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YO, DOSTOIEVSKI

de FERNANDO ZABALA

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

YO, DOSTOIEVSKI

De Fernando Zabala

fer_z300@outlook.com.ar 

Obra de teatro dividida en tres actos.

PERSONAJES:

DOTOSTOIESKI

 

MECANÓGRAFA

 

ALEXEI IVANOVITCH

 

EL HOMBRE DEL SUBSUELO

 

SOLDADO SIBERIANO

 

MUJER

Primer acto

Escena 1

La escena se desarrolla en la casa del escritor  Fedor Dostoievski. En la misma hay una silla y una mesa cuadrada, sobre la mesa hay una botella de vodka. Al costado hay un espejo gigante, antiguo, aproximadamente del año 1830. Más hacia delante, hacia el otro costado, hay una mesita más pequeña, arriba de la misma, una máquina de escribir y una banqueta a su lado.

Dostoievski se encuentra sentado, apoyado sobre la mesa. En el otro costado, sentada frente a la máquina de escribir, en la banqueta, se encuentra la Mecanógrafa.

MECANOGRAFA: ¿Prosigo señor Dostoievski?

DOTOIEVSKI: Si, prosiga usted por favor. Empecé a entender que vivía tiempos difíciles y añoraba de una forma extraña a San Petesburgo, a pesar de que yo había nacido en Moscú.

De San Petesburgo, puedo recordar las noches, cuando el hombre de la capa negra, salía por las calles de niebla a encender los candiles que abarcaban parte de las calles del pueblo.

Llegamos con mi padre, una tarde fría, casi de colores tenues, poco después que murió mi madre. Fue así que abandoné Moscú.

Mi madre era una mujer tierna, cariñosa, con rasgos tremendamente llamativos, en fin, era una buena mujer.

Por esos años, mi padre era un buen médico, distintos a los que había en Moscú, al menos era más atento, dicen, más laborioso. Quizás la muerte de mi madre lo dejó aturdido al pobre, y no le quedo remedio alguno, que embriagarse con las lágrimas de la noche.

Me volvía huérfano tras la muerte de un hombre que se miraba en el espejo y no se podia ver, era como un acto nefasto, caótico.

Cuando fui creciendo aprendí una cosa. A no dejarme abatir, a no dejarme vencer a mí mismo, a no volverme atrás en las encrucijadas que me iba proponiendo de una forma ilegal y pirata, la vida.

A menudo, cuando he viajado en tren a Moscú, me he encontrado sentado, retorcido sobre mi diario, sobre las cosas que a menudo escribo no con demasiado fervor, pero el guarda interrumpía esa sesión mágica, entre mí y el paisaje que se combinaba casi perfectamente entre mis hojas.

MECANOGRAFA: ¿Prosigo señor Dostoievski?

DOTOIEVSKI: Si, perdón, prosiga por favor. Es que había quedado enredado en esa imagen del tren, en las gentes que siempre me rodeaban, no es que sea paranoico, pero es que siempre estaban ahí.

Tuve cuatro años muertos en mí vida. Cuatro años que me los quitaron. Una vez que cumplí mi condena en Siberia, tuve que cumplir ordenes para el ejército. Pero cuando me liberé de los Siberianos, recién pude volver a mi entrañable San Petesburgo, cuando todos ya se estaban olvidando de mí.

Cuando murió ella y uno de sus hermanos, tuve que hacerme cargo de su familia, parecía que una guerra nos había pasado por encima, con ruidos que se confundían con los gritos de esos niños que lloraban desesperadamente sobre las flores de primavera.

Mis obras empezaron a germinar con más fuerzas cuando llegué del infierno, de esos años de duro castigo, de sufrimiento que no tenía merecido. Como esta en el último relato que acabo de terminar, ¨ Memorias del subsuelo ¨. Aunque ahora me encuentre escribiendo uno nuevo, uno que se llamará: ¨ El jugador ¨.

MECANOGRAFA: Prosigo señor Dostoievski.

DOSTOIEVSKI: Prosiga por favor usted. De mis obras no recuerdo el momento en que empecé a tener las visiones necesarias para emprender una historia de veracidad, de terribles dolores que me lleven al impulso de exponer la pluma sobre el papel.

Cuando viajé a Europa, una señora en parís, cuando tomábamos el té frente a la torre Ifel, me contaba de sus días más desagradables, de sus miserias como si me contase alguna trivialidad de la vida cotidiana. En cada viaje siempre encontraba algún personaje para mis relatos. Pero también, alguien con quien pediera tejer algún tipo de amistad, de relación. Disfrutaba mucho de mis viajes, como si fuera un niño que va de las manos de sus padres, como en un día en que todo será hermoso y no habrá nadie que lo arruine, como cuando miraba el mediterráneo, y de lejos, alguien tocaba el violín o si no sonaba la vitrola sobre las gaviotas que emprendían su vuelo hacia altamar.

La inmensidad es preciosa, sobre todo si uno está limpio para enfrentarla. Yo veo esa grandeza cuando me paro sobre una montaña, y el mar se avecina sobre las rocas, tal cual, como si se avecinará sobre mí, sobre todos.

Alguien dijo que el ser humano debía corregirse, pero la educación no ha sido para todos igual. No todos tuvieron ese derecho. Quizás con mis obras pueda hacerlo, aunque no me interesa educar, quizás si me interesa mostrar  historias con un cierto ritmo, con cierta cadencia, con cierto rigor, y de allí que cada uno saque sus propias conclusiones.

Creo que una tormenta está llegando,  será mejor cerrar los ventanales.

Dostoievski sufre un ataque de epilepsia apenas termina de decir su última frase, rápidamente lo va a asistir la mecanógrafa, mientras que los relámpagos suenan amenazadoramente. El empieza a temblar mientras que sus ojos se arrojan al vacío sin detenerse, la muchacha intenta sacudirlo bruscamente y lo único que consigue es arrojarlo al suelo sin intención de hacerlo.

Los relámpagos son cada vez más y más intensos, se siente como la lluvia ha entrado al enorme caserón, invadiendo los grandes ventanales.

Las luces se van disolviendo de a poco, mientras la mecanógrafa intenta ayudar a Dostoievski que cada vez más los temblores lo terminan por desvanecer.

Segundo Acto

Escena 1

Dostoievski se encuentra parado  en medio del escenario, al parecer el contexto ha cambiado, ha entrado en una nueva dimensión, los objetos de su vieja casa ya han desaparecido.

Dostoievski está dormitando de pie como si estuviese suspendido en el aire, su cuerpo se ve totalmente desganado, cansado. Poco a poco empieza a despertarse, y cuando lo hace, mira a su alrededor con tremendo asombro.

Atrás de Dostoievski aparece el personaje protagónico de la novela que esta escribiendo por esos años: ¨ El jugador ¨. Alexei Ivanovitch es su nombre, y le coloca una mano sobre su hombro. Cuando lo hace, Dostoievski se da vuelta rápidamente, asustado al principio, luego pensativo lo observa una y otra vez, pero siempre Dotoievski estará sorprendido.

ALEXEI IVANOVITCH: Es usted muy inteligente. Yo diría muy perceptivo y hasta dúctil en su manera de mirar, se nota a la legua, se lo puedo asegurar.

A cierta manera, yo soy  un apasionado del juego. Pero en estos momentos, estoy bastante preocupado para jugar diría yo. Pero en realidad no tanto, al menos trato mi despedida con bastante tacto. Ya que mi general me ha despojado de su casa, ya que la mujer por la cual yo siento algo,  quizás se vaya con un estúpido Francés.

DOSTOIEVSKI: Alexei Ivanovitch, usted siempre tiene ese rostro.

ALEXEI IVANOVITCH: Me parece que usted se equivoca, yo no lo conozco a usted, pero perdón por no haberme presentado, mi nombre es Ivan Kovalski, si necesita que yo juegue por usted, ya lo sabe, puede contar con mi ingenio y mi buena suerte en la ruleta.

Usted me resulta un poco raro, pero parece ser un hombre agradable, quizás porque viene de muy buena familia.

DOSTOIEVSKI: Usted, usted es Ivanovitch.

ALEXEI IVANOVITCH: ¿Por qué insiste tanto con lo mismo? Yo no se de que rayos está hablando. Usted dice que cree conocerme. Sepa bien que entiendo que usted sea escritor, pero en verdad no debe seguir tomando a estas horas de la tarde.

DOSTOIEVSKI: ¿Cómo puede ser que estemos en las horas de la tarde? Hace unos momentos, lo último que recuerdo, era  que yo estaba dictándole a mi mecanógrafa algunos datos de mi biografía y era de noche. Pero dígame, ¿Dónde está su general?

ALEXEI IVANOVITCH: Disculpe señor, pero no es más mi general, yo no trabajo más para él, nunca más lo haré, tampoco me interesa por donde anda ese viejo rufián. Dígame usted mejor, ¿Cómo se llama?

DOSTOIEVSKI: Fedor Dostoievski, y estoy tratando de comprender en que sitio estoy, porque esto aquí no es ni un bar, ni un hotel, ni siquiera es un parque.

ALEXEI IVANOVITCH: Por cierto, eso me olvidaba de decirle, estamos en un casino señor, quizás usted deba tener problemas visuales, debería recurrir a algún especialista, le digo esto porque tengo un tío que tiene casi su misma edad y tiene su mismo problema. Capaz que si ve todo borroneado es mejor que usted se vaya a acostar, si quiere lo acompaño hasta su hotel.

DOSTOIEVSKI: Mire, el mundo se ha borroneado más de una vez ante mis ojos y le puedo jurar que no necesitaba las gafas para verlo de otro modo.

ALEXEI IVANOVITCH: ¿Perdón? No lo escuche muy bien, es que una mujer alterada pasó por mi costado y gritaba que le devuelvan el dinero que ella había apostado. Eso siempre pasa, hay personas que no aceptan su propia derrota y no tienen otra cosa mejor que chillar por ser malos perdedores.

DOSTOIEVSKI: ¿Cuántos años tiene usted Ivan?

ALEXEI IVANOVITCH: No me gusta decir mi edad, me siento extraño diciéndola.

DOSTOIEVSKI: Usted no puede decir edad porque no tiene edad, porque su personaje no la tiene, no se lo he puesto hasta el momento, ni jamás lo voy a hacer, por eso no puede nombrar cuantos años tiene.

ALEXEI IVANOVITCH: Entonces dígame algo ¿Por qué usted tuvo que expulsarme del lado del general y de Paulina? ¿Por qué usted tuvo que dejarme a un lado de la historia?

DOSTOIEVSKI: Yo no lo dejé a un costado de la historia, todo lo contrario, su vida en mí relato, ha cobrado un valor inmenso, a tal punto que creo que el lector quedara maravillado con su inteligencia y su don de saber jugar muchas situaciones que quizás pueda tener en contra o a favor. Usted tiene todos los ases bajo la manga en mi relato, y no debe desesperarse por volver al lado del general ni de Paulina, ya veremos que hacer, veremos como terminará usted en medio de todo esto.

ALEXEI IVANOVITCH: Es injusto que usted pueda decidir sobre el porvenir de todos nosotros. Porque usted puede hacerlo cruel o hermoso, depende de su agrado, del agrado de sus lectores. Yo no pedí estar de este otro lado, usted me bautizó con este nombre y lo único que hice yo todo el tiempo, es hacer todo lo que usted imaginaba hora tras hora, noche tras noche. No tuve descanso alguno, no es que me queje, siento  no poder concretar algunos cabos sueltos en esta historia, y lo peor que no voy a envejecer, usted me condena a la inmortalidad.

DOSTOIEVSKI: Quédese tranquilo camarada, hay que tener paciencia, solo se trata de saber esperar, así como se espera el tren para ir de Moscú a San Petesburgo. Solo se trata de que usted se deje llevar por las pasiones que yo he querido poner de manifiesto en usted, como en los demás personajes. Usted tiene que saber que miles de personas en todo el mundo leerán y sabrán de usted, tanto como yo sepa en este momento de su vida. Además no se torture, disfrute de no tener edad.

ALEXEI IVANOVITCH: A mí no me importa que el mundo sepa de mis hazañas o mis fechorías, de mis virtudes o defectos, yo solo quiero que aquí nadie se mezcle con los otros por los intereses de la herencia que esperan de esa pobre anciana que se esta muriendo, y día tras día todos esperan que de Moscú aparezca la gran noticia.

Señor Dostoievski, yo no puedo disfrutar de lo que usted en verdad desea para si mismo, prefiero un accidente que me tenga por distraído y termine con un sencillo funeral.

DOSTOIEVSKI: Ya lo se, pero ¿como yo podría mostrarle a la humanidad, la perversidad que hay entre algunos seres que nos rodean? que están quizás compartiendo un almuerzo con nosotros, o tan simplemente son nuestros vecinos, que esperan criar cuervos para comerse nuestra carne, y así poder acabar con todo, tan solo por la razón de la ambición, y esa destrucción es la pobreza que algunos seres poseemos, es por ello que escribo esta historia querido amigo.

ALEXEI IVANOVITCH: Solo quiero saber como sigue señor Dostoievski, quiero saber a que estamos jugando en esta anécdota, se lo ruego por favor, dígame como terminara todo esto, para mi es muy importante saberlo, porque  siento esa incertidumbre adentro que me golpea cada vez más fuerte.

DOSTOIEVSKI: Me sorprende Alexei, me sorprende que te domine la incertidumbre, cuando yo esperaba un hombre menos apasionado y más callado, paciente, tolerante. Como los leones en Africa, que esperan pacientes detrás de la maleza para atrapar a su presa.

No puedo decirte como terminará la historia, hasta hora lo que tú sabes, es lo que yo se y nada más, eso es todo.

ALEXEI IVANOVITCH: ¿No le gustaría a usted quedarse en este mundo, de este otro lado? Quizás usted mismo entendería lo que me pasa, los que nos pasa a todos los que estamos insertos en esta travesía. Yo creo que hasta el ser más inteligente puede llegar a sentir curiosidad por su destino, eso es lo que usted no puede comprender.

DOSTOIEVSKI: Lo entiendo, yo se que es parte del juego. Y yo no puedo estar de este lado, porque me ha tocado un papel tan fundamental como el suyo, y ese es el de imaginar una historia audaz, vivaz, capaz de mostrar las miserias humanas.

ALEXEI IVANOVITCH: Entonces,  es mejor que me retire y no pierda más el tiempo con usted. Cuando pude observar que usted había caído a esta dimensión, tuve la fantasía por un momento, de que le haría sufrir de igual manera como usted lo hace con todos en su relato, pero después pensé que no sería lo correcto, y como yo soy de buen corazón, creí que no debía ser cruel con usted.

DOSTOIEVSKI: Quizás yo no esté aquí con usted, quizás tan solo es que es un mal sueño, o mejor la fiebre me ha subido hasta las nubes.

ALEXEI IVANOVITCH: Adiós señor Dostoievski, nos veremos en algún sitio, quizás en algún casino, o en algún parque, paseando con bellas mujeres y pasando una extraordinaria tarde, una tarde de dudas para el futuro.

DOSTOIEVSKI: Adiós querido amigo. Y que el juego no sea tu ceguera para el amor.

Escena 2

La solemnidad proviene de los pasos cansados y ruidosos del Hombre del Subsuelo. Dostoievski lo mira con asombro y a su vez con duda. El hombre del subsuelo camina alrededor de Dostoievski, observándolo con terrible furia entre sus ojos.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: ¡Usted! Usted me ha hecho así. Un hombre triste, enfermo, idiota. Así me ha hecho usted. Un hombre al que ni las moscas pueden olfatearlo mucho tiempo, porque si no,  mis nauseas se las devoran.

DOSTOIEVSKI: Yo no tengo la culpa de que los hombres tengan el infierno que usted mismo refleja en mi relato del subsuelo. Yo he tenido  una vida más dura que usted. A penas he regresado de mi propio subsuelo.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: Entonces, usted es el hombre del subsuelo, eso es injusto, a puesto su vida sobre la mía y no ha dejado que yo sea feliz, usted me ha interrumpido.

En toda novela existe un héroe, pero usted, ha creado una criatura siniestra, lo antagónico a todo ser bueno y mágico sobre la tierra.

DOSTOIEVSKI: Yo no creo eso. Yo no soy el que cuenta esa historia, es usted el protagonista, el que está en tono con las situaciones que le van ocurriendo, como a cualquier persona, solo que usted me permitió ejecutar una sinfonía de un hombre solo, con un diario que se va cerrando melancólicamente, como cuando cae el telón en el teatro.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: A propósito de nieve derretida.

                                                              Cuando el ardor de mi palabra

   retiro del abismo del error

   a tú alma que yacía contra el fondo;

   cuando tú, que sufrías,

   maldijiste, torciéndote los dedos.

   El vicio que te había fascinado;

   y cuando en soledad

                                                                          diste la espalda

    y ocultaste tu rostro,

                                                                          llena de horror y de vergüenza

                                                                          lloraste…

                                                                          Nekrassov.

 

DOSTOIEVSKI: Pero el horror y la vergüenza no debieron dejarte así. Al menos, fuiste honesto con Lisa y estoy seguro, que ella se apiadó de ti.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: ¡Usted no sabe nada de Lisa! Usted solo se encargó de que ese maldito militar me mirase todo el tiempo con altanería, a tal punto de que mi bronca estallara y quisiera chocar su hombro con el mío, al menos para que me tenga en cuenta, para que me pueda mirar un instante a los ojos.

Hizo que todo mi entorno me mirara con desprecio y rechazo. Es el culpable de que yo me haya humillado ante Lisa, tan solo porque ella buscaba un poco de ternura en mí, usted es un miserable y no merece mi perdón.

DOSTOIEVSKI: Quizás, he tenido que arruinarlo a usted, para poder sastifacer y tranquilizar a los hombres que en otros subsuelos del mundo, no se sientan tan solos y perdidos.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: Esos hombres que usted dice, son esos hombres que están en las tabernas, embriagándose por allí, con prostitutas en sus faldas, gozando de tantas piernas y alcohol en la sangre. Pues sepa que yo no soy ninguno de ellos, solo soy un hombre que ha perdido el juicio y la memoria. Ahora en más no pertenezco más a su novela equívoca. Solo seré una página en blanco, prefiero eso a tener que agonizar en sus fantasías mediocres.

DOSTOIEVSKI: No son fantasías las que puse en su corazón cuando despreciaba el amor de Lisa, ni siquiera cuando se pasaba odiando a los sujetos que usted mismo seguía con deseos de estrujarles sus rostros contra el piso.

No he podido evitar ser tan amargo en mis salones oscuros, y he querido compartir algunas de mis miserias con usted. Solo que yo, soy de verdad, y usted, está aquí, repitiendo una y otra vez las mismas circunstancias que lo llevaron a ser infeliz y a querer vivir cuando en realidad sepultaban su alma.

Porque mi espíritu, ya pertenece a todos los personajes de mis relatos interminables. Pero si le he regalado el dolor, perdóneme, ya que es solo eso lo que me ha quedado durante estos últimos años.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: No es el dolor del que me quejo, es tan solo de las aberraciones que he pagado por estar entre  sus líneas. Hubiese querido un entorno en el cual no me hubiese sentido culpable de los ojos de ese terrible infierno al que usted denominó subsuelo.

DOSTOIEVSKI: El infierno está entre los actos impúdicos de los hombres, que día tras día, pretenden ser mejores, mientras que sus mentes van a más velocidad que sus corazones.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: De todas maneras la suerte, usted ya me la echó, y no quedará otro camino que seguir sus estrategias moralistas que pone sobre mi, para modificar una civilización a punto de quedar en ruinas.

DOSTOIEVSKI: Yo no quiero ser moralista, de hecho detesto serlo, no creo en los valores éticos y cívicos de los ciudadanos, ya que nadie los respeta, ya que nadie los otorga, todo lo contrario, a uno se lo llevan por delante y por la fuerza, como a mí me llevaron a Siberia por ejercer mi derecho a la libertad y gritarles en la cara cuanto desprecio siento por su estúpido poder, cuando no me dejaron expresarme políticamente encontrándome culpable me llevaron por ser un socialista revolucionario, enfermos del hambre.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: Yo no tengo porque pagar el silencio que le impusieron durante sus años en cautiverio. Yo no tengo porque ser el elegido de este relato,  ¿Por qué no fue usted mismo en persona el que relato esta  historia vacía? En donde usted se pueda poner un arma en la cabeza y gatillar todas las veces que sea necesario sin esconderse detrás de los manipulados personajes que su vicio intelectual inventa.

DOSTOIEVSKI: No me escondo detrás de nadie, no me hace falta, yo soy un hombre que puede afrontar solo su derrota, su tristeza. Pero usted no soporta compartir algunos de mis pensamientos más profundos, que quizás a usted lo vuelvan tenue y apagado ya que siempre me consideré un hombre solo en el mundo.

Pero no sería tan estúpido de clavarme un puñal en el pecho porque mi destino no haya sido el mejor, en tal caso aceptaría todo lo que me ocurra como siempre lo hice.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: Yo no tuve lugar a elegir mi destino tampoco, ya que usted no me dio otra opción que seguir hacia el hueco, en donde salen todos los fantasmas de un hombre llamado: Dostoievski.

DOSTOIEVSKI: Usted debe ser uno de ellos entonces, uno de esos que son horrorosos de verdad, esos que a uno le hacen sufrir tortuosamente en vano. Todo el tiempo me ha querido disminuir por haberle puesto en mi relato. Es mejor que se retire, jamás volveré a escribir ni a leer sobre usted.

EL HOMBRE DEL SUBSUELO: Entonces me marcho, adiós.

Escena 3

Dostoievski se encuentra acostado sobre el suelo, ha sentido los murmullos de Alexei Ivanovitch y el Hombre del subsuelo luego de un largo rato. Se logra despertar con cierta lentitud en sus movimientos confusos. Después de unos segundos, entra un soldado siberiano, el cual es idéntico a Dostoievski. Cuando hace su entrada militar, todos lo miran como si se hubiera detenido el tiempo. Luego Dostoievski se acerca sigilosamente hasta el soldado, los otros dos, Alexei Ivanovitch y el Hombre del subsuelo, quedan expectantes al encuentro de ambos hombres.

DOSTOIEVSKI: ¡Usted! Usted es raro. O es quizás que ya me he vuelto demente del todo. Pero en sus ojos, en sus terribles e inquietos ojos, quizás pueda ver un mundo arruinado.

SOLDADO SIBERIANO: No me gusta como me mira. Trate de ser un poco más disimulado por favor. En estos momentos no puedo hablar demasiado, estoy obedeciendo órdenes de mis mayores aquí.

DOSTOIEVSKI: ¿Cómo es posible que yo aya sufrido tanto? Mi rostro no lo puedo reconocer en usted. O es que en esos años yo era un hombre tan vacío como este bolsillo. No creo en los fantasmas, tampoco en las apariciones, y menos en mi propio yo. No pude haber llegado tan lejos. Tiene tremendas ojeras.

SOLDADO SIBERIANO: No me mire así, se lo suplico, me pone incomodo y es de mala educación mirar tanto a una persona,  más aún cuando esta cumpliendo con su trabajo.

DOSTOIEVSKI: Con una orden diré mejor, porque yo no pude haber trabajado nunca para los que me obligaron a realizar una tarea estúpida y sin sentido.

SOLDADO SIBERIANO: Por favor señor, le ruego que tenga más respeto, recuerde usted que está hablando con un soldado Siberiano. Por lo tanto no debe propasarse con su terminología.

DOSTOIEVSKI: Usted me representa muy mal, yo jamás hablé así, con un léxico militar y bastante frío. Usted debe tener en cuenta que actúa para los hombres y no para los asesinos.

SOLDADO SIBERIANO: Veo que usted es bastante terco y necio para entender que tiene que hablar con propiedad cuando hay un militar al frente suyo.

DOSTOIEVSKI: Usted es una ilusión patética, todavía no puede pararse como un hombre. Es muy pequeño para hablar conmigo, es usted quien debe tener más propiedad y buena educación para hablar con mi persona.

SOLDADO SIBERIANO: Yo no fui el que inicio esta insignificante conversación, no soy yo el que tiene curiosidad de descubrirse a sí mismo. Es a usted a quien pusieron  para cubrir estos servicios que yo hago para los Siberianos. Es usted  el que tuvo un padre lo suficientemente descuidado para emborracharse y que lo terminen por devorar sus propios preceptores. Es a usted a quien se le ha muerto su mujer y no a mí señor.

Dostoievski se abalanza sobre el Soldado Siberiano. Lo intenta golpear, pero solo llega a zamarrear su ropa.

Escena 4

Aparece su mujer caminando hacia otro de los rincones de la divina dimensión. Cuando el habla, ella solo lo mira con bondad entre sus ojos.

DOSTOIEVSKI: Estoy confundido, ahora si que lo estoy amor. ¿Qué es lo que hago yo aquí, entre tantos trastos, y entre todo eso? ¿estás tú? Dime porque te has ido tan pronto, necesito saberlo.

El día en que decidiste dejarnos, San Petesburgo se inundó de otoños negros y tristes. Al pie del ventanal me he puesto a pensar ¿porque toda mí vida he tenido que sepultar a las personas que más amo?

A veces, cuando los niños duermen, lloro entre mis libros, aferrado a una botella de amargo licor. Me pongo a pensar en que éramos felices, pero también me he puesto a pensar como seguir adelante.

 Una noche golpearon la puerta de casa, fui ansiosamente a atender, pensé que serías tú, que todo había sido una maldita pesadilla. Pero cuando abrí, había un mendigo que me pedía pan, me causo tanta frustración el encontrarme con semejante escena, que terminé por echar al pobre niño que venía por unas migajas.

Me he vuelto enfermo después de tu muerte, no he tenido aliento, a penas unas gotas de vida para seguir adelante.

Por favor, dime que estoy muerto y seré feliz de encontrarme contigo, dime que toda esa vida larga y tortuosa ya ha terminado, dime que me quedaré  para siempre contigo.

No te vayas por favor, todavía no amanece y me encuentro muy solo, tan solo como esos mendigos que golpean todas las noches mi puerta.

A veces cierro los ojos para ser fuerte, y cuando lo hago, es como que me cuesta abrirlos cuando quiero despegarme de esos instantes de refugio.

No te vayas por favor, el sol no ha calentado tus labios todavía, la luna se ha aproximado hacia nosotros, como en esos días en que se ve tan blanca, que parece que la nieve la ha dejado así. Por favor no te vayas amor, por favor.

Ella se va con una tempestad que deja resignado a Dostoievski. Alexei Ivanovitch, El hombre del subsuelo y el Soldado Siberiano lo miran arrodillarse frente a ella. Despacio y en profundo silencio ella se aleja como una canción triste, separándose de su amante.

Escena 5

Dostoievski se encuentra en el suelo, el Soldado Siberiano se le acerca casi como un jaguar que intenta morderlo.

SOLDADO SIBERIANO: Yo no soy un pobre hombre, no debo ser Dostoievski, no podría ser capaz de ser tan infeliz.

DOSTOIEVSKI: Usted es un pobre hombre, más pobre que yo, un idiota de verdad, se parece a los franceses por su estúpida arrogancia.

SOLDADO SIBERIANO: Usted no es Dostoievski, usted es un alma perdida. Yo soy Dostoievski.

DOSTOIEVSKI: Usted esta loco.

SOLDADO SIBERIANO: Yo soy Dostoiesvki.

ALEXEI IVANOVITCH: ¡No! Yo soy Dostoievski.

HOMBRE DEL SUBSUELO: ¡Usted se equivoca! Yo soy Dostoievski.

SOLDADO SIBERIANO: Yo soy Dostoievski.

ALEXEI IVANOVITCH: Yo soy Dostoievski.

HOMBRE DEL SUBSUELO: Yo soy Dostoievski.

TODOS JUNTOS: Yo soy Dostoievski, Yo soy Dostoievski, Yo soy Dostoievski.

Tercer Acto

Escena 1

Dostoievski ya ha salido de la dimensión y se encuentra en su casa, descansando sobre una pequeña cama cerca del  espejo gigante. La Mecanógrafa, le está pasando un pañuelo mojado sobre su frente. Dostoievski vuelve de a poco en sí.

DOSTOIEVSKI: ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están ellos? ¿Se han marchado ya?

MECANOGRAFA: Tranquilo señor, solo a tenido uno de sus ataques, con la diferencia que este ha sido uno muy fuerte, demasiado diría yo.

DOSTOIEVSKI: Me han llevado a un lugar extraño, insólito espacio de mis sueños. Estaban todos ellos, esas gentes. ¿Te acuerdas cuando hace un rato yo hablaba del tren? ¿Recuerdas que yo te nombraba a esas personas que siempre me rodeaban? Ellos, todos ellos estaban ahí, en ese cuadro infernal, en donde hacía mucho frío, casi como si la muerte me susurrara la extremaunción en mis adentros.

Ellos me miraban con demasiada curiosidad, como si yo fuese una fuerza extraña en ese lugar tan inhóspito y vacío.

Me he vuelto viejo, ya no puedo ni recordar a los seres que aparecen con cierta rareza en mis dimensiones.

MECANOGRAFA: No diga eso señor. Usted solo ha tenido una de sus convulsiones, es por ello que no puede recordar nada.

DOSTOIEVSKI: Una enorme nube de polvo nos cubrirá a todos y dentro de tan pronto que nuestros ojos no se abran, el mundo caerá en pedazos, partido por nuestra ignorancia.

Jamás quise ser un hombre de ciencia, ni un maldito ingeniero, porque no me bastaba construir puentes y caminos para que la gente pase infinidad de veces, borrando sus huellas una y otra vez, cometiendo siempre los mismos errores, aquellos de los que no nos libraremos jamás: el de ser humanos.

¿Cuánto tiempo puede durar un hombre en el olvido? ¿Será lo suficientemente estúpido para despertar de lo interminable, sin acabar de una vez en el momento que el mismo inventó? Podría haber muerto en esos instantes en los que yo despertaba, o mejor haber muerto antes, mientras hablaba con ella, haber sacado un cuchillo del fondo de mi oscuro bolsillo y haberlo hundido en mi pecho sin vacilar sobre el movimiento y el irremediable destino del que uno debe padecer sin quejarse y sin hacer ruido alguno. De haberlo sabido, podría haber elegido mi muerte, una muerte que sea dentro de mi propio yo, sin tener alternativa de ver  en un segundo  mi entorno, la realidad estremecedora, aquella que cuando uno se va muriendo se vuelve opaca y del fondo del patio de la casa de uno, tiene que escuchar los cantos fúnebres que se despegan de los árboles y de las personas que preguntan si está vivo o muerto el pobre infeliz.

Yo no podría soportar mi muerte en boca de todos los indiscretos que caminan retorcidos para escuchar las incertidumbres que otorgan los médicos. Debería haber muerto allí, mientras usted me trataba de salvar de las convulsiones, mientras que yo parloteaba con todos los personajes de mí mundo náufrago. Esa misma noche, Dostoievski desaparecería en medio de todos esos gritos macabros, los que salían de mi mente sin pedir permiso a mi conciencia, aquellos que querían apoderarse de mí, los guardianes de mi memoria que vigilaron el momento adecuado para lanzarse arriba mío en el momento más débil.

Mientras todo esto ocurre, la gente preocupada en los pasillos de la casa, asoma su cabeza para ver a los grandes actores de la dramática comedia inspirada en la mala salud, esos hombres que visten de blanco y que si son hombres de ciencia.

A mí no me preocupa en absoluto morir de espalda a todos estos seres incivilizados, irrespetuosos y canallas. Solo que si debo morir, me gustaría hacerlo dentro de un relato, aquel que nadie sabe, el que yo he elegido para contarle a usted para que lo escriba, el relato de un hombre que agita sus brazos frente a las injusticias de la vida. Morir en un relato en el que me sienta digno y orgulloso de mi sepultura y mis coronas, esparcidas por la nieve, o vaya a saber por donde, pero sin que ningún holgazán venga a preguntar ¿Por qué murió? Solamente murió y nada más.

A veces, me encuentro desolado y perdido ante mi inmensa calma, esa misma quietud que vaga por mis escritos, buscando al hombre trágico que prefiere el frío de su garganta, al frío de sus oídos. Lo inesperado de cada lugar en el que he estado, ha surgido muy de pronto, casi sin que yo me de cuenta, de que todos esos seres buscaban algo de mi vida tal cual como yo me había apropiado de las de ellos. Querían robarle a su autor la pequeña identidad que siempre trató de esconder detrás de un personaje que solo se queja de la humanidad, y en el fondo, todo el tiempo se ha estado quejando de sí mismo. Yo soy ese hombre que prefiere morir para que mueran todos los de su especie y no puedan volver a nacer, o al menos se sientan tan miserables como yo me he sentido todo el absurdo tiempo que me ha dado la vida.

Ya no tengo palabras para que se entienda de una vez por todas, que los intolerantes hombres como yo, se dediquen a jugar a la ruleta mientras que ven pasar los días más felices e infelices encerrados en medio de ese azaroso destino con el mejor disfraz del vértigo a lo inesperado.

Yo, Dostoevski, el ladrón de los sombreros blancos, en cuyo interior se encuentra el agujero negro de todos los que se miran con temor y gran silencio, tratando de pensar que han fabricado un mundo repleto de niños que caminan de la mano, un mundo barato del que… Yo, he sido un testigo demasiado piadoso para lo que en verdad se podría describir.

Al final todos ellos tenían razón, todos peleaban por lo mismo, por el poder, por ser dueño de la pluma aunque sea un instante de sus breves vidas. Y por último, yo sería esa marioneta manejada por  mis fragmentos más remotos e insólitos, de un hombre que le ha ganado la batalla a su propio yo.

Cuando Dostoievski termina de enunciar sus últimas palabras, toma entre sus manos un pequeño vaso con licor, brinda hacia el público y bebe, de a poco las luces se irán muriendo con el último aliento del gran escritor.

TELÓN FINAL

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