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¡GRITA, QUE NO TE OIGO!

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 

¡GRITA, QUE NO TE OIGO!

 

(Juguete cómico)

 Original de: Raimundo Francés
 
bea45azul@yahoo.com 
 
Juguete cómico para tres personajes femeninos.
 

Se trata de ironizar con una situación jocosa, aunque no imposible, que ocurre en la consulta de un médico en un gran centro hospitalario en régimen de ambulatorio. Son tres pacientes, todas mujeres. La primera o PACIENTE No.1 es una señora de unos sesenta años que ha venido del pueblo a consultar al dermatólogo por qué tiene tantas manchitas por todo el cuerpo. La PACIENTE NO.2, que está en medio, es una chica jovencita que no consigue dormir por la noche debido a su urticaria y quiere un remedio aconsejado por el facultativo. La tercera, o PACIENTE No.3, es una señora de unos 50 años que también acude al dermatólogo porque sin saber por qué, le salen unos bultos por todo el cuerpo que parece un monstruo. Es conveniente imitar el acento y el lenguaje de estos personajes. El de la jovencita, siendo de la capital y en su afán de distinguirse, debe ser más cuidadosa en el habla, incluso de niña pija y vanidosa.

 

Se encuentran las tres mujeres sentadas con su bolso, en línea. Las señoras muy emperifolladas y alhajadas. La chica joven con ropa moderna, muy escotada y con zapatos de tacón.

 

Al fondo, en la pared, un cartel convencional de hospital en el que aparece una guapa enfermera haciendo el gesto de rogar ‘’SILENCIO’’. Si es posible, deberá ampliarse ese cartel para que esté siempre en la mente del espectador.

 

                                               SE SUBE EL TELÓN 

 

P1 ─ (Abanicándose desesperadamente) ¡Ay! ¡Qué calor! ¿No dicen que en estos sitios se está muy fresquito porque tienen el aire ese de la máquina esa?

 

P3 ─ Señora, es que si ponen el aire acondicionado ese, mucha gente sale de aquí con un catarro que no traía y entonces de aquí no se sale nunca. ¿Comprende?

 

P1 ─ ¡Hija, por Dios! A ver si me llaman ya de una vez que llevo aquí desde esta mañana a las ocho y ya tiene que ser por lo menos las once.

 

P3 ─ Yo no me acuerdo a qué hora he llegado, pero cerca de dos horas llevo aquí esperando, seguro. (También coge su abanico del bolso y empieza a abanicarse)

 

                (A esto, la chica que está en medio, que intenta leer lo que dice en unos apuntes, nota que con el aire de los abanicos las hojas de papel están como locas, no se están quietas, y algunas se le caen al suelo)

 

P2 ─ ¡Jolín, señoras, que con el viento de levante por la derecha y el de poniente por la izquierda, no puedo leer lo que dice aquí y mañana tengo un examen!

 

P3 ─ ¡Hija! Es que con este calor, ¿qué quieres que haga? Además, yo tengo ya la menopausia esa y me entran unos sofocos que cualquier día me tiro por la ventana. Si no fuera por el abanico...

 

P2 ─ Pero, hoy no se piensa usted tirar, ¿verdad que no?

 

P3 ─ Mujer, he dicho cualquier día.

 

P2 ─ Bueno, pues mientras llega ese día, deje usted ese abanico tranquilo que tengo que estudiar.

 

P3 ─ ¡Ay, hija, por Dios! Lo que yo digo, que a las niñas de hoy no puedes ni echarle el aire. ¡Cómo están todas! 

 

P1 ─ ¡Desde luego! Y yo que no quiero discutir, porque me salen más manchas todavía.

 

P3 ─ ¡Mira! ¡Igual que yo! ¡Cuando le pego dos gritos a mi marido, me salen más bultos! Es que no me puedo “inrritar”, porque me sale todo por la piel. Que ya me lo dijo a mí el médico una vez. 

 

P2 ─ Pues a mí, la urticaria me entra sobre todo cuando estoy en medio de dos mujeres mayores que me ponen los nervios de punta y no me dejan ni leer, ¿comprenden?

 

P3 ─ Sí, pero no grites niña, que esto es un hospital y aquí hay que hablar bajito.

 

P1 ─ ¡Claro! ¡Eso digo yo! ¡Mira este cartel de aquí arriba! Parece como si estuviera diciendo a los jóvenes que se callen.

 

P2 ─ ¿A los jóvenes nada más? ¡Vamos, por Dios! ¡Qué jeta!

                   (A esto suena un móvil. Las tres mujeres se ponen a buscar su móvil dentro de su bolso, pero no atinan. Curiosamente, el sonido es el mismo en los tres. De ahí que cada una crea que se trata del suyo)

 

P1 ─ Yo creo que es el mío.

 

P2 ─ Seguramente me están llamando a mí. Debe de ser mi novio. ¿Dónde está metido el móvil? ¡Con tantos libros, tantos apuntes...! ¡Uy, por Dios!

 

P3 ─ A mí me da que el que esta sonando es el mío, porque lo conozco por la musiquilla esa. ¿Dónde lo habré metido? 

 

P2 ─ ¿Qué dice, señora? ¡Pero si esa musiquilla es del mío! ¡Estése quieta de una vez que me va a tirar hasta el bolso!

 

P1 ─ Lo más seguro es que sea el mío, porque lo oigo, como más cerca de mí. Lo que pasa es que este bolso que me lo regaló mi Vero por “Reyes”, lo llevo siempre hasta arriba. ¿Lo ves?

(Empieza  a sacarlo todo) El bocadillo... la botella de agua mineral, el tarro de colonia, las llaves de la casa, las llaves de la furgoneta de mi Paco, las llaves del campo. ¡A que va a resultar que el móvil está debajo del todo!  ¡Ya! ¡Ya lo he encontrado!

 

                  (Se pone nerviosa con la llamada, no atina a las teclas, lo suelta todo y coge el móvil con las dos manos como si estuviera empuñando una pistola)

 

P2 ─ ¡Señora, que eso es un móvil! ¡Que parece que vaya  usted a atracar el BBV! (Banco de Bilbao Vizcaya)

 

P1 ─ ¡Ay! ¿Cómo era? Yo sé que se daba en una cosa que estaba aquí... me parece que era la de arriba ¿verdad?  Es que este móvil me lo regaló mi Vanesa por mi santo que fue el sábado, pero no me explicó muy bien... Será que no le he cogido todavía las mañas...

 

P2 ─ A ver, señora, déjeme a mí, que se le va a gastar la batería antes de hablar.

 

P3 ─ (Fisgoneando)  ¡Ah, mira! Ese es como el de mi Richard. Yo creo que hay que empujar el botoncito rojo, ese de abajo.

 

P1 ─ ¡Cállese mujer, que va a poner nerviosa a esta criatura!

 

                      (Por fin, la joven atina y abre la llamada)

 

P2 ─ ¡Tenga!  Ya lo tiene.

 

P1 ─ ¡Ay, niña! ¡Menos mal! Ya estaba yo poniéndome, como muy preocupada.

 

          (Gritando) ¡Diga! ¡Oiga! ¡Oiga! ¡Diga, diga!  ¡Sí, yo soy yo! ¿Y tú quién eres? ¡Ah!, que eres tú ‘’la Vero’’. ¡Hija! ¡Qué susto me has dado! ¿No pasa nada, verdad niña? Y a mí nietecita de mi alma, tampoco, ¿verdad? Mujer, es que llamarme a esta hora...Ya estaba yo pensando que a mi niña le había pasado algo. ¡Ah, bueno! ¡Gracias a Dios! Oye, ¿por qué no me la pones un momentito que no hablo con mi niña desde ayer?

 

                         (Ahora, gritando de verdad)

 

¡Alba, Alba! ¡Hijita, cariñito mío! ¿Cómo está mi niña? ¿Ya se ha tomado mi niña el potito? ¡Alba! ¡Alba! ¿Quién es la niñita más bonita del mundo? ¿Y qué le va a llevar a mi niña su abuelita?  Eso, unos guantecitos, ito, ito, para que mi niña no pase frío en los deditos.

 

                          (Ahora cambia de tono hablando ya a su hija)

 

¡Bueno, Vero, ten cuidadito con la niña no se te escape que hay mucho loco por ahí!

 

                           (Ahora suena otro móvil)

 

P2 ─ ¡Uy! ¡Ese debe de ser mi novio! (Buscando en su bolso como ansiosa)

 

P3 ─ No, niña, que ese es el mío.

 

P2 ─ ¿Su novio?

 

P3 ─ No, digo que es mi móvil, que lo conozco yo muy bien.

 

P2 ─ ¡Qué raro!   Si suena igual que el mío.

 

P3 ─ ¡Pues, no! (Ahora lo encuentra en su bolso y se lo lleva a la oreja, pero antes de hablar se escucha gritar a la P1)

 

P1 ─ ¿Qué donde estoy? ¿Dónde quieres que esté? ¡Aquí en el hospital, en la segunda planta!

 

P3 ─ ¿Qué donde estoy? ¡Pues, aquí, en el hospital, en la segunda planta!

 

P1 ─ (Poniendo la mano en el móvil y hablando a la P3) ¡Oiga! ¿Usted no se estará cachondeando de mí, verdad que no?

 

P3 ─ ¿Quién, yo? ¡Por favor, señora! Yo estoy hablando con mi móvil, que me ha llamado mi marido. ¡Vamos, por Dios!

 

                 (Ahora, la P1, habla a su hija)

 

P1 ─ No, hija, que aquí hay una mujer que está con el móvil en la oreja y estaba repitiendo lo mismo que yo te estaba diciendo.

 

P3 ─ No, Paco, que aquí, hay una mujer diciendo que yo estaba repitiendo lo que ella estaba diciendo.

 

P1 ─ ¿Lo ve usted? (Ahora, vuelve al teléfono) Espera Vero un momentito que ahora sigo.

 

¡Oiga! Individua, usted no se habrá creído que se puede cachondear de mi ¿verdad que no? Porque, aunque una sea mayor y de pueblo, usted no tiene ningún derecho, ¿eh?

 

P3 ─ ¿Yo? ¿Que yo me estoy riendo de usted? ¿Pero, qué está diciendo señora? ¡Vamos, que una no va a poder ni hablar con su marido por el móvil!  ¡No sé a donde vamos a llegar! Espera Paco, que esta mujer de aquí al lado que dice que yo le estoy faltando  ¡y de eso, nada!

 

P1 ─ Usted lo que tiene que hacer es irse al rincón aquel y dejarme hablar con mi hija y con mi nieta.

 

P3 ─ ¿Quién yo? Pero, ¡vamos! ¡Habrase visto! ¡Qué cara más dura tiene la pueblerina esta! ¡Ni que fuese esta tía la dueña del hospital! ¿Y por qué no se va usted al rincón? Allí, le puede usted decir a su nieta todas esas chocheras.

 

P1 ─ ¿Quién, yo? ¿Me está usted llamando vieja chocha? Mire, que aunque una sea de pueblo, una es pero que muy decente ¿eh? ¡No digo yo! Además, yo he llegado la primera, que estoy aquí desde las ocho de la mañana y todavía estoy en ayunas.

 

                             (Ahora suena otro móvil)

 

P2 ─ ¡Uy! Este, seguro que es mi pocholo. Porque como ustedes ya están cada una con su móvil, este, por deducción no tiene más remedio que ser el mío. Aquí está. ¡Dime, chati!

¿Dónde quieres que esté? ¡Aquí en el hospital, en la segunda planta! ¿Cómo? ¡Claro que me he traído los apuntes para estudiar, pero es que aquí hay dos Marujas que no me dejan! Primero, con los abanicos, y ahora gritando con el móvil. ¿Cómo dices? Ya, ya lo sé, que esto es un hospital y que no se debe gritar porque hay que guardar silencio, pero si alguien nos llama, ya sabes... alguien contesta ¿no? Tú ya sabes que la vida es móvil.

 

P3 ─ Oiga, niñita, ¿usted me está llamando a mí, Maruja? De esas Marujas que van a la plaza (Mercado de Abastos), a comprar boquerones y zanahorias, y que viajan en enero a Benidorm con el Imserso*?  Lo que me faltaba a mí hoy con los bultos que me han salido por todo el cuerpo es que esta niñita me falte a mí al respeto.

(* IMSERSO = Instituto de servicios sociales y de ocio para jubilados)

 

 (Al teléfono) No, espera Paco, espera un momentito, es que aquí hay una niñata que me ha llamado Maruja, sí de esas que van al mercadillo a comprarse bragas de dos euros el paquete de medio kilo. ¿Cómo? No. Ya, ya. Esa era la otra. A esa ya le he dicho un par de cosas pero esta es la jovencita, la otra, la estudiante. ¿Qué te estaba yo diciendo?

 

P2 ─ Chati, ¿esta noche vas a venir a casa a ayudarme a estudiar? ¿Peligro? ¿Qué peligro? ¿Qué me vas a comer qué? ¿La boca? Yo si que te voy a comer a ti... el corazón. Sí, pero podemos estudiar un ratito y luego, ya sabes... dime, dime...

 

P1 ─ Oye hija, mejor te llamo yo más tarde, que aquí hay una fulana que se está comiendo la boca con el novio. ¡No, hija, no! Ya lo sé, que esto es un hospital, lo que te digo es que se están comiendo la boca, pero por el móvil. Es que hoy ya no hay vergüenza, ya no hay ni educación. Las niñas de hoy son todas unas ‘’pernográficas’’ de esas. Nada más que valen para el trique─ trique.

 

P2 ─ ¡Oiga, pueblerina de mierda! ¡A mí no me insulte usted, que yo tengo derecho a hablar con mi novio y a comerle lo que me de la gana, que para eso estamos en democracia! Pero, claro, usted no sabe ni lo que significa esta palabra.

 

P3 ─ ¡Oye, niñata!, ¡Tú a mí no me estarás poniendo de analfabeta! , ¿verdad que no? Que yo tengo un hijo que está en el ayuntamiento,  y una hija que está de administrativa en una inmobiliaria, ¿eh?

 

P1 ─ Espera un momento, hija, que le tengo que decir un par de cosas aquí a una. ¿Cómo? No, a esa no es, esa era la de antes. Ahora, la que me está insultando es la otra. Espera, espera...

 

¡Oiga, señorita estudiante!, yo tengo ya muchas canas aunque las tenga teñidas, para que usted se meta conmigo, ¿eh? Así, que, o se calla usted o le voy a tener que poner una ‘’desnuncia”.

 

P2 ─ Señora, déjeme en paz que estoy hablando con mi novio. (Al teléfono) ¡Chati! ¿Estás ahí? ¡Oye, oye! ¡Coño! Esto se me ha quedado sin batería. ¿Cuándo coño inventarán una batería de móvil que dure cuarenta años? ¿Y ahora qué hago? Pues yo no puedo estar sin mi móvil. ¡Me voy! Ya vendré a la consulta otro día. Al fin y al cabo, ya sé lo que este tío me va a decir... que me tome por la noche dos pastillas en vez de una. ¡Como siempre!

 

                      (Empieza recogerlo todo para levantarse y marcharse)

 

P3 ─ Anda, sí. Vete ya. Una menos.

 

P1 ─ Sí, usted se marcha, pero no por lo de la batería esa, que aquí en este hospital me han dicho a mí, que las enfermeras venden baterías, móviles, seguros de coche, apartamentos, y hasta te hacen la  hipoteca. Usted se va porque sabe que le puedo poner una ‘’desnuncia’’.

 

P2 ─  (Ya en pie y marchándose)  ¡Váyase a la mierda, so paleta!

 

P1 ─ ¿No te digo? ¿Habrá una niñata más carota y tan mal educada? (Ahora, al teléfono) No, hija, no. No estaba hablando contigo. Era con la niñata que estaba aquí, la estudiante, que cuando le he dicho que le iba a poner una ‘’desnuncia’’ ha salido pitando que se las pela. Tú sabes cómo se las gasta tu madre... ¿Cómo? , ¿Que si sé lo que tengo que hacer si se acaba la batería del móvil? Tú me dijiste que tenía que llevarlo enseguidita a un estanco y allí me lo cargan no se donde, ¿no?  ¡Oye!, ¡Oye! ¡Vero! ¡Coño! ¿Qué habrá pasado que ya no oigo a mi hija? ¡Niña! ¡Vero!  (Mirando al móvil como extrañada) ¿Qué le habrá pasado a esto?

 

P3 ─ A ver, déjeme. (Al teléfono) Paco, luego te llamo, ¿Oye? ¿Me oyes, Paco? ¿Pero, qué está pasando aquí? ¡A lo mejor es que no hay cobertura! Pues si aquí no puedo hablar con mi marido ni puedo llamar a mis hijos, me tendré que ir de aquí. ¡Tenga, señora! Me voy. Ya pediré cita otro día. Total, a mí estos bultos no me los quita ni el Cristo de los desesperados... Adiós.

 

P1 ─ Entonces, si ahora le pasa algo a mi hija o a mi nietecita, ¿cómo me entero yo? Es mejor que me vaya a buscar un estanco por ahí. Ya me verá el médico otro día. Si al fin y al cabo, estos picores me dan todos los días, y las ‘’midicinas’’ que me ha mandado este tío no me han servido para nada. Adiós.

       (Ahora, la actriz jovencita, disfrazada y con uniforme de enfermera, sale de un lado del escenario con un papelito en la mano para llamar a las pacientes)

 

ENFERMERA AUXILIAR -  ¡Qué raro! ¡Si yo diría que por lo menos había tres pacientes esperando! Eran tres mujeres, y se llevaban muy bien porque yo he oído un rumor como si estuvieran charlando de sus vacaciones o cosas así. A lo mejor es que se han ido juntas al mercadillo.

 

(Arreglándose el pelo y estirándose el uniforme con las manos en las caderas)

 

¡Bueno! Entonces, voy a aprovechar que no hay pacientes y me voy a la cuarta planta que allí hay mucha gente, a ver si puedo vender allí aunque sea dos móviles de Vodafone, que, con esta crisis, llevo una mañana que no vendo ni un pañuelo.

                       

 (Desaparece muy contenta mientras se baja el telón)

 

FIN

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