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ENRIQUETA ‘’LA MALTRATÁ"

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

ENRIQUETA ‘’LA MALTRATÁ’’

 Sainete 

 Original de: Raimundo Francés

 bea45azul@yahoo.com

 (Sainete en dos actos para seis personajes)

 INTRODUCCIÓN

De lo acontecido a una mujer, habitante de una ciudad del sur de Andalucía, de mediana edad, esposa de un marino retirado, tras denunciar a su esposo por malos tratos.

 

Obra compuesta de dos actos, el primero, que discurre en la entrada y los pasillos del juzgado, en la hora previa a la vista de careo, y, el segundo, ya todos los personajes en presencia del juez, cubriendo el desarrollo del pintoresco juicio.

 

Aunque intervienen media docena de actores, los personajes principales recaen sobre la pareja protagonista y el señor juez. Luego, como protagonistas secundarios están ambos letrados y los testigos, pero el papel de éstos se reduce a unas breves intervenciones.

 

Se da la curiosa circunstancia de que el Juez tiene cierta dificultad en el habla y se expresa con tartamudez. También, Jacinto, el marido de la demandante, es algo sordo, debido a los ruidos padecidos en los barcos durante su larga etapa como marino mercante, ahora retirado. Enriqueta, la afectada, es una persona vivaracha, abierta, acomodada a los tiempos y ansiosa de una vida más irresponsable, y con más lujo y diversión, porque está harta de la existencia rutinaria de una simple ama de casa. El abogado de Enriqueta es algo afeminado.

 

La intención del autor es simplemente la de divertir a un público amante del teatro, y sobre todo, a ese sector que disfruta con las situaciones cómicas. Aunque esta obra repose en un tema espinoso como es el mal trato, esa nueva plaga de la actual sociedad en  algunos países occidentales, jamás el autor ha pensado en elevar su criterio sobre la justicia o injusticia que se pueda observar en los distintos casos, que lamentablemente llenan las páginas de nuestros medios de comunicación. Si acaso, lo aprovecha para crear una situación desenfadada y pintoresca que difícilmente podría asomarse a la ventana de un caso real.

 

 

 

 

ACTO PRIMERO

 

En los pasillos del juzgado, ese lugar en donde se mezcla gente de todas las capas sociales, de todos los sitios, de todas las razas, contrastando tanto por su ropaje, como por el lenguaje, a veces ininteligible y vulgar de algunos implicados o testigos, con el no menos ininteligible, por lo técnico, de los letrados que entran y salen por todos los despachos, como fantasmas vestidos de negro, con paso ligero y cartera de piel brillante rebosando de papeles.

 

El decorado, lo representa una puerta de doble hoja con el rótulo arriba de ‘’Sala de audiencia”, un tablón con algunos avisos y circulares, pinchados con tachuelas, y un banco de madera.

 

Mientras los abogado, a quien llamaremos en el guión Letrado “A” por “Acusación” y letrado “D” por “Defensor”, se cruzan de un lado para otro, de espaldas, simulando que lee los avisos, está Jacinto, el demandado, con las manos atrás, cuidadosamente vestido. A su lado, un hombre vestido más informal, de edad algo avanzada, también intentando leer lo que dicen los avisos y sentencias.

 

En el banco, sentada con los brazos cruzados, la dolida ‘’maltratada’’ Enriqueta. Viste con blusa y falda, y llama la atención las baratijas que penden de su cuello y de sus muñecas, y con una enorme flor de tela que sujeta su cola de caballo. Su mirada, refleja el sentimiento de alguien muy seguro en el resultado favorable de un juicio que se va a celebrar en breves minutos, aunque no puede ocultar un estado de cierto nerviosismo.

 

Súbitamente, aparece en escena, Sebastiana, una vecina de Enriqueta, que había sido citada como testigo.

 

ENRIQUETA -  Levantándose de un salto, con cara de satisfacción, abriendo los brazos, dispuesta a dar dos besos a su amiga y vecina -

¡Ay, Sebastiana! ¡Creía que no ibas a venir!  Yo estaba pensando: Mira que si hoy, precisamente hoy, le baja la regla a Sebastiana y no se puede mover, que tú siempre me has dicho que cuando te viene, te quedas rígida en el sofá, como si estuvieras amortajada.

 

SEBASTIANA - ¡Hija, por Dios! ¡Qué poquito me conoces! Tú sabes muy bien que yo soy tu amiga, para lo bueno y para lo malo, y aquí estoy. Además, que esto yo no me lo pierdo por nada del mundo, aunque tuviese las reglas y me llegara la hemorragia hasta los ‘’pinreles’’. ¡Oye! Por cierto, no veo aquí ninguna cámara, ¿es que no va a venir el muchacho ese que siempre está en el mercado, ése que trabaja para Canal Sur?

 

ENRIQUETA - No te preocupes, que ya aparecerá. Esa gente no falla. Y menos hoy, que esto es un notición, porque aquí, nunca pasa nada que merezca la pena.

Quién sabe si, a lo mejor, cuando abran la puerta de la sala, nos encontramos con el tío, ahí, ya rodando, cogiéndonos a todos como a los toreros cuando hacen el paseíllo. Yo pienso pasar la primera para que se me vea bien. Oye, ¿estoy guapa? Dime la verdad, ¿cómo estoy hoy?

 

SEBASTIANA - Hija, yo te veo muy bien. Quizás, la flor del pelo, un poquito grande. A lo mejor no podemos verle la cara al juez cuando tú estés declarando, pero por lo demás, muy bien, muy arregladita. Y eso sí, sobre todo, tienes cara de triunfadora, vamos que tú hoy, ganas seguro.

 

ENRIQUETA - ¡Eso está clarísimo! Oye, Sebastiana, tú te habrás aprendido bien lo que tienes que decir, ¿no? Mira, que tú muchas veces lo lías todo, que no me fío. Y tú eres la única testigo que tengo... ¡Bueno! Tú me entiendes.

 

SEBASTIANA - Sí, mujer, tú no te tienes que preocupar por eso. Oye, ¿aquí no hay café? Es que hija, me he tenido que planchar la falda, lavarme la cabeza, secármela en la azotea porque no sé donde puñetas habrá metido mi hija el secador. Le he dejado la tortilla hecha a mi niño por si esto dura mucho, y con tanto jaleo, no me ha dado tiempo ni a desayunar.

 

ENRIQUETA - Pues, verás, ¿sabes lo que podemos hacer? Como es temprano y de aquí a las diez que empieza esto nos da tiempo, nos podíamos bajar a la cafetería de la esquina y nos tomamos un cafetito con dos croissant, que creo que ahí los ponen de muerte, y nos fumamos un cigarrito para los nervios.

 

 - A esto, el abogado de la demandante, se les acerca –

 

LETRADO “A” - Enriqueta, supongo que usted está tranquila, ¿verdad? No se le olvide lo que le he dicho. Los moratones que se vean bien, y si se le ve el tanga, no importa. Lo importante es que los moratones los vea todo el mundo.

 

ENRIQUETA - No se preocupe don Cristóbal, que yo sé lo que me tengo que hacer. Además, anoche lo estuve ensayando en casa y hasta me dio pena de mí misma cuando me vi todas las manchas moradas por todo el cuerpo. ¡Ah!, don Cristóbal, le presento a mi vecina Sebastiana, la amiga que viene de testigo.

 

LETRADO  “A” – Mucho gusto. - dándole la mano - Supongo que usted se sabe bien lo que debe decir en el juicio. ¿Necesita usted algo?

 

SEBASTIANA - Pues sí. Eso mismo le decía a Enriqueta. Que podríamos bajar a tomar un desayunito, que estamos las dos en ayunas y no vamos a tener fuerzas ni para hablar. Y mucho menos para gritar, en caso de que tengamos que pegar un gritito de esos.

 

LETRADO “A” - ¡Nada de eso! De aquí no debe salir nadie, y usted, Enriqueta, muchísimo menos. Si quieren ustedes un poquito de café, yo les puedo dar un poquito del que traigo en el termo, que mi madre me lo prepara todas las mañanas.

 

SEBASTIANA - ¿Y no le habrá puesto también su madre por casualidad una ‘’vienecita’’ con manteca ‘’colorá’’?  Nos podemos comer media, cada una.

 

ENRIQUETA - ¡Calla, Sebastiana! ¡Ya ha dicho don Cristóbal, que tenemos que esperar, y si tenemos hambre, hay que aguantarse!

LETRADO “A”- ¡Claro, Enriqueta! ¿No comprende usted que si come algo y se toma un buen café calentito, se le suben los colores y se le difumina esa cara de desgraciada y de medio muerta que tiene ahora? Tenga en cuenta que, aunque yo le voy a ayudar todo lo que pueda, la que tiene que convencer al juez de que usted vive maltratada, es usted misma. Y cuanto más demacrada y más decaída, mucho mejor. Con esa cara y los moratones, ganamos, pero… ¡seguro!

 

ENRIQUETA - ¡Vale, don Cristóbal! No hay problema. Pero, aquí en el bolso tengo un caramelito de anís. Ese me lo puedo chupar, ¿no? ¡Es que estoy, que me caigo! ¡Que no tomo nada desde ayer a las seis!

 

LETRADO “A” - ¿Un caramelo de anís? ¿Pero, está usted loca Enriqueta? ¿Sabe usted lo que podría pensar el señor juez si le pide que se le acerque y le huele el aliento a anís? ¡Oliendo a borracha, por Dios! ¡Entonces, el caso está perdido, pero sin duda alguna! ¡Y sería una verdadera lástima, perder un caso como este por un simple caramelito...! ¡Vamos! ¡Digo yo!

 

ENRIQUETA  - Lleva usted razón, don Cristóbal. No hay más que hablar. Si me caigo al suelo con un desmayo… mejor.  Oiga, aquí habrá algún muchacho de la cruz roja ¿no?

 

LETRADO “A” - No se preocupe, mujer. Eso sí. Si se cae usted al suelo, procure caer como hay que hacerlo. Que se vea realismo, que el personal grite de espanto. Cuanta más lástima, mejor. Yo me encargo de explicar que se debe a las consecuencias del maltrato. Lo importante es ganar el caso. ¡No lo olvide!  Hasta lueguito.

 

SEBASTIANA - Enriqueta, este hombre lleva razón. La pena, es lo mejor que hay para ganar un caso de estos. Porque el juez tiene esposa, y a lo mejor, hasta tiene madre. Si el juez te ve tan apenada, tan sufrida, tan desvaída, y encima te desmayas, es como si él estuviera viendo a su madre agobiadita por tanto sufrimiento. ¡Seguro que hasta se le caen las lágrimas! ¡Que sí, chiquilla, que te lo digo yo!

Oye, por cierto, ¿dónde te has buscado un abogado tan bueno? No, si no lo digo por lo profesional, lo digo porque está como un mazapán. ¡Cómo está el tío! ¡Vamos, que yo le haría un favor sin que me lo pidiera!

 

ENRIQUETA – Mira, déjate de conquistas ahora, que esto es un juzgado y no un bar de copas. Además, ese muchacho es un hombre respetable, de carrera.

 

SEBASTIANA - Sí, pero no me negarás que el tío está de rechupete ¡Qué ojos! ¡Qué pestañas! ¡Como las mueva, va a barrer todo el juzgado! ¡Y qué pelo! ¡Vamos, que a ti no te ha dado ya la tentación, antes que a mí! No te olvides de darme su número de teléfono, por si acaso un día tengo que arreglar el divorcio, que ya está una más que harta de lo mismo todos los días. ¡Y todos los días el mismo!

 

ENRIQUETA - ¡Tú estás loca! ¡Yo, liada con mi abogado! Eso suena a película mala. Además, si yo me liara con él, tú no pensarás que yo te lo iba a dejar prestado, ¿no? ¡Vamos, que los hombres saben distinguir todavía!  - Pasándose las manos por las caderas- Y este cuerpo, con esta cara, no son para dejarlos por una… ¡Bueno! ¡Vamos a dejarlo ahí!

SEBASTIANA - ¡Bueno! ¡Ya me lo pensaré! Porque yo no estoy tampoco tan mal. Sin ir más lejos, ¿sabes lo que me acaba de decir el policía de la puerta? ¡Agárrate! Me ha dicho que estoy… ¡para mojar pan!

 

ENRIQUETA - ¡Bueno! Eso es porque el pobre estará también sin desayunar desde que abrió el juzgado, y te habrá visto cara de ‘’pringá con mucho tocino’’.

 

SEBASTIANA - ¡Mira! ¡A mí no me faltes tú, que yo soy una mujer muy ‘’honrá’’! Y como sigas hablándome así, te vas a quedar sin testigo.

 

ENRIQUETA - ¡Bueno! Mujer, que no es para ponerse así. Además, a mí me han dicho que cuando estás citada como testigo para un caso de éstos, no puedes faltar, a menos que estés muerta o que alguno de tu familia haya tenido un accidente grave, y en tu familia, que yo sepa, nadie tiene carné de conducir. Así, que…

 

SEBASTIANA - Pues, no hables muy alto, porque yo también sé hacerme la desmayada, y seguro que me llevan a urgencia en una ambulancia al hospital, y te quedas sin testigo. Que sin mí, el juicio lo tienes perdido, y tú lo sabes. Además, si me pasa algo, seguro que el “cámara” de Canal Sur se sube a la ambulancia conmigo para sacarme en primer plano, y a ti te deja aquí, más tirada que una colilla en un charco.

 

ENRIQUETA - ¡Mujer, hay que ver como te pones! No sabes aceptar una broma. Que estamos entre amigas. Ven para acá. - La toma de un brazo y la lleva al borde del escenario, como si quisiera evitar que alguien pudiera oír la conversación que ya estaba subiendo de tono -

 

A ver, dime bajito, que nadie se entere. Si el juez te pregunta si me has visto alguna vez saliendo de mi casa horrorizada, con la cara llena de moratones, y la blusa desabrochada, ¿tú, qué le tienes que decir?

 

SEBASTIANA – Pues eso, ¿qué le voy a decir? Que tu marido llegó ese día con ganas de “trique, trique”, y como tú no querías porque estabas agotada de tantas vueltas por las rebajas de ‘’El corte inglés’’, pues… se enfadó… ¡y te dio con el teléfono!

 

ENRIQUETA - ¡Que no, mujer! ¡Que te has equivocado otra vez! Que eso fue la segunda vez, cuando me sorprendió llamando al concurso de la tele, ese día que yo estaba totalmente segura de saber la respuesta, y como a él no le gusta porque dice que nos engañan con las llamadas, que nos tiramos el dinero para no sacar nada, entonces, él me dijo que yo era una ingenua y una idiota de remate. Me insultó gravemente y al quitarme el teléfono, salí despedida, y me di con el bastidor de la puerta, aunque tú tienes que decir que me dio con el teléfono.

 

SEBASTIANA - ¡Ah, ya!  Entonces, el día de la blusa, tú no estabas al teléfono. Entonces, fue el día que te quiso violar, sin la menor compasión, y como tú no te dejabas, cuando ya te estaba desnudando a la fuerza, le diste un pisotón, saliste corriendo, y te refugiaste en mi casa, ¿no? Ahora, ya lo tengo más claro.

ENRIQUETA - Eso, está mejor.  Eso es lo que tienes que decir. Pero no olvides que yo no tengo teléfono. Nosotros nos dimos de baja del teléfono fijo porque la factura todos los meses era altísima, y Jacinto decía que eso de pagar noventa euros por una llamadita a Butano, y otra para pedir un número para el podólogo, era una estupidez. Así, que lo único que tengo ahora es el móvil, aunque solo para recibir llamadas, porque Jacinto no quiere que lo cargue, pues, según él, lo gasto todo en preguntar a las agencias los precios de los viajes a Canarias, a Baleares, y los de los cruceros a Italia.

 

SEBASTIANA - Ah, ¿es que estás planeando un viaje a Canarias y un crucero? ¡Qué calladito te lo tenías! ¡Y yo, que el único viaje que he hecho en mi vida fue el de la ambulancia cuando me llevaron de parto!  Y eso, porque me cogió en la calle, que si me pongo en mi casa, mi marido, que también es muy ahorrativo, el muy desgraciado, seguro que me lleva al hospital en el cuadro de la bicicleta.

 

ENRIQUETA - No, mujer. Yo no estoy planeando nada. Que mi marido dice que él ya ha viajado bastante, pero me hace ilusión, y me gusta preguntar. Porque siempre se ha dicho que soñar no cuesta dinero. Pero, como yo gane este caso y mi Jacinto me tenga que indemnizar, yo me pienso ir a esas islas a pasarme allí unas buenas vacaciones. ¡Con la de salas de bingo que tiene que haber en Canarias!

 

- Mientras transcurre esta conversación, los abogados siguen cruzando el escenario, y Jacinto simula hablar con su amigo y testigo, en un rincón –

 

SEBASTIANA - O sea, que, tú tienes un móvil y no me has dado todavía el número. ¿Pero yo soy tu amiga íntima o qué soy? Desde luego, me estoy quedando decepcionada contigo.

 

ENRIQUETA - Pero, mujer, ¿para qué quieres el número de mi móvil si tú vives en la puerta de al lado? Si nosotras hablamos por la terraza, por la ventana del patio, abajo en la frutería, en la azotea, mientras tendemos la ropa. ¿Para qué quieres hablar conmigo por teléfono, si tú sabes de mi vida más que yo misma? ¡Si me dijiste un día que desde tu dormitorio escuchas hasta el ruidito que hace el “tic-tac” del reloj de pulsera de mi marido! Y cuando me estoy tragando la pastillita anticonceptiva, ¿también la oyes bajar por la traquea?

 

SEBASTIANA - Bueno, vamos al grano. Que yo me entere de una vez. Dime lo que tengo que decir ahí dentro, pero clarito y con detalle, sin liarme. Porque yo no quiero meter la pata, no vaya a ser que seas tú la que vaya a la cárcel y me quieran a mí llevar contigo. Mira Enriqueta, que esto es un compromiso, que un juicio es una cosa muy seria, y yo tengo una familia.

 

ENRIQUETA – Pero, si aquí nadie va a ir a la cárcel, mujer. ¿Tú has visto que en algún caso de maltrato haya ido alguna mujer a la cárcel? Ni siquiera mi marido va a ser detenido. Que me lo ha dicho el abogado.

Aquí lo que tenemos que conseguir es una indemnización por parte de mi Jacinto, que su padre tiene cuatro fincas, seis garajes alquilados y dinerito en el banco. Y como no ha heredado todavía porque el abuelo todavía no quiere estirar la pata, a pesar de sus noventa y cinco años, lo que quiero es que lo obligue a dejárselo todo ya para poderme pagar a mí el pedazo de indemnización que le va a pedir el juez.

¡Chiquilla, que eso no falla! ¡Que no es la primera vez!  ¡Que a éste le tengo que sacar los cuartos como sea! ¡Que ya está bien de vivir con una pensión! Que aunque no sea mala del todo, una no se puede permitir algunas cosillas que tienen otras… ¡más afortunadas!

Esto es muy fácil. Tú, al abogado mío, a don Cristóbal, le dices a todo que sí.  Y cuando te pregunte el otro, el del bigote, le dices que no.  Un ejemplo, si el tío del bigote te pregunta si me viste alguna vez defenderme de mi marido con algún objeto pesado, como una batidora, un sartén, el gato del coche, o algo así, tú le dices que no. ¡Siempre que no!

 

SEBASTIANA - Bueno, a ver si me sale bien. Tengo que hacer un esfuerzo. Porque tú me contaste una vez que a tu marido se le cayó una latita de atún en el suelo cuando la estaba abriendo, y te dio tanto coraje que, cuando él estaba limpiando el aceite de las losas, aprovechaste y le diste con la paellera en la cabeza. Recuerdo muy bien que me dijiste: ‘’Y tenía la cabeza tan dura, que en vez de caerse al suelo desplomado, se levantó y me gritó: ¿Y ahora, qué te ha dado, por jugar al tenis con mi cabeza? ¡Pues, estamos apañados! “

 

ENRIQUETA - Eso fue una anécdota.  Además, la paellera no era tan grande. Era de cuatro raciones nada más. ¡Hija! ¡Es que no lo entiendes! ¡Me estás liando, Sebastiana! Ahora, lo que se va a celebrar es un juicio de maltrato. Tú ya sabes lo que es el maltrato. Los hombres que pegan a las mujeres. Y casi siempre, sin motivo y sin razón. Lo del sartenazo aquel fue una tontería, cosas de matrimonios. Que tú también estás casada y ya sabes lo que discutimos los matrimonios. Que los hombres son todos iguales. Que te dejan las gotas de agua en el suelo del cuarto de baño, que no friegan bien las cucharas, y después una tiene que ir siempre detrás revisándolo todo.

Luego, dejan los pantalones colgados en la percha que no es, y sin la raya. Dejan el mando del televisor en cualquier sitio. Nunca te traen del supermercado las cosas que una le encarga, ya tú sabes… Y si una no se pusiera seria de vez en cuando, y no le enseñara un poco de disciplina… ¡Qué sería de ellos!  Es así, ¡y son todos unos desastres, que no valen para nada!

 

SEBASTIANA - Entonces, lo que me estás diciendo, es que siempre es bueno tener un buen sartén a la mano… ¿no?

 

ENRIQUETA - ¡Mujer, no! Tú no tienes que ir todo el tiempo con un sartén por toda la casa, con lo que pesa ese cacharro. Siempre se debe usar lo primero que te coja de la mano. Por ejemplo, un jarrón, ¡pero de las trescientas, eh! ¡No el de porcelana!

También vale la fregona… un paragüero… ¡Hay muchas cosas!

¡Ah!  Y además, si quieres educar bien a tu marido, cuando haga algo que no esté bien, ya sabes, por la noche, ¡nada de nada! Cuando te busque, ¡‘’nanai’’ de la china! ¡Quieto ‘’parao’’! Eso es lo que más les duele. Con eso es como mejor se educan. Aunque tú lo veas que se va cabreado a ver la tele, que abre el “frigo” y se pone a cenar otra vez, o que se queda en la cama dando más vueltas que un tiovivo, ¡tú a dormir, chiquilla! No te preocupes por eso, que al día siguiente, verás lo dócil y obediente que está. ¡Esa técnica es… que nunca falla!

 

SEBASTIANA - Ya, ya veo. Pero eso que tú haces con tu marido, conmigo no funciona. ¡Vamos!  ¡Que no va bien!

 

ENRIQUETA - ¿Que no? Pero hija, si eso no falla. Si eso, lo hacemos todas las mujeres, y siempre ganamos la batalla.

 

SEBASTIANA – Sí, pero no. A mí, mi marido no me tiene que buscar. ¡Vamos! ¡Que no lo necesita!

 

ENRIQUETA - ¿Ah, no? Entonces, es que tiene por ahí… ¡Cuánto lo siento, querida vecina! ¡Vamos, digo que lo siento por tu marido, claro!

 

SEBASTIANA - ¡No, qué va! Lo que te quiero decir es que por la noche, antes de acostarnos, quiero decir, antes de meternos en la cama, cuando nos estamos quitando la ropa, ya yo le he metido mano. ¡Vamos… que si el se me resiste, entonces soy yo la que le tengo que dar un sartenazo! ¡Y mi paellera, es de ocho raciones!

 

ENRIQUETA – ¡No me digas! ¡No me lo puedo creer! Entonces, tú no puedes pasar sin… ¡Hija!  ¡Qué barbaridad! Ahora entiendo como mirabas a mi abogado, que te lo estabas comiendo con la vista. ¡Que yo no soy tonta, Sebastiana!

 

SEBASTIANA - Mujer, es que todas no somos iguales. Hay mujeres más frías… o normalitas… y hay otras…

 

ENRIQUETA - ¡Y otras que echan fuego como tú!  Anda hija, sepárate un poco… ¿quién tendrá un abanico por ahí?

Pues, ¿sabes lo que te digo?  Que aquí, hay que dejarse de tonterías, que esto es un caso de maltrato, que este caso lo tengo que ganar, y que tú eres mi único testigo y tienes que estar de mi lado. Porque, si tú no me apoyas ¿Qué hago yo? Sería mi palabra contra la de mi marido, y en eso de la palabra, ya tú sabes, el me gana por diez a cero. Por algo es el presidente de la comunidad.

 

SEBASTIANA - Enriqueta, tú cuenta conmigo. Tú, tranquila, que yo soy tu vecina y tu amiga. Que tú a mí me has ayudado muchas veces, y ahora, yo a ti no te voy a dejar tirada. Además, tú me has dicho que a ti tu marido alguna vez te maltrata, y eso es verdad… ¿o no es verdad?

 

ENRIQUETA - Mujer, ¿Yo te voy a engañar a ti? ¿Tú te crees que yo soy una mujer de esas…?

 

SEBASTIANA – Pero, Enriqueta, ahora, entre amigas. De mujer a mujer. Hablando en serio, ¿A ti, tu marido te pega, si o no?

 

ENRIQUETA – Mujer, tanto como pegar… lo que se dice pegar, pegar… ¡Y que no se atreva el “desgraciao’’!  Pero, maltratarme, sí que me maltrata.

SEBASTIANA - De todas formas, este juicio yo no lo estoy viendo muy claro. Ya veo que tú lo que quieres es sacarle la pasta a Jacinto, pero, si la cosa no va bien, ¿por qué no te separas? ¿Por qué no te divorcias?

 

ENRIQUETA – Pero… ¿qué dices? ¡Divorciarme yo!  Lo único que me hace falta es un dinerito. Para yo poder decidir. Para irnos a Canarias en un crucero, y allí, disfrutar en un buen hotel con gimnasio y sauna, y luego por la noche a cenar a un buen restaurante, y luego, al casino, a jugar unas partiditas. Y de madrugada, a la ‘’disco’’, a mover un poco el esqueleto. ¡Como hace todo el mundo!

 

 Hija, que una tiene que cuidarse un poco, que la vida es una, y nada más, que cuando una pasa de los cuarenta, ¡ya no te mira ni la tripulación de un petrolero cuando desembarcan después de un viaje de seis meses en el golfo pérsico!

 

SEBASTIANA - Pero, ¿estás segura de que vas a ganar este juicio?

 

ENRIQUETA - ¡Pues, claro! ¡Para eso, le tengo que dar al “’guaperas’’ el veinte por ciento!

 

SEBASTIANA – Y, suponiendo que ganes el juicio, ¿qué le pasaría a tu marido, aparte de pagar esa indemnización?

 

ENRIQUETA - ¡Nada, mujer, nada!  Todo lo más, que el juez le diga que tiene que vivir separado de mí unos trescientos metros, lo que se llama “la lejanía del cónyuge”. Pero como la asociación está a trescientos cincuenta, y él se lleva allí todo el día, ¿a mí qué me importa?  Y luego, por la noche, si viene a casa a eso de las doce… y yo además, no lo denuncio… ya me dirás. Te estoy diciendo como es la ley esa, que yo no me he inventado nada.

 

SEBASTIANA – ¿Y cuánto crees tú que Jacinto tendrá que abonarte de indemnización?

 

ENRIQUETA -   Lo que diga el señor juez. Pero si me da un millón por cada moratón que llevo en el cuerpo, es como si me hubiera tocado la primitiva.

 

SEBASTIANA - ¡Ay, hija! ¡Qué suerte tienes! Verás, estoy pensando que si tú ganas este juicio es gracias a mí… ¿no? Es que si tú vas a coger tanto ‘’moni’’ deberías darme a mí también por lo menos otro veinte por ciento, ¿no?  ¡Que una también tiene sus necesidades…!

 

 - A esto, el Alguacil, en voz alta: ‘’Caso 207/04. Vayan pasando todas las personas que figuran en la citación que está en la puerta, y vayan tomando su asiento’’ -

 

SE BAJA EL TELÓN   

 

(Fin del primer acto)

 

 

 

(SEGUNDO ACTO)

 

El escenario muestra el decorado propio de una sala de audiencia, con puerta al fondo, y quizás un cuadro (del rey) simulado, o una bandera.

 

A la izquierda, de costado, la mesa donde el juez ya se encuentra sentado en primer plano. Al fondo, los letrados, juntos. A la derecha, la demandante, sentada, también en primer plano, mirando hacia el juez. Más al fondo, su marido, como acusado. Y detrás de ellos, Sebastiana, la testigo de Enriqueta y Julianito, el testigo del marido.

 

Habla el juez, quien, aparte su tartamudez, tiene la manía de acostar su cabeza sobre su mano izquierda, como si expresara su aburrimiento cuando algún caso, como ocurre con este, se atraviesa, ante la dificultad de ralentizar el proceso en muchos momentos por los malentendidos y la incomprensión de la mecánica jurídica, por parte de algunos de los asistentes. Cada vez que habla su señoría, todos los presentes, en particular los letrados y el Ujier, mueven la cabeza hacia abajo, como si quisieran ayudar al juez a completar sus vocablos. Estos gestos provocarán más la hilaridad.

 

JUEZ – Ujier, ¿ha comprobado que ee…ee…estén en la sala too…too…todas las personas ci...ci...citadas?

 

UGIER – Sí, señoría, están todos presentes.

 

JUEZ – Bien, que se poo.. poo…ponga de pie el aa…aa…acusado.

 

 - Jacinto se pone de pie –

 

JUEZ -  ¿Es usted Jacinto Escalante Cossío, de ciii..incuenta y cua.. cua..tro años de edad, de profesión Mecánico de la Ma…ma.. maarina mercante, retirado, ca..ca..casado con Enriqueta Doo…doo…Domeneq Valdivieso, aquí presente?

 

JACINTO - ¿Cómo dice usted? Es que no oigo muy bien, señor Juez.

 

JUEZ -  ¡Bieee… biee… bien  empezamos!  Lo único que me hace falta es un acusado soo…soo… sordo.

 

JACINTO - Perdón, señor Juez, pero es que no me entero de lo que me dice.

 

JUEZ - No, no, nada. Ee…ee…esstaba dii… dii… divagando.  Intentaré hablar un poco maa…maa…más alto.  See… see…según el acta de la declaración tomada a su esposa, usted, en repetidas ocasiones le ha propinado goo…goo…golpes de toda índole, y paa…paa…palizas sin ca… sin ca… calificativo. Como usted sabe, la ley 1904/02 pro… pro…prohibe este tipo de aa…aa….actos salvajes coo…coo…contra la pareja, por lo que la justicia dee… dee…deberá enjuiciar su actitud, y de resultado de esta vista, se dictará su inocencia o cuu… cuu… culpabilidad. ¿Cóo… cóo… cóoomo se declara usted?

 

JACINTO – En voz alta - ¡Inocente, señoría! ¡Por supuesto!

 

JUEZ -  Bi… bi… bien, pero no hace faa… faa… falta que chille usted tanto.

See… see… señor letrado de la de… de la de… de la defensa, ¿tiee… tiee…..tiene usted preeparadas  su… su… sus  alegaciones?

 

LETRADO “D” - Sí, señoría, las tengo.

 

JUEZ - Bien, poo… poo…póngase de pie la afectada y deman…deman… demandante.

 

- A esto, Enriqueta se pone de pie, componiéndose el vestido y el escote –

 

JUEZ -  ¿Se rea… rea…reafirma usted de su declaración,  see… see… según el acta 207/04 , en la que confie… confie… confiesa usted haber sido víctima de goo.. goo.. golpes  y palizas por parte de su maa… maa… marido?

 

- A esto, Enriqueta,  que no puede resistirse, se adelanta unos pasos, irrumpiendo la lectura del juez, se planta ante él, se levanta el vestido y empieza a enseñarle el “pompis” –

 

ENRIQUETA - ¿Ve usted señor Juez? Mire, mire. Mire este moratón. Y mire este que es más grande. Y mire este otro. Y este del muslo, que todavía está calentito.

 

 - El juez, pega un respingo hacia atrás, se tapa un ojo con una mano (Aunque no deja de mirar con el otro, disimuladamente) y la reprende –

 

JUEZ -  ¡See… see…señora, coo… coo…compórtese!

 

 - Al ver el jaleo que se forma en la sala, el Juez da varios golpes de mazo –

 

 ¡Sii… sii… silencio!, ¡Orden, oo… oo…ooorden en la sala!

 

 - Murmura, mirando hacia el lado del público -- ¡Válgame el cielo, ee… ee… esta muu… muu…mujer tiene  más cardenales que un concilio del vaa… vaa… vaticano!

 

Se… se… señora, haga el favor de see… see…seeentarse, y no se mueva de ahí, hasta que yo se lo oo… oo…ordene. Además, yo no la he invitado a que muu…muu…muestre sus zonas íntimas a la vista del público.

 

ENRIQUETA - No, señoría. Es que como lo vi a usted con esa cara tan sospechosa, como si no se lo creyera, pues…

 

JUEZ - ¡Coo…coo…compórtese, haga el favor!  ¡Y no hable hasta que se le pree…pree…pregunte!

 

ENRIQUETA – Perdón  -Y se sienta con cara de extrañeza, como viendo que el rumbo que está tomando la vista no se ajusta a sus expectativas  -

 

JUEZ - See…see…señor letrado de la demandante, ¿tiene usted pree… pree.. preparados sus testículos? Digo, ¿sus testigos? Ya no sé ni loo… loo… lo que me digo.

 

LETRADO “A” – Sí, señoría. Ruego sea interrogada mi testigo, la señora Sebastiana Minguez Orellana.

 

JACINTO - ¡Mira, qué bien rima!

 

  - Los asistentes sueltan unas risitas

 

JUEZ -   ¡Oo… oo…orden!  -Y pega dos mazazos –

 

JUEZ – Si la testigo se en…en…encuentra en esta sala, que se poon… poon…ponga de pie.

 

SEBASTIANA - Levantándose de su asiento - Soy yo, señor juez.

 

JUEZ - Bien. Lii… lii…limítese a  contestar a las pre… pre…preguntas formuladas por su abogado.

 

SEBASTIANA - Sí, señor. ¡’’Pa’’ eso estamos!

 

LETRADO “A” - Sebastiana, ¿no es cierto que usted vio a su vecina, la señora Enriqueta, saliendo aterrorizada de su casa, gritando, llorando, rabiando, y pidiendo auxilio, así, con las manos en alto, porque estaba siendo agredida salvajemente por su despiadado macho? Digo, ¿marido?

 

LETRADO “D” – Con la venia, señoría, mi colega está dando por hecho la agresión por parte de mi defendido.

 

JUEZ -  Se  acepta.  Coo… coo…continuemos.

 

SEBASTIANA - ¡Bueno! Yo…  Cuando vi salir a Enriqueta chillando, yo iba subiendo la escalera con las bolsas del mercado, y me pareció que algo le pasaba. Al principio, yo pensé que ella había visto un ratón debajo de la cómoda, o que se le había salido el agua de la lavadora, pero… después…

 

LETRADO “A” - Pero después, ¿qué?  Siga, siga.

 

SEBASTIANA - No, verá usted. Es que yo enseguida me dispuse a consolarla, y abrí mi puerta para que entrara en mi casa. Le ofrecí una silla y le pedí que se tranquilizara, que de sus gritos  se estaba enterando todo el bloque. Luego, le traje un vasito de agua, y le ofrecí una tilita.

 

JUEZ - ¿Una qué?

 

SEBASTIANA - Una tila, señor juez, usted sabe, para que se calmara los nervios.

 

JUEZ - ¡Ah!  Es que había entendido una tii…tii… tirita. Continúe.

 

SEBASTIANA -   Verá usted; entonces, cuando Enriqueta ya se estaba calmando, le pregunté: ¿Con qué te has dado esta vez, chiquilla? Y ella me dijo: “No. Si no me he dado con nada, es que mi marido me ha estado zurrando” Y yo, le dije: ¿Quién? ¿Ése? ¿Tu marido? ¿Ese hombre que tuvo el valor de casarse contigo? ¿Ese santo varón? Pero, Enriqueta, ¡si a tu marido solo le falta la coronilla para decir misa!  ¡Si es un buenazo, incapaz de levantarte la voz!

 

- A esto, Enriqueta, empieza a poner gestos de frustración, de sorpresa, de decepción por la declaración de su vecina, y da unas pataditas en el suelo –

 

LETRADO “A” - Pero, Sebastiana ¿Acaso no vio usted al marido corriendo detrás de su vecina Enriqueta, aquí presente, como dispuesto a propinarle otra tanda de puñetazos?

 

SEBASTIANA - ¿Qué quiere usted que yo le diga?  Yo no lo vi, ni lo escuché. Para mí, que se había escondido en el cuarto de baño, porque a ese hombre no le gustan los escándalos.  - Mirando a Enriqueta - ¡Pero vamos!  Que a Enriqueta, ese día, le tuvo que dar una buena…

 

JUEZ - Pero, señora, si usted no vio al maa…maa…marido de esta mujer ¿cómo sabe usted que le había pee… pee…pegado?

 

SEBASTIANA - ¡Hombre, señor Juez!  Es que los moratones que tenía Enriqueta eran uno señores moratones, y desde luego, eso no está bien. Después de la vida que llevamos las amas de casa, que vengan nuestros maridos a zurrarnos, ¡eso si que no!

 

JUEZ -  Siee…siee…siéeentese.  - Haciéndole un gesto con la mano –

 

 - Sebastiana, le toca el hombro a Enriqueta, y le dice en tono más bajo –

 

SEBASTIANA -  No te olvides de mi veinte por ciento.

 

 - A lo que Enriqueta le contesta, también bajando la voz –

 

ENRIQUETA -  ¡Veinte patadas en la espinilla, es lo que te voy a dar!

 

JUEZ - Bien, el letrado de la dee…dee… defensa puede intervenir cuando loo…loo…lo desee.

 

LETRADO “D” – Con la venia, señoría. Quiero que declare mi defendido, don Jacinto.

 

 - El juez mira y señala a Jacinto –

 

JUEZ - Po… po… póngase de pie. Ya sé que es usted un poco soo…soo…sordo. Pero, espero que no me haga ree…ree…repetir las preguntas, y usted se imaa…imaa… imaginará por qué.

 

JACINTO – Haciendo gesto de sordera - Perdone, señor juez. ¿Le importaría hablar un poquito más alto? Es que, como le dije antes, en los barcos, con el ruido de las máquinas, me quedé medio sordo.

 

  - Enriqueta, hace un gesto de burla mirando al público, y remata en voz alta –

 

ENRIQUETA - ¿Medio nada más?  

 

JUEZ - Poniendo cara de contrariedad - ¡Bueno! ¡Pues estamos aa…aa….apañados!

 

 - Trata de elevar la voz –

 

 Ya hemos oído a la dee…dee…demandante y a su testigo. ¿Sigue usted declarándose ii… ii…inocente?

 

JACINTO - ¿Quién? ¿Vicente? No, señor Juez, mi testigo se llama Julián, que está aquí detrás. Vicente no ha podido venir.

 

JUEZ - ¡Vaya, hombre!  Quiero decir, que si usted se reafirma en que no es causante de los moo…moo…moratones que su esposa se ha dignado ee… ee… enseñarme.

 

JACINTO - ¿Quién, yo?  Yo, no he hecho nada, señor juez. De eso, puede usted estar seguro.

 

JUEZ – Bien, el abogado dee…dee…defensor tiene el uso de la paa…paa…palabra.

 

LETRADO “D” - Gracias, señoría. Jacinto, - Elevando un poco la voz - ¿No es cierto que usted nunca ha inferido insulto alguno a su esposa?

 

JACINTO - Perdone, pero no he entendido la pregunta.

 

LETRADO “D” –Elevando un poco más la voz - Le pregunto, Jacinto, que si usted alguna vez ha faltado a su mujer, de palabra.

 

JACINTO - ¡Ah, ya!  ¿Quién? ¿Yo? ¿A mi mujer? ¡Nunca! ¡Jamás! ¡Dios me libre!

 

LETRADO “D” - ¿Verdad, Jacinto, que usted nunca ha tocado a su esposa?

 

JACINTO - ¿A mi mujer? ¿Qué si yo la toco? ¡Hombre!  - Con cara de timidez y disimulando su pícara sonrisa - Yo no creo que aquí, precisamente aquí, en público, tenga yo que contar esas cosas, ¿no?  La vida íntima es de cada uno… Además, usted, señor abogado, no me dijo que me iba a hacer esa clase de preguntitas.

 

LETRADO “D” - No, hombre, usted no me ha entendido. Le pregunto, si usted alguna vez le ha puesto la mano encima, quiero decir… con violencia.

 

JACINTO - Sí, claro; siempre con prudencia, con mucha prudencia. ¡Que yo soy un hombre muy correcto, ¿eh? Pero, bueno, señor abogado, que me va usted a sacar los colores. Que esas cositas… ¡no se cuentan aquí!

 

JUEZ - ¡Oiga!   - Haciendo un gesto con la mano -  Aa…aa…acérquese.

 

  - Jacinto hace caso y se acerca bastante –

 

Su abogado le está pree…pree…preguntando si usted ha pee…pee…pegado a su esposa alguna vez.

 

JACINTO - ¿Yo?  - Haciendo aspavientos de contrariedad - ¿Pegarle yo a mi mujer? Pero, señor, ¿Es que yo tengo cara de boxeador?  ¡Por favor! ¡Si yo, en mi vida, lo único que he pegado han sido los sobres de las cartas para echarlas al correo!

 

JUEZ – ¡Bueno, bueno! Moo…moo…modérese. ¡Y siéntese! El letrado puede coo…coo…continuar.

 

LETRADO “D” – Díganos, Jacinto ¿Es usted bebedor? Me refiero a que si usted toma alcohol con asiduidad.

 

JACINTO - Perdone, ¿me podría repetir la pregunta? Es que no la he cogido muy bien.

 

LETRADO “D” – Le he preguntado si usted, en su vida de casado se ha emborrachado alguna vez. ¿Se ha enterado bien ahora?

 

JACINTO - ¿Quién? ¿Yo? ¿Emborracharme, yo?  -

 

 Mirando hacia atrás –

 

Julianito, di a estos señores si tú me has visto alguna vez borracho. Dile al señor juez lo que yo bebo cuando echamos la partidita en la asociación.

 

JUEZ - Al ver que Julianito intenta decir algo - ¡No! El testigo aún no ha sido intee…intee…interrogado. Se gua…gua…guaaaardará muy bien de decir una palabra hasta que le toque suu…suu…su turno.

 

JULIANITO -  Perdón, señor Juez, es que jacinto no…

JUEZ - ¡Que se calle! 

 

 - Luego, hace un gesto al abogado defensor para que siga con el uso de la palabra –

 

ABOGADO “D” - Jacinto ¿Ha consumido usted drogas alguna vez?

 

JACINTO - ¿He oído ‘’drogas’’? ¿He oído algo así como si yo he tomado drogas? ¿Drogas, yo? ¡Qué gracia!  Si usted le llama drogas a las dos pastillas de ‘’valeriana’’ que tomo cada noche para dormir.

 

ENRIQUETA - Sí, claro, - Mirando al público – No puede dormir porque los remordimientos no lo dejan cerrar los ojos.

 

JACINTO - ¡De eso, nada! ¡Es que aunque estoy un poco sordo, tus ronquidos son más escandalosos que el motor de un remolcador, y no hay quien los aguante!

 

JUEZ -   ¡Orden! ¡Ooo…oo…ooooorden!  - Dando dos mazazos –

 

LETRADO “D” - Díganos, Jacinto. ¿Alguna vez ha empleado usted la violencia para imponer su voluntad?

 

A esto, Julianito, que no pudo reprimirse, se levanta nuevamente en defensa de su gran amigo –

 

JULIANITO - ¡Ja! ¿Éste?  ¡Pero si en la asociación, la gente lo llama ‘’San Jacinto”!

 

JUEZ - Le he dicho que no hable hasta que se le pree…pree…pregunte. La pró…pró…próxima vez me veré obligado a expulsarlo de esta sala.

 

JACINTO - ¡Cállate, Julián!  Te lo agradezco, pero no hables todavía. Ya te tocará el turno.

 

LETRADO “D” - Al ver que es el momento propicio – Señoría, solicito poder interrogar a mi testigo, don Julián.

 

JUEZ - De acuerdo. Ya puede el tee…tee…testigo ponerse de pie. Y  espere a que se le pre… pre… pregunte.

 

 - Julianito se pone de pie –

 

ENRIQUETA - Señor Juez, a ese no le haga usted mucho caso, que es un pelota de mi marido. Que me he enterado que le paga hasta la ITV.

 

 - Mientras se abanica desesperadamente para disimular sus nervios –

 

JUEZ - ¡Señora! A usted nadie le ha pree…pree…preguntado. Ya le tocará su…su…su turno.

 

ENRIQUETA - Está bien, señor juez, no se ponga usted así. Ya me he callado.

LETRADO “D” - Díganos, don Julián ¿Usted ha visto a su vecino Jacinto enfurecido, enloquecido, en un estado de excitación fuera de lo normal?

 

JULIANITO - ¡No, señor! Este caballero, aquí presente, no se altera por nada. Solamente lo vi un poco alterado de los nervios, aquel día de agosto. ¿Te acuerdas Jacinto? Aquel día, se fue la corriente, y se quedaron ocho personas encerradas en los ascensores. Jacinto iba corriendo para acá y para allá, con una cara muy seria. Es que, el mecánico de la compañía de los ascensores no llegaba, y la voz de los encerrados se oía, como muy lejos. Se escuchaban unas vocecitas que decían… - Simulando un tono muy débil –

 ‘’Por favoooor… Sacadnos de aquí … Que estamos empapaditos de sudor… y nos asfixiamoooos’’

 Y Jacinto, que no sabía qué hacer, ponía una cara desencajada, blanca. El pobre hombre, se sentía como responsable, sin serlo. Pero aparte de aquel día… no recuerdo.

 

LETRADO “D” - Entonces, ¿usted no cree a Jacinto capaz de hacer daño a otra persona, quiero decir, daño físico?

 

JULIANITO - ¡Que va! ¡Y menos a una mujer! ¡Pero si las mujeres del barrio lo adoran! ¡Si una de la asociación quería una foto suya para ponerle un marquito y una velita, como si fuese un santo o algo así!

 

ENRIQUETA – ¡Con que las mujeres del barrio te adoran! ¡Conque un marquito, eh?   Seguramente sería para ponerte en su mesita de noche. ¡Ya te daré yo a ti marquitos y velitas!

 

JUEZ -  ¡Caa…caa…cállese!

 

LETRADO D – No haré más preguntas, señoría.

 

JUEZ - Bien; comoquiera que no hay acuerdo entre los tee…tee…testigos y sus declaraciones son too…too…totalmente contradictorias, creo que pro…procede un último careo entre ambos cóon…cóon…cónyuges.

 

  - Murmura, moviendo la cara hacia el público -- Y así acabamos de una vez.

 

¡Que se lee…lee…levanten!  Aa…aa…acérquense.

 

  - Una vez los dos muy aproximados al juez, éste les interroga directamente –

 

JUEZ - Veamos. Su esposa le acuu…acuu…acusa de malos tratos, y usted dice que nunca le ha puesto la mano encima… ¿quién dii…dii…dice la verdad?

 

 - A esto, ambos contendientes se enzarzan en una palabrería de recriminaciones que nadie entiende, y el juez los manda callar de nuevo –

 

JUEZ -  ¡Si…si…silencio! ¡Caa…caa…cállense!  Que hable uno, y luego el otro. A ver, see…see…señora.

 

ENRIQUETA - No, señor juez, si yo no digo que mi marido sea un desalmado, ni un borracho, ni que sea un canalla. Lo que digo es que ya no me trata como antes, que me trataba muy bien. Y ahora, me maltrata. Y yo soy muy sensible, y lo paso muy, muy mal, aunque él no se de cuenta.

 

JUEZ - Entonces, que yo me aclare. ¿Su marido le zuu…zuu…zurra, si o  no?

 

ENRIQUETA - ¡Hombre! Zurrar, lo que se dice zurrar, así, tan fuerte…

 

JUEZ - Jacinto, entonces ¿cómo explica usted esos moo…moo…moratones?

 

JACINTO - ¿Los melocotones? ¿Qué melocotones?

 

JUEZ - Gritando - ¡Los cardenales! ¿Que quién se los ha hecho a suu…suu…su esposa?

 

JACINTO - ¿Cuáles? ¿Esos cardenales que tiene mi mujer por todo el cuerpo? Pero, señor juez, si ella está siempre llenita de cardenales. Es que ella es tan nerviosa y tan loca, que va por la casa tropezando con todo lo que se encuentra, y cada vez que choca, se le forma un moratón que no desaparece hasta el cabo de unos diez o doce días. Pero antes de que se le borre uno, ya le ha aparecido otro. El médico ya le dijo que no se preocupara, que es un problema de circulación.

 ¿No ha visto usted, señor juez, lo blanquitos que estamos? Es que mi señora no quiere ir a la playa de aquí porque las vecinas y sus amigas se van a reír de ella. El año pasado, una le dijo: ¡Hija, qué barbaridad! ¡Qué de mordisquitos! No sabía que tu marido fuera tan fogoso a su edad. ¡Y parece tan prudentito! Y mi mujer, para no confesarle que se trataba de los porrazos que se pegaba con la mesa y los demás muebles, le contestó: ¡Mujer, es que algunas, todavía, levantamos pasiones, y una no puede evitarlo!

 

JUEZ - Bien, entonces, usted Enriqueta, admite que suu…suu…su marido no le ha pegado nunca, aunque le gustaría que él fuese más atento con usted. ¿No es cie…cie… cierto?

 

ENRIQUETA - ¡Eso, señor juez! ¡Eso es lo que quiero decir!

 

JUEZ – Sí, pero ree…ree…..reconozca señora, que no ha habido maal… maal…maltrato en ningún momento.

 

ENRIQUETA - Ni malo, ni bueno. Señor Juez. Antes, mi marido me regalaba pulseras de oro, me mandaba flores en nuestro aniversario… Pero ahora, me tiene olvidadita.

Además, a mí me han dicho siempre que lo contrario de un buen trato es el maltrato. Por eso he puesto mi denuncia.

 

JUEZ - ¿Y usted, qué tiene que decir Jaa… jaa…Jacinto? Dejando los cardenales aparte, ¿promete usted ser más atento con su esposa?

JACINTO - ¡Hombre, señor juez, pero si yo a mi mujer la quiero un montón! Lo que pasa es que ella quiere mucha guerra, y yo, la verdad, yo no soy un muchachito de veinte años, que la vida y la mar castigan mucho. Y también quiere una vida de lujo que yo no le puedo dar.

 

ENRIQUETA - ¿Yo, guerra? Lo normal. Pero hay que considerar que yo soy una mujer muy romántica, y necesito a mi lado un hombre, ¡No un contable!

 

JUEZ – ¡Bien, vamos a acabar con este pleito, de una vez, que está durando demasiado! Yo, por esta vez, voy a ooo…ooo…olvidarme de la denuncia, del maltrato, del buen trato, y de los moo…mooo…moratones.  A usted, Jacinto, en lugar de imponerle una multa, ese dii…dii…dinerito lo empleará usted en comprarle un buen ramo de floo…floo…flores a su esposa, la pobre, que con tantos moo…moo…moratones, parece que tiene gangrena. Y deberá dedicarle más tiempo.

Usted, Enriqueta, si vuee…vuee…vuelve a denunciar a este… a este… a este hombre, por maa…maa…malos tratos, le pondré una sanción a usted, y la castigaré con arresto doo…doo…domiciliario durante seis meses. Y ahora quiero que hagan las paa…paa…paces, y se marchen como buenos esposos. Y aquí no ha pasado nada.

 

ENRIQUETA - ¿Tú me sigues queriendo, Jacintito de mi vida?

 

JACINTO - ¿Qué si te quiero?  ¡Te voy a comprar ahora mismo un ramo de claveles que no va a caber en la casa! Y la semana que viene nos vamos a Canarias de vacaciones, que yo sé que a ti te encantó, y vamos a recordar nuestro viaje de novios. ¡Vamos, que va a ser como si nos casáramos otra vez!

 

 Los presentes, aplauden celebrando la reconciliación. El juez, un poco cansado, con los papeles en la mano, abandona la sala moviendo la cabeza. El abogado de la acusación, se cruza de brazos y pone cara de malhumor y decepción. Mientras, se va corriendo el telón lentamente al tiempo que se van apagando las luces, y se oye la voz de Sebastiana, ya con el escenario a oscuras, que grita –

 

SEBASTIANA  -  Y ahora, ¿que va a pasar? ¿Quién me va a pagar mi veinte por ciento? ¿Para esto he venido yo al juicio? ¡Todo el mundo muy feliz, y una siempre haciendo la tonta! ¡Y encima, me quedo sin desayunar! ¡No te digo!

 

SE CORRE EL TELÓN

 

Fin.

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