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don quijote

Adaptación: Omar Musa

Letra y música de las canciones: Nina Rapp

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

 

DON QUIJOTE

Adaptación Omar Musa

Letra y música de las canciones Nina Rapp

 

(Oscuridad. Comienza a escucharse el Coro que irá relatando la historia. Mientras tanto, un cenital crecerá lentamente. Allí se encuentra Alonso Quijano que se ha quedado dormido con un libro de Caballería entre sus  manos).

 

 

CORO:

En un lugar de La  Mancha

cuyo nombre no sabemos

sucedió esta historia añeja

que pronto recordaremos.

Si  prestan mucha atención

vivirán las aventuras

del Quijote de La Mancha

el de la Triste Figura.

Rodeado de viejos libros

vivía Alonso Quijano

soñando con aventuras

pero, tan solo soñando.

 

(A medida que  el Coro avanza en la historia, las visiones comenzarán a rodear al Quijote.  Con máscaras que representan al Diablo,  la Muerte, un Emperador,  una Princesa, un General, etc., etc., se moverán cadenciosamente a  espaldas del Caballero)

 

Por su afiebrada cabeza

las imágenes crecían,

duques, pastores, princesas,

allí encerrados vivían.

la  libertad y el amor,

la muerte, la vida, el hambre,

la injusticia y el dolor,

le calentaban la sangre.

 

(A esta altura del relato, Don Quijote se despierta sobresaltado. Las  visiones desaparecen y comienza a vestirse de Caballero).

 

Hasta que un día, de pronto,

las visiones ahuyentó

y  buscando viejas  latas

de Caballero vistió.

Cambió su  nombre  por otro

que sonase importante

Don Quijote de La Mancha

fue aquel Caballero Andante.

 

(El Caballero ya está listo. Mientras el Coro entona las estrofas siguientes, Don Quijote ensillará a su viejo caballo Rocinante y partirá a buscar a su Señora. En otro espacio de la sala, Aldonza Lorenzo está lavando ropa a orillas de un río)

 

 

Como todo Caballero

debe rendirse al amor,

montó a su viejo jamelgo

y  pronto a su Dama halló.

Aldonza Lorenzo era

de aspecto poco garboso.

La llamaría Don Quijote

Dulcinea del Toboso.

 

(Mientras el Coro va finalizando su relato, Don Quijote se acerca hasta la orilla del río. Aldonza Lorenzo es una humilde aldeana, rústica y no muy bonita).

 

DON QUIJOTE: (Carraspea emocionado)

ALDONZA: (Sobresaltada) Señor...

DON QUIJOTE: Dulcinea del Toboso...

ALDONZA: (Riendo ante esa imagen extraña) ¿Qué?...¿Qué dice, señor?...

DON QUIJOTE: Ante  ti se arrodilla tu humilde Caballero, Don Quijote de  La Mancha.

ALDONZA:  ¿Qué? ¿Caballero de  qué?... Pero, señor, yo no lo conozco...

DON QUIJOTE:  ¡Oh, Princesa y señora  de mis pensamientos! ¿no me reconoces?

ALDONZA: No señor, no lo conozco.  Además,  no soy  ninguna princesa. Mire mis manos, trabajo desde  que  nací.

DON QUIJOTE: (Tomándole una mano) Pero señora, sus manos son hermosas. Deme su bendición, se lo ruego.

ALDONZA: (Ríe confundida.  Mira hacia todos lados, extiende su  mano y  golpea la cabeza del Quijote que está  arrodillado a su lado  esperando la bendición con los ojos cerrados).

DON  QUIJOTE: (Muy emocionado) Mi  dueña...

ALDONZA:  (Continúa riendo) ¿Dueña de qué? Si yo no tengo nada...

DON QUIJOTE: ¡Ah, señora! ¿No reconoce a su enamorado esclavo?

ALDONZA: ¡Mire con que se viene el señorico! A hacer burlas de una aldeana...

 

(De pronto, se escucha la voz de un hombre  llamando a Aldonza. Esta, presa de la desesperación, cruza el río, toma un palo y grita con voz amenazadora)

 

ALDONZA: ¡Mire, señor! ¡Siga  su camino,  que va a ser más sano para  sus  huesos!

DONJ QUIJOTE: (Muy irritado) ¡Voto  a tal, Frestón, maldito encantador, que no permites  que sea  reconocido por mi dueña y señora! (A ella) Mi señora, soy  yo, tu  enamorado esclavo...

ALDONZA: (Cada vez  más furiosa) ¡Toma que mi abuela! Amiga  soy  yo de oír  resquebrajos. (Gritando) ¡Apártese, vuestra  merced, si no quiere  que le parta los  huesos!

DON QUIJOTE:  Pero, señora...

ALDONZA: (Golpeándolo con un palo)  ¡¡¡Fuera,  fuera!!!

DON QUIJOTE:  (Muy dolorido) ¡Oh, Frestón, maldito encantador! ¿Por qué me persigues? Has puesto cataratas en sus ojos para que no me  reconozca. (Se levanta y se va)  ¡Ah! Muertos están los caminos por donde viniera  algún  contento  a  mi alma... ¡Ah! ¡Ah!...

 

(Mientras Don Quijote desaparece, en otro espacio  aparece el Coro)

 

 

CORO:

Con un yelmo en su cabeza,

una gran lanza  en su diestra

y el corazón palpitante,

partió hacia lejanas tierras.

En sus primeros encuentros

no le acompañó la suerte,

le apalearon sin piedad

y le dejaron sin dientes.

Es por eso que emprendió

dolorido, el regreso.

Necesitaba curar

sus desvencijados huesos.

Sus amigos y  parientes

ansiosos lo recibieron.

A  continuación verán

que desatino le hicieron.

 

(Antes de que finalice la canción, en un espacio opuesto al que ocupa el Coro, se enciende la luz. Allí, en la casa de Don Quijote están: su Sobrina,  el Ama, de aspecto rústico, el Cura astuto y  malicioso y Sansón Carrasco, mentecato y formal).

 

CURA: Está enfermo, no hay duda. Debemos hacerlo regresar.

SOBRINA: Es por culpa de esos libros de  Caballería. Se ha vuelto loco.

CARRASCO: Bueno, los libros no son tan malos.  Yo, a veces... (Se arrepiente)

AMA: Tengo miedo, señor. Estoy vieja y  si  el amo se muere,  me quedo sin trabajo.

SOBRINA:  Y yo, sin  dote para el casamiento. Ya perdió casi toda su fortuna  por  esos libros.

AMA: Y ya ni siquiera trabaja...

SOBRINA:  Y vendió sus campos... Y no hizo testamento...

AMA:  (Gritando)  ¡Y ya ni siquiera trabaja!

CARRASCO: Habría que hacerlo volver y  encerrarlo.  (Juega con una espada imaginaria. Se da cuenta que lo observan y  se  arrepiente)

CURA: ¡Yo  sé que ha de hacerse! ¡Hemos de quemar  todos  sus libros, pues son obra de Satán!

 

(De pronto aparece Don Quijote que, muy  dolorido, grita desaforadamente . El  Ama y la Sobrina corren  a auxiliarlo. Lo toman cada una por un  brazo y lo sientan dificultosamente)

 

DON QUIJOTE:  ¡Ay, amigos  míos! He sido atacado ferozmente por gigantes y encantadores... (Continúa  hablando hasta que lo que dice se convierte en  un susurro ininteligible. Mientras la Sobrina  y el Ama  lo calman, va quedándose dormido)

CURA: ¿No les he  dicho? Está enfermo.  Vamos a ejecutar  nuestro trabajo antes de que despierte.

AMA:  Pero antes,  vuestra merced, rocíe este aposento con agua bendita,  no sea  que algún encantador de los que hay en esos libros, nos ataque  por quemarlos.

 

(Mientras el Ama,  la Sobrina  y Carrasco se  arrodillan,  el Cura,  de muy mala gana, bendice la habitación)

 

CURA: Bueno, y ahora, a lo nuestro. Ama, alcánzame los libros de a uno,  que  quizás no todos merezcan el fuego.

CARRASCO: (Impaciente, se  adelanta)  Tome vuestra merced. Amadís de Gaula...

SOBRINA: Por la salud de mi  tío,  han de quemarse  todos.

CURA:  (Muy autoritario)  ¡Silencio, niña!

AMA: ¡Silencio,  niña!

CURA:  Según  he oído decir, este fue el primer libro  de Caballería que se imprimió en España. Todos  los demás  son sus hijos. ¡Al fuego con él! (Lo arroja a una especie de brasero usado para calentar la habitación)

CARRASCO: Estos que están  aquí  son  todos  de Amadís, ya de Gaula, ya de Grecia.  Todos del mismo linaje.

CURA: ¡Pues vayan todos al fuego, por las endiabladas y revueltas razones de su  autor!

SOBRINA:  ¡Bravo señor Cura!

AMA: De ese  parecer soy yo. ¡Al fuego con ellos!

CARRASCO: Tenga usted cuidado con este pues  se llama “El Caballero de la Cruz”

CURA: Mira hijo, también se dice que detrás de la cruz, está el diablo. ¡Al fuego con él!

AMA: Pues yo no sé leer, que si supiera, entendería porque se volvió loco mi señor.

CURA: (Falsamente bonachón) Ah, querida Ama, te aseguro que saber leer no es conveniente. Para una mente simple, con la palabra del Señor alcanza.

CARRASCO: He aquí un tal Palmerín de  Oliva y un Palmerín de  Inglaterra.

CURA: Que esta  oliva se haga leña y fuego. Este de Inglaterra debe guardarse pues se dice que lo escribió un famoso rey. (Se lo guarda)

CARRASCO: Tome este. Es El Famoso Caballero Tirante el Blanco.

CURA: (Muy entusiasmado) ¡Dios mío! Le  digo compadre, que este es el mejor libro del mundo pues en  él los caballeros son alegres y cortesanos, duermen en sus camas y hacen testamento antes de morir como Dios manda, cosa que no pasa con los otros. (Se lo guarda)

CARRASCO: Estos que vienen aquí son de poesías pastoriles.

SOBRINA: ¡Quémelos también! No sea que mi tío deje de ser Caballero Andante y quiera convertirse en un sucio pastor.

CURA: ¡Pues  al fuego con ellos! Y no se pregunte por qué, pues Dios me ha dado licencia.

 

(Mientras el Cura bendice la quema de los libros, una luz roja va envolviendo la escena. Mientras esta luz se va esfumando, el Coro comienza  a cantar)

 

CORO:

Pasados algunos días

Don Quijote mejoró

y  con  nuevas energías

a partir se decidió.

Ocurriósele de pronto

que todo buen caballero

que no se precie de tonto,

debe tener escudero.

 

(Mientras el Coro continúa cantando, aparecen Don Quijote, montado en su fiel Rocinante, y Sancho Panza en su burro, conversando animadamente)

 

 

Acordóse de un vecino

pobre y  de buen corazón,

Sancho Panza se llamaba.

Ya verán que sucedió.

 

SANCHO: Mire señor Caballero Andante, espero que no se le olvide que me ha prometido una ínsula. Le aseguro que yo sabré gobernarla.

DON QUIJOTE: Amigo Sancho Panza: es costumbre de los Caballeros Andantes hacer Gobernadores a sus  escuderos. Pero, ¿quién lo duda?

SANCHO: ¡Yo  lo dudo! (Se arrepiente de su vehemencia) Pues creo señor, que  si llovieran reinos sobre la tierra, ninguno le  sentaría  bien a mi mujer, Teresa Panza,  que no vale  para reina, apenas  para  condesa y con ayuda de  Dios.

DON QUIJOTE:  (Muy excitado)  ¡Oh, amigo Sancho  Panza! ¡La ventura guía  nuestros pasos! ¿Ves aquellos desaforados gigantes?

SANCHO: (Mirando con atención hacia donde señala Don Quijote)¿Qué gigantes?

DON QUIJOTE:  Aquellos. Los de los brazos largos. Que algunos tienen varias leguas.

SANCHO:  Pero señor, aquellos no  son gigantes sino  molinos  de viento.

DON  QUIJOTE:  (Asombrado por la actitud de Sancho) Me parece, Sancho, que nada  sabes de  aventuras. Si tienes miedo apártate, que  voy a entrar  con  ellos en fiera y desigual batalla.

 

(En el espacio opuesto al que  están ubicados Sancho y Don Quijote, aparecen tenuemente iluminados los molinos de viento que, accionados por dos actores, irán  aumentando progresivamente su  movimiento, dando la impresión de que el viento los mueve cada vez  más violentamente)

 

SANCHO:  (Con desesperación) ¡Deténgase señor! Pero, ¿qué locura es esta?

DON QUIJOTE: ¡No huyan, cobardes criaturas, que solo yo los ataco!

 

(Don Quijote llega hasta los molinos y choca con ellos. Con la ayuda de  un juego de luces, vuelan el Caballero y Rocinante por el aire. Sancho se acerca a socorrerlos. Mientras la luz que iluminaba los molinos se esfuma, Don Quijote asistido por Sancho, se recupera lentamente)

 

SANCHO: ¡Por Dios! ¿No le dije señor que eran molinos de viento? ¿Qué le pasa? ¿Ha perdido el juicio?

DON QUIJOTE: (Muy dolorido) Calla, amigo Sancho. Más bien creo que algún encantador enemigo mío ha convertido estos gigantes en molinos de viento, para quitarme la gloria de su vencimiento.

SANCHO: Señor, no delire usted...

DON QUIJOTE: Pero han de poder poco sus magias contra  la bondad de mi espada.

SANCHO: (Ayudándolo a levantarse) Vamos señor. Despacio. No sea que se le haya quebrado algún hueso. (Caminan lentamente)

DON QUIJOTE: ¿Sabes, Sancho? Me ha dicho el Ama que Frestón, el más grande encantador enemigo mío, montado en una gran serpiente se presentó en mi casa y se llevó uno  a uno todos los libros de mi biblioteca.

SANCHO: (Observando que su amo se encuentra muy débil) Siéntese señor y comamos algo que aquí traigo una cebolla y unos mendrugos de pan, aunque no sea manjar para un caballero como vos.

DON QUIJOTE: ¡Qué mal me entiendes, Sancho! Que es honra  de los Caballeros Andantes no comer en un mes y que cuando coman sea de aquello que hallen a mano, frutas y hierbas del campo.

SANCHO: Bien. De ahora en adelante, proveeré las alforjas de frutas secas para usted que es Caballero y para mi que no lo soy, las proveeré de cosas más sustanciosas. (Se aleja para comer)

DON QUIJOTE: ¡Sancho, ven aquí, siéntate a mi lado! Sé conmigo una sola persona, come en mi plato y bebe en donde yo bebo, porque de la Andante Caballería se dice lo mismo que del Amor: que todo lo iguala.

SANCHO: Gran favor. Sepa usted que me cae mucho mejor lo que como estando solo aunque sea cebolla, pues así no estoy obligado a comer despacio, a limpiarse a menudo y a no toser ni eructar si tengo ganas.

DON QUIJOTE: (Obligándolo a sentarse al lado de él) ¡Con  todo , te has de sentar a mi lado! Aquí haremos noche, amigo Sancho.

SANCHO: ¡Pero señor, mejor buscar posada que tenga  cama y comida, que quien su cuerpo al cielo deja, aguas lo mojan!

DON QUIJOTE: (Enojado) ¡Calla bellaco y deja de ensartar refranes! ¿No sabes que los Caballeros Andantes vamos por los campos y dormimos a cielo descubierto?

SANCHO: (También enojado) ¡Sepa mi señor que de no ser por la ínsula que me tiene prometida, mejor estaría yo en mi casa con mi mujer y mis hijos!

 

(Mientras el diálogo llega a su fin, en sentido opuesta aparecen cuatro hombres encadenados que siguen a un guardia. Se arrastran gimiendo de cansancio. El guardia golpea el suelo de tanto en tanto con un gran látigo, mientras les grita que deben continuar)

 

SANCHO: (Sacudiendo a su amo) ¡Mire, mire, señor!

DON QUIJOTE: ¡Dios mío! Pero, ¿qué es eso?

SANCHO:  (Con suficiencia) Esa es cadena de galeotes, gente forzada  por el rey que va a galeras.

DON QUIJOTE: ¿Cómo forzada por el rey? ¿Cómo es posible que el rey fuerce a alguien?

SANCHO: Quiero decir que están presos y los llevan a remar a los barcos.

DON QUIJOTE: (Montando en cólera) Como quiera que sea, esa gente va por la fuerza y no por su voluntad.

SANCHO: Así es.

DON QUIJOTE: Pues aquí encaja la ejecución de nuestro oficio: deshacer fuerzas y socorrer a los pobres y oprimidos.

SANCHO: Advierta mi señor, que la Santa Hermandad hace justicia por el rey y lo pasaríamos muy mal si usted se opone a ello.

DON QUIJOTE: (Detiene a la cadena de galeotes sin escuchar a  Sancho que está muy asustado)¡Oiga usted! ¿Por qué lleva a esa gente de tan mala manera?

GUARDIA: Es gente que va a galeras por sus delitos. Nada más. Y ahora, ¡abra el paso!

DON QUIJOTE: Con todo querría saber cuales son sus delitos.

GUARDIA: (Burlonamente) Pregúnteles...pregúnteles...

DON QUIJOTE: (Dirigiéndose al primero de los presos) ¿Por qué pecado vas de tan mala manera?

REO 1: Por amor, señor...

DON QUIJOTE: (Sorprendido) Pues hombre, si por amor echan a galeras, tiempo ha que yo pudiera estar remando en ellas.

REO 1: Por amor a un canasto lleno de comida. Le di un abrazo tan fuerte que, de no ser por la justicia, no lo hubiera soltado.

DON QUIJOTE: (Al segundo reo) Y tú, ¿por qué vas a galeras? (No contesta)

GUARDIA: Va por músico y cantor.

DON QUIJOTE: ¿Cómo? ¿Por músicos y cantores también van a galeras?

GUARDIA: Si señor, que no hay nada peor que cantar en el ansia.

DON QUIJOTE: Pero, ¿no dicen que quién canta sus males espanta?

GUARDIA: (Con impaciencia) Señor, ¿no sabe usted que cantar en el ansia significa confesar en la tortura? A este pecador lo torturaron y confesó ser cuatrero. Va triste y callado porque los demás ladrones lo castigaron, pues dicen que tantas letras tiene un si como un no. Y hasta yo creo que tienen razón.

DON QUIJOTE: (Al tercer reo) ¿Y tú?

REO 3: Yo voy a galeras por faltarme diez ducados.

DON QUIJOTE: Veinte te daría yo por librarte de tu pesadumbre.

REO 3: (Con simpatía) Tarde ya, que de haberlos tenido a tiempo hubiera yo untado la mano del procurador y avivado la bondad del escribano, que así la justicia anda.

DON QUIJOTE: (Al cuarto reo) Y tú, ¿por qué vas así?

GUARDIA: (Burlón) Este es Ginés de Pasamonte gran ladrón y gran bellaco al que llaman también Ginesillo de Paparillo. (Se ríe).

REO 4: (Irritado) Con cuidado señor comisario, y no diga ya sobrenombres.

GUARDIA: ¡Habla con menos tono, señor ladrón si no quieres que te calle! (Levanta su látigo para pegarle. Don Quijote se interpone)

DON QUIJOTE: ¡No lo maltrates! (Se aleja un poco, observa con resolución y, dirigiéndose alternativamente al público y a los ladrones, comienza a hablar) De todo cuanto han dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que las penas que van a padecer no les dan mucho gusto y que van hacia ellas en contra de su voluntad. Todo lo cual me obliga a mostrar con ustedes el efecto para que el cielo me arrojó al mundo: cumplir con la orden de Caballería que profeso, favoreciendo a los menesterosos y opresos de los amos. Por eso, señor Guardia, pido que los desate y los deje ir en paz, pues no se debe hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres y no es bueno que los hombres sean verdugos de los otros hombres. Pido esto con mansedumbre y sosiego; pero si no lo cumples, esta espada junto con el valor de mi brazo, harán que lo hagas por la fuerza.

GUARDIA: (Con ironía) ¡Donosa majadería! ¡Váyase, señor! Enderece esa escupidera que tiene en la cabeza y no ande buscando cinco pies al gato.

DON QUIJOTE: (Fuera de sí) ¡Tu eres el gato, el rato y el bellaco!

SANCHO: (Muy asustado) Señor, tenga cuidado con lo que hace.

 

(Don Quijote ataca al Guardia. Los reos, con la ayuda de Sancho se sueltan de sus cadenas. Se produce un desbande general. El Guardia huye. Cuando todo se calma, habla Sancho)

 

SANCHO: ¡Señor, vamos pronto que la Santa Hermandad se enterará! Es preciso que nos escondamos de la justicia.

DON QUIJOTE: (Muy irritado) ¡¿Dónde has visto tu, bellaco, que los Caballeros Andantes sean juzgados por sus actos?! Yo sé lo que ha de hacerse ahora. (A los galeotes) ¡Ea, ustedes! ¡Vengan aquí! (Los reos se acercan y los rodean)

REO 4: Extraña es su figura y la forma en que viste, pero igual le agradecemos lo que ha hecho. (Los demás reos asienten)

DON QUIJOTE: El agradecimiento es de gente bien nacida y, en pago al favor que yo les hice, quisiera que todos juntos se presenten ante mi señora, Dulcinea del Toboso, y

le digan que el Caballero de la Triste Figura los manda encomendar.

REO 4: Lo que usted pide, señor y libertador, es imposible, pues separados debemos andar para que no nos aprese la Santa Hermandad.

DON QUIJOTE: (Presa de gran indignación) ¡Pues, voto a tal! ¡¿Quién eres tu, don Ginesillo de Paparillo o don hijo de puta o como te llames?! ¡Y digo que irás solo, con todas las cadenas a cuestas!

 

(Todos los presos comienzan a gritarle ¡loco!, ¡loco!, mientras le arrojan piedras. Don Quijote y Sancho caen al suelo. Mientras la luz se esfuma sobre la escena, en otro espacio  aparece el Coro)

 

CORO:

No podía Don Quijote

mover su dolido cuerpo

y en su delirio gritaba:

“¡quiero deshacer entuertos!”

Divisó con alegría

el buen Sancho, una posada.

Hacia allí llevó a su amo

que muy quedo se quejaba.

Creyó ver el Caballero

un castillo en el mesón,

y a sus habitantes, nobles.

Ya verán lo que ocurrió.

 

(Promediando la canción, aparece Maritornes, criada de la posada que, al ver a Don Quijote y Sancho que se aproximan dificultosamente, corre hacia adentro para llamar a los posaderos)

 

Maritornes: (Gritando) ¡Amos!...¡Amos!... (Aparecen el posadero y la posadera, seguidos por Maritornes)

POSADERO: (Muy asombrado por el aspecto de Don Quijote) ¿Qué le ha pasado al Caballero?

SANCHO: Nada, nada. Se ha caído entre unas peñas.

POSADERA: Tráiganlo al pajar, pues camas no tenemos. (Lo recuestan sobre unas bolsas)

MARITORNES: (Acariciando al Caballero) Ya le curaremos sus heridas...

DON QUIJOTE: (confundiendo a las mujeres con damas de la nobleza) Les agradezco, hermosas señoras, y juro que estoy a su servicio de aquí en más, siempre luego de mi gran señora, doña Dulcinea del Toboso.

POSADERA: (A Sancho) ¿Quién es él?

SANCHO: El más famoso Caballero Andante, el de la Triste Figura.

MARITORNES: ¿Caballero Andante? ¿Qué es eso? Para mi que este hombre está loco.

DON QUIJOTE: (Que no ha oído nada) Créame, hermosa señora, que estoy agradecido de que me reciba en su hermoso castillo. (Todos ríen)

POSADERO: No es para tanto. Es solo una posada, pero eso si: muy limpia.

POSADERA: Bueno, José. Vamos que aún hay mucho para hacer. Buenas noches y que descansen, caballeros. ¡Y tú, Maritornes! ¡A tu trabajo!

MARITORNES: Ya voy.

 

 

(En ese momento aparece un arriero que va a pasar la noche en la posada. Le hace una seña disimulada a Maritornes  y esta se acerca)

 

ARRIERO: (Abrazando muy ansioso a Maritornes) Acuérdate que esta noche te espero en el pajar.

MARITORNES: Pues allí estaré cuando todos duerman.

 

(El arriero y Maritornes desaparecen mientras la luz baja suavemente sobre las figuras de Don Quijote y Sancho. Cuando está todo en penumbras aparece el arriero que se acuesta al lado de Sancho. Luego de un tiempo, aparece Maritornes que se dirige a tientas hacia donde cree que puede estar el arriero. Al pasar cerca de Don Quijote, éste le toma una mano creyendo que se trata de Dulcinea)

 

DON QUIJOTE: ¡Oh, mi señora Dulcinea del Toboso! ¿Qué haces aquí? ¡Oh, mi vida!

MARITORNES: (Hablando en voz baja y tratando de zafarse) Pero, ¿qué hace? ¡¡Suélteme, suélteme!! ¡¿Qué hace?! ¡¿Está loco?!

ARRIERO: (Celoso, se arroja sobre Don Quijote) Pero ¿qué hace? ¡Suéltela, viejo loco! ¡¡Suéltela, le digo!!

 

(El arriero comienza a golpear a Don Quijote. Ambos pelean. El arriero está encima. Al escuchar los ruidos, se escucha la voz del posadero en la oscuridad)

 

POSADERO: ¿Qué son esos ruidos? ¿Dónde estás, Maritornes?

 

(Mientras el arriero y Don Quijote pelean, Maritornes, muy asustada, se abraza a Sancho que no sabe que hacer)

 

POSADERO: (Aún desde adentro) ¿Dónde estás, puta? ¡Algo tendrás que ver en todo esto! ¿Dónde estás, grandísima puta?

 

(La batahola es general. En ese momento entra el posadero con un gran palo en la mano y, sin ver nada, golpea a todo bulto que se mueve. La pelea es todos contra todos. En ese momento aparece la posadera)

 

POSADERA: ¡Qué pasa aquí? ¡Silencio! ¡Silencio, que puede venir la Santa Hermandad!

 

(El arriero ha desaparecido. Don Quijote se levanta como puede ayudado por Sancho. Están ambos muy doloridos)

 

DON QUIJOTE: Pero, señora, ¿qué raro castillo es este donde golpean a los Caballeros Andantes? Seguro que está encantado.

POSADERA: (Muy asustada) Silencio, señor, que puede venir la Santa Hermandad.

DON QUIJOTE: (Enojado) ¿Dónde ha oído usted que la Santa Hermandad pueda hacer justicia sobre un Caballero Andante? ¡Sancho...!

SANCHO: (Muy dolorido) Si, si, mi señor...

DON QUIJOTE: Prepara todo. Nos vamos. (Entra el posadero)

SANCHO: (Mira al posadero, asustado) Señor, ¿será ese el encantador que vuelve a castigarnos?

DON QUIJOTE: No, Sancho. Los encantadores no se dejan ver por nadie.

SANCHO: Pero se dejan sentir. Si no, pregúntele a mis espaldas.

POSADERO: ¿Ya se va el caballero?

DON QUIJOTE: Señor: encantadores enemigos míos han tomado este castillo. Le agradezco su buena voluntad pero he de irme.

POSADERO: Pero antes es preciso que me pague usted el gasto que ha hecho en la posada.

DON QUIJOTE: (Muy sorprendido) ¿Cómo? ¿Posada es esto?

POSADERO: Y muy honrada, señor.

DON QUIJOTE: (Mirando enojado a Sancho)  Engañado he vivido, pues creí que era castillo. Pero entienda señor, que un Caballero no paga posada.

POSADERO: (Cada vez más enojado) Mire señor: págueme de una vez por todas y déjese de cuentos.

DON QUIJOTE: ¡Usted es un impertinente, bellaco y mal posadero! Y no insista pues haré justicia con mi espada. (Se aleja muy ofendido y tambaleante)

POSADERO: ¡Págueme lo que me debe o juro que lo pagará su acompañante!

SANCHO: (Muy asustado) ¡Jamás! Mi señor conoce todas las leyes de la Caballería Andante. (Al ver que el Posadero se acerca con el garrote, comienza a corre. El Posadero lo corre)

POSADERO: ¡Me cago en todas las leyes de la Caballería Andante!

 

(Sancho corre y desaparece llevándose a su amo casi a la rastra. El Posadero se vuelve amenazando con el garrote a Maritornes que corre desesperada hacia el interior de la posada. Por allí desaparecen también el posadero y la posadera discutiendo acaloradamente. La luz se esfuma y, en otro lugar del espacio escénico, se enciende una luz sobre el coro)

 

CORO:

Caballero y escudero

estaban muy fatigados,

sentaronse a descansar

y unas voces escucharon.

Sus amigos eran éstos,

el Cura y Sansón Carrasco

que disfrazados estaban

para poder engañarlos.

Creían que Don Quijote

loco de remate estaba

con tal trampa lograrían

que a su aldea regresara.

 

(Mientras la canción se acerca a su fin, una luz ilumina a Don Quijote y a su escudero, que descansan apaciblemente. En el otro extremo del espacio escénico aparecen el Caballero de los Espejos y su escudero, que no son otros que Sansón Carrasco y el Cura, este último con una enorme nariz. Sansón viste de Caballero con una casaca de espejos)

 

SANSÓN: (Al Cura) Allí está Don Quijote, vuestra merced.

CURA: Pues adelante con nuestro plan, hijo mío.

SANSÓN: En cuanto nos enfrentemos, lo retaré a duelo y al ganar, lo obligaré a volver a nuestra tierra. (Gritando para que lo oiga Don Quijote) ¡Oh, hermosa e ingrata Casildea de Vandalia! ¿Por qué consientes que este, tu enamorado, ande peregrinando continuamente rodeado de ásperos y rudos trabajos?

DON QUIJOTE: (Débilmente iluminado, escucha atentamente) Oye Sancho, aventuras tenemos..

SANCHO: (Con temor) Espero que sean buenas. ¿Y dónde está la señora aventura?

DON QUIJOTE: Allí. Mira, mira...

SANSÓN: (Prosiguiendo con el engaño) ¿No te basta que todos te confiesen como la más hermosa, desde La Mancha hasta Navarra?

DON QUIJOTE: (A Sancho) ¡Eso no! Que yo soy de La Mancha y solo confieso la belleza de la sin par Dulcinea del Toboso.

SANCHO: Shhh...¡Calle, vuestra merced!

SANSÓN: (Que escuchó todo) ¡Ea! ¿Qué gente anda allí? ¿Es por ventura la del número de los contentos o la de los afligidos?

DON QUIJOTE: De los afligidos...

SANCHO: Prudencia mi señor, que los palos tienen gran simpatía por mis espaldas.

SANSÓN: (Gritando) Pues lléguese hasta mi y hará de cuenta que llega a la misma tristeza.

DON QUIJOTE: (Dirigiéndose hacia el lugar donde se encuentra Carrasco) Caballero soy y por desventura, enamorado, como vuestra merced.

SANSÓN: Enamorado soy de la sin par Casildea de Vandalia, por la cual he hecho muchos y muy peligrosos trabajos. He vencido gigantes y caballeros de todas las tierras, pero de lo que más me ufano, es de haber vencido a Don Quijote de La Mancha y de haberle hecho declarar que es más hermosa mi Casildea que su Dulcinea.

DON QUIJOTE: De que vuestra merced haya vencido a muchos caballeros, no digo nada. Pero de que haya vencido a Don Quijote, eso lo pongo en duda.

SANSÓN: Por cierto que si. Lo he vencido.

DON QUIJOTE: Habrá sido alguien parecido, pues Don Quijote es el mayor amigo que en el mundo tengo, tanto que es mi misma persona y no he sido vencido por usted. (Dudando) Aunque...hay un gran encantador enemigo mío que tal vez haya trocado mi figura en desmedro de mis hazañas.

SANSÓN: Pues aquí estamos, frente a frente. Luego veremos quien rinde a quien. Y ha de ser mi condición que el vencido quede a merced del vencedor, para que haga lo que se le pida.

 

(Se esfuma la escena y se ilumina el lugar donde han quedado Sancho y el Cura disfrazado de escudero)

 

SANCHO: Así es, amigo. Mi caballero me ha prometido una ínsula; por eso sufro todos los trabajos y estoy fuera de mi casa aunque digo que hasta ahora no he tenido como premio más que hambre y palos. Su caballero, ¿es un enamorado?

CURA: Si. De la codicia.

SANCHO: Pues sirve usted a un amo tan tonto como el mío.

CURA: Y tan bellaco.

SANCHO: Eso no, que el mío tiene un alma como un cántaro. No sabe hacer mal a ninguno y sí bien a todos, y por esa sencillez le quiero con todo mi corazón y no le dejo por más disparates que haga.

CURA: Bien hablas, hermano. Pero como dicen: “Si el ciego guía al ciego, ambos caen al pozo”. Ah, y quiero decirte hermano que mientras nuestros amos peleen, también nosotros nos hemos de hacer astillas. Así lo dicta la costumbre.

SANCHO: (Sorprendido y asustado) Esa costumbre guárdela usted para los rufianes que yo, ni pienso.

CURA: (Maliciosamente) Con todo, deberíamos pelear aunque sea media hora.

SANCHO: ¡Jamás! Además, ¿quién ha de reñir estando sin cólera ni enojo?

CURA: Eso tiene remedio: antes de pelear yo le daré a usted dos buenas bofetadas que den con usted en el suelo y así le despierten la cólera.

SANCHO: (Enojado) Mejor remedio es el mío, que antes que usted despierte en mi la cólera, tomaré un palo y de un garrotazo haré que usted despierte en el otro mundo.

DON QUIJOTE: (Apareciendo sorpresivamente) Sancho, prepara mis armas. Ya es hora.

 

(El Cura se va a asistir al falso Caballero de los Espejos)

 

DON QUIJOTE: Tomemos del campo lo que sea necesario y verá quién es el verdadero Don Quijote.

 

(Cada Caballero monta su caballo. Mientras tanto Sancho es amenazado por el escudero-cura que le hace señas con un látigo. Sancho escapa)

 

DON QUIJOTE: Sancho, hermano, ¿dónde vas?

SANCHO: (Señalando al público) Seguro que desde aquella loma veré mejor la batalla.

DON QUIJOTE: Antes creo, Sancho, que le temes al escudero.

SANCHO: La verdad señor, es que su desaforada nariz me tiene lleno de espanto.

DON QUIJOTE: Te digo, Sancho, que de no ser quien soy, también me asustaría.

 

(Don Quijote y el Caballero de los Espejos se aprestan a la batalla)

 

DON QUIJOTE: ¡A ti me encomiendo, mi señora Dulcinea del Toboso!

SANSÓN: ¡A ti me encomiendo, mi señora Casildea de Vandalia!

 

(Ambos cabalgan con sus lanzas y escudos. Cuando se encuentran, Don Quijote golpea violentamente a Sansón y este cae al suelo estrepitosamente. Sancho se acerca cauteloso y ve que al Caballero de los Espejos se le ha caído la máscara)

 

SANCHO: ¡Por Dios!. Si es el licenciado Sansón Carrasco. ¡Rápido señor! ¡Ensártele la espada por la boca y húndala, que seguro que matará así a alguno de esos malos encantadores!.

CURA: (Se acerca gritando y quitándose la nariz) ¡No, por Dios, que somos nosotros!

SANCHO: ¡Señor Cura! ¡Usted!

DON QUIJOTE: (Con la espada en la cara del licenciado) No dices mal, Sancho. Sé que todo es artificio y traza de los magos que me persiguen, aquellos que del mundo transforman lo feo en hermoso y lo hermoso en feo. ¡Oh, encantadores! No podrán lograr que abandone mi misión: deshacer entuertos, favorecer a los pobres y oprimidos, ayudar a las viudas y doncellas. (A Sansón Carrasco) ¡Tú! ¡Seas quien seas, reconoce que mi señora es la más bella del mundo!

SANSÓN: ¡Lo reconozco! ¡Lo reconozco! (Se levanta con dificultad, ayudado por el Cura. Ambos huyen)

 

(Don Quijote y Sancho deciden hacer noche en el lugar de la victoria)

 

SANCHO: Señor, ¿qué extraña aparición ha sido esta, la del licenciado Carrasco y el señor Cura?

DON QUIJOTE: ¿Tú crees por ventura, que eran ellos? Los encantadores, Sancho...Los encantadores...

SANCHO: (Dudando de las palabras de su amo) Pues así será, señor...

DON QUIJOTE: Ah, cosas vederes que non crederes, hermano... Descansemos ahora en este apacible lugar...

 

(Ambos se sientan en el suelo. Sancho busca en sus alforjas algo para comer y se lo ofrece a Don Quijote)

 

DON QUIJOTE: Tal parece Sancho, que yo he nacido para vivir soñando y tu para vivir mascando.

 

(Sancho termina de comer y se acuesta. De pronto, levanta la cabeza recordando que debe desearle las buenas noches a su amo)

 

SANCHO: Buenas noches tenga, señor.

DON QUIJOTE: Maravillado estoy Sancho, de tu libertad. De mármol pareces, o de bronce, que duermes sin que emoción alguna te mueva.

SANCHO: (Levanta la cabeza y bosteza) No entiendo señor. Solo sé que mientras duermo no hay en mi ni temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria. Una sola cosa mala tiene el sueño y es que se parece a la muerte. Y ahora si: ¡a dormir!

 

(Lentamente ambos se duermen. Don Quijote se mueve, inquieto. Está soñando con su señora Dulcinea del Toboso, que hace su aparición envuelta en gasas e iluminada por una tenue luz de un suave tono rosado)

 

DULCINEA: (Llama a Don Quijote con una voz muy suave y dulce) Señor, oh mi señor Caballero Andante...

DON QUIJOTE: (Se incorpora y queda maravillado al contemplar a la hermosa figura) ¡Oh, mi Señora Dulcinea del Toboso! ¿Es esto un sueño?

DULCINEA: No, mi señor. He venido a pedirte que no desmayes, que prosigas con la ejecución de tus trabajos: deshacer entuertos y socorrer a los pobres y oprimidos.

DON QUIJOTE: Si, mi señora.

DULCINEA: Yo seré el premio a tantas desventuras que en el mundo halles.

DON QUIJOTE: Por ti, mi señora, soy capaz de cualquier sacrificio.

DULCINEA: Has de saber Caballero, que cautiva estoy de un encantamiento. Tal vez, si tu mano me tocara, yo podría despertar de él.

DON QUIJOTE: Pues mi mano es tuya, mi señora...

 

(Don Quijote avanza estirando su mano, pero cada vez le cuesta más acercarse a su señora. Sus movimientos son cada vez más lentos y dificultosos, como si una fuerza desconocida le impidiera avanzar, hasta que de pronto, cae al suelo y la soñada figura desaparece. Sancho despierta sobresaltado y al ver a su amo en el suelo corre a auxiliarlo)

 

SANCHO: ¡Señor! ¡Señor! ¿Qué ha pasado? ¿Acaso ha tenido un mal sueño?

DON QUIJOTE: (Tratando de recomponerse) Bueno era el sueño Sancho, que en él liberaba a mi señora Dulcinea del Toboso.

SANCHO: Tranquilícese mi señor, que tal vez inventemos algún otro con final más feliz.

DON QUIJOTE: Lo dudo mi buen amigo Sancho. Los encantadores nos persiguen. De desventura en desventura vamos.

SANCHO: Calma tenga usted; témplese en la desventura que yo creo que vamos por la buena senda.

 

(En ese momento, la conversación de Don Quijote y Sancho es interrumpida por las voces alegres de un grupo de comediantes que se acerca al lugar donde están ambos. Vienen cantando la siguiente canción)

 

Somos pobres pero alegres,

comediantes caminantes,

divertimos a las gentes.

¡Somos un pocos tunantes!

Nos reímos y lloramos,

y  sufrimos y pensamos,

y cantamos y bebemos,

y así muy  bien la pasamos.

Comediantes de la vida,

comediantes del dolor,

comediantes de la historia,

¡comediantes del amor!

 

 (Se trata de un carro en el que van los actores trashumantes con máscaras que representan a la muerte, una princesa, un emperador, el demonio, etc., etc. Un actor con una caperuza de caballo tira del carro. Cuando el caballo ve al extraño dúo, frena bruscamente el carro)

 

CABALLO: ¡Un momento! Aquí veo a dos caballeros. Representemos nuestra obra para ellos.

 

(Todos se ubican en sus lugares y comienzan la representación)

 

DEMONIO: ¡Oh, mi señor Emperador! ¿Ves aquélla villa? El olor nauseabundo de cerdos y labradores, ofenden tu figura.

MUERTE: Real es, mi señor. Bueno sería hacerlos desaparecer de la faz de la Tierra.

PRINCESA: Si, mi señor. Mi belleza no puede pasear entre tan baja caterva de hombres y bestias.

GENERAL: ¡Mi espada y mi ejército están a tu disposición, mi señor!.

TODOS: ¡Muerte al populacho! ¡Muerte al populacho!

EMPERADOR: ¡Ah, nobles esclavos míos! En verdad que no soporto la vista de este lugar pestilente. ¡El fuego! ¡El fuego purifica! ¡El fuego sanará las sucias almas de mis vasallos!

 

(Don Quijote y Sancho observan la escena atónitos. El Emperador está en el centro y todos los demás a sus pies, suplicando muerte. Cuando el Emperador va a ordenar la destrucción de su pueblo, Don Quijote prepara sus armas y lleno de cólera, les grita)

 

DON QUIJOTE: ¡Carretero, o diablo, o quién seas! ¡Detente y dime presto quienes son y a donde van!

CARRETERO: Tranquilo, señor. Somos actores de la Compañía de Angulo el Malo y vamos a actuar a un pueblo cercano.

PRINCESA: Y tu, señor, ¿qué función estás representando que vistes tan raros trajes?

DON QUIJOTE: Yo no soy comediante señora. Aunque en verdad, los admiro. Soy el famoso Caballero Don Quijote de La Mancha, deshacedor de agravios y entuertos. (Todos ríen por lo bajo y se codean unos a otros) Por mi fe que vi este carro y pensé en una gran aventura. Y ahora digo que en verdad, hay que tocar las cosas con las manos, pues las apariencias engañan.

 

(Mientras Don Quijote habla, el Demonio, con una caña con cascabeles, molesta a Rocinante. Este, asustado, comienza a corcovear. Don Quijote no puede dominarlo y terminan los dos en el suelo, con gran estrépito)

 

SANCHO: ¡Señor! ¡Oh, mi señor! ¡Otra vez en el suelo! Si yo no lo conociese, diría que usted más parece escoba que hombre, que siempre está barriendo el piso. (Ayuda a su amo a incorporarse. Este está lleno de cólera)

DON QUIJOTE: ¡¿Dónde está ese maldito Demonio?!

SANCHO: Tranquilo, mi señor, que ya lo veo otra vez en el suelo. (Los comediantes se alejan ruidosamente)

DON QUIJOTE: ¡Deteneos, turba alegre, que voy a demostrarles quien soy!

 

(Los comediantes se alejan, riendo y cantando. Sancho se enoja)

 

SANCHO: ¡Farsantes! ¡Farsantes!

DON QUIJOTE: (Más tranquilo) Déjalos, hermano mío, pues ellos son comediantes. Deben tener libertad, pues hacen bien a la República. Ellos son espejo vivo de nuestras acciones y representan lo que somos y como actuamos.

SANCHO: (Calmándose) Real es, mi señor. Que cuando terminan sus comedias y se desvisten, son todos iguales. Como en la vida. Que algunos, vestidos de reyes o emperadores se diferencian de su pueblo, pero cuando termina la comedia de la vida, quedan iguales en la sepultura.

DON QUIJOTE: Me sorprendes, Sancho, pues eres simple y verdadero.

 

(De pronto, en otro espacio de la escena, se escuchan gritos . Cuando se ilumina la escena, se va a un muchacho muy joven que está siendo duramente castigado por un hacendado)

 

MUCHACHO: ¡No por Dios, señor! ¡No me castigue más!

HACENDADO: ¡Has de tener más cuidado, bellaco!

MUCHACHO: ¡Lo tendré! ¡Juro que lo tendré! Pero por favor, no me castigue más...

HACENDADO: ¡Con tu sangre has de pagar la oveja que perdiste!

MUCHACHO: ¡Basta señor! ¡Piedad! ¡Piedad!

HACENDADO: Es tu obligación cuidar de mi hacienda, villano.

 

(Don Quijote y Sancho quedan muy sorprendidos por lo que ven)

 

DON QUIJOTE: ¡Voto a mil demonios! ¿Ves lo que yo veo, Sancho? Nuestra tarea no tiene descanso.

SANCHO: Si señor. Pero cuidado. Mire que es cosa común que esto suceda. ¡Si me habrán azotado a mí!

DON QUIJOTE: ¿Cómo? Mal dices, Sancho. ¿Cómo puede un hombre acostumbrarse a tan injusto castigo?

SANCHO: (Conmovido) De verdad que tiene razón, mi señor.

DON QUIJOTE: (Acercándose) ¡Ea! ¡Usted! ¡Sea quién sea, deténgase!

SANCHO: (Atrevido) ¡Si! ¡Deténgase!

HACENDADO: (Mirando sorprendido a los recién llegados) ¿Qué dicen los señores?

DON QUIJOTE: ¡Digo que detenga ese látigo y libere ya mismo a ese muchacho!

MUCHACHO: Por Dios...Gracias, gracias, señor...

HACENDADO: (Castigándolo nuevamente) ¡Silencio tú! (Acercándose a Don Quijote, con ironía) ¿Qué quiere, vuestra merced? ¿De qué novela se ha caído? ¡Vamos! ¡Siga su camino que Dios ampara mis actos!

 

(Mientras el Hacendado habla con Don Quijote, Sancho se ha acercado cautelosamente al Muchacho)

 

SANCHO: ¿Qué ha pasado, muchacho?

MUCHACHO: Hace un año que no me paga y ahora me castiga porque dice que le he perdido una oveja.

HACENDADO: ¡Silencio! Y ustedes váyanse ya si no quieren probar también la punta de mi látigo.

DON QUIJOTE: ¿Qué dices, bellaco?

HACENDADO: Digo que esta es mi comarca y en ella hago lo que quiero. Además, la Santa Hermandad me cobija.

SANCHO: Mi señor, cuidado que la Santa Hermandad es peligrosa.

DON QUIJOTE: (Blandiendo su espada) Señor: yo digo que todo trabajo merece su recompensa y digo también que el hombre no ha nacido para ser esclavo y que la rebelión es la mejor paga ante tan injusto trato. ¡Suéltelo ya o probará el filo de mi espada!

HACENDADO: (Se pone en guardia lanzando una estruendosa carcajada) Yo soy el amo de estas tierras. ¡Ya verás, viejo loco, como te enderezo las espaldas!

 

(Cuando el Hacendado le va a dar un latigazo, Sancho le toma por detrás la punta del látigo y Don Quijote, de un sablazo, lo deja tendido)

 

DON QUIJOTE: ¡Sancho! ¡Libera al Muchacho!

SANCHO: (Soltándolo) Si, mi señor.

DON QUIJOTE: Muchacho, ¿cuánto te debe este truhán?

MUCHACHO: Un año a siete reales por mes.

DON QUIJOTE: Son 84 reales. ¡Tú! ¡Levántate y paga!

HACENDADO: (De mala gana) Toma y es mejor que te vayas de estas tierras. En cuanto a ustedes, la Santa Hermandad hará justicia por mí.

DON QUIJOTE: ¡Fuera, fuera, bellaco! (El Hacendado desaparece rápidamente) ¡¿Cuándo has visto que la Santa Hermandad haga justicia con un Caballero Andante?!

MUCHACHO: (Muy nervioso, mira hacia todos lados) Señor Caballero: agradezco su ayuda, pero me voy antes de que la Santa Hermandad me prenda. (Se va corriendo)

SANCHO: (Mirando la alforja del rico Hacendado) ¡Mire, mire, señor! Ese ricachón se olvidó su alforja llena de comida...

DON QUIJOTE: ¡Ay, Sancho! ¡Qué simple que eres, que no piensas más que en comer y en beber!

SANCHO: (Algo ofendido y remedando a su amo) Se equivoca señor. También pienso en  otras cosas. En este momento estaba pensando en eso que usted dijo: que todo trabajo tiene su recompensa. Yo aún no se cuanto voy a cobrar...

DON QUIJOTE: (Turbado) Bueno, bueno...Tienes razón, hermano Sancho. Y que no sea yo uno de esos que dicen: “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”

SANCHO: (Burlonamente) Ah, señor, deje ya de ensartar refranes.

DON QUIJOTE: (Con pocas pulgas) ¡¿Qué dices, bellaco, mal escudero?! (Lo corre) ¡Ven aquí, que te pagaré de un golpe todo lo que te debo!

SANCHO: (Corriendo y en tono de broma) Vamos...vamos, señor...No se enoje usted...solo se trata de una broma...

 

(Ambos desaparecen. Inmediatamente se escuchan unos cánticos religiosos. Se trata de una procesión que avanza lentamente. Han aparecido por el lugar opuesto por el que se fueron Sancho y Don Quijote. Dos mujeres traen una imagen de la Virgen sobre sus hombros. Algunos llevan velas en sus manos que, por otra parte, va a ser la única luz que ilumine la escena. De pronto aparecen Sancho y Don Quijote que se detienen y observan la escena con admiración. Mientras Sancho se persigna, Don Quijote va cambiando la expresión de su rostro. De la admiración, pasa al enojo)

 

DON QUIJOTE: Sancho, prepara mis armas.

SANCHO: Pero señor, ¿qué va usted a hacer?

DON QUIJOTE: ¡Silencio! Y si tienes miedo, ve a observar lo que sucede desde alguna loma. (Comienza a acercarse a la procesión)  ¡Deténganse! Pido encarecidamente que liberen a esta señora, (señalando a la Virgen) cuyo rostro triste y lleno de lágrimas demuestra que no va por su voluntad.

MONJE 1: Hermano: creo que tu mente es presa de la confusión o no conoces a Nuestro Señor. Y abre el paso, que llevamos prisa.

DON QUIJOTE: ¡Jamás! Y a ustedes les digo: la libertad, hermanos, es uno de los dones más preciados que los cielos dieron a los hombres. Con ella no pueden igualarse los tesoros que la tierra encubre ni el mar encierra. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.

 

(Todos miran con sorpresa a Don Quijote. Sancho, asustado, se ha escondido. Los monjes están visiblemente molestos)

 

MONJE 2:(Dirigiéndose a la procesión) Hermanos, continuemos, que este hombre está loco.

DON QUIJOTE: ¡Ea! ¡Ustedes, que quizás por no ser buenos, cubren sus rostros: liberen a esta triste señora, o por mi fe que probarán el filo de mi espada!.

MONJE 2: No juegue usted con fuego, que se puede quemar.

DON QUIJOTE: (Muy irritado por las risas ataca al Monje 1) ¡Qué Dios me ayude!

MONJE 2: (Aporreándolo con un garrote) ¡Toma, toma, loco, infiel!

 

(Don Quijote cae al piso. Parece muerto. Sancho aparece corriendo y gritando. Los monjes se van, dándolo por muerto)

 

SANCHO: Basta, basta ya. ¡Señor, señor! ¡Oh, flor de la Caballería Andante! De un solo garrotazo han terminado tu carrera. (Lo sacude) ¡Vuelva en sí, mi señor, que aún me debe la ínsula que me tiene prometida!

DON QUIJOTE: (Mientras la procesión sigue su marcha) Ayúdame Sancho que estoy molido...

SANCHO: (Con preocupación) Si, si, mi señor...

DON QUIJOTE: ¡Oh, mi hermosa Dulcinea! A mayores sacrificios me dispongo por ti...

SANCHO: Quédese quieto, que yo le curaré. Por favor, mejórese, que aún quedan sin castigo muchos villanos y malhechores en el mundo.

 

(Mientras la luz baja, por uno de los laterales aparece el Coro)

 

CORO:

Terminada esta aventura

por los campos anduvieron

y pasados unos días

unos Duques conocieron.

Sabedores de su fama

los nobles y sus criados

fabricaron aventuras,

todo trampa, todo engaño.

Inocente como un niño

creyoles el Caballero,

y los Duques holgazanes

a su costa se rieron.

El bueno de Sancho Panza

también cayó en la celada

le inventaron una isla

para que él la gobernara.

 

(Cuando está finalizando la canción, una luz se enciende en una zona opuesta. Allí están el Duque, la Duquesa, un Cura y detrás un Mayordomo)

 

DUQUE: Mi señora: quiero que atendamos con mucho lujo a este Don Quijote y a su escudero Sancho Panza, pues he oído hablar de ellos y, sin maltratarlos, hemos de hacerles algunas bromas que parezcan hazañas de Caballería.

DUQUESA: Si, si, mi señor. Bueno sería pues, aunque no los entienda, ambos me causan mucha gracia.

CURA: Les ruego sean más serios y se dediquen a atender asuntos más importantes. ¿Qué es eso de recibir en su casa a un par de locos?

DUQUE: Locos puede ser, pero de vida brillante. No será perder el tiempo hablar con ellos pues, cuando hablan, hay mucho de razón en su locura. (Al Mayordomo) Hágalos pasar.

MAYORDOMO: ¡El Hidalgo Caballero Don Quijote de La Mancha y su escudero, Sancho Panza!

 

(Entran Don Quijote y Sancho. Se acercan al lugar donde se encuentran los Duques y hacen una reverencia. Se observa claramente que el Cura no experimenta ninguna simpatía por nuestros héroes. Después de los saludos de rigor, el Cura habla con tono marcadamente irónico)

 

CURA: (Al Quijote) Así que el señor es el famoso don Quijote de La Mancha...

DON QUIJOTE: Así es señor, aunque no soy soberbio. Espero que esa fama sea por mi honradez.

CURA: Creo más bien, que es por su locura.

DON QUIJOTE: (Asombrado) Señor...no entiendo...

DUQUE: (Al Cura)  ¡Señor, tenga cuidado con lo que dice!

DUQUESA: (Al Cura) ¡Señor, tenga cuidado con lo que dice!

CURA: Si. Por tonto, digo. ¿Quién le puso en la cabeza que existen los Caballeros Andantes ó que ha vencido gigantes?

DON QUIJOTE: Señor, mi orgullo de caballero no...

CURA: (Lo interrumpe con extrema dureza) No hay gigantes en España, ni malandrines, ni Dulcineas encantadas. Señor: vaya a su casa, cuide de sus propiedades y deje de andar vagando por el mundo, haciendo reír a todos lo que lo conocen.

DON QUIJOTE: (Visiblemente irritado) Con el respeto que me merece su investidura, no creo que quién ha vivido de pupilo y encerrado entre paredes, tenga luz para gobernar una casa o el mundo. Que Dios me juzgue. Yo digo: si frente a quienes eligen el camino de la ambición, de la soberbia, de la servilidad, de la hipocresía, de la mala riqueza, del engaño, yo elijo ser Caballero Andante, despreciar la riqueza pero no la honra, ayudar a los menesterosos y oprimidos, pelear con gigantes, enderezar entuertos, estar enamorado, intentar hacer el bien a todos y el mal a ninguno. Si el que así obra es considerado tonto, díganlo los presentes ya mismo y sin vacilación.

 

(El Cura va a responder, pero Sancho muy irritado, se anticipa)

 

SANCHO: Por favor, señor, no diga más en su defensa que este señor no sabe nada del mundo.

CURA: ¿Usted es Sancho Panza, al que dicen que su amo le tiene prometida una ínsula para que gobierne?

SANCHO: Si, señor. Yo soy de los que dicen: “júntate a los buenos y serás uno de ellos”, que con mi señor aprendí a diferenciar lo verdadero de lo falso y lo justo de lo injusto. ¡Viva él y viva yo! Que creo que a él no le faltarán imperios que mandar ni a mi ínsulas que gobernar.

DUQUESA: Hablas muy bien, Sancho. Y yo, en nombre de tu señor, te doy a gobernar una ínsula nuestra de gran dimensión que se llama Barataria. (El Duque asiente, complacido)

DON QUIJOTE: Arrodíllate, Sancho y agradece a su excelencia.

SANCHO: (Muy emocionado) Agradezco profundamente.

 

(Mientras se escuchan sonidos de trompetas y tambores, la luz se esfuma sobre la escena y algunos cortesanos se mezclan entre el público para representar al pueblo de la ínsula Barataria. Cuando la luz se enciende, en escena se encuentra el Mayordomo anunciando la presencia del nuevo Gobernador de Barataria)

 

MAYORDOMO: Presten mucha atención. Ahora llegará el tonto de Sancho Panza. Nuestro señor, el Duque, le ha hecho creer que es el gobernador de este lugar. ¡Silencio, silencio y cada uno a su lugar! ¡Aquí llega el señor Gobernador, Don Sancho Panza!

 

(Aparece Sancho. Los cortesanos-pueblo que se encuentran entre el público, lo vivan con fuerza)

 

SANCHO: (Admirado por el recibimiento)¿A quién llaman Don Sancho Panza?

MAYORDOMO:  A usted, señor, que otro Panza no ha entrado en esta  ínsula.

SANCHO: Pues advierta, hermano, que yo no tengo Don, ni en toda mi familia lo ha habido. Panza fue mi padre y Panza mi abuelo, a secas, sin añadiduras de Dones. De raza de labradores vengo y a mucha honra que así me lo ha enseñado mi amo Don Quijote. Aunque me imagino que aquí hay más Dones que piedras. ¡Y basta! ¡A comer, que hambre traigo!

MAYORDOMO: (Admirado) Antes, señor, quiero decirle que es costumbre aquí que el nuevo Gobernador conteste una pregunta frente a su pueblo, que ponga en juego su ingenio. Luego atenderemos su ayuno.

SANCHO: Adelante con ella, que yo la responderé para alegría o tristeza de mi pueblo.

PUEBLO 3: (Desde el público) Señor: a la entrada de esta villa hay un puente y en el centro, una horca. A todo el que lo cruza se le pregunta donde va. Si dice la verdad, se lo deja pasar, pero si miente, se lo cuelga allí mismo. Pues esta mañana llegó un hombre al puente. Cuando le preguntaron donde iba contestó: “Voy a morir en esa horca”. Y aquí está lo grave, señor, pues no se puede cumplir con la ley. Si se le deja libre, será habiendo dicho mentira; si se le ahorca, será habiendo dicho verdad.

SANCHO: Vamos despacio, que juez que mal se informa, mal sentencia. Dice la ley que al que diga verdad, se le deje libre y al que diga mentira, se le ahorque.

PUEBLO 3: Así es.

SANCHO: Y ese hombre, al preguntarle donde va, contesta: “A morir en esa horca”.

PUEBLO 3: Así es.

SANCHO:  Entonces, si se le deja libre no se cumple con la ley porque ha dicho mentira y si se le ahorca no  se cumple con la ley porque ha dicho verdad.

PUEBLO 3: Así es, señor.

SANCHO: Pues entonces, si no hay manera de ahorcar a medio hombre, dejando al otro medio libre; si en la balanza existen iguales razones para perdonarle que para ahorcarle y, ni perdonando ni ahorcando se cumple con la ley, lo que sobra es la ley. Déjenlo libre, pues de doblarse la vara de la justicia, más vale que se doble por la misericordia que por el castigo. ¡He dicho! Y ahora señores ¡a comer!, que no puedo pensar con tanto ayuno.

MAYORDOMO: Perdón, mi señor, pero antes debe resolver otros pleitos.

SANCHO: (Parándose) Pues, al menos, he de estirar las piernas.

MAYORDOMO: (Empujándolo para que se siente) Perdón, señor, pero debe hacer justicia sentado en su sillón.

SANCHO: (Malhumorado) Mal oficio este de gobernar. Pues que siga la tarea.

 

(Entran dos hombres, uno con báculo y otro sin báculo)

 

SANCHO: Que hable el demandante.

VIEJO SIN BÁCULO: Señor: hace algún tiempo he prestado a  este hombre diez ducados. Ahora los necesito y al pedírselos me los niega diciendo que ya me los devolvió.

SANCHO: ¿Tienes pruebas, buen hombre?

V/S/B: Ahí está el problema, señor, pues lo consideré honrado y se los presté sin firma ni testigos.

SANCHO: ¿Son hombres conocidos en este lugar?

MAYORDOMO: Ambos, señor. Y ambos respetables, porque nunca han faltado a su palabra.

SANCHO: ¡Dios mío!¿Qué debo hacer?

V/S/B: Solo pido señor, que tome juramento público a mi amigo, pues lo tengo por hombre de fe.

SANCHO: Así sea. ¡Tú! (Al Viejo Con Báculo) ¿Estás dispuesto a jurar ante la Santa Cruz?

V/C/B: Si, señor. (Dirigiéndose al Viejo Sin Báculo) Sostenme el báculo. ¡Yo juro ante Dios que mi buen amigo me prestó diez ducados de oro y juro, también, que se los he devuelto, poniéndolos con mis manos en sus manos! ¡Qué el cielo me condene si miento!

 

(Sancho se ha quedado pensativo. No sabe como resolver el problema y el hambre lo tiene muy molesto. Se va a levantar del sillón pero el Mayordomo lo sienta violentamente)

 

MAYORDOMO: ¡Señor, manténgase en su lugar!

SANCHO: Es que necesito un trago de vino para aclarar mis ideas.

MAYORDOMO: Señor Gobernador: el vino no aclara las ideas, más bien las enturbia.

V/C/B: ¿Me puedo ir, señor?

SANCHO: Aguarda un momento. (Se rasca la cabeza) Así que tu juraste públicamente haber devuelto el dinero con tu propia mano, ¿no?

V/C/B: Así fue, señor:

SANCHO: ¿Y tanto te molestaba ese báculo que no pudiste jurar con él?

V/C/B: ¿Por qué, señor?

SANCHO: ¡Porque aquí hay gato encerrado!¡Trae aquí ese báculo! (Abre el báculo y encuentra las monedas de oro) ¡Ajá! ¡Aquí están! (Al Viejo Sin Báculo) Toma tus ducados, buen hombre. ¡Y tú! ¡A la cárcel, que quien dice una verdad a medias es igual que quien miente!

MAYORDOMO: ¡Viva nuestro Gobernador! (Todos gritan)

SANCHO: Pues si quieren que viva, denme de comer.

MAYORDOMO: (Sacando una banana de su bolsillo) Tome, señor. Con esto irá entreteniendo su estómago.

SANCHO: (Muy indignado) ¿Qué es esto? ¿Frutas a mi cuerpo? (Pese al enojo, igual toma la fruta. Cuando está por darle el primer mordisco, el Mayordomo se la quita)

MAYORDOMO: Ya está bien, señor.

SANCHO: ¿Cómo que está bien, si aún no empecé?

MAYORDOMO: La fruta es peligrosa, pues es demasiado húmeda.

SANCHO: ¿Y la comida?

MAYORDOMO: Ya fue servida, señor.

SANCHO: ¿Dónde? Yo no la he visto.

MAYORDOMO: Señor: coma poco y cene más poco, que la salud del cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

SANCHO: (Visiblemente alterado) Señor, oficio que no da de comer, poco ha de valer. ¡¿Dónde está la cocina?! (Se levanta abruptamente)

MAYORDOMO: (Intentando sentarlo nuevamente) Prudencia señor, que quien gobierna ha de tener quieta la pierna.

SANCHO: (Tomando una decisión) ¡Basta, señor, que quien gobierna aquí soy yo! (Gritando) ¡Qué venga el cocinero! ¡Ya!

MAYORDOMO: (Viendo que la situación se complica)  Cocinera, señor Gobernador...Cocinera...

SANCHO: ¡Pues que venga, sea quien sea!

MAYORDOMO: (Inquieto) Si, si, mi señor...pero me parece que no va a...

SANCHO: (Muy enojado) ¿Qué? (De pie, gritando) ¡Cocinera, cocinera!

COCINERA: (Que no conoce la broma, aparece rápidamente muy asustada. Hace una reverencia al Mayordomo) Si, si, señor...¿Llamaba usted?

MAYORDOMO: Arrodíllese ante el señor Gobernador.

COCINERA: (Mira a Sancho. No sabe quien es. Se le escapa una sonrisa) ¿Qué? ¿Qué Gobernador?

MAYORDOMO: (Visiblemente irritado y con temor que se descubra la broma) ¡El señor Gobernador! ¡¿No entiende?!

COCINERA: (Se arrodilla) Si, si, señor...

SANCHO: ¡Basta ya, Mayordomo! Y usted señora, de pie. Dígame, ¿porqué no hay comida para este hambriento Gobernador?

COCINERA: (Que aún no entiende quien es Sancho) Pues yo no se, señor...Hoy hemos cocinado un novillo con el vientre lleno de lechones y un gran puchero de gallinas y masas fritas con miel...ah, y unas liebres. Pero señor, en el palacio hay muchos comensales.

MAYORDOMO: (Nervioso e impaciente) Bueno, bueno, ya se puede marchar.

SANCHO: (Con energía) ¿Así que hay muchos comensales, señora?

COCINERA: (Mirando asustada al Mayordomo y a Sancho) Si señor.

SANCHO: (Se pasea serio y pensativo hasta que se enfrenta con el Mayordomo) ¡Ya lo decía yo! Aquí hay más Dones que piedras.

MAYORDOMO: No es para tanto, señor.

SANCHO: ¡Silencio, que no puedo pensar! (Toma una decisión) ¡Pueblo de Barataria! ¡Desde mañana, no habrá más banquetes en este lugar! Cada uno en su oficio y todos a trabajar temprano. Voy a limpiar esta ínsula de toda clase de gente holgazana y mal entretenida. Nada más. Y ahora, a descansar.

 

(Todos quedan estupefactos. El Mayordomo reacciona y llama a alguno de los cortesanos, ordenándoles algo. Mientras tanto Sancho le pide a la Cocinera que le explique como preparó el puchero de gallinas. De pronto, unos gritos congelan la acción)

 

PUEBLO 2: ¡Señor, señor! Noticias del Duque. ¡Dice que nuestros enemigos atacan la ínsula!

PUEBLO 1: ¡Hay que tomar las armas!

PUEBLO 3: ¡Que el Gobernador se haga cargo de la defensa!

 

(Se produce un gran revuelo. Los cortesanos-pueblo que están entre el público corren y gritan)

 

SANCHO: (Después de un período de silencio y temor, comienza a gritar al público) ¡Señores! Si así es el oficio de gobernar, no he nacido para esto. Si tengo que mandar ejércitos, sentenciar pleitos a toda hora, cuidarme de enemigos que no conozco, no comer, ni beber, ni estirar las piernas cuando me place, ¡a otro perro con ese hueso! A mi trabajo y con mi señor vuelvo. Devuélvanme mi rucio, amigo fiel del que no pienso separarme nunca más. Y a ustedes, ciudadanos de Barataria, digo adiós. Que nadie murmure de mi. Desnudo vine y desnudo me voy; ni pierdo ni gano. Adiós hermanos. ¡Libre soy!

 

(Mientras la luz baja lentamente, por uno de los laterales aparece el Coro)

 

CORO:

Después de esta aventura

Don Quijote y su escudero

se sintieron muy unidos

por un afecto sincero,

Pero ellos ignoraban

que el licenciado y el Cura

una trampa preparaban

sin cuidado y sin mesura.

La cuestión era retarlo

a Don Quijote a una pelea

y, de esta forma obligarlo

a regresar a su aldea.

El Licenciado Carrasco

se disfrazó nuevamente.

Ya verán lo que ocurrió

en la aventura siguiente.

 

(Mientras culmina la canción, se enciende una luz que ilumina a Don Quijote y a Sancho, montados en su caballo y su burro respectivamente. Van paseando alegremente por las playas de Barcino)

 

DON QUIJOTE: (Mira el cielo y la playa. Se lo ve muy contento)  Dichosa edad Sancho, y siglos dichosos aquellos a que los antiguos pusieron el nombre de dorados, porque los que allí vivían ignoraban estas dos palabras: tuyo y mío. Y te digo, Sancho, que mientras estaba en el palacio de los Duques, rodeado de tan exquisitos manjares, sentía una opresión en el pecho y era que me faltaba lo más amado: la libertad. Bendito del hombre que pueda alimentarse de su propia mano, sin pedirle nada a nadie.

 

SANCHO: ¡Qué profunda verdad encierran sus palabras, mi señor!. Pero mire: el mar es espacioso y largo, más que nuestros  llanos de La Mancha.

DON QUIJOTE: En verdad te digo Sancho, que esta tierra llena de color y de trabajo, es propicia para las aventuras. Solo me entristece no saber de mi señora Dulcinea.

SANCHO: Pues las aventuras, si fueran buenas, que vengan que tal vez nos dejen algún imperio como despojo.

 

(En ese momento aparece Sansón Carrasco vestido con una chaqueta con una gran luna en el centro. Viene enmascarado)

 

SANSÓN: Insigne Caballero Don Quijote de La Mancha: yo soy el famoso Caballero de la Blanca Luna.

DON QUIJOTE: (Asombrado) Su fama no ha llegado a mis oídos, caballero. Pero aquí estoy, para servirlo.

SANSÓN: He venido a combatir contigo y a probar la fuerza de tu brazo, solo para darte a conocer que mi dama, sea quien fuere, es más hermosa que Dulcinea del Toboso.

DON QUIJOTE: (Airado) Y yo te digo, caballero, que te haré jurar que jamás viste a mi Dulcinea, que si la vieras no estarías aquí diciendo esto.

SANSÓN: Pues retado estás. Solo queda decir que si yo te venciere deberás dejar las armas por un año y volverás a tu pueblo a vivir en paz, en provecho de tu bienes. Si vencido soy, mis despojos y mi fama serán tuyos.

SANCHO: (Mirándolo pensativo) ¡Cuidado señor! Algo extraño tiene este caballero.

DON QUIJOTE: Tranquilo Sancho. (Al Caballero de la Blanca Luna) Acepto el desafío, señor caballero. Solo le digo que con mi propia fama me contento, tal cual es ella. Ahora tomemos el campo necesario y Dios dirá.

 

(Los dos personajes se alejan lo más posible uno del otro. Sancho ha quedado a un costado, muy preocupado. De pronto, se lanzan a la carrera hasta toparse en el centro, que estará previamente iluminado por una luz cenital. Don Quijote cae, vencido. El Caballero de la Blanca Luna coloca su espada sobre la cara del Quijote)

 

SANSÓN: Vencido estás, caballero, y muerto, si no cumples con las condiciones del desafío.

DON QUIJOTE: (Desde el suelo) Mi señora Dulcinea del Toboso es la más bella, y yo, el más desdichado caballero de la tierra. Quítame la vida, pues ya me has quitado la honra.

SANSÓN: Caballero: me contento con que cumplas con tu palabra de que te retirarás a tu pueblo y allí permanecerás por un año, sin tomar las armas.

 

(El Caballero de la Blanca Luna, se aleja lentamente. Solo, caído en el medio de la escena, está Don Quijote. Sancho se acerca, le saca el caballo y lo ayuda a levantarse. Don Quijote, mudo y asombrado, mira en derredor, como si quisiera despertar de un mal sueño. Da vueltas sobre el lugar de su vencimiento. Finalmente, reacciona)

 

DON QUIJOTE: Aquí ardió Troya. Aquí fue mi desdicha y no mi cobardía. Aquí la fortuna se ensañó conmigo. Aquí acabaron mis hazañas. Aquí cayó mi ventura, para no levantarse jamás.

SANCHO: (Dolorido) Señor: de corazones valientes es tener dolor en las desgracias y alegrías en la fortuna.

 

DON QUIJOTE: (Moviéndose lentamente) Filósofo estás, Sancho. Pero fui vencido y he jurado cumplir con mi palabra. Ahora, partamos hacia nuestra amada tierra.

 

(Avanzan lentamente dando muestras de gran abatimiento. Cuando están por llegar a la aldea, aparece nuevamente Aldonza, lavando ropa en el río)

 

ALDONZA: (Que los ve venir) ¡Otra vez la mula al trigo!

SANCHO: Oiga, señor, creo que se refiere a nosotros.

DON QUIJOTE: (Distraído) ¿De que hablas, Sancho?

ALDONZA: (Tomando un palo) Mire señorico, que no por que venga acompañado se va a burlar de mi.

SANCHO: ¿Será esta otra rara aventura, señor?

DON QUIJOTE: Déjala, Sancho, que es justo castigo que a un caballero vencido lo piquen avispas, lo pisoteen cerdos y lo corran aldeanas.

SANCHO: Advierta señor, que lo único que me preocupa es el palo que tiene en su mano.

ALDONZA: (Amenazante) ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mala junta!

 

(Al ver que Don Quijote y su escudero se acercan a ella, Aldonza desaparece gritando. Nuestros héroes caminan lentamente en el lugar, mientras un contraluz recorta sus tristes figuras. El Coro los acompaña con la siguiente canción)

 

CORO:

Don Quijote,

Don Quijote,

Don Quijote dónde vas,

derrotado

y cansado

a tu aldea volverás...

Don Quijote,

Don Quijote,

Dulcinea ya no está,

Rocinante

está muy viejo,

necesita descansar.

 

(Cuando finaliza la canción, Don Quijote y Sancho han llegado a su aldea. Sancho se agacha y besa la tierra)

 

SANCHO: Abre los brazos, Patria mía, que vuelve a ti tu hijo Sancho Panza. Y recibe también a Don Quijote, que si bien viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de si mismo, que es el mejor vencimiento que un hombre puede tener.

DON QUIJOTE: ¡Déjate de tonterías, Sancho! Entremos en nuestro lugar con el pie derecho y dejemos que la ventura marque nuestro camino.

SANCHO: Señor: ¿a qué entrar con el pie derecho? Usted me dijo una vez que era de tontos hacer caso de los malos agüeros.

DON QUIJOTE: Es que presiento Sancho, que jamás veré a mi Dulcinea. (Breve pausa) Mira, allí están mis amigos, Sansón Carrasco y el señor Cura.

SANCHO: (Dejando entrever su animosidad) Si. Ya los veo. Pues, voy a ver a mi Teresa. Luego nos veremos.

 

Sancho se retira. Don Quijote se abraza con sus amigos)

 

DON QUIJOTE: Señores, amigos míos: vencido fui por el Caballero de la Blanca Luna y he jurado, por mi honor, no salir de este pueblo por un año ni buscar aventuras en ese tiempo.

CURA: (Haciéndose el desentendido y mirando con complicidad a Carrasco) Quizás sirva esto de reposo a su cuerpo y a su espíritu, que tanto lo necesitan...

SANSÓN: (Con la misma actitud cómplice) Bueno, bueno. Ya hallaremos en que entretenernos y veremos como se alegra tan mal semblante.

CURA: Dejémonos de cuentos, ¿eh?

DON QUIJOTE: ¿Todavía duda usted de mi, señor Cura?

 

(Se aproximan a la casa de Alonso Quijano donde los reciben la Sobrina y el Ama. Después de los saludos de rigor, estas toman a Don Quijote por sus brazos y lo sientan)

 

SOBRINA: Señores: les ruego que dejen descansar a mi tío, que por la traza se ve que lo necesita.

AMA: (Golpeando las manos) Así es, señores. Por favor, cada cual a su casa que ya habrá momentos para las visitas.

 

(Acomodan a Don Quijote y lo atienden con esmero hasta que se queda dormido. Lo dejan solo. De pronto, se incorpora como si hubiera tenido una visión)

 

DON QUIJOTE: (Gritando exaltado) ¡Bendito seas, Dios mío! ¡Tu misericordia no tiene límites!

 

(La Sobrina y el Ama aparecen corriendo muy asustadas)

 

SOBRINA: ¿Qué pasa, señor tío?

AMA: ¿Qué nueva locura es esta?

DON QUIJOTE: (Que ha cambiado su actitud) Ninguna locura, hijas mías.

SOBRINA: ¿Qué son esos gritos, entonces?

DON QUIJOTE: (Mansamente) Es que ya tengo sano el juicio. Ahora comprendo que estaba loco, engañado por los fantasiosos libros de Caballería. Ahora se que no hay injusticias que remediar, ni entuertos que deshacer, ni Dulcineas encantadas. Sobrina: llama a mis amigos, que no me siento bien.

SOBRINA: (Que lo ve realmente mal) Tranquilo  señor tío...Ya voy, ya voy... (Se dirige hacia lo que sería el frente de la casa y grita en todas direcciones) ¡Señor Cura, señor Carrasco, señor Sancho Panza! ¡Vengan todos, que mi tío está muy mal!

 

 (Inmediatamente aparecen todos corriendo muy preocupados y se dirigen hacia donde está Don Quijote)

 

DON QUIJOTE: Gracias, amigos míos. Debo decirles que he abierto los ojos y estoy contento pues ya no soy Don Quijote de La Mancha, sino Alonso Quijano el Bueno. Ya soy enemigo de toda la Andante Caballería. Y ahora Sobrina, llama a un Escribano que voy a hacer testamento.

 

(La Sobrina se va. Queda una única luz iluminando solo a Don Quijote y a su escudero. Los demás personajes ha desaparecido)

 

SANCHO: (Muy triste) ¿Justo ahora, señor, que tengo noticias de que Dulcinea ha sido desencantada? ¡Por favor, señor, déjese de cuentos!

DON QUIJOTE: No, hermano Sancho. Lo que he vivido fueron cuentos y me han hecho mucho daño...

SANCHO: Pero, mi señor: yo soy feliz siendo su escudero, aunque me muera de hambre y no reciba más que palos como paga.

DON QUIJOTE: Querido hermano Sancho, perdóname. Te hice parecer loco, como yo. Pero no más burlas. Siento que me voy muriendo.

SANCHO: (Desesperado) ¡Ah no se muera, señor mío! Tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que un hombre puede cometer, es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie lo mate más que la melancolía. Mire, no sea perezoso. ¡Levántese y vamos al campo que seguramente allí encontraremos a nuestra señora Dulcinea! Si se muere de tristeza porque fue vencido, écheme a mi la culpa por haber ensillado mal a Rocinante. Además, como usted sabe, es muy común que quién hoy fue vencido, mañana sea vencedor. (Lo mira y se da cuenta que está muerto) Señor: Don Quijote nació solo para mí y yo nací solo para usted. Usted supo obrar y yo seguirlo. Siento que somos el uno para el otro. Ya no me importa si para el mundo fuimos cuerdos o locos.

 

(Sancho está arrodillado junto a su amo. Apoya su cabeza en las rodillas de Don Quijote y llora suavemente. La luz se esfuma)

 

FIN

 

 

Para  comunicarse con los autores: barataria@sinectis.com.ar

 

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