Para ir al BUSCADOR, pulsa en la imagen

 

NOTICIAS TEATRALES
Elaboradas por Salvador Enríquez
(Optimizado para monitor con resolución 1024 X 768 píxeles)

PORTADA

MADRID

EN BREVE

PRÓXIMAMENTE

LA TABLILLA

HERRAMIENTAS

EN PRIMERA LA SEGUNDA DE MADRID ENSEÑANZA LA CHÁCENA

AUTORES Y OBRAS

LA TERCERA DE MADRID

ÚLTIMA HORA DESDE LA PLATEA
DE BOLOS CONVOCATORIAS LIBROS Y REVISTAS NOS ESCRIBEN LOS LECTORES
MI CAMERINO   ¡A ESCENA! ARCHIVO DOCUMENTAL   TEXTOS TEATRALES
  ENTREVISTAS LAS AMÉRICAS  

 

EL PARAGUAS

de  Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

“EL PARAGUAS” 

 

Sketch

 De: Raimundo Francés

 bea45azul@yahoo.com  

Duración aproximada: 25 minutos                                                                                             

 

(Sketch en dos partes para un dúo masculino)                                                  

 

PRIMERA PARTE

 

Comedia  que refleja el abuso y mofa por parte de un ‘’listo’’ hacia un ‘’infeliz’’

 

Para hacer más profunda y graciosa la ironía del diálogo es conveniente hacer pausas de unos segundos entre las frases de cada personaje. Es un sketch para interpretarlo con gestos exagerados y con parsimonia.

 

El primer personaje es el de un individuo que parece estar esperando en una esquina donde supuestamente hace una parada el autobús. Está lloviendo a cántaros. El individuo está con su paraguas abierto y viste con una buena gabardina, chaqueta abajo, con camisa y corbata, y un elegante sombrero.

 

Se acerca el segundo personaje. Un hombre humilde, con ropa informal que puede ser un pantalón vaquero, una camisa de pobre y una cazadora de plástico de tienda de todo a cien. Lleva un pañuelo blanco anudado sobre su cabeza para ‘’protegerse’’ un poco.

 

En el guión llamaremos al primer personaje ‘P’ (de hombre con paraguas) y al segundo ‘M’ (de mojado).

 

M - ¡Buenas tardes! ¿Parará aquí mi autobús?

 

P - ¿Cuál de ellos?

 

M – El 22.

 

P – No lo sé. Pero es igual, ¡porque siempre pasa el mismo!

 

M – Gracias. ¡Cómo llueve! ¿Verdad?

 

P - ¡Que si llueve! ¡Llueve a cántaros!

 

M - ¡Y esto de mojarse es terrible! ¡Puede uno pillar un catarrazo, incluso una pulmonía!

 

P – Pues, si. Es más, yo creo que si sigue usted mojándose así, usted no va a llegar ni a Navidad.

 

M - ¿Verdad que no? Eso mismo pienso yo. ¡Y todo por no tener un paraguas!

 

P – Es cierto. Ahora, se da uno cuenta lo importante que es un paraguas. En los libros de historia solo figuran los de siempre: Edison, Fleming, Nobel, Curie, etc. y no figura el que inventó el paraguas, que debería tener un monumento en todas las ciudades.

 

M – Sí, señor. Yo siempre se lo he dicho a mi mujer: ‘’En lugar de comprarte tantos potingues y tantas porquerías de esas para la cara que no te sirven para nada, porque cada día estás más vieja y más fea, te deberías comprar un paraguas”.

 

P – Es que no sabemos el valor que tiene un paraguas, sobre todo cuando llueve, y sobre todo, sobre todo, cuando llueve a cántaros. Como hoy, por ejemplo.

 

M - ¡Claro! Oiga, ¿por casualidad no tendrá usted un paraguas?

 

P - ¿Quién, yo? ¡Qué va! ¡Que más quisiera yo que tener un paraguas! La verdad es que me encantaría tener un paraguas. Además, es que sin un paraguas, hoy, no se podría vivir. Es un objeto totalmente imprescindible. Vamos… ¡digo yo!

 

M - Estoy de acuerdo con usted. Yo estoy cogiendo una ‘’mojá’’… ¡que vaya ‘’mojá’’ que estoy cogiendo! Si me viese ahora mismo mi mujer, me diría: ¡Vaya ‘’mojá’’ que estás pillando!

 

 ¡Claro, como no tienes un paraguas! ¡Mira que te lo he dicho un montón de veces! ¡Deberías tener un paraguas! ¡Pues nada! ¡Ahora, te jodes y te vuelves a joder! ¡Y si te mueres, uno menos!. Y tu seguro de vida… ¡qué bien me va a venir!

 

P – Y su mujer lleva toda la razón del mundo.

 

M - ¿Usted cree?

 

P - ¡Pues, claro, hombre! ¡De eso, no le quepa la menor duda!

 

M – Pues, si usted lo dice… ¡Y todo, por no tener un maldito paraguas! Entonces, usted por casualidad no tendrá uno, ¿verdad?

 

P - ¡Qué va! ¡Ya quisiera yo tener un paraguas! Con estos tiempos que corren, tener un paraguas sería una suerte. ¡Vamos, sería todo un privilegio!

 

Porque hoy se puede soportar cualquier cosa, como un despido, un divorcio, un accidente de tráfico, un cólico nefrítico, un día sin comer… pero, ¿mojarse?,  mojarse así como se está mojando usted… ¡Eso, ni hablar! ¡Eso es lo último! ¡Coger una mojada como ésa! ¡Vamos, por Dios, hasta ahí podríamos llegar!

M – Estamos otra vez de acuerdo. Yo creo que usted y yo pensamos muy parecido. Eso de mojarse, eso es lo peor que le puede a uno pasar.

 

P - ¡Y que lo diga usted!

 

M – Hay que ver lo que tarda el 22.

 

P - ¿Cómo dice?

 

M – No, que digo lo que tarda este autobús de los cojones. Es que me estoy poniendo chorreando. Si me exprimen ahora mismo podría llenar el pantano de Bornos para otros dos años. ¡Qué barbaridad! ¡Y todo esto por no tener un paraguas! Usted me dijo que no tenía uno, ¿verdad?

 

P - ¡Hombre! ¿No se lo he dicho ya?  ¡Que no tengo paraguas! ¿Cómo se lo voy a decir?  ¡Paraguas no tengo! ¿No lo ve usted que no tengo?  ¡Mire, mire!  - Se saca del bolsillo la mano que tiene libre y la muestra, abierta –

 

M – Pues yo diría que toda el agua a chorros que me está cayendo encima ahora mismo, viene como de un paraguas.

 

P - ¡Que va, hombre! Usted se está poniendo chorreandito porque está lloviendo a mares ¿No lo ve usted cómo llueve? ¡Mire, mire! Saque usted la mano del bolsillo y extiéndala. Verá como se le pone empapada.

 

M – Es verdad. Se me está mojando la mano.

 

P - ¡Claro! Ya se lo decía yo. Que está lloviendo a pedradas. Y usted se está poniendo pipando. Y todo, por no tener un simple paraguas.

 

M – Lleva usted razón. Se ve que usted es un señor ilustrado. Se nota que usted es un hombre listo. ¡Y un hombre de mundo!

 

P - ¡Hombre, es evidente! ¿No ve usted que yo no me mojo, como usted? Es que los hombres que sabemos, los hombres preparados, llevamos paraguas. Porque sabemos cómo protegernos de los chaparrones.

 

M – ¡Diga usted que sí! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Y todo, por no tener un paraguas! ¡Lo que yo daría ahora mismito por tener un paraguas!

 

P - ¿Así, como el mío?

 

M - Así, así de grande como el suyo.

 

P - ¿Cuánto? ¿Cuánto daría usted ahora mismo por un paraguas como el mío?

 

M – Pues no sé. No sé lo que daría, ¡pero mucho! ¡Lo daría todo!

 

P – Digamos, que usted daría por lo menos… 300 euros.

 

M - ¿Solo 300?  ¡Y más, hombre! … ¡Y más!

 

P – Bueno, ¿qué le parece si le doy el mío por 300 euros?

 

M - ¿De verdad que usted me vendería el suyo por solo 300 euros?

 

P - ¡Hombre! Porque se trata de usted, que me ha caído bien, y porque veo que a usted le hace mucha falta. Porque a decir verdad, este paraguas vale más de 300 euros.

 

M – Bueno, señor, pero no quiero que se diga que me he aprovechado de usted y de la ocasión, ¿eh?

 

P – No, por favor; ya le digo que usted me ha caído simpático, y como hoy me encuentro con ganas de ayudar, vamos, de ser un poco caritativo, se lo dejo solo en 300 euros.

 

M – Es usted un caballero. Ya lo decía yo cuando venía todo empapado hacia aquí. ‘’Ese señor que está ahí con el paraguas en esa esquina esperando el autobús parece todo un caballero y me va a ayudar. ¡Y estaba en lo cierto! Es que a mí, la intuición ¡nunca me falla! Usted comprende, ¿no? Es que como no soy letrado como usted, pues me guío siempre por mis presentimientos.  

 

P – Bueno, pues para que vea usted que soy generoso, le voy a dar el paraguas por 300 euros, y por supuesto no le pienso cobrar el IVA, y además, le voy a dejar la funda, de regalo. Hoy, se puede decir que está usted de suerte.

 

M – ¡Desde luego que sí! No sé que habría sido de mí si no es por usted. Tenga los 300 euros. Están un poco mojados los billetes porque como estoy todito chorreando de tanta lluvia.

 

P – No se preocupe. Ahora me los meto en el bolsillo de mi chaqueta que está seco y calentito y dentro de unos minutos ya están los billetes como nuevos. Oiga, ¿usted no necesitará una factura, verdad?

 

M - ¡No, qué va! ¿Para qué? Yo no necesito facturas. Lo único que necesito es un paraguas, porque estoy ya caladito de la cabeza a los pies.

 

P – Bueno, pues tenga, se lo entrego abierto y todo, para que no tenga usted que molestarse.

 

M – Muchas gracias, caballero. Ha sido usted muy amable. He tenido mucho gusto. Tenga cuidado por ahí, no se vaya a mojar que está lloviendo a jarros y sin parar.

 

P – Descuide. ¡Ah! Se me olvidaba decirle que el paraguas tiene dos años de garantía.

 

-El personaje ‘P’ se va alejando mientras grita: ‘’Taxiiiii”,  y desaparece -

M – Bueno, ya tengo paraguas por fin. Ya puedo esperar al autobús aquí tranquilo. Aunque estoy pensando que como tengo un paraguas, mejor me voy andando a casa que está a cinco minutos. ¡Qué bien se va por la calle un día de lluvia como éste! Sobre todo, si se lleva un paraguas. ¡Me siento feliz! ¡Hoy si que me siento feliz!

 

- Se aleja el pobre hombre, cantando y bailando ‘’I am singing in the rain” -

FIN DE LA PARTE PRIMERA

 

 

 

 

 

 

 EL PARAGUAS

 

(Cont.)

 

SEGUNDA PARTE

 

Aparece el individuo que vendió el paraguas al infeliz de la parada de autobús y está llamando a un taxi. Entra en escena el taxista, andando como en cuclillas, con una gorra tipo ‘’minero inglés’’ cazadora de cuero y pañuelo al cuello, con un volante de coche (o algo parecido) en la mano, al tiempo que hace con la boca el ruido de un motor (ruuum, ruuum).

 

 En el escenario hay una silla o taburete pequeño de cara al público donde se sienta el taxista y detrás un taburete alto donde se sentará el otro individuo, de manera que ambos rostros y parte del busto del de atrás podrán ser vistos por los espectadores. Llamaremos a los personajes ‘’T’’ por el taxista y ‘V’’ por el viajero.

 

Es una breve comedia que necesita de la mímica con gestos exagerados y espontáneos, ayudada de los brazos y elevando un poco el tono de voz, y con acento andaluz.

 

En este caso, es el taxista el que impone el tono porque es él el que domina la situación, y el ‘’tunante’’ del paraguas ahora está como ‘’secuestrado’’ por el taxista, y se muestra sumiso, preocupado, asustadizo, sorprendido y sin saber cómo va a terminar su ‘’fastidiosa e inesperada carrera’’ en el taxi.

 

T - ¡Suba, suba! ¡Que se va a mojar!

 

V - ¡Hombre, por fin! ¡Creía que no iba a encontrar un taxi libre!

 

T - Imitando con la boca el ruido del motor:  ”ruum, ruuum” –

     ¿A dónde vamos?

 

V – ¡A mi casa!

T - ¡Ah, eso está muy bien ¿Y se puede saber dónde está su casa? Vamos, si no es mucho preguntar. Porque su casa debe estar seguramente en alguna calle ¿no?

 

V - ¡Ah! Pues la verdad es que ahora mismo no me acuerdo. Se me ha quedado la mente en blanco y no me acuerdo del nombre de mi calle.

 

T – Si, claro, eso suele pasar. Es que con el cambio de tiempo… Y con esta lluvia… ¿verdad?

 

V – Es verdad. Hay veces, que va uno por la calle y no sabe si está uno en Madrid, en Bilbao, o en Barcelona. ¡Como no se ve más que coches mojados y las farolas que parecen velitas de Navidad, por lo poco que alumbran!

 

T – Lleva usted razón -Sigue imitando el ruido del motor en marcha ‘’rian, riannnnn” - Además, como a los coches no se les ve la matrícula, con tanta lluvia.

 

V – Eso sí, las ambulancias si se ven bastante bien, ¿verdad, usted?

 

T - Eso, depende. No crea usted. Que el otro día venía una detrás a toda pastilla y yo, como vi que era una ambulancia, pensé que era alguien espachurrado en un accidente o una mujer a punto de parir y le dejé el paso, pero después resultó que no era una ambulancia. Y es que no se veía casi nada. Solo las luces en círculo.

 

V - ¿Ah, no? ¿Qué era entonces?

 

T – Era una nave extraterrestre, que estaba por aquí por la ciudad, de turismo seguramente, y como corría tanto, ¡pues nos iba jodiendo a todos los taxistas!

 

V - ¡Ah, ya! Bueno, entonces, ¿me va usted a llevar a mi casa, o no?

 

T - ¡Hombre, claro! ¡Faltaría más!  ¡Pero si lo único que necesito es que a usted se le pongan bien los cables, que habrán cogido un poquito de humedad, con tanta lluvia, y se acuerde del nombre de su calle!

 

V – Es verdad. ¿Qué podría hacer yo para acordarme de la calle en donde yo vivo?

 

T – Bueno, no se preocupe; yo de momento voy circulando por la ciudad, y ya daremos con la calle; verá usted como damos con ella. Prisa, no tenemos, ¿verdad?

 

V - ¡Hombre, prisa, lo que se dice prisa, no hay!

 

T – Por eso mismo. Las cosas, sin prisa, son como mejor salen. Porque usted sabe que lo mejor que se puede hacer para evitar los accidentes es circular sin prisa. Esa es la clave. Yo siempre se lo digo a mis colegas: ¡Claro, vosotros siempre tenéis los faros rotos, las defensas destrozadas, las ruedas gastadas de los frenazos, todo por ir tan de prisa!’’.

 

La gente se cree que un taxi se toma para ir de prisa. ¡Que no, hombre, que no!  ¡Que la gente está equivocada, que se lo digo yo!

 

V – Es verdad lo que usted dice. Oiga, por cierto, ahora me está volviendo la memoria y me estoy acordando que mi calle tiene un nombre así, como de santo.

 

T - ¡Hombre! ¡Ve usted como yo se lo decía! ¡Yo sabía que en cualquier momento, una vez que los cables se le fueran secando aquí con el calorcito del taxi, le iba a venir la lucecita! ¡Bueno, pues ya tenemos algo!

 

- De vez en cuando imita el ruido del motor y siempre haciendo como que conduce sin soltar el volante, que muestra a la altura del pecho –

 

V - Ahora lo que hace falta es acordarse del nombre del santo. Y no creo que sea muy difícil porque a decir verdad, muchos no hay, ¿verdad usted?

 

T – ¡O de la santa!

 

V - ¡Coño, en eso no había caído! Es que podría ser una santa, aunque santas apenas hay. ¿Usted se acuerda de alguna?

 

T – No, pero no se preocupe, verá como le viene a la memoria, si no ahora mismo, a lo mejor, dentro de tres cuartos de hora o de un par de horillas, ¡pero al final, viene, ya verá usted como le viene! ¡No hay prisa! Usted hasta que no esté bien seguro no me lo diga, no se vaya a equivocar de santo y terminemos en Santiago de Compostela.

 

Lo importante es que usted ahora mismo no se moja, que va calentito en mi taxi, y que vamos en dirección a su casa.

 

V – Eso mismo digo yo. ¡Bueno, ya me acordaré, joder!

 

T -¡Oiga! Lo que me ha llamado mucho la atención, y perdone que me entrometa, es que un caballero como usted, tan listo, tan preparado, tan bien vestido, no lleve un simple paraguas un día como este.

 

V - ¡Cómo que no! ¡Pero si yo he salido esta mañana con mi paraguas! ¡Y además, era un buen paraguas, de esos grandes, como una carpa de feria, donde se pueden resguardar del agua dos o tres personas!

 

T - ¡No me lo diga! ¿Tan grande era?

 

V - ¡Bueno, hombre, por lo menos dos personas y un caniche! Pero vamos, que era un paraguas bien grande. Un poco viejo, pero grande.

 

T - ¡Ah, ya! ¿Y qué paso? ¿A lo mejor es que se lo dejó olvidado en la cafetería o en una parada de taxis, no?  Es que los paraguas se dejan olvidados en cualquier sitio. ¡Lo sabré yo!

 

 Nosotros, los taxistas, cuando cobramos al cliente y se apea del coche, en vez de decirle: ‘’adiós’’ o ‘’recuerdos a sus señora esposa’’ o ‘’usted lo pase bien’’ solemos gritarle: ‘’el paraguaaaaas”.

 

 Y si no fuera así, los taxistas ya habríamos montado el museo nacional del paraguas.

 

V - ¡Claro, lo entiendo! Pero yo no le he dejado olvidado en ningún sitio. Lo que pasó es que se lo vendí a un pobre desgraciado que se me acercó a la parada del autobús y venía totalmente empapado. ¡Vamos, venía para exprimirlo!

 

T - ¿Y dice usted que se lo vendió?

 

V – Sí, efectivamente. Es que me dio tanta pena, ¿sabe usted? El hombre insistió tanto y me dio tanta lástima que no tuve más remedio que vendérselo.

 

T – Ah, muy bien. Yo, ante un caso así, habría hecho lo mismo. Las personas tenemos que ayudarnos, unos a otros. Si no es así, ¿qué sería de este mundo asqueroso? 

 

V - ¡Diga usted que sí!

 

T – Oiga, y no es por entrometerme, pero ¿se lo vendió usted en buen precio? No es por nada, es por si algún día yo tengo un paraguas y veo a alguien mojándose como ese hombre y le quiero hacer el favor.

 

V - ¡Ah, pues sí! Al final se lo dejé por sólo trescientos euros.

 

- A esto, el taxista imita el ruido de un frenazo inesperado, o de un derrape, y el gesto de contrariedad que le causó lo de los trescientos euros –

 

T - ¡Coño! ¡Bueno, quiero decir, que se lo dejó usted en un precio de baratija, vamos, casi un regalo! Un día de agua, como hoy, lloviendo a mares y encontrar un paraguas, además, con el rodaje ya hecho, y por sólo trescientos euros… ¡eso es una ganga! ¡Vamos, digo yo! 

 

V - ¡Y que lo diga usted! Pero no me arrepiento en absoluto. Me he quedado satisfecho y feliz porque sé que he hecho una obra de caridad, porque si no le vendo el paraguas a aquel infeliz, el pobre se hubiese quedado muertito allí mismo.

 

T – Sí, señor. Yo siempre se lo digo a mi mujer, que se pone muy pesada diciendo que este mundo está lleno de gente mala. ¿Y de la buena, quién habla? ¿Eh? ¿Y de la gente como usted que le da su paraguas a un pobre hombre, todo mojado, por sólo trescientos euros? De esas personas caritativas como usted, de esas no hablamos ¿eh?

 

V - ¡Hombre, yo creo que esta noche puedo dormir tranquilo! ¿Verdad que sí?

 

T - ¡Claro que sí! Da gusto encontrar gente como usted en esta vida. ¡Que todo lo que se encuentra uno es pura basura!  ¡Niñatos que te llenan el taxi de mierda, cuando no te amenazan con darte un golpe si no les das dinero!

 

 ¡Millonarios pijos que encima de no dejarte un céntimo de propina te discuten la tarifa, y no quieren pagar, cuando no te dicen que pases por su oficina, y tiene que ser solo de cuatro a seis de la tarde para presentar la factura a su secretaria, y después tiene uno que esperar una hora, que es una hora perdida, a que aparezca la dichosa secretaria que estaba en el toilet depilándose!

 

 ¡Qué le voy a contar! Aquí, en este mundillo, menos gente buena como usted, se encuentra uno de todo.

 

V - ¡Oiga! ¿Sabe usted? Así, charlando, charlando, ahora me acuerdo de que mi calle tiene nombre de santo, pero de varón. Era algo así como ‘’Santo… algo”

 

T - ¡Ah! ¿Ve usted como andando, andando, las cosas vienen a nuestra mente? ¿No se lo decía yo? Hay que dar tiempo al tiempo –

 

 Imita de nuevo el ruido del motor en marcha: ‘’ruuuum, ruuuum” - 

 

V – Además, yo diría que el santo de mi calle tiene algo así, relacionado con el vuelo.

 

T - ¿Algo que vuela, dice usted? A lo mejor es que ese santo era un ‘’pájaro de cuenta’’

 

 -Y entre dientes dice: ‘’como tú” - 

 

V – No, pero es algo de alas, de ‘’voleteo”.

 

T – San Palomo, no será, ¿verdad?

 

V – No, nada de eso. Es algo que tiene que ver con el cielo.

 

T – Oiga, perdone, pero todo lo que vuela tiene que ver con el cielo. A lo mejor el santo ese era un ‘’angelito’’.

 

 - Entre dientes: “Igual que tú” –

 

V - ¡Eso, eso mismo! ¡Usted lo ha dicho! ¡Ya decía yo que entre los dos daríamos con el nombre! ¡Ya lo tengo! Tiene algo que ver con guardar y con ángel, estoy pero que vamos… ¡segurísimo!

T - No será la suya, la calle ‘’Santo Ángel de la Guarda”, ¿no?

 

V - ¡Exacto! ¡Esa misma, joder! ¿Cómo lo ha adivinado usted? Es que ustedes, los taxistas son personas de mucho cerebro, ¿verdad?

 

T – Si, un poquillo. Bueno, pues ya está bien de callejear tanto por la ciudad que llevamos dando vueltas más de una hora. ¡Vamos para casa!  

 

   - Imita de nuevo el motor “ruuum, ruuum” –

 

Por fin, va usted a ver otra ver a su esposa y a sus hijos. Me lo imagino con su bata de paño de “Pierre Cardin”, con su copita de coñac, sentadito delante de la chimenea…

 

 ¡Ay! ¡quién pudiera¡ ¡Y yo, aquí sentado al volante todo el día, o toda la noche! ¡Qué dura es esta vida de Taxista!

 

V – Pues si, debe de ser muy dura. ¡Oiga! ¿Y está muy lejos mi calle?

 

T - ¿Cuál, su calle del “santo ángel de la guarda”? ¡Qué va, hombre! ¡Solo a unos tres cuartos de hora o como mucho a una hora de aquí!  ¡Pero si está ahí al lado! Si no fuese por esta lluvia estaríamos allí enseguida.

 

V – Ya… - murmurando - tres cuartos de hora… ¡Oiga! Me pregunto yo: ¿Mi calle está en el casco de la ciudad o en las afueras?

 

T – No, hombre, no está totalmente en las afueras. Mire, para que se haga una idea, ¿se acuerda usted donde subió a mi taxi este mediodía?

 

V – Pues, la verdad, es que no me acuerdo muy bien ¡Como llovía tanto!

 

T – Verá, verá como yo le ayudo. ¿Se acuerda usted de la parada del autobús donde usted le vendió su paraguas viejo a aquel infeliz mojado hasta los pies?

 

V – Si, de eso si me acuerdo.

 

T – Pues ahí mismo está la calle “santo ángel de la guarda”.

 

V - ¡No me diga! ¡O sea que mi calle y mi casa están allí al lado, vamos, a pocos metros!

 

T – Sí, hombre ¿Ve usted qué fácil?

 

V – Entonces, ¿hemos estado dando vueltas por la ciudad toda la tarde en un taxi, para nada?

 

T – ¡No, hombre! ¡No ha sido para nada! Hemos estado buscando su calle. ¿Le parece poco? Y como dice el refrán que: ‘’el que la sigue, la consigue”, nosotros, gracias a nuestra tenacidad y a su prodigiosa memoria, hemos dado con su calle. ¡Y el ratito de charla tan buen que hemos tenido! ¡Y el paseíto que ha dado usted viendo toda la ciudad, con ese ambientillo tan propio, tan ‘’invernoso’’ que parece que estamos en navidad! ¡Es que todo tiene su encanto, hombre!

 

¡En esta vida hay que ser positivo, hombre! ¡Siempre positivo! ¿Ve usted la pulsera que llevo en la muñeca?  Pues esta pulsera, que por cierto me la regaló la santa de mi mujer, me da a mí un no se qué, como una energía positiva ¿la ve usted?  -

 

Hace como si al enseñarle la muñeca derecha se le fuese un poco el coche, y se dice a sí mismo: -  

 

¡Uf!  ¡Cuidado Sebastián, que no hay que soltar el volante por nada, que después pasa, lo que pasa!

 

V – Sí, pero…

 

T - ¡Qué peros ni qué manzanas! ¡Que diga usted que hoy ha sido para usted un día glorioso, hombre! Ha vendido su viejo paraguas por trescientos euros, no se ha mojado ni una gota, se ha paseado por la ciudad viéndolo todo iluminado, tan bonito, y encima llega usted a su casa sano y salvo. Se nota que vive usted en la calle ‘’santo ángel de la guarda’’.

 

V – Sí, hombre, sí.

 

T – Bueno, ya hemos llegado.

 

V – ¡Por fin! ¡Qué aventura, Dios mío! Dígame cuanto le debo, si es que le debo algo.

 

T – ¡Bueno, hombre, pero no es para disgustarse! Son trescientos euros… y la voluntad.

 

V - ¿Cómo dice? ¿Trescientos euros? ¡Pero si con ese dinero puedo ir a Londres en avión, hospedarme en un hotel y volver a la semana siguiente!

 

T – Pues, la verdad es que no sería mala idea. Dicen que Inglaterra está muy bonita en esta época del año, con tanto agua, con tanta nieve ¡con tantos ingleses!

 

 -El hombre le entrega los 300 euros con cara de gran disgusto, y el taxista se lo guarda –

 

T  - ¡Pero, oiga, que yo no  me preocuparía! Si yo fuera usted, ¿sabe usted lo que yo haría? Yo iría a aquella esquina, donde está la parada del autobús, y le compraría a aquel hombrecillo el paraguas tan grande que lleva, por si un día se va usted a Londres, que le va a venir… ¡dibujado! ¡Con lo que llueve allí, Dios mío de mi alma!

 

 

V - ¿A aquel hombre? ¡Pero si es el mismo al que yo le vendí mi paraguas hace dos horas! ¿Todavía está allí ese infeliz?

 

T – Sí, hombre. Ese infeliz es mi hermano, y es un poco retrasado ¿sabe usted? Y ahora le voy a devolver estos trescientos euros que usted le sacó.

 

V - ¿Su hermano? ¡Bueno, bueno!  Yo ya me voy, ¿eh?  Adiós, adiós. Que ya le he pagado, ¿eh? –

 

Y sale corriendo

 

T - ¡Adiós, enterao! ¡Que es usted un enteradillo de barrio! ¡Chulo barato! 

 

-Haciéndole un gesto con el dedo –

 

¡A tomar por el culo!

 

 - El taxista hace un giro con el volante y andando ligero, en cuclillas, imitando el ruido del motor: “prorommm, prorommmm” sale del escenario).

 

Fin

 

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

Si quieres dejar algún comentario puedes usar el Libro de Visitas  

Lectores en línea

web stats

::: Recomienda esta página :::

Servicio gratuito de Galeon.com