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LA HERENCIA DEL ABUELO

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

“LA HERENCIA DEL ABUELO”

 

Sainete en un acto

 

Original de: Raimundo Francés

 

bea45azul@yahoo.com

 

(Sainete para tres personajes, don José, su esposa Susana, y la hija de ambos, Belén)

 

VESTUARIO

La obra no requiere ningún tipo en especial y aquel atuendo que una familia usa en el hogar es el más apropiado.

 

DECORADO 

Lo propio de una salita de estar, dejando a criterio del montador o del mismo director la elección de los elementos que componen la escena. Se observa en la obra la necesidad de un soporte para planchar, un sofá, un sillón de orejeras y otros enseres de rutina colocados físicamente o simulados con un decorado, como un pequeño mueble aparador, un cuadro, etc.                                              

 

 

SE ABRE EL TELÓN

 

Susana está planchando, pero de vez en cuando suelta una carcajada. Su marido, sentado sobre el sillón de orejera y sin soltar su bastón, simula que ve la televisión. Junto a él, una mesa de camilla sobre la cual, se ve una carpetilla que supuestamente contiene una copia del testamento del abuelo.

 

Belén, acaba de llegar, entra en la cocina y vuelve a la salita mordiendo con ansiedad una manzana  que ha retirado del frigorífico y se deja caer de un golpe en el sofá.

 

BELÉN -¡Hola, mamá!  Desde la esquina vengo oyendo una risa y me iba diciendo a mí misma: ¡Esa es mi madre! Seguramente, está viendo a los hermanos Calatrava, o yo diría que por la forma de reírse está viendo un capítulo de Mr. Bean! ¿Me equivoco?

 

SUSANA - Sí, hija, esta vez, te equivocas. ¡Ja, Ja!

 

BELÉN - Bueno, mamá, entonces, como no te estés riendo porque te estás acordando de tu noche de bodas, que siempre te ha hecho tanta gracia.

 

SUSANA - Hija mía, pero si es para hartarse de reír. ¿Has visto el testamento del abuelo? Es que es para mearse de risa. Cualquiera que lo vea, no se lo cree. ¡Ja, ja, ja!

 

BELÉN - Mamá, me estás poniendo nerviosa. Dime ya, qué dice el dichoso testamento. A lo mejor es que te ha dejado treinta euros y una colección de vitolas de los habanos que se fumaba en los toros, que era lo único que le gustaba.

 

SUSANA - No hija. No es eso. Es que tu padre me lo estaba leyendo.

¿Y  tú, tienes idea de lo que te ha dejado a ti? ¡Anda! ¡Adivina! ¡Tú , que eres tan lista!

 

BELÉN - ¿A mí? No tengo ni pajolera idea. Como no sea esa gorra de portuario inglés, toda sudada, que se compró un día en Gibraltar, y que ahora está muy de moda.

 

SUSANA - Pues no.  El abuelo te ha dejado la cunita. Tu cunita. La cunita de pino que él mismo te hizo. Esa en la que tú creciste.

 

Recuerdo que muchas veces yo te tenía que dar de comer en la misma cuna porque tú no querías que te sacar de ella. Allí comías, allí jugabas a las casitas llenándola toda de zanahorias, de lechuga, allí hacías “pipí”, allí tocabas el órgano de juguete que te compramos. ¡Vamos! ¡Todo! ¡Qué manía!

 

BELÉN - ¿Y eso es lo que me ha dejado? ¡Vaya con el abuelo! ¡Pero si yo siempre le decía que no pienso tener enanos, porque no me quiero casar!,  ¡que los tíos hoy no tienen formalidad, y lo primero que hacen es ponerte los cuernos, encima de que la que trabaja es una, y ellos no dan ni golpe, con el pretexto de que hay tanto paro!

¡Mira que dejarme la cuna!  ¡Bueno! La meteré en mi habitación.

 

SUSANA - ¿En la habitación? ¡No se te ocurrirá otra vez meterte en ella!  Porque, hija, con la manía tuya, eres capaz.

 

BELÉN - Anda ya, mamá. Me servirá para meter mis muñecas. ¿Qué voy a hacer? ¡No las voy a llevar a Reto, con lo bonitas y antiguas que son!  ¡Pero vamos!, yo no creo que te estuvieras riendo tanto por eso.

 

SUSANA - No, hija. Me estaba riendo porque, entre otras cosas, el abuelo me ha dejado a mí la yegua. ¡Mira que dejarme a mí la yegua! Precisamente a mí, que cuando era una niña y me iba a la feria con mis amigas, me divertía con todo, menos subiendo a los caballitos. ¡Si yo le tengo fobia a todo lo que se monta! ¡Si yo no sé montar ni en una bicicleta!  

 

A lo mejor se creía el abuelo que yo iba a poner un coche de caballos en una plaza pública para dar paseítos a los ingleses que vienen de turismo. ¡Mira que tiene!

 

BELÉN - Bueno, mamá, pero te puedes hacer socia de la peña rociera, que ahora está de moda ir al rocío en caballo. Me imagino a mi madre, vestida de rociera, montada en un caballo y con mi padre detrás. ¡Ja, ja!  Y mi padre, también, vestido de cortijero, muy serio, con su bigote, sus gafas, su bastón, y su gorro de ala ancha. ¡Qué fuerte!

 

SUSANA - ¡Mira, niña, de mí no te cachondees! ¡Vamos! ¡Yo

al rocío...!

 

¡Y montada en una yegua! ¡Tú estás majara!

 

( A esto, don José mira hacia las dos mujeres con un gesto de rechazo, como pensando: ¿Ésta y yo en el rocío, montados a caballo? )

 

BELÉN - ¿Y a mi hermano? ¿El abuelo se ha acordado de mi hermano?  Lo dudo, porque mi hermano no iba ni a verlo desde el día que hizo la primera comunión, para que le hiciera un regalo. Y no se me olvida que el rostro del abuelo se le descompuso cuando le dio a mi hermano los cuarenta duros. 

 

SUSANA - Sí, hija, sí.  A tu hermano le ha dejado el pequeño huerto de Algodonales. Y el abuelo, además, y según me ha leído tu padre, añade:

 

 “El huerto de Algodonales, con la cochinera y los cochinos, para mi nieto Pedrito, para que cuide del huerto, labrándolo y sembrándolo cada temporada, y para que cuide de los cerditos”

 

BELÉN - ¿De los cerditos? ¡Ja, ja! ¡Si mi hermano huele una cochinera desde seis kilómetros y le falta suelo para vomitar!   ¿Y cuidar el huerto? ¡Ja, ja!  ¡Con el trabajo que da el huerto! ¡Pero si mi hermano se piensa manifestar con una pancarta porque quiere otros dos sofás para tumbarse!

 

 ¡Si se lleva todo el día de uno a otro, como los gatos! ¿Tú te lo imaginas, mamá? ¡Qué risa! Mi hermano con una herramienta en la mano, y además, una herramienta de esas, de las que se usan para trabajar.

 

¡Si el otro día, le pedí que me apretara el tornillito de la patilla de mis gafas y me dice: “Es que eso habrá que apretarlo con un destornillador, y yo para esas cosas, no valgo”

 

 

SUSANA - Que sí, hija, que llevas razón. Que tu hermano no ha nacido para doblar el espinazo. Pero bueno, ya se apañará. ¡Mira! Él es muy bueno en el ordenador, ¿verdad?

 

BELÉN - Si, mamá, pero un huerto no se lleva desde un ordenador, ¡O tú te has creído que el ordenador de mi hermano es la base de Cabo Kennedy!

 

SUSANA - ¡Bueno! Pero mira lo que contó de esos alemanes que conoció en la playa. Le contaron que contrataron una empresa de albañiles de Conil para hacerle un chalecito, y dice que el alemán, desde Alemania está viendo si los albañiles acuden al tajo o se queda alguno haciendo novillos en el bar de enfrente. Por lo visto, lo tiene todo controlado desde su propia casa.

 

BELÉN - ¡Claro, mamá! Eso es domótica, control de presencia por ordenador, tecnología punta. Pero tú no sabes de eso. Todavía no se ha inventado un ordenador que siempre las patatas y los pepinos, y los melones.

 

 Lo mejor que puede hacer Pedrito con el huerto del pueblo es poner un bar de copas, para los fines de semana, que eso sí que le va muy bien.

 

SUSANA - Mira, eso no es mala idea. A lo mejor, puede hacer negocio allí montando un espectáculo de ‘’boys” para las mujeres solteras.

 

BELÉN - Desde luego, el testamento es de cachondeo. Yo creo que el abuelo, el pobre, estaba ya chocheando cuando lo hizo, y así le ha salido todo, ¡descuadrado!

 

SUSANA - Con cara de pitorreo - ¡Bueno! Todavía no te has enterado de lo que le ha dejado a tu padre.

 

(Don José, echa unas miradas a su mujer, como lamentándose de que esas cosas le sirvan a ella de mofa a su costa)  

 

BELÉN - ¡Ah! ¿Pero también se ha acordado de papá? ¡Pero si el abuelo no hacía migas con papá por aquello de la política! Tú sabes lo ‘’izquierdoso” que era tu padre, y lo ‘’facha’’ que es el mío.

 

SUSANA - Si, por eso, no me extraña que le haya dejado la escopeta de caza. Es como... es como si fuera una indirecta.

 

BELÉN - ¿A mi padre? ¿Que le ha dejado la escopeta de caza? ¡Pero si papá no es capaz ni de matar una cucaracha! Si el otro día tenía un mosquito picándole en la oreja, le avisé, y me contestó:

 

“Déjalo, hija mía, que todos tenemos derecho al alimento que Dios nos da cada día”

 

 ¡Por favor, mamá! ¡Esto de la escopeta me suena a puro cachondeo!

¿No te acuerdas aquel día que fue al juzgado de guardia a denunciar al vecino porque estaba con una escoba correteando a un ratón para mandarlo al otro mundo? ¡No me lo creo! ¡Lo de la escopeta, no me lo creo!

 

SUSANA - ¿Qué me vas a contar de tu padre, hija mía? ¿Quién lo va a conocer mejor que yo? ¡Míralo! Ahí lo tienes, tan tranquilo, tan pacífico. ¿Y con los animalitos? ¡Si podría haber sido veterinario!

¡Vamos! ¡San Antón, se queda en pañales al lado de papá!

 

¡Fíjate que el otro día, en vez de matar a un grillo que nos había dado el coñazo toda la noche, va y le pone al lado el tomate que había sobrado de la ensalada!

 

¡Si éste debía haber nacido en la India! Allí hubiera sido más feliz, asomado todo el día a la ventana y echándole pan a las ratitas.

 

 (Don José, pone cara de indignación y les echa una mirada como diciendo: ‘’Estas dos la han tomado conmigo, hoy”)

 

 

BELÉN - Entonces, mamá, tendrás que pensar a quien le regalas la escopeta.

 

SUSANA - Sí, por supuesto. Porque tu padre, no la quiere ni ver.

Recuerdo que cuando éramos novios y estábamos viendo una película de pistoleros, con tantos tiros, se quedaba dormido. A él le gustaban las películas románticas, las de folklore andaluz. Las de Marisol, las de Manolo Escobar…

 

¡Bueno! Ya veremos lo que hacemos con la escopeta. A lo mejor me la llevo a una casa de antigüedades o a un mesón de bandoleros que hay en Fuente de Piedra, y allí, a lo mejor nos invitan a almorzar.

 

BELÉN - Oye, mamá. ¿Le ha dejado algo el abuelo a la tía Patro?

 

SUSANA - ¿A tu tía? Anda, mujer. Tu padre ha leído que le deja la máquina de coser de la abuela y las agujas de hacer ganchillo.

 

BELÉN - ¿A mi tía? ¿La máquina de coser a mi tía? ¡Pero si mi tía está casi cegata desde que nació! ¿Es que el abuelo no sabía que su hija tenía catorce dioptrías y usaba gafas de culo de botella? ¡Pero si mi tía en vez de cogerle un dobladillo a una falda, la pobre, le tiene que poner dos grapas!

 

¡Ay, abuelo, hijo, no has dado ni una!  Si, me acuerdo el día que la tía Patro estaba viendo… ¡Bueno! Eso de ver, más despacio. Más bien estaba escuchando, el programa de Juan Imedio, y me dijo:

 

“¡Qué lastima, ese muchacho con lo simpático que es, si no fuera tan bajito...!”

 

Y yo le tuve que aclarar: ‘’ ¡Pero tía, si Juan Imedio mide más de 1,90!  Y me contesta: ¿Ah, sí?, hija, pues así a primera vista, no lo parece.

 

¡Bueno, qué se le va a hacer! Lo mejor que la tía puede hacer con la máquina de coser es, cambiarla por unas lentillas. No les vendría mal.

 

SUSANA - ¡Ay, hija!  Y ahora, me pregunto qué vamos a hacer con la casa del campo. A mí no me gusta el campo, y yo ya estoy muy mayorcita para limpiar. Tu padre, éste, no anda ni de aquí a la cocina, tu hermano no mueve ni un cenicero, y tú, con esas manitas de pianista, tú no tocas ni el cerrojo de la cancela, no te vaya a entrar una alergia rara o un virus de esos desconocidos.

 

BELÉN - ¡Ay, mamá! Yo soy una artista y me tengo que cuidar las manos, porque vivo de ellas. Como tú comprenderás…

 

SUSANA - Sí, cariño, pero tú me dirás. Si nadie cuida esa casa y esos árboles, y nadie se encarga de sacar ni agua del pozo, no sé qué puñetas vamos a hacer nosotros allí, todo el tiempo debajo de la higuera, comiendo brevas.

 

Porque, digo yo, no podemos llevarnos una muchacha para que limpie y haga la comida y las camas, porque eso hoy cuesta un ojo de la cara. Voy a tener que hipotecar la casa para pagarle a ella. ¡Ni hablar! 

 

BELÉN - ¡Mamá, por favor, qué negro lo ves todo! Necesitas un poco de energía positiva. ¿Por qué no te apuntas en la piscina?

 

SUSANA - ¡Ay, Belén, yo no soy pesimista, es que soy muy realista!  A ver,  ¿Tú qué harías?

 

DON JOSÉ - ¡Hombre, yo creo que…!

 

 

SUSANA - ¡Tú, a callar! ¡Que a ti no te he preguntado! Además, esa finca era de mi padre, y tú a mí no me vas a decir lo que tengo que hacer con ella.

 

DON JOSÉ – Pero, una opinión…

 

SUSANA - ¡Qué opinión, ni leches! ¡Tú te callas, y a ver la tele! Que deberías estar agradecido a mi padre por el bastón que te ha dejado.

 

Que ese bastón era de mi abuelo y tiene su historia, porque según contaba mi padre, mi abuelo, en vez de rajar los cerdos en canal como hace todo el mundo, él los mataba a garrotazos, porque decía que así no se malograba ni una gota de sangre y no se hacía sufrir tanto a los animalitos.

 

BELÉN - Mamá, ¿a ti no te parece que tu abuelo era un poco bruto?

Eso es como si los americanos, en lugar de electrocutar a los condenados con la silla eléctrica, los quemaran poquito a poco, con un mechero.  ¡Ay, Dios mío, qué burradas hacía la gente del campo!

 

DON JOSÉ - Pues, a mí ya no me gusta este bastón porque huele a asesinato. ¡Anda, anda! ¡Huele, huele!

 

SUSANA - ¡Que te calles! ¡Vamos, ahora me vas a decir que no te gusta ese bastón, que no lo sueltas ni para dormir! ¡Ya lo quisiera Antonio Gala!

 

 ¿Y la pipa? ¿Qué me dices de la pipa? Eso sí que ha sido un buen detalle. Ya sé que está muy chupeteada, y que tú no fumas, pero una pipa de esas no la tiene cualquiera. Nada más que los directores de cine y los escritores. ¡Que yo lo sé muy bien!

 

 ¡No hay que ser tan interesado! Lo importante es mirar la intención y saber encontrar el valor simbólico y sentimental de la cosas.

 

 

BELÉN - ¡Bueno, mamá, deja ya a papá, no sea que se eche a llorar!

 

SUSANA - ¡Hija, si es verdad! ¡Hay que ver lo interesados que son los hombres! ¡Bueno! Dime, ¿llamaste a tu amiga, la de la ‘’inmo’’? ¿Te dijo más o menos, cuanto puede valer la casa de campo del abuelo?

 

BELÉN - Mamá, que solo es por una estimación.

 

SUSANA - Sí, hija, ya lo sé que esa muchacha te estima a ti mucho, pero, ¿Cuánto? ¿Cuánto?

 

BELÉN - Pues, me dijo esta mañana que, teniendo en cuenta la zona donde está, en plena sierra, por los metros cuadrados de la finca, y teniendo agua abundante y una alberca, puede valer alrededor de unos cincuenta millones, de las antiguas pesetas de Franco.

 

 ( A esto, don José que se levanta de súbito y se cuadra como un soldado, muy derecho, muy rígido, con la cabeza levantada y haciendo el saludo militar)

 

SUSANA - ¡Mira éste! Que cada vez que oye el nombrecito ese, se pone de pie, más tieso que las columnas de un monasterio. Nada más que le falta decir:  ‘’A sus órdenes, mi general”

 

DON JOSÉ - ¡Mujer, es que uno, todavía…!

 

SUSANA - ¡Que te calles, hombre! Y siéntate, antes de que te escores y tengamos que echarte un salvavidas y levantarte con un polipasto, que tú pesas lo tuyo.

 

BELÉN - ¡Mamá, déjalo tranquilo que el hombre, también tiene su corazoncito!

 

SUSANA - ¿Éste? ¡Éste que va a tener!  ¡Si ni siente ni padece!

 

 ¡Oye! ¿Cuánto? ¿Cuánto dijiste? ¿Has dicho algo de millones o una cosa así?

 

BELÉN - Sí, mamá, cincuenta, cincuenta millones.

 

SUSANA - ¡Ay! ¡Ay, Dios mío!  Hija, ¿tú por qué le das estos sustos a tu madre? Que yo ya no estoy para estos sobresaltos. ¿Cincuenta, has dicho? O sea, como el cinco y un cero, pero con los millones detrás, ¿no?

 

Pero, ¿tú estás segura de que la casa del abuelo, esa porquería de casucha en medio del campo, sin frigorífico, sin lavadora automática, sin un suelo de mármol, como el mío, sin microondas, sin la ‘’vitro’’, sin teléfono, sin el Internet ese, allí, tan apartado, en donde no hay ni una maldita tienda de ‘’chuches’’, ni supermercado, ni una “pelu” en donde charlar con las amigas, ni un bar de tapas para salir del paso. ¿Que eso vale cincuenta…?

 

¡No me lo creo! ¡Ay, hija, por si acaso, tráeme de la cocina un vasito de agua, no me vaya a entrar un desmayo!

 

BELÉN - Mamá, y si fuera así, ¿qué íbamos a hacer con tanto dinerito?

 

SUSANA - ¿Que qué íbamos a hacer?  Tú querrás decir, que qué iba yo a hacer, porque la casa esa, me la ha dejado mi padre a mí, que para eso soy la mayor.

 

BELÉN - Pero, mamá, todos somos herederos, ¿no? Al fin y al cabo, todos somos tu familia.

 

SUSANA - ¡Hombre! Familia, familia, lo que se dice familia, pues sí, pero la heredera de mi padre soy yo, y la casa es mía.  Oye, ¿tú sabes cuanto nos podrían dar por la yegua y por la piara de cochinos?  

 

Porque, mira, Belén, lo mejor sería venderlo todo y comprarnos un apartamento en Marbella, que ese ha sido siempre mi sueño. Vivir en Marbella, con la “jet” , con la gente guapa, que una se lo merece, después de tanto luchar en esta vida.

 

BELÉN - ¡Ay, qué ‘’guay’’ del Paraguay! ¡Marbella! ¡Qué chulada!

Allí, a lo mejor me puedo ligar uno de esos jeques de Arabia, de esos que tienen muchos petrodólares y cuatro yates de treinta metros.

¡Quien sabe! Yo todavía no estoy mal del todo, ¿verdad mamá?

 

(Se pone de pie haciendo pose con las manos en las caderas, como presumiendo de tipo. A esto, don José, riéndose a carcajadas, a mandíbula batiente)

 

SUSANA - ¿Y tú, de qué te ríes, desgraciado?  ¿Qué estás haciendo con la copia del testamento? ¿Qué pasa, que estás terminando de leerlo y te ríes de las maritatas que te ha dejado mi padre?

 

No te preocupes que allí en Marbella, te voy a dejar un rinconcito con tu sillón de orejeras, en una salita, con una ventana que de al paseo marítimo, para que te hartes de ver tías macizas, con buenas ‘’domingas’’, que es lo único que a ti te gusta.

 

(Don José, sigue doblándose de risa, casi se cae al suelo, mientras que con una mano sujeta los papeles del testamento y con la otra está señalando a golpe de dedo, algo que pone abajo, al final)

 

SUSANA - ¡Mira, Belén! A ver qué quiere decir tu padre, que con esa risa, no sabe ni hablar como las personas. A ver si lo que quiere es que leas abajo. A lo mejor es que mi padre le ha dejado a él algún dinerito, y está pensando también en comprarse un apartamento para él solito.

 

BELÉN - Vamos a ver. Aquí dice:

‘’Para mi hija Susana, la mayor, la casa de campo con todo el terreno de la finca, para que la mantenga y siga cultivando este campo que me ha dado de comer toda la vida, y donde me he dejado la sangre. Si no acepta esta condición con su firma delante de notario, la casa, el terreno, los muebles de pino y todos los animales, pasarán a propiedad de las monjitas de clausura,

las que tienen el huerto de al lado, que, seguro que ellas sabrán cuidar de todo”.

 

(Al oír esto, Susana se lleva la mano a la cabeza, da un par de vueltas sobre sí y sufre tal desvanecimiento, que se cae de espaldas en el sofá, con los brazos y las piernas,  abiertos. Belén, asustada, acude a aliviarla)

 

BELÉN - ¡Mamá, mamá! ¡Mamaíta! ¡Por favor, despierta mamá, que no es para tanto! ¡Mamáaa!

 

Don José, se levanta con su bastón, sin parar de reírse a carcajadas, suelta los papeles que se caen desparramados por elsuelo, y despacito, paso a paso sale de la salita con la mano en el estómago del dolor que le está dando tanta carcajada y monologando:

 

 “¡Ay, Dios mío! ¡Ay qué risa! ¡Yo, ya no estoy para reírme tanto, que ya me han dado tres infartos! ¡Ay, virgencita! ¡Esto ya es demasiado! ¡Verás, cuando se lo cuente a mi amigo Federico! ¡Y a la gente de la peña!

 

 ¡Ja, ja, ja!        ¡Ja, ja, ja!

 

¡Ay! ¡Ay, que me duele hasta la próstata ya de tanto reírme!

 

 

SE CORRE EL TELÓN

 

FIN

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