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Burkina Faso

de Daniel Dalmaroni

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

Burkina Faso

  

de Daniel Dalmaroni

 danieldalmaroni@gmail.com

Personajes:

SUSANA

MARIO

 

 

 

 

La escena:

Patio de una casa muy humilde. Numerosos muebles de distinto estilo ocupan gran parte del espacio. Mario recorre los muebles con papeles y una birome en la mano. Susana sentada, completa un crucigrama.

 

 

ESCENA I

 

 

SUSANA.- Gentilicio de Burkina Faso. Ocho letras, empieza con b larga.

 

MARIO.- ¿Qué?

 

SUSANA.- Vertical. El crucigrama, Mario. Gentilicio de Burkina Faso, ocho letras, empieza con b larga.

 

MARIO.- (En otra cosa) No tengo idea.

 

SUSANA.- Dale, pensá, Mario.

 

MARIO.- No puedo pensar en un crucigrama, Susana. Vos tampoco deberías pensar en crucigramas. ¿No te parece?

 

SUSANA.- Bueno, me entretengo y mientras tanto me cultivo. Vos nunca me ayudás en nada. Ni siquiera en los crucigramas. Últimamente, ni crucigramas hacemos juntos.

 

MARIO.- ¿Qué decís?

 

SUSANA.- Eso. Desde que dejaste la Facultad que no hacés ni siquiera un crucigrama.

 

MARIO.- ¿Qué tiene que ver la Facultad con los crucigramas, me querés decir?

 

SUSANA.- Bueno, me acuerdo que cuando estabas cansado de estudiar, para distraerte, hacías crucigramas. Eras bueno con los crucigramas.

 

MARIO.- Las cosas cambiaron, Susana. En aquella época yo iba a ser Ingeniero Mecánico. Y soy la segunda parte nada más. Mecánico.

 

SUSANA.- Eras tan inteligente. Bah, sos inteligente.

 

MARIO.- Las cosas cambiaron, Susana. Para todos nosotros, en este país, las cosas cambiaron.

 

SUSANA.- (enfática) Sos inteligente.

 

MARIO.- Sí. Pero no me acuerdo cómo se llama a los habitantes de Burkina Faso.

 

SUSANA.- ¿Dónde quedaba Burkina Faso?

 

MARIO.- En Africa.

 

SUSANA.- Viste que sabés.

 

MARIO.- ¿Vos viste dónde vivimos ahora? ¿A dónde fuimos a parar? ¿Sabés hace cuánto que alguien no me pregunta dónde queda Burkina Faso? ¿Te parece que tenemos que pensar en eso?

 

SUSANA.- Que no tengamos para comer, no es justificativo para no cultivarse. Yo hago crucigramas. Vos en cambio... ¿qué hacés?

 

MARIO.- Pienso.

 

SUSANA.- ¿En qué?

 

MARIO.- Mirá, si querés yo me encargo de pensar cómo hacemos con los chicos. Pero al menos, ayudame a ponerle precios a estos muebles. Todavía no sabemos qué cobrar.

 

SUSANA.- ¿Te parece venderlos, nomás? ¿Tanto te molestan?

 

MARIO.- Susana, entendelo. Tocamos fondo. Nos desalojan, Susana. Enterate de una vez. Vendiendo los muebles, al menos,  sobrevivimos hasta que hayamos terminado con los chicos y con nosotros mismos. Además, no me molestan. Pero siempre fuimos gente honesta. Hay que dejar las cuentas saldadas.

 

SUSANA.- Bueno, está bien. Para que no creas que no pienso yo también. Que no me preocupo por vos, por mi familia. Para que no creas que soy una madre y esposa desalmada. (pausa) ¿Dónde los enterramos?

 

MARIO.- ¿Te parece que eso es en lo primero que tenemos que pensar?

 

SUSANA.- ¿No vas a dejar que los entierren los parientes?

 

MARIO.- Tus parientes, querrás decir. A mí no me queda ninguno.

 

SUSANA.- Menos mal. Por que en vida, querido, no valían mucho más que los míos.

 

MARIO.- Yo no dije que valieran más. Sólo dije que no tengo. Además, la que sacó el tema de los parientes fuiste vos.

 

SUSANA.- Saqué el tema de los parientes porque se me ocurrió que si no pensamos nosotros dónde enterrarlos, ¿quién lo va a hacer?

 

MARIO.- Bueno, pero lo que te quiero decir es que no tengo ganas de discutir acerca de quién tiene o tuvo mejores parientes. Ya lo hablamos mil veces. Los tuyos son una mierda y los míos ya no existen.

 

SUSANA.- No querés hablar de los parientes, pero aprovechás para insultar a mi familia.

 

MARIO.- No seas hipócrita, Susana, si la que primero habla cosas terribles sobre tu familia, sos vos. ¿O miento, ahora? ¿Miento? No te quedés callada. Decíme: ¿miento yo ahora?

 

SUSANA.- Bueno, ¿pero dónde los enterramos?

 

MARIO.- Susana, en este caso, ¿te parece que tiene sentido ver dónde enterrarlos?

 

SUSANA.- Los muertos se entierran.

 

MARIO.- ¿En este caso también? ¿Hará Falta?

 

SUSANA.- Sí.

 

MARIO.- Está bien. Primero hay que ver cómo nos deshacemos de ellos.

 

SUSANA.- ¿“Deshacemos”? ¿Qué sos poeta, ahora? No querés hacer crucigramas, pero ¿te dedicás a la poesía, ahora? ¿Deshacemos? ¿Deshacemos? Hace un rato decías... ¿cómo decías? Ah, sí, “cuando hayamos terminado con los chicos y con nosotros” o algo así. Linda manera de llamar la cosa tenés vos.

 

MARIO.- ¿”La cosa”? Yo digo “deshacemos” o “terminado” y vos decís “la cosa”. Me parece que en cuestión de coraje empezamos mal.

 

SUSANA.- Es que no somos asesinos, Mario. No lo somos. Y lo sabés muy bien. Esto no es un acto de criminales, de gente sin escrúpulos. Esto no es más que un acto de amor. Lo sabés muy bien.

 

MARIO.- Ya sé. Si los dos somos más buenos que el arroz con leche. ¿Alguna vez soñaste con algo así? Nunca. Y yo tampoco.

 

SUSANA.- ¿Y vos qué soñaste, Mario?

 

MARIO.- Mirá con lo que me venís ahora.

 

SUSANA.- ¿Y? ¿qué tiene? ¿Está mal preguntar por los sueños? Me parece un buen momento, ahora que sabemos que nunca los vamos a cumplir.

 

MARIO.- No sé. Me agarrás desprevenido. Soñé tantas cosas. Una casa mejor que esta. Un laburo piola. Terminar la carrera, ser Ingeniero, poder mantener a mi familia, como hicieron mis viejos y mis abuelos y... Mandar a mis hijos a la Facultad. Mirá... soñaba con mandar a mis hijos a la Facultad como hizo mi abuelo y mi viejo y apenas los pudimos mandar a la escuela para que les dieran la copa de leche.

 

SUSANA.- Qué cosa, ¿no?

 

MARIO.- ¿Eh?

 

SUSANA.- Copa de leche. ¿Por qué le llamarán copa de leche? Si les dan jugo y en un vaso.

 

MARIO.- Mirá las cosas que pensás.

 

SUSANA.- No puedo imaginarme a un chico en la escuela con una copa en la mano.

 

MARIO.- Susana...

 

SUSANA.- Es peligroso.

 

MARIO.- ¿Qué cosa es peligrosa?

 

SUSANA.- Una copa. Una copa en las manos de un chico. ¿A quién se le habrá ocurrido?

 

MARIO.- Nunca le dieron ninguna leche ni jugo en ninguna copa a ningún chico en ninguna escuela, Susana.

 

SUSANA.- Ya sé. Pensaba, nomás. Imaginate, una copa de vidrio... en la manos... (Pausa) Así que eso soñabas. Esta bien. Yo también, pero además...

 

MARIO.- (la corta) Ah, ¿sabés, qué sí soñé siempre, toda la vida? Una cosa que te va a parecer estúpida, una boludéz, superficial. Pero para mí fue una obsesión siempre. Incluso ahora que ya sé que nunca la voy a cumplir.

 

SUSANA.- ¿Qué cosa?

 

MARIO.- Una Chiva.

 

SUSANA.- ¿Una qué?

 

MARIO.- Una chiva

 

SUSANA.- ¿Qué es eso? ¿Un animal? ¿Una mina? ¿Una puta? ¿Qué?

 

MARIO.- Una chiva, Susana. Una chiva es una Chevy, Chevrolet cupé, dos puertas. No se fabrican más, pero todavía se consiguen unas que están una joya. Amarilla. Dos puertas. ¿Te dije? Amarilla. Tapizado de cuero color maíz. Vidrios polarizados. Faros de iodo.

 

SUSANA.- Mario...

 

MARIO.- Pará, pará. Y lo fundamental: caballitos en degradé pintados en las puertas. Las puertas de las chevy cupé son enormes y entonces es el auto en que mejor quedan los caballitos en degradé. ¿Entendés?

 

SUSANA.- ¿Caballitos en degradé?

 

MARIO.- Sí, ¿me vas a decir que nunca viste un auto con caballitos en degradé en las puertas?

 

SUSANA.- Sí, Mario. Vi. Ver, vi. Pero nunca imaginé que ese podría ser tu mayor sueño en la vida.

 

MARIO.- No dije que fuera lo que más hubiera soñado. Dije que “también”, siempre soñé con una Chiva.

 

SUSANA.- Con caballitos en degradé.

 

MARIO.- Bueno, y los vidrios polarizados y el tapizado de cuero color maíz y todo lo demás... (Pausa)

 

SUSANA.- ¿Querés una copita de ginebra? Quedó un culito de la botella que nos trajo González.

 

MARIO.- Dale, ya que estamos, serví y la terminamos. ¿Qué marca es esa ginebra? No tiene etiqueta. La botella es rarísima.

 

SUSANA.- No sé, Mario. Si vos no sabés de ginebras, menos yo.

 

MARIO.- Es rara, ¿no? Y linda.

 

SUSANA.- ¿Te sirvo?

 

MARIO.- Dale. Un dedo.

 

SUSANA.- Un dedo vertical. Tomá.

 

MARIO.- Después podés hacerte un velador vos que te das maña con las manos. Yo me encargo de la parte eléctrica.

 

SUSANA.- ¿De qué hablás?

 

MARIO.- Que con la botella, ahora que la terminemos, te podés hacer un velador.

 

SUSANA.- ¿Un velador? ¿Un velador?

 

MARIO.- Sí, ¿nunca viste un velador hecho con una botella?

 

SUSANA. Sí, Mario. Vi. Ver, vi. ¿Pero vamos a cometer un triple asesinato y vos pensás en que yo, “como me doy maña con las manos”, haga un velador con una botella que nos trajo González?

 

MARIO.- Bueno, era una idea, nada más. (Pausa. Mientras va hacia  la puerta) Si no te gustan los veladores con botellas... (Baja la luz, cuando va a producirse el apagón, las luces suben nuevamente. Mario entra alterado).

 

 

 

 

ESCENA II

 

MARIO.- (Hacia la puerta) Andate. Andate a la calle, querés. ¡Estas loca! ¡Loca!

 

SUSANA.- ¿A quién le hablás así?

 

MARIO.- A tu hija.

 

SUSANA.- ¿Laura?

 

MARIO.- Sí. No sé si es tarada o se hace.

 

SUSANA.- ¿Por qué? ¿Qué pasó?

 

MARIO.- ¿Viste las gotas de veneno que teníamos reservadas?

 

SUSANA.- (Como advertencia) ¡Marío! No.

 

MARIO.- ¿Sabés lo que hizo con las gotas, la muy estúpida?

 

SUSANA.- (Se tapa los oídos) No sé, ni quiero saber.

 

MARIO.- Se las dio al bebé, pensando que eran las gotas para la panza, para el dolor de panza.

 

SUSANA.- (Evidentemente enojada) Habíamos quedado en otra cosa.

 

MARIO.- Ya sé. Habíamos quedado en matarlos nosotros y a todos juntos...

 

SUSANA.- No te hagás el boludo. Sabés a qué me refiero. Quedamos en que mañana.

 

MARIO.- Es que la nena...

 

SUSANA.- La nena nada. Era mañana...

 

MARIO.- Bueno, pero fue ahora. (pausa)

 

SUSANA. (Piensa. Luego, resignada) Está bien. De acuerdo. (En otro tono) ¿Qué pasó?

 

MARIO.- Lo que escuchaste. La muy boluda le dio el veneno pensando que eran gotas para la panza. En realidad, todavía cree que le dio gotas para la panza. La cagué a pedos, pero no le dije nada.

 

(Susana permanece callada, con la cabeza gacha. Mario la mira, no sabe qué hacer, se le acerca, le acaricia la cabeza y la apoya junto a su abdomen)

 

MARIO.- Bueno, bueno. ¿Viste?, yo te decía que igual en el momento iba a ser duro. Mejor hubiera sido si lo hacíamos todo junto, no de a uno. No llores, amor, que es peor...

 

SUSANA.- (Levanta la cabeza) No, no es eso. Pensaba... que nunca me hacés caso. ¿Viste que era importante saber dónde los íbamos a enterrar? Pero claro... como lo dijo “la idiota”... Y ahí saliste vos con el tema de mis parientes...

 

MARIO.- Susana, no empecés de nuevo. Además, ocupa poco lugar. Si es que insistís con lo del entierro. Tiene diez meses apenas, no es tan complicado.

 

SUSANA.- Dieciocho meses, Mario. Un año y medio. Nunca sabés las edades de tus hijos, debería darte vergüenza. No sabés ni las edades, ni nada de ellos. Y “tenía”, Mario, “tenía”. Laura nos ahorró “la cosa” con uno. Se “deshizo” de uno. (Breve pausa) ¿Estará muerto? ¿Le habrá dado lo suficiente?

 

MARIO.- ¿Cuántas gotas le da para el dolor de panza?

 

SUSANA.- Cuatro.

 

MARIO.- Para su edad y su peso con dos de las otras... ya es pasado el bebé. Así que si le dio cuatro...

 

SUSANA.- El bebé. Ves. Lo único que me da cosa es que aún no le habíamos puesto nombre. (Pausa) Ponerle ahora es una estupidez ¿no? Juliano, Antonio. No Antonio era el nombre de tu viejo. Mario, como vos, ya no se usa. (Como iluminada) Manuel. Ah, Manuel es divino.

 

MARIO.- Pero, Susana, si ni siquiera está inscripto en el registro. No había plata para el documento. No le pusimos nombre, fue siempre el bebé y seguirá siendo el bebé. Estuvimos de acuerdo en eso, ¿no?

 

SUSANA.- Tenés razón.  (pausa) Lástima.

 

MARIO.- Lástima ¿qué?

 

SUSANA.- Si la tarada de Laura no se hubiera apurado, aunque sea por un rato le poníamos Manuel.

 

MARIO.- Primero que lo que decís es una estupidez y después que sería bueno que tuvieras en claro que Laura no se “apuró” en nada. Ella cree que le dio gotas para los gases.

 

SUSANA.- Para el dolor de panza. No seas grosero. Gases suena horrible. Aparte, bueno, lo del nombre... es un sueño. Vos la Chiva, yo los nombres.

 

MARIO.- Pero ese no será el único sueño que tendrás.

 

SUSANA.- No claro. Hace un rato te lo iba a decir y vos me interrumpiste con eso de la Chiva.

 

MARIO.- Decime ahora.

 

SUSANA.- Las manualidades.

 

MARIO.- ¿Y no querés hacer un velador con la botella de González?

 

SUSANA.- Mario, en serio. Es verdad que tengo habilidad con las manos.

 

MARIO.- Por eso te decía yo que del bebé te encargaras vos, pero la Laura se nos adelantó. Una pena.

 

SUSANA.- No sé, pensaba en cerámica, arcilla, velas. Hacer velas. Se usan mucho, ahora.

 

MARIO.- El bricolaje es más útil.

 

SUSANA.- Siempre pensando en las cosas útiles vos. Yo hablo de algo más artístico. Pero si querés verle la parte comercial, mirá, hay una mina que empezó haciendo velas, Marta no se cuánto y terminó con una cadena de venta de velas, perfumes, jabones, esas cosas. Creo que hasta toallas vende. Y botellas raras también.

 

MARIO.- ¿Veladores?

 

SUSANA.- No, boludo. Botellas raras. De adorno. No veladores. Botellas de adorno.

 

MARIO.- Y también podés hacer jabones de adorno.

 

SUSANA.- ¿Jabones de adorno?

 

MARIO.- Sí, ¿nunca viste jabones de adorno?

 

SUSANA.- Sí, Mario. Vi. Ver, vi, Mario. Pero decís “puedo hacer” y yo te estaba contando un sueño, no algo que voy a realizar. Pero tal vez sea así.

 

MARIO.- ¿Qué cosa?

 

SUSANA.- La vida. Tal vez la vida, digo, sea un sueño.

 

MARIO.- ¿La vida un sueño? ¿Pero a quién se le puede ocurrir semejante estupidez, Susana? (Pausa) Voy al baño. (Mario va hacia la puerta. Baja la luz, cuando está por producirse el apagón, suben las luces nuevamente. Mario ingresa)

 

 

 

ESCENA III

 

 

MARIO.- (Hacia la puerta) Qué sé yo, nene. (Breve pausa) Ya te dije que no sé.

 

SUSANA.- ¿Y ahora con quién hablabas?

 

MARIO.- Con tu hijo. Con Juan.

 

SUSANA.- Si decís mi hijo, no es necesario que aclares que es con Juan. Con el bebé ya no creo que puedas hablar. (Breve pausa) ¿Vos no habías ido al baño?

 

MARIO.- Sí y a la salida del baño, en el pasillito, me lo crucé.

 

SUSANA.- ¿Y de qué hablaban si se puede saber?

 

MARIO.- Nada. Primero me avisa que se va a lo del Rata. Le dije que ese chico no me gusta un carajo, pero insistió en ir. No sé que le ve a ese pibe. Bah, no sé qué le ven todos los pibes, porque viste que es como el líder acá en el barrio. Después me empezó a preguntar de mecánica. Pero en realidad me preguntó...

 

SUSANA.- (Interrumpiéndolo) Pará...Pará... ¿Todo eso hablaste con Juan?

 

MARIO.- Sí. ¿Qué pasa?

 

SUSANA.- Que fuiste al baño, saliste y hablaste todo eso con Juan... No tardaste más de tres minutos. En ese tiempo no pudiste haber meado y hablado todo eso.

 

MARIO.- ¿Cómo que no? (Duda) Bueno, pero hablé. Pero te decía que me preguntó cosas de mecánica, pero de motos, que yo no sé un pomo. Los cambios de las motos, me preguntaba. De eso no sé un pomo, la verdad, te digo. No me subí a una moto en mi vida, yo.

 

SUSANA.- (Casi con burla) ¿Todo eso hablaste? Está bien. ¿En tan poco tiempo?

 

MARIO.- Me parece sorprendente... Perdoname que te lo diga así, ¿no?, pero me parece sorprendente que en momentos como estos, vos te preocupes por el tiempo en que tardé en hablar con Juan. Cuando vinimos a esta casa... Bah, esto que parece una casa... yo aún tenía ideales... (Pausa) Pensaba rebocarla, poner semillas de pasto en este patio inmundo... me iba a presentar como candidato a presidente de la comisión de fútbol del Club. Tenía ideales, Susana, ideales. ¿Entendés? Vos que recién me preguntabas por mis sueños. Bueno, ahí tenés. Mi sueño tenía que ver con ideales: Justicia, Libertad, Paz, Amor, una buena defensa en el equipo del Club, que siempre fue nuestra debilidad... Porque te digo que meter goles, metíamos, pero los que nos metían a nosotros, madre santa... La Chiva, los caballitos en degradé. (breve pausa) Ves. Los caballitos en degradé son eso. ¿Entendés? Se van desdibujando en la puerta de la Chiva como mis sueños se fueros borroneando en estos años en que no supimos o no nos dejaron construir un futuro venturoso.

 

SUSANA.- (Con ternura, realmente conmovida) Amor. Qué inteligente que sos, mi amor.

 

MARIO.- Bueno. Basta de sensiblerías. ¿A quién de los dos que quedan matamos primero? (Baja la luz, cuando va a producirse el apagón, sube nuevamente)

 

 

ESCENA IV

 

SUSANA.- (Incorporándose) Llaman a la puerta.

 

MARIO.- ¿Qué?

 

SUSANA.- Que llamaron a la puerta. Golpearon la puerta. ¿No escuchaste?

 

MARIO.- No.

 

SUSANA.- (Insistente)  Mario, te digo que golpearon la puerta y voy a ir a atender.

 

MARIO.- Yo no escuché nada.

 

SUSANA.- No habrás escuchado porque estás medio sordo, pero llamaron a la puerta.

 

MARIO.- (Fastidiado o comprendiendo) Bueno, está bien. Golpearon la puerta. De acuerdo.

 

SUSANA.- Voy a atender.

 

MARIO.- Está bien. Andá.

 

(Susana sale de escena. Mario se queda tomando ginebra, pensativo. Se levanta. Va hacia una de las paredes de la casa y con una fibra empieza a dibujar caballitos en degradé)

 

 

ESCENA V

 

 

 

SUSANA.- (vuelve falsamente alarmada) ¿Podés creer lo que me viene a contar la madre del Rata?

 

MARIO.- (En otra cosa) ¿Qué?

 

SUSANA.- (Mira lo que Mario está haciendo) ¿Qué hacés en la pared? Estas escribiendo en la pared, tarado. La que pintó este lugar es la idiota y vos me escribís la pared.

 

MARIO.- ¿Qué importa ahora esta pared? No podemos mantener a nuestros hijos, no podemos darles de comer, no podemos vestirlos ni mandarlos a estudiar, nos desalojan, tenemos que dejar esta casa en tres días, los vamos a matar por eso y vos te preocupás por la pintura de la pared. Aparte la pintaste para la mierda.

 

SUSANA.- Tengo habilidad con las manos y si no la pinté bien fue porque la pintura era tan poca que tuve que diluirla con mucho agua.

 

MARIO.- La pintura era poca porque era pintura al agua y a la primera lata la diluiste con agua ras y la tuvimos que tirar a la zanja. Tuviste que pintar todas las paredes con la otra lata. Cuatro litros para pintar esto. Por eso era poca.

 

SUSANA.- Con la otra lata eran ocho litros. Con ocho no alcanzaba igual. Y que no supiera cómo se diluía la pintura no significa que no tenga habilidad con las manos. Además ¿viste esta paredes? Son pura humedad.  No las arregla ninguna pintura.

 

MARIO.- Con más razón, qué te jode que pinte mis caballitos. Tuve un impulso creativo.

 

SUSANA.- ¿Impulso creativo? Pero quién te mete esas ideas raras en la cabeza a vos. La única creativa acá soy yo. Vos para lo único que servís es para arreglar autos y muy bien no lo hacés, se ve, porque si no, no te hubieran echado de tantos talleres.

 

MARIO.- No me echaron por inútil, Susana. No había laburo, que es distinto. Mirá, hagamos una cosa. Yo no opino de arte y vos no te metés a hablar de mecánica ni de autos. ¿Sí?

 

SUSANA.- Está bien. (Pausa. Se sirve un poco más de ginebra y le sirve otro poco a Mario) Ah, me hiciste olvidar. ¿Te dije que la que vino recién era la madre del Rata?

 

MARIO.- Ah, sí- ¿Cómo anda esa vieja?

 

SUSANA.- Vieja no es, che, que apenas debe tener unos años más que yo.

 

MARIO.- Unos diez más que vos, pero, aparte reconocé que está deteriorada la tipa. (pausa) Bueno, ¿pero cómo anda?

 

SUSANA.- ¿Ella?

 

MARIO.- Sí, ¿no fue la madre del Rata la que vino recién?

 

SUSANA.- Ah, sí. Bueno, ella no se bien cómo anda porque no hablamos de ella. ¿Sabés lo que vino a contarme?

 

MARIO.- ¿Cómo voy a saber?

 

SUSANA.- Que Juan le pidió prestada la moto al Rata para ir a buscar a la novia...

 

MARIO.- ¿Novia? ¿La mina esa? Esa atorranta ¿y vos la llamás novia? Tu hijo le baja la bombacha a una pendeja distinta por semana y vos le llamás novia a cada una. Sos una, vos, también.

 

SUSANA. Bueno, no importa. Como vos quieras. Lo cierto es que viene la madre del Rata y me cuenta que Juan se fue con la moto y en la esquina de la estación de servicio lo atropelló un camión y quedó frito ahí nomás.

 

MARIO.- ¿Me hablás en serio? ¿Me estás jodiendo?

 

SUSANA.- No, te lo digo en serio. Se murió. (Pausa) Le dije a la madre del Rata que después íbamos, que estábamos muy ocupados ahora. Total, ya está la policía y una ambulancia en la estación de servicio. Después tendremos que ir a la morgue a reconocer el cadáver, ¿no? Dice que quedó destrozado. ¿Lo reconoceremos?

 

MARIO.- ¿Cómo no vas a reconocer a tu hijo? (pausa) Pero la puta madre que lo partió, carajo. (Pausa) No se puede planificar nada en serio en esta casa que viene una boluda y le da las gotas que no tenía que darle al bebé y otro imbécil camionero que no sabe manejar y nos hace pelota al chico. Este país es así. Vos tenés iniciativas propias  y viene alguien de afuera y te las rompe en pedazos. Así no se puede construir nada nuevo, y mucho menos, nada bueno. Es este país de mierda. Bah, país. Esto no es un país. En los países esto no pasa. La gente quiere vivir y vive tranquila y se quiere matar y se mata tranquila. Sin que nadie la moleste. En cambio en este país, vos querés hacer las cosas bien, como se debe, las pensás, las planificás, organizás tu propio emprendimiento y zaz, viene alguien y te pincha el globo, te hace pelota las ilusiones.

 

SUSANA.- Fue lo primero que pensé. Tanto pensar, tanto planificar, tanto remordimiento, para que pasen las cosas de esta manera.

 

MARIO.- Bueno. Uno menos. Consolémonos con eso, al menos. (Pausa. Luego, como para sí) ¿Los cambios en la Gilera serán iguales que en la Zanela? (Pausa breve. A Susana) Su, ¿el Rata que tenía, una Gilera o una Zanela?

 

SUSANA.- (Como en otra cosa) ¿Lo reconoceremos al nene? No creo.

 

MARIO. Ya te dije: ¿cómo no vas a reconocer a tu propio hijo?

 

SUSANA.- Yo te escuché. El que no escucha sos vos. Te dije que quedó destrozado. Voló por los aires...

 

MARIO.- Bueno, pero cuando cayó...

 

SUSANA.- ...voló por los aires la moto y se incrustó en uno de los surtidores de la estación de servicio y se incendió todo. Se hizo pedazos. La estación de servicio y el nene. La madre del Rata cree que no se salvó ni el cartel de YPF.

 

MARIO.- Entonces no nos van a llamar de ninguna morgue para reconocer ningún cadáver, Susana. Decís cada cosa... (Pausa) La sonrisa de Juan...

 

SUSANA.- No creo que encuentren ni un diente ¿y vos querés la sonrisa?

 

MARIO.- No, me refería a que era hermosa su sonrisa. Era un poco mal arriado, pero cuando estaba contento tenía una sonrisa...

 

SUSANA.- Cuando estaba tomado, querrás decir.

 

 

(Pausa. Se acercan, se abrazan, lloran tímidamente. Bajan las luces de a poco. Cuando casi se va a producir el apagón, vuelven a subir abruptamente y Mario dice:)

 

 

 

ESCENA VI

 

 

MARIO.- No hay caso. Es lo que te decía ayer cuando lo de Juan.

 

SUSANA.- ¿Querés más ginebra? González te trajo otra botella. Dice que está muy agradecido por no sé qué de la tapa de cilindros del Citroën que le arreglaste.

 

MARIO.- Se la cambié. Y no le cobré.

 

SUSANA.- ¿Por qué no le cobraste?

 

MARIO.- Si no tiene un mango. Acá nadie tiene un mango, Susana. A ver si lo entendés.

 

SUSANA.- ¿Y tiene para comprar ginebra? Como todos los borrachos. No tienen un mango, andan hechos unos zaparrastrosos, pero para el chupi siempre tienen.

 

MARIO.- González no tiene un mango y no es borracho. Las ginebras se las afana a la suegra que tiene un almacén. (Pausa)

 

SUSANA.- ¿Qué decías recién que “no hay caso”?

 

MARIO.- Lo de la Laura.

 

SUSANA. Ah, claro.

 

MARIO.- Pero vos sabías y no me contaste nada. ¿Por qué, Susana? ¿Por qué?

 

SUSANA.- No, pará. Pará un poco. Yo sabía que la nena no era virgen. Nada más. Sabía que el guacho ese ya le había hecho perder la honestidad tan joven a la nena, pero nada más.

 

MARIO.- ¿Te lo contó ella?

 

SUSANA.- Claro. Las mujeres siempre hablamos esos temas con las mamás.

 

MARIO.- ¿Y vos no le dijiste que había algo que se había inventado que se llamaba preservativo?

 

SUSANA.- Claro que se lo dije, Mario. Creés que soy tonta. Pero los pendejos se calientan y se olvidan de todo. Acordate cuando éramos chicos.

 

MARIO.- Embarazarla a los quince años... ¡Qué hijo de puta!

 

SUSANA.- Bueno, lo peor no es eso.

 

MARIO.- ¿Lo peor no es eso? ¿Lo peor no es eso? Si no hubiera pasado eso, vos y yo ahora ¿estaríamos hablando de esto?

 

SUSANA.- No, ya sé. Pero digo que cualquier chica se embaraza y bueno, son cosas de la vida.

 

MARIO.- ¿Cualquier chica se embaraza? ¿Cualquier chica se embaraza? Así que cualquier chica se embaraza. ¿A los quince años.? ¿Qué decís?

 

SUSANA.- Mario, las chicas que ves por el barrio con una panza así, ¿qué te creés que les pasó, que engordaron de golpe, que de un día para el otro se les dio por comer como locas en un barrio en donde la palabra comida es la menos usada?

 

MARIO.- Bueno, yo no ando mirando a las pendejas del barrio...

 

SUSANA.- Mirá no te hagás el boludo. Lo único que falta, que digas que no mirás minas vos. Las chicas andan con chicos y se gustan y se atraen y ... pero mirá, casi empiezo a explicarte lo de la semillita. La carne es débil, Mario... Bueno, como tantas otra, Laura quedó embarazada. Pero esto otro, ¿no me digas que no te cayó como un balde de agua fría?

 

MARIO.- ¿Vos me jurás que no te contó nada?

 

SUSANA.- ¿Del aborto? No me contó que estaba embarazada, me va a contar que pensaba hacerse un aborto. Mario. Mirá si algo pensé que éramos era una familia unida, que no se ocultaba nada. Cuando la nena me dijo que ya no era virgen, te lo oculté solamente porque.... bueno... pensé... son cosas de mujeres que se tratan entre mujeres. Pero no te hubiera ocultado ni que estaba embarazada ni mucho menos lo del aborto.

 

MARIO.- ¿Y el médico? ¡Que tipo trucho!

 

SUSANA.- ¿Médico? Ese no es médico. Es un partero matasanos. ¿A vos te parece, en estas épocas, con todos los inventos que hay y un inconsciente se pasa con la anestesia?

 

MARIO.- ¡Qué país trucho! Lleno de delincuentes, de inconscientes, de malandras. Y mirá que no voy a empezar con el discurso de mi papá ni el de mi abuelo. Ya en nuestra época las cosas eran distintas a la de ellos, pero teníamos un poco de moral, de dignidad, de honestidad. ¿Vos viste cómo las cosas cambiaron, no?

 

SUSANA.- Sí, Mario. Vi. Ver, vi. Pero eso qué tiene que ver. Los tiempos han cambiado como bien decís. Ahora es imposible vivir en paz. Antes pasaban cosas en la calle como pasan ahora... pero...

 

MARIO.- Sí, pero adentro de su casa uno podía construir un mundo, no sé como decirlo, un mundo... Eso, un mundo aparte.

 

SUSANA.- Y mejor. Pero te destruyen las ilusiones, te las destruyen de a poco y te llevan a situaciones como las nuestras. Una pareja que desesperada, humillada, sumergida en la desesperanza decide cometer la atrocidad de matar a sus tres hijos y luego suicidarse. (Se abrazan, primero tímidamente, luego con ganas. Se mirán. Están tristes. Pausa. Bajan las luces. Vuelven a subir)

 

 

 

ESCENA VII

 

 

SUSANA.- (Le pone precios a los muebles con papelitos que va pegando con cinta scotch) ¿Vos crees que habrá gente en este barrio que vaya a comprar estos muebles?

 

MARIO.- Con esos precios que les estás poniendo, no. Pero no me parece importante eso ahora.

 

SUSANA.- ¿Y qué te parece importante? Antes querías que te ayude con los precios de los muebles.

 

MARIO.- Pensaba... si hicimos bien.

 

SUSANA.- ¿Qué cosa?

 

MARIO.- Lo de los chicos.

 

SUSANA.- Se nos murieron, Mario. Una desgracia. Nadie lo hubiera querido así...

 

MARIO.- ¿Me estas cargando? Estas hablando conmigo, Susana. No se nos murieron. Dejamos que murieran. (Pausa) ¿”Nadie lo hubiera querido así”? ¿Qué sos, chistosa, ahora?

 

SUSANA.- Sí, Mario. Hicimos bien. Si eso era lo que me estabas preguntando, creo que hicimos bien. Estoy segura que hicimos bien.

 

MARIO.- Bueno, tal vez, todo esto que nos pasó... que nos desalojen, no tener un mango, estar sin trabajo tanto tiempo.. todo eso haya servido para que ahora estemos seguros de que hicimos lo mejor.

 

SUSANA.- Es verdad. Pensemos en otra cosa, ahora.

 

MARIO.- Esta bien. Pensemos cómo vamos a matarnos vos y yo. ¿Te diste cuenta que nunca dijimos quién mata a quién y cuál de los dos es el que se suicida? (Larga pausa)

 

SUSANA.- Tenés razón.

 

MARIO.- (Pensativo, como en otra cosa) Mmmsé.

 

SUSANA.- (Se da cuenta que Mario está disperso) ¿En qué pensás?

 

MARIO.- No, nada. ¿Qué sé yo? Pavadas. A esta altura, pavadas.

 

SUSANA.- Dijiste tantas en tanto tiempo, que una más...

 

MARIO.- No, en serio. Si querés te digo en qué pensaba.

 

SUSANA.- Decime. Dale.

 

MARIO.- Me preguntaba si en todos estos años, en toda tu vida, alguna vez, al menos un momento, un instante... (pareciera que le da vergüenza decirlo)

 

SUSANA.- ¿Qué?

 

MARIO.- Si fuiste feliz. Si tuviste al menos, un momento de felicidad.

 

SUSANA.- (pensativa) Cuando decís felicidad... decís...

 

MARIO.- Sí, felicidad. Con mayúsculas. Felicidad en serio. Pero aunque sea un momento.

 

SUSANA.- Claro. ¿Te acordás? Esa vez fui realmente feliz. El momento más feliz de mi vida.

 

MARIO.- ¿Cuándo? ¿Cuál?

 

SUSANA.- Acordate. Cine Ambassador. Dos de la tarde. Ella (se señala a sí misma) era tan joven. Una niña, casi. Y hermosa. Y él, bueno él era tan buen mozo. Tan joven, también. Él la había citado a las dos de la tarde porque la película empezaba a las dos y cuarto. “Alto, rubio y con un zapato azul”. ¿Te acordás? Así se llamaba la película.

 

MARIO.- Negro.

 

SUSANA.- ¿Qué?

 

MARIO.- Que el zapato era negro.

 

SUSANA.- ¿”Alto, rubio y con un zapato negro”? Hubiera jurado que era azul.

 

MARIO.- Negro, era.

 

SUSANA.- Bueno, negro, pero no importa. Lo cierto es que ella llegó quince minutos tarde y entraron cuando la película ya estaba empezada.

 

MARIO.- Los cortos y el noticiero. La película en sí, no había empezado.

 

SUSANA.- Tenés razón. Te acordás mejor que yo.

 

MARIO.- Sí. Parece.

 

SUSANA.- Bueno. La chica y el chico entraron al cine cuando ya habían comenzado los cortos. A oscuras. Él, con la excusa de que no se veía nada, la tomó de la mano y le dijo al oído: “Vení, seguime, confiá en mí”. Confiá en mí. Confiá en mí. Y ella confió. Se sentaron. Mientras los cortos o el noticiero, él aprovechó para decirle lo linda que estaba, lo hermoso que le quedaba ese minishort celeste, apretadito, al cuerpo, esa remerita desteñida con lavandina y esos soquetes y esas zandalias. Hay que reconocer que él también estaba hermoso. Vaqueros ajustados, bombilla. ¿Nevados? ¿Eran nevados?

 

MARIO.- No sé. Bah, no me acuerdo. No. Eso fue después. Los nevados fueron después.

 

SUSANA.- Estaba hermoso. Bueno, pero viene la película. De amor.

 

MARIO.- Pará, Susana, estás exagerando. Yo sé que querés darle romanticismo a la historia, pero... La película era de humor, era una película cómica.

 

SUSANA.- ¿Sí? Ah, yo la recordaba como una película de amor.

 

MARIO.- No, ella quería ver una de amor, pero él eligió una cómica.

 

SUSANA.- Debe ser por eso que él no la tocó, ni le dijo nada durante la película. Si era cómica... Pero cuando las luces del cine se prendieron, él le dijo: “Es un continuado, quedémonos de vuelta”. “¿Para verla de nuevo?”, dijo ella. “¿Tanto te gustó?” “No”, dijo él. “Para hablar, bajito para no molestar a los demás”. Mirá que tierno que era. Para hablar.

 

MARIO.- (Sarcástico) Y hablaron.

 

SUSANA.- (Risueña) Sí, hablaron. Qué manos que tenía, y que labios. Al principio ella no sabía que hacer con las manos, si taparle los labios para que él dejara de besarla tanto o agarrarle las manos para que dejara de tocarle las piernas o apretarle el corpiño. Hasta que ella se dio cuenta que estaba feliz, que estaba viviendo un momento hermoso y se dejó llevar, y él la llevó y pasaron la tarde más hermosa que ella recuerde en la vida. (Pausa) Ese. Ese. Sí, Mario. Ese fue el momento más feliz de mi vida. Un instante, como decías vos. Pero fue. (pausa) ¿Te acordás, Mario? ¿Te acordás, amor?

 

MARIO.- Sí, vos misma ya dijiste que yo me acuerdo mejor que vos. ¿Cómo no me voy a acordar? Si me lo contaste mil veces, con lujos de detalles. ¿Cómo se llamaba el tipo?

 

SUSANA.- Ah, de eso no te acordás. Eugenio. Eugenio, se llamaba. Mi primer novio. ¡Que lindo que era!

 

MARIO.- Sí, se me había borrado. Eugenio. Debe ser puto ahora. Eugenio es nombre de puto.

 

SUSANA.- Pero ¿qué sabés vos de nombres? Callate la boca, querés. No ofendas un recuerdo tan hermoso.

 

MARIO.- No, está bien. Perdoná. Pero cuando te pregunté por lo del momento feliz, pensé que recordarías otro. Como a lo largo del tiempo uno empieza a valorar momentos que antes no... No sé, algo de tu infancia. Si sabía que era para escuchar este de nuevo... Pero bueno, ya está. No le demos más vueltas. (Larga pausa)

 

SUSANA.- Bueno...

 

MARIO.- Sí, claro. Volvamos a lo nuestro. (Pausa) ¿Quién de los dos se suicida primero? Seguimos sin decidirlo.

 

SUSANA.- Tenés razón. Podríamos suicidarnos los dos juntos. A la vez.

 

MARIO.- ¿Cianuro?

 

SUSANA.- ¿De dónde lo sacamos? Además, debe ser carísimo. Y no sabemos las cantidades y esas cosas.

 

MARIO.- Tenés razón.

 

SUSANA.- La idea de incendiar la casa no estaba mal.

 

MARIO.- Salvo que es una muerte muy lenta.

 

SUSANA.- El fuego es implacable.

 

MARIO.- El fuego mata todo. Hasta los gérmenes. Fijate que cuando hay epidemias o cosas por el estilo queman los cadáveres y la ropa. ¿Sabías eso?

 

SUSANA.- Además, el fuego podría propagarse y quemar a las casas cercanas. Me imagino la noticia en el diario. Una familia entera muerta, fue el saldo de un incendio en una casa de una barrio consolidado de la zona sur. Todo comenzó pasada la media tarde cuando los vecinos de la zona detectaron una gran columna de humo que salía de la parte superior de la precaria vivienda y las llamas comenzaban a extenderse hacia las casa linderas.  Los pesquisas aún tratan de determinar las causas del siniestro y la identidad de los cadáveres calcinados. (Pausa) No soportaría, en el más allá, los reclamos de los vecinos. Son unos pesados en vida, ¿te los imaginás muertos?

 

MARIO.- Muertos. (larga pausa)

 

SUSANA.- Muertos. (larga pausa)

 

MARIO.- ¿Vos creés que lo pensamos bien?

 

SUSANA.- No sé, Mario. Vos estabas tan seguro.

 

MARIO.- Pero reconocé que la que empezó con todo este tema fuiste vos.

 

SUSANA.- Ya sé, ya sé. (Larga pausa)

 

MARIO.- ¿Qué sé yo? Por ahí, alguno, no digo todos, pero alguno de tus otros sueños se puedan cumplir. Alguno, al menos.

 

SUSANA.- Las manualidades. Podría dedicarme a hacer veladores con botellas lindas y raras.

 

MARIO.- Yo me encargo de la parte eléctrica. (Pausa)

 

SUSANA.- Ahora que no están los chicos, lo del desalojo no es tan grave. En algún lado nos vamos a meter.

 

MARIO.- Como cuando recién nos casamos que vivíamos en un dos por dos.

 

SUSANA.- Ahora será una pensión, una pieza de Hotel en el Once. Algo.

 

MARIO.- Hasta que la cosa mejore. (Pausa)

 

SUSANA.- (Como en otra cosa) Hasta que la cosa mejore. (Pausa)

 

MARIO.- Es verdad.

 

SUSANA.- ¿Qué cosa?

 

MARIO.- Que sin chicos podemos pensar en otras posibilidades.

 

SUSANA.- Sí. ¿Viste que cuando los chicos son grandes y se  van, los matrimonios se quedan solos y empiezan como una nueva vida?

 

MARIO.- Es como darse otra oportunidad. (Pausa)

 

SUSANA.- Y, Mario... ¿Son muy caras las Chivas?

 

MARIO.-  ¿Las Chivas? Una en buen estado sí. Son casi de colección.

 

SUSANA.- Qué lástima. (Pausa)

 

MARIO.- (Piensa, luego dice:) Pero también se puede comprar una que esté más o menos y se la puede ir levantando de a poco.

 

SUSANA.- Vos sos mecánico. Y bueno y te podés dar maña. De a  poco la vas levantando.

 

MARIO.- Sí, puede ser. (Pausa) Ginebra no va a faltar. Y tal vez algo para comer. Le hago el tren delantero al Citroën de González, que ya no da más, y le pido que se afane algo para morfar del almacén de la suegra. (Pausa) Sí, puede ser.

 

SUSANA.- Conseguí una Chiva. No sé, Con lo de los muebles y, tal vez, con lo que vaya entrando de la venta de los veladores, se pueda comprar una Chiva.

 

MARIO.- Por ahí, una hecha pelotas, pero de a poquito la voy levantando. Hay desarmaderos, chatarrerías, lugares en que se pueden conseguir pedazos e ir armándola de a poco.

 

SUSANA.- Conseguí una Chiva, Mario.

 

MARIO.- ¿Consigo una Chiva?

 

SUSANA.- Yo te pinto los caballitos en degradé.

 

MARIO.- Después de todo...

 

SUSANA.- Sí, ya sé lo que vas a decir.

 

MARIO.- ¿Qué?

 

SUSANA.- Después de todo, hay tanta gente que no puede tener hijos.

 

MARIO.- Sí, en aquella época te lo decía a cada rato.

 

SUSANA.- ¿Cuándo?

 

MARIO.- Cuando empezamos con lo de los chicos.

 

SUSANA.- Sí. Tenés razón.

 

MARIO.- No quedar embarazada le pasa a tantas mujeres...

 

SUSANA.- Somos dos, siempre fuimos dos, pero somos una familia al fin y al cabo, ¿no?

 

MARIO.- Una familia... (pausa) Igual te doy la razón en una cosa.

 

SUSANA.- ¿En qué?

 

MARIO.- Laura, Juan y Manuel hubieran sido lindos nombres.

 

SUSANA.- (Se acerca, lo abraza) Conseguí una Chiva. Conseguí una Chiva y la levantamos de a poco, que yo te pinto los caballitos en degradé. Yo te los pinto. (Lo abraza)

 

MARIO.- (como iluminado) Burkinés.

 

SUSANA.- ¿Qué?

 

MARIO.- El habitante de Burkina Faso. Burkinés. Ese es el gentilicio. (Susana va ansiosa hacia donde había dejado el crucigrama) Burkinés, ocho letras, empieza con b larga.

 

SUSANA.- (Que ha tomado el crucigrama) Tenés razón, burkinés. (Escribe)

 

MARIO.- Dale, ¿cuál te falta? Dale, que te ayudo.

 

APAGÓN

 

 

 

Daniel Dalmaroni – Tel. (011) 4383-4775 – e-mail: danieldalmaroni@hotmail.com

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