Para ir al BUSCADOR, pulsa en la imagen

 

NOTICIAS TEATRALES
Elaboradas por Salvador Enríquez
(Optimizado para monitor con resolución 1024 X 768 píxeles)

PORTADA

MADRID

EN BREVE

PRÓXIMAMENTE

LA TABLILLA

HERRAMIENTAS

EN PRIMERA LA SEGUNDA DE MADRID ENSEÑANZA LA CHÁCENA

AUTORES Y OBRAS

LA TERCERA DE MADRID

ÚLTIMA HORA DESDE LA PLATEA
DE BOLOS CONVOCATORIAS LIBROS Y REVISTAS NOS ESCRIBEN LOS LECTORES
MI CAMERINO   ¡A ESCENA! ARCHIVO DOCUMENTAL   TEXTOS TEATRALES
  ENTREVISTAS LAS AMÉRICAS  

 

¿DÓNDE ESTÁ EL FIAMBRE?

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 ¿DÓNDE ESTÁ EL FIAMBRE?

 (Sainete en dos actos)

 

Original de: Raimundo Francés

bea45azul@yahoo.com  

 

Obra para tres personajes: Don Federico, un médico forense, de edad madura, quien, por ser día de nochevieja, ha tomado unas copas de más, y que, cumpliendo con su obligación, acude a realizar su trabajo a una vivienda, donde supuestamente se ha cometido un homicidio. Pero, está tan ebrio que no cae en la cuenta se que esa vivienda es su propia casa, y es tal la borrachera que lleva encima que ni siquiera se percata de que la señora que lo atiende es su propia esposa.

Aunque, el forense, en algún momento habla coherentemente, sobre todo por su modélica educación, la mayoría de las veces divaga y hasta roza el absurdo, pues la embriaguez lo ha puesto en un puntito ‘’muy feliz’’ pero totalmente descentrado. Es obvio que el actor debe imitar a un hombre en estado de embriaguez al que se le traba la lengua y atascándose mientras que se expresa.

 

Catalina, la esposa del forense, que al ver el pedo de su marido, prefiere seguirle la corriente, en parte, por no entrar en debate o bronca con un hombre ebrio precisamente el día último del año, y a la vez, porque así, se divierte un poco. Catalina, es una buena mujer de su casa, amante de las cosas sencillas, y no menos, del cachondeo.

 

Doña Consolación – La jueza. Una magistrado muy joven,  que por primera vez acude a un supuesto ‘’levantamiento’’ del cadáver, y que, ante la escena que realmente encuentra, se desconcierta, y sigue la farsa, porque en cierto modo, le indigna e incomoda que se le moleste el día de nochevieja precisamente, destrozándosele los planes de descanso, en un hotel de la sierra que había reservado para ella y su esposo. A mediodía, y como es tradicional, había tomado también un par de copitas con los funcionarios del juzgado, sintiéndose algo ‘’atontadita”, por lo que actúa de un modo un tanto informal y escaso en protocolo.

 

 Escenario

Deberá simular el salón de una vivienda normal, con la clásica mesita, las sillas, algún mueble de pared, y un sofá, sin excluir los normales elementos decorativos.

 

Vestuario

No tiene por qué ser especial, aunque se recomienda que sea el apropiado en el caso. Catalina vestirá con ropa de casa y un delantal. El forense con traje, corbata, y un sombrero, aunque se entiende que debido a su embriaguez, se presenta algo desaliñado, con la corbata torcida, la cola de la correa fuera de la presilla, el pico de la camisa fuera del pantalón, una colilla (apagada) en una mano,  y por ser nochevieja, podría llevar un clavel en la solapa. Debido a la fecha, podría presentarse con un abrigo oscuro, aunque abierto o mal abrochado, que luego se quitará, ya en el escenario. Es aconsejable que, aparte de sus modos, los propios de un hombre bebido, durante el transcurso de la obra, se saque un bolsillo afuera, que junto con algún otro detalle refuerce el estado que está simulando en todo momento.  La jueza, con un traje de chaqueta, camisa, un pañuelo elegante en el cuello (Hace frío), zapatos con algo de tacón, discreta de alhajas, y con una cartera de piel del estilo de moda.

 

 

 

ACTO PRIMERO

 

Duración aproximada: 45 minutos

 

Sube el telón. Suena una llamada en una puerta. Parece que el visitante no atina con el timbre y se limita a dar un par de porrazos con el puño. Catalina aparece en escena proveniente de una supuesta cocina al lado derecho del escenario. Lo cruza hacia el lado izquierdo donde se simula la puerta de entrada a la vivienda.

Al abrirla, da unos pasos hacia adentro Don Federico, el médico forense, naturalmente con una pinta de borrachín, que hace sonreír a Catalina.

 

FORENSE  - Buenas...

 

CATALINA -  ¡Muy buenas!  Pase, pase. Está usted, en su casa.

 

                  (Mientras el forense se va colando, ella da los últimos retoques al paño de la mesa, donde se sirve la comida, y dirigiéndose al público, al borde del escenario, habla simulando hacer un tono de media voz)

 

CATALINA - ¡Vaya con la borrachera que trae hoy mi señor marido! ¡Cómo será, que no reconoce ni a su propia esposa!

 

FORENSE -   ¿Se puede saber... donde está?

 

CATALINA -  ¿Dónde está... quién?

 

FORENSE - ¿Quién va a ser, señora?   ....  ¡El fiambre!

 

CATALINA - ¿El fiambre? Pues... todavía no he servido la mesa. Pero, estaba en ello.

 

FORENSE - Oiga, señora... ¿Se está usted cachondeando de mí?  Le advierto que soy médico forense, además de un respetable padre de familia, y profesor de anatomía forense... en la facultad.

 

CATALINA -  Ya, ya.  No, si yo no me cachondeo. Y menos de un médico forense. Pero, si usted ha venido a esta casa, debe ser por algo ¿no?

 

FORENSE - ¡Pues, claro! A mí, me han dicho que venga porque un vecino ha oído que aquí, en esta su casa, hace poco rato, se escucharon gritos de una persona que estaba asesinando a alguien.

 

CATALINA - ¿En serio?  Y, la sangre... ¿dónde está? (Mirando al suelo a su alrededor)

 

FORENSE – Señora: Debe usted saber que no en todo homicidio debe haber sangre. Lo cierto es que aquí, en esta vivienda, alguien estaba amenazando a su víctima diciendo: ¡Te voy a matar! ¡Como no salgas de ahí, te voy a matar! ¡Y que conste, que te estoy avisando!

 

CATALINA - ¡Ah! ¿Si? ¡Oiga!  ¿Y llegó el asesino a cumplir su amenaza?

 

FORENSE – Por lo visto... así fue. Unos vecinos escucharon: ¡No, por favor! ¡No me mates..., ahora que acabo de salir!  Y luego, dicen que se oyó otro grito, diciendo: ¡A esa, la mato yo ahora mismo!  Pero, al parecer, no tuvo piedad, y mató a su víctima. Y, luego, dicen, que el homicida, se reía a carcajadas.

 

CATALINA – O sea, que encima se recochineó con su pobre víctima. ¡Qué cruel!

 

FORENSE -   ¡Vamos! Creo que cuando la policía detenga al asesino, a ese le va a caer cadena perpetua... ¡Por lo menos!

 

CATALINA - ¡Ya!  Oiga, ¿quiere usted sentarse?

 

FORENSE  – No. Antes, tengo que ver al muerto.

 

CATALINA - ¿Al muerto? ¿Dónde está el muerto? ¿Se puede saber?

 

FORENSE - ¡Eso mismo digo yo! Porque el muerto... tiene que estar en alguna parte ¿no?

 

CATALINA – Pues, claro. Además, cuando hay algún muerto en la casa, se nota algo raro, ¿verdad, usted?

 

FORENSE  - ¡Que si se nota? Usted no sabe lo que apestan los muertos. Y, además, los muertos tienen un olor, así... como.... ¿cómo le diría yo?

 

CATALINA -  Como ... ¿a muerto?

 

FORENSE - ¡Exacto! Ha acertado usted. Se ve que entiende usted de muertos.

 

CATALINA - ¡No lo sabe usted muy bien! Yo, de cadáveres, soy una experta. Desde que me casé, aquí, en mi casa, en vez de hablar de los goles de Ronaldiño, o de la Pantoja, o de la política de ese Zapatero, se habla de cadáveres y nada más que de cadáveres. ¡Ya estamos acostumbrados!

 

FORENSE – Pero..., pensándolo bien... aquí no huele mucho a fiambre. Más bien, huele como a estofado. Vamos, yo diría que huele a estofado... o, más bien,  a bacalao. ¡Eso! ¡A guiso de bacalao!  

 

CATALINA – Pues, veo que ustedes los forenses, tienen el olfato muy desarrollado ¿eh?  (Dándole una palmadita en el hombro) Ahí adentro, se está cociendo un guiso de bacalao que está para chuparse los dedos.

 

FORENSE  - ¡Coño! O sea, que yo también he acertado ¿no?

 

CATALINA - ¡Naturalmente! Ya le digo, que tiene usted un olfato de médico forense.  Entonces, ¿se queda usted a comer conmigo hoy, o tiene usted algún cadáver... así, entre manos?

 

FORENSE - ¡Hombre! Todavía, no. Pero, cuando lo encuentre, le aseguro que lo voy a examinar de la cabeza a los pies. Y cuando lo tenga en la morge, allí, en el potro, lo pienso destripar de arriba abajo. Así, como si fuera...

 

CATALINA - ¡Bueno! ¡Ya está bien! ¡Coño! ¡Que me va quitar usted el apetito! Y hoy, ¡Es nochevieja! ... Y, ya lo dice el refrán: “El que en nochevieja como poco, al año que viene, ni piña ni coco”

 

FORENSE  - ¡OH! ¡Mira que soy imbécil! Le pido mil disculpas. ¡Oiga! Ese refrán está muy bien, pero a mí no me suena mucho.

 

CATALINA – Ni a mí, tampoco. No se preocupe, que ya le he dicho que en esta casa estamos acostumbrados, pero... a ese guiso tan delicioso, le debemos un respeto ¿no?... ¡Digo yo!  

 

FORENSE  – Lleva usted razón. Pero... primero, la obligación. A ver, ¿me puede usted llevar hasta el muerto?

 

CATALINA – Pero, oiga. ¿Cómo puedo saber que usted es el médico forense? Todavía no se ha identificado usted.

 

FORENSE  – (Empieza a tocarse los bolsillos mientras habla)

¡Ah, sí! ¿Dónde está mi ...? ¡Pero, si yo tenía....!

 

                       (Al ver que el hombre no atina para encontrar su cartera)

 

CATALINA – Sí. ¡Ya! No se moleste. Además, así, a primera vista, se ve que usted en médico forense.

 

FORENSE - ¿Verdad usted que sí? Si solo con verme... También, se debe de notar por el maletín... ¿verdad?

 

CATALINA - ¡Claro! Pero usted es tan buen médico forense que ya puede hacer un diagnóstico incluso sin su equipo ¿verdad? Además, con ese olfato...

 

FORENSE - ¿Ha dicho usted... equipo? ¡Ah! ¡Claro! Mi equipo. ¡Coño!  ¿Dónde está mi equipo? (Mirando a su alrededor y al suelo, como el que busca una cucaracha)

 

CATALINA - ¡Eso digo yo! ¿Usted no lleva siempre un equipo de herramientas en su maletín?

 

FORENSE - ¡Jo! Pues... ¡es verdad! Yo tenía un maletín... o algo así. Y ¿dónde puñetas he dejado yo mi maletín?

 

CATALINA – Pues, lo más seguro es que lo haya dejado en el rellano de la escalera..., o en el ascensor..., o probablemente, en el coche..., como suele ocurrir. ¿Verdad?

 

FORENSE – Pues, ahora que usted lo dice, me parece que me lo he dejado en el coche. ¡Bueno! Ahora, bajaré un momentito y cogeré mi maletín.

 

CATALINA - ¡Espere, hombre!  ¿Adónde va, con tanta prisa? Además, ¿y si trae el maletín y después resulta que no le hace falta? 

 

FORENSE - ¡Cómo que no me hace falta? Mi maletín de forense lo necesito, pues... ¿para qué lo necesito? ¡Ah! ¡Ya! Pues, seguramente, lo uso para poder estudiar el cadáver... ¡digo yo!

 

CATALINA – Lleva usted razón. Sin sus herramientas, usted no puede saber a qué hora falleció la víctima, ni la causa, ni puede ver si hay huellas, ni si ha sido estrangulado o le pegaron con una maceta en la cabeza... ¿verdad?

 

FORENSE  - ¡Oiga! Usted sabe de esas cosas, ¿eh? ¿Es que hay alguien forense en su familia?

 

CATALINA – Mi marido.

 

FORENSE - ¿Su marido? ¡Oiga! ¡Qué casualidad! Entonces, su marido de usted... es forense, ¡como yo!  ¡Qué bien! Oiga, y ¿dónde está su marido?

 

CATALINA – Pues, a decir verdad, ya debería estar aquí para almorzar, que va siendo hora. Pero estoy acostumbrada a que me deje plantada.

 

FORENSE - ¡Claro! Es que nosotros, los médicos forenses, tenemos siempre mucho trabajo. ¿Sabe usted?... ¡Con tanto muerto por ahí!

 

CATALINA – Sí, ya, ya. Ahora mismo, mi marido debe de estar por ahí, borracho como una cuba, buscando al muerto.

 

FORENSE  - ¿Al muerto? ¿A qué muerto?

 

CATALINA - ¡Al cadáver! ¿No sabía usted que los forenses siempre van detrás de un muerto?

 

FORENSE - ¡Ah¡ ¿sí? Ya entiendo. ¡Bueno! ¡Oiga! Entonces, si yo soy médico forense, ¿se puede saber qué estoy haciendo en esta casa? 

 

CATALINA – Pues, venía usted como... buscando un fiambre, pero, como no lo encontraba, yo me había permitido... invitarle a comer.

 

FORENSE - ¿Yo? ¿Comer aquí? ¿Con la esposa de un forense? ¿De un colega mío? ¡Hombre! ¡Faltaría más!  ¿Y si, de pronto, aparece su marido y nos sorprende comiendo juntos?

 

CATALINA - ¡Oiga! Que no le he invitado a acostarse conmigo. Además, mi marido no es celoso. ¡Que yo sepa!

 

FORENSE  - ¡Ah! ¿No? Pues..., si yo tuviera una esposa tan guapa como usted, y con esas manos para cocinar, lo mismo... ¡hasta me volvería celoso!

 

CATALINA - ¿De veras? Pues, ya debería usted decirle lo mismo... a su esposa de usted.

 

FORENSE  – Es verdad. Pero..., es que no tengo tiempo para esas cosas... ¡Con tantos muertos!  Señora, y mientras aparece el fiambre ese, ¿le importa que me recueste un poquito ahí? Es que debo tener la tensión un poco baja ¿sabe usted?

 

CATALINA - ¡Ah! Pero, ¿es usted de tensión baja?

 

FORENSE  – Bueno, en realidad soy de las dos. Cuando estoy en el fregado, con mis muertos, tengo la tensión alta, porque, ya sabe, las tripas, la sangre, el cerebro abierto como una nuez... ¡Claro! Con tanta excitación... pues, se me sube...

 

CATALINA - ¿Otra vez? ¡Oiga! ¡Que se me va a estropear hasta el guiso de bacalao!

 

FORENSE - ¡Uf! Perdone. Y luego, cuando estoy con los amigos, a gustito, tomándonos un riojita, o dos, pues... se me pone baja ...

 

CATALINA - ¿Se le  pone baja? ¿El qué?

 

FORENSE - ¡Mujer! ¿Qué va a ser? La tensión. O, ¿es que estaba usted pensando en otra cosa? Señora... que ya somos mayorcitos...

 

CATALINA - ¡No, ya...! Ya lo sé. Sobre todo, usted.

 

FORENSE  – Oiga, y a usted ¿se le sube o se le baja, alguna vez?

 

CATALINA - ¿A mí? ¡Qué me va a subir! ¡Ni subir, ni bajar! Lo mío, siempre está hirviendo (haciendo gestos con las manos, como simulando la ebullición)

 

FORENSE  - ¿Hirviendo? No la entiendo.

 

CATALINA - ¡Sí, hombre! ¿No nota usted cómo está hirviendo el bacalao al pil-pil?

 

FORENSE  - ¡Ah! ¡Ya! ¡Claro! (Llevándose una mano a la cabeza) Por un momento, se me había ido un poco la olla.

 

CATALINA - ¿La qué?

 

FORENSE - ¡No, nada! Decía que se me había ido un poco la olla pensando, a lo mejor... en su bacalao que debe de estar calentito... así, como para comerlo. ¿No?

 

CATALINA - ¡Ah! ¡Claro! Pero, a mí, gracias a Dios, nunca se me ha ido la olla. Porque, usted será muy bueno pelando sus muertos, y yo soy muy buena, pelando patatas, y preparando mis guisos. Al menos, eso duele decir mi marido.  ¡Por cierto!  Yo, todavía no me explico, cómo un hombre que llega a su casa después de desollar un cadáver, se sienta tan tranquilo en la mesa, dispuesto a comerse otro.

 

FORENSE - ¡No me lo diga! Y ¿quién es ese? ¿Se puede saber?

 

CATALINA – Mi marido. Yo quisiera que usted lo viera comiéndose un pollo, un venado, un pavo, o media ternera. ¡Es un carnívoro incorregible!

 

FORENSE – Sí, mire. Es que todo está relacionado. Lo mismo que los ginecólogos deben de ser unos obsesos sexuales, que solo piensan en el sexo y en el dinero, pues nosotros, los forenses, solo nos encontramos a gusto al lado de la carne muerta, y del valdepeñas.  ¡Bueno! Quiero decir, de sangre. Es que la sangre se parece tanto al valdepeñas, que, a veces, me confundo.  

 

CATALINA - ¡Ya! Debe de ser por eso.  ¡Bueno! ¡Ande! Échese ahí en el sofá un poco, no se me vaya a desmayar, con la tensión... tan baja.

 

                    (El forense, se dejar caer como un plomo en el sofá, con una pierna por fuera, una mano hacia atrás, de tal manera que parece que le ha dado un patatús)

 

                   (A esto, suena el llamador de la puerta. Catalina acude y abre, un tanto extrañada)

 

JUEZA  -  ¡Buenas tardes! Soy la magistrado del juzgado de guardia. Si no le importa, debo pasar y hacer el levantamiento del cadáver.

 

CATALINA – Pues... pase usted señora jueza, pero...

 

                           (La jueza entra mientras que habla a un policía imaginario que se supone afuera, al otro lado  de la puerta)

 

JUEZA – Quédese ahí, y procure que no se acerque ningún curioso, que ya sabemos lo que son los vecinos.

 

CATALINA - ¡Oiga! Usted debe de ser la nueva jueza ¿verdad?

 

JUEZA - Pues, sí. ¿Cómo lo sabe?

 

CATALINA – No, es que... ya decía yo que su cara no me era muy familiar.

 

JUEZA - ¡Ah! ¿Es que trabaja usted en el juzgado, o... quizás, ¿algún miembro de su familia?

 

CATALINA – Pues... no. ¡Bueno, sí! Un familiar.

 

JUEZA - ¡Ah! Ya entiendo.

 

                            (Al ver al forense echado patas arriba en el sofá, desplomado por la borrachera)

 

JUEZA -  Supongo que ese es el cadáver. ¿De quién se trata? ¿Es acaso, su esposo?  No sabe cuanto lo lamento.

 

CATALINA - ¡Verá...!

 

JUEZA – Espero que no tarde mucho el forense.

 

CATALINA – No, si... el forense, como venir..., ya ha venido.

 

JUEZA - ¡Ah! ¿Si?  Y, ¿Se ha marchado sin esperarme? ¿Es que ese hombre está borracho, o qué?

 

CATALINA - ¡Bueno! Yo diría,  que un poco borracho sí está..., pero un poquito nada más.

 

                         (A esto, don Federico, se mueve y la jueza se asusta, saltando hacia atrás, de un respingo)

 

JUEZA - ¡Oh! ¡Dios mío! Este hombre, ha resucitado. Esto debe de ser un milagro. O... será ¡que no estaba muerto del todo!

 

FORENSE  – (Levantándose, como espantado) ¿Ha aparecido ya el muerto? ¿Dónde? ¿Dónde estaba?

 

JUEZA - ¡Oiga! ¿Quién es usted?

 

CATALINA - Pues..., ese señor es el médico Forense.

 

JUEZA  - ¿El forense? Pero, entonces, ¿dónde está el muerto?

 

FORENSE - ¡Eso mismo me pregunto yo! Llevo treinta años de forense, y a mí, nunca se me escapado un muerto.

 

JUEZA  ¡Oiga, señora! Me está viniendo un olorcillo, que no es a fiambre, precisamente.

 

CATALINA – Pues, no. En mi casa, lo que se dice a fiambre..., fiambre... ¡nunca huele!

 

JUEZA – Entonces, ese olor que le despierta a una hasta los más primitivos instintos...

 

JUEZA – Eso es... guiso de bacalao.

 

JUEZA - ¿Lo ve, usted? Ya decía yo que me olía a algo así, como, muy familiar.

 

CATALINA - ¡Claro! Y... como es la hora así... como de comer... ¿verdad, señoría?

 

JUEZA – Sí. Eso mismo. Es que eso de que los jueces tengamos que hacer el levantamiento de un cadáver incluso a la hora de comer...

 

FORENSES  – Y los forenses, señoría... ¡Y los forenses!

 

CATALINA - ¡Bueno! Pues, yo creo que lo mejor es que, mientras aparece el muerto, nos podíamos sentar y comer un platito de bacalao a la vizcaína ¿verdad?

 

FORENSE  - ¿Puedo hablar, señoría?

 

JUEZA  - ¡Hable ya, o calle para siempre!

 

FORENSE  – No. Es que se me estaba ocurriendo que si al muerto no le importa, nos podríamos quedar a comer, y después, echar todos una siestecita. Total, por una horita nada más, no creo que el fiambre nos ponga una denuncia.

 

CATALINA – No. Usted no se preocupe que ya me encargaré yo de que el muerto no ponga ninguna reclamación, que aquí en mi casa mando yo, y ningún muerto de esta casa va a poner una reclamación sin mi permiso. ¡Vamos!  Ahora, lo que deberían ustedes hacer es sentarse, y yo, termino de poner la mesa. ¿Qué va usted a beber para acompañar el bacalao, señoría?

 

JUEZA – Pues, yo, cuando estoy de servicio no suelo beber. Pero, tomaré agua con gas, o mejor, un poquito de champán... ¡Como estamos en Nochevieja!

 

CATALINA – Y usted, señor forense, ¿qué beberá?

 

FORENSE - ¿Yo?  Pues... como hasta que aparezca el muerto no entro de servicio, pues... tomaré un riojita. ¡Vamos! Siempre que a usted no le importe, señora.

 

CATALINA - ¡No! ¡Qué va!  Lo que me preocupa es que le pueda sentar mal.

 

FORENSE - ¡Que va! Por una copita que me tome, un día como hoy, que es nochevieja, ¿Quién lo iba a notar? No creo que lo note... ni el muerto ese de los cojones..., que por cierto, debe de estar cagadito de miedo, porque no se atreve ¡ni a dar la cara!

 

JUEZA – Eso pienso yo. Hay muertos que no tienen vergüenza. Ya no respetan ni a los magistrados, ni a los forenses, ni a nadie.

 

CATALINA - ¡Bueno! ¿Termino de poner la mesa, o dejamos el bacalao para el día de Reyes?

 

FORENSE  - ¡No! Señora... ¡por favor! Usted, siga con lo suyo, que ya aparecerá el fiambre.

 

JUEZA – Es que, esta es mi hora de comer, y si seguimos aquí, esperando, nos vamos a desmayar. Yo, por lo menos, que estoy desde esta mañana, con dos cervecitas, dos copitas de amontillado, y un par de gambitas, que eran más bien, dos camarones, tan pequeñitos, tan pequeñitos,  que pueden tardar hasta dos días en llegarme al estómago.

 

FORENSE  – Usted, no se preocupe, señoría, que usted y yo, sabemos muy bien que los fiambres, por muy muertos que estén, terminan siempre apareciendo por alguna parte. Y, además, no tienen autorización para ir a ningún sitio, ni siquiera en nochevieja, hasta que lleguemos usted y yo. ¿Verdad que eso es lo que dice el reglamento?

 

JUEZA - ¿Y si éste no aparece?

 

FORENSE  – Pues, un muerto que me quito de encima... ¡coño! Que todos los muertos me caen a mí. ¡Que no me dejan tranquilo ni en Navidades! Además, para ser sincero, sincero, yo estoy ahora mismo como para hacer una autopsia.

 

CATALINA - ¡Bien! ¡A la mesa! Puedes ustedes sentarse y tomar unas aceitunitas, que ahora viene el bacalao.

 

                            (Se sientan y pican las aceitunas)

 

FORENSE  – Señora, este rioja está... ¡Jo! ¡Cómo está! Yo diría que está... ¡para llevárselo puesto!

 

CATALINA – No, si usted, yo diría que lo lleva puesto, por lo menos, desde el día de Nochebuena.   

 

JUEZA  - ¡Oiga! Y estas aceitunitas están... que quitan el hipo.

 

CATALINA – Señoría, para quitar el hipo, no hay nada como un buen susto.

 

FORENSE  – Sí, pero, ¿quién le va a dar un susto aquí, a su señoría, y hoy, que me parece que es el día de nochevieja? ¡Como no aparezca de pronto por esa puerta, el muerto ese de los cojones!   ¡Uy! Me ha parecido que se me ha escapado otra vez un pequeño improperio. Es que esta mañana, me invitaron a una copita de coñac, para entrar en calor, y ya no sé ni lo que me digo.

 

CATALINA - ¿A una copita, nada más?

 

                          (A esto, llaman a la puerta con tres porrazos dados con el puño)

 

JUEZA - ¡Ahí está!

 

FORENSE  - ¡Ahí está, quién?

 

JUEZA – ¿Quién va a ser? ¡El muerto!

 

FORENSE - ¿El muerto? ¿El fiambre? ¡Anda, ya!  ¿Desde cuando un muerto se presenta en una casa a la hora del almuerzo? ¡Nunca! Aunque,  a lo mejor es que le ha llegado este olorcillo... Y la verdad es que ese olorcillo que viene de la cocina está, ¡que resucita a un muerto!

 

CATALINA - ¡Con la venia, señoría! ¿Puedo ir a abrir la puerta? Lo digo, porque si el muerto sigue dando porrazos, no solo va a tirar la puerta abajo, sino que nos va a jorobar hasta el almuerzo.

 

JUEZA – Sí, sí. ¡Vaya, vaya! Pero si es el fiambre, dígale que la magistrado está almorzando. Que vuelva a partir de las cinco y media.

 

                                    (Catalina va y abre la puerta simulando el chirrido. Luego, grita hacia adentro, dirigiéndose a los dos invitados)

 

CATALINA -  ¡Es el policía! ¡Que dice que no hay novedad y pregunta si puede irse a comer, que se le está haciendo tarde!

 

JUEZA  – Dígale que se vaya, que si aparece el fiambre, ya le avisaré.

 

                                     (Cierra y vuelve)

 

CATALINA - ¡Bueno! Creo que ya podemos comer tranquilos.

 

                              (Sale un momento y vuelve con una olla, dispuesta a servir la mesa)

 

CATALINASeñoría, señor forense, ¿les puedo pedir un favor?

 

                              (Ambos, al unísono)  ¡Por supuesto!

 

CATALINA – Mientras comemos, ¿no les importa que hablemos de cualquier cosa, que no sea de muertos?

 

JUEZA  - ¡Tiene usted mi palabra de jueza!

 

FORENSE – Yo, tampoco pienso hablar de muertos en todo lo que queda de año. ¡Se lo juro!

 

                     (Catalina, pone un poco de música y se sienta a comer, exclamando:)

 

CATALINA - ¡Uy! ¡Qué rico que me ha salido hoy este bacalao! ¡Buen provecho a su señoría, y al señor forense!

 

                      (Mientras se va cerrando el telón lentamente, se deja oír la voz del forense y de Catalina))

 

FORENSE -   Yo, con su permiso, me voy a tomar otro riojita, para que se me encasquille el bacalao en el gañote.

 

CATALINA – ¡Sí, hombre! ¡Sírvase, sírvase! Y si se pone un poquito alegre, no se preocupe, que hoy es Nochevieja.

 

 

                                                           ACTO SEGUNDO

 

Duración aproximada: 40 minutos

 

(Al subir el telón, la mesa ha pasado atrás, y ahora, en la parte delantera hay un sofá donde están recostados muy cómodamente la jueza, que se ha quedado un poco traspuesta, y el forense que está con los ojillos entreabiertos, hablando con Catalina. A la izquierda, en un sillón, Catalina, saboreando una aromática taza de café)

 

CATALINA - ¡Oiga, señor forense! ¿Le sirvo otra tacita de café?

 

FORENSE  – No. Que el café es malo para los huesos. A mí me va mejor el valdepeñas. El café, para mi mujer, que se toma nueve por la mañana, y catorce por la tarde. Así se le está poniendo la cara, que parece una cafetera.   ¡Por cierto! ¡Oiga! Cada vez que la miro a usted, me recuerda más a mi mujer. ¿No le he dicho a usted que se parece mucho a mi esposa?

 

CATALINA - ¡Ah! ¿Sí? ¡Qué casualidad! Y, ¿lo dice usted porque tengo cara de cafetera?

 

FORENSE  – No. Por eso solo, no. Es que mi mujer cocina el guiso de bacalao igual que usted.

 

CATALINA - ¡Mira! ¡Cuánto me alegro!  Oiga, y... ¿no le importa que su esposa se quede sola en casa, un día tan señalado como éste?

 

FORENSE  - ¿Quién? ¿Mi esposa? ¿Se refiere usted a mi mujer? Mi mujer está acostumbrada. Ella sabe que yo vivo de los muertos. Y donde haya un muerto, ahí estoy yo. Primero, la obligación, y luego, la familia.

 

CATALINA – Lleva usted razón. Ya lo dice mi marido. Donde se ponga un muerto, no se pone un plato de angulas fritas en el puerto de Castro Urdiales. 

 

FORENSE - ¡Ah! Se me olvidaba que su padre era forense, como yo.

 

CATALINA - ¿Mi padre? No, hombre, el forense es mi marido, mi ma...ri...do. ¿Comprende?

 

FORENSE  - ¿Su marido? ¡Uf! ¡Cómo estoy! Es que hoy, me tomé una copita...

 

CATALINA – Sí. Para entrar en calor. Ya me lo ha dicho antes.

 

FORENSE  - ¿Ah! ¿Se lo he dicho? Es que hay veces en que no sé donde tengo la cabeza. Oiga, y ¿por casualidad le he dicho yo a usted para qué puñetas he venido yo a su casa? Es que... ahora mismo.... no caigo.

 

CATALINA - ¡Hombre! Pues, aparte de la botella de rioja que se ha tomado con el plato de bacalao, creo que venía usted buscando un muerto..., o algo así.

 

FORENSE  – (Algo espantado)  ¿Un muerto? ¿Un fiambre? ¿Dónde está? ¿Está en el dormitorio, o en la cocina?

 

CATALINA - ¡Oiga! No chille usted tanto, que puede despertar a su señoría, la magistrado.

 

FORENSE  - ¿A la magistrado? ¿A qué magistrado?

 

CATALINA - ¡A cual va a ser! ¡A su señoría, aquí presente!

 

FORENSE  - ¿A esa? ¿Esa que está tirada en el sofá, es la magistrado? ¿La jueza? ¡Qué raro! Y..., ¿qué hace aquí esa señora? Si puede saberse.

 

CATALINA – Pues, creo que además de comerse dos platos de bacalao a la vizcaína, una ensalada, y una barra de pan enterita, me parece que venía buscando también un fiambre... o no se qué.

 

FORENSE  - ¿Un muerto? ¡Ah! ¡Claro! Entonces, es mejor despertarla.

 

                                            (Se acerca)

 

FORENSE  - ¡Oiga! ¡Señoría! ¡Despierte!

 

JUEZA  - ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

 

FORENSE  – El muerto..., que no aparece.

 

JUEZA  - ¿Qué muerto?

 

CATALINA – Pues, ese, el que usted anda buscando.

 

JUEZA - ¿Qué yo estoy buscando un fiambre? ¿Hoy? ¿En nochevieja?

 

CATALINA – Eso es lo que me dijo su señoría cuando entró en esta casa. Pero, eso fue hace mucho. Antes de que usted se comiera esos dos platos bien colmados de guiso de bacalao. ¡Vamos!, que a lo mejor ahora, lo del muerto...

 

JUEZA - ¡Ah! Pues, ¡claro! Ahora caigo. Aquí se ha cometido un homicidio, y yo vine enseguida a realizar el levantamiento del cadáver. ¡Por cierto! ¿Dónde está la víctima?

 

CATALINA - ¿La víctima? Señoría, yo, con todo el respeto, aquí, el único muerto que yo he visto es el bacalao que nos hemos comido para almorzar, y le aseguro que ése si estaba, bien, ¡pero que bien muerto!  Precisamente, ahora le iba a preguntar a su señoría si le gustó el bacalao.

 

JUEZA - ¿El bacalao? ¡Ah! ¡Sí! Es el mejor bacalao que he comido en mi vida. ¡Oiga! Usted cocina muy bien. ¿Todo lo hace así de bien?

 

CATALINA - ¿Yo? ¡Bueno! Mi marido dice que aparte de la cocina, se me da muy bien jugar al parchís.

 

JUEZA - ¡No me lo diga! ¿En serio?

 

CATALINA – Sí. En serio. Al parchís, no hay quien me gane.

 

FORENSE  – Es curioso. Mi mujer también es campeona jugando al parchís. Ya le decía antes que usted me recuerda mucho a mi mujer.

 

JUEZA  - ¡Oiga! ¿Y si echamos una partidita al parchís?

 

CATALINA – Por mí... si ustedes hoy no tienen nada mejor que hacer ...

 

JUEZA  -  Pues, para ser sinceros, me llamaron al juzgado para ir a ver un cadáver, pero ese cadáver, por lo que se ve,  no aparece por ningún sitio.

 

FORENSE  – Es lo que yo digo. Ese fiambre no da señales de vida.

 

JUEZA – Entonces... ¿qué tal si...?

 

CATALINA - ¿Una partidita?

 

FORENSE – Yo, si no tengo delante una copita de anís, no creo que pueda ni echar los dados.

 

CATALINA - ¡Vale! Partidita... ¡Y copita!

 

                       (Mientras la jueza se frota las manos, Catalina, entusiasmada, se apresura en poner en la mesa el parchís, los cubiletes, y luego saca el anís y tres copitas)

 

FORENSE – Oiga, este anís... yo diría que es el mismo que tomo en mi casa.

 

CATALINA – Sí. Es el preferido de mi marido.

 

FORENSE – Ya se lo decía yo, que su marido y yo nos parecíamos mucho, hasta en los gustos. Por algo será que los dos estudiamos para forense.

 

CATALINA – No cabe duda. Se parecen ustedes una barbaridad.

 

                      (Se sientan y empiezan a mover los cubiletes, como un ejercicio de precalentamiento. A esto, suena el teléfono)

 

CATALINA - ¡Diga! ¡Ah! Eres tú, hija mía. ¿Cómo va todo? ¿Iréis por fin al cotillón esta noche?  ¡Ya! ¿Cómo? No, no he visto la tele hoy. Esta mañana estuve echando una partidita con la tía Felisa, su hermana, y una vecina, y ya te puedes imaginar quién ganó las tres partidas. ¿Por qué lo dices? ¡Ah! ¿Sí? ¡Bueno, hija!, tú sabes, que asesinatos hay casi todos los días, desgraciadamente. Y ¿dónde ha sido esta vez? ¿Cómo? ¿En este bloque? ¿En el mío? ¿Qué lo has visto por televisión? Es raro, porque yo me habría enterado. ¡Ah! Que la señora jueza y el forense se han personado en el domicilio de la víctima y están llevando a cabo el levantamiento del cadáver. Pues, me parece muy bien.  No. Yo aquí estoy con dos personas jugando al parchís. Hemos comido bacalao y luego, tomaremos una copita de anís, que para eso estamos en Nochevieja.  ¿Tu padre? Pues, hija, como siempre. Estará por ahí, midiéndole la tripa a algún muerto.

 

No, hija, ya te he dicho que no sé nada. Habrá sido en algún piso de más arriba. Tú sabes que los del 5º B, no se llevan muy bien que digamos.  Yo siempre lo he dicho: En esa casa, un día, va a pasar algo. Bueno, cariño, te dejo que mis invitados me están esperando para empezar la partidita. ¡Feliz año nuevo!  (Cuelga)

 

FORENSE – Señora, que no hay prisa ¡eh! Si tiene que felicitar a alguien...

 

CATALINA – No, si era mi hija. Dice que en este bloque se ha cometido un asesinato.

 

FORENSE - ¡Ah! ¿Sí? ¡Bueno! Eso es una noticia sin importancia. ¿Verdad, señoría?

 

JUEZA - ¿Eso? Eso no me importa en absoluto. Lo que tienen que hacer es llamar a la policía, y luego a la funeraria. 

 

FORENSE – Sí, pero, primero tendrá que ir el juez y el forense ¿no?

 

JUEZA - ¿El juez? Pero, usted se cree que se debe molestar a un juez...

 

CATALINA – O... a una jueza...

 

JUEZA - ¡Eso! O a una jueza, ¿para levantar un cadáver el día de fin de año? Eso es como una falta de respeto a la autoridad. Como un sacrilegio. ¿Verdad, usted?

 

                                 (Sigue moviendo los dados en el cubilete con ganas de empezar)

 

FORENSE – Yo, siempre lo digo. Si hay un muerto en fin de año, pues eso se guarda en algún sitio, en el armario, en la nevera, debajo de la cama... ¡yo que sé! Y ya, cuando pasen las fiestas, se llama a un  forense o a un veterinario, o a quien sea...

 

CATALINA - ¡Muy bien dicho!  ¡Bueno! ¿Empezamos, o qué?

 

JUEZA - ¡Venga! ¡Venga! ¿Quién sale?

 

CATALINA – Usted misma, señoría. De todas formas, me da igual quien saque, porque pienso ganar yo.

 

FORENSE – Eso, ya lo veremos. Que yo, aunque esté un poquito así... como descompuesto... ¡también cuento!

 

CATALINA - ¡Bueno! Y si aparece el muerto, ¿qué hacemos?

 

JUEZA – Por mí, ¡Que se vaya a hacer puñetas!

 

FORENSE - ¡Eso! ¡Lo mismo digo yo!  Y que no se le ocurra aparecer cuando yo vaya ganando la partida, porque, porque... ¡soy capaz de matarlo! ¡Vamos! ¡Por Dios! ¡En nochevieja!

 

JUEZA - ¿Verdad, usted, que matar a alguien en Nochevieja, es... es... ¡una animalada?

FORENSE - ¿Eso? Eso es... ¡una cochinada! ¡Una bestialidad imperdonable! ¡Una aberración!

 

CATALINA - ¡Seis! ¡Qué bien! ¡Que me escapo!

 

                        (A esto, suena el timbre de la puerta, otra vez)

 

CATALINA – Voy a abrir la puerta, ¡eh! Pero, ¡mucho cuidado de no mover las fichas y hacerme trampas!

 

                        (Abre la puerta y ahora es el policía que ha vuelto. Se oye la voz de alguien que hace la voz del policía)

 

POLICÍA – Señora, ¿hay algún muerto?

 

CATALINA – No, agente. Aquí, solo hay dos vivos, y yo, jugando al parchís. ¡Feliz año nuevo! Adiós. (Le da con las puertas en las narices, y vuelve rápidamente al juego)

 

JUEZA – Le tocaba a usted, Catalina.

 

CATALINA – (Gritando de euforia, porque ve como está acabando con las fichas de sus contrincantes)  ¡Ay! ¡Que la mato! ¡Mira que se lo dije, que si se ponía ahí, la mataba!  ¡Si es que se lo advertí ¡ Si me toca otra vez lo que me toca siempre, ¡La mato! ¡Ea! ¡Qué le vamos a hacer! ¡Muerta! ¡Una menos! ¡Ji,ji,ji!  Es que me la ponen tan a tiro..., ¡que las tengo que matar!  ¡ja,ja.ja! ¡ja,ja,ja!

 

              (La jueza y el forense se miran perplejos, con la boca abierta, mientras que Catalina, se ríe a carcajadas, saltando de la silla, y el telón se va corriendo)

 

CATALINA -  ¡Bueno! Ahora, voy a por la siguiente. ¡Cómo me divierto matándolas a todas!

 

FIN

 

bea45azul@yahoo.com

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

Si quieres dejar algún comentario puedes usar el Libro de Visitas  

Lectores en línea

web stats

::: Recomienda esta página :::

Servicio gratuito de Galeon.com