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cosas de gemelos

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

COSAS DE GEMELOS

 

De: Raimundo Francés

bea45azul@yahoo.com

 

(Teatro para público invidente)

 

Sainete  en dos actos – Duración aproximada: 60 minutos    

 

Se trata de una obra propia para un público invidente, ya que no necesita de otros elementos escenográficos como el teatro convencional ni tampoco la gesticulación  constante de los actores para entender el diálogo y las distintas secuencias que el sainete intenta transmitir. Basta con la intervención de un presentador o presentadora que entre las secuencias se encargue de una breve lectura de los acontecimientos. El público invidente podrá disfrutar de las situaciones cómicas entendiendo perfectamente el diálogo entre los protagonistas.

 

Los actores no necesitan otra cosa que el guión, que leerán interpretando su papel o bien de memoria cual si se tratase de una obra normal. Sí es importante la vocalización clara y entonada para no despistar al oyente.

 

La presente obra cómica puede ser representada sobre un escenario o grabada en un CD de manera que el oyente puede disfrutar de la comedia sin moverse de casa o en reunión con otros compañeros, familiares  o amigos.

 

El autor, con este ensayo, se aventura en una modalidad difícil que solo persigue un fin: Divertir a personas discapacitadas que no pueden contemplar la gracia de los gestos, aunque sí pueden imaginar a los actores en sus expresiones algo disparatadas pero dentro de lo posible.

 

 

 

ACTO PRIMERO

 

PRESENTADOR/A :  - 

 

Marta y María, son dos hermanas gemelas. Ambas, casadas, también con dos gemelos. Ellas son andaluzas y sus maridos, de Bilbao. Se conocieron en Madrid donde vivían con sus padres. Allí se casaron y vivieron algunos años. Pero, al final, la tierra, con sus ferias, con su clima benigno, su semana santa, su gazpacho, y otras peculiaridades atrae a sus hijos, en este caso, a sus hijas, y las dos parejas se trasladan a una ciudad del sur, donde llevan poco tiempo. .  Se sabe que en los hermanos iguales, no solo existe ese fenómeno de comunicación paranormal como es la telepatía, sino que en ellos, concurren otras curiosas circunstancias como puede ser, contraer iguales enfermedades, enamorarse de la misma persona, estudiar la misma carrera, etc.

En nuestro caso, los gemelos Lázaro y Felipe, siendo aún jovencitos, se enamoraron de María, pero al principio, y sin ellos saberlo, al no ser todavía capaces de distinguirse uno al otro, las parejas se cruzaban en muchas situaciones cotidianas, lo cual acarreaba no pocos momentos de celos, recriminaciones, rencores, etc., de los cuales, no se libra ningún humano, por muy gemelos que sean.

Hoy, es domingo, son las diez de la mañana. Como siempre, una de las gemelas llama  por teléfono a su hermana, que naturalmente vive a pocos metros de su casa.

 

MARTA -  (Entre bostezos)  ¡Oye, María! ¿Por qué estás tan triste hoy?

 

MARÍA – (También simulando bostezos) ¡Aaaauuu! ¡Niña! Y tú..., ¿cómo sabes que estoy triste?

 

MARTA - ¡Coño! Porque lo sé. ¿No te he dicho mil veces que entre nosotros, los gemelos, no puede haber secretos?

 

MARÍA – Tú, por lo visto, estás convencida de eso de la telepatía. ¡Ya!  Pues, mira. Estoy triste porque ayer me puse en la báscula y... ya te puedes imaginar.

 

Marta – No, si no hace falta que me imagine nada. Tú pesas seguramente setenta y cuatro kilos y doscientos gramos. Dos kilitos más que la semana pasada.

 

MARÍA - ¡Coño! ¿Cómo lo sabes?

 

MARTA - ¡María! Pues, porque lo sé. ¿No ves que yo peso lo mismo  que tú?

 

MARÍA - ¡No me digas! Pero... ¿lo mismo, lo mismo?

 

MARTA – No. Lo mismo ¡No! Exactamente setenta y cuatro kilos y doscientos cinco gramos, es decir cinco gramos más que tú. Seguramente la diferencia es porque nací cinco minutos antes que tú y mamé cinco gramos más de la teta.

 

MARÍA - ¡Coño! ¡Qué casualidad! ¿verdad?

 

MARTA – Pues, sí. Pero tú no te vengas abajo por eso. Que hay cosas mucho peores.

 

MARÍA – Ya lo sé, Martita. Lo que pasa es que Lázaro, ya no me mira como antes.

Verás, antes, mientras que yo me estaba vistiendo él me miraba como el león a su presa, babeando y todo, y ya con la mirada me estaba devorando.  

 

MARTA - ¡Coño! ¡Mira que tienes! ¡Igual que Felipe! Que antes, no me dejaba ni terminar de ponerme la falda. Y yo, que, por ejemplo, me estaba vistiendo para ir al “super”, tenía que dejar la compra para por la tarde. Ya te puedes imaginar. Era una fiera. ¡Vamos! Por la forma de trincarme por el cuello, yo diría que también parecía un león.  

 

MARÍA – Pero es que ahora, cuando me quito la ropa delante de Lázaro, él , como el que no quiere la cosa, hace como que lee el periódico, que a lo mejor ya lo ha leído antes, pero le vuelve a echar un vistazo a los anuncios. ¡Vamos! Que no me echa una miradita ni siquiera de reojo. ¡Como si yo no existiera!

 

MARTA - ¿Sabes lo que tenemos que hacer?

 

MARÍA - ¿Para adelgazar?

 

MARTA – No, mujer. Para no caer en  depresión.

 

MARÍA – Pues, no se me ocurre.

 

MARTA – Arréglate y vamos a la cafetería de la esquina a desayunar, que nunca hemos ido.

 

MARÍA - ¿Y si despierta Lázaro? Si no me encuentra en la casa se puede asustar. Que tú sabes como son estos vascos. Cuando no nos tienen cerca parece que se estuvieran ahogando en una piscina.

 

MARTA – Pues, que se vuelva a la cama, y que se eche otra siestita, que no he visto a dos gemelos a los que les guste tanto la cama como a tu marido y al mío.

 

MARÍA – Es verdad. ¡Qué flojos son! Bueno, pues dame un cuarto de hora y nos vemos abajo.

 

MARTA - ¡Vale! Pero no te vayas a poner el pantalón azul y el chaquetón de piel.

 

MARÍA – Y... ¿tú cómo sabes que me iba a poner el pantalón azul y el chaquetón de piel?

 

MARTA - ¡Coño, Marta! Porque lo sé. Porque yo ya  había pensado ponerme lo mismo. Y si vamos a la calle dos gemelas con la misma ropa vamos a parecer dos muñecas de la tómbola. 

 

MARÍA – Es verdad. Llevas razón. Pero a mí no me importa ir vestida igual que tú. Eso sí, que después la gente nos confunde y ya sabemos lo que pasa.

 

MARTA – Sí, claro. Como ayer por la mañana, cuando fui a la frutería. Me para un tío en medio de la calle y me dice: Señora, dígale a su marido que ya puede recoger el coche, que ya está listo. Y yo, le dije: ¿El coche? ¿Qué coche?  Y me dice el fulano: ¿Cuál va a ser señora? ¡El de su marido!

Y le pregunté: ¿El de mi marido? Pero, ¡si mi marido no tiene coche!

Y él me contesta: ¿Cómo que no tiene coche? Entonces, el que me llevó la semana pasada para pintarlo, ¿qué era?, ¿un coche robado?

 

¿Qué te parece, María? ¡Encima, ofendiendo a mi marido! ¡No te fastidia! Yo creía que esa forma de hablar era solo de los taxistas de la Castellana, cuando  hay fútbol y se atascan delante del estadio Bernabeu. Porque nosotras nacimos aquí y no somos tan desagradables, ¿verdad?  

 

MARÍA – Y tú, ¿qué le contestaste?

 

MARTA – Pues, que mi marido no tiene ni carné de conducir. ¿Y..., qué crees que me dijo?

 

MARÍA – No sé.

 

MARTA – Me dice: Pues, oiga, señora, dígale a su marido que tenga cuidado, que ahora, las cosas se están poniendo muy feas y la guardia civil está que muerde. Como lo trinquen con un coche robado y sin carné, le pueden caer hasta cinco años de cárcel.

 

                   Entonces, me acordé de mi cuñado, Lázaro,  y le dije: No, mire, usted debe  de haberse confundido con mi cuñado, que ese sí tiene coche.  Y el tío, que debe de ser un jeta, me dice: ¡Oiga! ¿Y ese señor que va siempre con usted muy agarradito, por la calle y en el supermercado, solamente es..., su cuñado? Y le dije: ¡Bueno!, el del coche, en realidad es  mi concuñado, pero también es mi cuñado... Y el tío ese, en vez de dejarme hablar y explicarle, me corta y me dice: ¡Ah! Entonces, no solo es su cuñado sino que también es su concuñado. ¡Cómo está el mundo! ¡Qué barbaridad! Cuando se lo cuente a mi mujer nos e lo va a creer. ¡Desde luego!, esto es como la moda de los homosexuales que se casan y adoptan un niño. Después, el crío tiene que decirle a su amigo,” el tío que va a la derecha es mi padre, y el que va a la izquierda, agarradito, es mi madre”. ¡Qué liado está este mundo que nos ha tocado!  Y se fue hablando solo como si fuese un chiflado. ¿Qué te parece?

 

MARÍA - ¡Hija! Es que esto de ser gemelos a veces viene muy bien, pero otras, no deja de ser un compromiso, ¿verdad?

 

MARTA - ¡Y que lo digas! ¿Te acuerdas de los exámenes de las oposiciones?

 

MARÍA - ¡Ja, ja! ¿No me voy a acordar? ¡Cuantas veces dice Lázaro: Si no fuera por mi hermano, hoy yo no tendría este sollo de empleo que tengo en la diputación!

 

MARTA - ¡Hombre! Es que mi cuñado, es decir, tu marido, ha sido siempre un aprovechado, ¿eh? Porque el único que estudió la carrera fue mi Felipe, porque Lázaro, tu marido, como era tan flojo, ni se presentaba a los exámenes. Por eso, mi Felipe tenía que examinarse por los dos.  Y me contaba que el examinador, de vez en cuando lo miraba así, de una forma muy rara, y él pasaba sus apuros.

 

MARÍA – Sí, pero también, no me podrás negar que si no es por mi Lázaro, mi cuñado, o sea, tu marido, no habría visto gratis tantos espectáculos, tantos conciertos de categoría, tantas obras de teatro, tantos partidos de fútbol, y no  se habría  puesto morado en tantos banquetes sin costarle un puñetero duro. Porque tu cuñado, o sea, mi marido, no tiene culpa de que su hermano gemelo, es decir, mi cuñado, sea tan gorrón.

 

MARTA - ¡Hombre! ¡María! De alguna manera tendrá que agradecerle lo de los exámenes, ¿no? Además, yo nunca te perdonaré lo de aquel día que te fuiste al cine con Felipe, es decir, mi marido, y te diste el lote con él.

 

MARÍA – No, hija, no. Querrás decir que él se dio el lote conmigo.

 

MARTA - ¡Vamos! ¡Que tú no sabías que el que te estaba comiendo la boca era Felipe!

 

MARÍA – Pues, en ese momento, no. ¿Qué quieres que te diga, Martita? A mí, me llamó Lázaro diciéndome que me iba a recoger para irnos al cine, que ponían un programa doble. Y me recogió, y me llevó. Lo que pasó es que tu cuñado, es decir, mi marido, le dijo al hermano que no podía cumplir conmigo porque se tenía que quedar a estudiar y le pidió que ocupara su lugar para no disgustarme.  Y como mi cuñado también estaba enamorado de mí, igual o incluso más que el hermano, pues, ¡se aprovechó!

 

MARTA - ¡Eso! Y tú..., ¡ahora me vas a decir que no lo reconociste!

 

MARÍA – Pero, ¿cómo lo iba a reconocer? ¡Si eran como dos gotas de agua!

 

MARTA - ¡Ah, si? Y, besando y metiendo mano, ¿también eran iguales?

 

MARÍA - ¡Hija! ¡Yo que sé! Es que cuando una está así, como...,tú sabes, toda emocionada, así, toda acaramelada, ¿cómo se va a poner una a observar tantos detalles? ¡Coño! ¡Ni que una fuera el teniente Colombo!

 

MARTA - ¡No me vayas a decir ahora que no pudiste notar alguna diferencia!

 

MARÍA - ¿Qué diferencia?  Si tú sabes como yo, que los dos tienen los labios iguales de gruesos, la misma mirada, la misma voz, las manos y los dedos iguales... Pero..., ¡si tienen igual hasta la respiración!

 

MARTA - ¡Anda, anda! Y aquello, ¿también lo tenía igual?

 

MARÍA - ¡Hija! Es que me haces unas preguntitas. Pues, supongo que sí. Porque nadie mejor que tú y yo, sabemos que los gemelos tenemos la cara y todos los miembros iguales, y del mismo tamaño. ¿O no?

 

MARTA – O sea, que tú me quieres convencer de que no te diste ni cuenta del cambio.

 

MARÍA - ¡Pues, no! ¡Hija! ¿Qué quieres que te diga! ¡Yo no soy adivina!

 

MARÍA – Bueno. Dejemos eso, porque nos vamos a llevar aquí todo el día discutiendo y la factura del teléfono cada día sube más.

 

MARTA – Sí. Es mejor. ¡Oye!, ¿vamos a ir a desayunar o no?

 

MARÍA – Vale. Pero sin discutir, ¿de acuerdo?

 

MARTA – De acuerdo. ¡Oye, María! Se me está pasando una cosa por la cabeza...

 

MARÍA -  ¿De qué se trata?

 

MARTA – Pues, verás. Tú y yo, seguimos siendo muy iguales, pero... ¿tú como ves a nuestros maridos? ¿Los ves tan gemelos y tan iguales como antes?

 

MARÍA – Pues, hija, fíjate en lo que dijo el mecánico. Todavía Felipe puede pasar por Lázaro y viceversa.

 

MARTA – Es que se me había ocurrido... Bueno, mejor te lo cuento en la cafetería.

 

MARÍA – Vale. Pero me pienso poner lo que quiera, aunque vayamos iguales.

 

MARTA – Sí, hija, sí. Al final, nos pondremos lo mismo, como siempre. ¡Si me parece que lo único que llevamos distinto es el monedero!   

 

                     

 

  FIN DEL PRIMER ACTO

 

   

 

 

SEGUNDO ACTO

 

 

PRESENTADOR/A :   María y Marta salen a la calle. Se encuentran en la esquina, y se acercan a la cafetería. Allí, está de servicio un camarero que es  un poco ‘’guasa’’.

 

MARTA -  Esta mesita me gusta. ¿Nos sentamos aquí?

 

MARÍA – Sí. Aquí mismo. A mí también me gusta.

 

 PESENTADOR/A :  A esto, se les acerca el camarero, que para combatir el frío, se había tomado dos carajillos de anís hacía un rato.

 

CAMARERO - ¡Buenos días!

 

MARTA - ¡Hola! ¿Nos trae dos desayunos de zumo, café y tostadas por favor?

 

CAMARERO – ¡Sí, claro! ¡Oigan! Ustedes por casualidad son dos mujeres iguales, ¿o es que el carajillo de anís de esta mañana se me ha subido un poco y estoy viendo doble?

 

MARÍA - ¿Usted qué cree?

 

CAMARERO - ¡Hombre! Yo veo como dos mujeres repetidas, tan iguales como estas dos monedas de cincuenta céntimos.  Si pueden esperar un  momentito voy al lavabo a echarme un poco de agua en la “jeta”, a ver si así me despejo y veo las cosas por su sitio.   

 

MARTA – Sí, más le vale echarse agua en la “jeta” porque la tiene bien dura. Y de camino, vaya preparando un par de desayunos, completos, con zumo, café y tostada.

 

CAMARERO - Supongo que los dos desayunos, querrán ustedes que sean iguales, ¿no? Me refiero que con la misma cantidad de café y de leche, con los dos zumos de la misma naranja, con  las dos tostadas iguales, con la misma mermelada, ¡vamos! ¡No es por nada! Lo digo porque mi vecino tenía dos niños iguales, así, como ustedes, y, ¡No me lo explico! , pero a uno siempre se le antojaba lo que quería el otro. Los “donut” tenían que tener el agujero en el mismo sitio, tenían que ser los dos de chocolate, y ¡claro! ¡Tenían que estar igual de duros! ¡En fin! Que ustedes los mellizos, son gente muy rara ¿no?

 

MARÍA -  ¡No somos mellizas! ¡Somos gemelas! Y, como no nos traiga pronto los desayunos, ¡va usted a saber de verdad el genio que nos gastamos las gemelas!  

 

CAMARERO - ¡Enseguida! Y... ¿No querrán ustedes también un par de vasitos de agua que contengan exactamente la misma cantidad de agua? ¿Ni una gota más, ni una gota menos?

 

MARTA - ¡Eso no se pregunta!  Porque si no tienen exactamente la misma cantidad de agua, podríamos formar aquí la marimorena. Y usted, no querrá que formemos aquí en medio, la marimorena, ¿verdad?

 

CAMARERO -  ¡Marchandooooo!

 

MARÍA -  ¡Bueno, Marta! ¿Qué se te estaba ocurriendo?

 

MARTA – Pues, verás: Como estamos un poquito decaídas, las dos, porque sin querer, resulta que hemos engordado un poco más de la cuenta, y estamos a punto de caer en depresión, y..., como dicen que la depresión está de moda y es peligrosa, y a mí me ha dicho Raimundo, el marido de Bea, que para combatir la “depre”, lo mejor que hay es la risa y el cachondeo, había pensado que... 

 

MARÍA – Me pregunto qué puñetas se te estará ocurriendo.

 

MARTA – Verás. Prométeme que no te lo vas a tomar a mal.

 

MARÍA – Te lo prometo. Mi palabra de gemela.

 

MARTA – Pues, no te vayas a reír. He pensado que..., espera un momento que viene el gracioso este con los desayunos.

 

CAMARERO – Dos desayunitos exactamente iguales, iguales tostadas, iguales terrones, cucharillas iguales, y como ustedes verán, las servilletas y los tickets, también son exactamente iguales, para que ustedes no se peleen por mi culpa. ¡Que aunque a mí me guste un poquito el cachondeo, esta cafetería es muy seria! 

 

MARÍA – ¡Vale, vale! Y como no se deje ya de cachondeo, en vez de una propina lo que le vamos a dar es una patada en los dos gemelos que usted lleva colgando en semejante sitio.   

 

CAMARERO – ¡Me voy ya, que me están llamando!

 

MARTA – Bueno, María, verás. Había pensado que como ahora viene el día de los inocentes, podríamos cambiarnos un par de días. ¡Solo un par de días!

 

MARÍA - ¿Cambiarnos? ¿De qué? ¿De peinado?

 

MARTA . No, mujer. ¡Cambiarnos de casa!

 

MARÍA - ¿De casa? ¿Otra mudanza? ¡Pero si  solo llevamos dos semanas en esta ciudad!

 

MARTA - ¡Que no, María! Que no me entiendes. Quiero decir, que yo me voy a tu casa, y tú a la mía.

 

MARÍA – Sí, pero tú sabes que mi Lázaro, tiene su sillón de ‘’relax’’ y si no es en ese sillón, es incapaz de echar la siesta.

 

MARTA - ¡Ay, hija! Todavía, no me has entendido. Nos cambiamos tú y yo, nada más.

 

MARÍA – ¿Tú y yo? ¿Quieres decir, tú en mi casa con Lázaro, y yo en la tuya con Felipe?

 

MARTA - ¡Claro! ¡Hija! ¡Parece mentira, que nos entendamos mejor con el pensamiento que con las palabras!

 

MARÍA – Pero, ¿tú quieres decir, viviendo juntos?

 

MARTA – ¡Eso mismo! Pero, mujer, ¡si nadie se va a dar cuenta! Podría ser muy divertido. ¿No ves que somos exactamente iguales? ¡Si hasta la fresa del antojo de mamá la tenemos las dos incluso en la misma ingle!  

 

MARÍA - ¡Hombre! Podría ser divertido desde luego. Cachondearnos de nuestros respectivos maridos. Pero..., ¡un momento!  Y cuando llegue la hora de lo que tú y yo sabemos...

 

MARTA - ¿De qué?

 

MARÍA – Tú me entiendes. No te hagas la tonta.

 

MARTA - ¡Ah, ya! Ya te entiendo. Pues, como van a ser solo un par de días, les ponemos un pretexto.

 

MARÍA - ¿Un pretexto? Y, ¿qué les podemos decir?

 

MARTA – Pues, hija,... ¡anda que no hay ninguno! Que me duele la cabeza, que estoy con las reglas, que estoy decaída,  o , un poco deprimida porque no nos toca la primitiva..., ¡yo que sé!

 

MARÍA – Pues, mira..., podría funcionar. ¡Oye! Y a mí..., ¿quién me garantiza que tú y Lázaro no...?

 

MARTA - ¡Coño! Y, ¿quien me garantiza a mí que tú y Felipe no...?

 

MARÍA – Bueno..., ¿y tú dices que solo van a ser dos días?

 

MARTA - ¡Claro! Solo dos. Porque si lo prolongamos, nos podríamos acostumbrar, y...

 

MARÍA – Y... ¡podríamos caer en la tentación!

 

MARTA – ¡Digo yo! ¡Todo depende! Tú sabes que esta vida tiene mucha guasa.

 

MARÍA – Y después que pase esa aventurilla, nos venimos aquí  otra vez, nos lo contamos todo y a mearnos de risa. ¡Ja, ja! ¡Qué bueno!

 

PRESENTADOR/A –  Y así lo hicieron. Pero antes, vamos a ver lo que pasó cuando se levantaron los maridos gemelos y vieron que sus esposas no estaban en casa esa mañana del domingo.

 

LAZARO – (Al teléfono)  ¡Felipe!

 

FELIPE – Dime, Lázaro.

 

LAZARO – Oye, hermano. Tu cuñada, quiero decir, mi mujer, no está aquí, y son casi las doce. ¿Le puedes preguntar a mi cuñada, es decir, a tu mujer, si sabe donde está su hermana?

 

FELIPE – No. Si la cosa es que tu cuñada, es decir, mi mujer tampoco está aquí. Yo creía que estaba con la hermana, ¡Joder! ¡Como no pueden vivir una sin la otra!

 

LÁZARO – Entonces, es que habrán ido juntas a la misa o algo así. ¡Digo yo!  ¡Oye! ¿Tú has desayunado?

 

FELIPE - ¿Yo? ¿Cómo quieres que desayune?, ¡joder!  ¡Si mi mujer no está aquí para hacer el desayuno! ¡Que me ha dejado aquí tirado, chico! ¡Esto es la hostia!  

 

LÁZARO – Pues, yo tampoco he desayunado. ¡Oye! Ahí cerca creo haber visto una cafetería. ¿Por qué no vamos allí a desayunar?

 

FELIPE - ¡Vaya!  Pues, eso no es una mala idea, ¡joder! Y de camino le echamos un vistacito a la prensa, a ver qué dicen del Atletic.

 

PRESENTADOR/A :  Y ahí tenemos a los dos hermanos gemelos, también vestido con yérsey rojo a rayas y pantalón negro, que bajan a la cafetería del barrio de donde ya sus esposas se habían marchado a dar un paseito y ver escaparates tras tomar su buen desayuno.

Cuando llegan a la cafetería, se sientan precisamente en la misma mesita donde un rato antes estuvieron desayunando sus esposas.

 

LÁZARO - ¿Nos sentamos aquí?

 

FELIPE – Sí. Aquí mismo.

 

PRESENTADOR/A -  A esto, que se acerca el mismo camarero, que tan enfaenado estaba hasta no darse cuenta de momento que esos dos hombres eran gemelos. Al acercarse a ellos, de nuevo se queda como patitieso.

 

CAMARERO - ¡Uf! ¡Yo no se que me pasa hoy pero creo que voy a tener que pedir la baja laboral para un par de meses.  

 

LÁZARO - ¡Oiga! ¿Le pasa algo o qué?

 

CAMARERO – No. Es que esta mañana, con el frío, me tomé un carajillo, y hoy resulta que todo lo veo muy raro. Porque en esta mesa, ¡vamos! Si no estoy borracho, hasta hace un momentito, había un par de mujeres igualitas como las torres de la iglesia mayor, y de pronto, así, como por arte de magia, en vez de dos mujeres, más bien parecen, como dos, ¡vamos! ¡Como dos defensas del Atlético de Bilbao! ¡Voy un momentito a echarme un poco de agua en la jeta!

 

FELIPE – ¡Sí, coño, dos tíos! ¡Joder! ¿No nos ve bien? Este es mi hermano, que está sentado en esa silla, y yo, que estoy aquí, sentado en esta silla. ¿Es que no ha visto nunca dos hermanos gemelos?

 

CAMARERO - ¡Ah! Entonces, ustedes son hermanos gemelos, ¿no?

 

LÁZARO - ¡Pues, claro!  Es evidente ¿no?

 

CAMARERO – Pues, sí. Si usted lo dice. Una preguntita. ¿Es que hay hoy algún congreso de esos, de muchos médicos que vienen a tratar los casos raros,  o es que hay algún concurso de gemelos, y ustedes han venido a llevarse el primer premio? 

 

FELIPE – No creo, porque si lo hubiera, nos habrían invitado, y nosotros, donde huele a dos duros, y a jamón serrano con un buen porrón, estamos ahí los primeros. ¿Verdad, hermano?

 

CAMARERO – Es que lo digo porque hace un rato estuvieron aquí desayunando dos señoras, y les puedo asegurar que eran como dos gotas de agua. No he visto en mi vida dos personas tan iguales. ¿Bueno? Mejorándolos a ustedes, caballeros.

 

LÁZARO - ¡Ah! Es que esas señoras eran nuestras esposas.

 

CAMARERO - ¿Sus esposas? ¿Quiere usted decir, sus mujeres de ustedes? ¡Uy, Dios mío! ¡Esto ya es demasiado para el body! Yo creo que es mejor que me vaya al médico y le pida la baja para un par de semanitas.

 

FELIPE - ¡Que no, hombre! Que usted está bien. Lo que pasa es que somos dos gemelos casados con dos gemelas. Pero, comprendo que nuestro caso, no es muy corriente. Y ya nos lo advirtieron nuestros padres y amigos, que esto nos podría traer algunos contratiempos. ¿Verdad, hermano? Pero ¿sabe usted lo que pasa a los gemelos? Pues, que como tenemos hasta los mismos gustos, nos enamoramos de la misma mujer, y como no se pueden casar los dos con la misma, pues cuando conocimos a las dos gemelas, aprovechamos la ocasión, nos hicimos la cuenta de que nos casábamos con la misma, y además, por el precio de una boda  hicimos dos, y asunto solucionado. Es que los vascos somos así, ¿comprende? Pero ¡vamos! Que tampoco es para salir corriendo.

 

CAMARERO – Pues, menos mal que usted me lo está aclarando caballero, porque yo estaba ya dispuesto a salir por patas. Oigan, y siendo sus mujeres tan igualitas, con todo el respeto, ¿nunca se han confundido y le han dado un toquecito en el culete a la que no es? Vamos, es un suponer ¿eh? Que no me lo tomen a mal.

 

FELIPE – Pues, la verdad, ahora que usted lo dice... ¡No tengo ni idea! Yo creo que no, pero, es que son tan iguales que usan hasta el mismo perfume, y es muy difícil distinguirlas. Tú, Lázaro, ¿Cómo lo ves?

 

LÁZARO – Pues, yo digo lo mismo que mi hermano. Que con las mujeres, nunca se sabe. A lo mejor le he dado un beso y un pellizquito a Marta creyendo que era María. Pero ¡eso qué importa, joder! Al fin y al cabo, ellas también pueden creerse que el del pellizco es su marido, y a lo mejor es el otro. ¿Qué importa quien meta el gol, joder! Lo que importa es que gane el Atletic!

 

FELIPE – Oye, hermano, se me está ocurriendo una idea. ¡Bueno, amigo! ¿Usted no nos iba a traer el desayuno? Porque si sigue usted mirándonos como un tonto, a este paso, en vez del desayuno, nos va a tener que traer el queso y la bota con el rioja,  ¡joder!

 

CAMARERO -     ¡Marchandoooo!

 

PRESENTADOR/A – A esto, se va el camarero a preparar los dos desayunos y los gemelos aprovechan para hablar tranquilos.

 

FELIPE – Como te decía, hermano. Se me está ocurriendo una idea.

 

LÁZARO - ¡Ah, si? Pues, suelta ya.

 

FELIPE – Verás, había pensado, que como estamos siempre tan estresados  y tan abrumados por el coñazo del trabajo, ¡Oye! ¡Ya te imaginas! ¿No? También por eso de la familia, las facturas y toda esa mierda, y además, nuestras mujeres que están cambiando tanto, pues...

 

LÁZARO - ¿Qué nuestras mujeres están cambiando? ¡Joder, hermano! ¡Si ya lo ha dicho el camarero ese de los cojones! ¡Si son todavía tan iguales como dos gotas de rioja!

 

FELIPE – No, hombre. Me refiero que ya no se comportan como antes, que ya..., tú me entiendes, ¡coño!

 

LÁZARO - ¡Ah! Ya entiendo.  Y, ¿qué es eso que estabas pensando? No pretenderás que nos divorciemos ahora, ¿no? ¡Que todavía nos queda algo de hipoteca, joder!

 

FELIPE – No, hombre, no. Se trata de intercambiarnos los papeles. Tú te vienes a mi casa, y yo a la tuya. Como ahora viene el día de los inocentes, les podemos gastar una broma a las dos, que siempre se creen tan listas.

 

LÁZARO - ¡Jo! ¡Esto es la “reostia”!  ¡Hay que ver las cosas que se te ocurren, Felipe! Pero, ¿y si se dan cuenta? Tú sabes lo celosas que son, y se puede formar..., ¡La de San Quintín, joder!

 

FELIPE – Pero, ¿Quién se va a dar cuenta, joder! ¿Las gemelas? Pero, ¿es que ya no te acuerdas cuando éramos novios? ¿Te acuerdas de aquella vez...?

 

LÁZARO – Sí. No me lo recuerdes. Pero ya somos mayorcitos. Además, yo tengo tres canas más que tú.

 

FELIPE - ¡Anda, hombre! ¡Quita, quita! ¡Que somos como dos gotas del mar cantábrico, joder!  

 

LÁZARO – Bueno. Y a mí, ¿quién me asegura que tú y tu cuñada, es decir, mi mujer, no...? Ya me entiendes.

 

FELIPE - ¡Pero, coño, Lázaro! ¡Que soy tu hermano, joder! ¿Cómo puedes pensar que yo te iba  a hacer algo así? ¡Vamos, hombre! ¡Eres la hostia! ¡No te digo...!

 

LÁZARO – Sí. Pero si a mi mujer, que es tu cuñada, se pone un poco así, vamos, un poco..., ¿cómo te podría decir yo?

 

FELIPE – ¡Pero, hombre! ¡No hay problema, joder! ¿Cuantas veces nos pasa eso? ¿Eh? ¡Así de veces! Tú sabes..., Me duele el estómago..., estoy reventado de tanto trabajo... ¡Y yo que sé!

 

LÁZARO – Bueno. ¡Vale, chico!  Pero un par de días nada mas, ¿eh? No vayamos a acostumbrarnos y después son las consecuencias. ¡Que yo a estas alturas, no quiero líos, eh!

 

PRESENTADOR/A -  Y ahí estamos con esos dos hermanos gemelos cambiando de esposas y a esas dos gemelas con el esposo cambiado. Pasan el día de los inocentes y el siguiente, juntitos, y cuando acaba la broma, las gemelas se vuelven a reunir en la cafetería para comentar los detalles y reírse un rato. Al llegar al café y sentarse aparece a atenderles el mismo camarero.

 

CAMARERO - ¡Hombre! ¡Dos iguales para hoy! Dos desayunitos duplicados, ¿verdad?

 

MARTA – Exactamente. Y los cafés, que estén bien calentitos.

 

PRESENTADOR/A -  Se marcha el camarero hablando entre dientes y diciendo: ‘’Sí, sí, iguales y calentitos, como ellas dos. ¡No te digo!

 

MARÍA – Este camarero debe de estar un poco chiflado, ¿verdad Marta? Siempre está hablando solo.

 

MARTA - ¡Bueno! ¿Qué? ¡Cuenta, cuenta! ¿Ha sido divertido o no? ¡Ja, ja,ja!

 

MARÍA - ¡Uyyyy! ¡Cómo me lo he pasado! ¡Ja, ja, ja! Tu marido, es decir, mi cuñado, no se ha dado ni cuenta. ¡Se lo ha tragado como un chorlito! ¡Ji, ji, ji!

 

MARTA – Pues, mi cuñado, quiero decir, tu marido, ni se ha enterado. Algunas veces tuve que aguantar la risa y morderme la lengua, sobre todo cuando me decía: ‘’Chati, te estás poniendo cada día más buena! Me parece que esta noche vamos a tener que hacer locuras nuevas” ¡Ja, ja, ja!

 

MARÍA - ¡Ja, ja, ja! Oye, eso de locuras..., ¿tú habrás cumplido con tu palabra, no?

 

MARTA – Por favor, Marta. ¡Que soy tu hermana! ¡Tu hermana gemela! Y no hay nada que el mundo que yo respete más que a mi hermana gemela. Por cierto. ¿Y tú? Tú no me habrás engañado, ¿verdad? ¡Que yo soy muy celosa y muy vengativa!

 

MARÍA - ¡Hija! ¿Cómo te iba yo a hacer algo así? Nosotras somos iguales. Y si yo te hiciera daño a ti, es..., es como si me lo hiciera a mí misma. ¡Vamos! No se como puedes desconfiar de mí, ¡vamos! Que si tú a mí no me haces nada malo, porque soy tu hermana, y además, soy igualito que tú..., pues, lo mismo digo yo.  

 

MARTA – Es verdad. No sé como puedo desconfiar de mi propia hermana. ¡Ay, qué risa! ¡Ja, ja! ¡Cómo han caído! Si lo supieran...

 

PRESENTADOR/A -  Y ahí, las dos, muertas de risa.

 

MARÍA – Oye, Marta. Tengo que ir un momentito al servicio porque de tanto reírme, se me han aflojado los muelles.

 

PRESENTADOR/A -  Cuando María se fue al servicio, Marta, se reía hablando sola.

 

MARTA - ¡Ay, qué risa! Si supiera la tonta de mi hermana el pedazo de revolcón que me he dado con su marido. Y lo bien que me lo he pasado. ¡ja, ja!  Igualito que el hermano, es decir, mi marido, que no le llega ni al tobillo. ¡Ay, qué risa, María Luisa!

 

PRESENTADOR/A -  A esto, vuelve  María, y es ahora Marta la que necesita ir al baño.

 

MARTA – María, yo también me estoy haciendo pis. Se nota que somos gemelas.

 

MARÍA – Pues, ve ahora, y aprovecha que te lo he dejado libre.

 

 PRESENTADOR/A -  Cuando sale Marta en dirección al servicio, María se ríe hablando sola también.  

 

MARÍA -  ¡Qué cachondeoooo!  ¡Ji, ji,ji! ¡Y mi hermana, tan ignorante, la pobre! Si supiera la noche de pasión que me he pasado con su marido. . ¡ja, ja! ¡Y como funciona mi cuñado! Yo no me explico como me pude enamorar del hermano.  Claro, que si en aquellos tiempos hubiera existido lo de las relaciones prematrimoniales, yo no me habría equivocado al elegir. Pero, ¡desgraciadamente, era otra época!

Bueno, yo le voy a proponer a mi hermana que de vez en cuando nos intercambiemos los maridos, que este cachondeo es bueno para la depresión, y con el cambio, me aprovecho un poquito y me doy otro revolcón, que me sienta muy bien, ¡Vamos! ¡Que me noto..., hasta más joven! Así, como más renovada.  ¡Ja, ja, ja!  

 

PRESENTADOR/A -     Y ahí tienen ustedes a esas dos gemelas que estaban convencidas de haberse puesto la cornamenta cuando en realidad se lo habían pasado de muerte ¡con sus propios maridos!

 

Razón tendrá ese gran mentalista español cuando dice al final de sus actuaciones,”Señores, no se crean nada de lo aquí han visto, porque todo, todo, es producto de su imaginación”   

 

 

FIN

bea45azul@yahoo.com               

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