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Cuenta de protección

de Alejandro Ezequiel Formanchuk

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

Cuenta de protección

  

de Alejandro Ezequiel Formanchuk

mariscal1998@yahoo.com

 

 

Pieza teatral en un acto

 

 

 

Confesar un hecho es dejar de ser el actor para ser un testigo, para ser alguien que lo mira y lo narra y que ya no lo ejecutó.

 

Jorge Luis Borges

 

 

 

Personajes

 

HOMBRE

EJECUTOR

BELÉN

 

 

Escena

 

Penumbra. Colores grises y amarillos. Algo de óxido y agua. El HOMBRE boxea contra un oponente invisible y en off se escucha el relato televisivo de la pelea (que ya va por el tercer o cuarto round). Un derechazo lo manda al suelo. Las luces suben. El EJECUTOR, que hasta ese momento había permanecido casi inadvertido, inicia la cuenta de protección, o mejor dicho sólo la mímica, ya que el conteo lo hacen los relatores. Al llegar al número seis, el HOMBRE vuelve en sí y comienza a hablar desde el piso, tirado boca abajo. Se interrumpe el conteo.

 

 

HOMBRE:       Bueno, ya está, ya está…

 

EJECUTOR:   ¡No está nada todavía!

 

HOMBRE:       … ya está…

 

EJECUTOR:   ¡Ahora tiene que contar usted!

 

HOMBRE:       (De a poco intenta ponerse de pie) ¿Qué, contar qué…?

 

EJECUTOR:   Que me cuente.

 

HOMBRE:        ¿Que le cuente qué…?

 

EJECUTOR:   (Le pone un pie encima y lo vuelve a dejar boca abajo) ¡Que perdió!

 

HOMBRE:               (Lastimado) ¡Ay!… Que la perdí querrá decir.

 

EJECUTOR:   ¡Que la perdió entonces!

 

HOMBRE:               Bueno, la perdí entonces.

 

EJECUTOR:   No se haga el gracioso y cuente cómo. (Saltándole encima) ¡Cómo, cómo, cómo!

 

HOMBRE:      (Grita dolorido. El EJECUTOR deja de saltar) ¿Cómo quiere que la pierda?, como se pierde todo: un día, de golpe, no la tuve más. ¡Salga!  

 

EJECUTOR:   (Se baja pero le deja un pie encima) No, no… “no tenerla más” es la consecuencia, no la causa… Escuche, no me quiera confundir a mí y menos en un lugar como este, ¿está claro?… Diga cuál fue la causa que lo llevó a esa consecuencia, diga.

 

HOMBRE:      Preguntar. (Zafándose del pie del EJECUTOR) ¡Como usted ahora! (De a poco se va arrodillando)

 

EJECUTOR:   ¡Esa si que es una causa! ¡Y de las buenas, carajo! Y seré curioso: ¿qué peguntó?

 

HOMBRE:               (Pausa) …más que preguntar le pedí que me cuente.

 

EJECUTOR:   ¡Con todo gusto, my friend! (Lo empuja, lo vuelve a dejar boca abajo y le pone el pie encima. Reinicia la cuenta de protección pero esta vez la dice él, no los relatores)

 

HOMBRE:               (Lo interrumpe enseguida) ¡Que me cuente todo le pedí!

 

EJECUTOR:   (Deja de contar) Todo… ¿qué es todo?

 

HOMBRE:       Todo es todo… o mejor dicho, todos… ¿Puede salir?

 

EJECUTOR:   Espere, espere… Todos, todos… ¿Quiénes son todos?

 

HOMBRE:               Todos, todos los hombres que alguna vez se acostaron con ella.

 

EJECUTOR:   (Se tira encima del HOMBRE, con la extravagancia de un luchador de catch) ¡Que la acostaron querrá decir! (El HOMBRE forcejea) Quieto, quieto, que el que monta manda, soooo soooo… Y dígame, ¿para qué quería saber cuántos la acostaron, la montaron, la mordieron, la inmovilizaron, la cabalgaron…? (Comienza a recorrer el escenario montado sobre el HOMBRE) ¡Eso caballito! ¡Vamos! ¡Corra! ¡Ico, ico! (Burlón) “Queridita, queridita, ¿cuántos se acostaron con vos?, ¿cuántos te montaron, perra, yegua, perra?”. (El HOMBRE se para en dos patas, como un caballo rampante, y el EJECUTOR se cae y se ríe. Después se acerca despacio al HOMBRE, que resopla enojado en cuatro patas) Bueno, quieto, quietito, soooo, soooo, ahí está, muy bien, eso, quietito… A ver caballito, dígame, ¿para qué quería saber eso? (El HOMBRE no responde) Ah, hay preguntitas un poco terribles, ¿no?… pero a veces se disfruta el dolor… o pese al dolor… ¡Arre! (Le pega una palmada en la cola)

 

HOMBRE:      (La palmada lo hace ponerse de pie y recuperar la forma humana. Frotándose la cola) Sí, en especial si el dolor es ajeno.

 

EJECUTOR:   (Con ternura) Ay, no, pobechito mi animalito, venga, venga que le hago sana, sana… Sana, sana, colita de rana… (Se le acerca con intención de frotarle la cola pero el HOMBRE no lo deja) ¡Bueno, no sea tan arisco, che! ¿Y cuándo le preguntó lo que le preguntó a la señora rana si se puede saber?

 

EJECUTOR:   ¿Y eso qué le importa?

 

HOMBRE:      (Risas) Pero no, no, con esa actitud no vamos a andar nada bien acá… sea bueno, dele, pórtese bien, no me haga fastidiar que no está en condiciones de hacerse el gallito ni el rana ni el caballito… (Quieto) shhhh… ¿escucha?, ¿no escuchó nada?, ¿en serio?, shhhhh… le prometo que si se porta bien lo voy a dejar que escuche a los otros animalitos… Pero antes, otra pregunta, la misma, pero responda esta vez: ¿cuándo se lo preguntó? 

 

HOMBRE:               Después de… de… de hacerle el amor.

 

EJECUTOR:   ¡Touché! ¡Inmejorable lo suyo! (Como si le estuviera haciendo el amor a una mujer) ¡Perra, perra, esto, esto, cuántos te lo hicieron, esto…! (Se ríe) Ay, usted me pone de un humor terrible… (Bajan las luces y se pone serio) Terrible. (Suben las luces y recupera el humor)  ¿Fue de día, de noche, a la tardecita…?

 

HOMBRE:               ¿Y eso en qué…

 

EJECUTOR:   ¡Y ahí vamos de nuevo! Importa, importa… el tiempo importa, los momentos del día, incluso ciertas condiciones metereológicas importan… si usted supiera la cantidad de cosas que los animalitos hacen a partir de algo tan chiquito como un poquito de lluvia a la tarde en un domingo… Eso de que uno es uno y sus circunstancias, ¿capisci, my friend?

 

HOMBRE:               (Mirando hacia el frente. Recuerda) A la mañana, fue a la mañana… y no                 llovía.

 

EJECUTOR:   Mañana, mañana… mañana es una palabra imprecisa… una palabra que me pone de mal carácter, vea, uno dice “te veo mañana”, y qué dice, ¿mañana o a la mañana dice? Ya decir “te veo mañana a la mañana” lo deja a uno en una posición de redundante iletrado… Vamos, sea bueno, no me obligue a tener que…  dele, un poco más de precisión no le cuesta nada… ¿Fue bien bien temprano, a eso de las 11, con los resabios del sueño titilando todavía en su gran cabezota, después de tomar el café, el coffe, el cafe da manha como dicen los brasileros…?

 

HOMBRE:      Apenas me desperté… tipo 9, me desperté y la desperté… a besos, la empecé a besar, mucho…

 

EJECUTOR:   Tempranito tempranero…

 

HOMBRE:               …y no la dejé que se fuera a lavar los dientes…

 

EJECUTOR:   Cochinito cochinero…

 

HOMBRE:      …a ella eso no le gustaba, no, tenía esas cosas ella, me decía que era un asqueroso, que saliera, que la dejara ir a lavarse los dientes, que era un asco… pero yo necesitaba sentir su “incandescente aliento matutino” como yo lo llamaba, esa mezcla ácida y dulce que le salía, ese olor, como una soda dulce era… un olor dulce y amargo a la vez… (Se le va la sonrisa) como ella.

 

EJECUTOR:   (Irónico) ¡Cliché! Já, el amor es dulce y salado. (Se le acerca, lo abraza y vuelven a mirarse) ¿Sabe que nunca me llevé bien con el agridulce?, que ni dulce que ni agrio… bah, que ni agrio no, salado, salado es lo otro, no agrio… dulce y salado, un error ¿vio?, otro error en las palabras. No, no, si no hay que fiarse mucho de las palabras, no.

 

HOMBRE:               Saladodulce sería.

 

EJECUTOR:   Saladodulce, sí, o saladulce, saladul… ¡No, parece el nombre de una maternidad! “La sala dulce”, “La dulce espera”… ¡Y qué saben si las esperas son dulces! ¿La suya lo es acaso? ¿Quién le pone nombre a las cosas digo yo, quién?

 

HOMBRE:               (Duda) El primero que… las descubre.

 

EJECUTOR:   No, el primero que las usa, el primero que las quiere poseer, dominar… Adán, ahí lo tiene, le puso nombre a todos los animales… como usted que también quiere… no, lo suyo es diferente, porque usted quiere poner números, no nombres, contar las cosas… Numbers como dicen los ingleses o numéro en francés… pero también se equivoca, usted también se equivoca, porque fíjese que “número” no deja de ser una palabra, ¿lo notó? Ese es otro truquito de las palabras, ¡atenti! ¿Y sabe con qué tiene que ver? ¡Con la infinitud! ¡Tiene que ver con la infinitud! O mejor dicho, con los celos, con los celos que le tienen las letras a la infinitud de los números… No me mire así, no es complicado: los números son infinitos, ¿pero las letras? Unas veinte, treinta, cuarenta a lo sumo… ¿Y las palabras?, ¿Cuántas tenemos?, mil, cinco mil, 30 mil… nada, nada comparado con los millones y trillones y quintillones de números que hay, ¿entiende? No, mejor no entienda, pero sepa una cosa, quédese con esto: el lenguaje es una riqueza que empobrece. No lo olvide, u olvídelo, es igual. Bueno, vamos, vamos, entonces usted, con un espasmo incontenible, le preguntó a ella cuántos hombres la montaron mientras estaban dele que te dele a la matraca.  

 

HOMBRE:      (Pausa) Si, más o menos… ahí no se lo pregunté en verdad, fue después, cuando terminamos…

 

EJECUTOR:   Momento, momento, error verbal. “Acabamos”. Cuando “acabamos” se dice. Y a lo mejor también error de número, a lo mejor tenga que conjugarlo en primera persona del singular. Yo acabo, yo acabo, yo acabo, yo acabo…

 

HOMBRE:      ¡No, acabamos, los dos, es plural y está bien! …y se lo pregunté después, pero la pregunta me… me… me…

 

EJECUTOR:   ¿Asaltó, invadió, atacó…?

 

HOMBRE:               Mordió.

 

EJECUTOR:   (Le tira tarascones como un perro y le ladra) ¡Si!, ¡magistral! ¡Con un poco de suerte puedo llegar a quererlo si sigue así! ¡Lo mordió! ¡Perfecto!

 

HOMBRE:               Si, me mordió en ese momento, antes de… (Duda) antes de acabar.

 

EJECUTOR:   ¡Maravilla! Pichicho hermoso, querías preguntarle y te la aguantaste hasta acabar, pobrecito, animalito de Dios. (Lo llama como si fuera un perro) Venga, venga, chicho, chicho, te imagino ahí, sobre ella, desnudo, aspirando la soda dulce, metiendo y sacando, hinchado como un pez sin ojos, metiendo y sacando, y pensando: ¡hoy me vas decir todo, perra crónica!

 

HOMBRE:      (Aúlla como un perro) ¡Si! ¡Hoy y siempre! ¡Hoy y siempre, perra! ¡Perra! (Pausa. Tensión. Los dos quedan mirándose)

 

EJECUTOR:   (El HOMBRE se le acurruca como si fuera un perrito. El EJECUTOR lo acaricia) Bueno, bueno, chiquito, tranquilo, no pasa nada mi amor,  ya está, tranquilo… después te voy a llevar al parque a pasear, a que hagas pipí… ¿querés?, ¿qué?, ¿pero qué pasa chiquito?, no me siga llorando…

 

HOMBRE:      (Acurrucado) Usted porque no la vio, porque no sabe cómo gozaba, cómo se movía… tan feliz, con esa sonrisa gigantesca, los ojos entrecerrados, toda, ella, como una… ¿A cuántos hombres les habrá sonreído así? ¡A cuántos! ¡A cuántos! ¡A cuántos!

 

EJECUTOR:   Bueno, chiquito, calma, calma… Pantometría, del griego, panto: todo, y metría: medida. Medir todo. La cuantificación es un hábito terrible. Y peor si se conjuga con una santificada veneración del himen. Seguiría hablando con usted pero me parece que lo buscan. (Le pega una palmada) ¡Cucha perro de mierda!

 

 

El EJECUTOR pega un salto hacia atrás. El HOMBRE se para por la palmada y queda encerrado nuevamente en el ring. Las luces bajan. Vuelve a boxear. Se escucha el relato de la pelea. En un momento los comentaristas dicen:

 

 

RELATOR 1:  ¡Le partió los dientes!

 

RELATOR 2:  Y los labios y la nariz y los párpados y las orejas y las costillas…

 

RELATOR 1:  Estimado Julio Cesar, ¿no deberían cortar la pelea cuando uno de los púgiles sangra tanto?

 

RELATOR 2:  Querido y joven colega, los boxeadores se cortan, la pelea no.

 

RELATOR 1:  ¿No la paran?

 

RELATOR 2:  ¿La pelea?

 

RELATOR 1:  La sangre, el dolor.

 

RELATOR 2:  Estimado y joven colega, al boxeador no le duele el dolor.

 

RELATOR 1:  ¿Y cómo hace para que no le duela?

 

RELATOR 2:  Haciéndose doler. Acostumbrándose.

 

RELATOR 1:  (El HOMBRE es derribado por otro derechazo y cae dramáticamente) ¡Lo tiró de nuevo, señores! (El EJECUTOR comienza a hacer la mímica de la cuenta de protección) Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… (Pero el HOMBRE no se puede levantar. El EJECUTOR lo pone de pie. El conteo se interrumpe)

 

EJECUTOR:   (El HOMBRE está grogui y el EJECUTOR lo sostiene. Recita) Quitad el número de todas las cosas y todas las cosas perecen. Quitad el cálculo del mundo y todo queda envuelto en oscura ignorancia, y tampoco el que no sabe contar o calcular se distinguirá del resto de los animales. (Al HOMBRE) ¿Sabe quién lo dijo? Déle, despiértese flojito. Don San Isidoro de Sevilla lo dijo. (Con acento español, en el personaje de San Isidoro) Vamos, contad fóbico de las  cualidades, preguntad por la cifra o te volveréis un animalejo cretino de otro siglo, secular, propiamente una especie achacada por la noche que no da cuenta de nada por no tener nada en cuenta por no contar con nada. Uno, dos, tres. Os imagino en las vastas nadas de este mundo, en medio de la destrucción de Nínive, sedentario, dejando que la serena autoridad del conteo embellezca vuestra única experiencia sensible. Y hay algo que tú ya sabíais: no hay más que palabras, y las palabras también nombran a los números y son sus cómplices malditos, y las palabras, anomalías misteriosas que el Señor nos ha dado, también mienten y también conducen a la locura. ¡Así que estáis solo, solo en este mundo! Pero no es todo, huérfano dormido y noqueado, porque en cuando despiertes y tus numerillos pinchen y trepanen tus deseos, vuestra necesidad primaria de saber y de cuantificar se volverá blanca arena lunar, granitos deslumbrantes y muertos, golpes de luz del tamaño de la sal, del centeno… de la centena. (El HOMBRE vuelve en sí) Ahora despierta, no me importa lo que digas, no pienso cambiar de tema.

 

HOMBRE:               Soñé con ella.

 

EJECUTOR:   En mis brazos.

 

HOMBRE:      (Se suelta de los brazos del EJECUTOR y mira hacia el frente) Me hablaba en un idioma delicado pero imposible. En el sueño le hice una pregunta pero nada más llegué a entender una sola palabra de su respuesta. La palabra era “muchos”. (Cae de rodillas. Pausa) Esa mañana también había soñado con ella, en sus brazos, en sus piernas, pero soñé otra cosa ahí, aunque ahora me parece que uno sueña siempre lo mismo: yo era un ratón blanco, gordo y rosado, y le preguntaba: ¿Qué número soy?, ¿qué número soy?, ¿qué número soy…? Y ella me miraba, desde una altura gloriosa, me miraba, me sonreía con burla y piedad. (Abraza unas piernas imaginarias) Y yo me transformaba en ese mismo instante en una serpiente blanca, gorda y rosada, y me enroscaba en sus tobillos y le suplicaba que me mintiera, que me jurara que yo había sido el único, el único hombre que le había hecho el amor en su vida…

 

EJECUTOR:   Muchos.

              

HOMBRE:               (Cubriéndose la cara) Todos.

 

 

Apagón. Hablan en la oscuridad.

 

 

EJECUTOR:   ¡Pero será posible! ¡Otra vez, carajo! ¡Luces! ¡Belén, luces!

 

HOMBRE:               ¿Qué pasó?

 

EJECUTOR:   No, nada, es porque recargan la máquina, ya se los tengo dicho mil veces carajo que los vayan poniendo de a uno, de a uno… ¿Pero vino bien, no? Ni que lo hubiésemos preparado, yo le digo “muchos”, usted me dice “todos” y se nos cae la noche como una maldición gitana, ¡boooom! (Gritando) ¡Belén! ¡Belén! ¡Andá a ver al sótano que debe haber saltado ahí, en la maquina de picar…! ¡Me oís Belén?

 

HOMBRE:               ¿Qué maquina?

 

EJECUTOR:   Shhhh… espere… (Pausa. Ruidos extraños, metálicos, de cuchillas. Estos sonidos deben intimidar en la penumbra. Gritando) ¡Fijate en los tapones, que salta ahí, se recalienta. (Más ruidos, cuchillas, de repente calma. Vuelve la luz. Gritando) ¡Ya les dije que los vayan picando de a uno, que no los metan todos juntos! Será posible, carajo, siempre lo mismo…

 

HOMBRE:               ¿Máquina de pica qué?

 

EJECUTOR:   ¿De picar, dije? No, no me haga caso, acá no haga caso de mucho, excepto de lo que yo le diga. (Golpean la puerta con violencia) ¡No Belén, todavía no acá! ¡Sigan con los otros! (Ofuscado) ¿Usted tuvo alguna vez gente a cargo, empleados?, ¿tuvo que trabajar alguna vez con idiotas? (Se calma y le da un beso en la frente al HOMBRE, como pidiéndole perdón por contarle sus problemas) Deje, no se preocupe… ¿en qué estábamos? Ah, si, en usted y en su hábito de cuantificar…  Vea, hoy, usted, si quiere, y escuche bien lo que le digo, si quiere, puede medir cualidades tan escurridizas como la dureza, el calor, la humedad, la luz, la velocidad… ¿y para qué?, ¿para qué le sirve?, usted me dirá, lo escucho, usted es el especialista en esto. ¿No sabe?, yo tampoco. Pero ahí tiene una bolsa gigante de abstracciones: metros, leguas, grados, horas, hectopascales, megahertz, días, kilos, centavos, kilowatios… y si se descuida a lo mejor le inventan una medida para medir el amor pasional o la fidelidad pura o la amistad… y medir de forma homogénea le digo, igual para todo el mundo, que se pueda comparar… Porque hasta ahora para estas cosas cada uno tiene su regla… Mi mujer, por ejemplo, mide mi “amor” según las veces que me acuerdo o me olvido de nuestro aniversario o de su cumpleaños o de fechas así… a lo mejor usted tenga otra regla, digo, con eso de sus preguntas, a lo mejor la suya sea… no sé, ¿a las mujeres qué les mide?, ¿cómo arma las relaciones? ¿Más kilos de tetas, más pasión; más años, mejor amantes o peor amantes; mas feas, entonces más fáciles…? ¡Ahí está! ¡Mejor ejemplo no puede ser!: más feas, ¿cómo mide la belleza? ¿Y la facilidad? ¿Usted ya la conoció a Belén? ¿Cómo mide la facilidad de una mujer? Una vez una niñita me dijo: “señor, yo soy rápida pero no fácil…” ¡Qué quiere que le diga! (Pausa) ¿Lo compliqué mucho con todo esto? En serio, dígame, porque usted hombre ya tiene bastante con sus miserias… lo que trataba de explicarle es que al final de cuentas uno se pasa la vida filosofando y doctorándose para que un buen día venga una mocosita de mierda y con su boquita de púber nos diga que es rápida pero no fácil…  

 

HOMBRE:               ¿Belén es la mocosita?

 

EJECUTOR:   (Risas) Ay hombre, se ve que usted no la conoció todavía… espere a verla… ya le falta poquito… Belén, no, Belén no es… Cuando le diga que usted pensó que ella era una mocosita se va poner… eso sí, después hágase cargo y quiérala bien, no la lastime… Mire que tener una estrella en un lugar como este siempre es conveniente…

 

HOMBRE:               ¿De qué?, no entiendo…

 

EJECUTOR:   No hace falta. ¿Le cuento un secreto? Belén está casada.

 

HOMBRE:               ¿Y a mí qué me importa?

 

REAMIRO:     ¡Otra vez con esa actitud! Así no, así no… resultó caprichosito, un nenito, un nenito…

 

HOMBRE:      (Se aleja y mira hacia el frente. Recordando) Nenito, nenito… sí… Ella me hacía sentir como un nene a mí… A veces me miraba, me acariciaba el pelo y me decía: “Ay, qué de cosas con vos… espero que el tiempo sea soberano con nosotros”, así me decía… “Ay, qué de cosas con vos…”. (Se va acercando al borde del escenario) Y yo no tenía más remedio que mirarla, besarle los ojos y sentirme un pájaro que de pronto descubre que le tiene terror a las alturas… (Haciendo equilibrio sobre el borde)

 

EJECUTOR:   (Corre y lo sujeta por la cintura) Quieto pajarito, quieto, que estamos muy alto acá… (Pausa) Dígame, ¿por qué le preguntó eso?

 

HOMBRE:      (Se aleja del borde. Habla sin mirarlo) Es que esa mañana estaba tan linda, tan entregada… Le juro que me costó preguntarle… no lo iba a hacer, juro que no, estaba emocionado… es difícil explicarlo… Me sentía como un nenito, otra vez como un nenito, pero como un nenito que está a punto de abrir un regalo de Navidad en el que sabe que va a encontrar a su perro muerto… Era ese tipo de emoción, ¿me entiende? Una suerte de… placer negativo. Sí, exacto, un placer negativo, eso era… Pero prefería preguntarle antes que seguir imaginando.

 

EJECUTOR:   (Le besa la frente) Nadie se salva de un pensamiento miserable, mi querido gorrión.

 

HOMBRE:      ¿Por qué será que Dios nos abandona a nuestra propia mente? (Pausa) ¿Pero sabe qué es lo peor? Que todos, todos los que se acostaron, mejor dicho, que ninguno de los que se acostó con ella… ¡Nadie la valoró! ¡Ella no se valoró! ¡Se entregó a cualquiera!

 

EJECUTOR:   (Risas) Cualquiera, cualquiera… “cualquiera” debo suponer que significa “muchos”. O “muchos” significa “cualquiera”; excepto usted, naturalmente, que no es “cualquiera” y que no viene a sumar en la cuenta de los “muchos”. A lot, in english.   

 

HOMBRE:      Ella con cualquiera… ella con muchos… ¿Por qué jugó a ser nadie con cualquiera si podía ser todo conmigo? Ella, precisamente ella, que era el libro más exquisito, se entregó a una multitud de analfabetos.

 

EJECUTOR:   Bueno, no sea tan elitista, digamos que un corazón analfabeto también puede escribir “te quiero”.

 

HOMBRE:      ¿Te quiero? ¡Pero qué te quiero ni te quiero! ¿O usted qué se piensa? ¿Que los que se acostaron con ella la quisieron?

 

EJECUTOR:   Algo de ella quisieron.

 

HOMBRE:               Lo más fácil de querer, claro…

 

EJECUTOR:   Y de conseguir, si debo dar crédito a sus dichos…

 

HOMBRE:               (Señalándose el corazón) En cambio esto…

 

EJECUTOR    (Clavándole un dedo en el pecho) Con un corazón frío, my friend, incluso con dos, también se puede hacer una cama caliente.

 

HOMBRE:      (Se aparta desesperado) No, no, esa sonrisa no podía venir de un corazón frío, no, era una sonrisa que… la veía y no podía dejar de conmoverme, ¿comprende?, de conmoverme le digo. (Mirando hacia el frente) Entonces le susurraba: “Me encanta esa sonrisa, mi amor, me encanta”. Y ella sonreía más y más, y se mordía la punta de la lengua, y cerraba los ojos con fuerza, frunciendo la nariz, como una nena divertida y vergonzosa.

 

EJECUTOR:   ¡Qué linda combinación, mamita!

 

HOMBRE:               No era combinación, era ambigüedad…

 

EJECUTOR:   ¡La saladulce!

 

HOMBRE:               ¡Por qué estaba conmigo, dígame!

 

EJECUTOR:   La saladulce, la dulce espera, la dulce espera de certezas, certezas… ¿Para qué? ¿Para qué saber, pequeño cachorrito desamparado? Al final ahora su única certeza es el error, ¿se dio cuenta de eso o necesita que se lo escriba?

 

HOMBRE:               El error y el adiós.

 

EJECUTOR:   Sí, al fin el fin… ¡Por fin! ¡The end! Ahora… ¿nunca lo pensó?

 

HOMBRE:               ¿Qué cosa?

 

EJECUTOR:   Que a lo mejor ella no era tan extraordinaria como usted piensa… Mire que a veces, no, a veces no, siempre, siempre es cuestión de tiempo para que los amores más grandes terminen siendo deliciosamente nulos. A no ser que se trate de una mocosita, claro… “señor, señor, yo soy rápida pero no fácil”… mocosa de mierda y la puta que la parió… (Se calma) Relax, relax…   le decía, ah, si, y preste atención a la palabra que usé porque por ahí se le escapa: “deliciosamente nulos” dije yo… Además, mi amigo, usted me habla del pasado sexual de ella como si eso fuera algo que no se pudiera…

 

HOMBRE:               ¿Que no se pudiera qué?

 

EJECUTOR:   Tocar, cambiar un poco, adaptar a su gusto y piacere.

 

HOMBRE:      No, nada de adaptar, el pasado fue lo que fue, así de simple, me guste o no… es irreparable, es uno y es para siempre.

 

EJECUTOR:   ¡Bueno! ¡Categórico lo suyo! ¿En serio piensa eso? No lo tenía tan… (Se queda quieto) ¿Los escuchó ahora? ¿Vio como gritan? Son tantos, y todos me los mandan a mí, a algunos les tomo cariño… No, le decía que no lo tenía tan limitado a usted, no tanto al menos.

 

HOMBRE:               ¿Limitado de qué? ¿Pensar eso qué?

 

EJECUTOR:   Pensar eso, lo que dijo, que el pasado sea irreparable.

 

HOMBRE:               Qué, ¿usted no?

 

EJECUTOR:   Para mí, en rigor de verdad y strictu senso, lo único que no tiene remedio es el futuro, sólo hay uno posible y siempre será lo que deba ser, es fatal, karmático.  

 

HOMBRE:               ¿Y el pasado?

 

EJECUTOR:   El pasado es plural. Pasados. El pasado siempre se está haciendo, releyendo… incluso perdonando.    

 

HOMBRE:      ¡Una cosa es perdonar y otra muy distinta… no, no, lo que fue no puede ser de otro modo, lo que se hizo se hizo por más que uno perdone… el tiempo no deja de ser lineal!

 

EJECUTOR:   Es lineal, pero vea, es una línea legible en ambos sentidos: el vientre, la tierra, la cuna, la mortaja…

 

HOMBRE:               O sea que a usted no le importa quién “fue” la que ahora “es”.

 

EJECUTOR:   La que fue ya no es.

 

HOMBRE:      (Pausa. Desafiante) Dígame: ¿Usted se podría casar con una prostituta?

 

EJECUTOR:   (Como si recitara una máxima) A la puta no se le paga para que se quede sino para que se vaya.

 

HOMBRE:               ¿Se podría casar?

 

EJECUTOR:   (Divertido) La mujer perfecta: Que sea una cocinera en la cocina, una señora en la mesa y una puta en la cama… Al menos ya tiene una de las tres virtudes… Noches torrenciales y días luminosos.

 

HOMBRE:               Casarse con una prostituta a pesar de que haya sido una prostituta.

 

EJECUTOR:   ¿Por qué “a pesar”? Tal vez sea “gracias”.        

 

HOMBRE:               ¿Por qué no me contesta?

 

EJECUTOR:   Al revés de lo que usted supone, mi limitado amigo, my limited friend, yo estoy convencido de que el pasado no es la causa del futuro sino su consecuencia… Así que si esa prostituta fue una prostituta, o puta, digámoslo en criollo carajo, será algo que en todo caso decidiremos luego. 

 

HOMBRE:      ¡Cómo! ¡No me puede decir que uno no hizo lo que hizo, que uno no es lo que fue!

 

EJECUTOR:   Bueno, sí, uno viene de algún lado y carga con una historia o historieta en algunos casos, pero esa historia o historieta no nos marca ni nos condiciona para siempre… Digamos que el pasado es algo blandito…

 

HOMBRE:      ¡Blandito de qué! ¡Qué estupidez dice! Si yo hoy lo mato a usted me convierto en un asesino. Y voy a ser un asesino hoy, mañana y pasado mañana… ¡Eso no se borra nunca!, ¡no es nada blandito!

 

EJECUTOR:   Ese ejemplo suyo me inquieta más de lo que debiera porque en este momento lo creo capaz. Venga, siéntese, tome aire, relájese que de todas formas nadie lo espera allá afuera. ¿Está mejor? A propósito, ¿todavía no escuchó a los otros animalitos, no? Ya va a poder, no se preocupe, cuando estén más cerca va a poder… Pero volviendo a nuestro asunto filo-psico-pesudo-filosófico, si me permite la licencia constructiva, digo, volviendo al tema, ¿usted un asesino?, ¿y si mañana se comprueba que usted me mató a mí porque esa era la única forma de salvar al mundo? ¿O si mañana se comprueba que yo era en verdad un violador que planeaba desvirgar a siete mil mocositas de 14 años de una parroquia que me gritaban desnudas desde el altar que eran rápidas pero no fáciles, eh? Mañana, entonces, en vez de ser un asesino, usted podría ser un héroe y hasta quizá un santo o candidato a presidente, vaya a saber.

 

HOMBRE:      No, no, no quiera confundirme. Usted es muy inteligente y sabe muy bien hacerse el tonto. Escúcheme: el pasado se escribe una sola vez. Después que el futuro lo lea como se le dé la gana, no es mi problema, pero el acto es uno y es inmodificable. A la puta no se le puede borrar la cantidad de p…

 

EJECUTOR:   (Divertido) Espere, espere, que usted se pone grosero y yo me tiento y terminamos los dos brindando con vino y contando chistes de monjas… A ver, piénselo de este modo: el pasado es finito, ¿estamos de acuerdo?, finito no de finito sino de que tiene fin… Su pasado es finito, está compuesto por un par de décadas, pocas, pero suficientes para enquilombarse ya la vida… Muy bien, un pasado finito nunca puede condicionar un porvenir infinito…

 

HOMBRE:               Mi porvenir no es infinito, yo me voy a morir.

 

EJECUTOR:   Bueno, lamentablemente sí, o no tanto según se mire… pero el punto es que el recuerdo de su vida puede que sea infinito, como el de un personaje histórico… pero no, déjelo ahí, no nos compliquemos más… A lo que voy es que algo finito no puede condicionar lo infinito… un par de décadas vividas no pueden sellar un milenio o el futuro, minutos, que aún le queda por vivir… En fin, lo que le quiero decir, y ya se lo dije, es que todos podemos cambiar porque siempre hay tiempo para cambiar…

 

HOMBRE:      Mire, yo lo escucho, soy respetuoso, pero lo suyo es de un optimismo edulcorado que da asco… Usted sabe que la mayoría ya perdió el compromiso con la transformación, que ya es incapaz de ejercer siquiera el fracaso… ¿Cuántas parejas no se separan por miedo al “día después”? ¿Cuántas prefieren quedarse masticando la amargura en una isla odiosa pero segura?

 

EJECUTOR:   ¡Cuántas infidelidades frustradas!

 

HOMBRE:      Cuando uno quiere cambiar ya es demasiado tarde, ya se es demasiado uno, ya se está muy acostumbrado a la costumbre… Lo que es cíclico no es casual.

 

EJECUTOR:   Ya lo creo. Apriete bien los dientes.

 

 

El EJECUTOR vuelve a pegar un salto hacia atrás y el HOMBRE vuelve a queda encerrado en el ring y boxeando. Relato en off. En un momento, los relatores dicen lo siguiente:

 

 

RELATOR 1: En todos mis años como cronista deportivo jamás vi una muestra tan grande de valor y de entrega… el púgil está recibiendo el castigo de su vida pero sigue de pie.

 

RELATOR 2:  A no confundir valor y entrega con masoquismo, mi joven amigo… hay que saber perder también, eso también es parte del boxeo.

 

RELATOR 1:  Me permito disentir con usted, estimado Julio Cesar, pero acá hay guapeza, sangre é toro…

 

RELATOR 2:  Y cabeza de vaca. Ahí va, de nuevo, a la lona…

 

 

El HOMBRE cae. Se inicia la cuenta de protección. Esta vez el EJECUTOR no hace ni siquiera la mímica del árbitro sino que lo ayuda a pararse rápidamente.

 

 

EJECUTOR:   ¡Despierte! Dele, arriba, sigamos que no le queda mucho, hijo. Terminemos la historieta antes de que sea tarde… Ok, habíamos quedado en que usted le hizo el amor, con el pésimo gusto de no dejarla lavarse los dientes, y con su cabeza llena de cositas vagamente malignas… Acaban y qué pasó después. Cuente rápido que no hay tiempo.

 

HOMBRE:      Fui al baño… Después volví a la cama, me metí debajo, la miré y le dije: “¿Te puedo hacer una pregunta?”. Y le puedo jurar que ella ya sabía lo que yo le iba a preguntar. Me contestó: “A ver, ¿y ahora con qué me vas a salir?”. Y ahí supe que no tenía escapatoria: o se lo preguntaba en ese preciso instante o no se lo preguntaba más. Así que tomé aire, la miré y le dije: “¿Con cuántos hombres te acostaste?”.

 

EJECUTOR:   ¡Al fin! ¿Y qué le dijo?

 

HOMBRE:               “Ya sabía que me ibas a salir con algo por el estilo”.

 

EJECUTOR:   ¿Eso le dijo?

 

HOMBRE:               Sí.

 

EJECUTOR:   Directa la señorita. ¿Y usted?

 

HOMBRE:               (Triste) Nada.

 

EJECUTOR:   ¡Ajo y agua! ¡A joderse y a aguantarse! Fue derechito al paredón de fusilamiento, usted solito se mandó.

 

HOMBRE:               Sí, y lo peor es que yo mismo di la orden: “Preparen, apunten…

 

EJECUTOR:   ¡“Respondan”!

 

HOMBRE:               …fuego”.

 

EJECUTOR:   ¿Mucho fuego?

 

HOMBRE:               Un incendio.

 

EJECUTOR:   (Enojado) No, no, cambie la cara que el dolor es su peor argumento. Usted se lo buscó camarada, así que lo penoso no es que ahora…

 

HOMBRE:      (Lo interrumpe sin prestarle atención) Al principio empezó a dar vueltas: “Y que no, y que para qué querés saber, y que no tiene importancia, y que patatín y que patatán”. (Victorioso) ¡Pero yo la obligué, le exigí que me dijera la verdad! No, si no era tonta, sabía perfectamente que no me podía ganar, que no podía hacer nada contra el autoritarismo de un masoquista… A mí cuando se me mete una cosa en al cabeza… Era como tener clavada una espina de pescado.

 

EJECUTOR:   Lo suyo era un hueso de ballena, si me permite la chanza. (Pausa. Intrigado) ¿Le dijo el número?

 

HOMBRE:               No, hizo algo peor… ¡Empezó a contar!

 

EJECUTOR:   (Excitado) Si, un punto mas a mi teoría de que las palabras son las responsables de… (Gritando) ¡Belén! ¡Belén! (Al HOMBRE) ¿Le molesta si Belén también escucha esta parte?

 

HOMBRE:               ¡No! ¡Ninguna Belén! ¿Qué soy yo? ¿Un ratón de laboratorio?

 

EJECUTOR:   (Duda, está a punto de decirle que sí) Está bien, sí, disculpe, me puse muy… es que algo así no se escucha todos los días… Siga, entonces ella se puso a contar…

 

HOMBRE:      Sí, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¿Y puede creer que la desgraciada perdía la cuenta o se hacía la que la perdía? (La imita con bronca) “No, no, a ver, esperá, uno, dos, tres, cuatro… mmm… diez, once…  ¡Ay, no me acuerdo! Esperá, ahora va en serio… Uno… dos… seis… nueve… trece… dieciséis… veintidós… Sí, vos sos el número…”, y se iba a la ventana y contaba con los dedos y de golpe lanzaba una risita y se tapaba la cara y se volvía a reír… ¡Vaya a saber de qué se estaría acordando!

 

EJECUTOR:   (Muerto de risa) ¡Y de qué se iba a estar acordando! ¡Ay hombre, usted me mata en serio! (Gritando) ¡Belén! ¡Belén vení a escuchar esto! (Al HOMBRE) Ah, no, disculpe… (Gritando) ¡Belén no vengas! ¡Quedáte ahí! (Para sí) Cuando le cuente se va a descostillar… (Al HOMBRE) Siga, siga, ¿usted qué hacia mientras ella contaba?

 

HOMBRE:      Yo estaba tirado en la cama, boca abajo, escuchando cada uno de los números… uno, dos, tres… y cada uno parecía una puñalada. Cerraba los ojos creyendo que la oscuridad podía suavizar el dolor…  Qué cosa, ¿no? Yo, de chico, cuando tenía miedo, también creía que el monstruo iba a desaparecer si cerraba los ojos… Y que las sábanas, unas simples sábanas, me iban a proteger de sus garras.

 

EJECUTOR:   Pero el monstruo está debajo de las sábanas.

 

HOMBRE:               Yo pensaba que estaba en el armario.

 

EJECUTOR:   Es así, el miedo no deja muchas opciones: o uno se esconde o cierra los ojos, the eyes.

 

HOMBRE:      Yo hacía las dos cosas: estaba con los ojos cerrados y metido debajo de las sábanas…

 

EJECUTOR:   ¡Qué escena!

 

HOMBRE:      Sí, eso pensé yo, no le miento, yo estaba tirado en la cama y pensaba en eso: ¡Esta es una escena digna de una película italiana! ¡Hay que filmarla!

 

EJECUTOR:   Sí, y júreme que me va a dejar filmarla, con Belén, por favor, esto es necesario… si, ya lo veo, a usted, al actor que va a hacer de usted… y la escena: el tipo, muerto de celos por el pasado de su amada acepta mansamente que ella cuantifique su vida sexual delante de él. ¡Una atrocidad! ¡Precioso! Pero fíjese, fíjese, espere, fíjese qué detalle, sí, porque ella le dijo números y no nombres… sí, eso es… uy… ¿sabe una cosa?, era una criatura piadosa esa hembra…

 

HOMBRE:               ¿Qué tienen que ver los nombres, los números…

 

EJECUTOR:   ¡Cómo qué! (Lo abraza para explicarle) Fíjese que inofensivos, mire qué inofensivos que son los números. Uno, dos, tres… uno, dos, tres… No dicen nada, no son nada, no son nadie. Suponga que si en vez de números ella se ponía a contar y decía: Juan Manuel, Guillermo, Eladio, Daniel, Pepe, Eduardo… eh, ¿comprende?, la cosa hubiera sido diferente, ¿se da cuenta? Las palabras, a diferencia de los números, se graban en la carne, es algo peligroso, ya le dije, las palabras son peligrosas… y el cuerpo, con las palabras grabadas, es un recordatorio permanente del dolor y el día menos pensado yo lo agarro por sorpresa y le digo: Juan Manuel, Guillermo, Eladio, Daniel y Eduardo y usted se me cae acá mismo y se me empieza a retorcer. ¿Por qué? Porque de ahí en más Juan Manuel, Guillermo, Daniel y Eladio pasan a ser esos Juan Manuel, los de ella, esos Guillermos y Eladios… los de ella… Mire, una vez con la mocosita cometí la estupidez de preguntarle cómo se llamaba el hombre que la había desvirgado. Por joder le pregunté, no sé. “Néstor”, me dijo. A partir de ese momento le juro que odié a todos los Néstor que se me cruzaron, hasta el día de hoy… Una locura, uno lo piensa un poco y no… un cuerpo, entiende, algo físico, con densidad, algo real y concreto, sufre por un par de letras, por una palabra, ¿qué palabra?, ni por eso, por el sonido intangible de la palabra. ¿Pero acaso no dice la Biblia aquello de que “Una palabra tuya bastará para sanarme”? ¿Eh, no lo dice? Pero el chiste es que a la inversa también funciona: uno dice una palabra y destruye un corazón.

 

HOMBRE:               Néstor.

 

EJECUTOR:   Exacto.

 

HOMBRE:               Cincuenta.

 

EJECUTOR:   ¿Cincuenta? ¡A la marosca! Pero no, no, no compare hombre… lo suyo es otra cosa, porque usted odia a un número, a algo que no es… los números no son nada pese a que, como en su caso, hayan sido alguien, o muchos o todos… Usted todavía no cae, ella no quiso hacerle nada… nombrar a sus amantes era hacerlos existir, eso sí… pero contarlos no.

 

HOMBRE:      Los hizo existir igual. ¡Cincuenta! Con números, con nombres… es lo mismo. Y eso de que no quiso lastimarme, ¿usted qué sabe?, ¿qué sabe lo que ella era capaz de hacer con esa boca? ¡Cincuenta!

 

EJECUTOR:   Me imagino que todo excepto mentir.

 

HOMBRE:      (Enojado) ¡Usted es un edulcorado del carajo! ¡No ve qué su amor era una mentira!

 

EJECUTOR:   ¿En el amor no hay verdad?

 

HOMBRE:               En la vida no hay verdad.

 

EJECUTOR:   No existe la verdad, pero me concederá que hay cosas que son verdaderas.

 

HOMBRE:               El amor no es una de ellas.

 

EJECUTOR:   ¿El amor no existe?

 

HOMBRE:               El amor existe, pero está condenado al fracaso. Usted mismo lo dijo.

 

EJECUTOR:   (Divertido) ¡No, no diga esas máximas que después se viene el apagón y nos quedamos todos a oscuras! A ver, no dé vueltas, responda ahora, así, en caliente: ¿usted qué piensa que fue para ella? ¿Un hombre o un cincuenta, un fifty?

 

HOMBRE:               A lo sumo ahora soy un mal recuerdo.

 

EJECUTOR:   Usted sería feliz con una virgen.

 

HOMBRE:               Soy ateo, no creo en las vírgenes.

 

EJECUTOR:   No hagas chistes malos. Además ya la va a conocer a Belén. (Divertido)

 

HOMBRE:      (Pensativo. Pausa) ¿Y usted que cree? ¿Qué cree, por qué contaría sin nombrar, sin decir ni un nombre? Porque sí, a lo mejor podía decir, no sé: Uno, dos, tres, Luciano, cinco, Diego, siete, ocho, el del club… ¡Pero no! Nada, ni un nombre, nada, usted tiene razón.

 

EJECUTOR:   Jé, ¿se anima a hacer una prueba? Es sencilla, no se asuste… venga, siéntese acá y cierre los ojos… muy bien…ahora trate de contar a sus mujeres sin nombrarlas. (El HOMBRE empieza a contar en silencio, pero se le escapa un nombre) ¿Qué dijo? ¿Silvia, Silvina?, ¿qué dijo? No la nombre, cuéntela.

 

HOMBRE:      (Vuelve a intentarlo pero no puede. Un poco fastidiado) Bueno y cuál es entonces su teoría de todo esto. ¿Por qué ella contaba sin nombrar?

 

EJECUTOR:   No, si usted ya lo sabe, para qué me hace pensar a mí, no me meta en líos… Dele, que como usted dijo, Dios nos abandona a nuestra propia mente.

 

HOMBRE:               Ella contaba pare absolverse.

 

EJECUTOR:   ¡Wonderful! ¡Esa no me la esperaba! Y mire que de usted yo ya me espero cualquier cosa, pero es una maquinita increíble… ahora me pongo curioso  y nadie me para, eh, ¿absolverse de qué? Y no me vaya a decir que de haber estado con otros hombres porque la llamo a Belén y armo una fiesta… (El HOMBRE no se atreve a responderle) ¿Sabe qué es lo que hace más insoportable su dolor?: la ausencia de motivos.

 

HOMBRE:      ¡Tengo motivos, tengo más de cincuenta motivos, tengo todos los motivos que necesito!

 

EJECUTOR:   ¡Ya ni sabe lo que le duele!

 

HOMBRE:               El dolor se basta a sí mismo.

 

EJECUTOR:   (Pausa) ¿Escucha?

 

HOMBRE:               ¿Qué?

 

EJECUTOR:   Nada, eso, el silencio, se callaron los animalitos, no gritan más… quiere decir que ya va siendo hora… y no me pregunte hora de qué porque soy capaz de… Al final usted se dio cuenta de todo demasiado tarde. Le resumo la primera: ella ya se fue… y con la misma libertad con la que llegó a usted.

 

HOMBRE:      Ella era como el tiempo, nunca vino para quedarse sino para irse. ¿Hora de qué?

 

EJECUTOR:   ¡Guarda con el apagón! (Gritando) ¡Belén! ¡Prendé de nuevo la máquina! ¡Prendé que ahí vamos! (Al HOMBRE) Mire, ella tiene nuevamente la libertad de la soledad, en cambio usted… ¿De qué le sirve estar solo? (Abre la puerta con violencia)

 

HOMBRE:               (Duda) Me sirve para… para poder… sí, claro, para poder…

 

EJECUTOR:   (Camina alrededor del HOMBRE. Lo acecha y el HOMBRE se siente dominado) ¿Para poder qué? (Gritando) ¡Prendé que ahí vamos, Belén!

 

HOMBRE:               …para poder… ya sabe, para poder… ¿a dónde vamos?

 

EJECUTOR:   …para poder qué, cuénteme…

 

HOMBRE:               Para poder… (Comienza a boxear, lastimosamente) Para poder, poder…

 

EJECUTOR:   (Continúa caminando alrededor de él. Pronuncia cada nombre como si fuera la cuenta de protección) Federico… Ramiro… Nicolás… Cristian… Marcos… Ezequiel… Ramón… Miguel… Enrique… (El HOMBRE se va derrumbando con cada nombre. El EJECUTOR lo invade más. Las luces cambian de intensidad, bajan de a poco. De repente una mujer entra violentamente por la puerta, apenas se la ve, y, junto con el  EJECUTOR cargan al HOMBRE y se lo llevan rápidamente. Se escucha el grito de un animal.)

 

Apagón.

 

***

mariscal1998@yahoo.com 

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