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EL ESLABÓN PERDIDO

de Francisco Romero Romero

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de estas obras requiere el permiso del autor, así como abonar los correspondientes derechos al autor a o la entidad de gestión que él indique, a tal fin se inserta en cada texto su dirección electrónica.

 

EL ESLABÓN PERDIDO

 Francisco Romero Romero

Email: franciscoromeroromero@hotmail.com

 

PERSONAJES:

 

JUAN: El Padre (cuarenta y cinco años)

ROSA: La madre (cuarenta y un años)

ROSA: Joven de 16 años

DOCTOR/A: Cualquier edad

HIJO DE JUAN Y ROSA: Veinte años

SOR VISITACIÓN: Cincuenta años

MONJA DEL CONVENTO: Cualquier edad

MADRE SUPERIORA: Cualquier edad

SEÑOR DE LA CASA: Cuarenta y cinco años

GINECÓLOGO/A: Cualquier edad

ENFERMERA: Cualquier edad

LIMPIADORA: Más de cuarenta y cinco años

PADRE ADOPTANTE: Sesenta años

MADRE ADOPTANTE: Cincuenta y cinco años

HIJO ADOPTADO: Veinticinco años

 

 

La escena tiene lugar en la consulta de un médico hepatólogo de un hospital.

A un lado del escenario se encuentra la consulta del médico que como mobiliario tiene una mesa de consulta con un ordenador, dos sillas para los pacientes y diversos posters que indican que es la consulta de un médico especialista en enfermedades del hígado. Como demás mobiliario, los útiles que puede haber en la consulta de un médico. Una cortina separa la zona de la mesa de la zona de reconocimiento.

En la sala de espera de la consulta se encuentran Juan y Rosa. Son matrimonio. Se encuentran preocupados ya que creen que las noticias que les va a dar el doctor no van a ser buenas.

El médico especialista llega y se sienta a la mesa, examina el expediente que tiene sobre la mesa y después de un momento en que sólo lo ojea lo deja sobre la mesa y convencido de su diagnóstico lo cierra.

 

ACTO PRIMERO

Escena primera

 

Intervienen en la escena: Rosa, Juan, el doctor y una enfermera.

Rosa: Quisiera que todo esto terminase, que sólo fuese un mal sueño y que al despertar la realidad fuese otra completamente diferente.

Juan: Ten ánimo. Estamos en las mejores manos Ya verás cómo consigue encontrar el tratamiento.

Rosa: No sé cómo puedes tener esa esperanza. Ya has visto como está.

Juan: La esperanza es lo último que se pierde. Ten fe que se curará.

Rosa: No puedo ver las cosas como tú las ves ¿Qué quieres que te diga, que tengo esperanzas? No, la verdad. Lo veo sufrir y me siento impotente al no poder hacer nada ¡Qué mala suerte! Siempre padeciendo, en manos de los médicos.

Juan: Mujer, lo dices como si hubieran estado experimentando con él.

Rosa: No digo eso. Sólo que desde que él tenga uso de razón nunca ha sido un chico normal. Ese padecimiento suyo le ha impedido siempre ser un chico como los demás de su edad y por eso me da lástima. Soy su madre ¿no? ¿Cómo quieres que piense si siempre lo he visto igual? Por eso me da pena, porque nunca lo he visto ser feliz, al contrario, siempre apagado, triste, enfermo.

Juan: Sí, es cierto, pero en el fondo yo siempre albergo alguna esperanza que den con su tratamiento. Este doctor es el mejor que hay en su especialidad. Tengo fe en él.

Rosa: ¿Y si nos dice lo mismo que los demás? ¿Y si nos dice que no hay tratamiento?

Juan: No sé, la verdad.

Rosa: Me da miedo que nos pueda decir lo que no queremos escuchar. Es una extraña sensación, quiero que nos diga lo que tengamos que hacer pero traspasar esa puerta, siento que es como un salto al vacío.

Juan: Tienes que controlarte. No consigues nada con esa intranquilidad.

Rosa: Es mi hijo ¡Qué fácil lo ves!

Juan: También es el mío.

Rosa: A cada uno le afecta como le afecta.

Juan: Sí, eso es verdad, pero no puedes permitir que esto te afecte como lo está haciendo.

Rosa: Lo sé y quisiera tener el control que tú tienes pero ya ves, me aterra la situación.

Juan: Ya parece que sale la enfermera

Enfermera: (Se dirige a la sala de espera y llama a la pareja que aguarda) Pueden ustedes pasar, el doctor les atenderá ahora.

Juan: (Levantándose de la silla  coge la mano a su mujer) Vamos, tranquilízate. Estás muy nerviosa.

Rosa: Tengo las manos sudorosas.

Juan: Buenos días, doctor.

Rosa: Buenos días.

Doctor: Pasen por favor, siéntense. ¿Cómo se encuentra hoy?

Rosa: No lo veo avanzar, doctor. Por el contrario cada vez lo encuentro más apagado. Sus fatigas son más continuadas. Apenas come y ya ni duerme. Se mantiene a base de los calmantes que le mandó pero creo que ya empiezan a ser insuficientes. Estamos muy preocupados doctor.

Doctor: Las últimas pruebas que se le han hecho no indican mejoría. No les voy a ocultar que la enfermedad que sufre su hijo es grave. No suele aparecer en personas tan jóvenes pero en este caso no me cabe duda que si no ha respondido al tratamiento lo único que queda por hacer, descartado ya un tratamiento, es un trasplante. Los mejores donantes son los hermanos ¿tienen ustedes más hijos?

Juan: No, es hijo único.

Doctor: No les voy a engañar. El hígado de su hijo es como el de una persona mayor, dañado por las cicatrizaciones y por las inflamaciones que ha tenido. Seguiremos con el tratamiento pero tendremos que ir pensando en un  trasplante. Mientras tanto iremos alternando tratamiento con cuidados paliativos. De haber contado con un hermano las posibilidades hubieran aumentado ya que la probabilidad de encontrar un donante compatible es mayor entre hermanos. Empezaremos con hacerles un estudio a ustedes. Salvo excepciones, las peculiaridades  de  compatibilidad requeridas para este tipo de trasplantes, no aconsejan el estudio de otros familiares por lo que es más rentable la búsqueda de donantes no emparentados.

Rosa: ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

Doctor: El tiempo ya se ha convertido en un enemigo, seguiremos con  el tratamiento y trataremos que la enfermedad avance lo menos posible pero es un  chico joven y el desarrollo puede ser más rápido, al tiempo que lo inscribiremos como demandante de trasplante.

Doctor: Está demostrado que en este tipo de enfermedades un trasplante entre hermanos suele ser la mejor solución.

Rosa: (Se coge de la mano de Juan) Dios mío. Tiene que haber un tratamiento doctor. Es un chico joven. No puede ser verdad lo que me está diciendo.

Juan: Rosa cálmate, por favor.

Doctor: Quisiera decirle algo que la conformara en estos momentos pero tienen que mantener la esperanza que se curará. Mañana mismo empezaremos a hacerles un estudio a ustedes y si no son compatibles tendremos que esperar a que aparezca un donante que lo sea.

Rosa: ¿Y qué pasa si no llega a tiempo?

Doctor: Llegará, mantengamos la esperanza de que llegará. Prefiero pensar que su donante no le abandonará. Haremos todo lo posible para que su hijo salga adelante. En estos momentos son ustedes quienes le tienen que transmitir confianza porque le llegarán momentos en que su moral necesitará un estímulo y créanme que  su apoyo le será de una gran ayuda. No se pueden permitir desfallecimientos.

Rosa: No sé si podré transmitirle esa confianza que necesita sabiendo yo que si no llega a tiempo… No, no quiero ni pensarlo.

Juan: Tranquilízate, sacaremos fuerzas para sacar esto adelante. Seguro que lo conseguiremos.

Rosa: ¿Cómo puedes estar tan seguro, y si no llega un donante a tiempo?

Doctor: Confíe en ello. Si me permite aconsejarle, existe un servicio de psicólogos que le ayudarán a llevar esta situación, podrían hablar con ustedes ya que ellos saben cómo manejar estas situaciones. Les ayudaría mucho.

(Rosa se dispone a coger su abrigo del perchero)

Juan: Muchas gracias doctor. Seguro que lo haremos pero lo que realmente nos ayudaría es que aparezca pronto un donante compatible. Desde que vino nuestro hijo siempre tuvo una salud delicada. (En tono confidencial) Mi mujer no soportaría…no…, no quiero ni pensarlo si quiera.

¿No sería posible adelantar los trámites? Ya sabe…

Doctor: No entiendo ¿qué quiere decir?

Juan: Tengo influencias. El dinero no sería un problema. 

Doctor: (Incómodo por el comentario) No conviene que se desesperen. Voy a iniciar los trámites de inscripción ante la Organización Nacional de Trasplantes. Existe todo un protocolo para estas cosas.

Juan: (Azorado) Sí, si claro. Le ruego me disculpe. No sé cómo he podido…Es la desesperación, discúlpeme, discúlpeme.

Rosa: Adiós doctor.

Juan: (Despidiéndose) Doctor.

Doctor: Tengan el teléfono disponible. Si hay alguna novedad nos pondremos en contacto con ustedes.

(salen)

 

Escena segunda

 

La escena se desarrolla en la calle, van saliendo del hospital, la noticia les ha hundido, ambos van andando cabizbajos y con el paso corto, casi no avanzan al andar.

Intervienen en la escena Rosa y Juan

Rosa: Aunque me lo esperaba no quería hacerme a la idea. Tenía una cierta esperanza ¿qué hacemos ahora? No nos podemos quedar sin hacer nada,  pero ¿qué? ¿y si no llega un trasplante a tiempo?

Juan: Tranquilízate y no pierdas la esperanza. Ya verás como llega un donante compatible a tiempo y empieza a recuperarse.

Rosa: Son sólo veinte años. Lo normal es que un chico a su edad tenga toda una vida por delante llena de planes, futuro, ilusiones. Es lo lógico.

Juan: Sí es verdad, no creas que no lo he pensado y se me parte el alma al ver que los chicos de su edad salen y se divierten y veo a nuestro hijo apagado, sin haber disfrutado de la vida ¿Cuántas veces le has visto alegre? Siempre con esa enfermedad a cuestas.

Rosa: Su vida siempre se ha visto condicionada por esa maldita  enfermedad.

Juan: Daría lo que fuera por verlo liberado de ese yugo pero no está en nuestra mano ¿Qué podemos hacer? No podemos hacer nada sino esperar y rezar por que llegue a tiempo el donante que lo salvará.

Rosa: ¿Rezar? Tú no eres muy creyente y ahora quieres buscar la esperanza en el rezo.

Juan: No sé, supongo que siempre albergamos cierta esperanza de que lo imposible nos sea concedido a través de lo espiritual que todos en el fondo tenemos y que en situaciones cotidianas no sabemos verlas,  pero es en estos momentos  en los que te ves entre la espada y la pared, cuando la lógica de las cosas te abandona y acudes a lo espiritual en busca de esa esperanza. Sí, es verdad, a lo mejor estoy traicionando a todo lo que pensaba pero no me queda otra opción.

Rosa: Es el clavo ardiendo al que nos queremos agarrar. No es un abandono de tus principios pero creo que es la lógica de la vida. Primero te agarras a lo posible y cuando esto falla buscas una solución a lo imposible a través de lo espiritual.

Juan: En el fondo sé que eso no nos va a devolver la salud a nuestro hijo. Siento impotencia y me gustaría tener la solución pero no la tengo y veo que se nos escapa ¿Qué podemos hacer sino mantener la esperanza?

Rosa: La esperanza…no es más que una fe en que lo que no podemos controlar nos sea favorable.

Juan: ¿Qué más me da lo que sea? Necesitamos esa esperanza para que nosotros mismos nos sintamos con fuerzas para sobrellevar todo esto.

(Silencio)

Rosa: Juan, no sé cómo pero necesito contarte algo que no conoces.

Juan: (Juan la coge del brazo y se paran) ¿Qué quieres decir? No te entiendo.

Rosa: (Rosa está muy nerviosa) Escúchame por favor. Es muy difícil y no sé muy bien cómo hacerlo pero hay cierta parte de mi vida que no conoces y de la que quise olvidarme para siempre pero en esta vida nada se olvida y tarde o temprano todo sale a relucir.

Juan: Confieso que me estás intrigando. ¿Qué es eso de que hay cierta parte de tu vida que no conozco y por qué has querido olvidarte?

Rosa: Te ruego no me interrumpas. Sólo de esa manera seré capaz de decirlo todo.

Juan: Está bien, adelante. Soy todo oídos.

Rosa: Hace veinticinco años, antes de conocerte a ti hubo un hecho en mi vida que me ha marcado para siempre. Yo era una joven de quince años recién llegada del campo a la ciudad donde me puse a trabajar en una casa.

Juan: Sí, eso ya lo sabía.

Rosa: (Lo coge de la mano) Perdona, déjame seguir.

Cuando llegué a esta ciudad me sentía perdida. Nada era como me imaginaba, la vida, la gente era tan diferente que me supuso un shock. En la casa donde servía el trato era muy diferente a como yo estaba acostumbrada. Por el contrario yo era la “chacha” y continuamente sufría desprecio por la señora a quien no le importaba vejarme. Francamente aquélla etapa de mi vida me marcó tanto que en muchas ocasiones llegué a pensar si había hecho bien abandonando a mi gente, allá en el pueblo. Pero ¿Qué me ofrecía el pueblo? Nada, mis padres habían fallecido y sólo dejé atrás a mis dos hermanos, menores que yo, a los que yo, con mi trabajo, estaba obligada a mandar algo de dinero para que mis tíos que habían accedido a mantenerlos pudiesen costear sus gastos sin que les costase nada a ellos. A ellos tampoco les sobraba el dinero pero yo no quería que a mis hermanos les faltase de nada. Desde mi salida del pueblo, ellos fueron quienes centraron toda mi atención, por eso me sentía obligada a seguir y aguantar todas las humillaciones que a la “señora” le venía en gana soltar. Al menos tenía una cama y comida asegurada y bueno…no es que ganara mucho pero todo se lo enviaba todo a mis tíos.

Juan: Sí, pero ¿qué tiene eso que ver ahora con…?

Rosa: Enseguida lo comprenderás.

Se me hacía trabajar sin descanso, para ella yo era la “paleta” que necesitaba de ellos para vivir y en cierto modo así era. Jornadas interminables desde las seis de la mañana hasta las once de la noche. Aquéllos niños que nunca habían conocido ni educación ni orden. Yo era poco mayor que ellos  por lo que muchas veces aquellas situaciones me superaban, yo con quince años tampoco tenía un carácter como para imponerles el respeto necesario por lo que continuamente se reían de mí pero ya te digo que me veía obligada a seguir en la casa ¿adónde iba a ir? No conocía a nadie.

Juan: ¿Adónde quieres llegar?

Rosa: El marido de la señora era un hombre que me imponía mucho respeto y empezó a ver en mí una debilidad que cada vez me costaba más disimular. Era un abogado muy reconocido en la ciudad pero su cinismo era más grande que su imagen.

Por las noches lloraba impotente y no quería que no amaneciera porque enfrentarme a aquél trabajo se me hacía cada vez más cuesta arriba.

Juan: Rosa, no sé lo que te pudo ocurrir con aquélla familia pero te aseguro que ahora mismo mi preocupación más grande es nuestro hijo.

Rosa: Déjame que continúe, te lo ruego.

Aquella situación terminé por aceptarla ¡qué remedio! era la única forma que tenía para enviar algo de dinero para el sustento de mis hermanos.  

Una noche, antes de acostarme y una vez que hube terminado todas las tareas de la casa me disponía a entrar en mi habitación cuando por sorpresa él se coló detrás de mí. Yo me quedé bloqueada y no supe reaccionar. Le decía una y otra vez que por favor saliera pero él me agarró y me tapó la boca. Yo estaba muerta de miedo pero no me atreví a gritar. Eran sólo quince años de una niña que no tenía ninguna experiencia y supongo que me asusté. (Llora amargamente) Me forzó.

Juan: ¿Que te hizo…? (Se coge la cabeza con las manos)

Rosa: Me forzó. No sabía a quién acudir. Durante mucho tiempo sentí un complejo de culpa que me impedía reaccionar. Eran otros tiempos, la mentalidad de entonces, en estos casos, era  encubrir  al hombre, él era abogado, estaba relacionado y podría defenderse, yo en cambio, ¿qué podía hacer? Las visitas por la noche a mi habitación se repetían regularmente y no podía hacer nada. Le rogaba, le imploraba que no lo hiciera pero él sólo tenía una única cosa en mente.

Empezó a hacerme regalos, a dejarme un poco de dinero: “toma para que se lo envíes a tus hermanos”, me decía. Yo me sentía sucia pero estaba entre la espada y la pared. No sabía qué hacer.

Fue al poco tiempo de comenzar aquellos abusos cuando empecé a sospechar lo que me pasaba, no me bajaba la regla y… quedé embarazada.

Juan: ¿Qué?

Rosa: (Llora, sin hablar asiente con la cabeza)

Juan: Pero… ¿Por qué no me has dicho nada antes?

Rosa: (Sigue llorando) Creía que sería una etapa pasada de mi vida que no volvería a revivir. Quise olvidar aquellos acontecimientos pero en esta vida todo se paga.

Juan: (Apesadumbrado) Quedaste embarazada. ¿Qué pasó después?

Rosa: Poco a poco se iban haciendo más visibles los cambios en mi cuerpo hasta que llegó el momento que no se podía ocultar más y decidí hablar con él. Todavía lo recuerdo, frío, impasible. No le cambió lo más mínimo el rictus de su cara. “Te tienes que marchar” me dijo, “recoge tus cosas y te marchas, ahora mismo”. Me dio una cantidad de dinero y me echó a la calle, como a un perro.

Yo le pedía que me dejase seguir en la casa ya que no tenía adónde ir pero fue inútil. Esa misma noche me encontré en la calle con todas mis pertenencias en una maleta y vagando por las calles de esta ciudad. No sabía qué hacer ni qué sería de mí así que cansada de dar vueltas me senté en la maleta y lloré y lloré y me maldije con todas las fuerzas que me quedaban.

Juan: ¿Y qué pasó con el embarazo?

Rosa: Yo no paraba de llorar. Estaba asustada como nunca lo había estado. No sé cómo terminé a las puertas de un convento de monjas que se apercibieron que estaba sola y llorando, así que aquélla noche la pasé en el convento.

(A partir de ahora la escena se desarrolla por momentos en la actualidad y por momentos en retrospectiva. Juan queda a oscuras y las escenas en pasado se iluminan).

Sor Visitación: Por el amor santo criatura ¿Qué haces aquí? Te vas a quedar helada ¿Qué te ha pasado?

Rosa: (Que está llorando) Me han echado de la casa donde servía. Estoy embarazada y no tengo adónde ir.

Sor Visitación. ¿No tienes familia?

Rosa: No tengo a nadie. Sólo dos hermanos que están en el pueblo.

Sor Visitación: Pasa adentro. No puedes quedarte ahí fuera. Estás tiritando de frio. ¿Y el chico que te ha hecho eso, has hablado con él?

Rosa: No quiere saber nada. Es un padre de familia y en cuanto se ha enterado…

Sor Visitación: Te ha dejado.

Rosa: Nunca estuve con él. Yo servía en su casa y él aprovechaba que todos dormían para meterse en mi dormitorio.

Sor Visitación: Ya.

Rosa: Se lo juro que fue así, hermana.

Sor Visitación: ¿Qué vas a hacer ahora? Dices que estás sola.

Rosa: No lo sé. No puedo volver a mi pueblo.

Sor Visitación: Podrás quedarte aquí por ahora, ya veremos qué hacemos. El Señor nos escribe recto con renglones torcidos. Tendrás a tu hijo y Dios proveerá. Nunca sabemos  lo que el futuro nos depara pero Él nunca nos abandona y tu hijo tendrá una vida llena de felicidad en la que nada le faltará.

(En la actualidad)

Rosa: (A Juan) Le conté lo que me pasaba y me facilitaron la dirección de un piso que regentaban las monjas y que en casos como el mío permitían que las chicas que no tenían donde ir viviesen durante un tiempo hasta que encontraran su propio camino pero yo ¿dónde iba a ir? No tenía nada y no podía volver a mi pueblo ¿qué dirían de mí si volvía embarazada? ¡Eso jamás! No podía hacerles eso a mis hermanos.

Me permitieron vivir en el piso hasta que naciera el bebé. Sor Visitación fue la que más se interesó por mí. Me facilitaba las medicinas que necesitaba, la que me organizaba las visitas al médico, yo no tenía dinero para que un médico que me visitase ni podía comprar las medicinas que me hacían falta así que ella se encargaba de todo, “no te preocupes” me decía, tendrás el bebé y él tendrá su futuro. Dios arreglará el traspiés que has dado.

El traspiés que había dado, yo no había dado ningún traspiés, fui víctima de un  desalmado que con sólo quince años abusaba de mí.

Juan: (Que está hundido por la noticia) ¿Por qué no lo evitaste? Si acudía a tu dormitorio, tú podías haber evitado antes esa situación ¿Por qué no lo hiciste?

Rosa: No me culpes a mí por favor. Yo no podía hacer nada, fui víctima de un desaprensivo. Yo era casi una niña. El bloqueo que me producía ese hombre me dejaba sin posibilidad de reaccionar.

Juan: (Superado por la situación) Nadie sigue si no…

Rosa: ¿Si no, qué? ¿Si no lo desea? ¿Es eso lo que quieres decir? Fui una víctima. Hoy no me hubiera pasado pero entonces ¿Adónde iba a ir yo? ¿Qué crees que me hubieran dicho si lo hubiera denunciado? Él  era  un respetado abogado

¿Y yo, qué era? Nadie, eso es lo que era. Han pasado veinticinco años pero veo que la mentalidad no ha cambiado.

Juan: Perdóname. Todo esto me está viniendo grande. Son demasiadas novedades para digerirlas de golpe. Te recogieron unas monjas en un piso ¿Y bien? ¿Qué pasó después?

Rosa: El embarazo siguió adelante. Cuidaron de mí y no me faltaron las visitas al ginecólogo ni las medicinas, ya que regularmente mandaba el dinero para mis hermanos. Ella era mi paño de lágrimas. Le conté todo lo que me había pasado y ella me daba apoyo moral.

¿Qué vas a hacer con la criatura? Me preguntó.

Me extrañó aquella pregunta pero ¿Qué le iba a decir? Pues tenerla, le respondí. En aquéllos tiempos ni se le pasaba a una por la cabeza abortar, además jamás lo hubiera hecho.

Juan: ¿Tuviste al bebé?

Rosa: Lo tuve. El tiempo pasó y llegó el momento de dar a luz. Sor Visitación, se ocupó de todo. Aquélla mañana era una mañana fría y yo estaba aterrada, ella no se separó de mí ni en la sala de partos pero según comentaban el bebé venía mal y me tuvieron que dormir. Ya no recuerdo más.

Juan: ¿Qué fue lo que tuviste?

Rosa: Fue un niño, nació muerto. Quisieron protegerme de la imagen de aquél ser que según me dijeron había nacido deformado por lo que no me dejaron verlo. Se mostraron inflexibles. Sor Visitación me decía que no insistiera, que tratara de olvidarlo y que esos habían sido los designios del Señor. La única imagen que recuerdo de aquél momento es un féretro blanco precintado. Ella se ocupó de todo, me decía que yo no estaba en esos momentos como para organizar funerales. Juan, yo estoy segura que mi hijo no nació muerto.

Juan: ¿Por qué crees que no nació muerto?

Rosa: No lo sé, siempre tuve esa intuición. El embarazo había ido bien, había estado en todo momento atendida por un especialista pero algo me dice que no nació muerto. Juan, si lo encontráramos podría ser la solución para nuestro hijo. Ya has oído al doctor.

Juan: Pero ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo vamos a encontrar a una persona de la que no sabemos ni cómo es, ni dónde vive, ni siquiera si existe? ¿Y si es verdad lo que te dijeron, que nació muerto?

Rosa: Yo sé que no es verdad. Necesito creerlo y tenemos que intentarlo. Cuando entraba a la sala de partos no reparé en ese momento pero al tiempo una pregunta se me iba formando cada vez con más fuerza.

En la habitación de al lado se produjo un ingreso por la noche, yo me pasé toda la noche casi despierta porque estaba tan incómoda que apenas pude dormir. Al salir para dar a luz la vi y ella me vio a mí. Aquella mirada tenía algo especial. En cuanto yo pasé se percató y se dio la vuelta como queriendo esconder un embarazo que yo aseguraría que ella no tenía. Me resultó muy extraño pero yo no estaba en esos momentos como para hacerme preguntas que no venían al caso.

Cuando volví a la habitación después de despertar de la anestesia ya no estaba, la habían dado de alta ¿Qué hacían allí? Esa pregunta me la he hecho muchas veces y nunca he conseguido contestarla.

Juan: Estás pidiendo un imposible. No habrá forma de encontrar a ese supuesto hijo tuyo ¿Por dónde ibas a empezar? No tienes nada.  ¿Por qué no lo denunciaste entonces?

Rosa: ¿A quién iba a denunciar? ¿A un médico, a una monja? ¿Sabes lo que me estás diciendo? ¿Cómo iba yo a denunciar a esa gente? Yo era una completa ignorante. Pero hoy sé que debemos intentarlo, puede ser la única opción real de salvación de nuestro hijo ¿no lo entiendes?

Juan: Estás obsesionada. No tenemos nada por dónde empezar y, en el caso remoto de que pudiéramos encontrarlo ¿Qué le dirás que eres su madre y que cuando nació te lo robaron y ahora te necesito para que le hagas un trasplante de hígado a tu hermano? No tiene sentido.

Rosa: En estos momentos me da igual si tiene o no tiene sentido. La vida de mi hijo depende del trasplante de un hermano. No sé ni cómo ni por dónde empezar pero sí tengo claro que debemos intentarlo. Jamás me perdonaría no haberlo hecho. Por favor Juan ayúdame, tenemos que saber qué pasó.

Juan: Hace veinticinco años de eso. No encontraremos colaboración por parte de nadie ¿Por dónde se supone que debemos empezar?

Rosa: En el hospital donde lo tuve, tienen que tener un registro de los nacimientos de esas fechas, alguna enfermera de aquélla época, Sor Visitación…ella es la clave en todo esto. Seguro que ella fue la que organizó la entrega a aquella pareja que se encontraba en la habitación de al lado. Los médicos que me asistieron. Alguien tiene que saber algo.

Juan: Y tú crees que lo vas a preguntar y te lo van a decir “·Oiga, soy la que hace veinticinco años vino a dar a luz a este hospital ¿se acuerda? Creo que no me dijeron la verdad sobre mi hijo”.

Rosa: No me hables así, por favor te pido que me ayudes. Tenemos que intentarlo, por nuestro hijo.

Juan: (Se queda sin argumentos) Sabes que va a ser difícil, casi imposible. Veinticinco años son muchos años.

Rosa: Lo tenemos que intentar.

Juan: Nunca me hablaste de esto ¿Por qué?

Rosa: Supongo que fue una etapa oscura de mi vida que  deseé olvidar.

Juan: Son demasiadas novedades en un solo día, primero el diagnóstico de nuestro hijo, luego la parte de tu vida de la que no sabía nada. Rosa, ¿Con quién estoy casado? ¿Cómo has podido mantener ese silencio durante todos estos años? ¿Realmente sé quién eres?

Rosa: Jamás creí que tuviera que volver a remover en ese pasado Te ruego que me perdones. No estoy contenta de lo que hice, si pudiera borrarlo lo borraría, pero no puedo.  Te ruego que antes que emitas un veredicto de culpabilidad lo  pienses y analices las circunstancias en las que estaba.

Juan: ¿Las circunstancias? Aquello se repitió. No fue sólo una vez. La primera vez que ocurrió lo tenías que haber denunciado ¿Y su mujer? ¿No se enteró de nada? ¿Te fuiste de la casa sin más y nunca llegó a saber la verdad?

Rosa: Ese hombre me impresionaba sobre manera. Me tenía completamente bloqueada. No era capaz de reaccionar. Es injusto que me reproches que no hice nada ¡no podía hacerlo! ¿A dónde iba a ir a denunciarlo? ¿Qué crees que me hubieran dicho? Él estaba relacionado, me lo advirtió de ante mano “ten mucho cuidado con lo que dices, te puedo hacer la vida imposible”.

Cuando salí de aquella casa estaba perdida pero me liberé.  Es injusto que me juzgues hoy como si todo hubiese ocurrido ahora, no, pasó hace veinticinco años. Era prácticamente una niña, no tenía experiencia ante anda y me tocó vivir unos momentos en los que te juzgaban por el hecho de ser mujer. Hoy no hubiera ocurrido pero hoy tampoco soy la jovencita ignorante de entonces.

Juan: Quizás lleves razón y no sea capaz de ponerme en esa situación. Quizás mi mentalidad que yo creía más abierta no lo sea tanto y en el fondo sea otro machista encubierto.

Rosa: Juan, no fue una experiencia de la que me pueda sentir orgullosa. Durante mucho tiempo viví sin alicientes, lo que me había pasado me marcó enormemente pero luego llegaste tú y me devolviste la ilusión. Llegaste a hacer que ese recuerdo que no podía quitármelo de la cabeza fuera siendo cada vez más remoto hasta que casi no llegué a pensar en ello.

(Juan se queda pensativo, sin decir nada)

Di algo, por favor.

(Salen)

 

 

Acto segundo

Escena primera

 

La escena se desarrolla entre el convento donde se alojó la primera noche y el hospital donde nació su hijo.

En la escena intervienen Rosa, Juan, una monja, la superiora,  el señor de la casa donde servía y una Rosa veinticinco años más joven).

La monja recibe a Rosa y Juan en una sala donde sólo hay unas sillas alrededor de la pared y una mesa central. Es una sala sobria.

(Se encuentran a las puertas del convento)

 

Rosa: Aquí fue donde llegué a parar aquélla noche. No había vuelto desde entonces. Confieso que me produce una cierta repulsa volver aquí.

Juan: Hemos dado el paso y tenemos que seguir adelante aunque… no esperes demasiado.

Rosa: Ya lo sé. Mostremos tranquilidad.

(Sale una monja a recibirlos)

Monja: Buenos días, díganme ¿en qué puedo ayudarles?

Rosa y Juan (al mismo tiempo): Buenos días hermana.

Rosa: Hermana, hace veinticinco años vine a este convento después de estar vagando por las calles y una hermana me acogió. Yo   venía  embaraza  y  como  no  tenía  dónde  ir  me proporcionó una vivienda en la que pude vivir hasta que nació mi hijo. Quisiera poder hablar con ella, si es posible.

Monja: ¿Y cómo se llama la hermana? Veinticinco años son muchos años y en este convento no hay hermanas que lleven tanto tiempo.

Rosa: Se llama Sor Visitación. Tendría unos cincuenta años por lo que hoy debe de andar en torno a los setenta y cinco.

Monja: Hace mucho tiempo. No solemos permanecer tanto tiempo en el centro pero si ronda esa edad debe estar en la Casa Residencia. Ya estará jubilada aunque en lo nuestro…pero la Orden nos retira al cumplir los setenta años y nos manda a un descanso merecido de recogimiento y oración.

Juan: Pero ¿Sería posible que nos asegurara dónde está? Es de vital importancia que podamos hablar con ella para saber si recuerda un hecho que ocurrió en ésa fecha.

Monja: Tendría que consultar los archivos.

Rosa: ¿Tendría la amabilidad? Nosotros podemos esperar mientras lo busca.

Monja: Debe ser una cosa muy importante por lo que quieren localizarla.

Rosa: Lo es hermana. Es cuestión de vida o muerte.

Monja: Bien, en ese caso aguarden un momento sentados y trataré de buscar algo que les ayude.

Juan: Muchas gracias hermana. Esperaremos aquí si no le importa.

Monja: Como prefieran. En cuanto sepa algo se lo comunicaré.

(La monja sale, Juan y Rosa quedan esperando sentados).

Rosa: ¿Qué te parece?

Juan: No lo sé. Hay algo en su actitud que no me gusta. Cuando le hemos dicho el nombre es como si se hubiera puesto a la defensiva. Creo que sabía perfectamente de quién estábamos hablando.

Rosa: Sí, eso me ha parecido a mí también.

Juan: A ver qué nos dice pero me da la impresión que lo que nos diga no nos va a ayudar. Ha sido un error venir aquí.

Rosa: ¿Un error, por qué?

Juan: Porque tú has sacado la misma impresión que yo. De aquí no vamos a sacar nada en claro. Esta gente se encubren unos a otros.

Rosa: Espera y no hagas conclusiones precipitadas.

(Se sientan y esperan, durante la espera, a Rosa le vienen recuerdos de aquella época, la escena que tiene lugar es ajena a la espera de Juan y Rosa) (Rosa se encuentra doblando una ropa y el Señor de la casa aparece por detrás)

Rosa: Qué susto me ha dado señor, no me lo esperaba. ¿Quería algo?

Señor de la casa: Sí ¿No lo adivinas?

Rosa: No entiendo ¿Qué quiere decir?

Señor de la casa: (Su intención ya no se les escapa a Rosa) Ven.

Rosa: Por favor márchese de aquí. Usted no debería estar aquí.

Señor de la casa: (Va intentando acercarse a Rosa) ¿Por qué? Sé que quieres que esté aquí. Te he visto cómo me mirabas.

Rosa: (Quiere zafarse del acoso del señor) Yo no lo miraba. Ha sacado usted una conclusión equivocada. Por favor váyase, me está poniendo en una situación muy comprometida.

Señor de la casa: (Intenta llegar a ella) ¿Comprometida, con quién? Vamos dime la verdad. Me estabas esperando.

Rosa: No, por favor, salga de aquí. ¿Qué es lo que intenta? Abandone la habitación, se lo ruego.

Señor de la casa: (La coge) No seas tonta. No te faltará de nada. Piensa en tus hermanos. Tendrán todo lo que quieran porque tú se lo podrás mandar.

Rosa: (Logra soltarse) Por favor se lo ruego, márchese y no me haga pasar por esto. La señora se estará preguntando dónde estará usted.

Señor de la casa: Todos están dormidos. Mi mujer no me echará de menos.

Rosa: (Que empieza a llorar) Se lo ruego, márchese.

Señor de la casa: (Que ya la tiene en su poder, le tapa la boca) Cállate. Piensa en tus hermanos, piensa que no les faltará de nada. Eso es lo que tú quieres ¿verdad? pues obedece y no te resistas. Yo sé que tú me deseas. Ya verás como no tienes de qué asustarte. Yo cuidaré de ti, estás sola. Conmigo no tienes que temer de nada (Intenta besarla).

Rosa: (Que cada vez tiene menos escapatoria) No, por favor. No, por favor. No.

(El Señor de la casa ha cumplido su objetivo, se levanta y le deja un sobre en la mesita de noche. Ella permanece llorando en la cama).

(La escena ahora es en la actualidad, Rosa se encuentra nerviosa y vuelve en sí a la llamada de Juan).

Juan: ¿Qué te ocurre? Pareces en otro mundo.

Rosa: (Que trata de recomponer la normalidad) No, nada, nada. Me quedé absorta en mis pensamientos.

Juan: Pues no sé en qué estarías pensando pero tú no estabas aquí.

Rosa: ¿Qué cosas dices? (Transición) Cuánto tarda. No me gusta nada esta espera.

Juan: Ya se la escucha llegar pero viene con otra monja.

Superiora: Buenos días, la hermana ya me ha dicho que quieren localizar a la hermana Sor Visitación. ¿A qué se debe su intención, si puede saberse?

Rosa: Hermana, son motivos particulares y relacionados con un acontecimiento que ocurrió hace veinticinco años.

Superiora: Me temo que si fue un acontecimiento que tuvo lugar con una persona de esta congregación no existen los motivos particulares.

Juan: Hermana, mi esposa estuvo aquí hace veinticinco años y fue recibida por Sor Visitación que se apiadó de ella ya que no venía en las mejores condiciones anímicas.

Superiora: Pero de eso hace ya muchos años. Comprenderá que sin saber lo que quieren ahora no podré darles información sobre ella.

Rosa: Hermana, hace veinticinco años no sé cómo pero terminé a las puertas de este convento después de vagar por las calles de esta ciudad. Sor Visitación me permitió pasar aquí la noche porque no tenía dónde ir. A mí me habían echado de la casa donde trabajaba ya que me quedé embarazada del señor de la casa cuando yo apenas tenía dieciséis años. Al decírselo, me echó a la calle. Sor Visitación me facilitó un piso donde vivir mientras durase mi embarazo. El niño, según me dijo Sor Visitación nació muerto pero necesito, los dos necesitamos, confirmar tal hecho.

Juan: La vida de mi hijo, del que ahora tenemos en común depende de ello.

Superiora: Pero… si le dijo que su hijo nació muerto qué podría hacer ella ahora.

Rosa: Lo que queremos es información, sólo eso. Tengo que hablar con ella, seguro que lo recordará. Necesitamos atar cables  y  saber  dónde  fue  enterrado  mi hijo.

Yo era prácticamente una cría y no pensé en nada de eso. Me dijo que ella se encargaría de todo y que me olvidara.

Superiora: Comprendo la angustia por la que están pasando pero me temo que lo que me piden es un imposible.

Juan y Rosa: (Al unísono) ¿Por qué?

Superiora: La hermana Sor Visitación falleció hace diez años.

Rosa: ¿Cómo?

Superiora: Sufrió un ataque al corazón y nada se pudo hacer por salvar su vida. Me imagino que se llevó con ella muchos secretos que sólo ella sabía.

Rosa: Entonces… estamos como al principio. ¿Y el piso donde estuve residiendo?

Superiora: En este convento no hemos tenido conocimiento de pisos fuera de nuestra congregación.

Rosa: Pero eso no es posible. Ella me permitió vivir allí mientras duró mi embarazo.

Superiora: Ya le he dicho que desde esta congregación nunca se ha tenido conocimiento de pisos fuera de estos muros.

Juan: Rosa, vámonos. Aquí no hacemos nada.

Superiora: Lamento mucho su frustración pero me temo que tendrán que buscar por otra parte. Nosotras pediremos a Dios para que tenga lo que tenga su hijo se recupere y por ustedes para que puedan llevar con resignación el dolor. Dios siempre está al lado de cada uno de nosotros y sabrá guiarnos por nuestros caminos.

Rosa: Adiós hermana.

Juan: Adiós.

Superiora: Vayan ustedes con Dios.

(Salen)

 

Escena segunda

 

(Caminan por la calle, Rosa no articula palabra. Se han  quedado descorazonados)

Intervienen en la escena Juan y Rosa.

Juan: ¿Qué hacemos ahora?

Rosa: No me lo esperaba. Era una posibilidad que dado el tiempo que ha pasado podía haber fallecido pero quería pensar que no, que me daría explicaciones. Necesito saber qué pasó.

Juan: ¿Y lo del piso?

Rosa: No lo sé. Me he quedado bloqueada. Ella me dijo que era de la Congregación pero si no es de ellos ¿de quién es el piso donde estuve viviendo?

Juan: Quizás sea lo de menos. ¿Qué importancia tiene eso ahora?

Rosa: No. No es un dato irrelevante. Empiezo a sospechar que nada de lo que me ocurrió fue casual y todo esto viene a reforzar aún más mi idea de que en este asunto quedan muchos puntos por aclarar.

Juan: Rosa, creo que si queremos sacar algo de la verdad tendremos que ir al Juzgado y ponerlo en conocimiento de la Juez.

Rosa: ¡No tenemos tiempo! Nuestro hijo se muere. ¿Cuánto tiempo crees que le queda de vida si no llega pronto un trasplante? La Justicia es lenta y nuestro hijo no tiene todo el tiempo del mundo.

Juan: Lo entiendo pero nosotros no podremos llegar allá donde puede llegar la Justicia.

Rosa: (Transición) El hospital, tenemos que ir al hospital. Allí tiene que constar algún dato de mi ingreso, algún ginecólogo, alguien que se acuerde de aquellas fechas.

Juan: Rosa,  han pasado veinticinco años. No creo que haya mucha gente que siga trabajando en el mismo sitio.

Rosa: Pero ¿Y el registro de ingresos? Tiene que existir un registro de ingresos, de altas, de nacimientos.

Juan: Lo intentaremos pero no creas que nos va a resultar fácil.

Rosa: Lo que sea tendremos que dejarlo para mañana. Juan ¡Qué desgracia se nos ha venido encima! ¿Cómo vamos a sacar adelante esto?

Juan: No digas eso, uno nunca sabe las desgracias que le pueden venir. No estamos preparados y cuando te llegan no te da tiempo a reaccionar porque las tienes encima y cualquier respuesta ante ellas las hacemos de forma improvisada.

Rosa: Tú sabes que yo siempre he procurado tener una visión positiva de todo pero esto me supera. Se trata de la vida de nuestro hijo. La vida le está negando todo lo que un chico con su edad debe tener, alegría, locura, juventud, y eso es anti natural.

Juan: Tengo esperanzas que superará este trance y sueño con verlo disfrutando de todo lo que hasta ahora no ha podido tener.

Rosa: Quisiera verlo como tú lo ves pero ya ves que no soy capaz. Jamás pensé que aquello que me ocurrió hace veinticinco años tuviera que revivirlo otra vez pero ya ves, si no he podido olvidarlo nunca, ahora mi prioridad es encontrar a aquél niño que puede ser ahora la salvación de nuestro hijo.

Juan: La desdicha tiene un poder transformador en nosotros porque aprenderemos de ella y seremos más fuertes. Si aquella desdicha, hoy es casi la única esperanza para nuestro hijo, habremos descubierto que no sólo las desdichas nos marcan de forma negativa nuestra vida sino que al contrario, nos quieren mostrar un camino que tenemos que encontrar.

Rosa: Pero para ello tenemos que encontrarlo, sé que ese niño vive. No sé ni dónde ni cómo será pero lo encontraremos.

 

 

Escena tercera

 

(La escena se desarrolla en el hospital donde Rosa tuvo el niño)

(Intervienen en la escena Juan y Rosa, un ginecólogo y una enfermera y una limpiadora que no habla, sólo escucha.)

Rosa: Buenos días.

Enfermera: Buenos días, díganme.

Rosa: Verá, quisiéramos obtener alguna información sobre una  hospitalización que tuvo lugar aquí.

Enfermera: ¿Es usted la interesada?

Rosa:

Enfermera: ¿Cuándo ocurrió esa hospitalización?

Rosa: Hace mucho tiempo. Ocurrió hace veinticinco años.

Enfermera: ¿Veinticinco? No tenemos esa información. Nuestros registros están informatizados desde hace cinco años. Si hay algo debe estar en el archivo pero no le garantizo que un expediente de tanto tiempo pueda existir.

Juan: ¿Y no lo tendrán digitalizado?

Enfermera: Me temo que no. Los expedientes que se han digitalizado son más actuales. Con toda seguridad no hay nada digitalizado de esos años. Dígame, cómo se llama su hijo ¿Por qué fue un parto, verdad?

Rosa: Sí, por cesárea. Pero no le puedo decir el nombre.

Enfermera: No la entiendo.

Rosa: Me dijeron que mi hijo nació muerto.

Enfermera: Vaya, lo siento, pero en ese caso me lo pone más difícil todavía. Seguro que no hay ningún expediente abierto a su nombre, a ver déjeme ver su documento de identidad.

No, tampoco hay información.

Rosa: Vine acompañada de una monja. Eso fue hace veinticinco años. Fue en esa sala, detrás de esa puerta donde lo tuve.

Enfermera: (Muestra gesto de sorpresa al hablarle de la monja) Comprendo pero entiéndame usted a mí. Aquí no existe nada. Si me permite un momento iré a mirar al archivo. Si hay algo tiene que estar allí. Tenga la amabilidad de esperar un momento.

Rosa: Esperaremos aquí, no se preocupe.

(La enfermera toma nota del documento de identidad y se dirige al archivo) (Rosa y Juan permanecen sentados esperando) (Una limpiadora hace su trabajo en la sala)

Rosa: Esto no va a resultar tan fácil como pensaba.

Juan: Hace mucho tiempo. Los archivos informáticos son más recientes. Es normal que no le figure nada.

Rosa: Pero no sé, algo me dice que no nos va a decir nada ¿no has visto su cara cuando le he hablado de la monja?

Juan: Sí, también me ha también me ha parecido un poco extraña su reacción. Hay algo en todo esto que no termino de entender, el piso, la monja. Todo es muy raro.

Rosa: Pero si es verdad que mi hijo nació vivo ¿Con qué intención pudieron decirme que nació muerto?

Juan: Sólo tiene una explicación y es que se lo dieran a alguien.

Rosa: La pareja que estaba en la otra habitación cuando yo pasé para el parto. Siempre me llamó la atención. Estaban sentados más o menos donde estamos ahora nosotros. Esto está un poco reformado pero estaban por aquí.

Juan: No quiero hacerme una idea de lo que pudo ocurrir porque la verdad, me llega a asustar. Pensar que…

Rosa: Juan, yo siempre sospeché que mi hijo no nació muerto pero qué podía averiguar yo sola ¿cómo iba yo a sospechar de una monja y de un médico? Es cierto que había algo que no me cuadraba mucho pero yo era muy joven. Me conformé sin más. ¡Qué ingenua fui! Después te encontré a ti, tuvimos nuestro hijo y aquéllos recuerdos se me fueron apagando aunque nunca llegué a olvidarme de ello ¿Cómo podría?

Juan: No creo que se pueda. Lo que no entiendo es cómo pudiste mantenerlo en silencio durante todos estos años sin que se te escapase el menor lamento.

Rosa: Lo llevaba en mi pensamiento pero el tiempo fue pasando y cada vez más mi atención la fue acaparando nuestro hijo, su enfermedad y el padecimiento que sufría.

Juan: Tuviste que pasarlo muy mal en aquella época. Desde el fallecimiento de tus padres y dejar a tus hermanos al cargo de tus tíos, el trabajo en aquella casa, los abusos de aquél hombre el embarazo y que te echaran a la calle y por último el nacimiento de tu hijo muerto.

Rosa: Mi vida siempre ha estado llena de desgracias. Un hijo no quiere perder a sus padres a una edad tan temprana, te quedas sola en la vida sin una guía que te diga por dónde tienes que ir. Luego, aquél maldito “señor” señor… me río ahora de aquella desaprensiva señoría que tanto daño me hizo y me marcó tanto la vida. Tanto es así que todavía no me lo he podido quitar de encima. Y han pasado tantos años.

Juan: Intentemos localizar ahora a tu hijo, si es verdad que vive. Tiempo habrá para todo.

Rosa: ¿Qué quieres decir?

Juan: Que a cada cerdo le llega su san Martín.

Rosa: (No dice nada)

Juan: Ya parece que llega la enfermera, viene acompañada de un médico.

Rosa: Estoy expectante por lo que nos pueda decir.

Juan: No lo estés. No te hagas ilusiones.

(Juan y Rosa se levantan)

Rosa: (A la enfermera) Dígame ¿Encontró algo?

Enfermera: Les presento al doctor García. Él es el jefe de ginecología y quien les podrá hacer las aclaraciones que necesiten.

Juan: No necesitamos más aclaraciones que una copia de un expediente de ingreso en este centro. Es una copia de un parto con cesárea que en este hospital le hicieron a mi mujer.

Doctor: Lamentablemente no podemos facilitarles lo que piden, sencillamente porque no existe.

Rosa: ¿Cómo que no existe? No puede ser. Yo tuve a mi hijo en este hospital. Vine de la mano de una monja que parecía saber manejarse a su antojo por este centro. Me dijeron que mi hijo nació muerto y quiero saber más cosas. ¿Quién fue el médico que me asistió? ¿Dónde fue enterrado? ¿Dónde está la copia de mi hospitalización?

Doctor: Me temo que no es tan fácil. Hace unos años sufrimos un incendio en los archivos. Lo que estaba digitalizado logramos recuperarlo pero lo que estaba todavía en papel se perdió y eso ya no lo podremos recuperar jamás. Quisiera ayudarla pero no veo cómo.

Juan: ¿Y la monja? Alguien se acordará de ella.

Doctor: Efectivamente, antes los servicios de enfermería y asistencia en el parto lo ofrecían las monjas pero el servicio necesitaba un personal especializado y fueron dejando de ofrecerlo en favor de las enfermeras.

Quisiera decirles otra cosa pero ya ven que es difícil que podamos obtener más información sobre su hospitalización.

Rosa: (Implorando)  Doctor, tiene que ayudarnos, se lo pido por favor. La vida de mi hijo depende de que encontremos al niño que tuve.

Doctor: Pero usted me ha dicho que nació muerto. ¿De qué forma podría…?

Juan: Doctor, tenemos fundadas razones para pensar que el hijo que tuvo mi mujer no nació muerto sino que se lo quitaron al nacer. Esa monja a la que se ha referido antes creemos que tuvo algo que ver pero también tuvo que haber un médico que la operase. El parto fue por cesárea. No puede decirnos tan sólo que el archivo sufrió un incendio y que todo se perdió.

Doctor: ¿Y la monja, por qué no van a verla?

Rosa: Lo hemos intentado, hemos estado en su congregación pero nos han dicho que falleció hace diez años. Todo esto es muy raro y creo que me están ocultando algo.

Doctor: (Perdiendo la paciencia) Señora, creo que debemos dar por terminada esta conversación. Está usted haciendo unas acusaciones sin fundamento. Les ruego que abandonen la sala y si siguen insistiendo me veré obligado a avisar al vigilante de seguridad.

Rosa: (Su habla es nerviosa, de impotencia) Por favor, es la última oportunidad que tiene mi hijo. Necesita un trasplante de hígado de un hermano y si no se lo hacen morirá. Tengo que encontrar a ese niño que tuve. (Termina llorando).

Juan: (Que coge Rosa del hombro y se la lleva) Vámonos, aquí no nos van a solucionar nada. Esto no va con ellos.

(Salen, quedan solos la enfermera y el doctor.)

Doctor: (A la enfermera) Pobre gente, quisiera poder ayudarles pero no podemos. Se levantaría un escándalo sin precedentes.

Enfermera: Yo creo que tarde o temprano esto estallará y los responsables  tendrán  que  dar  muchas explicaciones.  Es un asunto muy feo que afortunadamente ocurrió hace mucho tiempo.

Doctor: En estos hechos no importa el tiempo que pase ni si la Justicia puede hacer o no hacer nada, si sale a la luz, esto se acabó.

Enfermera: Pero tarde o temprano saldrá a la luz. Nos pueden acusar de obstrucción a la Justicia.

Doctor: No si no decimos nada. Nosotros no sabemos nada. Son aguas pasadas. A propósito no sabía que la monja había fallecido ¿tú lo sabías?

Enfermera: (Se encoge de hombros)

(Se separan)

 

Acto tercero

Escena primera

 

La escena tiene lugar en la casa de Rosa y Juan.

Es una casa humilde.

Intervienen en la escena Rosa y su hijo.

El hijo se encuentra fatigado por la enfermedad.

Rosa: ¿Qué quieres que hagamos hoy?

Hijo: No lo sé, hoy no tengo ganas de salir.

Rosa: Últimamente he estado un poco ocupada.

Hijo: ¿Y ya te has desocupado?

Rosa: Sí, parece que ya todo lo que tenía que hacer está hecho. Ahora tengo todo el tiempo para que hagamos lo que tú quieras.

Hace tiempo que no hablas con tus amigos ¿no es verdad?

Hijo: Sí, ya hace algún tiempo.

Rosa: ¿Por qué no los llamas?

Hijo: (Hablando con cansancio) Sí, hoy los llamaré. Pero ahora no es buena hora, estarán estudiando.

Rosa: ¿Cómo llevas los estudios?

Hijo: Unas veces mejor y otra peor. Esta dichosa enfermedad no me deja concentrarme en ellos. Pero acudo a internet cuando no termino de entender algo. Los profesores no me suelen poner problema a que no acuda a clase siempre y cuando los exámenes los haga presenciales.

Rosa: Son las ventajas de internet. Cuando yo tenía tu edad no había nada de eso.

Hijo: Ni los enfermos podían estudiar ¿verdad mamá?

Rosa: ¿Por qué me dices eso?

Hijo: No quiero que te compadezcas de mí. Sé lo que tengo y no quiero que vivas pendiente de mí. No me importa hablar de mi enfermedad, la llevo como la llevo pero no quiero que sea un tema tabú o que se desvíe la conversación a temas banales que en el fondo demuestran que no se quiere tratar el tema por no hacer daño.

Rosa: No es eso hijo, o bueno, quizás sí. La verdad es que muchas veces es difícil hablar sin querer llegar a tocar siempre el mismo tema. Si podemos darle un rodeo a la cosa y conseguir que no estés todo el día pensando en lo mismo, eso habremos conseguido ¿no crees?

Hijo: Mamá, tengo lo que tengo y mientras no reciba un trasplante lo tendré y cada día peor. Tú lo sabes.

Rosa: Si, hijo. No te quiero decir que sé cómo te sientes porque el único que lo sabes eres tú, pero tu entereza me sorprende y tengo mucho que aprender de ti. Quisiera que la medicina tuviera una solución para cada caso pero eso no es posible (se acerca a él acariciándolo de forma protectora) también sé que tú te curarás porque llegará un donante compatible y empezarás a recuperarte, mientras tanto, nosotros que no podemos hacer otra cosa, te ofreceremos todo el cariño que podamos darte y si de nosotros dependiera te llevaríamos en volandas a la recuperación.

Hijo: (Fatigado) Ya lo sé pero todo llegará cuando tenga que llegar. No quiero que os preocupéis. No creáis que no os lo noto. Vuestras caras son espejos que lo transmiten todo y de verdad que no quiero que os preocupéis. Llevaría peor eso que mi propia enfermedad.

Rosa: ¿Cómo puedes ver las cosas con ese pragmatismo?         

Hijo: Es lo que me ayuda a llevar esta enfermedad. No podría de otra forma.

Rosa: Lo normal es que nos preocupemos por tu enfermedad, eres nuestro hijo y nada quisiéramos más que te recuperases y  pudieras hacer una vida normal como todo el mundo.

Hijo: Mi vida la ha marcado esta enfermedad, nunca he tenido una vida normal pero ya estoy acostumbrado. Tengo la vida que tengo. No te voy a decir que no quisiera olvidarme de todo esto, pero si te digo la verdad, lo tengo tan asumido que no lo echo de menos.

Rosa: Nunca dejarás de sorprenderme.

(Juan llega de la calle)

Juan: Hola.

Rosa: Hola.

Hijo: Hola papá.

Juan: ¿Cómo estás hijo?

Hijo: Bueno…Estoy un poco cansado. Voy a tenderme un poco.

(El hijo se retira)

Juan: No sé qué me da verlo así, cada día está más apagado.

Rosa: ¿Has podido averiguar algo?

Juan: Nada, puertas cerradas. Parece como si fuera un tabú.

Rosa: ¿Has estado en el piso donde estuve viviendo?

Juan: Sí. Los propietarios son recientes, de unos ocho años o así.

Rosa: ¿Y no conocían a Sor Visitación?

Juan: No. Dicen que ellos se lo compraron a una sociedad pero no saben nada de Sor Visitación.

Rosa: ¿Qué vamos a hacer?

Juan: No lo sé. Si por lo menos supiéramos qué médico fue el que te atendió pero todo son misterios, puertas cerradas que ocultan algo. De eso estoy convencido.

Rosa: Paso todo el embarazo en un piso que no sabemos qué clase de piso era, con una monja que nadie sabe qué es lo que hacía. Tengo a mi hijo en un hospital, con un equipo médico, una instalaciones, no me faltó de nada y ahora me dicen que el archivo se incendió y que no queda rastro de lo que ocurrió en aquellos años y ¿Nadie sabe nada? Creo que mañana tenemos que poner una denuncia ante el Juzgado. No sé el tiempo que puede tardar pero esto no se puede ocultar.

Juan: Es el camino que deberíamos haber tomado antes. Nuestro hijo no tiene ese tiempo que la Justicia necesita pero aquí hay muchas cosas que no tienen explicación y no sé si llegaremos a tiempo pero se deben investigar. Todo parece ocurrir según un patrón previamente trazado. Fuiste una presa fácil. Una chica joven, sin recursos ni familia, sin saber qué hacer con un embarazo no deseado y un futuro incierto.

Rosa: ¿Cómo no me di cuenta en su momento?

Juan: Eras una chica sola ante la vida, sin experiencia. Tuviste que ser como fruta madura para ellos, llegaste como caída del cielo.

Rosa: Sí, ahora lo veo claro. Pero los responsables de todo esto no van a quedar impunes.

Juan: Seguiremos buscando la verdad y si la justicia no lo logra lo haremos nosotros.

Rosa: No sé si averiguaremos algo pero quizás sea la última oportunidad para nuestro hijo.

(Suena el timbre de la casa)

Rosa: Han llamado, iré a ver quién es.

(Juan se sienta abatido en el sillón) (Se dispone a leer un libro)

Rosa: (Llama nerviosa a su marido) ¡Juan! ¡Juan!

Juan: (Se incorpora alarmado) ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?

(Rosa aparece descompuesta con una sobre en la mano)

Rosa: Mira

Juan: ¿Qué es?

(Le muestra el sobre)

Rosa: Lo han introducido por la puerta.

Juan: ¿Quién lo ha dejado?

Rosa: No lo sé. Cuando he abierto no había nadie y me lo he encontrado en el suelo. Léelo.

Juan: Dame (Juan lee en voz alta)

“He sabido que están ustedes haciendo preguntas sobre un nacimiento que tuvo lugar hace veinticinco años. Nadie les dirá nada porque lo que ocurrió entonces era una práctica que si bien no era generalizada sí ocurría con cierta frecuencia.

Yo por aquél entonces trabajaba en dicho hospital y empecé a ver casos de los que empecé a sospechar. Nacían niños de embarazos aparentemente sanos pero a las madres les decían que su hijo había nacido muerto.

Su caso me llamó mucho la atención porque era usted muy joven en comparación con las madres que llegaban por allí y la verdad es que se me quedó usted grabada.

Le dijeron que su hijo nació muerto pero no es cierto, su hijo nació vivo y vivo debe seguir.

Aquél día del nacimiento miré una ficha que había en la mesa del ginecólogo que la asistió. Era la ficha de su hijo. Se lo dieron a una pareja que llegó casi al momento de dar usted a luz.

Me quedé con una copia del expediente y le tengo que confesar que durante  todos estos años he cargado con el peso de la conciencia de no haber actuado denunciando aquello a las autoridades.

Hoy puedo liberarme de ese peso y cuando el otro día estuvieron en el hospital yo asistía como espectadora anónima a su ruego pidiendo saber qué pasó con su hijo y pidiendo poder salvar la vida de otro hijo suyo.

Sor Visitación falleció convencida que estaba haciendo una obra de caridad y que daba a los niños a otras parejas creyendo que sus madres no podrían darle un futuro a sus hijos. Aquello siempre me pareció que quería emular a Dios y ahora no sé a qué lado estará de él pero creo que habrá tenido que responder a muchas preguntas.

Me va a permitir que no desvele el equipo médico que actuaba con ella porque no todos sabían lo que ocurría y se verían involucrados en un procedimiento que antes de que se fallase ya estarían condenados por la opinión pública.

Los datos de la pareja que como le he dicho les dieron a su hijo son los siguientes.

Deseo que su hijo pueda recuperarse ocurra lo que le ocurra y que este nuevo hermano pueda ayudarle.

Posdata: No intenten averiguar el origen de esta nota ya que somos varios los que todavía trabajamos desde entonces y lo negaré todo.

(Juan se sienta en el sillón, vuelve a mirar la carta y con las manos se la pega al cuerpo.)

Juan: No puedo articular palabra. Se me va a salir el corazón. Tenías razón.

Rosa: No digas nada. Aquí tenemos la prueba y la dirección de aquella pareja que aguardaba a que yo tuviera el niño. Tenemos que ir a verlos. No podemos perder tiempo. Ya veremos lo que hacemos luego contra el hospital. Me han robado veinticinco años de mi hijo.

        

Escena tercera

 

La acción se realiza en la casa de la familia adoptante. La familia adoptante es una familia acomodada. El hijo no sabe nada de su origen.

En la escena intervienen Juan y Rosa, el padre adoptivo y la madre adoptiva.

(Juan comprueba la dirección que hay en el sobre)

Juan: Aquí es. Esta es la dirección que indica el sobre.

Rosa: Estoy a poco de poder descifrar la mayor incógnita de mi vida. Una mentira que ha durado veinticinco años.

Juan: Te confieso que siento mucha expectación ante lo que nos puedan decir. Teníamos que haber puesto una denuncia ante el Juzgado y dejar que la Justicia hubiese actuado.

Rosa: No podemos pensar en eso ahora, lo único que deseábamos era poder dar con él y lo tenemos al alcance de la mano, ya lo haremos más adelante pero ahora tenemos que actuar.

Juan: De acuerdo, hagámoslo.

Rosa: ¿Llamo a la puerta?

Juan: Llama.

(Rosa llama a la puerta y al cabo de unos segundos sale un hombre de unos sesenta  años de edad, la mujer sobre cincuenta y cinco).

Padre adoptivo: Buenas tardes.

(Juan y Rosa no reaccionan)

Padre adoptivo: Perdón ¿querían algo?

Juan: Buenas tardes. Verá queríamos confirmar una información usted tiene un hijo que en la actualidad tiene veinticinco años ¿verdad?

Padre adoptivo: Sí. ¿Por qué preguntan por él, le ha pasado   algo?

Rosa: No, no le ha pasado nada, sólo que nos gustaría verlo.

Padre adoptivo: Verlo ¿por qué? ¿Quiénes son ustedes?

Juan: Nos gustaría verlo para poder hablar con él.

Padre adoptivo: Eso no es posible, él no vive aquí, vive fuera pero me quieren ustedes decir para qué quieren verlo. Soy su padre y no me hace ninguna gracia que vengan dos desconocidos preguntando por él ¿Ha ocurrido algo que yo tenga que saber?

(Sale a la puerta la madre adoptiva que ha escuchado la conversación de su marido)

Madre adoptiva: ¿Qué está ocurriendo? ¿Me quieren decir ustedes porqué están buscando a mi hijo? ¿Qué le ha pasado?

Juan: No le ha pasado nada, al menos que nosotros sepamos. De hecho ni lo conocemos.

Padre adoptivo: Entonces díganme lo que quieren o se marchan de aquí.

Rosa: ¡Espere! Tendrán que escuchar lo que tenemos que decirle y le aseguro que no les va a gustar. ¿Dónde está su hijo?

Padre adoptivo: Ya les he dicho que no vive aquí y si no se marchan ahora voy a llamar a la policía. (Coge su móvil y empieza a marcar)

Rosa: Estupendo. Llame ahora, así podremos aclarar muchas cosas, cosas que ocurrieron hace veinticinco años donde su (remarcando el “su”) hijo nació.

Madre adoptiva: (Hace parar la llamada de teléfono) ¿Quiénes son ustedes?

Rosa: Su hijo tiene hoy veinticinco años. El día que su hijo nació yo estaba en aquella clínica dando a luz. Yo era una joven de poco más de dieciséis años que había sufrido abusos por parte de un malnacido donde trabajaba y que al decirle que estaba embarazada me echó como un perro a la calle.

(Suspiro de “miedo” de la madre adoptiva)

No sé cómo terminé a las puertas de un convento y una de las hermanas me facilitó todo lo necesario para que no me faltara de nada durante el embarazo, incluso corrió con todos los gastos del parto que fue por cesárea.

Cuando desperté de la anestesia Sor Visitación ¿Les suena el nombre? Me dijo que mi hijo había nacido muerto, que no me lo podía enseñar porque era muy desagradable y no me preocupara de nada. Yo estaba completamente hundida y no supe hacer otra cosa que salir llorando del hospital. Con el tiempo una pregunta no dejaba de martirizarme en mi pensamiento.

Cuando yo entraba en la sala de partos no he dejado de recordar a una pareja que estaba en la habitación de al lado. Me pareció entonces que estaba simulando estar embarazada ya que al pasar la vi como acomodándose la barriga. Aquello me extrañó pero bastante llevaba yo encima como para preguntarme el por qué.

¿Van ustedes recordando? ¿Se explican ahora el motivo de nuestra visita?

Padre adoptivo: (Tono un poco abatido) Pero ¿por qué cree usted que mi hijo es el hijo que usted tuvo?

Rosa: (A la madre adoptiva) ¿Usted no es la madre biológica de su hijo, verdad?

Madre adoptiva: Qué locura está usted diciendo. Claro que lo soy.

Rosa: ¿En qué fecha nació su hijo?

Madre adoptiva: El veinte de septiembre de 1960.

Rosa: Efectivamente. Así lo dice en esta copia del informe que no pudieron hacer desaparecer. Léala. En ella vienen sus nombres, su dirección y la fecha de nacimiento.

Padre adoptivo: Pero ¿Qué locura es esta? ¿A qué viene todo esto veinticinco años después?

Rosa: Quiero ver a mi hijo.

Padre adoptivo: ¿Pero qué están ustedes insinuando? La adopción de mi hijo fue una adopción legal. No pagamos un solo céntimo ¡Qué desfachatez! ¡Váyanse de aquí! Márchense o llamo a la policía.

Juan: No sabemos qué ocurrió con la adopción del hijo de mi mujer, si fue legal o no lo fue, pero a mi mujer le dijeron que nació muerto y eso ya es motivo suficiente para entablar una demanda judicial. La Justicia investigará cómo se hizo la adopción. Que para ustedes se hizo de forma legal, magnífico, pero a mi mujer le robaron a su hijo para dárselo a otra pareja y esa otra pareja son ustedes.

Rosa: Ustedes eran la pareja que estaban en la habitación de al lado ¿no es cierto? Usted entró a aquél hospital sin estar embarazada y salió con un hijo. Respondan. ¡Díganme lo que quiero oír!

Madre adoptiva: (Se queda mirando aturdida a su marido sin saber qué decir)

Padre adoptivo: Aquélla mañana nos llamó Sor Visitación. Nos dijo “hoy tendréis a vuestro hijo” pero le juro, le juramos por la vida de nuestro hijo que nosotros creíamos que era un abandono de una madre que iba a tener a un hijo pero que no lo quería. Esa es la pura verdad. Si hubiésemos sabido que se lo estaban robando al nacer no lo hubiéramos permitido.

Créannos, estábamos deseando tener un hijo pero no de cualquier forma. Sí, éramos nosotros los que estábamos en la habitación de  al lado a su paso pero nosotros no le robamos a su hijo.

Nosotros nos hicimos cargo de todos los gastos del embarazo, piso, medicinas, revisiones médicas y asistencia al parto pero siempre creímos que usted estaba de acuerdo. Nunca lo hubiéramos  hecho   de  saber   todo  lo   que  usted  nos  está contando. Y ahora si quiere ir al Juzgado vaya, pero no somos  gente tan desalmada como para hacer lo que nos está diciendo.

Hemos tenido sólo un hijo y lo hemos educado dentro de los valores humanos del perdón, el sacrificio, la responsabilidad, el amor y nada de eso hubiéramos sido capaces de inculcarle si nuestros propios valores no fueran los mismos.

Rosa: Nunca le dijeron que era adoptado ¿verdad?

Madre adoptiva: No, nunca. Y no se lo diremos ahora.

Rosa: Tenemos otro hijo, un hijo en común que está enfermo, se muere por una afección que tiene en el hígado. Los médicos dicen que se muere si antes no recibe un trasplante de un hermano. Ese es el motivo de venir a verles y por lo que me planteé la supuesta muerte del niño que tuve. Afortunadamente los he encontrado y mi ruego es que él, su hijo, se preste a ser donante en un trasplante entre hermanos.

Madre adoptiva: Ah, ese es el motivo. De modo que ha tenido veinticinco años para buscar a un hijo que dio al nacer y es ahora cuando viene. Cuando…

Rosa: ¡Yo no lo di! Me lo quitaron.

Madre adoptiva: Veinticinco años y viene ahora amenazándonos con llevar el caso al Juzgado si nuestro hijo no se presta a ser donante de hígado.

Rosa: ¡No es así!

Madre adoptiva: ¿Cómo es si no? Porque yo no lo veo de otra forma.

Rosa: Por favor, no tengo tiempo para pleitear sobre si me lo quitaron  o  lo  entregué al nacer. Mi hijo se muere y le pido por favor, se lo imploro como madre que es usted para que su hijo acceda por lo menos a hacerse las pruebas de compatibilidad. (Llora).

Han pasado veinticinco años. No pretendo tener ningún     derecho sobre su hijo, ya no tiene sentido, pero si hay alguna persona en el mundo que pueda salvarle la vida es su hijo, su hermano.

Juan: Dígannos dónde podemos encontrarle. Necesitamos hacerle la propuesta.

Padre adoptivo: Él no vive en esta ciudad. Está trabajando fuera. Viene todos los fines de semana. No sé cómo se lo diremos pero seremos nosotros los que hablemos con él. No vuelvan por aquí. Nosotros contactaremos con ustedes. Sentimos mucho por todo lo que están pasando y deseamos que su hijo se recupere pero no tengan la menor duda que su hijo llegó a nosotros como le hemos dicho. De todas formas tienen ustedes todo el derecho del mundo a acudir a los Tribunales y nosotros a defendernos. Ahora si tienen la amabilidad de salir.

(Salen)

Escena cuarta

 

La escena se desarrolla en el hospital

Intervienen en la escena Juan y Rosa, un médico, el hijo y el hijo de Rosa.

Rosa: Se me hace interminable la espera. Creí que habíamos llegado a sus corazones pero ya veo que no.

Juan: Ya no hay nada que hacer. No habrán querido decirle nada y no vendrá.

Rosa: ¿Y los valores humanos de los que presumían? Mentira todo. No sienten la enfermedad de nuestro hijo y les da lo mismo que se muera. ¡Maldita sea, maldita sea!

Juan: Ahora sí que he perdido la esperanza. Empiezo a ver que el túnel no tiene salida. Esperaba haberlos podido convencer pero no, no hay solidaridad. Acudimos a salvar a los que están a miles de kilómetros pero  los que tenemos a la vuelta de la esquina no nos importan. Quiero pensar que sólo plantearle este tema les sería de una enorme dificultad y es más fácil callarnos que afrontarlo pero se trata de la vida de su hermano.

Rosa: Que no lo conoce. Para ellos es un enfermo más.

Hijo: ¿Qué es lo que habláis?

Juan: Nada hijo, cosas nuestras. Descansa.

Hijo: Me duele. Por favor, que me pongan un calmante.

Hijo: (Con la voz apagada) Madre, esto se acerca. Cada vez me siento más débil y me faltan fuerzas para resistir.

Juan: Enseguida viene el doctor y te pondrá un calmante, relájate y guarda las energías para cuando nos vayamos de aquí.

Hijo: Quisiera haber hecho tantas cosas que no he podido hacer.

(El doctor le pone un calmante a través del suero, le toma el pulso y lo reconoce, hace un gesto de preocupación)

Rosa: Las harás, hijo, las harás, harás todo lo que tú quieras. Pero por favor, no pienses ahora en nada y duérmete. Dormido se te pasará el dolor. Ya verás cómo haremos todas las cosas que no has podido hacer. Iremos a ver el mar ¿Tú querías, verdad? Pues iremos a verlo, no te imaginas la inmensidad del mar, se te pierde la vista y sólo ves agua y agua y las olas que vienen y no cesan de llegar. El mar te mece como si fuera una cuna y te duerme y el sonido de las olas se grabará en tus oídos y sonarán a dulce melodía que te acuna y te hace dormir porque necesitas descansar y sólo escucharás las olas que vienen y van.

(El hijo se ha muerto)

(La madre se ha dado cuenta que la respiración del hijo ha cesado y reposa su cabeza sobre su pecho).

Rosa: Descansa hijo, descansa.

(En ese momento aparece por la puerta de la habitación el hijo de Rosa)

Hijo: Buenas tardes, mis padres me han dicho que estaban tratando de localizarme.

(Se apagan las luces)

 

Francisco Romero Romero

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

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