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DIÁLOGO IMPOSIBLE

de Fernando lamas

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

Fernando LAMAS

 

fernando.lamas@infomaniak.ch

  

Diálogo imposible

  

Personajes

  

Micaela, Madre de un Desaparecido, milita en la Asociación de las Madres de la Plaza de Mayo, galardonada con el Premio Nobel de la Paz.

 

 

Medea, Sacerdotisa de Helios, Princesa de Cólquida, mujer repudiada de Jasón; lleva una vida errante a través de los siglos.

 

 

Lucho, Desaparecido, hijo de Micaela.

 

 

Un Guía de la Fundación Nobel

  

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

La princesa, la maga, la madre filicida errante en el tiempo, ¿quién no conoce con mayor o menor precisión la historia de Medea? Se trata de un mito que inspiró en la antigüedad a Eurípides y Séneca, más tarde a Corneille – uno de los padres de la lengua francesa – y más actualmente a Christa Wolf, a Pasolini, Heiner Müller y Pascal Dusapin entre muchos. Cierta cinematografía ha querido endulzar el mito con una historia de amor que termina ahí donde comienza la tragedia. 

Para la mejor comprensión de esta pieza es indispensable tener una visión general del mito de Medea y Jasón, aunque los “protagonistas” de esta pieza sean en realidad el grito seco del dolor, y la injusticia.

 

 

 

El mito de Medea

 

 

Es uno de los más antiguos del mundo griego porque aborda el problema del mal, viejo como el hombre mismo; de aquí que el mito de Medea – con el de Jasón y los Argonautas -  descienda a los entresijos de pulsiones, miedos, ambiciones y pecados o delitos que se vivieron con un contenido moral y jurídico muy diferente a nuestra civilización actual.

Existen varias versiones del mito de Jasón y los Argonautas y Medea que cambian algunos detalles del relato pero que, sin embargo, no alteran la columna vertebral de la historia.

Los griegos ubicaron el nacimiento del mito en el reino de Cólquida, una tierra misteriosa, montañosa, fértil, a orillas del Mar Negro[1]. Medea, hija del rey Aetes[2] y de la oceánida Idya[3], oficia en el templo solar de Eea, la brillante capital construida sobre una colina consagrada a Helios y donde el dios guardaba sus blancos caballos en los establos sagrados.

Pero además de sus riquezas, la ciudad cuenta con un tesoro místico: en los alrededores de Eea, en los bosques consagrados al dios Ares, cuelga de una encina el Velloncino de Oro, la piel de un cordero en oro puro[4], símbolo del poder.

Jasón, príncipe desposeído del trono de su padre[5], debía obtener a cualquier precio el Velloncino para poder recuperar la corona que usurpaba su tío.

Medea se enamora de Jasón a tal punto que, traicionando a su dios, a su pueblo y a su padre, lo ayuda a robar el Velloncino de Oro a condición que la lleve consigo de regreso a Grecia.

Jasón logra su objetivo gracias a Medea: es ella quien le proporciona los ungüentos destinados a protegerlo de los Toros de Hephaistos, y es Medea también quien duerme con sus filtros al Dragón custodio del Velloncino. En realidad la Princesa se oponía a la política de su padre de mandar ejecutar a todo extranjero que pisara su lejano reino, y para lograr huir con el hombre que ama Medea toma como rehén a su hermano Apsyrtos a quien finalmente mata y descuartiza con sus propias manos.

En el “Argos” Jasón y Medea huyen de aquella tierra de sol y sombras, de caballos salvajes y jinetes intrépidos.

Tras muchas y variadas peripecias, Jasón llega al reino de Iolcos donde su tío, el usurpador rey Pelias, muere por manos de sus propias hijas, engañadas por Medea.

Acaste, hijo de Pelias, expulsa de Iolcos a Jasón y a Medea quienes se refugian en Corinto, donde vivieron en cierta paz hasta que el rey Creon ofrece la mano de su hija Glaucé[6] a Jasón.

Para Jasón – el anti-héroe griego por excelencia – es la ocasión de ceñirse una corona y se encierra en un silencio culpable cuando el rey Creon expulsa a Medea de su reino.

Medea, ofuscada por la traición de su marido, pide al Rey un día de tregua para preparar su partida, pero en realidad aprovecha para preparar un traje y un aderezo de oro y piedras que hace hervir en un veneno proveniente de la maceración de hierbas cuyo poder ella sólo ella conoce. Envía a sus dos hijos a la corte con aquél regalo de un lujo extraordinario. Tomándolo por un trofeo, Glaucé se viste de gran gala con los atavíos que le envía su rival pero comienza a quemarse por un fuego misterioso y muere abrasada con su padre, quien había corrido a su socorro.

Acto seguido, Medea mata a sus dos hijos[7] - habidos con Jasón[8] - y da fuego a su palacio. Arrepentida de haber dado un día la espalda a su dios, su patria y su padre, Helios le envía una cuadriga alada que la lleva a Atenas, poniéndola a salvo. Desde allí regresa a la Cólquida, donde retoma su posición como Princesa Real y Sacerdotisa de Helios[9].

 

 

  

 

 

Diálogo imposible

 

 

ACTO I

 

 

Templo de Adolf-Fredrik en Estocolmo, un edificio neoclásico, desangelado, ubicado en pleno centro de la ciudad, inmerso en un jardín-cementerio donde reposan algunos próceres bajo tumbas sencillas, sin mármoles caros ni estatuas conmemorativas. En el interior, sobre el fondo gris claro de los muros y columnas jónicas -  a la izquierda de la escena -  destaca el monumento funerario de René Descartes en bronce. Una luneta, al centro de la escena, deja entrar la luz del mes de diciembre.

Tras levantarse el telón entra un Guía, un hombre joven, rubio y muy guapo, un tanto afeminado y parlanchín, vestido con traje azul marino y seis botones dorados en la chaqueta, camisa blanca y corbata amarilla. Detrás camina una mujer, Micaela, una Madre de la Plaza de Mayo, que recibirá al día siguiente el Premio Nobel de la Paz. Viste un abrigo de lana azul celeste que deja entrever una falda color verde Nilo. Peinada con elegante sencillez.

 

 

 

Guía

Bueno, señora, he aquí el templo construido por el Rey Adolfo Federico de Suecia quien puso la primera piedra en 1768. Pero el lugar estaba dedicado al culto cristiano desde antiguo. Los arqueólogos han encontrado restos de la capilla de San Olof. La construcción está hecha en cruz griega y es obra del arquitecto Carlos Federico Adelkrantz. Las obras se hicieron sobre las ruinas de una antigua...

 

(La voz chillona del Guía se va alejando y el personaje se pierde en la oscuridad a la izquierda del escenario. Micaela se sienta en una banca de la iglesia en la nave central. No reza, tiene más bien aire pensativo y los ojos cuajados de lágrimas. Tira la nuca hacia atrás, en gesto de agotamiento físico pero sobre todo bajo el peso de una idea).

 

 

 

 

Micaela

Lucho................

 

(Entra el Guía parlanchín y se dirige hacia Micaela).

 

 

Guía

¿Se siente bien señora?

 

 

Micaela

Gracias, sí, estoy bien.

 

 

 

Guía

Claro, debe estar cansada, un viaje tan largo ¡Y encima la Fundación Nobel que la envía a hacer un tour por Estocolmo! Mañana es un gran día, recibirá de manos de nuestro Rey el Nobel de la Paz.

 

 

 

Micaela

Sí, será una jornada muy especial.

 

 

 

Guía

Usted me hace sentir en confianza, Señora. He hecho de Guía a muchos laureados pero siento que usted es alguien muy especial. Bueno, continuemos; debería mentir diciendo que esta iglesia es un monumento excepcional pero la verdad es un horror. Si quiere mi opinión personal sobre el tal Adelkrantz o estaba borracho cuando hizo los planos de este adefesio o simplemente estaba liado con el Rey; lo único que salva a este templo es la tumba de Olof Palme que está en el jardín y el cenotafio de Descartes que tiene usted aquí.

 

 

 

Micaela (Interesada, mirando al monumento)

Es impresionante, sí.

 

 

 

Guía

Lo mandó hacer Gustavo III, uno de nuestros mejores Reyes, cuando era todavía Príncipe heredero.

 

 

 

Micaela

Es muy hermoso.

 

 

 

 

 

Guía

René Descartes, que vino a enseñar filosofía a la Reina Cristina en 1650, estuvo enterrado en Estocolmo pero luego los franceses lo reclamaron y, claro, la Corona sueca devolvió los huesos porque en el fondo se sentían culpables de la muerte del filósofo.

 

 

 

Micaela

¡No sabía que Descartes hubiera muerto aquí!

 

 

 

Guía

Esa loca de la Reina Cristina se levantaba tempranísimo, hacia las cinco de la mañana en pleno invierno y ordenaba al pobre Descartes que viniera al Palacio de las Tres Coronas a enseñarle filosofía. Cristina era sueca y vivía con las ventanas abiertas en verano e invierno, pero Descartes era francés y….. Ya me dirá. Se murió de pulmonía, no duró ni dos meses en Suecia.

 

 

 

(El Guía arranca una sonrisa a Micaela que se pone de pie y camina hacia el centro de la escena, al lado del monumento)

 

 

 

Guía

Como le decía, el cenotafio de Descartes es obra de una de nuestras glorias artísticas, es obra del escultor Juan Tobías Sergel.

(El Guía adopta una actitud seria, señalando el monumento)

Bajo el epitafio, Sergel representó al globo terrestre, que simboliza la Verdad, que es liberado del Velo de la Mentira por el Ángel de la Razón.

(Un momento de silencio)

Gustavo III fue un ilustrado, un hombre de gobierno que se preocupaba por la educación de sus súbditos, creía que el bienestar vendría sólo por la cultura. Pero fuerzas ocultas trabajaban contra él. Años más tarde el rey Gustavo sería asesinado en la Opera durante un baile de disfraces de la corte. Quizá sepa que este asesinato inspiró a Verdi para componer su ópera “Un bal masqué”…

 

 

 

Micaela

Un crimen...

 

 

 

Guía

Sí, mi querida señora. No sólo en su país se ha matado impunemente. En nuestra pacífica Suecia se cometen crímenes nunca resueltos: Gustavo III, Olof Palme, Anna Lind. Sí, desde luego se atrapan culpables, dicen que son asesinos en solitario, desquiciados mentales. La verdad, señora, es que las fuerzas del mal se mueven siempre en los subterráneos de los palacios del poder.

(Micaela está absorta mirando el monumento)

En fin, la aburro y la deprimo (dándole palmaditas amistosas en las manos), mañana ya tendrá bastante viendo los horrorosos modelitos que se pone la Reina para las ceremonias del Nobel.

 

 

 

(Micaela sonríe. Hay un instante de silencio).

 

 

 

 

Guía

Bueno, creo intuir que quiere estar un poco sola.

 

 

 

 

Micaela

Sí, gracias. Es muy interesante todo lo que me cuenta pero ¡me han pasado tantas cosas en tan pocas horas! ¿Comprende?. Muchos contrastes. Mi marido y mi cuñada me acompañaron al aeropuerto de Ezeiza en un taxi y aquí me recibió la Princesa Heredera en una limousine negra y un séquito de veinte personas.

 

 

 

Guía

La Princesa es un tesoro. Todos la queremos mucho. Mire, voy a tomarme un café al lado y vendré en unos veinte minutos, ¿le parece?. Lo bueno que tiene esta iglesia es que nadie viene ni para rezar; es ideal para poder quedarse solo unos momentos y reposar.

 

 

 

Micaela

¡Estupendo!. Y gracias.

 

 

 

El Guía desaparece hace la derecha de la escena. Un momento de silencio.

A la derecha del escenario, en medio de un estallido silencioso de luz aparece Medea, la princesa errante en el Tiempo. Está vestida con una túnica color azafrán y un manto malva, ligero y transparente, que cae desde su cabeza coronada con una cinta de oro, lleva los cabellos recogidos en un moño. La rodean colores del ocaso solar. De su cuello cuelga una larga cadena de oro de la que pende una lágrima de ámbar del Mar Negro. Avanza lentamente, con porte altivo de sacerdotisa cuya vida está por encima de los simples mortales, centrada en los altares, los sacrificios y el culto de la naturaleza.

Se exprime con voz de quien está acostumbrado a ser obedecida. Diálogo imposible entre una Mujer que ha matado a sus hijos y una Madre que ha perdido al suyo.

 

 

 

 

Medea

Micaela, tu nombre es una pregunta.

 

              

 

Micaela

¿Quién anda allí?

 

 

 

Medea

¿Quién como Dios?

 

 

 

Micaela

¿Quién eres?

 

 

 

Medea

Tu nombre hebreo es una pregunta y un grito: ¿Quién como Dios?

 

 

 

Micaela

Me llamo Micaela y no soy hebrea.

 

 

 

 

 

Medea

Llevas el nombre del Príncipe de los Ángeles, del capitán de las fuerzas angélicas del Dios de Judá y de Israel.

 

 

 

Micaela

¿Miguel? Así se llamaba mi abuelo, a él le debo mi nombre. Pero no soy creyente. ¿De dónde me conoces?

 

 

 

Medea

Te reconozco, Madre. Reconozco tu dolor y las lágrimas que Kronos no ha podido secar.

 

 

 

Micaela

Es extraño lo que dices, Mujer, nadie me conoce aquí, apenas si he llegado ayer noche, tras un viaje interminable. Estocolmo es una linda ciudad, muy limpia, un poco triste. Estoy cansada. Mañana me espera una jornada agotadora.

 

 

 

Medea

Te reconozco, Madre. El Rey te recibirá mañana porque tu hijo ha muerto.

 

 

 

Micaela

(Su turbación inicial se transforma en una respuesta rápida y certera, como hubiera sido picada por una serpiente Coralillo)

 ¡Nadie me ha dicho nunca que mi hijo a muerto! Peor que eso, me dicen que ha desaparecido. Duele más, es una amenaza muda, como un puño en alto que no llega a golpear. Pero, ¿quién eres, mujer?

 

 

 

Medea

Está muerto. Lo sabes. Un Rey te recompensa por ello. Yo, en cambio, he recibido el oprobio de los siglos porque salvé a los míos matándolos.

 

 

 

Micaela

¿Mataste a tus hijos? No entiendo... ¡Es terrible!

 

 

 

Medea

Los arranqué de los brazos de su padre y a un destino peor que el destierro.

 

 

 

Micaela

¡Mataste a tus hijos! ¿Cómo pudiste? No hay destierro que valga la muerte. Yo me hubiera marchado con mi hijo al último rincón del mundo.

 

 

 

Medea

Tú recibes una corona de laureles por reclamar el cadáver de tu hijo. Yo no recibo sino vergüenza y oprobio. Mi nombre ha sido escrito con sangre en los libros del Destino por haber cometido el crimen que no tiene nombre.

 

 

 

Micaela

Pero, ¿qué te empujó a levantar la mano contra tus hijos?

 

 

 

Medea

Matando a mis hijos ahogué mi dolor.

 

 

 

Micaela

¿Qué dolor es capaz de llevar al crimen?, ¿Cómo puedes estar viva?, ¿Cómo puedes respirar?

 

 

 

Medea

Los salvé de la barbarie, de un mundo que dio la espalda al Olimpo, a los dioses eternos. Muertos mis hijos volví al altar de Helios como ahora tú vienes a sacrificar a tu dios en este templo sabiendo que tu hijo está muerto.

 

 

 

Micaela

¡Yo no he venido a rezar! Dios me dio espalda, me abandonó a mi dolor, a mi desesperación. Yo hubiera dado mi vida por salvar a mi hijo, hubiera dejado que me abrieran las entrañas.

 

 

 

Medea

A mis hijos les esperaba el mundo que les ofrecía su padre, un mundo donde todo era posible, donde nada era sagrado.

 

 

 

 

 

 

Micaela

Dios guardó silencio cuando raptaron a mi hijo. Un silencio cómplice, un silencio que hacía más negro mi dolor, un silencio que me negaba una respuesta, una razón, un consuelo. Dios está enterrado en la Escuela de la Armada.

 

 

 

Medea

¡Blasfema! ¡Los dioses son eternos!

 

 

 

Micaela

¿Blasfema?, ¿Contra quién?, ¿Contra qué? Ningún dios me tendió una mano; yo solo encontré consuelo en mis compañeras de grito y cansancio en la Plaza de Mayo, en algunas mujeres y hombres buenos que nos escucharon, que nos apoyaron. Gracias a ellos, después de muchos años, soy capaz de soportar los aullidos de mi vientre. Por eso estoy aquí.

 

 

 

Medea

¡Buscas vengarte!

 

 

 

Micaela

Yo busco una razón, no venganza; Busco justicia. Quiero saber porqué no volví a ver a mi hijo desde aquella tarde de domingo en que el mundo se paralizó.

 

 

 

Medea

Jasón era la razón de mi vida, mi Sol, mi luz. Yo no vivía sino entre sus brazos, escuchando sus promesas.. Me cubría con su cuerpo que olía a mar, su aliento estaba perfumado del vino especiado de Eubea, me penetraba con la fuerza de su amor. Jasón me hizo mujer, vientre, vida, instinto, naturaleza. Pero Jasón nunca me amó (se ensombrece). Jasón era un pirata acostumbrado a las putas de los puertos y a los gritos de las vírgenes violadas. Por su amor me hice cómplice en el robo del Velloncino de Oro, huimos juntos evitando el furor de mi padre. Pero cuando reposábamos ya en otra tierra, bajo los olivos del Peloponeso, Jasón desertó mi lecho. Exploró nuevas sensaciones y placeres con los lascivos efebos micenos y con las mil Prostitutas Sagradas del templo de Corinto.

Luego vino Glaucé, aquella princesa con ojos de cabra degollada.

 

 

 

 

Micaela

¡Mataste a tus hijos por el amor de un hombre! Ése amor no vale el amor de los hijos.

 

 

 

Medea

Los hijos se van, sólo te quedan los brazos de tu hombre

 

 

 

Micaela

Los hombres envejecen, sus brazos se vuelven fláccidos. Cuando Lucho desapareció, mi pobre marido se hundió en el silencio de su dolor, en una desesperación muda. Sólo yo me atreví a gritar, a desafiar a los guardias con sus porras, con sus chorros de agua helada, a los insultos de los soldados. Putas, nos gritaban. ¡Pues unas putas como nosotras los parieron también a ellos! Apenas nacidos los tuvimos sanguinolentos sobre nuestro pecho con el cordón aún caliente.

 

 

 

Medea

Los hombres no menstrúan, no están acostumbrados a la sangre, al dolor. Jasón también calló, no dijo una palabra. Se marchó en silencio. Solo más tarde supe que me quitó el título de esposa para casarse con Glaucé. También yo tuve que enfrentar las miradas llenas de desprecio de sus esclavos, los insultos apenas callados de los soldados, los ojos llenos de incomprensión de mis hijos.

 

 

 

Micaela

¡Qué te podía importar un hombre! ¡tú amaste! ¡te diste entera! No tenías nada que reprocharte. ¡El perdedor fue él! ¡el mentiroso fue él! Tenías a tus hijos. Tenías al fruto de tu amor, de aquellos años en que te abriste a la vida. ¿Por qué los mataste? La sangre no borra el pasado, lo hace más presente.

 

 

 

Medea

Sus vidas me echaban en cara mi condición de repudiada, sus vidas que me decían una y otra vez, día tras día, que había fracasado, que ya no tenía vida, que mi hombre se había ido no tras otras mujeres, sino tras un nuevo Vellocino, tras una corona. Estaba perdida, mi libertad se convirtió en una prisión de vergüenza. Dejé de ser mujer, vida, instinto; sólo los dioses podían darme nuevamente la confianza, la seguridad.

 

 

 

 

Micaela

Mataste por dolor y por venganza.

 

 

 

Medea

¡No! Estaba arrepentida de haber abandonado al Olimpo. ¡Mi sed de redención era auténtica!, la muerte de mis hijos me devolvió la juventud, los dioses me recuperaron. Regresé a la Cólquida, mi tierra me devolvió la juventud, volví a tener quince años, como cuando era sacerdotisa del Sol y princesa real, hija del Rey Aetes. La sangre de mis hijos borró mi traición, los dioses y mi patria me perdonaron; cancelados quedaron mis años de mujer, de madre, de esposa repudiada. Me postré ante el altar de Helios el dios de la vida, con el dolor de Jasón como ofrenda. Maté a mis hijos cuando, adormecidos entre mis brazos, los deposité en el lecho delicadamente, con todo mi amor. Mi puñal engañó a Morfeo, el dulce dios del sueño.

 

 

 

Micaela

¡Qué horror!

 

 

 

Medea

Mis hijos nunca despertaron; ellos mismos llevaron al Sol mi sacrificio expiatorio cuando despuntaron las primeras luces del carro auroral de Eos. Di fuego a mi palacio. Helios aceptó mi sacrificio y me envió una cuadriga con dragones alados para huir de Corinto y de mi pasado.

 

 

 

Micaela

¿Cómo se puede vivir con las manos manchadas de sangre? Tú creíste huir y sin embargo vives errante contando tu crimen, tu dolor. Pudiste huir de tu palacio y de quien te abandonó, pero jamás podrás huir de tu dolor porque está anclado en el amor, y ambos son eternos. Por eso gritas tu dolor, como yo. Tú lo haces en un templo ante tus dioses, yo lo hago en las plazas.

 

 

 

Medea

¡Calla insensata! Yo soy sacerdotisa del linaje de Helios...

 

 

 

 

Micaela

No eres sino una pobre mujer acorralada que no encontró otra salida que matar a su propia carne y condenarse a arrastrar eternamente su dolor.... ¡Yo misma soy una desgraciada que no encontrará reposo hasta que me digan dónde está mi hijo!

 

 

 

Medea

(Gritando, feroz) ¡Está muerto!

 

 

 

Micaela

¡Que venga el hijo de puta que lo mató y que me lo diga en la cara!

 

 

 

Medea

Yo me enfrenté a Jasón; los cuerpos de mis hijos ardieron con mi palacio. Jasón no pudo realizar la tophá, el deber sacrosanto de los aqueos de inhumar el cuerpo y el alma de sus hijos, ni ofrecerles el Tributo de las Lamentaciones. Pero hubo algo peor. Lo que Jasón nunca pudo perdonarme fue el que matando a mis hijos le impedí que su linaje se enraizara en la tierra.

 

 

 

 

Micaela

¡Tanto odiabas a Jasón! ¡De qué raza estás hecha, capaz de albergar los odios más extremos!

 

 

 

Medea

¡De la misma raza que tú, Quién como Dios! Somos capaces de los amores y de los odios más extremos porque nos someten a los dolores últimos. En la Cólquida sólo las mujeres reciben sepultura en la tierra, sus cuerpos vuelven a nutrir Démeter, la madre que nos alimenta. En cambio los cadáveres de los hombres son amarrados con fuertes correas de cuero en lo alto de los sauces, expuestos a la purificación del Sol y al hambre de las aves del cielo, porque ¿qué nos dan los hombres? Acaso cinco minutos de placer y unas gotas de semen, he ahí toda su hombría. En la Cólquida jamás hemos levantado templos al culto fálico, sino a la Naturaleza, al Sol, a la Lluvia, a las Montañas Sagradas. Nosotras, las mujeres, nutrimos la tierra con nuestra sangre. Tú y yo hemos alimentado la tierra y la historia con la sangre de nuestros hijos.

 

 

 

Micaela

(Se cubre el rostro con las manos sollozando)

No, no.

 

 

 

Medea

Tu hijo está muerto. Y tú vives errante en esta tierra, como yo.

 

 

 

Micaela

Yo hubiera sufrido mil partos y mil torturas por ver vivo a mi Lucho.

 

 

 

Medea

Eres valiente, Madre, eres de la raza de las madres de la Cólquida. Aquél pañuelo en la cabeza os hace parecer unas mujerucas que van a vender sus verduras mustias en cualquier mercado del mundo, pero veo que saben hablar con la fuerza de nuestro sexo. Cuando mueras merecerás ser enterrada y nutrir los frutos perfumados de Démeter, las cosechas fragantes del verano.

 

 

 

Micaela

¡Tu Démeter no existe, Dios no existe!

 

 

 

Medea

Calla, blasfema, estás hablando con una sacerdotisa de....

 

 

 

Micaela

¡Basta! ¡No fueron tus dioses quienes empuñaron tu daga sino tu propia miseria! Jasón te alejó de tus dioses pero te dio la vida, el amor. Días de sol, preocupaciones, alegrías y dolores, pero eso es vivir; sentirse vivo, luchar por lo nuestro, caminar con la mirada alta, saber responder cuando somos atacados. ¡Tú huiste de la vida!

 

 

 

Medea

Quien sufre no sabe defenderse

 

 

 

Micaela

Quien sufre está vivo; es hombre, presenta lucha, da cara a la vida. Pero tú te refugiaste en dioses que permanecen mudos en lo alto de una montaña y te arrojaste sobre tus hijos porque era la manera más fácil de anular tu dolor.

 

 

 

Medea

¡Blasfema!

 

 

 

Micaela

Solo se puede blasfemar contra los hombres. No hay dios que valga una blasfemia. Matando A tus hijos tú te escapaste de la vida para entrar en una dimensión extraña de cantos, de soledad, de oraciones a tu propio ombligo.

 

 

 

Medea

¡Yo no hice sino regresar al altar de Helios que perdonaba mi traición!

 

 

 

Micaela

Tú no hiciste sino dar un portazo a la vida y refugiarte en los templos.

 

 

 

Medea

¡Blasfema!, ¡perra!

 

 

 

Micaela

Yo no me he escapado de la vida, la he agarrado por el cogote para que no se me escape, he gritado y grito para que la vida se entere que existo. A mí ningún dios me ha llamado a su altar ni he ahogado mi dolor entre nubes de incienso.

 

 

 

Medea

¡No se puede vivir sin los dioses! Con Jasón yo no viví la vida, sino dolor, traición...

 

 

 

Micaela

Olvidas sus brazos, y su amor, y el sabor de su cuerpo a sal marina, y los olivos del Peloponeso, y el corretear de tus hijos por los frescos corredores de tu casa...

 

 

 

Medea

(Cubriéndose el rostro con las manos) ¡Calla, calla!

 

 

 

Micaela

Todo eso lo cambiaste por la seguridad que te puede dar un altar de piedra y un ídolo de oro. Estrujaste tu vida por el falso amparo de tu dios que nada hizo por ti simplemente porque no existe.

 

 

 

Medea ¡Fueron los dioses quienes guiaron el puñal que salvó a mis hijos de una suerte peor que la muerte!

 

 

 

Micaela

Fueron tus manos las que quitaron la vida de tus hijos porque tenías miedo, porque estabas sola, porque tu hombre había desertado tu lecho, porque te exponías a las miradas burlonas de tus vecinos.

 

 

 

Medea

El Rey de Corinto me amenazaba con el exilio. Jasón amenazaba con quitarme mis hijos. Mi suerte hubiera sido peor que la de las viudas que mendigan en los peristilos de los templos.

 

 

 

Micaela

Te quedaba la voz para gritar la injusticia, para guerrear, para exigir. La razón era tuya, Jasón y el Rey y Glaucé estaban en el error ¡la razón estaba de tu lado!

 

 

 

Medea Me hubieran aniquilado. Ni mis emplastos de hierbas ni mis infusiones hubieran podido nada contra el furor, contra el odio ciego, contra...

 

 

 

Micaela

¡Contra su miedo! Sí, eran ellos los que te temían, eran ellos los que daban zarpazos como animales acorralados porque la razón no estaba con ellos, porque llega un momento misterioso en que el hombre deja de ser hombre para convertirse en una bestia.

 

 

 

Medea

(Se desploma, cae de rodillas y entierra su cabeza entre sus brazos dando un grito salvaje)

Yo amaba a mis hijos. Pese a que sus cenizas se las llevaron los vientos, ellos se han quedado aquí (pone la mano en el pecho), no me han abandonado nunca.

 

 

 

Micaela

(Se sienta a su lado) “Porque el amor es más fuerte que la muerte, y los mares huracanados nada pueden contra él”.

 

 

 

Medea

Soy una mujer condenada, por los siglos los hombres maldecirán mi nombre.

 

 

 

Micaela

Tus hijos estarán eternamente vivos en ti.

 

 

 

 

Medea

Como tu hijo muerto mora en ti.

 

 

 

Micaela

Sí. Es mi hijo quien me ha dictado los gritos, mis reclamaciones de justicia, pero son míos los aullidos de dolor.

 

 

 

Medea

Ante el Rey hablarás de justicia, de reconciliación....

 

 

 

Micaela

Me han preparado un discurso para leerlo, insisten para que hable de reconciliación nacional, de paz.

Yo hablaré lo que me dicten los gemidos de la Escuela naval.

 

 

 

Medea

También tú vagas por el mundo arrastrando tu dolor.

 

 

 

Micaela

Yo no puedo hablar de reconciliación sobre una mentira. No puedo dar la mano a alguien sin pensar que tal vez él ha sido el asesino de mi hijo. La reconciliación tiene que construirse sobre la verdad, sobre la justicia y la memoria. Jamás sobre el olvido que preconiza un decreto, jamás.

 

 

 

ACTO II

 

 

Salón de banquetes de la Real Sala de Conciertos de Estocolmo. Entrega del Premio Nobel. Al centro derecha del escenario, sobre un estrado, un atril de madera luce un medallón de bronce con el perfil de Alfred Nobel. Al pie un arreglo floral de lirios y crisantemos blancos. A la izquierda, Micaela está sentada en una silla Luis XVI, dorada, tapizada en seda color carmesí. Viste un traje de seda blanco, con una chaqueta azul y lleva sobre la solapa un discreto broche en oro y turquesa. Peinada como el día anterior. Lleva unos papeles entre las manos, páginas escritas a máquina. Como sola escenografía, las grandes iniciales AN entrelazadas flanqueadas por dos columnas corintias de mármol blanco.

 

 

 La voz de un ujier anuncia: Señora Micaela Onangría de Durand, en representación de las Madres de la Plaza de Mayo, Premio Nobel de la Paz

 

 

Se escucha un fondo de murmullos respetuosos. Comienzan los primeros acordes de la “Marcha para el Regimiento de infanteria Colloredo” (para clavicordio) de Joseph Haydn que va bajando en intensidad conforme Micaela se vaya acercando al atril. Por la izquierda avanza un ujier vestido con un traje azul oscuro con galones y botones de oro, camisa blanca y corbata amarilla que acompaña Micaela al estrado. Micaela sube al estrado y se escuchan fuertes aplausos, exactamente los de un público escandinavo realista y comprometido con las víctimas de una violencia impensable en sus países. Micaela echa una mirada a los papeles que tiene entre las manos, los pliega y mira directamente al público.

 

 

 

Micaela

Majestades,

Altezas Reales,

Estimados Laureados,

Señoras,

Señores,

Hace dos días la Princesa Heredera vino a recogerme al aeropuerto y me dio un beso en las mejillas diciéndome: “Usted es también mi madre. Este es un beso de la parte de su hijo”. Gracias, Alteza. (Muy emocionada) Desde su desaparición es la primera vez que recibo un beso de mi hijo. Es el mejor premio de mi vida. Tenía un discurso preparado pero he decidido dejar hablar al corazón. Hay muchos sentimientos encontrados que me agitan en este momento: cansancio, alegría, esperanza, dolor. Una madre es capaz de sentir todo ello en un mismo día, en pocas horas, como las variaciones del tiempo, como nubes que ocultan el sol; a veces nos quedamos entumecidas como bajo una lluvia invernal, otras nos calentamos un poco bajo los rayos luminosos que dan color al mundo. Pero desde que desapareció mi hijo, la intensidad de las sombras se hizo más espesa, y la luminosidad más débil.

Una vez en la Plaza de Mayo hablé con Sor Teresa, una monjita que nos llevaba algunas empanadas y limonada a la hora de almuerzo. Tenía ganas de que alguien me escuchara. Le conté mi dolor, vacié toda mi rabia, abrí mi llaga que sangraba y sangraba.... Al final Sor Teresa me dijo: Acuérdate lo que dijo Jesucristo, ama a tus enemigos, debes perdonar.

No estuve de acuerdo con ella, y no porque yo no sea capaz de perdonar una ofensa sino porque Jesucristo hablaba de enemigos.

Y yo no me enfrento a un enemigo.

El enemigo es quien lucha frente a frente, espada o fusil en mano.

A mi hijo, a mi familia, a mí, nos han atacado por la espalda. Sin advertencias, sin amenazas, sin declaración de guerra. Fue un zarpazo. El reino del terror. El golpe de una bestia sin nombre que mata por matar porque hasta los predadores matan por hambre. Fue una bestia quien nos atacó por la espalda, matando por miedo, porque eran incapaces de subirse a un estrado y exponer sus ideas, sus planes, sus temores.

Ellos no fueron nunca y no son mi enemigo. Yo no los puedo ni perdonar ni amar.

(Pausa)

 Sé que Lucho ya no vive, que su cuerpo desapareció, que nada ni nadie podrá devolver a la vida al hijo que parí, al fruto del amor; (se le quiebra la voz) me han amputado el cuerpo y la vida, han arruinado mi familia y con la mía, a miles de familias. Durante años he tenido vergüenza de la humanidad, vergüenza de vivir en el mismo país que los asesinos de mi hijo, vergüenza de respirar el mismo aire, de caminar por las mismas calles, de tener el mismo pasaporte que ellos.

Por todo lo que sucedió después, por todo lo que contaron las pocas personas que salieron vivas de la Escuela Naval, sé que mi hijo fue torturado y que quizá sucumbió a sus heridas.

No sé quienes detuvieron y retuvieron a mi hijo, Luis Durand, ni porqué lo hicieron.

No tengo nombres ni rostros, pero hoy sé que sus asesinos tenían tanto miedo a la razón y a la libertad que la única solución que encontraron para enterrar sus pesadillas fue matar. Así cuando sus fuerzas y su poder eran triunfalmente exhibidas ante el mundo, lo que en realidad mostraban era su debilidad.

Sí, sólo hoy, después de tantos años he comprendido lo que pasaba por sus cabezas.

(Despectiva) Era miedo.

Miedo a la inteligencia de los hombres, miedo a reflexionar, a no obedecer ciegamente, a exigir razones, a preguntar siempre “porqué”.

Era miedo a comprender que la vida de un hombre es sagrada, no porque Dios exista, sino porque cada hombre es único, irrepetible. Yo no puedo perdonar, porque el perdón supone poner una lápida sobre una tumba cuyo paradero desconozco, y yo no puedo ignorar la sangre de mi hijo que clama desde la tierra, de la de tantos hijos de tantas madres que durante años hemos llevado nuestro dolor a voces.

 

 

 

 

 

 

Se oscurece violentamente la zona del estrado donde habla Micaela y una luz rojo pompeyano ilumina la derecha del escenario. Un hombre joven, muy hermoso, delgado pero musculoso, cabellos negros largos, como se llevaba en los años setenta, jeans desteñidos, zapatillas blancas de tennis y un polo rojo con el rostro del Ché Guevara impreso en negro. Sobre el todo, una ligera chaqueta de plástico amarilla.

 

 

 

Lucho

Me secuestraron aquella mañana de domingo cuando caminaba con Marcos por Suirpacha yendo a lo del profesor Minguetti.

Nos metieron detrás de un carro y nos encapucharon y esposaron. No sé cuánto tiempo circulamos, el carro iba rápido y el tipo que sentado a mi lado no dejaba de insultarme: “montonero de mierda, la puta que te parió...” me decía.

Yo no comprendía nada, solo sentí por un momento el cuerpo de Marcos a mi izquierda, su brazo tibio y tenso (se acaricia brevemente el brazo izquierdo). Fue mi último contacto con el mundo.

Nos bajaron y me metieron en la maletera de otro carro. Fue allí cuando el tipo de la voz que me mentaba la madre me quitó la capucha. Todo fue muy rápido. Marco estaba tirado en la tierra. Los ojos abiertos, desmesurados, un hilillo de sangre le salía por la boca y las orejas, el pecho ensangrentado.

Me llevaron a la Escuela Naval.

(Voltea la cabeza hacia donde está el estrado de Micaela, que permanece en la oscuridad)

Madre, aquellos hombres nos consideraban menos que una cucaracha,

ellos se sentían los dueños de nuestros cuerpos y les resultaba desesperante que nuestra conciencia no fuera un órgano que pudieran extirpar, una cosa que pudieran quemar con sus picanas eléctricas o machacar con sus botas. No escuchaban nuestras preguntas, no se inmutaban ante nuestras reclamaciones porque, Madre, podían dialogar con un insecto.

Fui torturado con ferocidad. No comprendía nada, nada.

El dolor hacía de mí un objeto pasivo, desordenado, impotente.

Un día el compañero que era torturado a mi lado se desmayó pegando grito que no era humano. El Tito, el oficial que dirigía las torturas, dijo al soldado “éste ya no dirá nada más. Que lo lleven al galpón y que lo dejen allí hasta que muera; pero que no le peguen un tiro. El cardenal Aramburu nos podría acusar de asesinos

¿Sabés Madre? Ellos no pueden matar sino en la guerra o en una ejecución, de lo contrario es pecado, es el código cristiano y militar; por eso a nosotros los torturados no podían acabarnos. Tenían miedo que el arzobispo los excomulgara...

 

 

 

Lentamente Lucho se despoja de su ropa y se queda completamente desnudo ante el público, los brazos y las piernas abiertas como el Hombre de Vitrubio, el dibujo de Leonardo sobre las proporciones humanas.

Un juego de luces proyecta sobre la escena un cuadrado y un círculo sobre Lucho, haciendo de él un moderno Vitrubio, el centro del Universo, como lo quería el divino Leonardo.

Se bajan las luces, el color rojo pompeyano se vuelve rojo sangre con algún golpe violento de luz amarilla, y de fondo un ruido metálico, como el ruido que produce el dolor. La belleza del cuerpo humano representado en toda su inocencia contrasta violentamente con el relato de Lucho.

 

 

 

 ¡Madre!

Me metieron en un planeta ignoto,

En un mundo donde nada veía,

Donde solo escuchaba, los gritos, los lamentos, el dolor, la angustia como un bocado que atraganta.

No comprendíamos nada, nada.

Cuando nuestra carne era golpeada, desgarrada, violada en su intimidad, no cabían preguntas no cabían recuerdos.

¡Madre! Es mentira lo que dicen que cuando vivimos nuestros últimos instantes la vida pasa como un film por la mente, no, Madre;

Hay solo el desgarro del dolor, un chirrido metálico, una sola, insistente, machacona pregunta como golpes de martillo que nos deja sin respuesta alguna, anonadados, ¿porqué?

Madre, el dolor nos hacía gritar “!acabá de una vez!", estaba vacío del deseo de vivir.

 

El ruido metálico aumenta, a la vez que se escuchan voces masculinas, ásperas, gruesas, que gritan hacia Lucho

 

 

Voz 1: ¡HIJO DE PUTA!

 

Voz 2: ¡HIJO DE PUTA!

 

Voz 3: ¡HIJO DE PUTA!

 

 

Los gritos son un insulto a la belleza leonardesca de la escena del Vitrubio, la desestabiliza. Lucho se cubre los oídos con las manos en un gesto desesperado, pero se repone. Los gritos y las luces cesan abruptamente. Lucho cierra los brazos y las piernas. El ruido del dolor desaparece paulatinamente, hasta que el silencio se adueña de la sala.

 

 

 

Respetaron mi cadáver, Madre,

Respetaron mi cadáver porque demostraba que no les tenía miedo.

Si acaso en algún momento tuve miedo a convertirme como uno de ellos.

Me enfrenté a su negra bestialidad muchas veces, me reventaron en la tortura, pero nunca me amilané.

Insultándome sin cesar querían bajarme la cabeza, pero nunca lo lograron.

Sólo la ausencia de un mañana hacía que me cagara de miedo;

la palabra futuro se limitaba a la media hora siguiente,

mi presente eran cuatro muros y mucho dolor.

Se creían mis dueños, como si yo fuera menos que una rata de cloaca; pero yo sabía que en el momento en comenzara a pensar que ellos mismos eran ratas, en ese momento, Madre, dejaría de ser hombre.

La violencia manifestaba su incapacidad de pensar.

Me limitaba a animar a los compañeros, a limpiar a los torturados y, cuando pude, a confortar al Andresito cuya novia fue violada quince veces ante sus ojos.

No hacía sino dar la mano a quien lo necesitaba.

Nada más.

Fui una vara de junco hasta que pude aguantar, Madre, pero un día mi cuerpo se quebró. No profanaron mi cadáver,

lo respetaron porque según ellos tuve coraje.

Me enterraron por ahí.

 

 

Las luces se apagan dejando el teatro a oscuras por un instante. Silencio. Se iluminan las luces a la izquierda del escenario donde Micaela permanece en el estrado del Nobel. Micaela guarda silencio por un momento, la cabeza baja.

 

 

 

Micaela

Durante años no he llorado, no comprendía nada, en mi mente cabía tan solo una pregunta, ¿Dónde está Lucho? ¿dónde están nuestros hijos?

Ahora puedo llorar.

Aunque en las listas oficiales el nombre de mi hijo figura entre tantos miles como desaparecido, puedo llorar aunque desconozca el paradero de su tumba.

Estamos roncas de tanto gritar reclamando una razón, nos hemos cansado reclamando justicia, ésa palabra que ya carece de sentido y de contenido para muchos, excepto para nuestros desaparecidos, que no son una pancarta sino hijos, hijas, hermanas, maridos, con nombre y apellido, con una identidad.

La Historia, implacable, se está encargando de hacer justicia y de levantar ese espeso velo de mentiras que nos había cubierto durante décadas.

No tengo ningún ánimo de venganza, porque la venganza no es sino ciega debilidad.

Solo quiero que se tome conciencia de lo ocurrido.

Solo así, con la verdad en la mano, será posible la paz.

 

 

 

 

Telón

 

© 2006, Fernando Lamas

fernando.lamas@infomaniak.ch


[1] Llamado por los griegos Skuthikos Pontos (Mar de los Escitas). Eran los Escitas quienes en la antigüa lengua persa lo llamaban Aksaïna, o sea Mar Oscuro, Mar Gris, Mar Azul oscuro.

[2] Hijo del dios Helios y de la ninfa Perseis, era hermano de la maga Circe.

[3] Hija del Océano y de Tetis, según Esíodo ; otras  versiones del mito le dan como madre a Ecate, considerada la patrona de todas las magas.

[4] Vivo, el Toisón era un cordero llamado Chrysomalos  sacrificado por Frixos a Zeus y cuya piel regalada al rey Aetes en agradecimiento a su hospitalidad. Hasta el día la hoy, las poblaciones de las montañas del norte de la Georgia, los Svanes, sumergen la piel de corderos en los ríos para recoger el oro que se encuentra en abundancia. Puede ser una de las explicaciones del mito del Velloncino, símbolo – por otra parte – de la Orden de caballería de más prestigio entre la realeza europea, la del Toisón de Oro.

[5] Hijo de Esón, rey de Iolcos en Tesalia, fue educado por el centauro ateo Chirón en el monte Pelión, una zona donde abundan las plantas medicinales ; el centauro era un semidiós de gran sabiduría, versado en medicina, en la caza, en la música y en herboristería.

[6] Algunas tradiciones tardías la llaman Creusa.

[7] Los hijos de Medea y Jasón se llamaban Mermere y Fere. La arqueología actual ha constatado un antiguo culto a los hijos de Medea en Corinto. Sin embargo, la tradición alejandrina dice que los hijos de Medea y Jasón fueron lapidados por los corintios al ver que los regalos que ellos habían llevado a Glaucé habían provocado la muerte de la Princesa y de su padre el Rey.

[8] La literatura alejandrina afirma que el crimen tuvo lugar en el templo de Hera, Diodoro dice que fue en su propio palacio.

[9] Según una tradición, Medea no murió sino que fue asunta a los Campos Elíseos donde se unió a Aquiles, héroe de Troya. Vaga, pues, por el tiempo, inmortal.

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