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CAFÉ…¿TEATRO?

de Francisco Compañ

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 

CAFÉ…¿TEATRO?

 

de Francisco Compañ Bombardó

 

currocompan@yahoo.es  

 

PERSONAJES:

(Por orden de intervención.)

 

                                                           DON JOSÉ

                                                           PEDRO

                                                           CAMARERO (Los dos camareros lo hace el mismo actor)

                                                           ROSA

 

                                              

ACTO PRIMERO

 

Al levantarse el telón la escena representa la terraza de una cafetería. En una tela de fondo se dibuja la cafetería. Es media tarde de un día primaveral. Una mesa, dos cafés, dos sillas y dos personas, DON JOSÉ y PEDRO.

 

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            DON JOSE.- (Tomando un sorbo y dejando, de nuevo, la taza sobre la mesa.) Desde luego, el café de ahora ya no es como el de mi tiempo.

 

            PEDRO.- ¿Ya no es este su tiempo? ¿Cuándo dejó su tiempo de ser su tiempo? Y entonces, ¿el tiempo que vive ahora como lo llamamos? ¿El post-tiempo?

 

            DON JOSE.- Mi tiempo fue cuando era joven y tenía tu edad. Cuando corría detrás de las chicas y delante de sus padres. Ahora ya no podría hacerlo.

 

            PEDRO.- ¡Por supuesto que sí! Los padres de aquellas criaturas habrán pasado a mejor vida.

 

            DON JOSE.- ¿Mejor vida que ésta?

 

            PEDRO.- El que se va nunca vuelve.

 

            DON JOSE.- Porque se van sin un duro; y, luego, no tienen para el billete de vuelta.

 

            PEDRO.- ¿Y cómo sabe usted, Don José, que no tienen dinero para la vuelta si nadie ha podido volver para decirlo?

 

            DON JOSE.- Mira, Pedro, hoy día con el internet todo se sabe.

 

            PEDRO.- Usted cuando no sabe qué responder siempre dice lo mismo: “Con el internet todo se sabe”. ¿Y cómo lo sabe?

 

            DON JOSE.- Por el internet.

 

            PEDRO.- ¿Sabe navegar por internet?

 

            DON JOSE.- Por la mar, que es más peligroso.

 

            PEDRO.- Más que internet, no. Se lo aseguro. Con internet puede entrarle cualquier virus; sin vacunas, y sin avisar.

 

            DON JOSE.- Una vez entré en internet y me echaron.

 

            PEDRO.- ¿Cómo le van a echar de internet, Don José?

 

            DON JOSE.- Me echó mi nieto, que quería tomar unos chatos con una amiga que tiene en México. ¿Cómo puede tener una amiga en México si nunca ha salido de España?

 

            PEDRO.- ¿Y si nunca ha salido de España cómo es que es de México?

 

            DON JOSE.- Le habrán dado la nacionalidad por buena conducta.

 

            PEDRO.- O simplemente, le habrán dado la nacionalidad. (Toma un sorbo de su taza.) Pues a mí este café me encanta. Es donde mejor lo hacen de la ciudad.

 

            DON JOSE.- ¿Quién te ha dicho semejante tontería?

 

            PEDRO.- Nadie.

 

            DON JOSE.- ¿Tu has estado en todas las cafeterías de la ciudad?

 

            PEDRO.- Pues no...

 

            DON JOSE.- Entonces, ¿cómo puedes decir eso?

 

            PEDRO.- Es una manera de hablar.

 

            DON JOSE.- (Refunfuñando.) Una manera de hablar… Una manera de hablar… Los jóvenes, ahora, tenéis una manera de hablar muy rara. Decís las cosas muy a la ligera.

 

            PEDRO.- ¿Cuál es el lugar más bonito del mundo?

 

            DON JOSE.- Palencia. Donde nací.

 

            PEDRO.- (Con retintín) ¿Cómo puede decir eso?

 

            DON JOSE.- Con la boca bien grande, y lleno de orgullo.

 

            PEDRO.- ¿Pero ha estado usted en todos los lugares del mundo?

 

            DON JOSE.- Uno sabe cuando un lugar es más bonito que ningún otro.

 

            PEDRO.- ¿Ah si? ¿Cómo se sabe?

 

            DON JOSÉ.- Ya te lo dije antes. Por internet.

 

            PEDRO.- Antes me dijo que solo estuvo en internet una vez.

 

            DON JOSÉ.- Pero no te dije por cuánto tiempo, querido Pedro.

 

            PEDRO.- No me líe, Don José.

 

            DON JOSÉ.- Te lías tu solo. Y hablando de solo, ¿sigues solo ¿

 

            PEDRO.- ¿En dónde?

 

            DON JOSÉ.- En ningún sitio.

 

            PEDRO.- Ahí estoy acompañado.

 

            DON JOSÉ.- ¿Y tienes novia?

 

            PEDRO.- No tengo tiempo. El trabajo me absorbe la mitad de mi tiempo.

 

            DON JOSÉ.- ¿Y la otra mitad?

 

            PEDRO.- En cierta ocasión la perdí, y no sé que ha sido de ella.

 

            DON JOSÉ.- Esa mitad es importante que la recuperes. Es tu tiempo libre.

 

            PEDRO.- Ya ve usted, Don José, hacía meses que no me sentaba a tomar un café tranquilito.

 

            DON JOSÉ.- Deberías de cogerlo como costumbre. Sentarse en una terraza y tomar café es dar un descanso a la vida.

 

            PEDRO.- Ya. Pero no tengo tiempo.

 

            DON JOSÉ.- Pero a qué te dedicas.

 

            PEDRO.- Soy economista.

 

            DON JOSÉ.- ¿Terminaste la carrera? Nunca lo hubiera imaginado.

 

            PEDRO.- Ni yo que este trabajo fuera tan agobiante. Cuando estudias nadie te dice exactamente de qué va la carrera.

 

            DON JOSÉ.- Cuando yo estudié medicina ya sabía que era para tratar con enfermos. Para curarlos. Después descubres que no los puedes curar a todos; y te entran las dudas.

 

            PEDRO.- Yo ahora estoy con las dudas.

 

            DON JOSÉ.- ¿Con todas?

 

            PEDRO.- Depende del día de la semana.

 

            DON JOSÉ.- ¿Los fines de semana también?

 

            PEDRO.- También. Me persiguen todas.

 

            DON JOSÉ.- (Irónico.) Si tuvieses el mismo éxito con las mujeres otro gallo cantaría.

 

            PEDRO.- Pero las que me persiguen son las dudas y no las chicas.

 

            DON JOSÉ.- ¿Cuál es la diferencia?

 

            PEDRO.- Que me siento acosado.

 

            DON JOSÉ.- ¿Y cuál es la diferencia?

 

            PEDRO.- ¿Nunca se ha sentido acosado, Don José?

 

            DON JOSÉ.- Muchas veces.

 

            PEDRO.- Y qué ha hecho. ¿Huir?

 

            DON JOSÉ.- No.

 

            PEDRO.- ¿Subirse al monte y gritar?

 

            DON JOSÉ.- No digas sandeces, Pedro.

 

            PEDRO.- ¿Entonces?

 

            DON JOSÉ.- Muy sencillo. Me sentaba en una terraza a tomar café.

 

            PEDRO.- ¿En serio? ¿Así se enfrenta a los problemas?

 

            DON JOSÉ.- Pedro, hijo, estamos en España. Tienes que saber que aquí existe la cultura del café.

 

            PEDRO.- No se quede conmigo…

 

            DON JOSÉ.- Tantos estudios y tan poca vida.

 

            PEDRO.- ¿A qué se refiere?

 

            DON JOSÉ.- ¿Cuándo estabas en la facultad no hacías novillos para irte a la cafetería?

 

            PEDRO.- No.

 

            DON JOSÉ.- ¿No quedabas con la chica que te gustaba para tomar café?

 

            PEDRO.- Las que me gustaban siempre decían “no” a todo.

 

            DON JOSÉ.- ¿Ni siquiera quedabas con un amigo para contarle que eras un centollo con las mujeres?

 

            PEDRO.- Para nada. En mi época de estudiante me dedicaba a estudiar.

 

            DON JOSÉ.- Y ahora que es tu época de trabajador te dedicas a trabajar.

 

            PEDRO.- Efectivamente.

 

            DON JOSÉ.- Y cuando sea tu época de jubilado qué vas a hacer. ¿Jubilar?

 

            PEDRO.- Pues…

 

            DON JOSÉ.- Te estás jubilando ahora, sí; pero de la vida. En esas fases de la vida se te olvidó vivir.

 

            PEDRO.- Pero mi obligación de estudiante era estudiar; y de trabajador es trabajar.

 

            DON JOSÉ.- Y de estar vivo, vivir. Es como el que viaja en tren y echa las cortinas. Viaja, sí. Pero no disfruta del paisaje. ¿Lo entiendes?

 

            PEDRO.- Sí. Otro panoli al que han dado ventanilla con sol.

 

            DON JOSÉ.- No has cambiado nada. (Toma un sorbo.) (Al público.) Sigue igual de avispado.

 

            PEDRO.- ¿Decía?

 

            DON JOSÉ.- Cosas de viejo. (Toma otro sorbo.) Menos mal que nos hemos encontrado a tiempo.

 

            PEDRO.- No entiendo.

 

            DON JOSÉ.- Que todo el café que no has tomado de joven lo vas a tomar ahora. ¿Qué te parece?

 

            PEDRO.- Que voy a dormir poco.

 

            DON JOSÉ.- En pequeñas dosis es muy saludable. Te lo digo yo, que soy médico.

 

            PEDRO.- Pero usted ya se retiró. Sólo se dedica a dar clases en la universidad.

 

            DON JOSÉ.- El que es médico lo es para toda la vida. Lo primero que vamos a hacer es que vengas todas las semanas a esta cafetería.

 

            PEDRO.- Si llueve o truena, ¿también?

 

            DON JOSÉ.- Si llueve o truena te metes en el velador, hombre.

 

            PEDRO.- No había caído.

 

            DON JOSÉ.- (Resignado.) Ya.

 

            PEDRO.- Y por dónde empezamos.

 

            DON JOSÉ.- Lo primero que hay que tener es tiempo. Tú en eso estás al cincuenta por ciento.

 

            PEDRO.- Correcto.

 

            DON JOSÉ.- ¿Te gusta alguna chica?

 

            PEDRO.- Eso no tiene nada que ver con el café.

 

            DON JOSÉ.- Es para que la invites.

 

            PEDRO.- Ahora mismo no me gusta ninguna en particular. Ya le dije que estoy liadillo en el trabajo.

 

            DON JOSÉ.- Sí. Algo oí. Pero no te preocupes por ello.

 

            PEDRO.- No me preocupo. Pero ahora que ha sacado el tema pues me fastidia.

 

            DON JOSÉ.- (Tras un sorbo.) Creo que tengo la solución. Te puedo arreglar una cita con una chica.

 

            PEDRO.- ¿Está usted loco?

 

            DON JOSÉ.- Pon una mujer en tu vida y te olvidarás hasta de trabajar. Además, sólo sería un café, Pedro. Técnicamente no es una cita.

 

            PEDRO.- Técnicamente, no; pero prácticamente, sí.

 

            DON JOSÉ.- ¿Qué te parece la idea?

 

            PEDRO.- (Sosteniendo su taza.) Absurda.

 

            DON JOSÉ.- ¿Y además de eso?

 

            PEDRO.- Una locura.

 

            DON JOSÉ.- Eso ya lo has dicho antes.

 

            PEDRO.- (Aturdido.) No sé… Debo pensarlo.

 

            DON JOSÉ.- ¡¡Nada que pensar, hombre!! Las cosas que se piensan no salen. ¿Tú crees que si hubiese pensado donde se metía Cristóbal Colón hubiese descubierto América? Aceptas y ya está.

 

            PEDRO.- Pero…

 

            DON JOSÉ.- No hay peros que valgan, Pedro. ¿Cuándo te viene bien?

 

            PEDRO.- Pues no sé… Tendría que consultar mi agenda.

 

            DON JOSÉ.- No antepongas el trabajo a una cita. Regla número uno.

 

            PEDRO.- ¿No dijo que no era una cita?

 

            DON JOSÉ.- ¿Yo dije eso? Estoy chocheando.

 

            PEDRO.- Y ya que estoy medio convencido, cuénteme, Don José, ¿cómo es? ¿a qué se dedica? ¿cuántos años tiene? ¿dónde vive?

 

            DON JOSÉ.- En esta ciudad, “atontao”. ¡No va a vivir en Luxemburgo! (Mientras se levanta y deja el dinero sobre la mesa.) Y por lo demás no te preocupes; es una chica muy simpática.

 

            PEDRO.- ¿Simpática? Eso quiere decir que es fea.

 

            DON JOSÉ.- Bueno, Pedrito, me he alegrado mucho de verte.

 

            PEDRO.- Pero cómo se va a ir así.

 

            DON JOSÉ.- Caminando; como he venido. Ya tendrás noticias mías para concretar la cita. (Hace mutis.)

 

            PEDRO.- (A sí mismo.) A que me está preparando una cita a ciegas y no me estoy dando cuenta.

 

TELÓN

 

 

ACTO SEGUNDO

 

            Mismo escenario. En esta ocasión sólo está PEDRO, sentado en una de las mesas. Viste un traje de chaqueta y porta un libro que deja sobre la mesa. Sale el camarero.

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            CAMARERO.- Buenas tardes.

 

            PEDRO.- Buenas.

 

            CAMARERO.- ¿Qué le pongo?

 

            PEDRO.- De momento nada. Gracias.

 

            CAMARERO.- Eso no puede ser.

 

            PEDRO.- Cómo que no. El cliente siempre tiene razón.

 

            CAMARERO.- Pero usted no es cliente.

 

            PEDRO.- ¿Ah no? ¿Qué soy? ¿Un ciprés?

 

            CAMARERO.- Ya le gustaría, ya. ¿Es usted religioso?

 

            PEDRO.- Soy economista.

 

            CAMARERO.- Entonces jamás llegará a ser un buen ciprés. Los cipreses creen en Dios. De todos modos algo tiene que consumir, caballero. Esto no es un banco del parque.

 

            PEDRO.- Voy a consumir; pero cuando llegue mi acompañante.

 

            CAMARERO.-Es que si no consume no es usted cliente.

 

            PEDRO.- (Complaciente.) Está bien. No soy cliente suyo. ¿Contento?

 

            CAMARERO.- No mucho, señor. Las sillas y las mesas de la terraza sólo las pueden usar los clientes.

 

            PEDRO.- ¿Y qué hay que hacer para ser cliente?

 

            CAMARERO.- Oh, es muy sencillo. Pedirme algo.

 

            PEDRO.- Entonces le pide encarecidamente que se marche y no me moleste hasta que venga mi acompañante.

 

            CAMARERO.- ¿Y la mala leche se la pongo con mucho o con poco café?

 

            PEDRO.- Ah, no había caído en eso. Lo voy a ir pensando.

 

            CAMARERO.- Está bien. Cuando lo haya decidido me llama. (Se retira haciendo mutis.)

 

            Queda solo PEDRO en escena. Hace ver como si por delante de él  pasearan las gentes por la calle. Comienza a preguntarse cómo y quién será su cita a ciegas.

 

            PEDRO.- (Para sí mismo.) ¡¡Por fin!! Creí que nunca se marchaba. (Mira hacia un lado y al otro.) Y esta chica, ¿por dónde vendrá? ¿cómo será? ¿me gustará? ¿le gustaré?... ¡¡Dios!! No debí haber hecho caso nunca a Don José. Parezco un quinceañero. (Mira a un lado, fijándose en una de las supuestas personas que pasean; le sigue con la cabeza.) Ésta va a ser; ésta va a ser… (La supuesta persona pasa de largo.) Pues no. No era. Creí que me daba algo. Tengo palpitaciones y todo. ¡¡Quién me mandaría a mí!! (Se fija en otra supuesta chica que pasa.) Ahí viene otra. (Suplicando.) Que no sea ésta; que no sea ésta. No me gusta… ¡¡Es horrorosa!! Pero va a ser ésta. Mírala. Si viene para acá. ¡¡Tierra trágame!! (Vuelve la cabeza hacia otro lado, pero mira de reojo a la supuesta chica.) Que viene… Que viene… (Pasa de largo. Respira aliviado.) Menos mal. Que mal rato. A mí me da algo. (Se seca la frente con un pañuelo.) Con lo tranquilo que yo estaría en mi casa con mis libros. (Vuelve a clavar la vista en otra imaginaria transeúnte.) ¡¡Hala mi madre!! Que sea ésa. Que sea ésa. Dios mío si es ésa voy todos los domingos y fiestas de guardar a misa. (La sigue con la mirada, viendo que pasa de largo.) Vaya, hombre. (Mirando hacia arriba.) ¿Qué te hubiese costado que se sentase aquí?

 

            El CAMARERO vuelve a salir.

 

            CAMARERO.- ¿Ya ha decidido el señor?

 

            PEDRO.- (Que no ha notado la presencia del CAMARERO. Sobresaltado.) ¡¡Ah!! ¿El qué?

 

            CAMARERO.- Lo del café. (Se inclina un poco hacia PEDRO.) Aunque fijándome bien, lo que le vendría bien es una tila.

 

            PEDRO.- ¿Se me nota mucho?

 

            CAMARERO.- Una pizca. ¿A quién espera? ¿A un ministro?

 

            PEDRO.- Peor.

 

            CAMARERO.- Al presidente.

 

            PEDRO.- ¡¡Sí hombre!! Al de mi comunidad. No te digo…

 

            CAMARERO.- ¿Ve usted? Nunca fallo. Es usted morosillo, ¿eh?

 

            PEDRO.- No.

 

            CAMARERO.- Y ha quedado aquí con el presidente para sobornarle. ¿Me permite que le dé un consejo?

 

            PEDRO.- (Apoyando su cara sobre la palma de la mano. Con desgana.) Adelante.

 

            CAMARERO.- Que el dinero del soborno lo use para pagar sus deudas poco a poco. A no ser que… le vaya a pagar de otra manera.

 

            PEDRO.- ¿Qué insinúa?

 

            CAMARERO.- Yo no opino nada. No me gusta meterme en la vida de los demás.

 

            PEDRO.- Hace bien. Puede que esté el suelo fregado.

 

            CAMARERO.- Ya le han desaparecido los sudores.

 

            PEDRO.- Y por qué no los imita y desaparece usted también.

 

            CAMARERO.- No puedo, señor.

 

            PEDRO.- ¿Y eso?

 

            CAMARERO.- Aún no me ha dicho lo que quiere.

 

            PEDRO.- Otra vez… Le repito que quiero que se marche.

 

            CAMARERO.- Ya me gustaría. Pero si abandono mi puesto de trabajo a mi jefe no le va a hacer gracia. ¿Por qué no quiere pedirme algo? Me refiero a algo comestible.

 

            PEDRO.- Si se lo voy a pedir, pero cuando llegue mi cita.

 

            CAMARERO.- ¿Su cita? ¿Tiene una cita?

 

            PEDRO.- ¿Qué pasa?

 

            CAMARERO.- Sudaba porque tiene una cita; no por sus deudas.

 

            PEDRO.- ¡¡Admirable!! ¡¡Enhorabuena!! ¿Lo ha adivinado usted solito?

 

            CAMARERO.- Y por los sudores de antes deduzco que debe ser de las primeras.

 

            PEDRO.-No es de las primeras. Es la primera, Sherlok Holmes.

 

            CAMARERO.- ¡¡Acabáramos!! Eso lo explica todo.

 

            PEDRO.- ¿Todo?

 

            CAMARERO.- Y qué, ¿le ha dado plantón?

 

            PEDRO.- Lo cierto es que he llegado un poco antes.

 

            CAMARERO.- Y si llega a una hora concreta, ¿por qué llega antes?

 

            PEDRO.- Hay que ser puntual. Al menos al principio.

 

            CAMARERO.- Tan impuntual es el que llega antes como el que llega después. Puntual es el que llega “en punto”.

 

            PEDRO.- Prefiero que me esperen a hacer esperar.

 

            CAMARERO.- El que espera desespera.

 

            PEDRO.- Oiga.

 

            CAMARERO.- Dígame.

 

            PEDRO.- ¿No tiene más mesas que servir?

 

            CAMARERO.- (Mirando a su alrededor.) Pues no. Están todas completas, controladas y con-su-mien-do. Pero por ser hoy su primera cita le voy a dejar un ratito sin tomar nada. ¿A qué hora ha quedado?

 

            PEDRO.- A las cinco y media.

 

            CAMARERO.- (Mira el reloj.) Algo tienen en común. Son los dos igual de impuntuales.

 

            PEDRO.- Cómo se atreve a hablar así a un cliente.

 

            CAMARERO.- Usted no es cliente. No consume.

 

            PEDRO.- Es que estoy un poco nervioso.

 

            CAMARERO.- Suele pasar en la primera cita. Ninguno de los dos se comporta tal y como es.

 

            PEDRO.- Debe haber visto muchas primeras citas por aquí, ¿verdad?

 

            CAMARERO.- ¡¡Uff!! Más de las que se figura. Si yo le contara…

 

            PEDRO.- Cuente… Cuente…

 

            CAMARERO.- Un camarero jamás cuenta nada. Es como un sacerdote.

 

            PEDRO.- Que se quedan con el bote, vamos.

 

            CAMARERO.- Guardamos el secreto de confesión.

 

            PEDRO.- Pero algo me podría contar. Dígame, al menos, algún truquillo de sus años de experiencia.

 

            CAMARERO.- Tengo una teoría. Todo lo que ocurre en la primera cita no sirve para nada. La importante es la segunda.

 

            PEDRO.- (Dudando de la teoría.) ¿En serio que tiene experiencia en esto?

 

            CAMARERO.- Mi trabajo consiste en observar. La primera cita es un trámite necesario para llegar a la segunda. Es como en los coches; la primera no sirve de nada.

 

            PEDRO.- Yo tengo un amigo que nunca pasa de la primera.

 

            CAMARERO.- Jamás conseguirá el carné de conducir.

 

            PEDRO.- Nunca ha conducido.

 

            CAMARERO.- De cualquier forma no la trate de manera cursi. Tampoco sea grosero. En definitiva, haga lo que pueda.

 

            PEDRO.- Lo dice usted como si fuese a torear a seis miuras.

 

            CAMARERO.- Ya verá que cuando llegue ella usted le va a decir que acaba de llegar, para que no se sienta mal.

 

            PEDRO.- No, no. Ante todo sinceridad. Le diré el tiempo que llevo esperando.

 

            CAMARERO.- Es lo que va a hacer. ¿A que se va a levantar cuando venga?

 

            PEDRO.- Es lo correcto.

 

            CAMARERO.- Corre el riesgo de que lo vea demasiado correcto. ¿Y si prefiere un revolucionario?

 

            PEDRO.- Pues nos iremos sin pagar.

 

            CAMARERO.- ¡Ah no! Eso sí que no. ¡Competencia desleal, no! Cuando llegue la hora de pagar, ¿quién lo va a hacer? ¿usted? ¿ella? ¿o a escote?

 

            PEDRO.- (Dubitativo.) Había pensado en invitarla yo.

 

            CAMARERO.- (Irónico.) Estupendo. Quedará usted como un machista que cree que el hombre lo paga todo.

 

            PEDRO.- Entonces dejaré que pague ella.

 

            CAMARERO.- (De nuevo irónico.) Maravilloso. No hay nada mejor que darte cuenta en la primera cita de que has quedado con un hombre que solo te quiere por tu dinero.

 

            PEDRO.- ¿Qué le parece “a escote”?

 

            CAMARERO.- Me parece un invento maligno. ¿Usted le va a preguntar que si pagan a medias? Va a quedar esplendido.

 

            PEDRO.- Ve como usted incita a hacer un “simpa”.

 

            CAMARERO.- ¿Un “simpa”?

 

            PEDRO.- Sí, hombre, un irse sin pagar. (Ríe.)

 

            CAMARERO.- Si usted hace eso yo le hago un “toma”.

 

            PEDRO.- ¿Un “toma”?

 

            CAMARERO.- Un toma castañazo que le endiño. (Ríe.)

 

            PEDRO.- No se apure. No sé quién, pero alguien le va a pagar.

 

            CAMARERO.- En fin, le voy a dejar. Que vaya a ser que venga y me pille hablando con usted. Eso sí que le daría mala impresión.

 

            PEDRO.- Por lo del escalafón social no se preocupe. Yo soy muy liberal.

 

            CAMARERO.- Me refiero en que han quedado en un lugar neutral… (Viendo la cara de culpabilidad de PEDRO.) Por que han quedado en un lugar neutral, ¿no?

 

            PEDRO.- Defina neutral.

 

            CAMARERO.- Mejor me marcho. (Hace mutis.)

 

            PEDRO.- (Hablando solo.) Sí, eso. Márchese y déjeme solo con mis dudas y mis conflictos. (Mientras habla una chica se para detrás suya –es ROSA-. Él no se da cuenta.) Déjeme solo en esta batalla. Después seguro que se quiere enterar de todo. (Se da cuenta que está hablando solo.) ¡¡Ay Dios mío!! Si estoy hablando solo. ¿Estaré loco?

 

            ROSA.- Al contrario, le sucede a mucha gente.

 

            PEDRO.- (Dándose la vuelta y mirando extrañado a la chica.) ¿Nos conocemos?

 

            ROSA.- A eso he venido. Yo soy Rosa.

 

            PEDRO.- (Levantándose precipitadamente. Torpe y nervioso.) Yo Pedro. (Ofreciéndole su silla.) Siéntate, por favor.

 

            ROSA.- (Sonriendo.) No te preocupes. Cojo ésta otra. (Coge otra silla y se sienta.)

 

            PEDRO.- Es verdad. Que hay más. (Refiriéndose a las sillas.)

 

            ROSA.- Es lo que tienen las terrazas…

 

            PEDRO.- Sillas y mesas. Y algún que otro camarero petardo.

 

            ROSA.- ¿Le conoces?

 

            PEDRO.- ¿A quién?

 

            ROSA.- Al camarero.

 

            PEDRO.- No. Para nada. Por cierto, no nos hemos presentado formalmente. Yo soy Pedro.

 

            ROSA.- Yo Rosa. Encantada. (Se dan dos besos.) ¿Llevas mucho tiempo aquí?

 

            PEDRO.- (Acordándose de lo que le dijo el CAMARERO y mirando para todas partes.) No, que va. Acabo de llegar.

 

            Se escucha la voz del CAMARERO cantando.

 

            CAMARERO.- (Entrecajas.) Miénteme como siempre…  Por favor, miénteme…

 

            ROSA.- Es que no encontraba aparcamiento. El centro está imposible.

 

            PEDRO.- Pues cuando llueve el tráfico se pone peor.

 

            ROSA.- Sí.

 

            PEDRO.- ¿A qué te dedicas?

 

            ROSA.- ¿No te lo dijo Don José?

 

            PEDRO.- No. Lo cierto es que no me dijo nada de ti. Y cuando digo nada, créeme, me refiero a nada. ¿Es tu primera cita a ciegas?

 

            ROSA.- Sí. No acostumbro a hacerlo. Pero Don José insistió tanto. ¿A ti también te insistió?

 

            PEDRO.- No me dio opción.

 

            Aparece el CAMARERO.

 

            CAMARERO.- Buenas tardes. Van a tomar algo.

 

            PEDRO.- Creo que sí.

 

            CAMARERO.- (Acercándose al oído de PEDRO.) No es una pregunta.

 

            PEDRO.- ¿Tu qué vas a tomar Rosa?

 

            ROSA.- Un te verde.

 

            PEDRO.- Yo un descafeinado. De máquina.

 

            CAMARERO.- ¿De comer no quieren nada?

 

            PEDRO.- Ahora yo soy cliente, ¿verdad?

 

            CAMARERO.- Sí, señor.

 

            PEDRO le hace señas al CAMARERO para que se incline porque le va a decir algo al oído.

 

            PEDRO.- (Al oído del CAMARERO.) Le pido que el pedido tarde un poquito.

 

            El CAMARERO le guiña un ojo y hace mutis.

 

            PEDRO.- (Buscando una conversación. Se le nota nervioso.) ¿Te gustan los toros?

 

            ROSA.- No. La verdad es que no. ¿Por qué?

 

            PEDRO.- Por saberlo. Es importante saber si a alguien le gustan los toros o no. Dice mucho de esa persona.

 

            ROSA.- ¿Y a ti? ¿Te gustan los toros?

 

            PEDRO.- No lo sé. Creo que nunca he visto ninguna carrera. ¿Tú has visto alguna?

 

            ROSA.- Carreras, en San Fermín. Corridas en Sevilla y Madrid.

 

            PEDRO.- Yo una vez vi una corrida de caballos.

 

            ROSA.- (Horrorizada. Con cara de asco.) ¿Me la vas a contar?

 

            PEDRO.- No me acuerdo mucho. Lo que sé es que uno llegó antes al final.

 

            ROSA.- Sería el macho. Seguro.

 

            PEDRO.- ¿Te gustan los animales?

 

            ROSA.- Sí.

 

            PEDRO.- Yo no me pierdo ningún documental. Los veo todos. Aunque cambio de canal cuando los ñus cruzan el río. Pero vuelvo de nuevo cuando veo la fauna que puebla las otras cadenas.

 

            AMBOS ríen.

 

            Se hace un pequeño silencio, fruto de la tensión de la primera cita. Vuelve PEDRO a romper el hielo.

 

            PEDRO.- ¿Te gusta Raphael?

 

            ROSA.- ¿Quién?

 

            PEDRO.- Raphael. El cantante.

 

            ROSA.- (Dubitativa y sorprendida por la pregunta.) Sí… Bueno… Alguna canción. ¿Y a ti?

 

            PEDRO.- (Siendo un fan de RAPHAEL, miente con descaro.) Sí… Bueno… Alguna canción. En realidad no se qué canta. ¿Todavía canta?

 

            Aparece el CAMARERO, quedando la pareja en un segundo plano (oscurecidos). El CAMARERO se dirige al público. Se aprovecha este momento para colocar sobre la mesa unas tazas de consumición.

 

            CAMARERO.- (Al público.) Y de esta manera transcurre la primera cita. Entre diálogos de lo más “trascendentes”, y dándole siempre la razón a nuestra pareja en potencia. Por respeto a ustedes no escucharemos la hora que duró la conversación. Llegamos así al final de la misma. Escuchen…

 

            Se ilumina en ese instante la mesa donde se sientan PEDRO y ROSA.

 

            PEDRO.- ¡¡Camarero!!

 

            CAMARERO.- (Dándose la vuelta.) ¿Desea algo el señor?

 

            PEDRO.- La cuenta, por favor.

 

            CAMARERO.- (Guiñándole un ojo.) Invita la casa.

 

            PEDRO.- Ah, qué bien!!

 

            ROSA.- Y eso a qué se debe.

 

            CAMARERO.- Son ustedes los clientes tres mil cuatrocientos cincuenta y siete.

 

            PEDRO.- ¿Ésa es la razón?

 

            CAMARERO.- Sí, señor. No volverán a haber otros clientes tres mil cuatrocientos cincuenta y siete. Puede que venga un doscientos mil cuatro; e incluso el cinco mil trescientos once. Pero jamás volverá a haber un tres mil cuatrocientos cincuenta y siete.

 

            ROSA.- (Sorprendida.) Qué romántico…

 

            PEDRO.- (Levantándose apresuradamente.) Pues muchas gracias. (Cogiendo a ROSA de la mano, salen los dos corriendo.) ¡¡Vamos, Rosa!! Antes de que se arrepienta. (Hacen mutis.)

 

            CAMARERO.- Qué bonito es el amor. (Hace mutis por su puerta.)

 

TELÓN

 

           

 

 

ACTO TERCERO

 

            Mismo escenario. Han transcurrido seis meses. Escena vacía de personajes. Aparece caminando PEDRO, que se sienta en la mesa de siempre. Sale el CAMARERO para atenderlo.

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            CAMARERO.- Buenas tardes.

 

            PEDRO.- Buenas.

 

            CAMARERO.- (Reaccionando al reconocer a PEDRO.) ¡¡Hombre!! Pero si es usted.

 

            PEDRO.- Sí. Soy yo. Siempre soy yo. Desde que nací. Curioso, ¿verdad?

 

            CAMARERO.- ¿No me reconoce?

 

            PEDRO.- Bastante tengo con conocerle, que encima quiere que le reconozca.

 

            CAMARERO.- Veo que sí. ¿Sabe? He pensado mucho desde aquella tarde. ¿Cuánto hace? ¿Cinco meses?

 

            PEDRO.- Seis meses y un día.

 

            CAMARERO.- Lo dice como si fuese una condena. ¿Se ha preguntado alguna vez para qué servirá ese día?

 

            PEDRO.- Ese día nunca llega.

 

            CAMARERO.- ¡¡Tonterías!! Todos los días llegan.

 

            PEDRO.- ¿No sabe que el cliente siempre tiene razón?

 

            CAMARERO.- Seis meses y sigue sin saber que no es cliente.

 

            PEDRO.- Es verdad. Hay que consumir.

 

            CAMARERO.- En efecto. ¿Qué le pongo?

 

            PEDRO.- De momento, nada. Espero a alguien.

 

            CAMARERO.-¿Otra cita a ciegas? ¡¡Es usted mi héroe!!

 

            PEDRO.- ¡¡Qué héroe ni qué gaitas!! He quedado con la misma chica.

 

            CAMARERO.- Con la misma chica que quién.

 

            PEDRO.- Que quién qué.

 

            CAMARERO.- Que quién ha quedado con esa chica.

 

            PEDRO.- Yo.

 

            CAMARERO.- ¿Y quién más?

 

            PEDRO.- ¿Le parecen pocos? Dos en una cita es lo ideal. Es la misma persona con la quien vine aquí.

 

            CAMARERO.- Le advierto que esta vez no va a salir premio en su cuenta.

 

            PEDRO.- ¿Hizo trampas?

 

            CAMARERO.- Usted qué cree…

 

            PEDRO.- Yo creí que me había tocado. Salí de aquí feliz y contento.

 

            CAMARERO.- De eso se trataba; de que saliera feliz y contento. ¿Salió feliz y contento?

 

            PEDRO.- Sí.

 

            CAMARERO.- Es lo que importa. Oiga, ¿cómo que vuelve al lugar de la primera cita? ¿Para conmemorar el tiempo que llevan juntos?

 

            PEDRO.- Ni idea. Ha sido ella la que ha querido venir aquí.

 

            CAMARERO.- Lo dice como si le molestara. ¿Le molesta?

 

            PEDRO.- En absoluto. El lugar es bonito y tranquilo.

 

            CAMARERO.- Y se puede charlar; que hoy día eso es difícil de encontrar. Pero no le veo brillo en los ojos como aquel día.

 

            PEDRO.- ¿Me lo dice a mí?

 

            CAMARERO.- No disimule. ¿En qué estación se bajó la ilusión?

 

            PEDRO.- Al poco de subirse.

 

            CAMARERO.- ¿Quién viaja en sus vagones ahora?

 

            PEDRO.- El tedio.

 

            CAMARERO.- (Extrañado.) ¿Quién?

 

            PEDRO.- El aburrimiento.

 

            CAMARERO.- Vaya por Dios.¿Ella lo sabe?

 

            PEDRO.- Qué va. Lo disimulo bien.

 

            CAMARERO.- Seguramente ya lo intuye. ¿Sabe lo del sexto sentido de las mujeres?

 

            PEDRO.- Tal vez. Ahora que lo dice, puede que haya querido venir aquí para rememorar aquel día.

 

            CAMARERO.- ¡¡No lo dude!! En ese caso le prometo que va a ser usted el cliente un millón. ¡¡Alegre esa cara, hombre!! ¿Cuál es su nombre?

 

            PEDRO.- ¿El de ella?

 

            CAMARERO.- No. El suyo.

 

            PEDRO.- Pedro. ¿Y el suyo?

 

            CAMARERO.- ¿El de ella?

 

            PEDRO.- No. El de usted.

 

            CAMARERO.- Mejor me pregunta el de ella. ¿Recuerda su nombre?

 

            PEDRO.- ¿El mío?

 

            CAMARERO.- No. El de ella.

 

            PEDRO.- Por supuesto. Es mi novia.

 

            CAMARERO.- Y por muchos años. Aunque no es de mi incumbencia, le veo triste. ¿Está triste?

 

            PEDRO.- Agobiado. Un poco agobiado.

 

            CAMARERO.- ¿Quiere dejarla?

 

            PEDRO.- ¿La conversación?

 

            CAMARERO.- La relación.

 

            PEDRO.- No sé. A veces sí, y a veces no. ¿Comprende?

 

            CAMARERO.- Está clarísimo. ¿A qué se dedica?

 

            PEDRO.- Trabaja de administrativo.

 

            CAMARERO.- Me refiero a usted.

 

            PEDRO.- Soy economista.

 

            CAMARERO.- Ahora entiendo todo…

 

            PEDRO.- ¿El qué entiende ahora?

 

            CAMARERO.- Que no tenga ni idea de expresarse con palabras. Seguramente no ve usted rentable esta relación, y quiere dejarla.

 

            PEDRO.- Puede ser. No sé.

 

            CAMARERO.- ¿Qué es lo que no le gusta de su relación?

 

            PEDRO.- Contésteme. ¿No tiene otras mesas que atender?

 

            CAMARERO.- (Mirando a su alrededor.) Pues no. ¿Usted cree que el autor es tonto? Más mesas suponen más actores, y esto incrementa el presupuesto. ¡¡Menudo economista está usted hecho!!

 

            PEDRO.- (Extrañadísimo.) ¿Cómo dice?

 

            CAMARERO.- No me cambie de conversación. ¿Qué es lo que no le gusta de la chica?

 

            PEDRO.- No me confunda. Rosa es preciosa; me encanta. Pero me agobia.

 

            CAMARERO.- ¿Le acosa?

 

            PEDRO.- Me agobia tener que dar explicaciones por todo. Si me quedo más tiempo en el trabajo, le tengo que decir que me quedo más tiempo en el trabajo; si me quedo en casa de un amigo tomando unas cañas, le tengo que decir que me quedo en casa de un amigo tomando unas cañas… ¿Entiende?

 

            CAMARERO.- Con su manera de expresarse a mí también me molestaría dar explicaciones. Pero algo bueno tendrá, ¿no?

 

            PEDRO.- ¿Quién?

 

            CAMARERO.- La relación.

 

            PEDRO.- No ir solo a los sitios es importante. En el trabajo te miran mejor si ven que tienes tu vida estabilizada. Y bueno… Sobre todo… El sexo.

 

            CAMARERO.- ¿El sexo?

 

            PEDRO.- Ahora lo hago mucho más que antes. Bueno, en realidad ahora lo hago. Antes no.

 

            CAMARERO.- Menudo dilema.

 

            PEDRO.- Figúrese. ¿Está usted casado?

 

            CAMARERO.- Ya ni me acuerdo. (Mira hacia la puerta del  bar.) Disculpe, Pedro. Me llaman de una de las mesas de dentro. (Hace mutis.)

 

            PEDRO.- (Hablando solo.) Genial. Cuando a él le interesa le llaman los clientes. Parece como si hubiese una mano detrás que no quiera que me entere de la vida del camarero.

 

            Aparece ROSA.

 

            ROSA.- (Sonriendo.) ¡¡Hola!!

 

            PEDRO.- Hola, Rosa. (Se dan un beso.) ¿Por qué no me has llamado “Chiqui”?

 

            ROSA.- (Convencida.) Sí te lo he dicho. Lo que pasa es que no escuchas cuando te hablo.

 

            PEDRO.- Precisamente porque te escucho es por lo que me he dado que no me has llamado “Chiqui”.

 

            ROSA.- ¿Y qué quieres decirme con eso?

 

            PEDRO.- (Apocado.) Nada. Simplemente que no me has llamado “Chiqui”.

 

            ROSA.- Pues si ése es el problema lo solucionamos enseguida. ¡¡Hola “Chiqui”!!

 

            PEDRO.- O sea que admites que antes no me has llamado “Chiqui”.

 

            ROSA.- Pero que perra te ha entrado con lo de “Chiqui”. Te lo digo cuando quiero yo.

 

            PEDRO.- ¡¡Hombre no!! Cuando quieras tu no. Eso no es verdad. Hasta ahora siempre me has estado llamando “Chiqui”.

 

            ROSA.- Es que hasta ahora siempre he querido llamarte “Chiqui”. Pero hoy no.

 

            PEDRO.- ¿Ah no?

 

            ROSA.- No.

 

            PEDRO.- ¿Y a qué se debe?

 

            ROSA.- A que no te aguanto.

 

            CAMARERO.- (Asomando por uno de los laterales. Al público.) Eso es ser directa, ¿eh?

 

            PEDRO.- ¿Estás intentando dejarme?

 

            ROSA.- No. Yo no. Eres tú quien está intentando cortar.

 

            CAMARERO.- (Al público.) ¡¡Joder con el sexto sentido!!

 

            PEDRO.- ¡¡Estoy flipando, Rosa!! ¿Para eso hemos quedado aquí? ¿Para que yo te deje? Es absurdo. La idea de venir ha sido tuya.

 

            ROSA.- Porque tú no te atrevías a hacerlo.

 

            PEDRO.- ¿Y cómo te sientes? ¿Estás triste? No te preocupes que seguro que encuentras a alguien mejor.

 

            ROSA.- ¡¡Toma!! Eso está claro. Y de triste nada. Me siento liberada.

 

            PEDRO.- Entonces, ¿querías dejarme o no querías dejarme?

 

            ROSA.- Míralo desde el lado que quieras, Pedro. (Levantándose.) Esto se ha acabado y se ha acabado.

 

            PEDRO.- Pero no te puedo dejar así… (Rectificando.) Digo no me puedes dejar así.

 

            ROSA.- Ya ves. Adiós Pedro. (Hace mutis.)

 

            PEDRO queda hundido en su silla, con los codos sobre la mesa y la cabeza baja. Entra el CAMARERO.

 

            CAMARERO.- ¡¡Felicidades!! Ha conseguido lo que se proponía.

 

            PEDRO.- ¡¡Oiga!! Yo no quería dejarla.

 

            CAMARERO.- Hace un momento me dijo usted que estaba agobiado.

 

            PEDRO.- Y usted para qué hace caso de lo que le digo.

 

            CAMARERO.- El cliente siempre tiene la razón. De cualquier modo ha sido usted quien la ha dejado.

 

            PEDRO.- ¡¡No diga chorradas!! Ella me ha liado… Me ha dejado. Y encima me hace creer que la he dejado yo… ¡¡Estoy destrozado!!

 

            CAMARERO.- ¿Qué le pongo?

 

            PEDRO.- Pero no me ve cómo estoy, hombre.

 

            CAMARERO.- Por eso mismo. ¿Quiere un buen pelotazo que le haga olvidar?

 

            PEDRO.- Un pelotazo a las seis de la tarde… ¿Por quién me toma?

 

            CAMARERO.- Por alguien al que le acaban de dar calabazas.

 

            PEDRO.- Que sea doble y con poco hielo.

 

            CAMARERO.- Mejor le pongo un café y con poco azúcar.

 

            PEDRO.- Ponga lo que quiera.

 

            CAMARERO.- Ya verá qué bien le sienta. Piense que este es el principio de su nueva vida. Una ruptura es la posibilidad de encontrar a alguien. No lo olvide.

 

            PEDRO.- Y mientras encuentro a ese alguien, ¿qué hago?

 

            CAMARERO.- Encontrarse a usted mismo. ¿Le parece poco?

 

            PEDRO.- Oiga, ¿de verdad es usted camarero?

 

            CAMARERO.- Voy a por el café.

 

TELÓN

 

 

ACTO CUARTO

 

            Mismo escenario. Escena vacía de personajes. Aparece caminando PEDRO, con un periódico bajo el brazo. Viste de sport. Se sienta en la mesa de siempre, y comienza a leer el periódico. A los pocos segundos sale el CAMARERO para atender la mesa.

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            CAMARERO.- Buenos días. Hace una mañana de domingo preciosa. ¿No es cierto?

 

            PEDRO.- (Sin levantar la mirada del diario.) Sí. No está mal.

 

            CAMARERO.- ¿Sólo se le ocurre decir “no está mal”? ¿Qué más quiere? Ni frío ni calor. Un sol que acompaña. El ambiente limpio de polución. Las personas paseando tranquilamente, sin prisas. Incluso si pone atención oirá el trinar de los pajarillos. Me parece un día maravilloso.

 

            PEDRO.- (Sigue sin levantar la vista.) Pues para usted. Se lo regalo todo.

 

            CAMARERO.- No me lo puede regalar. Esta mañana de domingo es de todos; no exclusivamente de usted.

 

            PEDRO.- (Aún sin levantar la mirada.) ¿En algún momento de esta conversación tiene pensado tomarme nota?

 

            CAMARERO.- ¿Espera usted a alguien?

 

            PEDRO.- (Levanta la vista y al toparse con el CAMARERO se sorprende.) ¡¡¿Usted aquí?!!

 

            CAMARERO.- ¡¡Y por muchos años!! (Se da cuenta de que es PEDRO.) ¡¡Hombre, Pedro!! ¿Cómo usted por aquí?

 

            PEDRO.- (Incorporándose sobre la silla y mirando hacia todos los lados de manera sorprendida.) Pues ciertamente no lo sé. He comenzado a caminar y al darme cuenta me he encontrado aquí. (Aturdido.) En realidad no pensaba venir…

 

            CAMARERO.- Es la providencia. Algo bueno le va a suceder.

 

            PEDRO.- (Desencantado.) No me diga…

 

            CAMARERO.- Le veo peor que hace cinco días. ¿A qué se debe?

 

            PEDRO.- ¿Conoce la soledad?

 

            CAMARERO.- De oídas.

 

            PEDRO.- Huya de ella. Es terrible.

 

            CAMARERO.- Depende del tipo de soledad.

 

            PEDRO.- La mía.

 

            CAMARERO.- ¿La suya?

 

            PEDRO.- Absolutamente terrible.

 

            CAMARERO.- Hace cinco días buscaba la soledad; y ahora que la tiene no le gusta. ¿Usted sabe lo que quiere?

 

            PEDRO.- ¿Qué quiero?

 

            CAMARERO.- Es una pregunta retórica. No tiene usted ni idea de lo que quiere.

 

            PEDRO.- Tiene razón. Cuando no tengo algo lo deseo, y cuando lo tengo lo desprecio. ¿Cuál es el fallo?

 

            CAMARERO.- Tal vez debiera escuchar un poquito más la vocecita que todos llevamos dentro.

 

            PEDRO.-Nunca la oí.

 

            CAMARERO.- Pues ya va siendo hora.

 

            PEDRO.- ¿Yo también tengo esa vocecita?

 

            CAMARERO.- Todos la tenemos. Tan sólo tenemos que poner un poquito de atención.

 

            PEDRO.- Me gustaría escucharla.

 

            CAMARERO.- En ocasiones la oímos y no la reconocemos.

 

            PEDRO.- ¿Qué quiere decir con eso?

 

            CAMARERO.- Nada en particular. Cosas mías.

 

            PEDRO.- (Aparte.) Ya comenzamos con los misterios del camarero.

 

            CAMARERO.- ¿Le traigo algo?

 

            PEDRO.- ¿Qué me recomienda?

 

            CAMARERO.- Unas aceitunas. Me he pasado toda la noche quitándoles el hueso y rellenándolas de anchoas.

 

            PEDRO.- Tráigame un refresco de naranja y unos cacahuetes.

 

            CAMARERO.- Sea pues.

 

            El CAMARERO hace mutis. Queda solo PEDRO, que se pone a leer el  periódico.

 

            PEDRO.- (Al rato, levanta la cabeza del diario.) Me tiene mosca este camarero. Me fastidia que diga cosas tan ciertas sobre mí; y que adivine mis pensamientos. (Levantándose.) Voy a ver qué hace…

 

            Se acerca al foro donde está la puerta del bar; pero en el camino sale el CAMARERO cargando con la bandeja.

 

            CAMARERO.- ¿Se va?

 

            PEDRO.- (Disimulando.) Estaba estirando las piernas. Tengo el síndrome de la clase turista.

 

            CAMARERO.- ¿Usted también?

 

            PEDRO.- ¿La padece usted?

 

            CAMARERO.- ¿Por qué se cree que me hice camarero?

 

            PEDRO.- ¿Por qué?

 

            CAMARERO.- Bueno, aquí le traigo los cacahuetes y el refresco.

 

            PEDRO.- (Reiterando la pregunta.) ¿Por qué?

 

            CAMARERO.- Porque me los ha pedido usted.

 

            PEDRO.- ¿Por qué?

 

            CAMARERO.- Porque le apetecía. Si ahora no le apetece cambio ¿eh?

 

            PEDRO.- (Sentándose.) ¿Por qué se hizo usted camarero?

 

            CAMARERO.- Seguramente que por lo mismo que se hizo usted economista.

 

            PEDRO.- ¿Usted tampoco pudo entrar en medicina?

 

            CAMARERO.- Algo parecido.

 

            PEDRO.- ¿Sabe una cosa?

 

            CAMARERO.- No.

 

            PEDRO.- La soledad con usted es más llevadera. Se parece tanto a mí.

 

TELÓN

 

ACTO QUINTO

 

            Mismo escenario. En escena está sólo PEDRO sentado en una mesa, tomando un café mientras hojea una revista de economía. Viste la misma ropa que al comienzo de la función. Aparece DON JOSÉ caminando, con un periódico bajo el brazo. Viste la misma ropa que en la escena primera. A pesar de llevar bastón, su andar es jovial y su carácter alegre y optimista. Se acerca a la mesa donde se encuentra PEDRO.

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            DON JOSÉ.- Buenos días, Pedro. Disculpa la tardanza, pero me entretuve charlando con el quiosquero.

 

            PEDRO.- (Sorprendido.) ¡¡Don José!! Qué sorpresa. ¿Cómo usted por aquí?

 

            DON JOSÉ.- Habíamos quedado. ¿No lo recuerdas? Ya veo que estás absorto en ese mundo de la economía que no deja soñar a nadie.

 

            PEDRO.- (Muy confuso. No esperaba a DON JOSÉ.) Bueno, es que…

 

            DON JOSÉ.- Es que nada, Pedro. Vives encerrado en tu burbuja. No vives.

 

            PEDRO.- ¿No habíamos quedado hace tiempo?

 

            DON JOSÉ.- Efectivamente. Habíamos quedado hace tiempo en vernos hoy.

 

            PEDRO.- No… No… Quiero decir que habíamos quedado hace tiempo… Vamos, que ya nos hemos visto. Aquí mismo.

 

            DON JOSÉ.- No digas cosas raras. Aquí nunca hemos estado juntos. A ver, dime cuándo.

 

            PEDRO.- Hace varios meses.

 

            DON JOSÉ.- Uy, qué gracia. No sé con quién estuviste aquí, pero te aseguro que conmigo no. Estoy viejo, pero no chocho.

 

            PEDRO.- ¿No lo recuerda? Que usted me presentó a Rosa.

 

            DON JOSÉ.- ¿Rosa? No recuerdo ninguna Rosa. ¿Y para qué te he de presentar yo a esa tal Rosa?

 

            PEDRO.- Para salir con ella…

 

            DON JOSÉ.- ¡¡Qué tontería, Pedro!!

 

            PEDRO.- Me voy a volver loco, Don José.

 

            DON JOSÉ.- Vuélvete como quieras. Yo pienso que te pasas demasiado tiempo entre números y balances; y ya no sabes en qué mundo estás.

 

            PEDRO.- Fue todo tan real…

 

            DON JOSÉ.- Y cuéntame, ¿qué tal fue con esa tal Rosa?

 

            PEDRO.- ¿La de la otra vida?

 

            DON JOSÉ.- Ésa que dices que te presenté.

 

            PEDRO.- Al principio muy bien. Era todo tan bonito…

 

            DON JOSÉ.- Acabasteis partiendo peras.

 

            PEDRO.- ¿Cómo lo sabe?

 

            DON JOSÉ.- Si no hubieses terminado con ella, jamás habríamos quedado hoy. ¿Me equivoco?

 

            PEDRO.- (Confuso.) No lo sé. Si ni siquiera sé si ella ha existido. O si usted existe.

 

            DON JOSÉ.- Válgame Dios. Te aseguro que yo existo.

 

            PEDRO- Pero nunca me ha presentado a Rosa.

 

            DON JOSÉ.- Pero existir existo.

 

            PEDRO.- ¿Y Rosa? ¿Existe Rosa?

 

            DON JOSÉ.- Seguramente en algún lugar haya una Rosa para ti. Aunque si sabes que vas a romper con ella, mejor ni te preocupes en buscarla.

 

            PEDRO.- Es que la quiero. (Se queda pensativo. No esperaba decir eso.) Vaya, me ha salido de alma. La quiero.

 

            DON JOSÉ.- Curioso… Quieres a alguien que no existe.

 

            PEDRO.- Sí existe. Yo la he visto. Y la he tocado. Y la he besado. Y…

 

            DON JOSÉ.- Para. Para. Ya me hago una idea.

 

            Aparece del fondo un CAMARERO. No se parece al que conocemos. Éste es más serio.

 

            CAMARERO.- (A DON JOSÉ.) Buenos días. ¿Qué va a tomar?

 

            DON JOSÉ.- Me va a poner un café solo.

 

            PEDRO.-¿Y su compañero?

 

            CAMARERO.- ¿Mi compañero? Llevo diez años siendo el único camarero de la terraza. Y jamás he faltado un día. Ni cuando nació mi…

 

            PEDRO.- Aquí había otro compañero suyo.

 

            CAMARERO.- Ha de confundirse. No es que dude de usted. Pero eso es imposible.

 

            El CAMARERO hace mutis por el fondo.

 

            DON JOSÉ.- No te atormentes así, Pedro. Seguramente ha sido un sueño. Esas cosas pasan.

 

            PEDRO.- Fue tan real…

 

            DON JOSÉ.- Te dejo un momento. Esta próstata…

 

            DON JOSÉ desaparece por el fondo del bar. Queda solo en escena PEDRO, que comienza a hojear el periódico. Aparece ROSA.

 

            ROSA.- Hola, Chiqui. ¿Llevas mucho tiempo esperando?

 

            PEDRO.- (Sorprendido.) ¡¡Rosa!! Qué sorpresa.

 

            ROSA.- Habíamos quedado. ¿Recuerdas?

 

            PEDRO.- No… Digo sí. Cómo olvidar algo así. Te he echado mucho de menos. ¿Sabes una cosa? Te quiero mucho, cielo.

 

            ROSA.- Yo también, Chiqui.

 

            PEDRO.- No quiero que te vuelvas a ir.

 

            ROSA.- ¿A dónde voy a ir?

 

            PEDRO.- A donde sea. Quiero estar siempre contigo. Ya verás cuando venga Don José del servicio y te vea.

 

            ROSA.- Pedro, Chiqui… ¿No recuerdas? Don José se fue hace una semana a dar clases a una universidad de Sudáfrica.

 

            PEDRO.- Pues ha vuelto.

 

            ROSA.- Hablé con él ayer noche por teléfono.

 

            PEDRO.- Está aquí. Ha ido al servicio. Mira, ahí viene el camarero; a él le preguntamos.

 

            Aparece el CAMARERO  de inicio de la función.

 

            PEDRO.- (Sorprendido.) ¿Y su compañero?

 

            CAMARERO.- ¿Qué compañero?

 

            PEDRO.- El de hace un rato.

 

            CAMARERO.- Hace bastantes ratos que no tengo compañeros. La crisis… Ya sabe.

 

            PEDRO.- ¿Hay alguien en el servicio?

 

            CAMARERO.- Hoy lo tenemos averiado. Puede ir al de al lado. (A ROSA.) ¿Le pongo algo?

 

            ROSA.- Un té verde.

 

            El CAMARERO hace mutis.

 

            PEDRO.- Te quiero, Rosa. Hoy estás preciosa.

 

            ROSA.- Yo también a ti.

 

            Se van juntando y acaban besándose. Desde el foro aparece el CAMARERO, que se acerca y se dirige al público.

 

            CAMARERO.- (Al público.) Así finaliza la historia. O más bien, comienza. No lo dudéis, amigos; decid te quiero sin miedos. Decid te quiero a esa personita tan especial. Merece la pena. ¿Verdad?

 

TELÓN

          

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