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COMPÁS DE DOS POR CUATRO

de  Salvador Enríquez

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

Salvador Enríquez

 

editor@noticiasteatrales.es

 

COMPÁS DE DOS POR CUATRO

 

(Drama en un acto)

 

 

© El autor

 

 

Cuadro de texto: Reservados todos los derechos. El autor o su representante legal, la Sociedad General de Autores y Editores de España, son los únicos encargados de autorizar la representación, lectura pública, adaptación o traducción de esta obra.

 

 

Breve sinopsis:

La acción entre los años 1936 y 1940 en un imaginario lugar de España (aunque el país no se cita en la obra).

Cuatro personas, dos parejas (Víctor y Luisa, Gonzalo y Carmen), amigos entre sí, se encuentran disfrutando de una aparentemente grata velada en fiesta de cumpleaños. La música de Wagner sirve de fondo a la reunión.

Intervine “El Cuidador”, un ambiguo personaje, en unos momentos autoritario y en otros paternalista, que desecandena la tragedia: una Guerra Civil. En una guerra civil se enfrentan amigos y familiares. Las creencias, las posiciones políticas, hacen que las relaciones de pareja y de amistad entre los cuatro personajes se quiebren. Se separan, alguno desaparece bajo el ruido de unos disparos.

Víctor, sin recordar cómo, ha cruzado la frontera y aparece asilado “al otro lado de la frontera”. Allí le encuentra “El Visitante” que le lleva, en una pequeña maleta, lo que quedó de su vida: unos papeles, simples recuerdos que lo que ya no se podrá recuperar.

 

  

PERSONAJES

 

(Por orden de intervención)

 

VÍCTOR

LUISA (mujer de Víctor)

GONZALO

CARMEN (mujer de Gonzalo)

EL CUIDADOR

EL VISITANTE

 

Acción: Entre los años 1936 al 1940

 

 

ACTO ÚNICO

La escena vacía, con un ciclorama blanco iluminado intensamente. Suena una música de Wagner que empieza suavemente y sube a gran intensidad.

Escena I

(Desde el escenario, un foco de seguimiento ilumina el pasillo central de la platea por el que aparecen VÍCTOR, LUISA, GONZALO y CARMEN, vestidos con ropa de calle, un punto elegante; con dificultad arrastran maletas y bultos. Van seguidos de EL CUIDADOR, que viste un uniforme que recuerda al de un enfermero. Todos van hacia el escenario y suben. Se apaga el foco de seguimiento y desciende la intensidad de la música hasta hacerse un silencio. Entonces los cuatro sueltan las maletas y los bultos en el suelo y observan la estancia. EL CUIDADOR los mira con una sonrisa y gesto de conmiseración).

VÍCTOR.- (Observando a su alrededor) Parece que no está mal.

LUISA.- Ya nos lo dijeron: “en esa casa estaréis cómodos”.

GONZALO.- (Con dudas) Bueno, ya veremos… ¡eso el tiempo lo dirá!

CARMEN.- (Resuelta) Y si no estamos cómodos… ¡con irnos a otro sitio... resuelto!

EL CUIDADOR.- (Irónico) Si usted lo dice…

CARMEN.- ¡Claro que lo digo! Cuando no estoy a gusto en un lugar… ¡me voy y listo!

EL CUIDADOR.- Estarán bien… si se comportan, si no crean problemas de convivencia, si respetan a los demás…

LUISA.- ¡Jesús! ¿Nos va a dar una clase de... urbanidad, como se decía en tiempos?

EL CUIDADOR.- Son normas de convivencia. Solamente. A mí me toca mantenerlas, hacer que se cumplan. No están ustedes solos, no olviden eso.

GONZALO.- Insisto: el tiempo lo dirá. (Pausa) Bueno, vamos a acomodarnos ¿no? Será lo mejor.

EL CUIDADOR.- Sí, eso será lo más indicado. Tiempo tendrán de conocer todo esto, de acostumbrarse a… la casa. Yo les acompaño a sus habitaciones y van colocando en su sitio todas las pertenencias. Así se van situando.

VÍCTOR.- (A EL CUIDADOR) Oiga y… ¿podremos bajar luego aquí?

EL CUIDADOR.- Sí, naturalmente. Como si estuvieran en su casa. (Intentando rectificar) ¡Vamos, que están en su casa!

GONZALO.- (A EL CUIDADOR) Es que… ¿sabe? queremos festejar un cumpleaños.

EL CUIDADOR.- ¡Excelente! (Aparte) ¡Qué ironía! ¡Un cumpleaños! (A los cuatro) Pues nada… ¡vamos arriba, deshacen las maletas y luego bajan! (Inicia la salida por la izquierda) Yo les conduzco, síganme. (Sale)

(VÍCTOR, LUISA, GONZALO y CARMEN cogen las maletas y despacio, observando con curiosidad el espacio, salen por la izquierda siguiendo a EL CUIDADOR. Hay un silencio durante el cual la luz baja de intensidad y entra una iluminación azulada, suave, acompañada de un potente tic-tac de reloj)

 

Escena II

(Nuevamente entra la música de Wagner y luz intensa. Por la izquierda aparecen VÍCTOR y LUISA y a un tiempo, por la derecha, lo hacen GONZALO y CARMEN. Gesticulan ampulosamente al ritmo de la música. Ambas parejas coinciden en el centro, sonríen casi grotescamente y salen por donde entraron. Sigue la música. Vuelven a entrar con los mismos gestos. Ahora llevan algún mobiliario como una mesita, sendas sillas y una bandeja con bebidas y aperitivos. Sitúan la mesita en el centro de la escena, junto a ella ponen las sillas y se sientan. Por unos instantes se quedan escuchando la música. Ésta baja de volumen hasta hacerse un silencio. Los cuatro personajes se miran como sorprendidos y con gestos de interrogación. La iluminación baja hasta hacerse natural)

VÍCTOR.- Pues… ¡ya se ha terminado! ¿Pongo el disco de nuevo?

LUISA.- A mí me gusta, Víctor.

GONZALO.- No, déjalo, ya está bien. Es… una música potente y termina cansando.

CARMEN.- Sí, una vez… o dos o tres, vale, pero… ¡toda la tarde con ella es demasiado! ¿No?

VÍCTOR.- Pues sí, pero… si no ¿qué hacemos?

CARMEN.- Pues Carmen… hablar ¿no sabes lo que es hablar?

LUISA.- ¿Y de qué?

CARMEN.- Pues… no sé, de lo que sea. La gente habla ¿no?

VÍCTOR.- (Sonriendo) Sí, eso creo que la gente habla… o hablaba.

GONZALO.- (Insistiendo) Hablaba, eso es seguro; ahora… cada vez menos. Creo que ya no tenemos nada que contarnos.

VÍCTOR.- Con el paso del tiempo todo está dicho, lo demás sería repetirse. ¡Como hemos hecho con la música de Wagner! ¡Repetir y repetir!

LUISA.- (Irónica) Pero una cosa es repetir a Wagner y otra repetirte tú.

VÍCTOR.- (Molesto) ¡No me repito tanto! Quizá es que a ti te molesta que hable… ¿Prefieres el silencio?

LUISA.- Prefiero a Warger, eso es todo.

GONZALO.- No entremos en una absurda discusión ¡por favor!

CARMEN.- Nos hemos reunido a celebrar un cumpleaños no a discutir.

VÍCTOR.- No tiene importancia. Son, como diría Tenorio, “pláticas de familia”.

CARMEN.- (Transición) ¡Venga! Vamos a brindar por Víctor y por los muchos años que cumple.

VÍCTOR.- (Intentado bromear) ¡Cuidado! No son tantos años, sólo cuarenta y… tantos.

LUISA.- ¡Cincuenta! No apliques la economía a tu edad.

VÍCTOR.- Bueno, pues ¡cincuenta! Pero sin ironías y sin dramatismos.

LUISA.- Yo no dramatizo, lo haces tú. Piensas en tu edad y se te pone cara de tristeza.

GONZALO.- (Sirviendo unas copas) ¡Es una magnifica edad! Hace años, tener cincuenta era… como haber llagando a la vejez; hoy en día, en cambio, se está en una maravillosa madurez.

CARMEN.- Pues nada (Alzando la copa) ¡Por los cincuenta! y… ¡que cumplas otros tantos!

GONZALO.- ¡Por los cincuenta!

LUISA.- (Con desgana) Feliz cumpleaños.

VÍCTOR.- ¡Por vosotros! ¡Que nos sigamos viendo durante años!

(Todos bebe. Tras ello se hace un silencio duro y espeso. Los cuatro se miran a la cara sin saber qué decir)

VÍCTOR.- (Intentando romper el silencio, bromea aunque con desgana) ¿Sabéis cuando me sentí si no viejo sí mayor?

CARMEN.- ¿Cuándo?

VÍCTOR.- Un día, en el metro, había una chica delante de mí; cuando iba a salir le pregunté “¿vas a salir?” y me respondido con un “no señor, pase usted”. (Fingiendo enfado) ¡La muy boba! En lugar de hablarme de tú… me lanzó, como un insulto, aquel “señor” y “usted” que fue como un dardo (En fingido tono cursi) en mi corazón juvenil.

GONZALO.- Bueno… sería una chica educada.

CARMEN. – Él, Víctor, no se refiere a la educación de aquella chica, sino a la impresión que le produjo.

VÍCTOR.- (A GONZALO) Mira, Gonzalo, no se trata, como dice Carmen, de las palabras ni del sentido que ellas tiene, sino de la sensación que a uno le pueden producir. A veces, la palabra más simple, la frase más sencilla, te pueden hacer un daño enorme. Yo, aunque lo he comentado en tono de broma, me sentí afectado. Me hizo daño aquel “usted” y aquel “señor”. (A LUISA) ¿Qué piensas tú de ello, Luisa?

LUISA.- Que…no sé… (Con dudas) que quizá tienes razón. Las palabras tienen una carga que a veces explota cuando las recibimos, cuando impactan en nosotros.

GONZALO.- A lo mejor es que nos resistimos a envejecer.

(Todos sonríen sin gana, forzadamente. Se hace un nuevo silencio)

CARMEN.- ¡Ha pasado un ángel!

GONZALO.- ¿Cómo?

CARMEN.- Sí, eso se dice cuando se produce un silencio así, como éste.

VÍCTOR.- ¡Los ángeles! ¡Maravillosas figuras!

CARMEN.- ¿Tú crees en ellos?

VÍCTOR.- ¿En que ha pasado un ángel cuando se hace un silencio?

CARMEN.- ¡No, bobo! Me refiero a creer en su existencia… en que los hay (Señala arriba, hacia el cielo) allá, en el cielo o… donde sea.

VÍCTOR.- (Sonriendo) ¡Ah! pues… me gustaría creer pero… no, no creo en esas mitologías aunque son, parecen, maravillosas. Debe ser un consuelo creer en algo más que lo que tenemos aquí abajo.

LUISA.- ¡Yo sí creo!

VÍCTOR.- (A LUISA) ¡Pues allá tú!

LUISA.- ¡Será posible! ¡La forma de despreciar mis creencias! (A GONZALO) ¿Tú crees que se puede convivir con una persona así? Su afán, siempre, es quitar importancia, menospreciar, cualquier cosa que yo diga.

CARMEN.- Pues a Gonzalo yo lo enseñé desde el primer día: (Fingiendo que bromea) ¡O me respetas en todo o… a la calle!

LUISA.- ¡Sois una pareja encantadora!

CARMEN.- Menos cuando dejamos de serlo.

VÍCTOR.- (Sirviendo bebidas) Vamos a tomar otra copita… ahoguemos las penas (Ríe).

LUISA.- (Saliendo por la derecha) Voy a poner música. (Sale).

(De nuevo se escucha música de Wagner en tono bajo. LUISA vuelve a escena por donde salió. Refiriéndose a la música)

 Ya es otra cosa, así, bajita, sirve de fondo…

CARMEN.- A mí es que esa música… así, tan… ampulosa, ¡qué quieres que te diga!, me recuerda los desfiles militares…

VÍCTOR.- (Completando la frase) Que son vistosos pero que encubren violencia: las armas desfilando, por muy brillantes que estén, encierran muerte.

GONZALO.- (Con gesto de disgusto) ¡Ya has dicho la palabra! ¡La que no deberías decir!

VÍCTOR.- (Con gesto de asombro y duda) ¿Porqué?

GONZALO.- No me gusta esa palabra, y menos en un cumpleaños. De joven la oyes y te sugiere algo muy lejano, casi irreal, como los ángeles de los que hablábamos antes, pero…

VÍCTOR.- Pero… ¿qué?

CARMEN.- (Asintiendo) Sí, a Gonzalo le pone muy nervioso esa palabra.

GONZALO.- (Continúa su anterior frase) Pero a partir de una edad se empieza a hacer habitual en la vida. Va tomando forma como algo existente, como algo que se acerca… que está más o menos próximo.

LUISA.- No tiene tanta importancia.

GONZALO.- Es lo que hablábamos antes: la carga que llevan las palabras. Esa misma, cuado se empieza a hacer habitual en tu vocabulario… malo, malo… Y es que a partir de una edad, cada mes, cada semestre, la vas aplicando a algún conocido. Hoy es un amigo, ayer un conocido, cuando menos lo esperas es un familiar… o alguien a quien recuerdas de tiempos de tu infancia. (Pausa) Y todas esas situaciones me entristecen.

VÍCTOR.- (Tratando de animarle) ¡Vamos! ¡No debes verlo así! ¡Tú aún eres joven! ¡Somos unos jóvenes!

 

Escena III

(Se deja de oír la música y por la derecha entra EL CUIDADOR. La luz cambia a un tono azulado, como de una noche clara).

EL CUIDADOR.- (A todos) ¿Qué tal va eso? He quitado la música porque ya es tarde y puede despertar a otros residentes.

LUISA.- ¿Residentes? ¡Querrá decir vecinos!

EL CUIDADOR.- Bueno (Con gesto de paciencia) pues vecinos, como quiera. Deben tratar de guardar silencio o, al menos, hablar en tono bajo ¿entendido?

VÍCTOR.- Sí, claro.

GONZALO.- Pero… ¿a quién molestamos?

CARMEN.- Ya lo ha dicho: ¡a los vecinos!

LUISA.- (Riendo) Pues que se animen y se bajen con nosotros a tomar una copita.

EL CUIDADOR.- Hay que seguir las normas. Es preciso mantener la convivencia.

LUISA.- (Aparte) ¡Está loco!

CARMEN.- (Aparte, a GONZALO) ¡Quien se ha creído que es!

GONZALO.- No sé… le gusta mandar, dirigir… decirnos lo que debemos o no hacer. Creo que es un maniático.

EL CUIDADOR.- (Iniciando la salida por la derecha) Dentro de un rato vuelvo a ver cómo va todo. Pero ya saben: sin hacer ruido. (Sale)

Escena IV

(La luz azulada desaparece y queda iluminación natural. Todos se quedan mirando con gesto de asombro a EL CUIDADOR)

VÍCTOR.- (Pensativo) ¿Ha dicho “los otros residentes”?

LUISA.- Sí, eso ha dicho.

CARMEN.- Se habrá confundido… ya sabes… la mala aplicación y el valor de las palabras… (Se ríe).

GONZALO.- No ha sido un error, ha sido consciente al decir “residentes”.

(Hay una pausa larga durante la cual todos se miran con gesto de asombro y duda)

VÍCTOR.- (Intentando aclararse) Si ésta es mi casa… quienes viven cerca son los vecinos ¿no es así?

GONZALO.- Así es.

VÍCTOR.- Entonces… ¿a qué viene lo de “residentes”?

LUISA.- ¿No has pensado, Víctor, que a lo mejor ésta no es tu casa?

VÍCTOR.- ¿Qué es entonces? ¿Me lo preguntas tú que eres mi mujer?

LUISA.- (Con un rictus de tristeza) No sé… tal vez…

CARMEN.- (Intentando recomponer la situación) ¿Por qué no seguimos con lo nuestro y olvidamos a ese hombre? No hay que darle importancia… como dice Luisa, está loco; y Gonzalo ha comentado, no sin razón, que es que sólo le gusta mandar, dirigir…

VÍCTOR.- Tal vez es que puede hacerlo.

LUISA.- ¡Porque lo dejamos! ¡Porque se lo permitimos!

CARMEN.- ¿Y quién se opone a él? ¿Quieres que nos enfrentemos a… su poder?

GONZALO.- Quizá sería bueno, ¿qué puede pasar? ¿Que nos quite la música? ¿Que nos haga callar?

LUISA.- No se trata de las represalias que pueda tomar, sino de que nos hace perder nuestro sentido de libertad.

GONZALO.- (Irónico) ¡La libertad! ¿para qué?

VÍCTOR.- (Enfadado) ¡Déjate de frases hechas y de retórica vacía!

LUISA.- Creo que esa libertad de la que hablas la perdimos hace tiempo… cuando entramos aquí.

CARMEN.- ¿Aquí?

LUISA.- Sí, cuando llegamos a este lugar en el que, al parecer, no tenemos vecinos, sino “residentes” (Con ironía) “otros residentes”.

VÍCTOR.- Puede que no tengamos consciencia de dónde nos encontramos. Yo creo que esto es mi casa, os invité a ella, pero…

CARMEN.- ¿Dudas?

VÍCTOR.- Sí, ahora dudo.

GONZALO.- Os estáis poniendo en plan serio y eso no vale, una celebración como la de hoy es eso: un festejo, y no debemos...

VÍCTOR.- Puede ser un festejo que nosotros estamos soñando, imaginando... Todo iba bien hasta que se pronunció la palabra “muerte”, hasta que ese hombre llegó y nos recordó que… podemos molestar con la música; hasta que algo, sin darnos cuenta, nos empezó a poner ante nuestra propia realidad.

LUISA.- (Resuelta) Mira, Víctor, la realidad, nuestra realidad, es solo una: tú y yo formamos un matrimonio, una pareja al modo convencional, clásico: llevamos muchos años de convivencia, los cincuenta años son solo un símbolo… ¡no hay más!

VÍCTOR.- Para ti, Luisa, todo es muy simple. Tremendamente sencillo. Todo lo conviertes en un esquema del que no hay razones para salir.

LUISA.- ¡Tal vez sea una esquemática! Un esquema, no una persona.

VÍCTOR.- (Con enfado) ¡Sin ironías, por favor!

GONZALO.- (Presintiendo la discusión que se avecina) Bueno, bueno… no vayamos a discutir por nada… no vale la pena…

LUISA.- (A VÍCTOR, con gesto de tristeza) Mis esquemas te aburren ¿verdad?

VÍCTOR.- (En un arranque de aparente extrema sinceridad) ¡Me aburres toda! No solo tus esquemas, como dices.

(Por la derecha entra de nuevo EL CUIDADOR. Vuelve la luz azulada)

 

Escena V

EL CUIDADOR.- Ya veo que se lo pasan bien los cuatro ¿no? (Pausa) ¿Cómo va todo?

VÍCTOR.- (Secamente) Bien, ¿por qué no iba a ir bien?

EL CUIDADOR.- ¡Naturalmente! ¡Porqué no iba a ir bien! Pero me pareció que se gritaban.

GONZALO.- Nada de importancia. Fue solo una discusión… amistosa.

EL CUIDADOR.- Bueno, pues en vista de que estamos en plan amistoso… amigablemente siento romper la reunión. (A GONZALO y a CARMEN) Ustedes tienen que venirse conmigo. Es la hora de sus ejercicios.

CARMEN.- (Con fingido enfado) ¡Oh… no!

GONZALO.- (A CARMEN) Quizá sea mejor dejaros solos.

VÍCTOR.- (A GONZALO) Tú lo dijiste (Señalando al EL CUIDADOR) Le gusta mandar, dirigir…

CARMEN.- Bueno, luego volveremos.

GONZALO.- Sí, si no se hace muy tarde volvemos con vosotros.

(Por la derecha salen de escena CARMEN y GONZALO seguidos de EL CUIDADOR. Baja la luz azulada hasta desaparecer y queda iluminación natural)

 

Escena VI

(En escena han quedado solamente VÍCTOR y LUISA. Ante una tremenda soledad y el silencio que hay, se miran como extrañados)

LUISA.- (Sirviéndose una copa) En fin, parece que esto (Por la bebida) es lo que nos queda ¿no?

VÍCTOR.- Si tú lo dices… (Va a la mesita de las bebidas y se sirve una) pero quizá podría haber más.

LUISA.- Más… ¿qué?

VÍCTOR.- Más… algo más en nuestras vidas, no sólo la bebida.

LUISA.- Mira… (Sonriendo) no te pongas filosófico y mucho menos romántico, que te veo venir; así solamente consigues que me ría.

VÍCTOR.- ¿Te produzco risa?

LUISA.- No sé qué decirte, pero es que cuando empiezas con esas frases… me suenan a diálogos de viejas películas en blanco y negro: muy bien escritos pero en ocasiones poco naturales. La gente normal y corriente no habla así.

VÍCTOR.- Entonces… de callo. Quizá sea lo mejor.

LUISA.- (No queriendo caer en el silencio) O… a lo mejor es el ambiente, este… (Señalando a todo lo que les rodea) ambiente tan… artificial. Puede que influya.

VÍCTOR.- ¿Tú crees?

LUISA.- Creo, es posible. Aquí nada es natural, ni la luz, ni el mobiliario, ni la música… ni las personas. ¡Nosotros no somos naturales!

VÍCTOR.- (Irónico) ¿Quieres decir que somos… sobrenaturales?

LUISA.- (Con gesto de asco) ¡No! Todo lo contrario, somos unos seres aburridos, arrojados a este lugar para sobrevivir de la mejor forma que podamos.

VÍCTOR.- (Confuso) No sé, a veces me siento confuso. Han pasado tantas cosas que algunas me parecen irreales, otras…

LUISA.- Otras incomprensibles, pero todas son o han sido así. El tiempo no pasó en balde y por muy bien que nos veamos exteriormente por dentro llevamos el tiempo vivido.

VÍCTOR.- Ahora eres tú quien recurre a los diálogos de viejas películas en blanco y negro.

LUISA.- Es posible que haya que recurrir a imágenes para que tengamos formas, para que nos identifiquemos con alguien, con lo que fuimos, quizá. (Pausa) A veces me comparo con Carmen…

VÍCTOR.- Tiene gracia, es curioso, y yo lo he hecho con Gonzalo; a veces me comparo con él.

LUISA.- ¿Y..?

VÍCTOR.- Nada. Creo que solo nos parecemos en la soledad y en la nada que nos envuelve.

LUISA.- (Sonriendo, con cierta amargura) Somos… dos parejas… que escuchan música a veces y toman copas, nada más.

VÍCTOR.- Sí, los cuatro seguimos el mismo compás.

LUISA.- Un absurdo compás… (Aparte) ¡Si se pudiera dar marcha atrás..!

VÍCTOR.- ¿Cómo dices?

LUISA.- Nada, no dije nada. O… sí, dije algo pero solo para mí. Fue pensando en voz alta.

VÍCTOR.- Deberíamos replantearnos muchas cosas.

(Ambos toman sendas sillas, van al lateral derecho y se sientan mirando hacia el público. Baja la luz de escena y quedan iluminados solamente por un foco cenital)

LUISA.- ¿Replantearnos la situación, dices?

VÍCTOR.- Tal vez sí. ¡Quiénes somos! ¡Qué hacemos aquí! ¡Qué lugar es este! ¡No basta con celebrar, digamos, un cumpleaños con bebidas y música de Wagner!

 

Escena VII

(Un foco cenital ilumina la parte izquierda de la escena. Por la izquierda regresan GONZALO y CARMEN. Se sientan en sendas sillas bajo el foco, también mirando hacia el público)

CARMEN.- Oye, Gonzalo, y estos (Por VÍCTOR y LUISA) ¿no hacen nunca los ejercicios que hacemos nosotros?

GONZALO.- Parece que no. Si El Cuidador no les llama…

CARMEN.- (Con enfado) ¡El Cuidador, El Cuidador! ¿Es que todo tiene que ser marcado y decidido por él?

GONZALO.- Cuando vinimos ya sabíamos las normas, las condiciones…

CARMEN.- (Con dudas) ¿Dices… cuando vinimos? (Pausa) Es verdad, esta no es la casa de Víctor y Luisa… no, no lo es, aunque ellos a lo mejor lo crean.

GONZALO.- Sí, lo es. Y la nuestra también. Pero no es la casa convencional en la que tú piensas.

CARMEN.- Les dijimos que volveríamos…

GONZALO.- (Señalando a la derecha, donde están VÍCTOR y LUISA) Están ahí… pero déjalos, quizá es mejor que estén solos.

VÍCTOR.- (A LUISA) Parece que han vuelto ¿no?

LUISA.- (Mirando a la izquierda) Sí, están ahí, pero parece que están… en lo suyo, creo que desean estar solos… ¡déjalos!

CARMEN.- ¡Déjalos!

GONZALO.- (A CARMEN) Si tú lo dices…

VÍCTOR.- (Para sí) Sí, mejor dejarlos.

LUISA.- (Musitando) Sí.

GONZALO.- (A CARMEN) Eso es lo malo: estar o sentirse solos… aunque nos parezca lo mejor. Creo que todo lo que hicimos antes fue una estúpida ilusión.

CARMEN.- (Con curiosidad. A GONZALO) ¿Lo que hicimos en nuestra vida?

GONZALO.- (A CARMEN) ¡No! Lo de antes, la fiesta de cumpleaños. (Sonriendo sin gana) Yo no soy tan profundo como para plantearme ahora una vida pasada.

CARMEN.- (Mirando a GONZALO. Para sí) ¡Estás vacío!

VÍCTOR.- (A LUISA) Yo no estoy vacío… tengo mis ideas, me inquietan las cosas…

LUISA.- (A VÍCTOR) ¿Y quién dijo que estés vacío?

VÍCTOR.- (A LUISA) No sé… me pareció oírtelo decir.

CARMEN.- (A GONZALO) Si es verdad que tienes ideas, inquietudes, que te importan las cosas, deberías analizar el pasado, tu… nuestro, pasado.

GONZALO.- (A CARMEN) Nunca me entendiste.

CARMEN.- (A GONZALO) ¿He de ser yo quien entienda y comprenda? ¿Y tú no? ¿Tú nunca, pese a que tienes ideas?

VÍCTOR.- (A LUISA) Deberíamos descansar. Ha sido un día muy movido.

LUISA.- Tal vez sea mejor, sí.

GONZALO.- (A CARMEN) Dejémoslo para otro momento. Estoy cansado.

CARMEN.- (A GONZALO) Quizá sea lo mejor. Vamos a dormir y posiblemente mañana nos levantemos más despejados.

(Baja la luz de los dos cenitales hasta oscuro. En este oscuro los cuatro personajes salen de escena. Entra iluminación azul y de nuevo se deja oír el tic-tac de un reloj. En primer plano, por los altavoces de sala, entra el sonido de unas respiraciones profundas, las de los cuatro personajes que, suponemos, duerme).

 

Escena VIII

(Luz en tono gris al fondo y unos destellos, intensos, iluminan el resto de la escena acompañados de fuertes ruidos como de disparos. En “off”se oyen las voces de los personajes)

VOZ DE VÍCTOR.- Esto se pone feo. Esos disparos los hacen desde muy cerca. No me siento seguro.

VOZ DE LUISA.- Yo tampoco. Por la calle parece que pasan militares… disparan desde las esquinas, escondidos.

VOZ DE GONZALO.- Mira… por allí se ven más. Pero esos no van de militar ¡y también disparan!

VOZ DE CARMEN.- ¡Esto es una revuelta! Pasará pronto. Pronto tendremos silencio.

VOZ DE GONZALO.- Eso es lo malo, el silencio.

VOZ DE LUISA.- El silencio será la paz.

VOZ DE VÍCTOR.- ¡No me gusta la paz de los cementerios!

VOZ DE EL CUIDADOR.- (Potente, con tono de arenga) ¡Hay que mantener el orden! ¡El ejército a la calle y a quien se oponga se le elimina!

VOZ DE VÍCTOR.- ¡Es él!

VOZ DE CARMEN.- ¡Sí, es El Cuidador!

VOZ DE LUISA.- ¡El orden lo primero!

VOZ DE CARMEN.- ¡Primero la libertad!

(Sigue el ruido de los disparos durante unos segundos, así como el centelleo de los disparos).

 

Escena IX

(En el fondo, vestidos de gris, aparecen VÍCTOR y LUISA. Se mantiene el tono grisáceo de la iluminación).

LUISA.- Se veía venir. ¡Tanto desorden! ¡Tanta libertad que… ya era libertinaje..!

VÍCTOR.- Mujer... no es desorden, es libertad; es… que cada uno sea libre para hacer lo que quiera y vivir como le plazca. (Con cierto temor) ¡Vamos, creo yo! aunque no estés muy de acuerdo.

LUISA.- (Con enfado) Pero hay formas de vivir que no se pueden tolerar. Hay gente a la que es necesario meterla en cintura. Ya oíste a Carmen: ¡primero la libertad!, dijo, (Pausa breve) ¡más que decir lo gritó! ¡Que asco! ¡Hay que acabar con todo eso y, si es necesario, con todos ellos!

VÍCTOR.- Me asustas, Luisa. Nunca creí que pensaras así. Estoy de acuerdo contigo en muchas cosas, pero… ¡te pones tan radical que..!

LUISA.- Y yo tampoco creí que tú trataras de justificarlos.

VÍCTOR.- En todo caso, será justificarla, a ella, porque Gonzalo no ha dicho nada.

LUISA.- Los dos pensarán igual. Dos que duermen en el mismo colchón…

(Salen por la derecha)

 

Escena X

(En el fondo, también vestidos de gris, aparecen GONZALO y CARMEN)

CARMEN.- Siento miedo, Gonzalo, esto es un golpe.

(De nuevo se oyen disparos y alguna carga de artillería más pesada)

GONZALO.- No será para tanto (Disimulando malamente la preocupación) Tal vez un… cuartelazo, algún militar descontento… Tranquila, pronto se abortará la intentona… si es que ha sido eso.

CARMEN.- (Con gesto de preocupación) Como muchos piensen y sean como Luisa… ¡ya me dirás a dónde vamos! Para ella, ya la oíste, lo primero es el orden, aunque se mantenga a base de tiros y por encima de los muertos.

(Salen por la izquierda)

(Por los altavoces de sala, alternativamente, se dejan oír algunos compases de los himnos “A las barricadas” y del “Cara al sol”. Baja la luz hasta hacerse un oscuro que dura solo unos segundos).

 

Escena XI

(Al volver la luz, con intensidad normal, aparece en el centro de la escena, sobre un taburete, EL CUIDADOR. Lleva puesto un gorro militar con borla, tipo “cuartelero”, y luce un ridículo bigotito)

EL CUIDADOR.- (Se dirige al público. En tono de arenga) A cuantos sentís el santo amor a la Patria, a los que en las filas del Ejército y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la Patria, a los que jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la Nación os llama a su defensa. La situación de nuestra Patria es cada día que pasa más crítica; la anarquía reina en la mayoría de sus campos y pueblos; autoridades de nombramiento gubernativo presiden, cuando no fomentan, las revueltas. A tiros de pistola y ametralladoras se dirimen las diferencias entre los bandos de ciudadanos, que alevosa y traidoramente se asesinan sin que los poderes públicos impongan la paz y la justicia. (Continúa gesticulando como si siguiera con su arenga)

(Por la izquierda entran GONZALO Y CARMEN. Observan la escena con gesto de asombro y temor)

CARMEN.- (A GONZALO) Es un militar. Lo que te dije: esto es un golpe de estado.

GONZALO.- (Cabizbajo) Si… eso me temo. Sospecho que se avecina días malos aunque… ¡no dejará de ser una intentona! ya sabes: un cuartelazo, vamos.

CARMEN.- ¡Ojalá sea así!

EL CUIDADOR.- (Continúa la arenga, dirigiéndose al público y sin reparar en GONZALO y CARMEN) Los más graves delitos se cometen en las ciudades y en los campos mientras las fuerzas del orden público permanecen acuarteladas, corroídas por la desesperación que provoca una obediencia ciega a gobernantes que intentan deshonrarlas. El Ejército, la Marina y demás institutos armados son blanco de los más soeces y calumniosos ataques precisamente por parte de aquellos que debían velar por su prestigio. (Continúa gesticulando como si siguiera con su arenga)

(Por la derecha entran VÍCTOR y LUISA. Observan a EL CUIDADOR y sonríen levemente)

LUISA.- (A VÍCTOR) ¡Claro! Como debe de ser.

VÍCTOR.- Debe de ser… ¿el qué?

LUISA.- Pareces tonto, ¿no entiendes o no quieres entender?

VÍCTOR.- Preferiría no entender, pero... sí, entiendo y por eso me preocupa todo esto que está pasando.

EL CUIDADOR.- (Nuevamente en tono de arenga, pero además de dirigirse al público lo hace también a VÍCTOR, LUISA, GONZALO y CARMEN) Justicia e igualdad ante la ley os ofrecemos. Paz y amor entre todos. Libertad y fraternidad exentas de libertinaje y tiranía. Trabajo para todos. Justicia social, llevada a cabo sin enconos ni violencias, y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía. Pero, frente a eso, una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a los engañadores del obrero honrado, a los extranjeros y a los extranjerizantes que directa o solapadamente intentan destruir nuestra Patria.

(La luz que ilumina a EL CUIDADOR se apaga y éste desaparece mientas por los altavoces de sala se oye su voz que musita):

VOZ DE EL CUIDADOR.- Fraternidad, Libertad e Igualdad. Santa Cruz de Tenerife, a las cinco y cuarto horas del día 18 de julio de 1936.

 (EL VISITANTE, un hombre joven con una maleta en la mano, cruza la escena simulando que recoge algo del suelo y lo mete en la maleta. Se hace un oscuro)

 

Escena XII

(Cuando entra la luz normal a escena, en ella están VÍCTOR, LUISA, GONZALO y CARMEN adormecidos. Nuevamente se oyen por los altavoces de sala la respiración de alguien que duerme. Los cuatro se encuentran en la posición y con las ropas que tenían en la Escena II, cuando celebraban el cumpleaños de VÍCTOR. Lentamente van despertado y se miran unos a otros extrañados, como volviendo de un mal sueño)

GONZALO.- ¿Habéis oído lo mismo que yo?

LUISA.- Creo que sí.

CARMEN.- Mejor habría sido no oír nada. Yo pensé que era un sueño, una pesadilla, pero creo que no, creo que haya sido real.

VÍCTOR.- (Alarmado) Parecía la voz de El Cuidador.

GONZALO.- Sí, creo que era su voz.

VÍCTOR.- Entonces… ¿quién es él? ¿dónde estamos? Empiezo a sentirme muy confuso.

CARMEN.- La confusión ha debido de empezar… es… (Habla maquinalmente) como dos trozos de monte que se separan y se quieren unir pero al acercarse chocan y producen ruido y dolor.

LUISA.- (A Carmen) Carmen, tú sí estás confusa, creo que eres la que más lo está. Has dicho algo que… no se entiende ¿qué es eso de un monte que se separa?

CARMEN.- (Intenta explicarse) ¿Imagináis una brecha a lo largo de una montaña, como partida en dos?

VÍCTOR.- (Interrumpe) Sí, ¿y qué?

CARMEN.- Pues… eso, que algo se ha partido en nuestras vidas y, quizá, de forma irreparable. No lo sé explicar mejor.

LUISA.- (Con enfado) Pero sí te explicabas bien cuando gritabas “¡Primero la libertad!”.

CARMEN.- Y tú, Luisa, quieres primero el orden, la paz, aunque no seamos libres ¿no es así?

GONZALO.- (Pensativo) No ha sido una pesadilla, no lo hemos soñado, ha sido y es real lo ocurrido.

VÍCTOR.- Tranquilos, esto puede durar sólo unos días, no pasará nada.

GONZALO.- ¡O varios años!

CARMEN.- ¡O muchos! Cuando se desatan los odios… los conflictos pueden durar varias generaciones.

(Baja la luz lentamente casi hasta oscuro. Por los altavoces de sala se dejan oír pasos de botas militares y se hace un oscuro total)

 

Escena XIII

(Entra luz en tono gris. El ciclorama blanco se va convirtiendo, lentamente, en un muro de gruesas piedras que cubre todo el fondo. Este telón debe de realizarse en dos trozos para permitir su apertura por el dentro en la escena XVI. La escena está vacía, sin mobiliario ni personajes. A los poco segundos entra por la derecha EL CUIDADOR).

EL CUIDADOR.- (En el centro de la escena, Mira a derecha e izquierda. Observa su reloj con gesto de nerviosismo) ¡Está visto que la disciplina brilla por su ausencia! Aquí nadie parece consciente de sus deberes, de sus obligaciones. (Mira con insistencia a los lados).

VÍCTOR.- (Entra por la izquierda. En la mano lleva un pequeño taburete. A EL CUIDADOR): Perdone, creo que se me hizo tarde. Disculpe… Mi amigo ya viene, llegará enseguida.

EL CUIDADOR.- Si queremos hacer de esto un lugar próspero y envidiable, es necesario que todos, cada uno de nosotros, ponga de su parte para alcanzar el progreso. ¿No lo entiendes?

VÍCTOR.- Sí, claro que lo entiendo… y lo deseo. Pero a veces uno se descuida y… (Se sienta en el taburete de frente a EL CUIDADOR).

GONZALO.- (Entra por la izquierda, También lleva un taburete en la mano) ¡Ya estoy aquí! (A EL CUIDADOR) Cuando guste… comenzamos. (Se sienta en el taburete, también de cara a EL CUIDADOR).

EL CUIDADOR.- (Engolado) ¿Escucharon mi discurso?

VÍCTOR.- Sí, naturalmente.

GONZALO.- Sí, sí, lo escuchamos.

EL CUIDADOR.- Y… estamos de acuerdo en todo ¿verdad?

GONZALO.- (Con dudas) Pues digamos que…

VÍCTOR.- Sí, sí, de acuerdo.

EL CUIDADOR.- (A Gonzalo) Lo estará, quiera o no llegará a estar de acuerdo. De lo contrario… (Transición) ¿Y ellas?

VÍCTOR.- ¿Las mujeres? Carmen y Luisa vendrán luego, a ellas no les corresponde venir ahora… según nos indicaron.

EL CUIDADOR.- Sí, es mejor por separado. Así se habla, digamos, con más libertad… (Pausa) libertad dentro de un orden, naturalmente. Estos encuentros son muy positivos, así crearemos una reunión de concordia y fraternidad.

GONZALO.- Y de adoctrinamiento ¿no?

EL CUIDADOR.- Y quienes no acepten ese adoctrinamiento, como dices, (Señala el muro del fondo) terminarán ahí, para escarmiento de los rebeldes, de los descreídos.

VÍCTOR.- (Señalando el muro) Ahí seguro que hay amigos míos, incluso familiares...

EL CUIDADOR.- Vosotros disteis los nombres, vosotros dijisteis quienes eran… adictos y quienes no. En situaciones como esta, como la que pasamos, no se puede ir con paños calientes.

VÍCTOR.- (Aparte de GONZALO) ¿Has observado? Ahora nos habla de “tú”, nos ha retirado el tratamiento de “usted”.

GONZALO.- ¡Demasiada confianza, sí!

VÍCTOR.- ¡Como su fuéramos amigos de toda la vida! (Pausa) O… a lo mejor es que nos considera camaradas.

EL CUIDADOR.- (Gritando) ¡Se está conmigo o se está contra mí! Y al que está en mi contra se le pasa por las armas (Señalando al mudo del fondo) Por eso fue bueno que nos indicarais quienes sí y quienes no; quienes aceptaban, aplaudían y se unían a nuestro alzamiento y quienes no.

GONZALO.- ¡Pero nos sacaron los nombres a la fuerza, nos presionaron, nos obligaron!

EL CUIDADOR.- (Irónico) No tengáis mala conciencia por ello. Fue en beneficio de la mayoría, del pueblo… ¡cansado de politicastros y de ateismo! (Pausa) Quiero que me veáis como a un padre, como a vuestro guía a quien no le pesará pasar las noches en blanco en beneficio de este trozo de hermosa tierra llamada… Patria.

VÍCTOR.- (Aparte) En nombre de la patria ¡cuantas desgracias hubo!

EL CUIDADOR.- Las malas gentes hablaron de un golpe de estado, pero no fue eso, fue la rebelión de las gentes honradas al ver que todo hacia aguas. ¡Que la patria zozobraba!

GONZALO.- Pero tras aquello llegaron las desgracias, la carestía, la falta de alimentos, las persecuciones… ¡la muerte!

(Se dejan oís descargas de fusilería)

EL CUIDADOR.- (Señalando fuera, donde se suponen las descargas) Yo lo autoricé, no me tembló la mano al firmar esas condenas. Con la caída de algunos se salvarán muchos.

GONZALO.- Es una monstruosidad.

VÍCTOR.- (Dubitativo) Tal vez…

GONZALO.- (A VÍCTOR) ¡No irás a darle la razón!

(La luz aumenta para iluminar con cierta intensidad a VÍCTOR y a GONZALO, quedando EL CUIDADOR en penumbra. VÍCTOR y GONZALO se levantan de los taburetes y hablan entre ellos. EL CUIDADOR se retira)

 

Escena XIV

VÍCTOR.- (Pensativo, a GONZALO) ¿Recuerdas que Carmen hablaba de algo que se había roto?

GONZALO.- Sí, recuerdo algo… fue una frase extraña, parecía un sinsentido… quizá perdió momentáneamente la razón, pero…

VÍCTOR.- Pero algo quiso decir. Fue, creo, como una premonición… ¡o algo más! Sí, Gonzalo, se han partido nuestras vidas, nuestro futuro…

GONZALO.- Son las consecuencias de los enfrentamientos.

VÍCTOR.- ¡Llámalo por su nombre: guerras! Y de las peores, de las que enfrentan a hermanos, a amigos, a vecinos… ¡incluso a parejas, a matrimonios!

GONZALO.- Ya surgió uno entre nosotros, cuando Luisa y Carmen se enfrentaron por aquello de qué es más importante si el orden o la libertad.

VÍCTOR.- (Aparte) Parece que estamos predestinados a no entendernos, a ser eternamente beligerantes.

GONZALO.- ¿Qué dices?

VÍCTOR.- (Quitando importancia a su frase) Nada…pensaba… casi en voz alta.

(Baja la luz hasta oscuro y salen de escena VÍCTOR y GONZALO)

 

Escena XV

(Un foco de seguimiento, con luz mortecina, casi amarillenta, ilumina el fondo a la derecha por donde aparece CARMEN vestida de harapos. Arrastra un carrito con algunos enseres y cruza muy lentamente el escenario hasta desaparecer por la izquierda. Con ella se cruza EL VISITANTE que, como en la anterior escena, simula recoger del suelo algunos objetos y los guarda en la maleta. EL VISITANTE sale de escena. Se apaga el foco y entre luz normal)

LUISA.- (Entra por la izquierda) Desapareció, Carmen ha desaparecido… y no me extraña, con su forman tan… libertina de pensar, aquí, en esta tierra, no hacia nada. Quizá le dieran (Irónica) el pasaporte o… a lo mejor consiguió cruzar la frontera.

GONZALO.- (Entra por la izquierda. A LUISA) ¡Hola!

LUISA.- (Sorprendida) ¿Me has seguido?

GONZALO.- (Con cierto embrazo) Bueno... seguirte… no. Vi que venías hacia acá y me acerqué a ti para conversar.

LUISA.- (Con gesto de desprecio) Creo que no tenemos nada de qué hablar.

GONZALO.- ¿Por qué? ¿Qué te he hecho? Éramos tan amigos…

LUISA.- Tú lo has dicho: éramos… hasta que ocurrió todo esto que está pasando.

GONZALO.- ¿Qué es esto?

LUISA.- ¡La guerra!

GONZALO.- ¿Y una guerra, precisamente una guerra, nos ha de separaran cuando, quizá, es el momento de estar más unidos? (Transición) Busco a Carmen… desde hace algún tiempo no sé nada de ella. No puedo creer que mi mujer me abandonara así, sin más, sin ningún motivo… ¿No sabes nada de ella?

LUISA.- Es una realidad que estamos separados, más que separados yo diría que enfrentados. Tú estas en un bando y yo en otro. Hay que asumirlo. (Pausa) Y de Carmen no sé nada. Habrá escapado, como muchos hicieron, o… le habrán dado “el paseo”. Son cosas que ocurren en estas situaciones.

GONZALO.- (Sorprendido) Eres cruel, nunca pensé que alguien pudiera tener una mente tan fría, un corazón tan duro.

LUISA.- (Resuelta) Pues así es, así son las cosas.

GONZALO.- (Triste) ¿Tú crees?

LUISA.- Sí, lo creo. Hay muchos que huyen, que escapan, ante la proximidad del ejército leal.

GONZALO.- (Extrañado y con enfado) ¿Leal dices? Pero… leal ¿a qué? ¿a un general que se alzó en armas contra un gobierno democráticamente elegido? (Muy resuelto) ¡Contra un gobierno y contra un pueblo, claro! ¿Leal un ejercito que sigue a un militar y a sus secuaces y que van a imponer una tremenda dictadura?

LUISA.- Eso son tontería tuyas. Nadie ha hablado de imponer una dictadura…

GONZALO.- (Interrumpe a Luisa) ¡Claro! Eso nunca se dice, nunca se proclama… se habla de igualdad, de fraternidad, de… camaradería…

LUISA.- Cuando se restablezca el orden seguro que los militares vuelven a sus cuarteles.

GONZALO.- Ningún sublevado finaliza poniendo las urnas sobre las mesas de los colegios electorales. ¡Ninguno devuelve el poder al pueblo! Se consideran enviados por… la divina providencia. Proclaman que están ahí por la gracia de Dios. Y así se perpetúan en el poder. El poder es más fuerte que todo, más que el sexo, más que el dinero… y así pasamos de ser ciudadanos a ser súbditos. (Hace una pausa mientras mira a un lado y a otro). Luisa: creo que me marcharé.

LUISA.- ¿A dónde vas a ir?

GONZALO.- Pues… a buscar a Carmen… ya sabes que desapareció y debo de encontrara, tenemos que volver a reunirnos. Además quiero, necesito, escapar; muy a mi pesar tengo que alejarme de esta tierra y Carmen es posible que esté al otro lado. (Pausa) No deseo seguir aquí donde solo van a quedar muertos y súbitos. Todos en manos y bajo la bota de ese… que se hace llamar El Cuidador.

LUISA.- Siempre es bueno que alguien nos cuide, que alguien controle… aunque nos considere súbditos… (Con gesto de desprecio) ¡Qué más da!

(EL VISITANTE entra nuevamente, cruza la escena en silencio mientras simula recoger del suelo algunos objetos y los guarda en la maleta. Sale. Se hace un oscuro mientas entra la misma música de Wagner que escuchamos en la escena I. LUISA y GONZALO salen de escena en el oscuro)

 

Escena XVI

(Mientras se deja ir la música, el telón del fondo que hace de muro se abre lentamente por el centro dejando ver el descuidado jardín de un sencillo hospital. Un banco de madera, una hamaca y poco más es el mobiliario. EL CUIDADOR, vestido de enfermero, cruza la escena por el fondo y desaparece. A los pocos segundos regresa llevando del brazo a VÍCTOR que ha envejecido considerablemente. Viste ropa cómoda pero pulcra, como de estar internado en un hospital. Lo lleva hasta la hamaca. Es de día pero no luce el sol)

EL CUIDADOR.- (A Víctor) Siéntese aquí, en la hamaca estará cómodo. Hoy no hace un gran día de sol, anda el cielo algo nublado, pero... se sentirá feliz cuado llegue la visita.

VÍCTOR.- ¡La visita! ¡Alguien se decide a venir a verme! Es increíble, pensaba que nadie se acordaba de mí.

EL CUIDADOR.- Pues si, alguien se acuerda y pronto llegará. No ha sido fácil pero…

VÍCTOR.- (Confuso) ¿No ha sido fácil que se acuerden?

EL CUIDADOR.- No es eso, quise decir que no ha sido fácil encontrarle. Cuando usted llegó aquí no traía papeles, apenas hablaba y… no recordaba quién era… difícilmente podíamos saber quién era para tratar de localizar a alguno de sus familiares.

VÍCTOR.- (Cabizbajo) Es verdad.

(La música de Wagner baja lentamente hasta desaparecer)

EL CUIDADOR.- Bueno, aunque lentamente se va recuperando, eso es lo importante. Pero hubo momentos, al principio de llegar, en los que no recordaba nada. Debió ser… amnesia producida por… ¡tanta cosas como ocurrieron!

VÍCTOR.- Tal vez, es posible. Aunque quizá es mejor no recordar. Hay momentos en los que lo mejor es borrarlos para siempre de la memoria.

EL CUIDADOR.- Yo no diría eso, recordar hace que nos sintamos vivos. Que comprendamos que muchas cosas trágicas ya han pasado.

VÍCTOR.- (Mira con insistencia a EL CUIDADOR y éste se siente incómodo) Cuando le observo… comprendo que mi memoria se va normalizando. Su cara no me es desconocida.

EL CUIDADOR.- (Incómodo) Bueno… ya hace tiempo que me conoce, de todos, los meses que lleva internado en este hospital.

VÍCTOR.- No, es de antes, de bastante antes.

EL CUIDADOR.- Imposible, yo en su país no estuve nunca.

VÍCTOR.- (Musitando, con tristeza) ¡Mi país… mi cementerio!

EL CUIDADOR.- A lo mejor tengo parecido con alguien a quien usted conoció.

VÍCTOR.- Puede que esté en un error. Si, quizá conocí a alguien… pero solamente es en lo físico. Usted es un buen hombre, me cuida y me ayuda. Nada que ver con el otro.

EL CUIDADOR.- Bueno, debo atender a otros pacientes. (Inicia la salida por la izquierda) Aquí está usted bien, no necesita nada de mí ahora y pronto vendrán a verle. (Sale)

VÍCTOR.- Pero ¿quién va a venir?

EL CUIDADOR.- (Desde fuera) ¡Ya lo verá, ya lo verá! Es una sorpresa.

 

Escena XVII

(Víctor sigue sentado en la hamaca. Mira a los lados, arriba, abajo… como si buscar algo o como si intentara reconocer el lugar en el que se encuentra).

VÍCTOR.- ¡Una sorpresa! Yo no estoy ya para sorpresas. Creo que todo lo que me había de suceder en la vida me ha sucedido. A veces me pregunto si ha valido a pena todo… soñar, pelear, trabajar, ilusionarse… para, al final, verme aquí, en un país extranjero y en un hospital. Los amigos, los que creía amigos, se alejaron o desaparecieron en la contienda. Luisa, mi mujer… no sé donde anda, ignoro si llegó a cruzar la frontera o si… se quedó allí. Ella, tan partidaria del orden, a lo mejor fue víctima de su propia ideología. Intento rehacer mentalmente el pasado pero… no es posible.  Mi mente falla, a lo mejor es la amnesia, esa de la que habla El Cuidador. Tengo el pasado borroso en la mente y eso me angustia más aún que si lo percibiera con claridad.

(VÍCTOR queda en silencio. Por le fondo, iluminado muy tenuemente, cruzan, de derecha a izquierda, LUISA, CARMEN y GONZALO. Caminan muy lentamente, como sombras o espectros. Víctor repara en ellos y les habla)

Pero… ¡sois vosotros! ¡Estáis aquí! (Con cierta alegría) ¡Ya decía yo que no me podíais abandonar! ¡Luisa... estás aquí! y vosotros, Carmen, Gonzalo… ¡habéis venido a verme, nos hemos encontrado!

(Se levanta de la hamaca y va hacia ellos con los brazos extendidos, pero los tres personajes salen por la izquierda sin reparar en VÍCTOR que queda confuso)

No están… pero yo los he visto… y ya no están… (Asustado) ¿Ha sido... una alucinación?

 

Escena XVIII

(EL CUIDADOR entra por la izquierda y se acerca rápidamente a VÍCTOR)

EL CUIDADOR.- ¿Qué le ocurre? Le oí gritar.

VÍCTOR.- (Continúa confuso) Es que... creo... me pareció… que habían venido mi mujer y mis amigos. Los vi ahí… en el fondo del jardín… parecía que se acercaban…

EL CUIDADOR.- (Le habla con calma) Tal vez… lo soñó, en ocasiones los sueños los creemos realidad, sobre todo cuando soñamos con algo que deseamos intensamente.

VÍCTOR.- Yo vi a mi mujer, le repito, y la acompañaban Carmen y Gonzalo… una pareja de amigos nuestros. ¡No estoy loco! ¡No tengo alucinaciones!

EL CUIDADOR.- Nadie ha dicho que usted esté loco, pero debe ser consciente de todo lo ocurrido: la guerra, la represión, el exilio… situaciones tan dramáticas que pueden llegar a alterar la forma de afrontar la realidad.

VÍCTOR.- No sería esa la sorpresa de que me hablaba ¿verdad?

EL CUIDADOR.- No, nunca se me ocurriría. Es alguien que viene a verlo, alguien a quien usted tal vez no conozca pero que sabe de usted y le viene a visitar. No creo que tarde en llegar, pero… me tiene que prometer que tratará de entender…

VÍCTOR.- De entender ¿qué?

EL CUIDADOR.- (Con dudas) Pues que… las cosas son como han sido… quiero decir que debe de hacer lo posible por aceptar la realidad. Será la única forma de superarlo. (Sale por la izquierda).

 

Escena XIX

(Víctor queda nuevamente solo, ensimismado en sus pensamientos. Sentado en la hamaca, se mece constantemente, como un metrónomo que marcara un tiempo que parece no transcurrir).

VÍCTOR.- (Con cierto aire de resignación) En fin… iremos intentando aceptar la realidad, esa realidad odiosa y violenta que nos destrozó a todos. Esa que arrasó tantas vidas… si... a veces recuerdo… los bombardeos, el hambre, las sirenas… y los refugios en el Metro... pero todo es tan confuso y tan violento que me cuesta creer que ocurriera. (Pausa y mira a los lados) Ha sido, es, la sinrazón. Pérdidas irrecuperables: bienes, trabajo, amigos, casas... todo bajo las piedras de ese... (Señalando a lo lejos) aquel gran cementerio en lo que han convertido mi país. Y todo por quienes tienen la razón de la fuerza... que no la fuerza de la razón. ¿Quién podrá reparar todo el daño que se ha hecho? ¡Pasarán años y años hasta que los aires de libertad y bienestar lleguen... si es que llegan! Pero yo no lo veré. No tengo suficiente salud para poder llegar a ver de nuevo un mundo con ganas de sonreír, de ilusionarse, de sentir la felicidad de un amanecer y la dulce melancolía de un anochecer.  Porque las noches, cuando no son de terror, resultan hermosas. Y los amaneceres son maravillosos cuando no sientes cercano el tableteo de las metralletas.

 

Escena XX

(Por el fondo de la escena aparece EL VISITANTE, lleva en la mano la pequeña maleta. Se acerca a VÍCTOR)

EL VISITANTE.- (Saludando) ¡Hola, muy buenas, me alegro de encontrarle!

VÍCTOR.- (Extrañado) ¿Quién es usted? ¿La visita de la que me habló El Cuidador?

EL VISITANTE.- Pues... creo que sí, aunque no sé si usted tendrá otras vistas, si más gente vendrá a verle...

VÍCTOR.- No, nadie. Estoy solo, completamente solo.

EL VISITANTE.- (Tratando de darle ánimos) Bueno, no tan solo, yo estoy aquí con usted.

VÍCTOR- Se lo agradezco, pero creo que usted me ha entendido. Mi soledad no es solo de personas, que lo es, sino de ilusiones, de proyectos, de esperanza. Siento como... como si estuviera suspendido en un abismo sin nadie, a cientos de kilómetros a la redonda, que me pueda rescatar. (Transición) Agradezco su vista, al menos puedo conversar con alguien ¿sabe? El Cuidador, que se porta muy bien conmigo, es verdad, siempre anda ocupado y no me puede prestar excesiva atención. Pero, dígame, ¿quién es usted?

EL VISITANTE.- Vengo... del otro lado de la frontera, no fue fácil cruzarla pero en fin... estamos para eso, para llegar hasta aquí y ayudar, dentro de nuestras posibilidades a los refugiados.

VÍCTOR.- (Con indiferencia) ¡Ah! los refugiados, entiendo. Y... ¿me trae alguna noticia de allí? (Señalando a lo lejos).

EL VISITANTE.- (Con dudas) Bueno... allí, como usted dice, todo sigue en manos de los vencedores... y parece que sin solución por el momento. Nosotros, la organización a la que pertenezco, tratamos de... ayudar a los que tuvieron que huir. No es mucho lo que podemos hacer, es verdad, pero... al menos traer alguna noticia, saber si se encuentra, digamos, medianamente bien... dentro de lo difíciles que están las cosas en todo el mundo.

VÍCTOR.- No se viven tiempos buenos ¿verdad?

EL VISITANTE.- Realmente no...

VÍCTOR.- (Reparando en la maleta que lleva El Visitante) ¿Y... qué lleva ahí? ¿Ve va de viaje o viene?

EL VISITANTE.- (Sonríe) Ya le dije que vengo, no que me voy. Pero con usted estaré poco, solo unos momentos muy a mi pesar, tengo que hacer otras visitas. De todos modos aquí (Señalando la maleta. Transición) lo principal era verle, saber cómo está y entregarle esta maleta. En ella solo hay algunos efectos personales y... papeles. Son suyos, se encontraron en... el lugar donde estaba su casa.

VÍCTOR.- Estaba, dice usted ¿ya no está mi casa?

EL VISITANTE.- Pues no... siento decírselo pero fue destruida.

VÍCTOR.- (Pensativo y triste, pero a un tiempo aceptando la realidad de los hechos) ¡Maldita guerra! y malditos quienes la provocaron. Allí estábamos mi mujer y yo, con unos amigos, con Gonzalo y Carmen, en mi casa... celebrábamos un cumpleaños, mi cumpleaños... Aunque vagamente, lo recuerdo... ¡Y todo destruido!

EL VISITANTE.- (Para sí) Su casa dice...mejor que lo crea así. A veces la verdad solo vale para hacer daño.

VÍCTOR.- (Transición) ¿O no era mi casa? A veces la recuerdo como un lugar extraño... como si fuera el lugar en el que vivía pero... de modo provisional, de paso... Me parece todo muy extraño, tiene el sabor de ese despertar después de una pesadilla.

EL VISITANTE.- (Hace ademán de abrir la maleta) Bueno, aquí le entrego esto. Y si necesita algo, dígamelo... tal vez podamos hacer algo por usted.

VÍCTOR.- (Por la maleta) No, por favor, no la abra.

EL VISITANTE.- ¿Por qué?

VÍCTOR.- Es posible que esa maleta solo contenga recuerdos y... no deseo volver a ellos. Prefiero olvidar, no poner los dedos en las heridas. Pienso en el pasado, lo recuerdo mal, vagamente y no llego a comprenderlo. Todo ha sido tan cruel, tan violento...

EL VISITANTE.- Le comprendo. Tal vez he sido inoportuno en visitarle.

VÍCTOR.- No... si yo le agradezco que haya venido a verme... aquí estoy muy solo y, además, el idioma es una dificultad para comunicarse. Ya le digo, le doy las gracias por la visita pero... prefiero dejarlo todo (señalando la maleta) ahí dentro. (Pausa) Usted debe de conocerme ¿no? Y a usted... (Observándole detenidamente de arriba abajo) yo creo conocerle, su físico, su gesto... me es... si no familiar si cercano. Tal vez vivió cerca de de donde yo, allá, en mi país.

EL VISITANTE.- Es posible.

VÍCTOR.- ¿Vuelve usted a...? (Señal a la lejanía)

EL VISITANTE.- No, por el momento no volveré. Seguiré viajando por Europa y... veremos dónde me puedo instalar, o... dónde me aceptan; a lo mejor me marcho a Hispanoamérica. Por allí parece que corren buenos vientos.

VÍCTOR.- Dichoso usted que es joven, tiene vida por delante o... al menos esperanzas. A mí todo eso se me acabó. Y no quiero decir que mi vida haya sino la única en conflictos, en sufrir esa maldita guerra, no... ¡ni mucho menos! No diré que mi vida merezca ser contada en una novela, sería una estúpida presunción.

EL VISITANTE.- Es cierto, en situaciones dramáticas como las que hemos vivido...

VÍCTOR.- (Le interrumpe) ¡Que hemos vivido y nos quedan por vivir! Porque ahora vendrá la represión, las purgas, el estado de terror... la imposición de a dictadura.

EL VISITANTE.- (Continúa con al frase que decía anteriormente) Es cierto, en situaciones dramáticas como las que hemos vivido..., le decía, la gente cree que su conflicto es único. Como si los demás no hubieran sufrido las consecuencias de la violencia y ellos, cada no, fuera el exclusivo protagonista de esa violencia. (Transición) Y... sí, ahora vendrá lo peor. Si horroroso es saber de fusilamientos, de bombardeos, de incendiar ciudades... solo porque no son adictas a... quien impone su orden, peor será lo que venga: delaciones, acusaciones falsas, venganzas personales... que se darán, no solo entre personas de la misma ciudad sino entre amigos, entre familiares... será el salvase quien pueda por un lado y el ordeno y mando por otro. Y el que no esté de acuerdo o simplemente lo insinúe o se sospeche de él... ¡al paredón! Será un tiempo de bocas cerradas, de ventanas apestilladas para que no se vea llorar a quienes les fusilaron un familiar. (Muy pensativo) Y no sabemos lo que durará.

VÍCTOR.- Ingenuo de mí, en ocasiones creía, o intentaba creer, que había sido un simple cuartelazo, el alzamiento de unos militares ambiciosos, de unos iluminados... pero no, me equivoqué.

(EL VISITANTE acerca la maleta a VÍCTOR, la deja al alcance de su mano. Lo toma de las manos con afecto, luego lo abraza y sin decir palabra inicia la salida por el fondo)

 

Escena XXI

(VÍCTOR queda solo. Se sienta en la hamaca y pone sobre sus rodillas la maleta. La acaricia pausadamente. Hace ademán de abrirla pero se lo niega continuamente)

VÍCTOR.- ¡Toda la vida en una maleta! (Con tristeza) Estos son los restos del naufragio...y no hay vuelta atrás. Quizá dentro de unos años... o de varias generaciones, se pase página a todo lo ocurrido, pero lo perdido ya es irrecuperables: familia, amigos, ilusiones, proyectos... ¡y la libertad! (Pone la maleta en el banco de madera; por fin la abre, saca papeles que no lee y los deposita sobre el banco: Mira al cielo) Parece que habrá tormenta.

(La luz baja lentamente y solo un foco cenital ilumina la maleta y los papeles mientras que VÍCTOR va saliendo con paso torpe y lento. Su voz en off se deja oír por los altavoces de sala)

VOZ DE VÍCTOR.- (Lo que dice, son frases entrecortadas y sueltas) “...El procesado, secretario de ayuntamiento...” “...instigando y asesorando los miembros del comité...” “...voluntario el en ejercito rojo en el que permaneció...” “...un delito de auxilio a la rebelión previsto y sancionado en el artículo 240 del Código de Justicia Militar...” “...Condenamos al procesado a la pena de doce años y un día...”...Firmado el General Jefe. Hay un sello en tinta violeta en el que se lee: 23 División de Estado Mayor”...

(A las últimas palabras se sobrepone el ruido de una fuerte tormenta, lluvia y viento. Una ráfaga de viento arrastra los papeles hasta casi hacerlos desaparecer)

 

TELÓN

 

Madrid, junio de 2008

 

Salvador Enríquez

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