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Una noche en El Milagro

de Víctor Antero Flores

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

Una noche en El Milagro

 

(Teatro)

(Pastorela)

 

 

Víctor Antero Flores

 

 victor_afz@hotmail.com

 

 

PERSONAJES

Severiano Gandul de la Calavera: Candidato a presidente municipal. (Luzbel).

Sulfura: Guarura de Severiano. (Diablesa).

Calentón: Guarura de Severiano. (Diablillo).

Párroco: Recién llegado al pueblo. Viste todo de blanco con cuello de sacerdote. (Gabriel).

Bato: Trabajador de un taller mecánico. (Soberbia).

Celonio: Viejito de traje raído y parchado. (Avaricia).

Gila: Cocinera de la fonda. (Lujuria).

Jacinta: Ama de casa. (Ira).

Niño: Hijo de Jacinta.

Niña: Hija de Jacinta.

Don Venancio: Dueño de la fonda. Español. (Gula).

Pura: Señorita de edad recatada. (Envidia).

Lirón: Vagabundo y borrachín. (Pereza).

Juan: (Pastor).

Irene: (Pastora).

Un perro: De nombre Roñas.

Una vaca

Un burro

Viajero: De apariencia pobre. (José).

Viajera: (María).

 

 

ACTO ÚNICO

 

Pueblo norteño de El Milagro. Época: en la segunda mitad del siglo XX.

Al abrirse el telón aparece al centro un jacal lleno de paja. Hay una fonda, la casa de Jacinta, la casa de Pura y la de Celonio. Hay árboles, macetas y plantas de nochebuena. Una banca pública. Un farol. Entrada y salida de una calle. Al fondo un telón con montañas y en el cielo estrellas.

Los niños juegan con un balón. Bato pasa con su caja de herramientas. Celonio sale de su casa temeroso de que alguien viera las bolsas de dinero que lleva bajo el saco. Juan camina buscando a sus animales. Irene hace lo mismo. El perro los sigue. Gila se asoma por la puerta de la fonda y coquetea a los que pasan por allí. Lirón está dormido en la banca tapado con periódicos. Pura sale de su casa y se persigna, va rezando el rosario. Don Venancio llega a la fonda comiendo algo de fruta y platica con Gila.

Se escucha música de banda con la Marcha de Zacatecas. Entra Severiano seguido de Sulfura y Calentón quienes tocan unos instrumentos musicales. Todos se detienen para observarlos mientras se pasean por el escenario pegando pancartas de la candidatura de Severiano.

 

SEVERIANO: ¡Calentón, pega otra aquí! (Señala la pared de doña Pura).

CALENTÓN: Sí, jefe.

SEVERIANO: Pon suficiente pegamento.

PURA: (Fijándose) Óigame no. Mi pared es la más limpia del barrio. Cómo se pone a ensuciarla con esos pegotes. Quítelos inmediatamente.

SEVERIANO: Es por el bien público, señora.

PURA: Señorita.

SEVERIANO: Bueno, Usted se lo perdió porque quiso.

PURA: ¡Cómo dice! Sépase que pertenezco a la Liga de la Decencia de este pueblo. Por algo tengo la mejor educación, la mejor casa...

SEVERIANO: No esté tan segura. Hay otros con mejor educación y mejores pertenencias.

PURA: No es cierto. nadie tiene mejores cosas que yo.

SEVERIANO ¿Está segura?

PURA: Pues no, pero...

SEVERIANO: Pero si vota por mí, podrá tener cosas mejores que todos en este pueblo... a propósito, cómo se llama.

PURA: Pura Cizalla López.

SEVERIANO: Usted no, el pueblo.

PURA: Ah, pues allí está el letrero.

SEVERIANO: El Milagro. Qué horror. Lo primero que haré cuando me elijan edil munícipe será cambiarle el nombrecito ese.

PURA: Usted no es de aquí, ¿verdad?

SEVERIANO: No, soy del pueblo Mala Noche, de mismo municipio y soy el candidato único de mi partido.

 

Se acerca Bato curioso luego de escuchar la conversación.

 

BATO: Y se puede saber, ¿a qué partido pertenece?

SEVERIANO: Claro mozalbete. Sulfura pásame la propaganda.

SULFURA: (Hincándose reverencialmente con los papeles). Ten aquí, oh poderoso jefe de los avernos...

SEVERIANO: (Dándole de sombrerazos). A ver si no vuelves a meter las pezuñas. Aquí no, tonta. Acuérdate a lo que vinimos.

SULFURA: Perdón, jefe.

SEVERIANO: Je, je. Es que mis seguidores son fieles a su candidato. Como perros. Bueno, aquí tienen. (Entrega panfletos). Este soy yo: Severiano Gandul de la Calavera, para presidente, por el Partido Ganadero Ejidal.

 

El resto de los personajes se acerca para ver qué pasa.

Sulfura y Calentón reparten panfletos.

 

GILA: Yo quiero ver.

DON VENANCIO: Vamos, vamos, parece interesante ese asunto.

JUAN: Mira Irene, están regalando algo.

IRENE: Yo quiero de lo que sea.

CELONIO: ¡Qué se traen allí, bola de chachalacas!

 

Jacinta se asoma por la ventana de su casa.

 

JACINTA: ¡A ver, todos ustedes cállense! ¡Dije que se callen. Parece gallinero este pueblo. (Ve que no le hacen caso). Celonio, fíjese qué pasa allá y viene y me cuenta.

CELONIO: No, vaya usted, porque seguramente que entre la gentuza esa hay rateros y me pueden robar mis ahorritos.

SEVERIANO: ¡Acérquese, acérquese! Escuchen lo que les voy a decir. Ya estuvo bueno de los abusos del poder. ¿Cierto?

TODOS: Cierto.

SEVERIANO: Ya están hartos de tener carencias. ¿Cierto?

TODOS: Cierto.

SEVERIANO: Puras promesas incumplidas. Usted joven (A Bato), usted vale mucho y le enoja que su patrón no se lo reconozca. Usted es un gran hombre.

BATO: ¿Cómo lo supo?

SEVERIANO: (A Celonio). Usted, señor. Teme porque falta seguridad pública. Y tiene bienes que proteger.

CELONIO: Bah. No descubra. No ve que me pueden robar.

SEVERIANO: (A Jacinta). Señora de mi vida. Usted ya se está quedando sin tripas con tanta úlcera. Y todo porque la hacen enojar. Porque subieron los precios, porque no hay agua, porque su calle es ruidosa, porque se preocupa por mantener a su familia. Es usted una incomprendida.

JACINTA: Es usted muy observador. No creí que alguien me comprendiera.

SEVERIANO: Para eso está su candidato ejidal, Severiano Gandul de la Calavera, para comprenderlos. (A don Venancio) ¿O no, mi querido barrigón? ¿Cuánto hace que no come carne? No me diga... Son semanas.

DON VENANCIO: Cierto. Este hombre es un adivino.

SEVERIANO: No, sólo un conocedor de los males públicos. (A Gila) ¿Y tú, muchachita bonita...?

GILA: Me llamo Gila y no me coquetee, que ni nos conocemos.

SEVERIANO: Pero ya nos conoceremos. También conozco tus necesidades. (Lirón ronca con fuerza). ¿Qué es eso? Ah... es el hombre que duerme apaciblemente en la banca. Él también será rescatado de la calle y recibirá lo que siempre ha querido.

BATO: Es un vago. Nunca quiere trabajar.

GILA: Cállate, Bato. Pobre Lirón, es huérfano.

SEVERIANO: Bien, bien, bien. Todos sus problemas serán resueltos. Solamente acuérdense de votar por mí. Aquí están mis guaru... digo, mi secretaria y mi jefe de campaña. La señorita Sulfura y el señor Calentón. Ellos vendrán de vez en cuando por aquí para ayudarles.

JACINTA: ¿Ayudarnos a qué?

SEVERIANO: A resolver sus problemas. Severiano Gandul de la Calavera, es conocido por su gran sentido humanístico. Antes de ser edil yo ya les resuelvo sus problemas... He dicho.

 

Todos aplauden. El perro lo olfatea y gruñe.

 

SEVERIANO: Órale, perro garrapatoso. (Aparte a Sulfura y Calentón). Y ustedes, ya saben. Nada de babosadas. (Suena un teléfono celular, lo saca y contesta). ¡Malo, malo! ¿Sí? Ah, eres tú vieja... (Temeroso) digo, eres tú bomboncito. Sí, pasaré a la tienda. Ahora estoy trabajando. A ver.. un litro de aceite hirviendo, más carbón, un palote de cocina... ¿Otro? (Se soba la cabeza recordando un golpe). Y dos mascarillas de aguacate. Sí, mi amor... adiós... ¡Ay, ya me quemé!, digo, al diablo. (A Sulfura y Calentón). ¡Y ustedes dos qué ven¡ ¡Cuádrense, saluden!

 

Los diablillos se cuadran y hacen el saludo militar.

 

SULFURA: Sí, jefe.

CALENTÓN: ¡Hai, Hitler!

SEVERIANO: No tonto, ese fue el saludo de la campaña pasada.

CALENTÓN: Sí, jefe.

 

Salen tocando la Marcha de Zacatecas.

 

GILA: ¡Qué tipo tan raro!

DON VENANCIO: Silencio. No ves que es un gran político.

GILA: ¿A poco le cayó bien , don Venancio?

JACINTA: Don Severiano ha mostrado ser un caballero, niña, y muy comprensivo.

GILA: Pues a ver si se le hace con éste, doña Jacinta. Porque todos le huyen cuando se pone histérica.

JACINTA: (Sale de su casa con una escoba y la corretea). ¡Grosera, metiche! Ahora vas a ver.

GILA: (Escapando). Lo ve. Se puso histérica. Lo que pasa es que le da coraje que yo sea joven y que don Severiano se haya fijado en mí. (Entra en la fonda).

DON VENANCIO: (Entra también corriendo tras ella). Gila, muchacha descarriada, ya te he dicho que no seas contestona. Ponte a hacer la comida ya... a ver si hoy vienen clientes.

NIÑA: Mamá, mamá. Ese señor que se fue tiene cuernos.

JACINTA: No seas grosera, niña.

NIÑO: Pero mamá. Sí es cierto. Tiene unos cuernotes de este tamaño.

JACINTA: Ya les he dicho que no sean mentirosos.

NIÑA: No decimos mentiras. También tiene una cola de este largo.

JACINTA: ¡Niña, cállate!

NIÑO: Es una cola tan larga como una como la de un buey.

JACINTA: ¡Ustedes dos se me van a la casa ahora mismo! (Saca un cinturón y los persigue hasta la casa). Les voy a dar unos cintarazos, ahora verán.

 

Salen todos excepto Lirón, Juan, Irene y el Perro.

 

JUAN: Pos todo esto está muy bien, Irene. Pero no habló de nosotros. Quién nos va a devolver a nuestros animalitos

IRENE: Pos sí es cierto, Juan. Nomás perdimos el tiempo escuchando a ese señor. ¡Te fijaste que raro olía!

JUAN: No. ¿A qué?

IRENE: A huevo quemado.

JUAN: No´mbre, ha de ser una de esas lociones caras, que tú no conoces, por eso no sabes.

PERRO: (Ladra llamando su atención).

IRENE: Pos si son tan caras, ¿por qué huelen tan feo?

JUAN: Ya ves como son los ricos, compran cualquier chuchería que anuncian en la tele. (Escucha al perro). A que Roñas. Tu también lo oliste y no te gustó, ¿Verdad?

PERRO: (Al público). Tarado. Si supiera de quién se trata. Lo malo es que no puedo comunicarme con este pastor atarantado.

JUAN: Ya deja de ladrar.

IRENE: Roñas nunca fue tan ruidoso. Parece que quiere decirnos algo.

JUAN: Lo que debiera hacer es buscar a mi burro. Como perro ovejero... o mejor dicho, como perro burrero no sirve.

IRENE: No es un perro pastor. Es sólo un perro. De serlo ya hubiera encontrado a mi vaca.

PERRO: Sí como no. Busca al burro, busca a la vaca. Y qué, nomás así de gratis. Ni me dan de comer bien. Un hueso y una tortilla al día. Ay, mi panza gruñe más que yo.

JUAN: Míralo, Irene, cómo ladra hacia el monte, como si hubiera algo para allá. Está loco.

IRENE: Ya déjalo. Debemos encontrar a los animales antes de que se haga de noche.

JUAN: Sí, ya se está metiendo el sol.

 

Se escucha el sonido de un automóvil descompuesto. Finalmente una explosión y el vapor saliendo del radiador.

Entran los viajeros José y María. Ella va embarazada.

 

JOSÉ: Ya tronó la carcacha. Ya estaba muy vieja. Dejémosla allí.

MARÍA: Y cómo le haremos. Siento que ya pronto va a nacer el niño.

JOSÉ: Tal vez en este pueblo haya algún doctor. Mira, unos jóvenes, preguntemos. (Va con Juan e Irene). Joven, joven. Disculpe, ¿hay un doctor en el pueblo?

JUAN: No. Aquí nos curamos con hierbitas.

JOSÉ: ¿Una partera? Es que...

IRENE: Ya la vimos. Oye Juan, hay que ayudarlos. Mira, se ve que la señora ya tiene los dolores.

JUAN: Pues no sé. Ya sé, aquí hay un taller mecánico muy bueno.

JOSÉ: No tenemos con qué pagar la compostura.

IRENE: Qué lástima.

JOSÉ: Pero podemos ir a la iglesia. Tal vez el padre pueda...

IRENE: Aquí no hay padre. Nos dijeron que venía este año, pero es fecha que la iglesia sigue cerrada.

JUAN: Pueden pedir posada.

MARÍA: Como les dijo mi esposo, no tenemos un centavo. ¿Quien querrá cobijarnos sin pagar?

JOSÉ: Se ve que es un pueblo de gente cálida. No faltará. Ven, María, vamos a esa casa. Nada perdemos con probar. (A Juan e Irene). Gracias jóvenes.

 

Van a casa de Celonio, tocan y aparece él.

 

 JOSÉ: En el nombre del cielo, os pido posada, pues no puede andar mi esposa amada.

CELONIO: Aquí no es mesón, sigan adelante. Yo no puedo abrir, no sea algún tunante.

 

Van a casa de Jacinta, tocan y aparece ella.

 

JOSÉ: No seas inhumana, tennos caridad, que el Dios de los cielos te lo premiará.

JACINTA: Ya se pueden ir y no molestar, porque si me enfado los voy a apalear.

 

José y María salen en busca de otras casas.

 

LIRÓN: (Despertando ebrio) ¿Quién gritaba?

IRENE: Uh, eso fue hace mucho rato, cuando vino el candidato del Partido Ganadero Ejidal.

LIRÓN: Desde cuándo hay elecciones.

JUAN: No sé. Nomás llegó y se puso a prometer.

LIRÓN: Ah, entonces ya lo conozco.

IRENE: ¿Lo conoces?

LIRÓN: Sí, viene cada tres años. Lo raro es que siempre se viste de manera diferente. Pero promete lo mismo.

JUAN: No, Lirón. Son distintos. Nomás que todos echan la misma palabrería.

LIRÓN: ¡Y a mí qué me importan los políticos y sus cosas! Con que yo pueda vivir a mis anchas me doy por bien servido y hasta ahora no he necesitado a ninguno de esos sombrerudos. (Interrogativo). ¿Y ustedes qué hacen aquí?

IRENE: Buscamos a nuestros animalitos. Una vaca y un burro. ¿Los has visto?

LIRÓN: No. Pero préstenme dinero.

JUAN: ¿Por qué?

LIRÓN: No ven que ya me quedé sin vino.

IRENE: Mejor vámonos. Está borracho.

LIRÓN: ¡Cuál borracho! Ahora verán, irrespetuosos. Denme dinero para mi vino. (Los persigue).

JUAN: ¡Muérdelo Roñas!

 

El perro se echa en el piso.

Salen Juan, Irene y Lirón.

 

PERRO: ¿Morder a un borracho? ¿Por un hueso al día? No gracias. Luego pesco una borrachera o quién sabe, a lo mejor me da una congestión. Así murió mi tío Rintintín. Mejor me duermo un rato en este lugar.

 

Da unas vueltas y se duerme.

Se escucha el ruido de un camión que se acerca.

 

PÁRROCO: (Desde afuera). ¡Esquina, bajan!

 

Entra el Párroco violentamente y da varias maromas hasta caer al piso.

 

PÁRROCO: (Limpiándose) Me quejaré. Qué servicio tan pésimo. Bueno y qué se puede esperar de la ruta que pasa por el purgatorio. ¡Cafre! Tengo qué hablar con el jefe. Siempre que ando de misión me reservan el mejor transporte. Esto confirma que todos los sistemas tienen fallas. (Se escucha un trueno y se ve un relámpago). Perdón señor. Ya lo sé, ya lo sé. No volverá a suceder. Me concentraré en mi trabajo. Bien, así que este es El Milagro. Bonito, bonito. El aire es puro, limpia la atmósfera. Se ven ya las primeras estrellas. Mm, huele a cena. Las familias ya deben estar disfrutando de su compañía y de una buena charla en la mesa y...

JACINTA: (Desde adentro de su casa). Niños malcriados. Les dije que tuvieran cuidado. Ahora se van a la cama sin cenar.

PÁRROCO: ¿Qué fue eso?

PERRO: (Adormilado). Esa fue doña Jacinta.

PÁRROCO: Debería contar hasta diez. A veces funciona.

PERRO: (Sorprendido). ¡Me entendiste! ¿Entiendes lo que hablo, digo lo que ladro?

PÁRROCO: Naturalmente.

PERRO: ¿Cómo le haces?

PÁRROCO: Pues estudié el idioma perro.

PERRO: Eso debería estudiar mi amo, así podría decirle algunas cosas...

PÁRROCO: No podría. Pero eso no importa. Puedes decirme dónde queda la iglesia. Sabes, soy el nuevo padre.

PERRO: Ya era hora, sígueme (Caminan juntos). Debes saber algunas cosas que están pasando. Muy malas.

PÁRROCO: En serio. (Salen).

 

Entran la vaca y el burro.

 

VACA: Por acá, ven. Ya no hay nadie.

BURRO: ¿La gente no se come a los burros, ¿verdad?

VACA: ¿Y qué crees que llevan a las embutidoras?

BURRO: ¿Vacas?

VACA: No, menso. Burros como tú.

BURRO: Ah. Qué bueno que nos escapamos de los pastores. Yo ya estaba muy cansado de cargar leña y bultos todos los días. No me dan de comer bien y encima me pegan. Mejor no me espero a ver si me venden a una embutidora.

VACA: No cantes victoria. ¿Ves estas casas? Están llenas de gente carnívora. Comen carne de vaca. Quieren mi leche. Tenemos que escapar.

BURRO: Qué bueno que estamos flacos. Así nadie querrá nuestros huesos.

VACA: No les importaría, están tan faltos de animales que se comerían cualquier cosa. Incluso nuestros huesos.

BURRO: ¿Qué es lo que vamos a hacer esta noche, vaca?

VACA: Lo mismo que hacemos todas las noches, burro.

BURRO: ¿Tratar de conquistar al mundo?

VACA: No, tonto. Escapar. Ven vamos a escondernos en esta calle. Parece que alguien se acerca.

 

Se esconden tras unos árboles. Sale don Venancio cantando algo de ópera. Entran luego Sulfura y Calentón.

 

SULFURA: ¿Cómo le va?

DON VENANCIO: No como quisiera, señorita.

CALENTÓN: Se quedó con hambre, ¿verdad?

DON VENANCIO: Qué comes que adivinas. Ya hace tiempo que no vienen clientes a la fonda porque tenemos un menú vegetariano. Ya no hay muchos animales por aquí. Y con las ganas que tengo de unas chuletas, unos tacos de arrachera, una barbacoa bien sabrosa, mi carnita asada, embutidos... Me consuelo comiendo verduras. (Saca una zanahoria de su mandil y la muerde).

SULFURA: ¿Quieres saber dónde puedes conseguir carne fresca?

DON VENANCIO: ¿Sabes?

CALENTÓN: Sí, conocemos unos animales.

VACA Y BURRO: Oh, oh.

SULFURA: Y no pertenecen a nadie.

CALENTÓN: Andan sueltos.

DON VENANCIO: ¡Dónde, dónde están!

SULFURA: Te lo diré. Pero recuerda que este es un favor de nuestro candidato. Acuérdate de eso a la hora de las votaciones.

VENANCIO: Sí, Sí. Díganme donde están esos animales. Para hacerlos comida.

CALENTÓN: Están tras ese árbol.

 

La vaca y el burro salen corriendo, mugiendo y rebuznando. Don Venancio saca un cuchillo y los persigue. Salen de escena.

Gila sale de la fonda con una canasta. Se arregla el vestido, se sube un poco la falda viendo sus piernas.

 

GILA: Ay, qué comezón ya me hicieron ojo. Seguramente fue Bato. Siempre lo dejo babeando.

CALENTÓN: Mira a esa.

SULFURA: Déjamela a mí. (Va con ella). Hola, hola. Así que Bato no ha caído.

GILA: ¿De qué hablas?

SULFURA: No te hagas, yo sé, yo sé. Pero es que lo estás haciendo mal.

GILA: ¿Mal?

SULFURA: Mira, para que muerda el anzuelo tienes que moverte así, así. (Le muestra). Pero no dejes que se vaya. Córtale el paso, métele el pié. O de plano plántale un besote..

GILA: No, cómo crees.

SULFURA: Entonces invítalo a que te dé un pellizco.

GILA: Va a estar fácil. No me da ni la mano.

SULFURA: Es que no caminas bien. Mira levanta así la defensa, levántala y muévela. Saca el pecho, guíñale un ojo, mándale un beso ardiente.

GILA: No, luego me quemo.

SULFURA: Cómo eres sacatona.

GILA: No soy.

SULFURA: Sí eres. Es más, demuéstramelo. Allí viene Bato.

 

Entra Bato. Celonio sale de su casa.

 

BATO: Buenas noches, don Celonio.

CELONIO: Aléjate de mí. No acerques tus manos a mi saco.

BATO: Qué desconfiado. Qué guarda allí.

CELONIO: Qué te importa.

BATO: Todo mundo sabe que no suelta su dinero. ¿De qué le sirve tener tanto si no se compra ropa nueva?, mire su casa se le está cayendo encima.

CELONIO: No es dinero.

BATO: Yo le puedo decir cómo administrarlo. Soy el mejor. Soy soberbio para eso.

CELONIO: ¿Entonces por qué eres mecánico y no contador?

BATO: Nadie más que yo puede hablar de mi vida. Soy el mecánico del pueblo. El único y por lo tanto el mejor. Aquí se arreglan los carros como yo quiero y nada más. Con tanto dinero, usted debería comprar un carro, yo se lo puedo dejar al tiro.

CELONIO: No me estés quitando el tiempo.

CALENTÓN: Yo me encargo. (Va con ellos). Mire joven, la muchacha que está allá quiere seducirlo y con el señor tiene que ser más soberbio. Levante la voz, ínflese...

SULFURA: (Va con él y lo lleva aparte). No, tonto. No se lo digas tan directamente. Debes tentarlo. Sé sutil. Dile: Eres el más grandioso mecánico, nadie debe decirte cómo vivir tu vida..

CALENTÓN: Ah, órale. (Va con Bato). Eres más grande oso canijo, nadie debe decirte cómo beber tu vino.

BATO: ¿Qué?

SULFURA: (Se lleva aparte a Calentón). No idiota. Fíajte cómo lo hago yo. (Va con ellos). Hola guapo. Me dijeron que tu palabra es ley en cosas de mecánica.

BATO: Y lo es.

SULFURA: Eres un hombre completo. Nadie te dice cómo vivir tu vida.

BATO: Eso sí.

CALENTÓN: (Imitando a Sulfura, afeminado). Hola guapo. Me dijeron que tu palabra es ley...

 

Sulfura lo parta de un aventón.

 

SULFURA: Tú eres el paupucho de todas las muchachas del pueblo.

BATO: Ni tanto.

SULFURA: No te me bajonees. Manténte arriba. Eres fuerte, eres magnánimo. Lo que tú dices se hace.

BATO: Tienes razón.

SULFURA: Qué te duran las viejas de este pueblo rascuache.

BATO: Cierto, qué me duran.

SULFURA: Eres irresistible para ellas. Puedes conquistar a la que quieras.

BATO: Pues seguro que sí.

SULFURA: Espera aquí y llégale a la primera que pase. Demuestra quien es el mecanicazo de aquí.

 

Sulfura va con Gila.

 

SULFURA: Órale, ya te lo dejé listo.

GILA: Qué hago.

SULFURA: Pasa frente a él. Pero haz lo que te enseñé.

 

Gila camina frente a Bato coqueteándole.

 

BATO: (La toma de un brazo). ¿A que no sabes quién soy?

GILA: Ya te conozco, Bato.

BATO: No, el señor ingeniero Bato.

GILA: ¿Y por qué ahora eres ingeniero?

BATO: Porque quiero.

GILA: Y entonces qué, Bato. Me vas a invitar al cine.

BATO: Si hubiera cine en el pueblo, pos sí.

GILA: Pues entonces invítame a pasear. Llévame en tu caballo al río.

BATO: No tengo caballo. Pero sí tengo los mejores carros del mundo en el taller.

GILA: Me vas a enseñar mecánica. Por ejemplo a pulir la carrocería, a medir el aceite.

BATO: Lo que quieras, yo lo sé todo.

 

Gila y Bato salen. Sulfura se ríe, Calentón la imita.

 

SULFURA: (A Calentón). Vamos sobre el viejillo.

 

Entran el Párroco y el Perro.

 

PERRO: Esos son.

PÁRROCO: (A Celonio). No los escuches, hijo. Ustedes dos, un momento. A ver, vengan para acá.

SULFURA: Ya nos cayó el chahuistle. Es él.

CALENTÓN: ¿Quién?

SULFURA: Gabriel, el arcángel. Pero no sé que hace vestido así.

PÁRROCO: Estoy de incógnito. Y les advierto que si no dejan este pueblo me veré obligado a echarlos.

CALENTÓN: Mira cómo tiemblo.

PÁRROCO: (Saca una botellita). Bueno, los bañaré con esta agüita.

CALENTÓN: ¡No! Agua bendita no. Hoy no me toca baño. ¡Defiéndeme Sulfura!

SULFURA: ¡Y a mí quién me defiende!

PERRO: Los morderé.

 

El perro los corretea hasta que salen los tres de escena.

 

PÁRROCO: (A Celonio). Hijo, tienes mucho dinero. La iglesia necesita algunas reparaciones. Estoy pidiendo limosna para...

CELONIO: Bah, si quieren dinero trabajen y júntenlo... (Sale).

PÁRROCO: Esto va a ser más difícil de lo que pensé.

 

 

Entran la Vaca y el Burro mugiendo y rebuznando, perseguidos por don Venancio.

 

PÁRROCO: Más problemas. (Pasan junto a él). ¡Un momento! ¡Deténganse! ¡Deténganse!

VACA: No.

BURRO: Yo menos.

PÁRROCO: ¿Por qué no?

 

La vaca se detiene sorprendida y el burro se tropieza con ella. Don Venancio estaba apunto de alcanzarlos pero el Párroco lo hace tropezar con su maleta.

 

VACA: ¡Hablas vaca!

BURRO: ¿Hablas burro?

PÁRROCO: Sí, hablo, pero no soy burro. ¿Pueden decirme qué pasa?

VACA: Este hombre nos quiere hacer comida.

PÁRROCO: (A Venancio) ¿Es cierto eso?

DON VENANCIO: ¿Cierto qué?

PÁRROCO: Qué te quieres comer a estos animales.

DON VENANCIO: Tengo antojo de albóndigas.

PÁRROCO: ¿Y son tuyos?

DON VENANCIO: Pues no... no tienen dueño.

PÁRROCO: ¿Y quién te dijo eso?

DON VENANCIO: Pues dos autoridades. La secretaria y el jefe de campaña del candidato del Partido Ganadero Ejidal.

PÁRROCO: ¿Y ése quién es?

DON VENANCIO: El prestigiado político Severiano Gandul de la Calavera.

PÁRROCO: Ya empieza a oler a azufre. Para que te lo sepas estos animales tienen dueño.

DON VENANCIO: ¿Quién es?

PÁRROCO: Son animalitos de Dios. Y te prohibo matarlos... Mientras encontramos a sus verdaderos dueños.

VACA: Mejor no.

DON VENANCIO: Está bien, padre. Pero yo tengo mucho antojo de albóndigas.

PÁRROCO: Vete en paz y no peques más.

 

Sale don Venancio.

 

PÁRROCO: Bien, bien, bien. ¿Y ustedes dos qué?

VACA: Qué de qué.

PÁRROCO: ¿Por que escaparon de sus dueños?

BURRO: Pos nomás.

PÁRROCO: (Imitándolo). Pos nomás... ¿A ver?

VACA: Es que nos dio miedo.

BURRO: Sí, porque a mí me maltratan y a ella se la quieren comer.

PÁRROCO: Sí, ya lo sé. El perro me contó algunas cosas. Pero miren, allí hay un establo. Pasten un rato. Nada les pasará si duermen allí. Yo hablaré con sus amos.

BURRO: Yo sí confío en él, vaca.

VACA: No sé por qué pero yo también, vamos. Tengo hambre.

 

La vaca y el burro entran en el jacal y cierran las puertas. Entran Juan e Irene.

 

JUAN: Señor padrecito, ya llegó.

IRENE: Por fin tenemos padre.

PÁRROCO: Sí. Y ya sé quienes son ustedes. Son los pastores.

JUAN: Quién se lo dijo.

PÁRROCO: Unos animales.

IRENE: Lo ves, Juan. Que te digo que toda la gente de este pueblo son chismosos.

PÁRROCO: Digo, quiero decir que deben tratar mejor a sus animales. Les prestan buenos servicios, el perro vigila, el burro carga y la vaca les da leche.

IRENE: ¿Sabe dónde están nuestros animalitos?

PÁRROCO: Así es.

JUAN: ¿Dónde?

 

El párroco ve que una estrella comienza a brillar sobre el jacal.

 

PÁRROCO: Busquen una estrella grande en el cielo. Síganla. Su luz estará iluminando un lugar, un milagro. Allí encontrarán a sus animales y también un gran advenimiento, más importante que cualquier otra cosa.

 

Juan e Irene salen buscando la estrella.

 

PÁRROCO: Bien, algunas cosas ya están encauzadas. Debo seguir con mi misión. (Sale).

 

Entran José y María. Tocan en la puerta de la Fonda. Abre don Venancio.

 

JOSÉ: Posada te pide, amado casero, por sólo una noche, la reina del cielo.

DON VENANCIO: Pues si es una reina quien lo solicita, ¿cómo es que de noche anda tan solita?

JOSÉ: Mi esposa es María,  es reina del Cielo, y madre va a ser del divino Verbo.

DON VENANCIO: ¿Eres tú José? ¿Tu esposa es María? Entren, peregrinos, no los conocía.

JOSÉ: Dios pague señor, vuestra caridad y así os colme el cielo de felicidad.

DON VENANCIO: Pero... pero adentro no hay espacio. Sin embargo tengo este jacalito, es un pajar. Es caliente en las noches frías. Allí estarán seguros. Entren y descansen.

 

José y María entran al jacal, Don Venancio a la fonda.

Entra a escena Severiano Gandul de la Calavera.

 

SEVERIANO: ¡Sulfura, Calentón! ¡Dónde se habrán metido esos dos! Debí buscar lacayos más eficientes. Pero todos están en trabajos más importantes. Bah, debo cambiar la política del averno. Cómo es posible que el mero jefe que soy yo no tenga colaboradores bien entrenados. Ahora deberé acabar el trabajo yo solo. (Saca una lista). A ver, quién falta. ¡Oh, sí, sí! Y ya viene para acá. Estaré preparado.

 

Entra Lirón con su botella y una guitarra Cantando "La Borrachita" de I. Fernández “Tata Nacho”.

 

LIRÓN: Borrachita me voy

           para olvidarte

           la quiero mucho

           también me quere.

         

           Borrachita me voy

           hasta la capital

           pa´servirle al patrón

           que me mandó llamar.

 

           Yo la quise traer (yo la quise traer)

           dijo que no (dijo que no)

           que si había que llorar (que si había que llorar)

           pa´que volver.

 

SEVERIANO: Muy bien conciudadano. Es usted un maestro vernáculo.

LIRÓN: No señor, esas son puras habladas. Yo soy borracho pero decente.

SEVERIANO: Quiero decir que es usted un gran cantante de la canción tradicional.

LIRÓN: Ah. ¿Y usted quién es? Con esa panzota y esa trompota. ¿También es músico?

SEVERIANO: No, soy el candidato para edil municipal por el Partido Ejidal Ganadero, don Severiano Gandul de la Calavera.

LIRÓN: Mucho gusto señor presidente, don Severiano Gandaya.

SEVERIANO: Gandul.

LIRÓN: Es lo mismo. Oiga, ¿y usted es casado, verdad?

SEVERIANO: Oh, no me lo recuerdes. Ya no la soporto. Nomás me da órdenes todo el día. Que si ya fui al mandado, que haz la comida, que limpia la casa, que lleva a los niños a jugar, que paga los servicios de gas butano y carbón, que el aceite ya se acabo, que las calderas necesitan limpieza. Y se supone que yo soy el jefe. Es horrible, es horrible. Mi mujer es un sargento. A propósito, ¿cómo supiste que yo era casado?

LIRÓN: Pues por los cuernotes.

SEVERIANO: ¡Ah! No lo puedo creer. (Aparte). Este tipo ve mis cuernos. Creí que sólo los animales y los niños podían verlos. (De nuevo a Lirón). Y cambiando de tema. ¿Cómo se llama usted?

LIRÓN: Lirón.

SEVERIANO: ¿Lirón? Qué feo nombre.

LIRÓN: Bueno, ese es mi apodo. Realmente me llamo Empédocles.

SEVERIANO: Creo que le viene mejor. ¿Y qué, ya viene del trabajo?

LIRÓN: ¡Madre de Dios!

SEVERIANO: ¡Ay mamacita, dónde!

LIRÓN: No proclame usted esa horrible palabra. Trabajo. Yo ya estoy vacunado contra eso.

SEVERIANO: (Aliviado). Está bien, pero no escame. Oiga, mi Lirón. Entonces usted a qué se dedica.

LIRÓN: A nada.

SEVERIANO: Por eso yo me hice político. Y con lo que me dice, me quita aún más trabajo de encima. Siga así, amigo. Lo está haciendo excelentemente. Nada de trabajo. Como dice el dicho, haz fama y échate a dormir. Sobre todo le recomiendo lo segundo. Ah, veo que tiene una guitarra. ¿Es suya?

LIRÓN: No, me la encontré tirada.

SEVERIANO: Ah, picarón, usted es de los míos. Vamos a cantar una canción.

LIRÓN: ¿Cuál le gusta?

SEVERIANO: Sígame. Melodía ranchera, en tonos sincopados, entonada en mi mayor.                                           

            Siendo las doce en punto

            en este pueblo sin ley

            voy a evitar que ese niño

            pueda aquí nacer.

           

            Los cuernos yo me acomodo  

            los afilo sin cesar

            pa´ dar tremenda cornada

            al que me venga a fastidiar.

 

LIRÓN: No esa está muy fea, que tal si cantamos esto:

           

            Hoy es noche de fiesta

            con vino para brindar  

            saquemos ya las botellas                     

            y pongámonos hasta atrás.

 

            La noche buena es hoy

            la noche para cantar

            y esperar la buena ventura

            de aquél que está por llegar.

           

SEVERIANO: De Noche Mala soy yo

            y no me gustan las fiestas

             deja ya de molestar

            y cambia mejor de tema.

 

            Yo no quiero esperar

            porque me da mucho miedo    

            a ese que está por llegar                     

            mejor le preparo su entierro.

 

Entra Jacinta con la escoba en la mano y enojada.

 

JACINTA: ¡Cállense! Qué horribles alaridos. Par de vagos. (Se da cuenta de la presencia de Severiano). Ah, es usted señor candidato. Discúlpeme, es que yo creí que eran unos vagos... no digo...

SEVERIANO: No se preocupe. Lo hizo muy bien. Está en su derecho de enojarse todo lo que quiera. Conmigo o con el que sea. Este es un país libre. Libre para gritar lo que se le antoje, para echar bronca cuando quiera, para correr a patadas a los revoltosos. Enójese, enójese más seguido.

JACINTA: Mientras me lo permita mi úlcera.

SEVERIANO: No le pida permiso.

JACINTA: Habla usted con tanta verdad.

 

Salen los niños de la casa y se ponen a jugar con su balón.

 

NIÑO: Ya viste, allí esta el señor de los cuernotes.

NIÑA: Vamos.

 

Lo rodean brincando.

 

NIÑOS: Qué cuernotes, qué cuernotes, qué cuernotes.

LIRÓN: Niños, dejen en paz al señor. A ustedes no les interesa si el tiene problemas con su mujer.

SEVERIANO: ¡Ah, escuincles malvados! ¡Mírelos doña Jacinta, no va a regañarlos!

NIÑOS: Qué colota, qué colota, qué colota.

JACINTA: Niños, ya. Deténganse.

SEVERIANO: No, tiene que ser más enérgica con ellos. Saque el cinto, ese funciona muy bien.

JACINTA: (Lo hace). Ahora verán.

NIÑO: No, mamá. Nos portaremos bien.

NIÑA: No volvemos a decirle nada al señor.

JACINTA: ¿Se van a quedar quietos?

NIÑO: Si. Pero no nos pegues.

NIÑA: Sí, no nos pegues, es que somos niños.

JACINTA: Bueno...

SEVERIANO: (En secreto). No los consienta tanto. Ya le tienen fastidiada con sus travesuras. Enójese con ellos. Son unos traviesos. Necesitan aprender a respetar. Use el cinto. Enójese, enójese...

JACINTA: Niños, se portaron mal, los tengo que regañar. No vayan a correr.

NIÑO: Pero mamá, ya dijimos que nos portaríamos bien.

JACINTA: No me conteste escuincle, ¡ahora sí, ahora sí!

 

Los niños escapan, corren por todo el escenario. Jacinta va tras ellos.

Severiano ríe. Entra Pura.

 

PURA: ¡Qué es todo esto. Ay. Son la chusma del pueblo.

NIÑO: (Corriendo). Pero que conste que sí tiene unos cuernotes marca diablo.

NIÑA: Y una colota.

 

Salen del escenario.

 

PURA: Señor candidato, señor candidato. Ya vio. Uno tiene que vivir junto a esa pelusa social.

SEVERIANO: Vamos, señora...

PURA: ¡Señorita!

SEVERIANO: Eso tiene remedio.

PURA: ¡Qué!

SEVERIANO: Lo de vivir con la pelusa, tiene remedio. Usted es una persona de clase. Pero le faltan algunas cosillas.

PURA: ¿Me faltan?

SEVERIANO: Sí, y muy importantes. Tiene que ambicionar más. Mire, le falta el arrojo de doña Jacinta, la prudencia de Lirón, La sensualidad de Gila, la inteligencia de Bato, el buen apetito de don Venancio, la capacidad ahorrativa y el dinero de don Celonio. Lo ve, usted no tiene ni un cinco que presumir.

PURA: Ay, son muchas cosas. Cómo puedo obtenerlas.

SEVERIANO: Usted ya las tenía.

PURA: ¿En serio?

SEVERIANO: Sí, pero todos ellos, por envidiosos se las fueron copiando y a fuerza de copiar acabaron quitándoselas.

PURA: ¿Pero eso se puede?

SEVERIANO: Qué no lo ve. Recuerde. Usted era bonita, tenía dinero, tenía carácter, comía lo que quería, hacía lo que le daba la gana. Y ahora, es la vieja cotorrona de la esquina.

PURA: Ay, don Severiano.

SEVERIANO: Debe recuperar sus cosas.

PURA: Tiene razón. Ellos tienen más que yo. Pero eso va a cambiar.

LIRÓN: Pues yo no sé, yo me voy a mi banca a dormir.

SEVERIANO: Adelante, con confianza.

PURA: Un momento, Lirón. Tú tienes la prudencia que me falta, yo también quiero tener tu flojera.

LIRÓN: ¡Órale!

PURA: Quiero tu capacidad de poder no hacer nada.

LIRÓN: Ya se le oxidaron los tornillos. Mejor me voy.

PURA: No, nada de que te vas.

 

Lo abraza y Lirón corre arrastrándola. Salen.

Entran Gila y Bato.

 

GILA: ¡Déjame, tonto!

BATO: Nada. Tú debes hacer lo que yo diga.

GILA: Qué tienes.

BATO: Tú empezaste, con tus coqueteos.

GILA: No sé qué me pasó. Además tú también estás bien raro. ¿Desde cuándo te crees mucho? Andas bien jacarandoso por allí creyéndote el rey de los mecánicos y papasote del pueblo.

BATO: Y tú la mamazota. Andas moviéndole las enaguas a todo el que pasa junto a ti.

GILA: Eso es pura tontería.

BATO: Pura tontería, pura tontería. Si supieras lo que provocan tus tonterías. Y ya ves, ya te pasó. Te di un sustote. Yo pensé que me ibas a cumplir.

GILA: ¡Achis!

BATO: Pues andabas tan cariñosa y tan así... pues que pensé que tú y yo... podíamos...

GILA: Pues pensaste mal.

BATO: Pues por tu culpa, por insinuarte.

 

Entra don Venancio comiendo zanahorias.

 

DON VENANCIO: ¡Ay de mí! Vegetariano a fuerzas, cuando deseo unas albóndigas bien gordotas, unas chuletas.

 

La vaca y el burro asoman la cabeza por la puerta del pajar.

 

BURRO: ¿Se habrá arrepentido el gordo?

VACA: Cállate, si nos escucha lo sabremos.

DON VENANCIO: (Los descubre). ¡Animalitos, déjenme verlos tantito, para imaginarme como me trago sus chuletas, sus lomitos, sus cachetitos... sus ¡Albóndigas! (Pierde el control y saca el cuchillo).

 

La vaca y el burro pegan carrera perseguidos por don Venancio.

Entran Jacinta y los niños corriendo por el escenario.

 

JACINTA: ¡Deténganse malcriados!

NIÑOS: No, no.

 

Entra Pura tras Lirón.

 

PURA: Espérate. Ya verán todos, quiero lo que es mío.

 

Entra Celonio.

 

CELONIO: ¡Bárbaros! Ya sé que todos quieren mi dinero. Fuera de aquí, fuera... (Ve a Pura que se le va encima y pega carrera).

 

Entran Sulfura y Calentón perseguidos por el perro.

 

CALENTÓN: ¡Déjame pasar que me alcanza!

SULFURA: ¡Qué me importa, corre más rápido!

 

Entran Juan e Irene.

 

JUAN: Allí está Roñas, persiguiendo a ésos dos.

IRENE: Creo que ya le pegó la rabia.

JUAN: Vamos por él. (Corren tras el perro).

 

Severiano comienza a reír satisfecho, va al centro del escenario y comienza a arrojar los panfletos de su propaganda en todas direcciones. Mientras los demás personajes entran y salen en loca carrera.

 

SEVERIANO: ¡Voten por mí, ja, ja, ja! ¡Voten por su mejor candidato! ¡Se ve, se siente, el diablo está presente!

 

Sus diablillos le hacen coro, mientras corren.

 

LOS TRES DIABLOS: ¡Se ve se siente, el diablo está presente!

SEVERIANO: ¡Esto es un pandemónium! Voten... Voten por mí, ja ,ja, ja.

 

Entra el Párroco, con su maleta, ahora lleva un par de alas en la espalda. Y se coloca al fondo de todos.

 

PÁRROCO: Un momento... ¡Un momento! ¡Deténganse todos! ¡Alto!

 

Todos se detienen y quedan sorprendidos con el párroco. El perro alcanza a Calentón, le muerde la cola y luego escupe con desagrado. Calentón grita.

 

SEVERIANO: ¡Maldición de los infiernos, eres tú otra vez!

PÁRROCO: No has escarmentado.

SEVERIANO: Siempre tienes que interferir.

PÁRROCO: Bueno, es que hoy es una noche gloriosa. (Voltea y ve a don Venancio comiendo). Venancio, ya deja de hacer eso. Gila, ¿aprendiste algo hoy? Bato, nadie es tan importante. Pura, ¿por qué envidias? Lirón, la actividad te alejará de malos pensamientos. Jacinta, aprende a contar del uno al diez. Celonio, con nada venimos a este mundo, con nada nos iremos. ¡Qué no se han dado cuenta de quién es este señor?

SEVERIANO: No lo escuchen. Yo soy su candidato. Ustedes me han preferido a mí. ¿No me hicieron caso todo este tiempo?

SULFURA: Nos tuvieron confianza, escucharon nuestros consejos.

CALENTÓN: Somos su única esperanza.

PÁRROCO: La esperanza ya está entre nosotros. Estos son un trío muy desafinado.

SEVERIANO: Aquí, no necesitamos padrecitos. Bato, demuéstrale quien es el mejor hombre del pueblo.

BATO: ¿Y yo por qué?

SULFURA: Jacinta; demuéstrale quién tiene los pantalones.

JACINTA: Sáquese.

CALENTÓN: Que bonito, a ver, yo qué diré. Venancio, come.

SEVERIANO: No tonto. Mira así: Venancio, ¿a poco quieres hacer manda de hambre?

DON VENANCIO: No me caería mal una dieta.

SULFURA: Gila, tú me hiciste caso. Somos amigas...

GILA: Quítese, cuál amiga ni qué nada.

NIÑO: Ven como sí tiene unos cuernotes este señor.

NIÑA: Y una colota como de buey.

CALENTÓN: Se ve, se siente el diablo está presente, se ve, se...

 

Todos se apartan asustados.

 

PÁRROCO: Luzbel es su verdadero nombre.

JACINTA: Ya decía yo, que mis niños eran buenos.

DON VENANCIO: Con razón el pueblo está tan raro.

GILA: Y yo que le echaba la culpa a Bato.

IRENE: Ya sé por qué olía tan feo.

PERRO: Y sabe peor.

SEVERIANO: ¡Calentón, idiota! ¡Te voy a degradar cuando lleguemos a la casa! Echaste a perder todo el trabajo. ¡Te arrancaré los cuernos!

CALENTÓN: ¿Yo? Si solamente le estaba echando porras, jefe.

SULFURA: !Ya cierra el pico!

SEVERIANO: Entonces tendremos que volver a pelear. (Saca una espada). Saca tu espada. Y nada de trucos o armas nuevas. La última vez hiciste trampa con una bomba atómica.

PÁRROCO: Bueno, hay que modernizarse. Además, de que se la truenen los hombres a que te la truene a ti, pues mejor a ti. (Abre su maleta y saca un sable). Qué te parece. Pilas dobles, energía sin límite, hoja de luz, sonidos digitales y mango deportivo con guarniciones electrónicas.

SEVERIANO (Atacando). De nada te servirá.

 

Pelean. Don Severiano es superado. Sulfura y Calentón sacan sus armas y pelean también.

 

SULFURA: ¡Al ataque Calentón! ¡Directo al corazón! (Calentón Cae al piso convulsionado y babeando). ¡Qué haces!

CALENTÓN: El ataque al corazón.

SULFURA: ¡No, pedazo de res, ataque al corazón del padrecito! Saca el tridente. Ataca. Vamos a desplumar esa gallina.

VACA: ¡Nomás eso me faltaba!

BURRO: No lo permitiremos. ¡A las patadas y a las cornadas!

 

El burro y la vaca cuernan y patean a los diablillos. El párroco y don severiano vuelven a pelear. Finalmente los tres son derrotados y quedan llorando en el piso.

 

PÁRROCO: ¿Te irás ahora? O debo terminar el trabajo.

SEVERIANO: ¡Ya no más, ya no más!

PÁRROCO: Puedo llamarle a tu mujer para que venga por ti.

SEVERIANO: A mi mujer, ¡No! (Grita de ira y sale corriendo junto con Sulfura y Calentón).

PÁRROCO: Bien, parece que la paz ha vuelto al pueblo (Suena un teléfono celular, lo saca y contesta). ¿Sí? Jefe, es usted. ¡En serio! ¿A qué hora? A las doce en punto. ¿Y que fue, niño o niña? Niño, ¡felicidades, daré la noticia ahora mismo!

 

Se escucha el llanto de un bebé. Una gran estrella comienza a brillar sobre el jacal.

 

PÁRROCO: Celebremos la nueva buena, que el señor está entre nosotros. Un niño ha nacido y es él el rey del cielo. Vamos a adorarlo vamos a bendecirlo.

JUAN: Miren, es la estrella, está sobre el pajar.

DON VENANCIO: ¡Por Dios! Había olvidado a la pareja de viajeros que metí en el pajar. (Va y abre las puertas del pajar. Está María con el Niño y José. La vaca y el burro se echan junto a ellos). ¡Ya nació!

 

Todos rodean el jacal.

 

PÁRROCO: Hoy es la noche buena. Hoy es noche de Paz. Alégrense todos, que la vida va a mejorar.

PERRO: ¿Puedo, puedo yo también calentarlo con mi vaho?

MARÍA: Pasa.

 

El perro se echa junto a ellos.

 

NIÑA: Quiero verlo de cerca.

MARÍA: Sí, pero, sssh. Se está durmiendo. (Comienza a cantar el arrullo del niño y todos la siguen).

         

          Duerme, duerme niño hermoso,

          duerme tranquilo y sin pena

          que al pie de tu humilde cuna,

          miel leal cariño vela.

 

          A la rorro niño, a la rorro, ro.

          Duerme bien mío, duérmete mi amor.

          Ya la luz de la alborada

          aparece en el oriente, y natura entusiasmada

          se muestra alegre y sonriente.

 

          A la rorro.

          No abras, niño, los ojitos,

          ¡ay!, no los abras por Dios,

          pues verás de mis delitos

          la enormidad tan atroz.

          A la rorro.

 

          Duerme, duerme bello niño,

          De mi amor en el regazo;

          no me niegues tu cariño

          en cuyo fuego me abrazo.

 

Todos observan al niño.

 

 

TELÓN

 

Agosto de 1999

 

 

® "Una noche en el Milagro" es una obra registrada a través de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), como parte del compendio "Cuatro Mundos". No. de registro: 03-2001-020610572100-14

 

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