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ELEGÍA LORCA

de  ORLANDO CAJAMARCA CASTRO

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

     ELEGÍA LORCA

 

 

PREMIO ALEJANDRO CASONA 2004

 

Principado de Asturias

 

 

 

AUTOR:

 ORLANDO CAJAMARCA CASTRO

 

dirgeneral@esquinalatina.org

 

 

 

 

 

                                                   

 

     ELEGÍA LORCA

 

 

 

 

PERSONAJES

En orden de aparición

 

TRASHUMANTE

FEDERICO GARCÍA LORCA

TENIENTE, CORONEL

SARGENTO 

POETA

MARIPOSA

GUSANITO 1 

GUSANITO 2

NANA

MADRE

PADRE

ABUELO

LUNA

GITANA

VIEJO DIRECTOR

MARGARITA XIRGU

BUÑUEL

DALÍ

NOVIA

LEONARDO

BOMBERO 1

BOMBERO 2

RECICLADOR

MADRE NEGRA

NIÑA NEGRA

HOMBRE DEL BOMBON

JINETE

ACTOR

 

 

MOVIMIENTOS DE ENSAYO TEATRAL. ENTRA FEDERICO, SE NOTA ANSIOSO, TRAE BÁRTULOS DE VIAJERO.    EL ELENCO EMOCIONADO, LO SALUDA.

 

FEDERICO:                           — Queridísimos todos: (LAS VOCES SE CALMAN) Estoy contento, contentísimo de estar de nuevo en Granada. (DE SUS BARTULOS SACA UNOS OBJETOS QUE SITÚA CONVENIENTEMENTE A SU ALREDEDOR)   ¡A ensayar!  

 

SE ESCUCHAN SONIDOS DE AMBULANCIA.   TIROTEO Y GRITOS   EN LA CALLE.  LOS ACTORES SE QUEDAN INMOVILES Y ASUSTADOS, UNO DE ELLOS SE ASOMA CAUTELOSO VA HASTA LA CALLE Y VUELVE.   OSCURO.

 

TRASHUMANTE:                   (MIENTRAS PREPARA SU MORRAL DE VIAJE)

                                               — Respetable público... (PAUSA) no; respetable público, no; público, solamente, y no es que mi autor no considere al público respetable; todo lo contrario, sino que detrás de estas palabras hay como un delicado temblor de miedo  y una especie de súplica para que el auditorio sea generoso con la mímica de los actores y el artificio del ingenio.

 

                                               ¿Que quién soy?  

                                             Soy una nube, una mosca, un beso, una sábana blanca o tal vez: tierra, agua, un pez de luna o una larga noche de primavera.  Sí, soy todo eso y no soy nada o, tal vez, todo lo contrario, como decía Beckett.

 

                                               ¿Qué, que quiero?’

                                             Quiero convertirme en nube, convertirme en mosca, convertirme en beso, o en una sábana blanca o, tal vez, convertirme en tierra, convertirme en agua, o en un pez de luna, o en una larga noche de primavera.

 

                                               O convertirme en todo, o convertirme en nada, o tal vez en todo lo contrario, como decía Beckett.

 

                                               Estoy aquí sobre la escarcha, sobre el río, sobre el tiempo, sobre los lirios, sobre la sangre, sobre la jaca, ¡ah! sí, sobre la sangre de Ignacio sobre la arena o, tal vez, bajo la luna, lejos del sol...  ¡Oh! sí,  bajo la sangre de Ignacio sobre la arena.

                                               En este tiempo, el de hoy;  en este tiempo, el de la plata;  en el tiempo de las campanas; el de los gitanos; el de los niños; el tiempo de las heridas abiertas de los nervios; el de las esquinas serpientes; o, tal vez, el tiempo de la roja sangre; el del blanco lirio; el tiempo de la noche densa, o del “verde que te quiero verde”.

                                            ¿Para que?

                                               Para desnudarme, para desnudarme en Granada, o para exprimir limones maduros sobre la herida abierta,  o para envenenarme con aceitunas o, tal vez, para todo eso, para todo eso, o para nada, o para todo lo contrario, como decía Beckett.

                                     

                                               ¿Por qué?

                                               Porque me da la gana, ¡sí!, porque me da la gana, gana de mi libre gana.

 

                                               Ahora  me voy a Granada, ¡sí, a Granada!, porque debo encontrar a un  hombre, un poeta llamado  Federico García Lorca. Debo hablar con el antes de que sea demasiado tarde

                                              (SALE).

 

POETA:                                 —  Los caballos negros son.

Las herraduras son negras.

Sobre las capas relucen

manchas de tinta y de cera.

Tienen, por eso no lloran,

de plomo las calaveras.

Con el alma de charol

vienen por la carretera.

Jorobados y nocturnos

por donde animan ordenan

silencios de goma oscura

y miedos de fina arena.

Pasan, si quieren pasar,

y ocultan en la cabeza

una vaga astronomía

de pistolas inconcretas.

¡Oh ciudad de los gitanos!

¿Quién te vio y no te recuerda?

Ciudad de dolor y almizcle,

con las torres de canela.    

 

OSCURO.

LUGAR DE INTERROGATORIO. EL TENIENTE CORONEL DE LA GUARDIA CIVIL  INTERROGA A  FEDERICO GARCÍA LORCA.

 

TENIENTE DE LA

GUARDIA CIVIL:                     — Te golpearon un poco y no hablaste, ¡claro!, eso siempre sucede en la primera sesión; pero te sientes bien, claro, pues no has hablado.   Luego la cosa cambia, al final todos hablan muchacho.

                                               Yo soy el único que puede ayudarte a salir de aquí, pero tienes que cantar.

 

¿Te gusta la música, la ópera?   ¿O no?...   Claro, te gusta el cante jondo, la gitanería y toda esa mariconería que vamos a eliminar de raíz para hacer de este país el imperio del orden, de la justicia, de la propiedad.  Como vez, me gusta la tragedia.  Pero bueno, yo nunca pierdo de vista que el detenido es un ser humano, como yo, equivocado pero ser humano. (PAUSA)  Así como estás, callado e inmóvil, podrías ser simplemente una cosa, pero yo sé que eres un ser humano de carne y hueso, como yo.  Con partes sensibles como yo.     ¡Ah!,  pensaste en los huevos claro, siempre que a un hombre se le habla de partes sensibles piensa en los huevos, las mujeres piensan en las tetas...  ¿Cuál es tu punto sensible?, ¿los huevos... las tetas? ¿o los huevos y las tetas?.

Pero tranquilízate que no voy a tocar ni tus huevos  ni tus tetas.  El castigo genera rencores y uno nunca sabe...  Yo prefiero las faenas limpias, mi especialidad es el argumento.  ¿Quién dice que algún día los republicanos inviertan la situación y seas tú quien interrogue?  Te prometo que en esa eventual situación voy a colaborar un poco más (RÍE).   Pero no te hagas ilusiones, hemos tomado todas las precauciones para que esto no ocurra. (PAUSA)

 Para ser verdugo hay que nacer verdugo y yo nací otra cosa.

 

¿No vas a hablar?...   Está bien, no hables.   No me cuentes nada de tu emisora clandestina, ni de tus contactos rusos. 

 (PAUSA)

Pregúntame algo, pues, me gusta el diálogo, hablemos, pregunta, habla, habla...  ¡Habla!

Ahhh, resistencia pasiva.  Gandhi.  La misma historia.   Los judíos, los indios, los negros, los moros, los gitanos. ¡Carroña!, ¡carroña!  Pero tú y yo somos españoles, una cosa es la India y otra muy distinta España...  Habla, cretino, ¡habla!.

 

¡Sargento: Llevad  a este maricón y dadle café!

 

EL REO ES LLEVADO POR EL SARGENTO.   LUEGO ESTE REGRESA TRAYENDO MEDALLAS EN UNA BANDEJA QUE EL TENIENTE SE COLOCA EN TODO EL CUERPO.

 

TENIENTE CORONEL:         — Yo soy el teniente coronel de la Guardia Civil.

 

SARGENTO:                          — Sí. (LE ENTREGA UNA  MEDALLA)

 

TENIENTE CORONEL:         — Y  no hay quien me desmienta.

 

SARGENTO:                          —  No. (LE ENTREGA UNA  MEDALLA)

 

TENIENTE CORONEL:         — Tengo tres estrellas y veinte cruces.

 

SARGENTO:                          —  Sí. (LE ENTREGA UNA  MEDALLA)

 

TENIENTE CORONEL:         — Me ha saludado el cardenal arzobispo con sus veinticuatro borlas moradas.

 

SARGENTO:                          — Sí. (LE ENTREGA UNA  MEDALLA)

 

TENIENTE CORONEL:         — Yo soy el teniente. (LE ENTREGA UNA  MEDALLA)  Yo soy el teniente. (LE ENTREGA UNA  MEDALLA)   Yo soy el teniente coronel  de la Guardia Civil (LE ENTREGA UNA  MEDALLA). SE ESCUCHA  CANCIÓN

 

                                                (CANCIÓN)

                                               — Luna, luna, luna, luna,

del tiempo de la aceituna.

Cazorla enseña su torre

y Benamejí la oculta.

 

Luna, luna, luna, luna.

Un gallo canta en la luna.

Señor alcalde, sus niñas

están mirando a la luna.

 

TENIENTE CORONEL:         (ALGARABÍA EXTERIOR) —   ¿Qué pasa?

 

SARGENTO:                           (ENTRA EL SARGENTO EMPUJANDO AL                                                  TRANSHUMANTE) —   ¡Un gitano!                

 

TENIENTE CORONEL:          — Yo soy el teniente coronel de la Guardia Civil.

 

TRASHUMANTE:                   — Sí.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¿Tú quién eres?

 

TRASHUMANTE:                   — Un gitano.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¿Y qué es un gitano?

 

TRASHUMANTE:                   — Un negro, un sudaca.  Cualquier cosa.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¿Cómo te llamas?

 

TRASHUMANTE:                   — Eso.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¿Qué dices?

 

TRASHUMANTE:                   — Gitano.

 

SARGENTO:                          — Me lo encontré y lo he traído.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¿Dónde estabas?

 

TRASHUMANTE:                   — En el puente de los ríos.

 

TENIENTE CORONEL:         — Pero, ¿de qué ríos?

 

TRASHUMANTE:                   — De todos los ríos.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¿Y qué hacías allí?

 

TRASHUMANTE:                   — Una torre de canela.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¡Sargento!

 

SARGENTO:                          — A la orden, mi teniente coronel de la Guardia Civil.

 

TRASHUMANTE:                   — He inventado unas  alas para volar, y vuelo.  Azufre y rosa en mis labios.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¡Ay!  (EL TENIENTE SE RESIENTE COMO SI LE     HUBIESEN DADO UNA PATADA EN EL ESTOMAGO

 

TRASHUMANTE:                   — Aunque no necesito alas, porque vuelo sin ellas.   Nubes y anillos en mi sangre.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¡Ay...ayayay!

 

TRASHUMANTE:                   — En enero tengo azahar.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¡Ayayayayyy!

 

TRASHUMANTE:                   — Y naranjas en la nieve.

 

TENIENTE CORONEL:         (RETORCIÉNDOSE CON MAS INTENSIDAD)   — ¡Ayyyyy!, pun, pin, pam.

                                               Otro maricón.  Nos vamos a tomar mucho tiempo quebrando espejos y estrangulando mariposas, sargento.

 

SARGENTO:                          — Sí.

 

TENIENTE CORONEL:         — Revísale sus pertenencias.  Y que siga su camino.    (SALE)

 

SARGENTO:                          — Sí. Mi teniente coronel de la Guardia Civil...(AL TRASHUMANTE)  ¿Quién eres tu?

 

TRASHUMANTE:                   — Un hombre.

 

SARGENTO:                          — ¿Y qué es un hombre?

 

TRASHUMANTE:                   — Un hombre es un hombre.

 

SARGENTO:                          — ¿Un hombre?

 

TRASHUMANTE:                   — Como usted, o como yo.

 

SARGENTO:                          — ¿Cómo yo?   Sí,  yo soy un hombre.

 

TRASHUMANTE:                   — Era.

 

SARGENTO:                           — ¿Era?

 

TRASHUMANTE:                   — Sí,  eras un hombre.

 

SARGENTO:                          — Como usted.

 

TRASHUMANTE:                   — No, como yo no. Como usted.

 

SARGENTO:                          — Como usted no.  Como yo.

 

TRASHUMANTE:                   — Como usted o como yo.

 

SARGENTO:                          — Yo soy un sargento de la Guardia Civil.

 

TRASHUMANTE:                   — Sí.

 

SARGENTO:                          — Y no hay quien me desmienta.

 

TRASHUMANTE:                   — No.

 

SARGENTO:                          — Tengo tres estrellas y veinte cruces.

 

TRASHUMANTE:                   — Sí.

 

SARGENTO:                          — Me ha saludado el cardenal arzobispo con sus 24 borlas moradas.

 

TRASHUMANTE:                   — Sí.

 

SARGENTO:                          (MIENTRAS TERMINA DE REVISAR Y DESBARATAR EL MORRAL DEL TRASHUMANTE.)  — Yo soy el sargento, yo soy el sargento, yo soy el sargento de la Guardia Civil.   (SALE)

 

AL FONDO APARECE LA IMAGEN DE FEDERICO COMO REO  LLEVADO POR LA GUARDIA CIVIL.

 

TRASHUMANTE:                   — Fe-de-ri-co-oooo. Espérame debo hablar contigo.     (SALE)

 

SE ESCUCHAN SONIDOS Y MÚSICA PREMONITORIA

 

POETA:                                  — Tercos fusiles agudos

por toda la noche suenan

la virgen cura los niños

con salivilla de estrella.

Pero la Guardia Civil

                                               avanza sembrando hogueras,

                                               por donde joven y desnuda

                                               la imaginación se quema.

OSCURO.

SONIDOS NATURALES  —AGUA, LOBOS—.  EL NIÑO FEDERICO AVANZA  POR LA JUNGLA, TÚNEL, ESPACIO SIDERAL — FEDERICO EN EL BOSQUE.

 

VOZ:                                       — ¿Vienes, caracol, de otras tierras?

 

FEDERICO:                           — “Vengo de mi casa y quiero volver muy pronto a ella”

 

VOZ:                                       — Es un bicho muy cobarde.

 

FEDERICO :                          — ¿No cantas nunca?

 

VOZ :                                      — “No canto”

 

FEDERICO :                          — ¿Ni rezas?

 

VOZ :                                      — “Tampoco.  Nunca aprendí”

 

FEDERICO :                          — ¿Ni crees en la vida eterna?

 

VOZ :                                      — “¿Qué es eso?”

 

FEDERICO:                           — Pues vivir siempre en el agua más serena, junto a una tierra florida que a un rico manjar sustenta.

 

FEDERICO DUERME, VOCES, MÚSICA CELESTIAL.   UNA MARIPOSA SE POSA EN SU HOMBRO. DOS GUSANOS CURIOSEAN AL DURMIENTE Y A LA MARIPOSA.

 

GUSANITO 1:                         — ¿Será un hada?

 

GUSANITO 2:                         — Su cuerpo esta todo dormido.

 

GUSANITO 1:                         — Me da miedo  verla tan blanca y solitaria.

 

GUSANITO 2:                         — Es una mariposa medio muerta de frío.

 

FEDERICO SE DESPIERTA Y DESCUBRE LA MARIPOSA EN SU HOMBRO.

 

FEDERICO:                           — Con besos curaré yo tus heridas, si conmigo te casas.

 

MARIPOSA:                            — No sé lo que es amor, ni lo sabré jamás.

 

FEDERICO:                           — No tienes corazón.  ¿No te ha quemado la luz de mis  palabras?

 

MARIPOSA:                            — ¡Ay, que no tengo boca!  (MUERE)

 

FEDERICO:                           — ¿Quién me puso estos ojos que no quiero

y estas manos que tratan

de prender un amor que no comprendo?

 y  ¡con mi vida acaba! 

¿Quién me pierde entre sombras?

 ¿Quién me manda a sufrir sin tener alas?

 

NANA:                                     —  “Fe-de-ri-co, Fe-de-r-i-co”

 

ENTRA LA NANA CON SUS PECHOS CORONADOS POR SENDOS RACIMOS DE UVAS, DE LOS QUE FEDERICO SE PRENDE  COMO UN TERNERO  A  LA TETA DE LA VACA.

 

FEDERICO:                           —  Nana, cántame una historia.

 

NANA:                                     (CANTA Y REPRESENTA CON FEDERICO)

                                               —  La señorita

del abanico

va por el puente

del fresco río.

 

Los caballeros

con sus levitas

miran el puente

sin barandillas.

 

La señorita

del abanico

y los volantes

busca marido.

 

Los caballeros

están casados

con altas rubias

de idioma blanco.

 

Los grillos cantan

por el Oeste.

 

(La señorita

va por lo verde.)

 

Los grillos cantan

bajo las flores

 

(Los caballeros

van por el Norte.)   (SALE)

 

FEDERICO:                           — ¿Qué sería de los niños ricos si no fuera por las nanas, que nos ponen en contacto con la verdad y la emoción del pueblo?

 

LOS PADRES, APOSTADOS COMO COLUMNAS O ÁRBOLES GIGANTES A LA ENTRADA DEL BOSQUE,  DIALOGAN DETRÁS DE FEDERICO.

 

PADRE:                                  — Vicenta, no mimes tanto al chico. Hay que hacerlo duro para la vida.

 

MADRE:                                 —  Déjalo que viva su infancia.

 

FEDERICO:                           — Déjeme, padre, seguir siendo niño y no me espante con su mirada de acero;  ni reprenda con su voz torva a mi madre, que ella no tiene la culpa de que yo sea un niño azul, que me gusten las rosas y el olor de las violetas.

 

PADRE:                                  — Un día tendrás que hacer lo mismo que yo hago.

 

ABUELO:                                (ENTRA ESGRIMIENDO CON AGILIDAD QUIJOTESCA LA ESPADA)

— Non fuyades, ¡cobardes!, malandrines y viles criaturas,  que un sólo caballero es el que os acomete.

No temáis valeroso Don Gayferos, la soberbia de vuestros persecutores no extinguirá mi llama.

 (DIRIGIÉNDOSE A FEDERICO) ¿Ves esta espada que ahora parece yerta y rígida como una  serpiente de museo?

Es mi espada gloriosa, que luchó contra el rey don Carlos de Borbón. No dejes que se la coma la herrumbre amarillenta.  ¡Cíñetela! Porque antes de encontrar el jardín de la poesía en tu vida, has de sostener una lucha invisible y violentísima con mi enemigo de todos los siglos:  el gigantesco dragón del sentido común. (LA ENTREGA COMO UN TROFEO A FEDERICO) (SALE).

 

UNA MUJER CON BOTAS Y ARMADURA, PERSIGUE A UNA GALLINA Y LA DEGÜELLA CON UNA PEQUEÑA HACHA.  SALE.  UN HUEVO GIGANTE SE ROMPE ANTE EL PÙBLICO Y DE ÉL SURGE “EL AMARGO” – HOMBRE CON CUERPO DE CERDO Y CABEZA DE CICLOPE- Y ESCUPE A FEDERICO.  SALE.  UN ATAÚD RECORRE EL ESCENARIO COMO EN UN CORTEJO FÚNEBRE,   POR UN EXTREMO LE SALEN LOS PIES CON ZAPATOS MASCULINOS Y POR EL OTRO LOS PIES  CON  TACONES FEMENINOS. SALE.   FEDERICO SE AFERRA A LA ESPADA COMO ESCUDO.       LA LUNA ENTRA  BAILANDO.

 

FEDERICO:                           — Luna...

                                               Huye luna, luna, luna

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

 

 LUNA:                                    — Niño, déjame que baile. 

                                               Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

 

FEDERICO:                           — Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

 

LUNA:                                     — Niño, déjame, no pises

                                               mi blancor almidonado.

 

LA LUNA MUESTRA SUS VOLUPTUOSOS SENOS A FEDERICO Y SALE.  ARRIBA EN EL FIRMAMENTO  UNA  LUNA  EN  CUARTO  MENGUANTE  LLORA.    ENTRA  UN  GITANO ÑAQUE CON UN TÍTERE QUE COLOCA EN LA EMPUÑADURA DE LA ESPADA.  FEDERICO SALE TRAS EL GITANO, PERO ES DETENIDO POR SU PADRE.

 

PADRE:                                  — Ya es hora de que Federico vaya a la escuela. 

 

MADRE                                  — Yo sé que...   Te volverás un buen estudiante, para que nosotros no nos molestemos. 

 

PADRE:                                  — Y escogerás una profesión digna y respetable. 

 

MADRE                                  — Verás cómo nunca te faltara el pan y la alegría.  

 

PADRE:                                  — Harás una gran familia con hijos que se sientan orgullosos de su estirpe.

 

FEDERICO  SE VISTE DE HOMBRECITO  CON SACO Y CORBATA.  UN GITANO BAILA, LUEGO UNA GITANA.   SE FORMA UN FANDANGO,  DESAPARECE EL BOSQUE Y CON ÉL LOS PADRES. SE ESCUCHA CANCIÓN .

                                                               CANCIÓN

                                               —  “¿Cómo a mí te entregaste luz morena?

¿Por qué me diste llenos

de amor tu sexo de azucena

y el rumor de tus senos?

¿No fue por mi figura entristecida?

(¡Oh, mis torpes andares!)

¿te dio lástima acaso de mi vida,

marchita de cantares?

 

FEDERICO ES  SEDUCIDO POR LOS GITANOS.   PRIMERO POR ELLA, LUEGO POR ÉL. FEDERICO SE DECIDE POR EL Y, LE DA UNA MORROCOTA DE ORO A ELLA.  ELLA CANJEA CON EL GITANO LA MORROCOTA POR LICOR.   FEDERICO Y EL GITANO SALEN.

 

ENTRA EL TRASHUMANTE.

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Aquí se puede descansar?

 

GITANA:                                   — Y beber, si usted lo requiere (MIENTRAS BEBE)

 

TRASHUMANTE:                   — Gracias, señora.

 

GITANA:                                   — Luce usted cansado...

 

TRASHUMANTE:                   — Cansado y maltratado   

 

GITANA:                                  — Vivimos tiempos tenebrosos,  ¿quién no es maltratado en estos tiempos?...  Pero descanse usted...  Creo que lo necesita.  (LE OFRECE LICOR).

 

TRASHUMANTE:                   — Si usted lo dice. (BEBE)

 

EL TRASHUMANTE ABRE SU MALETA EN LA QUE LLEVA UNOS TÍTERES.

 

GITANA:                                  — Este es un lugar de gitanos.   Aquí usted puede estar seguro.

 

TRASHUMANTE:                   — Gracias,  (EL TRASHUMANTE ACOMODA SU EQUIPAJE Y JUEGA CON SUS TÍTERES).     En un cortijo de Córdoba, entre adelfas y madreselvas, vivía un talabartero con una talabartera, ¡santo Dios, cómo reñían!, miren ustedes la fiera, burlando al débil marido con los ojos y la lengua.

 

GITANA:                                  (ENCANTADA) — Cuánto le hubiera gustado a Federico verlo a usted.     (SALE)

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Que dices? ...¿Federico?  ¿Tu sabes donde esta Federico? anda dímelo, debo hablar con el es asunto de vida o muerte ...    (SALE TRAS ELLA )

 

 SE ESCUCHAN SONIDOS Y MÚSICA PREMONITORIA.

 

POETA:                                  —  Compadre, quiero cambiar

mi caballo por su casa,

mi montura por su espejo,

mi cuchillo por su manta.

Compadre, vengo sangrando,

desde los puertos de Cabra.

Si yo pudiera, mocito,

este trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo.

Ni mi casa es ya mi casa.

Compadre, quiero morir

decentemente en mi cama.

De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda

¿No veis la herida que tengo

desde el pecho a la garganta?

Trescientas rosas morenas

lleva tu pechera blanca.

Tu sangre resuma y huele

alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo.

Ni mi casa es ya mi casa. 

 (OSCURO)

 

UN HOMBRE VIEJO Y ARTRITICO SENTADO EN SILLA DE RUEDAS, SE MUEVE CON DIFICULTAD EN LA PENUMBRA.

 

VIEJO:                                    — Esta luz es mi debilidad, su amarillo tiene la culpa.  ¡Ja! Pero esta residencia es muy amplia como para vivir en vano.  Hay que  hacer  más  estrechos  los  lugares  para  que  los  muchachos no intenten escapar.   (VOZ FUERTE) ¿Me oyen...?.   ¡Su viejo director no les dejará ver las residencias para señoritas!

 

¡Ay!,  ésta casa se parece cada vez más a un cilindro.  (SACA PAPELES) 50 metros de circunferencia y 16 de altura por armonía, (PAUSA) o sea, más o menos 1.200 metros cuadrados de superficie total, de los que 800 son muros.  Sin contar los nichos y túneles.  No, ya no tengo fuerza para este recorrido y este jadeo que lo agita todo.  Debo hacer lo que hace mucho tiempo...   Un buen impulso y saltar por la escalera.  ¡Sí, eso es!. (INTENTA  ABALANZARSE DE LA SILLA PERO NO LO LOGRA) ¡Qué pobreza la mía, no tener quien me empuje!.    Les daré a mis hijos otra oportunidad.   (TOCAN LA PUERTA).

 

TRASHUMANTE:                   —  Buenos días.

 

VIEJO:                                    —  Buenos días...

 

TRASHUMANTE:                   —  Señor...

 

VIEJO:                                    — ¿Y usted quién es?...   ¿De qué planeta ha llegado?   Parece usted un marciano,  joven.

 

TRASHUMANTE:                   — Señor...   Vine hasta aquí, porque me dijeron que aquí podría encontrar a...

 

VIEJO:                                    (LO CORTA BRUSCAMENTE MIENTRAS LO RONDA EN SU SILLA DE RUEDAS)              — Aquí   no   recibimos extraterrestres.  Se equivocó de lugar jovencito (GIRA BRUSCAMENTE SU SILLA Y SE ALEJA)

 

TRASHUMANTE:                   — Espere señor...  Vengo de muy lejos...  Soy español de origen, aunque no nací aquí. Soy hijo de padres que nacieron aquí, de padres que también nacieron aquí.

 

VIEJO:                                    — Se es,  o no se es español, no hay término medio.  Y éste no es un asilo de locos,  déjame en paz...   Hoy es domingo, le abrí porque creí que traía el periódico.     Es lo único que me interesa los domingos; así que puede seguir su camino.

 

TRASHUMANTE:                   (LO AGARRA POR LOS MANUBRIOS DE LA SILLA)

                                               —  Señor,  no me iré de aquí hasta que no me deje pasar.

 

VIEJO:                                    — Está bien, pero suélteme, ¡insolente!...   No sé por qué todo lo quieren lograr con la violencia...  ¿Qué quiere?

 

TRASHUMANTE:                   — Perdóneme, señor.  No quiero que usted se ofenda, ni mucho menos faltarle al respeto que usted se merece,  como director de este recinto sagrado.  Mire usted, señor, mis ojos vidriosos  y mi piel reseca.  Estoy aún convaleciente...   Estuve 8 días hospitalizado en  Granada:  Una intoxicación, señor.   Verá usted: No tenemos por costumbre comer aceitunas en mi país, así que he comido tantas como si fueran fríjoles.

 

VIEJO:                                    — Ya veo que eres un artista...  Aquí sólo recibimos artistas, u hombres importantes.  Tengo ojo para ello...  Últimamente son muy excéntricos.  Usted debe tener un carácter parecido a Salvador, quien también parece de otro planeta.

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Salvador Dalí?

 

VIEJO:                                    — Si,  Salvador Dalí...  Si no fuera por su talento no soportaría sus excentricidades que atentan contra la disciplina de este lugar.

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Cómo así,  Dalí aún vive aquí?

 

VIEJO:                                    — Sí, Dalí, y Buñuel,  y otros más.      ¿De qué te sorprendes? Bueno, si quieres ser admitido debes cumplir los requisitos  y por unas semanas compartir la habitación con Federico García Lorca.

 

TRANSHUMANTE :             —  ¡Federico, eureka!   

 

VIEJO:                                  — Sígueme

 

SE ESCUCHAN SONIDOS Y MÚSICA PREMONITORIA.  SE ENCIENDEN Y SE APAGAN LUCES.  EL VIEJO RECORRE LA RESIDENCIA CON EL TRASHUMANTE.    SE ESCUCHAN CAMIONES Y MOTOCICLETAS DE GUERRA, ASÍ COMO BOTAS MILITARES PERSIGUIENDO A LA  MUCHEDUMBRE. AL ENCENDERSE NUEVAMENTE UNA LUZ CENITAL CAE SOBRE EL TRASHUMANTE, EL VIEJO HA DESAPARECIDO.  EL ESCENARIO ES OTRO. VESTUARIO DE TEATRO SOBRE PERCHEROS LO RODEAN, CALLEJONES DE LUZ SE PIERDEN TRAS CORTINAS NEGRAS.

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Dónde estoy?... (ESCUCHA PASOS) ¿Quién anda ahí?...  Señor...    Señor.   ¿Dónde está usted?   ¿Qué ha pasado?

 

SE ESCUCHAN PASOS Y EL TRASHUMANTE SALE TRAS ELLOS. LA HABITACIÓN SE ILUMINA Y EN ELLA SE ENCUENTRAN  CONVERSANDO ALEGREMENTE MARGARITA XIRGU, LUIS BUÑUEL —EN PANTALONETA,  GUANTES DE BOXEO Y TOALLA AL CUELLO—; SALVADOR DALÍ PINTANDO A LORCA, QUE TRAS UNA PUERTA DE ACRÍLICO TRANSPARENTE SE BAÑA DESNUDO.

 

MARGARITA:              — (ENSAYANDO SU PAPEL) Yo soy la madre de doña        Rosita

y quiero que se case,

porque ya tiene dos pechitos

como dos naranjitas,

 

FEDERICO:                           —  (DESDE EL BAÑO) Más farsa,  Margarita.

 

MARGARITA:              —  y un culito

como un quesito,

y una urraquita

que le canta y le grita

 

FEDERICO:                           —  Así esta  mejor.

 

MARGARITA:                          —  Y es lo que yo digo:

le hace falta un marido,

y si fuera posible, dos.

Ja, ja, ja, ja, ja, ja.

 

FEDERICO:                           — ¡Bravo! ¡Bravo!

 

BUÑUEL:                                — Por más que no lo quieras...    La Mariana Pineda  va a parecer un panfleto contra el putrefacto carnuso de Primo de Rivera.

 

DALÍ:                                       (A LORCA QUE VA A SALIR DEL BAÑO)  —No te muevas, quédate así, no te muevas que te estoy dibujando.      

 

LORCA:                                  — Perdóname, Salvador, pero no puedo quedarme mirándome los pies...  me veo  los pies y es como si estuviera muerto.  

 

DALI:                                       —  He aquí la poesía en carne viva.

 

MARGARITA:                          (CUBRIENDO A FEDERICO CON UN VESTIDO DE MARIANA PINEDA A MODO DE  BIOMBO).   —¿Qué tal  estoy Federico?

 

FEDERICO :                          (DESNUDO TRAS EL VESTIDO) —Estás como siempre, Margarita Xirgu:  Segura en tu rol, seductora y convincente.   ¡Qué duende hay en ti!...  Tantos matices has dado en estos últimos momentos a tu personaje,  que en el libreto nunca los hubiera imaginado. (PAUSA) No es el arte la luz que nos ciega los ojos.   Primero es el amor, la  amistad o la esgrima.  ¿O no mi querido Buñuel?

 

BUÑUEL:                                —  ¿Cómo te pareció el  colombiano, Federico...?

 

FEDERICO :                          — ¿Jorge Zalamea...?   Me gustaron mucho sus poemas negros.

 

BUÑUEL:                                (COMO ALUCINANDO) — Yo creo que a veces nos contemplan

                                               por delante, por detrás, por los costados,

unos ojos rencorosos de gallina.

 

DALI:                                       — ¡Bravo!...  ¡Antiartístico!  (BAILAN Y CANTAN)

 

CORO:                                   —  Yo me subí a un pino verde

por ver si la divisaba

y solo divisé el polvo

del coche que la llevaba

 

Anda jaleo, jaleo;

ya se acabó el alboroto

y ahora empieza el tiroteo.

 

En la calle de los Muros

mataron a una paloma

Yo cortaré con mis manos

las flores de su corona.

 

Anda jaleo, jaleo;

ya se acabó el alboroto

y ahora empieza el tiroteo.

 

No salgas, paloma, al campo,

mira que soy cazador

y si te tiro y te mato

para mí será el dolor,

para mí será el quebranto.

 

Anda jaleo, jaleo;

ya se acabó el alboroto

y ahora empieza el tiroteo.

 

FEDERICO :                          —  Los dejo, mis queridos burros podridos   ¡Ay!,  Salvador, algún día píntame un reloj blando, que ya esta dura máquina me  agobia.    (SALE)

 

DALI:                                    —  Recuerda que la sangre es más dulce que la miel.

                                     

AL SALIR FEDERICO, ENTRA EL  TRASHUMANTE.    EL TRIO SE VUELVE A ÉL Y, CÓMPLICES ENTRE SI, LO RODEAN. JUEGAN CON LAS MIRADAS Y LOS GESTOS. DANZAN A SU ALREDEDOR. MARGARITA SE LE ACERCA SEDUCTORA.    LO ACORRALA.

 

TRASHUMANTE:                   —  Perdón...    No pensé encontrar a nadie,  discúlpenme.

 

MARGARITA:                          (REPRESENTANDO A ROSITA)

—  ¡Ay!  Qué noche tan clarita

vive sobre los tejados

En esta hora los niños

cuentan las estrellas

y los viejos se duermen

sobre sus caballos,  

 

TRASHUMANTE:                   (A MARGARITA QUE LO ABORDA)   —  ...¿Qué quiere  de mi señora?

 

MARGARITA:                          — Yo quiero estar

                                               en el diván

                                               con  Juan,

en el colchón

con Ramón,

en el canapé

con José,

en la silla

con medinilla,

en el suelo

con el que yo quiero,

pegada al muro

con el lindo Arturo

y en el gran salón

con Juan , con José, con Medinilla,

                                               con  Arturo y con  Ramón.

 

                                               ¡Ay! Ay! ¡Ay!

                                               yo me quiero casar, ¿me ha oído?

                                               Yo me quiero casar

                                               con un mocito,

                                               con un militar,

                                               con un arzobispo,

                                               con un general,

                                               con un macanudo

                                               de macanear                         

                                               y veinte mocitos de Portugal,

que para el caso

                                               lo mismo me da.    (SALE)

 

DALÍ:                                       (QUE HA CAMBIADO DE ASPECTO Y, EN VEZ DE PLUMA Y DIBUJO, AHORA TIENE UNA MULETA CON LA QUE AMENAZA AL TRASHUMANTE.)

                                               — Dile, cuando encuentres a quien buscas, que para nosotros un ojo ya no pertenece al rostro y que una mano puede estar muy viva sin el cuerpo; que sin romper los moldes gitanos de los versos, sólo se aúlla como un perro andaluz a la luna...   Que es necesario saltar al vacío y buscar el enigma sin fin del surrealismo, para no ser como tú... ¡Un putrefacto más!  (SALE).

 

BUÑUEL:                                (CON UNA BARBERA EN LA MANO AMENAZA AL TRASHUMANTE CON CORTARLE UN OJO)

 

                                               — Dile que mire a Goya, que se fije bien y que nosotros, aun en su contra combatiremos a Góngora, que es la bestia más inmunda que ha parido madre.  Y a Juan Ramón Jiménez, que nos hizo ver el burro menos burro y más mierda que  hemos visto...

 

TRASHUMANTE:                   (ASOMBRADO)  — No sé que quieren ustedes, aunque los aprecio mucho.  

 

BUÑUEL:                                — Queremos hacer un apasionado y urgente llamamiento al crimen.

 

TRASHUMANTE:                   — Ustedes han pasado a la historia.  El cine y la pintura no sé qué hubieran sido sin ustedes, pero no es a ustedes a quienes busco...  Nada deseo de ustedes, he venido aquí porque me dijeron que aquí podía encontrar a Federico García Lorca.

 

ANTE EL NOMBRE DE LORCA, BUÑUEL RETROCEDE Y SE PIERDE EN LA OSCURIDAD MIENTRAS SEÑALA CON LA NAVAJA AL OTRO LADO DE LA HABITACIÓN.

 

BUÑUEL:                                — Pues búscalo en sus obras...      (SALE)

 

SE ENCIENDE LA LUZ A UN COSTADO DEL ESCENARIO, DOS ACTORES REPRESENTAN.  EN EL OTRO,  EL TRASHUMANTE OBSERVA.

 

NOVIO:                                   — Esta es una cacería...   La cacería más grande que se puede hacer.

 

NOVIA:                                    — ¿Adónde me llevas?

 

LEONARDO:                          — A donde no puedan ir estos hombres que nos cercan, donde yo pueda mirarte.

 

NOVIA:                                    — Llévame de feria en feria

                                               dolor de mujer honrada

                                               a que las gentes me vean

                                               con las sábanas de bodas

                                               al aire como banderas.

 

LEONARDO:                          —  También yo quiero dejarte

                                               si pienso como se piensa,

                                               pero voy donde tu vas

                                               tú también, da un paso ¡prueba!

                                               Clavos de luna nos funden

                                               mi cintura y tus caderas.

 

NOVIO:                                   — ¡Calla!  Estoy seguro de encontrármelos aquí.

                                               ¿Ves este brazo? Pues no es mi brazo. Es el brazo de mi hermano y el de mi padre y el de toda mi familia, que está muerta, y tiene tanto poderío, que puede arrancar este árbol de raíz si quiere.   Y vamos pronto, que siento los dientes de los míos clavados aquí, de manera  que se me hace imposible respirar tranquilo.

 

NOVIA:                                    — ¿Oyes?

 

LEONARDO:                          — Viene gente.

 

NOVIA:                                    — ¡Huye!

                                               Es justo que yo aquí muera

                                               con los pies dentro del agua

                                               espinas en  la cabeza

                                               y que me lloren las hojas

                                               mujer perdida y doncella.

 

LEONARDO:                          — ¡Cállate, ya suben!.

 

NOVIA:                                    — ¡Vete!

 

LEONARDO:                          — Silencio.  Que no nos sientan.  Tu delante  ¡vamos, digo!

 

NOVIA:                                    — ¡Los dos juntos!

 

LEONARDO:                          — ¡Como quieras!

                                               Si nos separan,

                                               será porque esté muerto.

 

NOVIA:                                    — ¡Y yo muerta!.

                                               He dejado a un hombre justo

                                               y a toda su descendencia

                                               en la mitad de la boda

                                               y con la corona puesta...

                                                (AL  TRASHUMANTE)

                                               Para ti será el castigo

                                               y no quiero que lo sea

                                               ¡déjame sola! ¡Huye tú!

                                               No habrá nadie que te defienda. 

(OSCURO SÓLO PARA ESTE COSTADO DEL ESCENARIO)

 

TRASHUMANTE:                   — Federico García Lorca.  Cada vez veo más tu sombra convertida en palabras, tus personajes deambulan por las alamedas e invaden los pasillos de mis sueños.  ¿Dónde estas?...   Necesito verte.  Quiero que hablemos. Pero pronto antes que sea demasiado tarde.

 

Necesito saber porque los lirios tienen su blancura pequeña

y porque el mar sonríe a lo lejos

dientes de espuma labios de cielo

Federico.  Tu poesía endurece mis huesos y tus dramas ablandan mi razón.  (SALE)

 

POETA:                                  — “Niño.

¡Que te vas a caer al río!

En lo hondo hay una rosa

y en la rosa hay otro río.

¡Mira aquel pájaro! ¡Mira

aquel pájaro amarillo!

Se me han caído los ojos

dentro del agua

 ¡Dios mío!

¡Que se resbala! ¡Muchacho!

...y en la rosa estoy yo mismo.

Cuando se perdió en el agua

comprendí.  Pero no explico”

 (OSCURO)

 

FEDERICO FRENTE AL ESPEJO CON UNA MALETA DE VIAJE.  A SU LADO  SU IMAGEN ESPECULAR .

 

IMAGEN ESPECULAR  :        — Federico, ¿por qué tienes nostalgia de caníbal? Pareces un pájaro sin vuelo.

 

FEDERICO :                          — Porque tengo miedo, porque tengo hastío, miedo de las hojas muertas, miedo de los prados llenos de rocío, hastío de mi sombra,  hastío, hastío.

 

IMAGEN ESPECULAR    :      (RIENDO)  — ¡Tiemblas, Federico!

                                               Mira,  palideces, sudas...   Seguro que no has regado el jardín.  Se están secando los azahares. Pellízcate, creo que estas muerto.

 

FEDERICO :                          (GOLPEANDO SU CABEZA CONTRA EL ESPEJO)  — Sal de ahí...   ¡Claro, huyes!  Me hablas así porque no puedo apretarte el pescuezo, porque no puedo sacarte los ojos.

 

IMAGEN ESPECULAR    :      — Sería como sacártelos a ti mismo.  Soy tu imagen, soy tu otro que eres  tu mismo, pero invertido.

 

FEDERICO :                          — Sí, ya se que eres mi sombra.

 

IMAGEN ESPECULAR    :      —  No, tu sombra no, tu imagen.

 

FEDERICO :                          —  La misma cosa.

 

IMAGEN ESPECULAR  :        — Tu sombra esta siempre tras de ti, algunas veces a tu lado,  yo siempre estoy de frente.

 

FEDERICO :                          — ¿Así que yo soy eso,  lo que está entre la sombra y tú?

 

IMAGEN ESPECULAR  :        — Sí

 

FEDERICO :                          — Pero yo no quiero ser eso, yo quiero ser...   Yo era, yo fui, pero no soy.  Yo era...  Yo no he nacido.

 

 IMAGEN ESPECULAR  :       — Te tocó ser así, Federico.   Ya no tienes otra alternativa...  ¿Ves?,  yo ya me acepté así,  como tu quieres que yo sea.

 

FEDERICO :                          — Cuando niño, buscaba mi imagen en el fondo de los estanques.

                                               Y me gustaba ver cómo los ojos se caían dentro del agua.

 

IMAGEN ESPECULAR  :        — Todos llevamos a cuestas nuestra propia sombra y luchamos contra nuestra propia imagen.

 

FEDERICO :                          — Detesto los espejos, las sombras y la cópula.

 

IMAGEN ESPECULAR  :        — Gracias al espejo eres otro.   Y gracias a la sombra tienes un lugar en el espacio. Gracias a la cópula, no todo es arena. Y ahora, apresúrate, que nos va a dejar el barco. OSCURO

 

EN EL ESCENARIO UN BARCO EN MOVIMIENTO.   TRAS ÉL, EL TRASHUMANTE.

 

TRASHUMANTE:                   —  Espere capitán, voy a New York...   ¡Espere!  (SALE)

 

POETA :                                 — Por el East River y el Bronx

los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,

con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.

Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas

y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

 

Pero ninguno se dormía,

ninguno quería ser el río,

ninguno amaba las hojas grandes,

ninguno la lengua azul de la playa.

 

Por el East River y el Queensborough

los muchachos luchaban con la industria,

y los judíos vendían al fauno del río

la rosa de la circuncisión

y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados

manadas de bisontes empujadas por el viento. 

(OSCURO)

 

 

UNA ESCALERA, SOBRE ELLA UN HOMBRE VESTIDO DE BOMBERO APAGA UN  INCENDIO COMO ATRAPANDO MARIPOSAS.  SUBEN Y BAJAN POR LA ESCALERA, BOMBEROS ESPERPÉNTICOS.

 

FEDERICO DA VUELTAS EN TORNO A LA ESCALERA.

 

FEDERICO :                          — Señor, podría usted decirme...  Llevo caminando.

 

BOMBERO 1:                        — ¡La luna!

 

FEDERICO :                          —  A ver.

 

BOMBERO 1:                        — Aquí, mírala entre estas dos casas altas, sobre el río, sobre la octava baja.    ¿No la ves?

 

BOMBERO 2                         — ¡Apágala, apágala!

 

FEDERICO :                          — Deja.  ¿A ver?.  No...  ¿Es la luna  o es un anuncio de la luna?...  Para ser de imitación no está mal.

 

BOMBERO 1:                        — Estos pintores de anuncios son bastante buenos.    ¡Caramba!

 

BOMBERO 2:                        — Apágala, apágala.

 

BOMBERO 1:                        — No es la luna, es un aviso de la luna.

 

FEDERICO :                          — ¡Más arriba! ¡Más arriba! ¡No se caiga usted, hombre! ¡Más arriba, que todavía se huele la pintura!...  Señor, vea usted, necesito llegar al 409 de Kingston street.

 

BOMBERO 1:                        — Esta es una escalera de incendios

 

FEDERICO :                          — Ah, sí, perdón.

 

LENTAMENTE CAEN DESDE LO ALTO MUÑECOS -HOMBRES Y MUJERES- VESTIDOS CON FINAS GALAS Y OTROS CUELGAN DEJANDO VER SUS PIERNAS COMO AHORCADOS.  FEDERICO DEAMBULA ENTRE LOS MUÑECOS Y MERODEA POR LA ESCALERA DE INCENDIOS.

 

BOMBERO 1:                        — Sí, es la luna que se incendia.

 

BOMBERO 2:                        — Apágala, apágala.

 

BOMBERO 1:                        — No, es un aviso luminoso.

 

FEDERICO :                          — Señor, el 409 de Kingston Street.

 

BOMBERO 1:                        — Esta es una escalera de incendios.

 

SIGUEN CAYENDO MUÑECOS Y MÁS MUÑECOS CUELGAN COMO AHORCADOS .  MIENTRAS SE ILUMINAN UNO A UNO  LOS AVISOS DE NEON DE LA CIUDAD.

 

AVISO BOCA :                       — Si yo me convirtiera en nube.

 

AVISO CULO :                       — Yo me convertiría en ojo.

 

AVISO OJO :                          — Si yo me convirtiera en caca.

 

AVISO OREJA :                     — Yo me convertiría en mosca.

 

AVISO MANO :                       — Si yo me convirtiera en cabellera.

 

AVISO TETA :                        — Yo me convertiría en beso.

 

AVISO PLANTA DE PIE:        — Si yo me convirtiera en pecho.

 

AVISO NARIZ :                       — Yo me convertiría en sábana blanca.

 

AVISO PIERNA :                    — Si yo me convirtiera en pez de luna.

 

AVISO LENGUA :                   — Yo me convertiría en cuchillo.

 

SE APAGAN LOS  AVISOS. APARECE RECICLADOR QUIEN RECOGE MUÑECOS Y LOS DESVISTE

 

RECICLADOR :                     (CANTA).

—  “Quítate el zapato que te lo quiero ver

Que lindo piececito.  Vuélvetelo a poner

Quítate el vestido que te lo quiero ver.

Que lindo cuerpecito.  Vuélvetelo a poner.”

¡Eh, ave María Purísima! Estos ricos si se matan enteritos y buenecitos. (MIENTRAS RECOGE Y DESVISTE LOS MUÑECOS EXHIBIENDO LAS FINAS GALAS COMO TROFEOS. CANTA).

“Quítate el zapato que te lo quiero ver

Que lindo piececito.  Vuélvetelo a poner

Quítate el vestido que te lo quiero ver.

Que lindo cuerpecito.  Vuélvetelo a poner.” (APARECE FEDERICO)

 

 

FEDERICO :                          — Señor, busco el 409 de Kingston Street.

 

RECICLADOR :                     — Tome hacia la derecha, luego vire a la izquierda y luego a la derecha nuevamente.    O si prefiere:  Tome la izquierda y luego a la derecha, y así, sucesivamente, hasta encontrar la luna ardiendo.

 

FEDERICO :                          — ¿La luna ardiendo?

 

RECICLADOR:                      — Sí, apágala.

 

FEDERICO :                          — Pero no soy bombero.

 

RECICLADOR :                     — ( RIENDO ) No, es un aviso luminoso (SALE)

 

FEDERICO :                          — Nueva York de cieno,

Nueva York de alambre y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?

¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?

¿Quién el sueño terrible de tus anémonas manchadas?

 

 

SE ILUMINA  UNA MUJER NEGRA QUE  PEINA A SU HIJA; MIENTRAS ÉSTA A SU VEZ PEINA A UNA MUÑECA RUBIA.  LOS PEINES CALIENTES ECHAN HUMO.   FEDERICO OBSERVA.

 

NIÑA NEGRA:                         — Las tortillas de maíz no me saben a nada, madre. 

El traje nuevo no me sirve de nada, madre.

Nada me sirve de nada, porque soy una niña negra.

 

MADRE:                                 — ¡Pero si estás hecha de miel y leche hija!

 

NIÑA:                                      — ¿De miel negra, madre?

 

MADRE:                                 — ¡No!  De miel...

 

NIÑA:                                      — ¿De leche negra, madre?

 

MADRE:                                 — ¡No!  De leche...

 

NIÑA:                                      — Aprendí a leer y de  nada me sirve, madre.

Aprendí a escribir y de nada me sirve, madre.

Aprendí a contar y de nada me sirve, madre.

Nada me sirve de nada porque soy una niña negra.

 

MADRE:                                 — ¡Pero si estás hecha de carne y hueso, hija!

 

NIÑA:                                      — ¿De carne negra, madre?

 

MADRE:                                 — ¡Ay! ¡Ayayay!

 

NIÑA:                                      — ¿De huesos negros, madre?

 

MADRE:                                 —  ¡No!  de huesos...

 

NIÑA:                                      —  Lo que tengo no me sirve de  nada, madre.

Lo que doy no me sirve de nada, madre.

Lo que sueño no me sirve de nada, madre.

Nada me sirve de nada porque soy una niña negra.

 

MADRE:                                 — ¡Pero si estás hecha  de sangre, hija!

 

NIÑA:                                      — ¿De sangre negra, madre?

 

MADRE:                                 — ¡No! de sangre roja...  Mira, como ésta  ¡Mírala!

                                               (LA MUJER SE CORTA LAS VENAS DEL ANTEBRAZO Y LA SANGRE CORRE HASTA EL PISO)

¡Quieras o no, tienes que mirarla!.   (OSCURO)

 

POETA:                                  — ¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem!

¡No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,

a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,

a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,

a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!

¡Ay, Harlem disfrazada!

¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!

Me llega tu rumor,

me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,

a través de láminas grises,

donde flotan tus automóviles cubiertos de dientes,

a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,

a través de tu gran rey desesperado,

cuyas barbas llegan al mar.  (OSCURO)

 

TRASHUMANTE  EN LA ESTACIÓN DEL METRO. CERCA A ÉL, EL HOMBRE DEL BOMBÓN.

 

TRASHUMANTE :                  — ¿Señor, la línea verde para aquí?  Voy al downtown.

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     (MIENTRAS LAME OBSCENAMENTE EL BOMBÓN)   

— La línea verde y la Azul,  todas pasan por aquí.   Yo espero la roja.

 

TRASHUMANTE :                  — Gracias (MIENTRAS CALIENTA SUS MANOS CON SU BOCA)

 

HOMBRE DEL  BOMBÓN:    — ¿Extranjero?

 

TRASHUMANTE :                  — SÍ.

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     — Esta ciudad cada día más llena de extranjeros... Que maleta más extraña la suya.

 

TRASHUMANTE :                  — Sí, es un morral.    Más cómodo para viajar.

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     — ¿Viaja mucho?

 

TRASHUMANTE :                  — Últimamente, sí...    Hace 8 meses desembarqué.

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     — ¿Artista?

 

TRASHUMANTE :                  — Si, algo de teatro, algo de danza,  pero mi última obsesión es la poesía.

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     — ¡La poesía, la poesía, la poesía!

 

TRASHUMANTE :                  — ¿Le gusta la poesía?

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     — La poesía, no;  los poetas.   Los amo, porque reducen el mundo a pocas palabras, porque hablan poco.  Pero son unos inútiles, mal nacidos, traicioneros.  Beben del vino del anfitrión y luego vomitan como cerdos sobre el lecho nupcial.

 

TRASHUMANTE:                   — Se ve que no entiende usted a los poetas.

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     — Que poco sabes de la vida. Los poetas son como los marineros, besan y se van haciendo alharaca, de su tierra, de su pueblo, con su patriotismo exacerbado.   ¡Como si la vida fuera una ofrenda, o un sacrificio!.

 

TRASHUMANTE :                  — Los ideales, señor.   Todos tenemos ideales.

 

HOMBRE DEL BOMBON:     (MORDIENDO EL BOMBON)  — Qué ideales, ni que mierda...  Federico, Federico.  Te recordaré, popular como una guitarra, alegre, melancólico, profundo y claro,  como un niño.

 

TRASHUMANTE :                  — ¿De qué Federico habla usted?

 

HOMBRE DEL BOMBON:     — Del mismo

 

TRASHUMANTE:                   — Del mismo...   El mundo es un pañuelo. ¿Puede usted decirme dónde encontrarlo?.  Llevo 9 meses buscándolo en esta algarabía de óxido y fermento; en esta tierra estremecida, en este Valle del  Hudson, borracho de aceite y sordo por el ruido de las máquinas que consumen la sangre de los trenes.

 

HOMBRE DEL BOMBÓN:     — Habla usted como el poeta... Pero ha llegado demasiado tarde, Federico ya va de regreso a su país...  ¿Por qué no viene conmigo?   Yo le mostraré cómo se le arrancan los ojos a los cocodrilos y cómo se golpea el trasero de los monos.

 

TRASHUMANTE :                  — No, no, no.   Federico no puede regresar, debo encontrarlo  no puede regresar.  ¡Ese será su fin!  (HUYE)

 

APARECE NUEVAMENTE EL BARCO Y TRAS ËL,  EL TRASHUMANTE.

 

TRASHUMANTE :                  — Capitán, capitán, espere, ¡espere!... (EL BARCO SE ALEJA)  (SALE OSCURO  )

 

UN JINETE VIENE GALOPANDO POR LA CARRETERA.

 

JINETE:                                  (PARANDO EL CABALLO)

                                               — ¡Buenas noches!

 

TRASHUMANTE:                   — A la paz de Dios.

 

JINETE:                                  — ¿Va usted a Granada?

 

TRASHUMANTE:                   — A Granada voy.

 

JINETE:                                  — Pues vamos juntos

 

TRASHUMANTE:                   — Eso parece.

 

JINETE:                                  — ¿Por qué no monta en la grupa?

 

TRASHUMANTE:                   — Porque no me duelen los pies.

 

JINETE:                                  — Yo vengo de Málaga

 

TRASHUMANTE:                   — Bueno.

 

JINETE:                                  — Allí están mis hermanos.

 

TRASHUMANTE:                   (DISPLICENTE)    — ¿Cuántos?

 

JINETE:                                  — Son tres.  Venden cuchillos.  Ese es el negocio.

 

TRASHUMANTE:                   — De salud les sirva.

 

JINETE:                                  — De plata y de oro.

 

TRASHUMANTE:                   — Un cuchillo no tiene que ser más que cuchillo.

 

JINETE:                                  — Se equivoca.

 

TRASHUMANTE:                   — Gracias.

 

JINETE:                                  — Los cuchillos de oro se van solos al corazón.  Los de plata cortan el cuello como una brizna de hierba.

 

TRASHUMANTE:                   — ¿No sirven para partir el pan?

 

JINETE:                                  — Los hombres parten el pan con las manos.

 

TRASHUMANTE:                   — ¡Es verdad!

 

EL CABALLO SE INQUIETA.

 

JINETE:                                  — ¡Caballo!

 

TRASHUMANTE:                   — Es la noche.

 

EL CAMINO ONDULANTE SALOMONIZA LA SOMBRA DEL ANIMAL.

 

JINETE:                                  — ¿Quieres un cuchillo?

 

TRASHUMANTE:                   — No.

 

JINETE:                                  — Mira que te  lo regalo.

 

TRASHUMANTE:                   — Pero yo no lo acepto.

 

JINETE:                                  — No tendrás otra ocasión.

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Quién sabe?

 

JINETE:                                  — Los otros cuchillos no sirven.  Los otros cuchillos son blandos y se asustan de la sangre.  Los que nosotros vendemos son fríos. ¿Entiendes?  Entran buscando el sitio de más calor y allí  paran.

 

EL TRASHUMANTE SE CALLA.  SU MANO DERECHA SE LE ENFRÍA COMO SI AGARRASE UN PEDAZO DE ORO.

 

JINETE:                                  — ¡Qué hermoso cuchillo!

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Vale mucho?

 

JINETE:                                  — Pero,  ¿no quieres este?

 

SACA UN CUCHILLO DE ORO.  LA PUNTA BRILLA COMO UNA LLAMA DE CANDIL..

 

TRASHUMANTE:                   — He dicho que no.

 

JINETE:                                  — ¡Muchacho, súbete conmigo!

 

TRASHUMANTE:                   — Todavía no estoy cansado.

 

EL CABALLO SE VUELVE A ESPANTAR.

 

JINETE                                   (TIRANDO DE LAS BRIDAS)

                                               — Pero ¡qué caballo este!

 

TRASHUMANTE:                   — Es lo oscuro.

 

PAUSA

 

JINETE:                                  — Como te iba diciendo, en Málaga están mis tres hermanos. 

¡Qué manera de vender cuchillos!  En la catedral compraron dos mil para adornar todos los altares y poner una corona a la torre.   Muchos barcos escribieron en ellos sus nombres; los pescadores más humildes de la orilla del mar se alumbran de noche con el brillo que despiden sus hojas afiladas.

 

TRASHUMANTE:                   — ¡Es una hermosura!

 

JINETE:                                  — ¿Quién lo puede negar?

 

LA NOCHE SE ESPESA COMO UN VINO DE CIEN AÑOS.  LA SERPIENTE GORDA DEL SUR ABRE SUS OJOS EN LA MADRUGADA, Y HAY EN LOS DURMIENTES UN DESEO INFINITO DE ARROJARSE POR EL BALCÓN A LA MAGIA PERVERSA DEL PERFUME Y LA LEJANÍA.

 

TRASHUMANTE:                   — Me parece que hemos perdido el camino.

 

JINETE:                                  (PARANDO EL CABALLO)

                                               — ¿Si?

 

TRASHUMANTE:                   — Con la conversación.

 

JINETE:                                  — ¿No son aquellas las luces de Granada?

 

TRASHUMANTE:                   —  No sé.

 

JINETE:                                  — El mundo es muy grande.

 

TRASHUMANTE:                   — Como que está deshabitado.

 

JINETE:                                  — Tú lo estás diciendo.

 

TRASHUMANTE:                   — ¡Me da una desesperanza!   ¡Ay ayayay!

 

JINETE:                                  — ¿Por qué llegas allí?  ¿Qué haces?

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Qué hago?

 

JINETE:                                  — Y si te quedas en tu sitio, ¿para qué quieres estar?

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Para qué?

 

JINETE:                                  — Yo monto este caballo y vendo cuchillos, pero si no lo hiciera, ¿qué pasaría?

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Qué pasaría?

 

PAUSA

 

JINETE:                                  — Estamos llegando a Granada.

 

TRASHUMANTE:                   — ¿Es posible?

 

JINETE:                                  — Mira cómo relumbran los miradores.

 

TRASHUMANTE:                   — Sí, ciertamente.

 

JINETE:                                  — Ahora no te negarás a montar conmigo.

 

TRASHUMANTE:                   — Espera un poco.

 

JINETE:                                  — ¡Vamos, sube! Sube deprisa.  Es necesario llegar antes de que amanezca...  Y toma este cuchillo.  ¡Te lo regalo!( LE LANZA EL PUÑAL)

 

TRASHUMANTE:                   — ¡Ay ayayay!  Federicooo.

 

OSCURO

 

MOVIMIENTOS DE ENSAYO TEATRAL.  ENTRA FEDERICO, SE NOTA ANSIOSO, TRAE BÁRTULOS DE VIAJERO.    EL ELENCO EMOCIONADO LO SALUDA.

 

FEDERICO:               — Queridísimos todos: (LAS VOCES SE CALMAN) Estoy contento, contentísimo, de estar de nuevo en Granada. (DE SU BARTULO SACA UNOS OBJETOS QUE SITÚA CONVENIENTEMENTE A SU ALREDEDOR)   ¡A ensayar!.  

 

SE ESCUCHAN SONIDOS DE AMBULANCIA.   TIROTEO Y GRITOS   EN LA CALLE.  LOS ACTORES SE QUEDAN INMOVILES Y ASUSTADOS, UNO DE ELLOS SE ASOMA CAUTELOSO HASTA LA CALLE Y VUELVE.

 

ACTOR:                                 — No es con nosotros, continuemos.  (TRANQUILIZA A FEDERICO)

 

FEDERICO:                           — ¡Oh!  teatro, escuela de llantos y de risa,  tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del sentimiento del hombre.  (SE DIRIGE AHORA A LA PLATEA)

                                               Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto está moribundo, como el teatro que no recoja el latido social, el drama de sus gentes, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama “matar el tiempo”. ( VUELVE A LOS ACTORES) No quiero herir a nadie, sólo hablo del problema planteado sin solución.

                                               Yo no sé más que agradecer a ustedes, a los que tanto debo y que tanta influencia tendrán en mi vida de autor, su bondad, su cariño para conmigo.  Pero esta noche no quiero aplausos para mí,  los quiero para la estupenda: ¡Margarita Xirgu! (MARGARITA EMERGE DE LA MASA DE ACTORES VISIBLEMENTE EMOCIONADA) Pequeña lavandera con vientre de fuego o muchachita loca, o mujer sombría.  Ella tiene la inquietud del teatro, la fiebre de los temperamentos múltiples. (MIENTRAS SE PREPARA PARA ACTUAR).

                                               Yo la veo en una encrucijada, en la encrucijada de todas las heroínas. Son tres mil mujeres mudas las que la rodean:  Unas llorando, otras clavándose espinas en los senos desnudos.  Todas vacías. Sombras vacías que piden su cuerpo y su palabra. Ella ha de llenarlas con su carne flexible y su sangre generosa.  Por eso se vestirá de pañal, de pijama y de soga.

                                               Yo... yo ya tengo bastante con poder sentir el verde de los campos y con que ustedes estén aquí esta noche.   ¡Salud!. ¡El teatro nos llama!

 

 LA  LUZ  CAMBIA.    CONTRALUZ.  MARGARITA  BESA BRUTALMENTE A UN HOMBRE ——MUÑECO DE TAMAÑO NORMAL—  HASTA AHOGARLO.

 

FEDERICO:                           — !Yerma!  (ASUMIENDO EL ROL CON MARCADA EXAGERACIÓN).

 

MARGARITA:                          — ¿Estabas ahí?

 

FEDERICO:                           — Estaba.

 

MARGARITA:                          — ¿Acechando?

 

FEDERICO:                           — Acechando.

 

MARGARITA:                          — ¿Qué buscas?

 

FEDERICO:                           — A ti misma.

 

MARGARITA:                          — No os acerquéis porque he matado a mi hijo.    ¡Yo misma he matado a mi hijo!.

 

FEDERICO:                           — Sin hijos la vida es más dulce. Yo soy feliz no teniéndolos.

 

MARGARITA:                          — La mujer de campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos, y hasta mala, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios.  (LE ENTREGA EL MUÑECO A FEDERICO).   Tómalo,  contigo está más a gusto, yo no debo tener manos de madre.   (LLORA) ¡Marchita!  ¡Maldita! (FEDERICO LE ENTREGA UNA FLOR) ¡Ay, que prado de pena! ¡Ay, que puerta cerrada a la hermosura, que pido un hijo que sufrir, y el aire me ofrece dalias de dormida luna!. (GRITANDO) ¡Ay, marchita!.  ¡He matado a mi hijo!.

 

FEDERICO:                           (SE HA COLOCADO UN VELO DE LUTO Y AVANZA CON UNA SOGA EN LA MANO) — ¡Basta de lamentos!. (ACUESTA EL MUÑECO COMO UN MUERTO) ¡En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle!

 

MARGARITA:                          (QUITÁNDOLE LA SOGA) — ¡Aquí se acabaron las voces de presidio!

 

FEDERICO:                           (ALZANDO EL MUÑECO) — Se acabó Pepe el Romano (SE LO TIRA A MARGARITA)

 

MARGARITA:                          — Pepe,  ¡Dios mío!,  Pepe.  (VA A SALIR)

 

FEDERICO:                           — ¿Adónde vas?

 

MARGARITA:                          — Quítate de la puerta.

 

FEDERICO:                           — ¡Pasa si puedes!

 

MARGARITA:                          — ¡Apártate!

 

FEDERICO:                           — Estabas con él. Mírate las enaguas llenas de trigo.

 

MARGARITA:                          — Ya no aguanto más el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. 

 

FEDERICO:                           — ¡Calla!

 

MARGARITA:                          (MANIPULANDO LA SOGA)  —Es inútil tu consejo.   Ya es tarde. Por encima de todo saltaría para apagarme este fuego que tengo levantado por piernas y boca.   (SE CUELGA DE LA SOGA ).

 

FEDERICO:                           (AL MUÑECO) — Pepe, tu irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás.   ¡Descolgadla! ¡Mi hija ha muerto virgen!.  SE ESCUCHA SIRENA DE ALARMA , MARGARITA Y FEDERICO DETIENEN LA ACTUACIÓN, LOS DEMÁS ACTORES INVADEN ASUSTADOS EL ESCENARIO. CESAN LO RUIDOS EXTERIORES VULVE LA RELATIVA CALMA. La vida continua y la escena no debe parar. FEDERICO DA INSTRUCCIONES A UN ACTOR Y ESTE ENTRA DECIDIDO A ESCENA.

 

ACTOR:                                 — Ya es hora, Mariana Pineda ...

 

MARGARITA :                         — ¡Siempre es hora!  (LA MUSICA PREMONITORIA SE ESCUCHA CON BAJO VOLUMEN)

 

ACTOR:                                 — ¿Conoces la sentencia?

 

MARGARITA:                          — ¡La conozco!

 

ACTOR:                                 — ¿Y...  bien?

 

MARGARITA:                          — Tengo el cuello muy corto para ser ajusticiada.

 

FEDERICO:                           (EXCITADO OBSERVA LA MARCHA FÚNEBRE DE MARGARITA, MIENTRAS  UNA MASA  OSCURA COMO UN GALLINAZO SE APROXIMA  TRAS EL ).    — ¡Ya salen a buscarte!

 

ACTOR:                                 — No morirás si das noticias de los conjurados.

 

MARGARITA:                          — No diré nada.  ¡Yo bordé la bandera por él, para vivir y amar su pensamiento propio. ¿Amas la libertad más que a tu Marianita?  ¡Pues yo seré la misma libertad que tu adoras!

 

FEDERICO:                           (ANGUSTIADO) — ¡Ya están cerca, niña!

 

ACTOR:                                 — Con mi firma puedo borrar la lumbre de tus ojos. Con mi pluma puedo hacerte dormir un largo sueño. (AUMENTA EL VOLUMEN DE LA MUSICA PREMONITORIA)

 

MARGARITA:                          — ¡No hablaré!

 

FEDERICO:                           — ¡Ya suben las escaleras!

 

ACTOR:                                 — Te han dejado sola.

 

MARGARITA:                          — Uno vendrá para morir conmigo,   ¡y eso basta!.

 

ACTOR:                                 — ¿Quién es?

 

MARGARITA:                          (SUSURRA) — Quién tuviera unas alas cristalinas para salir volando en busca suya.

 

FEDERICO:                           — ¡Ya llegan! (UNA MASA DE SOMBRAS ANÓNIMAS AVANZA Y RODEA  A FEDERICO).

 

MARGARITA:                          — Pedro, coge tu caballo o ven montado en el día...

 

FEDERICO:                           — ¡Que la virgen te ampare!

 

ACTOR:                                 — Tu tienes que hablar, Mariana.   ¡Habla!.

 

MARGARITA:                          (YA FRENTE A LA HORCA)

                                               — No quiero que mis hijos me desprecien

                                               Mis hijos tendrán un nombre claro, como la luna llena.

                                               Mis hijos llevarán resplandor en el rostro

                                               que no podrán borrar los años y los aires...

 

FEDERICO:                           — Marianita, Marianita,   ¡Que los niños lamenten tu dolor por las calles!  (LA MASA OSCURA  ENVUELVE A  FEDERICO. —OSCURO—).

 

EN OSCURO SE OYE  BOMBARDEO,  BOTAS MILITARES, GRITOS, SIRENAS  —GUERNICA—.    VUELVE LA LUZ.   EN EL ESCENARIO IMAGEN DETENIDA: FEDERICO ATADO.   TRAS ÉL, EL SARGENTO DE LA GUARDIA CIVIL,  APUNTA.  EL TENIENTE CORONEL DA LA ORDEN.

 

TENIENTE CORONEL:         — ¡Dadle café! (LA IMAGEN SE DINAMIZA. FEDERICO CORRE.   EL SARGENTO DISPARA)  

 

OSCURO

 

POETA:                                  —  Por las gradas sube Ignacio

con toda su muerte a cuestas.

Buscaba el amanecer,

y el amanecer no era.

Busca su perfil seguro,

y el sueño lo desorienta.

Buscaba su hermoso cuerpo

y encontró su sangre abierta.

¡No me digáis que la vea!

No quiero sentir el chorro

cada vez con menos fuerza;

ese chorro que ilumina

los tendidos y se vuelca

sobre la pana y el cuero

de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!

¡No me digáis que la vea!

¡Que no quiero verla!

Dile a la Luna que venga

¡Que no quiero verla!

Que mi recuerdo se quema

¡Que no quiero verla!

¡Avisad a los jazmines

con su blancura pequeña

que no quiero ver la

sangre de Ignacio

sobre la arena.   (SALE)

 

EN EL ESCENARIO EN TOTAL DESORDEN TODOS LOS OBJETOS DE UTILERIA, ESCENOGRAFÍA Y VESTUARIO.

 

TRASHUMANTE:                   — ¡Federico, Federico, Federico!  ¿Por qué no me esperaste?,  (REVISA EL ESCENARIO, DECEPCIONADO).

                                               He venido a Víznar, a escuchar el canto de la fuente, el zumbido de la abeja, el latir de las piedras viejas del camino, la voz quebrada de su gente, el temblor de esta tierra, porque  aquí yace un hombre llamado Federico García Lorca. Pero he llegado demasiado tarde

 

FIN 

dirgeneral@esquinalatina.org

 

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

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