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DOÑA JOSEFA

de Juan Sahagún

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

DOÑA JOSEFA

COMEDIA VAGAMENTE HISTÓRICA EN UN ACTO

Juan Sahagún

(Debidamente registrada en INDAUTOR. Cualquier asunto en relación con esta obra favor de comunicarse a juansah@gmail.com )

 

PERSONAJES:

 

  • JOSEFA ORTIZ, CORREGIDORA

  • JUAN COLLADO, ALCALDE DE LA CORTE

  • MIGUEL HIDALGO

  • CAPITÁN IGNACIO ALLENDE

  • CAPITÁN JOAQUÍN ARIAS

  • ESCRIBANO JUAN FRANCISCO DOMÍNGUEZ

  • JUAN OCHOA, ALCALDE DE QUERÉTARO

  • RAFAEL GIL DE LEÓN, JUEZ ECLESIÁSTICO

  • FRANCISCO BUERA, DELATOR

  • MIGUEL DOMÍNGUEZ, CORREGIDOR

  • UN MOZO

  • IGNACIO PÉREZ, AMIGO DE JOSEFA

  • EPIGMENIO GONZÁLEZ, COMERCIANTE

  • UN HOMBRE

  • UN ANDRAJOSO

  • CAPITÁN JUAN ALDAMA

 

La obra está diseñada para ser representada por una actriz y cuatro actores. El escenario se divide en dos áreas: a la izquierda espectador, un espacio menor en donde se desarrollará la conversación entre Josefa y Juan Collado; a la derecha, un espacio modular en donde se llevará a cabo el resto de las escenas; dicho espacio puede ser un telón con el bosquejo de una calle colonial. A los costados, hay percheros con los ropajes de los diversos personajes, con el fin de que los actores se cambien a vistas.

 

 

 

(CELDA EN EL CONVENTO DE SANTA CLARA. DOÑA JOSEFA Y JUAN COLLADO; ÉSTE TIENE UN CABESTRILLO EN EL BRAZO IZQUIERDO.  SILENCIO)

I

JOSEFA: ¿Qué tanto me ve?

COLLADO: Estoy tratando de perderle el miedo. Me dijeron que usted es el diablo.

JOSEFA: (RÍE. ÉL NO) No lo dice en serio, ¿verdad?

COLLADO: Tal vez haya algo de cierto. Apenas acaba de llegar al Convento de Santa Clara y ya dividió a la congregación en insurgentes y realistas.

JOSEFA: Mala noticia. Pensé que a estas horas todas las monjas estarían del lado de la insurrección. (SILENCIO) Pero, ¿por qué insiste en mirarme así?

COLLADO: Perdone, doña Josefa. Es que, en honor a la verdad, a pesar de ser Luzbel, es usted una mujer atractiva.

JOSEFA: Lanzar piropos no es su fuerte, Don Juan Collado.

COLLADO: ¿Cómo sabe mi nombre?

JOSEFA: Nigromancia. Lo leí en las tripas de un gato.

COLLADO: Creo que esta entrevista será más difícil de lo que suponía.

JOSEFA: ¿Viene a interrogarme?

COLLADO: Es sólo una entrevista, una charla amigable. Debería saberlo. ¿Eso no venía en las tripas del gato?

JOSEFA: Veo que ya se siente en confianza.

COLLADO: Frente a usted, jamás.

JOSEFA: (PAUSA) ¿Qué le pasó en el brazo? ¿A qué se debe que tenga ese cabestrillo?

COLLADO: Nada de cuidado. Me caí y sufrí una fractura.

JOSEFA: Por sus muecas veo que no soporta el dolor.

COLLADO: Al contrario. Lo soporto perfectamente.

JOSEFA: Le pediré a alguna de las monjas que le dé un remedio.

COLLADO: No lo voy a tomar.

JOSEFA: ¿Por qué?

COLLADO: Mi padre me enseñó a soportar cualquier tipo de dolor. El cuerpo se cura solo.

JOSEFA: Valiente consejo.

COLLADO: Dejemos de hablar de mi brazo. Será mejor acelerar los trámites. (ABRE UN LIBRO)

JOSEFA: Parece que va para largo.

COLLADO: Dependerá de usted. (LEYENDO) María de la Natividad Josefa Ortiz de Domínguez, hija de Juan José Ortiz, capitán del Regimiento conocido popularmente como de los Morados, y de María Manuela Girón, ambos españoles; nacida en Valladolid en el año de mil setecientos…

JOSEFA: Señor Collado, ahórrese ese tipo de detalles.

COLLADO: Está bien. (LEYENDO) Tras el fallecimiento de su madre, se hizo cargo de usted su hermana María Sotero, la cual la hizo ingresar en el Colegio de San Ignacio de Loyola, en la Ciudad de México. En el año de 1793 contrajo matrimonio con el señor Miguel Domínguez…

JOSEFA: (INTERRUMPENDO) Discúlpeme… ¿viene a decirme cosas que sé de sobra?

COLLADO: Son los prolegómenos necesarios para iniciar las averiguaciones que habrán de integrar su proceso.

JOSEFA: ¡Qué enredado está todo eso, Santo Dios!

COLLADO: (LEYENDO) Ha procreado once hijos y actualmente se encuentra en estado de gravi…

JOSEFA: ¡Señor Collado, basta! Hágame las preguntas que tenga qué hacer y váyase de inmediato.

COLLADO: (CIERRA EL LIBRO. SUSURRA) Se dice que los insurgentes tienen alas de murciélagos, cuernos, garras en vez de uñas, horrendos picos y colas encrespadas como los grifos.

JOSEFA: Quiénes dicen.

COLLADO: La gente. La gente decente.

JOSEFA: Y usted qué cree.

COLLADO: Cada vez la percibo más… diabólica.

JOSEFA: ¿Ah, sí? Por qué.

COLLADO: Porque ha buscado encender la mecha de una revuelta con el único propósito de entregar la Nueva España a los franceses.

JOSEFA: No sea estúpido.

COLLADO: Parece que la hice enojar. ¿Entonces cuál es el objetivo de sus amigos, el capitán Allende y el cura Hidalgo?

JOSEFA: Conservar esta tierra para Fernando VII.

COLLADO: Ah, una revolución para que todo siga igual. Interesante.

JOSEFA: Si va a intentar frases ingeniosas prefiero que siga leyendo mis antecedentes.

COLLADO: No tiene caso. Como usted lo sugirió hace unos momentos, se trata de una vida muy… cómo decirlo de la mejor manera… una vida muy aburrida.

JOSEFA: (SONRIENDO) Ya veo hacia dónde va. Y créame que ninguno de mis actos, el más mínimo, es producto del ocio. Soy lo más alejado que existe a esas inútiles damas de sociedad.

COLLADO: A ver si entendí, ¿o sea que conspirar contra el gobierno fue resultado de profundas reflexiones?

JOSEFA: No entendió. Regrese a Caracas a seguir disfrutando de su regencia. Seguramente allá lo esperan graves responsabilidades que sabrá cumplir a la perfección.

COLLADO: El Virrey Venegas es mi amigo. Hago esto con gusto.

JOSEFA: Pues esto lo hace muy mal. Lárguese.

COLLADO: (YENDO HACIA LA PUERTA) No se diga más. (DETENIÉNDOSE) Espero que entienda que con su actitud pone en peligro la vida de su marido y de sus hijos. Ellos también están presos.

JOSEFA: (CONTENIENDO LA FURIA) A ellos déjenlos en paz.

COLLADO: No puedo asegurarle nada. Si se resiste a hablar… Lástima. Le confieso que usted me agradó. Tanto, que estaba a punto de ofrecerle un trato.

JOSEFA: Tampoco es su fuerte decir mentiras.

COLLADO: Se lo juro.

JOSEFA: ¿Es hombre de palabra?

COLLADO: Lo soy.

JOSEFA: Qué clase de trato.

COLLADO: Uno que nos convenga a los dos.

JOSEFA: Qué quiere de mí.

COLLADO: Que me cuente cómo comenzó todo.

JOSEFA: ¿Nada más? No me diga que no lo saben.

COLLADO: Pues no, no lo sabemos. La información es confusa, a veces contradictoria. Y nada convendría más en este momento que tener un poco de certeza.

JOSEFA: (RÍE) Discúlpeme, pero eso sonó a discurso de Venegas.

COLLADO: (MOLESTO) Pues sí, son órdenes del virrey.

JOSEFA: Voy a empezar por revelarle algo: una de las razones por las que decidimos comenzar la lucha es precisamente la reciente llegada de Venegas.

COLLADO: ¿Por qué?

JOSEFA: Porque es un pésimo militar. ¿Supo usted cómo le fue al flamante Virrey en la batalla de Baylen?

COLLADO: No pienso criticar a un amigo.

JOSEFA: De lo que se pierde. En fin, dígame, ¿qué obtengo si le cuento todo?

COLLADO: Bueno, usted sabe, un informe benigno puede hacer menos prolongada su…

JOSEFA: Eso no está en sus manos. No hay trato.

COLLADO: Está de por medio la vida de su familia. No está en condiciones de negociar.

JOSEFA: (PAUSA) Así que estoy obligada a hablar. (ENFÁTICA) Bien, voy a revelarle cosas muy delicadas, pasajes comprometedores, nombres de gente que estimo en el alma.

COLLADO: Si lo hace, sabré recompensarla.

JOSEFA: Júreme por lo que más quiera que cumplirá su palabra.

COLLADO: Mi palabra está empeñada. Siempre y cuando no me pida auxilio para escabullirse de este sitio.

JOSEFA: Descuide. Sé a quién solicitarle ese tipo de ayuda. Pero no ponga esa cara, hombre; no pienso hacerlo. Las monas me tratan muy bien. (PAUSA) Usted también me agrada. (PAUSA) Así que desea saberlo todo.

COLLADO: Desde el principio.

JOSEFA: ¡Caramba! Ahora que lo pienso, qué difícil es tratar de saber cómo empezó todo. Supongo que, por mi parte, comencé a sentir una terrible inconformidad al contemplar el ofensivo contraste entre opulencia de unos pocos y miseria de muchos. ¿No lo alarma salir a la calle y ver a un tiempo gente vestida de seda y oro frente a una multitud muriéndose de hambre?

COLLADO: Señora, eso es un lugar común.

JOSEFA: Exacto. Desafortunadamente la injusticia se ha convertido en un lugar común. La idea de que hacía falta un cambio se me había anidado en lo más profundo. Alguna vez se lo comuniqué a mi marido. Él se condolió, alabó mis buenos sentimientos y a los pocos minutos se hallaba enfrascado en sus asuntos. Un día, una de mis hijas me presentó a su pretendiente: un capitán del Regimiento de Dragones de la Reina llamado Ignacio Allende. Desde el primer día nuestra relación se volvió sumamente estrecha.

COLLADO: (CON MALICIA) ¿En qué sentido, señora?

JOSEFA: (RÍE) Ay, señor Collado, a pesar de sus años es usted un adolescente. Allende y yo decidimos formar unas tertulias a las que pusimos el pomposo nombre de “la Academia literaria”.

COLLADO: Ahí empezaron a fraguarlo todo.

JOSEFA: Las asambleas se efectuaban en la casa del licenciado Parra, en la del licenciado Lazo, o en la mía. Le juro que en alguna ocasión incluso llegamos a hablar de literatura. En un abrir y cerrar de ojos contábamos con una nutrida asistencia. Al poco tiempo se nos unió un apasionado de Cicerón, de Virgilio, de Moliere, pero más apasionado de los problemas sociales. Nadie hablaba con más exaltación que el cura Hidalgo.

(CAMBIO DE LUZ. DEL OTRO LADO DEL SET, HIDALGO –QUE FABRICA LANZAS- Y ALLENDE; LUEGO LLEGARÁ ARIAS).

 

II

HIDALGO: Mire nada más, capitán Allende, la punta de esta lanza me quedó verdaderamente del carajo.

ALLENDE: ¿Y por qué no deja que sus hombres hagan todo?

HIDALGO: Desde que a un curita, que no recuerdo quién era, se le ocurrió decir que yo me parecía a Fray Bartolomé de las Casas, me jodí, y resulta que tengo que poner el ejemplo en todo. Con lo que me gusta a mí andar fabricando lancitas. Mide nada más (MOSTRANDO LA MANO IZQUIERDA), tengo más heridas que San Sebastián.

ALLENDE: No se enoje, don Miguel. Mejor invíteme un vaso de vino.

HIDALGO: Con que no nos pase como a los insurrectos de Valladolid…

ALLENDE: A qué suceso se refiere.

HIDALGO: (MIENTRAS SIRVE) Acuérdate, Ignacio, que uno de los sargentos involucrados fue con un herrero y le pidió fabricar muchos puñales. El herrero, extrañado, le preguntó que para qué quería tantos, y el muy burro del sargento le dijo, “son para matar españoles”.

ALLENDE: Ah, claro. Fue el herrero que delató la conspiración. Pero no se preocupe, padre. A nosotros no nos sucederá eso. Nos hemos ido con pies de plomo.

HIDALGO: No te creas, Ignacio. ¿Sabes quién me dio mala espina ayer en la junta? El secretario.

ALLENDE: (BEBIENDO EL VINO) ¡Mierda!

HIDALGO: ¿Es un traidor? ¿Ya lo sabías?

ALLENDE: Digo que este vino sabe a mierda.

HIDALGO: Pues es el que fabricamos aquí en Santa Bárbara. No sabes cuánto me indigna que nos sigan imponiendo el vino español cuando nosotros podemos hacer uno igual o más bueno. ¿Te parece malo? (BEBE) A mí me parece excelso. Reconozco que es un tanto amargo, pero sabe bien.

ALLENDE: Tal vez sirva para cocinar.

HIDALGO: Si quieres le digo a los muchachos que te traigan un pulquito.

ALLENDE: Olvídelo. ¿Me decía algo de Mariano Galván?

HIDALGO: Así es. Su conducta de ayer se me hizo muy sospechosa.

ALLENDE: Ah, don Miguel, usted sospecha de todo el mundo.

HIDALGO: Recuerda lo que dijo Cicerón: “las enemistades ocultas y silenciosas, son peores que las abiertas y declaradas”. Algo me dice que ese secretario es espía.

ALLENDE: Pierda cuidado, padre, Galván es de los nuestros.

HIDALGO: Pues insisto en que no hay nada tan repugnante como un traidor.

ARIAS: (ENTRANDO) Don Miguel, Ignacio, qué gusto verlos.

HIDALGO: Capitán Arias, sea usted bienvenido.

ALLENDE: Joaquín, ¿por qué no llegaste a la junta de anoche?

ARIAS: Oí el rumor de que el general Calleja andaba rondando Celaya y no quise arriesgarme.

HIDALGO: Lo primero que haremos al vencer será fusilar a ese desgraciado.

ALLENDE: La reunión de ayer era de vital importancia.

ARIAS: ¿Aún sigue su hermano José María bajo las órdenes de Calleja?

HIDALGO: Así es. José María ya no merece apellidarse Hidalgo. (SILENCIO)

ARIAS: Precisamente vengo a enterarme de los pormenores de la junta.

ALLENDE: Hablaron, y hablaron, y hablaron…

HIDALGO: No seas desesperado, Ignacio.

ALLENDE: Y usted no sea dubitativo.

HIDALGO: (A ARIAS) Se siguen recabando los informes de las diferentes juntas secretas que funcionan en el país. Nuestros aliados continúan su propaganda en contra del gobierno español y difundiendo el plan de que, una vez que estalle la insurrección, deberemos deponer a las autoridades españolas y apoderarnos de sus caudales.

ALLENDE: Y serán pasados por las armas.

HIDALGO: Sólo los que opongan resistencia. Derrocadas las autoridades, se formará una junta compuesta por los representantes de las provincias; dicha junta de notables desempeñará las funciones de gobierno a nombre de Fernando VII, pero delimitará desde el principio cualquier tipo de sumisión. Como podrás darte cuenta, prácticamente se trata de una declaración de independencia.

ALLENDE: (BURLÓN) “Junta de notables”. (ENÉRGICO) Yo insisto en que lo más conveniente es tener un emperador y reyes provinciales.

HIDALGO: ¿Para continuar con un régimen de privilegios? Lo que más nos conviene, hijo mío, es un sistema democrático como el que buscaron la revolución francesa o la norteamericana.

ALLENDE: ¡Está usted loco!

HIDALGO: ¡Eso no te lo voy a permitir, maldito bastardo! (AMAGA GOLPEARLO. ARIAS LO DETIENE)

ARIAS: Cálmese, padre. Estoy seguro de que el capitán Allende no quiso decir eso, ¿verdad, Ignacio? (INSISTIENDO) ¿Ignacio?

ALLENDE: (A REGAÑADIENTES) Discúlpeme, don Miguel.

ARIAS: Gracias, Nacho. Asunto arreglado. ¿Qué más se dijo?

HIDALGO: (A ALLENDE) Sabes muy bien que una de las razones por las que busco la insurrección es la locura de mi hermano Manuel.

ALLENDE: Sí, lo sé.

HIDALGO: (EXALTADO, A ALLENDE) ¿Tú crees que algún día podré perdonar que el sátrapa virrey Iturrigaray le confiscara todos sus bienes, dejándolo en la ruina? ¡A él, como a tantos otros en la Nueva España! ¿Y todo para pagar las ambiciones expansionistas del desquiciado  Napoleón Bonaparte, apoyadas por el más ciego de cuanto rey español ha existido, el estúpido, el cretino, el animal de Carlos IV? ¿Crees que podré olvidar la forma en que contemplé la creciente locura de mi hermano menor, perturbado por un despojo tan injusto, verlo bañado en sus propias babas hasta que su corazón no pudo más y murió en el psiquiátrico? ¿Crees que podré olvidar, perdonar?

ALLENDE: Le ruego me disculpe, padre, no pensé lo que dije.

HIDALGO: Puedes llamarme como quieras. Llámame “padre bribón”, como ya les enseñaste a tus soldados llamarme mis espaldas, pero jamás vuelvas a decirme “loco”.

ALLENDE: Jamás se lo diré, don Miguel. (SILENCIO)

ARIAS: ¿Hubo algún otro punto de acuerdo anoche?

HIDALGO: El más importante: el levantamiento habrá de ocurrir el próximo primero de octubre.

ARIAS: ¿Y cómo será? ¿Cuál es el plan?

ALLENDE: Debemos aprovechar el día de la Virgen de San Juan de los Lagos. Muchos españoles se reunirán a comerciar cerca de Querétaro. Iniciada la insurrección, los apresaremos a todos y los pasaremos por las armas.

HIDALGO: Sólo a los que se opongan, Ignacio. Capitán Arias, a usted le corresponde encabezar el levantamiento en Celaya y posteriormente apoyar con su regimiento al capitán Allende, en San Miguel el Grande.

ALLENDE: Qué mala memoria tiene. El plan es exactamente al revés, padre. Apenas estalle la revuelta, yo iré de San Miguel a Celaya a apoyar al capitán Arias.

HIDALGO: (SIRVE TRES COPAS DE VINO) En fin, ustedes se ponen de acuerdo en ese tipo de detalles estratégicos. Lo importante es que iniciemos el movimiento que habrá de derrocar al mal gobierno. (A ARIAS) No necesito decirle que la empresa es harto riesgosa. Es indispensable la más absoluta lealtad. Debo preguntarle, capitán Arias… ¿contamos con usted?

ALLENDE: Piénsalo muy bien, Joaquín. La más pequeña falla, la mínima duda, el titubeo más leve, y nuestras cabezas rodarán por el suelo en menos de lo que canta un gallo.

ARIAS: (PAUSA. SOLEMNE) Juro por todos los cielos que mi lealtad es inquebrantable.

HIDALGO: (SATISFECHO) ¡Sabía que contábamos con usted! ¡Brindemos por nuestra futura victoria! ¡Salud!

(BEBEN. ALLENDE Y ARIAS HACEN GESTOS DE ASCO. HIDALGO SABOREA EL VINO. CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL ÁREA DE LA ENTREVISTA DE COLLADO A DOÑA JOSEFA).

 

III

COLLADO: No puedo concebir que el cura Hidalgo padeciera ese tipo de problemas con sus hermanos.

JOSEFA: ¿No lo sabía?

COLLADO: Le juro que no.

JOSEFA: Sus hermanos han sido determinantes en sus decisiones. Precisamente José Joaquín, el mayor, era párroco en Dolores. A su fallecimiento, Miguel lo sustituyó.

COLLADO: Tampoco estaba enterado.

JOSEFA: La feligresía lo adora. Y cómo no, si gracias a sus esfuerzos en Dolores cuentan con varias industrias que les ha traído prosperidad: carpintería, alfarería, curtidora, talabartería, hasta cría de gusanos de seda, y una orquesta de música. Miguel tiene un gran corazón.

COLLADO: ¿Le parece un acto de suprema nobleza llevar al pueblo a una lucha fratricida y sin la menor oportunidad de victoria?

JOSEFA: No es fratricida. Se trata de peninsulares contra americanos.

COLLADO: Usted me acaba de regalar el mejor ejemplo: José María contra Miguel.

JOSEFA: Por lo visto, sigue sin entender nada. Esta tierra, contra viento y marea, será independiente.

COLLADO: Lo dudo. A pesar de los problemas el gobierno español sigue siendo sólido. Pero dejemos las discusiones para después y sígame platicando.

JOSEFA: El cura Hidalgo es muy perspicaz. Tal y como lo sospechó, Mariano Galván, el secretario, delató la conjura por un miserable puesto en una fábrica de cigarros. Supe que le contó todo a su jefe, el encargado de correos de Querétaro, don Joaquín Quintana, quien de inmediato partió a la ciudad de México para revelarle los hechos al Oidor, don Guillermo de Aguirre y Viana. Éste, procurando verse cauteloso, se limitó a aconsejarle al señor Quintana que estableciera contactos con la milicia para que vigilaran los pasos de los conjurados.

COLLADO: ¿Y cómo es que sabe usted todos esos detalles?

JOSEFA: Señor Collado, yo también poseo mis oidores. Y más de los que usted pueda imaginar. Continuaré: Galván no fue el único delator. Un soldado de nombre Juan Garrido hizo lo propio ante el Intendente de Guanajuato, Juan Antonio Riaño. Pero ahí no paró la cosa. Desafortunadamente, dentro de los propios organizadores de la insurrección estaba a punto de colarse la más baja de las traiciones.

(CAMBIO DE LUZ. DEL OTRO LADO DEL ESCENARIO, EL ALCALDE OCHOA Y EL ESCRIBANO DOMÍNGUEZ JUEGAN CARTAS; MONEDAS EN LA MESA. LUEGO, LLEGA EL CAPITÁN JOAQUÍN ARIAS).

 

IV

ESCRIBANO: Permítame doblar la apuesta, don Juan.

OCHOA: ¡Caramba, señor escribano, al paso que vamos usted me va a dejar sin un peso en la bolsa!

ESCRIBANO: No se alarme, señor Alcalde. Sé en qué momento dejarme ganar.

OCHOA: Tampoco, Domínguez. Eso es tanto como decirme que soy un pedazo de…

ESCRIBANO: Recuerde que el secreto es la malicia, licenciado, malicia.

OCHOA: Pues por más que pienso y me concentro en ser malicioso no ligo un buen… (TOCAN A LA PUERTA) ¡Rosa! ¡Mariana! ¡Alguien que abra la puerta!

ESCRIBANO: ¿Esperaba a alguien?

OCHOA: No. Debe ser algún indio. Ya ve que estos patarrajadas endiosan a las autoridades y no lo dejan a uno en paz.

ESCRIBANO: Lo compadezco. Mire que tener que lidiar a diario con el leperaje... Usted sí que se la pasa en a-prietos… ¡qué buen juego de palabras! (RÍE SOLO).

ARIAS: (ENTRANDO) Señor Alcalde Ochoa, señor Escribano Domínguez, mis respetos.

OCHOA: ¡Pero qué sorpresa, capitán Arias! Tome asiento.

ARIAS: (INDECISO) No sé si estoy interrumpiendo su…

ESCRIBANO: Descuide, capitán. Ha llegado providencialmente a salvar al licenciado de una masacre.

OCHOA: No exagere, señor escribano, si no qué va a decir aquí el capitán, que yo soy un… Pero a ver, capitán, tome asiento y dígame, ¿qué asunto lo trae por aquí? (SILENCIO).

ESCRIBANO: Hable con toda confianza, capitán. Entre el licenciado y yo no hay secretos.

OCHOA: Es cierto.

ARIAS: Antes, una pregunta: ¿ya habló con ustedes el soldado Juan Garrido?

ESCRIBANO: (RÁPIDO) Ya. No se explicó bien, así que le rogamos que usted nos diga qué tan grave es el problema.

ARIAS: (PARA SÍ) ¡Sabía que era un delator! (A ELLOS) Sumamente grave, señores. Tanto, que sus vidas, y las de todo español que habite estas tierras, corren peligro.

OCHOA: Ah, bárbaro. Pues de qué se trata.

ARIAS: Un grupo de personas, criollos en su mayoría, se ha venido reuniendo con el propósito de organizar una revuelta que derroque al gobierno.

OCHOA: ¡Pero qué desfachatez!

ESCRIBANO: Permítame, señor Alcalde. (A ARIAS) Qué tan numeroso es ese grupo.

ARIAS: Antes de darles cualquier pormenor quiero que me prometan que, por el momento, no revelarán a nadie la fuente de esta información, y llegado el caso, habrán de protegerme ante las autoridades virreinales.

ESCRIBANO: (RÁPIDO) Cuente con eso. 

OCHOA: Me… me arrebató la palabra, escribano.

ARIAS: Lo único que puedo decirles es que la insurrección está planeada para el primero de octubre. Ese día, algunos militares cuyos nombres diré en su momento, tienen la misión de aprisionar a los españoles, apoderarse de sus bienes, y en caso de ser necesario, pasarlos por las armas.

OCHOA: Pero qué salvajes… De nada han servido nuestros intentos por civilizar a esta punta de…

ESCRIBANO: Una pregunta más, y por mi parte le prometo no volver a tocar el tema: ¿cuáles ciudades serán las primeras?

ARIAS: Decirle eso sería tanto como decirle los nombres de los involucrados.

ESCRIBANO: Respeto su cautela.

OCHOA: Yo también.

ESCRIBANO: Una pregunta más, una cosa de nada: capitán, ¿qué lo hizo decidirse a hacer esta valiosa declaración?

ARIAS: Mi lealtad al gobierno español. Juro por los cielos que mi lealtad es inquebrantable.

ESCRIBANO: No lo dudo. Supongo que se enteró por casualidad.

ARIAS: Exacto.

OCHOA: Puede irse, capitán Arias. Yo sabré qué hacer.

ESCRIBANO: Y pierda cuidado. Su nombre y su honor permanecerán sin mácula.

ARIAS: Así lo espero. Señores, con su permiso. (SALE)

OCHOA: ¿Quién es ese tal soldado Juan Garrido? ¿Cuándo habló con usted?

ESCRIBANO: Jamás. No tengo la menor idea de quién se trate.

OCHOA: (PENSANDO) Ah, ya entendí. (RÍE) ¡Ya entendí! Es usted muy hábil, señor escribano Domínguez. ¡Lo hizo caer en…! (RÍE. PAUSA) Qué piensa.

ESCRIBANO: El caso me divierte. A primera vista se trata de una revuelta de poca monta.

OCHOA: Y qué debemos hacer.

ESCRIBANO: Por lo pronto enviaré una notificación al virrey Venegas para cubrirnos las espaldas. (PAUSA) Obviamente Arias está coludido con la insurrección y está tanteando el terreno, a ver cuál bando le conviene tomar.

OCHOA: ¿Entonces debemos aguardar?

ESCRIBANO: Es cuestión de paciencia y este traidor, u otro, nos darán más información. Cuando menos lo esperemos, y de la persona más insospechada, saldrán a relucir los nombres de los implicados, se lo aseguro, don Juan. Recuerde que el secreto es la malicia, licenciado, malicia.

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL ÁREA DE LA ENTREVISTA. DOÑA JOSEFA CON COLLADO).

 

V

COLLADO: Supongo que ése fue un golpe fulminante.

JOSEFA: Debo confesarle que, cuando me enteré, tuve un instante de duda sobre nuestro movimiento. El capitán Arias había mostrado un entusiasmo desbordante desde las primeras juntas.

COLLADO: Además, tengo entendido que es un gran militar.

JOSEFA: Si Allende no hubiera estado con nosotros, al capitán Arias le hubiera correspondido ser el líder. Es un gran estratega. (PARA SÍ) Y hasta la fecha, no logro explicarme porqué lo hizo. (SONRIENDO) Y no me lo va a creer, pero no fue el último delator.

COLLADO: Bueno, pues esto ya es un carnaval. ¿Y aún piensa que con tanta delación su revuelta va por buen camino?

JOSEFA: Claro.

COLLADO: Me apabulla su candidez. Bueno, lo entiendo, después de todo usted debe ser muy romántica.

JOSEFA: Menosprecia a las mujeres, señor Collado.

COLLADO: Soy objetivo.

JOSEFA: Seguro piensa, además, que somos débiles, histéricas, no sabemos guardar secretos.

COLLADO: No quise insinuarlo.

JOSEFA: Un secreto revienta más pronto en el pecho de un hombre que en el de una mujer. Le decía que faltaba una delación; la que verdaderamente precipitó los acontecimientos: la de uno de los mejores amigos del cura Hidalgo.

(CAMBIO DE LUZ. EN EL OTRO LADO, EL JUEZ ECLESIÁSTICO RAFAEL GIL DE LEON. LLEGA FRANCISCO BUERA, AMANERADO).

 

VI

PADRE GIL: ¿Que viene a denunciar una qué?

BUERA: Conspiración. Una con-spi-ra-ción.

PADRE GIL: ¿Quiere explicarse, mi señor? Por principio de cuentas, quién es usted.

BUERA: Mi nombre es Francisco Buera, para servirle. Usted no se acuerda de mí pero alguna vez nos presentó el Obispo de Michoacán, el padre don Manuel Abad y Queipo, quien es íntimo mío, y por cierto terminando de hablar con su señoría, viajaré de inmediato a Valladolid con el objetivo de…

PADRE GIL: ¿Podría ir directamente al meollo del asunto?

BUERA: Es un hecho que reviste suma gravedad así que le solicito su máxima atención.

PADRE GIL: Hable, señor Francisco, ¿cómo dijo?

BUERA: Buera. Francisco Buera, a sus órdenes. Verá: hasta hace poco consideré al cura de Dolores, don Miguel Hidalgo, íntimo mío. Lo conozco desde que él era rector del Colegio de San Nicolás. Debo confesar que me sedujo su sagacidad, su brillantez, incluso no sé si sepa, pero llegó a ganarse el mote de “el zorro”. Poseía una lengua extremadamente ágil y yo cada vez que lo oía hablar, bueno…

PADRE GIL: Acláreme lo de la conspiración, señor Buera.

BUERA: Claro. A eso vengo, dado que usted, don Rafael Gil de León, es juez eclesiástico y el asunto le compete. Mire, debido a mi estrecha amistad -que tuve- con el señor Hidalgo, asistí a dos tertulias literarias a las que él me invitó. Cuál no sería mi sorpresa cuando me percaté de que tales “tertulias” no eran otra cosa que reuniones sediciosas en las que se hablaba pestes de nuestro sacrosanto gobierno.

PADRE GIL: ¿Sólo se hablaba mal?

BUERA: A eso voy, su ilustrísima. En la última reunión de las dos que presencié, en casa del licenciado Parra -íntimo mío pero ya no pienso dirigirle nunca más la palabra-, se dijo que, cito textual, “ha llegado el momento de salir del letargo de la conquista”.

PADRE GIL: Y qué más.

BUERA: También se mencionó que había que armar al pueblo para, óigalo bien, aniquilar a los españoles que, cito textual, “han esquilmado estas tierras arrancándonos los tesoros que nos pertenecen”.

PADRE GIL: Quiénes manejan los hilos de la insubordinación.

BUERA: Debo mencionar en primerísimo sitio al cura Hidalgo. De hecho -y tonto de mí, tardé tiempo en percatarme-, es un pájaro de cuenta. Su vida disipada ya ha sido objeto de averiguaciones por parte del Tribunal de la Santa Inquisición. ¿Usted cree?

PADRE GIL: ¿Ah, sí? Por qué.

BUERA: (OFENSIVO) ¿Cómo que por qué? (RECOMPONE) Discúlpeme, su excelencia, pero el asunto me exacerba. Citaré un par de ejemplos: en su casa de San Felipe Torresmochas, llamada la Francia Chiquita, el cura olvidó sus sagrados deberes para dedicarse en cuerpo y alma al frenesí de bailes, comilonas, representaciones teatrales y demás bacanales. El vino que allí se bebía alcanzaría para todo un regimiento. También se sabe de su sospechosa cercanía con mujeres de dudosa reputación. Parece que debajo de esa sotana hierve el corazón de un don Juan. Qué grave. Y por si fuera poco, su biblioteca está repleta de libros prohibidos.

PADRE GIL: Como cuáles.

BUERA: Verá… en este momento no me vienen a la memoria, pero…

PADRE GIL: ¿Puede mencionar los nombres de otros alzados?

BUERA: Me duele en el alma revelar que están involucrados, al grado de fabricar y poseer en sus casas cantidades insospechadas de cartuchos y armas, don Epigmenio y don Emeterio González, ambos hermanos, fueron íntimos míos, así como el señor Sámano.

PADRE GIL: Íntimo suyo.

BUERA: No, a ése apenas lo conozco. ¿Se imagina?, piensan repartir esas armas entre el populacho para matarnos a todos los peninsulares.

PADRE GIL: Sí, es terrible. Gracias, señor don Francisco Buera. Deje el caso en mis manos.

BUERA: Muy bien, su ilustrísima, me retiro. (YENDO HACIA LA PUERTA) ¿No le molesta que pase en otra ocasión para platicar de asuntos más agradables?

PADRE GIL: Ande, don Francisco, vaya con Dios.

BUERA: Por cierto, el Conde de la Cadena, íntimo mío, le manda muchos saludos y me dijo que el próximo domingo le invita un molito…

PADRE GIL: Adiós, señor.

BUERA: (ANTES DE SALIR) Ah, por cierto. Se me olvidaba comunicarle un rumor. Aclaro, se trata sólo de un rumor y yo no metería las manos al fuego para asegurar la veracidad de esta información, por lo demás hórrida. Se dice… (EN SECRETO) se dice que está involucrado don Miguel Domínguez, el Corregidor. Es íntimo suyo, ¿no es así? Adiós, su ilustrísima. (SALE)

(SE AÑADE UNA LUZ TENUE EN EL ÁREA DE LA CORREGIDORA)

 

VII

COLLADO: Es curioso, pero aquí en la Nueva España el rumor es más fuerte que la certeza.

JOSEFA: En la vieja España también sopla por sotavento. Disculpe, pero usted me provocó. Permítame continuar: Don Rafael Gil de León percibió de inmediato la gravedad del conflicto. Aquí debo confesar que el Padre Gil es un amigo entrañable, tanto de mi marido como mío.

COLLADO: Es decir, que él también…

JOSEFA: Él no estaba implicado en la sedición pero en repetidas ocasiones escuchó con paciencia mis ideas. Seguramente intuyó en el acto el tejido completo de la conspiración. A los pocos minutos de haber hablado con Buera, se presentó en la casa y, al estar frente a frente, me vio de una forma que no podré olvidar.

(JOSEFA SE DESPLAZA AL OTRO LADO DEL ESCENARIO HASTA QUEDAR FRENTE A RAFAEL GIL. CONTINÚA CON LA NARRACIÓN).

JOSEFA: No supe qué decirle. Él tampoco. Sin embargo, su mirada fue de una elocuencia total. Supongo que la mía también. Quise expresarle que no se preocupara por mí, que estaba segura de estar haciendo lo correcto, que sabía que gracias a eso pronto vendrían tiempos mejores.

COLLADO: Parece que ustedes tienen unos ojos muy parlanchines.

JOSEFA: Miguel llegó, y el destino comenzó a trazarse.

(ENTRA DON MIGUEL DOMÍNGUEZ).

 

VIII

DON MIGUEL: Pero qué descortesía es esta. Don Rafael Gil de León en mi casa y nadie es capaz de anunciarme su llegada.

PADRE GIL: Perdóneme, don Miguel. La culpa ha sido mía. La puerta estaba abierta y entré sin avisar.

DON MIGUEL: Como debe de ser. Ésta es su casa, padre. Si a usted se le da la gana podría pasarse de la calle directamente hasta el retrete.

JOSEFA: ¡Miguel!

MIGUEL: Déjanos solos, Josefa, y que nos traigan algo de beber. (EL PADRE GIL Y DON MIGUEL SE SIENTAN)

PADRE GIL: No quiero nada. A menos que usted…

DON MIGUEL: Tampoco. Entonces que no nos molesten.

PADRE GIL: Hasta pronto, señora.

JOSEFA: (REGRESA A SU ÁREA. A COLLADO) No respondí nada. Salí muy decidida, como quien va a cumplir con sus deberes, ¿pero usted cree que iba a perder detalle de aquella plática?

COLLADO: Claro que no.

JOSEFA: Con mucho sigilo me coloqué detrás de una puerta, y escuché.

(JOSEFA SE COLOCA EN POSE DE OÍR A ESCONDIDAS. DON RAFAEL Y DON MIGUEL CONTINÚAN LA PLÁTICA).

PADRE GIL: Don Miguel, usted sabe que no me gusta andarme con rodeos. Dígame, ¿qué sabe de ciertas veladas literarias que disfrazan una conspiración contra el virreinato?

DON MIGUEL: (ALARMADO) ¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios! ¡O sea que ya se sabe! (SE LEVANTA, CAMINA DE UN LADO A OTRO. SACA UN PAÑUELO Y LO PASA POR SU FRENTE)

PADRE GIL: ¡Que si ya se sabe! Suda usted.

DON MIGUEL: Y no es para menos.

PADRE GIL: Por qué mejor no me cuenta todo.

DON MIGUEL: ¡Qué horror! El corazón se me va a desbocar. Cómo saldremos de éste lío. Si las cosas se complican, le juro que me suicido. Eso es… ¡me mato!

PADRE GIL: Don Miguel, cálmese y cuénteme.

DON MIGUEL: Qué espanto. Y todo por mi debilidad de carácter. ¡Sí, soy débil, lo reconozco!

PADRE GIL: Tome aire, cálmese, y cuénteme.

DON MIGUEL: (RESPIRA) Resulta que Josefa organizó las dichosas veladas. ¡Le dije que no lo hiciera pero tenía que salirse con la suya! ¡Como siempre! A ellas acudieron militares, comerciantes, licenciados, médicos, todos, criollos inconformes con el gobierno. Las efectuaron en mi casa. ¡Imagínese! Cada reunión se me destrozaban los nervios. Con toda seguridad advirtieron mi enfado y pronto buscaron otros sitios. Claro, mi mujer dejó de hablarme por un tiempo. El caso es que ella sigue solapando el movimiento, que al parecer, estallará dentro de poco.

PADRE GIL: Entonces usted no está de acuerdo.

DON MIGUEL: ¡Pero cómo voy a estar de acuerdo, don Rafael! Llevo muchos años trabajando de manera honesta, seria y cabal para el virreinato.

PADRE GIL: Es lo primero que deseaba oír.

DON MIGUEL: Usted sabe lo agradecido que estuve con el virrey Marquina; fue un padre para mí, con perdón de usted. No niego que el gobierno ha cometido injusticias, pero desde mi humilde sitio he tratado de enderezar un poco las cosas. ¡Pero de eso a participar en la revuelta…!

PADRE GIL: Pues un amigo del cura Hidalgo, un tal Francisco Buera, me informó que usted está implicado.

DON MIGUEL: (ALARMADO) ¡¿Eso anda pregonando?! (TOMA UNA PISTOLA) ¡Dios misericordioso, yo me mato!

PADRE GIL: ¡Pero qué hace! ¡Está loco!

DON MIGUEL: Descuide. No está cargada. ¡Pero la voy a cargar y entonces sí…!

PADRE GIL: Tranquilo, don Miguel. Mejor hallemos una solución.

DON MIGUEL: Qué más le dijeron.

PADRE GIL: Que están involucrados Epigmenio y Emeterio González, y un tal Sámano. Que en sus casas hay armamento.

DON MIGUEL: ¡Qué horror! ¡No quiero vivir! ¡Esto es una pesadilla!

PADRE GIL: Tengo una idea.

DON MIGUEL: Dígala. ¡Pero ya! Usted será mi ángel salvador.

PADRE GIL: Tenemos qué protegerlo a usted y a su señora. Y de paso protegerme a mí.

DON MIGUEL: Pero qué hacer. ¡Qué hacer, padre!

PADRE GIL: Silencio. Déjeme pensar. (LENTO) Debe realizar una diligencia oficial, digamos… un cateo en casa de alguno de ellos, quien sea.

DON MIGUEL: ¿Epigmenio?

PADRE GIL: Cualquiera.

DON MIGUEL: ¿Y si de veras le encuentro armas? Es mi amigo y me dolería mucho…

PADRE GIL: Cumpla con su deber. El caso es que se apersone usted, hoy mismo, y con alguien que de fe de su diligencia.

DON MIGUEL: Tendría que ser el Escribano, don Juan Fernando Domínguez. Él es la autoridad indicada.

PADRE GIL: Vaya con él. No hay que perder un segundo. Debemos adelantarnos a que Francisco Buera siga divulgando la información. Haga lo que le digo.

DON MIGUEL: Así lo haré.

PADRE GIL: Cuídese. Y cuide mucho a su mujer. Usted me entiende.

DON MIGUEL: Claro que lo entiendo. Gracias, padre. Vaya con Dios. (HACIA AFUERA) ¡Juan! ¡Juan! (APARECE UN MOZO)

MOZO: Mande usted, señor don Miguel.

DON MIGUEL: Vete de inmediato a la casa del Escribano Domínguez…

MOZO: ¿Su tocayo?

DON MIGUEL: Ay, Juan, sabes muy bien que me repugna esa palabreja. Bueno, ve y dile que me urge verlo, que si es tan amable de venir.

MOZO: ¿Y si no está en su casa?

DON MIGUEL: ¡Pues a ver cómo le haces pero me lo traes ahorita mismo!

MOZO: Como usted ordene. (SALE)

(SALE EL PADRE GIL. APARECE JOSEFA).

 

IX

JOSEFA: Miguel, qué acabas de hacer.

DON MIGUEL: Acabo de salvarte la vida, Josefa. Y no me hables en ese tono.

JOSEFA: Te hablo como se me dé la gana. Por qué dijiste que no estabas de acuerdo con el movimiento.

DON MIGUEL: Para no empeorar las cosas. Don Rafael Gil tiene amigos muy influyentes. ¡Qué horror! ¡Nada más de pensar!

JOSEFA: No te haría mal un poco de valentía.

DON MIGUEL: Y a ti otro tanto de sensatez. Piensa en tus hijos.

JOSEFA: Todo esto lo hago pensando en ellos.

DON MIGUEL: Si hubieras pensado tantito en ellos, en mí, no te hubieras metido en este embrollo.

JOSEFA: Deja de sermonearme. Mientras esperas al escribano yo voy a la calle. Tengo cosas importantes qué hacer.

DON MIGUEL: Ah, no. Hasta ahora las cosas se han hecho a tu antojo. A partir de este instante las órdenes las doy yo.

JOSEFA: Qué es lo que pretendes. ¿Traicionarlos?

DON MIGUEL: Al contrario. Pienso tomar la sartén por el mango. Manejando las investigaciones, puedo dirigirlas a nuestra conveniencia.

JOSEFA: ¿Ah, sí? Cómo.

DON MIGUEL: En primer lugar, tengo que averiguar qué tanto se ha difundido el rumor de la conspiración entre los españoles.

JOSEFA: A ver, Miguel, eres muy precipitado. Piensa. Para empezar, hubieras llamado al Alcalde Ochoa para hacerte acompañar en la diligencia. Es más fácil de manipular. Pero no, se te ocurrió llamar al Escribano.

DON MIGUEL: En eso sí tienes razón. Tal vez todavía puedo…

JOSEFA: Olvídalo. Ya ni modo. Qué tal que el escribano ya sabe algo. Acuérdate que es un tipo muy peligroso.

DON MIGUEL: Bueno, de eso se trata. De saber cuánta información tiene. Tengo que sondearlo. Si no sabe nada, pues podemos estar tranquilos.

JOSEFA: ¿Y si sí?

DON MIGUEL: Este… si lo sabe… este… tengo que mostrarle mi decisión en las investigaciones. Tú sabes, para que tenga la certeza de que yo no estoy involucrado.

JOSEFA: Eso me parece bien.

DON MIGUEL: Si las cosas avanzan demasiado… pues… haré valer mi rango de Corregidor y, como máxima autoridad en Querétaro, diré que yo, personalmente, debo hacer indagaciones, interrogatorios, más cateos, y en caso de ser necesario, aprehensiones.

JOSEFA: Espero que las cosas no lleguen a ese punto.

DON MIGUEL: Tengo que averiguar si alguien posee pruebas contra mí.

JOSEFA: Es verdad. Adelántate a casa de Epigmenio para poder prevenirlo.

DON MIGUEL: Es cierto. Tengo que irme. (PARA SÍ) ¡Qué espanto! ¡Por qué tuvo que pasar esto! ¡Y todo por mi debilidad de carácter!

JOSEFA: Deja de martirizarte. Me deprimes.

DON MIGUEL: (QUITÁNDOSE LA CORBATA) ¿Y tú, a quién pensabas visitar?

JOSEFA: Ningún “pensabas”. Tengo que dar aviso a Allende, a Hidalgo, a Arias. Mientras tú los entretienes, nosotros debemos precipitar el estallido.

DON MIGUEL: Conque precipitar el estallido. Tal vez tengas razón. Pero siéntate un segundo. Hablemos.

JOSEFA: No hay nada qué hablar. Apúrate.

DON MIGUEL: Sólo un segundo. Tengo algo importante que revelarte. Algo que no te he dicho.

JOSEFA: (SENTÁNDOSE) Dilo pronto.

DON MIGUEL: Mira; recientemente he estado pensando que sería conveniente… (CON LA CORBATA, LE AMARRA LAS MANOS EN EL RESPALDO DE LA SILLA).

JOSEFA: ¡Qué haces, Miguel! ¡Me lastimas!

DON MIGUEL: Lo siento mucho. Hace tiempo que debí hacer esto.

JOSEFA: ¡Me duele! ¡Ay, Miguel, no seas bruto! ¡Tú sabes que tengo muy mala circulación! ¡Suéltame! ¡Se me van a gangrenar las manos! ¡Ya siento un hormigueo horrible!

DON MIGUEL: No seas escandalosa. No te amarré fuerte. Pronto podrás soltarte. Pero no deberás salir de esta casa.

JOSEFA: ¡¿Estás loco?! ¡Tengo que salvar la insurrección! ¡Tengo que avisarles que adelanten todo! ¡No hacer nada sería tanto como traicionarlos! ¡Suéltame! ¡Déjame salir!

DON MIGUEL: Lo siento. Debo dejarte encerrada.

JOSEFA: Ni se te ocurra cerrar con llave. Me dan pánico los lugares cerrados. Siento que me ahogo. Te lo juro.

DON MIGUEL: No seas mentirosa.

JOSEFA: ¡Miguel! ¡Miguel Domínguez! ¡Por tus hijos, déjame salir a la calle! ¡Si me encierras no volverás a verme en la vida!

DON MIGUEL: Regreso en unas horas. Deséame suerte. (SALE)

JOSEFA: Ojalá que te lleven al fondo del averno los diez mil demonios y su corte… ¡Miguel, suéltame! ¡Que me sueltes, coño! ¡Me puedo caer!

(JOSEFA SE CAE DE LADO. ENTRA COLLADO, LA LEVANTA Y LA DESAMARRA).

 

X

COLLADO: No puedo creer que su marido haya sido capaz de eso.

JOSEFA: Yo menos. Con cuidado, señor, que tengo lastimado el hombro.

COLLADO: No, señora, las muñecas. Mire nada más las marcas que le dejó.

JOSEFA: Es lo de menos. Si en el mundo hay un hombre tierno, cariñoso, es él. Lo amé desde la primera vez que lo vi, en el Colegio de las Vizcaínas, en 1789. ¿Sabe? Me considero una mujer feliz por el hecho de haberme casado con el hombre de mi vida.

COLLADO: Pues el hombre de su vida la dejó como Santocristo.

JOSEFA: Estas huellas no son nada. Lo malo es lo que no alcancé a aconsejarle.

COLLADO: Qué cosa.

JOSEFA: Que aunque el Escribano le confesara que no sabía nada, no le creyera una palabra. Miguel es bueno como una oveja, excesivamente confiado, y estaba a punto de medirse con un hombre astuto, zorruno.

(JOSEFA Y COLLADO HAN REGRESADO A SU SITIO. DEL OTRO LADO DEL ESCENARIO SE ENCIENDE LA LUZ. DON MIGUEL A LA ESPERA. EL ESCRIBANO LLEGA CON EL MOZO, QUE DE INMEDIATO SALE).

 

XI

ESCRIBANO: Don Miguel, usted ha de disculpar la tardanza pero tenía que finiquitar un par de trámites engorrosos.

DON MIGUEL: Al contrario. Usted perdone la urgencia del llamado.

ESCRIBANO: Para qué soy bueno.

DON MIGUEL: Venga para acá, señor Escribano. El asunto requiere mucha discreción. Incluso me molesta hablar estas cuestiones a mitad de la calle.

ESCRIBANO: Si gusta podemos charlar allá arriba, en su casa. De hecho supuse que ahí deseaba usted que nos encontráramos.

DON MIGUEL: ¡No! Es que… están haciendo unas remodelaciones y, usted sabe, está lleno de trabajadores.

ESCRIBANO: Pues no se escuchan martillos ni serruchos. Aunque parece que oigo los gritos de una mujer.

DON MIGUEL: No haga caso. Seguro es mi esposa que los está poniendo en su lugar. Además, recuerde que abajo vive el encargado de la cárcel.

ESCRIBANO: Don Ignacio Pérez.

DON MIGUEL: Exacto. Y no vaya a ser que él, o alguien de su familia, tengan las orejas muy largas.

ESCRIBANO: En fin, como guste. Me sorprende tanta seriedad.

DON MIGUEL: No es para menos. Antes que nada, quisiera preguntarle… ¿ha sabido algo acerca de cierta conspiración criolla llevada a efecto aquí en Querétaro?

ESCRIBANO: Perdón, ¿podría repetírmelo? No doy crédito.

DON MIGUEL: (ALEGRE) Lo sabía. Qué tranquilidad.

ESCRIBANO: ¿Qué dijo?

DON MIGUEL: (SOLEMNE) Digo… que qué tranquilidad se respira en la ciudad, y sin embargo, por debajo se oyen los rumores de una conjura contra el gobierno.

ESCRIBANO: No habla en serio. ¿Aquí? ¿En nuestra ciudad?

DON MIGUEL: Desafortunadamente, sí.

ESCRIBANO: Pero… quién… quiénes… dónde. ¡Virgen de los Remedios!

DON MIGUEL: En mi carácter de Corregidor, es lo que me propongo investigar, y para eso requiero de su apoyo.

ESCRIBANO: Cuente con él.

DON MIGUEL: He prometido no revelar aún la identidad de mi fuente.

ESCRIBANO: Ni falta que hace. ¡Por vida de Dios!

DON MIGUEL: Al parecer, se trata de un levantamiento débil desde su origen, minúsculo, inocuo.

ESCRIBANO: No obstante, usted es un hombre precavido.

DON MIGUEL: Gracia, señor Escribano. Ha entendido que a pesar de la probable  insignificancia del hecho, debemos actuar ya.

ESCRIBANO: Hagámoslo.

DON MIGUEL: Se dice… que… uno de los presuntos involucrados… es el señor… el señor…

ESCRIBANO: ¿El señor…?

DON MIGUEL: El señor Epigmenio González.

ESCRIBANO: ¿El comerciante? ¡No me diga! Pero si es un hombre de una honorabilidad sin tacha.

DON MIGUEL: Lo mismo he escuchado.

ESCRIBANO: Le juro que no lo puedo creer.

DON MIGUEL: Pues para salir de dudas le propongo ir a su casa a realizar las pesquisas conducentes.

ESCRIBANO: A decir verdad, me parece un tanto ocioso, sin embargo…

DON MIGUEL: Si quiere lo dejamos para mañana.

ESCRIBANO: Me temo que, una vez planteada la incógnita, debemos despejarla con rapidez. Por el bien de todos.

DON MIGUEL: ¿Usted cree?

ESCRIBANO: Es lo conducente.

DON MIGUEL: Ni hablar. Vamos.

ESCRIBANO: Mire, a mi vez le propongo esto: ya ve que, para realizar una indagatoria de esta naturaleza, la ley nos obliga hacernos acompañar por una autoridad militar.

DON MIGUEL: Caray, es cierto, lo olvidaba. Pero no veo necesidad de…

ESCRIBANO: Es lo que quiero proponerle. Una salida… extrajudicial, por decirlo de alguna manera. Sólo vayamos usted y yo, inspeccionamos, y si no vemos nada grave, nos vamos a mi casa a echarnos un par de botellas de vino, ¿le parece?

DON MIGUEL: Estoy de acuerdo. Vamos, señor Escribano.

ESCRIBANO: Como le dije al principio, tengo un par de piedritas en el zapato. Adelántese usted. Lo alcanzo en unos minutos frente a la casa de… (BURLÓN) del involucrado.

DON MIGUEL: (RÍE) “Del involucrado”… Qué bueno que tomó todo esto con humor. Está bien. Nos vemos allá. (PARA SÍ) ¡Qué tranquilidad! (AMBOS SALEN).

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL ÁREA DE LA CONVERSACIÓN ENTRE JOSEFA Y COLLADO).

 

XII

COLLADO: De veras que el tal Escribano es un hombre de cuidado.

JOSEFA: Y aún no concluye su papel en esta historia.

COLLADO: ¿Y usted? No me diga que no pudo soltarse de la silla.

JOSEFA: ¡Claro que pude! Mediante esfuerzos sobrehumanos. Tenía una misión qué cumplir.

COLLADO: Y cómo la cumplió. Su marido no sólo la ató de manos, sino que le quitó toda posibilidad de acción al tenerla bajo llave.

JOSEFA: Señor Collado, insisto en que usted menosprecia a las mujeres.

COLLADO: No me diga: ¿se comunicó con un fantasma, amigo suyo, para que le ayudara a salir del cuarto?

JOSEFA: No salí.

COLLADO: ¿Entonces? ¿Utilizó su poder mental? (ELLA NIEGA) No entiendo qué pudo hacer.

JOSEFA: Es divertido platicar con usted. (PAUSA) Justo debajo de mi casa vive el alcalde de la cárcel de la ciudad. Ignacio Pérez. ¿Recuerda? Un hombre sencillo, de pocas palabras y gran pasión. Participó en todas las juntas.

COLLADO: No me diga que…

JOSEFA: Sí. También pertenecía a la insurrección. Nunca imaginé que fuera a ocurrir algo tan absurdo como quedarme encerrada en mi propia casa, ¿no le parece?

COLLADO: Es muy difícil de prever.

JOSEFA: Pero Ignacio Pérez, supongo que presintiendo que algo así habría de suceder, me aconsejó que si, por cualquier motivo, yo tenía un apuro, diera en el piso tres fuertes taconazos.

COLLADO: (RÍE) ¡Eso sí es increíble!

JOSEFA: Pues eso hice. (JOSEFA DA TRES TACONAZOS. DEL OTRO LADO DEL ESCENARIO, APARECE IGNACIO PÉREZ, ILUMINADO POR UN REFLECTOR).

 

XIII

IGNACIO: Doña Josefa, ya estoy aquí. ¿Puede hablar?

JOSEFA: ¿Estás solo?

IGNACIO: No hay problema. Dígame qué se le ofrece.

JOSEFA: Hay malas noticias, Ignacio. La conjura ha sido descubierta.

IGNACIO: (FURIOSO) ¡No me diga! ¡Carajo! ¡Carajo y mil veces carajo!

JOSEFA: Ignacio, tranquilízate y escúchame.

IGNACIO: ¡Lo sabía! ¡Sabía que algo así iba a pasar! Era demasiada gente…

JOSEFA: Ignacio, pon atención.

IGNACIO: Desde que escuché el primer taconazo me dio un vuelco el corazón, se lo juro por la Virgencita de Guadalupe.

JOSEFA: Ignacio, acércate, no te vayas.

IGNACIO: Dígame quién fue el maldito, quién fue para ir a partirle el alma…

JOSEFA: Ignacio…

IGNACIO: … a él y a toda su familia gachupina, porque le juro que los voy a tasajear como reses, los voy a abrir en canal para que se les salten las tripas…

JOSEFA: Ignacio, óyeme, por el amor de Dios.

IGNACIO: Ya no se puede confiar en nadie, me zurro quinientas veces en la puta madre del traidor…

JOSEFA: ¡Ignacio, ya! (SILENCIO)

IGNACIO: Perdóneme, doña Josefa. Perdóneme. Se me subió la sangre a la cabeza.

JOSEFA: Pues bájatela.

IGNACIO: Dígame qué debo hacer.

JOSEFA: Escúchame bien: tienes qué ir lo más rápido que puedas, hoy mismo, hasta San Miguel el Grande, y decirle al capitán Allende, fíjate bien, que hay que adelantar la fecha de la insurrección.

IGNACIO: … qué digo quinientas, mil veces me cago en la putérrima madre del rastrero…

JOSEFA: Ignacio, ¿me oíste?

IGNACIO: ¿Qué me dijo?

JOSEFA: Que vayas en el acto con el capitán Allende y le digas que hay que adelantarlo todo.

IGNACIO: ¿Y si no lo encuentro?

JOSEFA: Con el cura Hidalgo.

IGNACIO: ¿Y si de pura casualidad tampoco está?

JOSEFA: Pues con Aldama, o con Abasolo, o con Arias a Celaya, pero avísales.

IGNACIO: Creo que es mejor ir a San Miguel, con Allende.

JOSEFA: Está bien, pero apúrate, por piedad.

IGNACIO: Ya me voy. (SE ENCAMINA) Pero deje que me entere quién fue el grandísimo hijo que su madre putrefacta lo haya parido en un chiquero…

(CAMBIO DE LUZ. DESAPARECE LA LUZ SOBRE IGNACIO PÉREZ. QUEDA ILUMINADA EL ÁREA DE LA ENTREVISTA ENTRE JOSEFA Y COLLADO).

 

XIV

COLLADO: Pobre hombre. Ser tan visceral y andar así por la vida.

JOSEFA: Pues ese hombre, Ignacio Pérez, con todo y su sencillez, su apasionamiento, su entrega, reventó dos caballos en una noche con tal de dar el aviso.

COLLADO: Y todo para nada.

JOSEFA: Al contrario. Por ese solo acto, emblemático, significativo, sé de antemano que este movimiento será una auténtica revolución.

COLLADO: Perdón, me había olvidado de sus facultades adivinatorias.

JOSEFA: Ya me acostumbré a sus ironías, licenciado. Permítame retomar la historia de mi marido.

COLLADO: Supongo que él y el Escribano llegaron a la casa del tal comerciante González y no encontraron nada.

JOSEFA: Tampoco es su fuerte la adivinación.

COLLADO: ¿Fallé? Cuánto lo siento.

JOSEFA: En efecto, llegó mi marido a la casa de Epigmenio González, pero antes de poder ponerlo en antecedentes, se presentó el Escribano con una sorpresa mayúscula.

(OSCURO EN EL ÁREA DE JOSEFA. SE ILUMINA EL OTRO EXTREMO. LLEGA DON MIGUEL. LUEGO, EL ESCRIBANO CON UN QUINQUÉ).

 

XV

DON MIGUEL: (SONRISA NERVIOSA) Ha llegado demasiado pronto, señor Escribano.

ESCRIBANO: ¿Hubiera preferido que me tardara otro poco, don Miguel?

DON MIGUEL: No quise decir eso. Por el contrario. Llevo aquí varios minutos. Estaba esperándolo para tocar la puerta de don… (VIENDO A LOS LADOS) Oiga, pero… pero qué es esto.

ESCRIBANO: A qué se refiere.

DON MIGUEL: No… no estamos solos.

ESCRIBANO: No, ¿verdad?

DON MIGUEL: Pero habíamos quedado en que… usted lo dijo… algo extrajudicial.

ESCRIBANO: ¿Sabe qué? En el camino reflexioné mejor las cosas y me arrepentí.

DON MIGUEL: Cómo. No entiendo.

ESCRIBANO: Sí. Después de todo se trata de darle un cariz oficial a las pesquisas. Así que decidí llamarle al comandante de brigada García Rebollo, para que viniera con su gente.

DON MIGUEL: Pero no había necesidad de tanto soldado.

ESCRIBANO: No se preocupe. Nada más vamos a entrar usted y yo, como quedó convenido.

DON MIGUEL: Y ellos qué hacen.

ESCRIBANO: Ah, están rodeando la casa para evitar que don Epigmenio se nos vaya a escapar.

DON MIGUEL: ¡Válgame Dios! Pero si sólo se trata de un rumor, probablemente infundado. Además, vamos a asustar a la población.

ESCRIBANO: En cuanto termine la diligencia las aguas retomarán su cauce y prevalecerá la calma. ¿Tocamos?

(DON MIGUEL TOCA A LA PUERTA VARIAS VECES)

DON MIGUEL: Parece que no hay nadie. Creo que lo más prudente será regresar mañana. Quizás don Epigmenio haya salido de la ciudad.

ESCRIBANO: Si no hay nadie, deberemos tirar la puerta.

DON MIGUEL: Supongo que debo insistir, ¿verdad?

ESCRIBANO: Supone bien.

(DON MIGUEL VUELVE A TOCAR)

EPIGMENIO: (ASOMÁNDOSE) ¿Se puede saber qué quieren a estas horas de la noche?

ESCRIBANO: (A DON MIGUEL) Dígale; usted es la autoridad.

DON MIGUEL: (SUBRAYANDO) ¡Vengo a un asunto oficial! Buenas noches, don Epigmenio. Soy el Corregidor, don Miguel Domínguez.

EPIGMENIO: ¿Un asunto oficial? Disculpe, no tengo el gusto de conocerlo. Vuelva mañana a una hora más prudente.

DON MIGUEL: (AL ESCRIBANO) ¿Ya ve? Mejor hacemos lo que él dice.

ESCRIBANO: Perdone que insista, don Miguel, pero debemos proceder.

DON MIGUEL: Está bien. (A EPIGMENIO) Don Epigmenio, aunque no me conozca, es mejor que nos abra la puerta. Tenemos qué realizar una indagatoria. ¿Me escuchó? Una indagatoria, un cateo.

EPIGMENIO: Entendí. Ya voy.

DON MIGUEL: Ya viene.

ESCRIBANO: Creo que no fue buena idea avisarle de manera tan expresa a qué venimos.

DON MIGUEL: ¿Usted cree? No dije nada fuera de orden.

ESCRIBANO: Está usted nervioso, don Miguel. Le suda la frente.

DON MIGUEL: ¿Yo? Para nada. Estoy demasiado acostumbrado a esta clase de trámites.

ESCRIBANO: No me diga…

DON MIGUEL: Claro. He cateado muchas veces. Muchas casas. Por otras razones. La de los Fernández. La de los Gándara. No había nada. Y lo del sudor es de familia, ¿sabe? Mi madre padecía de las glándulas sudorí…

(EPIGMENIO ABRE LA PUERTA. EN LA ESTANCIA HAY UNA MESA CON UNA CARPETA QUE CONTIENE PAPELES)

EPIGMENIO: Hagan el favor de pasar.

ESCRIBANO: Gracias, señor Epigmenio González. Soy el Escribano Juan Fernando Domínguez, para servirle.

EPIGMENIO: Gracias. Están en su casa. Aunque preferiría que dejara el quinqué afuera. Aquí hay suficiente luz.

ESCRIBANO: Creo que voy a necesitar más iluminación.

EPIGMENIO: (MOLESTO) Está bien. Como quiera. Buenas noches, don Miguel.

DON MIGUEL: No nos conocíamos, ¿verdad? Mucho gusto.

EPIGMENIO: (CON INTENCIÓN) Muchísimo gusto. ¿Así que vienen a un cateo? ¿Y se puede saber la razón?

DON MIGUEL: No debería decírselo pero hay un rumor de que en su casa se realizan…

ESCRIBANO: Don Miguel.

DON MIGUEL: … actos… extraños.

EPIGMENIO: Qué tipo de actos.

DON MIGUEL: (AL ESCRIBANO) Qué le digo.

ESCRIBANO: Lo que quiera. Al fin y al cabo usted es la autoridad.

DON MIGUEL: Actos… de sedición.

EPIGMENIO: ¿Sedi… qué? Ni siquiera conozco esa palabra. Yo solamente me dedico al comercio. Llevo una vida honesta y tranquila. No hago mal a nadie. Pago mis impuestos. Y como pueden ver, mi casa es de lo más normal.

DON MIGUEL: (CONTEMPLANDO) A ver… a ver… Qué bonito florero. Señor Escribano, creo que debemos irnos. No veo nada que pueda incriminar a nadie. Sólo hay muebles, objetos ornamentales, algunos utensilios de trabajo…

ESCRIBANO: Es verdad. Todo luce normal. Es momento de retirarnos. Nuestras más sentidas disculpas, señor González.

EPIGMENIO: No tienen por qué disculparse. Estoy para servirles.

ESCRIBANO: (MEDIO MUTIS) Que pase buenas noches. (DETIENIÉNDOSE) Oiga, un momento, por aquí hay un olor muy raro.

EPIGMENIO: No es de extrañar. Comercio con diversos tipos de semillas. Raro sería que cada rincón de esta casa no tuviera un olor penetrante.

DON MIGUEL: Eso es cierto, aquí siempre ha habido un olor… quiero decir, que en las casas de los comerciantes siempre huele a…

ESCRIBANO: Especialmente en este cuarto. Y no es un olor a semillas.

EPIGMENIO: Insisto en que debería dejar el quinqué afuera, señor Escribano.

DON MIGUEL: Creo que don Epigmenio tiene razón. Yo veo muy bien. A ver, préstemelo, yo lo pongo por allá. (NO LOGRA TOMARLO)

ESCRIBANO: Qué hay detrás de esa puerta. (SEÑALANDO)

EPIGMENIO: Les pido por favor que no entren ahí.

ESCRIBANO: Por qué. ¿Esconde algo?

EPIGMENIO: Mi mujer está en paños menores.

DON MIGUEL: ¡Santo Dios! Señor Escribano, creo que estamos exagerando la nota. Una cosa es realizar un cateo y otra muy distinta perturbar la vida íntima de un hombre a todas luces decente y respetable.

ESCRIBANO: Dígale a su mujer que se vista y salga en este instante ante los representantes del virrey.

DON MIGUEL: Señor, por favor, para qué molestar a la señora, si a estas horas ya deberían estar los dos cumpliendo con el mandato divino que nos ordena…

EPIGMENIO: Está bien, lo confieso. No es mi esposa. Es… otra mujer. Les ruego total discreción, caballeros, ustedes comprenderán. Se sentiría muy avergonzada al verse descubierta. Ella también es casada y…

(EL ESCRIBANO LLEGA A UNA MAMPARA. DESCORRE LA TELA. DETRÁS DE ELLA UN HOMBRE FABRICA ARMAS).

HOMBRE: ¿Está loco? Cómo se le ocurre entrar con ese quinqué. Esto es un polvorín.

ESCRIBANO: Don Miguel, cumpla con su deber. Qué espera.

DON MIGUEL: (A REGAÑADIENTES) Voy. Señor don Epigmenio González, en nombre del Virrey, queda usted detenido por actos de sedición… es decir, para que me entienda, actos que atentan contra el supremo gobierno.

ESCRIBANO: Caballeros, hagan el favor de acompañar al comandante García Rebollo. Los está esperando a la puerta de la casa. (EPIGMENIO Y EL HOMBRE SALEN DE ESCENA).

DON MIGUEL: ¡Qué sorpresa tan desagradable! ¡Qué horror! ¡Qué contrariedad! ¡Jamás imaginé que en esta casa…!

ESCRIBANO: (HABLÁNDOLE AL OÍDO) Don Miguel, seamos francos. Su nerviosismo, su sudor, sus titubeos, sus contradicciones, todo me dice que usted sabe algo más de esta conspiración. ¿Me equivoco?

DON MIGUEL: Se equivoca. Rotundamente. Ya le expliqué claramente que…

ESCRIBANO: Tengo un olfato muy fino. Créame que lo voy a averiguar. Tarde o temprano. Y fíjese que me conviene. Últimamente he llegado a la conclusión de que en esta ciudad hace falta otro Corregidor.

MIGUEL: No veo por qué…

ESCRIBANO: ¿No le parece que es un título que me queda a la medida? Sólo me hace falta dar un golpe lo suficientemente fuerte para que el virrey determine que… ¿Pero qué es lo que hay en esta mesa? (TOMA LA CARPETA). Qué buena suerte. Son documentos. ¿Qué dice aquí? “Acta de la junta celebrada el día…”.

DON MIGUEL: (SUJETANDO LA CARPETA POR EL OTRO EXTREMO) A ver, déjeme revisarlos. (FORCEJEAN).

ESCRIBANO: Don Miguel, qué demonios hace. Suéltelos. ¡Que los suelte!

DON MIGUEL: ¡Suéltelos usted!

ESCRIBANO: ¡A mí me toca verlos!

DON MIGUEL: ¡No, a mí!

ESCRIBANO: ¡No se ponga en ese plan!

DON MIGUEL: ¡Lo mismo digo yo!

ESCRIBANO: ¡Yo… yo los vi primero!

DON MIGUEL: ¡Yo los había visto desde que llegué!

ESCRIBANO: ¡Déjemelos!

DON MIGUEL: ¡Démelos… que me los dé, con una…! (ARREBATÁNDOSELOS) Tal vez pronto usted obtenga el título de Corregidor. Pero en tanto yo detente ese cargo, a mí me corresponde guiar las indagatorias. Estos documentos me los quedo yo, y le juro que los revisaré a conciencia.

ESCRIBANO: Supongo cuál será el destino de esos papeles. 

DON MIGUEL: Hasta la vista, señor Escribano.

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL ÁREA DE LA CORREGIDORA. ENTRA A ESA ÁREA DON MIGUEL QUE DE INMEDIATO SE SIENTA Y DESTRUYE PAPELES).

 

XVI

JOSEFA: (A COLLADO) En efecto, en cuanto Miguel entró a la casa procedió frenéticamente a la destrucción de los documentos que lo incriminaban. Por mi parte, aprovechando que se hallaba completamente entregado en esa tarea, abandoné mi hogar. De pronto me vi a la intemperie, sin rumbo fijo, sin saber a quién acudir. No supe si tratar de dar alcance a Ignacio Pérez y encaminarme a San Miguel, o dirigirme a Dolores en busca del padre Hidalgo, o ir a Guanajuato, o a Celaya. ¡Qué hacer! ¡A quién acudir! Cómo ganarle tiempo al tiempo. De improviso, a la mitad de mi indecisión, en la soledad de la calle, vino hacia mí una figura amorfa, ominosa. (UN ANDRAJOSO SE ACERCA A ELLA) Al estar a unos cuantos centímetros percibí su olor nauseabundo. Se trataba de un lépero, un desarrapado. Puso en mis ojos sus ojos desorbitados. Extendió los huesos de su mano. Al principio creí que me pedía una moneda, pero de pronto me di cuenta de que, en medio de su borrachera desquiciada y permanente intentaba despojarme de mi bolso. Quise alejarme pero mis piernas no respondieron. El andrajoso no pudo tomar mi bolso pero sujetó mi chal; se aferró a él como si se tratara de su salvación. Se lo dejé. Lo tomaba como si fuera el más preciado de los tesoros. Me retiré unos pasos. (EL ANDRAJOSO SALE) A los pocos instantes se fue dando tumbos, hablando el lenguaje de los locos. Entonces pensé, “¿es por ellos por quienes estoy luchando? ¿Es éste el pueblo que quiero que se gobierne a sí mismo?”. Mi mente era un mar de confusiones. No supe qué responderme. Sólo sabía que debía continuar. Caminé. Corrí sin saber a dónde iba. Al doblar una esquina, providencialmente di con el capitán Arias. Sentí que el alma me regresaba al cuerpo.

(JOSEFA CAMINA UN PAR DE PASOS. EL CAPITÁN JOAQUÍN ARIAS APARECE).

 

XVII

JOSEFA: ¡Bendito sea Dios! Qué bueno que lo encuentro, capitán.

ARIAS: Discúlpeme, doña Josefa. Llevo prisa.

JOSEFA: Espere un segundo. Es muy importante lo que tengo qué decirle.

ARIAS: Dejémoslo para otra ocasión.

JOSEFA: Tiene qué ser ahora. La situación es apremiante.

ARIAS: No tengo tiempo.

JOSEFA: Es de vida o muerte.

ARIAS: Qué pasa.

JOSEFA: La conjura ha quedado descubierta.

ARIAS: De qué manera.

JOSEFA: Un antiguo amigo del padre Hidalgo le reveló todo al juez eclesiástico Don Rafael Gil.

ARIAS: ¿Mencionó nombres?

JOSEFA: Desgraciadamente sí.

ARIAS: (TOMÁNDOLA DE LOS HOMBROS) ¡Quiénes!

JOSEFA: Capitán, suélteme que me lastima.

ARIAS: (SOLTÁNDOLA) Dígame qué nombres ha revelado.

JOSEFA: Don Miguel Hidalgo, los hermanos González, y sugirió el de mi marido.

ARIAS: ¿El de su marido? Qué piensan hacer.

JOSEFA: Miguel ya ha tomado sus precauciones, aunque se está viendo obligado a actuar como Corregidor.

ARIAS: ¿Sí? Cómo.

JOSEFA: Realizó un cateo en casa de Epigmenio González. Por fortuna, pudo incautar documentos que ya destruyó. Supongo que ahora tendrá que ir a aprehender a Emeterio González.

ARIAS: ¿No se ha hablado de nadie más?

JOSEFA: No que yo sepa.

ARIAS: ¿Y usted qué piensa hacer?

JOSEFA: Es necesario precipitar el estallido. Hoy mismo si fuera posible.

ARIAS: ¿Le ha dicho esto a alguien más?

JOSEFA: Ya envié a una persona con el capitán Allende.

ARIAS: Es inútil. Todo está perdido.

JOSEFA: Joaquín, no diga eso. Por el contrario, hay que aprovechar la situación.

ARIAS: No hay nada qué hacer.

JOSEFA: Si iniciamos justo ahora podremos tomarlos desprevenidos.

ARIAS: Aún son más fuertes. Es el ejército español.

JOSEFA: Ya hemos visto que no son invencibles, como pensaban.

ARIAS: La insurrección no tiene planes ni programas.

JOSEFA: No le entiendo.

ARIAS: Hay que abortar el movimiento.

JOSEFA: Me extraña que hable así.

ARIAS: Señora, no pienso dejar que me corten la cabeza.

JOSEFA: ¿Va a traicionar a sus amigos?

ARIAS: Yo no tengo amigos.

JOSEFA: (PAUSA) Entiendo. Ya lo sabía, ¿verdad?

ARIAS: (SONRIENDO) Prefiero estar del lado más alejado del paredón.

JOSEFA: Así que usted…

ARIAS: He tomado una decisión. Una sabia decisión. Estar del lado de los vencedores.

JOSEFA: Púdrase.

(JOSEFA CAMINA HACIA SU ÁREA Y LLEGA CON EL REGENTE COLLADO, MIENTRAS EL CAPITÁN ARIAS SE COLOCA EN EL OTRO EXTREMO).

 

XVIII

COLLADO: Podré no estar de acuerdo con su movimiento, pero qué tipo tan repulsivo ése Arias.

JOSEFA: En los momentos cruciales salen a relucir la temeridad o la cobardía. No es más que un pusilánime.

COLLADO: En cualquier lugar donde se encuentre será capaz de hacer daño.

JOSEFA: Tiene razón, señor Collado. Precisamente, la urgencia que llevaba el capitán Arias era llegar a la casa del Alcalde Ochoa, donde estaban él y el Escribano Domínguez. Ambos funcionarios ya le habían tomado la medida al capitán y sabían perfectamente cómo manipularlo.

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL OTRO EXTREMO. EL ALCALDE OCHOA, EL ESCRIBANO Y ARIAS).

 

XIX

OCHOA: Capitán, qué casualidad. Estábamos hablando de usted.

ARIAS: ¿Ah, sí? En qué sentido, don Juan.

ESCRIBANO: La información que nos proporcionó resultó muy valiosa.

ARIAS: Sólo cumplí con mi deber.

OCHOA: En efecto, Querétaro está siendo el nido de una conjura que debemos apagar.

ARIAS: Pues en lo que pueda serles útil…

ESCRIBANO: Se trata, como percibimos desde el principio, de algo inocuo, anodino.

ARIAS: No obstante, si me permiten un consejo, debemos estar alerta por cualquier sorpresa. Uno nunca sabe si el enemigo…

ESCRIBANO: El asunto está prácticamente controlado. Faltan un par de pendientes.

OCHOA: El virrey ya tiene conocimiento, y nos ha girado las órdenes correspondientes.

ESCRIBANO: Puede retirarse. Nosotros le llamaremos.

ARIAS: (PAUSA) Bien… caballeros… con permiso. (NO SE VA) Caramba, qué calor.

OCHOA: ¿Le parece? A estas altas horas de la noche hace mucho frío. ¿Qué dice, señor Escribano?

ESCRIBANO: Estoy de acuerdo.

ARIAS: Será que como yo vengo de la calle. Caminé mucho, ¿saben? Siento… la boca… reseca. (SILENCIO)

OCHOA: ¿Gusta… un vaso de agua?

ARIAS: (SENTÁNDOSE RÁPIDO) Si no es molestia.

ESCRIBANO: Pero tome asiento, capitán Arias.

OCHOA: (A AFUERA) ¡Mariana! ¡Un vaso de agua!

ARIAS: (SILENCIO) Así que el virrey ya nos envió sus órdenes.

ESCRIBANO: Ya.

ARIAS: Qué bueno. Tampoco a él le preocupa la situación, supongo.

OCHOA: No, no le preocupa. Le molesta, si acaso. Le incomoda.

ARIAS: Qué bien.

OCHOA: Tiene cosas más importantes en qué pensar.

ARIAS: Claro. Debe ser. ¿Y… qué providencias se han tenido qué tomar? Digo, si no es indiscreción.

ESCRIBANO: Un par de aprehensiones… y sus respectivos interrogatorios.

ARIAS: ¿Gente… de peso?

OCHOA: Digamos que… no.

ARIAS: Qué bien.

ESCRIBANO: (EXTRAÑADO) ¿Qué bien?

ARIAS: Mal. Quiero decir, qué mal. ¿Y… ya hay pruebas contundentes contra alguien… importante? ¿Algún cabecilla?

ESCRIBANO: (EXTRAE UN DOCUMENTO) Casualmente tengo en mis manos una declaración… del soldado Juan Garrido… en la que lo nombra como integrante de la conjura. 

ARIAS: ¿A mí?

ESCRIBANO: Para su mala fortuna.

ARIAS: ¡Pero eso no puede ser! ¡Es una calumnia!

OCHOA: Lo compadecemos, capitán. Mire que perder la vida de esa manera…

ARIAS: ¿Me van a aprehender? ¿Me van a mandar al paredón después de lo que he hecho? ¿Qué puedo hacer para demostrarles mi  adhesión?

ESCRIBANO: El proceso de investigación lo está llevando el Corregidor.

ARIAS: Es un error terrible. Está en las peores manos. Él va a protegerlos a todos.

ESCRIBANO: Siendo así, lo protegerá a usted.

ARIAS: Imposible. Sobre todo después de la plática que acabo de tener con su mujer.

ESCRIBANO: Al fin se anima a revelar sucesos y nombres, capitán. Entréguenos al Corregidor y a su señora.

ARIAS: ¿Yo?

OCHOA: Seguro tiene algo.

ARIAS: De acuerdo. Tengo un documento probatorio para que los encarcele a ambos. Voy por él.

ESCRIBANO: Debemos traer aquí a don Miguel.

OCHOA: (SE SIENTA Y VA A ESCRIBIR) Lo mandaré llamar. Escribiré una nota de inmediato.

ESCRIBANO: Espere un segundo, Alcalde. (A ARIAS) Capitán, es preciso aparentar que sigue usted del lado de la insurrección.

ARIAS: ¿Por qué?

ESCRIBANO: Es fácil de explicar. Aún necesitamos de sus servicios de inteligencia. Traiga su documento. Y mire, para demostrar que creo en su palabra… (ROMPE LA “DECLARACIÓN DE GARRIDO”).

ARIAS: (ASIENTE) Ahora vuelvo. (SALE)

OCHOA: ¿Cómo consiguió la declaración de Garrido?

ESCRIBANO: Alcalde Ochoa, le hace falta malicia. Mucha malicia.

OCHOA: (LEVANTANDO UN PEDAZO DE PAPEL Y VIÉNDOLO) Es usted incorregible.

ESCRIBANO: Le solicitaré par de favores, señor alcalde. Escriba unas notas que le redactaré. Luego, en tanto yo hablo con el Corregidor y con Arias, usted vaya a casa de doña Josefa y no le permita salir hasta que un mozo le dé la señal. Entonces la traerá aquí a su casa. En menos de media hora, esos dos criollos traidores estarán atrapados.

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL ÁREA DE LA PLÁTICA ENTRE JOSEFA Y COLLADO).

 

XX

COLLADO: Según me cuenta, ha tenido qué habérselas con enemigos muy poderosos.

JOSEFA: Tal vez usted, señor Collado, se pregunte cómo es que sé detalles tan insignificantes.

COLLADO: Ya me dijo que tiene sus espías.

JOSEFA: En este caso, la información me llegó por otra vía.

COLLADO: ¿Se podría explicar?

JOSEFA: El Alcalde Ochoa podrá tener muchos defectos, pero tiene el don de la conversación. Pronto verá la razón por la que pude platicar con él largo y tendido. Antes déjeme contarle cómo el Escribano llevó a cabo su perverso plan.

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL OTRO EXTREMO DEL ESCENARIO. EL ESCRIBANO RECIBE A DON MIGUEL. LUEGO, LLEGA ARIAS).

 

XXI

ESCRIBANO: Señor Corregidor, nuevamente nos vemos las caras.

DON MIGUEL: De qué se trata esto.

ESCRIBANO: Qué quiere decir.

DON MIGUEL: Me llegó una nota del Alcalde Ochoa diciéndome que él tenía la urgencia de hablar conmigo.

ESCRIBANO: Supongo que estará aquí en un par de minutos.

DON MIGUEL: Si tarda, tendré que regresar a mi casa.

ESCRIBANO: ¿Está usted enfadado conmigo por lo que le dije?

DON MIGUEL: Mi alma está tranquila.

ESCRIBANO: Le juro que me arrepiento de mi conducta. No hay nada más alejado en mí que desear perjudicarlo arrebatándole un puesto que le pertenece.

DON MIGUEL: Sus palabras me hirieron, señor Escribano.

ESCRIBANO: Y tiene razón. He recapacitado y estoy convencido de que usted es y será el mejor Corregidor.

DON MIGUEL: Además, en cuanto a que yo poseo más información…

ESCRIBANO: Me desdigo. Sé que manejará las cosas con su acostumbrada rectitud.

DON MIGUEL: Y le anticipo que no será fácil.

ESCRIBANO: ¿Usted cree?

DON MIGUEL: Los papeles encontrados en casa de don Epigmenio no arrojaron ninguna luz sobre el movimiento.

ESCRIBANO: ¿Y los interrogatorios?

DON MIGUEL: Ni él ni su hermano soltaron prenda.

ESCRIBANO: Será difícil dar con los cabecillas.

DON MIGUEL: Precisamente de eso habla el recado que me envió el alcalde.

ESCRIBANO: Qué raro. A mí también me envió una nota inquietante. A ver, déjeme leer la suya… (DE MALA GANA, DON MIGUEL LE DA LA NOTA).

ESCRIBANO: Qué extraño. Dice que “está a punto de caer uno de los máximos  líderes de la insurrección”.

DON MIGUEL: Pero no menciona a nadie.

ESCRIBANO: A quién se referirá.

DON MIGUEL: No tengo la menor idea.

ESCRIBANO: En un momento lo sabrá, señor Domínguez. Quizás el Alcalde lo mandó llamar, o a lo mejor lo trae esposado.

DON MIGUEL: Es posible.

ESCRIBANO: O tal vez no sea él, sino “ella”.

DON MIGUEL: Eso sí me parece inverosímil.

ESCRIBANO: ¿Por qué?

DON MIGUEL: Me resultaría difícil imaginar a una mujer maquinando y organizando algo tan… tan monstruoso.

ESCRIBANO: La vida nos da muchas sorpresas, don Miguel.

(ENTRA EL CAPITÁN ARIAS).

ESCRIBANO: Hablando, de sorpresas.

ARIAS: Caballeros…

DON MIGUEL: ¿Qué lo trae por aquí, capitán Arias?

ARIAS: Recibí un mensaje sumamente perturbador.

DON MIGUEL: Igual nosotros.

ESCRIBANO: ¿Me lo permite, si no es mucha molestia?

ARIAS: Aquí tiene. (SE LO DA).

ESCRIBANO: También dice que “está a punto de caer uno de los máximos  líderes de la insurrección”. Esto sí que es un gran misterio.

DON MIGUEL: Por qué.

ESCRIBANO: Porque los recados de ustedes dos son idénticos.

ARIAS: ¿Y el suyo?

ESCRIBANO: El mío es algo distinto. El alcalde Ochoa me ordena catear a una de las personas que llegue a esta casa. Miren… (LES MUESTRA SU NOTA).

ARIAS: Pero… pero esto es un juego.

DON MIGUEL: Qué clase de acertijo ha inventado el alcalde.

ESCRIBANO: Sólo me ordenó eso. No especificó a quién.

ARIAS: Esto es completamente descabellado. Yo me voy.

ESCRIBANO: Espere, capitán. Si no tiene nada de qué temer, dejará que cumpla con mi obligación.

ARIAS: Ausculte usted al señor Corregidor.

ESCRIBANO: Lo siento. Estoy en deuda con él por una ofensa que le propiné. Además, es el Corregidor.

ARIAS: Pero… señor Corregidor… esto es una injusticia. Debe impedir que…

ESCRIBANO: No oponga resistencia, capitán. (LO CATEA Y ENCUENTRA UN DOCUMENTO). Vaya, parece que la sospecha del alcalde estaba bien fundada.

ARIAS: Perdóneme, señor Corregidor, pero creo que ha llegado la hora de correr. (SALE DESPAVORIDO).

DON MIGUEL: ¡Capitán Arias! ¡Capitán! ¡Qué hace!

ESCRIBANO: Déjelo. No podrá ir muy lejos. Ya lo atraparemos.

DON MIGUEL: ¡Qué horrible escena! ¡Jamás imaginé que…!

ESCRIBANO: (LEYENDO) Ah, caray. Ah, caray. Esto sí es increíble.

DON MIGUEL: Qué pasa. Qué dice ahí.

ESCRIBANO: (LEE) No doy crédito. Es el acta de una asamblea insurgente, a la cual asistieron… el capitán Ignacio Allende… los capitanes Abasolo, Aldama, Arias… el párroco de Dolores don Miguel Hidalgo… don Miguel Domínguez… y doña Josefa Ortiz de Domínguez. (CON FALSO ASOMBRO SE LA MUESTRA A DON MIGUEL). Es una prueba irrefutable, don Miguel.

DON MIGUEL: Eso no… eso no…

ESCRIBANO: Don Miguel… eso significa que usted y su mujer están… están…

DON MIGUEL: Doña Josefa y yo… estamos jodidos.

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL ÁREA DE LA ENTREVISTA DE DOÑA JOSEFA Y DON JUAN COLLADO).

 

XXII

JOSEFA: A los pocos minutos, el Alcalde Juan Ochoa me llevó a su casa. Apenas alcancé a darle un abrazo a Miguel, que aún seguía consternado, llorando de angustia. No por él, sino por mí, por nuestros hijos. De inmediato se lo llevaron preso al Convento de San Francisco. No he sabido nada de él.

COLLADO: No se preocupe. Le prometo averiguar su estado.

JOSEFA: Aquella noche no dormí. El alcalde, que no sabía a dónde enviarme, se dedicó a platicarme los acontecimientos.

COLLADO: Créame que siento mucho que su plan se haya frustrado de esa manera.

JOSEFA: ¿Frustrado? Gracias a mis oidores pude enterarme de algo muy importante: mientras Miguel y yo éramos apresados, Hidalgo, Aldama y Allende se reunían en Dolores.

(CAMBIO DE LUZ. SE ILUMINA EL OTRO EXTREMO. HIDALGO EN LA MESA LEE UN LIBRO; ALLENDE, CAMINA DE UN LADO A OTRO. LUEGO, JUAN ALDAMA).

 

XXIII

ALLENDE: (LUEGO DE UNA PAUSA) ¡Hay que acelerar el levantamiento, don Miguel! ¡Para hoy mismo!

HIDALGO: Ya siéntese, capitán Allende. Tómelo con calma.

ALLENDE: ¡Pero cómo puede hablar así! ¡El horno no está para bollos!

HIDALGO: Como dice Tartufo en el último acto: “todos vuestros arrebatos no me conmoverán ni pensaré en nada sino en cumplir con mi deber”.

ALLENDE: A veces usted me parece tan taimado como el tal Tartufo.

HIDALGO: En eso le concedo razón. Me halaga.

ALLENDE: Y cuál ese mentado deber, si puedo saberlo.

HIDALGO: Esperar. Hasta estar seguros. Además, tengo que acabar de estudiar mi libro (LO SEÑALA).

ALLENDE: Y de qué es. ¿Otra obrita de teatro?

HIDALGO: No. Es un diccionario de ciencias y artes que tomé prestado de un amigo.

ALLENDE: ¿Y para qué quiere ese mamotreto?

HIDALGO: Aquí dice cómo armar cañones. Tengo qué aprender.

ALLENDE: ¡Y tenemos qué esperar hasta que usted aprenda! ¡Es mejor conseguirlos ya hechos! ¡Me llevan los diez mil demonios!

HIDALGO: No se sulfure, don Ignacio.

ALLENDE: ¿Acaso no se da cuenta? ¡El intendente Riaño ya mandó aprehendernos!

HIDALGO: Claro que me doy cuenta. Pero primero debemos tener un plan.

ALLENDE: Lo tenemos.

HIDALGO: Es completamente débil e incoherente.

ALLENDE: Y qué hacer. Si no pudimos diseñarlo a detalle en meses, menos en una noche.

HIDALGO: ¿Y qué quiere? ¿Que corramos la misma suerte de las conspiraciones anteriores?

ALLENDE: Contamos con más gente. No podemos compararnos con la rebelión de la Acordada.

HIDALGO: Ni con la rebelión de los machetes. Terrible fracaso. Aunque fíjate que de ellos, me gustó la idea de su estandarte.

ALLENDE: Cuál.

HIDALGO: Don Pedro Portilla, el organizador, eligió como bandera la imagen de la Virgen de Guadalupe. Buena idea. Buena idea.

ALLENDE: Ay, don Miguel. Me temo que, ya que sacó a colación a nuestros predecesores, usted sufrirá el destino de Melchor de Talamantes, o Primo Verdad. Prisión y muerte.

HIDALGO: Lo sé, capitán. No necesita decírmelo. Quienes comienzan una revolución están destinados a no ver el final.

ALLENDE: No se ponga fúnebre, padre. (PARA SÍ) A veces no soporto sus comentarios.

ALDAMA: (ENTRANDO) ¿Es posible?

HIDALGO: ¡Capitán Aldama! Qué gusto. Qué andaba haciendo.

ALDAMA: Dando vueltas por el mundo.

ALLENDE: Por lo visto estás de buen humor, Juan.

ALDAMA: Cuando caemos en arenas movedizas, no nos queda más que reír. Es mi filosofía.

HIDALGO: Y cuál es la mala noticia. Mientras la dice, porqué no nos sirve un chocolatito. ¿Gusta, capitán Allende?

ALLENDE: (FURIBUNDO) Chocolatito… voy a estar yo para chocolatitos…

ALDAMA: (SIRVIENDO) Un emisario de doña Josefa Ortiz me dijo que hemos sido descubiertos, que debemos precipitar el levantamiento.

ALLENDE: ¡Es lo que yo digo! ¿Lo ve, padre?

HIDALGO: Mierda. Parece que por todos lados este barco está haciendo agua.

ALDAMA: Hasta donde sé, cuatro o cinco personas han delatado la conjura con otras tantas autoridades virreinales.

ALLENDE: ¡Decídase ya, padre! ¡De veras que usted es exasperante!

HIDALGO: (LUEGO DE UN SORBO DE CHOCOLATE, CON CALMA) Caballeros… estamos perdidos. Aquí no hay más remedio que ir a coger gachupines.

ALDAMA: (DIVERTIDO) ¿Está usted seguro, don Miguel?

ALLENDE: ¡Ya, no le preguntes nada! ¿Qué no ves que acaba de aceptar?

HIDALGO: De acuerdo, debemos convocar a la gente para comenzar la insurrección.

ALLENDE: ¡Perfecto! ¡Esa voz me agrada!

HIDALGO: Pero a las seis de la mañana. Ahorita nos vamos a comer unos panecillos con más chocolatito. Sírvame otro poco, capitán Aldama.

(ALDAMA SIRVE. ALLENDE, ENCORAJINADO. HIDALGO BEBE. CAMBIO DE LUZ. DE NUEVO, EL ÁREA DE LA CONVERSACIÓN ENTRE JOSEFA Y COLLADO).

 

XXIV

JOSEFA: Hasta aquí llega mi historia, señor Collado.

COLLADO: ¿No sabe nada más?

JOSEFA: Es inútil tratar de exprimirme. Es lo que sé.

COLLADO: Debo confesar que estoy conmovido.

JOSEFA: ¿Por la historia?

COLLADO: Por su entrega, doña Josefa. Jamás había visto tal brillo en unos ojos como en los suyos al narrarme todo.

JOSEFA: No es para menos. Le conté la historia de un pueblo que busca rebelarse a la injusticia y al sometimiento. Usted qué concluye. 

COLLADO: Que esta América debe seguir la suerte de España.

JOSEFA: ¡Por qué! Si los franceses deben gobernar Francia, los alemanes Alemania, por qué nosotros no nos podemos gobernar.

COLLADO: No pienso discutir algo tan obvio.

JOSEFA: ¿Obvio? Explíquese.

COLLADO: Ésta es y seguirá siendo una colonia española. Aquí deben convivir peninsulares y criollos. Su levantamiento es infundado.

(JOSEFA VA HACIA COLLADO, LE TOMA EL BRAZO LASTIMADO Y LO SUJETA, LASTIMÁNDOLO. COLLADO SE RESISTE A GRITAR, SÓLO GIME Y FINALMENTE GRITA; LE DA UN EMPELLÓN Y ELLA LO SUELTA).

COLLADO: ¡Qué hizo, salvaje!

JOSEFA: El hecho de que su padre le haya enseñado a no gritar no quiere decir que no deba hacerlo, sobre todo si hay una fractura.

COLLADO: No me gustan sus métodos pedagógicos.

JOSEFA: Pero me entendió.

COLLADO: De sobra. Aunque sigo sin estar de acuerdo con su movimiento.

JOSEFA: ¿Entonces ya no va a cumplir su palabra?

COLLADO: Al contrario; estoy más que convencido a hacer lo que usted me pida, siempre y cuando esté en mis manos y no se trate de…

JOSEFA: No voy a pedirle que me ayude a escapar.

COLLADO: Qué puedo hacer por usted, doña Josefa.

JOSEFA: Me confieso culpable de todo cuanto se me acusa; pero mis hijos y mi marido son inocentes. Abogue por ellos. Libérelos cuanto antes.

COLLADO: Pero…

JOSEFA: Sé que eso sí está en sus manos.

COLLADO: Por eso me contó todo con tanta veracidad.

JOSEFA: ¿Y quién le asegura que le dije la verdad?

COLLADO: (RÍE) Es usted muy seductora.

JOSEFA: Lo sé.

COLLADO: ¿Puedo besarla?

JOSEFA: No. Recuerde que soy el diablo.

COLLADO: Lástima.

JOSEFA: Pero puede soñar conmigo de vez en cuando.

COLLADO: Lo haré. Hasta pronto, doña Josefa.

JOSEFA: Hasta nunca, señor Juan Collado. (ÉL SALE. ELLA CAMINA POR EL ESCENARIO. SONRÍE). Así que llamaste al pueblo, Miguel. (APARECE MIGUEL HIDALGO. DESCIENDE UNA CAMPANA QUE ÉL TOCA.)

HIDALGO: ¡Mexicanos! (APARECE EL ANDRAJOSO) Mexica… nos… Ha llegado la hora de… de… (SE DESINFLA SU ENTUSIASMO. A JOSEFA) ¿Tú crees que van a saber gobernarse solos?

JOSEFA: Quién sabe. Pero ése ya no es nuestro problema. Vámonos.

(JOSEFA Y MIGUEL SALEN. EL ANDRAJOSO TOMA DE UNA BOTELLA Y PIDE DINERO AL PÚBLICO)

TELÓN FINAL

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