tiene que ver conmigo, Sor Sagrario.

            SOR SAGRARIO.- Ni se imagina el invierno que vamos a pasar...

            DON RICARDO.- ¡Siempre están pidiendo!

            SOR SAGRARIO.- A usted lo consideramos alguien de la familia.

            SOR ISABEL.- Si le tendremos en consideración, que es al primero que visitamos.

            DON RICARDO.- No sabe cuánto me alegro. Pero hoy no tengo el cuerpo para donaciones.

            SOR ISABEL.- ¿Y a qué se debe tal fatalidad?

            DON RICARDO.- (Comienza a entristecerse.) La nube a la que me refería antes...

            SOR SAGRARIO.- (Poniendo la máxima atención en leer sus labios.) Como no especifique un poco más...

            DON RICARDO.- (Recostándose en el sofá.) El abismo del que no podré salir...

            SOR ISABEL.- Como no dé más detalles...

            DON RICARDO.- Mi mujer me ha dejado.

            SOR SAGRARIO.- Si sigue con metáforas no le vamos a poder ayudar, Don Ricardo.

            SOR ISABEL.- ¡Cómo ha dicho!

            DON RICARDO.- (Abatido.) No me lo haga repetir otra vez, Sor Isabel; por caridad.

            SOR SAGRARIO.- (Que ha perdido el hilo.) ¿Qué pasa?

            SOR ISABEL se sitúa frente a SOR SAGRARIO, y gesticulando los labios le dice que DOÑA LUISA se ha ido de casa.

            SOR SAGRARIO.- ¡¿Eso es cierto?!

            Atraídos por las exclamaciones ALEJANDRO y MARÍA se meten en la conversación.

            MARÍA.- ¿Qué sucede?

            SOR ISABEL.- Una desgracia, hijita.

            MARÍA.- (Acercándose a ella.) ¿De qué se trata?

            SOR ISABEL.- Que Doña Luisa se ha ido.

            MARÍA.- A dónde.

            SOR ISABEL.- Pues eso es lo peor, que no sabemos dónde.

            DON RICARDO.- Discúlpeme, Sor Isabel; pero lo peor es que se ha marchado.

            SOR ISABEL.- Yo insisto en que lo peor es que no sepamos su paradero. Si lo supiésemos, ya hubiésemos ido a por ella.

            DON RICARDO.- Me ha convencido. En mi estado es fácil.

            MARÍA.- (A ALEJANDRO.) ¿Tú sabías algo?

            ALEJANDRO.- Se habrá ido no hace ni media hora.

            MARÍA.- ¿Y cuándo esperabas decírmelo?

            ALEJANDRO.- No creo que tenga importancia.

            MARÍA.- ¿Ah no? Que alguién abandone a su familia no tiene importancia, ¿eh? Algo le habréis hecho.

            ALEJANDRO.- Te juro que no, María.

            SOR SAGRARIO.- ¡No jures en balde, niño!

            DON RICARDO.- No sabemos por qué ha sido. De buenas a primeras, agarró la maleta y salió por la puerta.

            SOR ISABEL.- ¿Y no dijo nada?

            DON RICARDO.- Decir, lo que se dice decir, no.

            ALEJANDRO.- Sin embargo, dejó escrita una carta muy enigmática.

            SOR ISABEL.- ¿Enigmática?

            MARÍA.- ¿Dónde está esa carta?

            ALEJANDRO se la da. Las DOS MONJAS y la NOVICIA se arremolinan junto a la carta.

            SOR SAGRARIO.- Aquí dice: “Me voy. Adiós”.

            SOR ISABEL.- Sí, eso es lo que está escrito.

            MARÍA.- Con todas las letras.

            DON RICARDO.- Eso ya lo hemos podido comprobar nosotros.

            SOR ISABEL.- ¿Por qué dicen que es enigmática?

            ALEJANDRO.- Por la brevedad; por el orden de las palabras; por el punto...

            MARÍA.- (A SOR ISABEL.) Nunca se le han dado bien los jeroglíficos.

            DON RICARDO.- Ya ven... ¡Por todo! Estoy destrozado...

            MARÍA.- No se preocupe, Don Ricardo; tal vez ha ido a que le dé el aire.

            DON RICARDO.- ¿Con una maleta?

            SOR ISABEL.- Llámelo neceser.

            DON RICARDO.- Es todo. Mi inspiración; mi luz; mi estrella; mi sonrisa diaria; mis ganas de vivir; el arcoiris de mi cielo... Es mi mundo.

            SOR SAGRARIO.- ¿Esto se lo ha dicho alguna vez a ella?

            DON RICARDO.- No, claro.

            SOR ISABEL.- ¡Qué pretende, que sea adivina!

            DON RICARDO.- Yo creí...

            SOR ISABEL.- (Repicando.) Yo creí, yo creí... Menos creer y más hacer. ¿A que nunca le dijo que la quería?

            DON RICARDO.- No hace falta; ella lo sabe.

            MARÍA.- ¿No ha pensado que se le puede olvidar?

            ALEJANDRO.- ¿Olvidar?

            MARÍA.- El amor, al igual que una buena planta hay que cuidarla diariamente para que dé flores elegantes y esbeltas. Si no se cuida, se mustia; y acaba muriendo. La monotonía mata al amor, como la falta de agua a las plantas.

            ALEJANDRO.- Lo que has dicho es precioso, María.

            MARÍA.- No lo olvide, Don Ricardo.

            DON RICARDO.- Tal vez ya sea demasiado tarde...

            SOR SAGRARIO.- ¡Uy! A nosotras sí que se nos hace tarde. Nos vamos, que llegamos tarde al rezo de la tarde.

            SOR ISABEL.- (A DON RICARDO.) Ya verá cómo aparece.

            MARÍA.- Cuando menos lo espere.

            SOR SAGRARIO, SOR ISABEL y MARÍA hacen mutis por la puerta que conduce a la salida de la casa. Quedan en escena DON RICARDO, que sigue sentado en el sofá, y ALEJANDRO, que permanece de pie.

            DON RICARDO.- Hijo, se hunde el imperio de los Sierrasoma.

 

TELÓN

 

ACTO SEGUNDO

            El mismo decorado. Han pasado quince días. Es de noche. El foro, que en el anterior acto mostraba una luminosa imagen de los jardines, ahora los ilumina con una luz de luna llena.

            Al levantarse el telón, la escena aparece vacía de personajes. Al instante, por la puerta del comedor surge DON RICARDO, seguido de ALEJANDRO. Ambos visten de esmoquin.

 

            COMIENZA LA ACCIÓN

            ALEJANDRO.- ¿A dónde vas, papá?

            DON RICARDO.- Ya no aguantaba más. He aprovechado que estaban todas mojando pan en la salsa del cordero, para salir sin que me viesen.

            ALEJANDRO.- Papá, hombre... Tampoco es para tanto. (DON RICARDO le mira seriamente.) Te hacía falta un poco de diversión; y qué mejor que una cena.

            DON RICARDO.- ¿Llamas diversión a estar compartiendo mesa y mantel con cuatro monjas?

            ALEJANDRO.- Son tres; recuerda que María aún no lo es.

            DON RICARDO.- Me lo recuerdas a cada instante, Alejandro. ¿En serio que solo sois amigos?

            ALEJANDRO.- Yo, sin embargo, te he visto muy parlanchín con la monja nueva.

            DON RICARDO.- (Incómodo.) ¡Hijo, por favor! Todavía mantengo la esperanza de que tu madre aparezca por esa puerta; (Señala la que conduce a la calle.) o por ésa; (Señala la del servicio.) o por ésa misma. (Señala a la puerta de los jardines.) Ya ves, cualquier entrada es buena si aparece ella. Lo que, sinceramente, no entiendo es el motivo de esta cena; y por qué nos hemos tenido que vestir de esta guisa.

            ALEJANDRO.- Ya hace quince días que se fue mamá; y desde entonces no has hecho más que vagar por la casa como alma en pena. Por lo menos, he conseguido que te afeitaras.

            DON RICARDO.- Es que un esmoquin con barba de dos semanas... Como que no.

            ALEJANDRO.- Yo te veo muy bien; te da otro aire.

            DON RICARDO.- No insistas, Alejandro; te agradezco, sinceramente, lo que estás haciendo por animarme.

            ALEJANDRO.- Si yo no he hecho nada.

            DON RICARDO.- Me refiero a lo de esta cena; tantas molestias.

            ALEJANDRO.- Ninguna molestia. En cuanto se lo comenté a las hermanas, en seguida se apuntaron.

            DON RICARDO.- ¡Naturalmente! Cuando hay comido de por medio se apuntan a un bombardeo. Pero éstas están buscando algo; si las conoceré yo... No se separan de mí ni a sol ni a sombra. Con decirte que he puesto una biblioteca en el baño para poder leer tranquilo.

            ALEJANDRO.- ¡Qué exagerado!

            DON RICARDO.- Es al único espacio en donde no se atreven a entrar. Quieren algo; que te lo digo yo. ¿Tú no sabrás nada, verdad?

            ALEJANDRO.- Algo escuché de unas calderas para el invierno.

            DON RICARDO.- Sí, es cierto, algo comentaron. Aunque el problema más gordo que tienen, que me lo ha confirmado Sor Adela, es que están faltas de cocinera, y andan todas del estómago fatal.

            ALEJANDRO.- ¿En serio?

            DON RICARDO.- Lo que yo te diga... Desesperadas están.

            ALEJANDRO.- ¿Y quién es Sor Adela?

            DON RICARDO.- Has estado compartiendo mesa y mantel con ella.

            ALEJANDRO.- Ah... La nueva.

            DON RICARDO.- No es tan nueva; lo que sucede es que ha estado de clausura, y hace quince días que salió del convento.

            ALEJANDRO.- ¿No te resulta familiar su rostro?

            DON RICARDO.- Pues lo cierto es que no. ¿Por qué lo dices?

            ALEJANDRO.- (Poniéndose una copa.) Por nada en concreto. Es que últimamente creo que he visto las cosas que veo en algún otro lugar. (Dirigiéndose al retrato que hay en la pared de la derecha.) Por ejemplo, sin ir más lejos, este cuadro lo he visto yo en algún otro lugar, pero no recuerdo dónde.

            DON RICARDO.- (Nervioso.) ¡Paparruchadas! Las cosas solo están en un sitio; ¿o es que tú has visto dos soles distintos? Si vas a Lugo verás el sol; y si te encuentras en Murcia, también lo verás. Es el mismo para todos.

            ALEJANDRO.- Es una buena explicación. ¿Tú has estado en Lugo y en Murcia a la vez?

            Aparece, por la puerta del comedor, PANCRACIO.

            PANCRACIO.- (A DON RICARDO.) Con el permiso del señor, le diré que las comensales han terminado con la salsa del cordero y con el pan.

            DON RICARDO.- ¿Y el postre?

            PANCRACIO.- Les quedan dos cucharadas.

            DON RICARDO.- (Medio aterrado.) Eso quiere decir...

            PANCRACIO .- Eso mismo, señor.

            DON RICARDO.- ... Que se habrán dado cuenta de que no estoy.

            PANCRACIO.- Como siempre tan acertado, señor.

            ALEJANDRO.- ¡No estarás pensando escapar!

            DON RICARDO.- No tengo tiempo ni para pensarlo. ¡Entretenerlas como podáis! (Hace mutis por la puerta del servicio.)

            ALEJANDRO.- ¿Tú lo has visto, Pancracio?

            PANCRACIO.- Sí. Está realmente aterrado.

            ALEJANDRO.- (Sorprendido.) ¡Ha ido a la zona de la cocina! Hace años que no va por allí.

            PANCRACIO.- Entonces, con el permiso del señor, voy a avisar a Bernardo para que...

            ALEJANDRO.- ¿A quién has dicho?

            PANCRACIO.- A Trinidad, señor; quise decir, Trinidad. Le daré orden para que acompañe a Don Ricardo. (Se dirige al llamador y tira de él.)

            ALEJANDRO.- Una excelente idea, Pancracio. Por cierto, (Tomando un sorbo de la copa.) acércate un instante. (PANCRACIO se acerca.) ¿Tú has estado enamorado alguna vez?

            PANCRACIO.- Como todo el mundo, señor.

            ALEJANDRO.- ¿Eso es un sí o un no?

            PANCRACIO.- Digamos que es un tal vez.

            ALEJANDRO.- Entiendo que no quieras contestarme.

            PANCRACIO.- No me malinterprete, Don Alejandro. Lo cierto es que nunca he sabido a ciencia cierta si he estado enamorado; por eso lo del tal vez.

            ALEJANDRO.- Vaya, qué curioso. ¿Un hombre de tu experiencia no sabe si las campanitas del amor le han tintineado alguna vez? ¿Es que nunca te ha gustado ninguna?

            PANCRACIO.- ¡Quién no ha sentido atracción por alguien! Pero jamás, ni en mis sueños, se me ocurrió nunca confesarlo.

            ALEJANDRO.- Entonces, sí has estado enamorado. El enamoramiento no se puede evitar.

            PANCRACIO.- Con todos los respetos, le diré que no lo sé porque nadie me ha dicho qué es estar enamorado.

            ALEJANDRO.- En realidad nadie lo sabe; solo lo intuimos.

            PANCRACIO.- Sin embargo, he leído mucho sobre el amor. Yo me iba a dormir con “El banquete”, de Platón.

            ALEJANDRO.- ¿Ahora ya no duermes?

            PANCRACIO.- Con los años duermo menos. Ahora devoro todo lo que escribe Antonio Gala.

            ALEJANDRO.- Lo celebro, Pancracio. (Caminando por la escena.) Viendo que tienes a los mejores maestros, pienso que me podrás ayudar.

            PANCRACIO.- Ya sabe el señor que estoy a su entera disposición.

            ALEJANDRO.- (Que continúa caminando.) Tus consejos serán muy útiles...

            PANCRACIO.- (Aparte.) ¿Qué querrá éste ahora? Si yo de amor solo sé que se escribe sin hache.

            ALEJANDRO.- (Andando despacio.) No has estado enamorado, pero sabes de amor. ¿Tú qué harías si te gustase una persona?

            PANCRACIO.- Hay dos caminos. Decírselo... y sufrir; o callarlo... y sufrir.

            ALEJANDRO.- No parece una senda muy agradable.

            PANCRACIO.- ¿Y quién dijo que el amor es agradable, señor?

            ALEJANDRO.- Pero la gente se enamora y se ama.

            PANCRACIO.- Y también van al gimnasio y hacen dietas... Con mis respetos le diré que a la gente le encana pasarlo mal.

            ALEJANDRO.- O sea, que tome la decisión que tome voy a sufrir. Tomaré una al azar, y ya está.

            PANCRACIO.- Buena elección. Dicen que el amor huele a “azar”.

            ALEJANDRO saca del bolsillo una moneda, que lanza al aire cogiéndola en la caída entre las palmas de sus manos.

            ALEJANDRO.- Si sale cara, no daré la cara y callaré; si sale cruz, confesaré.

            PANCRACIO.- Salga lo que salga va a ser su cruz.

            ALEJANDRO.- (Separando las manos.) Ha salido cruz.

            PANCRACIO.- ¿Lo ve?

            ALEJANDRO.- Esta decisión ya está tomada. Ahora tenemos que ver el siguiente paso.

            PANCRACIO.- (Aparte.) ¿Tenemos? (A ALEJANDRO, intentándose escurrir.) Voy a volver a llamar a Trinidad; me extraña que no haya llegado aún. (Se acerca al llamador, y tira de él.)

            ALEJANDRO.- No te apures por eso, Pancracio.

            PANCRACIO.- Sí que me apuro; sí. (Aparte.) No quiero ni pensar cuál será la siguiente pregunta.

            ALEJANDRO.- Tú que has leído tanto sobre el amor...

            PANCRACIO.- (Aparte; mirando con impaciencia todas las puertas.) Y el petardo de Bernardo sin aparecer.

            ALEJANDRO.- ... Deberías aconsejarme sobre cómo se lo puedo decir.

            PANCRACIO.- ¿A qué se refiere, señor?

            ALEJANDRO.- Ya sabes, a lo de “dígaselo con flores”, o “dígaselo con diamantes”.

            PANCRACIO.- Dígaselo con palabras.

            ALEJANDRO.- ¡Con palabras! ¿Te refieres a que yo se lo exprese de viva voz?

            PANCRACIO.- Es lo más conveniente. Aunque, si el señor me lo permite, le diré que en la mezcal está siempre el éxito.

            ALEJANDRO.- Y la borrachera, Pancracio; no lo olvides.

            PANCRACIO.- Tiene razón. Dejemos las mezclas para los albañiles. ¿Y si se lo dice con indirectas? Poquito a poco.

            ALEJANDRO.- ¿Poquito a poco?

            PANCRACIO.- Sí. “Me ha dicho un pajarito que estás muy guapa”; “la mañana te sienta muy bien”; “las flores se alegran al verte”... Cosas así.

            ALEJANDRO.- ¿Tú crees que eso funciona? ¿También lo pone en los libros?

            PANCRACIO.- Me lo enseñó un abogado al que serví.

            ALEJANDRO.- Claro, como no leen.

            PANCRACIO.- Con todos mis respetos, y solicitando mis disculpas de antemano por mi curiosidad; ¿quién es la agraciada? (Aparte.) O la otra desgraciada.

            ALEJANDRO.- (Que comienza, de nuevo, a caminar por el escenario.) Es alguien del que la sociedad me tiene radicalmente separado. Sin embargo, nos entendemos muy bien. Pero no puedo hacerlo público, porque se armaría un gran revuelo en la familia. (Se para frente al retrato de la derecha.) ¿Dónde habré visto a este hombre antes? (Queda pensativo observando el cuadro.)

            PANCRACIO.- (Aparte.) ¡Este muchacho está enamorado de la Felisa! Separados por la sociedad, ella cocinera y él señor; la entiende cuando habla; y si airea esto se arma aquí la de Dios es Cristo. ¡Es lo que me faltaba por oír! ¡La Felisa conquistadora!

            ALEJANDRO.- (Volviéndose hacia PANCRACIO.) ¿Te haces una idea de quién puede ser?

            PANCRACIO.- (Disimulando.) Ligera... Casi que no me he enterado.

            ALEJANDRO.- Esto es lo que me gusta de ti, Pancracio, tu complicidad. En fin, después de escuchar tus consejos voy a ver si busco a mi amada, para ponerlos en práctica. (Acercándose con complicidad a PANCRACIO.) Éste será nuestro secreto. (Se dirige a la puerta del foro, que da a los jardines. Al cuadro.) ¿Dónde te habré visto antes? (Hace mutis.)

            PANCRACIO.- ¡Qué mal le ha sentado a Don Alejandro la cena!

            Aparece por la puerta del servicio BERNARDO.

            BERNARDO.- (Sin fijarse que solo está PANCRACIO.) Me llamaba el señor. (Al darse cuenta de que es PANCRACIO.) ¡Anda! ¿Qué haces tú aquí?

            PANCRACIO.- (Yendo hacia él.) Trabajo aquí. (Dándole collejas.) ¡Éstas son horas de llegar! ¿Es que no has escuchado las llamadas?

            BERNARDO.- (Separándose de PANCRACIO.) Chico, da gracias de que he venido; que si llego a saber este recibimiento me quedo en mi habitación. ¿Para qué me has llamado?

            PANCRACIO.- Verás, es que Don Ricardo se ha metido en la zona de la cocina.

            BERNARDO.- Qué extraño; yo ni siquiera me he cruzado con él. ¿Y para qué se ha metido allí?

            PANCRACIO.- Huía de las hermanas.

            BERNARDO.- ¿De sus hermanas? No me esperaba una cosa así del señor; si la familia para él es lo más importante. Y donde se ponga un hermano, que se quite un helado de fresa.

            PANCRACIO.- Pero si Don Ricardo no tiene hermanas.

            BERNARDO.- ¿Y helados de fresa?

            PANCRACIO.- Helados de fresa tampoco tiene hermanas.

            BERNARDO.- Entonces no entiendo nada, Pancracio.

            PANCRACIO.- De lo que se esconde es de las monjas.

            BERNARDO.- ¿Y por qué?

            PANCRACIO.- Porque quieren ayuda para arreglar el convento. Dicen que se les viene abajo.

            BERNARDO.- Lo cierto es que si se cae, nunca las pillará dentro; ahora, bien, como se caiga esta casa... Las aplasta seguro.

            PANCRACIO.- El caso es que te he llamado para que no pierdas de vista a Don Ricardo, y le ayudes a salir de la cocina, porque hace tanto que no entra que es capaz de perderse.

            BERNARDO.- No te preocupes, yo será su lazarillo en la cocina.

            PANCRACIO.- Pero no te comas el queso.

            BERNARDO.- Lo sacaré de ahí; confía en mí.

            PANCRACIO.- Saca a Don Ricardo, y el queso lo dejas donde está.

            BERNARDO.- No hay cuidado. (Desaparece por la puerta de la cocina.)

            PANCRACIO.- (Para sí mismo.) Al final sé que me la va a dar con queso.

            Aparecen por la puerta del comedor SOR SAGRARIO, SOR ISABEL, MARÍA y DOÑA LUISA, que va ataviada con un hábito de monja, pasando inadvertida.

            SOR ISABEL.- Buenas noches, Don Pancracio. ¿A visto usted por aquí a Don Ricardo?

            MARÍA.- Es que se nos ha escapado, y no nos hemos dado ni cuenta.

            SOR ISABEL.- (Con tono satírico.) No seas mal pensada, María, se habrá perdido.

            DOÑA LUISA.- (Con el mismo tono.) Sin darse cuenta, claro.

            SOR SAGRARIO.- ¿Qué piensa usted, Don Pancracio?

            PANCRACIO.- ¿Qué quieren ustedes que piense?

            SOR ISABEL.- Nosotras no queremos que usted piense nada; ¡Dios nos libre!

            PANCRACIO.- Entonces, tienen razón; no estoy pensando en nada.

            DOÑA LUISA.- No se haga el remolón, ¿ha visto o no ha visto pasar a mi... Quiero decir, a Don Ricardo?

            PANCRACIO.- (Aparte.) ¿Dónde he escuchado yo esta voz? (A las hermanas.) Si les soy sincero, sería capaz de decirles una mentira, pero no quiero abusar de mi sinceridad, pues a ustedes, hermanas, no hay que engañarlas.

            SOR SAGRARIO.- (A SOR ISABEL.) ¿Qué ha dicho?

            SOR ISABEL.- Nos ha soltado una parrafada que no ha entendido ni él.

            DOÑA LUISA.- No diga eso, Sor Isabel; yo le he entendido perfectamente.

            PANCRACIO.- (Incrédulo.) No me diga...

            DOÑA LUISA.- (Señalando la puerta de servicio.) Se ha metido por ahí.

            PANCRACIO.- ¡Arrea!

            MARÍA.- ¡No perdamos tiempo! Agárrese a mi brazo, Sor Sagrario.

            SOR ISABEL.- ¡Ya lo tenemos!

            SOR SAGRARIO, SOR ISABEL y MARÍA hacen mutis por la puerta que conduce a la cocina y a las habitaciones del servicio.

            PANCRACIO.- (A DOÑA LUISA.) Un momento, hermana.

            DOÑA LUISA.- (Que se iba junto con las demás; da media vuelta, e intenta esquivar la mirada de PANCRACIO, ocultando un poco el rostro para no ser reconocida.) Dígame, hijo.

            PANCRACIO.- ¿Cuál era su nombre?

            DOÑA LUISA.- Sor Adela.

            PANCRACIO.- ¿No nos hemos visto antes?

            DOÑA LUISA.- Lo dudo mucho; desde los diecisiete años hasta hace dos semanas he vivido de clausura.

            PANCRACIO.- Debo confundirme, entonces.

            DOÑA LUISA.- Si no precisa nada más. (Hace la intención de irse por la puerta de la cocina.)

            PANCRACIO.- Una cosa más, Sor Adela. (DOÑA LUISA vuelve a pararse.) ¿Cómo supo que Don Ricardo se fue por aquella puerta? (Señalando la puerta del servicio.)

            DOÑA LUISA.- Dios siempre ilumina el camino de los necesitados. (Hace mutis por la puerta de la cocina.)

            PANCRACIO.- Ah, claro; juegan con ventaja.

            Por la zona practicable de los jardines, en el foro, se ve a FELISA que se dirige a la puerta acristalada, entrando dentro de la casa. PANCRACIO, que no ha advertido su presencia, ordena un poco el salón; siempre de espaldas al foro.

            FELISA.- ¡A las buenas noches!

            PANCRACIO.- (Dando un grito de sorpresa.) ¡Ahg! (Se da la vuelta, y comprueba que es FELISA.) ¡Vaya, la que faltaba para el duro! ¡La rompecorazones del servicio doméstico! ¿No te has cruzado con un conjunto de monjas correteando hacia la cocina?

            FELISA.- No.

            PANCRACIO.- ¡Eso es imposible! Si te han tenido que pasar por encima como una manada de búfalos. ¿En serio que no?

            FELISA.- Te lo juro por lo más sagrado.

            PANCRACIO.- No jures; te creo. (Confuso.) Lo que no entiendo es cómo no os habéis visto, con lo estrecho que es ese pasillo.

            FELISA.- Eso va a ser porque yo no he venido por ahí.

            PANCRACIO.- ¿Ah, no?

            FELISA.- Yo he entrado por el jardín. Salí un rato para ver si encontraba caracoles para el domingo que viene.

            PANCRACIO.- (Medio sonriendo.) Por lo libre que traes las manos yo diría que no has encontrado ninguno. (Ríe.)

            FELISA.- Pues te equivocas. (PANCRACIO cesa en su risa bruscamente.) He encontrado, y muchos; pero ya te he dicho que son para cogerlos el domingo que viene. Lo que sí he visto, (Se acerca a PANCRACIO, en plan confidencial.) es al señorito Don Alejandro deshojando margaritas.

            PANCRACIO.- ¿Te ha visto?

            FELISA.- ¡No hay cuidado! Estaba tan entusiasmado que aunque cayera un elefante del cielo, ni cuenta se daría. Por la manera en que estaba descuartizando a esas pobres flores, y por los suspiros que echaba, yo diría que está enamorado.

            PANCRACIO.- (Disimulando.) ¿Tú crees?

            FELISA.- Desde luego tenía todos los síntomas.

            PANCRACIO.- ¿Y tú qué opinas?

            FELISA.- ¿Yo?

            PANCRACIO.- Algo tendrás que opinar.

            FELISA.- No se me ocurre nada.

            PANCRACIO.- (Aparte.) Típico de las mujeres; tiran la piedra y esconden la mano.

            FELISA.- ¿Decías algo?

            PANCRACIO.- Nada; que me estaba acordando de un hermano mío.

            FELISA.- ¿Qué les ha parecido la cena? ¿Se lo han comido todo?

            PANCRACIO.- ¡Parecían termitas!

            FELISA.- ¿Don Ricardo también?

            PANCRACIO.- El señor, menos. Él más bien parecía un gusano de seda. ¡Pobre! No levanta cabeza desde lo de la señora.

            FELISA.- Si es que en el fondo la quería; lástima que en la forma se equivocase.

            PANCRACIO.- ¿Tú crees que volverá?

            FELISA.- No tengo ni idea.

            PANCRACIO.- Pues deberías saberlo. Las mujeres pensáis todos iguales.

            FELISA.- Tú estabas soltero, ¿no?

            PANCRACIO.- Si no vuelve Doña Luisa el señor se nos va a pique.

            FELISA.- ¿Y qué culpa tengo yo de que no riegue y pode sus macetas a su debido tiempo?

            PANCRACIO.- Un poco de sentimiento podrías tener...

            FELISA.- ¡Que yo me tenga que preocupar! A mí no me afecta en nada todo esto.

            BERNARDO aparece por la puerta de servicio.

            BERNARDO.- Te equivocas. Sí que te afecta, Felisa. Imagínate, sin la señora solo hay dos bocas que alimentar; y si Don Ricardo se consume como un cirio capuchino, tan solo va a quedar Don Alejandro; que es de por sí de poco comer.

            FELISA.- Vaya... No había caído en eso.

            PANCRACIO.- Así que ves haciendo cuentas, Felisita. (A BERNARDO. Cambiando el tono de voz.) ¡A ver! ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí que no estás con el señor?

            BERNARDO.- No te quejes, que te he hecho en parte caso.

            PANCRACIO.- ¡Pero qué caso me has hecho! ¿Dónde está el señor?

            BERNARDO.- A Don Ricardo lo he perdido de vista; ahí te doy la razón. Pero el queso ni lo he tocado; y me echaba unas miraditas... Decía: “Cómeme, cómeme”. Pero yo le he dicho que lo primero era el deber, y que yo estaba allí en acto del servicio.

            PANCRACIO.- Y en medio de tan distraída conversación has perdido de vista a Don Ricardo, ¿no es cierto?

            BERNARDO.- Va a ser eso, chico. Lo busqué por todos los rincones de la cocina.

            FELISA.- ¿Miraste dentro del horno?

            BERNARDO.- Fue el primer lugar que se me ocurrió; pero nada, no hubo suerte.

            PANCRACIO.- Ni suerte, ni Don Ricardo. ¿Y las hermanas? Tal vez ellas sepan donde se encuentra el señor.

            BERNARDO.- Las hermanas también han desaparecido.

            PANCRACIO se acerca lentamente a BERNARDO, parándose a un palmo de él.

            PANCRACIO.- A ver, ese aliento.

            BERNARDO le echa el aliento.

            PANCRACIO.- (Dando un salto hacia atrás.) ¡Buagh!

            FELISA.- ¿Qué es, anisete; chinchón?

            PANCRACIO.- Queso manchego muy curado.

            BERNARDO.- (Encogiéndose de hombros, con resignación.) Lo mejor de la tentación es caer en ella.

            PANCRACIO.- Sobre todo cuando no puede escapar, ¿verdad? Pues me está entrando una tentación de pisarte un pie... ¡Que para qué!

            FELISA.- (Sujetando del brazo a PANCRACIO.) ¡Contente, Pancracio! Ahora lo más importante es encontrar a Don Ricardo.

            BERNARDO.- Y a las monjas; no lo olvides.

            PANCRACIO.- Si es que parece la cocina el Triángulo de las Bermudas; ¿dónde estará todo el mundo? De cualquier forma, nosotros debemos continuar nuestro trabajo como si aquí no pasase nada. Recordar que el lema del servicio es “ver, oír... y sisar”.

            BERNARDO.- Entonces, ¿busco o no busco a Don Ricardo?

            PANCRACIO.- Sí, pero sin que se note. De momento tú (A FELISA.) vete a la cocina a continuar tu trabajo.

            FELISA.- (Recelosa y un tanto asustada.) ¿No puedo ir mejor a la biblioteca?

            BERNARDO.- Sería la primera vez.

            PANCRACIO.- No hay problema, siempre que después vayas a la cocina.

            FELISA.- (Con desánimo.) ¿Ir que la cocina obligatoriamente tengo a?

            PANCRACIO.- Ya empezamos...

            BERNARDO.- Dice que si tiene que ir a la cocina obligatoriamente.

            PANCRACIO.- ¡Eres la cocinera, Felisa!

            FELISA.- (Temerosa.) ¡Todos es que que van los desaparecen!

            PANCRACIO.- No cojo ni papa.

            BERNARDO.- Que dice que todos los que van desaparecen.

            PANCRACIO.- Bernardo ha ido... ¡Y míralo, ahí lo tienes!

            FELISA.- En fin, que resignarse habrá. ¡Ay, qué nervios!

            BERNARDO.- (Acompañando a FELISA hacia la puerta del servicio.) No te preocupes, Felisa. Cuando nos necesites, aplaude; y ahí nos tendrás a los dos. Siempre que aplaudas dos veces, claro.

            FELISA hace mutis por la puerta que conduce a la cocina.

            BERNARDO.- (Volviendo al centro de la escena.) Parece que está un tanto nerviosilla.

            PANCRACIO.- (Absorto, mirando hacia el jardín; de espaldas a la batería.) Vaya...

            BERNARDO.- Seguro que en la cocina no sucede nada anormal, ¿verdad? ¿Tú qué opinas?

            PANCRACIO.- (Que continúa en la misma posición, y sin hacer caso de BERNARDO.) Claro...

            BERNARDO.- (Acercándose a PANCRACIO.) Las nueces de California han invadido Alemania en un globo rojo. ¿Qué tienes que decirme a eso?

            PANCRACIO.- (En la misma actitud.) Ya te digo...

            BERNARDO.- (Zarandeándolo.) ¡Pancracio, chico, que te has quedado “alelao”!

            PANCRACIO.- (Reaccionando.) Ah, ah; perdona...

            BERNARDO.- Yo te perdono todo lo que quieras. Has perdido cinco segundos de tu vida.

            PANCRACIO.- ¡Uy! (Riendo.) He perdido tantos que ni me acuerdo. Mientras no se pierdan los primeros, que son los que ganan al resto.

            BERNARDO.- ¿Qué estabas haciendo mirando afuera como un pasmarote?

            PANCRACIO.- Si te lo digo no te lo vas a creer.

            BERNARDO.- ¡Que no, dice! En mi barrio la misa del día de los Santos Inocentes me la dedican a mí. Así que cuenta, cuenta...

            PANCRACIO.- (Acercándose a él.) Esto es entre tú y yo, ¿eh? Nadie se puede enterar; es más, esta conversación nunca ha existido. (Aparte.) Que ganas he tenido siempre de decir esta frase.

            BERNARDO.- ¿Tan gordo es?

            PANCRACIO.- ¡Gordíííííísimo!

            BERNARDO.- ¡No será contagioso!

            PANCRACIO.- ¡Contagiosíííííísimo! Es el peor virus que te puede atacar. Pero tranquilo, ni tú ni yo estamos contagiados. Aunque una vez que entra en una casa...

            BERNARDO.- ¡No me digas! ¡Un resfriado a estas alturas! Los de esta época del año son los peores.

            PANCRACIO.- Que no es eso...

            BERNARDO.- Todo el rato sudando...

            PANCRACIO.- Que te confundes...

            BERNARDO.- ... Ahora me pongo esto que tengo escalofríos; ahora me lo quito que estoy sudando como un pollo... ¡Una desgracia!

            PANCRACIO.- ¡Una desgracia es la que tengo contigo! ¡Que no es eso, hombre!

            BERNARDO.- (Sorprendido.) ¿Ah, no? ¿Y de qué se trata entonces? ¡No será...!

            PANCRACIO.- Es.

            BERNARDO.- Entonces...

            PANCRACIO.- (Categóricamente.) Seguro.

            BERNARDO.- ¡Pues estamos apañados! ¿Qué bicho es ése?

            PANCRACIO.- ¡Pareces tonto! ¡Te lo estoy diciendo! Se trata del amor.

            BERNARDO.- ¿Del amor? ¿Y qué enfermedad es ésa?

            PANCRACIO.- La pero de todas. Hoy crees que estás bien, y mañana estás mal. Hoy ves el cielo azul, y mañana no ves ni el cielo ni el azul. Te deja bluf; decaído. De ahí el nombre del virus, “Amor”; porque te deja amorcillado.

 

            BERNARDO.- ¡Cuánto sabes, Pancracio! Es un orgullo trabajar contigo; cada día se aprende algo nuevo. Pero dime, si no somos ni tú ni yo, ¿a quién le ha picado el bicho?

            PANCRACIO.- Bien mirado, creo que a todos menos a nosotros.

            BERNARDO.- ¿A Felisa, también?

            PANCRACIO.- Esa está a punto de caer.

            BERNARDO.- Deberíamos advertirla.

            PANCRACIO.- Sería inútil. Además, lo negaría rotundamente; es el primer síntoma de estar enamorado.

            BERNARDO.- ¡Qué enfermedad tan fiera! ¿Los señores también la padecen?

            PANCRACIO.- Los que más. A Don Ricardo nada más hay que verlo; y a Don Alejandro... Bueno, a ése ya lo verás.

            BERNARDO.- ¡¿Tan grave está?!

            PANCRACIO.- Está en los comienzos; y ya se sabe que los comienzos son muy duros.

            BERNARDO.- Una prima mía puso una “boutique” (Lo pronuncia como se escribe.) y los comienzos también fueron duros.

            PANCRACIO.- El amor también es así. ¿Y ahora qué tal le va?

            BERNARDO.- De pedir de boca. Ha abierto dos “boutiques” (Lo pronuncia como se escribe.) más.

            PANCRACIO.- (Rectificando.) El amor no tiene nada que ver con eso. No compares el amor con una boutique; que no deja de ser una tienda de ropa.

            BERNARDO.- Esa tienda de ropa, como tú la llamas, con cariño y mimos ha dado a luz dos tiendecitas muy monas.

            PANCRACIO.- ¿Y qué tiene que ver el amor?

            Se ve a ALEJANDRO que camina por el jardín, llegando a la puerta del mismo. Tiene aspecto alicaído. Se ha quitado la chaqueta del esmoquin, y la lleva en el hombro. Entra en la escena. Cruza el escenario en silencio, con una margarita en la mano y la cabeza agachada. PANCRACIO y BERNARDO lo contemplan.

            PANCRACIO.- (A BERNARDO, refiriéndose a ALEJANDRO.) ¿Ves? Eso es el amor.

            ALEJANDRO desaparece escaleras arriba, hacia su habitación.

            BERNARDO.- ¿Y de quién puede estar enamorado Don Alejandro?

            PANCRACIO.- De la persona que menos te imaginas

            BERNARDO.- ¡Hala pelucón! ¡Del revisor del tren!

            PANCRACIO.- ¡Mira que eres rebuscado! Hace ya quince días que bajamos del tren; yo ni me acordaba de ese hombre.

            BERNARDO.- Era el que menos me imaginaba.

            PANCRACIO.- Te vas a sorprender en cuanto te lo diga. Comienza por “Feli” y termina por “sa”.

            BERNARDO.- (Pensativo; hablando para sí mismo.) Comienza por “Feli” y termina por “sa”... Comienza por “Feli” y termina por “sa”... ¡No me digas! ¡Una fe-li-gre-sa!

            PANCRACIO.- (Sorprendido.) ¡¿Una qué?!

            BERNARDO.- Una feligresa; comienza por “feli” y termina por “sa”. Fe-li-gre-sa. Y aquí la más feligresa de todas, y que todavía no es monja, es María.

            PANCRACIO.- (Riendo.) ¡Vaya ojo clínico que tienes, Bernardo! Mira que...

            BERNARDO.- (Interrumpiendo a PANCRACIO.) ¡Calla, calla! Que viene el señor.

            De las escaleras de la izquierda desciende, en la misma actitud que antes, ALEJANDRO. Cruza, de nuevo, la escena, parándose frente al cuadro de la derecha.

            ALEJANDRO.- (Al retrato.) Te he visto; yo sé que te he visto en algún lado. No sé dónde, pero te he visto. (Continúa su caminar haciendo mutis por la puerta de la cocina.)

            PANCRACIO  y BERNARDO se acercan para observar el cuadro.

            PANCRACIO.- A mí no me suena a nada.

            BERNARDO.- A mí sí.

            PANCRACIO.- ¿Ah sí?

            BERNARDO.- Es el salvapantalla que tiene Don Ricardo en el ordenador de su despacho; la habrá escaneado.

            PANCRACIO.- Estás hablando como Felisa; no te entiendo nada.

            BERNARDO.- El señor siempre tiene esa imagen en la pantalla del ordenador. Siempre que limpio su despacho me veo esta jeta mirándome. (Refiriéndose al rostro del cuadro.)

            PANCRACIO.- No sabía que a Don Ricardo le gustasen los aparatos esos. Siempre he creído que les tenía manía.

            BERNARDO.- Es lo que quiere hacer creer, pero en el fondo está enviciado. Hay días que cuando le subo el desayuno me lo encuentro frente al ordenador, con los ojos como platos, chateando con un montón de personas.

            PANCRACIO.- ¿Y de dónde sale tanta gente?

            BERNARDO.- De todos los rincones del mundo.

            PANCRACIO.- ¿Y todos traen vino?

            BERNARDO.- (Dándole palmaditas en la cara a PANCRACIO.) Muchos libritos, muchos libritos; pero de internet, poquito.

            PANCRACIO.- (Sacando pecho.) Y con orgullo lo digo.

            BERNARDO.- Hablando de otra cosa; ¿qué habrá ido a hacer Don Alejandro a la cocina?

            PANCRACIO.- Comer.

            BERNARDO.- Pensé que a los enamorados se les quitaba el hambre.

            PANCRACIO.- No hay término medio; o pasan un hambre atroz, o terminan con la despensa más generosa.

            Aparece DON RICARDO por las escaleras de las habitaciones. Viene huyendo de alguien.

            BERNARDO.- (Atónito. Avisa a PANCRACIO dándole un codazo.) ¡Sopla, el señor!

            DON RICARDO.- (Deteniéndose en mitad de la escena. A PANCRACIO y BERNARDO.) ¿Han pasado por aquí unas monjas locas?

            PANCRACIO.- (Sacudiéndole un poco el esmoquin.) Está usted impecable, señor.

            DON RICARDO.- No te esfuerces, Pancracio. He manchado un poco el traje; no tuve más remedio que pasar por un pasadizo que hay oculto en la cocina.

            BERNARDO.- ¡Claro! Por eso desapareció sin darme cuenta... ¡Menos mal! Creí que me estaba volviendo loco. ¿Y dónde se encuentra el dichoso pasadizo?

            DON RICARDO.- Créeme que me encantaría decírtelo, Trinidad; pero no puedo confesarlo a nadie. Es un secreto familiar.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¡Ves cómo no estoy loco!

            PANCRACIO.- ¿Y qué me dices de las monjas?

            BERNARDO.- (Abrumado.) Otra vez estoy loco... (A DON RICARDO.) Pienso que las monjas también se metieron por el escondite.

            DON RICARDO.- Imposible, Trinidad; te repito que es un secreto familiar. (Aparte.) ¡Anda, un pareado!

            BERNARDO.- A lo mejor le siguieron sin que usted se diese cuenta.

            DON RICARDO.- ¿Habéis visto a mi hijo?

            BERNARDO.- Sí, ha ido hacia... (Le interrumpe PANCRACIO rápidamente.)

            PANCRACIO.- Hacia el jardín, señor; ha ido hacia el jardín. Quería tomar el fresco.

            DON RICARDO.- Estupendo; voy a buscarle. Le he notado en la cena un tanto preocupado; y, claro, me ha dejado un tanto preocupado.

            BERNARDO.- Pues ya van dos tantos.

            PANCRACIO.- Tantos tantos no son buenos.

            DON RICARDO.- En fin, que voy a ver si le encuentro.

            PANCRACIO.- ¡Que no sea nada lo de Don Alejandro!

            DON RICARDO.- Si es lo que intuyo, se va con el matrimonio.

            PANCRACIO.- Y con el tiempo, Don Ricardo; no lo olvide.

            DON RICARDO hace mutis por la puerta del jardín. Quedan en una esquina de la escena, la más pegada al foro izquierda, BERNARDO y PANCRACIO.

            BERNARDO.- ¿Se puede saber por qué has mentido?

            PANCRACIO.- No le he mentido; tan solo me he confundido de lugar.

            BERNARDO.- ¿Y a qué ha venido ese lapsus?

            PANCRACIO.- No podemos permitir que Don Ricardo dé ánimos a Don Alejandro.

            BERNARDO.- ¿Ah no?

            PANCRACIO.- Tal y como están los dos... Don Alejandro se lanzaría del primer acueducto en marcha que pasase.

            BERNARDO.- Otra vez tienes razón. ¿Qué debemos hacer?

            PANCRACIO.- Encontrar a Don Alejandro antes de que lo haga el padre.

            BERNARDO.- (Mirando hacia las escaleras de las habitaciones, ve bajar a las monjas, SOR ISABEL; SOR SAGRARIO; MARÍA y DOÑA LUISA.) ¡La madre!

            PANCRACIO.- (Sin darse cuenta de la situación.) No, el padre; la madre vete tú a saber dónde está.

            BERNARDO.- (Señalando a las monjas.) Quiero decir que la madre Sagrario y su séquito vienen por ahí.

            PANCRACIO.- ¡Arrea! ¿Y de dónde vienen de arriba, si no las hemos visto pasar? Esto es muy extraño.

            BERNARDO.- (Tembloroso.) Tengo miedo...

            SOR SAGRARIO, SOR ISABEL, MARÍA y DOÑA LUISA, que sigue ataviada con el hábito de monja, se paran en el centro de la escena; sentándose en el sofá y en las sillas para descansar. No se han percatado de la presencia de PANCRACIO y BERNARDO, que se camuflan como pueden.

            SOR SAGRARIO.- (Sentándose en el sofá.) ¡Uf! Vamos a hacer un descansito, hijitas.

            DOÑA LUISA.- (Sentándose también en el sofá.) ¿Tan cansada está usted?

            SOR SAGRARIO.- Bueno, un poquito de agua, pero que esté fresquita.

            DOÑA LUISA.- (A SOR ISABEL.) No me ha debido de oír muy bien.

            SOR ISABEL.- (Que está sentada en una de las sillas que están pegadas al foro.) (A SOR SAGRARIO, elevando la voz.) ¿Madre, quiere algo de beber?

            SOR SAGRARIO.- Sí, hijita, me he tenido que sentar porque los pies me iban a estallar. Si no fuera por estas varices...

            MARÍA.- (Que está llenando una copa con agua.) Y por los años, Sor Sagrario. Tome un poquito de agua; no parece muy fresca, pero le aliviará el cansancio.

            DOÑA LUISA.- María, no es agua...

            MARÍA, DOÑA LUISA y SOR ISABEL miran atónitas a SOR SAGRARIO, que bebe de un trago la copa.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¡Menudo saque!

            SOR SAGRARIO.- (Suspirando.) Ay.

            MARÍA.- ¿Se encuentra bien, madre?

            SOR SAGRARIO.- ¿Cómo dices?

            SOR ISABEL.- (Que se ha levantado para acercarse a SOR SAGRARIO. Preocupada.) ¡Que si está usted bien!

            SOR SAGRARIO.- Estupendamente.

            MARÍA.- ¿Y el agua, qué tal?

            SOR SAGRARIO.- Un poquitín fuerte para mi gusto. Se nota que es agua de la piscina embotellada. ¡Será tacaño esta Don Ricardo!

            MARÍA.- (A DOÑA LUISA.) ¿Qué era?

            DOÑA LUISA.- Vodka.

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) ¿Y ésta cómo sabe que es vodka?

            BERNARDO.- (Encogiéndose de hombros.) Tengo miedo...

            SOR SAGRARIO.- María, ¿podrías echarme un poquito más de agua?

            MARÍA.- (A DOÑA LUISA.) ¿Dónde hay agua?

            DOÑA LUISA.- En los grifos; en las fuentes; en las acequias;... Toda el agua viene directa de la sierra.

            SOR ISABEL.- ¿Y en botellas no tienen?

            DOÑA LUISA.- ¡Qué barbaridad! ¡Para qué íbamos a meter el agua en botellas! A mi me gusta que el agua corra libre; pues libre nace, y libre ha de vivir. Así lo decía mi marido... ¡Ay! ¡Cómo le echo de menos!

            MARÍA.- Más lo va a echar usted de menos como no se decida a confesarle que usted es usted, y no una monja de claustro. Que quince días penando consumen a cualquiera.

            SOR SAGRARIO.- ¡Viene ese agua o no!

            MARÍA.- (Sin prestarle mucha atención a SOR SAGRARIO.) Tome. (Le sirve más vodka.)

            DOÑA LUISA.- Tan solo quiero darle un escarmiento.

            SOR ISABEL.- No se vaya a exceder, y luego ya no haya remedio.

            DOÑA LUISA.- ¡No, por Dios! ¡No quiero ni pensarlo! Pero, ¿usted cree, Sor Isabel, que habrá aprendido la lección?

            MARÍA.- Bueno, ya saben cómo son los hombres; hoy dicen que te quieren mucho, y cuando ya la creen a una en sus brazos, donde dije digo digo Diego.

            SOR ISABEL.- (Sorprendida ante las palabras de MARÍA.) Como comprenderás yo no lo sé, María.

            MARÍA.- Al menos lo habrá leído.

            SOR ISABEL.- No lo recuerdo.

            MARÍA.- Mejor aún; en realidad no está demostrado.

            SOR SAGRARIO.- (Aparte. Sobre el agua.) Está rica; no sé a qué me recuerda esta agua...

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) Está clarísimo; ésta es Doña Luisa.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¿La señora?

            PANCRACIO.- La misma.

            BERNARDO.- No se te escapa una.

            PANCRACIO.- Aunque la señora se vista de monja, señora se queda.

            BERNARDO.- (Alabando a PANCRACIO.) Con esa cabeza que Dios te ha dado podrías ser presidente del Colegio de Mayordomos.

            DOÑA LUISA.- Entonces, nada más que vea a Ricardo se lo voy a decir.

            SOR ISABEL.- Que le va a decir qué.

            DOÑA LUISA.- Pues que le quiero mucho...

            SOR ISABEL.- Como la trucha al trucho. Eso es lo peor que puede hacer.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) ¡Con la iglesia hemos topado!

            SOR ISABEL.- Tiene que ser él quien le diga que no puede vivir sin usted; y que si no vuelve se suicida, como un hombre.

            MARÍA.- ¡Hala, qué bruta es usted! (A DOÑA LUISA.) Lo que tiene que hacer, Doña Luisa, es comentarle el motivo de su enfado; que él vea que no ha obrado bien. Tal vez Don Ricardo no sepa por qué lo ha dejado.

            SOR ISABEL.- ¡No digas tonterías, niña! Le dejó una carta explicándolo todo.

            PANCRACIO.- (A BERNARDO.) Eso no era una carta; era un jeroglífico.

            BERNARDO.- (A PANCRACIO.) A mi me tiene sin dormir.

            DOÑA LUISA.- Lo cierto, es que muy claro no lo dejé.

            SOR ISABEL.- Lo que pasa es que los hombre no saben leer entre líneas.

            DOÑA LUISA.- Ah, ¿pero saben leer?

            Todas ríen, excepto SOR SAGRARIO, que se ha quedado dormida.

            SOR ISABEL.- Se lo tienen que dar todo frito y cocido.

            DOÑA LUISA.- Razón no le falta, Sor Isabel.

            PANCRACIO.- Vámonos de aquí, Bernardo; que parece esto una reunión de recién divorciadas.

            BERNARDO.- ¿Vamos a por Don Alejandro, o a por Don Ricardo?

            PANCRACIO.- A por Don Ricardo; la señora le quiere. Hay que prepararlo para el encuentro.

            Los DOS hacen mutis, disimuladamente, por la puerta del jardín.

            DOÑA LUISA.- De cualquier modo tengo que volver con él esta misma noche; otro días sin él sería el fin.

            MARÍA.- A buen seguro que Don Ricardo piensa igual, Doña Luisa.

            SOR ISABEL.- Pero que sea él quien dé el primer paso.

            DOÑA LUISA.- El orden de los factores...

            SOR ISABEL.- (Interrumpiéndola.) El orden de los factores, en el amor, lo altera todo.

            DOÑA LUISA.- Dos por tres son seis; y tres por dos, siguen siendo seis.

            SOR ISABEL.- Eso son matemáticas, Doña Luisa. Las matemáticas son frías; y el amor es fuego, es pasión.

            MARÍA.- ¿Y usted donde ha aprendido todo eso?

            SOR ISABEL.- Soy monja; no abogado. Tengo sentimientos. Recuerda que la palabra amor está presente en nuestra religión.

            MARÍA.- Ya, pero lo lleva usted a unos extremos...

            SOR ISABEL.- (A DOÑA LUISA.) Créame, si el que hace por volver es Don Ricardo, el compromiso lo adquiere él; sin embargo, si la que hace por volver es usted, aun queriendo volver los dos, está usted perdida; porque Don Ricardo se lavará las manos de compromiso alguno, como un Poncio Pilatos cualquiera.

            MARÍA.- Qué mal pensada.

            SOR ISABEL.- Es la realidad; lo veo a diario en las telenovelas y en las revistas del corazón.

            DOÑA LUISA.- Le voy a hacer caso, Sor Isabel.

            SOR ISABEL.- No se arrepentirá.

            MARÍA.- (Aparte.) Que Dios nos ayude.

            SOR ISABEL.- Lo primero que tenemos que hacer es provocar un encuentro casual con Don Ricardo.

            MARÍA.- ¿Y para cuándo ese momento?

            SOR ISABEL.- En el instante que le encontremos, le abordamos.

            DOÑA LUISA.- Espero que no se demore mucho; estoy impaciente.

            MARÍA.- Y yo. (A SOR SAGRARIO.) ¿Y usted? (Al mirarla se da cuenta de que está dormida.) ¡Válgame el cielo! Se ha dormido. Ahora le tendremos que repetir la conversación.

            SOR ISABEL.- Si hubiese estado despierta, también.

            MARÍA se acerca a SOR SAGRARIO, y la despierta suavemente.

            SOR ISABEL.- En fin, no perdamos ni un minuto.

            MARÍA.- (Mientras ayuda a levantarse a SOR SAGRARIO.) Por cierto, ¿saben algo de Ale... Quiero decir de Don Alejandro?

            DOÑA LUISA.- Empezando porque es mi hijo, tengo una lista infinitas de datos sobre él.

            MARÍA.- Me refería a que si sabe dónde puede estar.

            DOÑA LUISA.- (Con sonrisa cariñosa y complacida.) Ya sé a qué te referías. ¿Tú crees que no me doy cuenta de cómo le miras?

            MARÍA.- (Ruborizándose.) ¿Yo?

            SOR ISABEL.- Pues, anda, que el muchacho se la come con los ojos.

            MARÍA.- Madre, por Dios...

            DOÑA LUISA.- (Con una amplia sonrisa.) Pero si a mí me parece estupendo. En estos días que he pasado junto a ti te he conocido mejor, y he comprobado que eres una mujer hecha y derecha.

            MARÍA.- Sólo somos amigos...

            SOR ISABEL.- ¡Uy! Cuántas veces he leído yo eso en las revistas, y a las dos semanas... ¡Qué digo a las dos semanas! ¡A la semana, ya están juntos!

            MARÍA.- Yo no puedo; soy novicia.

            SOR ISABEL.- ¡Tonterías! Tal vez Nuestro Padre te ha llamado por el camino del matrimonio.

            SOR SAGRARIO presta atención a la conversación, intentando enterarse de algo.

            MARÍA.- Pero con Dios.

            SOR SAGRARIO.- Cada cual tenemos asignado nuestro lugar.

            MARÍA.- ¡Madre, ¿usted también?! Sólo somos amigos.

            SOR ISABEL.- ¿A quién intentas engañar? Te hacen los ojos chiribitas cuando le ves.

            DOÑA LUISA.- Y se pasan horas hablando.

            MARÍA.- Como buenos amigos que somos. Los amigos hablan, ¿no?

            DOÑA LUISA.- Los amigos se divierten; los novios hablan; y los matrimonios discuten.

            SOR SAGRARIO.- (A SOR ISABEL.) Ya me he perdido; ¿qué ha dicho de un biscúter?

            SOR ISABEL.- (A SOR SAGRARIO.) Hablamos de Don Alejandro y María.

            SOR SAGRARIO.- Sí, ya sé. ¡Qué buena pareja hacen!

            MARÍA.- (Al resto, por lo que ha dicho SOR SAGRARIO.) Eso ha sido el agua...

            DOÑA LUISA.- (Sonriendo.) Sí, sí... el agua. Yo sé de unos que junto a los niños siempre dicen la verdad.

            SOR SAGRARIO.- Porque, vamos a ver, hijita, (Dirigiéndose a MARÍA.) ¿tú para qué quieres ser monja?

            MARÍA.- Bueno... No sé... Por lo mismo que usted.

            SOR SAGRARIO.- ¿Y te has preguntado alguna vez por qué he querido yo dedicar mi vida al prójimo?

            MARÍA.- (Dubitativamente.) ¿Por amor?

            SOR SAGRARIO.- Efectivamente, María, por amor; pero a un único prójimo.

            DOÑA LUISA.- A Dios, claro.

            SOR SAGRARIO.- A Antonio; que así se llamaba.

            DOÑA LUISA.- ¡No me diga que usted llegó rebotada por un mal querer!

            SOR ISABEL.- ¡Menudo notición!

            SOR SAGRARIO.- Llegué de rebote, es cierto. Pensé que sólo iba a ser por un breve periodo; pero este trabajo te conquista. Es como una pelota de nieve, que se va haciendo cada vez más grande, y una siempre va en el centro; y cuando se quiere dar cuenta está demasiado comprometida con esta manera de entender la vida.

            DOÑA LUISA.- (Emocionada.) Qué bonito, Sor Sagrario.

            SOR ISABEL.- Visto así, se diría que se han metido por el mismo motivo a monja.

            SOR SAGRARIO.- Por lo mismo, no. Yo llegué huyendo; y ella ha llegado persiguiendo.

            SOR ISABEL.- ¿Persiguiendo a quién?

            DOÑA LUISA.- Parece usted tonta, Sor Isabel. ¡Uy! Perdone.

            SOR SAGRARIO.- De Don Alejandro. Aquel Alejandrito al que hemos visto corretear por nuestras huertas; jugando a piratas y pistoleros... ¡Qué rico era!

            SOR ISABEL.- Y es, madre; y es.

            DOÑA LUISA.- ¿Qué opinas, María?

            MARÍA.- (Sincerándose.) Que tienen razón. Son muchos años de amistad con él.

            SOR ISABEL.- Si es que cuando dos piedras rozan saltan chispas.

            DOÑA LUISA.- (A MARÍA.) ¿Y qué piensas hacer?

            MARÍA.- Nada. Seguir como hasta ahora.

            SOR SAGRARIO.- (Muy atenta a la conversación.) No hagas eso; siempre te quedaría la duda.

            SOR ISABEL.- Sor Sagrario, ¿usted con dudas?

            SOR SAGRARIO.- Hay que reconocerlo; el camino es largo, y los malos pensamientos surgen como las tormentas, de la nada.

            SOR ISABEL.- Pues no se hable más; ( A MARÍA.) en cuanto veas a Don Alejandro se lo dices, y ya está. Yo quiero ser testigo de boda, que me hace ilusión.

            DOÑA LUISA.- (Recriminando a SOR ISABEL.) Tantas telenovelas que ha visto, y le da ese consejo a la niña. (A MARÍA.) Él te sacará el tema, seguro; tú sólo tienes que seguir el hilo.

            MARÍA.- Parece fácil.

            DOÑA LUISA.- Pues, desengáñate; no lo es.

            Aparece ALEJANDRO bajando las escaleras de la izquierda, que provienen de las habitaciones. Va sin la chaqueta del esmoquin, que se la ha olvidado por ahí.

            ALEJANDRO.- (Interrumpiendo la conversación de todas.) Buenas noches, hermanas.

            Todas gritan sobresaltadas.

            ALEJANDRO.- (Dirigiéndose al centro de la escena. Con ironía.) A reunión de pastores... (Todas le contemplan atónitas.)

            SOR SAGRARIO.- (A SOR ISABEL.) ¿Por qué canta un villancico?

            DOÑA LUISA.- (Dándole un codazo a MARÍA.) ¡Niña, despierta! Que te has quedado de piedra.

            MARÍA.- Ay, es que es tan guapo.

            DOÑA LUISA.- De tal palo tal astilla.

            SOR SAGRARIO.- (A SOR ISABEL.) ¿Qué dice de la pastilla?

            SOR ISABEL.- ¡No da una, Sor Sagrario!

            SOR SAGRARIO.- (Refunfuñando.) ¡Si es que estamos en fila, y así no leo labios ni leo nada!

            ALEJANDRO.- ¿Qué tal la noche, bien?

            DOÑA LUISA.- Podría estar mejor.

            ALEJANDRO.- Oiga, ¿usted y yo no nos hemos visto antes?

            DOÑA LUISA.- En la cena.

            ALEJANDRO.- ¿En qué cena?

            SOR ISABEL.- En la de esta noche; ¿no la recuerdas?

            ALEJANDRO.- Sí, claro; en la de esta noche...

            MARÍA.- (A ELLAS.) Qué raro está, ¿no?

            DOÑA LUISA.- Eso es que está enamorado. Está atontado perdido. Pues al ataque, querida; ésta es tu oportunidad.

            MARÍA.- ¿Estás bien, Alejandro?

            ALEJANDRO.- Sí; ¿por qué me lo preguntas?

            MARÍA.- Como no llevas la chaqueta puesta...

            ALEJANDRO.- Me la he dejado olvidada en la cocina. Me metí por el pasadizo que hay allí; comencé a caminar y a caminar, y mira por dónde, que he aparecido aquí.

            MARÍA.- Me alegro, porque así puedo verte otra vez. (Se acerca a ÉL.)

            DOÑA LUISA.- (A SOR SAGRARIO y SOR ISABEL.) Me da la impresión que ha llegado el momento de hacer mutis.

            SOR SAGRARIO.- ¿Qué tienen que ver los médicos aquí?

            DOÑA LUISA.- Ésos no ven nunca nada. ¡Que nos vamos, madre!

            SOR SAGRARIO.- Me parece una excelente idea.

            Comienzan a hacer mutis hacia la cocina, pero tan sólo SOR SAGRARIO y DOÑA LUISA, que continúa vestida de monja. SOR ISABEL está atenta a la conversación que mantienen ALEJANDRO y MARÍA.

            MARÍA.- Te noto triste, Alejandro. Ya sabes que puedes contar conmigo para todo...

            ALEJANDRO.- (Aparte.) Para todo no.

            MARÍA.- Para lo que quieras.

            ALEJANDRO.- (Aparte.) Para eso menos.

            SOR SAGRARIO se acerca a SOR ISABEL.

            SOR SAGRARIO.- Vamos, hermana, aquí sobramos.

            SOR ISABEL.- (Haciéndose la remolona.) ¿No puede esperar un poquito? Están a punto de declararse. (SOR SAGRARIO le da una leve colleja, y se la lleva hacia la cocina, a regañadientes.)

            Quedan en escena ALEJANDRO y MARÍA.

            MARÍA.- Hace tiempo que te observo distante.

            ALEJANDRO.- (Esquivo.) Debe ser porque me miras desde muy lejos.

            MARÍA.- Es como si me rehuyeses.

            ALEJANDRO.- (Disimulando.) ¿A ti? ¿Rehuyendo yo de ti? ¿Y para qué he de hacer semejante estupidez?

            MARÍA.- Por eso te lo pregunto, para que me lo digas.

            ALEJANDRO.- Habrá sido una casualidad.

            MARÍA.- Han sido más de una, Alejandro.

            ALEJANDRO.- No sé... Serán imaginaciones tuyas.

            MARÍA.- Será eso.

            ALEJANDRO.- Lo que sucede es que estoy muy liado con las composiciones; ando un tanto despistado, porque en mi mente flotan continuamente negras y corcheas; blancas y semicorcheas. Dan vueltas de aquí para allá, esperando que las coloque en su lugar exacto, dentro del pentagrama.

            MARÍA.- Eso está muy bien. Pero la vida, tu vida, no se debe centrar sólo en la música.

            ALEJANDRO.- La tuya sólo se centra en hacer el bien.

            MARÍA.- ¿No serás que estás huyendo de algo?

            ALEJANDRO.- (Alejándose unos pasos de ELLA.) ¡Qué manía! A ti tampoco te he visto mucho por aquí últimamente. (Agachando la cabeza.) Y he de confesarte que te he echado de menos.

            MARÍA.- (Dejando entrever una sonrisa de ilusión.) ¿De veras?

            ALEJANDRO.- (Cambiando el tono de voz.) Pero como amigo; estrictamente como amigo. He echado en falta nuestras risas; nuestras cosas...

            MARÍA.- Sinceramente, yo también te he extrañado.

            ALEJANDRO.- (Rectificándola.) Como amiga, claro.

            MARÍA.- Por supuesto, estrictamente como amiga.

            ALEJANDRO.- Sí, yo como amigo he necesitado de tus palabras...

            MARÍA.- Y yo, como amiga, necesito tu mirada...

            Van los DOS reculando hacia el sofá; ALEJANDRO, de espaldas a él. Caen en el sofá.

            ALEJANDRO.- Esto es una locura, María; somos diferentes.

            MARÍA.- (Soltándose el pelo, dejando caer su melena.) ¿Tú cuántos ojos tienes?

            ALEJANDRO.- Dos. (MARÍA se los besa.)

            MARÍA.- ¿Y narices?

            ALEJANDRO.- Una. (MARÍA se la besa.)

            MARÍA.- ¿Y mejillas?

            ALEJANDRO.- Dos, como todo el mundo. (MARÍA se las besa.) ¿No te has fijado en mis labios? He notado que tú también tienes... (MARÍA los besa. Se besan.)

            MARÍA.- Te quiero...

            ALEJANDRO.- Dímelo en Tagalo.

            MARÍA.- Mahal Kita... (Se besan de nuevo.)

            ALEJANDRO.- (Jovial.) ¡Vayamos al jardín! Te aseguro que hace una noche preciosa; y contigo a mi lado mucho más.

            MARÍA.- Es una idea genial.

            ALEJANDRO.- Conozco un rinconcito desde donde veremos las estrellas...

            MARÍA.- Estoy loca por verlas.

            Se dirigen a la puerta del jardín, situada en el foro. Caminan cogidos de la mano, medio abrazados. Abren la puerta; se dan un breve beso en los labios.

            MARÍA.- (A ALEJANDRO.) Bienvenido, amor. (Hace mutis por el jardín, pasando por entre las cristaleras.)

            ALEJANDRO.- (Al quedarse, por un instante, solo mira al cielo exclamando.) ¡Bienvenido, Amor! (Desaparece, siguiendo a MARÍA.)

            Aparecen por las escaleras de las habitaciones de los señores, o sea las situadas en la parte izquierda, BERNARDO, PANCRACIO y FELISA. Vienen discutiendo.

            BERNARDO.- (Bajando las escaleras.) ¿Has visto, Pancracio, como no estoy tan loco? Todos habían desaparecido por ese caminito.

            PANCRACIO.- ¿Llamas a eso caminito? He perdido la cuenta de los cruces de caminos que hay. Es un laberinto. Eso sí, el único que estaba señalizado es el que hemos tomado nosotros.

            BERNARDO.- ¡No quiero ni pensar a dónde conducirán los demás! (A los TRES les corre un escalofrío por todo el cuerpo.)

            PANCRACIO.- (Observando el salón.) Vaya... Aquí no hay nadie. Seguramente estarán todos en el jardín; la noche invita a ello.

            BERNARDO.- (Dirigiéndose al mueble bar.) De momento, yo me voy a invitar a un trago.

            PANCRACIO.- Desde luego, qué poco profesional.

            BERNARDO.- (Sirviéndose y dejando la botella en su lugar.) Al contrario; los mejores profesionales beben a escondidas de sus dueños.

            PANCRACIO.- Siento desilusionarte; pero los mejores profesionales rellenan la botella hasta la línea marcada por el dueño.

            BERNARDO.- Vaya... No había caído en eso... (Mira a FELISA, que está sentada moviendo nerviosamente la pierna.) Por cierto, Felisa, estás muy callada.

            FELISA.- (Acelerada y nerviosa.) ¡Que el hombre que me has dado es con notición!

            PANCRACIO.- Ya la has puesto nerviosa; ¿qué ha dicho?

            BERNARDO.- Nada; que dice que con el notición que le has dado, que es normal que está así. No sé por qué le has contado ese chisme; yo creo que es María.

            PANCRACIO.- También creías que sabías lo que era un buen mayordomo, y mira...

            BERNARDO.- De cualquier forma, la chica es un saco de nervios.

            FELISA.- ¿Y qué hacer voy ahora? ¡Imposible es un amor!

            BERNARDO.- ¡Qué imposible, ni qué gaitas! Todo puede suceder.

            PANCRACIO.- Hombre, Bernardo, no le des falsas esperanzas.

            BERNARDO.- Lo hago para que se tranquilice.

            FELISA.- (Suspirando.) ¡Ay, nerviosa qué estoy!

            PANCRACIO.- No debes preocuparte ni ponerte nerviosa. Dos no se aman si uno no quiere.

            BERNARDO.- ¿No es “Dos no se pelean si uno no quiere”?

            PANCRACIO.- Amar y pelear... Dos caminos distintos para un mismo fin: dolor.

            BERNARDO.- ¡Eres Don Optimismo! (A FELISA.) Tú no le hagas caso, Felisa; ama a Don Alejandro con toda tu alma, y el resto lo dirá la naturaleza.

            FELISA.- No estoy de nadie es que yo enamorada.

            BERNARDO.- ¡Cómo!

            FELISA.- Que no estoy de nadie es que yo enamorada.

            BERNARDO.- ¡Eso lo he entendido perfectamente! ¡Cómo puedes decir esto a estas alturas!

            PANCRACIO.- Si hubiésemos estado en Cádiz te lo habría dicho al nivel del mar.

            BERNARDO.- (Indignado. A PANCRACIO.) ¡Te das cuenta de lo que ha dicho! (PANCRACIO niega con la cabeza.) Que no está enamorada de nadie. ¡Toma ya! ¿Qué te parece?

            PANCRACIO.- (A FELISA.) Que haces muy bien, chica. Déjate de complicaciones. Entonces, ¿por qué estás así?

            FELISA.- Por... (Es interrumpida por PANCRACIO.)

            PANCRACIO.- Pero contéstame con tranquilidad; lentamente. Ya ves que los que estamos aquí te apreciamos mucho. No hay por qué estar nerviosa.

            FELISA.- (Respira hondo y comienza a hablar despacio.) Porque si el señor Don Alejandro está por mí, y yo no estoy por él, pues me perseguirá constantemente.

            PANCRACIO.- No tienes nada que temer, Felisa. Esta gente de la aristocracia sabe perfectamente con quién pueden ir y con quién no.

            FELISA.- (Hablando lentamente.) Parece que me va a estallar la cabeza.

            PANCRACIO.- Lo mejor será que te dé un poco el aire.

            FELISA.- Es lo mejor.

            BERNARDO.- ¿Quieres que te acompañe?

            FELISA.- No, gracias. Necesito estar sola. (Hace mutis por la puerta del jardín.)

            BERNARDO.- ¡Pobre!

            PANCRACIO.- Eso ya lo era antes.

            Surge DON RICARDO por la puerta del comedor. PANCRACIO y BERNARDO están mirando hacia el jardín.

            DON RICARDO.- Buenas noches. (PANCRACIO y BERNARDO se vuelven hacia él.)

            BERNARDO.- ¿Dónde se había metido, Don Ricardo?

            PANCRACIO.- Estábamos preocupados por usted.

            DON RICARDO.- Ya será menos.

            BERNARDO.- Tiene razón. Le perdimos en el túnel ése de la cocina.

            DON RICARDO.- Lo hizo hacer, a escondidas, por supuesto, mi bisabuelo; estaba perdidamente enamorado del ama de llaves. El pasadizo no está hecho para que desde la cocina se llegue a cualquier rincón de la casa; sino que está hecho para que desde cualquier rincón de la casa se llegue a la cocina.

            BERNARDO.- Con perdón, ¡qué tío su bisabuelo!

            DON RICARDO.- Era rico... Aristócrata... Mucho tiempo libre... En definitiva, lo de siempre; que una cosa lleva a la otra.

            BERNARDO.- Y todas a la cocina.

            PANCRACIO.- Debería usted saber algo.

            DON RICARDO.- Debería saber tantas cosas.

            PANCRACIO.- Con que sepa lo que tenemos que decirle nos es suficiente. Es sobre las monjas...

            DON RICARDO.- Os agradezco vuestra intención; con ello demostráis que vuestra lealtad hacia mí es grande. Eso me enorgullece.

            PANCRACIO.- No lo dude ni por un momento, señor.

            BERNARDO.- Ni por un segundo.

            DON RICARDO.- Creo saber qué es lo que queréis que sepa.

            BERNARDO.- ¿Ah sí? ¿Está usted seguro?

            DON RICARDO.- ¡Y tan seguro! Y a ti que te gustan los acertijos, Trinidad, no te va a sorprender. El pasadizo lo conocemos sólo los miembros de la familia; bueno, después de esta noche lo va a conocer todo el mundo. Parece lugar de paso oficial.

            PANCRACIO.- ¿Y ha logrado, el señor, con este dato sacar alguna conclusión?

            DON RICARDO.- La que necesitaba.

            PANCRACIO.- ¿La conclusión?

            DON RICARDO.- La mujer, Pancracio; mi mujer. La que he amado, amo y amaré.

            BERNARDO.- (Aparte.) Me suena a una canción...

            DON RICARDO.- (Soltando una pregunta al aire.) ¿Cómo podrían las monjas pasar por el pasadizo?

            BERNARDO.- Con alguno de la familia. Y aunque las monjas sean como de la familia, ha de ser familia de sangre; por aquello de la pureza, más que nada.

            DON RICARDO.- ¡Exacto, Trinidad! Esto para ti es pan comido, ¿eh?

            PANCRACIO.- Entonces ya sabrá, Don Ricardo, quién es Doña Luisa.

            DON RICARDO.- Efectivamente; se trata de Sor Adela. Si ese rostro era familiar...

            PANCRACIO.- ¿Qué piensa hacer? ¿Cómo piensa actuar?

            BERNARDO.- ¿Actuar? Eso es para los actores. (A DON RICARDO.) Usted vaya con la verdad por delante.

            PANCRACIO.- Y la mentira por detrás, por si acaso. Mentira piadosa, se entiende.

            DON RICARDO.- Le diré que lo siento; no sé que es lo que siento, pero que lo siento. Quiero decir, que sí sé lo que siento, pero que lo siento; siento lo que siento... (Se lleva las manos a la cabeza, aturdido.) Mejor me siento.

            PANCRACIO.- Es el “siento” con más sentido que ha dicho. (Le acompaña al sofá.) En resumen, que se va a confesar con ella; claro, como va de monja, será fácil.

            DON RICARDO.- Estoy rendido... (Se sienta.)

            PANCRACIO.- ¿Le preparo un baño, señor? Le vendrá bien antes de acostarse.

            DON RICARDO.- Siempre tan acertado, Pancracio.

            BERNARDO.- Para acostarse necesitará que alguien le prepare la cama.

            DON RICARDO.- Siempre acertando, Trinidad. Avisadme cuando esté todo preparado.

            PANCRACIO.- Así lo haremos. Con su permiso, nos retiramos. (Hacen los DOS mutis por las escaleras que conducen a las habitaciones de los señores.)

            Queda la escena quieta; con DON RICARDO, relajado y con los ojos cerrados, en el sofá. Aparecen por la puerta de entrada a la casa, situada a la derecha, más cerca de la batería, DOÑA LUISA, todavía ataviada con hábitos de monja, SOR SAGRARIO y SOR ISABEL.

            SOR ISABEL.- Esa desviación del pasadizo nos ha llevado fuera de la casa.

            DOÑA LUISA.- Ha sido una contrariedad.

            SOR SAGRARIO.- Pues a mí el aire fresquito de la sierra me ha venido de perlas. Pienso que el agua no me había sentado muy bien. Tenía como calores por todo el cuerpo.

            SOR ISABEL.- (Percatándose de la presencia de DON RICARDO.) Mire, Doña Luisa, ahí está su media naranja.

            DOÑA LUISA.- (Con tono amable y cariñoso.) Siempre tan despreocupado; mira que sentarse con la chaqueta puesta, y sin desabrochar. (Suspirando.) Ay, pero es tan lindo.

            SOR ISABEL.- No hay tiempo que perder; esta es la oportunidad que hemos estado buscando durante toda la noche. Pero, recuerde, hágase un poquito de rogar.

            SOR SAGRARIO.- Y después, ya puesta, le ruega para que ayude en lo de la caldera del convento.

            DOÑA LUISA.- Si lo conseguimos todo, la caldera corre de mi cuenta. (Señalando al cielo.) Ustedes, por otra parte, ruegan por mí a su Superior. (Se queda quieta, observando a DON RICARDO.)

            SOR SAGRARIO.- (A SOR ISABEL.) ¿Qué ha dicho, que tenemos que regarle una flor?

            SOR ISABEL.- (A SOR SAGRARIO.) Sí, ande; vamos a buscar la flor que tenemos que regar. (Se dirigen a la puerta del jardín.)

            SOR SAGRARIO.- Pero, ¿ya sabemos cuál es? Al menos, te habrá dado una foto; o una descripción; o algo. ¿O vamos a regar así, al tun tun? (Desaparecen las DOS por la puerta del jardín.)

            DOÑA LUISA se acerca lentamente a DON RICARDO, que permanece con los ojos cerrados. Mientras se acerca, al mirar hacia otro lado, tropieza con la mesa. El ruido hace que DON RICARDO vuelva en sí.

            DON RICARDO.- (Abriendo los ojos, y percatándose de la presencia de DOÑA LUISA.) Uy, me había quedado un poco traspuesto.

            DOÑA LUISA.- Disculpe que le haya revelado, cual carrete; he tropezado con la mesa. No tengo costumbre, como en el convento no tenemos tantos muebles.

            DON RICARDO.- (Aparte.) Qué guapa está cuando miente.

            DOÑA LUISA.- Lo del sueñecito es que le ha sentado bien la cena; y tiene el cordero durmiendo en su tripa. (Aparte.) En esa barriguita que has criado durante años...

            DON RICARDO.- Más bien yo diría que es de aburrimiento por lo que me he quedado frito.

            DOÑA LUISA.- ¿Aburrimiento? Si hubiese estado como yo enclaustrada tanto tiempo no se aburriría nunca. (Aparte.) A ver si pilla lo de “enclaustrada”.

            DON RICARDO.- Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.

            DOÑA LUISA.- Bonita canción. ¿Y dónde están las rejas de esta prisión? (Hace como si las buscase a su alrededor.)

            DON RICARDO.- ¿Usted es monja?

            DOÑA LUISA.- ¿Qué le hace suponer lo contrario? (Da una vuelta sobre sí misma, mostrando sus hábitos.)

            DON RICARDO.- No se moleste... (Hace gestos, como queriendo recordar su nombre.)

            DOÑA LUISA.- (Recordándoselo.) Sor Adela.

            DON RICARDO.- Disculpe, es que soy muy olvidadizo.

            DOÑA LUISA.- (Aparte.) ¡Qué me vas a contar!

            DON RICARDO.- Se lo he preguntado por si me puedo fiar de usted.

            DOÑA LUISA.- Nosotras no fiamos, hijo. Pero si quiere un oído, aquí tiene dos.

            DON RICARDO.- (Levantándose.) (Aparte.) Ahora le confieso mis sentimientos sin que se dé cuenta; de manera indirecta.

            DOÑA LUISA.- ¿Le importa que me siente? (Se sienta.)

            DON RICARDO.- Para nada. Disculpe que no la siga, pero prefiero decirle lo que tengo que contarle de pie, medio caminando.

            DOÑA LUISA.- No se preocupe; yo le sigo desde aquí. Pero no vaya muy lejos que a partir de los tres kilómetros no oigo nada.

            DON RICARDO.- Sí... Esto... Pues verá, el motivo de mi aburrimiento es que estoy solo.

            DOÑA LUISA.- ¿Se refiere usted a solo de solo?

            DON RICARDO.- Me refiero a solo de compañía.

            DOÑA LUISA.- Suena distinto, pero es igual.

            DON RICARDO.- Mi mujer se marchó de casa hace quince días, y...

            DOÑA LUISA.- ¿Y?

            DON RICARDO.- Y todavía no ha vuelto.

            DOÑA LUISA.- ¿Y por qué se marchó?

            DON RICARDO.- No lo sé a ciencia cierta.

            DOÑA LUISA.- Algún motivo tendría. Nadie se va así, por las buenas.

            DON RICARDO.- Ella sí. No dio ningún mal portazo, ni rompió nada.

            DOÑA LUISA.- ¿No le dijo nada?

            DON RICARDO.- No.

            DOÑA LUISA.- ¿Ni pista alguna?

            DON RICARDO.- (Aparte.) Esta quiere llegar a la dichosa cartita. (A DOÑA LUISA, haciéndose el desentendido.) Pues no recuerdo... Así de memoria, no caigo...

            DOÑA LUISA.- (Aparte.) ¡Será torpe! (A DON RICARDO.) Haga usted memoria, Ricar... (Rectificando.) Digo Don Ricardo. Algo habría.

            DON RICARDO.- ¡Ah, sí! Ya recuerdo. Dejó una hoja muy mal escrita; ininteligible. Siempre ha tenido muy mala letra.

            DOÑA LUISA.- (Aparte.) ¡Será cretino!

            DON RICARDO.- ¿Decía?

            DOÑA LUISA.- Suspiraba.

            DON RICARDO.- Ni siquiera el servicio logró descifrarla.

            DOÑA LUISA.- ¿Se la mostró al servicio?

            DON RICARDO.- Sí, señora.

            DOÑA LUISA.- (Aparte.) Siempre tan comunista.

            DON RICARDO.- Tengo un mayordomo, Trinidad se llama, que lo deduce todo; pues esto se le ha atravesado, y no hay manera.

            DOÑA LUISA.- ¿Entonces?

            DON RICARDO.- Entonces nada. Aquí estoy viendo pasar los días; los días sin ella, que son como noches eternas.

            DOÑA LUISA.- Las noche es bonita.

            DON RICARDO.- No lo niego; pero todo lo eterno aburre. ¿O cree que nos morimos por gusto?

            DOÑA LUISA.- ¡Figúrese! Hasta hay quien se muere de un disgusto.

            DON RICARDO.- Tanto tiempo sin ella yo no puedo estar. Me falta el sol.

            DOÑA LUISA.- Claro, tanta noche, es normal.

            DON RICARDO.- La quiero como nunca he querido. Antes de irme a dormir la contemplaba, y le daba gracias a Dios por haberla puesto en mi camino. Y al levantarme, porque me acostaba a las tantas y me levantaba con el canto del gallo, le volvía a dar gracias a Dios por poder mirarla.

            DOÑA LUISA.- ¿Tanto la quiere?

            DON RICARDO.- La amo, a pesar de ser mi mujer. Pero estoy enamorado de ella como el primer día que la vi. Ella estudiaba veterinaria... Precisamente he terminado unos estudios sobre toda la fauna de la sierra para regalárselo por nuestro aniversario. Me he pasado años trabajando en ello; día y noche, (Aclarando.) porque cuando estaba ella se alternaba el día y la noche. Ella sacrificó sus estudios y sus sueños por estar conmigo... Este regalo le hubiese gustado. Pero ahora... (Mete las manos en los bolsillos, cabizbajo; de frente al público y de espaldas a ella.)

            DOÑA LUISA.- (Levantándose y acercándose a DON RICARDO. Descubre su cabeza mostrando su cabello.) No se apure, a lo mejor aparece cuando menos lo espere.

            DON RICARDO.- (En la misma posición.) Eso sería un milagro...

            DOÑA LUISA.- (Poniéndole una mano en el hombro a DON RICARDO, y acariciándole la mejilla.) Los milagros existen... (ÉL toca y acaricia la mano.) Cariño.

            DON RICARDO.- (Se da la vuelta y la abraza.) Te he echado de menos.

            DOÑA LUISA.- Bienvenido, amor. (Se besan.)

            Entran por la puerta del jardín ALEJANDRO y MARÍA, muy acaramelados.

            ALEJANDRO.- (Viendo a DON RICARDO abrazado. Con sorpresa y medio enojado.) ¡Papá, qué haces abrazado a Sor Adela!

            DON RICARDO y DOÑA LUISA se separan, volviéndose hacia ALEJANDRO y MARÍA.

            ALEJANDRO.- (Sorprendido. Cambiando de expresión hacia una más alegre.) ¡Caramba! ¡Mamá! ¡Qué alegría de verte! ¿Has vuelto?

            DOÑA LUISA.- En realidad nunca me he ido. (MADRE e HIJO se dan dos besos.)

            DON RICARDO.- (A ALEJANDRO.) ¿Y tú, qué tal? Traes unos ojos muy brillantes. ¿Qué has bebido?

            ALEJANDRO.- Ya conoces a María, ¿no?

            DON RICARDO.- ¡Cómo no! Me alegro de verte.

            MARÍA.- Lo mismo digo. (Se acerca a DOÑA LUISA, y hacen como si hablan.)

            DON RICARDO.- (Se acerca a ALEJANDRO.) Ella es tu bebida. He ganado la apuesta, ¿no es cierto?

            ALEJANDRO.- Pues sí. No he podido evitarlo.

            DON RICARDO.- No te culpo; nadie puede evitarlo.

            Entra por la puerta del servicio PANCRACIO.

            PANCRACIO.- (Carraspea para hacerse notar.) Ejem... Ejem... Don Ricardo, su baño le espera.

            DON RICARDO.- Que espere. Y pon agua para dos. (Lanza un beso a DOÑA LUISA.)

            Entran por la puerta del jardín FELISA, SOR ISABEL y SOR SAGRARIO.

            SOR ISABEL.- (Elevando la voz.) ¡Notición! ¡Ya tenemos cocinera!

            DON RICARDO.- (Mofándose.) ¿Ah, sí? ¿Y de dónde la ha sacado, de entre los arbustos?

            SOR ISABEL.- Más o menos. La encontramos entre las azaleas. Se llama Felisa.

            PANCRACIO.- (Aparte.) ¡Arrea! Felisa monja.

            DON RICARDO.- ¡Me ha quitado a la cocinera! ¡Esto es el colmo!

            DOÑA LUISA.- Tranquilo, cariño, ya encontraremos a otra. (Hace un guiño a SOR ISABEL, que le corresponde con el mismo gesto.)

            SOR SAGRARIO, SOR ISABEL, MARÍA y DOÑA LUISA se reúnen haciendo como si charlasen, quedando en un segundo plano. FELISA se acerca a PANCRACIO, que se mantiene erguido en la puerta de servicio. DON RICARDO charla con ALEJANDRO.

            PANCRACIO.- ¿Cómo es que te vas a hacer monja?

            FELISA.- Me ofrecen hogar, comida, y posibilidad de matrimonio.

            PANCRACIO.- Es una buena oferta. Estamos cerca; nos veremos mucho.

            Aparece BERNARDO por las escaleras de las habitaciones; se acerca hasta FELISA y PANCRACIO.

            BERNARDO.- ¿Qué sucede?

            PANCRACIO.- Nada importante; hemos perdido una compañera, hemos recuperado una señora, se ha perdido una futura monja, se ha ganado una futura monja, tenemos una señora nueva, y los dos señores vuelven a sonreír. Ya ves, nada del otro mundo.

            Aparte DON RICARDO y ALEJANDRO charlan en primer plano, cerca de la batería.

            ALEJANDRO.- Estoy feliz porque mamá y tú estáis de nuevo juntos.

            DON RICARDO.- Sí. Perder el amor y recuperarlo es muy hermoso.

            ALEJANDRO.- Darle la bienvenida por vez primera, también.

            DON RICARDO.- (Mirando con felicidad a su HIJO.) Entonces, sólo podemos decir...

            DON RICARDO y ALEJANDRO.- (Al unísono.) ¡Bienvenido, Amor! (Se abrazan.)

 

 

TELÓN

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