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EL PRIMO DE ZAMORA

de Francisco Compañ Bombardó

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

EL PRIMO DE ZAMORA

 

de Francisco Compañ Bombardó

 currocompan@yahoo.es

 Noviembre de 2.002

 

 

PRÓLOGO

 

 

            Telón corto que representa la terraza de un ático, de unos ocho metros cuadrados, separada del resto del piso, que no se ve pero se imagina, por unas cortinas. La terraza está llena de plantas y macetas. En su interior se encuentra IGNACIO, que está regando las plantas con una regadera. Al tiempo que las toca, las mima y les habla, va tarareando una música. Son, aproximadamente, las diez de la mañana de un sábado del mes Abril.

 

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            IGNACIO.- (A las macetas, con tono alegre.) Así, preciosas. ¡Un poquito de agua para que estéis bien fresquitas! (A una en maceta en concreto.) ¿Qué tal va ese tronco lastimado? (Lo observa.) ¡Ah, mucho mejor!. (Bajando el tono de voz.) No se lo digas a nadie, pero dentro de unos días serás la envidia del barrio. (Mirando a otra.) ¡No seas tan celosilla! Tú también estás muy bonita. (La toca.) ¡Fuertes las hojas!. (A todas las plantas.) ¡¿No hace un día maravilloso de primavera?!

 

            Por entre las cortinas aparece ARTURO, su compañero en el ático y socio de la agencia de detectives que poseen.

 

            ARTURO.- Hombre, los he visto mejores.

 

            IGNACIO.- Desde luego, qué triste eres, Arturo. Siempre viendo las cosas desde un lado oscuro-oscuro.

 

            ARTURO.- (Apoyándose en la barandilla.) ¿Sabes que no podemos desayunar porque no tenemos tostadora?

 

            IGNACIO.- (Mientras riega.) ¿Ves? Te ahogas en un vaso de agua. No podremos tostar el pan, pero podemos untar la mantequilla y la mermelada en pan sin tostar. ¿Qué te parece?

 

            ARTURO.- (Serio.) Bien. Pero no tenemos ni mantequilla, ni mermelada, ni pan.

 

            IGNACIO.- ¡Vaya! (Sigue regando, y al instante lanza otra pregunta.) ¿Y la caja de galletas, qué tal está?

 

            ARTURO.- (Igual de serio.) Vacía.

 

            IGNACIO.- ¡Cachis! ¿Y la cafetera?

 

            ARTURO.- Ésa sí está.

 

            IGNACIO.- ¿Llena?

 

            ARTURO.- Sí.

 

            IGNACIO.- ¿Ves? Ahora, bajamos al bar y subimos unos churritos.

            ARTURO.- Parece una buena idea...

 

            IGNACIO.- ¿Has visto? (Comienza a regar de nuevo las macetas.)

 

            ARTURO.- (Continuando.) Solo que...

 

            IGNACIO.- (Interrumpiéndolo, y dejando de regar.) ¿Qué pasa ahora? ¿Otro problema? (Con sarcasmo.) ¡No me lo digas! ¡Han cerrado el bar! ¡Parece que lo estoy viendo!

 

            ARTURO.- No es eso, Ignacio.

 

            IGNACIO.- ¿Entonces?

 

            ARTURO.- Es que estoy un poco preocupado, porque en lo que llevamos de mañana no ha entrado todavía ningún cliente.

 

            IGNACIO.- ¡Solo hace una hora que abrimos! Es normal, hombre. Además, hoy es sábado. Y los sábados, ¿cuándo te vas a dar cuenta de ello?, por regla general no viene ni llama nadie. La gente tiene demasiadas ilusiones y esperanzas depositadas en los fines de semana; y no se preocupan en si su señora les pone los cuernos, o si su marido se la da con queso. ¡Les da igual! ¡Piensan en que el fin de semana les cambiará la vida! Si no tienes pareja sueñas encontrarla en un fin de semana; y si, por el contrario, tienes problemas con tu pareja, planeas una velada romántica que lime asperezas. Y todo eso cuándo: ¡En el fin de semana! (Se pone a regar.)

 

            ARTURO.- Pues qué ilusos.

 

            IGNACIO.- Llámalos cómo quieras, Arturo. Pero son personas que tienen ganas de despreocuparse, de intentar ser felices, aunque sea nada más que dos días a la semana. (Dejando de regar.) ¿Y sabes una cosa? (ARTURO niega con la cabeza.) ¡Creo que tienen razón!

 

            ARTURO.- (Sorprendido.) ¡¿Cómo?!

 

            IGNACIO.- ¡Que sí, Arturo! ¡Que sí! ¡¿Por qué no pueden cumplirse los sueños en un fin de semana?! (Se apoya en la baranda y mira hacia enfrente, concretamente a una de las terrazas de enfrente.) ¡¿Por qué hay que conformarse con ver pasar los días como vagones de tren, uno detrás de otro?! (Con la mirada siempre perdida en la terraza de enfrente, su tono de voz comienza a bajar, llegando a tener una aire casi melancólico.) ¿Por qué siempre tenemos que hacer caso a la razón? ¿Y el corazón, dónde lo dejamos? ¿No sería más bonito hacerle caso a él, y que él nos lleve al amor? ¿No seríamos todos más felices?

 

            ARTURO se lo queda mirando apesadumbrado, como adivinando sus pensamientos

 

            ARTURO.- ¡¿Otra vez estamos con ésas?!

 

            IGNACIO.- (Volviendo la mirada hacia ARTURO, y con su voz de nuevo feliz.) ¿Con qué?

            ARTURO.- ¡Con lo de la chica ésa de ahí enfrente! (Señala al fondo del patio de butacas, donde se supone que se encuentra la terraza de la chica en cuestión.)

 

            IGNACIO.- ¿Y eso es malo?

 

            ARTURO.- No es malo. Es absurdo.

 

            IGNACIO.- ¡Arrea! ¿Y por qué?

 

            ARTURO.- Porque llevas un montón de tiempo bebiendo los vientos por esa chica...

 

            IGNACIO.- (Con tono enamorado.) Se llama Inés.

 

            ARTURO.- (Continuando.) ...Y ella ni se entera.

 

            IGNACIO.- ¿Y por qué se tiene que enterar?

 

            ARTURO.- Porque el amor platónico es una cosa muy bonita, pero para un ratito; porque al no enterarse de que existes se va a ir con otro; y, lo más importante, porque estoy cansado de escuchar cómo le cuentas tus penas de amores a la luna, noche si y noche también.

 

            IGNACIO vuelve a apoyarse en la baranda y mira hacia la terraza de la chica, quedándose por un momento en silencio.

 

            IGNACIO.- (Sin dejar de mirar al frente, y con tono ilusionado.) ¿Sabes? Creo que tienes razón.

 

            ARTURO.- (Confuso.) No entiendo...

 

            IGNACIO.- (Mirando a ARTURO.) ¡Pues eso! (Radiante de felicidad.) ¡Que la tengo que conocer!

 

            ARTURO.- ¡¿Estás loco?!

 

            IGNACIO.- Pero si me acabas de decir que ella se tenía que enterar, ¿te acuerdas?

 

            ARTURO.- (Alterado.) ¡Claro que sí! Pero en definitiva lo que quería decir es que te olvidaras de ella; que no tienes nada que hacer.

 

            IGNACIO.- No tengo nada que hacer porque ella no me conoce; pero espera que me conozca y verás. Mira qué figurín. (Mostrándose a sí mismo.)

 

            ARTURO.- (Alterado.) ¡¿Qué quieres decir?!

 

            IGNACIO.- (Contento.) ¡Que la voy a conocer, Arturo! (Abraza a ARTURO de alegría, y este le repele.)

 

            ARTURO.- (Más alterado.) ¡¿Pero cómo?!

 

            IGNACIO.- (Más contento.) ¡Muy sencillo! ¡Presentándome a ella!

 

            ARTURO.- (Muy alterado.) ¡Dios mío! ¡Tanto hablarle a la luna te ha vuelto un lunático!

 

            IGNACIO.- ¡Ahora mismo voy para allá! (A las macetas.) ¡Desearle suerte al tío Ignacio! (Hace mutis por las cortinas de la terraza.)

 

            ARTURO.- (Siguiéndole, con las manos en la cabeza.) ¡Qué locura, Dios mío! ¡Qué locura! (Hace mutis.)

 

 

TELÓN

 

 

ACTO PRIMERO

 

 

            Salón de una casa situada en un barrio residencial de Madrid. Cerca de la batería, de manera centrada, hay una mesa pequeña, con algunos ceniceros y revistas; rodeando a la mesita hay, mirando de frente al público, un tresillo, y a cada lado de la mesa hay dos sofás, paralelos a la batería. Al fondo de la escena hay una terraza, que forma parte del decorado activo, en donde se observa, a través de su amplia puerta corredera de cristal, la baranda de piedra balaustrada. A cada lado de la puerta de la terraza hay un cuadro con motivos alegres. En el foro izquierdo, bajo el cuadro, se sitúa un pequeño mueble que contiene discos, y sobre el que descansa una cadena musical. Al lado izquierdo del escenario está situada la puerta de la calle. Junto a la puerta hay colgados unas chaquetas y unos bolsos. En este lateral izquierdo hay un mueble bar, en cuya parte superior hay un gran potos que cae por su lateral más cercano a la batería. Junto al mueble bar hay una mesita más pequeña sobre la cual hay una figura muy extraña de porcelana y un teléfono. Al lado derecho de la escena se sitúan dos puertas; una que conduce a las habitaciones interiores, y que está situada más alejada de la batería; la otra es la puerta de la cocina, y está situada más cerca de la batería. En la esquina derecha del foro hay un gran macetón.

 

            Al levantarse el telón aparece la escena vacía de personajes. Un pequeño instante de pausa, y suena el teléfono.

 

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            Aparece INÉS por la puerta que conduce a las habitaciones.

 

            INÉS.- (Cruzando la escena para coger el teléfono.) ¿Quién será? (Cogiendo el auricular.) ¿Diga? (Pausa.) ¡Hola Héctor, cariñito! ¿Qué querías? (Pausa.) ¿Que vas a venir ahora? (Pausa.) ¿Que tienes que decirme una cosa muy importante? ¿No me la puedes decir por teléfono? (Pausa.) Pero...Sí, sí, sí. (Pausa.) No será que... ¿Oye? ¿Héctor? (Colgando el aparato.) ¡No te digo! ¡Pero si me ha colgado! (Volviendo a las habitaciones) Bueno, es igual.

 

            Desaparece de la escena por la puerta de las habitaciones, pero justo al entrar en ella suena el timbre de la puerta de la calle.

 

            INÉS.- (Cruza la escena, contenta, para abrir la puerta, pensando que es HÉCTOR, su novio.) ¡Vaya, qué rápido!

 

            Al abrir la puerta cierra los ojos y saca los morritos hacia delante, como para recibir un beso. Sin embargo, al otro lado de la puerta está IGNACIO con un ramo de rosas en las manos.

 

            IGNACIO.- (Con tono alegre.) ¿Siempre recibe así a todo el mundo?

 

            INÉS.- (En la misma posición.) Creí que era... (Reaccionando y reincorporándose.) ¡¿Quién es usted?!

 

            IGNACIO.- (Entrando.) Permítame que me presente. Mi gracia es Ignacio Zamorano De Zamora.

 

            INÉS.- (Sonriendo.) Tiene usted razón; es una gracia.

 

            IGNACIO.- Qué graciosa. Bueno, además de tener esa “gracia” (Resaltando esta palabra.), tengo la suerte de compartir calle con usted. ¡Soy su vecino de enfrente!

 

            INÉS.- ¿Usted? (Se ríe.) Imposible. Mi vecino se llama Hipólito, y ya tiene sus ochenta años; aunque... (Lo mira de arriba a abajo.) los lleva mejor que usted. (Se ríe otra vez.)

 

            IGNACIO.- (Sin soltar el ramo de rosas.) Veo que se ha levantado hoy “sembraita” de simpatía. No me refiero al vecino de la escalera, sino al vecino de enfrente de su terraza.

 

            INÉS.- (Lo mira durante un instante, y reacciona.) ¡Ah, ya caigo!

 

            IGNACIO al escuchar esto, y sin soltar el ramo, se coloca detrás de ella para evitar una supuesta caída.

 

            INÉS.- ¿Qué hace?

 

            IGNACIO.- (Disimulando. Se vuelve a colocar delante de INÉS.) Cosas mías...

 

            INÉS.- ¡Sí, ya sé! ¡Ya sé quién es usted!

 

            IGNACIO.- (Al público.) Es que con este perfil y este cuerpo... Es inevitable.

 

            INÉS.- ¡Es el mirón del tercero!

 

            IGNACIO.- No, no... Se equivoca. Soy...

 

            INÉS.- Deje, deje... Es el que pinta cuadros; el del quinto.

 

            IGNACIO.- No.

 

            INÉS.- El abuelo del cuarto.

 

            IGNACIO.- (Con resignación.) No.

 

            INÉS.- ¿El estudiante del sexto?

 

            IGNACIO.- (Resignado.) No.

 

            INÉS.- ¿El de las macetas del segundo?

 

            IGNACIO.- No da usted una.

 

            INÉS.- Pues no sé... (Mirándolo de arriba a abajo detenidamente.) ¡¿No será el de la agencia de detectives del ático; el loco ése?!

            IGNACIO.- (Feliz y radiante comienza a bailar con alegría por el escenario.) ¡Sí! ¡Sí! ¡Se acuerda de mí, se acuerda de mí! (Se acerca a INÉS) Se ha fijado en mí, ¿verdad? (Se acerca despacio a la batería, y comienza a hablar con la mirada perdida en la lejanía del patio de butacas. Con tono tranquilo.) Pues sí, ése soy yo. Me he atrevido a venir para decírselo. Y como prueba de ello (Se encamina hacia ella y le entrega el ramo de rosas.) tome este obsequio. Sé que las sabrá cuidar con amor, (Acercando su cara a la de ella.) porque es usted delicada como una flor.

 

            INÉS.- (Escurriéndose de IGNACIO.) Bueno, bueno... Déjese de gaitas y de cumplidos. Lo siento, pero se tiene que marchar.

 

            IGNACIO.- ¿Por qué motivo?

 

            INÉS.- Porque va a venir mi novio a decirme, según él, una cosa muy importante. (Ilusionada.)A lo mejor viene a pedir mi mano. (Abraza las flores.)

 

            IGNACIO.- (Al público.) ¡Albricias! ¡Qué infortunio! ¡Cuán cruel es el destino!

 

            INÉS.- Así que no tiene más remedio que irse.

 

            IGNACIO.- No. Yo quiero conocer a mi rival.

 

            INÉS.- ¡Será insensato! ¡No puede!

 

            IGNACIO.- Sí. Sí que puedo.

 

            INÉS.- ¡Que no!

 

            IGNACIO.- ¡Que sí!

 

            INÉS.- ¡Que no!

 

            IGNACIO.- ¡Que no me quedo!

 

            INÉS.- ¡Que sí que se queda! (Dándose cuenta del error, se lleva las manos a la cabeza.) ¡Uy!

 

            IGNACIO.- De acuerdo. Si usted lo dice, me quedo.

 

            INÉS.- (Haciendo gestos de desesperación.) ¡Pues yo no respondo!

 

            IGNACIO.- ¿Es que su novio hace preguntas, o qué? Espero que sean fáciles.

 

            INÉS.- No, hombre. Déjese de tonterías. Le digo que no respondo porque mi novio es profesor de Kárate; y si le encuentra aquí conmigo le puede romper una pechuga, “pollo”. (Haciendo énfasis en esta palabra.)

 

            IGNACIO.- Apechugaré.

 

            INÉS.- Mire, haga lo que quiera. Yo me voy a arreglar.

            IGNACIO.- Estupendo. No se preocupe.

 

            INÉS, con el ramo de rosas en las manos, hace mutis por la puerta que conduce a las habitaciones. IGNACIO queda detrás del tresillo, con las manos en el bolsillo, observando todo el salón. De pronto observa junto a la puerta de la terraza el mueble con los discos y la cadena musical; se dirige a curiosear.

 

            IGNACIO.- ¡Cuántos discos! ¡Vaya, si tiene los mismos gustos que yo! Javier Solís; Los Panchos. (Al rato.) ¡Qué divino, tiene Los Tres Sudamericanos! (Al rato se le cambia la expresión del rostro, poniendo una de extrañeza.) ¡Agárrate! ¡”Los Motoristas”! ¿Quiénes serán éstos? (Comienza a leer la carátula.) A ver si me suena algún título. “Mi ex-amigo el Obispo”; “Cuando me ducho en el barro”; “Eructa y sé feliz”... ¡Vaya cosa más rara! ¡En mi vida he oído hablar de ellos!

 

            De repente, suena el teléfono. IGNACIO busca con la mirada el aparato. Lo localiza. Se dirige despacio hacia él, girando la cabeza para la puerta de las habitaciones, esperando que venga INÉS a cogerlo. Al ver que no viene nadie, decide cogerlo él mismo.

 

            IGNACIO.- ¿Diga? (Pausa.) ¡Hombre, Arturo! ¿Cómo va todo por la agencia? (Pausa.) ¿Que has descubierto una cosa muy importante?

 

            Suena el timbre de la puerta de la calle.

 

            IGNACIO.- Lo siento, Arturo. Después me lo cuentas, que están llamando a la puerta. (Cuelga.) ¿Quién será? (Cerca de la puerta, y levantando la voz.) ¡Si es el novio de Inés que vuelva a llamar!

 

            Vuelve a sonar el timbre; esta vez, con más insistencia. IGNACIO, se retoca un poco y abre la puerta. Entra HÉCTOR.

 

            HÉCTOR.- (En el centro del escenario. Contrariado.) ¡¿Quién demonio es usted?!

 

            IGNACIO.- (Levantando la cabeza y sacando pecho orgulloso.) El Señor Zamorano De Zamora.

 

            HÉCTOR.- ¿Un señor de Zamora?...

 

            IGNACIO niega con la cabeza, como dando a entender que HÉCTOR está confundido.

 

            HÉCTOR.- ...¿Y qué hace usted aquí?

 

            IGNACIO.- (Siguiéndole la corriente.) He venido a pasar unos días. ¡Oiga, qué bonita es esta ciudad! Con estos edificios, estas avenidas, esta temperatura tan agradable...

 

            HÉCTOR.- Eso sí. Porque en Zamora debe de hacer mucho frío.

 

            IGNACIO.- Frío. Frío. Mucho frío. Pero a todo se acostumbra uno. De todas formas, quería decirle que yo no soy de Zamora. Soy solamente Zamorano De Zamora.

 

            HÉCTOR.- Yo nunca he visto un zamorano de Oviedo.

 

            IGNACIO.- Es mi nombre. ¿Y usted quién es?

 

            HÉCTOR.- Soy Héctor.

 

            IGNACIO.- (Disimulando.) ¿Héctor? No sé quién es.

 

            HÉCTOR.- ¡El novio de Inés! (Reaccionando.) ¡Pero todavía no me ha contestado usted!

 

            IGNACIO.- A qué.

 

            HÉCTOR.- ¡A mi pregunta!

 

            IGNACIO.- ¡Ah, sí! Es verdad; que me ha dicho Inés que hace usted preguntas.

 

            HÉCTOR.- (Extrañado.) ¿Yo?

 

            IGNACIO.- Sí, hombre. Me ha dicho que es usted profesor.

 

            HÉCTOR.- Pero de kárate.

 

            IGNACIO.- ¿Y los de kárate no hacen preguntas?

 

            HÉCTOR.- No solemos.

 

            IGNACIO.- Entonces, cómo saben cuántas clases quiere dar un chico; a qué aspira en el mundo del kárate; a qué precio está el Kilo de tomates; cuánto cuesta...

 

            HÉCTOR.- (Interrumpiéndolo.) Está bien; está bien. Se lo voy a explicar. Pero antes de nada, me gustaría saber si ha visto por aquí a Inés.

 

            IGNACIO.- ¿A quién dice?

 

            HÉCTOR.- A Inés. Mi novia.

 

            IGNACIO.- No la he visto.

 

            HÉCTOR.- Entonces, ¿quién hay aquí?

 

            IGNACIO.- ¿No se da cuenta que estoy yo?

 

            HÉCTOR.- (Molesto.) ¡Además de usted!

 

            IGNACIO.- (Dando un giro sobre sí mismo.) Nadie. Nadie. ¿O ve usted a alguien?

 

            HÉCTOR.- ¿Y cómo ha entrado?

 

            IGNACIO.- (Con ironía.) Imagíneselo; ¿por la puerta?

            HÉCTOR.- (Enfadado.) ¡¿Pero es que tiene usted llave?!

 

            IGNACIO.- Para no soler hacer muchas preguntas, está llenando el cupo.

 

            HÉCTOR.- (Confuso.) ¿Cómo dice?

 

            IGNACIO.- (Confundiéndolo más.) Una de dos; o es usted un mal profesor de kárate, o va a resultar que los profesores de kárate... ¡Sí hacen preguntas!

 

            HÉCTOR.- (Contrariado.) ¡Yo soy un buen profesor!

 

            IGNACIO.- (Con tranquilidad.) No lo parece.

 

            HÉCTOR.- (Enfadado.) ¡¿Cómo se atreve?!

 

            IGNACIO.- (Serenamente.) ¿Ve? Una pregunta.

 

            HÉCTOR.- (Muy enfadado.) ¡¿A qué se refiere?!

 

            IGNACIO.- (Caminando por el escenario.) ¡Ea! ¡Otra pregunta! ¡Es que no para!

 

            HÉCTOR.- (Enojado y confuso.) ¡¿De qué?!

 

            IGNACIO.- (Que sigue recorriendo el escenario de un lado a otro.) ¡Otra pregunta! ¡¿No puede usted parar?! ¡¿Siempre tiene que hacer preguntas?! (Al darse cuenta que él también está haciendo preguntas, se lleva las manos a la cabeza.) ¡Oh, Dios mío! ¡Es contagioso! ¡Me estoy contagiando! (Detiene su caminar en seco, y comienza a respirar hondo.) Tranquilízate, Ignacio. (Va recobrando la calma.) Así, tranquilito... Tranquilito...

 

            HÉCTOR lo contempla entre asustado y extrañado.

 

            IGNACIO.- (Hablando para sí mismo) ... Vamos, vamos, lo nervioso que me ha puesto el tío éste. Desde luego, la facilidad que tiene para hacer preguntas es merecedora de estudio. ¡Y lo quería disimular! ¡Qué pillín! Esto no me lo puedo perder. Lo tengo que investigar. (Se da la vuelta, y se dirige a HÉCTOR, que le sigue contemplando entre asustado y extrañado.) ¡Héctor, amigo mío! Vayamos a tomar café, y me cuenta esa facilidad que tiene usted. (Lo coge del hombro, y se encaminan los dos hacia la puerta de la calle.) ¡Qué facilidad, oiga, qué facilidad! (Vuelve la cabeza, con disimulo, hacia las habitaciones para ver que no salga INÉS.)

 

            Desaparecen IGNACIO y HÉCTOR. Queda por un momento la escena vacía de personajes. Al instante, aparece INÉS por la puerta de las habitaciones.

 

            INÉS.- Bueno, ya me he arreglado. (Busca con la mirada a IGNACIO.) ¿Oiga? ¿Ignacio? (Aliviada.) Menos mal. Ha desaparecido; porque lo llega a ver aquí Héctor... No quiero ni pensarlo.

 

            Suena el timbre de la puerta de la calle. INÉS se dirige a abrir. Al abrirla, se encuentra a TEODORO, el primo de INÉS, con dos maletas de viaje.

            INÉS.- (Con mucha alegría.) ¡Qué haces tú aquí, Teodoro! ¡Dame dos besos, primo! (Se abrazan y se dan dos besos.) ¿Por qué no avisaste que venías?

 

            TEODORO.- (Sorprendido) ¡Cómo! ¿No te llegó mi carta?

 

            Aparece un CARTERO por la puerta, que todavía estaba abierta.

 

            CARTERO.- Buenos días, ¿Señorita Inés Bermúdez?

 

            INÉS.- Soy yo.

 

            CARTERO.- Carta de Zamora.

 

            INÉS.- (Cogiendo la carta.) Muchas gracias. Buenos días.

 

            CARTERO.- Adiós, señorita. Buenos días. (Hace mutis.)

 

            TEODORO.- ¡Toma ya! He llegado antes que mi carta. Para que luego hablen de Renfe.

 

            INÉS.- Ya para qué la voy a leer; cuéntame tu mismo lo que haces en Madrid.

 

            TEODORO.- Me han ofrecido para trabajar como redactor en un periódico de la ciudad. Empiezo la semana que viene.

 

            INÉS.- ¡Esa noticia es estupenda! Hay que celebrarlo. ¿Quieres tomar algo? Te lo preparo enseguida.

 

            TEODORO.- Un vaso de agua.

 

            INÉS.- Siéntate mientras te lo traigo. (Hace mutis por la puerta de la cocina.)

 

            TEODORO.- (Levantando un poco la voz para que INÉS le oiga desde la cocina.) (Sentándose.) ¿Ya no está Virtudes, la asistenta? Con lo bonita que es. Le voy a pedir salir. ¿Dónde está?

 

            Entra INÉS por la puerta de la cocina, con el vaso de agua para TEODORO.

 

            INÉS.- Se fue al otro mundo. (Se sienta en el tresillo, junto a TEODORO.)

 

            TEODORO.- (Sorprendido.) ¡Cómo! ¿Murió?

 

            INÉS.- No, Teodoro. No. Que se ha ido al otro mundo; a México. Es que se le casa una prima.

 

            TEODORO.- (Sacándose un pañuelo blanco del bolsillo, comienza a secarse la frente y a darse aire.) ¡Quita, quita! ¡Qué susto me has dado, primita! Para una que me gusta... Así no se dan las noticias. (Sigue dándose aire, con la respiración entrecortada.)

 

            INÉS.- Pues sí que te ha dado fuerte, Teodoro. Por cierto, que Virtudes llega hoy.

            TEODORO.- Imagínate. He rechazado una oferta del New York Times para venir aquí y estar con ella. Es la mujer de mi vida. (Cambia la expresión del rostro, y pregunta asustado.) ¿No tendrá novio, verdad?

 

            INÉS.- ¡Qué va! No te preocupes.

 

            TEODORO.- Figúrate. Hubiese venido aquí para nada.

 

            INÉS.- ¡Hombre! Ya que has venido, me ves a mí, que para eso soy tu prima, ¿no?

 

            TEODORO.- Hubiese venido de visita, pero no a vivir aquí.

 

            INÉS.- Nada, nada. No te preocupes, que la chica no tiene novio. (Cogiéndolo del brazo.) Así que ahora, más tranquilo, cuéntame cómo va todo por Zamora.

 

            TEODORO.- ¡Por dónde quieres que empiece?

 

            INÉS.- Por el principio mismo. A ver, ¿cómo están tus padres?

 

            TEODORO.- Bastante bien. (Rectifica.) Bueno, mi madre está siempre quejándose del lumbago; pero por lo demás bien.

 

            INÉS.- ¿Y mi tío?

 

            TEODORO.- Y mi padre disfrutando de la jubilación, que...

 

            INÉS.- (Interrumpiéndole.) ¡Pero cómo! ¡¿Se ha jubilado tu padre?!

 

            TEODORO.- ¡No, mujer! ¡Qué se va a jubilar, ni jubilar! Lo que te digo es que está disfrutando de la jubilación del director de la oficina, que los traía a todos por la calle de la amargura.

 

            INÉS.- Ah, claro.

 

            TEODORO.- ¿Sabes que la prima Lupe está embarazada?

 

            INÉS.- ¡Qué ilusión! ¿De cuánto?

 

            TEODORO.- Sólo del marido.

 

            INÉS.- ¡Eso ya me lo supongo! Me refiero a que cuánto lleva embarazada.

 

            TEODORO.- Hará un par de meses.

 

            INÉS.- (Emocionada.) Qué bonito...

 

            TEODORO.- Lo cierto, es que está todo el mundo como loco.

 

            INÉS.- ¿Y qué dice el marido?

 

            TEODORO.- Ya conoces a Carlos. Si antes la mimaba un cien por cien; ahora, el doble. ¡Es una lapa, el tío!

 

            INÉS.- (Emocionada.) Qué romántico...

 

            TEODORO.- Yo más bien diría pesado. La llama varias veces al día, le manda flores... ¡La tiene consentida!

 

            INÉS.- (Con sorna.) Para que veas la gente las cosas que hace por amor. Unos miman a su esposa, otros rechazan buenos trabajos para conseguirla...  (Le da pequeños codazos en el brazo para ver si capta la indirecta.)

 

            TEODORO.- Y hablando de ti, ¿todavía sigues trabajando en publicidad?

 

            INÉS.- (Nerviosa.) Pues claro, hombre. Qué pregunta más tonta. (Disimulando.) Por cierto, ¿has visto las reformas de la casa?

 

            TEODORO.- Cómo las voy a ver, si he estado en Zamora.

 

            INÉS.- Tienes razón. Ven que te las voy a enseñar.

 

            Desaparecen del escenario por la puerta que conduce a las habitaciones. Aparece por la puerta de la terraza ARTURO, el socio de IGNACIO en la agencia de detectives, con gestos de cansancio y sacudiéndose el cuerpo, quitándose de encima el polvo.

 

            ARTURO.- (Caminando hacia el centro de la escena.) ¡Guau! ¡Cómo me ha costado! Debería de hacer más ejercicio. (Mira a un lado y a otro.) ¿Dónde estará Ignacio? ¿Se habrá enterado de que la chica tiene novio? ¿Se habrá enterado ya de que el novio de la chica ya no es el novio de la chica? Es más, ¿se habrá enterado la chica de que ya no es la chica de nadie? ¿Y si he llegado tarde, y es otra vez la chica de otro? ¡Jolín, qué duda más chica! (Vuelve a mirar a un lado y a otro.) Pues si aquí no hay nadie, yo me voy por donde he venido; bueno, no; por donde he venido, no. Ahora como las personas normales.

 

            ARTURO se dirige hacia la puerta de la calle para salir, cuando al abrirla se encuentra de frente con IGNACIO. Los DOS se asustan.

 

            IGNACIO.- (Que reacciona inmediatamente.) ¡Qué haces aquí, insensato!

 

            Se dirigen IGNACIO y ARTURO hacia el centro del salón.

 

            ARTURO.- He venido a prevenirte. La chica tiene novio.

 

            IGNACIO.- ¡A buenas horas! Al novio ya lo conozco yo. Se llama Héctor; es profesor de kárate; no le gusta el fútbol; le gusta gritar; no tiene ni idea de cuánto cuesta un kilo de tomates; es cantante y letrista del “grupo musical” (Esta palabra la recalca con retintín.) Los Motoristas; y, sobretodo, lo que más le gusta es hacer preguntas. Tiene un vicio que no veas. En fin, ¿quieres saber algo más?

 

            ARTURO.- Pues sí. Me gustaría saber a quién te refieres, porque ése ya no es el novio.

            IGNACIO.- A ver, y tú cómo sabes que no es el novio.

 

            ARTURO.- Porque soy detective.

 

            IGNACIO.- (Convencido.) Claro. Ahí tienes razón.

 

            Se escuchan de fondo las voces de INÉS y TEODORO.

 

            IGNACIO.- Parece que viene alguien. Escondámonos detrás del sofá.

 

            ARTURO.- ¡Vaya ajetreo que llevo hoy!

 

            Se esconden detrás del tresillo, asomando la cabeza. Aparecen INÉS y TEODORO, por la puerta de las habitaciones, hablando.

 

            TEODORO.- Entonces, Inés, siguiendo con lo que te decía antes, ¿tú crees que podríamos salir juntos?

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) ¡Qué tío más directo!

 

            INÉS.- Yo creo que sí. (Cambiando el tema.) ¡Mira, Teodoro! ¡Ven! Te voy a enseñar el parque que han hecho enfrente. Quitaron los matorrales, y han dejado un espacio lindísimo.

 

            INÉS coge de la mano a TEODORO, y salen a la terraza. IGNACIO y ARTURO los vigilan expectantes, ahora de pie.

 

            IGNACIO.- ¡Pero bueno! ¿Éste quién es? Éste no es el novio.

 

            ARTURO.- Ya te dije que yo tenía otro.

 

            IGNACIO.- ¡Qué dices! ¿Desde cuándo tienes tú otro novio?

 

            ARTURO.- Desde que me enteré en la agencia.

 

            IGNACIO.- Un momento, que me estoy liando. ¿Tú has tenido novio alguna vez?

 

            ARTURO.- ¡¿Yooo?! ¡Pero si nunca he tenido novio!

 

            IGNACIO.- Entonces cómo vas a tener “otro” (Recalcando esta palabra.), si nunca has tenido “uno”. (Recalcándola también.)

 

            ARTURO.- ( Indignado.) Pues ni lo “uno” (Recalca esta palabra.) ni lo “otro”. (La recalca también.) Nunca he tenido novio. En todo caso, alguna que otra novia. Además, aquí yo he venido a hablar de esta chica, no de mí; y, mucho menos, de mi vida privada.

 

            IGNACIO.- Que has sido tú el que has empezado a contarme tus problemas de amores, ¿eh?

 

            ARTURO.- ¿Yo?

            IGNACIO.- Sí, tú. Diciendo que tenías otro novio, o yo qué sé.

 

            ARTURO.- ¡Claro que sí! Te he dicho que yo tenía otra descripción del novio distinta a la que tú me habías dado. (Se queda pensativo; al instante reacciona.) ¡Un momento! Tú creías que yo era... (Hace gestos afeminados con la mano.) ¡Hombre, Ignacio! Eso a un amigo no se le hace; no señor.

 

            IGNACIO.- ¡Atención! ¡Que vuelven! Escuchemos; escuchemos a ver qué dicen.

 

            IGNACIO y ARTURO vuelven a esconderse junto al sofá. INÉS y TEODORO entran por la puerta de la terraza.

 

            INÉS.- ¿Te ha gustado, Teodoro?

 

            TEODORO.- Mucho.

 

            INÉS.- Y, sobre las obras, ¿qué te ha parecido cómo han quedado las reformas de la casa?

 

            TEODORO.- A mí me ha parecido bonito todo lo que he visto. Lo que no entiendo es qué pinta la foto de Virtudes en tu dormitorio.

 

            INÉS.- (Poniéndose un poco nerviosa.) Sí, claro... Esto... (Reacciona, y responde con seguridad.) Es que nos llevamos muy bien; y al llevarnos tan bien es por lo que tengo su foto en mi habitación. La quiero mucho, ¿sabes?

 

            TEODORO.- Y ella te debe de querer mucho, porque tiene una foto tuya en su habitación.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Qué extraño, ¿verdad?

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Pues sí.

 

            Continúan hablando INÉS y TEODORO.

 

            TEODORO.- Junto a tu foto había la de un chico, ¿quién era ése?

 

            INÉS.- (Nerviosa.) Ése... Pues... (Con seguridad.) Su novio. Sí. Sí. Su novio.

 

            TEODORO.- ¿Su novio? ¿Pero no me dijiste que estuviese tranquilo que no tenía novio?

 

            INÉS.- (Reacciona.) No, hombre, no. Digo que es “obvio”. No novio. “Obvio” (Resaltando esta palabra.) ¿Quién dijo novio?

 

            TEODORO.- A mí me pareció escuchártelo.

 

            IGNACIO.- (Desde detrás del sofá. Al público.) Y a mí.

 

            ARTURO.- (Al público.) Y a mí.

            INÉS.- He dicho que es obvio, quién si ella no tiene novio va a ser ese chico. Pues su hermano, Teodorito, hijo. Su hermano.

 

            TEODORO.- ¡Ves! A mí si me lo explicas así, con buenas palabras y razonando las cosas, pues sí me entero.

 

            INÉS.- ¿Dónde has dejado las maletas?

 

            TEODORO.- (Señalando hacia la puerta de la calle.) Allí están. Es que nada más llegar aquí he cogido un taxi para venir a verte; que tenía muchas ganas. Te traigo regalos de toda la familia.

 

            INÉS.- Ya. Tú has venido para ver si veías a Virtudes. Si te conoceré yo... Y hasta en eso has tenido suerte; tiene que estar a punto de llegar. Por cierto, ¿tienes sitio donde pasar la noche?

 

            TEODORO.- No. Tengo pensado ir a buscar alguna pensión barata después de comer.

 

            INÉS.- No se hable más. Te vas a quedar en casa todo el tiempo que tú quieras.

 

            TEODORO.- No puedo aceptarlo, Inés.

 

            INÉS.- No seas tonto. Así estarás más cerca de Virtudes.

 

            TEODORO.- Me has convencido. ¿De verdad que no va a ser molestia?

 

            INÉS.- ¡Qué va a ser molestia!

 

            TEODORO.- ¿Y dónde voy a dormir?

 

            INÉS.- En la habitación de invitados.

 

            TEODORO.- Me parece bien. Ahora tengo que ir al periódico para hablar con mi nuevo jefe y conocer a mis nuevos compañeros.

 

            INÉS.- ¿Te importa que te acompañe? Así aprovechamos y comemos juntos.

 

            TEODORO.- Me parece una idea estupenda.

 

            INÉS.- (Coge uno de los bolsos que hay colgados junto a la puerta.) Entonces, cuando quieras.

 

            INÉS y TEODORO hacen mutis por la puerta de la calle. IGNACIO y ARTURO, que estaban siguiendo la conversación, se levantan y se colocan en el centro del escenario.

 

            IGNACIO.- ¿Tú te has enterado de algo, Arturo? Porque yo no me he enterado de nada.

 

            ARTURO.- Yo pienso que, como buenos detectives que somos, debemos de recapitular todo lo que hemos escuchado, y mezclarlo con lo que ya sabemos. Eso nos dará la solución.

 

            IGNACIO.- Me parece bien. Pero tienes que tener en cuenta que sabemos cosas diferentes; porque tú dices que éste es el novio, en cambio yo tengo otro...

 

            ARTURO.- (Con ironía.) ¿Tú tienes novio?

 

            IGNACIO.- (Alterado.) ¡Yo qué voy a tener!

 

            ARTURO.- (Sonriendo.) A que pica, ¿eh?

 

            IGNACIO.- (Calmándose.) Lo que te quiero decir, es que según nuestras investigaciones esta chica tiene dos novios. ¿Pero qué les dará?

 

            ARTURO.- ¡Tú sabrás, que te has enamorado de ella! ¿Qué te ha dado a ti?

 

            IGNACIO.- Por ahora, sólo disgustos. Pero algún día me dará su amor, (Comienza a caminar con la mirada perdida en el fondo del patio de butacas.) aquel que espero desde que la vi en la pescadería; ese día se abrirán los cielos y los ángeles entonarán el himno al amor; ese día...

 

            ARTURO.- (Interrumpiéndole.) ¡Eureca! ¡Tengo una idea!

 

            IGNACIO.- Qué manera de cortar un sueño; con lo bonito que me estaba quedando. Está bien, habla. ¿De qué se trata?

 

            ARTURO.- Hay que ver, ante todo, quién narices es el misterioso tipo de la foto.

 

            IGNACIO.- Es una idea brillantísima. Incluso parece más una idea mía que tuya.

 

            ARTURO.- Pues es mía.

 

            IGNACIO.- Es igual. Vayamos, que para luego es tarde.

 

            Hacen los DOS mutis por la puerta de las habitaciones. Al instante, por la puerta de la calle aparecen VIRTUDES y HÉCTOR. VIRTUDES llega cargada con maletas de viaje y bolsas de regalo. mientras que HÉCTOR entra con las manos vacías.

 

            VIRTUDES.- (Con ironía.) No te molestes, Héctor; dejaré aquí las maletas.

 

            HÉCTOR.- ¡Ninguna molestia, Virtudes! Tú sabes que me gusta acompañarte.

 

            VIRTUDES.- ¿Qué tal todo por aquí?

 

            HÉCTOR.- Lo de siempre. Hay cosas que no cambian. Madrid sigue siendo un caos.

 

            VIRTUDES.- ¿En qué sentido?

 

            HÉCTOR.- En todos. Tráfico, suciedad, policía, obra...

 

            VIRTUDES.- Visto así... ¡Desde luego que es un caos! Pero hay otros sitios maravillosos y llenos de luz.

 

            HÉCTOR.- ¿En Madrid? ¿Cuáles?

 

            VIRTUDES.- Por ejemplo, está el Madrid de los Austrias, que es una preciosidad, con unos jardines espléndidos; por no hablar de un domingo por la mañana en el Retiro... ¡Esa fuente, con esa alegría que da el agua!; ¡Dar de comer a la ardillas!... Si las encuentras, claro. ¿Es que no te gusta pasear cuando hace frío, y entrar en una cafetería a charlar?

 

            HÉCTOR.- ¡Eso son ñoñerías!

 

            VIRTUDES.- ¡Ése es el otro Madrid! El que no aparece en las frías estadísticas policiales ni de los telediarios. ¡Una ciudad alegre!

 

            HÉCTOR.- Yo nunca he paseado por el Retiro. ¡Y ni mucho menos he estado en un Madrid austríaco! ¡Siempre he pensado que era español!

 

            VIRTUDES.- (Resignada.) Dejémoslo, Héctor; porque nunca vamos a coincidir. (Cambiando el tono de voz.) Cambiando de tema, ¿has visto a Inés?

 

            HÉCTOR.- No. Yo pensaba que iba a ir a recogerte.

 

            VIRTUDES.- Es que como no sabía muy bien la hora de llegada del vuelo, decidimos que no viniese. La verdad es que el viaje es muy largo, pero merece la pena.

 

            HÉCTOR.- Entonces, te lo has pasado bien en el viaje, ¿no, Virtudes?

 

            VIRTUDES.- No te puedes dar una idea. ¡Es lindísimo!

 

            HÉCTOR.- Dicen que México es un rinconcito donde hacen su nido las olas del mar.

 

            VIRTUDES.- Siempre he creído que eso es Veracruz.

 

            HÉCTOR.- ¿Veracruz? ¿Y quién lo ha dicho?

 

            VIRTUDES.- El Señor Agustín Lara.

 

            HÉCTOR.- Y ese tal Agustín, ¿es del barrio?

 

            VIRTUDES.- Mira, Héctor, estoy muy cansada como para discutir contigo sobre este tema. Me voy a dar un baño. Que éste ha sido un viaje muy largo.

 

            Comienza a caminar hacia las habitaciones, pero es detenida por HÉCTOR.

 

            HÉCTOR.- ¡Un momento, Virtudes! ¡No te vayas! Querría hacerte una pequeña confesión.

            VIRTUDES.- (Volviendo tras sus pasos.) Tú dirás. ¿De qué se trata?

 

            HÉCTOR.- (Haciéndose el nervioso.) Verás... Yo... Yo...

 

            VIRTUDES.- ¡Arranca, Héctor! ¡Que parece que estás pidiendo un yoyó para jugar!

 

            HÉCTOR.- Es que no es fácil decirlo. Pero... Lo cierto, es que... En realidad, estoy enamorado de ti, y no de Inés.

 

            VIRTUDES.- ¡Qué me dices! ¡Eso no puede ser! ¡Tú estás loco!

 

            HÉCTOR.- (Agacha la cabeza, haciéndose el resignado.) Pero por ti. Es así. No le busques más explicación. Me he enamorado.

 

            VIRTUDES.- Si yo soy muy poca cosa. No tengo nada...

 

            HÉCTOR.- (Como apesadumbrado.) No importa, no importa...

 

            VIRTUDES.- (Continuando.) ... Soy una simple asistenta, que con lo que ha ahorrado durante cinco años se ha podido permitir el lujo de unas vacaciones.

 

            HÉCTOR.- Lo sé; y eso no me importa.

 

            VIRTUDES.- ¡Qué gesto tan noble y loable por tu parte!

 

            HÉCTOR.- (Extrañado.) Lo... qué.

 

            VIRTUDES.- Loable. De loa. Alabanza, elogio...

 

            HÉCTOR.- Muchas gracias por este pequeño piropo, pero es lo que realmente siento. A mí tanto me da la categoría social o el dinero. Yo sólo creo en el amor. Entonces, ¿quieres ser mi novia?

 

            VIRTUDES.- (Al público.) Está apañado éste si cree que le voy a decir que sí. (A HÉCTOR.) Hombre, así de repente... No sé qué contestar. ¿Y qué sucede con Inés?

 

            HÉCTOR.- No te preocupes. Cuando la vea se lo diré.

 

            VIRTUDES.- (Al público.) No me fío un pelo. (A HÉCTOR.) Necesitaré un poco de tiempo. Entiende que así de sopetón no sepa qué contestar.

 

            HÉCTOR.- Yo no tengo prisa; pero me gustaría tener la respuesta antes de una hora.

 

            VIRTUDES.- ¿Cómo dices?

 

            HÉCTOR.- Ya me entiendes... Hay nenas que esperan turno.

 

            VIRTUDES.- (Al público.) Este tío es tonto. Le seguiré el rollo. (A HÉCTOR, disimulando que le preocupa.) ¡No te vayas, por favor! ¡Quédate! ¡Quédate! Voy a darme una ducha y te contesto enseguida.

 

            HÉCTOR.- Lo que tú digas... ¡Guapa!

 

            Hace mutis VIRTUDES por la puerta de la habitaciones. Se queda solo en el escenario HÉCTOR.

 

            HÉCTOR.- (Pensando en voz alta.) ¡Qué fácil! Ésta ya está en el bote. Menos mal que me he enterado a tiempo de que Virtudes es en realidad la dueña de la casa, y no Inés, que no debe de tener ni un duro. (Dirigiéndose al tresillo.) Me sentaré aquí, y esperaré que venga mi futura proveedora, y también esposa, claro; algún sacrificio tendré que hacer. (Coge una revista y se pone a leer.)

 

            Aparecen IGNACIO y ARTURO por la puerta de las habitaciones. Hablan en voz baja.

 

            ARTURO.- ¡No ha faltado nada para que nos pillara! ¡De puro milagro nos hemos librado!

 

            IGNACIO.- (Señalando a HÉCTOR, que está sentado en el tresillo leyendo.) Mira, Arturo; ése es el chico que estaba en la habitación de la otra chica, junto a la foto de Inés. Y ése es el que me ha dicho que es el novio de Inés.

 

            ARTURO.- ¿El del kilo de tomates?

 

            IGNACIO.- Sí.

 

            ARTURO.- ¿El profesor de kárate?

 

            IGNACIO.- El mismo.

 

            ARTURO.- ¿Al que le gusta gritar?

 

            IGNACIO.- (Con cierto tono de mosqueo.) Sííí.

 

            ARTURO.- ¿Al que no le gusta el fútbol?

 

            IGNACIO.- (Entre dientes.) Que sííí...

 

            ARTURO.- ¡Ah! ¿El de “Los Motoristas”?

 

            IGNACIO.- (Elevando la voz.) ¡Que sí! ¡Que sí! ¡Que sí!

 

            Al escuchar esto último, HÉCTOR, que estaba sentado en el tresillo leyendo, se incorpora, volviendo la cabeza hacia IGNACIO y ARTURO.

 

            HÉCTOR.- ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Vaya resfriado que ha cogido usted! (Al reconocer a IGNACIO, reacciona.) ¡Caramba, si es el señor de Zamora!

            ARTURO.- (A IGNACIO.) ¿De dónde ha dicho que eres?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) De Zamora.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Si tú eres de Logroño.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Ya sé. Pero el hombre cree que soy de Zamora. Es igual. ¿Tú le has visto la cara de mal genio?

 

            HÉCTOR.- ¡Pasen! ¡Pasen! No se queden allí al fondo cuchicheando. Siéntense conmigo y tomemos una copita. (Se dirige al mueble bar.)

 

            IGNACIO.- Con mucho gusto.

 

            HÉCTOR.- (Abriendo el mueble bar.) ¿Qué les apetece tomar?

 

            IGNACIO.- Yo una cremita catalana.

 

            HÉCTOR.- Y su acompañante...

 

            IGNACIO.- Un amigo.

 

            HÉCTOR.- Me refiero a qué es lo que va a tomar.

 

            ARTURO.- Lo mismo, gracias.

 

            HÉCTOR.- ¿Un amigo de Zamora?

 

            IGNACIO.- Sí señor. Está en Madrid por negocios.

 

            HÉCTOR.- (Dando la mano a ARTURO.) Encantado de conocerle. Yo soy Héctor.

 

            ARTURO.- Un placer. Yo soy... (Con cara dubitativa.) ¿Arturo?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Me parece correcto que seas Arturo.

 

            HÉCTOR.- Por cierto, (Señalando a las habitaciones.) ¿no se han cruzado con Virtudes?

 

            ARTURO.- ¿Qué Virtudes?

 

            HÉCTOR.- Pues qué Virtudes va a ser... Usted sabe quién es, ¿verdad, Zamora?

 

            IGNACIO.- ¡Claro que sí! ¡Claro que lo sé! (Se acerca a ARTURO, y le dice disimulando entre dientes.) La de la foto... La de la foto...

 

            ARTURO.- (Haciendo como si acabara de acordarse.) ¡Ah, Virtudes! ¡Qué grandes amigos somos!

 

            HÉCTOR.- (Extrañado.) ¿Usted y Virtudes?

            ARTURO.- Como uña y carne. Como noche y luna.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO, entre dientes y disimulando.) No te pases, que la vamos a liar...

 

            HÉCTOR.- Entonces, usted, amigo Arturo...

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Enhorabuena. Ya eres su amigo.

 

            HÉCTOR.- ... Es el hombre que yo busco; el hombre ideal.

 

            ARTURO.- ¡Uy, uy, uy! ¡Qué tomate hay aquí! Yo me largo.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) ¡Pero dónde vas, insensato! ¿No ves que estamos ganando su confianza?

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Si ya lo sé. Lo que sucede es que con las confianza me está tirando los tejos el “desgraciao” éste.

 

            HÉCTOR.- (A los DOS.) Oiga, ¿me hacen caso?

 

            IGNACIO.- Sí, cómo no. Es que mi amigo creía que se había dejado las luces encendidas. (A ARTURO.) Anda, qué capotazo te he echado, ¿eh?

 

            ARTURO.- (Irónicamente.) No sabes cuánto te lo agradezco.

 

            IGNACIO.- (A HÉCTOR.) Disculpe. Puede usted seguir hablando.

 

            HÉCTOR.- Es que verá, necesito que me cuente usted (Refiriéndose a ARTURO.) todo lo que le gusta a Virtudes.

 

            ARTURO.- (Incrédulo.) A Virtudes.

 

            HÉCTOR.- Eso es. A Virtudes.

 

            ARTURO.- Qué le diría yo de Virtudes...

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Eso digo yo. A ver qué le dices.

 

            ARTURO.- Virtudes... Virtudes... (Suspira.) ¡Ay! Mi amiga Virtudes. (Reacciona.) ¿Quiere que le cuente algo más, o ya con esto le vale?

 

            IGNACIO mueve la cabeza de un lado a otro, de manera desesperada.

 

            HÉCTOR.- Si no es molestia.

 

            ARTURO.- Ninguna molestia. Verá, Virtudes es... Cómo le diría yo... Si su propio nombre lo indica; es todo “virtudes”. Es... Es...

 

            Detrás de HÉCTOR, IGNACIO hace mímica para ayudar a ARTURO. IGNACIO, para hacer creer que VIRTUDES es una chica muy bondadosa y buena, junta las palmas de las manos en posición de rezar.

 

            ARTURO.- (Al ver a IGNACIO.) Reza mucho. Es muy religiosa.

 

            HÉCTOR.- ¡Vaya! No tenía ni idea.

 

            ARTURO.- Siempre va a la iglesia con una amiga.

 

            HÉCTOR.- (Para sí mismo.) ¿Con quién irá a la iglesia?

 

            ARTURO.- Sus ojos son... Son...

 

            IGNACIO le señala el color de un mueble.

 

            ARTURO.- Marrones. Son marrones.

 

            IGNACIO le hace la señal de OK con la mano, o sea, un círculo con el dedo índice y el pulgar, dejando los otros tres dedos en alto.

 

            ARTURO.- (Nerviosillo.) Y son tres.

 

            HÉCTOR.- (Extrañado.) ¿Ojos?

 

            ARTURO.- (Se da cuenta del error.) No, no. Las hijas de Elena.

 

            HÉCTOR.- ¿Y quién es la Elena ésa?

 

            IGNACIO y ARTURO.- (A la vez.) ¡La de la iglesia, hombre! ¡La de la iglesia!

 

            HÉCTOR.- (Contrariado.) ¡Bueno, ya está bien! ¿Creen que soy tonto? Me da la impresión que usted (Señalando a ARTURO.) no conoce de nada, ni de referencias, a Virtudes.

 

            ARTURO.- (Enfadándose.) ¡¿Ah, si?! ¿Sí, eh? ¿Sí, eh?

 

            HÉCTOR.- ¡Sí, qué pasa!

 

            ARTURO.- ¡Pasa que Virtudes se merece una persona más interesante que usted; y no alguien que se gane la vida enseñando a partir piernas!

 

            IGNACIO.- (A ARTURO, previniéndolo.) Tú lo has dicho; sabe kárate.

 

            ARTURO.- (Siguiendo con lo suyo.) ¡Y además, no se puede ir por ahí sin saber lo que cuesta un kilo de tomates!

 

            Mientras ARTURO y HÉCTOR discuten, IGNACIO se acerca a la batería y se dirige al público.

 

            IGNACIO.- (Al público.) Mientras estos dos se ponen de acuerdo, yo me voy a la oficina. Hasta pronto, amigos.

 

            IGNACIO hace mutis por la puerta de la calle. Entretanto, en escena ARTURO y HÉCTOR siguen discutiendo.

 

            ARTURO.- ¡¿Quién le ha dicho a usted que un kilo de tomates cuestan cinco mil pesetas?! ¡Ve cómo usted no lo sabe!

 

            De la puerta de las habitaciones aparece VIRTUDES, con un albornoz, pues se estaba duchando.

 

            VIRTUDES.- ¿Qué pasa? ¿Qué son esos gritos? (Se da cuenta de la presencia de ARTURO, al cual no conoce de nada.) (A ARTURO.) ¿Y usted quién es?

 

            HÉCTOR.- Es amigo del de Zamora. Está aquí por negocios.

 

            VIRTUDES.- Me parece muy bien. Pero eso no quita a que estéis los dos dando gritos en la casa. Si tenéis que discutir sobre los tomates lo hacéis fuera; vaya a ser que se enteren los vecinos de arriba, que son franceses, y nos incendien la casa. Así que tranquilitos. A ver si me dejáis arreglar tranquila.

 

            ARTURO.- No se preocupe. No volverá a suceder.

 

            VIRTUDES.- Eso espero. Adiós.

 

            Hace mutis por la puerta de las habitaciones; quedando de nuevo en escena ARTURO y HÉCTOR.

 

            ARTURO.- ¿Ha dicho “dos”?

 

            HÉCTOR.- No, no. Ha dicho “adiós”.

 

            ARTURO.- No, antes.

 

            HÉCTOR.- ¡Ah, sí! Que nos van a quemar la casa.

 

            ARTURO.- Mucho antes. Por el principio.

 

            HÉCTOR.- Espere, espere que haga memoria...

 

            ARTURO.- (Dándole prisa.) Venga, venga. Que me temo lo peor.

 

            HÉCTOR.- ¡Ya está! (Se dirige a la puerta de las habitaciones, y con voz de pito imita a VIRTUDES.) “¿Qué pasa? ¿Qué son esos gritos?”

 

            ARTURO.- Ha sido después de todo eso.

 

            HÉCTOR.- (Volviendo al centro del escenario.) A ver que piense... (Queda un momento meditando en silencio, y, al instante, reacciona.) ¡Ya lo tengo!

            ARTURO.- (Intrigado.) ¡¿Qué?!

 

            HÉCTOR.- Ha dicho que no tenemos que estar los dos dando gritos en la casa, por no sé qué de unos tomates y unos franceses.

 

            ARTURO.- ¡Ha dicho “dos”! ¡Eso es lo que yo quería escuchar! (Da una vuelta sobre sí mismo de 360 grados.) ¿Dónde está Ignacio?

 

            HÉCTOR.- ¿Quién ha dicho usted?

 

            ARTURO.- (Rectificando.) Esto... Quise decir... El de Zamora. ¿Dónde está el de Zamora?

 

            HÉCTOR.- Pues no sé. Estaba aquí hace un momento.

 

            ARTURO.- ¡Lo sabía! ¡Ya se me escurrió! Voy a buscarle. (Despidiéndose de HÉCTOR.) Fue un placer, Héctor. (Hace mutis por la puerta de la calle.)

 

            HÉCTOR.- (Extrañado.) Lo mismo digo... Creo. (Para sí mismo.) Qué tipo tan extraño. Parece como si ocultase algo. Voy a seguirle. (Hace mutis por la puerta de la calle.)

 

            Queda la escena vacía. Al instante, suena el teléfono, y de las habitaciones aparece VIRTUDES para cogerlo.

 

            VIRTUDES.- (Mientras camina hacia el teléfono.) ¿Dónde estará todo el mundo? Con el ambientazo que había aquí antes.

 

            En mitad del camino se para, mira a un lado y a otro, para ver si ve a alguien. Al no ver a nadie continúa su caminar y coge el teléfono.

 

            VIRTUDES.- ¿Sí, dígame? (Pausa.) ¡Ah! Hola, Inés. Me alegro de escucharte. (Pausa.) El viaje sensacional; y la boda ni te cuento. Traigo muchas fotos para que las veamos juntas. (Pausa.) En realidad, acabo de llegar. ¿Qué querías? (Pausa.) Sí. Héctor ha estado aquí. Me lo he encontrado abajo, en el portal. Ya te contaré. O mejor que te lo cuente él, que es muy gordo. (Pausa.) No, mujer. Él, no. Lo que te tiene que contar es lo gordo. (Pausa.) Sorprender, lo que se dice sorprender, sí que te va a sorprender. (Pausa.) ¿Que yo me voy a sorprender? ¿Por qué? (Pausa.) ¡No me digas que está aquí Teodoro! ¡Qué ganas tengo de verle! (Pausa.) Está bien. Luego hablamos. Un beso. (Cuelga.)

 

            Se dirige de nuevo a las habitaciones, cuando vuelve a sonar el teléfono.

 

            VIRTUDES.- (Dirigiéndose al teléfono.) Esto parece una centralita. (Contestando.) ¿Dígame? (Pausa.) Hola Inés. ¿Por qué llamas otra vez? (Pausa.) Me parece una idea sensacional lo de una fiesta sorpresa a Teodoro. No se la va a esperar. Claro que si se la esperase ya no sería sorpresa. (Pausa.) Se puede quedar en casa el tiempo que quiera. Es estupendo. Bueno, pues no te preocupes que ahora mismo voy a prepararlo todo, ¿de acuerdo?. Hasta luego. Un beso. (Cuelga.)

 

            Al colgar, se dirige al centro del escenario mientras comienza a hablar sola. En un principio, no se dirige al público pero, poco a poco, su monólogo deja de serlo para convertirse en una charla hacia el público.

 

            VIRTUDES.- Lo primero que voy a hacer es llamar a los amigos de Teodoro. ¡Qué alegría se va a llevar! (Se dirige a coger el listín telefónico, que está situado junto al teléfono, cuando reacciona.) Aunque si lo pienso bien, Teodoro no tiene amigos en Madrid. Qué lastima. Le hubiera hecho ilusión. Ahora se tendrá que conformar con vernos las caras a su prima y a mí. (Al instante.) ¡Ah, claro! Y al novio de su prima. Bueno, en estos momentos es el “ex”; aunque todavía no lo es porque no se lo ha contado a Inés; y tampoco se puede decir que sea mi novio porque, a pesar de que me lo haya pedido, yo le he dado largas... Y se las seguiré dando, porque a mí el que hace latir mi corazón el Teodoro; lo que ocurre es que no se fija en mí. Cree que soy muy poca cosa. Pero yo no pierdo la esperanza, y voy a prepararle una fiesta que no olvidará jamás. ¡No se la pierdan! ¡Están invitados!

 

 

TELÓN

 

ACTO SEGUNDO

 

 

            La decoración es la misma que la del acto primero. Han pasado dos días. Al levantarse el telón aparece el escenario vacío.

 

            Al instante, de la puerta de las habitaciones vienen hablando INÉS y VIRTUDES.

 

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            VIRTUDES.- Entonces, Inés, ya lo tienes todo preparado, ¿no? A ver, vamos a recordar. La tarta; la pancarta de bienvenida; las flores. Yo creo que está todo, ¿verdad?

 

            INÉS.- Lo único que está es la tarta; porque lo demás se me ha olvidado. ¡Qué le voy a hacer! Por cierto, ¿hiciste la lista de invitados que te dije?

 

            VIRTUDES.- Hacerla, lo que se dice hacerla... No. Porque Teodoro no tiene amigos aquí; así que he invitado a Héctor, y él me ha dicho que iba a traer a dos amigos.

 

            INÉS.- Es extraño. Hace dos días que no veo a Héctor, y eso que me dijo que tenía algo que decirme muy importante.

 

            VIRTUDES.- ¿Y no lo has llamado? Ya sabes, para ver qué es lo que tiene que decirte tan importante.

 

            INÉS.- No. Porque, si te soy sincera, no me ha apetecido. Me parece que estoy perdiendo la chispa con él.

 

            VIRTUDES.- ¡Qué me dices!

 

            INÉS.- Desde que apareció el chico éste que te dije de allí enfrente (Señala hacia la terraza.), el de la agencia de detectives, mi vida ha cambiado.

 

            VIRTUDES.- ¿El patoso ése? No lo entiendo.

 

            INÉS.- Cuando nos cruzamos por la calle parece que se me va a salir el corazón. Claro, que no sé si es porque me gusta o por miedo a que se ponga a hacer una de sus payasadas.

 

            VIRTUDES.- No sé, chica, me dejas de piedra.

 

            INÉS.- Si te soy sincera, a mí también me sorprendió. He estado pensándolo mucho, porque no me parece correcto hacerle algo así a Héctor; con lo buena persona que es.

 

            VIRTUDES.- (Disimulando.) Claro, claro.

 

            INÉS.- Y hablando de chicos, ¿has tenido la oportunidad de ver a Teodoro?

 

            VIRTUDES.- No hemos coincidido. Y he de decirte que me muero de ganas. (Suspira.)

 

            INÉS.- Oye... Pareces enamoradita.

 

            VIRTUDES.- Pues sí. Lo que sucede que esto de que cree que soy tu asistenta, no tengo mucho futuro.

 

            INÉS.- ¡Tonterías! Fíjate que cuando llegó le fui a enseñar los arreglos de las habitaciones, y el tío comenzó a hacer preguntas muy extrañas. Es como si se oliese algo.

 

            VIRTUDES.- Ojalá. Pero me da a mí que éste es más despistado...

 

            INÉS.- No te preocupes. Si vemos que la cosa se pones fea, le decimos la verdad y tema solucionado.

 

            VIRTUDES.- ¿Por qué no quieres que sepa que eres mi asistenta? No hay nada malo en ello. Además, es algo temporal, ya lo sabes. De todas formas, si se dijera que eres una asistenta cualquiera; pero no. Eres mi asistenta, de acuerdo, pero también eres mi confidente y amiga. Por no hablar del sueldo...

 

            INÉS.- De eso sí podríamos hablar.

 

            VIRTUDES.- No creo que sea el momento; con tanta gente delante... (Mirando al público.)

 

            INÉS.- Nunca es el momento. En fin, otra vez será.

 

            VIRTUDES.- Todavía no me has contestado a la pregunta, Inés.

 

            INÉS.- ¿A cuál?

 

            VIRTUDES.- A la de tu problema para reconocer que ya no trabajas en la agencia de publicidad, y que ahora trabajas, de momento, para mí.

 

            INÉS.- Ya te lo conté. Me vine de Zamora para trabajar en aquella empresa de publicidad; pero quién iba a pensar que quebraría. Y, ya sabes, en vez de volverme corriendo para mi ciudad, me quedé a buscar trabajo, metiéndome en lo primero que salió. Saliste tú, y aquí me quedé.

 

            VIRTUDES.- Y muy bien que hiciste; porque no podría haber encontrado mejor amiga.

 

            INÉS.- No puedo decirles que ya no trabajo en esa agencia. ¿Qué pensarían de mí? Ya he ido demasiado lejos con esta historia, y no es cuestión de volverse atrás.

 

            VIRTUDES.- Pero tarde o temprano se darán cuenta, y entonces, ¿qué les dirás?

 

            INÉS.- Si se lo hubiese explicado a todos cuando sucedió, pues todavía tendría algún sentido. Pero no lo hice; y ya ni modo.

            VIRTUDES.- No te preocupes, que de mi boca no saldrá nada.

           

            INÉS.- Lo sé, y te lo agradezco. Aunque te vuelvo a repetir, que si eso obstaculiza tu relación con Teodoro, lo digo y ya está.

 

            Suena el teléfono. Se pone al aparato VIRTUDES.

 

            VIRTUDES.- ¿Dígame? Hola, Héctor, qué tal. (Pausa.) (Recalcando la frase.) Pues aquí estoy con Inés, ¿quieres que se ponga? (INÉS le hace gestos de que no quiere hablar con él.) De acuerdo. Que sí. Que yo se lo digo. Que no importa; mientras traigan regalos, son bienvenidos. Adiós. Adiós. (Cuelga.)

 

            INÉS.- ¿Qué te ha dicho?

 

            VIRTUDES.- Nada importante. Lo que te he dicho antes; que va a traer a dos amigos. Por cierto, ¿se puede saber por qué no te querías poner al teléfono?

 

            INÉS.- Ya te lo he dicho; no tengo ninguna gana de hablar con él. Es más; fíjate, creo que lo nuestro está llegando a su punto final.

 

            VIRTUDES.- ¡Qué me dices!

 

            INÉS.- Pues lo que te digo, ya ves.

 

            VIRTUDES.- Parece la confirmación de algo irremediable.

 

            INÉS.- Lo es.

 

            VIRTUDES.- Entonces, tenemos que hablar las dos tranquilamente.

 

            INÉS.- ¿De qué se trata?

 

            VIRTUDES.- De lo siguiente. Verás...

 

            En ese instante suena el timbre de la puerta, interrumpiendo la conversación.

 

            INÉS.- ¡Vaya, qué oportuno! Yo abro.

 

            Al abrir la puerta, aparece TEODORO, que entra.

 

            TEODORO.- ¡Hola, primita!

 

            INÉS.- ¿Qué haces aquí?

 

            TEODORO.- Vivo aquí, ¿recuerdas?

 

            VIRTUDES.- Hola, Teodoro.

 

            TEODORO.- ¡Virtudes! ¡Qué alegría de verte! (Se dan dos besos.) ¿Cómo te va todo? Me han contado que has estado en México, ¿qué tal por allí? ¿Y la boda, cómo fue?

            VIRTUDES.- Pues no se qué decirte...

           

            TEODORO.- No me lo digas ahora, que tengo que ir al baño. Después me lo cuentas. (Hace mutis por la puerta de las habitaciones.)

 

            VIRTUDES.- (A INÉS.) ¿Le has visto? ¡Qué guapísimo está!

 

            INÉS.- Mujer, no es para tanto.

 

            VIRTUDES.- ¡Que no es para tanto! ¡¿Has visto qué ojazos?!

 

            INÉS.- Bien vistos, son los típicos de la familia. Si por algo se nos distingue es por los ojos.

 

            VIRTUDES.- Espero que no note mucho que estoy coladita por él.

 

            INÉS.- No te preocupes; nadie lo diría. Por lo que sí te tienes que preocupar es de que le vamos a dar una fiesta sorpresa; y él no puede estar presente mientras llegan los invitados.

 

            VIRTUDES.- Claro. Sería absurdo. Ya me lo imagino: “Hola, buenas, gracias por asistir a mi fiesta sorpresa. Pase, pase”. No, eso no puede suceder. Hay que evitarlo.

 

            INÉS.- Por eso él tiene que irse.

 

            VIRTUDES.- ¿Y cómo le vamos a echar?

 

            INÉS.- Muy sencillo. No hace falta echarlo. Tú le invitas a tomar café, y ya está.

 

            VIRTUDES.- ¡¿Yo?! ¡Ni loca! ¡Qué va a pensar! ¡Se va a creer que quiero algo con él!

 

            INÉS.- En realidad, tú quieres algo con él.

 

            VIRTUDES.- Sí... Pero no.

 

            INÉS.- Si no pasa nada, Virtudes, hija. Así se las ponían a Fernando VII. Estáis los dos solos, tomando café; charlando. En definitiva, que así os conocéis mejor. Ideal.

 

            VIRTUDES.- ¿Cómo se lo digo?

 

            INÉS.- No sé. ¿Te vale esta frase?: “Teodoro, ¿te apetece que bajemos a tomar un café?

 

            VIRTUDES.- ¡Qué graciosa! Me refiero a que cómo se lo digo sin tartamudear, ni balbucear, ni nada por el estilo.

 

            INÉS.- Tú no te preocupes; si es muy fácil. Si quieres, ensayamos.

 

            VIRTUDES.- ¿Ensayar? ¿Cómo?

            INÉS.- De la siguiente manera. Yo haré el papel de Teodoro, y tú... Bueno, tú serás tú.

 

            VIRTUDES.- Estupendo. A ver, ¿qué hago ahora?

 

            INÉS.- Pues invitarme a tomar un café.

 

            VIRTUDES.- Sírvetelo tú misma. Estás en tu casa.

 

            INÉS.- ¡A mí no! ¡Estás invitando a Teodoro!

 

            VIRTUDES.- ¿A Teodoro? Pero si no está. (Busca alrededor.)

 

            INÉS.- ¡Cómo que no está!

 

            VIRTUDES.- (Reaccionando.) ¡Ah! Es verdad, que eras tú.

 

            INÉS.- Para esto tienes que estar muy concentrada. Es muy importante la concentración.

 

            VIRTUDES.- ¡Ves como no puedo!

 

            INÉS.- Pero eso no es que no puedas; eso es que estás en las nubes. Bueno, no; eso es que estás enamorada.

 

            VIRTUDES.- Lo siento, es que se me ha ido el santo al cielo.

 

            INÉS.- No importa. Empecemos otra vez.

 

            VIRTUDES.- Te invito, ¿no?

 

            INÉS.- Sí, venga. Invítame ya.

 

            VIRTUDES.- Allá voy. Teodoro, ¿quieres que vayamos a tomar café?

 

            INÉS.- ¿A dónde?

 

            VIRTUDES.- (Nerviosa.) Bueno... Esto... ¿Abajo?

 

            INÉS.- Pero cómo que “¿abajo?” (Imitando la voz de VIRTUDES.) Tienes que decirlo con firmeza. (Pone la voz en tono grave.) Abajo.

 

            VIRTUDES.- (Con tono grave.) Abajo.

 

            INÉS.- A ver, otra vez.

 

            VIRTUDES.- (Con tono grave.) Abajo.

 

            INÉS.- ¡Muy bien! ¡Ves qué fácil!

 

            VIRTUDES.- Es muy fácil. Sí. Decírtelo a ti que te tengo mucha confianza y que, dicho sea de paso, no me atraes nada.

 

            INÉS.- Hazlo una vez más. Ésta será la última; la definitiva. Venga, respira hondo. Coge aire. (VIRTUDES hace el gesto de concentrarse y coger aire.) Un, dos, tres. ¡Invítame!

 

            VIRTUDES.- ¿Te apetecería que fuésemos al bar de abajo a tomar un café?

 

            Aparece TEODORO por la puerta de las habitaciones. VIRTUDES e INÉS no se dan cuenta de ello.

 

            INÉS.- Sería un placer.

 

            TEODORO.- (Revelando su presencia.) ¡Estupendo! (Mientras las va empujando hacia la puerta de la calle.) Por mí no os preocupéis que yo me encargo de todo.

 

            INÉS.- Pero es que...

 

            VIRTUDES.- No puedes quedarte...

 

            TEODORO.- ¡Anda! ¿Y por qué no puedo quedarme?

 

            TEODORO ha parado de empujar, y se paran los TRES justo delante de la puerta.

 

            VIRTUDES.- Pues porque... Porque...

 

            TEODORO.- ¿Por qué?

 

            INÉS.- ¡Porque no!

 

            TEODORO.- (Empujándolas de nuevo.) ¡Anda, anda, que estáis tontas! Vosotras os vais tranquilitas, que yo con toda la tarde por delante os voy a preparar una cena que os vais a chupar los dedos.

 

            VIRTUDES.- (A INÉS, mientras salen por la puerta.) ¡Y sabe cocinar! ¡Éste es para mí!

 

            TEODORO.- (Cerrando la puerta.) ¡Hala, adiós! ¡Qué pesadas! (Camina hacia el centro del escenario mientras habla para sí mismo.) Bueno, ahora tengo que pensar qué voy a hacer para cenar. (Pensando.) A ver, a ver... Si fuese hoy vigilia no podríamos comer nada de carne, pero como no lo es pues sí podemos comer carne. Por tanto, tengo que hacer algo de carne. Eso es. (Continúa meditando.) Si la carne está cruda será jamón o algún filete; si está ya hecha estará dura y fría, como suela de zapato. El jamón está muy caro y (Mira alrededor.) no sé si con las dietas y las tonterías estas mujeres comerán jamón. Me conformaré con filete. Claro. Eso es, haré filete con patatas fritas. El filete con ajo y perejil. (Recapacita.) No. Mejor sin ajos, que si no me huele el aliento y no sé que pensará Virtudes. Entonces, tendrá que ir el perejil solo. No sé si se atreverá a ir solo; mejor lo dejo con el San Pancracio. (Sigue pensando.) ¡Claro! Frío el filete y le echo un chorreón de limón. ¡Genial! (Sonríe feliz.) Recapitulemos. Por tanto, hago filete con patatas fritas. Tengo que pensar en un pequeño postre. (Medita.) (Con decisión.) Haré plátanos flameados. ¡Qué rico! ¡Qué sabroso! Y todo eso regado con un buen vino. ¡Soy genial! (Se da besos a sí mismo.) La cena perfecta. ¡Umm! ¡Qué hambre me está entrando! (Dirigiéndose a la cocina, mientras se frota las manos.) Voy a la cocina a prepararlo todo. (Desaparece de la escena por la puerta de la cocina. Al instante se le escucha hablar.) ¡Vaya! ¡No hay patatas! (Pausa.) ¡Vaya por Dios! ¡Tampoco hay filetes! (Pausa.) ¡Válgame el cielo! ¡Ni siquiera hay plátanos! ¡Pero qué comen estas niñas! ¡Aquí solo hay perejil, cuatro huevos, dos zanahorias y una tarta! (Aparece de nuevo, dirigiéndose al teléfono.) ¡Desde luego, las dietas cada día son más raras! ¡Mira que comer sólo tarta! (Mientras busca un listín telefónico.) Llamaré a un restaurante de comida a domicilio. (Abre el listín y comienza a buscar un restaurante.) Éste mismo, “El correcaminos: llegamos antes que los invitados”. Es perfecto. (Justo cuando descuelga el teléfono llaman a la puerta.) No puede ser, si todavía no he llamado.

 

            Camina extrañado hacia la puerta, volviendo la mirada incrédula hacia el teléfono. Al abrir la puerta se encuentra con HÉCTOR.

 

            TEODORO.- Hola, buenas, ¿qué desea?

 

            HÉCTOR.- (Entrando.) Entrar.

 

            TEODORO.- Enhorabuena; lo ha logrado. Ya se puede ir.

 

            HÉCTOR.- (Marchándose emocionado.) Sí. Lo he logrado... Lo he logrado...

 

            TEODORO cierra la puerta, y al dirigirse nuevamente al teléfono vuelve a sonar la puerta de la calle. Al abrirla, vuelve a ser HÉCTOR.

 

            TEODORO.- ¿Otra vez usted?

 

            HÉCTOR.- (Desde el otro lado de la puerta; sin entrar.) Es que antes no quería entrar.

 

            TEODORO.- ¿Y para qué lo ha hecho? Pase, pase; ande.

 

            HÉCTOR.- (Entrando.) Gracias.

 

            TEODORO.- No debería ir usted por ahí haciendo cosas que no quiere hacer. Ya sabe, después uno se siente mal y todo eso.

 

            HÉCTOR.- No. Prefiero quedarme de pie.

 

            TEODORO.- (Dirigiéndose al sofá.) Pues permítame que yo sí me siente. (Se sienta.)

 

            HÉCTOR.- Por supuesto; cómo no.

 

            TEODORO.- Oiga, ¿no nos hemos visto antes en algún lugar?

 

            HÉCTOR.- Que yo recuerde no.

            TEODORO.- Pues usted dirá.

 

            Al comprobar que HÉCTOR no dice nada, TEODORO vuelve a hablar.

 

            TEODORO.- ¿Y qué le trae por aquí?

 

            HÉCTOR.- La línea quince. (Hace gestos de agobio.) ¡Hoy venía a tope!

 

            TEODORO.- (Para sí mismo.) Acabo de meter en la casa un lelo. (A HÉCTOR, y vocalizando muy despacio.) ¿Le a-pe-te-ce to-mar al-go mi-en-tras me ex-pli-ca el mo-ti-vo por el cu-al ha co-gi-do el a-u-to-bús nú-me-ro quin-ce pa-ra ve-nir a es-ta ca-sa?

 

            HÉCTOR.- Yo con unas claras de huevo me conformo.

 

            TEODORO.- Estupendo. En un periquete se las traigo. (Desaparece por la puerta de la cocina, apareciendo enseguida; con cara de extrañeza.) ¿El qué me ha dicho que le traiga?

 

            HÉCTOR.- Claras de huevo.

 

            TEODORO.- Aaaah... ¿En un vaso?

 

            HÉCTOR.- Sí, claro.

 

            Desaparece TEODORO en dirección a la cocina. Mientras, en el escenario, continuando de pie, HÉCTOR le habla a TEODORO.

 

            HÉCTOR.- (A TEODORO, y levantando la voz.) ¡Es que yo tomo diez claras de huevo cada día, porque van muy bien para la fibra muscular!

 

            TEODORO.- (Desde dentro de la cocina.) ¡¿Cuántas le echo?!

 

            HÉCTOR.- (Levantando la voz.) ¡Écheme tres!

 

            TEODORO.- (Desde la cocina.) ¡Le echo dos!

 

            HÉCTOR.- (Levantando la voz.) ¡De acuerdo!

 

            TEODORO.- (Desde dentro.) ¡¿Quiere usted unos cubitos de hielo?!

 

            HÉCTOR.- (Levantando la voz.) ¡No, eso se toma del tiempo!

 

            TEODORO.- (Entrando.) Pues aquí tiene.

 

            HÉCTOR.- Gracias.

 

            TEODORO.- (Sentándose.) ¿Y para qué quiere usted la fibra muscular?

 

            HÉCTOR.- Es que soy el dueño de un gimnasio; el monitor de la selección española de halterofilia; y colaboro con la selección nacional de kárate del Camerún.

            TEODORO.- ¡Caramba, es usted de todo!

 

            HÉCTOR.- (Orgulloso.) Pues sí. Lo soy.

 

            TEODORO.- De todo. De todo. (Aparte. Con cara de asco.) Hasta feo. (A HÉCTOR.) Pero siéntese, hombre. Que me da no sé qué verlo ahí de pie.

 

            HÉCTOR.- Esta vez le voy a hacer caso y me voy a sentar. (Se sienta.) ¿Usted no bebe nada?

 

            TEODORO.- Ahora mismo no me apetece.

 

            HÉCTOR.- Hace usted bien. ¡Quien nada no se ahoga! (Se ríe en grandes carcajadas del chiste que acaba de hacer.)

 

            TEODORO pone cara de asustado ante los graznidos de HÉCTOR.

 

            TEODORO.- En fin, dígame, ya que estamos aquí pasándonoslo tan bien; con estas risas, este ambiente tan distendido...

 

            HÉCTOR.- (Interrumpiéndolo.) ¿Tan qué?

 

            TEODORO.- Relajado. He querido decir un ambiente tan relajado. Lo siento, es que en ocasiones sobrevaloro a las personas.

 

            HÉCTOR.- No se preocupe. Me ha pasado muchas veces.

 

            TEODORO.- Me lo supongo.

 

            HÉCTOR.- Pero continúe. Continúe. ¿Qué quería usted decirme?

 

            TEODORO.- Es una cosa muy sencilla. (Se levanta, y caminando se coloca detrás de HÉCTOR, que sigue sentado en el sofá.) Me gustaría saber quién es usted, y para qué ha venido.

 

            HÉCTOR.- (Poniéndose de pie.) Pues todo eso sí se lo puedo contestar. Verá, mi nombre es Héctor Jonathan Gólpez Bajoz, y soy muy amigo de la dueña de esta casa.

 

            TEODORO.- ¿A sí? ¿Cómo de amigo?

 

            HÉCTOR.- Soy tan amigo, tan amigo que podría decirse que está usted hablando con el futuro dueño de esta casa.

 

            TEODORO.- No me diga. Así que usted e Inés... (Junta los dedos índices de cada mano.)

 

            HÉCTOR.- (Haciéndose el loco, y cambiando de tema.) Bueno, bueno. Pero no hablemos de mí. ¿Y usted quién es?

 

            TEODORO.- Soy Teodoro, el primo de Zamora.

            HÉCTOR.- (Alegre y emocionado.) ¡No me diga que es usted el primo de Zamora! (Le da un abrazo.) ¡Los primos de Zamora son mis primos! (Le da otro abrazo.)

 

            TEODORO.- (Despegándose de los brazos de HÉCTOR.) Debe de estar usted plagado de primos. ¿Los conoce a todos?

 

            HÉCTOR.- No. Qué va. Usted es el primero.

 

            TEODORO.- Si es que viajamos muy poco. Y mire que yo se lo digo a mis primos: “Venga, tenéis que salir de la ciudad para ver como es el mundo exterior”. Pero nada; ni caso.

 

            HÉCTOR.- ¿A qué se dedica usted, Teodoro?

 

            TEODORO.- Soy periodista.

 

            HÉCTOR.- ¡No me diga! ¿Qué telediario presenta usted?

 

            TEODORO.- No, se confunde. Yo escribo en un periódico.

 

            HÉCTOR.- Ah, es que como me ha dicho usted periodista, yo pensé...

 

            TEODORO.- Pues no lo vuelva a intentar. Ya ve que no le sale.

 

            HÉCTOR.- ¿Y cómo lleva eso de que le escriban lo que tiene que decir?

 

            TEODORO.- ¿Cómo dice?

 

            HÉCTOR.- ¿No es usted periodista, de los que hablan en televisión?

 

            TEODORO.- (Comenzando a ponerse nervioso.) ¡No, oiga, no! ¡Soy periodista! ¡Escribo en un periódico!

 

            HÉCTOR.- ¿Usted es el que escribe lo que tienen que decir los que hablan por la tele?

 

            TEODORO.- (Aparte.) No puede ser; esto es una fantasía o algo así. (A HÉCTOR.) ¿Usted no lee periódicos?

 

            HÉCTOR pone cara de extrañado, como si nunca (en realidad nunca) hubiese oído hablar de un periódico.

 

            TEODORO.- ¿Usted en qué envuelve el pescado? ¿Dónde pone la harina?

 

            HÉCTOR.- ¡Ah! Eso.

 

            TEODORO.- Claro, hombre, claro. Yo soy el que rellena las hojas en blanco con las que usted envuelve la harina.

 

            HÉCTOR.- ¿Y eso para qué se hace?

            TEODORO.- (Siguiéndole la corriente.) Porque el blanco se considera un color muy puro para ser manchado por las vísceras de un pescado.

 

            HÉCTOR.- Me parece una buena idea.

 

            TEODORO.- (Aparte.) ¿Pero este hombre conocerá el significado de esa palabra?

 

            HÉCTOR.- Y siendo el primo de Zamora, ¿qué hace usted aquí?

 

            TEODORO.- Que sea el primo de Zamora no significa que tenga que estar siempre en Zamora.

 

            HÉCTOR.- Me refería a qué hace usted aquí, en esta casa.

 

            TEODORO.- Me he instalado aquí unos días mientras encuentro apartamento. (Con ironía.) Me han contratado en una de esas empresas encargadas de poner letras al papel de envolver.

 

            HÉCTOR.- ¿Y hace mucho que está instalado en esta casa?

 

            TEODORO.- No mucho. Se puede decir que acabo de llegar.

 

            HÉCTOR.- ¿Y qué tal?

 

            TEODORO.- Estupendamente. La casa es amplía; el barrio es muy tranquilo; las chicas son muy agradables; la...

 

            HÉCTOR.- (Interrumpiendo a TEODORO.) ¡Cómo que las chicas son muy agradables!

 

            TEODORO.- Le mentiría si le dijese lo contrario.

 

            HÉCTOR.- (Contrariado.) ¿Pero cómo de agradables?

 

            TEODORO.- Muy agradables; son realmente encantadoras. Yo a Inés y a Virtudes las quiero mucho, pero mucho.

 

            HÉCTOR.- (Medio enojado.) ¡¿Ah sí?!

 

            TEODORO.- Tal vez Virtudes tenga más tirón en mí; porque a Inés la quiero, pues como se quiere a un familiar. Pero lo de Virtudes es distinto.

 

            HÉCTOR.- ¡¿Qué me está usted contando, Teodoro?!

 

            TEODORO.- Fíjese cómo es lo de Virtudes, que he venido a trabajar a Madrid por ella.

 

            HÉCTOR.- (Aparte.) A que me fastidia el plan.

 

            TEODORO.- ¿Decía usted?

            HÉCTOR.- (Disimulando.) No, qué va. Pensaba, pensaba...

 

            TEODORO.- Ya le dije antes que no lo intentase más.

 

            HÉCTOR.- (Sentándose en el sofá.) (Hablando para sí mismo.) Se me tiene que ocurrir algo... Se me tiene que ocurrir algo...

 

            TEODORO.- ¿Decía?

 

            HÉCTOR.- (Volviendo en sí.) ¡Ay no! Disculpe. Me ha pillado otra vez pensando.

 

            TEODORO.- ¡Qué persistente es usted! Debería dejar esa costumbre; está comprobado que no se le da nada bien.

 

            HÉCTOR.- (Sin prestarle atención.) Tiene usted razón...

 

            TEODORO.- Por supuesto que la tengo. (Animándolo y cogiéndolo del brazo.) ¡Ande, venga! (Lo consigue levantar.) Iba yo a llamar a un restaurante para que me trajesen la cena, pero creo que a usted, Héctor, le conviene que le dé el aire y le quite de la cabeza esos pensamientos de tener ideas. (Poniéndole el brazo sobre el hombro.) Ya verá, Héctor, nos vamos a ir los dos dando un paseo a merendar por ahí, y a eso de las ocho más o menos compramos unas pizzas y, ¡hala, a cenar todo el mundo! (Caminando los DOS hacia la puerta.) Y usted está invitado, que me parece un tipo muy noble.

 

            HÉCTOR.- (Más animado.) La verdad, no sé qué decir.

 

            TEODORO.- (Abriendo la puerta.) Pues no diga nada. Por cierto, vamos a empezar a tutearnos.

 

            Salen por la puerta de la calle, y la cierran. Queda la escena vacía. Al instante, por la terraza entran escalando, con aspecto agotado, IGNACIO y ARTURO. IGNACIO lleva en la mano un pequeño paquete envuelto con papel de regalo.

 

            ARTURO.- (Sacudiéndose la ropa y con la voz entrecortada por el cansancio.) La... La última... Vez... Que te... Que te hago caso. (Dirigiéndose al sofá.) La próxima... Vez... Entro... Por la puerta. (Sentándose y suspirando.) ¡Ay!

 

            IGNACIO.- (Fresco como una lechuga y sin que se le note el cansancio.) ¡Pero si siempre está cerrada!

 

            ARTURO.- (Secándose la frente con un pañuelo.) ¡Me da igual! ¡La echo abajo de una patada!

 

            IGNACIO.- (Que camina por el salón buscando algo con la mirada.) Schiiii. No chilles, que nos puede oír alguien.

 

            ARTURO.- ¡Que nos oigan! ¡Que nos oigan! (Con el pañuelo en la mano.) Si es que en esta casa entra y sale la gente como si tal cosa.

 

            IGNACIO.- (Que sigue observándolo todo, sin prestar atención a las palabras de ARTURO.) Y a mí que me suena todo esto; es como si ya hubiese estado aquí...

 

            ARTURO se lo queda mirando extrañado, con sorpresa.

 

            IGNACIO.- ... Debe ser el amor, pues parece que donde ella habita, habito yo; que donde ella mira, miro yo... (Abriendo los brazos.) ¡Qué bonito es el amor!

 

            ARTURO.- (Levantándose.) ¡Pero qué amor ni qué amor! Tú y yo ya hemos estado aquí antes.

 

            IGNACIO.- (Sorprendido y con los brazos todavía abiertos.) ¿Ah sí?

 

            ARTURO.- Estuvimos aquí hace dos días.

 

            IGNACIO.- (Bajando los brazos.) Qué desilusión más grande me acabas de dar.

 

            ARTURO.- ¿Cómo puedes creer que todas esas cosas las hace el amor?

 

            IGNACIO.- El amor es capaz de eso y de muchas más cosas. Lo que sucede es que tú eres un incrédulo; no crees en nada, ni en una cosa tan simple como el amor.

 

            ARTURO.- Lo simple es vulgar.

 

            IGNACIO.- Lo simple es sencillo; lo sencillo, discreto; y la discreción es elegancia.

 

            ARTURO.- No voy a discutir sobre el amor; y menos con un fundamentalista como tú.

 

            IGNACIO.- Deberías abrir tus puertas al amor. De ese modo lo verías todo de otra manera.

 

            ARTURO.- ¿De otra manera?

 

            IGNACIO.- Nada más tienes que fijarte en mí.

 

            ARTURO.- ¿En ti?

 

            IGNACIO.- ¡¿No ves lo feliz que soy?!

 

            ARTURO.- Eso sí es verdad. Rezumas felicidad.

 

            IGNACIO.- Y todo eso es gracias al amor.

 

            ARTURO.- ¿Al amor? ¿Qué amor?

 

            IGNACIO.- Al que siento por Inés.

 

            ARTURO.- Ahí tienes razón; al que tú sientes por Inés, porque lo que es Inés por ti... (Hace gestos y muecas de duda.)

            IGNACIO.- Te equivocas. Has de saber que desde que la conocí en persona, cada vez que nos cruzamos por la calle se ha parado y ha charlado conmigo un rato. (Levantando el brazo en el que no lleva el paquetito, y con el dedo índice levantado.) ¡Es más! Te diré que, incluso, en un par de ocasiones la he invitado a cenar.

 

            ARTURO.- ¡¿Habéis ido a cenar juntos?!

 

            IGNACIO.- He dicho que la he invitado a cenar, no que hayamos ido a cenar.

 

            ARTURO.- (Sonriendo.) Te dio calabazas, ¿eh?

 

            IGNACIO.- No es eso. Simplemente dijo que no; porque las mujeres siempre dicen que no.

 

            ARTURO.- (Incrédulo.) Ya.

 

            IGNACIO.- Es un hecho probado, Arturo. Las mujeres siempre dicen no. Tú nunca crees nada. Son dos cuestiones probadas.

 

            ARTURO.- ¿Dos?

 

            IGNACIO.- Sí. Lo de las mujeres, y que tú nunca crees nada. Dos.

 

            ARTURO.- No me estás convenciendo.

 

            IGNACIO.- Esta tarde en la fiesta le voy a decir lo que siento.

 

            ARTURO.- ¿Otra vez se lo vas a decir?

 

            IGNACIO.- Sí; pero ahora desde una amistad consolidada.

 

            ARTURO.- ¿Llamas amistad consolidada a dos días?

 

            IGNACIO.- Dos días es un periodo de tiempo muy largo. ¡Fíjate en los mosquitos!

 

            ARTURO.- (Que ha comenzado a mirar a su alrededor.) Oye, ¿no había esta tarde aquí una fiesta?

 

            IGNACIO.- Sí.

 

            ARTURO.- Pues no hay mucho ambiente de fiesta.

 

            IGNACIO.- Porque es una fiesta sorpresa, hombre.

 

            ARTURO.- Es que, Ignacio, hemos llegado una hora antes de lo establecido.

 

            IGNACIO.- Sí, ya lo sé.

 

            ARTURO.- ¿Y qué hacemos nosotros aquí con una hora de adelanto? Todavía no están ni los que nos han invitado.

            IGNACIO.- De eso se trata. En las fiestas sorpresas nunca debes llegar a la hora que te citen.

 

            ARTURO.- ¿Ah no?

 

            IGNACIO.- Qué va, hombre. Siempre hay que llegar a la hora que uno quiera; para así darles una sorpresa a todos. Por eso se llaman fiestas sorpresa.

 

            ARTURO.- Es la primera vez que escucho eso. Yo siempre he entendido que la sorpresa es para el homenajeado.

 

            IGNACIO.- ¡Pero si al homenajeado se le sorprende! Yo estuve en una fiesta sorpresa de una prima mía, que después de dos meses todavía le llegaban los invitados. ¡Imagínate la sorpresa!

 

            ARTURO.- Claro. Visto así...

 

            IGNACIO.- (Observando el pequeño paquete que lleva en su mano.) Espero que no se haya dañado con la escalada.

 

            ARTURO.- (Acercándose curioso.) ¿Qué es?

 

            IGNACIO.- El regalo.

 

            ARTURO.- Eso me lo supongo. Me refiero a qué clase de regalo es.

 

            IGNACIO.- Sinceramente, no lo sé.

 

            ARTURO.- ¡Cómo no lo vas a saber! ¿No has comprado tú el regalo?

 

            IGNACIO.- No. Jamás compro ningún regalo.

 

            ARTURO.- No me digas que... (Hace gestos como dando a entender que lo ha robado.)

 

            IGNACIO.- ¡Pero qué dices, Arturo! ¡Que yo soy un defensor de la ley!

 

            ARTURO.- Si yo no digo nada... Cada cual tiene sus manías.

 

            IGNACIO.- Que no. Que te equivocas. Esto es un regalo que me hicieron hace dos años. ¿No te acuerdas que me hicisteis todos una fiesta cuando atrapé a Leonardo Cassinni, el famoso ladrón de obras de arte?

 

            ARTURO.- Sí, es verdad. Todos te regalamos algo por aquella hazaña. Ves, aquello si fue una fiesta sorpresa.

 

            IGNACIO.- (Poniendo cara de incredulidad.) Sorpresa, sorpresa; no sé. Lo cierto es que yo me lo esperaba.

 

            ARTURO.- Engreído.

            IGNACIO.- En fin, de todos los regalos me quedé con uno, con esta cajita.

 

            ARTURO.- ¿Y nunca te ha picado la curiosidad?

 

            IGNACIO.- Aveces. Pero una ducha fría todo lo arregla.

 

            ARTURO.- ¿Se puede saber de dónde has sacado esa costumbre?

 

            IGNACIO.- Es una tradición familiar muy antigua. (Comienza a explicarla.) De cada fiesta sorpresa que te hagan te quedas con un regalo, para tú regalarlo en otra fiesta sorpresa; y así al que tú se lo regalas abre su regalo, que en realidad es el tuyo, te sorprendes. No dirás que no es genial.

 

            ARTURO.- (Perplejo.) Es... Es... Sorprendente.

 

            IGNACIO.- (Ilusionándose.) Yo recibí en una fiesta que me hicieron de pequeño un abrecartas que iba destinado a mi tatatatarabuelo. ¿Cómo lo ves?

 

            ARTURO.- ¿Y vino él a dártelo?

 

            IGNACIO.- ¡Cómo iba a venir el a dármelo! Pasó de generación en generación. ¡Fascinante!

 

            ARTURO.- Es una costumbre curiosa.

 

            IGNACIO.- A que sí.

 

            ARTURO.- Sólo espero que el regalo le guste.

 

            IGNACIO.- Pues claro que le va a gustar.

 

            ARTURO.- Por cierto, ¿quién es? ¿Tú le conoces?

 

            IGNACIO.- ¿Al homenajeado?

 

            ARTURO asiente con la cabeza.

 

            IGNACIO.- De nada. No tengo ni idea de quién es. Por lo que me ha dicho el karateca es un primo de Inés.

 

            ARTURO.- ¿Y por qué se le da una fiesta?

 

            IGNACIO.- Por lo que se ve, ha venido de muy lejos. Debe de ser misionero, o algo así.

 

            ARTURO.- Claro. Entonces se entiende. ¿Y de qué parte de África dices que viene?

 

            IGNACIO.- No sé. Supongo que de Camerún o de Etiopía; pero no lo sé con seguridad.

 

            Quedan en silencio los DOS porque escuchan voces que vienen de la puerta de la calle.

 

            ARTURO.- ¿No escuchas? Parece que viene alguien.

 

            IGNACIO.- Es la voz de Inés. (Coge la mano de ARTURO y se la lleva al corazón.) ¡Mira cómo palpita!

 

            ARTURO.- (Nervioso, y quitándose la mano del pecho de IGNACIO, comienza a correr de un lado a otro de la escena.) ¡Algo hay que hacer! ¡Nos van a pillar! ¡Nos tenemos que esconder! ¡Sí, sí! ¡Escondernos, escondernos! ¡Pero, ¿dónde? ¿dónde?!

 

            IGNACIO lo intercepta en mitad del escenario.

 

            IGNACIO.- (Con mucha serenidad.) Calma, Arturo. Vamos a sentarnos.

 

            Se dirigen al sillón.

 

            ARTURO.- (Mientras se dirige al sillón. Nervioso.)Eso. Eso. Sentarnos. Sentarnos.

 

            IGNACIO.- (Sentándose, y cogiendo una de las revistas que hay sobre la mesa.) La verdad, te creía más sereno. (Dándole una revista a ARTURO.) Toma, lee.

 

            ARTURO coge la revista y se la coloca, sin querer, al revés. IGNACIO se percata de ello y se la coloca derecha. Al instante, entran por la puerta de la calle INÉS y VIRTUDES, mientras IGNACIO y ARTURO hacen como si leyeran.

 

            INÉS.- (Muy acalorada y enfadada.) ¡Me parece indignante! ¡Qué manera de reírse de la gente! ¡Pero yo ya lo veía venir, no te vayas a creer!

 

            IGNACIO.- (A ARTURO, sin bajar la revista ni soltar el paquetito.) Qué carácter. Cuando se enfada está muy bonita, ¿verdad?

 

            INÉS.- (Que continúa enfadada.) ¡Y lo peor de todo es que te quiere meter a ti por medio! ¡Mira, no lo aguando, no lo aguanto!

 

            VIRTUDES.- ¡Por Dios, Inés, cálmate! ¡Que te va a dar algo!

 

            INÉS.- (Muy nerviosa.) Si es que no puedo. Es que me ha puesto muy nerviosa lo que ha hecho el tonto ése.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO, disimulando y sin bajar la revista.) Habla del karateca.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) ¿Cómo lo sabes?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Porque el único tonto que hay es él.

 

            VIRTUDES.- No te preocupes. Lo que tenemos que hacer es seguirle el juego; a ver hasta dónde es capaz de llegar.

 

            INÉS camina por detrás del tresillo, en un segundo plano, de manera nerviosa. VIRTUDES sigue pensativa, en actitud un poco nerviosa, de espaldas al público, y en el mismo plano que INÉS, mirando a la terraza.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Lo que no entiendo es cómo no se han dado cuenta de que estamos aquí.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Muy sencillo. Verás, (Se acerca un poco más a ARTURO.) las mujeres, aunque son preciosas y sumamente inteligentes, tienen un alto grado de egoísmo...

 

            INÉS.- (Que sigue de atrás para allá, nerviosa.) No sé, no sé qué podemos hacer.

 

            IGNACIO.- (Continuando la conversación con ARTURO.) ... Que les crea una barrera que las separa totalmente del mundo, hasta que solucionan su problema.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Qué barbaridad.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) No creas; es un método muy efectivo.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) ¿Ah sí?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) De ese modo siempre tienen un problema, pero nunca varios.

 

            INÉS.- (Caminando de un lado a otro.) Pues algo hay que pensar. Algo hay que pensar.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Vaya teoría la tuya más rara. Entonces, ¿nunca se van a dar cuenta de que estamos dentro de su casa?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Se darán cuenta en el momento que pasemos a formar parte del mundo de su problema.

 

            De repente, VIRTUDES, que estaba mirando a la calle por las cristaleras de la terraza, se da media vuelta.

 

            VIRTUDES.- (Volviéndose.) ¡Ya está!

 

            INÉS.- (Frena en seco, y se dirige a ella con impaciencia.) ¿Ya has encontrado una solución?

 

            VIRTUDES.- Creo que sí.

 

            INÉS.- (Impaciente y nerviosa.) Cuenta, cuenta.

 

            IGNACIO y ARTURO prestan atención sentados en el tresillo.

 

            VIRTUDES.- La solución son Ignacio y Teodoro.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Acabo de entrar en su mundo, e indirectamente tú también. (Deja la revista sobre la mesa y se arregla un poco el cuello de la camisa.) En breves momento se darán cuenta de nuestra presencia; así que prepárate.

 

            INÉS.- ¡¿Ignacio y Teodoro?!

 

            VIRTUDES.- ¡Ignacio y su amigo!

 

            INÉS.- No, no. Ignacio y Teodoro.

 

            VIRTUDES.- (Señalando.) Que Ignacio y su amigo están sentados en el sillón.

 

            IGNACIO y ARTURO disimulan como si estuvieran hablando, pero sin hablar.

 

            INÉS.- (Acercándose a ellos.) ¿Qué hacéis vosotros aquí?

 

            IGNACIO.- Nos han invitado a una fiesta sorpresa que se celebra aquí.

 

            VIRTUDES.- (Llevándose las manos a la cabeza.) ¡Caramba! ¡La fiesta sorpresa! Con todos estos líos se me había olvidado. (A INÉS.) ¡Hay que preparar las cosas!

 

            INÉS.- (A VIRTUDES.) Tienes razón. Pero, ¿dónde estará?

 

            IGNACIO.- Donde estará ¿quién?

 

            Ninguna de las DOS les hacen caso.

 

            VIRTUDES.- (A INÉS.) No lo sé. Si lo habíamos dejado aquí para preparar la cena.

 

            IGNACIO.- (Poniéndose de pie.) Pero ¿quién?

 

            Siguen sin escucharlo.

 

            INÉS.- (A VIRTUDES.) ¿No estará por las habitaciones? ¿o en el baño?

 

            IGNACIO.- (Cada vez más nervioso.) ¡Pero quién, por Dios, quién!

 

            VIRTUDES.- (A INÉS.) Miremos, entonces, a ver si está por ahí dentro. (Señalando las habitaciones.)

 

            INÉS.- (A VIRTUDES.) De acuerdo.

 

            Desaparecen INÉS y VIRTUDES por la puerta de las habitaciones. Quedan en el escenario ARTURO e IGNACIO, que en todo momento va con el paquetito en la mano.

 

            IGNACIO.- (Con la mirada perdida, y con voz cansina.) Pero ¿quién?

 

            ARTURO.- Bueno, parece que nos encontramos de nuevo fuera de su mundo. Ha sido más corto de lo que imaginaba.

 

            IGNACIO.- (Caminando con la mirada perdida.) Yo solo quería saber quién.

 

            ARTURO.- Quién qué.

 

            IGNACIO.- (Volviendo en sí, y girándose hacia ARTURO.) Me gustaría saber quién es al que están buscando.

 

            ARTURO.- Pero qué más te da. Nosotros estamos aquí por una fiesta; o sea, estamos aquí para divertirnos.

 

            IGNACIO.- (Haciendo gestos con el dedo índice.) No, no, no, no. (Señalando a ARTURO.) Tú estarás aquí para divertirte. Yo, en cambio, estoy aquí para conseguir esposa.

 

            ARTURO.- (Resignado.) Ya estamos.

 

            IGNACIO.- Efectivamente, ya estamos aquí. Tú a tus divertimentos, y yo a mis casorios.

 

            ARTURO.- Mira, Ignacio, yo no sé si me divertiré; la tarde es larga. Pero muy larga tiene que ser para que tú hoy encuentres esposa aquí.

 

            IGNACIO.- ¿Qué insinúas?

 

            ARTURO.- Lo evidente.

 

            IGNACIO.- ¿Supones que no soy capaz de enamorar a una chica como Inés?

 

            ARTURO.- Yo te veo capaz de lo que sea por ella; si ganas no te faltan. Pero a ella no la veo yo muy por la labor.

 

            IGNACIO.- (Extrañado.) No entiendo. Explícate, por favor.

 

            ARTURO.- Verás, hace un rato nos estaban dirigiendo la palabra, pero hace un rato más pequeño han dejado de hacernos caso.

 

            IGNACIO.- ¿Y?

 

            ARTURO.- Pues eso; que pasan de nosotros. Que no existimos, vamos.

 

            IGNACIO.- (Aliviado.) ¡Ah! Por eso no te preocupes. Dentro de un rato volveremos a estar en su problema, y volveremos a su mundo.

 

            ARTURO.- Si tú lo dices.

 

            Vuelven INÉS y VIRTUDES, que aparecen por la puerta de las habitaciones.

 

            INÉS.- (A VIRTUDES, mientras caminan hacia el centro de la escena.) ¿Dónde podrá estar este chico?

 

            VIRTUDES.- Qué extraño. Tal vez los amigos de Héctor sepan algo.

 

            IGNACIO.- (De pie, junto a ARTURO, siguiendo la conversación.) (A ARTURO.) ¡Qué te dije! Ya entramos de nuevo en su mundo. Bienvenido.

 

            ARTURO.- (Con resignación.) Qué ilusión.

 

            INÉS.- (Sorprendida; como si no los hubiera visto antes.) ¡Qué casualidad, pero si están aquí!

 

            VIRTUDES.- ¡Genial! Venís como caídos del cielo. ¿Qué hacéis por aquí?

 

            ARTURO.- (Sorprendido. A IGNACIO.) ¡Nos están preguntando lo mismo!

 

            IGNACIO.- Pues es que... (Es cortado por VIRTUDES, que no le deja terminar.)

 

            VIRTUDES.- En realidad, no me interesa nada lo que estéis haciendo aquí. Mi (Rectifica.), bueno, nuestra, de Inés también, curiosidad es saber si habéis visto por la casa a algún chico.

 

            IGNACIO.- Como no des más datos...

 

            INÉS.- Se llama Teodoro.

 

            IGNACIO.- No. No lo hemos visto.

 

            VIRTUDES.- Entonces, ¿quién os a abierto la puerta?

 

            ARTURO.- Pues... (Es interrumpido por VIRTUDES.)

 

            VIRTUDES.- No me iréis a decir que habéis encontrado la puerta abierta.

 

            ARTURO.- (Dando una palmada.) Me lo has quitado de la boca.

 

            VIRTUDES.- (Incrédula.) No me digas...

 

            ARTURO.- (Señalándose la lengua.) Mira, aquí lo tenía. Aquí, aquí. Mira, todavía quiere salir. (Hace el gesto de tragar saliva.) ¡Ea, ya no sale!

 

            INÉS.- Bueno, ¿lo habéis visto o no?

 

            IGNACIO.- Que no; que no. De verdad.

 

            ARTURO.- Ni siquiera lo conocemos.

 

            VIRTUDES.- ¿Cómo que no le conocéis?

 

            INÉS.- ¡Si habéis venido a su fiesta!

 

            IGNACIO.- Todo lo que tú quieras; pero no le conocemos.

            INÉS.- (Desilusionada.) Pues vaya plan...

 

            Suena el teléfono.

 

            VIRTUDES.- (Alterada.) ¡Debe de ser él! (Corre hacia el teléfono.)

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Para mí que esta chica está loquita por el Leopoldo ése.

 

            VIRTUDES.- (Contestando, alterada, al teléfono.) ¿Si, dígame? ¿Teodoro?

 

            ARTURO.- (Nuevamente a IGNACIO.) Perdón, quise decir por el Teodoro ése. (Dándose cuenta del error anterior.)

 

            VIRTUDES.- (Al aparato.) Ah sí. Disculpe; es aquí, es aquí. Un momentito que ahora mismo se pone. (Tapa el auricular con la mano y hace gestos a INÉS, a la que habla en voz baja.) Es para ti. De la empresa “Consulting Publicidad”.

 

            INÉS, al oír esto, se pone muy nerviosa y comienza a dar paseos por el escenario, de manera muy ligera.

 

            VIRTUDES.- (Que continúa tapando el teléfono y hablando bajo.) ¡Inés! ¡Inés! ¡Ponte!

 

            INÉS, que sigue caminando, hace gestos negativos con la cabeza. IGNACIO, que sigue con el regalito en la mano, y ARTURO siguen la conversación atónitos.

 

            INÉS.- (Muy nerviosa y acelerada. En voz baja.) Que no. Que no puedo. Que estoy muy nerviosa.

 

            VIRTUDES.- (Se vuelve a poner al aparato.) Un momento, por favor, no se retire. (Vuelve a tapar el auricular.) (A INÉS, en voz baja.) ¡Inés! ¿Te vas a poner o no?

 

            INÉS.- (También en voz baja.) ¡Qué no!

 

            VIRTUDES.- (A IGNACIO y a ARTURO, que siguen atónitos la situación. En voz baja.) ¡Eh, vosotros! ¡Queréis hacer algo!

 

            IGNACIO.- (En voz baja.) ¿De qué se trata?

 

            VIRTUDES.- (Se vuelve a poner al aparato.) ¿Oiga? Un momentito, por favor. Es que han bajado a la calle a avisarla, porque ahora mismo estaba ayudando a un anciano a cruzar la calle. Gracia. (Vuelve a cubrir el aparato, volviendo a bajar su tono de voz.) (A IGNACIO y a ARTURO.) ¡Pues ésta, (Señalando a INÉS.) que la llaman de una empresa de publicidad para decirle el resultado de una entrevista, y mira, ahora le da susto! ¡Apañados estamos!

 

            IGNACIO.- (Acercándose a INÉS.) Pero eso no puede ser, criatura.

 

            INÉS ha parado de caminar, sentándose en el tresillo con la cabeza agachada abrazando un cojín. IGNACIO se sienta junto a ella, y poniendo el dedo índice bajo la barbilla de INÉS, va levantando su cara suavemente, mientras le habla con mucha tranquilidad.

 

            IGNACIO.- (Muy sereno.) A ver, cuéntame. ¿Por qué no quieres ponerte?

 

            INÉS.- (Con voz tenue y quejosa.) No sé. Quizás tenga miedo.

 

            IGNACIO.- (Que continúa con una voz tranquila. Sigue sujetando el paquetito.) ¿Miedo a qué? ¿A que te elijan? ¿A que no te elijan?

 

            INÉS.- (Con voz tenue.) Pienso que miedo a que no me elijan.

 

            IGNACIO.- ¿Y eso?

 

            INÉS.- (Tenuemente. Apocada.) Me imagino que si no me eligen en esta empresa, al llevar tanto tiempo fuera de ese mundo laboral será más complicado que me llamen; ni siquiera para entrevistarme.

 

            IGNACIO.- Eso no debe preocuparte ahora. Tarde o temprano cada persona encuentra su lugar. Todos formamos parte de un puzzle muy bonito. Todos tenemos nuestro rinconcito; y si ése (Señalando al teléfono.) no es el tuyo, pues no desesperes que ya llegará. Mientras tanto, y hasta ese día, disfruta el camino; y si en el camino, en algún momento, te quedas sin fuerzas (Le coge la mano.) toma mi mano, que yo te acompañaré.

 

            INÉS se levanta despacio, siempre cogida de la mano de IGNACIO, que en la otra sigue llevando el paquetito. Se dirigen al teléfono.

 

            VIRTUDES.- (Retirando la mano del aparato, y hablando al teléfono con voz satisfecha y contenta.) Un momentito, que ya la veo aparecer por la puerta.

 

            ARTURO.- (Para sí mismo; medio llorando de emoción.) ¡Estaré tonto! Pues no me he emocionado y todo.

 

            INÉS coge el teléfono que le cede VIRTUDES, que se coloca junto a ARTURO. Mientras habla por el auricular está cogida de la mano de IGNACIO, en señal de apoyo.

 

            INÉS.- (Con un poco de miedo.) ¿Sí, dígame? (Pausa.) Soy yo. (Pausa.) ¿Cómo dice? (Pausa.) Muy bien. Muchas gracias. (Mira a VIRTUDES poniendo cara de sorpresa.) Ahí estaré. De acuerdo. Muchas gracias. (Cuelga.)

 

            Se produce un breve silencio. Todos esperan que INÉS les informe del resultado. INÉS mira despacio a ARTURO, a VIRTUDES y, posteriormente a IGNACIO, que se aferra con más fuerza a su mano. Éstos, a su vez, la miran expectantes. La mirada de INÉS se detiene en los ojos de IGNACIO.

 

            INÉS.- (Respirando aliviada. Mirando a IGNACIO.) Me han cogido. Muchas gracias, Ignacio. (Se abraza a él. IGNACIO no sabe muy bien ni cómo ni dónde poner las manos.)

 

            VIRTUDES.- ¡Estupendo!

            ARTURO.- ¡Maravilloso!

 

            IGNACIO.- (A INÉS, que sigue abrazada a él.) Te felicito. Te lo mereces. (Mueve las manos de un sitio a otro, sin saber dónde colocarlas.)

 

            VIRTUDES y ARTURO se acercan para felicitar a INÉS, que se separa de IGNACIO, y le dan dos besos.

 

            VIRTUDES.- Muchas felicidades, Inés.

 

            INÉS.- Gracias.

 

            ARTURO.- Enhorabuena, Inés.

 

            INÉS.- Muchas gracias. ¡Estoy emocionada!

 

            VIRTUDES.- ¡Esto hay que celebrarlo!

 

            ARTURO.- ¡Eso! ¡Vayamos a tomar algo!

 

            IGNACIO.- ¡Me apunto!

 

            INÉS.- (Intentando contener la alegría de los demás.) No podemos; tenemos que preparar una fiesta sorpresa.

 

            VIRTUDES.- (Con resignación.) Es verdad. ¡Qué aguafiestas!

 

            ARTURO.- (Muy alegre.) ¡No hay por qué preocuparse! Como es una fiesta sorpresa, pues no se la espera.

 

            IGNACIO.- Claro. Así al no esperársela pues no la echa de menos.

 

            VIRTUDES.- ¡Buena idea! Me habéis convencido.

 

            INÉS.- (Dubitativa.) Pero...

 

            ARTURO.- ¡Ni pero ni nada! ¡Vayámonos! Si será sólo un momento.

 

            INÉS.- (Medio convencida.) No sé, no sé...

 

            IGNACIO.- (Cogiéndola de la mano, y llevándosela en dirección a la puerta de la calle.) Que sí, que sí. ¡Venga, vámonos ya!

 

            INÉS.- (Arrastrada de la mano por IGNACIO.) Pero solo un momento, ¿eh? (Hacen los DOS mutis por la puerta de la calle.)

 

            En el escenario quedan VIRTUDES y ARTURO. VIRTUDES coge una hoja y se pone a escribir en ella.

 

            ARTURO.- ¿Por qué te pones a escribir ahora?

            VIRTUDES.- Es una nota para Teodoro.

 

            ARTURO.- Para qué.

 

            VIRTUDES.- Para que no se preocupe si no nos ve. No me imagino una fiesta sorpresa sin invitados.

 

            ARTURO.- ¡Si no vamos a tardar nada! Cuatro refrescos, dos aceituna, y para arriba. Total, cinco minutos.

 

            Entra IGNACIO por la puerta.

 

            IGNACIO.- (A los DOS.) ¡Venga, que el ascensor espera!

 

            ARTURO.- ¡Voy! (Hace mutis por la puerta de la calle.)

 

            IGNACIO.- (A VIRTUDES.) ¡Vamos, Virtudes!

 

            VIRTUDES.- (Coloca la nota sobre la mesita del salón.) Aquí creo que la verá. (También hace mutis por la puerta.)

 

            IGNACIO que estaba en la entrada de la puerta es el último en irse. Una vez que pasa junto a él VIRTUDES también desaparece. Pasados cinco segundos, entran por la puerta de la calle TEODORO y HÉCTOR, en este orden.

 

            TEODORO.- (Con síntomas de estar fatigado.) Lo que no comprendo, Héctor, es por qué hemos tenido que subir por las escaleras, existiendo el ascensor, que es un invento hermosísimo.

 

            HÉCTOR.- Hay que hacer ejercicio, amigo Teodoro.

 

            TEODORO.- Sí, pero precisamente ahora... (Se sienta en el sofá.)

 

            HÉCTOR.- Cualquier momento es bueno. Hay que aprovechar cada segundo. Es bueno para la circulación; y bueno para el aspecto físico; y bueno...

 

            TEODORO.- (Interrumpiéndole.) Déjalo, no sigas. Nunca me vas a convencer.

 

            HÉCTOR.- (Sentándose junto a TEODORO.) Está bien. Tú lo has querido; si quieres convertirte en un barril de cerveza...

 

            TEODORO.- ¡Qué exagerado!

 

            HÉCTOR.- Di lo que quieras. Pero yo nunca he visto un barril de cerveza con una chica.

 

            TEODORO.- Ni yo una chica contigo.

 

            HÉCTOR.- Tienes razón. Pero eso es porque me conoces de hace poco.

 

            TEODORO.- (Poniéndose de pie.) ¡Exacto! Y por eso habrás de saber que tengo los ojos puestos en una chica, y creo que esa chica siente algo por mí. Como futuro barril cervecero me hace muy, pero que muy feliz.

 

            HÉCTOR.- (Poniéndose rápidamente de pie.) ¿No te estarás refiriendo a Virtudes, verdad?

 

            TEODORO.- Qué más da; lo importante es que voy a estabilizar mi vida.

 

            HÉCTOR.- (Nervioso y un poco alterado.) ¡¿Con Virtudes?!

 

            TEODORO.- (Dirigiéndose al centro del escenario.) ¡Qué pesadito! ¡Sí, sí, sí, con Virtudes! ¿Contento?

 

            HÉCTOR.- (Cariacontecido.) Pues, la verdad, no mucho.

 

            TEODORO.- ¿A ti que más te da?

 

            HÉCTOR.- Hombre... Me importa mucho... Y me importa nada.

 

            TEODORO.- ¿Qué quiere decir “nada”?... ¿Y qué quiere decir “mucho”?

 

            HÉCTOR.- Quiere decir que me importa mucho porque se refiere a la chica que ocupa mi vida.

 

            TEODORO.- No comprendo...

 

            HÉCTOR.- La chica con la que me voy a casar.

 

            TEODORO.- ¿Ella lo sabe?

 

            HÉCTOR.- Claro que lo sabe. Fue ella quien insistió en que nos teníamos que casar.

 

            TEODORO camina despacio, entre sorprendido y aturdido, por el escenario.

 

            TEODORO.- (Mientras camina, y sin mirar a HÉCTOR, con voz apagada.) ¿Y para cuándo es la boda?

 

            HÉCTOR.- Le estoy dando un poco de largas. Ya sabes cómo son las mujeres. ¡Hay que hacerlas sufrir!...

 

            TEODORO.- (Que continúa caminando, de manera pausada, sin escuchar lo que dice HÉCTOR, y con la misma voz apagada, casi hablando para sí mismo.) Yo pensaba...

 

            HÉCTOR.- (Que sigue hablando.) Pero para el año que viene la pondré contenta.

 

            TEODORO.- (De la misma manera.) Yo creí...

 

            HÉCTOR.- (Que se da cuenta de que TEODORO no le hace caso.) ¡Eh! ¡Teodoro! (Levantando la mano para hacerse ver.) ¡Que estoy aquí! ¿Qué te pasa?

            TEODORO.- (Dándose por aludido; deteniendo su caminar; y mirando a HÉCTOR. Con la voz un poco apagada.) Ah, sí. Perdona. Nada, nada. Estaba pensando...

 

            HÉCTOR.- (Con una media sonrisa.) Yo sé en qué.

 

            TEODORO comienza de nuevo a caminar de manera pausada, con las manos en los bolsillos.

 

            HÉCTOR.- (Continuando.) En Virtudes. ¡Pero hombre, Teodoro! (Ríe.) ¿No te das cuenta? ¿Cómo una chica como ella se va a fijar en ti?

 

            TEODORO.- (Parando su caminar. Se da media vuelta, levanta la mirada hacia HÉCTOR y, todavía, con voz apagada.) ¿Y por qué no se podía haber fijado en mí?

 

            HÉCTOR.- Pero mírate, hombre. Mírate.

 

            TEODORO se contempla a sí mismo.

 

            HÉCTOR.- (Continuando.) Eres un don nadie. Un tipo de provincias.

 

            TEODORO.- Tengo una carrera universitaria.

 

            HÉCTOR.- Y de qué sirve tener una... (Incapaz de recordar esa palabra.) Eso que has dicho.

 

            TEODORO.- (Interrumpiéndolo.) Una carrera universitaria.

 

            HÉCTOR.- Como se diga. De qué te sirve, dime, si resulta que eres un provinciano.

 

            TEODORO.- Pero eso siempre lo voy a ser.

 

            HÉCTOR.- Más a mi favor. Lo siento, pero no tienes ninguna esperanza de conseguir chica.

 

            TEODORO.- Pues en mi ciudad hay un montón de gente casada.

 

            HÉCTOR.- ¡Provincianitos con provincianitas! ¡No podéis optar a nada más! Pero para casarse con una mujer que merezca la pena (De manera categórica.) hay - que - ser - de - Ma - drid.

 

            TEODORO.- Me dejas hundido...

 

            HÉCTOR.- Lo siento, amigo, pero esto es así.

 

            TEODORO.- (Con voz triste.) Desolado...

 

            HÉCTOR.- Aquí no tienes nada que hacer.

 

            TEODORO.- (Con voz triste.) ¿Dónde voy a ir ahora?

 

            HÉCTOR.- Como comprenderás, aquí no te puedes quedar.

 

            TEODORO.- Es lo lógico. Tengo que buscar otro apartamento...

 

            HÉCTOR.- (Se apresura a rectificarle.) Querrás decir otra ciudad. Esto a los de provincia os viene grande.

 

            TEODORO.- Claro, visto así.

 

            HÉCTOR.- Te lo digo como amigo. (Le pone la mano en el hombro.) Lo mejor es que te vayas.

 

            TEODORO.- Sí, pero...

 

            HÉCTOR.- No dudes.

 

            TEODORO.- ¿Y el trabajo? ¿Qué hago con el trabajo?

 

            HÉCTOR.- (Con firmeza.) ¡Déjalo! ¡Abandónalo! ¡Esa empresa en la que estás es demasiado para ti! ¡No la mereces!

 

            TEODORO.- (Resignado.) Tienes razón; lo mejor es que vaya haciendo las maletas.

 

            HÉCTOR.- Te acompaño. (Hace un gesto de alegría, sin que lo aprecie TEODORO.)

 

            Hacen los DOS mutis por la puerta de las habitaciones. Al instante, entran INÉS, VIRTUDES, IGNACIO Y ARTURO por la puerta de la calle. ARTURO con una cerveza en una mano, y en la otra un platito con cacahuetes. IGNACIO sigue llevando en la mano el regalito.

 

            IGNACIO.- ¡Desde luego, Inés, creí que cuando dijiste un momentito lo decías en sentido figurado!

 

            INÉS.- Es que tenemos que preparar la fiesta.

 

            VIRTUDES.- ¡Tengo la tónica todavía por la garganta!

 

            ARTURO.- (A VIRTUDES, poniéndole el plato delante.) ¿Unos cacahuetes?

 

            INÉS.- Ya hemos festejado lo de mi trabajo...

 

            ARTURO.- (Con retintín.) ¡Guau! ¡Qué festín!

 

            INÉS.- (Continuando.) ...Y ahora vamos a preparar la fiesta de mi primo.

 

            IGNACIO.- Pues tú dirás en qué podemos ayudar.

 

            INÉS.- ¡Empecemos! (A VIRTUDES.) Virtudes, trae el mantel que hay en la cocina, para ponerlo en la mesa.

            VIRTUDES.- ¡Voy volando! (Desaparece por la puerta de la cocina.)

 

            INÉS.- (A ARTURO.) Arturo, por favor, despeja la mesa de revistas y ceniceros.

 

            ARTURO.- Muy bien. (Comienza a recoger las revistas y ceniceros de la mesa, y los coloca en un mueble que hay en el foro central, junto a la terraza.)

 

            IGNACIO.- ¿Y yo?

 

            INÉS.- Ves a la cocina, y en el segundo cajón están las cucharillas; en el primer estante están los platos. Trae unos... Somos (Comienza a contar de memoria.) dos, cuatro... Trae seis platos y seis cucharillas.

 

            IGNACIO.- Estupendo. (Mientras se dirige a la cocina.) Bueno, Inés, ¿y tú que vas a hacer?

 

            INÉS.- Organizar todo esto. ¡¿Te parece poco?! (Se sienta en el sillón que hay a la izquierda del escenario, controlando con la mirada la puerta de la cocina, de las habitaciones y la terraza.)

 

            ARTURO.- (Que ya ha recogido la mesa.) (A INÉS. Sentándose.) Ya está lista la mesa.

 

            INÉS.- Muy bien. Pues nada más entrar en la cocina verás a mano izquierda un estante; ahí debe de haber unas tazas de café. Me harías una reina si me las colocaras sobre la mesa.

 

            Entra VIRTUDES con el mantel y las servilletas.

 

            ARTURO.- (Se levanta. A INÉS, con acento cubano.) A sus órdenes mi ama. (Desaparece por la puerta de la cocina.)

 

            VIRTUDES.- (A INÉS, mientras pone el mantel en la mesa.) Lo que me pregunto es dónde estará Teodoro.

 

            INÉS.- ¡Vete tú a saber!

 

            VIRTUDES.- A ver si la sorpresa nos la da él...

 

            INÉS.- ¿A qué te refieres?

 

            VIRTUDES.- (Colocando las servilletas) No sé. Tengo una sensación muy extraña.

 

            INÉS.- Eso son los nervios de enamorada.

 

            VIRTUDES.- No sé qué hacer.

 

            INÉS.- De momento, un poquito de café. Así cuando comience la fiesta habrá café recién hecho.

 

            VIRTUDES.- (Caminando para la cocina.) Siento algo raro, siento algo raro... (Desaparece.)

 

            Aparece IGNACIO por la puerta de la cocina. Lo trae todo en una bandeja. Sigue llevando el paquetito.

 

            IGNACIO.- Aquí está todo. (Coloca la bandeja sobre la mesa.)

 

            INÉS.- (Levantándose.) Muy bien, muy bien.

 

            IGNACIO.- ¿Cómo lo coloco?

 

            INÉS.- (Señalando a los sillones y al sofá. Hablando muy veloz, y gesticulando apresuradamente.) Aquí pones uno, aquí otro y aquí el resto.

 

            IGNACIO.- Cómo.

 

            INÉS.- (Igual de rápido.) Aquí pones uno, aquí otro y aquí el resto.

 

            IGNACIO.- (Cariacontecido.) Pos vale. Mejor lo dejo aquí y cada cual que coja el suyo.

 

            Aparece ARTURO cargando con las tazas de café.

 

            ARTURO.- Ya estoy aquí. (Poniéndolas sobre la mesa.) ¿Las pongo de alguna manera en especial?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) A ver si eres capaz de colocarlas donde ella de diga.

 

            INÉS.- (A ARTURO. Hablando rápido y moviendo las manos a gran velocidad.) Aquí uno, aquí otro y aquí el resto.

 

            ARTURO.- Cómo.

 

            IGNACIO.- (Aparte.) ¡Repetimos!

 

            INÉS.- (Igual.) Aquí uno, aquí otro y aquí el resto.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) No consigo enterarme.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Bienvenido al club.

 

            ARTURO.- (A INÉS.) Creo que mejor los dejaré aquí todos juntitos, (Coloca las tazas junto a los platos y los cubiertos.) y que cada cual se sirva.

 

            INÉS.- (Resignada.) Está bien, haced lo que queráis.

 

            Entra por la puerta de la cocina VIRTUDES.

 

            VIRTUDES.- Ya he puesto a hacer el café. En un momento estará.

            INÉS.- ¿Y el azúcar?

 

            VIRTUDES.- (Mostrándolo en la mano.) Aquí lo traigo.

 

            INÉS.- (Contenta.) ¡Ésa es mi niña!

 

            VIRTUDES.- ¿Por qué no habéis ordenado un poco la mesa?

 

            IGNACIO.- Es que...

 

            ARTURO.- (Interrumpiéndole.) Es que como nos lo dice Inés no nos convence.

 

            VIRTUDES.- (A INÉS.) ¿Y cómo quieres que lo ordenen?

 

            INÉS.- (Hablando y gesticulando rápido.) Aquí pones uno, aquí otro y aquí el resto.

 

            VIRTUDES.- Pues a mí me parece muy razonable. Claro que sí. (Comienza a colocar las tazas, los platos y los cubiertos alrededor de la mesa.)

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) No lo comprendo.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Ni lo intentes. Las mujeres son así. Te llevaría años.

 

            VIRTUDES.- Lo que sí deberíamos hacer es ir sacando la tarta.

 

            IGNACIO.- ¡La tarta! ¡Excelente idea!

 

            Se quedan mirando unos a otros, esperando a ver quién se decide a ir a la cocina a por la tarta. Al poco rato interrumpe el silencio INÉS.

 

            INÉS.- ¡Está bien, iré yo! (Marcha hacia la cocina.)

 

            Suspiran aliviados VIRTUDES, ARTURO e IGNACIO.

 

            ARTURO.- ¡Menos mal! Creí que no se iba a decidir nadie.

 

            VIRTUDES.- También tenemos que ir sacando los regalos. ¿Qué le habéis traído?

 

            IGNACIO.- (Todavía con el paquetito en la mano.) Es una sorpresa.

 

            ARTURO.- (Al aire.) ¡Y tanto que es una sorpresa!

 

            INÉS entra con la tarta en las manos.

 

            IGNACIO.- (Refiriéndose a la tarta.) ¡Qué cosa más bonita!

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) ¿Quién, la tarta o Inés?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO. Mientras tanto Inés y Virtudes colocan en la mesa la tarta, y ordenan un poquito los platos.) La tarta, hombre.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Ah, bueno. La verdad es que tienes razón.

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Desde luego que tengo razón. ¡Mírala, mírala! ¡Si es que me está diciendo cómeme!

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) ¿La tarta o Inés?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) La tarta, hombre. La tarta.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) Claro, claro, en qué estaría pensando.

 

            Mientras INÉS y VIRTUDES hablan sin que se les escuche. De repente INÉS suelta una carcajada.

 

            IGNACIO.- (Suspirando al verla.) Y es que es tan linda...

 

            ARTURO.- (A IGNACIO.) La tarta, ¿no?

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) Pero qué tarta ni qué tarta.

 

            ARTURO.- (A IGNACIO. Extrañado.) Pues la tarta...

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) ¡Ah, la tarta! (Sin darle importancia.) Sí, Arturo, sí. La tarta.

 

            VIRTUDES.- (A TODOS.) ¡Bueno! Ya solo falta el homenajeado.

 

            IGNACIO.- ¡Eso, eso!

 

            VIRTUDES.- (A INÉS.) ¿Has mirado si ya estaba listo el café?

 

            INÉS.- Ya lo he apagado.

 

            ARTURO.- Entonces, solo falta esperar.

 

            IGNACIO.- Esperemos pues.

 

            Se sientan los cuatro. INÉS y VIRTUDES en el sofá, ARTURO en el sillón de la izquierda, e IGNACIO en el sillón más cerca de la puerta de la cocina. Mientras están sentados todos van mirando a su alrededor, haciendo tiempo. ARTURO silba una melodía muy tenue.

 

            IGNACIO.- (Rompiendo el hielo.) Pues muy bien.

 

            ARTURO.- Ya te digo.

 

            IGNACIO.- Y tanto.

            Vuelve a hacerse un silencio, en el que todos mueven los ojos disimuladamente de un lado a otro.

 

            IGNACIO.- (Rompiendo nuevamente el hielo.) Ha pasado un ángel.

 

            ARTURO.- Pues yo no lo he visto.

 

            VIRTUDES.- Yo llevo cinco años viviendo aquí y nunca he visto ninguno.

 

            IGNACIO.- A lo mejor es que no habéis coincidido.

 

            VIRTUDES.- Es lo más probable.

 

            IGNACIO.- Figúrate, yo estuve hasta los siete años sin saber quién era yo.

 

            INÉS.- ¿Y ya lo sabes?

 

            IGNACIO.- Bueno... Me he creído el nombre que me dije, y no creo que me engañe. Parezco buena gente.

 

            Entra por la puerta de las habitaciones TEODORO, que estaba haciendo las maletas junto a HÉCTOR, porque se le ha olvidado un libro.

 

            TEODORO.- (Entrando.) ¡Uy! Se me olvidaba el libro de...

 

            Al escucharlo, todos se levantan para felicitarle.

 

            INÉS.- ¡Bienvenido, primito! (Se acerca a él, y le da dos besos. TEODORO se queda sorprendido, sin saber qué decir.)

 

            ARTURO.- (Dándole un abrazo.) Aunque no nos conocemos, sé bienvenido.

 

            TEODORO.- (Sorprendido y extrañado.) Sí, ya. Gracias, pero...

 

            IGNACIO.- (Abrazándolo.) Quiero que sepas que en mí tienes lo que necesites; un amigo; un hermano; un primo... Lo que sea.

 

            TEODORO.- (Sorprendido.) Es que yo...

 

            VIRTUDES.- (Dándole dos besos.) Bienvenido, Teodoro.

 

            TEODORO.- (Reaccionando.) Os lo agradezco. Pero no me deis bienvenida porque me tengo que marchar.

 

            VIRTUDES.- ¡¿Que te tienes que marchar?!

 

            INÉS.- ¡Anda éste! ¿Adónde?

 

            TEODORO.- (Nervioso.) Veréis, me han llamado de un periódico muy importante de Copenhague... Y, claro, no podía decirles que no.

            VIRTUDES.- No entiendo...

 

            IGNACIO.- Mira, llevo muchos años en el oficio de detective, y puedo asegurar en este momento que lo que (Vuelve la cabeza hacia TEODORO.) estás diciendo no te lo crees ni tú.

 

            TEODORO agacha la cabeza.

 

            INÉS.- ¿Qué sucede, Teodoro?

 

            TEODORO.- (Caminando hacia el sofá, y sentándose en él.) Tenéis razón. La verdad es que no me han ofrecido ningún trabajo en Dinamarca.

 

            VIRTUDES.- (Sentándose junto a él.) ¿Entonces?

 

            TEODORO.- He estado hablando tranquilamente con un amigo, y él ha sido quien me ha abierto los ojos. En realidad yo vine aquí, a la capital, desechando ofertas importantes, solamente para estar más cerca de ti, Virtudes...

 

            VIRTUDES.- ¿De verdad?

 

            TEODORO.- Yo creí... En fin, yo pensaba (Mirando a VIRTUDES.) que sentías algo por mí; pero al enterarme que te vas a casar pues yo... (Le interrumpe VIRTUDES.)

 

            VIRTUDES.- (Levantándose sorprendida.) ¡¿Que me voy a qué?!

 

            TEODORO.- También me hizo ver este amigo, y que tiene razón, es que tú eres demasiada mujer para mí, y que Madrid es demasiado ciudad para mí.

 

            IGNACIO.- ¡Vaya amigo tienes!

 

            ARTURO.- ¡Es un primor!

 

            TEODORO.- Yo lo he pensado, y por mucho que me cueste irme he de hacerlo.

 

            INÉS.- ¿Y cómo se llama tu amigo?

 

            TEODORO.- Es el prometido de Virtudes.

 

            VIRTUDES.- ¡¿Mi qué?!

 

            TEODORO.- Se llama Héctor.

 

            INÉS.- (Aliviada.) ¡Acabáramos!

 

            ARTURO.- ¡Jo, con el karateca!

 

            INÉS.- Desde luego, primito, eres más inocente...

 

            TEODORO.- (Confuso.) ¿Qué pasa?

            INÉS.- (Sentándose a su lado izquierdo; en el derecho está VIRTUDES.) Pasa que Héctor solo va por el dinero. En realidad Héctor era mi prometido...

 

            IGNACIO.- (A ARTURO.) ¿Ha dicho era, o son ilusiones mías?

 

            INÉS.- ... Y al creer que Virtudes es la dueña de la casa y yo su asistenta, éste a mis espaldas le pidió la mano a Virtudes...

 

            IGNACIO.- ¡Qué malvado, el tío!

 

            TEODORO.- (Reaccionando.) Entonces, (A VIRTUDES.) ¿no es tu novio?

 

            VIRTUDES.- ¡Qué va a ser ése mi novio! ¡Quita, quita!

 

            TEODORO.- (Agachando la cabeza.) Pero en lo de Madrid sí tiene razón.

 

            INÉS.- Pero si Héctor nació en El Ferrol.

 

            ARTURO.- ¡Jo, con el Héctor! Es una mentira en sí mismo.

 

            TEODORO.- (Levantándose feliz.) Entonces, (A VIRTUDES.) ¿ni es tu prometido, ni es de Madrid, ni nada de nada?

 

            VIRTUDES.- (Confirmándolo.) Nada de nada.

 

            TEODORO se arrodilla ante VIRTUDES, que sigue sentada.

 

            TEODORO.- (A VIRTUDES.) ¿Te quieres casar conmigo?

 

            VIRTUDES.- ¡Me encantaría! (Se ponen de pie. Se abrazan y se besan.)

 

            IGNACIO.- ¡Que estampa más bonita! ¡¡Viva el amor!!

 

            INÉS.- ¡¡Viva!! (Se pone de pie.)

 

            IGNACIO se acerca a INÉS.

 

            IGNACIO.- (A INÉS.) Y aprovechando tanta felicidad... ¿Te quieres casar conmigo?

 

            INÉS.- De momento, vas por buen camino. (Se abrazan y se besan.)

 

            ARTURO.- ¡Ahora sí se te puede decir bienvenido, Teodoro, y muchas felicidades!

 

            TODOS (Excepto TEODORO.) ¡¡Bienvenido!!

 

            IGNACIO.- Toma, éste es el regalo de Arturo y mío.

 

            Le entrega el paquetito que durante todo el tiempo ha mantenido colgado de su dedo de la mano. TEODORO lo abre. Todos se acercan alrededor de TEODORO.

 

            VIRTUDES.- ¿Qué es?

 

            INÉS.- A ver, a ver.

 

            TEODORO.- (Sorprendido.) Unas entradas para ir al cine... ¡De hace dos años!

 

            ARTURO.- (Avergonzado, a IGNACIO.) ¡Qué vergüenza! ¡Mira, rojo me estoy poniendo! ¡Qué bochorno!

 

            IGNACIO.- (Contento, a TEODORO.) Eso sí que no te lo esperabas, ¿eh?

 

            TEODORO.- (Todavía sorprendido.) La verdad es que no.

 

            Entra HÉCTOR por la puerta de las habitaciones.

 

            HÉCTOR.- (Sin darse cuenta de la presencia de nadie.) ¿Qué pasa que tardas tanto?

 

            INÉS.- ¡Hola, Héctor!

 

            HÉCTOR.- (Sorprendido.) ¿Qué hacéis aquí?

 

            VIRTUDES.- (Con las manos en jarra.) Ya ves, una fiesta de bienvenida a Teodoro.

 

            HÉCTOR.- (Nervioso.) ¡No puede ser!... ¡Si Teodoro se va!...

 

            VIRTUDES.- (Acercándose a TEODORO.) Para tu información me voy a casar con Teodoro. (Se besan otra vez)

 

            INÉS.- (Acercándose a IGNACIO.) Y yo con Ignacio. (Se besan.)

 

            HÉCTOR.- (Nervioso, sin saber qué hacer.) Entonces yo... ¿Qué hago yo?

 

            TODOS.- (A HÉCTOR.) ¡¡El primo!! (HÉCTOR escapa abrumado por la puerta de la calle.)

 

 

TELÓN

 

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