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CHISTE TRISTE

de ROLANDO REVAGLIATTI

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

ROLANDO REVAGLIATTI

 

revadans@yahoo.com.ar

 “CHIS­TE TRIS­TE”

 Per­so­na­jes:

                    MU­JER

                    AN­CIA­NO

                    MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA

                    MU­CHA­CHA

                    MON­JA

                    HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO

                    HOM­BRE 1

                    HOM­BRE 2

                    AN­CIA­NA

                    MU­JER 2

                    MU­JE­RIE­GO

                    MU­JER QUE NO HA­BLA

                    MU­JER 1

                    HI­JO

                    CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL

                    MO­ZO

 

ES­CE­NA­RIO: A fo­ro, el fren­te de una con­fi­te­ría. Una am­plia puer­ta, al me­dio. En un car­tel enor­me so­bre la puer­ta se lee: “Con­fi­te­ría Grand”. De­lan­te del de­co­ra­do, una con­fi­te­ría de bal­ne­a­rio. Es­ca­li­na­tas. Y en ellas, si­mé­tri­ca­men­te dis­pues­tas, ca­tor­ce me­si­tas re­don­das con una si­lla ca­da una, to­das de fren­te al es­pec­ta­dor. En ca­da si­lla un per­so­na­je. Otra me­si­ta, la úni­ca de­so­cu­pa­da, tie­ne dos si­llas, am­bas de fren­te, en pros­ce­nio y en el me­dio.

 

En ca­da me­si­ta hay lo si­guien­te:

MU­JER: Gran he­la­do.

AN­CIA­NO: Ga­se­o­sa.

Me­si­ta De­so­cu­pa­da: Ce­ni­ce­ro.

MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA: Té con le­che; apar­ta­do, co­mo si ya lo hu­bie­se be­bi­do. Un sán­gu­che de pan pe­be­te co­mi­do has­ta la mi­tad.

MU­CHA­CHA: Gran co­pón de cer­ve­za.

MON­JA: Me­ren­gue con cre­ma. Le­che cho­co­la­ta­da.

HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO: Pla­ti­to con acei­tu­nas. Pa­li­lle­ro con es­car­ba­dien­tes. (Y un mi­cró­fo­no.)

HOM­BRE 1: Ver­mut con in­gre­dien­tes.

HOM­BRE 2: Ver­mut con in­gre­dien­tes.

AN­CIA­NA: Gi­ne­bra.

MU­JER 2: Si­dra. Pan dul­ce.

MU­JE­RIE­GO: Whisky con hie­lo.

MU­JER QUE NO HA­BLA: Agua mi­ne­ral.

MU­JER 1: Si­dra.

HI­JO: Cog­nac.

 

Dis­tri­bu­ción de iz­quier­da a de­re­cha:

Pri­me­ra hi­le­ra: MU­JER — AN­CIA­NO — MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA — MU­CHA­CHA.

Se­gun­da hi­le­ra: MON­JA — HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO — HOM­BRE 1 — HOM­BRE 2 — AN­CIA­NA.

Ter­ce­ra hi­le­ra: MU­JER 2 — MU­JE­RIE­GO — MU­JER QUE NO HA­BLA — MU­JER 1 — HI­JO.

 

Ca­rac­te­rís­ti­cas de al­gu­nos per­so­na­jes, de­ta­lles de in­du­men­ta­ria y de com­por­ta­mien­to:

HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO: Se­sen­ta y cin­co años. Pu­cho en la bo­ca. Ha­bla so­lo, de mo­do inin­te­li­gi­ble, du­ran­te to­do el trans­cur­so de la re­pre­sen­ta­ción; ex­cep­to, por ejem­plo, cuan­do cree oír a su ima­gi­na­rio in­ter­lo­cu­tor —tal vez, más de uno—, con el cual re­fle­xio­na y tam­bién dis­cu­te. Una que otra pa­la­bra po­dría ser cap­ta­da. Hos­ti­li­dad y re­ce­lo son los ma­ti­ces pre­do­mi­nan­tes en su ac­ti­tud. Sin em­bar­go, aquí y allá, apa­re­cen tam­bién fu­ga­ces ras­gos sim­pá­ti­cos y cor­dia­les. Es­tá sen­ta­do a la úni­ca me­sa en la que en su cen­tro hay in­ser­to (co­mo un ele­men­to na­tu­ral, pro­pio de ella) un mi­cró­fo­no; (no co­nec­ta­do —a sa­la— si­no re­cién en ins­tan­cia de­ter­mi­na­da). Des­de lue­go, es­te per­so­na­je “ig­no­ra” ese mi­cró­fo­no, “no lo ve”, pa­ra él no exis­te, “no ha­bla por él” ni an­tes ni des­pués de co­nec­ta­do.

MU­JER 2: Cua­ren­ta y cin­co años. Gor­di­ta.

MU­JE­RIE­GO: Lee un lar­go per­ga­mi­no.

MU­JER QUE NO HA­BLA: Ac­cio­nes que re­a­li­za:

a)  Se sa­ca los len­tes de con­tac­to. Los guar­da en el es­tu­che. Se co­lo­ca una go­ta de co­li­rio en ca­da ojo. Se po­ne an­te­o­jos de mu­cho au­men­to y con co­lor.

b)  Se co­lo­ca go­tas en la na­riz.

c)  Con­sul­ta el re­loj (de hom­bre). In­gie­re una cáp­su­la.

d)  Se echa ai­re con el va­po­ri­za­dor pa­ra el as­ma.

e)  Se po­ne una pas­ti­lla en la bo­ca.

f)   Se­ca su trans­pi­ra­ción con un pa­ñue­li­to.

g)  Ob­ser­va de­te­ni­da­men­te su ros­tro en un es­pe­ji­to.

h)  Se sa­ca al­gún ani­llo con di­fi­cul­tad. Ma­sa­jea el de­do do­lo­ri­do. Guar­da el ani­llo en un mo­ne­de­ro. Bus­ca en la car­te­ra. Sa­ca otro ani­llo. Se lo po­ne en el mis­mo de­do.

i)   Sa­ca de la car­te­ra un ca­rre­tel de hi­lo de co­ser. Cor­ta una por­ción de hi­lo. Guar­da el ca­rre­tel en la car­te­ra. Pa­sa el hi­lo en­tre un par de dien­tes. Lo ob­ser­va. Re­pi­te la ope­ra­ción. Ti­ra el hi­lo. Re­co­rre con la len­gua el si­tio en cues­tión.

MU­JER 1: Cua­ren­ta años. Muy gor­da.

HI­JO: Sie­te años. Bien ves­ti­di­to, pul­cro, pei­na­do. Se­rio.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­sen­ta años. Atil­da­do. Apues­to. Ele­gan­te. Pe­ro de­ca­den­te. Cor­ba­ta lu­jo­sa, al­go abu­cho­na­da, con al­fi­ler de cor­ba­ta. Cha­le­co. Za­pa­tos re­lu­cien­tes.

 

     Se oye al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO.

 

MU­JER 2: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!

MU­JE­RIE­GO: “Te­re­sa Cla­ra A., 31, se­pa­ra­da, bien. Ol­ga Zu­le­ma H., 23, sol­te­ra, bien.

     Ma­yo 75: Ali­cia J., unos cua­ren­ta, dos hi­jas, muy bien.

     Este­la P., 34, viuda, do­ble equis.

     Ju­nio 75: Est­her Ol­ga, unos trein­ta, sol­te­ra, mal. Adria­na M., 49, re­gu­lar, de pie.”

AN­CIA­NO: Es tan ino­cen­te. ¿Có­mo se los pue­do mos­trar? Se pei­na so­lo, se ali­sa. En­tro al ba­ño, lo des­cu­bro, y él si­gue, es­tá en lo su­yo. ¿Les con­té lo de los ani­ma­les?... ¡Ay, le gus­ta cal­car! Cal­ca. Es lo que más le gus­ta. Le pi­den dos y ha­ce ocho. ¡Qué ri­co!... La ma­es­tra, se ve, él me di­ce, le pi­de un ave y un ma­mí­fe­ro,  una va­ca.  O le pi­de un pes­ca­do. Y él pre­pa­ra las co­sas, los úti­les, tie­ne va­rias plu­mas ya,  la tin­ta, la...  la tin­ta chi­na;  se es­me­ra ¿no?,  quie­re ser pro­li­jo,  y el pa­pel..., con el pa­pel... Es lo úni­co que le gus­ta. Es una ce­re­mo­nia, se ilu­mi­na, lle­na los cua­der­nos, se apli­ca, lo ha­ce con un en­tu­sias­mo, que mi­rá que él no, pe­ro con una apli­ca­ción... Es vo­lun­tad, tie­ne vo­lun­tad. Pa­ra eso. Los pa­í­ses... Cal­ca pa­í­ses. Rí­os, la­gu­nas... Me sa­lió... Pe­ro mi­rá, ho­jas y ho­jas. Pu­ros fe­li­ci­ta­dos. Ay... có­mo... La ma­es­tra de­be es­tar sor­pren­di­da. La ma­es­tra de­be es­tar sor­pren­di­da.

 

     Apa­re­ce el CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL por la puer­ta de la Con­fi­te­ría. Ob­ser­va.

 

MON­JA: La Na­vi­dad la pa­so con él. El, or­ga­ni­za el ban­que­te; yo: co­mo. Yo cla­vo los dien­tes, yo muer­do; él ben­di­ce el pan y el pu­che­ro; las man­za­nas y los ome­le­tes, el ja­món y la so­pa; la tar­ta de ca­da día y el tu­rrón, la so­da, las pas­tas, el bor­go­ña; la re­mo­la­cha, la os­tia, el dul­ce de le­che del flan. Co­mo si fue­ra mú­si­ca yo oi­go la co­mi­da, el con­du­mio. La pa­so con él. En paz. ¡Mo­zo!...

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER 2.

 

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber... otra co­pa.

MU­JER 2: No, no, mu­chas gra­cias, no.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­drí­a­mos be­ber una co­pa?

MU­JER 2: No, lo sien­to, gra­cias.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Pau­sa. Al MU­JE­RIE­GO.) Se­ñor: us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­lo a be­ber una co­pa.

MU­JE­RIE­GO: ¿Eh?... No, mi­re... Otro día.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ñor... Us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­drí­a­mos be­ber una co­pa?

MU­JE­RIE­GO: Por­que... No. De­ci­di­da­men­te.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Que­da ob­ser­van­do a la MU­JER QUE NO HA­BLA.)

MU­JER: ¡Fue una no­che es­plén­di­da, es­plén­di­da, ma­má! ¡Nos tra­ta­ron tan bien! Más que co­rrec­ta­men­te. Siem­pre pen­sé que así ten­dría que ser. Nos pa­sa­ron a bus­car. A las tres a la ca­sa. Las ma­dres de ellas los co­no­cie­ron. Y una has­ta lo hi­zo en­trar, ma­má. Lás­ti­ma que vos no co­no­cis­te a mi..., a es­te jo­ven. En bue­na po­si­ción. En muy bue­na po­si­ción. No, no... A mí me gus­ta­ría... No, no, ma­má, no, no es... No, no es... pro­fe­sio­nal. En bue­na, en una só­li­da po­si­ción eco­nó­mi­ca. Me lo dio a en­ten­der; no creas que me lo di­jo, que se ven­dió. Y muy dis­cre­to. Los tres. No, no me de­jé to­car. No me to­có, na­da. Al cru­zar. Eran ama­gues, ges­tos... “Por aquí, así...”, al ba­jar. “Cui­da­do con el rue­do del ves­ti­do.” Por el ro­ce, ma­má...: los es­ca­lo­nes. Las tres en una gran con­fi­te­ría. Que no pa­re­ce de afue­ra. Con­fi­te­ría. De mu­chí­si­mo lu­jo. Y mo­zos... Eso es... ¿de li­brea?... Atil­da­dos, de ha­blar ba­jo, de ca­mi­nar en si­len­cio. To­dos. Una ver­da­de­ra cla­se so­cial. No­so­tras re­lu­cía­mos, ma­mi­ta. ¡Ay, tan­to es­pe­rar, y no me vis­te! Pe­ro no creas, tra­ta­mos de que no se no­ta­ra que era nues­tra pri­me­ra vez. Tu­vi­mos aplo­mo, te di­ré, aun­que cla­ro, nos sen­tía­mos ob­ser­va­das... Pe­ro no creas, ¡es­tá­ba­mos muy ele­gan­tes no­so­tras tam­bién! Las se­ño­ras nos mi­ra­ban... al en­trar. No­so­tras. Vis­te, ma­má, siem­pre mi­ran. Se mi­ra. Es­tá­ba­mos tan di­cho­sas, ¡tan in­men­sa­men­te cho­chas...! Eh...: gra­ti­fi­ca­das. ¡Cham­pag­ne, nos sir­vie­ron cham­pag­ne he­la­do ma­ra­vi­llo­so! Y uno con­tó el es­ta­cio­na­mien­to. Del cham­pag­ne. La con­ver­sa­ción... ani­ma­da, ajus­ta­da, so­bria. No­so­tras nos de­lei­ta­mos. Al prin­ci­pio, un po­qui­tín ten­sas. Es ló­gi­co. Ha­bía que afron­tar una con­ver­sa­ción. To­das mo­du­lá­ba­mos, ele­gía­mos las pa­la­bras ade­cua­das... So­brias tam­bién. Los mo­da­les... Nosotras... Ha­brías... Te hu­bie­ras... ¡Ay, te hu­bie­ras sen­ti­do or­gu­llo­sa de tu hi­ja! Y de las ami­gas de tu hi­ja. Y quie­ro que lo es­tés. No te amar­gues..., ya vas a ca­mi­nar... Va­mos a sa­lir de és­ta. Siem­pre he­mos sa­li­do ade­lan­te. Mien­tras yo ten­ga fuer­zas... Y be­lle­za. Una sa­na be­lle­za. Una cla­ra... ac­ti­tud. Pe­ro sí, ma­má, me agra­da. ¡Có­mo no es­tar agra­da­da! Có­mo no es­tar ilu­sio­na­da si vol­ve­rá a lla­mar­me y con­cer­ta­re­mos una nue­va ci­ta, tal vez so­los... Pe­ro... no seas así... de­be­mos con­ver­sar en so­le­dad. Ma­má: no quie­re de­cir apar­ta­dos, ab­so­lu­ta­men­te so­los. ¡Oh, soy tu hi­ja!... Quie­re de­cir, que po­dre­mos vol­ver a esa con­fi­te­ría o a... al­gún otro si­tio pú­bli­co si­mi­lar, y con­ver­sar..., en fin..., se dan otros te­mas, se es más pro­fun­do, en fin..., se char­la más en par­ti­cu­lar, en fin..., una es­tá más en to­do lo que se di­ce. ¡Si vos me vie­ras!... Aten­di­da, con­si­de­ra­da. Res­pe­ta­da, ma­má, lo que vos que­rés.

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER 1.

 

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber... otra co­pa.

MU­JER 1: Muy gen­til. Pe­ro no me se­rá po­si­ble acep­tar­la.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

MU­JER 1: Es que no... Le rue­go. Cré­a­me. Se lo agra­dez­co. Pe­ro no.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

MU­JER 1: Por fa­vor.

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el HI­JO.

 

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Ni­ño: tú es­tás so­lo y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­te a be­ber otra co­pa.

HI­JO (sin mi­rar­lo): ¡No quie­ro!

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL que­da tur­ba­do.

 

HOM­BRE 1: Va a vol­ver.

HOM­BRE 2: Va a ne­ce­si­tar vol­ver al­gún día.

HOM­BRE 1: ¿Es­tá se­gu­ro?

HOM­BRE 2: Va a ne­ce­si­tar vol­ver un día de es­tos.

HOM­BRE 1: ¿Có­mo sa­be?

HOM­BRE 2: ¡Si no voy a sa­ber­lo yo!

HOM­BRE 1: ¿Y por qué?

HOM­BRE 2: ¡Si lo co­no­ce­ré!

HOM­BRE 1: ¿Us­ted es pa­rien­te?

HOM­BRE 2: ¡¡¿Pa­rien­te?!!

HOM­BRE 1: Sí. ¿Us­ted, es...?

HOM­BRE 2: ¡Ha­bra­se vis­to!

HOM­BRE 1: Bue­no, ¿es?

HOM­BRE 2: Tu­pé co­mo el su­yo... Pe­ro, si yo soy...

HOM­BRE 1: ¿A ver?

HOM­BRE 2: ¡Ah, no, in­so­len­te, no me pro­vo­que!

HOM­BRE 1: Si­ga, si­ga.

HOM­BRE 2: ¡Si lo sa­bré yo!

HOM­BRE 1: ¿Qué?

HOM­BRE 2: Que va a vol­ver.

HOM­BRE 1: Eso di­je.

HOM­BRE 2: Sí.

HOM­BRE 1: Sí.

HOM­BRE 2: Lo re­cuer­do.

HOM­BRE 1: Me ale­gro.

HOM­BRE 2: Per­fec­ta­men­te.

HOM­BRE 1: Di­je só­lo que iba a vol­ver.

HOM­BRE 2: Me te­mo...

HOM­BRE 1: Yo tam­bién.

HOM­BRE 2: No... Yo iba a de­cir... No im­por­ta. “Te­me­rás a tu Dios co­mo a tí mis­mo.”

HOM­BRE 1: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 1: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 1: ¡Es­te mo­zo!...

HOM­BRE 2: U otro.

HOM­BRE 1: Sí.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL (al HI­JO): Pe­ro, ni­ño... Tú es­tás so­lo y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

HI­JO (sin mi­rar­lo): ¡No quie­ro!

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pa­me tú. Us­ted. (Pausa. A la AN­CIA­NA.) Se­ño­ra: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber una co­pa.

AN­CIA­NA: ¡Otras que­rrán pa­rir de us­te­des!... ¡Ma­chos crue­les más ma­chos dul­ces! ¡Brrrrhh!... ¡Qué frío! Só­lo los vie­ji­tos se agol­pan en mi can­cel; los mu­cha­chi­tos ha­ra­ga­nean, pier­den la me­mo­ria. ¡Soy aris­ca a pa­rir, sé­pan­lo!...

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­CHA­CHA.

 

MU­CHA­CHA: Ano­che, me hu­bie­ra vis­to co­rrer ba­jo la llu­via... Bue­no, no sé en qué se trans­for­mó. Em­pe­za­mos a co­rrer —yo es­ta­ba con el mo­zo de “Or­fe­bre”—, pa­ra co­rrer, por em­bro­mar. El me quie­re co­mo a una no­via, yo an­da­ba ti­ra­da y él es­ta­ba sim­pá­ti­co, chis­to­so. Sa­lió lo de las cos­qui­llas, que oí de­cir, se de­cía en otro tiem­po, que quie­nes te­nían más cos­qui­llas eran más apa­sio­na­dos, más... Sa­lió de eso que se me da por ha­cer­le. Lo em­pie­zo a co­rrer por la re­co­va. Llo­vía, no ha­bía na­die... Se me em­pie­za a es­ca­par. Ni lo ha­bía aga­rra­do que, de pron­to, él se ar­ma y se po­ne co­mo yo, me en­fren­ta co­mo pa­ra él co­rrer­me y se me vie­ne en­ci­ma. Me le es­ca­po; y era des­con­cer­tan­te pe­ro me adap­té; no me gus­ta­ba de­ma­sia­do pe­ro me era con­fia­ble, y to­da­vía con un res­to de di­ver­ti­da, de di­ver­sión, le si­go el jue­go. ¡Qué...! ¡Me avi­vo!... Me estaba persiguiendo. El a mí. Sin jue-go. Me es­ta­ba per­si­guien­do de ver­dad, me per­se­guía no sé pa­ra qué pe­ro con vio­len­cia. Le gri­té bas­ta, le di­je bas­ta, ter­mi­ná, cor­nu­do; no muy al­to por­que ni po­día, y ade­más es­ta­ba can­sa­da, to­do por la re­co­va, pe­ro ya la otra cua­dra; y bue­no, bas­ta, y él se­guía... y él se­guía obs­ti­na­do, ha­bía per­di­do la ra­zón. Co­rrí ha­cia la pie­za..., digo... pla­za; llo­vía fuer­te, fue un ra­ti­to. Me aga­rró. Me abra­zó por de­trás, me apre­tó. Pri­me­ro con fu­ria, co­mo mal. Y por ahí, ¡plafff!..., no sa­bía qué ha­cer con­mi­go, le dio ver­güen­za, no aflo­jó mu­cho los bra­zos; ya me te­nía de fren­te, aflo­jó, pe­ro los bra­zos eran dos es­ta­cas, de­re­chos, du­ros y sin ma­nos; agran­dó los ojos, no me po­día mi­rar. En rea­li­dad, es­ta­ba fue­ra de sí, co­mo ha­bía es­ta­do fue­ra de sí, pe­ro aho­ra con te­rror.

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el AN­CIA­NO.

 

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ñor: us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­lo a be­ber una co­pa.

AN­CIA­NO: ¡¿Qué?! ¡Ni pien­so!...

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ñor... Us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

AN­CIA­NO: ¡Ya le di­je!

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Que­da de­mu­da­do.)

MU­JE­RIE­GO: “Ju­lio 78: Do­lo­res S., 35, ca­sa­da, cua­tro hi­jos, un ba­la­zo, Es­pa­ña, do­ble equis.

     Mar­ta G. R., 16, sol­te­ra, muy bien.

     Agos­to 78: Sil­vi­na Li­lian D., 41, se­pa­ra­da, tris­te.

     Vil­ma So­nia Elec­tra de V., 69, di­vor­cia­da, ma­ra­vi­llo­so.

     Pau­li­na D. C., 25, sol­te­ra, ge­nial, Bra­sil, do­ble equis.”

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el HOM­BRE 1. (Sos­ten­drá con el HOM­BRE 1 pri­me­ro y con el HOM­BRE 2 des­pués, diá­lo­gos se­me­jan­tes a los que ya ha man­te­ni­do —en es­tos ca­sos: cor­dia­les—; diá­lo­gos que se lle­van a ca­bo sin so­ni­do. Es­to em­pe­za­rá a ocu­rrir al tiem­po que se ini­cia el si­guien­te diá­lo­go en­tre la MU­JER 1 y la MU­JER 2:)

 

MU­JER 1: Es­toy muy apre­ta­da, en­lo­que­ci­da de pru­den­cia.

MU­JER 2: ¿Fuis­te al doc­tor?

MU­JER 1: No me re­vi­só. No me di­jo qué te­nía.

MU­JER 2: ¿Te dio al­go?

MU­JER 1: Na­da.

MU­JER 2: ¿Aná­li­sis?

MU­JER 1: Me mi­ró a los ojos. Tie­ne lin­dos ojos el doc­tor.

MU­JER 2: Ho­me­ó­pa­ta.

MU­JER 1: Sí, an­tes aná­li­sis. En ayu­nas. To­da­vía no sa­be­mos el re­sul­ta­do. Des­pués la me­di­ca­ción. ¿Que­rés ho­ra?

MU­JER 2: Bue­no...; si es bue­no...

MU­JER 1: Me su­be una co­sa... No, no me su­be... Al­go no me ba­ja. El cor­sé...

MU­JER 2: Hay que ali­ge­rar­se. Sí, hay que ali­ge­rar­se.

MU­JER 1: Me mi­ré en un es­pe­jo. Sor­pren­di­da. En el te­cho.

MU­JER 2: ¿Un es­pe­jo en el te­cho?

MU­JER 1: En el te­cho.

MU­JER 2: ¿Un es­pe­jo?

MU­JER 1: La úl­ti­ma vez. Ha­ce mu­cho. Era yo.

MU­JER 2: ¿Y có­mo?

MU­JER 1: ¿Y esa era yo? Sor­pren­di­da.

MU­JER 2: Acla­rá.

MU­JER 1: ¡Y era yo!... No sen­tía. No me lle­ga­ba bien. O yo.

MU­JER 2: Es­ta­bas... Ah, vos es­ta­bas...

MU­JER 1: El: un mim­bre.

MU­JER 2: Voy a ir.

MU­JER 1: Des­pa­ta­rra­dos. Son­reía. Lo mi­ré.

MU­JER 2: Es­cu­cha­me. Voy a ir.

MU­JER 1: Mi cor­pi­ño tie­ne seis bro­ches.

MU­JER 2: Pe­di­me ho­ra.

MU­JER 1: El me le­van­tó los mun­dos con los bra­zos: “¡Qué poe­ma des­me­su­ra­do!”, me di­jo.

MU­JER 2: ¿Te vas a acor­dar?... Los ojos... ¿de qué co­lor?...

MU­JER 1: El in­troi­to an­du­vo bien, lo me­nos es­pe­cí­fi­co. Yo so­bre­sa­lía de mí. Y aho­ra no me que­po.

MU­JER 2: ¡Seis bro­ches!

MU­JER 1: Exac­to.

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER.

 

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta, us­ted...

MU­JER: Mu­chas gra­cias. Pe­ro no acos­tum­bro.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted...

MU­JER: Por fa­vor, no in­sis­ta.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL se sien­ta en una de las si­llas de la me­sa de­so­cu­pa­da.

 

MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA: Cla­va­da. Que­da­ré. Cla­va­da. Es­ta ca­ra que se me pu­so. Con es­ta ca­ra que se me pu­so... Ca­ra de ex­tra­ñar­te. Su­ce­dá­neo. Im­po­si­ble reír. Reac­cio­nar. Los fan­tas­mas vie­nen a ca­ba­llo. Di­ver­sos. Nun­ca lle­gan y siem­pre vie­nen. (Lla­ma:) ¡Mo­zo!... Es­tre­lla­da. Que­da­ré. Es­tre­lla­da. Una es­tre­lla.

 

     El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL en­cien­de un ci­ga­rri­llo. Fu­ma.

 

MU­JE­RIE­GO: “Di­ciem­bre 82: Do­ra K., 59, viu­da, muy bien.

     Ce­li­na Ch., unos cua­ren­ta y cin­co, vir­gen, bien.

     Bea­triz Lau­ra R., 34, sol­te­ra, bien, do­ble equis.

     To­tal: Vein­ti­nue­ve.

     Ene­ro 83: Mir­ta Lui­sa, 27, sol­te­ra, in­tras­cen­den­te.

     Ne­né (Ade­la; nom­bre fal­so), 50, re­gu­lar, do­ble equis.”

HOM­BRE 1: Se cla­ma inú­til­men­te.

HOM­BRE 2: Eso di­go.

HOM­BRE 1: Lo so­li­da­rio, ¿eh? ¿Qué de­cir de lo so­li­da­rio? ¿Qué de­cir?

HOM­BRE 2: Po­co. ¿Qué?...

HOM­BRE 1: Se­gu­ra­men­te.

HOM­BRE 2: Y mu­cho me­nos de la pe­des­tre ge­ne­ro­si­dad, de la am­pli­tud del es­pí­ri­tu.

HOM­BRE 1: Me­nos, me­nos.

HOM­BRE 2: La es­tre­chez de mi­ras con­co­mi­tan­te de una ver­da­de­ra rea­li­za­ción hu­ma­na y lo hu­ma­no de­sa­rrai­ga­do de lo con­co­mi­tan­te.

HOM­BRE 1: Así se­rá.

HOM­BRE 2: Es que... ¿por qué no es de otra ma­ne­ra?

HOM­BRE 1: Y...

HOM­BRE 2: ¿Por qué?

HOM­BRE 1: ¡Ese es el te­ma!

HOM­BRE 2: D. H. Law­ren­ce, Proust, Key­ser­ling, Ce­li­ne, Krish­na­mur­ti, Ra­be­lais...: ¡Ma­gos! ¡Ma­gos!...

HOM­BRE 1: ¡Los leí, los leí!

HOM­BRE 2: Le creo.

HOM­BRE 1: ¡La tem­pes­tuo­si­dad de las pa­sio­nes!: obra de la ci­vi­li­za­ción.

HOM­BRE 2: La...

HOM­BRE 1: Jus­ta­men­te. ¿Y a qué con­du­ce?... El ar­dor, la ex­tin­ción de lo in­mi­se­ri­cor­de.

HOM­BRE 2: ¿A qué con­du­ce?

HOM­BRE 1: No con­du­ce.

HOM­BRE 2: Y en­ton­ces...: de­te­ni­dos.

HOM­BRE 1: Afin­ca­dos.

HOM­BRE 2: Pe­sa­dos. Amor­fos. Dó­ci­les.

HOM­BRE 1: Us­ted y yo...

HOM­BRE 2: Nos que­re­mos.

HOM­BRE 1: Pa­re­ci­do.

HOM­BRE 2: Dé­bil­men­te.

HOM­BRE 1: Crí­ti­cos.

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!...

HOM­BRE 1: Aus­te­ros. Sen­sa­tos, exa­ge­ra­da­men­te.

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo! De una so­la pie­za.

HOM­BRE 1: ¿No vie­ne?... In­mar­ce­si­bles, sin em­bar­go.

HOM­BRE 2: No.

 

     Apa­re­ce el MO­ZO por la puer­ta de la Con­fi­te­ría. Va ha­cia la me­sa don­de es­tá el CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL. Se sien­ta en la otra si­lla. Se in­cor­po­ra. Va ha­cia la me­sa don­de es­tá el HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO. Co­nec­ta el mi­cró­fo­no. Vuel­ve a sen­tar­se. Se oye al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO (aho­ra tam­bién por los par­lan­tes que hay co­lo­ca­dos en pla­tea). Dis­mi­nu­ye la luz. Has­ta la os­cu­ri­dad to­tal. Con­ti­núa oyén­do­se al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO. Te­lón.

 

Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

 

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