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DISCULPE, ¿NO NOS HEMOS BESADO ANTES?

de Roberto Lumbreras

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de estas obras requiere el permiso del autor, así como abonar los correspondientes derechos al autor a o la entidad de gestión que él indique, a tal fin se inserta en cada texto su dirección electrónica. Para leer las obras y, en su caso, guardar o imprimir, pulsa en el TÍTULO.

 

DISCULPE, ¿NO NOS HEMOS BESADO ANTES?

 de Roberto Lumbreras

 © Roberto Lumberas

Texto con registro de propiedad intelectual.

Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso del autor.

La Sociedad General de Autores y Editores: www.sgae.es

gestiona los derechos de representación de esta obra en todo el mundo.

Para cualquier información previa sobre la disponibilidad de este texto

pueden dirigirse al autor: roberto@robertolumbreras.com

 

Los dos personajes principales de esta pieza de alta comedia, José Ribera y Margarita Llorens, convertidos al instante por efecto del “flechazo” en PEPE y MARGA, se encuentran en el hotel Ritz madrileño. El uno, juguete del devenir dialéctico aplicado a los asuntos de amores, y la otra, del influjo azaroso de los astros, se rinden a sus respectivos determinismos, y se creen predestinados a amarse. Pero algo falla, y su amor se convierte en un amor “con interrupciones”.

Comedia “de época”, Disculpe: ¿no nos hemos besado antes? está ambientada en el Madrid de 1953, y utiliza una gramática teatral vintage con la fórmula irresistible de Miguel Mihura: humor del absurdo más una fina poesía de ingenuidad y de ternura.

Descubierta para su edición comercial por el sello Albert Editor, la comedia estuvo alojada (con el título de Amor Interruptus) en la biblioteca del portal web de Teatro en Miami, obteniendo más de 15.000 descargas y un puesto en su “Top 50” junto a las obras de clásicos como Sófocles, Shakespeare, Calderón, o García Lorca.

 

A Emma y Luis

 

“Quien vive sin locura, no es tan juicioso como cree”

La Rochefoucauld

PERSONAJES

 

-PEPE.

-MARGA.

-DON FRANCISCO (Padre de Marga).

-EMMA (Prima de Marga).

 

ACTO PRIMERO

PRÓLOGO

 

 

La acción en Madrid, en 1953: precisamente el año en que empiezan los ensayos de la televisión. Es una mañana de junio en la habitación del hotel Ritz.

 

Se levanta el telón. La escena, a media luz, como se describe:

Foro. De izquierda a derecha:

Sillón descalzador. Cama grande con sus mesitas de noche y sendas lamparitas. Puerta acristalada que, abierta de par en par, da a una terraza. Centrada sobre el cabecero de la cama, una foto panorámica enmarcada de La Puerta de Alcalá, a la izquierda del cabecero, empotrado en la pared, un altavoz de radio con dos mandos giratorios. Sobre la mesita de noche de la izquierda hay un portarretratos-tríptico con fotografías de tres mujeres de edad y bellezas diferentes; en la mesita de la derecha hay un teléfono.

Izquierda de la escena, desde el foro al proscenio. Puerta de la habitación y la puerta de un baño. La puerta de la habitación está entreabierta para  establecer corriente con la terraza.

Derecha de la escena, desde el foro al proscenio. Puerta de un armario empotrado. Consola con espejo y una silla, que hace las veces de escritorio o de tocador; sobre la consola hay una bandeja con dos copas y botella de champán enfriándose en su champanera.

 

 

Antes de iluminarse totalmente la escena, se escucha una emisión de radio.

 

 “…Y la última canción se la dedica don Julio Vergara a su novia Charito en el día de su cumpleaños”.

Suena hasta el final el bolero “Mira que eres linda”, por Antonio Machín.

Se ilumina la escena.

Cortina musical a al que sigue una serie de locuciones publicitarias:

 “¡Quédese con la boca abierta! Pero antes, límpiese los dientes con CLHORODONT, con mentinas al fluor K.F. CLHORODONT: la gran crema dental alemana”… “El placer de las amas de casa, por su comodidad y belleza, es el molinillo eléctrico MOBBA, con sus cinco aplicaciones: Molinillo de café, picadora de carnes, batidora, exprimidora de frutas, ralladora de quesos, almendras, etcétera, etcétera. … ¿Va usted al Norte?¿Va usted al Sur? Vaya usted donde vaya, en abril o en agosto, al mar o a la montaña, una prenda es imprescindible: el pantalón MEYBA, La marca que marca rumbos…

 

 

Se ilumina totalmente la escena. En ese momento el huésped, que estaba en la terraza, entra en la habitación. Es PEPE, un atractivo hombre en la treintena. Éste se dirige hacia la radio, que apaga,  coge el portarretratos de la mesita de noche, y, mirando sonriente a las fotografiadas, va hasta el proscenio, desde donde se dirige AL PÚBLICO.

 

 

 

PEPE.- Mary Carmen, Raquel y Nadia. Tres mujeres distintas y un sólo amor verdadero. Cada una representa una etapa de mi vida. Porque la vida evoluciona, y también el tipo de mujer que nos atrae. No es cuestión de fidelidad, sino de ADAPTACIÓN A LOS CAMBIOS INEXORABLES QUE SUFRE EL INDIVIDUO EN SU DEVENIR.

            En mi caso, Mary Carmen fue el primer amor de mi vida. Ese amor que sirve para conocer el atractivo irresistible del otro sexo. Desde entonces ya está uno avisado. (Mira el portarretratos.) ¡Qué encanto de muchacha! Parece que la estoy viendo al piano, aquellas tardes de domingo. Me dedicaba todos los ensayos. Yo estaba sentado junto a ella, vigilando esas manitas de dedos delicados y al mismo tiempo enérgicos; y sus piernas largas accionando los pedales; y sus pechos serenos, pero de pronto agitados en el fortissimo final. Entonces yo la aplaudía a rabiar, y le pedía que tocase Amapola. Y en mitad de la romanza, me ponía aún más pegadito a ella, y comenzaba a cantársela a bocajarro, y yo veía que se le erizaba el vello, y su pecho respiraba como si estuviese tocando La Danza del Fuego… Y al final del Amapola ella se volvía hacia mí, y yo en vez de pedirle el bis le pedía el beso, y le comía la amapola.

 

(Transición.)  Mary Carmen se tuvo que ir a Viena, con una beca para perfeccionar el piano. Nuestras cartas se espaciaron más y más, hasta que un día Mary Carmen dejó de escribirme. (Pausa.) Mary Carmen se casó con Franz, su profesor de piano. Algo inevitable. Mary Carmen empezaría con sus  “fortissimos” (indicando con las manos el movimiento de sus grandes senos.)… El profesor la examinaría, y examinaría… Y los dos acabarían tocando a cuatro manos.

 

(Pausa. Mirando de nuevo al público.) Aquel golpe hizo cambiar mi ideal de mujer. La mujer que yo necesitaba era una mujer hecha, madura, segura. Y apareció Raquel en mi vida. (Da un vistazo a otra de las fotografías. Nostálgico.) ¡Qué historia más bonita la de Raquel…! Raquel era diez años mayor. Yo me había cansado de niñatas, y descubrí de pronto a una mujer en su cenit. Nuestra relación duró un año. Trescientos sesenta y cinco días de mi vida. Sin olvidar sus noches.

Nos veíamos a diario, de lunes a viernes, en el tren; trayecto Segovia-Madrid, ida y vuelta. En el trayecto, Raquel se sentaba a mi lado y se ponía a leer: Machado, Espronceda, Bécquer… Raquel era profesora de lengua y literatura. Claro, me dije yo: por eso cuando habla me embelesa. Pronto ganamos confianza, y con la excusa de preparar las clases en el tren, Raquel me recitaba versos. Raquel recitaba y recitaba, y yo pensaba como Bécquer: ¿Por qué se empeñará en recitarme tanto, si la verdadera poesía es ella; si sus mejores versos son sus labios, su encantadora sonrisa, la luz de su mirada, sus manos finas, sus senos algo caídos pero hermosos, sus caderas anchas de mujer plena; en fin:  ¡la belleza madura de sus cuarenta abriles apoteósicos...!

Raquel estaba separada. Conoció a su marido en la Universidad. Pero su marido no llegó a acabar la carrera, porque era tuno. (Riendo su propia gracia.) A los tunos les gustan tanto la Universidad que nunca acaban la carrera. (Serio.) Los tunos son unos tunantes, y no salen nunca en las orlas,  y acaban mal, y hacen desgraciadas a las mujeres aplicadas y con talento como Raquel.

 

(Transición.) Pronto no nos bastaron los trayectos y comenzamos a citarnos. Quedábamos en un parque, antes de coger el tren de vuelta a Segovia. Frecuentemente perdíamos el tren, y teníamos que volver en coche de línea. Y comenzamos a perder también el coche de línea. A perderlo a posta. Y no nos daba la gana coger un taxi. Porque por el precio del taxi se podía pagar una habitación de hotel. Era la excusa perfecta. Paseábamos, perdíamos tren, perdíamos el coche, y dormíamos en el hotel. (Pausa. De nuevo la media sonrisa y la mirada de nostalgia.) ¡Raquel!… ¡Apenas se explica que una mujer como Raquel pasara de largo! Sólo con mi teoría: la del amor y las circunstancias.  Raquel fue la mujer de mi transición. La mujer que me rehizo y me afirmó como hombre. La antítesis de la tesis que era Mary Carmen. Y de ese enfrentamiento dialéctico surgiría la síntesis: Nadia; la mujer jovencita pero con carácter; la mujer sabia, pero fresca como una rosa.

 

(Mirando la tercera foto del portarretratos.)  Sí. Me volví a enamorar. Me enamoré… Me da vergüenza decirlo. Me enamoré como se enamoraban en tiempos de mi abuelo: de la criada. Bueno, lo de “criada” no es del todo exacto. Nadia era una ingeniera metida al servicio doméstico por imperativos del asilo político. Era búlgara. Una bicoca: veinticinco años, ingeniera aeronáutica, violinista, políglota, medalla de oro en gimnasia… Y otros detalles que saltaban a la vista: ¡Una superdotada! Después de esto, lo que menos me importaba a mí era cómo limpiaba. Pero también limpiaba. Limpiaba de una manera muy meticulosa, como si buscase cámaras o micrófonos ocultos. Una vez me hizo abrir una sandía, porque sospechaba que había dentro una bomba. Oía un “tic-tac”. (Riendo.) Era el reloj de la cocina. (Pausa.) Yo le disculpaba esas manías, porque venía de un Estado policial. Incluso la ayudaba a limpiar, para que me contara todas las costumbres y cantara las canciones de su tierra. Y por ahí empezó una amistad que acabó en amor. Aunque el amor no acabó en amistad.

Pero no adelantemos acontecimientos.  Volvamos a la Nadia de los buenos tiempos. ¡Qué locura en la cama! Hice la vista gorda con la limpieza. ¡Más sucio estaba el campo! Sólo vivíamos el uno para el otro… Y con esa inteligencia y ese cuerpo, el goce era eficacísimo. Nadia era incansable, buscando siempre establecer una nueva marca. Ya se veía que había sido gimnasta. ¡Como que me tuve que apuntar a un gimnasio para seguirla! Adelgacé ocho kilos. Y en el gimnasio todavía algunos gramos más.

Nadia no era una simple criada: era la mujer destinada a poner orden en mi vida. ¡Y vaya que lo puso! Enseguida se hizo dueña de la situación. Empezó con la “purga” de mis amigos, instauró la “Guerra Fría” con mi familia, y suscribió un “tratado de no-agresión” con Raquel, con la que todavía me hablaba al vernos por la calle. También hizo reformas en la casa; cambió la distribución de los muebles y sustituyó mi catre por una cama de matrimonio. Aquí empecé a mosquearme. Por lo visto yo también entraba en su “Plan Quinquenal”. Un día Nadia me llamó a “parlamentar”. Se sentó frente a mí, muy seria y con esa cara de enfado que la favorecía tanto, me lanzó un ultimatum. Me dijo que para que siguiera ella en esa casa debíamos solucionar antes una cuestión capital. Me dijo que a esa altura de la relación, era absurdo que le siguiese pagando un sueldo, más aún: era insultante. Y luego añadió que quería poner la excedencia. Yo… yo no entendí aquello de “la excedencia”. Y ella me lo aclaró todo, punto por punto. La excedencia en el trabajo. Para cuidar los hijos y atender nuestro hogar. Los hijos que irían llegando. Porque nos íbamos a casar. Por la Iglesia Católica, en la catedral de Segovia, y con la bendición del Papa. ¡Ésas eran todas las aspiraciones del portento del Este! O peor aún: la tía era muy lista, y había venido a por la nacionalidad española. ¡Eso, si no era una espía! Yo me asusté. Le dije que tenía que pensarlo. Salí a dar un paseo, y no paré hasta llegar a Madrid.

Y aquí estoy. En este hotel. Tan ricamente. Llevo ya tres días, y no la echo de menos. En realidad no echo de menos a ninguna mujer. Es raro, ¿verdad? ¡Y cuidado que hay mujeres guapas en Madrid!  Es como si estuviera de vuelta de todas. Es un sentimiento de hartazgo. Pienso en Nadia, y es como si hubiese sufrido un empacho de mejillones. ¡Qué dominante! ¡Qué celosa! ¡Qué manía con cambiar los muebles!... ¡Con lo bien se está en este hotel!: una cama sola para ti, una almohada sola para ti, las perchas todas para ti… ¡Y la seguridad de que no te van a cambiar de sitio ni la papelera, porque te la van a dejar siempre en el lugar exacto, encima justo del cerco de la moqueta! Esto es vida. Lo otro es pasión, que viene del verbo padecer. ¡Nada! ¡Que lo he decidido!  ¡Que no me vuelvo a enamorar!

Sí que es raro esto en mí. Pero lo digo como lo siento. Y no me encuentro enfermo. Me siento feliz, liberado, descansado. Incluso yo creo que tengo más apetito. ¡Qué cosas!, ¿verdad? Quizás es que he vivido tan deprisa en la primera parte de mi vida que no he dejado nada para la segunda y sólo me queda escribir mis memorias; o ingresar en un convento y entregarme a la vida contemplativa. ¡Qué paz se respira aquí! Y sin embargo tengo miedo: es la calma que precede a la tempestad. Mi teoría me dice que no vale esconderse. Tengo el presentimiento de que otra mujer tendrá al fin que presentarse, indefectiblemente, en mi devenir dialéctico. Por eso solamente salgo a la terraza para ver la vida pasar, sin que la vida me vea a mí. Y cuando digo la vida, me refiero a las mujeres; sobre todo a las del servicio doméstico, que son las mujeres que se meten en tu casa, acarician tu cama y manosean tus calzoncillos. (Oye algo. Alerta.) Bueno, y ahora me voy a sentar en la terraza, porque andan las chicas de la limpieza por esta planta, y aquí ya estoy tentando a la suerte

 

Sale a la terraza y cierra la puerta.

 

Escena Primera

 

Nada más hacer mutis PEPE, entra en la habitación MARGA, una mujer muy atractiva también en la treintena. Es una “Piscis”, y se le nota hasta en el brillo de sus ojos soñadores.  Viste un soberbio vestido de noche que podría haber firmado Coco Chanel o nuestro Balenciaga, y lleva un diminuto bolso de fiesta y un ramillete de novia. Nada más entrar cierra la puerta de la habitación y corre la cortina de la terraza, quedándose a media luz la habitación.

 

MARGA viene rendida de cansancio y de sueño y va derecha al sillón-descalzador, se quita los incómodos zapatos de tacón y se deja caer desplomada sobre la colcha de la cama.  Mirando el techo, huele el ramillete de novia, canta una estrofa del bolero “Toda una vida”, y se queda al instante vencida por el sueño.

 

Al poco entra PEPE luchando con la cortina que alguien ha corrido desde la habitación. Al ver a MARGA sobre la cama, da media vuelta como un resorte y hace un medio mutis hacia la terraza, volviendo al punto a la habitación donde reconoce su galán de noche y el portarretratos de la cómoda.

 

PEPE comienza a carraspear, taconea y comienza a mover el colchón como si hubiese un terremoto. MARGA se despierta sobresaltada, se incorpora. Ambos se quedan mirándose un momento, inmóviles y pasmados.

 

PEPE.- (A MARGA, con naturalidad y resignado.) Disculpe, señorita, pero…: ésta es mi habitación.

MARGA.- ¿Su habitación? ¿Está seguro de que ésta es su habitación?

PEPE.- Segurísimo: llevo aquí tres días y dos noches.

MARGA.- ¿Entonces… no es ésta la doscientos dos?

PEPE.- (Señalando el suelo.) Una planta más abajo. Pero no se preocupe. No ofreceré resistencia: ¡es el destino!

MARGA.- ¿Quiere decir…?

PEPE.- Que el destino la ha enviado para enamorarnos. Y si no lo cree, ya lo comprobará.

MARGA.- No, si sí que lo creo. Leo los periódicos: y eso mismo venía en el horóscopo. Por lo tanto, se ha cumplido. Porque además vengo de la boda de mi prima EMMA, y he sido la afortunada en recibir el ramillete de novia. Así que yo soy la siguiente en casarme. Por eso no he gritado. Porque en otro caso hubiera gritado a todo pulmón. Y si no, piénselo bien: un hombre desconocido aparece de pronto y viene decidido hacia mí, que estoy tan a tiro sobre la cama.

PEPE.- Por eso mismo yo tampoco he echado a correr. Porque si se pone usted también en mi lugar… yo me había recluido aquí para no volverme a enamorar. Parecía un lugar seguro. No he salido de la habitación. Cuando oía a alguien por el pasillo, me metía en la terraza. Sobre todo cuando entraba la chica de la limpieza. Y de repente, aparece usted contra todo pronóstico. Estaba de pasar. Si usted hubiera estado en su habitación, habría sido yo el que se confundiera de terraza. Estaba todo previsto por el destino. Que usted viniese cansada después de bailar toda la noche y no se fijase en el número de planta al salir del ascensor. Que yo hubiera dejado la puerta entreabierta para hacer corriente. Que en ese momento la habitación estuviese arreglada y yo metido en la terraza. Que las habitaciones del hotel fueran todas iguales…

MARGA.- Que la casa de mi prima estuviese cerca de este hotel. Que se hubiese casado mi prima preferida, y yo también fuese su prima preferida, y me diese a mí el ramillete… Usted lo llama destino. Destino o influjo de los astros, para el caso es lo mismo. Tiene usted razón. (Ilusionada.) No sirve resistirse a lo que tenía que pasar. Al fin nos llegó el momento.

PEPE.- Jamás me imaginé que podría pasarme esto en Madrid. Me refugié aquí porque la creía una ciudad a prueba de enamoramientos. Aquí todo el mundo tiene demasiada prisa para enamorarse. ¡Como para entablar una relación, sin no se puede entablar ni un diálogo! ¡Si te da hasta cosa preguntar a un madrileño por una calle, porque parece que le vas a hacer perder El Metro! Y en El Metro, nadie habla a nadie, ni se da por aludido: todo el mundo se hace el distraído para que no le “distraigan” la cartera. 

MARGA.- Claro, como que yo no soy de Madrid. Soy forastera. Vengo de Valencia. Ya lo dice la canción: (Cantando.) “Valencia es la tierra de las flores, de la luz y del amor…”. Sobre todo del amor. Y yo no tengo prisa. Porque había decidido quedarme unos días en Madrid a conocer la ciudad. Aunque en realidad seguía mi corazonada.

PEPE.- Y yo vengo de Segovia. Una ciudad donde parece haberse detenido el tiempo. Una ciudad ideal para tomarse el tiempo que necesita el amor. Ya lo dice la zarzuela: (Canta la de “Lola la Picarona”.) “Segovia, Segovia se viste de novia…”   (Pausa. A MARGA.) Señorita...

MARGA.- Margarita. Margarita Llorens. Pero ya puedes comenzarme a llamar “Marga”. Así me llaman los íntimos.

PEPE.- Y yo, José Ribera…

MARGA.- Pero yo te llamaré Pepe.

PEPE.- ¿Cómo lo has sabido?

MARGA.- (Satisfecha.) Porque lo tenía que saber. ¿Y tú como sabes que yo soy una señorita?

PEPE.- Porque no te he visto la alianza.

MARGA.- Pero podría habérmela quitado. No creas que sólo lo hacen los hombres.

PEPE.- La verdad es que te lo he visto en la luz de los ojos: todavía tienes pintada la ilusión de la novia.

MARGA.- No te fíes.  Puedo estar fingiendo. (Vuelve a sonreír.) Di mejor que estaba escrito. Que yo tenía que seguir sin compromiso, hasta este preciso momento. ¡Y novios no me han faltado!... Pero ninguno era poeta.

PEPE.- (Sorprendido.) ¿Has dicho “poeta”? ¿Y, cómo sabías que yo era poeta? Lo has dicho tan segura. Yo también podría fingirlo. 

MARGA.- Porque he leído a Bécquer. Y sé que la poesía soy yo. Y a ti te han brillado los ojos, como le brillan los ojos al verdadero poeta cuando descubre a la misma Poesía. Y te has comportado como lo haría el propio Bécquer.

PEPE.- ¡Es asombroso! No me imaginé que nadie pudiera pensar exactamente como yo pienso. Debe de ser telepatía. ¡O que tienes poderes...!

MARGA.- (Sonriendo.) ¿Yo? Ningún poder. Sólo el Destino es el poder. La suerte esperada con paciencia, la suerte peleada con encono. La suerte merecida. Pues al final, cada cual tiene lo que se merece.

 

 

MARGA se percata del portarretratos, y se acerca hasta él. Examina las fotografías y sonríe con serena dulzura.

 

 

PEPE.- (Temeroso.) Déjame que te explique, Marga.

MARGA.- No tienes por qué. Lo veo todo muy claro. Eres un hombre cariñoso. Sólo un hombre cariñoso tendría las fotos de sus tres novias juntas, en un marco de plata, puestas en lugar bien visible. Fue el destino el que las puso en tu camino. Sería absurdo y vano renegar de los hechos. Ellas te enseñaron el amor. Te cuidaron mientras yo aparecía. Veo que son muy distintas. No es que los gustos cambien porque sí. Si no que los aconteceres nos van modelando hasta que somos ya hombres y mujeres maduros, y sabemos lo que queremos, que es lo que necesitamos. Yo también tuve novios. Con ellos aprendí lo que me gustaba de un hombre y lo que no, lo que podía tolerar y lo que aborrecía.

PEPE.- (Dulce.) ¡Eres tan distinta!

MARGA.- ¿A tus novias?

PEPE.- A todas las novias en general. Otra hubiera puesto el grito en el cielo. Me hubiera exigido la verdad de mi estado. Hubiera pensado que era un polígamo.

MARGA.- (Suelta una carcajada.) Perdona… Es que… ¡Me estaba imaginando que eras un mormón… y el dormitorio con las cinco camas juntas, y las cinco cabezas seguidas!…(Vuelve a darle el ataque de risa.) ¡Más que un dormitorio parecería un hospital de guerra!… (Repentinamente seria.) Pero si lo hubiese dispuesto el Destino… habría que aceptarlo. Yo sería la cuarta. Y ellas deberían aceptar que donde caben tres, caben cuatro. (Vuelve a reír ligeramente.) ¡Menos mal que la Providencia dispuso para mí otro credo!

PEPE.- (Mirando embelesado a MARGA.) Guapa, inteligente, divertida… ¡Vamos: el “gordo” de la lotería! Sí. Lo vi enseguida. Aunque dudé de mi suerte. Te llamé “señorita” porque temí que estuvieras casada. Te llamé “señorita” sólo para averiguarlo. Y seguí con el juego porque necesitaba saber más, saberlo todo. Pues mi alegría o mi tristeza dependían de pronto de una palabra tuya. Y luego, te confieso que yo me seguía preguntando: ¿Por qué este diamante con tantos quilates ha pasado desapercibido hasta ahora? Pero en la misma pregunta estaba la respuesta: siendo tan especial, no ibas a casarse con cualquiera. Una cosa es tener ganas de casarse, y otra cosa es tener ganas de separarse. (PEPE se percata de que a MARGA la ha asaltado de pronto la preocupación.) No te ha gustado esa ultima palabra, ¿verdad?

MARGA.- No es por mí… La que me preocupa es mi prima.

PEPE.- ¿La que se acaba de casar?

MARGA.- Sí.  Sacó las oposiciones a Notarías, y le entraron las prisas por casarse.

PEPE.- Es lo malo de las oposiciones. Parece que adjudican una plaza, y se abre el plazo para casarse y tener hijos.

MARGA.- Exacto: Una cosa es recuperar el tiempo perdido, y otra precipitarse. Y es que mi prima había estado cinco años sin salir de casa. Sólo veía una hora al preparador y a un tuno que le cantaba desde la calle los “Clavelitos”.

PEPE.- ¡No me digas que se casó con el tuno!

MARGA.- No. Porque yo le dije que los tunos eran unos tunantes.

PEPE.- ¡Menos mal!

MARGA.- Pero se ha casado con el preparador, Torcuato. Que es un “babosillo”. Y como era preparador jugó con ventaja. Porque mi prima no habló durante cinco años con ningún otro hombre, y Torcuato la escuchaba con interés. Y mi prima tenía el cerebro acostumbrado a acatar todo, a no discutir nada, y no conocía el mundo, y se conformaba con todo. Y Torcuato debió de ejercer sobre ella el poder seductor del maestro, y tenía la cercanía y la soledad del confesor, y la labia del falso poeta. Y entre corrección y corrección, seguro que le soltaba un piropo; y le haría creer que si había sido la primera mujer notaria de España fue gracias él, y por la misma razón sin él no sabría diferenciar el camello del dromedario, ni las estalactitas de las estalagmitas, ni nada de nada.

PEPE.- ¿Y no le advertiste sobre el destino?

MARGA.- Ya me había hecho caso con lo del tuno. Cuando le advertí lo de Torcuato, me pidió que me callase. Me dijo que yo tenía demasiado miedo al fracaso, e iba a transmitírselo a ella. Y me invitó a la boda para que me animase yo también. ¡Como si sólo fuera cuestión de animarse! (alcanza el bolso y saca de una cajita dos alianzas de oro.): Mira estas alianzas: hace diez años que estoy animada. Lo fácil sería enamorarse.

PEPE.- Tan fácil como no querer enamorarse.

MARGA.- Pero el verdadero amor llega cuando tiene que llegar.

 

Se prueban los anillos.

 

PEPE.- Ni un minuto antes. (Asustado, por el anillo.) ¡A mí me está grande! ¡A ver si va a ser otro el predestinado! (Reconfortado de pronto, y riendo.) Se me olvidaba que mi ultima novia, Nadia, me ha hecho adelgazar ocho kilos. ¡Seguro que ella tenía preparada una alianza más pequeña: la de su novio búlgaro!

MARGA.- (Solemne.) Todo está previsto. No valen artimañas con el Destino. Ésta es tu alianza. De aquí a la boda recuperarás tus ocho kilos.

PEPE.- Estoy seguro. Porque la felicidad engorda.

 

Se besan, se sientan sobre la cama, apoyados entre sí. PEPE le acaricia la cabeza tiernamente y se la besa, hasta que a MARGA se le van cerrando los ojos de sueño.

 

PEPE.- Marga.

MARGA.- (Bostezando.)  Dime…, Pepe.

PEPE.- Te estás quedando “frita”.

MARGA.- Déjame dar una “cabezadita”, amor mío.

PEPE.- (Incómodo.) ¿No sería mejor que fueras a tu habitación?

MARGA.- (Sin fuerza.)  Y qué más da. Todas las habitaciones son iguales. Tú mismo lo has dicho.

PEPE.- Pero…

MARGA.- No me hagas hablar, cariño... (Bostezando de nuevo.) Estoy. que me caigo…

 

Se echa sobre la cama y cae dormida.

 

PEPE.- (Que se levanta y echa su americana por encima de MARGA. A continuación cierra un poco las cortinas, quedando la habitación a media luz.) Está “como un tronco”. Esto es un cuento de hadas, sólo que al revés: en vez de despabilar a la princesa con mi beso, la he conseguido dormir.

 

 

 

Pepe se sienta en el descalzador. Suena el teléfono de la habitación. PEPE se abalanza sobre él, y se lo lleva lejos de MARGA, todo lo que da el cable, hacia el proscenio.

 

 ¿Dígame?... Llame dentro de una hora... ¿Cómo que imposible? Ahora no puedo atenderle (…) No insista: va a hacer que despierte a la señorita de la habitación de abajo... ¿Exagerado yo? Se ha pasado de listo. Porque precisamente la señorita de la habitación de abajo está en la habitación de arriba. Sí: en la trescientos dos... Exactamente: en la habitación del señor José Ribera... Sí, señor: ese soy yo… ¿Y usted? ¿Quién es usted para hacer tantas preguntas?… ¿Su padre?… ¡Su padre!… Pues venga usted cuando guste. La encontrará en la cama… (Riendo.) Sí, he dicho “cama”. Es verdad que las camas de los hoteles tienen muy mala fama. Pero no se preocupe. Cuando digo “cama” lo digo en el buen sentido de la palabra. Si no, hubiera dicho “tálamo” o “lecho”… Marga está plácidamente echada. “Echada” en el buen sentido de la palabra. Si no hubiera dicho “tirada” o “revolcada”… ¿Cómo que qué ha ocurrido? Lo más normal del mundo.   En cuanto MARGA se ha echado, yo me he quitado la americana y la he cubierto… ¡”Cubierto” en el mejor sentido de la palabra! ¡Cubierto con la americana para que no se enfriase!... ¿Tentaciones? Descuide usted, hombre. Ahora estoy de espaldas a ella… ¡Cómo que ni me mueva!... ¿Que no suelte el teléfono? Pero si va a subir tendré que abrirle la puerta, y antes tendré que soltar el teléfono y volverme... Está bien, contaré hasta cincuenta. 

 

Cuenta hasta cincuenta de diez en diez, cuelga el teléfono con fastidio y lo coloca en su lugar. Rápidamente abre del todo las cortinas. Luego le baja la americana a MARGA de modo que le tape más las piernas. Al punto decide quitársela y bajarle el vestido. Pero, al final, la ve tan desprotegida que vuelve a colocar la prenda sobre MARGA. Finalmente, PEPE se sienta en el sofá descalzador

 

Escena Segunda

 

Llaman a la puerta. PEPE coge el periódico para disimular. Vuelven a llamar quedamente. Sale a abrir. Entra DON FRANCISCO, jadeante. Es un señor de unos sesenta años, de aspecto afable pero serio, elegantemente vestido con un traje de media etiqueta, corbata gris perla, una flor algo ajada en la solapa, y un periódico doblado en el bolsillo de la americana.

 

 

DON FRANCISCO.- (Dándole la mano, una vez que verifica el estado de MARGA.)  FRANCISCO Llorens. El padre de Marga. Encantado de conocerlo.

PEPE.- (Incómodo.) José Ribera. Yo… Yo le explicaré.

DON FRANCISCO.- Tranquilízate, Pepe.

PEPE.- (Sorprendido.) ¡Me ha llamado “Pepe”!… ¿Es que ya le ha hablado Marga de mí? ¡No me diga que usted tiene telepatía?

DON FRANCISCO.- (Sonriendo.) No, por Dios, no. Me lo imagino: es que mi hija intima muy rápidamente.

PEPE.- De eso precisamente quería hablarle. Porque… Resulta que su hija…

DON FRANCISCO.- Pero no te molestes. No te preocupes. Tranquilízate. Lo sé todo. Siempre es así. El horóscopo… El encuentro anunciado…. Las casualidades… El hombre definitivo… El enamoramiento rápido… Las alianzas… Los planes de boda a toda prisa…

PEPE- (Azorado.) ¿La boda a toda prisa? ¡Un momento! (Mirando a MARGA.) No es lo que usted piensa. Sí, es verdad que su hija es muy atractiva, e ingenua, y efectivamente me la he encontrado sola e indefensa echada en mi cama. Y ciertamente no es lo más normal del mundo quedarse impasible ante semejante mujer en semejantes circunstancias.  Pero yo no soy un Casanova. Soy un caballero, y además poeta. Y da la casualidad de que había decidido no enamorarme nunca más. Porque precisamente andaba yo huyendo de una ninfómana que me había dado un ultimatum para casarnos. ¡Con decirle que he estado a punto de ingresar en un convento…! (Transición.) Ni siquiera valgo para príncipe azul: ya ve que en vez de despertarlas se me duermen.

 

DON FRANCISCO.- Mi buen Pepe... Te repito que no es necesario que te expliques. Las circunstancias varían, pero solo ligeramente, porque la historia es siempre la misma. Aunque te confieso que tú eres lo único diferente. Me basta mirarte a los ojos para saber que eres un hombre cabal. (señala a MARGA.) Un seductor no hubiera colocado con tanto cariño su americana sobre MARGA. Un seductor no hubiese cogido el teléfono, ni menos se hubiera delatado por impedir que la despertasen. Tú no eres menos ingenuo que mi hija. (Mirando otra vez a MARGA.) Mírala, su expresión delata que es feliz. Parece un ángel. Tan dulce, tan inocente, durmiendo como una niña después del beso de buenas noches…

 

 Transición. Su expresión y tono se vuelven graves.

 

Mi buen Pepe, soy yo el que te debo una explicación. Me duele tener que decirte esto, pero mi hija… Digamos que… no tiene los pies muy en la tierra… La pobrecita… Al morir su madre… Debió de ser que el trauma la desequilibró un poquito… Y desde entonces Marga tiene una única ocupación, una única obsesión: leer el periódico en la sección del horóscopo, y hallar el hombre de su vida. Lo que sucede con demasiada frecuencia. Y nadie la podría convencer de lo contrario. Porque en seguida ella interpreta cualquier cosa que ocurra en el sentido de la predicción. Aunque ella dice: “Lo dispondrán los astros: ni antes ni después encontraré a mi hombre”. La verdad es que entre el “antes” y el “después” no media mucho tiempo. Y el horóscopo siempre la defrauda, porque los “hombres” con los que Marga se encuentra no desaprovechan nunca la oportunidad… Y es que Marga, como has dicho tú, es ingenua y guapa, y siempre la encuentran sola, y no parece una lunática, sino sólo una soñadora vehemente, y todas estas características la hacen irresistible. Y como ya no hay caballeros, con la excepción tuya, pues esos “robacorazones” le siguen la corriente, se divierten con ella un rato, un fin de semana, un verano a lo sumo. Y luego la dejan sin decirle ni adiós. (Con amargura.) Sólo yo soy testigo de su marcha precipitada, y de su excusa cruel (dándose unos toques con el dedo índice a la sien.): “su hija está como un cencerro” (Mirando a MARGA.) ¡Cómo no va estar loca! ¡Ellos son los que la hacen enloquecer! (Pausa. Se rehace. Indignado.) ¡Para el flirteo Marga está muy bien, pero cuando tienen que abandonarla, Marga está muy mal!  (Transición.) Marga siempre estará indefensa. Mi única ocupación es proteger a mi hija. Por eso yo madrugo y leo antes la prensa. Y si un horóscopo entraña peligro, lo retiro de la circulación, y le dejo sólo el de la predicción más conveniente: Como sabrás, ningún periódico coincide en los horóscopos. Pero a veces ella se me adelanta. Como el otro día, de camino a Madrid, en el tren. Aprovechando que yo me había dormido. Alguien que se había dejado una revista el asiento, y Marga se puso a leerla. Las revistas son más peligrosas porque le dan más color al horóscopo. Y, para remate, la recién casada le entregó el ramillete de novia. Y tú estabas en el mismo hotel donde nos alojamos. Y no hacía falta más. Nunca hace falta más: el resto lo pone la pobre cabecita de Marga. (Transición.) Y por eso estoy aquí. (Saca el periódico.) Para amortiguar el golpe.

PEPE.- Si puedo ayudar…

DON FRANCISCO.- La mejor ayuda que puedes prestar es desaparecer de su vista. (Dejando el periódico junto a MARGA.) Cuando Marga se despierte, leerá el horóscopo y sabrá por qué debe seguir probando suerte.

PEPE.- Pero, sufrirá una decepción terrible. ¡No me extraña que haya perdido el Norte, con tanto trauma!

DON FRANCISCO.- ¡Y qué se puede hacer!

PEPE.- Pues darle una oportunidad. Si ella cree que ha encontrado al hombre de su vida, ¡déjela que lo compruebe!

DON FRANCISCO.- ¿Qué lo compruebe? ¿Con quién?

PEPE.- Conmigo, claro. ¿No cree usted en los flechazos?… ¡Al menos creerá en el destino!

DON FRANCISCO.- Veo que no me has entendido. ¡Eso es un despropósito! ¿Cuánto crees que duraría el experimento? Yo te lo diré: hasta el próximo horóscopo que se nos escape.

PEPE.- Pero si su hija es feliz, verá como ya no tendrá necesidad de leer el horóscopo.

DON FRANCISCO.- Hazme caso, Pepe: no te molestes.

PEPE.- Pero, si no es ninguna molestia. Más bien es un placer. Lo que te intentaba decir antes, es que Marga y yo nos habíamos caído muy bien. Vamos, que enseguida hemos congeniado.

DON FRANCISCO.- Ya te dije que mi hija intima con demasiada rapidez. ¡No seas loco!

PEPE.- (Gritando.) ¡No, si al final vamos a esta todos locos, menos usted!

 

Escena tercera

 

 

Con los gritos, MARGA se despierta.

MARGA.- (A DON FRANCISCO.) ¡Papá! ¡Tú aquí también! ¡Qué feliz coincidencia!  Me alegro: porque precisamente quería presentarte a Pepe.

DON FRANCISCO Y PEPE.- (Al tiempo.) Ya nos hemos presentado.

PEPE.- (A MARGA.) Sabe todo lo nuestro

DON FRANCISCO.- (A MARGA.) Y él sabe todo lo tuyo.

MARGA.- Esta vez es diferente, Papá. Ahí lo tienes. Mira, ésta es su americana. Pepe no tiene prisa.  Porque viene de un lugar donde parece haberse detenido el tiempo, el tiempo que necesita el amor.

DON FRANCISCO.- Yo no quiero entrometerme, Marga: sólo te pido que leas el horóscopo. (MARGA no muestra interés, y es el propio DON FRANCISCO el que lee el horóscopo.) “Piscis: En esta coyuntura astral, no le auguramos futuro en el amor”. (A MARGA, que no parece afectada por el dictamen.) Así de taxativo.

MARGA.- ¿Y no viene nada más?

DON FRANCISCO.- (Entregándole el periódico, que MARGA rechaza.) Así de lacónico.

PEPE.- Y de ambiguo.

MARGA.- (Segura y tranquila.) Será una errata del periódico… del redactor, o del corrector de pruebas. Porque aquí tienes los hechos: Pepe está aquí conmigo. (PEPE la sonríe tranquilizadoramente, y le “tira” un beso.) Por fin se ha roto la racha. Por el Destino, la Providencia o la Ley de probabilidades. Porque la verdad es que ya me iba tocando. Algún día habría de tener buena suerte. Algún día tenía que equivocarse el horóscopo. Aunque fuera por una errata. Y al fin ha sucedido. Que Pepe y yo nos encontráramos Y no vamos a dejar pasar de largo esta inmensa suerte. Por eso, antes de que cambie el horóscopo, ¡Pepe y yo nos casamos! (Se abraza a PEPE, que sonríe ratificándolo).

DON FRANCISCO.- (Preocupado.) Pero casarse lleva tiempo. Los trámites, las amonestaciones, las invitaciones.

MARGA.- ¡Al diablo las invitaciones! Les mandaremos unos telegramas.

DON FRANCISCO.- (A MARGA.) ¿Telegramas? ¡Qué cosas tienes, hija mía! Les vamos a asustar. Dirán que por qué tanta prisa, que no sabían de vuestro noviazgo.

MARGA.- (A DON FRANCISCO.) Porque en nuestro caso no es necesario el noviazgo. Vamos a ver: qué es el noviazgo, según el diccionario.

DON FRANCISCO.- Pues… ese periodo indispensable para que una pareja se conozca. Ocho, nueve años. ¡Qué menos!

MARGA.- ¡Exacto! Pero nosotros estábamos PREDESTINADOS. Y en nuestro caso no se trata de conocernos, sino de re-co-no-cer-nos. Y en medio de todos los hombres y mujeres del mundo, ¡nos hemos reconocido!

DON FRANCISCO.- Veo que no hay nada que hacer. En fin, que sea lo que Dios quiera. (Abre la puerta para irse).

MARGA.- Espera, papá. Yo también bajo. Necesito tu ayuda. Hemos de prepararlo todo. (Besando a PEPE). Hasta la tarde, amor mío. 

PEPE.- (Ilusionado, a MARGA.) Hasta luego, cariño (Padre e hija se van cerrando la puerta. PEPE da una palmada de alegría, y sonriendo descorcha sonoramente la botella de champán).

 

 

TELÓN.

FIN DEL ACTO PRIMERO

 

ACTO SEGUNDO

Escena primera

 

 

 

Pocos días después en la habitación 202 del mismo hotel: la habitación de MARGA. Una habitación idéntica a la de PEPE, salvo en cuatro detalles: el cuadro sobre la cama, que es una foto panorámica enmarcada de La Cibeles madrileña; el pequeño ajuar de la cómoda; un maniquí con un vestido en su funda colocado junto al galán de noche;  y, distribuidos por toda la habitación,  varios ramos y ramilletes de flores todavía con el envoltorio de la floristería y cada uno en su jarrón o búcaro, que se supone son regalo de PEPE.

 

Antes de levantarse el TELÓN comienza a sonar el bolero “Dos Gardenias”, por Antonio Machín; la música se desvanece cuando entran en escena  MARGA y DON FRANCISCO.

 

MARGA cierra la puerta de la habitación. Viene de recoger en la recepción un florero con dos gardenias de la variedad “Augusta” y una tarjeta que se supone es de PEPE.

 

 

DON FRANCISCO.- (Señalando las dos flores.) ¡Vaya!: esta mañana te manda sólo dos flores. Parece que la cosa se está enfriando.

MARGA.- (Riendo con regocijo.) ¡Que va, papá! No entiendes nada. Son dos gardenias. Son un mensaje de amor en clave. (Le canta la primera estrofa del bolero, y le guiña un ojo. Vuelve a reír. Transición.) Voy a tener que mudarme a la suite, porque aquí ya no caben más flores. ¡Este PEPE mío es tan literal! Como le dije que Valencia era la tierra de las flores, pues ha debido de pensarse que era una indirecta, y… (Riendo feliz.) Además es tan detallista que me las trae hasta con florero, agua y aspirina. ¡Gardenias “Augusta”! (Oliendo las flores.)  Uhmmm… ¡Este hombre está en todo! Sabía que no se le iba a olvidar esta variedad. (Coloca las flores junto a las otras. Mirando al reloj de muñeca.) Bueno, pues ahora, aprovechando que ya habrán cerrado las floristerías, me voy a dar un baño.

 

            MARGA se mete al baño. DON FRANCISCO se apresura a llamar por teléfono. Marca un número de una cifra.

 

DON FRANCISCO.- Por favor, señorita: póngame con el huésped de la 302… Gracias… Pepe, soy yo… Sí, tu futuro suegro… De eso quería hablarte. (Mirando preocupado el profuso ornato floral de la habitación.) Esto es imparable. Nunca he visto a Marga tan ilusionada. Ni yo he estado nunca tan preocupado… ¿Por qué?: porque si esto saliese mal, Marga no lo resistiría. Esta vez has llegado muy lejos… Sí, llámame pesado, desconfiado, miedoso, neurótico, todo lo que tú quieras. Pero necesito oírte de nuevo el juramento… ¡Cuando lo pronuncies ante el cura ya no tendrá remedio! ¡En el altar no se entera uno ni de lo que dice!  Yo quiero que lo digas antes. Quiero oír una vez más tu palabra de honor, de caballero, de poeta, y de antiguo alumno Marista! Sólo una vez más, por favor. Y dormiré tranquilo. (Conforme escucha el juramento se va tranquilizando, incluso sonriendo.) Gracias, Pepe… No. Nada más. (Sonriente.) ¡Ah, sí!: no mandes más flores, majo: que nos van a echar del hotel… No, si a Marga le encantan. Y a mí también, hijo, a mí todo lo que le encante a Marga me encanta también. Pero hay en la habitación tanto olor a campo que tenemos que abrir el balcón para rebajarlo con un poco de la contaminación madrileña. (Llaman a la puerta.) Bueno, pues lo dicho. Adiós, Pepe, adiós, hijo (cuelga el teléfono y va hacia la puerta.) ¿Quién?

EMMA.- (Se oye su voz desde fuera.) Soy EMMA, tío.

DON FRANCISCO.- (Perplejo.) ¡EMMA! (Haciéndola pasar.) ¿Tan pronto habéis venido del viaje de novios?

EMMA.- Yo sí.

DON FRANCISCO- ¿Y Torcuato? Pensé que estabais en el Japón.

EMMA.- Le he dejado plantado en el avión.

DON FRANCISCO.- Pero, ¡qué has hecho! Pero, ¡si os ibais de viaje de novios…!

EMMA.- Pues ahora va sólo Torcuato. En representación de los dos.

DON FRANCISCO.- ¿Un recién casado solo? ¡Qué va a decir la gente!

EMMA.- Que digan lo que quieran. Además, conociendo a Torcuato, no tardará mucho en engañar a alguna para disimular.

DON FRANCISCO.- ¿Y tan grave es lo que ha pasado, si puede saberse?

EMMA.- Y tan grave. Como que está penado: persecución sexual.

DON FRANCISCO.- ¡Es que si dos recién casados no se persiguen sexualmente…!

EMMA.- Ahí está la cosa, que no era a mí, sino a la azafata del avión. Según pasó, Alfredo le puso la mano en el culo y le dio un pellizco.

DON FRANCISCO.- Sería por equivocación, mujer.

EMMA.- Eso dijo él: que la había confundido con una geisha: ¡Como tenía el culito tan respingón…!

DON FRANCISCO.- Y la azafata, ¿qué dijo?

EMMA.- Afortunadamente la azafata tenía sentido del humor, y mucha experiencia con ese tipo de patosos. A Torcuato lo miró con asco y a mí con pena. El avión no había cerrado aún las puertas, y entonces yo no lo tuve que pensar, cogí el bolso y me bajé del avión. (Echándose a llorar.) ¡Cuanta razón tenía Marga! ¡Por qué no le haría caso! (Grita y patalea.) ¡Quiero la separación, quiero la nulidad!

DON FRANCISCO.- ¡Calla, mujer! (Señalando al cuarto de baño.) Que te va a oír Marga.

EMMA.- ¡Y qué!, ¡si ya lo sabía! “Estaba cantado”, dirá en cuanto se lo cuente.

DON FRANCISCO.- No es conveniente que Marga sepa nada de esto, por lo menos en unos días. Porque Marga se va a casar (EMMA sonríe, escéptica.) Ahora va en serio. Créeme, EMMA. Acabo de hablar con su futuro marido. Es un huésped del hotel. Ocupa la habitación de arriba. Dirás que a ti qué te importa. Pero todo tiene que ver con tu boda. Él no quería casarse. Pero tú te casaste. Y tu prima vino aquí, con tu ramillete. Y él es un poeta. Y los astros se han vuelto locos. O el periódico se ha equivocado. Lo único cierto es Pepe. Y yo voy a ser su suegro, porque ya me llama suegro. Y ya ves todas estas flores. Son de él. Para Marga. También los jarrones. (Señalando el maniquí.) Y acaban de traer el vestido de novia. La boda será cuanto antes. No sea que le dé por cambiar al horóscopo. Pero en la boda no habrá tunos. Porque resulta que a ninguno de los dos les gustan los tunos. Sin embargo los dos se mueren por Bécquer. Y por eso habrá arpas, y golondrinas, y pupilas azules. La madrina de boda tendrá las pupilas azules.  Alegra esa cara, Emma, hija.

 

EMMA.- (Consolándose.) Sí, tío. Yo tengo las pupilas azules.

DON FRANCISCO.- ¿Lo ves? Tú serás la dama de honor.

EMMA.- Pero, ¿en las bodas hay damas de honor?

DON FRANCISCO.- ¿Tú quieres ser su dama de honor?

EMMA.- Sería un honor.

DON FRANCISCO.- ¡Pues entonces habrá dama de honor! Y Marga te dará el ramillete de novia. Y ya sabes lo que eso significa…

EMMA.- Pero antes tendré que separarme. Y eso llevará tiempo.

DON FRANCISCO.- ¡Pues a ganar tiempo! Esta misma noche celebraremos tu despedida de casada!

 

            Escena segunda.

 

 

Se abre la puerta del baño. EMMA se pone las gafas de sol para ocultar sus ojos enrojecidos por las lágrimas. MARGA entra en la escena vestida con una elegante bata de raso que deja ver las medias blancas de lencería nupcial.

 

 

 EMMA.- (Saliendo del cuarto sin reparar todavía en la presencia de su prima.) ¿Despedida de casada?

DON FRANCISCO.- Quiero decir “de soltera”. Estoy tan nervioso que ya no sé ni lo que digo.

MARGA.- ¡EMMA!

EMMA.- (Viendo a Marga.) ¡Prima!

 

MARGA Y EMMA Se abrazan.

 

MARGA.- Pensaba que estabais ya en El Japón.

EMMA.- ¡No me hables del Japón! No he podido ni llegar al hotel y me he tenido que volver al aeropuerto. ¡Por algo lo llaman el “País del Sol Naciente”! (Le muestra sus ojos un segundo.) Mira qué conjuntivitis. Casi me deja ciega el dichoso sol del Japón. Así que he tenido que salir de allí pitando.

MARGA.- ¿Y Torcuato?

EMMA.- ¡En la Conchinchina!, quiero decir, en El Japón. Sólo quedaba un billete de vuelta. Todos los turistas con ojos claros querían salir de allí, y en Japón los turistas con ojos claros tienen prioridad, y las mujeres con ojos claros más prioridad aún. A fin de cuentas Torcuato tiene los ojos negros, y con ponerlos así (entorna los ojos con los dedos.) hasta podría pasar por un japonés.

 MARGA.- ¡Si le hubieses echo caso a Torcuato…! Hawai era el lugar idóneo para una luna de miel. Ahí no hubieses tenido problema con tu conjuntivitis.

EMMA.- No, claro, hubiera sucedido justo lo contrario: ¡Torcuato hubiese padecido de exoftalmia! (imita a su marido abriendo los ojos como platos y dando un descarado repaso al descote  de MARGA.)

MARGA.- No te entiendo.

EMMA.- No merece la pena. Dejemos ese tema. Ahora se trata de tu felicidad. Mi tío me lo ha contado todo, primita. (Tierna.)  ¡Así que el día tan esperado te llegó!

 

Se sientan las dos al pie de la cama con las manos cogidas.

.

 

MARGA.- (Ilusionada.) Sí, EMMA. (De repente asombrada.) ¡Qué poderoso es el destino!…Ni tu luna de miel nos ha hecho romper nuestra promesa: Estar las dos presentes en nuestras bodas.

EMMA.- (Disimulando.) Pues sí. Hay que mirar lo positivo.

MARGA.- Y es que, ¡siempre hemos estado tan unidas!

EMMA.- Sí: como éramos hijas únicas, nos hemos criado como hermanas.

MARGA.- Compañeras de juegos, de colegio, de secretos. ¿Te acuerdas de cuando nos enamoramos las dos del mismo chico?

EMMA.- ¡También fue casualidad! Claro, como íbamos siempre tan juntitas, pues poníamos los ojos en el mismo objetivo.

MARGA.- Y que teníamos los mismos gustos.

EMMA.- Menos en las lecturas.

MARGA.- Esto fue lo que nos distanció.

EMMA.- Tu Bécquer...

MARGA.- Tu Código Civil...

 

Pausa. MARGA se levanta y se dirige a los espectadores.

DON FRANCISCO se sienta en la cama junto a EMMA.

 

MARGA.- ¡Qué tiempos aquellos! Entonces yo todavía no hablaba de horóscopos. Pero leía el futuro en las nubes. ¿Te acuerdas, primita? Nos pasábamos las horas muertas interpretando sus formas tumbadas en el ático de casa. Nuestra imaginación de chiquillas veía todo escrito en esos algodones que volaban por el cielo… (Se levanta. Coge una flor.)… Y ese hombre de rostro impreciso que vi un día en una nube al fin se perfiló: Es Pepe.

EMMA.- (Animada de pronto.) ¡Cuéntame, primita, quiero saberlo todo de tu Pepe!

 

Pausa.

 

MARGA.- (Comienza su relato con los ojos cerrados.)  Todo empezó la noche de la boda, en el baile que degeneró en orgía. No, no es que estuviera Pepe en la fiesta. A los hombres como Pepe no les van la jarana. Son más de veladas serenas, se mueven mejor en la media voz. Los hombres como Pepe son hombres de grandes conversaciones, y el ruido los eclipsa.  Pero en aquella fiesta salida de madre conocí a los otros hombres, los que no eran Pepe, y que me ayudaron a reconocer luego a al hombre de mi vida.  (Transición. Mirando a EMMA con dulzura.) Aquella noche la novia me había dado el ramillete, el horóscopo me auspiciaba mucha suerte en el amor... Y yo bailé mucho. Iba de los brazos de un hombre a los brazos de otro. Todos cuchicheaban mi nombre, como si me conocieran de toda la vida. Debió de ser la bebida, el calor, la música, el frenesí del baile... Aquellos hombres se confundieron de chica... pero yo no me confundí de hombre. La historia iba a repetirse una vez más, pero el horóscopo se impuso. El ramillete obró su magia. Mi padre apareció, y...  desaparecieron todos. (Sonriendo con ternura a su Padre.) Se conoce que vieron llegar a un verdadero hombre, y se espantaron. (Transición.) Se había acabado la noche, aunque la fiesta seguía en la cafetería. De pronto sentí nauseas. Tuve que pedir una manzanilla.  Estuve con papá hablando un rato. Luego me fui a mi habitación. Estaba cansada. Cansada de ofertas de sexo sin amor, sin música de violines, sin poesía, sin declaraciones a media voz, sin miradas francas, sin “te quieros”; sin ese beso primero, suave, dulce y quedo como un toque en la puerta del alma… (Suena muy “piano”, hasta el final de su relato, la dulcísima “Berceuse op. 57” de Chopin. Ensoñadora.) Y entonces… Entonces el destino quiso que me equivocara de planta... Pero no de persona. Entré en aquella otra habitación que era la de Pepe. Yo estaba tan cansada de bailar… Todavía algo mareada por el champán, aturdida por aquella música de jazz… La puerta de la habitación estaba abierta. Una habitación idéntica a la mía. Y me senté en la cama creyendo que era mi cama. Y luego me tumbé porque no tenía ganas ni de quitarme el vestido. Porque quizás no subí a dormir, sino sólo a refugiarme allí, huyendo de la desilusión…  (Pausa.) Y entonces apareció Él. Otro desilusionado. Otro caballero en busca de su dama. Una persona romántica, como yo. Nacida para amar de verdad, como yo. Con cara de escepticismo y de resignación, como yo. (Pausa.) De pronto estábamos los dos por fin reunidos. De esa manera mágica. Él salió de la terraza y me vio tumbada en la cama. Lo que los otros habían estado intentando toda la noche, lo tenía Pepe servido en bandeja, y sin abrir la boca. Pero era el destino. Y Pepe no tenía ninguna intención de hacer nada vulgar. Algo por otra parte tan fácil como aprovecharse de mí en aquellas circunstancias. Pues yo había entrado voluntariamente en su habitación, y había cerrado la puerta.  Eran las nueve de la mañana. El servicio de limpieza me había visto en el pasillo y era testigo de ello. De pronto mi traje de noche podría ser perfectamente el traje de una de esas prostitutas de lujo que trabajan en los hoteles. Hubiera sido comprensible que Pepe me hubiese confundido con una de esas sofisticadas y tristes mujeres de alquiler. Pero no sucedió eso, sino lo que tenía que suceder. Que Pepe me reconoció. Vio que era yo: la que tenía que venir. Y yo le reconocí a él como el hombre con quien tenía que encontrarme. Y hablamos, y cantamos, porque éramos felices. E hicimos nuestros planes y nos dimos ese beso tan leve por el que debe empezarse toda historia de amor. Y entonces, después de tanta vigilia, después de tanta búsqueda, yo estaba ya tranquila. Y me dejé vencer por un sueño irresistible; sabiendo con absoluta certeza que Pepe estaría allí cuando despertara, que Pepe velaría mi sueño como un auténtico caballero. Y, en efecto, lo último que sentí fue la caricia de su chaqueta sobre mi cuerpo para que el frío no me despertara... (MARGA se vuelve hacia su prima, que está llorando en silencio. Va a consolarla, Cariñosa. La besa.) Dime que te pasa, primita.

EMMA.- ¡Pues qué va a pasar! ¡Lo que tenía que pasar! Nada que te pille de susto. Y antes que lo digas tú, lo diré yo…

DON FRANCISCO.- (Cortando a EMMA, a quien fusila con la mirada. Disimulando.) No llores, EMMA, hija, no te emociones: no es bueno para tu conjuntivitis.

EMMA.- (Que se sobrepone repentinamente.) ¡Es verdad! ¡Por una vez, voy a pensar en mí! ¡Se acabaron las lágrimas! Nada debe amargarnos esta nueva alegría. (Abrazándose otra vez a su prima).  

 

MARGA.- (A EMMA.)- ¡Ven, ayúdame a probarme el vestido de novia!

DON FRANCISCO.- Bueno, pues yo voy a hacer unas compras, y enseguida vuelvo.

 

D. Francisco besa a su sobrina y a su hija y hace mutis. MARGA saca el vestido de la funda. EMMA lo mira con tristeza, pero cambia de pronto de actitud. MARGA se quita la bata, y se queda en lencería nupcial

 

MARGA.-  (A EMMA.) ¿Te ha emocionado, verdad?

EMMA.- (Seca.)  No es emoción: ¡es conjuntivitis!

MARGA.- (Disimulando.)-  No me extraña. ¡Con tanto polen como hay aquí! (Señalando las flores.)  Son de mi novio, PEPE.

EMMA.- (Resentida, mientras la ayuda a ponerse el vestido a MARGA.)  Ya me lo imaginaba. De solteros, las flores las compran los novios. Luego tenemos que comprarlas nosotras.

MARGA.- (Defendiendo su ilusión.) Es que, también, las mujeres somos muy especiales con las flores. Es mejor que las compre cada una a su gusto. Además, así una se da un garbeo.

EMMA.- ¿Un garbeo?  ¡No hay tiempo, primita! Las casadas compran las flores en el mercado. Las meten en la bolsa de la compra con el repollo y las berzas. Y las ponen en la cocina, junto al perejil. Disimulando. El perejil gratis y las flores de oferta. ¡Como son tan caras! ¡Y se amustian tan rápido! Y no vienen a cuento, según los maridos.

MARGA.- Es que tan a menudo perdería su gracia. Es mejor, espaciadamente. Aunque sea sólo el día de tu aniversario. Aunque sólo sea una flor.

EMMA.- …Pero gorda. Vamos: un girasol. Que además tiene pipas, Para entretener a los niños. ¡Qué ingenuidad! ¡Ya irás aprendiendo lo que queda del romanticismo después de decir el “sí” en el altar! Después de ese “sí” afirmativo viene el “si” condicional.

MARGA.- (Incómoda, señalando con disimulo a su prima.) Ya será menos.

EMMA.- Ya me lo dirás. (Resaltando el juego de palabras.) Después de la boda el hombre irresistible se vuelve insoportable.

MAGA.- (Seria.) No hables así. Te recuerdo que me voy a casar.

EMMA.- Lo siento. Pensaba que te serían útiles las equivocaciones de las demás.

 

Mete un alfiler mal y pincha a MARGA.

 

MARGA.- ¡¡¡Ay!!! ¡Qué pinchazo!

EMMA.- Pues, hija, no me gustaría verte en el parto. (Mete otro alfiler con malicia.)

MARGA.- ¡¡¡Ay!! ¡Otra vez! ¡Pero, bueno! ¡Parece que estás haciendo vudú conmigo!

EMMA.- Perdona, hija. ¡Han sido sólo dos pinchacitos de nada!

MARGA.- ¡Dos pinchazos…, de dos alfileres!

EMMA.- ¡Es esta conjuntivitis que tengo: me ha dejado medio cegata!

MARGA.- Lo que tienes es muy buena puntería, y muy mala idea

EMMA.- ¿Qué quieres decir? (Riendo.) Paciencia. Que ya acabo (vuelve a pincharla.)

MARGA.- ¡¡¡Ay!!! ¡Pero bueno, esto qué es!

EMMA.- (Riendo.) La puntilla, hija. Ya está. Casi no ha habido que tocarlo. Tienes un tipín de lo más curioso. Ya verás cómo te lo deja el consorte. Por no hablar de las estrías.

MARGA- (Amenazante.) ¿Decías?

EMMA.- Nada. Cosas mías. (Transición.) Una pregunta, si no es indiscreción: ¿El vestido era de una amiga?

MARGA.- No. Mío. Hace diez años lo vi, me gustó y lo compré. Es que yo soy muy previsora: nunca se sabe cuando salta la liebre.

EMMA.- Ya decía yo que lo veía un poco anticuado. Quiero decir, “clásico”. Ya se sabe que en esto de la moda no hay nada anticuado, (bamboleándose.) todo vuelve, y se va, y vuelve a venir, y vuelve a irse(Transición. Apartándose para ver a MARGA con perspectiva. Por MARGA.) Pero tienes buen gusto, ¡eh! Eso sí. Has sabido elegir el que mejor le va a su personalidad. Es lo que tenemos las mujeres. Que sabemos elegir bien todo lo que nos va. Pero a la hora de elegir marido, la cagamos, hablando mal y pronto.

 

Suena el teléfono. MARGA corre a cogerlo..

 

MARGA.- (Al teléfono.) ¿Dígame? Que las suba, llame y las deje en la puerta: estoy probándome ropa. Gracias. (A EMMA.) Más flores, y esta vez viene el chico de la floristería: deben de pesar una barbaridad! (A EMMA.) Le he dicho que llame y las deje en la puerta.  Haz el favor de cogerlas tú, cariño

 

 

EMMA.- (Dando un vistazo al ornato floral.) Qué pena. Días de mucho, vísperas de nada.

MARGA.- ¿Decías?

EMMA.- (Con retintín.) Que ya sabrás por qué las amas de casa tienen tantas macetas…

MARGA.- Yo prefiero esos árboles enanos del Japón.

 

EMMA.- ¿Va con segundas?      

          

Llaman a la puerta. MARGA espera unos segundos, dando tiempo a que se vaya el recadero. Pero al abrir la puerta, entra PEPE con un ramo de flores amarillas.

 

PEPE.- ¡Sorpresa!

MARGA.- (Aterrada.) ¡Pero qué has hecho, Pepe! ¡Es que quieres echarlo todo a perder?

PEPE.- ¿Yo? ¿Qué he hecho?

 

MARGA se da la vuelta y se lleva la cara a las manos. EMMA se santigua con aspavientos.

 

 

EMMA.- ¡Parece que soy gafe!  (Viendo a Pepe y Marga).

MARGA.- (Nerviosa. Presentándolos.) Emma: mi prima… Pepe: mi prometido.

PEPE.- (A EMMA.) Encantado.

EMMA.- (A PEPE.) Pero, ¡hombre de Dios!: ¡cómo has hecho esto, conociendo a Marga!

PEPE.- Pues, ¡qué he hecho yo, si puede saberse! (se sienta sobre la cama con las flores en la mano).

EMMA.- (A PEPE, trágica.)  El novio no debe ver a su prometida en traje de novia antes de la boda: Trae mala suerte.

PEPE.- ¡Y, cómo lo iba a saber yo, si es la primera vez que me caso! Quise darle una sorpresa. (Enseñando el ramo de rosas amarillas.) Por eso fingí lo de la floristería.

EMMA.- ¡Esa es otra! ¡A quién se le ocurre! ¡Flores amarillas, con la mala suerte trae ese color!

PEPE.- Pues yo creí que era al revés.

MARGA.- ¡Demasiado bonito para ser verdad!

PEPE.- (A MARGA.) Tranquila, mujer. Tampoco hay que ponerse en lo peor. 

MARGA.- (Abatida.) Eso nos lo dirá el horóscopo.

 

Llaman a la puerta.

 

DON FRANCISCO.- (Desde fuera.) Soy yo, MARGA.

 

(Le abre la puerta EMMA, y entra DON FRANCISCO, que viene con un montón de regalos, y un periódico doblado y metido en uno de los bolsos de la americana. Sale MARGA a su encuentro lloriqueando, pidiendo su abrazo. Se interponen entre ellos los paquetes, que DON FRANCISCO suelta para abrazar a MARGA. Se oye un objeto de cristal romperse.)

 

¡Vaya!: ¡el frasco de sales!

 

EMMA.- ¿Has dicho “sales”?

DON FRANCISCO.- Sí, hija: sales perfumadas. Para que os deis un baño relajante.

EMMA.- (A DON FRANCISCO.) Pero, tío: ¡Cómo has dejado derramar las sales! ¡Con la malísima suerte que trae eso!

DON FRANCISCO.- Lo siento. Lo siento. Fue el instinto paternal. Vi llorar a Marga y se me olvidó lo que llevaba.

MARGA.- Necesito alejar estas dudas. Necesito saberlo (Desmoralizada. A DON FRANCISCO, refiriéndose al periódico que lleva en el bolsillo de la americana.) ¡Dame el periódico, papá!

DON FRANCISCO.- (Sujetando la gaceta contra la americana.) Eso no. Ya sabes que primero lo tengo que leer yo.

EMMA.- (A DON FRANCISCO.) No estamos para manías, tío. ¡Es un caso de vida o muerte!

PEPE.- (A DON FRANCISCO.) Démelo, don Francisco. Creo que estamos dramatizando. Estas cosas dependen de cómo se interpreten.

 

MARGA se sienta a los pies de la cama, nerviosa, a oír el “veredicto”. EMMA se sienta a su lado para arroparla.

 

DON FRANCISCO.- (Dándole el periódico a PEPE.) En la penúltima página. Y que sea lo que Dios quiera.

PEPE.- (Buscando el horóscopo.) Hay que tener en cuenta una posible errata.

DON FRANCISCO.- Demasiadas erratas.

PEPE.- (PEPE se anticipa para ver el cariz de la predicción. Por la expresión de su cara es evidente que no es favorable.) Los astrólogos también se confunden.

DON FRANCISCO.- (Adivinando el cariz del pronóstico. A PEPE.) ¡Nosotros sí que nos hemos confundido! ¡Sí me hubieras hecho caso!

 

MARGA, que ya teme lo peor, se inclina apoyándose de codos sobre las rodillas y tapándose la cara con las manos.

 

EMMA.- (A PEPE.) ¡Pero léelo de una vez! (Por su prima.) ¿No ves que la pobre Marga se está poniendo mala?

PEPE.- (Leyendo.) “PISCIS: Tu tendencia innata a mitificar e idealizar te podrían llevar a un completo fracaso amoroso. Ten cuidado. Abstente de cualquier aventura seria. En la actual coyuntura astral te será más rentable emplear tu magia para seguir encandilando a las viejas amistades”.

EMMA.- Lo que nos temíamos. ¡Eran demasiadas las señales!

DON FRANCISCO.- ¡Ahora está todo claro!

PEPE.- ¡Será posible…!

DON FRANCISCO.- ¡Lo que será es IMPOSIBLE!

 

MARGA se echa a llorar sobre la cama.

EMMA llora también.

PEPE y DON FRANCISCO hacen mutis a una indicación de éste.

 

 

TELÓN.

 

FIN DEL ACTO SEGUNDO.

ACTO TERCERO

Escena primera.

 

 

Quince meses después. En la misma habitación, la 302, del mismo hotel. Son las nueve y media de una noche de septiembre. En la consola-escritorio hay una fotografía grande de MARGA y en la cama una maleta grande sin abrir y encima el aparejo de un caco, compuesto de una soga con gancho triple arnés y mosquetones. PEPE está disfrazado de poeta romántico, con bigote, “mosca” y capa española. Ante el espejo de la consola se da un repaso al pelo, el  natural y el postizo. Luego se dirige a los espectadores.

 

 

PEPE.- No. No me he confundido de función. Soy Pepe. (Pausa.) Ustedes se estarán preguntando qué fue de Marga y por qué voy vestido así. Las dos cosas están relacionadas. Ustedes han conocido a Marga. Me han conocido a mí. Marga, con todas sus manías, es una de esas mujeres que nace cada cien años. Y yo… no soy tonto. Naturalmente, una mujer como Marga no podía pasar por mi vida como pasaron las otras. Ustedes no me creerían si les dijera que Marga pasó de largo ante mis ojos como ese tren que se pierde sin remedio. En todo caso pasó como un caballito de tiovivo: para volver a aparecer al poco, y volverse a ir, y volverme a encontrar con ella, y así un viaje, y otro viaje, y otro más… Porque eso es exactamente lo que ha estado sucediendo desde hace año y medio. Lo que quiero decirles es que Marga y yo no llegamos a casarnos, pero hemos seguido enamorándonos casi todos los meses. Aunque ella ignorase que el hombre que tenía enfrente era yo. Pues ésta fue la condición que me puso don Francisco, su padre. Yo debía disfrazarme de otro. Porque Marga no debía reconocerme. Lo nuestro se había acabado. La historia de Marga y Pepe debía ser sólo eso: Historia. Era la única condición para que yo siguiese viendo a Marga; además de aceptar los dictados del horóscopo. ¡Y yo… qué iba hacer, si estaba coladito por Marga!: Pues aceptar las reglas del juego. Y encima, agradecido.

 

 ¡Lo que hace el amor! ¡Qué locura de juego! Cada vez que cambiaba el horóscopo, don Francisco, me llamaba por teléfono, y me daba la información para propiciar el encuentro con su hija. Y así hasta hoy mismo. Yo creo que si nos hubiéramos casado no seríamos tan felices. No, nadie debe compadecernos, sino envidiarnos. Pues nuestro amor no es el amor que mata la rutina de los años.  Cada mes es primavera para nosotros. Cada mes asistimos a la primera cita, al primer “te quiero”, al primer beso. La locura y la magia del enamoramiento no llegan nunca a apagarse. Y aunque la flor de nuestro noviazgo se marchita pronto, con la misma rapidez florece de nuevo. En este tiempo nos hemos amado lo mismo en un lujoso hotel de Viena que en un rústico pajar de La Toscana. Igual en la inquietante selva amazónica que en un recoleto parque de Sevilla. Y en todas las fotografías tenemos la misma sonrisa inmarcesible de los primeros días. ¿No es esto el amor ideal?: Un amor sin ataduras, sin desgaste, siempre riendo, siempre haciendo planes. Y cuando algo sale mal… (Riendo.) ¡la culpa es del horóscopo!. (Aparece DON FRANCISCO en escena, entrando por la terraza.  Se sitúa al lado de PEPE y mira al reloj sin decir nada. PEPE, al advertir su llegada, cambia el tono y el sentido del discurso.) Aunque, la verdad de todo se cansa uno: hasta de no cansarse. Quiero decir que, al final, se echa de menos ese dulce sosiego del matrimonio. La verdad es que ya está uno harto de tanto trasiego, de tanto hotel, de andar disfrazándose de otro para que no lo reconozca ni la persona que ama, sobre todo la persona que ama. De oír a Marga eso de  “Tu manera de besar… ¿Estás seguro de que no nos hemos besado en alguna otra parte?”; Y tú responder disimulando con esa frase boba: (romántico.) “Yo también siento como si te conociera de toda la vida”. (Pausa.) La verdad es que ya está uno harto de tanto teatro, de tanto camerino, de tanto beso fugaz y de tanto telón inoportuno. (Pausa.) No, esto no es vida, porque así no hay quien ame a nadie… pensando que después de la escena perfecta, y a pesar de la escena perfecta, alguien va a gritar indefectiblemente: “¡Corten! ¡Corten!”. Y todo porque está en el guión. ¡Como si el amor fuera una película de Sissí! ¡Pues sí que supo mucho del amor esa Sissí: Seguro que sabía más su camarera! ¡Abajo el protocolo y los horóscopos! ¡Viva la democracia y el libre albedrío!

 

DON FRANCISCO.- (Mirando nuevamente el reloj. A PEPE.) Bueno, Pepe: no hay tiempo para revoluciones. (Transición. Cansado.) Escúchame bien. De hoy no debe pasar.

PEPE.- (Triste. A DON FRANCISCO.) Me lo estaba temiendo. No por casualidad has reservado las mismas habitaciones en el mismo hotel de la primera vez. Esto no es simplemente un bonito detalle por su parte. Todo está preparado. El ciclo debe cerrarse, ¿verdad? Está demasiado claro. Tan claro que la misma MARGA ya habrá sospechado lo mismo. ¡Ahora sospechará de todo! ¡Y su intuición estará intuyendo! ¡Y su imaginación imaginando! ¡Y su voluntad queriendo! (Pausa. Se quita el disfraz.) ¡De nada valen los disfraces, porque en cuanto aparezca yo en su habitación, ella estará esperando a su Pepe! (Melodramático.) El hombre que viene a hacer lo que aquel día terrible no tuvo el valor ni la oportunidad de hacer: despedirse.

DON FRANCISCO.- Pues ya tienes la oportunidad.

PEPE.- ¡Pero no el valor…!

DON FRANCISCO.- ¡Pues lo tendrás que tener! ¡Hoy debe ser la última vez! Hemos prolongado este juego demasiado tiempo.

PEPE.- (Sin convicción.) Sí, don Francisco.

DON FRANCISCO.- Ese “sí” lo he oído ya demasiadas veces. ¡Pero hoy debe ser de verdad! ¡Debemos acabar ya con esto! Tanto amor y desamor no es bueno. La culpa la tengo yo. Aquel malhadado día tuve que haber sido fuerte. Tuve que haber dejado que se fuera todo al garete. Y no andarnos con componendas ni remiendos. Mira si no, lo que hemos conseguido: por evitarle a Marga un disgusto, la hemos convertido en una amante compulsiva. Lo que se hubiera curado con un cambio de aires y un cambio de aspecto, ahora precisa de un psicoanalista. 

 

PEPE.- (Animado de pronto.) ¡Apúntese un tanto, DON FRANCISCO! Ya me iban faltando las ideas. ¡Con lo bien que hago yo de psicoanalista! Si es por eso, ¡todo arreglado! ¡Le voy a dar a Marga unas sesiones de locura!

DON FRANCISCO.- No, Pepe. No quieres entenderme: esto se ha acabado. ¡Fin del juego! Es la última entrevista. Marga debe saberlo todo. O se lo dices tú... ¡O se lo digo yo!

PEPE.- (Grave.) Yo. Yo se lo diré. Como sé decirle yo las cosas. Suavecito. Dulcemente. Sin prisas. Me despediré como se despide un turista. Y si se pone nostálgica, cambiaré rápidamente de tema, como se hace con los niños para evitar los “pucheros”. Le diré que se asome a la ventana, que hace una noche preciosa. Y seguramente Marga se quedará embelesada viendo la luna, sintiendo la brisa de la calle. Y cuando vuelva a la realidad, yo entonces me habré marchado muy lejos. Y, claro, pues me buscará, Y no me encontrará. Pero ella confía en mí. Yo siempre le inspiré confianza. Y leerá la nota que yo le habré dejado. Con un mensaje de amor. Nada que no sepa: “Te quiero”. Algo tan claro y ambiguo al mismo tiempo.  “Te quiero”, pero sin fechas, sin plazos, sin firma, sin destinataria concreta, sin nada que nos comprometa.  (Pausa. A DON FRANCISCO.)  No se preocupe, don Francisco. Hoy mismo terminaremos con esto.

DON FRANCISCO.- (Dando a PEPE unas palmaditas en el hombro.) Ánimo, muchacho. Hoy volverás a oír a Marga llamarte por tu nombre. Hoy volverá a besarte a ti, al verdadero Pepe.

PEPE.- (Abatido.) Sí: con un beso de despedida...

 

PEPE deja el aparejo descrito, ya sin intenciones de fingir un nuevo personaje, y sale de la habitación siguiendo a DON FRANCISCO.

 

Cae el TELÓN.

 

Escena Segunda

 

 

En la habitación 202, que fuera la misma habitación de MARGA, con ligeras variaciones en el ajuar de la cómoda.

En el mismo lugar y figurín donde estuvo el  vestido de novia, hay ahora un vestido de noche amarillo.

MARGA, y EMMA, ésta con hábito de monja, aparecen en animada conversación, sentadas cerca del proscenio en torno a una mesita que han sacado de la terraza; toman unas exquisitas pastas de monja y beben un chupito de licor de frailes.

 

 

 

MARGA.- ¡Qué riquísimo es este licor de Fray Tomás!: tienes que darme la dirección para que me provean, sor primita--

EMMA.- Novicia: aún sólo novicia.

MARGA.- Qué más da. (Refiriéndose a las pastas, cogiendo una.) Están exquisitas. ¿Y dices que las haces tú misma?

EMMA.- Sí, pero en comunidad. Yo les echo el azúcar.

MARGA.- Ahí está el secreto: en su justo punto de azúcar; ni un grano de más, ni un grano de menos… (Transición. Confidencial.)  Ya me podías dar la receta, Sor primita--

EMMA.- Novicia.  Y no puedo darte la receta, Emma. No se la he dado ni a nuestro confesor, y eso que lo ha intentado veces: ¡pues ni bajo secreto de confesión!

MARGA.- (Metiéndose una pasta entera en la boca). Saben… ¡”a teta de novicia”! (Ríe.) Oye, ¿quién le echa la leche? (Ríen las dos).

MARGA.- (Transición.) Estoy nerviosa, excitada: siento un cosquilleo en el estómago.

EMMA.- ¿Y de qué vendrá hoy  PEPE disfrazado?

MARGA.- ¡Ay, no sé, Sor primita! ¡Adivina tú de qué se le antojará venir hoy disfrazado! De espía, de pintor, de vendedor de enciclopedias… Cambia un poco la entonación, pero la voz, la forma de hablar, de mirar y de besar lo delatan… ¡No seré yo quien le quite ese capricho! El día que se acabe, se acabó. Pero yo no voy a adelantar ese día. Al contrario, procuraré que no se me escape un “Pepe” y lo eche todo a perder. Como mucho le diré con disimulo: “¿Disculpe: no nos hemos besado antes?”. ¡Que siga con el divertimento! Es decir: que sigan. Porque estoy segura de que mi padre está detrás de todo esto. ¡Y tan detrás! ¡Como que no aparece! O mejor dicho, desaparece justo cuando va a venir Pepe. Jamás me lo había puesto tan fácil. Recuerda que siempre, más que un padre, parecía mi escolta. A propósito, te tengo que dejar. El horóscopo me lo ha pintado muy bonito. Mi padre hace una hora que se ha ido. Y Pepe no tardará en aparecer con una nueva excusa y una nueva caracterización.

EMMA.- ¿Irme ahora? ¿En lo más emocionante? Tengo una idea: (abriendo el armario empotrado.) Me esconderé en el armario (Entra en el armario.).

MARGA.- ¡A ver si te va a dar un ataque de claustrofobia y lo estropeas todo! ¿No eras alérgica al alcanfor?

EMMA.- A la naftalina. Que no es lo mismo.

MARGA.- Está bien, pero no salgas, ni aunque te estés muriendo: ¿prometido?

EMMA.- Palabra de novicia mártir emparedada.

 

Ríen las dos, MARGA le cierra el armario con llave y mete sillas y mesa en la terraza.

 

MARGA.- (Hablando sola en voz alta.) ¡Mira que también es casualidad! Ir a parar a esta misma habitación. No sé si podré seguir fingiendo. Tengo la sensación de que algo va a ocurrir. Algo muy bueno o algo muy malo. Pero, desde luego, algo extraordinario. No teníamos que haber venido a este hotel. O quizás sí. Me pregunto lo que estará pensando Pepe. Porque digo yo, que aunque hayan pasado casi dos años, recordará que ésta era la misma habitación.  Porque una cosa así no se olvida nunca. Vamos, digo yo. ¡Tendría delito! (Pausa.) Y si es así… (ilusionada.) a lo mejor es a él a quien se le escapa su verdadero nombre, y lo estropea todo… O quizás se arregla todo. O… ¡Sólo Dios sabe que puede suceder! ¡Pero tiene que suceder algo…! (MARGA oye llamar a la puerta de la terraza, que no está cerrada. Se pone a leer tumbada en la cama, con pose de interesante. Al poco se ve asomarse por el ventanal a PEPE,  y llamar a la puerta de la terraza.) ¡Adelante! ¡Está abierta!

 

Entra PEPE sin disfraz, es decir, viene como el apuesto PEPE.

 

MARGA.- (Atónita. A PEPE.) ¡Pepe!

PEPE.- ¡Marga!

MARGA.- (Incorporándose. Sin salir del asombro. A PEPE.) ¡Pepe!

PEPE.- Sí, Pepe. (Jugando.) Ya sé que esperabas a otro.

MARGA.- (Azorada.) No. digo Sí. ¡Ay, Pepe!, ya sabes que mi sino es esperar. Quién venga, es cosa suya.

PEPE.- (Saliendo en su ayuda.) Tranquila, amor mío. Porque todos esos hombres que has conocido…

MARGA.- …Que me han acosado.

PEPE.- …Todos esos hombres eran siempre el mismo: ¡yo!

MARGA.- (Fingiendo perplejidad.) ¡Pepe!

PEPE.- El espía que te amó, el hijo de Tarzán, el conde exiliado, el tenor belcantista, el tahúr del Mississippi, y todos los demás, no eran sino tu Pepe.  (Con amargura.) Sí, Marga. He venido a confesártelo todo. Todo ha sido una quimera. Bonita en la forma, pero en el fondo vacía y disparatada, como todas las quimeras. Todo ha sido una ilusión. Un anuncio de automóvil con mujer maravillosa incluida para irse con ella al fin del mundo...  ¡Como si hubiese que irse al fin del mundo para ser feliz! Yo contigo, Marga, habría sido feliz con un solo cruce de miradas en el salón de nuestra casa. Nuestra casa que nunca existió. Ni siquiera una casita, o al menos un piso, aunque fuera interior. ¡Siempre yendo de hotel en hotel! Dando nombres falsos. Dando propinas a todo el personal para que hicieran de “extras” en esta farsa… 

MARGA.- (Fingiendo una exagerada extrañeza.) ¡No es posible! O mejor dicho ¡Sí que es posible! Ahora que lo pienso… Así se explica todo. ¡Por eso me resultaba tan fácil olvidarte, cuando yo sabía que eras inolvidable, cuando sentía que te seguía queriendo! Por eso te veía obsesivamente en los otros. De pronto, mis sentimientos, antes confusos, se vuelven cabalmente lógicos. ¡Por eso podía enamorarme tantas veces en tan poco tiempo: porque todos los hombres se te parecían!  Hablaban como tú, besaban como tú, amaban como tú… ¡Como que eras tú, Pepe! Pero, ¡cómo me iba a pensar que detrás de toda esos tipos exóticos estaba una persona que respondía al nombre de “Pepe”! (Transición. Dejando el disimulo.)  Lo que no entiendo es una cosa: por qué.

PEPE.- ¡Cómo que por qué!: ¡Por el horóscopo! ¡El maldito horóscopo! ¡La maldita superstición que nos chafó la boda…! (Despechado.) Yo no creía en los astros. Pero recuerda que para ti eran religión.

MARGA.- (Riendo.) ¡Vaya par de ingenuos!  ¡Y yo creí que te ibas porque no podías soportar la idea de vivir toda tu vida con una supersticiosa como yo!

PEPE.- Y, ¿quién te dijo semejante cosa?

MARGA.- Mi padre. Después de la dolorosa conversación que dijo que tuvisteis en tu habitación.

PEPE.- ¿Tu padre? Tu padre fue el que me convenció de que me marchara, prometiéndome arreglar nuevos encuentros contigo, con la condición del disfraz. Y yo me marché resignado, pues él me aseguró que era del todo inútil luchar con tu superstición. Me aseguró que eras devota de los astros. Y un poco... lunática.

MARGA.- ¿Mi superstición? ¿Devota yo de los astros? ¿”Lunática”? ¡Qué exageración! (PEPE se sorprende.) Antes de conocerte,  puede que los medio creyese. También de niña leía en las nubes. Y pensaba un deseo si veía una estrella fugaz. Y otras simplezas. (Pausa.) La astróloga era mamá. Ella sí que creía en los horóscopos. Yo era muy niña, y no puedo acordarme bien, pero papá me lo contó todo. Mamá murió sin resistirse a la muerte, pues lo había leído en su carta astral. No se quiso tomar ni una aspirina. Antes de morir le hizo prometer a papá que estuviéramos atentos al horóscopo. Que aprovecháramos los momentos propicios, y nos pusiéramos a salvo en los desfavorables.

PEPE.- Entonces, ¿quieres decir que toda tu veneración por los horóscopos…?

MARGA.- La única veneración que tengo es a la memoria de mi madre, y a sus consejos, que he seguido a rajatabla con la ayuda de mi padre. Él me inició y me mantuvo en el hábito. Hasta que te conocí, mi vida consistió en buscar la felicidad siguiendo las indicaciones de mi padre, que eran las de los astros. Si se puede llamar felicidad a ese continuo deshojar la margarita; esa eterna partida de naipes en busca del caballero de las espadas: ese caballero que con la facilidad que me venía se me iba de las manos. (Pausa.) Hasta que apareciste tú. El único hombre que no creía en los horóscopos, el único hombre que no huía al oír hablar de alianzas, de boda, de “amor eterno”. Tú fuiste el único que no tenías prisa, que hablabas con franqueza, que me mirabas a los ojos para descubrirme, y no a mi cuerpo para desnudarme… Y pasaban los días y tú no te ibas de mi lado, desafiando a los dictados de los astros. Y tu sola presencia los ponía una y otra vez, día tras día, en solfa, hasta vencerlos con hechos irrefutables: flores todos los días, y todos los días besos, y “te quieros”, y caricias, y sueños, y risas, y también alguna lágrima, y “Marga” aquí, y “Marga” allá, y mi nombre sonando de continuo en tus labios, como si un mago le hubiese puesto de pronto unos cascabeles… Y por fin yo dejé de creer lo que estaba deseando descreer, porque me estaba matando, y mi inclinación natural era vivir y amar con estabilidad y sosiego… Porque como dijo el sabio: “La dicha quiere eternidad” (Transición.) Pero algo salió mal. Quizá yo hice algo mal. Y cuando quise reaccionar, tú ya te habías ido…

PEPE.- (Iluminado.) ¡Claro! ¡Ahora lo comprendo todo! Por eso la insistencia de tu padre en tu debilidad mental: ¡Para abortar nuestra relación! Y luego el cambio de táctica, con su falsa resignación cuando decidimos casarnos, con esa pamema de mi juramento cada dos por tres... Ahora comprendo… ¡Él fue el que reventó nuestra boda! Él me dijo aquella tarde que se iba a comprar unos regalos y que te dejaba sola: ¡Para tentarme! ¡Para que bajara a verte justo cuando tú te estabas probando el traje de novia! Y, haciendo memoria… Cuando me vio en mi habitación las flores amarillas preparadas, no me advirtió de la inconveniencia de aquel color. ¡Y no contento compró las sales y las dejó caer con el disimulo de un consumado actor!

MARGA.- (Ingenua.) ¡Madre mía! ¿Tú sabes lo que estás diciendo? ¡Anda que si llega a ser verdad todo eso!

PEPE.- (De pronto ilusionado.) Sería maravilloso. Sería como despertar de una pesadilla. (Repentinamente amenazante.) ¡Ahora, que a tu padre…! ¡Yo lo denuncio…! ¡Y porque es tu padre, no lo mato! ¡Pero cuando lo vea, le voy a …! 

MARGA.- (Asustada.) Bueno, bueno. Dejémonos de hipótesis, y tengamos las pruebas fehacientes. Como ves, me he vuelto muy racionalista.

PEPE.- (Cogiendo un periodicucho de seis hojas, el “Valencia Astral”, de la cómoda de la habitación.) Aquí están las pruebas. Te demostraré que tu padre, no sólo leía este panfleto, sino que estaba detrás de él. “Valencia Astral, Sociedad Limitada”. Y tan limitada: “un guiso de Juan Palomo”. Veremos ahora quién está detrás del invento. (Va al teléfono, marca un número una cifra). Por favor, señorita, con la habitación 203…Gracias. (Habla con falsete.)  ¿“Valencia Astral”?… Buenas tardes. Quería hablar con el Director... ¡Ah!, ¿es usted? Por cierto, ¿no se llamará por casualidad don Francisco?… ¿Que cómo lo he sabido? Porque soy adivino. ¿Puedo llamarle de don?: (Ya sin falsete.) Es que me resulta más familiar… ¿Que le suena mi voz? Como que soy Pepe, el que va a ser su yerno!… ¿Cómo que imposible? ¿Qué es lo imposible: que sea Pepe, o que vaya a ser su yerno? ¿Pues no es usted el padre de Marga? Entonces no lo dude: seré su yerno. A no ser que quiera pegarse un tiro. ¡Por mí, adelante!  Esto retrasaría algo la boda, pero al final su hija y yo nos casamos: ¡el muerto al hoyo, y el vivo al bollo! Así de claro. ¡Con el enemigo no hay poesía!… ¿Zalamero yo con Marga? ¡Y usted, un liante! ... Usted es el que tiene que pensar lo que dice, que es lo que escribe en este periodicucho. Porque escribe lo que le conviene, sin pensar en la voluntad de los demás, en su derecho a vivir la vida. (MARGA se muestra nerviosa y dividida ante la situación, le hace gestos a PEPE para que se modere.) Bueno, bueno, que no llegue la sangre al río. Estoy de acuerdo: hablando se entiende la gente. Así que dejemos el teléfono y suba a dar la cara. Yo soy hombre pacífico. (Hace un gesto a MARGA para tranquilizarla.)  Suba sin miedo. Le he prometido a tu hija templanza con usted. Pero no tarde ni un minuto. ¡A mí la impaciencia me pone de muy mala leche! (Cuelga el teléfono. A MARGA.)  Viene tu padre: a parlamentar.

MARGA.- (Zalamera.) Gracias, Pepe. Déjale que hable y que nos pida perdón.

PEPE.- Está bien, pero prefiero hablar a solas. No quiero interferencias en el interrogatorio.

MARGA.- Ya me voy.

Llaman a la puerta.

 

PEPE.- (A MARGA.) Rápido, métete en el baño.

 

MARGA se oculta en el baño y cierra la puerta.

 

Escena tercera

 

PEPE abre a DON FRANCISCO, que entra jadeando y avergonzado.

 

PEPE.- (Impaciente.) ¿Y bien?…

DON FRANCISCO.- La verdad… No sé por dónde empezar, Pepe.

PEPE.- ¡Malo! Si está ganando tiempo para hilar otro discursito de los suyos, le advierto que ya estoy vacunado contra su retórica. Le advierto que voy a hacer de “abogado del diablo”, y del mismísimo diablo como le pille una sola mentira. ¡Hable de una vez! Pero hable como si estuviera aquí presente su sobrina la notaria.

DON FRANCISCO.- ¿Quieres que la llamemos? (Señalando al teléfono).

PEPE.- (Severo.) ¿Con maniobras dilatorias a mí? ¡Como no hable ahora mismo, lo que vamos a llamar es a un juez para que haga el levantamiento de su cadáver!

 

MARGA da unos toques en la puerta para recordar a PEPE que se modere.

 

DON FRANCISCO.- ¿Quién ha llamado?

PEPE.- El huésped de al lado. Es un arquitecto funerario que vende mausoleos de encargo. Esa gente es como los buitres. Huelen la sangre a kilómetros. Ha sido oír la palabra “cadáver”, y ya se ha ofrecido en exclusiva.

DON FRANCISCO.- (Nervioso.) Bueno, majo... Pues… como te iba diciendo…

PEPE.- (Airado.) ¡Nada!  ¡Aun no me ha dicho nada! (Amenazando con las manos.) ¡Y estoy empezando a perder la paciencia!  (Vuelven a sonar los toques en la puerta, ahora más fuertes e insistentes.) Y parece que el vecino también se está impacientando. La cosa de las ventas debe de estar muy floja. Le advierto que ese tipo muy listo: es capaz de inducirme al asesinato.

DON FRANCISCO.- (Gritando en dirección de la puerta de la habitación disimulando.) ¡Pepe, hijo! (Abrazando a PEPE.) ¡Hijo mío!

PEPE.- No, si yo con ser su yerno ya me conformo.

DON FRANCISCO.- Pues dejémoslo en “hijo político”. No se hable más.

PEPE.- (Fuera de sí, agarrando a DON FRANCISCO de la solapas de la chaqueta.) ¿Que no se hable más? ¡Si todavía no he empezado a confesar!

 

DON FRANCISCO, capitulando, se desembaraza de PEPE y se sienta en el descalzador.

 

DON FRANCISCO.- (Cabizbajo.) Y qué quieres que te diga. Si ya lo sabes todo. Perdón. Perdón a los dos. Perdón por esta maquinación tan larga. Y sobre todo perdón a mi pobre Marga. He sido un egoísta. Lo de la última voluntad de su madre era una patraña. Lo del horóscopo una herramienta muy útil para mantener a mi niña a mi lado. Sí, lo confieso. No me disculpes, pero compréndeme. Marga era la única alegría de mi vida. Sin ella no hubiera podido haber salido de ese trance. Guardé el luto el resto de mi vida, y por esta razón me creí con derecho a retenerla a mi lado. Pero sus encantos atraían constantemente a los hombres. Y yo temía que, además de arrebatármela, no la hicieran feliz. Por eso, cuando apareciste tú, estuve a punto de ceder. Porque tú eras diferente. Pero al final no cedí. Me engañé. Solo cambié de táctica. Sólo te cambié a ti por cualquiera de los azarosos amantes de Marga. “Así ganamos todos”, me dije. E ideé lo del amor con interrupciones, lo del Pepe de las mil caras. Para repartirnos equitativamente el amor de Marga. Para que Marga fuera feliz con ambos, y ambos con Marga. Y mi niña fuese tu novia sin dejar de ser mi niña, la niña de siempre. No tengo más que decir. Es toda la verdad. Y tú tenías razón, Pepe: aquí el único loco soy yo, y el único que necesita un psicoanalista. Y también un confesor. (Pausa.) Pero esto no debe saberlo mi hija. Yo no la mentiré más. Pero no debe saberlo Marga. Comprende, Pepe, que lo que he hecho es imperdonable…!

PEPE.- No hay nada imperdonable entre un padre y una hija. Marga no es tonta. Ya lo sabe todo. Y me ha otorgado poderes para intentar arreglar las cosas. Aunque no a mi manera. Porque me ha dado instrucciones para tratarle bien (Vuelve a mostrarse amenazante.) Pues yo estaba como un basilisco… ¡Y, si por mí hubiera sido…!   

DON FRANCISCO.- (Preocupado.) Y Marga, ¿cómo estaba?

PEPE.- No se preocupe. Ella estaba serena, casi feliz. Casi. Porque, como le digo, yo estaba dispuesto a darle su merecido, (moderado.)  y Marga se encontraba en medio, dividida entre mi amor y el de usted, porque quería ser la novia pero también la hija. Porque los dos amores son compatibles. Son amores distintos. Pero cada uno ha de tener su sitio. Y donde caben dos, caben tres. Y donde caben tres, pues luego otros tres. Porque tendremos tres hijos, y pensando en usted, podemos ir hablando de nietos.

DON FRANCISCO.- (Emocionándose.) No sé cómo podré pagártelo, Pepe, hijo.

PEPE.- Bueno, bueno, DON FRANCISCO, que no le vea así Marga: no se vaya a pensar que lo he maltratado.

DON FRANCISCO.- (Yéndose.)  Necesito una tila doble. Bajo a la cafetería. Esta noche os llevaré al teatro y cenaremos en el Ritz. Así lo celebraremos los tres. ¡Dios te lo pague, Pepe! (Se va secándose las lágrimas.).

PEPE.- Con una buena novia, que es su hija.

 

Escena cuarta

 

Sale del baño MARGA, emocionada y radiante, y se echa a los brazos de PEPE

 

MARGA.- ¡Cuánto vales, Pepe!

PEPE.- Sin la luz de tu sol, ni se me vería. (Se besan.) ¡Se acabaron los horóscopos! Eres dueña de tu propio destino: de tus anhelos de tus decepciones, de tus risas y tus lágrimas…

MARGA.- (Resoplando, intentando asimilar todos los acontecimientos. Feliz y emocionada.) No sé si reír o llorar.

PEPE.- Ríe, Ríe a carcajadas de esta farsa. Ríe a la vida, a la vida que nos espera juntos. Y llora también si quieres. Pero llora de alegría. Porque tu Pepe no se irá nunca, porque nada ni nadie podrá impedir nuestro amor. Porque lo que dijo el sabio se ha cumplido: “Todo lo decisivo surge a pesar de”. A pesar de tramas, de egoísmos, de supersticiones y de miedos. A pesar de don Francisco y de don Horóscopo.

MARGA.- Y al mismo tiempo, gracias a ambos. Porque si no fuera por el egoísmo de papá y por el Horóscopo, tú no hubieses llegado a tiempo. Estaba en nuestro destino.

PEPE.- Sí. Seguramente te hubieses casado muy pronto, demasiado pronto; como se casan las chicas soñadoras y hermosas. Quizá con uno de los muchos Torcuatos que existen en la vida para amargársela a las mujeres románticas. Sí, quizás el destino dispuso que tu padre y el horóscopo se aliaran: para retenerte un poco… ¡Quién sabe! ¡Es todo tan misterioso, tan impredecible, tan mágico! En el amor no caben razones. Al fin, he de bendecir la locura, la locura que nos ha traído y atraído. Esa pizca de locura que nos hace soñar, que nos hace diferentes y especiales. La locura que impulsa y aviva el amor, como la luna hace mover el mar. La locura que nos hace confesar que estamos locamente enamorados. La locura sin la que tú y yo nos volveríamos locos de verdad. (MARGA no puede contener la emoción, al mismo tiempo que sonríe feliz. Intenta limpiarse una lágrima con disimulo, pero Pepe le coge dulcemente la mano sin dejar de mirarle a los ojos.) Ríe y llora al mismo tiempo, y como la lluvia y el sol hacen salir el arco iris, deja que tus lágrimas y tu sonrisa muestren la felicidad de tu alma.

 

Se besan dulcemente. Luego se separan y PEPE se dirige a la puerta.

 

MARGA.- (Con miedo aún.) ¿A dónde te me vas, Pepe?

PEPE.- A cambiarme para ir al teatro. ¿No has oído a tu padre? Hoy serán otros los que se disfracen… y luego lo celebramos los tres por todo lo alto. Y yo invitaré a todo el mundo a champán, para que brinden por nuestra felicidad. (Transición.) A propósito: ¿Aún conservas los anillos?

MARGA.- (Le enseña feliz las alianzas prendidas de una cadenilla a modo de collar.) Y están grabados con nuestros dos nombres.

PEPE.- Gracias por esperarme.

MARGA.- (Riendo feliz.) Gracias por no irte nunca. (Transición.) Te tengo una sorpresa. (Pepe vuelve al centro de la escena, viendo que MARGA va maniquí y coge un soberbio vestido de fiesta amarillo.) Lo compré para curarme de la superstición. Te demostraré que he cambiado. (MARGA se superpone el vestido).

PEPE.- Estás preciosa. ¡Qué bien te sienta el color! No sé a quién se le ocurrió decir que el amarillo trae mala suerte. Amarillo es el color del sol, y el de su hija preferida: la margarita…   

MARGA.- (Divertida, saludando con una grácil inclinación.) Servidora. (Dando una vuelta, presumida.) ¡Te quiero!

PEPE.- ¡Yo también te quiero!

 

PEPE y MARGA se besan de nuevo. Luego se separan mirándose encandilados por unos segundos.

 

 

PEPE.- (Yendo hacia la puerta.) No hagamos esperar a tu padre. No sea que cambie de idea.

MARGA.- ¡Por mí puede decir misa!

PEPE.- (Riendo. Abre la puerta.) Me refiero a su invitación.

MARGA.- (Sonriendo feliz.) No tardo nada.

 

PEPE se va.

 

EPÍLOGO

 

 El rostro de MARGA está transfigurado por la alegría. Sus movimientos muestran la torpeza del arrobo. De pronto se oyen los golpes en la puerta del armario ropero. MARGA despierta de su “ensoñación”, y abre presurosa el armario.  EMMA aparece colgada de la barra del armario. Se descuelga, sale, y se mira las manos con dolor.

 

 

MARGA.- ¿Te has hecho ampollas, sor primita?

EMMA.- (Gimoteando.) Dos heridas.

MARGA.- ¡A ver si van a ser estigmas de santidad! ¡Que carrera más fulgurante la tuya!

EMMA.- Menos pitorreo. (Rompiendo a llorar.) ¡Y yo no quiero ser ya monja!

MARGA.- Novicia--

EMMA.- Monja. Porque falta sólo una semana para me convierta en monja. Pero yo no quiero ser ya monja.

MARGA.- Pues te quedas de novicia.

EMMA.- (Gimiendo y Pataleando.) Tampoco quiero ser novicia.

MARGA.- ¡Vaya crisis de fe! ¡No quieres ni ser novicia!

EMMA.- Novia. Eso es lo que quiero. Yo quiero tener un novio como tu PEPE. Como tu Pepe, pero más hogareño, claro.

MARGA.- (Grave. Mirando el reloj.) Pues tienes una semana para buscarlo. Madrid está llena de hombres como Pepe, pero más hogareños; y sólo se disfrazan en el día de San Isidro, y además se disfrazan de madrileños. (Transición. Vuelva a mirar el reloj azorada.) Y ahora, será mejor que me dé prisa. Pepe me está esperando. (MARGA se desviste a toda prisa. Y comienza a ponerse el vestido amarillo del maniquí. A EMMA.) Anda, primita, ayúdame con la cremallera. Y deja de llorar: ¡Mira que si sube PEPE se va a entristecer, y no quiero que nada nos amargue esta noche! ¡Rápido!

EMMA.- (Que se pone sus gafas de sol y acude a asistir rápidamente a MARGA.  EMMA le sube la cremallera tan rápidamente que se le atasca y se recompone.) ¡Adiós…! ¡Se ha roto la cremallera!

 

MARGA.- ¡Pues si que la hemos hecho buena! ¡Tenía que pasarme a mí, en este justo momento!

EMMA.- Lo siento, prima. Te pondré un imperdible.

MARGA.- Está bien: pero no me pinches; que te conozco.

EMMA.- (Que le pone al vestido en el extremo de la abertura un imperdible, dejando ver casi toda la espalda de MARGA en un descote irregular y grotesco.) ¡Es que yo, también parezco novata!: Las cremalleras y la prisas no hacen buenas migas.

 

 MARGA Pone la radio, y se escucha el bolero “Toda una vida”, por Antonio Machín. Al punto suena el teléfono. MARGA el volumen de la radio y contesta.

 

MARGA.- ¡Hola, cariño!… Sí, ahora mismo bajo… No, ningún problema. Todo está saliendo a las mil maravillas. Lo que pasa es que estoy un poco torpe. Estoy alelada. Comprende: Esta habitación tan especial, Tu inesperada aparición, los besos, y luego esta música, precisamente esta música… ¿La oyes? (Indica a EMMA que suba el volumen de la radio, lo que ésta hace, y orienta el auricular hacia el altavoz. Luego indica a EMMA que vuelva a bajar el volumen, lo que ésta hace.) ¡También es coincidencia que suene esta música!… (Transición.) ¡No! No subas. Yo me arreglo mejor sola. Enseguida bajo... Yo también te quiero. (Mandando un beso.) “Mmmua”. (Cuelga el teléfono. A EMMA, mientras se peina ante el espejo del aparador-cómoda.) Rápido, primita tráeme unas medias negras que están en mi maleta. (EMMA saca unas medias negras pero al cerrar la maleta pilla una media con el cierre. Mira la media temerosa y con pavor descubre una “carrera” en la media.). Ay, prima, que no te lo vas a creer: se me ha enganchado la media en la maleta y…

MARGA.- (Llevándose las manos a la cabeza.) ¡No me digas que se ha hecho una carrera…?

EMMA.- (Gimoteando). Sí, prima.

MARGA.- ¡Ay!  ¡Pobre de la mujer que confía su suerte a unas medias! (Respirando hondo, intentando tranquilizarse.)

EMMA.- (Rehaciéndose.) Pero no te preocupes. A grandes males, grandes remedios. En el convento arreglábamos medias.  Dame esmalte de uñas (MARGA abre el bolso y saca un frasco de esmalte de color perla, que entrega a su prima. Luego abre la media estropeada con la mano mientras EMMA aplica el esmalte para parar la “carrera”. En ese instante, suena otra vez el teléfono, EMMA da un respingo y se le vierte el frasco de esmalte en todo el frente del vestido.

EMMA.- ¡Dios mío!

MARGA.- ¡Hala! ¡Lo que faltaba!

 

 EMMA Se lleva las manos a la cara. Intenta no llorar de rabia. El teléfono sigue sonando, EMMA quita la radio. Al fin EMMA coge el teléfono.

 

MARGA.- (Con sonrisa forzada. Hablando con PEPE.) Si, cariño.  Iba a salir a hora. Yo también, cariño.

 

MARGA cuelga el teléfono. EMMA vuelve a poner la radio muy piano, quedándose con el mando en la mano, que intenta arreglar disimuladamente y luego de varios intentos, consigue poner de nuevo en su sitio. Asustada, abre la puerta de la habitación.

 

EMMA.- Bueno, prima. Yo me voy ya, que no quiero estorbaros. Ya me contarás

 

 

EMMA hace mutis.

MARGA se pone las medias con una gran carrera que la hace parecer desgarbada. Luego se levanta, va hacia los espectadores, y  ve con pánico unas manchas muy vastas que han estropeado el vestido.

 

 

MARGA.- Y ¡dónde voy yo con estas pintas! (Respira hondo y se sobrepone. Hablando sola.) Calma, Marga. Todo debe salir bien. Todo saldrá bien. ¿Cómo era eso?: “Todo lo decisivo…” ¡Es igual!

 

 

MARGA abre con decisión el armario y saca un soberbio mantón de Manila, que se pone por encima del vestido.  Luego coge el bolso y, antes de salir,  intenta desconectar la radio. Lo intenta, pero el mando no responde. MARGA lo acciona nerviosamente en uno y otro sentido, pero sólo consigue poner la música al máximo volumen, y quedarse con el mando en la mano. MARGA, resignada, se lo guarda con toda naturalidad en el bolso. Luego abre la puerta y toca varias veces y de forma ostensible su madera, apaga la luz y hace mutis. Pero la función no ha terminado. La voz de Antonio Machín se va apoderando de la escena, apenas iluminada con la luz de neón que entra por el ventanal de la terraza. Nada debe interrumpir la canción. Y sólo después de la última nota, cae el

 

TELÓN.

 

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