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EL ESTIGMA ARDIENTE

de Rogelio Borra García

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

"EL ESTIGMA ARDIENTE"

 

Autor: ROGELIO BORRA GARCÍA

rogelioborra@arnet.com.ar

 

Personajes:

 

PADRE FRANCISCO

COMISARIO

JULIAN

MATEO

 

I

 

Un haz blanco potente, frío, sobre el rostro impertérrito de MATEO, sentado tieso en una silla de madera. La figura del POLICIA dando vueltas a su alrededor.

 

MATEO: ...Me invitó a entrar a su pieza. Prendió la luz. Y me mostró el televisor. Era más grande que el que teníamos en el comedor. Y más lindo. Cerró la puerta. Con llave. Y me dijo que me sentara, mientras él prendía el televisor. Yo miré y no había ninguna silla, entonces me senté en el suelo, total estaba todo alfombrado. El prendió la tele y cuando me vio, me dijo que me levantara, que cómo iba a estar sentado en el suelo. Yo le dije que no importaba, que estaba bien. Pero él insistió, vino hasta donde yo estaba y dijo que me sentara en la cama. El se sentó en la cama y me invitaba, palpando el colchón así, con la mano... Yo me levanté y le obedecí...

 

POLICIA: ¿Por qué?

 

MATEO: ¿Por qué que?

 

POLICIA: Porqué le obedeciste, si estabas cómodo sentado en el suelo.

 

MATEO: Porque todos le obedecíamos. Siempre. Hacíamos todo lo que él nos pedía.

 

II

 

Un haz blanco potente, frío, sobre el rostro tenso de FRANCISCO, sentado en una silla de madera. La figura del POLICIA dando vueltas a su alrededor.

 

POLICIA: Entonces, padre Francisco, Usted me asegura que en el Hogar nunca se castigó físicamente a ningún interno.

 

FRANCISCO: En el Hogar no tenemos internos, comisario. Los chicos que están en el Hogar, viven ahí. Y jamás, jamás haríamos uso de la violencia o de algún castigo físico o psíquico. Eso no ocurre en el Hogar. Allí se los cuida, se los enseña, se los conduce por el camino de las buenas acciones, la solidaridad, el...

POLICIA: (Lo interrumpe) Padre... entonces, ¿cómo explica las marcas que tiene ese chico, Mateo, en el cuerpo?

 

FRANCISCO: (Pausa. Tensa su rostro) Usted no lo entendería, comisario. No lo creería.

 

POLICIA: Qué es lo que a su juicio yo no entendería ni creería?

 

FRANCISCO: Usted es ateo, ¿me equivoco?

 

POLICIA: (Duda un instante) Me temo que no soy de su rebaño, Padre. Pero ése no es el punto. Por qué no empieza por decirme lo que sabe sobre ese chico. ¿Quién lo lastimó y por qué? No creo que eso tenga que ver con mi propia fe... ¿O sí?

 

FRANCISCO: Mateo es un elegido, comisario. Un elegido. Y yo hubiese dado mi corazón por estar en su lugar.

 

POLICIA: A ver si lo entiendo, Padre Francisco: Alguien golpeó salvajemente al chico y Usted hubiese dado su corazón por estar en su lugar ?  Disculpe, Padre, no quiero ser ni parecer grosero, pero he visto en muchas películas cómo los curas se flagelan con látigos y esas cosas, cuando sienten que han pecado y no pueden con la culpa... ¿A Usted le gusta que lo golpeen, Padre?

 

FRANCISCO: (Siempre sereno) También he visto en muchas películas cómo los policías golpean a los interrogados. ¿Usted quiere golpearme, comisario?

 

POLICIA: (Sonríe) No crea todo lo que ve en las películas. (Encendiendo un cigarrillo y caminando en derredor) Lo único seguro es que si Usted no se decide a hablar pronto, el Hogar puede ser clausurado y Usted quedará entre rejas. Sus "internos" o como quiera Usted llamarlos, irán a parar a otro Hogar, a un reformatorio o qué se yo adónde. Mi único propósito es saber qué demonios pasa entre las paredes de su prestigioso Hogar y por qué si todo es un lecho de rosas, de pronto aparecen chicos golpeados y sospechas de abusos deshonestos. Y si Usted no habla claro, Padre, voy a empezar a creer que realmente me está ocultando algo muy grave. (Acerca su cara a la del sacerdote) Dígame algo, Padre Francisco, algo que me sirva.

 

FRANCISCO: (Mirándolo fijamente) Comisario, nadie golpeó a ese chico.

 

POLICIA: (Pausa. Alejándose un poco) Verá que la celda es lo suficientemente cómoda, Padre. Y la comida aquí es buena también, no sé si tan buena como la del Hogar, pero... Ustedes los curas tienen fama de alimentarse muy bien.

 

FRANCISCO: (Alisando sus vestimentas) Que tan grande es la celda, comisario ? Es amplia ?

 

POLICIA: No es una suite, pero le buscamos la mejorcita. ¿Le preocupa el espacio, Padre? ¿Sufre de claustrofobia? ¿No están Ustedes, los curas, acostumbrados al aislamiento, al claustro?

FRANCISCO: A Usted no le agradan los curas, comisario. ¿Me equivoco?

 

POLICIA: (Sonriente) Nada personal, Padre, nada personal.

 

 FRANCISCO: Nosotros somos personas, como usted o como cualquiera.

 

POLICIA: Con ciertas restricciones, impuestas y aceptadas. Un cura no puede casarse, ni tener hijos. No puede emborracharse, ni putear en un partido de fútbol, ni abonarse a un canal erótico de cable. Un cura no puede tener sexo. Ni mentir.

 

FRANCISCO: (Pausa. Mirándolo imperturbable) Lo que quise aclararle es que nosotros no vivimos en una mazmorra oscura, flagelándonos por los males propios o los ajenos. Le repito: somos personas.

 

POLICIA: Que pueden cometer delitos, como cualquier otra persona.

 

FRANCISCO: (Poniéndose de pie) La celda deberá ser amplia, para que puedan entrar cómodamente un periodista, un camarógrafo y posiblemente un iluminador. Aparte de mí, claro está. (Mira al POLICIA) Supongo que mi abogado se lo habrá anticipado. (Estudia la reacción del POLICIA) ¿No? bueno, voy a dar una nota exclusiva con el único canal que no se "prendió" de manera enfermiza en toda esta calumnia. Será este domingo, en horario central y según lo que tengo entendido, saldrá en directo.

 

POLICIA: Le gusta el show. Lo puede. Es su lado débil. ¿Su único lado débil? (Se acerca y apoya su mano en el hombro del cura, haciendo que vuelva a sentarse) ¿Tiene algún otro, padre? ¿Tocar a los chicos?

 

FRANCISCO: (Poniéndose otra vez de pie) No le voy a permitir...

 

POLICIA: (Imperativo) Siéntese, padre. (Serenamente) Siéntese, por favor.

 

FRANCISCO: (Sentándose) Ya dije todo lo que tenía que decir a su oficial sumariante o como se llame. Acepté hablar con Usted por su interés en involucrarse personalmente en el tema y porque pensé que estaba dispuesto a ayudarme.

 

POLICIA: (Irónico) Yo creo que aceptó hablar conmigo porque me vio muchas veces en televisión. ¿Me equivoco? Usted, su popular y caro abogado-galán, yo, ¡todos formamos parte del show business! No sabe cómo me encanta aparecer cuando hay un crimen o un secuestro, hablar con los periodistas, poner mi mejor cara de circunstancia y responder siempre que "todo está bajo secreto del sumario".

 

FRANCISCO: (De pie) Quiero ir a mi celda. La entrevista terminó.

 

POLICIA: ¡Esto no es una entrevista! ¡No estamos en un puto programa de televisión! ¡A ver si le caen las fichas de una buena vez! ¡Usted está bajo sospecha de golpear y de abusar de dos menores! ¡Dos pibes que estaban bajo su santo cuidado!

 

FRANCISCO: ¡No voy a hablar con usted sin mi abogado!

 

POLICIA: Uno de ellos, Julián, dice que Usted lo llevó a su cuarto una noche de lluvia. Que lo secó porque estaba mojado. Usted lo secó, con su propia toalla, con sus propias manos. Le pasó la toalla por todo el cuerpo y después le pidió que se quitara la ropa mojada.

 

FRANCISCO: ¡Eso es basura!

 

POLICIA: Al otro, a Mateo, Usted lo invitó a su cuarto, cerró la puerta con llave y lo incitó a que se sentara en su cama a ver televisión. ¿No es así como pasaron las cosas, Padre? ¿No es verdad que Usted se sentó al lado del chico y puso su mano en la pierna del chico? ¿Qué sintió entonces, Padre? Dónde quedó en ese momento, toda su abnegación por el Hogar, por todas esas almas indefensas, que no tienen en este mundo nada que no provenga de Usted y de su sagrada misericordia!

 

FRANCISCO: ¡Mienten! ¡Los dos mienten! ¡Mienten!

 

POLICIA: ¡Convénzame, padre Francisco, convénzame de que mienten! Y yo le aseguro que estará libre en unas horas. ¡Pero dígame algo que me convenza, padre Francisco!

 

III

 

Altillo que funciona como depósito. Rincón sombrío y húmedo. Cajas cerradas, muebles cubiertos con telas polvorientas, gastadas imágenes de santos... JULIAN está sentado en el suelo, tiene entre sus piernas algo envuelto en un repasador.

 

JULIAN: Hola, Francisco. Qué bueno que viniste. Te cité acá porque no quería que los otros chicos nos vieran... Te quería mostrar algo, vas a estar orgulloso de mí. Mirá. (Desenvuelve el atado: es un pan) Mi primer pan. Lo amasé yo solo. Y lo horneé. Todo yo solito. Tenías razón de que debía ocuparme en algo. Me gusta esto de la panadería, sabés. En serio, no te rías. No va a ser como las otras cosas, que empezaba y las dejaba, te lo prometo. (Alzando el pan) ¿Te gusta? Quería que fueras el primero en probarlo. Báh, lo hice para vos... (Arranca con sus manos un pedazo de pan y lo extiende) Probálo. El cuerpo de Cristo. Falta la sangre.

 

IV

 

El POLICIA con unos expedientes en su mano, leyéndolos.

 

POLICIA: Mateo Aguirre, quince años. Un juez de menores dispuso su ingreso al Hogar cuando tenía doce. Sin familiares cercanos conocidos. Madre internada tres años en un hospital neuropsiquiátrico, ...severo cuadro de esquizofrenia, ...suicidio. (Lee otro expediente) Julián Estrada, diecisiete años. Último domicilio: Villa La Cava. Algunas denuncias de hurtos, hechos aislados de violencia. Madre desconocida. Padre alcohólico, golpeador. Un único hermano, de veinte años, sigue preso por homicidio calificado, agravado por el vínculo... (Silabea:) "parricidio"... (Levanta la vista) ¡Qué tal! ¡Mató al padre! (Busca otras hojas) Mató al padre con un hacha y enterró el cadáver en el barro podrido de una laguna... ¡Dios santo! (Eleva la mirada, sonríe y menea la cabeza, mientras sigue revolviendo papeles)

 

V

 

Altillo. MATEO se arrodilla. Como absorto, desparrama estampitas en el suelo. Farfulla cosas en un juego solitario. Un repentino resplandor lo ilumina y lo enceguece. La luz es potente. MATEO eleva la mirada, se esfuerza por ver entre la poderosa luminosidad. Su expresión cambia. Sus ojos se abren, asustados. Balbuceante, trata de moverse, pero de inmediato es invadido por otra sensación aún más fuerte que aquella luz. Su rostro se relaja, invadido por una extraña y súbita serenidad. Sonríe. Extiende su mano hacia la luz.

 

VI

 

Sacristía de la Parroquia. FRANCISCO doblando el alba que utiliza en misa. Entra MATEO.

 

MATEO: Estuvo re linda la misa, Padre.

 

FRANCISCO: (Lo mira y sonríe) Gracias, Mateo. Vos, como monaguillo, fuiste de mucha ayuda para hacerla tan bonita.

 

MATEO: (Lo ayuda con las vestiduras) Usted tiene una forma de hablar... Hace que le prestemos atención, que oigamos lo que Usted nos dice. Y cuando sale en la tele, es imposible dejar de escucharlo. Usted tiene como un imán.

 

FRANCISCO: Gracias. Cuántos halagos, ¿no me estarás por pedir algo?

 

MATEO: No, Padre, yo no necesito nada. Acá, Usted no nos hace faltar nada.

 

FRANCISCO: (Mirándolo un instante) Mateo, mañana tengo que ir a un programa de televisión, ¿te gustaría acompañarme al canal?

 

MATEO: ¿Al canal? ¿A la tele? ¿Me lo dice en serio? (Alborozado) ¡Claro! ¿A qué hora?

 

FRANCISCO: ¿Nunca fuiste a un canal de televisión?

 

MATEO: No, ¡qué voy a ir!

 

FRANCISCO: Espero que no te aburras, las cosas no son tan divertidas ni dinámicas como se ven luego.

 

MATEO: ¿Es cierto que lo maquillan como a las mujeres, Padre?

 

FRANCISCO: (Hablando en secreto y juguetón) Sí, pero no se lo digas a nadie.

 

MATEO: (Piensa un momento, alarmado) ¿A mí también me van a maquillar?

 

FRANCISCO: No, tonto. Salvo que quieras aparecer en la pantalla.

 

MATEO: Por ahora no. Pero cuando salga de acá, voy a ser actor. ¿Se estudia para eso, no?

 

FRANCISCO: Claro. (Observándolo) No sabía que te gustaba la actuación. Lo voy a tener en cuenta para el próximo festival de primavera.

 

MATEO: No, Padre, acá en el Hogar no. Me da vergüenza, después los otros me van a cargar, me van a decir maricón y todo eso.

 

FRANCISCO: Mateo, un actor no puede detenerse a pensar en esas pavadas.

 

MATEO: Mi mamá actuaba. ¿Nunca le conté? (Triste repentinamente) Se ponía el vestido de novia de mi abuela, un sombrero viejo, lleno de flores de papel, y unos guantes negros, gastados pero suavecitos, así como de terciopelo. Y unos zapatos blancos que la hacían parecer alta, altísima. Lo que más me gustaba eran sus zapatos. Ella me sentaba a mí al lado de unas muñecas viejas y unos osos de peluche. Nosotros éramos su público. Y la galería de mi casa era el escenario. Ella se presentaba, saludaba y nosotros aplaudíamos. Después, ponía un disco, agarraba un cepillo, como si fuera un micrófono... y hacía como que cantaba. Cantaba.... La extraño mucho, Padre.

 

Despacio, con mucha ternura, el sacerdote abraza a MATEO. Ninguno de los dos, percibe la entrada de JULIAN, que los mira con un gesto de creciente furia.

 

VII

 

JULIAN sentado en la silla de madera. El POLICIA, en la penumbra, a sus espaldas.

 

JULIAN: ...Cuando nos cambiábamos, después de jugar al fútbol, Mateo se escondía de nosotros, como si no quisiera que lo viéramos. Un día, yo le hice una joda y le pegué en la espalda, así, despacio, entonces él gritó. Un grito de dolor. Yo le dije que se sacara la remera. El no quería, pero yo mismo se la saqué, a los tirones. Entonces, le vi las marcas. Yo reconocí esas marcas. Así quedábamos nosotros, mi hermano y yo, cuando mi viejo nos agarraba con el cinto. Le pregunté quién le había hecho eso, le dije que iba a cagar a trompadas al que le había hecho eso. Pero él se largó a llorar. No hablaba, lloraba y lloraba. Yo insistí hasta que Mate, Mateo me contó... El Padre Francisco había descubierto que él ensuciaba las sábanas. De dormido, ¿me entiende? Él no lo hacía a propósito, no tenía la culpa, le pasaba de dormido, ¿me entiende? Pero el Padre Francisco no le creyó. Llevó a Mateo al altillo... y lo castigó, por pecar y por mentir.

 

VIII

 

Altillo. MATEO entra apenas vestido con su calzoncillo, sollozando, cubriéndose avergonzado. FRANCISCO entra detrás de él, tiene un gesto desencajado, respira agitadamente. Mira al joven con ojos encendidos.

 

FRANCISCO:  ¡¿Desde cuándo hacés esas cosas?!

 

MATEO: Yo no hice nada... Yo no hice nada, le juro... ¡Le juro, Padre!

 

FRANCISCO: Una y mil veces hemos hablado del tema. Una y mil veces creí que habías entendido que eso es un pecado.

 

MATEO: No es lo que Usted piensa. Yo no me toqué. Nunca lo hago. Usted nos prohíbe que nos toquemos. Me pasó mientras dormía, ¡le juro!, y no es la primera vez que me pasa...

 

FRANCISCO: Mateo, ¡ni siquiera admitiste en la santa confesión que eso te estaba ocurriendo!

 

MATEO: ¡Me daba vergüenza!

 

FRANCISCO: Tu falta es muy grave.

 

MATEO: Por favor, padre Francisco, ¡por favor! Le juro que...

 

FRANCISCO: ¡Basta de jurar! Jurar en vano no va a favorecer tu situación. Vos sabés que merecés un castigo. (Empuja a MATEO, que cae de rodillas, sollozando) (El cura pasa los dedos temblorosos por la espalda desnuda del muchacho) "¡Oh, Dios, apiádate de mí conforme a tu misericordia; conforme a la muchedumbre de tus piedades, borra mis transgresiones!... Porque yo reconozco mis transgresiones y mi pecado está siempre delante de mí... ¡Líbrame del delito de sangre, oh Dios, el Dios de mi salvación! ¡Cante mi lengua tu justicia!" (Empuña un extraño látigo de varias puntas. Como en trance, cierra los párpados y levanta el látigo).

 

(Oscuridad. Latigazo)

 

IX

 

POLICIA: Obstinadamente, nos empecinamos en creer que la verdad tiene una sola cara. Esa condición nos lleva a buscar una única salida. Y el laberinto estará resuelto. Sin embargo, nuestra conciencia se revuelve al comprobar cuántas veces puede mutar de rostro esa verdad, a la que creíamos única, pura e inalterable. Los dos chicos pueden estar diciendo la verdad. El cura puede estar diciendo la verdad. Y todos pueden estar mintiendo. Aquella verdad que a nosotros, los que debemos administrar la justicia humana, nos resulte menos complicada de asumir, será la que prevalezca sobre todas las otras verdades. No significa que sea la auténtica. Ni la única. Tal vez sea sólo una de las tantas máscaras.

 

X

 

Altillo. MATEO, arrodillado en el suelo, inmóvil, extasiado, con la mirada fija en lo alto. FRANCISCO se acerca.

 

FRANCISCO: Mateo...?

 

MATEO: La próxima vez me va a hablar... Es tan linda... Tiene cara de buena y recién... recién movió los labios y me sonrió... Estoy seguro, estoy seguro que  la próxima vez me va a hablar...

 

FRANCISCO: Quién, Mateo, quién va a hablarte...

 

MATEO: La Señora.

 

FRANCISCO: Qué señora, Mateo ?

 

MATEO: La que estuvo acá, dos veces, ahí... (señala con un dedo tembloroso, lo alto de un muro)

 

XI

 

FRANCISCO retrocede hasta quedar en la penumbra. MATEO arrodillado en el suelo, ensimismado, la mirada perdida en lo alto. JULIAN entra al altillo. Empieza a oírse el canto gregoriano de FRANCISCO, en la penumbra. La oración en latín como fondo de lo que acontece en el altillo.

 

FRANCISCO: Áve, María, grátia pléna. Dóminus técum...

 

JULIAN: ¿La viste de nuevo?

 

MATEO: Sí. Se me apareció tres veces.

 

FRANCISCO: ...benedicta tu in muliéribus...

 

JULIAN: ¿Y te habla?

 

MATEO: Hoy me habló por primera vez.

 

FRANCISCO: ...et benedictus frúctus véntris tui Iésus...

 

JULIAN: ¿Y qué te dijo?

 

MATEO: Me dijo algo de mi mamá...

 

Inesperadamente, JULIAN salta sobre MATEO, por la espalda, enrollándole un cinto de cuero en el cuello.

 

JULIAN: Vos creés que no me doy cuenta de lo que estás haciendo, hijo de puta ? Estás llamando la atención de todo el mundo. Principalmente de él. Lo tenés a Francisco todo el día encima tuyo. ¿Eso te gusta, no, putito?...

FRANCISCO: ...Sáncta María, Máter Déi, óra pro nóbis peccatóribus...

 

JULIAN: ...¿Vos creés que yo me trago el cuento ése de la virgen? A ver, ¿por qué no le pedís que se aparezca ahora y te defienda, éh? Porque de ésta no te salva nadie, infeliz. Todo es una mentira, un bolazo que inventaste porque estás loco. ¿Es así o no es así? Contestáme. ¡Contestáme! (Aterrorizado, MATEO asiente con la cabeza)

 

FRANCISCO: ...Nunc et in hóra mórtis nóstrae. Ámen.

 

JULIAN: ¡Yo sabía! (Afloja la presión sobre el cuello, retirando el cinto, MATEO intenta gritar, pero JULIAN le tapa la boca) Calláte, es al pedo que grités, nadie te va a escuchar. Ahora vas a hacer todo lo que yo te diga. Y si llegás a abrir la boca, te voy a cortar en pedacitos con el hacha y te voy a tirar a las cloacas, ¿entendés, putito? ¿Entendés?

 

MATEO mueve la cabeza afirmativamente. Despacio, JULIAN quita la mano de la boca, sujetándolo aún con sus piernas. Empuja con violencia a MATEO hacia adelante y alza el cinto. Oscuridad.

 

XII

 

Un haz blanco, potente, sobre el rostro tenso de JULIAN. La silueta del POLICIA, detrás, recortada en la penumbra.

 

JULIAN: ...Yo le dije que estaba muy mal, que necesitaba hablar con alguien de lo que me estaba pasando. Le dije que solamente él podía ayudarme. Yo confiaba en él. Usted no sabe lo que es estar encerrado a los diecisiete. Por más que te den una cama limpia y un plato de comida, por más que estés en un lugar donde te enseñan cosas y te cuidan, igualmente estás encerrado, preso. Es fulero que a uno no lo quieran, que a uno lo desprecien como si cargara alguna peste. Toda mi vida fue así. Hasta que lo conocí al Padre Francisco. Ahí todo cambió, fue diferente. El Padre Francisco nos daba amor a todos. Los pibes nos sentíamos queridos, protegidos. Yo confiaba en él... Por eso, me puse contento cuando me pidió que fuera a verlo, esa noche, a su pieza... Yo no sabía, no sabía...

 

 

XIII

 

Truenos. Lluvia. Habitación de FRANCISCO. FRANCISCO frente a JULIAN.

 

FRANCISCO: Llueve a baldes. Pasá. Estás temblando.

 

JULIAN: Estoy muerto de frío.

 

FRANCISCO agarra una toalla blanca y se acerca a JULIAN.

 

FRANCISCO: Sacáte la camisa, estás todo mojado.

 

JULIAN se quita lentamente la camisa y la deja caer al suelo. FRANCISCO lo envuelve con la toalla, lo seca con movimientos lentos. FRANCISCO levanta la camisa y la pone en el respaldo de una butaca, acomodando también la toalla. Luego extiende a JULIAN una manta.

 

FRANCISCO: Abrigáte.

 

JULIAN: (Poniéndose la manta sobre los hombros) ¡Qué tele enorme! Parece un cine...

 

FRANCISCO: ¿Querés que miremos algo? Mientras, te calentás un poquito. Después hablamos, ¿te parece bien?

 

JULIAN: Dále... Pero, ¿no hay problemas si yo estoy acá, en tu cuarto?

 

FRANCISCO: (Con el control remoto del televisor) No, ningún problema.

 

FRANCISCO se sienta en la cama y palpa el lecho, invitando a JULIAN a sentarse.

 

FRANCISCO: Sentáte.

 

JULIAN: Francisco, tengo los pantalones empapados, te voy a mojar la cama.

 

FRANCISCO: No importa. Sentáte.

 

JULIAN se sienta al lado de FRANCISCO. La luz del televisor parpadea en los rostros de ambos. Súbitamente, la mano de FRANCISCO se posa en la pierna de JULIAN. JULIAN mira la mano y mira a FRANCISCO, que permanece con la mirada fija en la pantalla. Oscuridad.

 

XIV

 

MATEO: (Entusiasmado, contándole a JULIAN) ¡Luces! ¡Luces por todos lados! ¡Y una banda ahí, tocando en vivo! El lugar, en la tele se ve más grande y no es tan grande ¡pero está buenísimo! ¡Vieras qué pilchas tenían todos! Algunos, seguro que eran artistas, de los que veo en la tele, porque tenían caras conocidas, pero en ese momento no me acordaba de ningún nombre. Una mina, una rubia... (Gesto con las manos, de senos enormes) me miró y me sonrió. Después, el Padre Francisco me dijo que esa mina labura en la novela de la tarde... ¿cómo se llama?... bueno, ya me voy a acordar. ¡Y las cámaras! Si vieras lo que son las cámaras, Yuli: Unos aparatos grandes con rueditas... Y las manejan unos tipos con auriculares, porque hay otro tipo, desde un control, que les va dando ordenes. Los dirige, ¿entendés? Cuando salga de acá, voy a manejar una de esas cámaras... Y el Padre Francisco, ¡no sabés! ¡el Padre Francisco es un capo ahí adentro! Lo recibieron como si fuera el rey de Francia...

 

JULIAN: (Seco, cortante) Francia no tiene rey, infeliz.

 

MATEO: Bueno, quise decir... Qué te pasa, ché ¡qué mala onda! Ah, ya sé: Estás celoso.

JULIAN: Qué decís, boludo ?

 

MATEO: Sí, celoso de que el padre Francisco me haya llevado a mí al canal y no a vos.

 

JULIAN: (Tenso) Por mí, vos y ese cura se pueden morir.

 

XV

 

El POLICIA frente al PADRE FRANCISCO, los dos de pie, mirándose.

 

POLICIA: Por qué no se sienta, Padre, es larga la noche.

 

FRANCISCO: Le dije que no quiero seguir hablando.

 

POLICIA: Relájese, parezco un tipo duro pero no me comí a nadie. Siéntese. ¿Fuma, Padre?

 

FRANCISCO: (Permanece de pie) No.

 

POLICIA: (Mientras enciende otro cigarrillo) Yo sí. Paquete y medio por día. Antes, fumaba dos y de los negros, pero estoy bajando. Igualmente, no creo que pueda dejar de fumar. (Tose) ¿Es pecado fumar, Padre?

 

FRANCISCO: (Sonríe levemente) Pregúntele a sus pulmones. ¿Puedo caminar un poco?

 

POLICIA: Mientras no se le ocurra escaparse.

 

Los dos caminan por el lugar, rodeando la silla, cruzándose, deteniéndose y volviendo a caminar.

 

POLICIA: Mi mujer lo ve siempre en la tele. Es su admiradora.

 

FRANCISCO: Gracias.

 

POLICIA: Agradézcaselo a ella, yo no miro televisión. Y Usted tampoco debería hacerlo, los curas no pueden mirar televisión, con las porquerías que se ven, hoy día.

 

FRANCISCO: Parece que Usted es de los tantos que demonizan a la televisión, como si fuera una moderna Caja de Pandora, que una vez encendida, deja libres todos los males que aquejan a la humanidad.

 

POLICIA: Todos no, la gran mayoría. Ahora, hay algo que no entiendo: ¿Qué hace un cura en el mismo programa en el que una vedette habla de su último amante millonario y un farsante hipnotiza gente y las acuesta sobre sillas? ¿Qué hace en medio de todo ese carnaval, Padre?

 

FRANCISCO: Caridad.

POLICIA: ¿Perdón? "Caridad", dijo ?

 

FRANCISCO: Yo le agrado a mucha gente. Gente que me espera a la salida del canal, que me pide la bendición. Algunos también me piden autógrafos. Yo soy la cara visible del Hogar. He conseguido muchísimas cosas gracias a mi popularidad. Y perdón que utilice esa palabra tan... frívola y vacía. Poco hubiera logrado si fuera un ignoto sacerdote de parroquia, que a duras penas trata de sostener un sitio más o menos decente, en el cual albergar y alimentar a cientos de pibes desamparados. Todos mis actos están encauzados a mantener un hogar digno para mis chicos. Ya sé, conozco los prejuicios que hay con respecto a mi supuesta condición de mediático, a mi cercanía con ciertos "grupos de poder". Pero créame que yo tengo gobierno sobre esa situación. Claro que a veces... (Sonríe recordando algo y menea la cabeza) Hace poco, el Obispo me llamó para sugerirme que no vuelva a aparecer en cierto programa de entretenimientos; parece ser que el conductor pertenece a una secta umbanda. (Sonríe) ¡Yo no lo sabía! ¡Si hasta estuve una noche comiendo con él, a la salida del canal!

 

POLICIA: La gente que trabaja en la televisión es un poco extraña, ¿no cree, Padre? Todo ese ambiente, actores, vedettes...

 

FRANCISCO: Hay gente extraña en todas partes, comisario.

 

POLICIA: Incluso entre los curas, supongo.

 

FRANCISCO: Sí, incluso entre los curas. Una vez, vino a verme un hombre muy singular. Quería venderme para la capilla una imagen de tamaño natural de Nuestra Señora de Lourdes, bellísima. El hombre me dice que se especializa en imágenes religiosas. Yo le digo que es un artista muy talentoso, al haber logrado en esa virgen una mirada y un gesto tan dramáticos. Entonces, el hombre me guiña un ojo y me dice que esa virgen tiene una particularidad: Puede llorar. Sangre o lágrimas, lo que uno escoja. Y me muestra un dispositivo oculto de mangueras y minúsculos instrumentos que llevan el líquido por el interior de la imagen hasta los ojos. ¡La virgen lloraba! El efecto era impresionante, por lo verosímil.

 

POLICIA: Y qué hizo Usted, Padre ?

 

FRANCISCO: A Usted qué le parece ? ¡Lo mandé a pasear, con virgen y todo! Pero antes, en un último intento por convencerme de las ventajas de semejante adquisición, el hombre me confiesa que un colega mío, de una promocionada iglesia de provincia, tiene una imagen similar, con la que congrega miles de fieles incautos. Como le dije antes, hay gente extraña en todas partes

 

POLICIA: Qué curioso, Padre: No aceptó esa virgen trucha pero divulgó la aparición de una verdadera en su Hogar...

 

FRANCISCO: (Incómodo) (Se sienta) No fue ésa mi intención, fui engañado.

 

POLICIA: ¡Y en el programa de mayor rating! ¡Santa casualidad!

FRANCISCO: Evite los sarcasmos, comisario. Fue una trampa. Le conté a un periodista de confianza, de mi total confianza, la situación extraña que estaba viviendo con uno de mis chicos, ignorando que había una cámara oculta...

 

POLICIA: Le contó con lujo de detalles que uno de sus chicos afirmaba tener visiones de la Virgen. Y al instante, todo el país estaba hablando de Usted, de su Hogar y de una milagrosa aparición...

 

FRANCISCO: Reconozco que cometí un error. Un error involuntario. Ese periodista era mi amigo, yo le confié mi preocupación, nunca pensé que él.... Cuando Mateo empezó a experimentar esos episodios, hice que la Dra. Ibarra y otros profesionales lo atendieran, pero el chico reaccionó muy mal, empezó a gritar que yo lo había traicionado, que yo quería encerrarlo igual como habían hecho con su mamá. Yo estaba muy preocupado por Mateo...

 

POLICIA: Yo creo que su preocupación no le impidió idear para su Hogar una publicidad de efecto, impactante y entradora. 

 

FRANCISCO: Piense lo que quiera, no voy a justificarme todo el tiempo ante Usted.

 

POLICIA: A propósito, ¿por qué ese chico inventaría semejante mentira? (Observa al cura, estudiando su expresión) Padre, no me va a decir que Usted realmente piensa que Mateo vio a la Virgen... ¡Vamos, Padre!  ¿Usted espera que yo acepte como tal cosa, que las marcas que tiene ese chico en la espalda, no son golpes sino ¡estigmas! ? ¿Usted espera que yo crea lo que ese chico dice? Si es así, entonces también debo aceptar que sus denuncias son reales... No me mire así: Estoy aplicando lógica pura. Si debo creer que Mateo tuvo una experiencia mística suprema, también debo creer que Usted abusó de él.

 

FRANCISCO: (Terminante) Basta, no voy a seguir hablando con Usted.

 

POLICIA: Yo soy quien decide cuando esta conversación se termina, Padre.

 

FRANCISCO: No quiero seguir hablando, estoy cansado, le pido que me lleve a mi celda. (Se pone de pie)

 

POLICIA: (Encarándolo) Rece para que su popular abogado-galán encuentre algún "milagroso" recurso que evite que Usted vaya a la cárcel, porque créame que su situación es muy delicada, muy comprometida. Pero Usted no habla. ¿Por qué no se defiende, Padre? ¿Por qué no me cuenta su versión de los hechos?

 

Silencio. Los dos hombres se quedan mirando. Suena un trueno lejano. FRANCISCO eleva los ojos y se adelanta unos pasos.

 

FRANCISCO: Nada va a ser igual. Me han puesto un cepo con el que debo vivir por el resto de mis días. Una marca, una señal de advertencia porque puedo no ser lo que parezco, ni siquiera lo que soy. Han extendido sobre mí una sombra que me acompañará hasta mi muerte. Y aún después de ella. Es curioso como la inocencia y la culpa llegan a coincidir en algún punto, hasta confundirse, volviéndose cómplices una de la otra. Mezclándose una con otra. Mansillándose. Copulando entre sí... Una vez, un hombre que estaba preso por haber asesinado con alevosía a su mujer, me dijo en confesión que era inocente. A pesar de que sin dudas la había matado, él decía, sentía, confesaba ante Dios que era inocente. Y no se trataba de evitar un castigo que era irremediable, se trataba de un sentimiento profundo, arraigado en las entrañas, en el alma... Una convicción personal, culminante, que iba contra cualquier lógica, que refutaba todas las pruebas y se alzaba como una verdad absoluta, pese a ser una mentira. Es curioso, al revés de ese condenado, puedo confesar mi inocencia y sin embargo, la tremenda sombra de culpa que tendieron sobre mí, hará dudar hasta a mis propias palabras.

 

POLICIA: ¿Y su Dios? Él lo observa todo. Él lo sabe todo. Él no confunde los conceptos, lo que es culpa no es inocencia. A Él no se le puede engañar. ¿O sí?

 

XVI

 

Habitación del Padre Francisco. Truenos. JULIAN, de pie frente a FRANCISCO.

 

FRANCISCO: No podés estar acá.

 

JULIAN: Quiero hablar con vos.

 

FRANCISCO: ¿A estas horas y con esta tormenta? Mirá cómo te mojaste. (Duda) Pasá, te vas a enfermar. No entiendo cómo pudiste salir de tu cuarto. (Le extiende una toalla blanca) Secáte.

 

JULIAN: Nadie me vio, Francisco. (JULIAN agarra la toalla, empieza a secarse) Me saco la camisa, está helada... (Sin dejar de mirar a FRANCISCO, se quita lentamente la camisa y la deja caer al piso) Qué lindo tele. Es más grande que el que tenemos en el comedor. Parece un cine. (Agarra el control remoto) Puedo...? (La luz del televisor encendido por JULIAN parpadea sobre ambos) ¡Es una maza!

 

FRANCISCO: Julián, apagá eso. (Le extiende una camisa de él) Tomá, abrigáte.

 

JULIAN: (Toma la camisa, la huele complacido, luego se la pone, sin abotonar) ¿Por qué nunca me invitás a mirar tele a tu cuarto? (Se sienta en la cama) Me gusta estar acá. Está calentito, hay lindo olor...

 

FRANCISCO va a sacarle el control, pero JULIAN lo evita.

 

JULIAN: Yo sé que otros vinieron antes, pero a mí nunca me invitaste, ¿por qué?

 

FRANCISCO: ¿Qué estás diciendo?

 

JULIAN: Los pibes lo dicen, todos lo saben.

 

FRANCISCO: (Irritado) Nombres, dáme nombres de quienes están inventando semejante mentira.

 

JULIAN: Calmáte, no vine a hablar de eso. Vení, sentáte acá, conmigo.

 

FRANCISCO: (Da un paso atrás) Mañana vamos a aclarar esas habladurías. Ahora, apagá ese televisor y hablá de una vez. Porque dijiste que tenías urgencia en hablar conmigo.

 

JULIAN: Mirá que estoy limpito, no tengo piojos y no te voy a afanar nada.

 

FRANCISCO: (Cortante) Qué es lo que tenés que decirme tan importante, a ver.

 

JULIAN: (Reacciona con creciente violencia) Pero qué te pasa conmigo ? Cuando te conocí, las cosas eran distintas. Éramos amigos, hablábamos, estábamos todo el día juntos... Hasta que se te cruzó ese pendejo. ¿Por qué lo pusiste a Mateo de monaguillo y me sacaste a mí? Yo soy mejor que él. ¡Él no sirve! En la misa, se rasca a cada rato, como si tuviera pulgas, ¿no lo viste?; y se distrae, pasa una mosca y ¡chau, monaguillo! ¿Por qué me cambiaste por ese pajerito? Qué tiene él que yo no tenga, eh ? Él también es un cabecita negra, un villero, un grasita, igual que yo... Los dos venimos del mismo pozo. Además, él se está riendo de vos, en tu propia cara. ¡Son mentiras todo lo que dice que ve en el altillo! ¡Está loco! ¡Ese pendejo está loco! ¡Y vos le creés a él! ¡Vos lo preferís a él! ¡Yo soy el mejor que tuviste! (Se quita la camisa de FRANCISCO con furia y la arroja sobre la cama)

FRANCISCO: Apagá el televisor, agarrá tu camisa y andáte. (Se vuelve, dándole la espalda)

 

JULIAN: ¡Miráme, te estoy hablando! ¡Yo estoy acá! ¡Miráme!

 

FRANCISCO: Julián, tranquilizáte, mañana vamos a hablar. Ahora, volvé a tu cuarto.

 

JULIAN: No, vine a hablar con vos, vine a confesarme, necesito confesarme.

 

FRANCISCO: No estás en condiciones. Si querés, llamámos a la Dra. Ibarra y...

 

JULIAN: ¡No quiero hablar con esa perra! ¡Quiero hablar con vos! ¡Quiero confesarme! ¡Miráme!

 

FRANCISCO: Basta, Julián, andáte.

 

JULIAN: No fue mi hermano el que mató a mi viejo. Yo lo maté. Le partí la cabeza con el hacha. Lo odiaba. Cuando volvía en pedo del boliche y no estaba mi hermano para defenderme,  me agarraba con el cinto y me pegaba hasta hacerme sangrar... Parecía que la sangre lo volvía como loco, porque entonces me aplastaba sobre la cama o me tiraba al suelo y ahí mismo me... me ... (Grita como si la palabra que no puede pronunciar le lastimara la garganta) ¡Y no le importaban mis gritos! ¡Yo le pedía llorando que por favor parara y no le importaba!... Por eso lo maté. Le partí la cabeza con el hacha, mientras dormía. Y no sentí lástima, ni remordimiento, ni nada... Lo envolví en unas bolsas y lo arrastré hasta la laguna. Vi como se hundía en el barro podrido. ¡Lo vi hundirse y me sentí feliz! ¡Feliz!... Pero lo encontraron, lo encontraron al hijo de puta, porque esa noche llovió a baldes y el muy hijo de puta salió a flote. Vino la policía. Se llenó de policías. Entonces, mi hermano dijo que él lo había matado. Y yo me quedé callado... Me quedé callado. Miráme, Francisco. (Suplicante) Miráme... por favor.

 

Conmovido, FRANCISCO gira y se queda mirándolo. JULIAN desprende su pantalón.

 

JULIAN: Miráme...

 

FRANCISCO cierra los ojos y vuelve a darle la espalda. JULIAN está desnudo.

 

JULIAN: No tengas miedo. Lo único que necesito es un poco de amor. Miráme. ¡Miráme!

 

Oscuridad.

 

XVII

 

Un haz blanco potente, frío, sobre el rostro impertérrito de MATEO, sentado tieso en una silla de madera. La figura del POLICIA dando vueltas a su alrededor.

 

MATEO: ...Me invitó a entrar a su pieza. Prendió la luz. Y me mostró el televisor. Era más grande que el que teníamos en el comedor. Y más lindo. Cerró la puerta. Con llave. Y me dijo que me sentara, mientras él prendía el televisor. Yo miré y no había ninguna silla, entonces me senté en el suelo, total estaba todo alfombrado. El prendió la tele y cuando me vio, me dijo que me levantara, que cómo iba a estar sentado en el suelo. Yo le dije que no importaba, que estaba bien. Pero él insistió, vino hasta donde yo estaba y dijo que me sentara en la cama. El se sentó en la cama y me invitaba, palpando el colchón así, con la mano... Yo me levanté y le obedecí...

 

POLICIA: ¿Por qué?

 

MATEO: ¿Por qué que?

 

POLICIA: Porqué le obedeciste, si estabas cómodo sentado en el suelo.

 

MATEO: Porque todos le obedecíamos. Siempre. Hacíamos todo lo que él nos pedía. El Padre Francisco era nuestro hermano, nuestro papá, nuestro amigo, era lo único bueno que teníamos en el mundo. Yo no quería que las cosas pasaran de esta manera. Ahora nos quedamos solos. Nos quedamos sin nada. Y no hay manera de volver las cosas para atrás.

 

POLICIA: Sí la hay: Diciendo la verdad.

 

(Pausa)

 

MATEO: Todo lo que dije es verdad.

 

 

XVIII

 

Ahora los truenos se oyen más cercanos. El POLICIA fuma en un extremo. El Padre FRANCISCO de pie, más atrás, los ojos cerrados y la cabeza gacha, sostiene una pequeña Biblia, en actitud de oración

 

POLICIA: Qué fácil sería si su Dios dejara de jugar a las escondidas, ¿no? ¿Por qué se empeñará en hacerlo todo tan complicado? Si simplemente se presentara ante nosotros y dijera "hola, éste soy yo, aquí estoy", no tendríamos que recurrir a profundos recovecos de nuestra conciencia para darle una forma y existencia que quizás no tenga.

 

FRANCISCO: ¿Está dudando, comisario? ¿Hay una pequeña luz al final de todo ese escepticismo?... "¿Puedes tú descubrir las cosas recónditas de Dios? ¿puedes hasta lo sumo llegar a conocer al Todopoderoso? Ello es alto como el cielo, ¿qué podrías hacer? Más hondo es que el infierno, ¿qué podrás saber?"

 

POLICIA: Habla Usted muy bien, Padre, no me extraña que tenga tan buena audiencia. Con razón, mi mujer lo admira tanto. Ella no dudaría en afirmar que Usted es inocente de todo cargo, ¿cree que tendrá la misma suerte en un juicio público?

 

FRANCISCO: Me preocupa el Hogar, que se cierren sus puertas... ¿qué será de todos mis chicos?

 

POLICIA: "Sus" chicos... No le va a convenir mencionarlos de esa manera frente a la fiscalía.

 

El POLICIA suspira y se sienta por primera vez en la silla. Va a encender otro cigarrillo pero desiste; al hurgar en el bolsillo interno de su saco, para guardar el atado, encuentra una pequeña fotografía, la mira y la extiende al sacerdote.

 

POLICIA: Vea, estos son "mis chicos"... Mis hijos. (FRANCISCO se acerca, toma la foto en sus manos y la mira) Pablo y Diego. ¿No son hermosos? Sobre todo el mayor, Diego. A veces lo miro, me quedo mirándolo hasta que él se da cuenta y se enoja: "¿Qué mirás?"... Diego tiene veinte años. Tenía cinco cuando lo mandamos a una colonia de vacaciones, porque mi mujer y yo - Usted sabe - teníamos mucho trabajo y pensamos que era lo más conveniente para Dieguito... Al final de ese verano, un nene apareció muerto flotando en la pileta del club donde funcionaba esa colonia... Pareció un hecho terrible, lamentable, pero accidental... hasta que un forense determinó que el nene había sido violado... Entonces, varios nenes empezaron a decir que el profesor de educación física que estaba a cargo los... los tocaba... y otras cosas. Las madres se presentaban llorando a gritos ante el juez, los padres amenazaban con matar al profesor y... los nenes desfilaban por los consultorios médicos, mientras los padres esperaban desesperados tener la certeza de que el tipo no... Todos nos vimos envueltos por el miedo... No puedo explicar lo que se siente... Mi mujer y yo llevamos a Diego a que lo vea un doctor: Estaba sano, ningún rastro físico... ¿me entiende? Pero el chico nunca dijo si ese tipo lo había... si había puesto sus sucias manos... si había hecho que él, mi hijito, lo tocara o lo... El tipo estaba preso, no hacía más que llorar, yo me acercaba a su calabozo y le reclamaba entre dientes, quería que me jurara que él no... que él no había... ¡no con mi hijo!... Aún hoy, esa duda me muerde el alma. Sé que mi hijo recuerda. Eso no se olvida. Es un estigma ardiente que lastima para siempre la inocencia... En casa, nunca volvimos a hablar del tema, pero aún hoy, me quedo mirándolo a mi Diego y preguntándome hasta qué punto... ese estigma...

 

Se oye un trueno, más cercano y un relámpago ilumina de blanco furtivamente la habitación.

 

POLICIA: ¿Lo oye? Su Dios está enojado por algo que no está bien. ¿No teme que El lo abandone, Padre?

 

FRANCISCO: Eso es imposible. (Le entrega la fotografía) Tiene hermosos hijos, comisario. Especialmente Diego. Se puede percibir un brillo limpio en sus ojos. Mírelo bien. (Se aleja hacia un extremo de la habitación) Quisiera que me llevara a mi celda, por favor. Mañana me espera un día interminable.

 

POLICIA: No salga por televisión mañana, Padre. Esos buitres sólo buscan carroña, no se deje engañar una vez más. (Pausa. Mientras enciende un nuevo cigarrillo:) Pero si sale por la tele, mándele saludos a mi mujer, se llama Irma.

 

(FRANCISCO se afloja, sonríe y menea la cabeza)

 

POLICIA: (Poniéndose de pie) ¿Sabe, Padre? Sería muy fácil creer en su inocencia, si Usted diera algún indicio de ella.

 

Un súbito trueno sonoro y un relámpago, encima de la habitación.

Sacudido por la sorpresa, el POLICIA eleva la mirada.

 

FRANCISCO: (Elevando también la mirada) ¿Duda, comisario?

 

POLICIA: A veces, sólo a veces.

 

 

Final

 

 

 

© ® "El Estigma Ardiente", Rogelio Borra García. Febrero 2004.

 

Rogelio Borra García

Corrientes 589

CP 2252 Gálvez - Santa Fe

República Argentina

TE 54 3404 483290

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