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UN GRAN HOMBRE

de  Adrián Di Stefano

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de estas obras requiere el permiso del autor, así como abonar los correspondientes derechos al autor a o la entidad de gestión que él indique, a tal fin se inserta en cada texto su dirección electrónica. Para leer las obras y, en su caso, guardar o imprimir, pulsa en el TÍTULO.

 

UN GRAN HOMBRE

(Inspirada en la vida del Dr. René Favaloro)

de Adrián Di Stefano

adriandistefano@gmail.com

 

LA ACCIÓN TRANSCURRE EN UN ÁMBITO QUE SIMULA SER UN CONSULTORIO. HAY UN GRAN ESCRITORIO SOBRE EL CUAL POSAN, ENTRE OTROS OBJETOS AFINES, LAS BANDERAS DE LOS ESTADOS UNIDOS Y DE ARGENTINA. EN UN COSTADO UNA CAMILLA, UNA BALANZA, OBJETOS DE CONSULTORIO, SILLAS DE ESTAR. EN OTRO COSTADO DEL ESCENARIO HAY UN BANCO DE TRABAJO DE CARPINTERÍA. MESAS Y SILLAS.

PERSONAJES

Pepe

Arthur, Autoridad de la Clínica de Cleveland

Padre, de Pepe

Ezequiel, Profesor

Pedro, Profesor

Juan (Hermano)

María (Esposa)

Benet, (Colega)

Yerno (De un famoso futbolista)

Vicente (Sobrino)

Cecilia (Secretaria)

Laura (Sobrina)

 

Aclaración: Pepe, es el único personaje que no puede doblarse. El resto de los personajes pueden ser interpretados por dos actores y dos actrices como mínimo o más.

 

ESCENA I:

SE ILUMINA EL ÁMBITO CENTRAL DONDE SE ENCUENTRA EL ESCRITORIO. ALLÍ ESTÁ, DETRÁS DEL MISMO, RENÉ, DE ESPALDA Y EN SILENCIO, EN ACTITUD PENSATIVA.

ARTHUR.- (ENTRANDO CON UNA CARTA EN LA MANO) ¿Qué es esto doctor?

PEPE.- Mi renuncia.

ARTHUR.- Pero doctor, no lo entiendo.

PEPE.- Nunca lo podría entender. Venimos de mundos distintos.

ARTHUR.- Pero compartimos un mismo sentimiento. Y nos debemos a nuestra profesión.

PEPE.- Precisamente por eso es que no puedo quedarme.

ARTHUR.- La clínica lo necesita doctor. Esta ciudad y los Estados Unidos lo necesitan. Hoy más que nunca. Y con su alejamiento se va a sentir un vacío tremendo en el ámbito de la cirugía cardiovascular. No hay quien haya logrado lo que usted y, no quiero ofenderlo, pero imagino que no es por dinero que toma esta decisión.

PEPE.- No Arthur. Le aseguro que no. Necesito volver. Me siento desprendido de mis raíces y mi compromiso con mi patria es muy fuerte. Acá aprendí mucho.

ARTHUR.- Nosotros aprendimos mucho con usted. Nos deja una huella muy profunda, difícil de olvidar y muy difícil de reemplazar.

PEPE.- Lo sé Arthur. Pero mi decisión es indeclinable.

ARTHUR.- Lo entiendo Pepe. No voy a seguir insistiendo. Pero quiero que sepa que ésta es su casa. No dude en volver si así lo desea, y no hace falta que le diga que lo que necesite…

PEPE.- ¡Gracias! Les estoy profundamente agradecido por todo el apoyo que me han brindado. De no ser así no hubiera logrado nada.

ARTHUR.- Doctor, ¿es consciente de la revolución que provocó con sus trabajos? Hay un antes y un después de usted.

PEPE.- No es para tanto.

ARTHUR.- Lo es, y lo sabe. ¿Ya tiene decidido su destino?

PEPE.- Veré dónde me lleva, si es que lo hay, ese destino. Pero sea donde fuere, quiero trabajar en docencia, en investigación, en asistencia médica. En mi país hay muchas necesidades y ya me han notificado de un sanatorio muy prestigioso en donde espero organizar residencias en cardiología y cirugía cardiovascular, dar cursos de posgrado en todos los niveles pero insistir en la investigación clínica.

ARTHUR.- Le auguro un futuro brillante. Ojalá las autoridades de su país le den el lugar que se merece.  Acá lo deja. Su lugar queda vacante y nos va a costar mucho ocuparlo. Envidio a su país. Debe ser un sentimiento muy fuerte el suyo para dejarlo todo y correr el riesgo de empezar de nuevo.

PEPE.- Vale la pena correr el riesgo cuando el amor es muy fuerte.

ARTHUR.- Lo vamos a extrañar, doctor.

PEPE.- Yo también a ustedes.

ARTHUR.- No deje de llamarme. Voy a seguir sus pasos de cerca. (PEPE ASIENTE. SE SALUDAN Y SE DESVANECE LA LUZ)

 

ESCENA II:

SE ILUMINA EN UN COSTADO DEL ESCENARIO EN DONDE SE ENCUENTRA SU PADRE CON CHALECO DE EBANISTA, CON UN BANCO QUE ESTÁ ARREGLANDO, SENTADO EN OTRO)

PADRE.- Con cuidado, Pepe. Lo debes tratar con suma delicadeza y precisión. Los movimientos deben ser suaves pero enérgicos…

PEPE.- (DESDE SU ACTUALIDAD Y SIN FINGIR LA VOZ DIALOGA CON SU PADRE COMO SI HUBIERA SIDO EL DE SU ÉPOCA) Pero papá, ¿no es contradictorio que los movimientos sean suaves y enérgicos?

PADRE.- No. Cuando te digo suaves es que no sean bruscos, torpes. Pero cuando te digo que sean enérgicos y con precisión es que lo debes hacer con absoluta seguridad como un violinista que posa suavemente su vara sobre las cuerdas pero su movimiento es seguro y certero y tienes que encariñarte con el instrumento que estés modelando.

PEPE.- ¿Encariñarme con una madera? El tío me dice que él no puede encariñarse con sus pacientes, menos me voy a encariñar con una madera.

PADRE.- Eso es otra cosa hijo. Él lo dice porque está obligado a cubrirse por el temor a…

PEPE.- ¿Por temor a qué?

PADRE- Eres muy chico para saber de algunas cosas.

PEPE.- Ya sé a qué le tiene miedo. No puede sufrir por la pérdida de sus pacientes.

PADRE.- ¿De dónde has sacado eso?

PEPE.- Se lo escuché decir, un día que lo acompañé a una visita doméstica.

PADRE.- ¿Te llevó con él?

PEPE.- Le insistí tanto que no tuvo más remedio.

PADRE.- ¿Y no encontró remedio…?

PEPE.- No, y por eso el paciente lo dejó.

PADRE.- Digo si no encontró… No me hagas caso. Bueno, pero con una madera es distinto. Esto no tiene vida, no respira. No tiene ojos, ni boca, ni pies ni manos.

PEPE.- Mamá dice que sus prendas tienen vida propia.

PADRE.- Ser modista es otra cosa… Ven acá, hijo. Siéntate a mi lado. (RENÉ SE SIENTA EN EL PISO) Hace unos años, en mil novecientos veintitrés, vivíamos en un barrio que se llamaba “El Mondongo”. Era muy humilde y lo sigue siendo. Cuando cumpliste cuatro años, te pasabas todos los días con tu tío en el Policlínico de La Plata, muy cerquita de ahí. Y cuando venías acá conmigo me ayudabas como si fueras un obrero más. Mamá no te dejó nunca que la ayudaras. Esa idea tonta que esos trabajos no eran para hombres. Pero tanto en tu casa, como en la Escuela, como en el consultorio de tu tío, aprendiste muchas cosas, pero por sobre todo a valorar el deber y la disciplina. Naciste en un mundo modesto, pero con esfuerzo y dedicación podrás salir adelante.

PEPE.- No te olvides de la nona.

PADRE.- ¿Tu abuela?

PEPE.- Si; ella me dijo que nunca deje de amar a esta tierra y que si me detenía a observar cuando una semilla comenzaba a dar sus frutos, me iba a llenar de emoción.

PADRE.- Tu abuela Cesárea es capaz de ver belleza hasta en una rama seca.

PEPE.- Pero una rama seca no está viva.

PADRE.- Tenés razón. Y tampoco, como te dije antes, pareciera que esta madera o el vestido que arregló tu madre. Recién te lo dije: esta madera no tiene vida. Ahora sin embargo, tus manos le pondrán vida. Y tus ojos alegría y tus palabras sentido de existencia viva. (POR EL COSTADO CONTRARIO DE LA ESCENA ENTRAN DOS HOMBRES CON DELANTALES DE MAESTROS. SE ENCIENDE LA LUZ QUE LOS ILUMINA Y SE DESVANECE LA QUE ILUMINABA ESTA ESCENA ANTERIOR. PEPE CRUZA LA ESCENA. SU PADRE SALE)

 

ESCENA III:

EZEQUIEL.- Pepe, venga un momento. El Señor Pedro Enríquez Ureña quiere decirle algo.

PEPE.- Si, señor.

PEDRO.- El año mil novecientos treinta y seis lo tendrá que recordar por siempre. Es el año de su ingreso en la Escuela Nacional de La Plata. ¿Sabe lo que eso significa?

PEPE.- Si, señor.

PEDRO.- Le esperan muchos años de esfuerzo y de trabajo. Y va a tener que aportar toda su pasión y espíritu de sacrificio. ¿Está dispuesto?

PEPE.- Es un honor para mí y pondré todo mi empeño.

EZEQUIEL.- Acá va a aprender principios sólidos de profunda base humanitaria.

PEPE.- Mis ideales son la libertad, la justicia, la ética y el respeto señor Ezequiel Martínez Estrada.

EZEQUIEL.- Eso le iba a decir. Veo que su preparación es muy fuerte.

PEDRO.- Imagino que aún no sabe…

PEPE.- ¡Medicina!

PEDRO.- Qué va a hacer cuando… (SE MIRAN AMBOS HOMBRES) ¡Bien! No cese en la búsqueda…

PEPE.- ¡De la verdad!

PEDRO.- Pepe, no interrumpa.

PEPE.- Perdón, señor.

EZEQUIEL.- Pepe, interrumpa. Con respeto, pero interrumpa.

PEDRO.- Y que nada lo detenga. Sin perder jamás su dignidad.

PEPE.- Señor Estrada, ¿le puedo hacer una pregunta?

EZEQUIEL.- Desde luego.

PEPE.- ¿Cuál es el límite?

EZEQUIEL.- ¿El límite para qué?

PEPE.- Para no perder mi dignidad.

EZEQUIEL.- La dignidad no tiene límites.

PEPE.- Pero señor Ureña, ni aún…

PEDRO.- ¿Tiene idea cuál será su juramento cuando se reciba de médico?

PEPE.- Mi tío me lo adelantó.

PEDRO.- No se aparte ni una milésima de ese camino. Por nada del mundo. ¡De su firmeza dependerá su grandeza! (EN EL OTRO ÁMBITO INGRESA JUAN, SU HERMANO CON DOS TAZAS DE CAFÉ Y DOS SOBRES. PEPE CAMBIA DE LUGAR Y SE LE ACERCA. LAS LUZ LOS ILUMINA)

 

ESCENA IV:

JUAN.- ¿Qué vas a hacer?

PEPE.- No sé.

JUAN.- Es una gran oportunidad.

PEPE.- ¿Vos qué harías?

JUAN.- (LE CONTESTA CON UNA GESTUALIDAD) Por suerte no estoy en tu situación. Si estuviera…

PEPE.- ¿Sabés lo que me dijo la vez pasada el Dr. Federico Christman? Que para ser un buen médico había que ser un buen carpintero”

JUAN.- Qué buena reflexión. Y nada menos quien te lo dijo.

PEPE.- ¿Qué paradoja no? Papá carpintero, nosotros… Pero en mil novecientos cuarenta y nueve no alcanza con mis calificaciones para confirmarme en el puesto de auxiliar del Hospital. Mis méritos no son suficientes. Debo llenar ese último párrafo aceptando la doctrina del…

JUAN.- No te ahogues en un vaso de agua. Tu futuro puede estar en el Hospital Policlínico, pero también en donde sea.

PEPE.- ¿Pero tenés una idea del tiempo que estuve aquí dentro? Lo que aprendí cuando en tercer año me entrecruzaba con los de sexto en las Cátedras de los Dres. Rodolfo Rossi y Egidio Mazzei, viendo operar al Dr. José María Maineti o conversando con los pacientes. ¿Lo que podría aplicar sobre todo en la simplificación y estandarización en la cirugía aprendida del propio Christman? ¿Qué necesidad había de agregar ese último renglón? Me humilla.

JUAN.- El destino se ensaña con los que no se acomodan a los tiempos. Yo en tu lugar…

PEPE.- ¿Qué es esa otra carta?

JUAN.- Con todo este asunto, se me olvidó. Una carta del tío, del pueblo de Jacinto Araoz.

PEPE.- ¡El pampeano! (TOMA LA CARTA) ¿No conocés el pueblo de Jacinto Araoz, no? No sabés qué hermoso es. Creo que no tiene más de dos mil quinientos habitantes.

JUAN.- Me hablaron de él. Una pena que esté rodeado de desierto. (PEPE LEE LAS PRIMERAS LÍNEAS)

PEPE.- Me dice que el único médico del pueblo, el Dr. Dardo Rachou Vega está enfermo y que si lo puedo reemplazar uno o dos meses. ¿Qué justo no?

JUAN.- ¿No vas a dejar todo y confinarte en medio de la nada?

PEPE.- Son dos meses nada más y mientras tanto las cosas pueden cambiar.

JUAN.- No es para vos. Pensalo bien. Si te alejás, te olvidan y después es más difícil empezar de nuevo.

PEPE.- Será el destino como vos decís que se ensaña conmigo.

JUAN.- Pensalo bien. No te apures ni te dejes llevar por tu impulso. Una decisión que se toma no tiene vuelta atrás. Y un gatillo que se dispara no se detiene.

PEPE.- ¿Sabés lo que más me llevo de éste período de estudio?

JUAN.- Si; lo que aprendiste, lo que practicaste, lo que viviste…

PEPE.- ¡No! A respetar a los pacientes, a los enfermos; sobre todo a los de condición humilde. Sabés la de veces que me pasé tres días seguidos, ininterrumpidos, en contacto con la vida y con la muerte. Una sola de las tres mil quinientas almas de ese pueblo puede valer más que las de millones amontonadas en una gran urbe. Quiero compenetrarme con la alegría y hasta con el sufrimiento de alguien que está apartado del ruido y del mundo.

JUAN.- Dos meses es mucho tiempo. No lo vas a soportar.

PEPE.- Dos meses no. Pero si llegara a ser mucho más tiempo, tal vez sí. Si uno pudiera conocer de antemano su destino, todo sería más fácil. Pero el tiempo dirá. Con qué grado de dificultad me toparé ahora y de aquí en más. (APAGÓN)

 

ESCENA V:

CUANDO VUELVE LA LUZ SE ENCUENTRA SOLA EN ESCENA MARIA, SU PRIMER ESPOSA, LEYENDO UNA CARTA EN EL CENTRO DE LA MISMA.

MARÍA.- (LEYENDO) ¿Te acordás María nuestro primer beso en el bosque? ¿Qué miedo tenía? Nuestros días de la secundaria los recuerdo como si hubieran sido ayer. Vos te enojaste conmigo y te pusiste muy celosa porque yo no paraba de hablar de los ojos de mi madre, mi primer amor. Verdes de una mirada muy dulce. Me recordaba la frase de la obra que había visto no hace mucho “Los Árboles mueren de pie” de Alejandro Casona: “Tiene la mirada más linda que los ojos”. Te prometí que nos íbamos a casar y lo cumplí. Como también cumplí que la luna de miel la íbamos a pasar en tu lugar de ensueños: Capilla del Monte… (ENTRA PEPE)

PEPE.- ¿Quién te escribió?

MARÍA.- Vos, hace casi doce años…

PEPE.- ¿Y recién la estás leyendo?

MARÍA.- Por… ¿cómo se dice cuatrocientas veintisiete veces?

PEPE.- Cuadragésima y algo más.

MARÍA.- Estaba revisando si había cambiado algo.

PEPE.- ¿Y dice siempre lo mismo?

MARÍA.- Si, pero acá dice que íbamos a estar dos meses nomás.

PEPE.- ¿Sí? ¿Y ya pasaron dos meses?

MARÍA.- Unos cuantos más.

PEPE.- No me di cuenta… Pero ¿cómo haces para irte de acá? Yo ni conocía Jacinto Araoz. Creía que era el nombre de un poeta. Y todo este pueblo es una poesía pura. Te enamorás de esta tierra, de su gente.

MARÍA.- Hoy te llevé la cuenta…

PEPE.- ¿De qué?

MARÍA.- De cuántos pacientes tuviste.

PEPE.- Ocho o nueve.

MARÍA.- ¡Sesenta!

PEPE.- ¿Tantos? No puede ser.

MARÍA.- Es. ¿Qué es eso?

PEPE.- ¡Ah! Almudena me pagó con queso y huevos.

MARÍA.- Y don Eulalio con unos pollos. Ya lo vi.

PEPE.- Lleváselos a don Fermín que lo anda necesitando.

MARÍA.- Señor Pepe, su Chevrolet del año treinta y cuatro se descompuso.

PEPE.- Sra. Delgado, ¿no puede ir caminando?

MARÍA.- Pepe, ¿no podés cambiarlo?

PEPE.- ¿Para qué? No hay nada más placentero que caminar por estas calles. Tardás un poco en llegar porque ves si por las casas vecinas anda todo bien. La vida de esta gente es muy dura.

MARÍA.- Ya lo sé Pepe. Y los caminos son intransitables cuando llueve, el calor, el viento y la arenilla insoportable en verano y el frío de las noches de invierno inaguantable. Pero sos un simple ser humano que solo no puede.

PEPE.- Estas vos y está Juan.

MARÍA.- Tu hermano se va.

PEPE.- Y nosotros también.

MARÍA.- ¿Qué?... ¿De veras?

PEPE.- Sí. Le pedí que me espere porque tengo miedo que en la despedida me dé un infarto. ¿Te diste cuenta todo lo que pudimos hacer?

JUAN.- (ENTRANDO) Creamos un Centro Asistencial, elevamos el nivel social y la educación…

PEPE.- Era una obligación paliar la miseria que nos rodeaba. Y vivir en la humildad nos hizo bien.

JUAN.- Ayer las comadronas me chusmearon que se dieron cuenta que desapareció la mortalidad infantil y la desnutrición.

MARÍA.- Y los comerciantes y los maestros me dijeron que estaban preparando un agasajo para ustedes. Entonces era por eso. Ya sabían que nos íbamos.

PEPE.- Sí. Y no te dijimos nada porque primero con Juan te queríamos agasajar a vos.

MARÍA.- ¿A mí, por qué?

PEPE.- Porque detrás de un hombre pequeño hay una gran mujer.

JUAN.- Siempre el mismo modesto.

MARÍA.- Ustedes son inmensos. Ayer me contaba Doña Elisa que se anotó en el Banco de sangre viviente y está ansiosa de que la llamen; que en las charlas de barrio no hacen más que hablar de corregir sus conductas, de la higiene y que en los pueblos vecinos todos hablan de la notoriedad del Centro Asistencial.

PEPE.- Y nosotros no hacemos más que hablar del aprendizaje logrado con el solo contacto con las almas de la gente de este pueblo.

JUAN.- ¡Cuánta diferencia vas a encontrar!

MARÍA.- ¿A qué te referís?

PEPE.- ¡Viajamos!

MARÍA.- Y si nos vamos de acá, es la única manera de hacerlo.

PEPE.- Pero nuestro destino es aún más lejos que La Plata o Buenos Aires.

MARÍA.- No me asustes.

PEPE.- Me cuesta mucho abandonar tantos años de médico rural, pero siento que son ciclos que se van cumpliendo. Y éste paso obligado lo tendré que hacer. En mi último viaje a La Plata pude observar lo impactante de las primeras intervenciones cardiovasculares. Es un nuevo mundo que se abre y quiero hacer mi especialización en los Estados Unidos. No me conformo con ser un mero observador. Quiero participar activamente de esta revolución en la ciencia, y el Profesor Maineti me sugirió que mi lugar es Cleveland. Y allí nos vamos. Apurate en hacer las valijas.

MARÍA.- ¿Ya? ¿Me puedo despedir mi estimado Pepe de mis afectos? ¿Me da tiempo?

PEPE.- No va a retrasarse el vuelo por vos. Aunque te mereces que se te espere todo el tiempo.

JUAN.- Los dejo solos. No se demoren (SALE)

MARÍA.- ¿Y el dinero…?

PEPE.- El justo y necesario.

MARÍA.- En verdad, ¿tan pronto nos vamos?

PEPE.- El tiempo suficiente para un par de clases de inglés (LA LUZ SE DESVANECE. SE ACERCA AL ESCRITORIO DEL COMIENZO A TIEMPO QUE MARÍA SALE DE ESCENA. TOMA UNOS PAPELES DEL MISMO Y SE QUEDA PENSATIVO. ENTRA ARTHUR)

 

ESCENA VI:

ARTHUR.- ¡Lo logró! Lo felicito doctor.

PEPE.- Se lo debo a ustedes.

ARTHUR.- No Doctor. Humildad en este caso no. Es cierto que aquí pudo recabar toda la información, no se lo niego. Pero las horas que usted se pasó revisando los archivos de la cinecoronarioangiografía y estudiando la anatomía de las arterias coronarias y su relación con el músculo cardíaco, lo llevaron a descubrir esta nueva técnica que va a cambiar radicalmente la historia de la enfermedad coronaria.

PEPE.- No es mérito mío solo. Es el resultado del trabajo de un equipo de eminencias cuyo primer objetivo es el bienestar del paciente.

ARTHUR.- Y esto va a trascender las fronteras de la ciencia. Ni se imagina la cantidad de cirugías que se van a practicar en el mundo. Le aseguro más de quinientas mil por año solo en los Estados Unidos.

PEPE.- ¿Tantas?

ARTHUR.- Y más también.

PEPE.- Se dará cuenta que necesitamos una larga vida para poder cumplir con tanta demanda.

ARTHUR.- Y muchos discípulos. Ha iniciado una nueva era. ¡Prepárese! Un largo camino le queda por recorrer. Pero deberá cuidarse Doctor. En los Estados Unidos muchos entienden castellano.

PEPE.- No me sorprende. ¿Pero por qué me deberé cuidar de eso?

ARTHUR.- Viniendo para acá, un ayudante me contó que lo escuchó en medio de la operación. Esos exabruptos no son muy aconsejables.

PEPE.- Pero es que es muy importante saber cuántas “putas madres” se pueden decir para descomprimir el ambiente.

ARTHUR.- Es imposible con usted. Es una olla a presión, un torbellino en el quirófano. Hay residentes que escuchan música clásica para soportarlo y otros no aguantan ni tres meses.

PEPE.- Un tren no puede detener su marcha si el baño está ocupado. Se aguanta quien sea o se hace encima.

ARTHUR.- Pero usted es un tren de alta velocidad y desparrama enojos si algo le detiene. Sus manos son grandes…

PEPE.- (LAS MUESTRA) ¡Sí!...

ARTHUR.- Si, pero tu cerebro aún más. También me dijeron que has pedido disculpas a todo el mundo. ¿Qué ocurrió?

PEPE.- No debí responder eso y menos en público.

ARTHUR.- ¿A qué se refiere?

PEPE.- Alguien me comentó que algo con su paciente no había salido bien. Y lo vi con mala cara. Y yo le respondí: “piensa en el que sigue”. No porque no me importara ese paciente. Sino porque entendiera que lo sucedido y que no era de su responsabilidad, no tenía remedio. Con el próximo si hubiera sido así, cometería menos errores. “Deprimido no me sirves”, le terminé diciendo.

ARTHUR.- Es implacable, muy duro. Pero esta en todos los detalles, sin duda.

PEPE.- Cuando todo va bien no hace falta nada. No hay que decir nada. Pero cuando algo va mal, ¿sabes cuánto pesan las crucecitas que vas dejando en el camino? ¿Lo que duele eso? Por más duro que se sea. Pero te debo reconocer que exactamente en esta decimoquinta operación me acabo de sentir como un plomero que entra a una casa porque los caños estaban tapados y al poner caños nuevos, de pronto, una torrente de linda sangre oxigenada fluyó del corazón.

ARTHUR.- Lo van a llamar “By pass de Pepe…”.

PEPE.- ¡By Pass, solo!

ARTHUR.- Recuerde aquel primer día: nueve de mayo de mil novecientos sesenta y siete. Será el día más importante de la historia de la cardiología mundial.

PEPE.- Estaba convencido que podía operar y utilizar la vena safena de la pierna como si fuera un parche para desobstruir las arterias del corazón. ¿Cuántas vidas se cobran al año las anginas de pecho o ataques cardíacos?

ARTHUR.- Solo en los Estados Unidos medio millón al año.

PEPE.- Bueno, pero faltó llegar a la operación número quince para darme cuenta que debía anteponerme a la vena obstruida con otro conducto desde la arteria aorta, que sale del corazón. Y ese puente sí que valía la pena encontrarlo. ¿Imagino que se harán muchas operaciones de este tipo, de ahora en más, no?

ARTHUR.- ¡Unas cuántas! No le alcanzará la vida para contarlas. Y preparas tus maletas. Tendrá que transmitir sus experiencias a cardiólogos de todo el mundo. (SALE. QUEDA SOLO PEPE QUE SE SIENTA EN EL ESCRITORIO Y COMIENZA A ESCRIBIR UNA CARTA. SE ILUMINA OTRO ÁMBITO AL MISMO TIEMPO, EN JUEGO DE LUCES SIMULTÁNEO, EN DONDE APARECE JUAN LEYENDO UNA CARTA)

 

ESCENA VII:

JUAN.- “Querido doctor Effler: como usted sabe, no existe cirugía cardiovascular de calidad en Buenos Aires. Los pacientes se van a diario a San Pablo o los Estados Unidos. Algunos tienen suficiente dinero para viajar, pero otros deben realizar tremendos esfuerzos económicos; hasta un paciente tuvo que vender su casa…”

PEPE.- (EN EL ÁMBITO EN DONDE ESTABA, AHORA TAMBIÉN LEYENDO) “Querido Pepe: tu carta no me ha sorprendido, no obstante me ha desilusionado profundamente. La pérdida será tremenda…”

JUAN.- “Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un departamento de cirugía torácica y cardiovascular en Buenos Aires…”

PEPE.- “Ya que no tengo la ilusión de tener otro como usted, podré, en los últimos años de mi carrera, estimular a jóvenes emprendedores a que traten de alcanzar su record…”

JUAN.- ¡Loco! Solamente un delirante, un irrespetuoso maniático y trastornado animal de irrenunciable convicción patriótica e inimaginable condición humana puede cometer tal despropósito. (PEPE SE LE ACERCA)

PEPE.- ¡No es para tanto! Cualquiera hubiera hecho lo mismo.

JUAN.- ¿Renunciar a un sueldo de dos millones de dólares al año?

PEPE.- Les pedí que me lo dieran igual, que me vendría bien para invertirlo acá.

JUAN.- ¿No quisieron?

PEPE.- ¡No! No entiendo por qué. Le hubiéramos dado un fin valiosísimo. El director de la Clínica se enojó mucho conmigo porque el mismo día que me lo ofreció le mandé la carta que te envié.

JUAN.- ¡Loco! ¡Loco total!

PEPE.- Eso me dijo. Y no sé cuántas cosas más en su inglés que no quise entender. Pero lo que le contesté en castellano sí lo entendió y me terminó dando la razón.

JUAN.- Estaba tan tranquilo con vos lejos. ¡La que me espera!

PEPE.- No sabés lo que se siente estando lejos de tu patria. Extrañás hasta las cosas más pequeñas. Cómo añoramos nosotros La Pampa y daríamos cualquier cosa por volver. Nada vale más que el amor a tu gente y quiero devolver a esa misma gente todo lo que pude aprender. Nos espera una tarea titánica pero lo vamos a lograr. Debemos trascender en la educación. ¿De qué nos sirve lo logrado si no lo podemos transmitir? Y en el lugar de tu origen. Nada nos detendrá. Cuando uno caiga otro tomará la posta; y cuando haya que dar un paso al costado, sea lo que sea, pues eso se hará. Lo juré ante el mismo diploma que no dejé nunca de mirar. Y si algún día descubro… o si me doy cuenta…

JUAN.- Sos un hombre peligroso: honesto y apasionado. No te auguro un buen fin en esta tierra. Pero te seguiré mientras pueda.

PEPE.- ¡Y yo seguiré mientras pueda! (APAGON)

  

ESCENA VIII:

CUANDO VUELVE LA LUZ MARIA ESTA SENTADA Y PEPE SE ACERCA.

MARÍA.- ¿Vas a ir?

PEPE.- Sí, ¿por qué no? Detrás de la dictadura militar están todos los argentinos.

MARÍA.- No te entiendo. ¿Qué querés decir?

PEPE.- No me malinterpretes. No hay argentino que no sienta a las Malvinas como propias y en este momento no importa quién tomó la decisión de recuperarlas.

MARÍA.- Pero si eso lo decís en público lo pueden asociar a otra cosa.

PEPE.- María, me tienen agarrado de los huevos. No puedo faltar a la asunción de Menéndez.

MARÍA.- Lo van a confundir con un apoyo de tu parte al Proceso.

PEPE.- Que lo confundan. No me importa. ¿Tenés idea a cuántos ayudé a escapar o te crees que Vicente se fue a estudiar al exterior porque sí?

MARÍA.- ¿Tu sobrino?

PEPE.- ¡Sí! Un militar me dijo: “Doctor, si no saca a su sobrino del país lo matamos”. Y no fue el único. Me quedé de nuevo sin tarjetas para que unos cuantos las lleven en sus bolsillos.

MARÍA.- Pepe, ya se te hizo costumbre; salís de casa a las siete y volvés a las diez de la noche. Vos te merecés algo mejor.

PEPE.- María, vos sos muy buena pero necesito que me comprendas. No puedo bajarme de este tren en movimiento. Sólo necesito que me acompañes.

MARÍA.- Hago todo lo que puedo pero nada te alcanza ni conforma. Avasallás todos los límites. No quiero pasar otro fin de año sin brindar como cualquier hijo de vecino.

PEPE.- Pero María, una operación no puede esperar. ¡Perdoname! Creeme que daría cualquier cosa para hacerte feliz.

MARÍA.- ¿Y vos los sos?... (MARIA SALE PEPE CAMBIA DE AMBITO EN DONDE JUAN ESTA LEYENDO UNOS APUNTES. PEPE SE ACERCA.

 

ESCENA IX:

JUAN.- ¿Qué es esto?

PEPE.- La biblia médica.

JUAN.- ¡Pepe! Sé realista. ¿Crees que se va a cumplir?

PEPE.- Se tiene que cumplir.

JUAN.- Dejame leer. (TOMA LOS PAPELES) Ya empezaste mal. ¿Crees que van a aceptar proveer camas a los indigentes?

PEPE.- ¡Sí! El Sanatorio Güemes debe dar el ejemplo. Tiene contrato con las más importantes Obras Sociales y la mayoría de los pacientes provienen de ahí. No les cuesta nada. Sabés que la mayor tajada es para ellos, la internación. Con nuestros honorarios pagamos las residencias y nos repartimos el resto por igual.

JUAN.- ¿Y los retornos?

PEPE.- No debe haber.

JUAN.- ¡Los hay!

PEPE.- ¡No!... (SE MIRAN EN SILENCIO. JUAN SIGUE LEYENDO)

JUAN.- De esto otro, olvidate.

PEPE.- ¿Por qué?

JUAN.- Porque jamás van a aceptar poner un tope a las ganancias de los médicos y los laboratorios.

PEPE.- Hay que cambiar las leyes. No puede ser que en la Argentina no permitan como en los Estados Unidos, a las empresas descontar impuestos con su ayuda a la medicina. La ayuda estatal no alcanza. Y no quiero depender siempre del Sanatorio. Hasta que no tengamos un lugar propio no habremos alcanzado el objetivo.

JUAN.- En eso estoy de acuerdo. (CAMBIANDO DE HOJA DE LOS ESCRITOS) ¿Qué es esto?

PEPE.- Los diez mandamientos.

JUAN.- ¿Para qué diez si con uno hubiera bastado?

PEPE.- No seas hombre de poca fe. (TRANSICION) ¿Qué respuesta te dieron?

JUAN.- El SDDRA aceptó ayudar.

PEPE.- ¡Bien! Es un buen paso. Con eso podemos crear el Departamento de Investigación Básica. Nada nos dará más satisfacciones y después a construir el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular. Habrá que recordar a la Sociedad de Distribuidores de Diarios y Revistas muy especialmente.

JUAN.- Pepe, no van a mandar ningún paciente de las Obras Sociales.

PEPE.- No me importa. Si me entero de algún retorno…

JUAN.- Pepe, no seas Quijote.

PEPE.- Dejame serlo. (CAMBIA DE ÁMBITO. ENTRA BENET)

 

ESCENA X:

BENET.- No lo puedo creer.

PEPE.- Yo tampoco.

BENET.- ¿Qué le hiciste?

PEPE.- Nada. Lo tomé en mis manos y vos lo viste: lo dejé nuevamente en el tórax. No me iba a ganar.

BENET.- Yo ya salía a hablar con sus parientes.

PEPE.- ¡Pobre hermana!... Nunca te des por vencido ni aún vencido. A esa no se la iba a llevar.

BENET.- Me causó mucha gracias oírte decir eso cuando la desconectabas de la bomba y no reaccionaba.

PEPE.- Pero si el cambio de válvula había andado bien, ¿Por qué se fibrilaba? Y no se la llevó. La Muerte se quedó con las ganas. (ENTRA UN HOMBRE)
YERNO.- Doctor, estuve en su operación.

BENET.- Sí, Pepe; yo lo autoricé a presenciar la operación del famoso futbolista.

PEPE.- Valía la pena verla. Este hombre era un choborra total. Si no tenía medio troli encima, no la veía ni cuadrada. (MIENTRAS HABLA BENET LE HACE SEÑAS SIN SER VISTAS POR EL YERNO)

YERNO.- Bueno, tenía una debilidad muy especial por el alcohol.

PEPE.- Era terrible. Se habrán dado cuenta que cuando lo abrí, en lugar de sangre tenía vino. Y del mejor. Cuando lo despierten, va a pedir transfusión de un buen tinto en lugar de sangre.

YERNO.- Doctor, su sentido del humor es fulminante.

BENET.- Es un honor ser su yerno a pesar de todo. (RENÉ ENTIENDE EL MENSAJE OCULTO EN LA FRASE DE BENET)

PEPE.- ¡Pero qué cosa el alcoholismo! Si habré sacado a mi padre de los bares.

YERNO.- ¿Su padre también?

PEPE.- De no creer. Ahora los goles de media cancha de su suegro, era una locura. Si daban ganas de gritarlos aunque uno fuera del equipo contrario. ¡Dios, Jesús y su suegro! Un escalón por debajo. Vos no lo debés haber visto; pero Benet, ¿te acordás de aquel gol agónico de tiro libre? Un ángulo imposible y con la pierna cambiada. ¡Inolvidable!

BENET.- ¡Sin duda!

YERNO.- Algo me contaron. Con permiso, Doctor… (SALE)

BENET.- Pero desde cuando…

PEPE.- Recién. Alguna vez escuché ese relato y me acordé.

BENET.- Yo te hacía señas y no te dabas cuenta. ¡Pero qué rapidez, por Dios! Insuperable.

PEPE.- Oportunista nomás. Y mirá qué feliz se fue.

BENET.- ¿Por qué te enojaste el domingo pasado cuando fuiste a la cancha?

PEPE.- Porque no pude estacionar mi coche en el mismo lugar del domingo anterior en que Gimnasia había ganado. Y por eso perdió.

BENET.- Pepe, no puedo creer que creas en las cábalas…

PEPE.- No son cábalas; son formulas y ecuaciones.

BENET.- Ya no estás hablando en serio. ¿Qué vas a hacer con tu Renault?

PEPE.- Nada. Mantenerlo. Si fuera por mí le quito el techo. Sueño con un auto convertible, pero al menos el mío tiene baúl incorporado.

BENET.- El break lo tiene, ¿pero para qué lo querés?

PEPE.- Es distinto y se ve bien.

BENET.- Todos tus colegas manejan autor importados y de las mejores marcas y vos un Renault y que no le anda bien los frenos.

PEPE.- Cuando lo cambie, va a ser por un Peugeot 504. Es bonito.

BENET.- ¡Obsesivo y cabeza dura! Es imposible con vos. ¿Por qué rechazaste el Mercedes que te regaló Fangio?

PEPE.- ¡Y estaba lindo, eh! Un Mercedes 300 color gris con techo corredizo. ¿Me imaginás a mí manejándolo? ¡Olvidate! “Que se lo lleven”, les grité. Pepe no va a andar en un Mercedes mientras no haya una mamadera para cada chico en Argentina.

BENET.- ¡Me lo podrías haber regalado a mí!

PEPE.- ¿Sí?

BENET.- Ni en broma. (SALE. PEPE CAMBIA DE ÁMBITO EN DONDE INGRESA MARÍA)

 

ESCENA XI:
PEPE.- ¿Qué te ocurre?

MARÍA.- No me siento bien.

PEPE.- Estás muy cansada.

MARÍA.- Estoy muy preocupada. Las cosas no van bien y te veo luchando contra molinos de viento.

PEPE.- Yo pensé que con la vuelta de la democracia todo iba a cambiar. Pero hay muchas cosas que no me gustan.

MARÍA.- ¿Por qué te enojaste ayer?

PEPE.- Porque viene un paciente y me dice: “Doctor, ¿usted sigue operando? Por supuesto, le dije. Y con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre. ¿Por qué me lo pregunta? Porque me derivaron a otro cirujano que me recomendó el cardiólogo, diciéndome que hacía tiempo que usted no operaba más. ¿Te das cuenta? Y ¿sabés por qué? Porque el cirujano le retorna al cardiólogo el cincuenta por ciento de los honorarios. Y son todos prestigiosos que me abrazan, y hasta con lágrimas, cuando me encuentran en Congresos Internacionales, pero aquí forman parte del sistema y el dinero todo lo puede. La corrupción alcanzó niveles que nunca imaginé presenciar. Pero “¡puta madre!”, hasta los Institutos más prestigiosos explican con lujo de detalles a sus empleados los mecanismos del retorno para cuando visitan a los Médicos Cardiólogos en sus consultorios. Toda una “operación económica” en donde todo está incluido con abultados sobres que van de mano en mano.

MARÍA.- ¿Hasta cuándo vas a aguantar?

PEPE.- Hasta donde pueda. Yo no me aparto; que me aparten. En Estados Unidos las grandes instituciones médicas pueden realizar su tarea asistencial, de docencia e investigación por las grandes donaciones que reciben. Aquí ni soñando. Le mandé cuatro cartas a Enrique Iglesias, el Director del BID, que al principio nos ayudó y bien que lo publicó como uno de sus logros y todavía sigo esperando su respuesta. Y tiran plata para cualquier cosa.

MARÍA.- Ser honesto tiene su precio. Y te lo hacen sentir. Estás muy solo en esto.

PEPE.- El Director de la Clínica de Cleveland, cuando renuncié, me preguntó medio en broma medio en serio, si Don Quijote era español o argentino. Y ahora hasta yo lo estoy dudando.

MARÍA.- Dame un beso. Me voy a recostar y nunca se sabe si volvés a amanecer. (PEPE SE QUEDA PENSATIVO Y LUEGO SALE. CAMBIA DE ÁMBITO LA LUZ. ALLÍ SE ENCUENTRAN VICENTE, SU SOBRINO, Y BENET)

 

ESCENA XII:

VICENTE.- No podemos más.

BENET.- Roberto, yo se lo venía advirtiendo a tu tío.

VICENTE.- Es que no hay opción. O ponemos gente a organizarlo todo y él da un paso al costado y lo liberamos de la responsabilidad o este proyecto se derrumba. Y el fin va a justificar los medios. No tenemos armas para cambiarlo. No depende de nosotros. Estamos haciendo agua por todos los francos. Las Obras Sociales no reconocen los altos costos de los pacientes, deudas por la construcción y el equipamiento, proveedores, bancos, DGI, el atraso en el pago de los médicos. O nos incorporamos al sistema o perdemos todo.

BENET.- Aclaramos que él no está enterado; que no sabe nada. Si quiere salvar la Fundación lo tiene que comprender.

VICENTE.- ¿Que manía del destino, no? Varios Presidentes lo buscaron para tener una foto a su lado, hasta le ofrecieron tenerlo como compañero de fórmula. Estar a cargo del Ministerio de Salud y nadie se imagina por lo que está pasando.

BENET.- Tu tío es de otra época.

VICENTE.- ¿De cuál otra época? Si acá fue siempre igual. ¿Leíste su libro sobre San Martín? No es casualidad que lo haya escrito. Si ya gritaba a los cuatro vientos lo que le molestaba de las injusticias que desde siempre imperaron en este bendito país. Como un karma, como una maldición que no podemos escapar, como si el diablo hubiera metido la cola bien hondo para contrarrestar la bendición de un suelo incomparable.

BENET.- Tu grito de rebeldía es justo y apropiado pero deberemos tomar una decisión. Y vos sos como un hijo para él. Nadie mejor que vos lo puede abarcar.

VICENTE.- Me molesta mucho esta situación y no se la deseo a nadie. (SE APAGA LA LUZ DE ESTE ÁMBITO Y SE ENCIENDE EN OTRO ESPACIO EN DONDE INGRESA PEPE CON CECILIA, SU SECRETARIA)

 

ESCENA III:

CECILIA.- ¡Doctor!

PEPE.- ¡Pepe! Me viste en intimidad hace unos meses y eso nos hace tenernos más confianza.

CECILIA.- Pero fue sin querer.

PEPE.- Creo que fuiste la única persona que me vio llorar. Fue muy fuerte enterarme de la muerte de mi esposa el día que mas derrotado me sentí.

CECILIA.- Ese pasillo del PAMI fue testigo de la grandeza de un hombre.

PEPE.- Ciento noventa y cinco facturas sin pagar. Un millón cuatrocientos mil dólares. Y si yo accedía a algún tipo de coima las Obras Sociales liberaban los pagos. Mil doscientos empleados sin poder pagarles el sueldo. Y los créditos atrasados en su pago. Creo que fue uno de los peores días de mi vida. La depresión de ese día me mató.

CECILIA.- Su esposa…

PEPE.- Tu, Cecilila.

CECILIA.- Tu esposa era una buena mujer.

PEPE.- Demasiado buena. Pero no comprendía mi trabajo. Colaboró mucho al principio en el campo, en Aráoz. Pero este último tiempo estaba muy quejosa y no pude ser muy feliz con ella. Pero con su ausencia me falta olor a sopa en mi casa.

CECILIA.- No me gusta verte deprimido Pepe. ¿Está bien así?

PEPE.- Te parecés mucho a mí. Te quedás hasta muy tarde acá.

CECILIA.- Estudiando.

PEPE.- ¿Y cómo va ese traductorado de inglés? Yo estaría necesitando una buena traductora.

CECILIA.- Bastante avanzado. Todo tiene su precio. Y si me sacrifico ahora después lo voy a agradecer. Y nada me ata ni nadie me espera. Así que puedo aprovechar.

PEPE.- Tu novio debe ser muy comprensivo.

CECILIA.- Cuando lo tenga veremos cómo es.

PEPE.- ¿No hay novio?

CECILIA.- ¡No!

PEPE.- ¡Imposible! Es incompatible con el sentido común. Si yo tuviera cuarenta años menos, no te me escapás ni de casualidad. Me dedico a estudiar inglés las veinticuatro horas del día.

CECILIA.- No hay edad para estudiar. Algunos se enamoran del idioma, muy jóvenes; a otros les llega el amor más adelante.

PEPE.- Cuarenta años es mucha diferencia.

CECILIA.- ¿Qué?

PEPE.- Digo, que con cuarenta años de diferencia las cosas se ven de otra manera.

CECILIA.- Puede haber muchos idiomas, pero el amor es uno solo y llega cuando llega y lo tomas o lo dejás… (EN EL OTRO ÁMBITO ESTÁ SENTADO VICENTE, BENET Y ENTRA LAURA.)

 

ESCENA XIV:

BENET.- Vicente, te dejo con tu hermana.

LAURA.- Debe ceder su lugar.

VICENTE.- Pero Laura, vos lo conocés tanto como yo. Es un golpe muy duro.

LAURA.- Lo sé, pero el Comité de Crisis no vislumbra otra solución. Él sabía que iba a depender del Estado.

VICENTE.- No sabés la de veces que me confesó estar arrepentido de haber vuelto.

LAURA.-Vicente, no tenemos tiempo. Se toma unos meses de vacaciones. Le van a venir muy bien y puede ir acompañado.

VICENTE.- Vos decís…

LAURA.- ¡Claro!

VICENTE.- Sabiendo cómo están las cosas no va a querer apartarse. Lo va a sentir como una irresponsabilidad y una traición.

LAURA.- Vicente, si no se aparta no va a tener de qué sentirse traicionado y todos lo vamos a señalar como el responsable de este derrumbe. No podemos más. ¿Sabés a que nos enfrentamos? Nos deben millones de dólares y el Estado suspendió los subsidios.

VICENTE.- Y cediendo un diez por ciento… Y el subsidio era un tercio de nuestro presupuesto.

LAURA.- Lo hacés vos o lo hago yo. (EN EL OTRO ÁMBITO ESTÁN PEPE Y CECILIA)

 

ESCENA XV:

PEPE.- “Me siento atraído por vos” (LO DICE SIN DARSE CUENTA)

CECILIA.- ¿Cómo?

PEPE.- ¿Qué?... ¿Dije algo?

CECILIA.- Me pareció oírte decir algo.

PEPE.- Cuando vos nacías yo cumplía cuarenta y seis años.

CECILIUA.- ¿Y hoy nos siguen diferenciando la misma cantidad de años?

PEPE.- Creo que sí.

CECILIA.- Bueno, cuando yo nací no te hubiera consentido nada.

PEPE.- ¿Y ahora?

CECILIA.- No escuché bien lo que dijiste hace un rato. Que te sentías…

PEPE.- ¡Atraído por vos!

CECILIA.- Yo también por vos.

PEPE.- ¡Pero qué manía de nacer tan tarde! Perdí cuarenta y seis años de mi vida esperándote.

CECILIA.- ¿Y si intentamos recuperar el tiempo perdido?

PEPE.- ¿Te animás? (CAMBIO DE ÁMBITO. ALLÍ ESTÁN LOS SOBRINOS)

 

ESCENA XVI:

VICENTE.- ¿Contestó De La Rúa?

LAURA.- No. No le responde los llamados.

VICENTE.- Y los empresarios tampoco.

LAURA.- La Fortabat le mandó una caja de champán.

VICENTE.- Ni se lo digas. Llevátela vos. ¿A cuántos va a haber que echar?

LAURA.- Cuatrocientos por lo menos y cerrar un piso y medio.

VICENTE.- Y son todos amigos entrañables de él… (ENTRA PEPE)

PEPE.- ¿Esa caja era para mí, no?...

VICENTE.- Sí, la mandó…

PEPE.- ¡Amalita! Laura, Cecilia quiere hablar con vos. (LAURA SALE). De hombre a hombre. Te escucho.

VICENTE.- No hace falta que nos pongamos tan serios.

PEPE.- No, claro. Podríamos tener cien camas más si hubiéramos… ¿no?

VICENTE.- Sí. Y sin embargo…

PEPE.- Y yo soy el culpable.

VICENTE.- No, no es eso.

PEPE.- Yo soy el responsable.

VICENTE.- ¡Tío!

PEPE.- No puedo cambiar, prefiero desaparecer. Estoy cansado de recibir homenajes y elogios. Hace unos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular y ya me molesta escuchar desde Suecia a la India: “la leyenda”. ¿Cuál fue mi pecado? ¿En qué fallé?

VICENTE.- En ser frontal, decir en voz alta tu pensamiento, tus críticas, en no darte cuenta que en esta sociedad del privilegio, en donde unos pocos gozan desaforadamente, no podés estar a favor de los muchos que viven en la miseria y la desesperación.

PEPE.- Pero Vicente, ¡por Dios! ¿Por qué se castiga mi inclinación por los pobres?

VICENTE.- Don Atahualpa podía guitarrear pero vos no. No podés ser ingenuo y no darte cuenta que no podemos seguir así. Estás cansado de luchar, pero no nos queda otra que seguir luchando. Con las armas que sea. No te pido que cambies ni accedas a entregar tu dignidad. Tu proyecto tambalea y empieza a resquebrajarse. O sobrevivimos o morimos.

PEPE.- ¿Cuál es la propuesta? ¿Ceder a las coimas?

VICENTE.- Vos a tu edad parecés diez años menos. Tus compañeros de estudio, veinte años mayores. (EN OTRO ÁMBITO ESTA CECILIA E INGRESA LAURA)

 

ESCENA XVII:

LAURA.- Me dijo Pepe que querías hablar conmigo.

CECILIA.- Sí. Estoy muy preocupada por él.

LAURA.- Yo también. Y lo peor es que no tenemos opción. Me cuesta creer que hayamos llegado a esta situación.

CECILIA.- Vos conocés mejor que yo a tu tío. Hay algunas cuestiones que para él son irrenunciables y es tremendamente estricto; y cuando algo se le mete en la cabeza no da vuelta atrás.

LAURA.- Lo sé. Pero en este momento sos quien más lo puede ayudar.

CECILIA.- Por momentos me siento impotente. Cuando volvimos del viaje por África, me confesó que no podía más. Que no podía vivir sin esta relación pero tampoco me podía sacrificar. Se refería a la diferencia de edad. Le pedí que no me lo repitiera más y me prometió no hacerlo, pero lo que veo en sus ojos no me gusta nada.

LAURA.- ¿Sabés que hay una lista del personal que deben ser echados? La mayoría amigos entrañables de él. La situación de la Fundación es angustiante y no tiene solución.

CECILIA.- Estoy al tanto. Y sabés que quiere que nos casemos… (LA ACCIÓN SE TRASLADA AL ÁMBITO EN DONDE SE ENCUENTRAN PEPE Y VICENTE)

 

ESCENA XVIII:

PEPE.- ¿Cuántos son?

VICENTE.- ¡Muchos!

PEPE.- ¿Cómo los miro a la cara? ¿Qué les digo? ¿Cuántas cartas habré mandado en estos días? Y todas desesperadas. Entidades nacionales, provinciales, empresarios. Nadie respondió. Setenta y siete años tirados a la basura.

VICENTE.- ¡Tío! Necesitamos mantener la cabeza fría.

PEPE.- Ex dirigentes, Directores del Pami, gente del Gobierno, industriales. Va a venir una abultada cuenta de teléfono. Y la mayoría de los llamados solo hablé con una grabación.

VICENTE.- Tío, esperame que busco a Liliana, para que hablemos los tres.

PEPE.- Pedile a Cecilia que venga. (SALE VICENTE. QUEDA UN INSTANTE SOLO) Cecilia, mis sobrinos, mis amigos y las “Autoridades competentes”. Seis en total. ¡Imbécil! Ya me olvidaba de Ramona Giménez. Una carta de recomendación para ella. Siete en total… (ENTRA BENET)

BENET.- Ya estás hablando solo.

PEPE.- Si vos tuvieras que suicidarte, ¿cómo lo harías?

BENET.- Mi estimado Doctor, no me pienso suicidar.

PEPE.- Ya lo sé; pero si lo tuvieras que hacer…

BENET.- No sé; una bala potente y en la boca.

PEPE.- ¡No, no, no! ¿Estás loco? Hay que dispararse al corazón. Nosotros sabemos de anatomía. Ahí no te equivocás. En la cabeza te podés quedar ciego o medio boludo y vivo.

BENET.- ¿Podemos hablar en serio? ¿Estuvo tu sobrino?

PEPE.- Sí. Y me pidió que lo esperara que iba a buscar a Laura. Quedate por favor.

BENET.- Mejor los dejo solos.

PEPE.- No. Pedí que viniera también Cecilia.

BENET.- ¿No te contestó nadie, no?

PEPE.- No te preocupes; en unos días van a aparecer todos. Algún día un político de turno hasta puede ofrecer un cajón presidencial si una figura descollante como yo pudiera desaparecer. Y por qué no hacerse cargo de la Fundación.

BENET.- Y lo mandás a la “puta que los parió”.

PEPE.- Mi sobrino podría retumbar puteando. Si lo hacemos nosotros, ya mayores, cae en saco roto. Ellos son jóvenes, están obligados a seguir adelante. Y él es mi debilidad. Es el hijo que nunca tuve.

BENET.- Lo sé. Si hasta asombra su parecido.

PEPE.- ¿Pero tengo como él siempre el ceño fruncido?

BENET.- Y la misma cara de amargura. Pero en verdad él tiene todo parecido a vos.

PEPE.- ¿Te mostré la última placa que recibí?

BENET.- Se te va a venir abajo la pared.

PEPE.- Esta no llegué a colgarla. (SE LA MUESTRA) “El amor y el patriotismo a su tierra hizo que Norteamérica perdiera a uno de los mejores cirujanos del mundo”. (SE LO ENTREGA)

BENET.- Está en inglés. Lo que es tener una traductora al lado.

PEPE.- Aprendés a la fuerza. Lo que no está logrando es que baje esta bendita panza ni que me anime a ir a las clases de Salsa.

BENET.- ¿Clases de salsa? ¿La de tomate, o la del merengue?

PEPE.- Ninguna de las dos.

BENET.- El doctor Harken te lo envió. ¡Nada menos! Uno de los pioneros de la Cirugía Cardiovascular.

PEPE.- Se lo prometí a Vicente.

BENET.- ¡Pepe!... (ENTRAN LAURA, CECILIA Y VICENTE)

PEPE.- Qué suerte que estamos todos. Quiero anunciarles que el diecisiete de agosto nos casamos. ¿Qué día es hoy?

VICENTE.- Viernes veintiocho de julio.

PEPE.- Qué rápido pasó la locura por el nuevo milenio. Bueno, quería anunciarles esta novedad.

LAURA.- No queríamos hablar con vos de nuestras cuestiones personales, pero nos alegramos mucho.

BENET.- Con permiso.

CECILIA.- Yo también…

PEPE.- No, quédense.

VICENTE.- Tío, debemos tomar una decisión extrema y dolorosa y no podemos demorarnos más. El lunes a primera hora…

PEPE.- ¿Tenés el listado?

VICENTE.- ¡Sí! (LE ALCANZA UN LISTADO)

PEPE.- ¡Ah! ¿Habías venido a informarme algo? ¿Es sobre el paciente que operé hoy, no?

BENET.- Si…

PEPE.- ¿Y?... (PAUSA TENSA. PEPE ENTIENDE EL SILENCIO) Vivimos a mano con la muerte. Le ganamos y nos ganan. Compañera inseparable. (PAUSA. SE PRODUCE UN SILENCIO PROLONGADO) Hay momentos en que se deben tomar decisiones que no son nada fáciles, pero sí son muy meditadas. Vienen de muy lejos. Y cuando se toman no se deben ni criticar ni halagar. No son producto de alguna debilidad ni tan siquiera de ninguna valentía. Claro que no falta quien haga de eso una comedia o una farsa. Tampoco que se utilice para distraer o provocar desconsuelo. Con beneficios repartidos. No hay piedad aunque se pida a gritos… ¿Cuándo yo no esté, como crees que me recordarán, Cecilia?

CECILIA.- Pepe, no me gusta que me hagas esa pregunta.

PEPE.- Algún día dejaré de estar, como todos. Y quiero creer que me vas a sobrevivir.

CECILIA.- Te van a recordar como el mejor cirujano cardiovascular. Y un hombre de una rectitud y generosidad sin límites.

PEPE.- Sos muy generosa. Ya ves que no te pregunté cómo me vas a recordar vos. (A BENET) ¿Crees amigo que algo va a cambiar en esta bendita tierra, cuando ya no estemos?

BENET.-  ¡No! Así pasen veinte años, todo va a seguir igual, o peor. Es una pena pero no llegaremos a ver ningún cambio.

PEPE.- Una gran pena. Teniendo todo pareciera que no tenemos nada. Porque son muy pocos los que atesoran mucho y a los otros más que muchos, solo les queda la desesperanza. (POR LAURA) ¿Qué te ha hecho crecer tan de golpe?

LAURA.- Lo que nos van dejando. No me dieron tiempo a madurar la inocencia. De un cachetazo tuve que mostrar mis agallas. O no salía adelante. Pero soy mujer y de eso no me olvido.

PEPE.- Nunca lo olvides. Del virtuosismo de tu género depende que algún día nada se consiga por la fuerza. Ni nadie se crea omnipotente. Todos creemos que nada ni nadie nos va a vencer. Hasta que nos damos cuenta que desde que nacimos ya estamos crucificados a ser vencidos. (POR VICENTE) No aflojes, Vicente. Tienen la obligación de seguir luchando. Por lo menos hasta que dejen de ser jóvenes. Como yo. Setenta y siete años en un buen límite. ¡Y no es poco!

VICENTE.- Cada uno de nosotros intuimos cual puede ser el final de nuestras luchas. E imaginamos un posible y merecido descanso. Hasta San Martín por momentos descansaba. Aunque fuera a la fuerza. Tenemos mucho por pelear. Tenés mucho por decir todavía.

PEPE.- San Martín; ¡qué ejemplo! Cuánto aprendí al profundizar en el estudio de su vida. Cuando puedas leé mi libro “¿Conoce Usted a San Martín?”.

VICENTE.- ¡Tío! ¿Tenés idea de cuántas veces lo leí?

PEPE.- Hay palabras que se van a decir en mi nombre. Seguiré hablando en el oído de quien me siga. En el ideal de quien tome mi bandera. De quien siga mi huella. Esta Patria tuvo muchas mentes brillantes. Y lo seguirá teniendo. Celebridades, ignorados talentos que deambularán bregando por ser reconocidos. Silenciosos genes argentinos que tendrán sabios pensamientos, sabiduría y nobleza. Y sobre todo, honestidad y patriotismo… (PAUSA) Tendrán que ir a conocer Jacinto Araoz. No pueden morir sin conocerlo. Cecilia, ¿lo conoces?

CECILIA.- ¡No! Prometiste llevarme.

PEPE.- Y lo haré. Prometo acompañarte como sea. Cuando pedimos algún deseo… bueno… ¡éste será uno de los míos! Ir a Jacinto Araoz. Y por qué no, quedarme ahí. En La Pampa. (POR BENET) Es vergonzoso que no lo conozcas.

BENET.- Qué mala memoria tenés. Claro que ya lo conozco.

PEPE.- (POR VICENTE) Tu padre te habrá hablado de Araoz.

VICENTE.- ¡Mucho!

PEPE.- A vos te va a encantar (POR LAURA)

LAURA.- Todo lo que me recuerde a ustedes, por supuesto que me va a encantar.

PEPE.- (A VICENTE) ¿Nos van a poner la faja de clausura por embargos?

VICENTE.- ¡No, Tío! No vamos a llegar a eso.

LAURA.- Y precisamente de eso queremos hablarte. La Fundación no puede seguir funcionando como un Hospital Público.

PEPE.- Pero es que los Hospitales Públicos deben ser de primer nivel.

BENET.- Eso no ocurre en ningún lugar del mundo. O casi ninguno.

PEPE.- No me importa. En mi país sí debe ser así. ¿Vos te creés que no sé qué si no tenés con qué pagar te pueden dejar morir? ¿Aún en los países desarrollados y ricos del mundo? Pero estamos en la Argentina, en el confín del mundo; afuera de todo y lejos de todo. Sin existir en el concierto mundial y sin ser nadie. Pero acá no dejamos morir a nadie. Acá con todas las falencias que tienen, con todas las ausencias y carencias, los mejores médicos salvan vidas de gente pobre. Acá hay una salud y una educación pública de excepción por más que te quieran hacer ver otra cosa. Pero no quiero que se pierda o se la denigre. Quiero que crezca y que sea aún mejor. No quiero resignarme a soñar con un imposible. ¡Tenemos con qué! Solo basta que no se pongan trabas malintencionadas ni nadie se aproveche de la oportunidad que siendo así pasa a ser obscenidad.

LAURA.- Tío, el país es una cosa pero bien otra es nuestra Fundación.

PEPE.- Dijiste bien, Liliana. Nuestra Fundación y ustedes la deben defender con uñas y dientes y contra viento y marea. ¿Sabés lo que dijo San Martín?

LAURA.- ¡No!

PEPE.- “Vivir se debe de tal suerte, que viva quede en la muerte” (PAUSA. SE PRODUCE UN LARGO SILENCIO) Y la Fundación debe permanecer viva más allá de nosotros. (POR BENET) ¿Te acordás de la pregunta que me rondaba en la cabeza? ¿Esa duda tan vigente y sabia de Abelardo Castillo?

BENET.- “¿Cuál es la frontera de un hombre? ¿Cómo se pone a prueba su valor?

PEPE.- ¿Cómo crees, Vicente?

VICENTE.- ¡De muchas formas!...

PEPE.- (A CECILIA) En la mesita de luz, dejé algo para vos.

CECILIA.- ¿Tiene que ver con el valor de un hombre puesto a prueba?

PEPE.- Tal vez. Porque deja al descubierto el compromiso del cuerpo. Pero también del alma. Que solamente evidencia cual es la frontera de un hombre. Pero más allá de todo, traspasa los límites de lo imaginado para transformarse en el más grande y verdadero amor… (A VICENTE Y LAURA) ¿El lunes…?

LAURA.- ¡El lunes!... (PAUSA) Con permiso, tío… (SALE)

BENET.- Nunca imaginé que la amistad pudiera tener hasta un sentido religioso. Sos un hombre íntegro. De una infinita generosidad y excepcional calidad humana.

PEPE.- No tomes los dichos del loco de Eduardo Galeano. Es un poeta y los poetas ven el lirismo de la vida. ¿Sabés qué me preguntó en su inocencia? Que por qué no recurría a los ricos, muy ricos de este país, para que nos ayuden deduciendo sus impuestos.

BENET.- Imagino lo qué le contestaste.

PEPE.- Que era una buena idea. Siempre y cuando en este país, los ricos, muy ricos, pagaran sus impuestos.

VICENTE.- Tío, te espero para comer algo.

PEPE.- No… andá. Le prometí a ella (POR CECILIA) un almuerzo especial.

VICENTE.- Después te llamo. (SALE)

BENET.- Me parece que hay alguien que está demás…

PEPE.- Cecilia…

BENET.- No seas descortés. ¡Vos estás demás!

PEPE.- Sos un hombre entrañable. ¡Adiós, amigo! (SALE BENET. QUEDAN EN SILENCIO CECILIA Y PEPE) ¡No te imaginás cuanto te he amado!

CECILIA.- ¡Y yo! Pero te sigo amando.

PEPE.- ¡Y yo también, qué diablos! ¿Sabés cómo me apodó Galeano? ¡Todero!

CECILIA.- ¿Cómo?

PEPE.- ¡Y no pude bajar ni medio kilo!¡Sí! Todero, un término que usó para señalar a un hombre que andaba en bicicleta, un tal Bautista que era electricista pero arreglaba de todo. Y me comparó con él, por mis épocas de médico rural. Me prometió escribir un relato. En mi homenaje. ¡Qué bárbaro! Si un día lo hace, devolvele en agradecimiento un regalo: la novena de Beethoven.

CECILIA.- ¡Me habías prometido un almuerzo especial!

PEPE.- Si, y estamos a tiempo.

CECILIA.- ¿A las seis de la tarde? Vamos a comprar algo y cenamos en tu casa.

PEPE.- Unos gramos menos no me van a venir mal. Pero olvídate de la salsa.

CECILIA.- Hoy no nos toca pastas.

PEPE.- No, digo salsa por el baile.

CECILIA.- Ya hace rato que me resigné.

PEPE.- El Doctor no puede ser visto bailando salsa. ¿Vos te imaginás el titular de Crónica? ¡“Don Pepe en su salsa”!

CECILIA.- Pepe, ¿qué pensás hacer?

PEPE.- (PAUSA TENSA) Nos pasamos la vida tomando decisiones. Acertamos a veces y otras no. Nos sentimos satisfechos de los logros y nos arrepentimos cuando nos equivocamos. Pero no hay vuelta atrás. Si tomamos una decisión, nunca o casi nunca es impensada. Más allá de algún arrebato o impulso desmedido, todo tiene su explicación y su meditación. No te preocupes. Nadie es culpable de nada. Ni responsable de lo que ocurre o pueda ocurrir. No voy a tomar ninguna decisión de la que me pueda arrepentir.

CECILIA.- Hoy fue un día muy largo. Nos vamos a acostar temprano.

PEPE.- Es cierto. Y estoy muy cansado. Por suerte cada nuevo amanecer nos puede deparar alguna sorpresa. Y no pierdas la fe. Lo que hoy puede verse mal, con el paso del tiempo puede ser para bien.

CECILIA.- ¿A qué te referís?

PEPE.- Nada, cosas que me vienen a la mente.

CECILIA.- hoy me acordaba de aquella vez en que nos conocimos.

PEPE.- ¡Qué flechazo, por Dios! ¿Cómo puede nacer el amor tan de golpe?

CECILIA.- Tu mirada fue tremenda. No atiné a decirte nada.

PEPE.- Recuerdo tu silencio. El mismo de ahora.

CECILIA.- Ahora no estamos en silencio.

PEPE.- No. Pero las palabras ocultan un silencio.

CECILIA.- ¿Algo que no podés decir?

PEPE.- No pude ocultarte nada desde el preciso momento que te conocí.

CECILIA.- ¿Me prometés una cosa?

PEPE.- Ni me lo tenés que preguntar. ¿Qué cosa?

CECILIA.- ¡Que nunca vas a dejar de amarme!

PEPE.- ¡Jamás! ¡Ni aun cuando deje esta vida!...

(TELON FINAL)

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