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comida

de ROLANDO REVAGLIATTI

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

ROLANDO REVAGLIATTI

 

revadans@yahoo.com.ar

 

 

“CO­MI­DA”

 

 Personaje Único: HOMBRE

 

INDUMENTARIA: Camisa, pantalón, chinelas, delantal de cocina.

 

ESCENARIO:

a)  Una silla contra la pared del escenario que queda a izquierda del espectador.

b)  Una mesa en proscenio.

c)  Un combinado a izquierda del espectador.

 

INDICACIONES: Durante toda la representación, discos de 78 R.P.M. giran y caen al plato del tocadiscos. Lo más que el espectador oye de ellos es el ruido que produce cada disco al caer. Por el parlante del combinado se oye desde bastante antes de que se ilumine el escenario, y comience la acción, la voz del HOMBRE. El HOMBRE no presta atención al combinado.

 

 

ACCION DETALLADA:

 

     El escenario iluminándose muy lentamente.

 

     Transcurridos algunos instantes, aparece el HOMBRE por derecha del espectador. Trae un mantel que pone en la mesa, así como una servilleta. Ubica la servilleta como para sentarse “de frente” al espectador. Se lo ve contento y en paz. Todas sus entradas y salidas las efectúa por derecha. Trae de la “cocina” elementos que coloca sobre la mesa. Dicha “cocina” no está en absoluto sugerida escenográficamente. Sale.

 

     Entra trayendo grisines, pan, manteca y sal. Sale.

 

     Entra trayendo la frutera y un huevo duro sin descascarar en un platito. Sale.

 

     Entra trayendo los cubiertos y el aparato que sujeta los frascos de aceite y de vinagre. Ubica los elementos sobria y aplicadamente. Elige el mejor sitio para cada cosa. Sale.

 

     Entra trayendo una mesita rodante, sobre la que hay una sopera con su cucharón, platos, una botella de un cuarto litro de vino blanco, un sifón, una copa y un sacacorchos. Pone sobre la mesa el vino, la soda, la copa, el sacacorchos y un plato hondo. Sale.

 

     Entra trayendo un plato con buñuelos. Y una ensalada. Y un sobre con queso rayado. Sale.

 

     Entra trayendo otros elementos, en fin, algún condimento, pickles, escarbadientes. En su última entrada desde la cocina, aparece ya sin el delantal.

 

     Va hasta donde está la silla. La toma. La lleva hasta la mesa y se sienta.

 

     Descascara el huevo, lo sala. Pone manteca sobre una rodaja de pan. Echa sal sobre la rodaja. Prepara la ensalada. Lustra alguna manzana. Descorcha la botella de vino. Se sirve vino. Sin soda. Se sirve la sopa, que está sumamente caliente. Revuelve la sopa. Sopla el humito. Le echa queso. Vuelve a soplar. Le echa pedacitos de pan. Revuelve. Pincha la lechuga.

 

     El tenedor llega muy cerca de la boca, pero no puede abrirla. Deja la lechuga en la ensaladera.

 

     Agrega aceite. Revuelve la ensalada.

 

     Lleva el vaso de vino a sus labios. Estos no se abren. Se le vuelca un poco encima. Deja el vaso en la mesa.

 

     Toma la rodaja de pan con manteca. Intenta morderla. No puede. Va violentándose. Deja la rodaja en la mesa.

 

     Toma el huevo duro. Intenta morderlo. No puede. Va crispándose. Se le tensan los brazos y las manos y los dedos. Deja el huevo en el platito.

 

     Toma el cuchillo. Corta el huevo en rodajitas sobre la ensalada.

 

     Toma nuevamente el vaso de vino. No puede beberlo. Lo deja.

 

     Pone un dedo sobre la tapa agujereada del salero, y lleva ese dedo con algún granito de sal hasta su lengua.

 

     Intenta que la cuchara con sopa pase por sus labios. Estos se abren, pero no sus dientes. Tira la cuchara en el plato.

 

     La crispación del HOMBRE va en aumento: vuelca cosas al suelo, se sube a la mesa, toma el sifón, apunta el pico del sifón a la sien y vigorosamente se dispara un chorro de soda, en simultánea con apagón.

 

VOZ DEL HOM­BRE: Las mon­jas me asus­tan. No las quie­ro. No las en­tien­do. Só­lo las de­seo. Di­go yo. Di­go que di­go yo. Aho­ra. (Pau­sa.) Pue­do ape­nas fle­xio­nar las ro­di­llas. Pe­ro soy el pri­me­ro cuan­do se tra­ta de co­rrer. Tran­cos lar­gos, grá­ci­les, y lo me­jor es cuan­do no to­co el sue­lo. ¿Al re­for­ma­to­rio yo?... ¡¿Tan chi­qui­to?! ¡¿Es pa­ra tan­to...?! ¡¿Al juez de me­no­res...?! (Pausa.) ¡¿Tan chiquito?! (Pausa.) Al fút­bol soy un ague­rri­do co­bar­dón. Un “ma­le­ta” a pu­ro ta­po­na­zo, que se arre­ba­ta fren­te a la pe­lo­ta, que pe­ga de “pun­tín” y si va en bue­na di­rec­ción: es gol. La tie­nen que ir a bus­car a la lu­na. “¡Eh, ma­le­ta, mi­rá dón­de la man­das­te!”: cuan­do no iba a pa­rar a la lu­na. “¿¡Pe­ro es­tás lo­co vos!?... ¡Aho­ra an­dá a bus­car­la!” Y co­rría, asu­mía mi bru­ta­li­dad, mis ac­ce­sos de cre­ti­nis­mo. (Pau­sa.) Soy un buen “fulbac”. (Pau­sa.) Lo que me ma­ta son las ba­las que no dis­pa­ré. Te hi­ce po­ner mal, pa­pá, cuan­do te di­je que yo sé lo que ha­go, que no quie­ro con­se­jos, que pre­fie­ro equi­vo­car­me so­lo. Esa no era una bue­na res­pues­ta pa­ra vos. Un hi­jo de­be acep­tar la guía, la con­duc­ción: el je­fe de la fa­mi­lia. (Pau­sa.) Al eclip­se lo quie­ro es­pe­rar des­pier­to. En la me­sa no se lee. Po­ne­te de­re­cho, mi­rá esa es­pal­da, te va­mos a com­prar el apa­ra­to. No se­rá con im­po­si­cio­nes que cre­ce­ré, no se­rá con mon­jas ni con ame­na­zas. Mi ma­má me mi­ma, me ba­ña o me re­ga­ña. Mi ma­má me quie­re que más no se pue­de, pe­ro yo no lo sé bien.

 

     Se oye al­gún tro­zo de can­ción sil­ba­da. Y al­gu­nos tri­nos y “bi­chos feos” eje­cu­ta­dos tam­bién con la téc­ni­ca del sil­bi­do.

 

     Leo y es­cri­bo a los cua­tro años. Y tres por una tres. Pe­ro can­to tan mal, tan mal... ¿Cuán­do no can­to? ¿Cuán­do no es­toy ti­ra­do con­tra la pa­red ha­cien­do la or­ques­ta? Ha­cien­do vo­ces, pe­ro no la mía. ¡Mi voz ver­da­de­ra es és­ta, se­ño­res! (Pau­sa.) Si ha­go al­gu­na ac­ción ma­la al­go ma­lo me va a pa­sar. Mi pie de­re­cho es fuer­te, va­le­ro­so. Pe­ro el dé­bil ga­na, el ame­dren­ta­do. Eso es la jus­ti­cia. La ma­no iz­quier­da se so­bre­po­ne y en el úl­ti­mo mo­men­to, pró­xi­ma a que­dar am­plia­men­te de­rro­ta­da, un ins­tan­te an­tes de so­bre­ve­nir la ex­te­nua­ción, des­com­pues­ta por el su­fri­mien­to, da vuel­ta la co­sa: ven­ce, ven­ce pa­ra siem­pre y siem­pre se­rá así. He re­gla­men­ta­do, he es­ti­pu­la­do, he con­cor­da­do. Má’ qué tan­ta vi­ta­mi­na, qué tan­ta “be do­ce”, qué tan­to pan­ci­to aden­tro de la so­pa. Pa­pá, que nun­ca fue pa­pá, tal vez “pa” al­gu­nas ve­ces, me pe­ga con la ma­no abier­ta por­que no de­seo in­ge­rir. Y en pú­bli­co. Ma­má, ma­mi, “ma” y des­pués na­da, me cas­ca por ha­cer uso in­de­bi­do del bi­dé. Yo so­me­to a las hor­mi­gas y me fas­ci­no con los ca­ra­co­les. Por be­llos y por pe­cu­lia­res.

 

Pau­sa.

 

     (Imi­ta a Pe­pe Arias): ¡¿Qué ha­cés, “amo­ma­ba­do”?! ¡Pe­ro pres­tá aten­ción con esa pa­lan­ga­na! ¡A ver si me ti­rás en­ci­ma el agua ja­bo­no­sa! ¡Mu­cho cui­da­di­to con la per­cha! ¡Yo soy de ver­dad, chi­tru­lo! ¡Y cuan­do quie­ras par­lo­tear con­mi­go me pe­dís au­dien­cia! “¡Amo­ma­ba­do!”

 

Pau­sa.

 

     (Pro­si­gue con su pro­pia voz.) To­dos los agos­tos vie­ne la par­ca por ca­sa. Vie­ne, ron­da, gua­da­ñea, ha­ce lo po­si­ble, oxí­ge­no pa­ra la abue­la, mé­di­cos, pro­fe­so­res, re­me­dios y pe­ni­ci­li­na. Y yo me voy a dor­mir con mi ma­má. Pe­ro se va. Des­pués de re­vol­ver­lo to­do, se va. No ga­na, de­sis­te; di­ce has­ta lue­gui­to. De to­dos mo­dos al­guien mue­re siem­pre en agos­to. Mien­tras es­cri­bo con pe­da­zos de ti­za, me ase­gu­ro los pan­ta­lo­nes, voy a bus­car el pan en­sar­ta­do en las san­da­lias pa­ra­gua­yas. La hi­ci­mos ha­blar bas­tan­te en ca­sa a la par­ca, sin em­bar­go. Nos dis­cur­sea­ba con ese olor a fra­za­da prin­go­sa, nos su­su­rra­ba...: vol­vé. ¿Por qué vol­vé? ¿A dón­de? (Pau­sa.) No se­rá ins­tán­do­me a ver quién va­cía pri­me­ro ca­da pla­to que co­me­ré. Ni me sub­yu­ga­rán con mo­ne­das. Ni con na­da. ¿O se cre­en que un chi­co no en­tien­de? ¿Que no hue­le, no oye, no sien­te, no pien­sa, no ve, no ne­ce­si­ta? ¿Que uno es un es­cudito fa­mi­liar, un ac­ce­so­rio? Un sím­bo­lo. La ro­pa se me cal­ma. Soy car­ne de pi­le­tón. Te­ra­pia de fas­ci­ne­ro­so pa­ra un ner­vio­so. ¡Upa-la-la­aa! Agüi­ta fres­ca y el al­ma se me cho­rrea. ¿¡Pe­ro no me ven, na­die se da cuen­ta de que eso es una per­ver­sión, una por­que­ría!? ¡Me mo­jan las aga­llas! ¡Qué mier­da, no soy un pes­ca­do! ¡Dé­jen­me ser al­gu­na co­sa! ¡Ah, no se atre­ven, ee­e­e­ehhh! Se van a vi­si­tar en­fer­mos, por eso me que­do ju­gan­do al “ru­mi”. Tan bien ves­ti­dos, con ca­ra de “vol­ve­mos tem­pra­no, po­ne­te el pi­ya­ma”. ¡Qué ma­ne­ra de te­ner­me mie­do, de ti­rar­me todo ese mie­do en­ci­ma! Pe­ro có­mo: ¡¿el hi­jo de la due­ña de la pen­sión le pi­de a los re­yes me­dian­te con­sa­bi­da y res­pe­tuo­sa car­ta la re­cep­ción de un au­ti­to, de esos pa­ra me­ter­se aden­tro, y apa­re­ce un tri­ci­clo?! Un tris­te tri­ci­clo. ¿Un sim­ple tri­ci­clo?... ¡¿To­do es­te tri­ci­clo pa­ra mí?! Mien­tras tan­to al hi­jo de una pen­sio­nis­ta le apa­re­ce un au­ti­to. ¡Y jue­ga con él! ¡Y an­da!... ¿Quién mi­ra por la ven­ta­na del au­la del co­le­gio? Yo. Aun­que no ha­ya pa­ja­ri­tos. ¿Quién lle­ga co­mo una trom­ba ha­cién­do­se en­ci­ma? Yo. ¿Quién se ubi­ca en las fies­tas de­ba­jo de la me­sa a la ho­ra de los cuen­tos ver­des? Yo. ¿Quién se em­bu­cha a los seis me­ses de su pro­pio na­ci­mien­to, me­dia pas­ti­lli­ta de se­dan­te? Yo. ¿Quién mi­ra re­vo­lo­tear a los pa­ja­ri­tos, que no hay, a tra­vés de la ven­ta­na del au­la del co­le­gio? ¡Yo, se­ño­res, yo! ¿Quién si no yo?: el más dó­cil ¡y el más bue­no!!

 

Pau­sa.

 

     Imi­ta a una or­ques­ta tí­pi­ca. Can­ta la pri­me­ra es­tro­fa del vals de Ge­ró­ni­mo y An­to­nio Su­re­da: “Ilu­sión Ma­ri­na”.

 

     Era la hi­ja del vie­ji­to guar­da fa­ro

     la prin­ce­si­ta de aque­lla so­le­dad,

     y le de­cían con amor los pes­ca­do­res

     que era la per­la más bo­ni­ta y blan­ca que guar­da­ba el mar.

     Fue pa­ra ella que can­ta­ron los ma­ri­nos

     que cru­za­ban las se­re­nas aguas huér­fa­nas de amor,

     y en sus can­tos lle­nos de ca­ri­ños siem­pre le de­cían

     que bri­lla­ban sus ojos más que el fa­ro y el sol.

 

Pau­sa.

 

     Las me­lli­zas eran ca­ri­ño­sas con­mi­go. Ba­tían la cla­ra de los hue­vos con un te­ne­dor, le echa­rían azú­car, va­ya a sa­ber, era ri­co, yo me lo co­mía. Me aca­ri­cia­ban, ha­bla­ban de sí, se sa­ca­ban la ro­pa. El de las fo­tos con las mu­je­res des­nu­das en las pa­re­des y en los por­ta­rre­tra­tos es­cu­cha­ba mú­si­ca clá­si­ca a to­do lo que da. Cuan­do la her­ma­na y la ma­dre ve­nían a vi­si­tar­lo, las pa­re­des que­da­ban ba­rri­das, lo más un al­ma­na­que. Ese tam­bién se sa­ca­ba la ro­pa de­lan­te mío. La pe­lo­ta se­bo­rrei­ca era ser­vi­cial. He­día, dor­mía do­ce ho­ras, y ex­cep­to los dis­cos, ni un rui­di­to. Yo le lle­va­ba el ca­fé con le­che a la ca­ma a Blan­ca, la chi­ca de la pie­za del fon­do, la que tra­ba­ja­ba de no­che, des­pués su­pe de qué, que a mí me gus­ta­ba tan­to, tan su­ge­ren­te. Arre­gla­ba en­chu­fes la pe­lo­ta, sol­da­ba ca­ños, ajus­ta­ba bal­do­sas y cam­bia­ba cue­ri­tos. Se son­reía con sig­ni­fi­ca­do. Blan­ca es­ta­ba muy bien, me per­tur­ba­ba su exis­ten­cia: mi sa­ber que de­ba­jo de su ro­pa, ella es­ta­ba to­da.

 

     Se oye unas cua­tro ve­ces la re­pe­ti­ción de las tres úl­ti­mas pa­la­bras. In­me­dia­ta­men­te des­pués se oye: “Mi sa­ber que de­ba­jo de su ro­pa ella es­ta­ba to­da”. Lue­go se oye la pa­la­bra “to­da”, va­rias ve­ces, co­mo si se vi­to­rea­se a un equi­po de fút­bol.

 

Pau­sa.

 

     Ca­len­tu­rien­to, ca­len­tu­rien­to, ¿por qué re­lle­na­ron los agu­je­ri­tos de aque­lla se­gun­da puer­ta del ba­ño gran­de, la que es­ta­ba tra­ba­da, la que da­ba di­rec­to a la pie­za en la cual al­guien siem­pre dor­mía? ¿Por qué le pe­ga­ban con el cin­tu­rón y a ve­ces con la he­bi­lla del cin­tu­rón, a Nor­ma? ¿Por qué yo oía los gri­tos del amor y del do­lor? ¿Por qué aque­lla plan­cha se des­li­zó has­ta tu ma­no? ¿Por qué me acuer­do de tu co­mu­nión con la man­te­ca?... ¿Qué es es­to? ¿Qué es­toy di­cien­do? Yo hu­bie­ra que­ri­do es­piar por los agu­je­ri­tos. ¡Oh, la ba­ña­de­ra! To­dos ha­bía­mos des­fi­la­do por allí.

 

Pau­sa.

 

     Re­co­mien­za el tex­to es­cu­cha­do has­ta que ce­sa con el apa­gón.

 

revadans@yahoo.com.ar  

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