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EN EL GOTERO TE ESPERO

de  RAIMUNDO FRANCÉS

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 

“EN EL GOTERO TE ESPERO”

(Sainete)

 Original de RAIMUNDO FRANCÉS

© Reservados todos los derechos. Queda prohibido representar esta obra sin la autorización del autor. 

 

Nº. Expediente  del  R.P.I : CA- 393/17

Queda prohibido representar esta obra sin la autorización del autor.  

 Email: bea45azul@yahoo.com  

 

AVISO IMPORTANTE :

El autor advierte que hace años dejó de ser socio de la SGAE, por lo que cualquier compañía o grupo teatral que desee representar alguna de sus obras, deberá abstenerse de contactar con dicha sociedad para tal fin.

 

Duración aprox: 60 minutos

 

A mis queridos amigos Vicky González y Paco Estudillo, excelentes profesionales del Hospital Universitario de Puerto Real.

 

 

SINOPSIS

 

Se desarrolla esta comedia en la sala de goteros de un hospital de día.

Aunque los profesionales sanitarios están más que acostumbrados a tratar a toda clase de enfermos, a veces se encuentran en situaciones muy “raras” e imprevisibles. Y, ocurre que, en ocasiones, esos episodios pueden coincidir en una misma jornada. Afortunadamente, esos profesionales tienen, entre otras cualidades, mucha psicología, y un gran sentido del humor.

 

NOTA : Los “casos” aquí reflejados son propios de la imaginación del autor, y de haber algún parecido con un caso real, es pura coincidencia.

 

 PERSONAJES (9)

 

REMEDIOS –  La enfermera que tiene que poner  el “remedio” a todo, aunque a veces no lo consiga.  (De entre 50 y 65 años)  

RAMONA - La cagona, afectada de una gastroenteritis galopante  

                      (De entre 60 y 65 años)

SOLEDAD - La que odia la soledad y hace cualquier cosa por no estar sola,  y mucho menos, cuando se acerca la  Navidad (De entre 60 y 70 años)    

FEDERICO -   Más bruto que un borrico, y enfermo de cáncer de próstata con metástasis ósea (De entre 60 y 70 años)

MARCELINO – El del “minino”. Hombre de poco pan y más bien de mucho vino.     Alcoholizado sin remedio, por mucho que el médico y Remedios, lo quieran remediar.    (De entre 60 y 70 años)

SOCORRO – La hija y acompañante  de Ramona. (De entre 35 y 45 años)

CONSUELO - La hija  y acompañante de Soledad. (De entre 35 y 45 años) 

ESPERANZA – La esposa  y acompañante de Federico. (De entre 60 y 65 años)  

ANGUSTIAS – La esposa  y acompañante de Marcelino (De entre 60 y 65 años)

 

VESTUARIO

 

Los pacientes y sus acompañantes vestirán con ropa clásica, si bien, los dos pacientes varones procurarán mostrar un aspecto de hombre rural y vulgar. La enfermera, con su bata de “profesional” y zapatillas de hospital o similar.

 

ESCENARIO

 

En la pared o talón de fondo, se colocará un cartel indicando “HOSPITAL DE DIA”. En el centro del escenario, un pie con dos goteros llenos de agua, cada uno con su mecanismo de velocidad y su tubito de plástico o silicona.

Estos elementos pueden encontrarse en tiendas de ortopedia, y algunos, en farmacias.

A cada lado, una silla con braceros para los “pacientes”.

 

 En un lateral o rincón, un pequeño mueble de cuyo cajón, la enfermera saca el medicamento a inyectar a cada paciente al igual que otros utensilios propios de una sala de curas. (Jeringas, vías para goteros, rollitos de esparadrapo, cajitas de medicamentos, etc.)  

 

En el fondo también, una mesita, y si es posible con un ordenador abierto, o en su caso, un monitor antiguo. Sería idóneo, si bien no es imprescindible, situar en un lateral del escenario, una camilla de hospital o en su caso, un sillón  extensible cubierto con una sábana blanca y provista de una pequeña almohada. En un lugar disponible del escenario, un perchero simple para las prendas de los pacientes. 

 

El autor deja a criterio del director del grupo, cualquier otro detalle que pudiera encajar en el escenario, o bien, modificar la situación o detalles de alguna de las piezas, siempre que ello no afecte al texto o desarrollo escénico de la representación.

 

ACTO PRIMERO

 

ESCENA PRIMERA

 

Al abrirse el telón, se oye la voz de RAMONA, que va apareciendo en escena entrando con cierta timidez e inseguridad. Su hija, Socorro, la sigue.

 

RAMONA – (Elevando un poco la voz) ¿Se puede? ¿Hay alguien?

 (Pausa de unos segundos)

 

 ¿Se puede pasar?

 

(Ahora, entra por fin. Da dos pasos, y gira el tronco hacia atrás para preguntar a su hija, quien ya va asomando también su figura)

 

¡Niña! ¿Tú estás segura de que era aquí? Es que este cuarto tan raro… ¿No será esto la barbería del hospital? Tú, fíjate. Las dos sillas, esas perchas,   la cosa esa colgando que será para echarle a los hombres la colonia esa tan barata… ¡Niña, tú no te habrás confundío’, no?  

 

 

SOCORRO – No, mamá, no me he confundido. El médico lo dijo bien claro:

“Al final del pasillo está la sala número nueve, que es donde le van a poner un gotero. Entre allí, que seguramente le estará esperando la enfermera, o llegará enseguida”  

 

RAMONA - ¡Ah! Pues, será que yo no me enteré muy bien.

 

SOCORRO - ¡Claro, mamá! Es que tú eres un poco “sordeta” de un oído, pero yo le oí perfectamente. ¡Anda! Siéntate ahí, que la enfermera no puede tardar.

 

RAMONA - ¡Oye, Socorro! ¿Tú te has fijao’ en este tubito tan largo? Es que estoy pensando yo, que esto no será pa’ metérmelo a mí por ahí abajo, ¿no? ¡Porque, vamos! Eso ya… es… ¡lo que me faltaba!

 

SOCORRO - ¡Anda ya, mamá! ¡No seas más tonta! ¡Cómo te van a meter eso por ahí? ¿Tú te has creído que esto es una lavativa o algo parecido? Esto es un gotero. ¿Tú nunca has oído hablar del gotero ese que les ponen a muchos enfermos?

 

RAMONA – Sí, ya. Pero el gotero ese es lo que le ponen a los que están en la cama del hospital con la cara más blanca que la pared, y con los ojos vueltos, esperando ya al cura pa’ que les de los santos sacramentos, ¿no?

 

SOCORRO - ¡Qué dices, mamá? ¡Mira!, no hables sin saber, ¿eh? ¡Cómo se nota que nunca has pisado un hospital de día!

 

RAMONA  - Ni de día, ni de noche. ¡Mira ésta!

 

SOCORRO -  Pues ya te puedes dar con un canto en los dientes, que no todo el mundo puede decir lo mismo.

 

RAMONA – Entonces, esto… ¿pa’ qué me lo van a poner a mí? ¿Y, si no es pa’ metérmelo por ahí detrás… por dónde? No será por la boca, ¿no? ¡Porque, vamos! A mí me meten ese tubo por la boca… y yo, no respondo, ¿eh? Porque la vomitaura’  puede llegar… ¡Bueno! Yo no me lo quiero ni imaginar.

 

SOCORRO – Que no, mamá. Para que lo sepas, el gotero lleva un medicamento, y como hay personas que no pueden tomar pastillas ni nada por la boca porque sufren de intolerancia, como te pasa a ti por ejemplo, o por otros motivos, pues, entonces, les tienen que poner un gotero. Pero, no te preocupes, que solo te dan un pinchacito de nada, y por la vena te entra la medicina, ¿comprendes?

 

RAMONA. No, mucho no, la verdad. Pero, cuando venga la enfermera, si es que viene antes de que me entren ganas de ir a donde tú sabes, ya ella me lo explicará.  

 

SOCORRO - ¡Vale, mamá! ¡Escucha! (Haciendo el gesto de poner atención)  Oigo pasos. Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma.  

 

(A esto, aparece REMEDIOS, con una tablilla y documentos cogidos con pinza, o bien un porta-folios que sostiene  debajo del brazo)

 

REMEDIOS – Buenas.

 

(Ramona y Socorro al unísono)  Buenas.

 

REMEDIOS – Tú debes de ser Ramona Gutiérrez, y vienes por lo de la gastroenteritis, ¿no?

 

RAMONA - ¡La queeé?

 

REMEDIOS – La gastroenteritis aguda, ¿no? Eso es lo que me han puesto aquí, en el informe.

 

RAMONA – Bueno, yo… eso no me suena, la verdad. Yo lo que  tengo es unas cagaleras de esas que te cagas. ¡Vamos! Que yo, esto, no lo he tenío’ en mi vida.

Bueno sí. Una vez, cuando yo era mu’ chiquitita, mu’  chiquitita, que me cagaba por las patas abajo, que recuerdo yo que me comí yo solita como un kilo de brevas o así, que me trajo mi abuela de su campo.  Pero ya está.  

 

SOCORRO – Mamá, no discutas, aquí, con la enfermera, que ella sabe muy bien lo que te pasa, y lo que tiene que hacer para que se te corte eso de una vez.

 

RAMONA – Sí, pero que quiero saber por dónde me van a meter ese tubito que sale del cacharro ese.

 

SOCORRO – Perdona, señorita, que no me haya presentado. Soy Socorro, la hija de Ramona. Es que ella nunca había visto un gotero, y menos, así, tan cerca, y cree que se lo van a meter por donde usted sabe, como si fuera una lavativa o algo parecido.

 

REMEDIOS – No, mujer, por Dios. Mira, Ramoncita. Eso que ves ahí, contiene un medicamento que ya lo tengo preparado, porque sabía que tú venías,  y cuando yo te  ponga como tú dices, el tubito conectado a la vena del brazo a través de una agujita, el medicamento te entra en la sangre, pero gotita a gotita, y por eso, a esto,  le llamamos el gotero. ¿Comprendes?

 

RAMONA – Bueno, sí. Pero, si todo el líquido que hay en ese tarro me tiene que entrar en el cuerpo gotita a gotita como si fuera un grifo atascao’, ¿a qué hora voy a salir yo de aquí? Porque, yo hoy, estoy viendo que  la novela me la  pierdo, y aquí yo no veo ni un televisor de mala muerte.

 

REMEDIOS - ¿Un televisor? ¿Aquí? ¡Vamos, Ramona! ¡Eso sería ya, lo que me faltaba! Tú y la señora que viene ahora, las dos peleándose por el mando del televisor, porque tú quieres ver la novela, y ella quiere ver los chismes de Telecinco.   ¡Vamos, ni que esto fuera un hotel del IMSERSO!

 

SOCORRO - ¡Claro, mamá! La enfermera lleva razón. Tú has venido aquí a curarte de esas diarreas tan malas, y  no a ver la televisión.

 

RAMONA – Bueno, mujer. Está bien. Pero le vas a tener  que poner un mensajito de esos a Luisa, mi vecina, para que me grabe el capítulo de hoy. Porque, si me lo pierdo, mañana, ya no sé ni por dónde va la cosa.   Oiga, ¿y cómo dice usted que se llama esto que yo tengo? Porque toda la vida de Dios, se ha llamao’  “cagaleras”, o las diarreas esas que dice mi hija.

 

REMEDIOS – Mira, Ramona. Antes, sí se llamaba así, aunque la Medicina la reconoce como colitis. Pero, cuando en el cuadro aparecen los vómitos, y usted, por lo que dice el informe, ha vomitado varias veces, entonces, se le llama “gastroenteritis”.

 

RAMONA - ¡Uy!  ¡Quién? ¡Yo? ¡Que yo he vomitao’ en el cuadro? ¡Oiga, mire usted! Yo he vomitao’, sí, y lo reconozco. Pero yo no he manchao’ ningún cuadro, ¿eh? Que yo, siempre me tapo la boca con la mano y me voy corriendo al váter ¿eh?

 

SOCORRO – Que no, mamá. Que no es lo que tú crees. Anda, siéntate ya, y deja que la enfermera te ponga el gotero, porque a este paso, nos van a dar aquí las uvas.

 

REMEDIOS – Las uvas…  ¡Y los Reyes Magos! Anda, Ramona, siéntate, que no te va a doler. Y cuando termine de caer la última gota del gotero, verás como ya te vas sintiendo mejor de la barriguita.

 

RAMONA – (Todavía sin sentarse y mirando al gotero) ¡Oiga! ¿Y por qué no me llevan a mi casa este tarro así con la medicina esa que usted dice, y allí, yo, tranquilita, me lo voy tomando poquito a poco en un vaso con un poco de gaseosa de La Casera para que no me sepa a medicina, y mientras yo, veo la novela?

 

¡Total! Si ese líquido me va a entrar en mi cuerpo, ¿Qué más da que me entre por la boca en vez de entrarme por una vena? ¿Verdad, Socorro? Además, ese tarro me iba a venir mu’ bien pa’ guardar la lejía del cuarto de baño.

 

SOCORRO - ¡Que no, mamá! Que eso no es tan fácil como tú dices. Que para que te haga efecto, te tiene que entrar gota a gota, y no vaso a vaso, como si te estuvieras tomando un litro de la Cruz Campo. ¿No lo comprendes?

 

REMEDIOS – Anda, mujer. Siéntate que todavía me quedan otros tres  pacientes para ponerles el gotero.

 

(Todavía sin llegar a  sentarse Ramona, se pone la mano en el vientre, y con gesto de malestar habla a Remedios)

 

RAMONA - ¡Ay! ¡Otra vez! Me parece que no me voy a poder sentar. Bueno, sí. Me tengo que sentar, pero no aquí, sino otra vez en el váter. Anda, hija, llévame al servicio antes de que me ponga a largar aquí mismo y por los pasillos, y tengan que cerrar este hospital pa’ una semana entera.  

 

REMEDIOS - ¡Vaya por Dios! Bueno, ande Socorro, llévela al aseo de señoras, que está a la mitad del pasillo y ya después, cuando se haya aliviado, le ponemos el gotero.

 

(Salen las dos de la mano, y Ramona quejándose y sin quitarse la mano del vientre)

 

REMEDIOS – (Mientras simula que ordena un poco el cuarto) ¡Ay, Dios mío, qué paciencia me has dado! Y espero que esta vez, esta mujer descargue ya todo lo que queda ahí, porque si le pongo el gotero y le entran ganas otra vez, el hospital… cerrarlo, no creo, sino que lo iban a tener que echar abajo y levantar uno nuevo a tres kilómetros de aquí.

 

(A esto, se oye el chirrido de la puerta y los pasos de alguien que se va colando)

 

SOLEDAD - ¿Se puede? ¿Puedo entrar? ¡Ayyyy! (Con su mano izquierda sobre la zona lumbar)

 

REMEDIOS – Pasa, pasa. ¿Y a ti, qué te pasa, mujer?

 

SOLEDAD - ¡Ay! ¡Qué dolor más grande! ¡Ay, qué malita estoy!

 

REMEDIOS(Mirando a su portafolios) Tú debes de ser… Julia Serrano, ¿no?

 

SOLEDAD - ¡Ay!  Yo no. ¡Qué va! Yo me llamo Soledad García Fernández. ¡Ay!

 

REMEDIOS - ¿Soledad? Qué raro. Yo no te tengo aquí anotada. ¿Tú has pasado por la consulta de UROLOGÍA?

 

SOLEDAD – No. A mí me ha traído una ambulancia a noventa por hora, y una enfermera me ha acompañado hasta aquí, y me ha dicho que entre en este cuarto, que aquí me iban a atender por URGENCIAS.

 

REMEDIOS - ¡Ah, ya!  ¿Y qué te pasa? ¿Tienes un dolor de lumbalgia o algo? Porque, para eso, hay unos calmantes muy buenos.

 

SOLEDAD - ¡Ay, yo qué sé!  Yo lo que sé es que estoy muy mala.

 

REMEDIOS – Sí, pero todo el que está malo sabe lo que le pasa o donde le duele, ¿no?

 

SOLEDAD - ¡Ah, sí! A mí me duele mucho aquí atrás, y me ha dicho la otra enfermera que a lo mejor, lo que tengo es una piedra,  y que a lo mejor me tienen que ingresar.

 

REMEDIOS - ¿Una piedra?  ¡Ah! Entonces, se trata del riñón, ¿no?  Porque, como tú tienes la mano izquierda en la zona del riñón…

 

SOLEDAD – Será eso. ¡Ay, qué malita estoy!

 

REMEDIOS – Oye, Soledad, ¿tú padeces de cólico nefrítico?

 

SOLEDAD - ¿De qué?

 

REMEDIOS – ¡Que si tú ya has sufrido otras veces del dolor de piedra?

 

SOLEDAD - ¡Ay! Yo no me acuerdo, pero a mí me han ingresao’ muchas veces, porque yo tengo de tó’, y cuando no estoy mala de una cosa, estoy mala de otra enfermedad. ¿Comprende usted? ¡Ay! ¡Ay, qué malita estoy!

 

REMEDIOS – Bueno, pues, ahora, te vas a sentar aquí, y yo me acerco un momentito a preguntar al médico si te puedo poner un gotero con un calmante fuerte para quitarte ese dolor, ¿de acuerdo? Pero yo no tardo nada.

 

SOLEDAD – Pero… ¿no me van a ingresar? ¡Ay! ¡Ay, qué dolor!

 

REMEDIOS -  ¿Ingresar? No, mujer. Si no traes los papeles de ingreso, no creo que te tengan que ingresar. Si tú, lo que tienes, es una piedrecita en el riñón, pues, con el gotero se te puede pasar el dolor, y pa’ tu casa.

 

SOLEDAD - ¡Ay, con lo malita que estoy yo! Y si me echan pa’ mi casa y esta noche me pongo malita otra vez, ¿qué pasa? Porque yo, cuando me pongo mala, siempre me ingresan.

 

REMEDIOS - ¡Hombre! Pues, llamas al médico de guardia y él te pedirá otra ambulancia para que te traigan por URGENCIAS. Y si el médico de aquí lo ve oportuno, pues, a lo mejor te ingresan para hacerte una analítica, ecografía, y las pruebas que hagan falta. ¿Comprendes?

 

SOLEDAD - ¡Ay, yo no! Yo, lo que sé es que estoy mu’ malita, y yo no quiero irme a mi casa hasta que no pasen unos días, que yo, ya me vaya encontrando un poquito mejor.

 

REMEDIOS – Bueno, vale. Pues, te sientas aquí, y yo se lo digo así al médico. Y no te preocupes, porque, una de dos, o te ingresamos de urgencia, o a mí me mandan al paro, porque  con el urólogo que está hoy, llevo una mañana que pa’ mí se queda.

 

SOLEDAD – Y si el médico dice que me tienen que ingresar, estaré aquí por lo menos unos cuantos días, ¿no?

 

REMEDIOS - ¡Hombre! Depende. Porque esto no es el HOTEL CERVANTES de Torremolinos, ¿eh? Aquí, hacemos lo que podemos para tratar de aliviar a los pacientes, pero si no hay motivo, en el mismo día,   les dan el ALTA, y adiós buenas tardes. A menos que tengan que operarte. Entonces, tienes aquí para unos cuantos días, y con PENSIÓN COMPLETA.

 

SOLEDAD - ¡Operarme? ¿Y, por qué? Si yo, lo que creo es que con tres o cuatro días aquí en el hospital, y comiendo blandito y con mi zumito y un vasito de leche con tres galletas por la  noche, seguro que me pongo buena. ¡Ay! ¿Por qué me pondré yo tan mala Dios mío?

 

REMEDIOS – Ya veremos. Anda, siéntate ya, que no te conviene estar mucho tiempo de pie (Le ayuda)

 

           (A esto, entra Consuelo bruscamente y abriendo los brazos en señal de extrañeza y disgusto)

 

CONSUELO  - ¡¡Mamá!!  ¡Por Dios y la virgen! ¡Qué te ha pasao’ esta vez?

 

SOLEDAD - ¡Ay, hija! Que estoy mala, y me han tenío’ que traer en una ambulancia.

 

CONSUELO - ¡Otra vez? ¡Vaya por dios, mamá! Es que me llamó la vecina a la tienda y me dijo que te vio subir a la ambulancia, y he tenido que cerrar y salir pitando para acá y toda preocupada. Bueno, dime. ¿Qué es lo que te pasa ahora?

 

SOLEDAD - ¡Ay, hija! ¡Yo qué sé! Que estoy mala.

 

CONSUELO – Sí. Eso es lo que tú dices siempre. Pero, ¿qué te duele?

 

SOLEDAD - ¡Ay, yo no sé! Yo, lo que sé es que tengo una cosa aquí detrás que yo no la he tenío’ nunca. ¡Ay!

 

REMEDIOS – Sí. Por lo visto, debe de tener una piedra en el riñón. Aunque ella dice que nunca ha sufrido de cólico nefrítico.

 

CONSUELO - ¡Ay, perdone! Soy Consuelo, la hija de Soledad. Pues no. Ella nunca ha tenido dolor de piedra. Y me extraña mucho, porque ayer la llamé y no me dijo nada.

 

REMEDIOS -  Es raro, ¿eh? Porque, siempre se notan algunas síntomas. Ya sabe…Retención de orina, algo de náuseas, y a veces, otras molestias.

 

CONSUELO – Oye, mamá. Estoy pensando… oiga, señorita, ¿Por casualidad le ha preguntado mi madre si la van a ingresar?

 

REMEDIOS – Pues sí. Ya me lo ha preguntado dos veces. Y le he dicho que eso solo puede decidirlo el médico que la vea. Es que a mí me parece que aquí, su madre, se ha creído que esto, en vez de un hospital es el Balneario de Lanjarón.

 

CONSUELO - ¡Lo ves, mamá? ¡Otra vez haciendo de las tuyas, no?

 

SOLEDAD -  ¡Ay, hija! Es que una, encima de que un vive sola, una ya no puede ni ponerse mala.

 

REMEDIOS(Con retintín) Ay, ay, ay… Ya me estoy oliendo algo Consuelo, ¿usted me puede explicar lo que está pasando aquí?

 

CONSUELO – No, verá, señorita. Es que yo a mi madre la conozco muy bien. Y algunas veces, sobre todo, ahora que se acerca las navidades, se hace la enferma para que yo y mis hermanos lo dejemos todo y vengamos a acompañarla y atenderla en el hospital, y ya, cuando le hacen todas las pruebas al cabo de una semana, pues no le encuentran nada y le dan el alta, aunque ella dice que está muy malita, y cuando nos venimos a dar cuenta nos dan aquí las Navidades y los Reyes Magos.

 

Y todo, porque ella, aunque se llama Soledad, no sabe ni quiere  estar sola, y aquí nos tiene, como siempre, a sus hijos como si fuésemos sus criados, y sus enfermeros, y nuestra familias que se las apañen, porque a ella les importa un rábano.  

 

REMEDIOS - ¡Vaya, vaya! Desde luego… esto parece un sainete de los Álvarez Quintero. ¡Pues, venga, Soledad! ¡Pa’ tu casa! Y no voy a dar informe de esto porque te puede costar hasta la tarjeta de la Seguridad Social. Pero que no te vea más por aquí haciéndote la enferma, ¿eh? Que llamo al Psiquiatra y te manda a un manicomio, que allí no vas a estar solita, y si quieres, hasta te puedes tirar a la piscina cuando esté sin agua.  

 

¡Venga! Consuelo, llévesela, por favor, antes de que me enfade de verdad, que tengo otros pacientes esperando. ¡Y menos mal que no he preparado ni le he puesto ningún gotero,  porque, si pasa algo,  me podría haber costado un mes de empleo y sueldo. Suerte que usted ha llegado a tiempo para explicarme lo del teatro que hace, aquí, su madre.

 

Y, si a su madre no le gusta estar sola, ¿por qué no se mete en el grupo de teatro del Hogar del Pensionista? A lo mejor tenemos aquí otra María Guerrero, y no lo sabemos.  

 

    (Consuelo le ayuda a levantarse, y van saliendo mientras que Soledad va mirando al suelo y gruñendo)

 

¡Ay! ¡Qué vida esta! Que una ya no puede ni tener un dolor, con lo mayor que es una.

 

REMEDIOS - ¡Oye, Soledad! A ver si te pones la manita en su sitio, ¿eh? Que al entrar, tenías la mano puesta donde está el riñón izquierdo, y hora, llevas la mano derecha donde tienes el riñón derecho.  

 

SOLEDAD - ¡Bueno, y qué pasa? ¿Es que a una no le pueden doler los riñones, o qué?

 

CONSUELO – Sí, mamá, pero tú has venido de URGENCIA porque decías que tenías un dolor de piedra, y eso se da en un riñón, pero no en los dos a la vez.

 

 ¡Anda, vamos! Que me has hecho perder un día, y menos mal que esta vez no he llamado a mis hermanos, que están a muchas horas de aquí.

 

REMEDIOS - ¡Ay, Dios mío! Yo, sí que me voy a poner mala como vengan muchos pacientes como estos. Bueno, a ver si viene ya Ramona y le pongo el gotero para que vayamos adelantando, que todavía quedan dos más.

 

           (Ahora, entran Ramona y Socorro)

 

 ESCENA SEGUNDA

 

RAMONA - ¡Ay, hija, qué mal rato he pasao’ ¡

 

REMEDIOS -  ¡No me diga! ¿Qué ha ocurrido?

 

SOCORRO – No, que mi madre se metió en el váter para hacer sus necesidades, y se ha sentido muy mal y muy incómoda, y encima, lo que vio pintado  en la puerta, por la parte de dentro.

 

REMEDIOS - ¿En la puerta?  ¡Y qué es lo que ha visto en la puerta? ¿Un retrato de Frankestein, o algo? Como estamos casi en la fecha del Halloween ese…

 

SOCORRO -  No. Nada de eso. Anda, mamá. Cuéntaselo tú.

 

RAMONA - ¡Lo de la puerta? ¡Ay, hija, por Dios, qué vergüenza!  ¡Y en un hospital!  Que si hubiera sido en el parking de la Alameda… Pero,  en un hospital… ¡Por Dios!

 

REMEDIOS - ¡Y qué es lo que te ha pasado?  A lo mejor es que alguien se quedaría sin papel, como ha pasado otras veces, y ha tenido que usar la puerta, ¿no?

 

RAMONA – No, no. Ojalá hubiera sido eso. Es que entro en esa porquería de váter, que es más chico que la caseta de in caniche, y cuando me bajo las bragas y me siento a hacer mis necesidades, porque yo ya no podía aguantar más, veo escrito en la puerta, así, con letras muy grandes, unas cosas que, ¡vamos! ¡Que se me quitaron las ganas, y así, del susto, me quedé así, como si estuviera estreñía’!

 

REMEDIOS - ¡Ah, sí? ¿Y qué era, algo irreverente, o algún insulto al Rey, o algo así?

 

RAMONA  - ¡No, no!  ¡Qué coño al Rey! Me estaban insultando a mí.

 

REMEDIOS - ¡A ti?  ¡No me digas! ¡Y qué es eso escrito en la puerta  que te dejó tan estreñía’?  ¿Qué te iban a quitar la pensión, o algo?

 

RAMONA   - ¡No!  ¡No es ná’ de eso! Ahí ponía: “¡¡GUARRA!!            “¡¡ CAGONA  DE  MIERDA !! ”

 

REMEDIOS -  (Ya, cubriéndose la boca para ocultar la risa) ¡Hija, por Dios! Pero… ¡Quién puede haber escrito eso, si aquí en el hospital no te conoce nadie! ¡Verdad que no?

 

SOCORRO - ¿Verdad, usted? Eso le he dicho yo, que el maleducado o maleducada que ha escrito eso, no tiene por qué referirse a ella, porque aquí entran muchas mujeres, ¿verdad?

 

REMEDIOS - ¡Claro, Ramona! Que eso, a lo mejor no va por ti, mujer. Lo que pasa es que hay gente que no tiene escrúpulos y siempre están haciendo tonterías, como eso de escribir guarradas como esa. Y nunca mejor dicho.

 

SOCORRO – Sí, pero el problema es, que aquí, mi madre, la cagona, al leer aquello, creyó que la estaban insultando a ella, y se llevó una mala impresión. Y no se le ocurrió otra cosa que llamarme a gritos: ¡¡Socorro, socorrooo!!

 

    (Remedios la escucha boquiabierta)

 

SOCORRO -  ¡Claro! Alguien que habría en los lavabos salió al pasillo a pedir ayuda. Y en un minuto, había allí, dos mozos y varios enfermeros. Y, los pobres, sin saber qué hacer, porque, si tiraban la puerta abajo podrían haber dejado a mi madre estrujada en la pared como la pantera rosa.

 

Entonces, alguien le preguntó: ¡Qué le pasa, señora? ¿Se ha quedado usted atascada en el inodoro, o algo?  Y mi madre, por fin, les contestó muy nerviosa: No, es que estaba llamando a mi hija, que estaba por ahí, por los pasillos, o en la puerta de URGENCIAS, fumando un cigarro.   

 

Y un enfermero le preguntó: ¿Y cómo se llama su hija? Y ella, le dijo, elevando un poco la voz: ¡Socorro!

 

Entonces, la gente, bastante inquieta ya, se miraban unos a otros, preguntándose  ¿Qué le pasara? El mismo enfermero le volvió a preguntar: ¿Y, ahora, qué le pasa a usted? Entonces, ella le dijo: ¡No, que le estoy diciendo que me hija se llama Socorro!

    

Algunas personas que habían acudido a ayudar, se reían, aunque tapándose la boca.  Y los enfermeros, ya se calmaron, diciendo cosas como… “¡Vaya por Dios!” ¡Menos mal, que no le pasa nada malo!  Y ya, uno de ellos, para tranquilizarla, le dijo: Bueno, no se preocupe, señora, que a mí me ha parecido haber visto a una mujer fumando en la puerta, y se la traigo ahora mismo.

 

Entonces, me avisaron, y ya pude acudir, corriendo, para tranquilizarla, y le dije que eso que ella estaba leyendo en la puerta, era una gamberrada y no tenía por qué tomarlo así, con ese disgusto.

 

         (Remedios, ya no podía más, y rompió en carcajadas)

 

REMEDIOS - ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, Dios mío! ¡Esto es la monda! ¡Ja, ja!  Perdone que me ría, pero es que esto parece una película de Martínez Soria. ¡Vamos! Si no me lo cuenta usted, no me lo creo. ¡Claro! Es que, también… con ese nombre que usted tiene, me lo creo todo.

 

SOCORRO – Sí, hija, sí. Muchas veces, que le pregunto a mi madre, que por qué me bautizaron con ese nombrecito. Porque, ¡mira que hay nombres para una mujer! Y ella me dice que lo decidió mi padre, porque, cuando vieron que el parto venía un poco complicado, le pidieron el milagro a la Virgen del Perpetuo Socorro.

 

RAMONA - ¡Y es verdad! ¡Qué quieres que te diga?

 

REMEDIOS - ¡Hombre! Si fue por eso, el nombre está bien puesto. Fíjese en mi nombre: “Remedios”. ¿Y quién me iba a decir a mí, que yo, al final, iba a ser enfermera, que me llevo todo el turno poniendo sondas y toda clase de remedios… ¡Como el gotero, por ejemplo!

 

SOCORRO – Sí. Es verdad. Pero usted no tiene idea de la de problemas que me ha mi nombrecito. Fíjese. Un día fuimos de excursión a Granada, y aquí, la señora Ramona, se quedó parada viendo un escaparate. Yo, inconsciente, pensaba que ella iba a mi lado, o me seguía detrás. Cuando gira, y no me ve entre tantos transeúntes, empieza a llamarme a gritos, toda alterada y  con la mano en el pecho: ¡¡Socorro!! ¡¡Socorroooo!!

 

En unos minutos, estaba allí la policía, una ambulancia, y un montón de curiosos que la miraban sin saber qué hacer. Se puede usted imaginar cuando yo acudí a reunirme con ella, y expliqué a aquellas personas lo de mi nombre, los policías y los enfermeros hacían gestos de indignación, y la gente riéndose a carcajadas.

 

REMEDIOS - ¡Ja, ja! Es que, hija, lo de su nombrecito… es que se las trae.

 

Bueno, anda, Ramona, siéntate para que te ponga el gotero de una vez, que tengo mucho que hacer.

 

RAMONA - ¡Eso? ¡Y pa’ qué?  Si yo, ya no tengo las cagaleras esas. Yo me voy a mi casa, que allí es donde yo me pongo buena.

 

REMEDIOS - ¡Eso! ¡Mira qué bien! Y ahora, ¿qué puñetas hago yo con este gotero que tiene ya el medicamento para cortarte la gastroenteritis?

 

RAMONA – Po’ mejor me lo guarda usted pa’ otro día, ¿no? Porque, a lo mejor un día de estos, me pongo con las diarreas estas tan malas, y tengo que venir aquí otra vez por URGENCIAS, ¿no?

 

REMEDIOS - ¿Que te la guarde? ¡Pero, Ramona!, ¡Tú te crees que un gotero es como una lata de coca-cola que se mete en el frigo y aguanta hasta los carnavales de 2020? ¡Por Dios!

 

¡Bueno, anda! Vete a tu casa, y si allí te entran ganas, por lo menos en tu cuarto de baño no te vas a encontrar eso de “guarra y cagona”, ni cosas de esas, y ya podrás evacuar sin problemas. Y ya, cuando te limpies la tripita, verás como te sientes mucho mejor.

 

RAMONA – Eso mismo digo yo. Venga, niña, vámonos, que tengo que hacer la comida.

 

REMEDIOS – Vale, pero ten cuidado con lo que comes hoy, no te vea yo por aquí otra vez cagándote por las patas abajo, y en vez de un gotero, lo que vas a necesitar es una  transfusión.    

 

RAMONA - ¿Quién, yo? ¡Ni hablar! Ni un gotero ni una “ infusión”  de esas, que me suelte la tripa más todavía.   Ahora, cuando llegue a mi casa, me tomo dos yogures y se me quita esto pa’ siempre.

 

REMEDIOS – Vale. Pero que no estén caducaos’ ¿eh? Porque, si están pasados de fecha, te puedes ir de varetas y te vas a quedar más  blanca que la leche del yogur.

 

SOCORRO – Bueno, adiós, y perdone las molestias.

 

REMEDIOS – No. No es molestia, mujer. Lo que es una molestia es que las limpiadoras ya se han marchado, y ahora tengo yo que refregar y limpiar con alcohol eso de “guarra y cagona”, antes de que nos denuncien, que hoy, por denunciar, y pedir una indemnización, cualquier cosa vale. ¡Ea! ¡Adiós, adiós!

                 

                

 (Ambas, madre e hija, salen del escenario, mientras Remedios murmura)

 

REMEDIOS – Estas cosas, nada más que me ocurren a mí. ¡Ea! Ahora, además de enfermera, ya, hasta de empleada de la limpieza. ¡Quién sería el que me aconsejó a mí que estudiara Enfermería?

 

SE CORRE EL TELÓN

 

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

Se abre el telón.

 

   (Remedios se encuentra poniendo orden en el cuarto del gotero. Hace gestos de sentirse de mal humor tras soportar a “pacientes” nada normales. A esto, aparece Federico asomando la nariz y portando un botellín de agua en la mano izquierda, y su bastón en la derecha) 

 

FEDERICO -  ¿Se puede?

 

REMEDIOS – Adelante

 

FEDERICO – (Ya entrando tímidamente)  Mu’ buenas. Oiga, ¿este es el cuarto ese del gotero?

 

REMEDIOS – No. Este es el cuarto de la silla eléctrica, ¡No te joe’? ¿Es que no ves los goteros, o qué?

 

FEDERICO - ¡Hombre! Es que a mí me dijo el médico que viniera aquí al cuarto este, porque me iban a poner un goterito.

 

REMEDIOS – Pues, claro. Y este es el goterito que acabo de preparar y que te voy a poner ahora, si no te importa. Anda, dame el bastón para que no te moleste.

 

 (Federico le entrega el bastón que Remedios cuelga de una percha, o coloca sobre la camilla o en la pared, y se queda apoyado en el sillón de los pacientes, mirando el gotero y poniendo cara de desconfiado)

 

FEDERICO – Sí, pero yo creía que era un goterito de esos, como el que le ponen a mi cuñao’ en el ojo pa’ lo de la mosca.

 

REMEDIOS - ¿La mosca? Ah, ya. Que tu cuñado tiene cataratas, ¿no?

 

FEDERICO – Sí, eso. Una cosa de esas.  Yo, lo que sé, es que tenía una mosca en el ojo izquierdo, y decía que no se estaba quita ni un segundo. Y por eso, le estarán echando las gotitas esas, a lo mejor, pa’ que la mosca esa, asquerosa, de tanto mojarse, coja una pulmonía o se “ ajogue’ ” ya, de una puñetera vez, y lo deje ya tranquilo.

 

REMEDIOS -  ¡Ji, ji! No me hagas reír, Federico. Porque, si no me equivoco,  tú eres Federico… (Mirando en sus papeles) Federico Ramos, ¿no?

 

FEDERICO – “Ji, jeñor” Pa “jervir” a Dios, y a usted.

 

        (A esto, entra Esperanza, que “supuestamente” se había entretenido recogiendo los papeles de la nueva cita con el urólogo.  Lleva el abanico en su mano derecha porque acaba de sufrir un fuerte sofoco)

 

ESPERANZA – Perdone, que es que tuve que esperar un poquito a que la secretaria me diera la cita para el mes que viene.

 

REMEDIOS - ¡Ah, vale!  No pasa nada. Aquí estaba escuchando un poco a Federico antes de ponerle el gotero, que le va a venir muy bien para los huesos.

 

FEDERICO - ¡Cómo ha dicho usted, que esto es pa’ los huesos? ¡Pa’ qué huesos?

 

REMEDIOS - ¡Coño, Federico! ¡Pa’ que huesos va a ser? ¡Pues, para  los tuyos! ¡No va a ser para los míos, no?

 

FEDERICO - ¡Pa’ los míos? ¿Ha dicho usted pa’ mis huesos?  Pero, si a mí lo me dijo el médico es que lo que yo tengo  una “cosa mala” en eso   que tenemos los hombres por ahí abajo. ¿Cómo era, chati?

 

ESPERANZA  y  REMEDIOS  (Al unísono y con retintín)  ¡La próstata!

 

FEDERICO - ¡Eso! La “póstata” esa, o como se llame.

 

FEDERICO – (Ahora, dirigiéndose a Remedios) Pero, “jeñorita”,  yo me pregunto. ¡Qué puñetas tiene que ver esa cosa de ahí abajo con los huesos? Usted, no se habrá equivocao’ ¿no?  No me vaya a pasar a mí algo malo, y después, a ver dónde reclama uno.

 

Que cuando le vayan a dar el dinerito a mi mujer, a lo mejor ella está ya    conmigo bajo tierra. Y nosotros, como no tenemos zagales. ¡Vamos! Que pa’ no tener,  no tenemos ni un sobrino. Lo único que tenemos son,  las vacas y las cabras. Pero digo yo… Esos animales,  ¿Pa’ qué coño quieren una “demnización” o como se llame eso que paga el gobierno?  

 

REMEDIOS – No, Federico, hijo. Deja que te lo explique, y deja tranquilas a las vacas y a las cabras, que aquí, todo lo que hacemos es por tu salud. Mira. Es que el urólogo dijo que eso malo que te ha salido ahí, en la próstata, te ha afectado a los huesos. Y por eso, te tenemos que poner el gotero. ¿Lo vas comprendiendo ya, o quieres que te haga un dibujo?

 

FEDERICO - ¡Ah, sí? ¡Coño! Po’ yo creía que yo, lo que tenía era una enfermedad, pero ahora resulta que tengo dos, ¿no? ¡ Po’ anda que está buena la cosa!  Si llego a saber esto, yo, aquí, no vengo. Y si tengo que mear treinta veces al día, ¡como si meo cincuenta!  Que allí, en medio del campo…  ¡Quién me va a echar a mí una multa? Como no sea que haya un municipal disfrazao’ de cabrito o de “toro miura”, detrás de un árbol…Que usted sabe que hoy en día, los guardias, por sacar dinero, son capaces de ponerle una multa a un cabrero hasta por echar una “meá” en medio del campo.  

 

Y además, a mí no me da vergüenza, porque  las únicas que me ven meando son las cabras, y como están ya  más que acostumbrás’...

 

REMEDIOS – Sí, pero tú no te preocupes, que para ese problema ya te han puesto un tratamiento. Que lo que yo te voy a poner ahora, que es un tratamiento muy bueno, es para que los huesos se te pongan bien fuertes. . Ya lo verás.

 

FEDERICO - ¡Cómo que ya lo veré? ¡Hombre, por Dios! ¡Pero si yo tengo los huesos más duros que los de un elefante! 

 

                         (Ahora, se toca las rodillas)

 

¡Mire, mire! Toque usted aquí. A ver si usted ha tocao’ alguna vez unas rodillas como estas. ¡Pero si yo, cuando voy al campo pa’ traé’ la cebá’, en vez de subirme yo encima de la burra, es la joía’ burra la que se sube encima mía!

 

¡Vamos! Que le voy a tener que reñir un día, porque se está poniendo mu’ pesá’, que se ha creío’ la burra que yo soy su padre. ¡Claro! Eso me pasa por haberla mimao’  demasiao’.

 

Y si usted no me cree, llame usted al “Cipri” y le pregunta si es verdad o no. Que todavía me duelen los riñones del día aquel que tuvimos que llevar la burra al veterinario. Que diga el “Cipri” quién era el que llevaba a la pobrecita burra en los brazos. Y anda, que la burra ya pesaba lo suyo, eh?

 

REMEDIOS - ¡Ji, ji, ji! Perdona que me ría, Federico. Es que estas cosas que pasan con los burros me hacen mucha gracia.

 

FEDERICO - ¡Coño, pero si es verdad! ¡Que no es mentira lo que le estoy diciendo!

 

REMEDIOS – Que sí, hombre, que yo te creo. A ver, Federico. Siéntate aquí. Pero, antes, ve quitándote la ropa.

 

FEDERICO – (Con gesto de desconfianza) ¿Que me quite la ropa? ¡Qué ropa?

 

REMEDIOS - ¿Cuál va a ser, hombre? (Ahora, tocándole en el brazo) Este chaquetón, que en vez de una chaqueta, parece un chaleco anti-balas, y ese jersey, también. Y luego, ya te puedes remangar la camisa para que te pueda pinchar, porque veo que no te han puesto la vía.  

 

FEDERICO – (Mientras se va quitando el grueso chaquetón)  ¡La vía? ¡Pero, qué vía?  ¡Si nosotros hemos venío’ en el autobús del pueblo! ¿Verdad, Espe?

 

ESPERANZA  –  Anda, Fede. Deja a la enfermera, que ella sabe muy bien lo que dice.

 

REMEDIOS – Sí, Federico. Mira. Yo me refiero a la vía para poderte poner el gotero este con tu medicamento, ¿comprendes?  ¡No va a ser la vía del TALGO, no?

 

FEDERICO – Pero… entonces, esto que me van a poner a mí… ¿por dónde pasa? ¿Por un vía?  Yo creía que era una cosa como una “indición” de esas, y ya está, ¿no?

 

ESPERANZA – (Guardando el abanico en el bolso que cuelga de su hombro y tratando de ayudar a su marido a quitarse la ropa)

 

¡Anda, Fede! Dame ya la chaqueta y ese jersey, y no entretengas más, aquí, a la enfermera, que ya ella sabrá lo que tiene que hacer, que aquí viene mucha gente como tú todos los días, ¿verdad, señorita?

 

REMEDIOS - ¡Hombre! Como él, como él…  afortunadamente, no. ¿Qué quiere que le diga?  

 

ESPERANZA -  Anda, Fede. Deja ya que la enfermera te ponga lo que sea, que nos va a dar las cinco de la tarde con tanas preguntitas. Que me ha dao’ un sofoco mu’ grande, y como me dé otro como este, te vas a tener que quitar de ahí y ponerme yo pa’ que me echen un gotero por la cabeza, porque de un momento a otro, voy a parecer “El coloso en llamas”.

 

                  (A esto, Esperanza pide permiso para salir)

 

 ESPERANZA - ¡Uy! Perdone. Con su permiso, voy un momentito al servicio, y enseguida vuelvo.

 

    (Pero, saliendo, se la ve claramente como saca de su bolso una cajetilla de cigarrillos)

 

REMEDIOS  - ¡Ah, señora! Un momentito, que le tengo que decir una cosa. Si entra en uno de los váteres y ve en la puerta una cosa muy fea escrita en letras grandes, no haga usted caso, que eso no va con usted, ¿eh? Es que las limpiadoras están en la planta de arriba, y no les ha dado tiempo de bajar, pero ya están avisadas.

 

ESPERANZA - ¡Vale, vale! Pero, si veo algo, salgo, y me voy un minutito a la puerta a tomar el fresco, que me va a venir muy bien. Y ya, en casa, iré al servicio más tranquila. No tardo nada.

 

     (Sale Esperanza, con la tranquilidad de la que no piensa entrar en los servicios para nada)

 

REMEDIOS – ¡Ah, muy bien! Pues nada, Sigamos con el amigo Federico, que ya esto se está prolongando mucho y hay otros pacientes esperando.

 

REMEDIOS – Verás, Federico. Te voy a poner una inyección como tú dices, pero no con una jeringuilla, porque  esto es un frasco con un medicamento mezclado con mucho líquido. Una cosa así como un litro de la CRUZCAMPO, ¿comprendes?

 

Y por eso, te lo tengo que suministrar con un gotero “gota a gota”, que por eso se llama así. Y, como a mi compañera, la que te ha extraído la sangre para tu analítica hace un rato, se le ha olvidado ponerte la vía para yo poder ponerte el gotero, pues  tengo que volver a pincharte yo. Y así, te llevas dos pinchazos por el precio de uno. ¿Comprendes?  Pero, no te preocupes, que es un pinchacito de nada y no te vas a dar ni cuenta.

 

Además, un hombretón como tú, que es capaz de coger una burra en brazos para llevarla al veterinario, es capaz de soportar en el brazo, no un pinchazo, ¡Y hasta un hachazo! ¿Verdad, Federico?

 

FEDERICO  -   Bueno, vale (Mirando al gotero) Y esa cantidad de agua, o de líquido de lo que sea, ¿pa’ qué es?

 

REMEDIOS – Pues, ¿pa’ que va a ser, Federico? El medicamento es pa’ los huesos, y el líquido es el que hace que esa medicina te vaya entrando en el flujo sanguíneo, “poquito a poco”.

 

FEDERICO - ¡Bueno, vale! Si esto no va a tardar mucho. Porque, como tarde un buen rato, lo mismo me entran ganas de mear, que nunca he meao’ más en mi puñetera via’, y esto lo pueo’ poner… ¡hecho un asquito!

 

Y a ver quién es el guapo que se va corriendo al váter con esto a cuestas. No es por ná’, que este cacharrito, al lao’ de mi burra, no pesa ná’, pero si se parte o algo…

 

REMEDIOS – No te preocupes, que si te entran muchas ganas, tú me pegas un grito de esos, como los que pegas en el campo para llamar a las cabras, que yo me entero, y te traigo un orinal de cinco litros. Y ahí, ya puedes mear… ¡Bueno!, que puedes orinar todo lo que quieras, y te quedas más a gusto que un camello.

 

FEDERICO - ¿Lo ve, usted? A lo mejor, a un camello le vendría mejor el cacharro este, pero a mí, que tengo los huesos de “jierro forjao’ “ …

 

REMEDIOS – Mira, Federico. Yo te iba a poner un gotero, que eso es lo que está aquí recetado en los papeles. Pero, como tú sigues en ese plan,  y a ti, ni te duelen los huesos, ni te duele nada, mejor paso un momentito a decírselo al médico, por si él prefiere que te vea el especialista, y si él, cuando vea la gamma no le da importancia, pues, que te recete una caja de calcio o algo, y dos yogures por la noche, y ya no tienes que volver hasta el año que viene.

 

Además, que si te tienen que operar y te tienen que quitar un trocito de hueso, hoy, la cirugía está avanzando mucho, y con el teflón ese, y el titanio, ya hay gente que se siente muy bien, y aguantan… no digo una burra, ¡ Y hasta un carro cargao’ de melones!

 

      (Ahora, vuelve a entrar Esperanza después de haber fumado medio cigarrillo)

 

ESPERANZA - ¡Ea, ya estoy aquí!  Entonces… ¿No le ha podido poner el gotero a mi marido?

 

REMEDIOS – No, mire. No le he podido poner el gotero todavía porque le estoy explicando que es para la metástasis de los huesos, y él no me entiende, y está todavía queriéndome convencer de que tiene los huesos de un elefante. Y, además, para convencerme, me ha contado lo que le pasó con su burra, que por cierto, me ha hecho un montón de gracia.

 

ESPERANZA -  ¡Uy, Fede, por Dios! ¡Cállate ya! (Abanicándose de nuevo) ¡Cómo se te ocurre decirle esas cosas, aquí, a la enfermera! ¡Por Dios! Tú, fíjate, que yo, na’ más de pensar en lo que le has contado, me ha dao’  otro sofoco, y esta vez, de los gordos.

 

FEDERICO - ¡Coño, pero si es verdad! Y si no me cree, que se lo pregunte al “Cipri”. ¿Es que tú ya no te acuerdas del día aquel en que tuvimos que llevar la pollina al veterinario. Que diga el “Cipri” quién era el que llevaba a la pobrecita burra en los brazos. ¡Y anda, que la  burra pesaba ya… ¡tela del telón!

 

ESCENA 4ª

 

(A esto, entra en escena Marcelino, otro “paciente”. Este, en una silla de ruedas de hospital, porque no se tiene en pie de la borrachera que tiene desde muy temprano. Detrás de él, su esposa Angustias  conduciendo la silla con Marcelino inclinando la cabeza hasta hundirla en el cuello. Esperanza cumple con un simple “buenas”)

 

REMEDIOS - ¡Ah! Ya tenemos aquí al último paciente del día. Porque, tú eres Marcelino, pan y vino, ¿verdad?  ¡Uy, perdón! Es que yo esa película la he visto tantas veces, que cuando alguien dice que se llama “Marcelino”, yo, casi sin saber por qué, me sale eso de “pan y vino”. Es como cuando un cura o una monjita de esas del convento donde venden las tortitas pardas y los alfajores, oyen a alguien que dice “Ave María Purísima”, y ellos contestan: “sin pecado concebida”. Ustedes lo comprenden, ¿verdad?

 

ANGUSTIAS  – Sí, sí. No se preocupe, que no tiene importancia. Él está ya acostumbrado. Además, hoy está tan estropeaillo’ que casi no se entera de nada.

 

REMEDIOS – Bueno. Pues nada, Marcelino. Ponte aquí, en este lado, que enseguida vengo a ponerte el gotero. Es que han ido a buscar el “tratamiento”, pero no creo que tarden mucho.

 

MARCELINO – (Sin mover la cabeza y con los ojos casi cerrados) Ya, ya.

 

FEDERICO - ¡Anda! ¿Lo ves, chati? ¿No ves la cara que trae este hombre?  Pa’ eso le van a poner también el gotero, porque está ya listo de papeles. Vamos, que le quea’  “un cuarto de hora”. Que como tarde mucho la enfermera en ponerle el “tratamiento”, este se va al otro barrio casi sin darse cuenta de ná”.  

 

ANGUSTIAS -  ¡Oiga, oiga! Tampoco hay que exagerar, ¿eh? Que mi marido tiene un problema mu’ gordo, pero de eso, a morirse… Además, que pa’ eso hemos entrao’ aquí, por orden del médico, pa’ que le pongan un tratamiento, que dice que va estupendamente.

 

FEDERICO - ¿Ah, si? ¿Y qué le pasa a este hombre? ¡También está malo de la “póstata” esa, como yo? Se lo pregunto a usted porque se le pregunto a él, no se va a enterar. Na’ más que hay que ver cómo tuerce la vista. Es que parece como si estuviera… (Haciendo el gesto del que está “cargado” de alcohol) un poco así… como “piripi”, ¿no?

 

ESPERANZA  – Fede, no vayas a empezar, que te conozco. Que todos los días no va a pasar lo que le pasó a tu cuñao’ Vicente.

 

FEDERICO - ¡A mi cuñao’? ¡Uf! Mejor que no se lo cuente.

 

REMEDIOS – No, hombre. A mí me lo puede contar todo, que una está ya acostumbrada. Además, que, aquí estamos para escuchar a los pacientes, que ya tienen bastante con sus enfermedades.

 

FEDERICO – No, es que mi cuñao’ se echó en la camilla esa pa’ una operación del estómago, y el médico ese que opera, ya tenía en la mano una sierra así de grande pa’ cortarle una pata.

 

REMEDIOS - ¡No me lo digas!  ¡Ji, ji, ji! ¡Vamos! Que no me lo puedo creer. ¡Ji, ji, ji! Perdona, pero es que eso es para revolcarse de risa. Perdón. ¡Ji, ji, ji!

 

ESPERANZA – No. Verá usted, señorita…

 

REMEDIOS – Señora.

 

ESPERANZA - ¡Ah! Eso… señora. Es que le entregaron al doctor una radiografía de otro paciente que tenía gangrena, y si no es porque un de las enfermeras se dio cuenta, hoy estaría Federico, el pobre, vendiendo cupones en la puerta del Mercadona.

 

REMEDIOS – Ya. ¡Ji, ji! Bueno, Federico, tú, tranquilo, que otro día, no sé, pero hoy, te vas a tu casa andando, y con tu bastoncito, como si nada, ¿eh?

 

ESPERANZA – No, Fede. Verás. Es que no te lo queríamos decir, pero es que tú tienes un cáncer de esos que salen en la próstata, pero es metastásico. ¿No se dice así, señora?

 

REMEDIOS – Sí, claro. Y la metástasis le ha afectado a los huesos.

 

REMEDIOS – Ahora, mientras yo salgo un momentito a por el producto del tratamiento, y a comentar al doctor el tema de Federico,  que Marcelino se vaya poniendo lo más cómodo posible, y que ponga la cabeza lo más levantada posible, y con la boca abierta, como su hubiera visto una araña en el techo. Yo tardaré unos cinco o diez minutos, más o menos.  

 

ANGUSTIAS – Oiga. Y si ustedes tienen ese producto aquí en el hospital,  ¿por qué va a tardar tanto tiempo?

 

REMEDIOS – No. Es que se trata de un… ¡Bueno! De una especie de medicamento, que es un poco especial, y muy poco habitual, y hay que traerlo de una… eso, de una farmacia de esas que tienen tanto los fármacos como otros remedios “naturales”, ¿comprende? Pero, vamos, que eso corre por cuenta de la Seguridad Social, ¿eh? Que ustedes no tienen que pagar nada.  Así que, vengo enseguida.

 

 (Ahora sale Remedios a coger el gotero que está en la sala de al lado)

 

ANGUSTIAS - ¡Vaya! Desde luego, Marcelino, eres especial para todo. Hasta para un medicamento. Cuando se lo cuente a mi cuñada, no se lo va a creer.

 

MARCELINO - ¡Qué dices? ¡Que no me entero de ná’!

 

ANGUSTIAS - ¡Claro! Tú, como siempre, que no te enteras. Pero, cuando te encuentras con un amigo en la calle Real, que te dice: “Marcelino, ¿entramos en el bar de Juanichi y nos tomamos una copita? De eso, siempre te enteras bien. Me río yo de los sordos.

 

ESPERANZA - Ah, pero, además, Marcelino… ¿es sordo?

 

ANGUSTIAS – Sí, mujer. Un poco. Es que se llevó trabajando muchos años en los Astilleros, y allí, con tantos golpes, y tanto ruido de las máquinas y de esas herramientas, se quedó un poco sordo. Como la mayoría de ellos.  

 

MARCELINO – (Hablando con la cabeza gacha) ¡Bueno! Ya está bien, que no tengo ganas de hablar. Lo que yo quiero es irme a dormir.

 

ANGUSTIAS  -  Que sí, hombre. No te preocupes, que cuando salgamos  de aquí, te podrás echar a dormir la mona y no te vas a despertar en una semana.

 

ESPERANZA  -  ¿Una semana ha dicho usted? Pues, la verdad es que a su marido, con lo “estropeaillo” que se le ve, no le vendría mal una semanita durmiendo la mona. 

 

ANGUSTIAS – No. Esa cara es la que tiene siempre. ¡Bueno! Tengo que salir un momento, pero vuelvo pronto. Ya sabes, Marce. Pórtate bien, ¿eh? Y como te ha dicho la enfermera, sigue mirando para el techo, como si hubieras vista una “salamanquesa” cazando moscas.

 

(Sale Angustias)

 

ESPERANZA – Bueno, Fede, a ver qué dice la enfermera, porque estoy viendo, que hoy, aquí, hemos perdido el tiempo, y te vas sin gotero, y encima tenemos que ver a este hombre, que no lo está pasando nada de bien.

 

     (Ahora, vuelve Remedios con el gotero para Marcelino. El líquido que contiene el frasco es de un color rojo sangre. Lo cuelga del soporte y hace como que toca la llavecita o palometa reguladora para que el “medicamento” vaya entrando en la boca de Marcelino)

 

REMEDIOS - ¡Bueno, pan y vino! ¡Uy, perdón! Se me ha escapado otra vez. Bueno, Marcelino, ahora te introduzco esta gomita en la boca, le pongo un trocito de esparadrapo para que no se te salga, y no creo que haga falta que me prometas que no te las va a quitar mientras yo salga por algún motivo. Como ahora, que tengo que ir a la consulta a hablar con el médico, y si a ustedes  (Dirigiéndose a Esperanza)  no les importa, le echan un vistacito, por si acaso. 

 

 De todas formas, usted, señora, o mejor… Federico,  que está acostumbrado, que me dé un bocinazo así “Remedioooooos” “Remedioooos”, y yo, que tengo buen oído, acudo rápidamente a ver si Marcelino se ha atragantado, que no creo, porque le he puesto un ritmo lento y el chorrito no es abundante sino “gotita a gotita”, que por eso esto se llama “Gotero”.

 

Y ahora vuelvo un momentito a la consulta que me están esperando.

(señalando a Marcelino) Y tú, Marcelino, chupa el “medicamento” poquito a poquito, y ya verás como cuando salgas de aquí con todo eso en el estómago, se te cura tu enfermedad para siempre.

 

        (Marcelino asiente ligeramente, mientras empieza a saborear su “medicamento”. Y sale Remedios)

 

FEDERICO – Oye, chati. Ahora, que no está la enfermera. A que no te has dao’ cuenta del medicamento ese que le ha puesto a Marcelino.

 

ESPERANZA - ¡Ay, Fede! ¡Y yo qué sé! Será una especie de medicina de esas nuevas. Aunque yo no he visto nunca un gotero con ese color tan rojo. ¡No será sangre, no?

 

FEDERICO - ¡Sangre? ¡Anda ya, mujer! Lo que pasa es que tú no puedes tener el olfato que yo tengo. Que los que trabajamos en el campo con el ganao’ tó’ el día, somos como los perros, que nos falta un cabrito, y sin verlo, por el olor na’ más, ya sabemos por dónde pue’ está’. ¿Tú me comprendes?

 

ESPERANZA - ¡Ah, sí? ¿Y tú, a qué hueles aquí?

 

FEDERICO - ¡A qué va a ser? A mí, me huele a un vino, pero de esos de categoría. Es más, yo diría que es un “Pedro Ximénez”, o un “Solera” de los más caros que hay.  

 

Desde luego… ¡No hay derecho! Yo, con lo que tengo, y con las ganas que tengo de tomarme un copita como Dios manda, y esta mujer me quiere poné un litro de líquido pa’ los huesos.

 

Y a este pobre hombre, que está de vino hasta las orejas, le hacen que se trague ná menos que una botella de vino de SOLERA 47, que con lo que vale eso, te tomas dos copitas al día, y si te descuidas, se te vuela la pensión. Desde luego, como decía mi abuelo: “Este mundo, es que está mu’ mal repartío’ ”. 

 

FEDERICO – (Observando a Marcelino cn gesto de estar analizando su rostro)  ¡Claro, Chati! Ahora caigo. ¡Cómo no lo he reconocío’ antes! Pero si este es… Marcelino!

 

ESPERANZA - ¡Pues, claro! Ya sabemos que este hombre se llama Marcelino. ¡Qué pasa? ¿Es que tú lo conoces?

 

FEDERICO - ¡Que si lo conozco? ¡Hombre, po’ claro! Este es Marcelino, el del “minino”.

 

ESPERANZA - ¿El del “minino”? ¿¿Qué minino? ¿Acaso es que tiene un gato tatuado en la barriga, o qué? Como ahora eso está de moda…

 

FEDERICO - ¡Que no, mujer! Que yo lo conozco de los años que estuve en el Astillero. Este hombre es Marcelino, el del “MININO”. ¿Verdad, Marcelino?

 

MARCELINO -  (Con la barbilla hundida en el cuello, y hablando con mcuha dificultad)  Sí, sí. Soy yo, soy yo.

 

FEDERICO - ¡Lo ves? ¡Claro, hombre! Ya decía yo…

 

ESPERANZA – Sí, pero, Fede, no le hables tanto que el hombre está chupando su medicamento y casi no puede ni hablar. ¿No lo ves?

 

                             (Pausa de unos segundos)

 

¡Oye, Fede! ¿Y por qué le dicen eso del “minino”? Porque eso, que yo sepa, se le dice a los gatos, ¿no?

 

FEDERICO – Sí, claro. Es que Marcelino, cuando se fue del astillero, por sordo, le dieron una pasta mu’ buena, y puso un bar allí, en el polígono. Y le puso de nombre “BAR EL MININO”.

 

ESPERANZA - ¿Ah, sí? Pues, vaya nombrecito más gatuno.

 

FEDERICO – Sí. Es que Marcelino tenía allí en el bar, un pedazo de gato negro, así de grande, que cuando se ponía en pie, y se estiraba, eso no era un gato, eso era una pantera negra. ¿Verdad, Marcelino?

 

MARCELINO – Sí, sí. Es verdad.

 

FEDERICO – Tú, chati, imagínate. Cuando algún “gracioso” se tomaba unas copitas y luego se quería ir sin pagar, ¡Mira! Aquí,  Marcelino, solamente tenía que mirar al gato, y le decía:

 “Minino, este tío se quiere ir sin pagar”

  ¡Mira! Ese gato, que se iba levantando despacito y poniéndose a cuatro patas con el lomo tó’ arqueao’, con ese rabo to’ pa’ arriba, más tieso que el palo de una fregona, en posición de ataque,  y enseñando los colmillos con cara de malas ideas.

 

Y ese tío, que ya se está viendo al gato saltándole derechito al pescuezo, se mete la mano en el bolsillo, temblando más que un pavo en Navidad, y después de tirar dos billetes de cinco euros en el mostrador, sale corriendo, que parece que lo está persiguiendo un cocodrilo que lleva un mes sin comer.  ¿Verdad, Marcelino?

 

MARCELINO – Sí, sí. Es verdad, es verdad.

 

ESPERANZA – Este pobre hombre solo sabe decir lo mismo: “Es verdad, es verdad”.

 

FEDERICO - ¡Claro, mujer! ¿Es que tú no has oído nunca eso de que los niños y los borrachos son los que dicen “la verdad”?

 

ESPERANZA - ¡Ah! Entonces, será por eso.

 

FEDERICO – Oye, Marcelino. Mira. Una cosa que te voy a decir. Si tú ves que no te pues’ tragar tó eso, no pasa ná’. Que yo le digo a la enfermera que te ponga el gotero mío, que a ti te pue’ venir mu’ bien,  y el tuyo, que me lo ponga a mí. ¡Y tó’ el mundo contento! Que pa’ algo estamos los amigos, ¿no?  ¡Je, je!  

 

ESPERANZA - ¡Federico, por favor! ¡No te estás dando cuenta de lo mal que lo está pasando este pobre hombre?

 

FEDERICO - ¡Que lo está pasando mal? ¡Quién? ¡Este hombre? ¡Anda ya, mujé’, por Dios! Este está ahora mismo más a gusto que un cochino con la barriga llena de bellotas. ¡Mira, mira! Mira como chupa el biberón. ¡Je, je!

 

                           (A esto, vuelve Remedios)  

 

REMEDIOS - ¡Bueno! Ya estoy aquí. ¿Cómo va eso, Marcelino?

 

MARCELINO -  Bien, bien.

 

REMEDIOS – Así me gusta. Pues, mira, ya solo te falta por tragarte un poquito más de la mitad. Pero, que es tres cuartos de hora o así, ya lo terminas. Ya verás.

 

               (Ahora, aparece Angustias, después de fumarse dos cigarrillos en la puerta del hospital)

 

ANGUSTIAS – Ya estoy aquí. Es que los servicios estaban ocupados, y tuve que esperar un ratito. Pero… ¡Oye, Marce! Pero… ¡qué estás haciendo con ese tubo en la boca?  ¡Por Dios!

 

          (Ahora, Angustias dirigiéndose a Remedios)

 

ANGUSTIAS - ¡Pero, oiga! ¡Los goteros no se ponen en la vena?

 

REMEDIOS – Sí, claro.  Pero, en el caso de su marido, hemos tenido que hacer una excepción, para que le haga más efecto. Pero, no se preocupe, que, aquí, Marcelino no se está quejando de nada. ¿Verdad que no, Marcelino?

 

MARCELINO – (Balbuceando) No, no.

 

          (Ahora, Angustias, haciendo el gesto clásico de extrañeza, se percibe del color del “medicamento”)

 

ANGUSTIAS - ¡Oiga, mire! Yo, de esto, no entiendo mucho, pero el medicamento que le tienen que poner a mi marido… ¿tiene ese color? Porque, que yo sepa, el médico dijo que le pusieran un gotero, pero no una transfusión de sangre, ¿no?

 

REMEDIOS – Sí, pero no se preocupe, que, aunque esto tiene un color así, como muy rojizo, esto no es sangre.

 

ANGUSTIAS - ¡Ah, ya! Es que, la verdad, esto se parece más a un coñac “Napoleón” que a un medicamento.

 

REMEDIOS – Bueno. No es exactamente coñac. Pero vamos, que algo de alcohol, lleva.

 

ANGUSTIAS - ¡Ah, sí? ¡Y qué es esto? Si se puede saber.

 

REMEDIOS – Solera 47.

 

ANGUSTIAS - ¡Solera… qué?

 

REMEDIOS – Solera 47. De González Byass. Pero, no se preocupe, que esto lo paga la Seguridad Social, que, naturalmente,  solo se hace cargo si se trata de fines terapéuticos.

 

ANGUSTIAS – (Ya con cara de pocos amigos) Pero… ¡Por Dios! ¡Usted no estará gastándome una broma, ¿verdad que no?

 

REMEDIOS – No, que va. Yo sé que esto no es muy normal, pero yo me tengo que ceñir a las instrucciones del médico. Y él, me lo dijo bien clarito: “Remedios, a este paciente, ponle en el gotero una botella de SOLERA 47, y verás cómo este hombre sale aborreciendo el alcohol, y curado para siempre.

 

            (A esto, Federico y su esposa, no pueden contener unas risas)

 

ANGUSTIAS -  (Poniéndose las manos en la cara) ¡Ay, Dios mío! ¡Qué barbaridad! ¡Pero… cómo se le ocurre? ¡Hacerle beber una botella de vino de los fuertes a un pobre hombre que tiene el hígado hecho polvo de tanto alcohol!  ¡Por Dios y la Virgen! Yo voy a poner una queja ahora mismito, porque yo supongo que aquí habrá hojas de reclamaciones, como en todas partes, ¿no?

 

             (Federico y Esperanza no paran de reír)

 

REMEDIOS - ¡Bueno! Esto no es precisamente el mesón  “LA CHULETA”, pero si usted quiere bajar a la oficina de Secretaría, ¡vaya, vaya! Pero, sepa una cosa: El médico que lo ha visto es un buen médico, que lo sé yo, que llevo años en su consulta, y sabe por experiencia, que lo mejor para dejar el alcohol es aborrecerlo, y de eso se trata, de que cuando Marcelino huela a alguna bebida con alcohol, le entre como un picor por todo el cuerpo, y salga pitando, aunque durante unos minutos, vaya rascándose como un desesperado.

 

   (Entonces, se vuelve a oír la voz de Marcelino, aunque balbuceando y con gran dificultad, al tener el tubo en la boca)

 

MARCELINO - ¡Angu, Angu! Mira, haz el favor. Tú, te vas a donde tú quieras, pero antes, ayúdale a la enfermera a meterme bien el tubito este, que ya se me está saliendo.

 

    (Federico y Esperanza, ya no pueden contener las carcajadas, y Angustias, pone cara y gestos de auténtica vergüenza y decepción, al ver que su marido “no tiene solución”)

 

ANGUSTIAS – Conque… el tubito, ¡eh? ¡Mira, Marcelino! Aquí te dejo con tu tratamiento, y me da igual que te cures, o que revientes, que yo tengo mucho que hacer. Y si sales de aquí medio vivo y tambaleándote, como siempre, te pillas un taxi, y espero que te acuerdes de la dirección de tu casa, porque, como te equivoques, con esa borrachera, y el taxista te lleve a la Bodega de Barbadillo que está en Sanlúcar, eso lo vas a pagar sin tocarle a tu sueldo, aunque te tengan que embargar “EL MININO”, pero esta que está aquí, te deja dos meses sin comer.

 

         (Federico y Esperanza, se tapan el rostro con la mano para no formar un escándalo con sus carcajadas)

 

Y que no se te ocurra subirte al autobús, porque seguro que el conductor, cuando te vea esa cara de borracho, y te huela el aliento, te echa debajo de un empujón. Y, después, ya sabes… ¡Otra vez al hospital, pero con dos chichones en la cabeza!

 

REMEDIOS – Sí. Es verdad. Pero, como eso ya, es un asunto personal, ahora, si no le importa, le voy a sacar el tubito de la boca, y se lleva usted a su marido a la puerta de afuera del hospital, y allí, se lo lleva en un taxi, a su casa, o al Balneario de Lanjarón, que allí, dicen, que se cura todo el mundo, y todas las enfermedades, pero yo, ya he cumplido.

 

ANGUSTIAS – Desde luego… esto nada más que me pasa a mí. Pero, que conste, Marce, que tú y yo tenemos que hablar luego, y muy en serio, aunque al final tengamos que ir a ese balneario, que a mí, por lo menos, me vendría muy bien, que está una ya… ¡hasta el moño!

 

 (Una vez Remedios cierra la llavecita de paso del gotero, y le saca el tubito de la boca a Marcelino, Angustias pone sus manos sobre la silla de ruedas y sale con Marcelino murmurando y con gestos de sentirse tremendamente disgustado, y se oye su voz como siempre, con la cabeza gacha)

 

MARCELINO – Desde luego… ¡no hay derecho! Una vez en la vida, que le ponen a uno un tratamiento en condiciones…

 

            (Ahora, Remedios se dirige a Federico)

 

REMEDIOS - ¡Bueno, Federico! Como el médico ya te pasa al Traumatólogo, no tengo que ponerte gotero ni nada. Así que, ustedes también se pueden marchar. Ya te llamarán para la consulta, y seguro que el especialista no te manda un gotero, ni siquiera un “goterito” como el de tu cuñado.  Que, viendo esos huesos que tú tienes, si yo fuese el médico, te recetaría unas pastillitas, y unos sobrecitos de calcio, y… ¡hasta el año que viene!

 

                               (Una vez Remedios ha soltado el tubo del gotero de la vena de Federico, y este ya se levanta para vestirse y cogiendo su bastón, se marcha  con su esposa, diciendo adiós a Remedios levantando el brazo. Remedios va a la mesita a coger la carpeta porta-folios, mientras se va corriendo el telón)

 

Se cierra el telón

 

ESCENA 3ª Y ÚLTIMA

 

(Casi cerrándose el telón, Remedios sale al filo del escenario con su portafolio bajo el brazo, y sigue actuando)

 

REMEDIOS - ¡Vaya día el que llevo hoy! (Ya tomando el portafolio en posición y con su bolígrafo se dispone a escribir)

¡A ver!  Ramona…Gutiérrez. Gotero puesto, y se marcha con notable mejoría y síntomas de estreñimiento.

 

Soledad…García. Gotero puesto, y la piedra expulsada sin dolor alguno.

 

Federico… Ramos. Gotero puesto. Se marcha dando saltos y brincos, porque el gotero para los huesos le ha sentado muy bien.

 

Marcelino Soto – Gotero puesto hasta la última gota. Se va contento y dice que ya no quiere ver una botella en lo que le queda de vida, ni aunque sea de plástico.

 

(Tras hacer su última firma, vuelve a colocarse el porta-folios bajo el brazo, y guardando el bolígrafo y quitándose los guantes, hace su monólogo)

 

 ¡Ea! Y ahora mismo, suelto el informe, me bajo a Secretaría a pedir los tres días que me quedan de asuntos propios, y me voy al hotelito ese tan bueno del centro de  Marbella, que se llamaba “EL RODEO”, a desconectarme del gotero, de la consulta,  y de todo.

 

Y además, que allí está todo el mundo muy contento, comiendo como lobos, durmiendo a la pata “la llana”, paseando junto a la playa, y comprando maritatas por el centro, y nadie se acuerda de sus enfermedades. Y los que están con sus “achaques” propios ya de mayores, se toman sus pastillitas en el desayuno, y… ¡A vivir, coño,  que son dos días!

 

(Sale hacia bambalinas, ya con la cabeza muy alta, como aquella que ha cumplido con su deber en el cuarto del gotero, con el porta-folios en una mano y con la otra, acicalándose y arreglándose un poco su uniforme)  

 

Se cierra el telón

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