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DELIRIOS DE PASIÓN

de Guillermo Gallego

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 

DELIRIOS DE PASIÓN

 Guillermo Gallego

ggallego@30deagosto.com.ar

 Personajes:

 

Mercedes

Alba

Diana      

 

LAS TRES MUJERES VISTEN IGUAL: PANTALÓN Y CHAQUETA MANGAS LARGAS EN TONOS DE GRIS, O BLANCAS.

 

 

Lenta, la luz  comienza a iluminar la escena. Parque del  manicomio, en el centro un banco de cemento, el piso semi-cubierto por hojas secas que han caído anunciando la llegada del otoño.

 

Mientras se escucha bajo el Himno al General San Martín, aparece en escena Mercedes, que tiene movimientos muy seguros, y muy claros los destinos de su andar. En su mano izquierda lleva un libro de tapas azules, que golpea insistentemente con su mano derecha. De pronto se detiene en algún lugar de la escena lee para sí, asiente a su lectura como aquel niño que tiene que saber de memoria su lección. Continúa caminando por el lugar.

Desde su aparición se oye la voz, preferentemente, de un hombre:

 

VOZ EN OF: Ella es Mercedes, lleva un año internada en el lugar. Apasionada profesora de la Historia Argentina. Involucrada profundamente con los detalles casi imperceptibles de los personajes históricos, libertadores de estas tierras, a punto tal que de pronto se encontró envuelta en una telaraña de hechos que le provocaron confusiones entre realidades propias y ajenas.

 

Bajo se escucha el Vals Mis Delirios por Agustín Magaldi. Alba aparece en escena con un peluche en sus brazos al que parece hablarle constantemente, lo acaricia, lo besa, lo viste con ropas que evidentemente no corresponden al peluche, lo desviste y lo vuelve a vestir mil veces. Siempre lo mira con tristeza desmedida. Se sienta en el banco.

Desde su aparición se oye la voz, preferentemente de un hombre:

 

VOZ EN OF: Alba, fiel estudiosa y admiradora de los rasgos líricos del popular cantante argentino Agustín Magaldi, fallecido en el año 1938. Una serie de acontecimientos marcaron el destino de Alba, tragedias secuenciales la derivaron a internaciones periódicas cada vez más frecuentes. Hoy lleva más de tres años internada.

 

Bajo se escucha la Marcha Peronista. Diana entra en escena con un andar rápido, casi corriendo, como si hubiese visto algo en el piso y quisiera tomarlo, cuando llega a determinado lugar se inclina y toma una hoja seca, la limpia, la plancha con su mano sobre su pierna, y luego la guarda en un sobre grande de papel marrón. Esta acción la repetirá varias veces en el transcurso de la obra hasta llenar el sobre con hojas. Se sienta en el banco.

Desde su aparición se oye la voz, preferentemente de una mujer:

 

VOZ EN OF: De estas tres mujeres, Diana es quién lleva la mayor cantidad de años en el lugar. Su memoria es una pantalla en la cual insistentemente proyecta la imagen de sus padres fallecidos de manera trágica y cruel el día 16 de Junio de 1955. Ese día, cuando Diana tan solo tenía 9 años, había concurrido con su familia a brindar respeto y apoyo al Gobierno democrático en la Plaza de Mayo. El horror la invadió cuando civiles y militares golpistas intentaron derrocar al gobierno de Perón, en unos de los hechos más sangrientos de la historia Argentina.

 

 

MERCEDES: (Su cara denota una situación de bronca y odio. Mira hacia ningún lado específico) Cancha Rayada… Cancha Rayada… Cancha Rayada… más de cien murieron esa madrugada. Con más de cien vidas pagué mi distracción.

 

ALBA: Siempre se pagan caras las distracciones.

 

MERCEDES: Por supuesto. Pero la lealtad de mis hombres, merecía mayor atención de su comandante.

 

DIANA: No fueron tantas bajas, General. De ocho mil hombres, perder una centena, no es un número tan elevado.

 

MERCEDES: Se equivoca General, en mis batallas, mis hombres no fueron nunca un número. Soldados vigorosos y minuciosamente disciplinados pero con nombre y apellido. Sus vestimentas fueron remendadas y lavadas por manos de sus propias mujeres, hijas, madres… en cada uno de ellos no perdí solamente a un hombre de batalla…

 

ALBA: (Con una sonrisa) Se entiende…

 

DIANA: Claro que se entiende… siempre las guerras arrastran a seres humanos de las mejores naturalezas.

 

MERCEDES: (Cara de horror) Cancha Rayada es la tormenta que tiñe de sangre mis más claros pensamientos, mis amigos. (Su rabia va subiendo) Esa no fue solo una batalla, fue una orden de “muerte al enemigo por sorpresa”. Había que ver las caras de mis comandados, invadidos por el terror. Incapacitados de desenvainar sus sables para reaccionar en defensa.

 

ALBA: (Levantando su mano derecha, y tomándose el estómago con la izquierda) Duele en mis tripas el filo de los sables, General.

 

MERCEDES: Es así mi amigo. El filo del sable en batalla desgarra y quema la piel. No existe dolor más grande que el de un sable corvo.

 

DIANA: La muerte es dolorosa por dónde se la mire, todas las armas provocan dolor.

 

MERCEDES: (Con cierta furia) Pero el sable duele en los extremos. Duele en la punta que rasga hasta las entrañas, y duele en la mano de quien entierra el arma. Por las almas que mi mano se ha pintado de brillo con los botones del traje de mi enemigo.

 

ALBA: Valentía y fortaleza lo suyo, General. En cambio este cantor, ha desenvainado solamente sus cuerdas vocales para luchar contra las injusticias.

 

DIANA: No es poca cosa, compañero. No crea. Cuando los ideales son nobles, siempre son válidas las armas que se usen para defenderlos.

 

MERCEDES: (Con orgullo) Mis hombres se alentaban con canciones. Y vaya si les hacía bien… el espíritu batallador renace con el sano vino y se enaltece con las notas de alguna canción.

 

ALBA: Amigos inseparables, el vino oscuro y la música.

 

MERCEDES: Créame que en los fríos cordilleranos el vino era la cobija más deseada.

 

SE HACE UNA PAUSA Y DIANA COMIENZA A OIR VOCES Y RUIDOS MISTERIOSOS

 

DIANA: (Aturdida por las voces y los ruidos extraños) No se queden callados, no quiero el silencio. Cuente General, cuente más de su incansable lucha. Cuente, cuente, hable, que así ellos se callan.

 

MERCEDES: (Con furia autoritaria) Cállelos usted, General. Que ellos no lo venzan. Luche con sus armas, desenvaine sus letras. Hágales frente y se irán, se cansarán,

 

DIANA: No se callan, nunca se callan. Cansarse? Jamás. (A punto de llorar) Se cansarán el día que me muera. Ese día ya no los escucharé. (Fuerte) Ese día podrán seguir gritando. Ya no los oiré… ya no me atormentarán. Y entonces podré reír…

 

MERCEDES: Tranquilo, General. Las batallas hay que ganarlas en vida, sentirse derrotado es penoso, no rendirse mientras se pueda seguir peleando.

 

LAS VOCES Y RUIDOS SE OYEN CADA VEZ MENOS

 

ALBA: Una absoluta verdad, cuantas veces me tildaron de llorón por las letras de mis canciones. Pero claro, nadie se detuvo a pensar que un cantor lucha, pelea, se revuelca en las estrofas de un poema. No son mis “lamentos”, sino el lamento del pobre, del desamparado, de las abandonadas… (Poético) No es mi deseo llorar, es que las lágrimas me ahogan el corazón. (Suelta un llanto forzado y trágico)

 

MERCEDES: (Que no ha dado importancia a las palabras de Alba) “En veinticuatro días hemos hecho la campaña, pasamos la cordillera más elevada del globo, concluimos con los tiranos y dimos libertad a Chile”.

 

DIANA: (Reconociendo ese texto) Sus palabras…

 

MERCEDES: (Pasional) Veinte días antes de Cancha Rayada… habíamos arrollado a los realistas en Chacabuco. Hasta me ofrecieron el gobierno de Chile…

 

ALBA: Y no aceptó…

 

MERCEDES: Nueve horas de batalla. Nueve horas! Más de seiscientas vidas se cobró Chacabuco. Nueve horas en las que el grito de las escopetas y los cañones hicieron temblar la tierra. Nueve horas! La única música era la del choque de los sables, y los gritos desgarrados.

 

DIANA: Tantas muertes…

 

MERCEDES: No sin razón, General. La libertad de un país valía sus vidas.

 

DIANA: Pero no le aceptó al Cabildo el gobierno de Chile.

 

MERCEDES: Argentina es mi país… mi corazón no me lo hubiera perdonado.

 

DIANA: Sí que prevalecía el honor y la lealtad… valores que se han ido resquebrajando.

 

MERCEDES: Así es. Por aquellos años, se podría decir que hasta nuestros animales compartían con nosotros el sentido de la lealtad. (Subida al caballo de San Martín en una sincera demostración de su delirio. Su postura es la misma que se puede apreciar en las estatuas. Se oye el repique de tambores de guerra. Cabalga.) Mi estoico caballo blanco, ese del que todos hacen burlonas menciones tantas veces. Su frente alta siempre, erguido como el más ferviente batallador. Juntos vimos morir a nuestros semejantes, y juntos nos alimentamos del triunfo libertador. (Cabalga) Como una sola pieza cabalgamos por cerros, valles y montañas, fríos entumecedores, y soles tan bravíos como la  guerra misma.

 

ALBA: (Levantándose en un impulso exagerado y hasta trágicamente cómico) No se baje del caballo, General!! Siga peleando, no se dé por vencido. Agradezcan los pesimistas que ya mi voz no alcanza para colmar el aire de lamentos pasionales. Vergüenza deberían sentir, por haberme tratado de cursi y melodramático, cuando he pasado mi vida reivindicando a las madres abandonadas, y a los pobres despreciados.

 

DIANA: (Interrumpiendo con un golpe de palmas) Trece mil diez!

 

MERCEDES: Qué dice, General?

 

DIANA: Trece mil diez. Ya nadie se acuerda de la trece mil diez! Tantos años fueron marginadas las mujeres de la vida política de la Nación. “El sexo débil”. Aterradora manera de llamar a quienes nos dieron la vida. A quienes nos criaban, a quienes nos educaban. “El sexo débil”, decimos los hombres. Claro, nosotros, voluntariosos para engendrar, pero una vez cumplida la misión encomendada: “crialo y educalo”, y cuando haga falta, me saco el cinto y castigo. Sin piedad! Eso es, sin piedad! De alguna manera hay que demostrar la hombría. Si no para que somos el sexo fuerte?

 

ALBA: (Se levanta en un fracasado intento de cantar las estrofas del tango Libertad.) “Y así, a tus amores atado he vivido, hasta que el cansancio mi vida golpeó, y yo, por no hacerte sufrir, he callado, diez meses muy largos fingiéndote amor”. (Se sienta.)

 

MERCEDES: Cada cual a su función, General. No corresponde que las mujeres formen filas ante una batalla a mano armada. A tal fin nos preparamos los hombres. Para ello nos hemos endurecido internamente, y hemos forjado nuestro carácter de manera de sobrellevar nuestras muertes. 

 

DIANA: Hablamos de otros combates, General. Nos referimos a las batallas que deben librarse con letras, con palabras. Haciendo uso de la Libertad que los argentinos hemos conseguido, a pesar de la sangre que muchas veces se ha derramado.

 

MERCEDES: (Con orgullo desmedido) Jamás he pretendido el gobierno de ninguna de las tierras por mí liberadas de los reinados colonizadores. Si bien he sido pretencioso y orgulloso de mis triunfos, mas de un ofrecimiento en ese sentido he rechazado, sabido de que mi verdad esta en mi sangre y en mi sable.

 

ALBA: Otras épocas, General. Hoy los países libres gozan de los gobiernos que el pueblo elige.

 

MERCEDES: (Lee de su libro) “Presencié la declaración de la independencia de Chile y del Perú. Existe en mi poder el Estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el Imperio de los Incas, y he dejado de ser un hombre público. Mis promesas para con los pueblos están cumplidas -hacer su independencia- y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos”.

 

DIANA: Esas palabras…

 

MERCEDES: Esas palabras están regadas por todo el mundo, General. Si bien muchos pensaron que en mí había cierta ambición desmedida, y se conjeturaron variadas hipótesis respecto de mi lucha contra la colonización en Latinoamérica, sólo en mi memoria guardo la razón que me impulsó a desafiar la injusticia del sistema colonial.

 

ALBA: (Interrumpe en un ataque casi histérico) Yo lo amaba. Era sencillamente hermoso y adorable. Y se ahogó entre mis dedos. (Se arrodilla y estira su mano como si quisiera rescatar a su hijo de lo profundo del lago) Se me fue… yo estiré mi mano, lejos, tan lejos como pude… pero se fue… igual se fue… (Se arroja al piso. Diana se acerca a ella y le ayuda a incorporarse quedando Alba de rodillas)

 

DIANA: Fortaleza en los peores momentos, compañero.

 

ALBA: Es que me duele mucho.

 

MERCEDES: Qué es lo que le duele?

 

ALBA: Me duele adentro, muy adentro… siento que no resistiré más.

 

MERCEDES: (La mira sin inmutarse) No diga eso, levántese y siéntese. (Con autoridad) Lo que pasa es que usted se está entregando, y al enemigo hay que derrotarlo y no dejar que avance y lo sorprenda.

 

ALBA: (Sintiéndose muy descompuesta) Usted no entiende. Usted solo sabe de su propia batalla. Usted no conoce a mi enemigo. Yo ya no quiero enfrentarlo más.

 

DIANA: (Sentándola) Cálmese y siéntese.

 

MERCEDES: (Con enojo.) Qué me está diciendo?! Acaso cree que mi enemigo jamás me ha tenido acorralado? (Comienza a oírse la marcha Sargento Cabral. Se sube a su caballo imaginario y cabalga, está en plena batalla) Mírelos, mire como vienen… Son bravíos! Pero vienen mansos porque no saben que los esperamos. Hay muchos de ellos! Son once naves! Pero mis hombres son vigorosos y fuertes! (Cabalga) Podemos vencerlos, podemos hacer que se vayan, que huyan de estas tierras! (Está en pleno combate) Eso… eso… corran, corran cobardes… (Ríe exageradamente) Huyan, huyan, estas tierras son libres… (En la carrera su caballo rueda y cae al suelo, siente que va a morir.) El enemigo me tiene a punta de bayoneta, veo la muerte muy de cerca… pero… (La música se oye cada vez más fuerte.) Sin embargo no soy yo quien recibe la punta mortal del arma… sino el gran Sargento Juan Bautista Cabral, quien con mi vida salvó la libertad de medio continente. (La música cesa de golpe. Se levanta.)

 

ALBA: (Se pone de pié muy fuera de sí) Pero mi enemigo no es una bayoneta, mi enemigo es el olvido, es la indiferencia, es la comparación lamentable que derraman sobre mí. Y a eso es imposible resistir.

 

DIANA: (Con fuerza) El poder…

 

MERCEDES: Qué dice?

 

DIANA: El poder vuelve inútiles a las armas más temidas.

 

MERCEDES: Artillería pesada… cañones de gran calibre hay que utilizar…

 

DIANA: (Se levanta y camina sin rumbo) Ya no, General. Las masas son las fuerzas poderosas. Por eso yo sí acepté los gobiernos que me fueron ofrecidos. Mi lucha fue interna e intensa contra los poderes avasallantes de los derechos del pueblo. Los obreros tuvieron su oportunidad, los trabajadores hicieron escuchar su protesta. Todos fueron verdaderamente representados y atendidos. Ya nadie volvió a pisotearlos. Decididamente fueron respetados. Desde el peón de campo hasta el periodista, desde el trabajador jubilado hasta los jóvenes estudiantes. A todos, a todos los amparé, a todos los cobijé, los abracé, así contra mi pecho… pero hubo luchas que no las pude evadir y hoy me atormentan, (Comienza a oír las voces y ruidos misteriosos, disparos, explosiones.) vienen por mí amenazantes. (Lucha contra sus imágenes y sus perturbaciones internas.) Sé que me van a llevar, tarde o temprano me van a llevar, pero tendrán que arrastrar mi cuerpo, no les será tan fácil. Más de una vez luché contra la ingratitud de algunos sectores que sembraron el odio, más de una vez tuve que alejarme de mi patria.

 

MERCEDES: (La alienta a seguir peleando) Defiéndase, General, defiéndase. En usted está el honor del pueblo libre.

 

DIANA: (Continúa con su lucha) Por mi patria perdí mis más grandes amores y sé que también perderé mi vida, pero no les será tan fácil. (Las explosiones cesan de golpe)

 

ALBA: (Se levanta enérgicamente y la detiene) Basta! No soporto más sus guerras, y sus batallas, y sus odios, y sus armas. (Se abraza con miedo y llora como un niño) Con qué armas podría luchar yo contra el olvido? Todo el mundo habla de ustedes, vanagloriando sus batallas y sus logros. Quién no ha hablado del gran Libertador que cruzó la Cordillera de Los Andes? cuantas canciones le hicieron en su honor?

 

MERCEDES: (Alardeando) Es verdad…

 

ALBA: (Con mucha bronca) Y quién se acuerda de mí? Alguien dice?: “Qué voz tenía el Cantor del humano dolor”, (Orgullosa) si, “el cantor del humano dolor”, porque así me bautizó nada menos que el gran Carlitos Gardel, mi amigo. Pero claro, nadie lo sabe, nadie lo recuerda. “La voz sentimental de Buenos Aires” dijo la prensa algún día. Ahora… pasó el tiempo y a quién le importa…?

 

MERCEDES: No se confunda, el pueblo no me recuerda a mí, el pueblo recuerda los hechos, porque fueron hechos trascendentes. Historias que atravesaron culturas y generaciones por completo. El pueblo no recuerda a las personas, el pueblo recuerda los hechos.

 

ALBA: (Enojada y quejosa) No es verdad, la gente no recuerda los hechos… la gente no recuerda nada… todos se olvidan de todo…

 

DIANA: En cierta forma tiene razón, General. Aunque a veces es más fácil recordar un nombre como el suyo o como el mío, que un hecho tan importante como el alzamiento en armas contra todo un pueblo.

 

MERCEDES: (Con cierto orgullo) En un nombre como el suyo o como el mío, se sintetizan todos los acontecimientos de los que fuimos partícipes.

 

DIANA: Acontecimientos…

 

ALBA: Qué acontecimientos? No quiero acontecimientos… no quiero a nadie… Quiero estar solo!

 

MERCEDES: Estamos solos…

 

ALBA: Más solo, quiero estar más solo, bien solo!

 

DIANA: Acontecimientos de mierda!

 

MERCEDES: No importa, las batallas hay que ganarlas igual.

 

DIANA: Claro! No importa quien muera…

 

MERCEDES: Los ideales se defienden con la vida si es necesario!

 

DIANA: Con la vida de quién? De los inocentes?

 

ALBA: Y de los niños…

 

DIANA: (Comienza a oír los ruidos extraños, y se toma la cabeza) No hable de los niños! Qué saben de los niños… Silencio, silencio! Que no haya guerras! Que no haya armas! Que no haya muertos!

 

MERCEDES: (Gritándole) No existen las guerras sin armas y sin muertos!

 

ALBA ABRAZA MUY FUERTE A SU PELUCHE, CADA VEZ MAS ASUSTADA

 

ALBA: No quiero más guerras, no quiero que mueran los niños!

 

DIANA: Ni los padres.

 

MERCEDES: Desde cuando una guerra sin muertos?

 

LOS DISPAROS Y EXPLOSIONES SE OYEN FUERTE

 

DIANA: Porqué matar!?

 

MERCEDES: (Cómo si quisiera martillarle la cabeza a Diana) Porque es necesario! Porque es la única manera de detener al invasor! Por eso hay que matarlos!

 

DIANA: (Muy conmovida) No somos invasores!

 

MERCEDES: Usted no, pero los otros sí, por eso hay que matarlos para que no hagan más daño.

 

DIANA: No quiero daño, no quiero que mueran…

 

MERCEDES: Si no mueren ellos morimos nosotros!

 

DIANA: Nadie, nadie, nadie! (Atacándolo) Me entiende? Nadie!

 

MERCEDES: Y las causas? Y la libertad?

 

ALBA: Dónde hay libertad? Quién es libre? Quién es libre? Dónde están los libres?

 

MERCEDES: Acá estamos los libres. El pueblo debe ser libre.

 

DIANA: (Abre sus brazos y se dirige al pueblo) “El pueblo debe ser libre”. (Grita) Deténganse! Somos libres. (Las explosiones y sonidos se oyen más fuerte) Porqué no se detienen? Nadie tiene que morir.

 

MERCEDES: Deténgalos! Usted puede.

 

DIANA: No puedo! No puedo!

 

MERCEDES: Si que puede, no se rinda!

 

DIANA: Deténganse! Váyanse! Nadie más tiene que morir! Somos inocentes!

 

ALBA ESTA MUY ATURDIDA Y ASUSTADA POR LOS GRITOS DE DIANA

 

MERCEDES: Ya se van, General.

 

DIANA: No, no se van. Y mire cuántos muertos! Mire cómo sangran! Mire como lloran los niños!

 

LOS RUIDOS DESAPARECEN LENTAMENTE

 

MERCEDES: Dieron la vida por su Patria, en el futuro los niños que hoy lloran, lo agradecerán.

 

DIANA: (Refiriéndose a Alba) Atiéndalos, están heridos, necesitan ayuda. (Se dirige a Alba y la toma de los brazos) Qué le pasó? Dónde está herida?

 

ALBA: (Muy asustada) No me toque! No me toque! No estoy herida!

 

DIANA: Si, está muy herida! Tiene mucha sangre!

 

ALBA: La sangre es mía, déjeme.

 

MERCEDES: Deténgase, General. Déjela en paz, igual va a morir.

 

ALBA: Todos vamos a morir.

 

MERCEDES: No todos. Los fuertes y vencedores perdurarán en el tiempo.

 

DIANA: (Ríe muy fuerte) No me haga reír. Todos morimos algún día.

 

MERCEDES: (Poniéndose firme y sentenciando) No, señor. Fíjese como ha pasado el tiempo y este guerrero sigue en pié.

 

ALBA: Yo sí quiero morir. No quiero estar más acá.

 

MERCEDES: Y para qué vino?

 

ALBA: No vine, me trajeron.

 

MERCEDES: Entonces revélese, váyase solo, que espera?

 

ALBA: (Vencida) No puedo.

 

MERCEDES: Claro, lo de siempre. Se rinde al primer tropezón.

 

DIANA: Usted no entiende.

 

MERCEDES: (Con mucha furia.) Que yo no entiendo? Qué es lo que no entiendo? Que se dejan vencer por un puñado de carroñas! (Señalando a interiores.) Que no tienen valor ni siquiera para hacerle frente a estas mariconas que los bañan y los tratan como si fuesen idiotas! Qué es lo que tengo que entender?

 

ALBA: (Muy exaltada) Que no todos somos tan valientes. Que a veces nos sentimos derrotados también. Hay enemigos que no se pueden vencer nunca.

 

MERCEDES: Enemigos que no se pueden vencer nunca!?

 

DIANA: Si, es verdad, hay enemigos a los que nunca podremos vencer. Porque están dentro nuestro y jamás saldrán.

 

MERCEDES: Qué está diciendo? El enemigo viene de frente. Viene de afuera y se apodera de nosotros si lo dejamos.

 

DIANA: Cuando va a ver la realidad? Algún día lo tendrá que aceptar.

 

MERCEDES: (Su cara se transforma en odio, todos los recuerdos de su infancia vienen a su mente.) Jamás! Nadie va a volver a tocarme nunca más! El primero que intente ponerme la mano encima otra vez, probará el filo de mi espada!

 

DIANA: No tendrá coraje…

 

MERCEDES: Que nó?  Lo tuve alguna vez y lo volveré a tener!  (El recuerdo, lentamente la irá  convirtiendo en una niña pequeña.) El siempre que llegaba a casa, ni siquiera besaba a mamá, siempre me besaba a mi primero. (Se derrumba.) Y yo lo quería. Lo amaba, lo admiraba. Era todo para mí… hasta ese día. Eran sus manos, era su boca, no podía enojarme, le tenía miedo, pero yo lo amaba… y después de ese día, era siempre, casi todos los días, y él era feliz… yo no… pero él era muy feliz. Y después fue siempre, y yo me cansaba, y cada vez lo quería menos… no quería que viniera, no quería verlo. Me escondía pero él me encontraba y se escondía conmigo, para que nadie nos viera. Y me acariciaba pero a mí me dolían sus caricias. Ya no me hablaba… solamente me miraba y se reía, hasta que un día no se rió más. Y yo sí me reí mucho. (Ríe muy fuerte) Lo maté… (Se arrodilla) Yo lo maté a él. (Ríe) Nunca más me tocó. (Llora) Lo amaba y lo maté. (Toma un cuchillo imaginario y lo clava reiteradamente al piso) Yo no quería… yo no quería… no quería…  pero ese día fui el mejor soldado, sin odios, sin rencores, por la libertad, por el honor. El mejor, el más grande, el más libre, el más fuerte, jamás nadie volvió a vencerme. (En una actitud casi heroica se pone de pié y se sienta en el banco. Continúa repitiendo las últimas palabras hasta el final.)

 

DIANA: Nada se termina con la muerte

 

ALBA: Si, todo se termina con la muerte, hasta las ganas de vivir.

 

DIANA: Pero la memoria no se borra, no se limpia.

 

ALBA: Nada se borra de la memoria. (Pausa. Sonríe. De acuerdo a sus palabras cambiará bruscamente de la alegría a la tristeza y al llanto y en ningún momento dejará su peluche.) El tenía unos ojitos tan dulces! Siempre me decía: Mami…, mami…, porque tenía mucho miedo de estar solito… entonces yo lo abrazaba… siempre lo abrazaba y lo besaba… y le prometía que nunca lo iba a dejar solo, entonces el me decía: mami… mami… yo estaba segura de que jamás lo dejaría solo… y no lo dejé solo… pero el bote se movió, se tambaleó, y el se cayó al agua… y yo estiré mi mano, porque no quería dejarlo solo. Pero el no podía agarrarme… y me decía: mami… mami… y me tiré al agua… pero no lo podía traer… y sus ojitos me miraban, porque tenía unos ojitos muy lindos! Y me estiré mucho, mucho, hasta que lo agarré… y lo traje… pero ya no me miraba… y no me decía: mami, mami. No me decía nada. Le hable y cuando salimos del agua le conté el cuento que le gustaba para dormirse. Y lo abracé, y nos dormimos los dos. (Pausa) A mi me despertaron…, pero a él nadie lo despertó! Porqué nadie lo despertó? Porqué me despertaron a mí y a el no? Porqué no me dejaron dormir con el? Yo no quería despertarme? (Continúa repitiendo las mismas preguntas en voz baja hasta el final )

 

PAUSA

 

DIANA: (Ríe enérgicamente, señala a Alba y a Mercedes) Están enfermas, pobrecitas. (Pausa) Sufren. (Las acaricia) Yo las cuido. (Ríe) No tienen a nadie. Yo sí. (Saca una hoja del sobre, la besa y la acaricia). Tengo a mi papá. (Ríe. Saca otra hoja y hace lo mismo y las deja sobre el banco) Tengo a mi mamá. Yo sí quiero vivir de recuerdos. Es lo más lindo. (Ríe) Todos se creen que no me acuerdo. (Pausa triste. Se traslada a aquel momento en la plaza. De pronto mira hacia arriba y señala.) Mamá, papá, son aviones! (Vivencia el momento. Se escuchan explosiones. Desespera al ver el revuelo de gente. Llora.) Qué pasa? (Cae al suelo. Ve a sus padres ya muertos. Grita) Mami! Papi! (Llora. De golpe deja de llorar y toma las hojas.) Ustedes están bien, y yo los quiero mucho… y los voy a cuidar. (Baila con sus hojas. De pronto comienza a oír sonidos extraños y se pone mal otra vez protege a las hojas como si se las fueran a quitar.) No… váyanse! Váyanse! (Llora como una niña.) No me los van a quitar! Nooooo!

 

EN ESE INSTANTE COMIENZA A ESCUCHARSE LA VOZ DE MAGALDI EN EL VALS MIS DELIRIOS Y ALBA SE INCORPORA Y BAILA SIEMPRE ABRAZANDO A SU PELUCHE CONTRA SU PECHO. LA LUZ COMIENZA A BAJAR HASTA OSCURECER JUNTO CON EL FINAL DE LA MÚSICA.

 

 

FIN

 

 

Este texto está registrado en ARGENTORES, por lo que se recomienda solicitar el debido permiso para su puesta en escena.

 

Guillermo Gallego

ggallego@30deagosto.com.ar

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