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  LA DANZA DE LA LLUVIA

de Eugenio Asensio Solaz

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

 La danza de la lluvia 

 

Eugenio Asensio Solaz

easensios@gmail.com 

 

                         REPARTO

 

VALENTÍN.- Personaje que se sitúa alrededor de cuarenta años. Parado. Su paso por la vida lo ha convertido en un ser entre pícaro y escamado, pero aun así, no ha renunciado a la honradez de los que predican desde la barra de un bar. Valentín García Pimentel comparte muchos de nuestros rasgos físicos y morales, aquéllos que sólo confesamos delante de nuestro espejo interior.

FOWLES.-  Es la voz que nos habla sin cesar, pero nada de la voz de la conciencia, sino la voz de los anuncios televisivos, la de los sueños comerciales, la voz de los castigos terribles y la de los sueños imposibles. Debemos pensar que le corresponde a un señor estadounidense de edad indefinida, firme y segura, o sea, una voz entre la de Dios y la del diablo.

NANCY.-  Mujer que materializaría la imagen que a tantos “valentines” nos pudiera pasar (y no quedar) por los pasillos y recodos del deseo. Su superior jerárquico es Fowles, y ella no deja de ser un instrumento de éste.

     EL NUEVO.- Réplica de Valentín.

 

 

 

 

 

                       Primer acto

 

 

     Ante los ojos del espectador, en el escenario, no hay más que oscuridad. Poco a poco, como si se aproximara, se oye una música interpretada con los instrumentos propios de una banda, una de tantas que ensayan en tantos pueblos de España, destacando el sonido del metal y de los clarinetes. Cuando la música alcanza la intensidad adecuada, muere alejándose.

     Un cañón, solamente, alumbra el rostro de un hombre de mediana edad, quien responde a simuladas preguntas.

 

VALENTÍN.- Valentín García Pimentel... Cuarenta y tres años de edad... Casado...Con un hijo... Nací en Badalona, provincia de Barcelona... Vivo en la calle Bailén... Bloque B... Entresuelo, tercera puerta...Estudios primarios...Más que nada, he tocado el mundo de las ventas a domicilio...Para cuatro o cinco editoriales; aunque comencé vendiendo seguros...Por supuesto, representante... (satisfecho) Yo soy un vendedor.

 

     Oscuridad. Se repite el mismo juego musical que al principio. En el lateral derecho se enciende lentamente una luz que nos permite ver el recibidor o pasillo que da entrada a la amplia sala del "laboratorio". Tanto la sala como el recibidor, combinarán los colores rojo y blanco. La luz nos ha descubierto a una exuberante "secretaria", cuya principal característica son sus grandes pechos. Una serie de elementos nos dice que ella es extranjera. La mujer vestirá siguiendo los colores rojo y blanco característicos de algunos paquetes de cigarrillos americanos, apetecible, de esta manera, a cualquier fumador o no fumador. Después de la mujer, siguiendo las indicaciones de la exuberante extranjera, entra Valentín. Valentín viste un traje con cierto desaliño. Se abre la puerta y entran en la sala, apreciándose que cuando entran se enciende la luz del laboratorio y se apaga la del pasillo, todo, debido gracias a un supuesto y moderno sistema electrónico.

 

     Ya en la sala observamos que no hay más que un taburete de esos que gracias a un tornillo suben y bajan el asiento. En algún lugar del escenario habrá una vitrina o estante en donde se expondrán paquetes de tabaco y cigarrillos, de distintos tipos y medidas, pero todos de la marca "Wilson".

 

     La mujer recorre la sala para observar detalles que ella conoce: toca las paredes, observa los cigarrillos..., mientras Valentín no pierde detalle de los voluptuosos movimientos de la extranjera.

 

SECRETARIA.- (Con acento inglés americano) Señor García, por favor, déme su chaqueta.

VALENTÍN.- (Mientras se la quita) ¿Me podrá decir usted, señorita, en qué consiste lo del trabajo?

SECRETARIA.- Ahora mismo le atenderán

VALENTÍN.- Es que los del paro me dijeron que me presentara. Me preguntaron si yo tenía experiencia como vendedor; fíjese,  barrios enteros con la Enciclopedia del Tenis al hombro, y en la cartera una muestra de la Enciclopedia de la Salud. Que por cierto (lo que él entiende como persuasión), está usted muy saludable.

SECRETARIA.- Muchas gracias.

VALENTÍN.- (Intenta recuperar de la chaqueta, que ya sostiene ella, el paquete de cigarrillos) Si me permite, cogeré mi paquete de cigarrillos.

SECRETARIA.- (Impidiéndoselo) No le va a hacer falta, ya lo verá.

VALENTÍN.- ¿Qué pasa? ¿Que aquí tampoco se puede fumar?

SECRETARIA.- Por supuesto que se puede fumar. (Sale. Cierra la puerta, y continúa por el pasillo, encendiéndose la luz de éste a su paso, y apagándose a su salida.)

 

     Valentín espera a que alguien le dé alguna indicación. En su paseo descubre el muestrario de cigarrillos. Mientras los observa se oye una voz masculina en "off", con un acento similar al de la mujer. Tanto la "secretaria" como la voz que llega desde fuera, pueden introducir algún barbarismo pertinente a la conversación.

    

VOZ.- Señor Valentín García Pimentel.

VALENTÍN.- Yo. Soy yo. (No sabe a dónde mirar y decide observar la puerta por donde entró.)

VOZ.- Buenos días y bienvenido a Wilson Corporation, S.L.P.K..

VALENTÍN.- ¡Hola y buenos días!

VOZ.- Antes de empezar con su trabajo, quisiera decirle que ha sido usted escogido entre una interminable lista de candidatos que ofrecían su tiempo y su servicio a Wilson Corporation, S.L.P.K..

VALENTÍN.- (Ahora dirige sus palabras a la pared opuesta) Sí, bueno, es lo que le preguntaba a la señorita que me ha atendido. A mí me llamaron de la oficina del paro y me dijeron que si me interesaba algo de ventas de cigarrillos, yo dije que sí, pero de momento nadie me ha dicho nada más.

VOZ.- Sí, sabemos que es usted vendedor, pero su trabajo no va a consistir en vender nada. Usted puede colaborar con nuestra empresa desarrollando otras facetas diferentes a su capacidad como vendedor. Para entendernos, le puedo decir que su trabajo no establece una relación directa con las ventas.

VALENTÍN.- Vamos a ver (gira buscando una cámara, un micrófono o algún aparato que le oriente), vamos a ver si nos entendemos. A mí me llaman los del paro y me preguntan si he trabajado en ventas. (Pausa) Me seleccionan supuestamente por mi experiencia en las ventas, (pausa) y cuando llego aquí, usted me dice que Wilson S.K. y demás me ha escogido entre una lista interminable. Y me pregunto, ¿de qué era esa lista si no era de vendedores?

VOZ.- (Saliendo de apuros) Es usted una persona inteligente. Señor García, puede pensar que ha sido escogido por su ya demostrada inteligencia, o bien porque le ha tocado una especie de lotería.

VALENTÍN.- ¿De lotería? Ya. (Pausa. Da un golpe en el asiento del taburete y se encamina hacia la puerta para marcharse.)

Voz.- Por favor, señor García, usted puede ganar mucho dinero con este trabajo. (Valentín se detiene antes de alcanzar la puerta.)

VALENTÍN.- ¿Mucho dinero? Y qué más me va a decir, ¿que me ha tocado un coche? (Vuelve a buscar un lugar al que mirar.) Esto me huele a mí a otra cosa. Esto me huele, ¿sabe a qué me huele, mister? Pues me huele a montaje para venderme un apartamento en multipropiedad. Dígame usted si no tengo razón. Venga, mister, dígame si no se trata de darme el sablazo. Durante todos los años que me he dedicado a visitar a mis clientes, yo siempre he ido con la verdad por delante, y yo siempre presente para representar a mi empresa. Nada de ventas por teléfono, ni estratagemas, ni encerronas ¿Sabe qué le digo?, que mucho gusto y que se busquen a otro primo. Vamos, hombre... (Como en la ocasión anterior se acerca a la puerta, pero la voz vuelve a detenerle.)

VOZ.- Podrá fumar todo lo que quiera.

VALENTÍN.- Pero oiga, usted se cree que yo soy gilipollas o qué.

VOZ.- Está bien, márchese. Vuelva al bar de la esquina o a enfrentarse con la gorda de la vecina de enfrente; a escuchar la irónica pregunta: ¿qué, Valentín, todavía no trabajas? ¿No preferiría entrar en su casa con la satisfacción de llevar una considerable cantidad de dinero? (Pausa) Vamos, Valentín, usted decide.

VALENTÍN.- (Tras una pausa de transición) Oiga, ¿de verdad que no se trata de la multipropiedad?

VOZ.- De verdad.

VALENTÍN.- Bueno, mire, no le aseguro nada. Vamos a tranquilizarnos, y cuando usted me explique en qué consiste este dichoso trabajo, yo decidiré. ¿De acuerdo?

VOZ.- De acuerdo.

VALENTÍN.- ¡Ah! Y otra cosa. (Con cierta desesperación) ¡¿Me puede decir de una vez a dónde tengo que mirar?!

VOZ.- Por supuesto, señor García. Gire on the right.

VALENTÍN.- Perdón.

VOZ.- Discúlpeme. Gire hacia la derecha. Un poco más. Más, más. Stop. Bien, ahora alce la mirada. No tanto. Eso es. (Valentín está encarado al público) ¿Ve usted como una ventana iluminada?

VALENTÍN.- ¿Ésa de allí?

VOZ.- Exactamente.

VALENTÍN.- Entonces es usted uno de los dos que se ven, ¿me equivoco?

VOZ.- No. No se equivoca.

VALENTÍN.- A ver. Mueva un brazo. (Suponemos que Valentín ve el movimiento) Ahora el otro. Vale. Es usted el de la izquierda; de los dos, el rubio, ¿verdad? Bueno, su compañero también es rubio, pero parece algo menos que usted.

VOZ.- Ese soy yo, el más rubio de los dos, pero para evitar confusiones, puede usted llamarme Mr. Fowles.

VALENTÍN.- De acuerdo mister Fowles. ¡Ah! Otra cosa mister Fowles. ¿En este trabajo me van a asegurar? 

FOWLES.-Señor García, no puedo comprometerme en nada, aunque todo entra dentro de lo posible.

VALENTÍN.- Si acaso, con el tiempo se puede decidir, ¿no le parece, señor Fowles?

FOWLES.- Exacto, con el tiempo se decidirá. Ahora, señor García, comprenderá que no podemos perder más tiempo, hemos de empezar cuanto antes con la obligación que nos ha reunido aquí. ¿Por qué se ríe señor García? ¿He dicho algo inapropiado?

VALENTÍN.- Perdone, mister Fowles, pero se me ha ocurrido pensar que, quizás, a lo mejor..., pues que esto no sea realmente, cómo podríamos decir, por ejemplo, una entrevista de trabajo.

FOWLES.- ¿Ah, no? Entonces díganos qué se le ha ocurrido que pueda ser esta reunión.

VALENTÍN.- Pues verá, a mí, bueno..., se trata de mi punto de vista, ¿sabe usted, mister Fowles?, pues que se me había ocurrido pensar que... debido a lo particular de lo que usted llama reunión, (entre risas) que podría tratarse de..., en fin, de la cámara indiscreta. (Ríe.) 

FOWLES.- No, señor García. (Notablemente irritado) Le aseguro a usted que no se trata ni de un programa de márketing enfocado a la venta de apartamentos en multipropiedad, ni tampoco de un programa televisivo. Aquí no hay nada de eso. ¿Lo entiende?

VALENTÍN.- Perdone, mister Fowles. Si yo lo decía porque, claro, al entrar y ver, mejor dicho, al entrar y no ver...

FOWLES.- ¡Basta, Valentín! ¡Cállate de un vez! (Se calla perplejo.) Ahora, si me permite, me gustaría poder explicarle en qué consiste su trabajo; me ha parecido entender que era lo que a usted le interesaba saber, ¿no es así?

VALENTÍN.- Sí, claro que sí, mister Fowles.

FOWLES.- Well, usted nada más deberá quedarse ahí, sentado sobre ese taburete (Valentín lo señala), fumar los cigarrillos que yo le vaya indicando (camina hacia la vitrina), y mientras tanto, usted contestará a las preguntas que de vez en cuando le realice. ¿Queda claro?

VALENTÍN.- ¿Ah, pero ya está? ¿No hay que salir a la calle a buscar nuevos clientes, ni tampoco hay que aflojar de aquí? (hace el gesto típico que representa al dinero).

FOWLES.- Eso es todo, señor García Pimentel.

    

     Por la mueca de Valentín entendemos que sospecha que ese trabajo no puede consistir nada más que en lo dicho. Improvisa diferentes poses de pensador, pero con ninguna de ellas logra descubrir dónde puede estar la trampa. Sin más, se decide a hablar.

 

VALENTÍN.- O sea, que sentarme, fumar y contestar a sus preguntas.

FOWLES.- Así es.

VALENTÍN.- Y por ese "trabajo", ¿cuál será mi estipendio?

FOWLES.- ¿Perdón? 

VALENTÍN.- Que de aquí (vuelve a hacer el gesto con el índice y el pulgar), cuánto.

 

     Mr. Fowles le pregunta en inglés a su compatriota si 5.000 pts está bien. A lo que éste contesta que sí, aunque quizás sea demasiado.

 

FOWLES.- Qué le parecen 5.000 pts., señor García.

VALENTÍN.- (Sonriendo. Como si el sonido no se percibiese limpio) ¿Perdón?

 

     Los dos norteamericanos vuelven a conversar y deciden pagarle algo más.

 

FOWLES.- Quizás si aumentamos esa cantidad hasta 10.000 pts, a usted le parezca mejor.

VALENTÍN.- (Con una mano en la oreja) Que digo yo, que a lo mejor sea un problema del micro. Igual es que se acopla la radio, o quizás, el problema venga de alguna interferencia con el teléfono, ¿no le parece, mister Fowles?

 

     Otras palabras en inglés para deliberar.

 

FOWLES.- Hemos decidido que su...su...

VALENTÍN.- Mi estipendio...

FOWLES.-... llegue a 25.000 pts.

 

     Valentín, viendo que regatear es un juego en el que por ahora gana él, busca conseguir una cantidad más elevada.

 

VALENTÍN.- Definitivamente, el problema no es ni de la radio ni del teléfono. El problema, yo diría que se debe a la... (chasca los dedos, hasta que al fin encuentra la palabra que estaba buscando) acústica, eso es, a la acústica.

FOWLES.- Hablemos clara, señor Valentín García Pimentón...

VALENTÍN.- Por favor, mister Fowles, PIMENTEL.

FOWLES.- Well, que no sea un problema crematístico. ¿Cuánto quiere cobrar usted por esta sesión?

VALENTÍN.- Mire usted, yo no es que quiera abusar, pero tampoco quiero que nadie se beneficie de mí en este "experimento". Quiero que se tengan en cuenta mis derechos, y en este caso (señala hacia donde pueda estar Mr. Fowles) sus obligaciones. Pensando con la cabeza, yo me merezco algo más, por algo (jactándose) he sido elegido entre una lista interminable de candidatos, ¿o no es así, mister Fowles? (Pausa) Y además, ustedes me lo han dicho, día a día. Ustedes me lo llevan recordando cada vez que consumo una de esas cajetillas de cigarrillos, ¿o es que el tabaco no perjudica seriamente la salud?

FOWLES.- Señor García, ¿quiere decirnos, sin más rodeos, cuál es la cantidad que ha decidido?

VALENTÍN.- Pues bien, sumando lo de mi salud, lo de las cualidades por las que he sido escogido, por hacer callar a la vecina, por pagar la cuenta del bar de Paco, más aquello, más lo otro, bien contado, cincuenta mil del ala. (Fija los ojos en la luz, esperando en la pausa que conteste el norteamericano.)

FOWLES.- De acuerdo, cincuenta mil pesetas. ¿Podremos empezar ya, señor García?

VALENTÍN.- Podremos enseguida, justamente cuando yo vea ese dinero, o en su defecto, tal cantidad en un talón a mi nombre. ¿Qué le parece, Fowles?

FOWLES.- Qué quiere que le diga, si a usted, al fin, ya le parece bien, pues a mí, créame que también. Si no hay nada más, empezaremos...

VALENTÍN.- La secretaria.

FOWLES.- Pero cómo la secretaria, ¿no me dirá que también me está pidiendo que entre la señorita Nancy en el acuerdo?

VALENTÍN.- No, por favor, ya le he dicho que no quiero abusar. A lo que me refiero, es a que ella me acerque la cantidad, y después nos fumamos los cigarrillos que sean necesarios.

FOWLES.- No se preocupe que ella llegará enseguida, usted tendrá la cantidad que ha solicitado, y todos, al fin, podremos empezar el trabajo.

 

     De nuevo el mismo juego musical del principio. La exuberante muchacha entra en escena. Su entrada es acompañada de los mismos efectos electrónicos.

 

NANCY.- Aquí tiene la cantidad acordada.

VALENTÍN.- (Recoge el talón sin desperdiciar un momento para contemplarla) Eso sí que es... (Cuidándose por no parecer grosero) eficacia, sí señor.

 

     Ella sale de escena por donde entró.

 

VALENTÍN.- (Sonriente, más que por la cantidad, por las cualidades de la mujer) Vaya con la Nancy, mister. Estaba pensando en cobrármelo en especies; o a lo mejor, un poco de aquí y otro poco de allá. Es una broma, claro.

FOWLES.- ¿Ya está usted contento?

VALENTÍN.- ¿Se me nota? Oiga, Fowles, que tienen ustedes una forma de trabajar que da gusto, por mi padre que sí.

FOWLES.- Y usted es un vendedor, un vendedor nato; aunque creo adivinar por qué perdió su empleo.

VALENTÍN.- Al tanto con eso. Eso, cuando tengamos más confianza ya se lo contaré. Yo, lo que les quería decir, es que les falta persuasión. Ahora mismo, yo estaba decidido a quedarme por veinticinco mil, y me he llevado cincuenta, no sé si me entiende.

FOWLES.- Pues nosotros estábamos dispuestos a pagarle cien mil pesetas; no sé si me entiende.

VALENTÍN.- (Embistiendo con la mirada) Eso es un farol.

FOWLES.- Señor Valentín García Pimentel, haga el favor de dirigirse hacia el muestrario de nuestras cajetillas de cigarrillos (Valentín obedece). Observará que hay cinco diferentes diseños de cajetillas y adivinará que en cada una de ellas se guardan cigarrillos, evidentemente, también diferentes. Hasta que no se le diga lo contrario, usted fumará los de la cajetilla de la izquierda; cuando oiga la señal acústica, desechará el cigarrillo que esté consumiendo, dejará de contestar al cuestionario que relacionaremos con ese tipo de cigarrillo, para pasar a la inmediata hacia la derecha. Esta operación se irá repitiendo, pero recuerde: siempre debe mantener el orden hacia la derecha, a no ser que haya alguna contraindicación, y siempre después de la señal acústica. No quisiera olvidar decirle que cada vez que acabe un cigarrillo, si no hay contraindicación, debe acudir a la cajetilla correspondiente y encender otro. Como verá, lo que le pedimos no es nada complicado.

VALENTÍN.-(Con no poca chulería) Vamos, decídase, mister Fowles, que hace rato que no fumo, y con esta provocación (señalando el muestrario) ya no me puedo retener.

FOWLES.- Estupendo, esta es la disposición que nos gusta encontrar en nuestros elegidos. Sírvase usted a su gusto, de la cajetilla de la izquierda.

VALENTÍN.- (Obedece, y enciende el cigarrillo con un encendedor que luce el distintivo de la compañía. Lo observa mientras fuma) Supongo que a ustedes no les importará regalarme el mechero, ¿verdad?

FOWLES.- Considérelo como un regalo de la casa Wilson.

VALENTÍN.- Señor Fowles, ¿por qué ha dicho Wilson?

FOWLES.- Wilson es la empresa que le ha contratado para este trabajo.

VALENTÍN.- Por supuesto, pero eso está bien si lo digo yo, usted debería decir Wilson (vocalizando) S.L.P.K..

FOWLES.- Es usted una persona un tanto susceptible, ¿no le parece?

VALENTÍN.- No, no me lo parece. (Silencio que prepara la transición) Tienen ustedes esto un tanto descuidado. Quiero decir que las condiciones laborales dejan un poco que desear.

FOWLES.- Quiere explicarse.

VALENTÍN.- Me explico. Como yo no sé el tiempo que voy a pasarme aquí, fumándome un cigarrillo tras otro, no estaría nada mal cierta atención hacia el trabajador -en este caso, cierta atención hacia mi persona-, colocando, pues qué le diré, sin ir más lejos, un sofá.

FOWLES.- Ya tiene un taburete.

VALENTÍN.- Hombre, el taburete se agradece, pero no me irá usted a decir que no se mejorarían las condiciones con un sofá.

FOWLES.- Lo tendremos en cuenta. Ahora, si me lo permite, paso al cuestionario.

VALENTÍN.- Dispare.

FOWLES.- What?

VALENTÍN.- ¿Cómo?

FOWLES.- Que qué dice.

VALENTÍN.- ¿Yo?, yo no digo nada. Yo espero, aquí, fumando.

FOWLES.- A ver si conseguimos entendernos, OK?

VALENTÍN.- OK.

FOWLES.- Atención. ¿Cómo definiría usted a la rana?, como un pez, como un ave, o bien, como un anfibio.

VALENTÍN.- (Sentado sobre el taburete, con cierta exageración, simula concentrarse para poder responder a la pregunta) Mire, a pesar de que el campo de la naturaleza nunca lo he llevado en mi cartera de representante, me voy a arriesgar y voy a decir que la rana es un anfibio.

FOWLES.- Respuesta correcta.

VALENTÍN.- Perdone, señor Fowles, cuánto vale cada pregunta acertada.

FOWLES.- Las preguntas acertadas no valen nada. Esto no es un concurso televisivo.

VALENTÍN.- (Socarrón) Pues si me van a dar lo mismo, yo no sé si vale la pena el esfuerzo de la concentración.

FOWLES.- ¡Atención! Siguiente pregunta. ¿La luna es un planeta, un satélite o una estrella?

VALENTÍN.- La luna, al menos la de aquí, siempre, mucho antes de que llegaran los americanos, ha sido un satélite.

FOWLES.- Correcto.

VALENTÍN.- Pregúnteme algo de lo mío, Fowles, algo con lo que yo pueda explicarme. a ver si me entiende...

FOWLES.- Siguiente. Cómo definiría el sabor del limón: agrio, salado o ácido.

VALENTÍN.- Agua.

FOWLES.- Cómo dice.

VALENTÍN.- Esta no es forma de trabajar. Pase lo del sofá; pero si además de estar fumando, con lo que eso reseca la garganta, me obligan a hablar, que alguien -por ejemplo, Nancy- me traiga algo de beber. Lo apropiado podrían ser unos refrescos marca de la casa. Y no es por querer tirar flores a nadie, pero le diré que en mi casa, esos refrescos no faltan. En verano, invierno, domingo o lunes, en la mesa, como el pan. ¿Sabe cómo dormía yo a mi hijo? Susurrándole la música del anuncio aquel en el que salían los ositos alrededor de la hoguera, venía la madre osa del supermercado y repartía unos biberones de Music-Cola. Lo tomaban, y después, uno a uno le daban a la madre un besito y a continuación entraban en la casa de madera, y de ahí, de un brinco, cada uno a su cunita a dormir. ¿Usted se acuerda, Fowles? ¿Sabe a qué anuncio me refiero?

FOWLES.- La señorita Nancy le facilitará los refrescos.

VALENTÍN.- Lo de los refrescos, digo yo que no serán incompatibles con la prueba, si es así...

FOWLES.- En absoluto. Puede usted beber todo lo que le apetezca.

 

     Entra Nancy y extrae del mueble-nevera, bajo la vitrina, algunas botellas del susodicho refresco. Éstas lucen una marca que combina los colores del decorado y del vestido de Nancy (rojo y blanco), que por supuesto recuerdan a las cajetillas de cigarrillos. Junto a las botellas también situará unos vasos de algún material derivado del papel o del plástico, cuyo diseño está en la línea de todo lo descrito. Ella abre una botella, sirve en un vaso y se lo acerca a Valentín. A partir de este momento Valentín irá bebiendo siempre que lo considere oportuno y no entorpezca el desarrollo de la obra.

 

NANCY.- Su refresco, señor García.

VALENTÍN.- Gracias, guapa (Ella sale y él no pierde detalle de su salida). Es eficiente la chica.

VALENTÍN.- (Bebe) Como nuevo, oiga, como nuevo.

FOWLES.- Agrio, salado o ácido.

VALENTÍN.- Ácido, por supuesto.

FOWLES.- ¿Cuál es el océano que separa América de Europa?

VALENTÍN.- El Pacífico. El océano Pacífico (pausa). O no...

FOWLES.- No es correcto. A partir de ahora creo que será más operativo que no nos entretengamos en saber si la respuesta es o no correcta. OK?

VALENTÍN.- OK; pero déjeme insistir en que si me preguntaran cosas de lo mío, de lo que he llevado vendiendo durante tantos años, vería cómo me podría defender.

FOWLES.- Señor García Pimentel, entienda que usted no debe preocuparse por sus aciertos, a usted no ha de afectarle en absoluto. Las respuestas nos ayudan a elaborar un estudio que pudiéramos llamar estadístico, sencillamente.

VALENTÍN.- Me es igual que sea estadístico. A mí tampoco me importa lo que hagan con mis respuestas. Es una cuestión de amor propio, de querer realizar bien mi trabajo, de la misma manera que... (Un estruendoso pitido acalla la voz de Valentín. Parece no entender qué sucede, pero reacciona -aun a regañadientes-, tira, con cierta irritación, al suelo el cigarrillo que sostenía y se dirige hacia la vitrina para encender un nuevo tipo de cigarrillo. Durante algunos largos segundos nadie habla, él paseará, siendo elocuente su silencio. Con los nuevos cigarrillos, Valentín se mostrará más tranquilo y animoso, pero sin mostrar los efectos típicos del hachís o del alcohol.)

 

FOWLES.- Señor García Pimentel, qué siente usted cuando fuma.

VALENTÍN.- Lo mismo que cualquiera, lo mismo que usted, supongo. Porque usted fuma, ¿no es así?

FOWLES.- No importa lo que yo sienta, ni si fumo o no fumo. Nos interesan sus respuestas.

VALENTÍN.- Sí, por supuesto, mis respuestas. Sencillamente, puedo decirle que cuando fumo dejo de ser invisible.

FOWLES.- ¿En qué consiste ser invisible? 

VALENTÍN.- En estar, yo qué sé..., en el limbo, en un lugar donde solamente se espera...

FOWLES.- ¿Se espera? A qué.

VALENTÍN.- A que una voz -quizás como la suya o como ese horrible pitido- te dé la señal para empezar a caminar. Para que empiecen a iluminarse las calles; a ver, a hablar...

FOWLES.- ¿Tal vez a pensar?

VALENTÍN.- Joder. Oiga, este cigarrillo, es muy diferente al anterior, tiene un sabor más amargo. Parece que tira menos, ¿verdad? Hasta el humo diría yo que sale más lentamente (expulsa el humo y lo contempla). ¿Lo ve? Es más pesado... ¿Qué lleva esto, Fowles?

FOWLES.- Le aseguro que no lleva nada de lo que usted está pensando.

VALENTÍN.- Pues mucho peor. Lo digo porque a saber qué me estoy fumando.

FOWLES.- Volvamos, señor García, volvamos a nuestro trabajo. ¿El tabaco le ayuda a pensar?

VALENTÍN.- A mí no me hace falta nada para darle al magín. Ni tabaco ni bebida, ni nada. ¿Cree usted que yo hubiera podido desempeñar un puesto como el que desempeñé?, ¿que hubiera podido representar por las calles, de puerta en puerta, a mi editorial, dependiendo de algo que no fuera yo mismo?

FOWLES.- ¿Por qué lo despidieron?

VALENTÍN.- Eso no viene a cuento.

FOWLES.- Es usted una persona muy responsable, entonces, ¿por qué dejaron de confiar en usted?

VALENTÍN.- Paso.

FOWLES.- Y su mujer, ¿trabaja?

VALENTÍN.- (Aunque quiere enfadarse, no puede) Y a usted qué le importa.

FOWLES.- ¿Es usted de aquellos hombres que encierran a la mujer en casa? ¿Acaso no se fía de ella?

VALENTÍN.- Está usted muy equivocado. Yo no tengo nada que ver con ese tipo de hombre. Como comprenderá, en nuestra situación, alguien debe traer algo a casa. En estos momentos es ella la que trabaja.

FOWLES.- ¿A qué se dedica?

VALENTÍN.- Friega escaleras.

FOWLES.- ¿Prostituiría a su mujer si llegara la necesidad?

VALENTÍN.- (Sorprendentemente calmado) Está usted muy equivocado. Nada de eso, nada.

FOWLES.- ¿Cómo tiene las tetas su mujer?

VALENTÍN.- (Sorprendido pero participativo) Bueno, pues, bien. No está mal (realiza un gesto ilustrativo del tamaño de los pechos de su mujer).

FOWLES.- ¿Su mujer tiene las tetas grandes?

VALENTÍN.- (En la misma línea) Ya le digo (vuelve a los gestos), no está mal. A mí me gusta así, con las tetas bien puestas -como las de la Nancy-, por qué se va a conformar uno con menos, ¿no le parece, Fowles?

FOWLES.- ¿Cuántas veces le ha realizado una felación?

VALENTÍN.- ¿Cómo dice?

FOWLES.- Cuántas veces le ha chupado la polla.

VALENTÍN.- ¡Ah, bueno! Alguna vez. El problema con el que se encuentra mi mujer es que dice que se atraganta, que se ahoga.

FOWLES.- Su mujer es algo puta. ¿No le parece?

VALENTÍN.- No, hombre, qué va a ser puta. Esas son cosas normales entre los hombres y las mujeres. Me está resultando usted algo carca. Anímese, Fowles, que en esta materia nada está prohibido. Usted que es americano sabrá perfectamente qué es lo que yo le digo. Un día se presenta usted en casa con una película adecuada de vídeo, si lo cree conveniente, se toman unas copas, y lo demás viene rodado. ¿Su amigo se ríe o me lo parece a mí? 

FOWLES.- ¿Cuántas veces realiza el acto sexual a la semana?

VALENTÍN.- Pues qué le voy a decir, las que me deja ella. ¿O no es así? En esto, dejémonos de tonterías, quien manda es la mujer. Ahora sí que me parece que su compañero se está riendo. A propósito, que no sé cómo se llama, que está ahí y veo que mira, pero no se nos ha presentado, por lo menos a mí.

FOWLES.- Una persona tan responsable como usted, por qué deja que su mujer traiga dinero de prostituirse?

VALENTÍN.- Vamos, Fowles. ¿Usted también con esos cuentos?

FOWLES.- ¿Quién más se lo ha comentado?

VALENTÍN.- (Pausa) Pues..., para qué nos vamos a engañar, si lo saben hasta los americanos... (Intentando ser perspicaz) Qué pasa, ¿el Pentágono, la Cía o el Cesid? En fin, qué quiere que yo le diga, si las cosas son así y no hay más. Ahora sí que vendría bien el sofá. Ténganlo en cuenta (tose y carraspea) para otro día. Eso es este humo, que es más pesado, que parece que no quiera salir; como si se arrinconara por dentro. Si me quieren hacer caso, estos cigarrillos mejor que no los saquen al mercado. Estos son por lo menos para camioneros (afectado por cómo se desarrolla la conversación, pero sin perder la calma).

FOWLES.- ¿Se encuentra bien, señor García? (Pausa) ¿Le molesta que se hable de su mujer? ¿Y si yo le dijera que Nancy es la mía? ¿La aceptaría si se la ofreciera? No puedo creerme que ella ya no le guste. ¿La cambiaría por su mujer? Sea sincero, Valentín. Dígame lo que le parezca. (Entra Nancy en escena y suena la música de banda, que va ganando volumen y acompañará los movimientos de ella por el escenario. Se mueve libidinosa, al tiempo que arregla el pequeño desorden de la vitrina; trae algún nuevo encendedor; sirve un nuevo vaso y se lo acerca a Valentín; regresa al mueble vitrina y extrae de una caja pañuelos de papel, y a continuación le seca a él la frente, los labios, el cuello... A todo ello, él se deja hacer cada vez más acaramelado. Se atreve a tocarle el cabello, el rostro, los labios; pero antes de palpar un pecho, vuelve el maldito pitido que acaba con la música, a lo que ella responde con su salida airosa y él reprimiéndose. Lenta oscuridad hasta el negro absoluto.)

 

     Han pasado algunos minutos. Valentín habla en el mismo momento en el que se enciende la luz del escenario. Lo encontramos en mitad de su discurso, que al poco, interrumpirá para encender un cigarro con la colilla de otro, gesto que iría repitiendo si fuera necesario. Con los cigarrillos de la tercera cajetilla se nos muestra más que contento, eufórico. Valentín se mueve por el escenario intentando siempre ilustrar sus palabras con sus gestos y movimientos.

 

VALENTÍN.- ...hasta llegar a una ciudad muy antigua, que en este momento no me acuerdo cómo se llama, pero me acuerdo que la atraviesa un río con el agua turbia, y que la gente se pone a pescar desde un puente; que la verdad, yo no sé qué es lo que pescan, pero allí se pasan toda la mañana. Pasamos una noche. Nada más que una noche, y de allí, otra vez para abajo, al calor.

Yo, es que no hubiera bajado; de allí no me hubiera movido, pero la mujer se empeñó: que si a la playa..., a la playa, y venga con la playa; que yo no vuelvo a casa blanca, que las vacaciones son para bañarse en el mar. Y como usted podrá imaginar, subimos todos al coche y venga. ¿Me sigue, Fowles? ¿Me está escuchando?

FOWLES.- Le sigo, señor García.

VALENTÍN.- Yo no sé si el cabreo tuvo algo que ver. Lo digo porque según los estudios holísticos, la medicina debe entenderse como una ciencia integral; es decir, no se puede disociar lo propiamente físico de lo específicamente psíquico (ya se ha ido hacia lo que él entiende como "lo suyo"); por lo que es totalmente lógico pensar que la insolación que cogí se debiera positivamente al cabreo por ir a la playa.

FOWLES.- Observo que tiene usted unos conocimientos médicos admirables.

VALENTÍN.- Modestos nada más. Si me lo permite, y ya entrados en materia, le diré que el gran debate de todos los científicos del mundo estriba en saber si es el problema físico el que origina el problema psíquico, o por el contrario, es el psíquico el que causa el problema físico. ¿Me entiende, Fowles? llega un momento en el que no sabemos tratar al enfermo. Imagínese que usted es un médico, y un día le llega a su consulta, yo qué sé, pongamos..., alguien con la pierna fracturada, y usted, automáticamente, piensa en hacerle unas radiografías, en enviarlo al traumatólogo...; pues no señor, muy mal. Lo que usted debe hacer es tumbarlo en el sofá y preguntarle si de niño se orinaba en la cama. ¿Me entiende? Y no vaya a pensar que exagero. Ese paciente arrastra tal complejo todavía, que está predestinado a romperse la pierna cada vez que pase por unos urinarios públicos. Solución para saber actuar a tiempo, para no acudir a la consulta equivocada, para evitar incluso acudir a cualquier consulta. Muy sencillo. Me firma usted este papelito, y en una semana le envío los veintitrés tomos encuadernados en rústica y con letras doradas en cubiertas y lomos, de la mayor novedad, primicia en España, donde han participado cuarenta y dos catedráticos para confeccionar: tachín, tachín, La Enciclopedia Postmédica de la Salud. ¿Cuántas le apunto, Fowles?  

FOWLES.- Es usted sorprendente.

VALENTÍN.- Si usted me deja una semana, en España sólo se fuma Wilson. Me deja a mí salir a la calle, visitar estancos, recorrer los bares y restaurantes, y en cuatro días, aquí, sólo Wilson.

FOWLES.- No lo dudo, pero si me lo permite, seguimos con las preguntas que tenemos en este cuestionario.

VALENTÍN.- Se lo permito.

FOWLES.- ¿Qué es un cultismo?

VALENTÍN.- Una persona culta que recibió buena instrucción y no presenta pedantería.

FOWLES.- Dígame un sinónimo de loa.

VALENTÍN.- Canoa.

FOWLES.- De poesía.

VALENTÍN.- Poema.

FOWLES.-De Día.

VALENTÍN.- Mañana.

FOWLES.- De cero.

VALENTÍN.- Nada.

FOWLES.- De nada

VALENTÍN.- Flota.

FOWLES.- De flotar.

VALENTÍN.- No hundirse.

FOWLES.- De no hundirse.

VALENTÍN.- Subir.

FOWLES.- De subir.

VALENTÍN.- Ascender.

FOWLES.- De ascender.

VALENTÍN.- Llegar.

FOWLES.- ¿Dónde?

VALENTÍN.- Donde sea. Donde haga falta.

FOWLES.- Cómo definiría la palabra confundir.

VALENTÍN.- Cuando uno se equivoca, cuando confunde una cosa por otra. Por ejemplo, si a mí usted me dice: vaya a la cajetilla de la izquierda, pero yo me confundo y voy a la de la derecha, eso es confundirse.

FOWLES.- ¿Tiene miedo a confundirse?

VALENTÍN.- Pocas veces me confundo.

FOWLES.- Si yo le dijera que las pirañas habitan en los mares, ¿usted qué me respondería?

VALENTÍN.- Ya volvemos a las ciencias naturales. Yo eso no lo he tocado, ya se lo dije antes. (Pausa) Pues sí, las pirañas viven en los mares; perdón, en algunos ríos de América.

FOWLES.- Qué entendería si alguien le dijera que es usted un hombre sin crepúsculos.

VALENTÍN.- Algo así como si me dijeran que tengo mala leche.

FOWLES.- De no ser vendedor, qué le hubiera gustado ser.

VALENTÍN.- Americano, para salir en las películas.

FOWLES.- Por favor, señor García.

VALENTÍN.- A lo mejor, médico.

FOWLES.- ¿Está seguro?

VALENTÍN.- Por supuesto.

FOWLES.- ¿Qué le sugiere la palabra refresco?

VALENTÍN.- Burbujas.

FOWLES.- Verano.

VALENTÍN.- Sol.

FOWLES.- Anuncio.

VALENTÍN.- Canción.

FOWLES.- Canción.

VALENTÍN.- Familia, sofá.

FOWLES.- Reloj.

VALENTÍN.- Hambre.

FOWLES.- Telediario.

VALENTÍN.- Hambre.

FOWLES.- Televisor.

VALENTÍN.- Hambre, Fowles, hambre. Estos cigarrillos dan ganas de comer.

FOWLES.- Montañas.

VALENTÍN.- Canadá... y Suiza.

FOWLES.- Juego.

VALENTÍN.- Niño. Potaje.

FOWLES.- Lavadora.

VALENTÍN.- Pollo con almendras.

FOWLES.- Chupete.

VALENTÍN.- Music-Cola.

FOWLES.- Fútbol.

VALENTÍN.- Cordero al horno.

FOWLES.- Prostituta.

VALENTÍN.- Flan con nata.

FOWLES.- Besos.

VALENTÍN.- Fresas con nata.

FOWLES.- Culo.

VALENTÍN.- Melón con jamón.

FOWLES.- Fowles.

VALENTÍN.- (Algo confuso) Pasti-Colitos.

FOWLES.- ¿De chocolate o de crema?

VALENTÍN.- De crema y de chocolate. (señala a la barriga) ¿No oye cómo protestan? Por mi padre, que si no me traen unos pastelitos de la casa, me como el taburete. Que no hemos hablado nada de las dietas. Qué fallo. Fowles, unos pastelitos, aunque sean los de chocolate, o de crema, que yo me los como igual. Fíjese que no les estoy pidiendo la carta, ¿verdad? Fowles... Los Pasti-Colitos, que me escapo. Que venga la Nancy y que los traiga. (No viene nadie. Los americanos dialogan. Hablan de cigarrillos y de ansiedad. Él espera inútilmente.) ¿No puede salir un momento la niña y que me compre un bocadillo? (Nadie contesta) Fowles, ¿está ahí? Mire que me escapo. ¡Psh! Que hablo en serio, me traen un bocadillo o ya hemos terminado. Ustedes sabrán qué es lo que prefieren, el bocadillo o ... (Hace el gesto alusivo a marcharse. Intenta abrir la puerta pero esta no cede. Pausa.) Que yo ya he cobrado (muestra el talón). Que por mí... Bueno, me abren o me... (Se acerca al taburete, amenazante, pero el taburete está sujeto al suelo, lo cual todavía lo excita más, al tiempo que comprende que la situación se le escapa.) 

FOWLES.- Señor Valentín García, Tranquilícese, y por favor, no fume. Durante algún momento, será mejor que se olvide de los cigarrillos. Se ha puesto usted algo nervioso.

VALENTÍN.- Pero cómo algo nervioso... A ver qué se han creído. Por lo visto se puede tener aquí encerrada a una persona, así sin más.

FOWLES.- Le aseguro que hemos tenido un problema técnico que impedía comunicarnos. Le pido que olvide el incidente.

VALENTÍN.- Claro, y cuando me enfado se arregla, ¿verdad? Mire Fowles, aquí se olvida todo con una condición: que me traigan unos pastelitos o un bocadillo. ¡Se lo pido por su padre!

FOWLES.- En estos momentos la señorita Nancy le lleva una pequeña muestra de nuestra repostería, que usted bien conoce; pero con una condición: que a la señorita Nancy no se la coma.

VALENTÍN.- Que venga la repostería, y de la repostera no le puedo asegurar nada. (Pausa. Hacia la vitrina. Manipula la cajetilla.) Dígame usted qué les han puesto a esos cigarrillos, porque eso del hambre, así, de sopetón, no es normal, ¿o sí es normal? Vienen los Pasti-Colitos o no vienen. Joder con la mierda el tabaco, que me ha dejado el estómago pegado. Si son esos los nuevos cigarrillos, por mí ni un duro. Si todos van a ser como éstos que nadie se queje si después dicen que fumar es malo (bebe).

    

     Entra la "secretaria" con la bandeja repleta de pastelitos, cuyo envoltorio se ajustará al mismo diseño que el resto de los elementos. Se dirige hacia el mueble y al dejarlos los ordena. Por su parte, Valentín, nada más entrar ella, se lanza hacia uno de ellos, dejando hacer a la muchacha. Él la observa "goloso".)

 

VALENTÍN.- Date prisa que cuando me acabe esto, si todavía estás aquí, empiezo contigo, guapa.

NANCY.- (Ella nunca deja ese componente libidinoso) Es usted un poco exagerado, Valentín.

VALENTÍN.- Usted quédese por aquí y ya verá si exagero o me quedo corto (guiña un ojo de complicidad a Fowles).

NANCY.- Me dan ganas de quedarme por ver hasta dónde es capaz de llegar.

VALENTÍN.- (Que no ha dejado de devorar pastelitos) Fowles, bajen las cortinas que me la como.

NANCY.- Aquí no hay cortinas.

VALENTÍN.- Pues entonces, se va a presenciar una masacre. (Que ya ha empezado a perseguirla dando vueltas alrededor del taburete) Fowles, cuando la agarre, no vaya usted a tocar otra vez el pito, haga el favor.

 

     Nancy, al pasar corriendo delante de la bandeja, ha cogido algunos pastelitos, que lanzará a Valentín, cuando ella se encuentre en el punto más cercano a la salida y, por lo tanto, él, en el más alejado. De esta manera ella aprovechará para salir.

 

VALENTÍN.- Esto no es normal. Qué me estaré fumando yo para que me dé por perseguir como un salvaje a la Nancy. Y lo peor es que si la cojo me la como; que me la como Fowles. Lo que tiene que hacer uno por la mierda el trabajo. Ya lo ve, a un clavo ardiendo me agarro, a un clavo y a lo que sea.

FOWLES.- Valentín, necesitamos realizarle una pequeña extracción.

VALENTÍN.- ¿Una extracción? ¿De sangre? Además me van a sacar la sangre. Vamos, por Dios; que ahora me van a sacar la sangre. De eso no se ha hablado nada. A mí me dijeron que la cosa iría por lo de las ventas, resulta que eso me lo he inventado; me encierran y venga a fumar como un loco; y ahora me sacan la sangre.

FOWLES.- Es una pequeña muestra, que a usted no le repercutirá en absoluto. Piense que sin la extracción el informe quedaría incompleto. El estudio que realizamos intenta coordinar el tipo de cigarrillo, con un determinado cuestionario, al que periódicamente, debe añadirse la muestra que le pedimos.

VALENTÍN.- ¿Cuánto?

FOWLES.- Ya le digo, una pequeña muestra, un tubito.

VALENTÍN.- Que cuánto de aquí (frota el índice con el pulgar).

FOWLES.- Usted recordará que ya ha recibido lo convenido, ahora tiene que cumplir con la parte que le corresponde.

VALENTÍN.- (Que cree dominar la situación) Sí, pero de la sangre no hemos hablado nada así que eso debe negociarse. Fowles, recordará que el talón que me dio la secretaria era de 50.000 pesetas.

FOWLES.- Así es.

VALENTÍN.- También recordará que estaban dispuestos a pagarme 100.000 pesetas. A lo que yo dije que eso era un farol. Pues bien, ahora tiene la oportunidad de taparme la boca con las cincuenta que faltan. ¿Qué le parece? ¿Vienen esas cincuenta o se acaba aquí el experimento?

FOWLES.- Well, creo que no puedo echarme atrás. Si en su momento pude comentarlo, ahora debo cumplirlo; sin embargo, debe quedar claro que por 50.000 pesetas, habrá alguna extracción más.

VALENTÍN.- Habrá.

FOWLES.- Veo que usted está ahora más relajado, parece que los negocios le sientan bien. ¿Cree usted que si entra Nancy todavía querrá devorarla?

VALENTÍN.- Casi le aseguraría que puedo contenerme.

FOWLES.- Si es así, ella le llevará el cheque y le realizará la extracción. OK?

VALENTÍN.- OK.

 

     Silencio en el que Valentín se muestra paulatinamente más tranquilo. Pasea y empieza la operación de arremangarse la camisa. Nancy asoma insegura.

 

NANCY.- ¿Me va a devorar, señor García?

VALENTÍN.- Pasa, guapa, que me parece que me voy a contener, de momento.

 

     Nancy le entrega el cheque. De forma recurrente a la metáfora del toro y del torero, la "secretaria" le realiza la extracción, al mismo tiempo que suena el paso doble, después le pone el esparadrapo correspondiente, que él mostrará y al cual se sumarán los de las siguientes extracciones. Sale.

 

FOWLES.- Ha vuelto a demostrar su condición de vendedor. Parece que cada uno esté predestinado a no poder salir de lo que es.

VALENTÍN.- Supongo que así es.

FOWLES.- Lo que sucede es que a usted le falta cierto... espíritu de lucha.

VALENTÍN.- Y usted qué sabrá.

FOWLES.- Sé que se rinde con facilidad; y es porque no sabe hasta dónde puede llegar.

VALENTÍN.- Pues a tanto como a cien mil pesetas. No sé si me entiende.

FOWLES.- Estaba dispuesto a ofrecerle algunas más, pero ha sido usted quien ha propuesto la cantidad. No sé si me entiende.

VALENTÍN.- A usted le gusta tirarse faroles, pero después pasa aquello de: Por la boca ...

FOWLES.- Qué pasa por la boca.

VALENTÍN.- Es un refrán, que por lo visto no conoce; dice: Por la boca muere el pez.

FOWLES.- ¡Ah! Estoy totalmente de acuerdo (respuesta que, evidentemente, desconcierta a Valentín).

VALENTÍN.- Usted, además de americano debe ser médico, ¿verdad?

FOWLES.- Lo que yo sea no va a repercutir en la prueba, sino que en todo caso, digamos que yo puedo velar por usted.

VALENTÍN.- Entonces, ¿debo alegrarme de que me vea el médico? Pues mire por donde eso de ir al médico no me gusta, como no me gusta hacer el mono para que me observen cómo hago el mono. A mí me gusta hacer el mono para quien yo quiera. No ha sido limpio, Fowles.

FOWLES.- Creo que no debería darle vueltas a ese asunto, le aseguro que no tiene ninguna transcendencia.

VALENTÍN.- Si usted es el hombre de ciencia, o sea, el científico, esto es..., ¿podemos llamarlo laboratorio?, a mí me parece que sí. ¿Cómo lo llaman ustedes en inglés?

FOWLES.- Vamos a continuar con la prueba. Pasamos a la siguiente cajetilla.

VALENTÍN.- No tenga prisa, usted no ha parado de preguntarme; una pregunta que le hago yo, ¿no me la va a contestar?

FOWLES.- Laboratory. Ahora ya estará satisfecho. Prosigamos.

VALENTÍN.- Vamos a ver, usted es el científico y esto es el laboratory, ¿qué soy yo?

FOWLES.- Usted, hasta el momento es el señor García, quien ha recibido cien mil pesetas a cambio de la prestación de unos servicios; por favor, cúmplalos.

VALENTÍN.- ¿Sabe qué he recibido a cambio de mis servicios, y por lo visto de mi sangre? ¡He recibido un queso!

FOWLES.- No exagere.

VALENTÍN.- Dígame, también me pondrán el laberinto pare ver si soy capaz de encontrar la salida. A lo mejor me ponen una hembra para estudiar cómo el ratoncito fumador se beneficia a la ratita fumadora.

FOWLES.- Por favor, ya sabe cuál es la próxima cajetilla.

VALENTÍN. - (Apoyado en el taburete, no parece que vaya a moverse.) Yo no lo he oído. ¿Usted lo ha oído?

FOWLES.- A qué se refiere.

VALENTÍN.- Me refiero, sencillamente, al pitido.

FOWLES.- Señor, García, no sea niño.

VALENTÍN.- Soy un niño, ¿acaso no ha visto cómo correteaba persiguiendo a su enfermera? Ya lo sabe, si quiere que continuemos, el pito.

    

     Suena el horrible pitido. Valentín colabora. Fuma.

 

VALENTÍN.- Entiendo que usted es psiquiatra o algo parecido. Quizás sea el especialista de los pulmones. En fin, espero que si encuentra algo raro en el análisis, no me lo diga; haga el favor. (Pausa) Todavía no me ha presentado a su compañero, al sonrisas. Si le digo la verdad, tampoco hace falta; total... (Pausa) Y ahora qué va a ser. Si antes me anulaba con aquellos cigarrillos, permítame que se lo diga, me castraba -a lo mejor usted diría que me hacía tolerante-; después, con los siguientes, sencillamente, me convertían en un caníbal, ahora con éstos, qué va a ser. Con la primera cajetilla, yo diría que no hubo ningún efecto, no sé lo que ustedes, los científicos, habrán observado; sería de transición, de preparación. Y ahora qué voy a hacer, Fowles, por qué me va a dar, ¿por correr?, ¿por desnudarme?, ¿por mearme en tubos de ensayo...?; dígamelo usted. Y sobre qué me va a preguntar. ¿Me va a preguntar sobre lo mío?, ¿sobre la materia de los libros que he vendido?

FOWLES.- Ahora llegamos a un cuestionario que, si ello es posible, no tiene preguntas. Hábleme de lo que usted quiera. Elija usted el tema que más le guste.

VALENTÍN.- Bueno, pues qué le parece si barremos para casa. (Pausa) Le diré que es casualidad que sean los cigarrillos de la marca Wilson los que siempre he preferido. Quizás porque en mi casa mi padre y mi hermano también compraban los de la misma marca. Un día sales con unas monedas, te juntas con unos amigos, que a su vez aportan sus monedas, y entráis en un estanco y compráis una cajetilla de cigarrillos, que sin saber por qué será Wilson. Eso se repite algunas veces más, hasta que al fin entras tú solo para salir con una cajetilla en la mano. Cajetilla que luces como si de un símbolo de juventud, de hombría y de no sé qué más se tratase. (Pausa) El tabaco debería prohibirse, Fowles. No quisiera que mi hijo, de mayor fumase como yo. No me gustaría que fumase, como su padre o su abuelo, a los que un cáncer se les comió los pulmones. Espero que ese ejemplo que vi en mi padre y no me sirvió para darle una patada al tabaco, a él le sirva (da una intensa calada).

FOWLES.- Pero usted no es un derrotista. Usted sabe que todas las historias no pueden acabar de la misma forma.

VALENTÍN.- Quizás no sea un derrotista, pero estos nuevos cigarrillos tienen la función de derrotarme, ¿verdad?

FOWLES.- Y si yo le dijera que todo lo que le sucede, mejor dicho, que todo lo que ha creído que le sucede, es, para utilizar una expresión coloquial, psicológico.

VALENTÍN.- Vamos, Fowles, que llega un momento en el que uno ha recibido tantos bandazos, que se los conoce de todos los colores.

FOWLES.- Creo que estoy en grado de afirmarle que ninguno de esos cigarrillos ha sido preparado para que usted sienta alguna sensación determinada. De todas maneras, usted puede seguir pensando lo que quiera.

VALENTÍN.- Lo que yo pienso es que éstos me derrotan. Me hunden, Fowles.

FOWLES.- Estoy convencido de que ésa no es la misma actitud que usted muestra con sus amigos.

VALENTÍN.- ¿Pero qué amigos? ¿Quién los tiene? A partir de cierta edad ya no se tienen amigos. Es como una metamorfosis, como lo del gusano en mariposa. A partir de cierta edad, uno pasa de gusano a mariposa, y no hay forma de volver a ser gusano. Se tienen conocidos a los que se les saluda y se les dice que a ver si un día nos llamamos y nos vemos; pero de ahí no se pasa, por suerte, Fowles. ¿Usted se imagina el enorme esfuerzo por demostrar que somos como antes?, ¿la actuación en la que nos metemos y metemos a la familia? Y lo peor es cuando llega el momento de recordar, del Te acuerdas cuando... Eso es una verdadera inducción al suicidio, y además falso, porque se le da la vuelta de tal manera que resulta que cada uno recuerda una situación inventada. Pero vamos a ver, cómo puede uno seguir siendo amigo de nadie después de seis, siete años sin verse. Cuando nos cuesta reconocernos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a reconocer a otros, que ahora ni siquiera son aquellos otros? Esto me hunde, Fowles.(Pausa) A propósito, ¿falta mucho para que terminen todas las pruebas de la prueba?

FOWLES.- No debe preocuparse por nada, ni por el tiempo ni por los cigarrillos, créame.

VALENTÍN.- ¿Sabe qué es lo que no me gustaría? Que los cigarrillos me provocaran la sensación de claustrofobia.

FOWLES.- Eso no le sucederá si usted no quiere que le suceda.

VALENTÍN.- La claustrofobia es el peor bicho con el que uno puede enfrentarse. Mire, de chaval había entrado en cuevas por las que para avanzar, te tenías que quitar el casco. El paso era tan estrecho que con él te quedabas encallado. En cambio, en otra ocasión, una vecina que estudiaba maquillaje, me pidió que me prestara para hacerme un tipo de mascarilla, que al final resultó ser un molde. La muchacha, como todavía estaba estudiando, no tenía mucha práctica. Me dice: "Valentín, si tienes tiempo mañana te pasas por aquí que te haré una mascarilla con la que vas a quedar tan guapo que las señoras de las casas se te van a enamorar". Bueno, yo no sé si se me enamorarían o no -que en esta profesión..., muchas veces, salta la liebre-, el caso es que mi vecina es una mujer guapetona, que camina así, muy pita ella. Total, que me presenté, por lo que pudiera ser, en su casa. Me dice: "Me pensaba que no te ibas a atrever, como a mi marido le he explicado lo de la mascarilla y no ha querido ponerse..." Pues yo, como no era su marido, tenía que ponerme; además, no sé por qué se ha de tener miedo a una mascarilla; al principio pensé que el marido no quiso por aquello de que parece que es una cosa de mujeres, pero a mí eso no me importaba, mi vecina está como para salir de dudas. Entro, me siento y empieza ella a remover en una palangana una masa rosada, con la que después, me embadurna la cara. Primero fue en la frente donde noté un frescor; después la espátula dejó el mismo frescor en los pómulos, en los carrillos, la barbilla. De pronto aquel frescor, desapareció, y poco a poco me fue pareciendo que aquello daba calor; y no sólo eso, sino que también me aceleraba el corazón, sobre todo al cubrirme los párpados, cuando el rojo de la luz que los traspasa, se vuelve negro. Al poco, noté en la boca un sabor harinoso, era el de la masa, que ya me había cubierto los labios, por lo que ahora tendría que respirar nada más que por la nariz. Yo estaba nervioso, pero usted no sabe cómo está mi vecina; así que procuré calmarme, como comprenderá, para no dar una imagen equivocada de mi persona. Sí, pero calmarse era difícil, a pesar de que a lo largo de su trabajo, se agradecía, no sé con qué intención, cierto roce involuntario -supongo-. El problema se agudizó cuando me tapó uno de los orificios de la nariz. Me dijo: "Ahora aguanta un poco. Si ves que te pones nervioso, puedes tocarme, que eso da seguridad." Yo claro que quería tocarla, pero así, con mi único orificio en funcionamiento, el aire que me llegaba, era insuficiente como para oxigenar otras intenciones que no fuesen las precisas para sobrevivir. De repente, me dijo: Ahora coge aire. Eso quisiera yo, le hubiera dicho si en su momento no me hubiese tapado la boca. Y a continuación, también taponó mi única entrada de aire. (Silencio)

FOWLES.- Y qué sucedió.

VALENTÍN.- (Extrañado) Cuándo.

FOWLES.- Cuando le tapó el orificio de la nariz.

VALENTÍN.- Yo creía que era evidente.

FOWLES.- No le entiendo.

VALENTÍN.- Cómo es posible que un científico no sea capaz de apreciarlo.

FOWLES.- Quizás no lo sea. Qué le pasó, señor García, no me diga que se murió.

VALENTÍN.- Qué podía hacer yo. Me debatía entre presentar mi peor imagen delante de la vecina más guapa de la escalera o igualarme a su marido; de quien yo bien sabía ahora por qué no quiso acceder a la petición de su mujer -o lo que sería peor, no quiso repetir la experiencia-; o sea, que igualarme al marido o bien, aguantar el tipo, sufrir una crisis espantosa, estar al borde de la muerte, estar al borde del marido, de la muerte... Mientras tanto, ella se limitaba a decir: "¡Ay, Valentín si te vieras! ¡Ay lo que pareces!" Yo obté por la solución intermedia -le recuerdo que ya hacía algún tiempo que no estaba recibiendo oxígeno-, es decir, obté por estirar los índices y señalar el rosáceo bulto en el que se había convertido mi nariz. A lo que ella dijo: "Pareces..., cómo se llaman; pareces una momia." Ahí pensé que mi vecina era más tonta que "buena". Comprendí que estaba perdido. Llevé las manos a la mascarilla para arrancármela de una vez, ahora sin miedo a ser comparado con su marido; ¿pero qué sucedió? Sucedió que aquella masa rosada se había solidificado sobre mi rostro. "¡Ay, respirar! Ya se me ha vuelto a olvidar." Menos mal que ella se había dado cuenta, al fin volvería a sentir cómo las aletillas de la nariz se abrían y el aire recorrería su camino hasta llenar mis pulmones. ¿Dije que mi vecina no tenía mucha experiencia y que todavía estaba estudiando? "¡Ay, dónde he puesto la espátula para hacer palanca!" Por narices, necesitaba la espátula. Yo me había levantado en el esfuerzo por arrancarme aquella falsa piel que me había implantado la vecina, al tiempo que daba vueltas enloquecido por la falta de oxigenación. "Me parece que ya te está dando la claustrofobia, Valentín. A veces pasa." Exactamente, me había dado la claustrofobia. (Silencio)

FOWLES.- ¿Y qué pasó a continuación?

VALENTÍN.- Que ella pudo despegarme la mascarilla y yo me convertí en el hombre más guapo del mundo.

FOWLES.- ¿Eso quiere decir que mantuvo relaciones con su vecina?

VALENTÍN.- ¿No era éste un cuestionario sin preguntas? Me está resultando un tanto curioso. ¿A qué cajetilla ha acudido usted? ¿Ha respetado las indicaciones de la señal acústica? Debe evitar tener ideas propias. OK?

FOWLES.- Qué es esto, ¿un intercambio de papeles?

VALENTÍN.- Usted sabrá.

FOWLES.- Qué suerte que ya no le hundan los cigarrillos; ahora resulta que le han vuelto más irónico.

VALENTÍN.- ¿Más irónico todavía? ¿Usted cree? Limítese a la cajetilla correspondiente, mister Fowles.

FOWLES.- Ya que parece que le ha vuelto el ánimo, quizás quiera contar por qué le despidieron.

VALENTÍN.- (Que encaja mal las palabras del norteamericano) Pero usted qué coño sabrá si me despidieron o me dejaron de despedir.

FOWLES.- Es la falta del espíritu de lucha, al que ya me he referido, lo que le hace encontrar soluciones rápidas, pero pobres. Creando en cada caso un problema que viene a sumarse al anterior, de esta manera, las inoperantes soluciones se convierten en una bola de tal dimensión que ya no hay forma de esconderla.

VALENTÍN.- Pero qué bola ni qué dimensión. ¿Pero qué dice?

FOWLES.- Quizás ahora le parecerá absurdo apuntarse unas comisiones por las enciclopedias que no se han vendido. Usted se cree muy inteligente -espabilado, sería la palabra-, y al infravalorar, en este caso al departamento de contabilidad, no fue capaz de prever el alcance de sus componendas.

VALENTÍN.- ¿Pero esto qué es, una campaña para acabar con el consumo de tabaco y me ha tocado a mí ser el escarmiento de todos los fumadores, o la venganza empresarial contra los parados? ¿Y usted qué coño sabe de mi vida? (Sospechando que sabe más de lo que quisiera?

FOWLES.- Señor Valentín, ¿es necesario que le diga que les ha faltado convicción a sus palabras?

VALENTÍN.- (Sacando los cheques y mostrándolos) Yo me largo, Fowles. Aquí (sobre el taburete) le dejo lo que me ha dado, pero yo me largo.

FOWLES.- Como usted quiera.

VALENTÍN.- Pues muy bien (evidentemente, sin convicción), me voy (empieza el recorrido hacia la puerta, pero se detiene dubitativo).

FOWLES.- En qué quedamos, Valentín.

VALENTÍN.- Quedamos en que yo voy a realizar un trabajo y usted va a respetar mi vida, que es ajena a este trabajo.

FOWLES.- Si hasta ahora no ha sido así, habrá sido porque usted no ha querido.

VALENTÍN.- No sea cínico, Fowles. Y que cada uno sepa lo que tiene que hacer.

FOWLES.- OK. (Valentín vuelve a recoger los talones) Hábleme de su mujer.

    

     (Comprendiendo que la situación la conduce el norteamericano, calla.)

 

FOWLES.- ¿Ha dicho algo? Quizás volvamos a tener problemas  técnicos. Le repetiré la propuesta: hábleme de su mujer.

VALENTÍN.- Fowles, es usted un hijo de puta.

FOWLES.- Siga, por favor.

VALENTÍN.- Yo estoy dispuesto a colaborar, a realizar mi trabajo; sin embargo, insiste en hacerme mal, ¡insiste en hacer el hijo de puta!

FOWLES.- No hay duda, no es un problema técnico, lo es de descodificación, debido a que no es capaz de entender lo que sucede, y por lo tanto no entiende que ambos estemos colaborando, que los dos estemos realizando nuestros trabajos, y que siempre, sea cual sea nuestra actitud, siempre estaremos realizando nuestro trabajo.

VALENTÍN.- Yo me he presentado a la hora que se me dijo, he fumado de todos los cigarrillos que me han ido indicando, ni siquiera he querido pensar que estoy intercambiando mi salud por dinero, porque lo necesito, porque hace demasiado tiempo que no llevo nada a casa; así que usted, por favor se lo pido, hágase cargo de lo que todo eso significa y de una vez deje de herirme.

FOWLES.- Por lo que sabemos es usted un marido consentido.

VALENTÍN.- (Destrozado) ¡Pero qué coño saben de mi mujer! ¡¿Qué saben de mi vida si yo no les he contado nada?!

 

     Al poco, una vez más suena la señal acústica; sonido que no es capaz de sacar de sus sollozos a Valentín. Cuando ya parezca algo recuperado, se oirá la voz del norteamericano.

 

FOWLES.- Enseguida, la señorita Nancy le realizará la siguiente extracción. De momento no encienda más cigarrillos.

VALENTÍN.- (Reaccionando lentamente) ¿Una extracción? ¿Otra vez? No sería mejor esperar un poco más. Espero que no me dé un vahído.   

FOWLES.- Si no se siente bien puede acudir a los pastelitos que todavía le quedan.

VALENTÍN.- A los pastelitos, ¿verdad? (Pausa) Cómo ha ido el otro análisis; no vale y por eso me sacan más, ¿no?

FOWLES.- Cada extracción vale por sí misma, son, entre ellas, independientes.

VALENTÍN.- Pero no habrá salido nada malo... A veces, se repiten los análisis para tener la certeza de lo más terrible.

 

     Entra Nancy. Efecto musical -el de siempre-, que quizás sugiera algo de toros, pasodobles, sangre y banderillas. Le realiza la extracción en el otro brazo. Después el esparadrapo quedará visible.

 

VALENTÍN.- Voy a la siguiente cajetilla, a la última ya, ¿no?

FOWLES.- No, señor García. Consuma de los cigarrillos de la penúltima cajetilla.

VALENTÍN.- ¿De los mismos? Y por qué, ¿porque algo no va bien     ?

FOWLES.- Si lo dice por el resultado de la anterior extracción, como ya le dije, tienen un valor meramente estadístico; además si apareciera alguna indicación desafortunada para su salud, por su tranquilidad, tampoco sería conveniente decírselo.

VALENTÍN.- (Indiferente.) Se agradece, qué quiere que le diga (se sienta en el suelo, apoyándose en un lateral).

FOWLES.- ¿En qué le gustaría emplear ese dinero?

VALENTÍN.- En tabaco, ¿no te fastidia?

FOWLES.- ¿Gastaría todo en cigarrillos?

VALENTÍN.- La mitad, y la otra mitad para comprarme un yate. Ande, déjeme descansar un minuto, un minuto de silencio, sin oírlo; haga el favor.

FOWLES.- Vamos a la suposición de que al salir de aquí, recibe un talón por la cantidad de cincuenta millones de pesetas. En qué lo emplearía.

VALENTÍN.- Mejor cien millones, ya puestos a soñar...

FOWLES.- Pues cien millones.

VALENTÍN.- ¿Pero acaso me van a dar algo más? Pues si no es así déjese de tonterías.

FOWLES.- Por lo visto usted solamente es participativo si hay beneficios.

VALENTÍN.- Seguro que usted está aquí por gusto.

FOWLES.- Le voy a hablar con total claridad, además de lo que ya le hemos entregado, le prometo un incentivo si a partir de ahora se muestra con mejor disposición para colaborar.

VALENTÍN.- (Interesado) Qué tipo de incentivo.

FOWLES.- Eso no lo sabrá hasta que llegue el momento; sin esa condición no hay trato, y le recuerdo que usted ya ha cobrado por un trabajo que todavía no ha realizado en su totalidad.

VALENTÍN.- ¿Económico?

FOWLES.- Dejémoslo en incentivo, y usted puede convertir esa palabra en lo que más desee.

VALENTÍN.- (Se levanta) Vamos a ver, ¿pero usted se cree que aquí somos todos gilipollas, o soy yo el que representa a todos los gilipollas de aquí? (Pausa). Lo segundo, ¿verdad? Por eso he sido seleccionado, por gilipollas. Como si me hubiesen espiado durante toda mi vida y hubiesen llegado a la conclusión de que soy el gilipollas más representativo (Fowles se ríe). Como si conocieran mis gracias ya desde chaval, desde la escuela, donde los curas me decían que era un díscolo, pero querían decir que era un gilipollas (Vuelve a reírse. Las carcajadas acompañarán a las palabras de Valentín.). Como si hubieran estado presente cuando los domingos iba con mis amigos al baile a recibir calabazas cada vez que me acercaba a una chica, hasta el punto de que el día que se celebró el concurso para elegir a la más guapa, a mí me dieron el premio al más gilipollas. Pues bien, qué se celebra hoy, acaso es la fiesta del...

FOWLES.- ¿Gilipollas? (Sólo se oyen las carcajadas) Bien al contrario, Valentín. Hoy es para usted un buen día, porque cuando salga de aquí podrá llevar a su casa una aportación nada desestimable, a lo que se sumará, si así lo estima usted, el incentivo por... buena voluntad.

VALENTÍN.- Por buena voluntad. Me suena a recaudación para las misiones, sobre todo lo de voluntad. El día del Domum, por el cáncer, por los subnormales, y hoy se recauda por el... por el gilipollas, claro. (Pausa) Bueno, ¿y en qué consiste el incentivo?

FOWLES.- Consiste en eso, en un incentivo. No le diré si se trata de dinero, o de cualquier otro tipo de gratificación; es cuestión de aceptar o no aceptar. ¿Qué me dice?

VALENTÍN.- Qué quiere que le diga, pues que sí, joder, que acepto. ¿O puedo no aceptar?

FOWLES.- Si estamos de acuerdo, muestre su mejor sonrisa y acérquese a la última cajetilla para encenderse un cigarrillo.

VALENTÍN.- (Evidentemente, con protésica sonrisa) Pues, claro, para eso estamos.

 

     Silencio. Enciende el cigarrillo que extrae de la última cajetilla. Pasea. Da la espalda a Fowles, intentando aislarse de los ojos que le observan. Fuma.

 

FOWLES.- ¿Dónde le gustaría estar ahora? (No obtiene respuesta) Señor García, ¿dónde le gustaría encontrarse en estos momentos? (Tampoco esta vez) ¿Acaso tumbado sobre la hierba?, ¿o bien paseando con la familia? ¿Me oye Valentín? (Valentín come un pastelito de la casa) Quizás sea un problema de interferencias, porque los cigarrillos de la quinta cajetilla hasta el momento no han provocado sordera a nadie. (Pausa) ¿Qué hemos dicho? (Valentín deja el cigarrillo y coge carrerilla y salta el taburete como si de un potro de gimnasia se tratase; ejercicio que repetirá algunas veces más.) Vaya, esto tampoco estaba previsto. Así que pretende dar a entender que siente una necesidad irrefrenable de saltar el taburete. Cuando se canse, quizás podamos continuar. (Valentín, fatigado, se sienta en el suelo. Cabizbajo. Recuperándose.)

VALENTÍN.- En la cama.

FOWLES.- Excuse me.

VALENTÍN.- En la cama en una playa del Caribe. De Cuba, para que usted no pudiera estar.

FOWLES.- Veamos, ¿debo entender un colchón hinchable?

VALENTÍN.- No. En una cama de esas que van con sábanas, sobre la arena de una playa de Cuba, para que a usted y a su compañero, el sonrisa mística, no les pudiera oír.

FOWLES.- Pero allí no encontraría cigarrillos Wilson.

VALENTÍN.- Ni a usted tampoco.

FOWLES.- Creo que me echaría en falta.

VALENTÍN.- Con una mulata. La cama a la sombra de una pérgola. Las sábanas bien blancas, para que la mulata resaltara más.

FOWLES.- Imagen muy sugerente.

VALENTÍN.- La mulata con el culo respingón...

FOWLES.- Más sugerente todavía.

VALENTÍN.- ... con los ojos en forma de ..., una cosa así (no encuentra la palabra y se concentra hasta sumergirse en los movimientos de unir los índices y pulgares para a continuación llevarlos hasta los ojos, a modo de lentes carnales.). Los pechos de la mulata que fueran como (volvemos a lo inefable, a lo que sólo puede ser dicho a través de los gestos) una cosa así. Por lo menos.

FOWLES.- Muy explícito.

VALENTÍN.- Las mulatas tienen la piel de seda (repite el gesto de pasar las manos por la imaginaria cintura de la mulata.), sobre todo la de la cintura y la de las caderas.

FOWLES.- Parece que entiende mucho de mulatas. ¿Ha mantenido relaciones con alguna?

VALENTÍN.- No exactamente. Una vez entramos los compañeros del trabajo en un bar de alterne en el que había una de Camerún.

FOWLES.- ¿Y era mulata?

VALENTÍN.- Qué coño iba a ser mulata, era, con todos mis respetos, betún betún; pero si me sitúo en Cuba me parecía más adecuado hablar de una mulata y lo más parecido que yo recuerde es la camerunesa.

FOWLES.- ¿Qué relación mantuvo con ella?

VALENTÍN.- Aquello de manosearla un poco mientras te tomas una copa y ella te pide que la invites; lo que pasa es que tú no la quieres invitar, y claro, acaba marchándose. Pero entre lo manoseado estaba la cintura y la cadera, que eso no me lo invento.    

FOWLES.- ¿Qué le parecería si el incentivo fuese la realización de ese sueño?

VALENTÍN.- (Más atento que nunca, creyendo en la realización de ese sueño) ¿Hay que firmar o basta de palabra?

FOWLES.- Todo son conjeturas; estamos en el campo de lo posible, no de lo seguro. (Pausa) ¿Y si en vez de la mulata le ofreciera a Nancy? ¿Le parecería un buen incentivo?

VALENTÍN.- (Visiblemente desencantado) ¿Sabe qué le digo?, que como dijo aquél: no sólo de pan vive el hombre; en este caso, de sueños.

FOWLES.- Le repito que todo es posible. Por favor, conteste: ¿Es Nancy un buen incentivo?

VALENTÍN.- (Incrédulo) Es un incentivo cojonudo.

FOWLES.- ¿Así que no le importaría acercarse a ella?

VALENTÍN.- (Sonriente, se levanta) ¿Acercarse en este caso quiere decir beneficiármela?

FOWLES.- Exactamente.

VALENTÍN.- No me importaría lo más mínimo.

FOWLES.- ¿Y si tuviera que beneficiársela ahí?

VALENTÍN.- ¿Aquí, en el laboratory? (Pausa) ¿Y delante de ustedes? Siempre de mirones, ¿eh, Fowles? Cómo se iba a poner el sonrisas. Se le iba a poner la piñata de oreja a oreja. Mire, por mí estupendo si se hace el asunto en un sitio más privado; después la niña se lo explica, hace un informe o me realiza una extracción para que ustedes comprueben lo que se deba comprobar. ¿Qué me dice?

FOWLES.- ¿No será que no se atreve? ¿No será mucha mujer para usted?

VALENTÍN.- ¿Mucha mujer para mí? Que el problema no es ése, ¿no me entiende? Vamos a ver, si ustedes han pensado en que yo me acerque a Nancy, cosa en la que estoy de acuerdo, nos apartamos un poco y luego se lo contamos. Me parece que tampoco es pedir demasiado.

FOWLES.- Vaya, parece que la hipótesis de trabajo se la ha tomado como una realidad.

VALENTÍN.- Bueno, ¿va a venir o no va a venir?

FOWLES.- Parece que le ha subido la temperatura, Valentín. Tendrá que pasar por la sección de duchas frías.

VALENTÍN.- ¡Ya está bien de pitorreo! Usted me ha propuesto a Nancy como incentivo, pues que venga inmediatamente. ¿No quería saber si sería capaz de estar con ella delante de ustedes? Pues sí, que entre ya y se lo demuestro. (Pausa) Vamos, Fowles, que entre, a qué esperamos.(Pausa) O entra ella o salgo yo. (Pausa) No me creen, ¿verdad? No creen que voy a salir y la voy a ir a buscar... ¡Ah!, y que nadie se me ponga delante que a lo mejor me gusta más que la niña. Voy a por ti, guapa.

 

     Camina hacia la puerta e intenta abrirla, cosa que no podrá. La golpea. Repite con vehemencia el nombre de la secretaria. Al fin la puerta se abrirá por su mecanismo ya conocido, y ante él, la imagen de Nancy -acompañada de nuestra música- pintada y vestida como la mulata de los sueños de Valentín, éste queda conmocionado, dejándose guiar por ella hasta el taburete, donde lo sentará de cara al público. Después le abrazará desde detrás el pecho, y las manos de Nancy irán bajando hasta la bragueta de Valentín. Cuando esto suceda, el escenario ganará poco a poco la oscuridad total al tiempo que aumentará el volumen de la música.

                   (Fin del primer acto)

 

                   Segundo acto

 

                   CUADRO PRIMERO

 

     La última escena del primer acto, a efectos prácticos, podríamos decir que no ha sucedido en la realidad, sino que ha sido obra del pensamiento del personaje, por lo que ahora se retoma el hilo que quedó pendiente en el susodicho acto con la repetición de las palabras de Fowles.

 

 

FOWLES.- Todo son conjeturas; estamos en el campo de lo posible, no de lo seguro. (Pausa) ¿Y si en vez de la mulata le ofreciera a Nancy? ¿Le parecería un buen incentivo?

 

     Largo silencio.

 

VALENTÍN.- ¿Sabe qué le digo? que ya no fumo más porque no me da la gana (tira el cigarro al suelo y lo aplasta con el zapato).

FOWLES.- Eso no son méritos, señor García.

VALENTÍN.- Ahora usted se va a callar porque necesito estar un momento sin oírle, ¿me entiende? (Pasea intentando reflexionar, pero la persistencia de Fowles no se lo va a consentir.)

FOWLES.- No me ha contestado. (Silencio) ¿Qué imágenes pasan por su cabeza en estos momentos? No me responde pero yo sé que está pensando en la señorita Nancy. (Valentín quisiera replicarle pero se contiene). Sé que esa imagen se mezcla con el intento de adivinar cuál puede ser el incentivo, a pesar de que con su actitud quiera demostrar una total falta de interés.

VALENTÍN.- ¿Usted sabe qué es el silencio?

FOWLES.- Por supuesto, es la incapacidad de encontrar respuesta a una realidad.

VALENTÍN.- No señor, es la capacidad de cerrar la boca.

FOWLES.- No está mal, pero usted sabe que el silencio es algo más profundo y que persiste a pesar de los ruidos, a pesar de mi voz. Fíjese, es justo lo contrario a lo que usted ha dicho, y si no es así, por qué no encuentra respuesta a las preguntas como: ¿por qué conozco yo sus conflictos laborales? ¿Alguien me presentó a su mujer? Todavía hay más cuestiones que usted no es capaz de resolver, que ni siquiera, porque es tal su confusión, sería capaz de organizarlas en preguntas, de modo que sólo le queda eso: silencio.

 

     Valentín se acerca a la puerta e intenta abrirla pero no podrá. Se acerca al taburete con intención de lanzarlo contra la puerta, pero éste está sujeto al suelo de tal manera que su esfuerzo resulta inútil.

 

VALENTÍN.- ¿Esto qué es?, ¿un secuestro?

FOWLES.- (Socarrón) Claro, la compañía Wilson Corporation S.L.P.K pide por su libertad la suma..., póngala usted, Valentín, o mejor, deberá confesar cuáles son las claves esenciales del buen vendedor. (Se ríe.) No es un secuestro, es un acuerdo entre usted y nosotros, un pacto, o si lo prefiere, una simple transacción comercial.

VALENTÍN.- Yo no he firmado nada.

FOWLES.- ¿Acaso es necesario entre caballeros?

VALENTÍN.- Pues muy bien, ese pacto lo rompo. Quiero salir de aquí inmediatamente.

FOWLES.- Eso no va a poder ser hasta que no acabemos la prueba que hemos empezado. No le dé más vueltas, ya verá cómo acabamos enseguida.

VALENTÍN.- Los voy a denunciar.

FOWLES.- De acuerdo, denúncienos.

VALENTÍN.- Han espiado mi vida. Quizás hasta la han organizado.

FOWLES.- Vamos, señor García. Colabore, acuda, por favor a la segunda cajetilla y encienda un cigarrillo.

VALENTÍN.- ¡Cabrones! ¡Americanos de mierda! (Golpea la puerta con los puños, que alternan con las infructíferas patadas). ¡Hijos de puta!

FOWLES.- No insista, por mucho que golpee, esa puerta no se va a abrir. (Valentín no deja de insultar ni de golpear la puerta.) Entienda que en este momento, como dicen ustedes, nosotros tenemos la sartén por el mango (Pausa). Está bien, si quiere marcharse, le diré cómo tiene que abrir la puerta, pero antes deje de golpearla (Valentín se detiene).

VALENTÍN.- Venga, dígame cómo se abre. (Le propina una patada)

FOWLES.- Gire con una mano la empuñadura y con la otra empuje al mismo tiempo. (Así lo hace, pero la puerta no cede.) Debe empujar con más fuerza. (Repite el movimiento varias veces). Señor García, ¿seguro que no quiere recapacitar?; ¿no quiere volver a las pruebas? 

VALENTÍN.- ¡¿Quiere abrirme la puerta de una vez?!

FOWLES.- Si así lo quiere...

 

     Una fuerte descarga eléctrica lanza a Valentín hacia el proscenio, quedando tumbado a lo largo de éste, y cara al público. De momento no será capaz de moverse por sí. El peso de la oscuridad del escenario lo aplasta hacia el suelo, siendo su expresión realzada con la luz. Valentín, a los ojos de los espectadores parece muerto. Silencio.

 

FOWLES.-  Lo ve, Valentín. Ve cómo su proceder no era el adecuado. (Pausa) Si usted hubiera accedido a nuestro compromiso todo hubiera sido diferente. (Pausa) En fin, le di suficientes oportunidades para que rectificara su actitud, pero usted, por lo visto, tenías otras ideas.

 

     Entra Nancy y le busca el pulso ayudada de un estetoscopio. Le cuesta pero al fin lo encuentra y lo hace saber a Fowles con un gesto mecánico. Prepara sus útiles y le realiza una nueva extracción, dejando a Valentín un nuevo esparadrapo. Intentará reanimarlo con los típicos golpes en la cara y dándole a oler de un frasquito, al poco Valentín abre los ojos, pero no acaba de despertar. Nancy lo sujetará por las axilas y lo arrastrará hasta el taburete, allí lo dejará apoyado en las patas. Volverá a aproximarle el frasquito, con lo que Valentín parecerá volver algo más en sí. Al parecerle positiva la reacción, ella acudirá a la cajetilla segunda y extraerá un cigarrillo, lo encenderá y lo colocará entre los labios de Valentín. Después, acudirá a la vitrina y recogerá la primera, tercera, cuarta y quinta cajetillas, dejando dos nuevas en el lugar que ocupaban la primera y la tercera. Cuando acabe saldrá con todos sus bártulos.

FOWLES.- (Con entusiasmo) Después de este descanso volvemos al trabajo con nuevas fuerzas. ¿Cómo se encuentra, Valentín? Si le apetece, puede servirse un refresco o comer un Pasti-Colito. (Valentín no mueve las extremidades, sólo parpadea.) Me gusta verlo dispuesto. Me gusta comprobar que ha entendido la necesidad de una buena colaboración. Es la actitud y la voluntad de las personas la verdadera riqueza, todo lo demás: dinero, lujos..., créame, no valen para nada. (A pesar de la imagen lastimosa de Valentín, todavía tiene fuerzas para tirar, con la ayuda de la lengua y la inclinación de la cabeza, el cigarrillo.) Valentín, no me obligue a más. Comprenda que en nuestra situación es muy fácil hacerle daño, y no sólo a usted, también a terceras personas. ¿De qué sirve su rebeldía? Sepa que la prueba está a punto de finalizar, que habrá ganado un dinero, además del prometido incentivo. Piense en su familia, en la alegría que les puede dar con su aportación. Por favor, enciéndase un cigarrillo de la segunda cajetilla ¿Qué me dice? ¿Acaso no vale la pena? (Valentín emite unos sonidos ininteligibles) ¿Cómo dice? (Repite los sonidos) No le entiendo, si no le importa intentarlo de nuevo...

VALENTÍN.- ...ito. E ito. (Carraspea. Toma aire.) ¡El pito, coño!

FOWLES.- ¿El pito? ¡Ah, claro! ¡El pito! (Suena.)

 

     Poco a poco va recuperando el movimiento, y aunque renqueando, llega a la segunda cajetilla, de donde extraerá y encenderá el cigarrillo. Abrirá una Music-Cola, y allí mismo dejará su cuerpo resbalar hasta sentarse en el suelo.

 

VALENTÍN.- Esto ya es demasiado, Fowles. ¿Hasta dónde piensan llegar?

FOWLES.- Estamos terminando.

VALENTÍN.- Eso espero. Dispare.

FOWLES.- No. De momento no le voy a disparar. Es lo que podríamos llamar un cigarrillo de transición, un cigarrillo de descanso, pues en todos los trabajos se fuma. Prefiero que sea usted quien hable de lo que más le apetezca.

VALENTÍN.- Pues bien: hace un día espléndido. Con un calor de verano.

FOWLES.- Quizás un poco fresco, después de la lluvia de esta madrugada...

VALENTÍN.- ¡Hace un día cojonudo!, para estar en la playa con la mulata. ¿Por qué tengo que fumarme un cigarrillo de la segunda cajetilla y no de otra?

FOWLES.- Quizás porque esos cigarrillos son los que mejor le sentaron en la ocasión anterior. ¿No lo recuerda?

VALENTÍN.- El cuerpo de la mulata brilla al sol del Caribe. Los cigarrillos del humo que pesa, el que se queda dentro y no quiere salir.

FOWLES.- Ya conoce mi parecer al respecto...

VALENTÍN.- Cuando toco el brillo de su piel, la mulata se desliza entre mis manos. Parece que va y viene, que no quiere ser retenida por mis dedos. Un tabaco malo porque sí, Fowles.

FOWLES.- No se preocupe que no se lo venderemos en los estancos.

VALENTÍN.- Toda ella es un tobogán de seda, pero de subida y de bajada. No sabe lo que se pierde con ser americano. (Bebe.)

FOWLES.- Parece que sí, que me estoy perdiendo algo.

VALENTÍN.- Mi mulata es la mujer de fruta, que pende de las palmeras, madura al sol y se come entre las sábanas. Ella es un abrazo de sol. (Tararea el tema "Guantanamera".)

 

     Pitido.

 

FOWLES.- Habrá que ir haciendo las maletas y regresar al viejo continente. Ya puede pasar a servirse un cigarrillo de los de la primera cajetilla. (Lentamente Valentín se incorpora y sigue las instrucciones de la voz.) Ahora volveremos a las preguntas, similares a las que usted ha ido contestando durante la prueba. VALENTÍN.- Antes había cinco cajetillas, y ahora sólo veo tres ¿Me las ha cambiado o se las ha llevado?

FOWLES.- Las hemos cambiado; pero de cualquier modo está dentro de lo programado.

VALENTÍN.- ¿Y éstas qué provocan?

FOWLES.- La satisfacción para el fumador, naturalmente. Vamos a pasar al cuestionario.

VALENTÍN.- (En buena disposición.) Pregunte.

FOWLES.- Le voy a dar una buena noticia.

VALENTÍN.- Se ha acabado la prueba.

FOWLES.- No; pero en cierto modo es mejor todavía.

VALENTÍN.- Usted dirá.

FOWLES.- Las preguntas versan sobre un tema en el que usted es un verdadero especialista: el tenis.

VALENTÍN.- Cojonudo.

FOWLES.- Allá vamos: ¿Quién, podría decirse, que inventó el tenis?

VALENTÍN.- Pero Fowles, después de tantos años vendiendo El tenis ilustrado, pregúnteme algo más difícil.

FOWLES.- Si no lo sabe podemos pasar a otra pregunta.

VALENTÍN.- Walter Clopton Wingfield en 1873.

FOWLES.- Muy bien. Pasamos a la siguiente. ¿Dónde se jugó la primera Copa Davis?

VALENTÍN.- No me entiende Fowles. En Boston, y fue en 1900, en la que ganaron ustedes a los ingleses. (Muerde un Pasti-Colito.)

FOWLES.- ¿Sería capaz de decirme el resultado?

 

     Se encuentra con la boca llena y decide aguantar el pastelito también con la boca, abrir los dedos de una mano para representar el cinco (sin soltar el cigarrillo), y con la otra formar el cero.

 

FOWLES.- ¿No ha pensado en presentarse a un concurso televisivo?

VALENTÍN.- Escribí a El tiempo corre, pero no me contestaron. A lo mejor conoce usted a alguien de la televisión.

FOWLES.- Pues no, lo siento. Le voy a realizar la pregunta más difícil del momento. ¿Cuánto pesa una raqueta de tenis?

VALENTÍN.- ¿Para los encuentros femeninos o para los masculinos?

FOWLES.- Para los masculinos.

VALENTÍN.- ¿Cómo quiere que se lo diga, en onzas o en gramos?

FOWLES.- Como usted prefiera.

VALENTÍN.- En gramos y en onzas. De 382 a 390 gramos, que equivaldrían entre las 13'50 y las 14 onzas.

FOWLES.- Me deja usted con la boca cerrada.

VALENTÍN.- Abierta; querrá decir con la boca abierta.

FOWLES.- Es que me confundo con la expresión sin palabras, que para mí es quedarse con la boca cerrada.

VALENTÍN.- Para que no se confunda puede decir (imitándolo) me deja boquiabierto.

FOWLES.- ¿Sabe usted cuánto pesa una pelota?

VALENTÍN.- ¿En gramos o en onzas?

FOWLES.- En gramos, por ejemplo.

VALENTÍN.- Su peso oscila desde 56'70 a 58'47 gramos.

FOWLES.- La siguiente pregunta no la sabrá.

VALENTÍN.- Apueste algo.

FOWLES.- Sería muy fácil ganarle, y además, qué tiene usted que pueda interesarme.

VALENTÍN.- Me tengo a mí, que por lo visto soy muy importante para la realización de la prueba.

FOWLES.- A usted, para entendernos, ya lo tengo.

VALENTÍN.- ¿Y el riesgo de apostar? ¿Le parece poco interesante la emoción de una apuesta? Usted conoce la pregunta -ésa es su gran ventaja-, y por lo visto está seguro de que yo no sabré la respuesta; sin embargo, yo, que desconozco la pregunta estoy convencido de que sabré responder. ¿Se atreve?

FOWLES.- Le repito que no me ofrece nada interesante.

VALENTÍN.- ¿Es interesante mi vida?, ¿o acaso también la tienen?

FOWLES.- (Se ríe.) En cierto modo, sí. Ofrece su vida como si la tuviese perdida. Seguro que piensa que no va a salir de aquí.

VALENTÍN.- Usted sabrá lo que tiene pensado; aunque siempre está a tiempo de realizar una buena acción. En este caso, la buena acción puede ser la apuesta. ¿Qué me dice?

FOWLES.- Supongamos que acepto el reto, qué pide a cambio.

VALENTÍN.- Que se abra esa puerta y todas las que me encuentre hasta la calle, que se olviden de Valentín García Pimentel y en cuanto al dinero, lo comido por lo servido.

FOWLES.- Si quisiera creerme cuando le digo que la prueba está a punto de finalizar, tal vez se relajaría y nos entenderíamos mejor.

VALENTÍN.- Yo prefiero la apuesta, no me apetece continuar.

FOWLES.- ¿Porque está asustado? Ok, acepto la apuesta. Vamos con la pregunta. Dígame, ¿cuál es el diámetro de una pelota de tenis?

VALENTÍN.- (Señalando hacia la puerta.) ¡Ábrete, Sésamo! (Pausa) Voy a repetirlo, porque me parece que la puerta es un poco sorda. ¡Ábrete, Sésamo!

FOWLES.- De momento conteste, ¿o es que no lo sabe?

VALENTÍN.- Preste atención porque no se lo voy a repetir, es una oportunidad única en su vida para escuchar la respuesta de un genio. ¿Le va bien en centímetros?

FOWLES.- Me va estupendamente.

VALENTÍN.- Allá va: (lentamente.) el diámetro de una pelota de tenis varía desde 6'35 hasta 6'67 centímetros.

FOWLES.- Lo siento, señor García, pero no son ésos los datos que yo tengo. Ha perdido la apuesta.

VALENTÍN.- Perdone usted, pero ésos sí son los datos: de 6'35 a 6'67 centímetros de diámetro. Lo que tendría que hacer es verificar sus notas.

FOWLES.- Era de esperar, no sabe perder y se irrita. ¿Y ahora qué va a pasar? Como soy el dueño de su vida, cuando acabemos la prueba, ¿sabe qué voy a hacer? Para que esté algo más contento lo voy a empaquetar y lo voy a enviar, ¿le parece bien a Cuba? Como ve, no tenía nada que pudiera interesarme; sin embargo, es un derecho que me reservo.

VALENTÍN.- Usted sabe, Fowles, que he contestado correctamente; claro, otra cosa es abrir la puerta.

FOWLES.- Mejor será que prosigamos, que nos acerquemos al momento de la verdadera apertura. Ya no me atrevo a preguntarle nada más sobre el tenis. Me ha demostrado que es un verdadero especialista.

VALENTÍN.- No joda, Fowles. Pues pregúnteme algo que yo no sepa. Qué quiere que le diga.

FOWLES.- No. Mejor pasamos a otras cuestiones vinculadas con nuestro trabajo.

VALENTÍN.- No me cambie de cuestiones, que lo del tenis es algo que me sé. Pregúnteme..., no sé..., por ejemplo, quién ha ganado más veces el torneo de Wimbledon, o quién fue Dwight F. Davis.

FOWLES.- Ya me lo ha demostrado, Valentín: es un entendido del tenis.

VALENTÍN.- (Con cierta vehemencia.) Las dimensiones del campo se enmarcan en unas líneas blancas que delimitan la extensión de veintitrés metros con setenta y siete de largo por una anchura de ocho metro con veintitrés, para los partidos individuales, siendo de diez noventa y siete la anchura para el juego de dobles. Pregunte, Fowles. Pregunte.

FOWLES.- No. Ya está bien de tenis.

VALENTÍN.- (Vehemencia in crescendo.) La pista puede ser, bien de hierba, bien de tierra batida; aunque en raras ocasiones es de madera o cemento. Ese rectángulo se divide por una red de un metro con seis de altura, y que a su vez separa el espacio de los contrincantes.

FOWLES.- (Cínico.) No me diga. Qué interesante.

VALENTÍN.- (Vehemencia en su máxima expresión.) Un arbitro es el encargado de dirigir los encuentros, ayudado por cuatro jueces situados en las líneas. En el tenis no se puede empatar, por lo menos, la ventaja ha de ser de dos faltas; así, pues, el tiempo no puede establecerse, pudiendo prolongarse el encuentro todo lo que fuere necesario.

    

     Al acabar sus palabras, Valentín lanza el cigarrillo contra el suelo, se acerca a la vitrina y de un manotazo tira las cajetillas al suelo. Camina dibujando círculos en su marcha. Está tan excitado que buscará un cigarrillo de la segunda cajetilla. Lo encontrará y lo encenderá para relajarse. Se sienta en tierra. Cuando esto haya sucedido entrará Nancy y ordenará el desorden que ha causado Valentín.

     Nadie dice nada, ni siquiera Valentín mira a la secretaria, se limita a calmarse ayudado por el efecto del cigarrillo de la segunda cajetilla. Ella sale.

 

VALENTÍN.- (Casi mecánicamente, y sin mirar hacia la luz que representa a Fowles.) Por favor, no diga absolutamente nada, no sea que lo estropee. Estoy fumando un cigarrillo de la segunda cajetilla para relajarme, ¿he hecho bien? No, por favor, no se le ocurra contestarme, lo haré yo en su lugar: sí, he hecho lo que debía hacer. Ahora me siento mucho mejor, parece que todos mis malos pensamientos me han abandonado. Ahora voy a demostrar que no soy como he evidenciado ser, sino todo lo contrario. Estoy dispuesto a cambiar de actitud, a participar positivamente en la prueba porque quiero llevarme el incentivo, porque quiero entrar en casa y ver la cara de mi mujer cuando le entregue el dinero y, por supuesto, el incentivo (que ya sé que no necesariamente ha de ser dinero, que puede ser otra cosa, pero que también puede ser dinero). ¡Ah, sí! Me parece una tontería pensar que no voy a salir del laboratory. De aquí se puede entrar y salir perfectamente, vamos, como Pedro por su casa, ¿no sé si me entiende la expresión? Bueno, de cualquier manera, todavía no me diga nada, haga el favor. Ahora, para acabar de relajarme y para recuperar las fuerzas perdidas, me voy a comer un Pasti-Colito y me voy a beber una Music-Cola, todo eso protegido por su maravilloso silencio.

 

     Tira el cigarrillo y se dirige hacia la vitrina, donde cumplirá con lo dicho.

 

VALENTÍN.- Bueno, creo que ya soy capaz de comprender la dulce melodía de su voz. Cante, Fowles.

FOWLES.- ¿Está seguro de que mi voz no ocasionará algún conflicto en su persona?

VALENTÍN.- ¿Pero cómo? ¿Su voz? Si es pura armonía; qué cosas tiene, Fowles.

FOWLES.- Adelante. Debe continuar con la primera cajetilla. Recuerde que estamos perdiendo mucho tiempo y que la prueba está a punto de finalizar, no la alarguemos innecesariamente.

VALENTÍN.- Por mi parte, estoy preparado.

FOWLES.- Ok. ¿Cuánto dinero robó de la primera editorial con la que colaboró?

VALENTÍN.- (Reportándose. Manteniendo sus propósitos) ¿En total, o en los últimos tiempos?

FOWLES.- Durante los tres años que duró, antes de ser despedido.

VALENTÍN.- ¡Ah! ¿Pero les falta el dato? Ahora mismo se lo voy a decir, no me gustaría que tuvieran mi expediente incompleto, y mucho menos en lo tocante a mi actividad delictiva. Fueron cien mil pesetas el primer año, y algo más de novecientas mil, tres meses antes de mi..., mi cese.

FOWLES.- Qué hizo con ese dinero.

VALENTÍN.- Un poquito para casa y otro poquito para mis gastos de chaval. Yo entonces vivía con mi madre, mi padre ya había muerto. ¿No me irá a decir ahora que tengo que devolverlo? A mí me pone cabeza abajo y no me saca ni un duro, y aquel dinero está más que quemado.

FOWLES.- ¿No era demasiado dinero para un joven?

VALENTÍN.- Qué va a ser demasiado dinero. Nunca es demasiado cuando tienes qué hacer con él.

FOWLES.- No tenía necesidades que cubrir.

VALENTÍN.- Las tenía todas. Qué puedo explicarle; usted ya sabe, todo está lleno de luces preciosas que se alimentan de billetes, que los queman nada más mirarlas, y mucho más cuando se es joven; además, qué quiere que le diga que no sepan si por lo visto me pusieron una cámara en el culo.

FOWLES.- Pasaron los años y se casó.

VALENTÍN.- Y me casé.

FOWLES.- Cuándo fue que decidió prostituir a su mujer.

VALENTÍN.- Yo puedo entender que quieran saber cómo repercute el tabaco en el fumador, el vino, las paellas o la fabada, y para ello lleven a cabo un estudio; pero lo que no entiendo es la relación que pueda haber con mi mujer; además, si ella fuma muy poco.

FOWLES.- Eso empezó hacia el cuarto año de matrimonio.

VALENTÍN.- Sí, joder, por ahí andaría. Y qué, cada uno se organiza la vida como le da la gana, ¿o es que yo me he interesado por la de alguien? 

FOWLES.- ¿Es una puta limpia su mujer? ¿Se acuerda del incentivo?

VALENTÍN.- A mí me da lo mismo porque me sale gratis. A ver si me entiende. Si a alguien le gusta y se quiere ir con ella, allá él con sus manías y con sus gustos, porque si va es porque quiere.

FOWLES.- ¿No siente vergüenza?

VALENTÍN.- ¿Vergüenza? Mi mujer va porque quiere, yo nunca la he obligado, y nunca la he maltratado siquiera. La vergüenza será cosa de ella, no mía. Vamos, Fowles, pero si en cualquier barrio hay de todo, a la vista o a escondidas, qué más da si ella se va por ahí, si además, es la forma de que yo también pueda marcharme sin recibir reproches por parte de nadie. ¿Me entiende, Fowles?

FOWLES.- ¿Qué edad tiene su hijo?

VALENTÍN.- A ver si lo adivina.

FOWLES.- ¿Seis años?

VALENTÍN.- ¡Premio!

FOWLES.- ¿Y cómo se llama?

VALENTÍN.- ¿Por qué no lo adivina?

FOWLES.- ¿Se llama Jordi?

VALENTÍN.- No sea cínico, por favor.

FOWLES.- A todos los padres les gusta hablar de sus hijos.

VALENTÍN.- Pues a mí no.

FOWLES.- ¿No será, y sin ánimo de ofender, que Jordi no es su hijo?

VALENTÍN.- ¡Ah! Pues ahora que lo dice, ¿es hijo mío mi Jordi? Mire sus papeles, se lo digo muy en serio, no sea que mi mujer ya me la pegara por aquellos años.

FOWLES.- Esté tranquilo, Valentín. Según nuestra información, Jordi es hijo suyo.

VALENTÍN.- No sabe el peso que me quita de encima. Mire, aprovechando que lo tengo, como quien dice, a mano, a ver si por ahí tiene algún dato de mi vida que a mí se me hubiera escapado.  FOWLES.- ¿Recuerda que soy yo el que pregunta?

VALENTÍN.- (Transición) Oiga, Fowles, por un momento me ha venido un escalofrío. Me ha venido por dentro, así como si fuera un viento helado, la idea de que entre sus papeles no sólo tuviera datos de lo que he hecho en mi vida, sino también de lo que todavía no me ha pasado. ¿Se imagina lo que querría decir eso?

    

     Silencio de Fowles.

 

VALENTÍN.- Que alguien pueda saber lo que uno ha hecho, parece cosa, aunque reprobable, posible. Sólo es preciso que alguien vaya detrás para observar; pero que pudiera además saber lo que pasará mañana... ¿Eso es posible, Fowles? (No recibe respuesta) No me irá a decir que ahí en los papeles se puede leer lo que vendrá mañana porque no me lo creo. (Con profundas dudas) ¿O no? ¿Usted qué dice? ¿Es eso posible?

FOWLES.- Como padre, ¿está satisfecho con su hijo? 

VALENTÍN.- Sí, mucho; pero lo que a mí me gustaría es que usted me escuchara, y se hiciera cargo de la importancia que tiene la pregunta que le estoy haciendo. En fin, mister Fowles, no sé si puede ponerse en mi lugar, por favor, contésteme, ¿los datos que usted maneja, hasta qué año alcanzan?

FOWLES.- ¿Y qué más da? ¿Usted qué prefiere oír?

VALENTÍN.- Quiero que me responda.

FOWLES.- Entienda que lo que yo le diga no le aclarará nada. Si lo que quiere escuchar es que mis datos alcanzan hasta hoy, ¿cómo lo asimilará? ¿Acaso le tranquilizará porque crea que su futuro no está organizado de antemano?, ¿o por el contrario pensará que mis datos acaban aquí porque su vida también acaba aquí?

VALENTÍN.- ¿Quién es usted, Dios o el diablo?

 

     Pitido ensordecedor. Oscuro. Cuando vuelva la luz, Nancy le estará realizando una nueva extracción. Al acabar, la muchacha se acercará a la primera cajetilla, sacará un cigarrillo y se lo acercará a Valentín, quien lo encenderá. Fuma.

 

VALENTÍN.- Estoy convencido, Fowles, algo haría yo para estar ahora aquí. Algo, seguro; pero qué.

FOWLES.- Al contrario, el planteamiento debe realizarse desde otra perspectiva, no es un castigo, sino una suerte.

VALENTÍN.- Sí, pues qué suerte la mía. ¿Y era muy larga la lista de candidatos?

FOWLES.- Larguísima.

VALENTÍN.- Le voy a decir que seguro que había mejores candidatos que yo. Yo no sé quién se encargó de seleccionarme, pero a mí me parece que yo no doy el tipo. Yo ya se lo dije, me pensaba que esto sería otra cosa, que iría por otro camino.

FOWLES.- Cambiando de tema, cómo definiría ese cigarrillo.

VALENTÍN.- ¿Éste? Tira más al Wilson que yo compro. No tiene nada que destaque, ni un sabor especial, qué va.

FOWLES.- Porque es el que usted compra en los estancos.

VALENTÍN.- ¿Debo entender que ya no tendré que fumarme más cigarrillos experimentales y que por lo tanto esto se ha acabado?

FOWLES.- Debe entender que se está acabando.

VALENTÍN.- Ha sido duro, no sé cómo lo ve usted. Yo le digo que se podrían introducir algunas mejoras, pero claro, ahí yo ya no entro, y menos ahora que como ha dicho, esto se está acabando.  A pesar de los momentos más difíciles, en el fondo de lo que yo pudiera sentir, había, no sé si podré explicarlo bien, pero había una musiquilla, que tampoco sabría tararearla, era una musiquilla como de juego de niño. De una paz que intentaba compensar el apuro del momento, no sé si me entiende, Fowles. Qué curioso, me parecía que iba a ser posible recuperar, no revivir mi niñez, pero sí aquel espíritu. ¿Sabe qué le quiero decir, Fowles?

FOWLES.- Intento entenderle, aunque eso que me cuenta necesitaría algún tiempo más del que ahora puedo prestarle, pero también le diré que me parece interesantísimo.

VALENTÍN.- En verdad sería una mezcla de eso, de la musiquilla o quizás canción infantil, de colores en una hoja blanca, de caramelos, de sueño plácido. En uno de los momentos en los que intentaba serenarme, llegué a pensar que me había muerto, que la canción infantil la cantarían los ángeles y que esto era lo que llamaríamos el juicio final. Yo aquí, frente al juez que juzgará mis culpas. ¿Se imagina qué situación? Porque, oiga, ¿no me habré muerto, verdad Fowles? Silencio. Oiga, Fowles, dígame algo; bueno, dígame que no, que no me he muerto. Silencio. No joda, Fowles. ¿Cómo estoy? ¿Estoy...? ¡Fowles!

Fowles.- Está usted hablando, moviéndose, fumando... ¿Ha visto alguna vez a algún muerto que hable, se mueva o fume?

VALENTÍN.- Cosas más raras se han visto.

FOWLES.- Relájese, Valentín y cuénteme algún episodio de su juventud, o quizás de su vida cotidiana.

VALENTÍN.- Algo que les falte, ¿no?

FOWLES.- Elíjalo usted.

VALENTÍN.- Así, un episodio de mi juventud. Lo dice como si mi vida fuera una novela, o como si las cosas que a uno le han sucedido fueran chistes. Cuénteme un episodio; pero de la misma manera hubiera dicho: cuénteme un chiste. Yo no sé exactamente los datos que usted tendrá ni cómo los ha conseguido, pero lo que sí puedo decirle es que mis episodios no siempre han tenido demasiada gracia.

FOWLES.- ¿Considera que su adolescencia fue traumática?

VALENTÍN.- Mi adolescencia fue una adolescencia de barrio. Con todo lo bueno y menos bueno que uno puede encontrarse en cualquier barrio de la periferia. Con los juegos en la calle, las persecuciones a las parejas que se escondían por los descampados, peleas, y todo eso.

FOWLES.- ¿Peleas? No me parece que sea usted un ser violento.

VALENTÍN.- Hombre... No es que sea un pendenciero, pero en fin, que como cualquier chaval, habré tenido mis... enfrentamientos. Usted no sé si estaría en aquella época por aquí, aunque de todas maneras lo habrá visto en las películas americanas; aquí, lo que se estilaba en aquellos días era lo de las bandas. Pánico. Así se llamaba la banda de mi barrio, la que se juntaba en mi calle, justo debajo de mi ventana. La imagen que retengo de aquellos chavales, era por la noche, cuando ya habían salido de trabajar o de las escuelas de por allí. De noche y en otoño o invierno, bebiendo cervezas y de vez en cuando brillando alguna navaja que se abría o cerraba, al mismo tiempo que obligaba a mirar, por precaución, hacia atrás. Cuando crecía el ambiente bajaba yo para juntarme con ellos, con mis amigos. Aquello era la más pura representación de la fuerza; le puedo decir que en más de una ocasión la patrulla municipal había dado la vuelta al vernos. De allí, calle abajo hacia el torrente, a dar sustos a los que subían hacia el barrio. Yo nunca atraqué a nadie, ni siquiera participé en las supuestas lecciones que impartían al que se atrevía a encarárseles, porque lo que yo quería era estar allí, simplemente estar presente para que el pobre desgraciado al que habíamos detenido su marcha me viera y después me reconociese, y por supuesto, me respetase. No me pregunte qué sentido tenía para mí el respeto, porque supongo que sería algo así como el intento de una reafirmación de mi personalidad, en fin usted sabe más que yo de esas cosas. ¿Sabe cuál fue mi momento más importante en la banda? Cuando después de la pelea del domingo en la discoteca del barrio, el jefe me eligió también a mí. Seríamos cinco contra cinco y yo iba a ser uno de los que representaría a mi barrio. ¿Y sabe usted quiénes iban a ser los cinco contrincantes? Pues, justamente los cinco más fuertes de la banda que más daba que hablar en aquellos momentos, Los pinchos. Nos habíamos emplazado para el próximo domingo, a las cinco de la tarde en nuestra calle, y allí nos encontramos los cinco que defenderíamos nuestro honor y nuestra irrazón. Supongo que usted recordará la época de las películas de karate, kung-fu y demás, de aquel instrumental que manipulaban los protagonistas para defenderse de los malos; pues bien, algo de eso llevábamos los cinco. No soy capaz de explicar lo que sentíamos cuando los otros muchachos se acercaban y nos preguntaban, todavía se me eriza la piel. Nos miraban, y sabíamos sin palabras lo que ellos también sentían. (Pausa) Los músculos tensos...; la mirada inquieta...; las manos entraban en los bolsillos y salían con la certeza de que todo estaba allí, listo por si fuera necesario. Los cinco caminábamos calle arriba y abajo (nerviosos, aunque no lo reconociéramos en aquel momento). Siempre, dos de nosotros estuvieron de vigilantes, uno en cada punta de la calle, por verlos venir desde lejos. Tocaron las cinco y los cinco buscamos nuestras miradas y no las encontrábamos. Alguien subió corriendo el torrente, fuimos a su encuentro, pero nada, no había noticias. Era posible que Los pinchos tuvieran miedo y hubieran decidido no aparecer por nuestro barrio. Esperamos durante media hora. Se estaba confirmando: tenían miedo. Al cumplirse la hora, nadie extraño a los vecinos había atravesado nuestra calle. Ya no había duda, Los pinchos nos respetaban, los chicos de la calle nos respetaban. En el barrio la gente también nos miraba con respeto. Cuando nos saludaban nos propinaban unas palmaditas en la espalda, y el dueño del bar hasta llegó a invitarnos a unas cervezas. ¿Ha pillado el chiste, Fowles?

FOWLES.- Supongo que el chiste es que para Los pinchos, la banda de su barrio resultaba insignificante.

VALENTÍN.- ¡Exactamente!; y sin embargo, nadie de nuestro barrio era capaz de entenderlo. Para ellos y para el resto de los amigos, simplemente nos tenían miedo. Nos tenían miedo.

FOWLES.- Por lo visto es una simplificación de la realidad.

VALENTÍN.-  Oiga, Fowles, por qué no viene aquí y echamos juntos un cigarrillo. Venga, hombre, acérquese hasta aquí y hablemos, y al menos le veo la cara, que ya estoy harto de hablarle a una luz. Ése es otro asunto que podrían mejorar, porque qué es eso de que uno hable sólo. Ande, venga aquí; además, para lo que falta, qué importará si abandona su despacho o lo que sea. (Pausa) No será Fowles que usted me tiene miedo, o ¿acaso soy insignificante para usted? Venga hombre, que no se diga que después de todo uno no sabe reconocer lo que hay que reconocer. Que si ha habido momentos tensos, cuando es necesario se olvidan  y a otra cosa. Bueno, a no ser que algún superior se lo impida; si es así...

 

     Una puerta hasta ahora inexistente en el foro se abre y la luz se concentra allí. La luminosidad que de la puerta procede anula cualquier elemento de la escena. Tal intensidad luminosa atrae a Valentín, quien sólo se atreve a emitir palabras próximas al balbuceo.

 

VALENTÍN.- (Acercándose hacia la luz) ¿Es usted mister Fowles, verdad? Yo soy Valentín García Pimentel.

 

     Por un momento la única luz que perdura es la que procede de la puerta, que irá disminuyendo hasta el oscuro total.

 

 

 

                   SEGUNDO CUADRO

 

     Ahora asistimos a la salida de Fowles (o mejor dicho, de la luz) del escenario. La puerta está abierta y de ella procede de nuevo la misma luz, conforme aquélla se cierre, la luz irá desapareciendo. Valentín está sentado en el taburete y Nancy está acabando la labor propia de una nueva extracción. La actitud de Valentín ha cambiado visiblemente, ahora no duda en "colaborar".

 

 

VALENTÍN.- (Despidiéndose) Para mí también ha sido un verdadero placer el conversar así, cara a cara, sin luces que parecen ojos que te miran, y tú no sabes dónde mirar. Venga, pues, a ver si acabamos ya, Fowles.

     Hemos quedado que ahora tocan los cigarrillos de la tercera cajetilla, de la última.

 

     La chica acaba. Sale. Valentín se encamina hacia la vitrina. Extraerá el cigarrillo y lo encederá para saborearlo en la más positiva disposión que le hayamos visto.

 

VALENTÍN.- (Se muestra relajado, familiarizado con el lugar y lo que le rodea.) Cuando llegue a casa voy a decirles que iba yo por la carretera y allí mismo, delante de mí, aterrizó una nave espacial. Les diré que de la nave salieron algo así como un hombre y una mujer que venían de Saturno. Me subieron a la nave, me invitaron a fumar, me dieron un paseo por el universo, y me dejaron en casa con unos talones y un incentivo.

FOWLES.- Yo creo que no se lo van a creer.

VALENTÍN.- ¿Que no? Pues les enseñaré las pruebas (se toca los apósitos). Les diré que en la nave me llevaron a un quirófano, que allí me conectaron unos cables en el cerebro y me extrajeron sangre para llevársela a su planeta y poder estudiarla. Le diré a la mujer que para compensar las molestias el comandante del platillo sacó el talonario y me apuntó unas cantidades, y además lo que me corresponda del incentivo, que ya sé que no ha de ser forzosamente dinero, pero algo será para que lo pueda enseñar en casa.

FOWLES.- ¿Le gusta ese cigarrillo?   

VALENTÍN.- Bien, bien; bueno, algo de amargor sí que deja, algo como un regusto que se pega en el paladar y la garganta, que según cómo aspire uno el humo (aspira), te pican los oídos y te lloran los ojos, pero fuera de eso, bien. Ahora parece que hasta me pican los brazos, pero será de los mismos pinchazos.

FOWLES.- Los pinchazos de los saturnianos, ¿verdad, Valentín?

VALENTÍN.- Pues eso, los pinchazos de los de la nave espacial, para estudiarme por dentro. ¿Me puedo encender otro? Es que a lo mejor es éste que tira mal, y de la misma fuerza que hay que hacer se reconoce que el humo ya entra mal y ya no es lo mismo.

FOWLES.- Como usted quiera, ya sabe..., como en casa.

VALENTÍN.- Pues me sirvo. Más vale hacer las cosas a gusto.

 

     Silencio. Fuma.

 

VALENTÍN.- Estaba pensando en lo que me acaba de contar de los indios; en lo de la danza de la lluvia. Pensaba en la perseverancia.

FOWLES.- Debían ser perseverantes, de lo contrario, perdían cualquier tipo de esperanza.

VALENTÍN.- Me los imagino ahí danzando y danzando, un día y otro, como aquel que va a su trabajo, ellos, a danzar, a ver si hoy hay suerte y nos llueve. Pero, no me explico cómo no se desanimaban, cómo después de días y más días de danza y sin llover, cómo seguían creyendo en la misma danza.

FOWLES.- La danza de la lluvia acercaba las nubes a los poblados y hacía que descargasen toda el agua. El problema no estaba en si la danza era capaz de provocar la lluvia, ninguno de los indios dudaba de ello, el problema era realizar perfectamente los movimientos para que al fin el agua mojase la tierra seca.

VALENTÍN.- (Siente la comezón en un brazo) No ha llovido, pues eso es que no ha salido bien. Venga, otra vez a dar vueltas y a levantar el polvo.

FOWLES.- Para los indios, sólo cuando los movimientos se ejecutaban con total perfección, llovía. Dejar de danzar sería como perder...

VALENTÍN.- El incentivo.

FOWLES.- Exactamente, el incentivo.

VALENTÍN.- ¡Ay! El incentivo. Ahí es nada, la sal de la vida. Por el incentivo hay que seguir bailando, llueva o no llueva.

FOWLES.- ¿Qué me dice Valentín, le gusta más ese cigarrillo?

VALENTÍN.- O es que el anterior me ha dejado el mal sabor, o es que éste es igual que el otro. Pero en fin, para lo que queda, ¿verdad, Fowles?

FOWLES.- Claro, para lo que queda, usted puede hacer ese último esfuerzo.

VALENTÍN.- Por eso soy yo el elegido. Si al final resultará que si estoy aquí y no otro, pues que será por algo. Si ustedes han hecho un estudio y en sus valoraciones han estimado que sea yo quien realice la prueba, alguna razón habrá (muestra signos de picor).

FOWLES.- Es usted un hombre muy valiente.

VALENTÍN.- Es que no puede ser de otra manera.  

FOWLES.- Reconozca que su actitud mejora pensando en lo que pudiera ser el incentivo, ¿no es así?

VALENTÍN.- Bueno, a mí siempre me ha gustado quedar bien donde se me ha dado una confianza. Y a propósito, usted me perdonará que vuelva a lo de antes, pero ¿no podría darme alguna pista de lo que puede ser el incentivo? Si le parece yo le hago preguntas y usted sólo me contesta si sí o no. Por ejemplo, ¿se puede guardar en el bolsillo?... Sí, o no. ¿Me entiende?

FOWLES.- No me parece que sea lo más adecuado, pero, en fin...

VALENTÍN.- ¿Tiene ruedas? (De vez en cuando vuelve a rascarse)

FOWLES.- ¿Ruedas? No exactamente.

VALENTÍN.- Por lo tanto, no es un coche. ¿Tiene puertas?

FOWLES.- Si está pensando en un apartamento, sepa que no es un apartamento.

VALENTÍN.- ¿Es una unidad?

FOWLES.- No.

VALENTÍN.- (Tose. Se restriega los ojos) ¿Se puede guardar en el banco?

FOWLES.- Si usted tiene ese capricho, ¿por qué no?

VALENTÍN.- Es que no sé qué preguntarle. ¿Come?

FOWLES.- No.

VALENTÍN.- ¿Es para saber la hora?

FOWLES.- No.

VALENTÍN.- ¿No me quiere decir nada más? ¿Vale más de 10.000 pesetas?

FOWLES.- Depende.

VALENTÍN.- ¿Puede lucirse en los dedos?

FOWLES.- ¿Por qué no?

VALENTÍN._  ¿Me gustará más a mí que a mi hijo?

FOWLES.- No puedo dar una respuesta precisa a su pregunta.

 

     Valentín da muestras de ahogo. Vuelve a restregarse los ojos y siente una vez más la comezón que le recorre el cuerpo.

 

VALENTÍN.- (Mirando el cigarrillo) Si no es que no quiera colaborar en la prueba, es que me parece que no voy a poder seguir. (Se apoya en el taburete y esconde la cabeza entre los brazos) No puedo Fowles, se lo digo de verdad (le cuesta hablar. Tose.) Espero que no se lo tome a mal, pero ya ve..., que yo quería...

 

     Entra Nancy con los útiles propios para otra extracción. A pesar del malestar de Valentín, ella actúa como en las veces anteriores.

 

NANCY.- ¡Vamos, señor García!, que ésta será la última vez que le pincho. No se desanime. Ahora no mueva el brazo.

 

     Sorprendentemente, Valentín logra arrebatarle la jeringuilla a Nancy, sujetarla por el cuello y amenazarla colocándole la jeringuilla en la misma garganta.

 

VALENTÍN.- ¡Fowles, se acabó! Venga, la puerta, que se abra inmediatamente, y que nadie, nadie mueva un dedo porque ya no me importa nada.

FOWLES.- No le veo ningún sentido a lo que pretende hacer. Nancy le ha dicho la verdad, era la última extracción.

VALENTÍN.- Por supuesto, era la última. Ahora se acabaron todas, y lo dicho: me la cargo si alguien me impide el paso. 

 

     Camina hacia la puerta empujando a Nancy.

 

VALENTÍN.- La puerta, Fowles.

FOWLES.- ¿Está convencido de querer acabar la prueba de esta manera? No tiene confianza en lo que le digo, pero la prueba se acababa con la extracción que Nancy le iba a realizar. Después usted se hubiera marchado con lo ganado a casa.

VALENTÍN.- Abra la puerta y cállese porque ya no puedo oírlo más.

 

     La puerta del foro se abre, y de ella, una vez más, el destello sorprende y ciega al espectador. Valentín y la muchacha inician lentamente el camino hacia ella. Él, como si entrase en un lugar misterioso.

 

 

FOWLES.- ¿Pero está seguro de querer atravesar la puerta?   

VALENTÍN.- No hay nada de lo que esté más seguro.

FOWLES.- Está bien, adelante.

 

     Valentín permanece inmóvil. No sabe cómo actuar; al fin, decide atravesar la puerta con mucha prudencia. Una vez comidos ambos por la luz, se impone la total oscuridad. Al poco, vuelve la luz normal, y se recupera la escena en la que Nancy iba a realizarle la última extracción.

 

NANCY.- ¡Vamos, señor García!, que ésta será la última vez que le pincho. No se desanime. Ahora no mueva el brazo.

 

     Parece que la noticia ha reanimado a Valentín. Su expresión quiere esbozar una sonrisa, aunque no lo acaba de conseguir. Nancy la realiza.

 

FOWLES.- La señorita Nancy le ha dicho la verdad, la prueba ha concluido.

 

     Sale Nancy y regresará con la americana de Valentín.

 

VALENTÍN.- ¿Usted recuerda lo que significaba el día de Reyes cuando niño?

FOWLES.- En mi país no es frecuente celebrar el día de Reyes.

VALENTÍN.- Pero sí recordará el último día del curso; pues eso es lo que yo estoy empezando a sentir ahora. (Se rasca y se incorpora lentamente. Nancy le ayuda a ponerse la americana.)

      

FOWLES.- Sólo me queda por decir que su colaboración representa para Wilson Corporation S.L.P.K. un paso inestimable. Muy agradecido, discúlpenos por el esfuerzo que le hemos pedido y quizás en otra ocasión podamos volver a encontrarnos.

 

     Valentín no dice nada, busca en los bolsillos de la americana, saca su cajetilla y extrae un cigarrillo que al momento enciende. Sigue buscando, pero parece no encontrar nada de lo que busca.

 

FOWLES.- Cuando desee, Nancy le acompañará hasta la salida.

VALENTÍN.- Yo me miro los bolsillos, me miro la americana, me palpo y me vuelvo a palpar y no encuentro nada que pueda añadirse a lo que ya traía. Por su parte tampoco veo el gesto, y entonces me pregunto, ¿y el incentivo?, ¿dónde está el incentivo? Yo no lo llevo encima ¿Se habrá ido? A lo mejor es que todavía no ha llegado. No sé si me entiende, Fowles.

FOWLES.- Lo habitual es que a la salida, Nancy le hubiera hecho entrega del incentivo; pero, en fin, ya que usted ha tocado el tema, ella se lo entregará inmediatamente.

 

     Sale Nancy y suena la música que ya nos es habitual. Ésta se convertirá en el fondo de las palabras de Fowles (voz y música emulando las presentaciones propias del mundo del circo y de espectáculos similares).

 

FOWLES.- (Entra Nancy empujando un carrito -pintado con los colores característicos de la casa- sobre el cual observamos algunos productos del grupo empresarial Wilson. La voz de Fowles nos llega a través de ciertos efectos acústicos que infunden grandilocuencia al acto. Los efectos luminosos colaborarán en la misma intención y la música se mantiene de fondo cuando habla Fowles y sube el volumen en las pausas.) En estos momentos, nuestra asistente hace entrega a Valentín García Pimentel    de los principales productos de nuestra marca. En primer lugar, un bote de nuestro más representativo refresco, nuestras burrrrbujeantes chispas de frescor: la Music-Cola. (Nancy le lanza el bote, que él caza al vuelo). ¿Pero qué hace Nancy? Parece..., en efecto, ella le va a hacer entrega de los C.D. que sortea Music-Cola por la compra de la botella familiar. ¿No es estupendo, señor García Pimentel? ¿Puede pedirse más? Pues sí, todavía podemos obsequiarle en reconocimiento por su trabajo para Wilson Corporation S.L.P.K., con un lote mega-familiar de los locos, loquísimos Pasti-Colitos. Y por supuesto, con dos sobres de sus cromos en 3D. ¿Qué buscará Nancy?, ¿Con qué supersorpresa nos va a alegrar ahora? No podía ser de otra manera que con la últimísima producción de los ositos de nuestros anuncios, que próximamente serán llevados al cine, sí, Valentín, ha oído bien, al cine; para celebrarlo, Nancy le obsequia en nombre de Wilson Corporation S.L.P.K. con dos entradas, para que pueda asistir con su hijo al próximo estreno cinematográfico. ¡Recuerde!, nuestra intención es reunir a la familia, que lo que es válido para uno de sus miembros lo sea para todos. Y Nancy, a continuación, le entregará nuestro producto estrella: una cajetilla de nuestros cigarrillos, los de siempre, los de toda la vida, nuestros clásicos cigarrillos que han escrito su vida sentimental; para que todavía la sigan escribiendo, reciba, Valentín, la cajetilla, como símbolo de lo que usted y nosotros sabemos que representa.

 

     Cesa la voz, sube la música, para después mantenerla de fondo.

 

FOWLES.- (La voz de Fowles vuelve a ser tan mecánica como antes de la entrega de los productos) Acompañe ahora a la señorita hasta la puerta. Por nuestra parte, vuelvo a agradecerle su trabajo y hasta una nueva ocasión.

 

     A Valentín le faltan manos para sujetar los obsequios. Le cuesta empezar a hablar, quisiera decir algo que siente pero no sabe expresarlo, y por lo tanto, sólo aporta una mirada ansiosa y su silencio. Después de este intento fallido, Nancy, educadamente, le empuja hacia la puerta. Al atravesarla, se cruza con un hombre que reúne similares características físicas que él, que va tan desconcertado como él en un primer momento. Se miran y Valentín quisiera hablarle, pero en realidad no sabe qué le podría decir, y opta de nuevo por callar. Sale. En escena quedan el nuevo elegido y Nancy. Él repite los gesto que nos remiten al primer Valentín. Ella le ayuda a quitarse la chaqueta, cuando ya la sostiene en el brazo, el nuevo la recupera y extrae una cajetilla de cigarrillos Wilson. Ella se la recoge y vuelve a guardarla en el bolsillo. Sale con la americana. Un cañón de luz circunda la expresión del nuevo.

 

EL NUEVO.- Valentín García Pimentel... Cuarenta y tres años de edad... Casado...Con un hijo... Nací en Badalona, provincia de Barcelona... Vivo en la calle Bailén... Bloque B... Entresuelo, tercera puerta...Estudios primarios...Más que nada, he tocado el mundo de las ventas a domicilio...Para cuatro o cinco editoriales; aunque comencé vendiendo seguros...Por supuesto, representante...(satisfecho) Yo soy un vendedor.    

 

     Sube la música. Oscuro.

 

Eugenio Asensio easensios@gmail.com 

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