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LA LEYENDA DE LAS TRES BELLAS PRINCESAS

de  Francisco Romero Romero

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de estas obras requiere el permiso del autor, así como abonar los correspondientes derechos al autor a o la entidad de gestión que él indique, a tal fin se inserta en cada texto su dirección electrónica.

 

 

LA LEYENDA DE LAS TRES BELLAS PRINCESAS

(INSPIRADA EN UN PASAJE DE LOS CUENTOS DE LA ALHAMBRA DE WASHINGTON IRVING)

 

De Francisco Romero Romero

 

Email contacto: franciscoromeroromero@hotmail.com  

 

Deja volar tu imaginación, escucha como en este Palacio te habla el Rey Moro.

 

PERSONAJES:

El Trovador:

Mohamed el Zurdo o el Hayzari:   Monarca de Granada

Isabel: Joven española hija de un alcaide, esposa de Mohamed

Ama: Protectora de la joven española, luego adopta el nombre de Kadiga.

Capitán de una tropa de jinetes

Samira: Concubina en el harem

Fátima: Favorita del sultán

Galib: Poeta de palacio

Un astrólogo

Zayda: Primera hija mayor de Mohamed

Zorayda: Segunda hija de Mohamed

Zorahayda: Tercera hija de Mohamed

Tres prisioneros castellanos

Hussein Baba: El renegado

 

 

(Comienza la historia con un poema anónimo del siglo XV narrado en off)

 

¡Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!
Estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida:
Moro que en tal signo nace
no debe decir mentira.»
Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía:
«Yo te lo diré, señor,
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho,
mi madre me lo decía:
que mentira no dijese,
que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,
que la verdad te diría.»
« Yo te agradezco, Abenámar
aquesa tu cortesía.»
¿Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucían!

«El Alhambra era, señor,
y la otra la Mezquita;
los otros los Alixares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas cobraba al día,
y el día que no los labra,
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía.»
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:
«Si tú quisieses, Granada,
contigo me casaría;
daréte en arras y dote
a Córdoba y Sevilla.»
«Casada soy, rey don Juan,

  casada soy, que no viuda;
  el moro que a mí me tiene
  muy grande bien me quería
».

 

Entra el trovador presentado la historia:

 

Quiero presentarles señoras y señores una bella historia de amor. Una historia de amor entre un musulmán y una cristiana o entre una cautiva y su señor, ¡qué más da!,  si al final dos personas son, y como nadie está ajeno a sus efectos, a la puerta de palacio tocó el amor y para alegría del sultán y tristeza de su amada prendiose de ellos  y no supo distinguir entre dos culturas diferentes. Pero el amor que todo lo puede nos ha hecho llegar esta historia que ocurrió según les relato:

 

Reinó ha tiempo en Granada un rey moro de nombre Mohamed al que sus súbditos  daban el sobrenombre de El Hayzari o “Zurdo”.

 

Algunos decían que le llamaban así porque, en efecto, era más hábil con su mano siniestra que con la diestra; otros, porque era propenso a tomarlo todo por el extremo equivocado o, en otras palabras, a marrar en todo lo que emprendía. Lo cierto es que, por mala fortuna o tal vez mal acierto, siempre se encontraba metido en problemas: le habían destronado tres veces y en una de ellas justo pudo salvar la vida huyendo a Africa disfrazado de pescador.

 

Sin embargo era tan valiente como torpe; y, aunque zurdo, blandía la cimitarra de tal forma que en todas las ocasiones volvió a reinstaurarse en el trono tras dura lucha.  Pero en lo que concierne a amores, ¡ay! señoras y señores, Mohamed era una persona triste y solitaria que no encontraba a la mujer que iluminara su corazón.  Sufría de melancolía y de tal forma le había afectado esta situación que si ahora daba una orden, más tarde daba una contraorden anulando la anterior por lo que sus hombres no sabían qué orden obedecer. Había ya un cierto malestar entre la tropa que siempre era la culpable de los desatinos de su señor.  Si creía haber encontrado a la mujer que le daría su ansiado descendiente, pronto se desilusionaba  y volvía a estar como al principio: triste y sin amor.

 

Iba, pues un buen día Mohamed cabalgando con su séquito por las faldas de la Sierra de Elvira cuando se encontró con una tropa de jinetes que volvía de una razia por tierras de cristianos cuando… 

 

 

ACTO PRIMERO

 

Entra en escena un pelotón de soldados con un grupo de prisioneros:

 

Capitán de la tropa de jinetes (a la tropa): ¡Alto ahí!

( se dirige haciendo una reverencia a Mohamed )

 

Mi señor, regresamos de hacer una incursión por tierras cristianas y traemos en las mulas un botín para su majestad y un gran número de cautivos de ambos sexos.

 

(Mohamed hace un repaso al botín y se pasea con un guardia armado por delante de los cautivos que se muestran cansados y atemorizados, dirige su atención a una cautiva cristiana que le deja impresionado por su belleza y le pregunta):

 

Decidme vuestro nombre hermosa doncella, ¿quién sois? ¿ por qué me miráis con esa penetrante mirada ?

 

Parece como si en vuestra mirada hubiera afiladas espadas dispuestas a  atravesar el corazón de quien os habla. 

 

(La joven castellana llora y  no puede contestar)

(Contesta el ama dando un paso adelante entre los cautivos quien por miedo no mira directamente al sultán)

 

Ama: Majestad, es la hija de….

 

Capitán de la tropa de jinetes: (Con intención de golpearla) ¡Guardad silencio y no habléis hasta que se os pregunte!

 

 (El monarca hace un gesto levantando su mano y que el capitán de la tropa interpreta como de permiso)

 

(El ama prosigue)

 

Ama: Majestad, es la hija del alcaide de la fortaleza castellana que vuestras tropas acaban de saquear.

 

Yo soy su aya, mi señor y llora por la pérdida de su familia, su apresamiento y la incertidumbre de un futuro que no sabe que le deparará.

 

Os ruego, señor, tengáis piedad de ella, que siendo niña yo la tomé y no podría ahora verla sufrir.

 

 

 

Haced de mí lo que queráis, yo os serviré, pero no le causéis más daño ni permitáis que su joven corazón más pena albergue.      

 

Mohamed: Mucho debéis de quererla. Pero decidme porqué creéis que la he de hacer sufrir. Habláis con el corazón y la protección que sentís hacia ella será correspondida.

 

Nada os ocurrirá y os prometo que digno seré con vuestra señora y con vos, pero decidme: (dirigiéndose a la joven española) ¿Cómo se llama vuestra señora?

 

¿Por qué teméis por vuestro futuro?  ¿Acaso vuestras lágrimas os impiden hablar? Vamos, decidme vuestro nombre.

 

(La joven castellana que estaba más tranquila)

 

Isabel: Señor, Isabel es mi nombre y mis lágrimas no son vanas sino que manan del manantial de la tristeza que alberga mi corazón.

 

Tristeza por haber sido arrancada a la fuerza de mi pueblo, tristeza por haber visto quemadas las cosechas y arder las casas de seres queridos e indefensos, tristeza porque tengo grabada en mi mente la expresión de dolor de mi padre, victima de la daga asesina de vuestros ejércitos.

 

No quedó allí, en aquel lugar, ningún ser humano que no viera que el exilio le sobreviniera por el daño que vuestras tropas enemigas nos causaron, quemando las cosechas de nuestra tierra que ardieron sin posibilidad de salvar ni una sola de las espigas de trigo.

 

¿Y me preguntáis por qué mis lágrimas me impiden hablar?

 

Cautivas somos y a vuestra merced estamos.

 

No suponíamos riesgo alguno para vuestros ejércitos ¿Por qué no nos dejasteis al lado de los nuestros y poder curar sus heridas? ¿Por qué no nos dejasteis aliviar las penas de los huérfanos que ahora andarán perdidos y sin saber adonde ir? ¿Qué necesidad había de arruinar las cosechas? ¿Tenéis idea de lo que eso supone? Arrasar las

 

 

 

cosechas supone la condena a muerte por hambre de la población.

 

Envenenar sus pozos, significa el éxodo.

 

¿Qué sentido tiene hacer cautivas a las mujeres? No suponíamos peligro alguno para vos ¿Y me preguntáis si las lágrimas me impiden hablar?

 

Tengo el corazón acongojado y la pena me impide hablar.

 

Las lágrimas no son sino la manifestación externa de mi dolor.

 

Mohamed: Vivimos tiempos de guerra pero somos un pueblo de honor que sabemos respetar el dolor del afligido y yo os prometo que nada os ocurrirá si con la lealtad con que yo os trato, vos me la devolvéis.

 

No volverán otra vez aquellos tiempos en que nuestros pueblos habían pactado la paz, pero ya que no suponéis peligro alguno no seréis tratadas como prisioneras y de vos dependerá que vuestra estancia en Granada sea más o menos placentera.

 

¿Por qué la ambición de los hombres tiene que establecer el poder de unos sobre otros?

 

Hemos tenido tiempos de paz, tiempos en los que nuestros pueblos podían circular libremente y comerciar en vuestros mercados.

 

Nuestros médicos acudían a sanar a vuestros enfermos, En nuestros mercados encontrabais los mejores corceles, las mejores especias, las mejores telas.

 

Ahora esos tiempos quedaron atrás y la ambición de vuestros reyes será frenada por nuestros ejércitos que guiados por el misericordioso conseguirán defender la tierra que nuestros  antepasados  habitaran desde hace ya más de siete siglos.

 

Mohamed (dirigiéndose al capitán de la tropa): Yo la reclamo como parte del botín que me pertenece y os ordeno la hagáis llegar a mi harén en el Palacio de la Alhambra.

 

Ama: Mi señor, yo la vi nacer, conmigo creció y a mí fue encomendada su educación.

 

Os ruego no nos separéis ya que si eso llega a ocurrir de pena morirá. Ahora soy su único consuelo, la única persona en la que puede confiar.

 

Permitidme seguir con ella, yo os lo ruego. Suficiente daño tiene ya como para que ahora nos distanciéis y termine sumida en una profunda pena de la que no se recuperará. Dejadme, yo os lo ruego, seguir siendo su aya, seguir a su lado reconfortándola y no permitáis que por mi ausencia llegue a enfermar.

 

Mohamed: Está bien, a ambas os conducirán a mi palacio presidencial.

 

Vos estaréis al servicio de Palacio y  vuestra señora pasará a formar parte de mi harén.

 

(Dirigiéndose al capitán de la tropa) Os ordeno que se cumpla mi deseo. Responderéis con vuestra vida del cumplimiento de esta orden. 

 

Capitán de la tropa: Así se hará mi señor. ¿Si no ordenáis algo más? (Salen todos)

 

(Entra el trovador)Trovador:

 

Y así se hizo, el Capitán de la tropa diligente fue y su vida pudo conservar, la joven doncella en Palacio quedó y su aya a su servicio entró y aunque separadas fueron, libertad para verse tuvieron. La pobre Isabel como concubina quedó y a otras como ella conoció. Una vida nueva se le planteó ¡Ay pobre Isabel! no fuiste consciente de tu nueva situación. Siempre protegida por suaves algodones estuviste y ahora una áspera rafia te devuelve a una cruda realidad que tú no quisiste. (Sale el trovador)

 

(En el harem), aparece una concubina, se dispone a hablar con Isabel:

 

Samira: Cautiva y cristiana. Debes haberle gustado mucho al sultán para que te traiga a su harem. Aquí todas procedemos de otras tierras pero ninguna es cristiana.

 

 

 

 

¿Qué tienes tú que no tengamos nosotras? ¿Acaso es tu pelo rubio, tu tez pálida y tu blanca piel?

 

(Con tono irónico) ¿Acaso nuestro monarca quiere establecer lazos amistosos con su enemigo el rey castellano? Mucho le has debido impresionar para que te haga traer hasta su harem.

 

Isabel: Perdona, no te entiendo. ¿Qué quieres decir?

 

Samira: Me llamo Samira ¿Acaso no sabes el futuro que te espera? Serás una concubina más y tendrás que estar dispuesta a complacer al sultán cuando así te requiera.

 

Isabel: ¿Qué estás diciendo? ¿Ser la compañía del sultán y yacer con él cuando me reclame?

 

Samira: Naturalmente. A cambio de nuestra complacencia gozamos de unas comodidades y un reconocimiento que nos permite llevar una estancia placentera. Dime. ¿Qué esperabas sino?

 

Isabel: (Se sienta y parece desconcertada) No, nada, nada.

 

Samira: Aquí tú no eres nadie, yo no soy nadie, ninguna somos nadie pero prefiero seguir haciendo lo que hago que no tener que hacer otras cosas en otros sitios para seguir viviendo. (Peinándose el pelo) Aquí al menos estamos consideradas y comemos todos los días.

 

Como verás, lucimos hermosos trajes y collares de pedrería y de vez en cuando sí somos reclamadas por el sultán nos mostramos complacientes y solícitas, pero nos está prohibido amar.

 

Eso es todo lo que se nos exige, ser complacientes y dispuestas.

 

(Isabel escucha atentamente y con incredulidad)

 

Isabel: ¿Y… cuántas mujeres forman el harem?

 

Samira: Muchas, no te lo puedo decir ya que aunque nos mantienen apartadas a las unas de las otras, todas sabemos qué misión ocupamos en el harem.

 

Isabel: No te entiendo. ¿Qué quieres decir con lo de la misión?

 

Samira: Aquí en palacio todas somos propiedad del sultán y sólo la favorita es la encargada de darle descendencia con derecho a la sucesión pero por desgracia para él ninguna todavía ha podido engendrar el vástago que tanto anhela.

 

Yo no soy la preferida pero gracias a ello mi compromiso con el sultán se reduce a que tan sólo me reclame de vez en cuando.

 

Isabel: ¿Y tú crees que me reclamará a mí también?

 

Samira: Tú no estás aquí en calidad de embajadora. Te reclamará y tu misión será ser complaciente y darle hijos que no podrán acceder a la sucesión en el trono ya que, como te he dicho, este derecho está reservado para la favorita del harem.

 

Ella, que no ha podido darle todavía la descendencia que tanto desea, llora cada vez que ve que no puede darle un hijo que colme las aspiraciones del sultán y teme que sea desplazada por otra que ocupe su lugar.

 

Da las gracias si no yaces con algún visir del que el sultán quiera obtener ayuda militar o económica para sus batallas. Tú además eres cristiana por lo que serás un  trofeo añadido para quien el sultán disponga.

 

(Isabel que su estupor va creciendo)

 

Isabel: Y que ocurre si os negáis, vamos si nos negamos.

 

Samira: Recuerda lo que te he dicho antes, tú no eres nadie. No puedes negarte por que él tiene todo el derecho sobre ti. Puede hacer contigo lo que desee. Es tu dueño y señor y tú eres su propiedad. No te olvides.

 

Si no obedeces sus ordenes serás repudiada y castigada con la muerte.

 

Nadie que haya pertenecido al harem del sultán puede ser poseída por otro hombre salvo que él te de la libertad después de haberte pasado una vida a su servicio y ya no le seas útil.

 

Como comprenderás no tenemos fácil elección.

(Salen de escena)

 

 

Entra el trovador:

 

Trovador: ¡Pobre Isabel que de la noche a la mañana pasó de ser doncella  casadera a ser cautiva y esclava! ¡Cuánta pena tenía y qué desgraciada se sentía! ¿Qué le pediría Mohamed? ¿Cómo podría negarse a obedecer quien no es nadie? ¿Qué castigo le esperaría? ¡Defendería su honradez con su vida! ¡Eso es lo que haría!

 

Pero el destino con justicia la trataría, no en vano el sultán enamorado se sentía y no podía más que querer contentar a su amada. Pero ella no quería. 

 

(Isabel es llamada a la presencia del sultán)

 

(Mohamed a Isabel): Deseo que hayáis descansado. Os he hecho llamar por que quiero que os sintáis como en vuestra casa y que aceptéis vuestra nueva situación no como un cautiverio sino como una elegida que ha sido puesta en mi camino por los astros que marcan nuestra vida.

 

Tan pronto lo aceptéis antes pasarán vuestras penas. Os comunico que os consideraré la favorita de mi harén.

 

Yo os prometo respeto y tendréis toda mi consideración. No queráis ver en este Palacio una jaula con rejas de oro que rejas al final son, sino que deseo que con el tiempo seáis la dueña de la llave que atrape el corazón de su morador.

 

Isabel: Aunque como a vuestra favorita me tengáis en este maravilloso palacio, pájaro enjaulado soy, y añoro una libertad que no se puede comparar con la libertad de andar entre estas maravillosas fuentes  y jardines que no me hacen olvidar que detrás de lo muros de este hermoso palacio existe una libertad sin paredes ni puertas que atravesar.

 

La libertad no es un don que se pueda negociar. Soy plenamente libre o soy prisionera en una jaula de cristal.

 

Mohamed: Deberéis saber aceptar vuestro destino (Se retira).

 

Entra en escena Fátima (ex favorita del sultán) que ha sido apartada como favorita.

 

 

Fátima: Así que tú eres la nueva favorita del sultán. ¿Cómo te las ha arreglado para ganarte su confianza? ¿Qué le has prometido? ¿Acaso le darás un hijo? Desde que tú has llegado me ha relegado y ya no soy su favorita.

 

Todas las lunas tenía esperanzas en darle un hijo y mes tras mes mis esperanzas se convertían en desilusiones por no poder darle su más ansiado deseo.  ¡Un hijo!

 

Ahora llegas tú ¡una cristiana! y todo ha cambiado. Lo has embrujado, lo has hipnotizado. ¿Cómo lo has hecho?

 

¿Qué poderes posees que te has adueñado de su corazón? Dime qué secretos escondes que ya no existe nadie en su mente sino tú ¿De qué estrategia te has valido para conseguir arrebatarme al hombre al que yo iba a dar el descendiente ansiado que lo sucedería en el trono?

 

Isabel: (que escucha con extrañeza) Yo no he quitado nada a nadie ni pretendo adueñarme del corazón de quien me ha hecho prisionera. 

 

¿Por qué venís a mí como una loba herida a la que han apaleado sin compasión y queréis ver en mí a la mano causante de vuestro dolor?

 

Decidme, ¿Cuál es mi culpa? ¿Haber sido hecha prisionera?

 

¿Acaso puedo yo controlar el corazón de los que me rodean? Yo que soy espectadora pasiva de una encarnizada lucha de poder entre dos culturas.

 

A mí, que soy una victima inocente en esta historia de odio y guerra entre dos pueblos, ¿me venís ahora diciendo que os he robado lo que más queríais?

 

A mí, que me han robado a mi gente que me han robado la libertad y me han robado la vida ¿me decís que soy la causante de vuestra desgracia?

 

Sois injusta con vuestras acusaciones y la ira que desatáis por vuestro dolor contra mí, la descargáis contra quien tan

sólo quiere sobrevivir a una situación de adversidad y no ha sido la causante de nada que os pudiera perjudicar.

 

 

 

 

Fátima: Tus palabras son falsas y tan sólo quieres defender lo que no tiene justificación.

 

De toda tu desgracia quieres vengarte tú ahora adueñándote del corazón de quien te ha hecho cautiva.

 

Ahora lo entiendo, dime ¿Qué poderes has utilizado? ¿qué magia negra dominas? no me engañas, lo sé, pero no lo conseguirás por que tu corazón le pertenecerá poco tiempo, lo veo, y yo te maldigo y te digo que no conseguirás darle su ansiado sucesor.

 

Te aventuro una vida llena de infelicidad.

 

Isabel: ¡Vete, vete! No quiero escucharte más. No tienes ningún derecho a hablarme así. (Llora)

 

Fátima: (que se va retirando) Yo te maldigo, yo te maldigo, yo te maldigo.

 

(Isabel se queda postrada en el suelo llorando) (se atenúa la luz y sale).

 

Trovador: Y así quedó Isabel postrada en el suelo llorando, cautiva por quien la amaba y odiada por quien el favor del sultán le faltó.

 

Pasó ya algún tiempo y el rey, que entregado había su corazón, veía que no era correspondido por su amada, pero su amor era sincero y presionarla no quiso, ya que en cuestión de amores esta táctica no suele ser buena consejera, convencerla quiso una vez más y paciente fue exponiéndole sus intenciones pero Isabel seguía aturdida por los acontecimientos que por un lado le venían y por el otro también.

 

Se encuentra Mohamed en escena y entra Isabel

 

Isabel: ¿Me habéis llamado mi señor?

 

Mohamed: Tiempo ha que os encontráis en palacio y nada me agradaría más que haceros feliz pero cómo conseguirlo si vos no me lo permitís.

 

No os he tomado, siempre os he querido agradar, haceros olvidar las desdichas que dejasteis atrás pero no logro llegar a vuestro corazón.

 

 

¿Qué os puedo dar? Pedidme la luna y os la daré. Desearía tanto haceros feliz que si con ello lo consiguiera no dudaría ofreceros en bandeja de plata mi corazón  si así me lo pidierais.

 

Me sentiría satisfecho si con ello consiguiera arrancaros una sonrisa y os pudiera hacer olvidar esos recuerdos que permanecen instalados en vuestro pensamiento y aunque tiempos pasados ya no volverán, lograré que aceptéis que vuestro destino está aquí junto al mío.

 

Isabel: ¿Queréis que sea feliz? No puede ser. Atrás dejé mi pueblo, mi gente, la familia que amé. Os agradezco las atenciones que recibo pero mi pensamiento permanece allí.

 

No es material lo que necesito sino espiritual, más ¡son tan grandes nuestras diferencias! que ni queriéndolo intentar podríamos llegar a un punto desde el que pudiéramos empezar. 

 

Mohamed: Cierto es todo lo que me decís, y nada me duele más que veros entristecer pudiendo ser feliz, pero también debéis entender que en tiempos de guerra se hace más presente la injusticia y todo parece justificar todo, la caballerosidad en acciones de guerra no existe, si hoy no es tu pueblo, mañana será el mío.

 

Intención en haceros el mal, no existió, en infligir dolor a vuestro pueblo tampoco la hubo, pero ¿cómo defender lo que se nos quiere arrebatar? Son nuestras tierras, mis padres nacieron aquí y mis abuelos y los padres de mis abuelos. Yo quiero que mis hijos también nazcan aquí y ahora decidme ¿existe algún derecho real o divino que permita expulsar de su tierra a quien durante siglos ha vivido en ellas?

 

Sea con vuestro Dios o con nuestro Alá, dónde está escrito que a uno le correspondan los dominios del otro que tiene una creencia diferente.

 

Yo quiero que vivamos en paz y nos respetemos mutuamente. Estamos obligados a defendernos. ¡No me habléis de justicia! Habladme del egoísmo de vuestros reyes, de la codicia, de la necesidad de querer ganar unos territorios que permitan dar más ingresos a sus arcas para poder seguir haciendo la guerra con otros pueblos.

 

 

Y vos surgís de repente, como aparecida por arte de magia y la providencia os sitúa frente a vuestro captor.

 

He de confesaros que desde que os vi habéis atrapado mi corazón y quiero mitigar vuestra tristeza haciéndoos mía.

 

Isabel: ¿Cómo puedo aceptar el ofrecimiento que me hacéis si sois el enemigo declarado de mi pueblo, negáis a mi Dios y además habéis esquilmado la felicidad que anteriormente tenía?

 

No puedo aceptaros, seguiré siendo vuestra esclava, seguiré llorando mis penas, viviré con la imaginación en otro lugar y no en esta cárcel de cristal.

 

No quiero que mi trato sea diferente a la de las demás cautivas.

 

Si no me necesitáis.

 

Discretamente se retira.

(La manda parar)

 

Mohamed: Deteneos ahí.  Os estoy ofreciendo una vida placentera y llena de comodidades, y vos la rechazáis. Una vida que ninguna mujer puede soñar con tener. Sois una elegida ¿Por qué os mostráis tan suficiente y despreciáis lo que os estoy dando? ¿Pensáis acaso que mejorará vuestra situación con la actitud que mantenéis? Cuestión de Dioses, ¡qué más da!, yo no os impongo credo alguno, podréis seguir manteniendo vuestras creencias si queréis, yo os respetaré. Vos oráis a Dios y yo a Alá. Puedo convertiros en mi concubina pero con ello no gano vuestro corazón.

 

(La toma por los hombros)

Renunciaría a mi harén con tal de teneros sólo a vos.

 

Isabel: Si no deseáis nada más. (Se retira).

 

(Mohamed se retira)

 

Entra el Trovador

 

Trovador: Pobre Mohamed que habiendo hecho él cautiva a su amada, cautivo es ahora él de su corazón. No te imaginaste nunca  Mohamed que la batalla más dura es la de conquistar el corazón de una mujer. Tú que lo tenías todo, te falta ahora llenar el hueco que existe en tu corazón, pero acostumbrado a ganar batallas contra grandes ejércitos, dura batalla es conseguir este objetivo en el que tu arma es la palabra y tus ejércitos tu corazón.

 

Así que viendo Mohamed que directamente no podía conquistar su más ansiada victoria, que era el corazón de su amada, quiso buscar la complicidad del ama de Isabel.  

 

(Entra el ama)

 

Mohamed: Aunque cautivas estáis en este palacio no es menos cierto que gozáis de plena libertad para moveros dentro de los límites interiores de estos muros.

 

Tanto vos como vuestra señora disfrutáis de toda clase de favores, no os falta de nada porque así lo ordené desde un principio y porque desde que la vi mi corazón quedó atrapado y no soy capaz de pensar en otra persona que no sea ella así que os encomiendo la tarea de convencerla y acepte ser mi esposa.

 

Quiero convertirla en sultana, en la señora de este palacio, mi vida sin ella está incompleta y no alcanzaré la felicidad hasta que ella libremente quiera compartir su vida con esta alma errante. Ante ella se rinden el Patio de los Leones, el Salón de Embajadores, el Generalife y su sola presencia debe servir para que los pájaros trinen bellas melodías a su paso.

 

Seguiréis con ella disfrutando de todos los placeres que deseéis y una vez sea ella sultana permaneceréis a su lado aconsejándola y reconfortándola.

 

Necesito herederos para mi trono y se me hace tarde, así que os ruego no me falléis. No dudo que conseguiréis dicho propósito.

 

Ama: Difícil encargo me encomendáis mi señor, desde que llegó a palacio su tristeza gana paso a la alegría y de seguir a este ritmo temo que su salud se vea malograda pero os confieso que antes de verla infeliz lo intentaré por todos los medios y lograré lo que me pedís.  

 

Mohamed: Confío en que pronto me tendréis informado de vuestros progresos.

 

Ama: Señor. (Se retira haciendo una reverencia)

 

Trovador: El ama comprendió la coherencia del pensamiento del sultán y defendió su causa ante su joven señora a la que se dispuso a hablar. Todas las razones que se le ocurrieron le parecieron pocas y así una tras otra se las fue exponiendo deseosa por un lado de convertirla en sultana y temiendo también que si con ello no lo conseguía

la salud de su señora sufriría de mal de espíritu por lo que le dijo:

 

Entran el ama e Isabel:

 

Ama: ¡Vamos, vamos! ¿hay para tanto llorar y gemir? ¿No es mejor ser la señora de este hermoso palacio, con tantos jardines y sus fuentes que estar encerrada en la vieja torre fronteriza de vuestro padre? En cuanto a que este Mohamed sea un infiel ¿qué tiene que ver? Vos os casáis con él, no con su religión; y si ya va entrando en años, más pronto seréis viuda y vuestra propia señora. En cualquier caso, estáis en su poder y habréis de ser por fuerza  sultana o esclava. Cuando se cae en manos de un ladrón más vale vender lo que se tiene al mejor precio posible que dejar que nos lo quiten por la fuerza.

 

Isabel: Pero Ama, soy su prisionera y es mi propio captor quien me quiere desposar, es él quien me ha arrebatado todo lo que fui. ¿Cómo puedes pretender justificar su intención? ¡Estás intentando convencerme de que sea la esposa de mi captor! Aparta de mi lado ¿Cómo has podido cambiar tanto?

 

Ama: No pretendo justificar lo que es injustificable pero en estos tiempos de odio entre ambos pueblos deberéis saber siempre lo que más os interesa y aprender a jugar con vuestras posibilidades. Debéis poner en una balanza y elegir entre ser la sultana o ser su esclava como lo sois hasta ahora.  Las intenciones que tiene son sanas y su corazón realmente es un corazón cautivado. Yo os pregunto: ¿Qué diferencia puede existir entre vos cautiva como estáis y el corazón cautivado de nuestro captor? Vos no podéis elegir libremente vuestra libertad, él es prisionero de vuestro corazón, vos sois su prisionera, utilizad vuestras artes y conseguiréis más que con la actitud que venís manteniendo hasta ahora.

 

El Ama se retira

 

(Isabel medita en solitario la proposición de su Ama)

 

Es curioso, la vida nos lleva por caminos tortuosos y nos muestra destinos que no son fáciles de aceptar y de repente, cuando todo se nos da y se trata de nuestro futuro, parece que ya todo está decidido, nuestra opinión no vale.

 

Sin embargo, ahí está esperándome sin contar con ella.

 

Hasta hace poco tiempo era la acomodada hija del alcaide de una tranquila localidad castellana. 

 

Es cierto que no tenía más preocupaciones que la de combatir diariamente el tedioso aburrimiento de un enclaustramiento en una torre de la que no se me permitía salir.

 

Ahora he de afrontar esta nueva situación y he de afrontarla con la duda de si hacer caso a mi mente o si por el contrario será mi corazón el que me guíe. Se me plantea una seria duda por delante.

 

Pero ¿qué puedo hacer? Si no aceptar las cosas como son.

 

De otro modo ¿qué futuro puedo tener?

 

¿Ser la concubina en un harén?

 

Acaso sabiendo yo lo que me propone el sultán ¿me queda alguna otra opción? él lo ha decidido así y quiere que decida por mi misma, no quiere tomarme a la fuerza, pero decida lo que decida mi futuro está echado.

 

He de arrancarle la promesa que se respetarán mis creencias religiosas.

 

No, no puede ser, no funcionará.

 

El es el causante de mis desgracias. ¿Cómo podré estar viviendo con quien tantas desgracias me ha causado?

 

Mi pueblo, mi familia, no puedo olvidarme de ellos. No los puedo traicionar ahora.

 

¿Cómo voy a ser tomada en matrimonio por quien ha sido el causante de todos mis males?

 

Una unión entre una cristiana y un musulmán. Sus promesas no serán respetadas.

 

Pero ¿Y qué otra alternativa me queda?

 

Como bien me ha dicho el Ama, puedo elegir entre seguir siendo su esclava o ser la dueña de su corazón.

 

Trovador: Al fin Isabel una decisión tomó y participar de ella quiso con su Ama que al momento llamó. De agrado fue la decisión y pesó sobre ella más la razón que el corazón pero como al fin y al cabo el objetivo cumplido estuvo, no fue cuestión de dar al corazón lo que el tiempo se encargaría de restarle a la razón.

 

Entra el Ama:

 

Isabel: Como siempre acabáis teniendo razón. Desde niña os  encargasteis de aconsejarme con sabiduría, me disteis los mejores consejos. No dudo que ahora también queráis lo mejor para mi.

 

Desde que fuimos hechas cautivas he permanecido ajena a lo que me rodeaba.

 

Te he ignorado creyendo que los sabios consejos que me dabas no servían para quien lo había perdido todo. Pero no, te sigo teniendo y te agradezco que sigas ahí.

 

Cierto es que desde mi cautiverio, en mí misma me he encerrado y no obedece mi mente a la razón sino que la imagen de la muerte, de la desgracia del dolor y el sufrimiento infligido a nuestro pueblo pusieron un oscuro velo en mis ojos y he sido incapaz de sobreponerme y mi vida quedó vacía aquél horrible día en que nuestro destino se truncó.

 

Ama: Siempre seréis  mi pequeña y nunca os fallaré.

 

Isabel: He tomado una decisión y quiero que se la comuniquéis al sultán.

 

Aceptaré convertirme en su esposa pero mantendré mi fe en Dios. Seré respetada como mujer y una condición más le haré valer:

 

El harén pasará al servicio de palacio y no existirá más el concubinato.

 

Por supuesto vos seguiréis conmigo.

 

Si es capaz de aceptar estas condiciones yo aceptaré mi papel y me convertiré en su esposa.

 

Ama: Así se lo haré saber, confío que sepa entender vuestras condiciones y las acepte, y que vuestra situación comience a mejorar, cosa para la que ya habéis dado el primer paso, mi señora.

 

Estoy ansiosa de poder transmitir la noticia al sultán y comiencen los preparativos para una unión que deseo sea duradera y el regreso de vuestra felicidad perdida. No puedo soportar veros triste.

 

Entra el Trovador

 

Trovador: Y así el Ama comunicó a su majestad, el sultán, la decisión de Isabel. Con alegría y alborozo recibió Mohamed la noticia por lo que  las condiciones solicitadas por su amada de justicia le parecieron y presto se dispuso a escuchar lo que el ama le dijo.

 

(Ama a Mohamed): Mi señor, un encargo me hicisteis y me complace transmitiros la respuesta de mi señora.

 

Respuesta que sería afirmativa si le prometéis unas fáciles apreciaciones que os pide consideréis:

 

Ella ocupará un discreto papel en el trono y vos la respetaréis como mujer.

 

Yo seguiré con ella a su servicio, cosa por otro lado que vos ya me prometisteis.

 

La siguiente condición es la desaparición del harén y que sus concubinas pasen a formar parte del servicio de palacio.

 

Por último y teniendo en cuenta nuestra creencia religiosa y que nuestra procedencia es de territorios cristianos, ella seguirá manteniendo la fe cristiana. Orará con total discreción y os promete no interferir en asuntos de creencias religiosas.

 

Mohamed: Has cumplido el encargo que os encomendé con rapidez y diligencia por lo que aceptaré las condiciones que me transmitís, aunque en lo que respecta

a la religión, al menos en apariencia fingirá aceptar la fe musulmana. No es conveniente para mi reinado que la esposa del sultán profese otra creencia. El pueblo creería que el sultán podría estar expuesto a influencias que no serían fácilmente entendidas. Por otro lado podrá seguir orando a vuestro Dios en momentos de retiro. Yo le prometo no interferir en nada más.

 

Me alegra comprobar que vuestra discreción y buenos quehaceres han conseguido el resultado deseado.

 

Desde este mismo momento no os separaréis de ella y me mantendréis informado sobre todo del estado de su ánimo.

 

Mantenedla ilusionada y procurad que su pensamiento no divague por recuerdos anteriores que la hagan tener añoranza de un pasado que no regresará.

 

Enseñadle todos y cada uno de los rincones de esta encantadora residencia donde cada lugar, cada jardín, cada patio fue diseñado por los mejores arquitectos, artistas, artesanos, jardineros y ahora todo está a su disposición.

 

Deseo ver feliz a vuestra señora y convertirla en mi esposa, me dará hijos que heredarán el trono. Serán educados según las costumbres de nuestro pueblo y serán buenos guerreros como yo, y ellos tendrán hijos que los sucederán. Y esta dinastía que empezó siglos atrás no se verá interrumpida por que desde este mismo momento los astros me sonríen y protegerán nuestra unión.

 

Daré orden para que comiencen los preparativos.

 

Trovador: Y así la ceremonia se celebró y de nada falto. Isabel se convirtió en la esposa de su señor. Cientos, miles de invitados acudieron al festejo y todos le presentaron sus respetos a tan alta dama convertida ahora en señora.

 

Juegos, malabares, ágapes, representaciones, de nada faltó y así comenzó Isabel a encontrar la felicidad al lado de Mohamed al que poco a poco su corazón entregó.

 

Entra el ama quien conversa con Isabel

 

Ama: Isabel mi señora, me habéis hecho muy feliz.

 

Tomasteis una sabia decisión y ahora os veo convertida en Reina. Habéis sabido lo que os convenía en ese momento pero recordad que a partir de ahora vuestras decisiones tendrán más trascendencia y deberéis saber en todo momento cuál es la mejor decisión a tomar. Vuestra decisión ya no será la decisión de una particular sino que deberéis gobernar para todo vuestro pueblo.

 

Isabel: Nunca hubiera tomado esta decisión sin vuestro certero consejo por eso siempre estaréis a mi lado.

 

Ama: Mi señora. Ahora que todo pasó he de confesaros una cosa que prometí a vuestro esposo.

 

Con tal de veros feliz prometí que adoptaría la fe musulmana si conseguía  su propósito de veros feliz y convertiros en su esposa.

 

El objetivo se consiguió y ahora he pagado mi deuda.

 

Me he convertido a la fe musulmana y he tomado el nombre de Kádiga.

 

Isabel: ¡Pero Ama!

 

Ama: Mi señora, no os preocupéis por mí. Vos sois lo único que siempre he tenido presente, así que objetivo cumplido, promesa pagada.

 

Además no estaría bien visto que como ama de confianza, la sultana tuviera una consejera cristiana. Así evitamos comentarios que nunca vienen bien.

 

Vos no podéis tener críticas que hagan más difícil todavía el reinado de vuestro esposo.

 

Vivimos tiempos convulsos y no debemos colaborar ni consciente ni inconscientemente en poner en peligro vuestra posición.

  

Recordad que existen facciones que estarían deseosas de derrocar a vuestro marido como sultán y en ese caso todo lo que habéis conseguido no hubiera servido de nada.

 

Isabel: Como siempre llevas toda la razón, Ama o Kádiga, ¿cómo he de llamarte a partir de ahora?

 

Ama: Kádiga mi señora, Kádiga.

 

Isabel: De acuerdo de ahora en adelante te llamaré Kadiga, aunque no se si llegaré a acostumbrarme, te ruego sepas disculparme si alguna vez me equivoco y te llamo por tu verdadero nombre.

 

Kadiga: Kadiga significa esperanza. Por eso cuando elegí este nombre quise dotarlo de un significado especial. Esperanza por que volvierais a vivir. Esperanza por que vuestro corazón recuperase la capacidad de sentir y experimentar sentimientos que hasta ahora habían estado ocultos. Esperanza de que os levantaseis y siguierais mirando al futuro después de un golpe como fue vuestro apresamiento.

 

Por mí no os preocupéis yo sabré adaptarme a las situaciones que se nos ponen por delante. A partir de ahora el camino es más fácil que el que hemos dejado atrás.

 

Isabel: Confieso que no sería nada sin vos. Deseo que nunca me abandonéis.

 

Ama: Me tendréis para lo que necesitéis. Recordad que sigo a vuestro servicio lo mismo que cuando allá en nuestra comarca me teníais como aya.

 

Entra el trovador, (Kadiga e Isabel permanecen en un segundo plano sin intervenir)

 

Trovador: Y poco a poco la suerte de Isabel cambió. Donde antes existía tristeza ahora existe alegría. El odio cedió paso al amor y supo ver Isabel que detrás de la imagen de guerrero de Mohamed había un corazón que sabía ser amable y considerado.

 

Su corazón latía a un ritmo diferente y de su mente se alejaron temores antaño amenazadores.

 

 

 

Haciendo caso del encargo del sultán, Kádiga se ocupó de que Isabel estuviera todo el día ocupada y procuraba instruirla en diferentes artes que alimentaban tanto la mente como el espíritu.

 

Kadiga: Vuestro estado de ánimo cambiará. Veréis las cosas con una visión diferente.

 

Es cierto que al principio fue un cambio radical pero ya veis que a cada situación termina una acostumbrándose.

 

Si en algo nos caracterizamos los humanos es en la capacidad de terminar adaptándonos a todas las situaciones.

 

Es nuestra defensa, nuestra reacción contra lo que nos es adverso.

 

Lo cierto es que cada día amanece y este mismo día da paso a otro diferente.

 

Kadiga: Vuestro esposo, el sultán, os ama y sois afortunada, terminareis amándolo vos también. Detrás de esa imagen de guerrero existe otra persona que sin duda no se corresponde con la imagen que manifiesta.

 

Isabel: Es cierto que al principio me costó y que mi defensa natural fue encerrarme en mi misma. Gracias a tus buenos consejos, hoy he conseguido ver la vida de forma diferente.

 

Kádiga: Es la forma en que vuestro espíritu os manifiesta su tranquilidad y os deja que desde la serenidad afloren sensibilidades que han estado ocultas y os han impedido manifestaros como sois. A ello sin duda alguna habrá contribuido el embrujo de este lugar. La poesía de sus jardines, de sus fuentes y sus paseos.

 

Trovador: Y como si por casualidad fuere, quiso el destino que se cruzase en el camino de nuestra señora una persona que notablemente influyera sobre ella. Despertó en ella emociones que hasta ahora no sabía que tenía y fue a través de la poesía que llenó de sentido sus tediosos días.

 

Con él aprendió a observar la naturaleza,  a controlar emociones e incluso gustó de componer poesía.

 

 

Galib: Cierto es lo que decís. Somos afortunados en tener un escenario natural como este. En estos jardines han surgido los más hermosos versos alabando a la naturaleza y a su creador. Buenos ejemplos de todo esto que os digo podéis encontrarlos grabados en cada columna, en cada puerta, en cada arco de palacio.

 

Así lo quiso el poeta, porque poesía es hablar con el corazón en la mano, poesía es expresar los sentimientos al máximo, hacer que la corriente de sentimientos se apodere

de tu corazón, haciendo que poco a poco el río de la imaginación fluya y haga que las palabras no sean sólo palabras, sean sentimientos y hagan sentir a quien te escucha el sentimiento que transmites. Es la inspiración, la unión entre corazón y mente.

 

La visión lírica de lo real o imaginario es lo que el poeta nos describe.

 

Pero, perdonad mi intromisión. No tengo derecho a inmiscuirme de esta forma en vuestras conversaciones. No me he presentado. Si me permitís, mi nombre es Galib mi señora, poeta al servicio de su majestad y  encargado de dejar testimonio escrito de todos los acontecimientos que ocurren tanto en palacio como fuera de él.

 

Isabel: De modo que sois la memoria de todo lo que ocurre.

 

Galib: Si así queréis llamarlo, es correcto.

 

No hay acontecimiento de relevancia que no sea recogido por mis escritos como testigo para las generaciones venideras como en reinados anteriores lo hicieron para la nuestra.

 

La poesía puede nacer y crecer de dos formas, cuando eres tan feliz, que piensas que no estás en ese momento o cuando estás tan triste que quieres olvidar los amargos recuerdos.

 

Otras veces con su lirismo los poetas querrán que conozcamos las maravillas que nos rodean.

 

Pero el deseo no siempre es suficiente, hay que acompañarlo de inspiración, es entonces cuando se convierte en la fuente de toda poesía.

 

 

El dramatismo del dolor también nos será recordado por la poesía y nos mostrará el valor y esfuerzo de nuestras tropas en la batalla.

 

Isabel: Habláis de la felicidad y de la infelicidad como forma de inspiración del poeta pero ¿qué tipo de persona es un poeta que se inspira en la infelicidad para escribir unos versos?

 

Galib: Una cualidad de la que no os he hablado es la sensibilidad.

 

La sensibilidad tiene que ir acompañada de la inspiración. Una no puede ir sin la otra.

 

Isabel: Y vos que sois poeta ¿podéis tener sensibilidad en un mundo como este en el que a una batalla le sigue otra?

 

¿En el que la destrucción y muerte es continuada por la miseria?

 

Galib: El poeta no es causante de esos males que habéis dicho pero también quiere que el dolor no pase desapercibido, más como os he dicho antes,  también la infelicidad es su fuente de inspiración.

 

El dolor está ahí, unos lo crean y otros buscan lo positivo que puede haber en él.

 

En cualquier caso, el poeta con sus versos es libre y con ellos no causa dolor.

 

Isabel: ¿Y vos, seríais capaz de causar dolor?

 

Galib: Podemos causar dolor. La diferencia está en la conciencia de quien lo cause. A unos el dolor ajeno no le causará nada y a otros la conciencia de haber causado un  dolor no intencionado no les dejará vivir.

 

Isabel: Vuestras palabras son sabias y quisiera que prosiguiéramos esta conversación en otras ocasiones.

 

Me ha interesado vuestra manera de ver la felicidad, la infelicidad, la sensibilidad y la inspiración como forma de llegar al corazón.

 

Galib: Este humilde servidor estará encantado de poder compartir con vos su experiencia y nada me llenaría de más  orgullo que poder tener en vos un discípulo de tan noble rango.

 

(Galib se retira haciendo una reverencia): Con vuestro permiso mi señora.

 

Kadiga: Os conozco demasiado bien y puedo afirmar que la breve conversación con el poeta no os ha dejado indiferente.

 

Isabel: A veces tenemos tan cerca soluciones a nuestros problemas que no acertamos a verlos, miramos pero no vemos.

 

Tan sólo basta que algo o alguien nos muestre algún camino a seguir para que retomemos la senda perdida y nuestro corazón vuelva a latir con más fuerza buscando nuevas emociones escondidas en él hasta entonces.

 

Trovador: Poetas. ¿Qué cosas no serán capaces de conseguir?

 

Así fue como Isabel aprendió de nuevo a vivir. Descubrió sensaciones nuevas que habían permanecido ocultas. Cultivó la creatividad y la poesía ocupó largos momentos de cada día. Una inquietud renovada le dio un aire nuevo a su vida. Se sentía cada vez más enamorada y por fin abandonó la imagen que antaño de su esposo tenía.

 

(Vuelven a palacio) el ánimo de Isabel es diferente y conversa con su esposo que se encuentra sentado a una mesa examinando unos documentos.

 

Isabel: Mi señor, hoy hemos estado paseando por los jardines de palacio y he reparado en las inscripciones poéticas.

 

Sin saber no sé de donde apareció un hombre de mediana edad y poblada barba que me dijo se llamaba Galib.

 

Mohamed: Ah! Si, Galib es uno de los grandes poetas que ha dado esta tierra, sus poemas permanecerán imborrables para el futuro y serán comentados por generaciones venideras. Su sentido de lo bello es único y sólo él puede daros todas las explicaciones que necesitéis de cada uno de  los rincones de este palacio.

 

 

 

 

Isabel: Me ha mostrado todas y cada una de las inscripciones donde se cita: “Sólo Dios es vencedor”

 

Mohamed: Que Galib es una persona docta no hay duda de ello pero  esa frase que mandó a esculpir Zawi ben Ziri, fundador de la dinastía nazarí figura escrita miles de veces en puertas, columnas y murales de palacio.

 

Luego, ¿seguís creyendo que realmente os las enseño todas?

 

Tened cuidado o acabaréis como él cantándole a todo lo que para un ser humano normal resulta imposible entender.

 

Isabel: Me ha hablado de cuestiones que  ni siquiera me había planteado, la inspiración, la sensibilidad, la razón.

 

Cualidades que según él podemos tener todos y que no nos esforzamos en trabajar.

 

Mohamed: Cada uno tiene su lugar en la vida y ese lugar nos es reservado por las estrellas cuando nacemos. 

 

Al nacer ya estamos predestinados para lo que vamos a ser.

 

El guerrero está predestinado para hacer la guerra y el poeta lo está para componer poemas. Todo está escrito y nada se escapa de nuestro destino.

 

Vos, mi señora, nacisteis para ser amada por esté corazón que sin saber a quién os estuvo esperando y os encontró. Era vuestro destino y no podíais evitarlo

 

Isabel:   ¿Y decidme mi señor? Cuál es el destino que os prepararon las estrellas al nacer? ¿Se ha cumplido todo el destino que estaba guardado para vos?

 

Mohamed: Lo mismo que todo está escrito nada es dejado al azar pero nos es desconocido de antemano. ¿Cómo puede uno burlar al destino si no lo conoce?

 

Mi predestinación fue escrita el día que nací pero se va cumpliendo día a día y sólo con la muerte podemos decir que nuestro destino se llegó a cumplir.

 

 

 

Isabel: Es una forma de jugar con ventaja. Si no ocurren las cosas es que el destino no nos lo tenía preparado y si al final ocurren es que estaba preparado para nosotros.

 

Yo nací fuera de estas tierras, donde las creencias son diferentes a las vuestras, mi destino estaba en tierras castellanas y tal vez prometida a no sé qué caballero pero todo ello se truncó cuando llegaron vuestros ejércitos y nos hicieron cautivas.

 

Mohamed: ¿Pero no lo entendéis? Estaba escrito. Nada es dejado al azar.  El destino no entiende de ideas ni lugares ni convicciones.

 

Allá donde uno nazca siempre habrá una estrella que le guiará en su vida.

 

Podemos aliarnos con él pero no desafiarlo. Es aceptar las cosas como vienen y no plantearse más alternativa. Si desafiamos a nuestro destino estamos luchando contra fuerzas superiores a nosotros y nuestra lucha será vana.

 

Vos, mientras permanecíais en vuestra comarca esperabais que se cumpliera el futuro señalado por vuestra estrella al nacer. El destino no se nos muestra de antemano sino que se presenta sin saber ni cómo ni por dónde  ha llegado, pero una vez que llega es invariable y de nada sirve luchar contra él.

 

Isabel: Me argumentáis razones que son difíciles de rebatir todo ocurre porque sí y nada es dejado al azar, pero decidme ¿qué papel ocupa en vuestra teoría la mano del hombre? No me negaréis que una actuación correcta o incorrecta por nuestra parte puede ser la causa de una felicidad o una desgracia.

 

Mohamed: El destino mezcla las cartas, y nosotros las jugamos. Podéis tacharlo de simplicidad, de conformismo e incluso podéis plantearos el porqué de las cosas pero no llegaréis a ninguna conclusión que os aclare más, que si justificáis los hechos porque sí.

 

A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

 

Se retiran.

 

Trovador: ¡Cuánta solidez tenían los argumentos de Mohamed!

 

Pero un hecho presto fue a acontecer y con su nueva al sultán los astros iban a alegrar ya que su anhelo cumplido se vería porque Isabel la tan ansiada descendencia le daría.

 

¿Cosas del destino?... de los hombres yo diría, pero ya fuera por una o por otra causa, en breve por palacio un infante correría. De atenciones a su esposa colmó y su corte presto les felicitó. Agasajos, felicitaciones, parabienes  y cumplidos, todos mostraban su alegría, no era para menos, la sucesión en la corona así se aseguraría.

 

Atrás quedaron tristezas y melancolías.  La hija cautiva de un alcaide de una fortaleza castellana convertida en sultana y madre del sucesor en la corona musulmana. Ironías de la vida.

 

Entra en escena Kadiga, Isabel está sentada contemplando los jardines del Generalife.

 

Kadiga: Isabel, mi señora. ¡Cuánto gozo albergo en mi corazón! Nunca antes pude imaginar que con tanta alegría pudiera celebrar las buenas nuevas que me acabáis de comunicar.

 

Desde niña os tomé y sabe Dios que como a hija propia os quiero, por ello mi alegría es doble por veros como sultana y pronto convertida en madre.

 

Isabel: Mi buena Kadiga, sé que vuestras palabras son sinceras y os lo agradezco de veras, pero no es plena mi felicidad pues que en estos momentos de mi padre me acuerdo ya que de mi madre apenas tengo recuerdos. Que vienen tiempos felices, eso espero y que permanezcáis conmigo así deseo.

 

Kadiga: No es menester que dudéis de mi compañía ya que mi presencia será vuestra sombra y para lo que deseéis tendréis mi asistencia.

 

Isabel: Deseo que con la misma sabiduría que me habéis aconsejado me ayudéis en esta nueva tarea de madre ya que mi esposo de las faenas de gobierno y de las que reclamen su atención tendrá que ocuparse y a un futuro monarca digna preparación habremos de proporcionar.

 

 

Kadiga: De la instrucción militar, no os preocupéis que de ello vuestro esposo se ocupará, pero no sólo el arte de guerrear habrá de aprender sino que nuestra misión será la de contrarrestar el ímpetu bélico e infundirle serenidad, sensatez y justo equilibrio en las decisiones que habrá de tomar.

 

Todo está a vuestro servicio, utilizadlo. Recurrid a sabios, intelectuales, artistas, poetas, magos y astrólogos, pedid consejo y no dudéis en hacer uso de sus sabias opiniones.

 

Su formación como persona es un privilegio que no se puede despreciar.

 

Isabel: Cuánta sabiduría existe en vuestras palabras. Si en estos difíciles años que nos han tocado vivir dedicáramos más tiempo a completar nuestra formación y a saber descubrir el equilibrio de la justicia natural, no estaríamos intentando constantemente apropiarnos de las tierras de nuestro vecino y sabríamos respetar las creencias.

 

Kadiga: Las creencias no son malas, son los dirigentes que manejando a un pueblo inculto en nombre de una supuesta creencia, enmascaran sus egoístas intenciones en beneficio de sus fines particulares y se empeñan en no querer respetar el credo del prójimo.

 

Religión y egoísmo son las principales causas de las guerras que en el mundo han sido.

 

El pueblo, inculto y sin recursos es la victima de esta situación.

 

Ahora tendréis la oportunidad de contribuir a que el futuro sea mejor y este futuro pasa necesariamente por una formación de los que ostenten el poder y dejen de hacer la guerra con tal de arrebatar al vecino sus pertenencias, sus creencias. Por eso es tan importante que vuestro futuro hijo sea formado, no sólo en el arte de la guerra sino que también su formación humana será determinante.

 

Isabel: Es un difícil reto el que os ponéis por delante.  El papel de la mujer en esta sociedad es tan limitado que necesariamente tendré que contar con la supervisión de mi esposo, el sultán, en tareas tales como la que os planteáis.

 

Me temo que nuestra misión se reduce a engendrar los hijos y una vez en el mundo no se nos confiará su educación.

 

Al final nada cambiará por que su formación será encomendada a los que siempre se han encargado de que las costumbres no cambien.

 

Trovador: Y el tiempo fue pasando y la alegría aumentando.

 

Ya, cercano estaba el día del feliz alumbramiento. Médicos y matronas a la luna llena esperando estaban que con su cambio, el nacimiento se produjera y el sucesor en palacio pronto estuviera.

 

Encomiendas a los astros y a las buenas estrellas se hicieron, todo buen deseo fue poco para aquel día señalado.

 

Y cuando a la luna llena el turno le llegó, a la adorada princesa el plazo se le acabó ¡pero sorpresa! quiso la naturaleza que en lugar de un varón heredero, tres hermosas niñas le nacieran, todas nacidas en el mismo parto ¡hubiera preferido Mohamed que fueran hijos, pero se consoló con la idea de que tres hijas trillizas estaba más que bien  para un hombre ya entrado en años y zurdo!

 

Sus nombres eran Zayda, Zorayda y Zorahayda, y este era también el orden de sus nacimientos pues pasaron justo tres minutos entre cada uno de ellos.

 

Zayda, la mayor era de espíritu intrépido y se adelantaba  en todo a sus hermanas, como hizo en el momento de llegar a este mundo. Era curiosa e inquisitiva y le encantaba llegar al fondo de las cosas.

 

Zorayda sentía una especial atracción por la belleza, lo que explicaba, sin duda, su complacencia al contemplar  su propia imagen en el espejo o en una fuente, y su entusiasmo por las flores, joyas y otros adornos de buen gusto.

 

Por lo que hace a Zorahayda, la más joven, era dulce, tímida y sensible en extremo y con enormes dosis de ternura que siempre estaba dispuesta a derrochar, como era evidente por el número de florecillas, pajarillos y otros animalitos domésticos que tenía y cuidaba con el más devoto cariño.

 

Pero quiso el afortunado padre conocer el futuro que sus hijas iban a tener y para que dicha duda despejada quedara a un astrólogo se dispuso a consultar.

 

Entra en escena un  astrólogo.

 

Mohamed: Tres hijas me ha dado mi esposa y sin más demora he de conocer qué les deparará el futuro por lo que

os he convocado para que me realicéis la carta astral de las tres princesas.

 

Decidme lo que en los astros veis y las precauciones que habré de tomar.

 

Astrólogo: Las hijas, oh señor, son siempre un bien precario; pero estas precisarán aún más de vuestra vigilancia, cuando lleguen a la edad núbil; ponedlas entonces bajo vuestras alas y no se las confiéis a ningún otro guardián pues de vuestro consejo necesitarán ya que con el de su madre no contarán.

 

Mohamed: Apartad. ¡Cómo os atrevéis a aventurar semejantes desdichas!

 

Astrólogo: Los astros, mi señor, el futuro nos muestran con una claridad que ni el más pulido espejo puede reflejar.

 

Me pedís mi humilde visión y no puedo por más, que lo que veo comunicar.

 

No es deseo mi señor, de este humilde servidor, que los vaticinios que en este lugar os pueda comunicar lleguen a causaros pesadumbre e infelicidad.

 

Mohamed: Os he hecho llamar para que los astros que consultáis llenarán de felicidad mi dicha, que como padre me ayuden a guiar la conducta que he de mantener y no sólo me decís que las hijas son un bien precario sino que les negáis, cuando lo puedan solicitar el consejo de su madre. ¿Qué queréis decir? ¿Cómo podremos evitar que lo que vuestros astros os dicen se pueda llegar a cumplir?

 

Astrólogo: Mi señor, no quisiera poner una sombra en la alegría que alberga vuestro corazón pero me habéis pedido que os transmita los designios que el futuro depara a vuestras hijas y en verdad os digo que crecerán a la sombra de su padre pero no podrán tener los consejos ni la compañía de su madre, los consejos en la edad núbil a los que toda hija recurre a ellas les serán negados. Todo está escrito y nada se escapa, podemos tratar de engañar con nuestros actos lo que creamos que puede ocurrir pero hagamos lo que hagamos nos llevará irremediablemente a lo que tiene que pasar. Son los designios que están escritos con anticipación incluso a nuestro nacimiento.

 

Mohamed: ¡Basta, es suficiente, retiraos!.

 

Trovador: Una dicha truncada, una alegría canjeada por otra tristeza, tres nacimientos cambiados por una desdicha.

 

Pobre Mohamed, te enamoraste y cuando más prendido estaba tu corazón, el destino te quiso jugar una mala pasada. Tú que blandías la espada con firmeza en todo lo alto, tú que con tu seguridad atemorizabas al enemigo y ganabas batallas sólo con tu presencia, no contaste con que tu corazón también podía ser presa de la melancolía y el abatimiento y que sin una sola arma se vería derrotado.  

 

Todavía albergaba Mohamed una cierta esperanza que el futuro no se cumpliese y pudiera hacerle un quiebro al destino, pero el futuro es inexorable y sin saber cómo ni por qué, Isabel enfermó un día cuando sus tres hijas estaban próximas a cumplir  los cinco años de edad.

 

(Mientras habla Mohamed, cuatro sirvientes introducen una camilla con el cadáver de la princesa y lo depositan sobre un pedestal en el escenario)

 

Mohamed: Yo maldigo a la maldita providencia que me ha arrebatado todo mi ser ¿por qué precisamente ella? era joven y había encendido mi corazón.  Mi vida comenzó a tener otro sentido cuando ella llegó y ahora yace fría, inerte, sin vida. Oh ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mis tres amadas hijas? ¿Cómo crecerán sin la compañía de su madre? ¿A quién pedirán consejo? ¿Quién las guiará? No…no puede ser. Hubiera dado mis tesoros, mi poder, mi vida entera con tal de verla respirar otra vez. Me hubiera dejado matar en la batalla por la espada enemiga si con eso consiguiera volverla a abrazar.

 

Pero ¿no estoy ya muerto? Oh, astros, ¿qué insondables designios me habéis preparado, por qué me hacéis pasar por esta prueba tan cruel, qué otros arbitrarios momentos debo sufrir? No, no estoy preparado para este sufrimiento.

 

Yo que jamás dudé en la lucha, que arengaba a los ejércitos, que me temía el enemigo en el campo de batalla, me encuentro aquí postrado ante este cuerpo sin vida por el que llegué a suspirar y desposeído de todo en lo que creí, a la que cautivé y  sin saber cómo, me cautivó y me ha convertido en el ser más vulnerable de todo mi reino.

 

Mis hijas… ¿qué será de ellas? ¿Y la profecía del astrólogo, como dijo? …”Las hijas son siempre un bien precario; pero estas precisarán aún más de vuestra vigilancia”, sí así dijo: “cuando lleguen a la edad núbil; ponedlas entonces bajo vuestras alas y no se las confiéis a ningún otro guardián”. ¿Por qué, qué otras desgracias pudo vaticinar y quizás no me quiso decir?

 

No, no lo permitiré, encomendaré su protección a la discreta Kádiga.  Ella sabrá quererlas como quiso a su madre, sabrá aconsejarlas como a ella aconsejó. Pero será necesario alejarlas de estas tierras hostiles, llevarlas a lugares más tranquilos alejadas de estos campos de batalla por los que el rey cristiano pugna por conquistar.

 

 

(Mohamed se retira lentamente y hay un apagón)

 

 

ACTO SEGUNDO

 

 

Trovador: Isabel nos dejó y dejó a nuestro enamorado sultán descorazonado, sin estrella a la que seguir. Ya no vivía, la vida le pasaba por encima como por inercia.  Zayda, Zorayda y Zorahayda contaban con cinco años y  Mohamed, quiso tomar precauciones antes de que las princesas llegaran a la edad peligrosa, la edad de contraer matrimonio  y siguiendo el consejo del astrólogo confió la educación y formación de sus hijas en manos de Kádiga, la fiel ama de Isabel, las trasladó hasta un castillo situado en la costa, a orillas del mar a tres días a caballo y confiado que al ser una zona más templada, pudieran las jóvenes disfrutar de un clima más apacible además de estar alejadas de la zona de conflicto ya que por estos tiempos las ofensivas del Rey castellano cada vez hacían más daño a las tropas de nuestro entristecido sultán. A aquella nueva residencia se la denominó Sohail. Fue pasando el tiempo y las niñas crecieron y se iban aproximando cada vez más a esa edad peligrosa a la que a todos el corazón florece y hace sentir esas sensaciones nuevas que a menudo nos confunde la razón. Zayda, Zorayda y Zorahayda cuentan ya con quince primaveras… 

 

Zayda: Cuéntanos Kadiga, ¿cómo era nuestra madre? Tú que la conociste, háblanos de ella. ¿Es cierto que fue hecha prisionera por nuestro padre?

 

Zorayda: ¿Era guapa, verdad? Seguro que su belleza no tenía comparación.

 

Zorahayda: ¿Es cierto que hablaba siempre con el corazón y la sensibilidad que tenía enamoró a nuestro padre? ¿Por qué él no viene a vernos?

 

Kadiga: Todas vuestras preguntas son ciertas. Vuestra madre era la persona más bella y limpia de corazón que haya tenido la suerte de conocer. Allá, donde ella nació el futuro parecía tenerle guardado otros designios pero son tiempos difíciles y nada podemos asegurar hasta que no llegue a ocurrir. Vuestro padre trata de defender las tierras que lo vieron nacer de las constantes incursiones de los reyes castellanos. Es por eso que no puede venir a veros pero seguro os lleva en el corazón. Sois de origen castellano y también es cierto que siendo vuestra madre joven la hizo prisionera pero no os equivoquéis, vuestro padre la amaba y vuestra madre a él también correspondió.

 

Fruto de ese amor llegasteis vosotras y nada haría sufrir más a ese malherido corazón que a vosotras os llegara a suceder algo. Por eso nos encontramos aquí, al borde mismo de la costa, alejadas de zonas bélicas donde la bondad del clima y la tranquilidad de este lugar nos hace estar a salvo y al mismo tiempo tan cerca que allá donde la vista nos alcanza, al lado mismo de aquellos picos nevados se encuentran las tierras de vuestro padre, una fortificación jamás soñada que seguro permanecerá como testigo del poder y la cultura que durante siglos ha existido.   (Kadiga se retira).

 

Trovador: La vida de las tres hermanas transcurría sin sobresaltos, el día de ayer fue igual al de hoy y el de mañana no cambiará con respecto al de antes de ayer. Bordaban, tejían, coloreaban telas, recogían flores y realizaban diademas con las que después se gustaban engalanar y lucir en sus cabezas. Las horas centrales del día las pasaban resguardadas del sofocante calor en un pabellón de reposo con unas ventanas con celosías que dejaban entrar la brisa del mar. Pero aquel día algo ocurrió que lo hizo diferente. Un hecho fuera de lo común las sacó del ensimismamiento diario y comenzaron a tener sensaciones que antes no habían sentido.

 

(Las tres hermanas se encuentran bordando telas y sentadas a una mesa)

 

Zayda: Pero aquí donde nos encontramos no ocurre nunca nada. Desde estas murallas lo único que vemos son pescadores que echan sus redes, llegan barcos de ultramar, de otras tierras allá donde se acaba el mar, cargan las capturas y descargan sus productos con destino a las tierras donde se encuentran los hombres de nuestro padre. La vida aquí es tediosa.

 

Zorayda: No te conformes con ver sólo lo que tus ojos te quieran mostrar. Hay muchas más cosas que no reparas en ellas y están ahí. Estas florecillas silvestres sobre las que sobre vuelan todo tipo de insectos y que en una explosión de colores llenan toda esta montaña sobre la que se encuentra nuestra morada de flores violetas, amarillas, rojas, blancas. O el río de aguas transparentes que antes de finalizar su viaje desde allá en lo alto de las montañas y antes de desembocar en el mar, refleja nuestra imagen tan nítida que podemos vernos con todo tipo de adornos y colgantes como si en los ojos de cualquiera de mis hermanas me viera.

 

Zorahayda: Yo prefiero ver la vida apreciando la belleza de este lugar. Gozamos de una visión afortunada y desde estas alturas podemos deleitarnos con el embrujo del mar. Puedo pasar horas enteras viendo cómo llegan las olas a la playa y rompen para dejar paso a la siguiente. Pensando en esta inmensidad puedo echar la imaginación a volar, me imagino en situaciones que aunque jamás se han producido, me transportan a otros lugares sin dejar estas murallas. La imaginación me libera y me hace sentir como aquella gaviota que vuela oteando desde las alturas para después posarse sobre la playa y seguidamente  volver a emprender el vuelo, esta vez en busca de la barca del pescador al que pueda sustraer algún pequeño botín.

 

El reflejo de la luna sobre el mar, el templado brillar de las estrellas o la canción del pescador cuya voz tenue me llega desde la playa o las notas de la flauta desde una barca que se desliza, son suficientes para llevarme a un espacio imaginario que me haga olvidar este dorado enclaustramiento.  

 

(Mientras hablaban un hecho llama su atención desde la torre donde se encuentran)

 

Zayda: Fijaos allí en el horizonte, parece como si aquella embarcación se dirigiese hasta esta playa.

 

Zorayda: Sí, no es una embarcación de pescadores. Parece como si estuviera llena de hombres de armas y avanza lentamente a golpe de remo.

 

Zorahayda: ¿Será nuestro padre? Seguro que ha vencido a los ejércitos castellanos y viene a llevarnos al cobijo de su protección.

 

Zayda: Fijaos, ya levantan los remos, echan el ancla y ponen pie a tierra.

 

Zorayda: ¿Pero qué es lo que veo? Son prisioneros atados con cadenas.

 

Zayda: Ya los bajan. Van ricamente ataviados, parecen castellanos ¡y no se doblegan¡

 

Zorahayda: ¡Qué porte, qué gallardía, qué noble presencia!

 

Zorayda: ¡Qué varonil apostura! Y parecen estar en la flor de la juventud.

 

Zayda: ¿Pisó nunca la tierra ser más noble que aquel caballero vestido de carmesí? Mirad con qué arrogancia se comporta, como si todos los demás fueran esclavos suyos.

 

Zorayda: Pues fijaos en el que va de verde. ¡Qué gracia, qué elegancia!, ¡qué ánimo!

 

(Las tres hermanas vuelven a las otomanas que ocupaban)

 

Kádiga: ¿Pero qué es lo que ha pasado? ¿Se puede saber qué extraños poderes os han poseído que os encuentro ensimismadas, con las miradas perdidas, pensativas  y suspirando embelesadas?

 

Zayda: Nos encontrábamos como cada tarde al resguardo de este sol abrasador cuando un hecho hizo que desviáramos la atención.

 

Zorayda: Allá en la distancia vimos aparecer una embarcación cuyas dimensiones no habían sido vistas antes por estos lugares.

 

Zorahayda: Conforme se fue acercando y recaló en la playa pudimos ver que se trataba de un barco de hombres de armas.

 

Zayda: De él no sólo bajaron soldados armados sino que les siguieron un contingente de prisioneros castellanos.

 

Zorayda: De ellos, llamaron nuestra atención tres caballeros jóvenes, su porte era diferente al de los demás.

 

Zorahayda: Confieso que nunca antes habíamos visto personajes de tanta grandeza, de tal gallardía y presencia que su solo semblante nos ha hecho suspirar sin saber muy bien a qué obedecen tales embelesos.

 

Kádiga: Pobres jóvenes, os aseguro que, en su tierra natal, su cautiverio destrozará el corazón de más de una hermosa dama de alta cuna.

 

¡Ah! Mis niñas, no os hacéis idea de la vida que estos caballeros hacen en tierras castellanas. ¡Qué galanura en los torneos! ¡Los caballeros batallaban y se herían entre sí! ¡qué devoción por las damas!, ¡qué manera de cortejar y dar serenatas!

  

Zorayda levanta la barbilla y camina con altivez, Zorahayda contiene suspiros que pugnan por escapar de su pecho.

 

Trovador: Pero poco a poco Kádiga fue comprendiendo el daño que podía estar causando a las princesas. Estaba acostumbrada a considerarlas como niñas pero habían madurado ante sus ojos y ahora florecían en su presencia adorables damitas en edad casadera.

 

Ha llegado el momento de poner al sultán sobre aviso.

 

Sin pensárselo dos veces hizo llamar Kádiga a      Mohamed.

 

Kádiga trae consigo un cestillo adornado con flores y en su interior, sobre un lecho de hojas de vid e higuera, reposaban un melocotón, un albaricoque y una nectarina, cada uno en su punto justo de madurez.

 

Kádiga: Mi señor hace diez años, mi añorada Isabel partió hacia mundos en los que la felicidad la acompañará para siempre y vos me encomendasteis el cuidado de vuestras hijas siendo ellas aún unas niñas. Con este presente quiero manifestaros con todo su simbolismo, que esas niñas que antes lo eran, se han convertido en bellas jóvenes como estas frágiles florecillas que os presento y la madurez de estas frutas son semejantes al cambio que han experimentado.

 

Mohamed: Así que, ha llegado el período crítico que mencionaron los astrólogos; mis hijas están ya en edad de contraer matrimonio. Las hemos ocultado a los ojos de los hombres; han crecido bajo la discreta atención de vuestros cuidados, pero aún no están bajo la protección de mi persona como prescribieron los astrólogos.

 

(Mohamed pensó para sí mismo) He de ponerlas a mi abrigo y no confiar a nadie más su custodia.

 

Ordenaré que regresen rápidamente a Palacio, que se prepare una torre del Palacio de la Alhambra y en su reconocimiento se llamará La Torre de las Infantas.

 

Trovador: Habían pasado tres años desde la última vez que Mohamed vio a sus hijas y apenas podía dar crédito a sus ojos ante el asombroso cambio que tan corto espacio de tiempo había operado en ellas. En aquel intervalo habían cruzado el maravilloso límite que, en la vida femenina, separa a la niña inocente, sin formas ni preocupaciones, de la mujer sensible y reflexiva. Es como pasar de las planas, desoladas y monótonas llanuras de la Mancha a los voluptuosos valles y feraces colinas de Andalucía.

 

Entran las tres hermanas y el trovador las va describiendo mientras ellas avanzan:

 

Trovador: Zayda de carácter altivo y penetrante mirada avanza hacia su padre con paso solemne y decidido. Al llegar a él lo trata más como a un soberano que como a su padre.

 

Zayda: Padre, es para mí una gran alegría estar ante tu presencia. En todos estos largos años he soñado con este momento que hoy se hace realidad. Junto a Kádiga hemos mantenido encendida la llama en nuestro corazón y cuando en momentos bajos queríamos estar ante tu presencia, el buen criterio de nuestra guía siempre nos reconfortaba con que pronto llegaría este momento que hoy por fin podemos disfrutar.

 

Trovador: Zorayda tiene una mirada seductora, andares cimbreantes y una belleza resplandeciente. Se acerca a su padre con una sonrisa, le besa la mano.

 

Zorayda: Padre, es tal la felicidad que no acierto a describir lo que siento en mi interior. Tantas veces he deseado poder estar a tu lado que ahora que por fin lo estoy me siento sorprendida por tu figura, tu talle y tu semblante y  la emoción me bloquea cualquier expresión de alegría.

 

Trovador: Zorahayda, reservada y tímida tiene sin embargo una belleza embaucadora, siempre en busca de cariño y protección. Estaba menos capacitada para mandar que su hermana mayor o que la mediana para deslumbrar, pero estaba más preparada para llegar a lo más íntimo del afecto masculino. Se aproxima a su padre con pasos tímidos y ya parecía dispuesta a besarle la mano cuando, al mirarle a la cara y verla iluminada por su sonrisa paternal, se abrazó a él y posó dulcemente su cabeza sobre su pecho.

 

Zorahayda: Oh padre, perdona que no pueda decirte nada apropiado para la ocasión, soy tímida y de no ser porque realmente te tengo ante mi presencia y puedo tocarte dudaría hasta de este momento mágico. Permíteme que en lugar de palabras exprese mi emoción como siempre soñé,

 

 

recostada en tu pecho, sintiendo tu corazón, convenciéndome de que este momento tan esperado por fin ha llegado y sabiendo que siempre permaneceremos unidas a ti.  

 

Mohamed: No puedo albergar más alegría en el corazón al ver que mis hijas son unas mujeres.  Me llena de orgullo y perplejidad ver la profunda transformación que habéis experimentado y ha llegado el momento que junto a la fiel Kádiga emprendáis camino de regreso a palacio.

 

(se dirige al público) Recuerdo la predicción de los astrólogos: “¡Tres hijas! ¡Tres hijas! ¡ y todas en edad de casar! ¡He aquí la fruta tentadora de las Hespérides que precisa de un dragón que las guarde!

 

Prepararé el regreso a Granada, enviaré heraldos con la orden de que todo el mundo evite el camino por donde pasaremos, que se cierren todas las puertas y ventanas. Mis hijas saldrán escoltadas por un escuadrón de terroríficos jinetes negros revestidos de una brillante armadura y ordenaré que aquél que al paso del repiqueteo de los cascabeles de mis corceles no obedezca mis órdenes sea allí mismo dado muerte y esparcidos sus restos por el camino.

 

Trovador: Y así se hizo, las princesas cabalgaban junto a Mohamed, cubiertas de velos y sobre hermosos palafrenes blancos con gualdrapas de terciopelo y los bocados y  los estribos eran de oro y las bridas de seda recamadas de aljófares y piedras preciosas. El paso de los caballos iba acompañado por un continuo y acompasado repiqueteo de cascabeles marcando el paso como si de una inmensa marcha militar si tratase.

 

Pero faltaba poco para su llegada al destino final, allá a las orillas del Genil, cuando una columna de soldados moros sin apenas tiempo de reacción se topó con la marcha de la comitiva en su dirección a palacio. Rápidamente el jefe de la columna viendo que no tenía tiempo suficiente, ordenó a sus lacayos se echaran cuerpo a tierra hacia abajo hasta que pasara la real marcha. Todos obedecieron salvo tres prisioneros castellanos que a la sazón  eran los mismos que las tres jóvenes princesas habían visto desembarcar en las costas de Sohail que si bien, no obedecieron o quizás, no comprendieron la orden de permanecer boca abajo hasta el paso de tan digna representación real.

 

 

Mohamed: ¡Insensatos! ¿Cómo os atrevéis a desafiar mis órdenes? ¡Aquí mismo seréis ajusticiados! ¡Insolentes castellanos! No sólo no apreciáis la vida que se os ha regalado desde vuestro apresamiento sino que osáis desafiar las órdenes dadas como si pretendierais con ello acelerar vuestro final. (con la espada en lo alto y dispuesto a cumplir sus amenazas) Os enseñaré cuál es el precio por vuestra insolente altanería. Vuestras muertes servirán de escarmiento y todo el mundo, allá por donde pase bajará la cabeza en señal de respeto y sumisión a su monarca.

 

Zaida: Tened piedad padre, comprended que están lejos de     sus gentes y si a lo mejor se han abandonado como pidiendo sus muertes, seguro que si los perdonáis trascenderá la magnanimidad de su sultán y vuestros hombres os apreciarán con más justicia y menos temor.

 

Zorayda: Sí padre, permitid que intercedamos por ellos, son jóvenes como nosotras, seguro que no han conocido otra vida más que la lucha que mantienen nuestros pueblos.

 

Zorahayda: Dejad que vivan, amado padre, sus muertes no reportarán nada a la lucha que mantienen nuestros pueblos. Recordad que como nuestra madre, también son cautivos y no es fácil aceptar esa situación cuando están desposeídos de la dignidad que toda persona debe tener. Se magnánimo y permite que vivan. No suponen  ningún peligro para nosotras. Seguro que se os reconocerá y premiará.

 

Capitán de la columna: Cierto es mi alteza. Pero si me permite, no cometa su majestad el error que causaría un  gran escándalo en todo el reino.  Estos prisioneros, son tres bravos caballeros castellanos, que lucharon como leones, son de noble cuna y pueden proporcionar un gran rescate.

 

Mohamed: Basta, perdonaré sus vidas pero castigaré su audacia. Que los lleven a las Torres Bermejas y sean condenados a trabajos forzados.

 

Trovador: ¡Pobre Mohamed! Sin saberlo estaba cometiendo un gran error. En el tumulto y la agitación los velos de las princesas volaron con el viento y su radiante belleza quedó al descubierto. Al prolongar la discusión, el sultán había dado tiempo más que suficiente para que los tres caballeros cautivos se fijasen en la bellezas de las tres jóvenes princesas, Los corazones de las tres bellas princesas quedaron cautivos de los tres prisioneros castellanos. La intersección de las princesas ante su padre quedó manifiestamente agradecida y  los corazones de los jóvenes castellanos quedaron cautivados por el amor que aunque idealizado nunca podremos decir que fuera un amor imposible. En cuanto a las princesas, se quedaron más impresionadas que nunca por el noble comportamiento de los cautivos y atesoraron en sus pechos cuanto oyeron sobre su valor y linaje.

 

(Las tres jóvenes princesas escuchan desde la ventana de la torre)

 

Zayda: Henos aquí las tres con el pensamiento perdido, capturado por un solo deseo del que no nos podemos evadir pues aunque este aire fresco que nos ofrecen estas sierras blancas debería ser suficiente para adormecer los latidos de nuestros corazones, no podemos controlar las pulsaciones y un inquieto nerviosismo nos lleva a cogernos de las manos, a mirar atrás el camino que dejamos y con la mente siempre fija en ése momento que la divina providencia puso en nuestro paso a tan apuestos jóvenes.

 

Zorayda: Me falta el aire, siento latir mi corazón. Qué extraña sensación que no había llegado a conocer me invade el cuerpo. ¿Dónde se encontrarán? Jamás pude llegar a pensar que un momento tan corto pudiera retenerlo tanto tiempo y me produjera esta sensación nunca antes conocida. ¿Qué nos ocurre? ¿Por qué nos hemos quedado sin habla? ¿Por qué me planteo cosas ahora que antes ni si quiera me podía imaginar? Deseo tener libertad, pasear por estos maravillosos jardines, mirar al horizonte y soñar quizás, que también ellos sienten lo mismo que nosotras y vienen a nuestra presencia, que nos observamos y nos cogen de las manos, nos miran a los ojos y sin pronunciar una sola palabra se entienda todo lo que hasta ahora no habíamos sentido.

 

Zorahayda: Esto no puede ser más que amor. Habíamos sabido de él solamente por las historias que nos contaba Kádiga, de cómo nuestro padre se sintió caer en las mismas garras que una vez te han atrapado no te dejan escapar. Nosotras sentimos, sin saber lo que realmente se siente, pero sabemos de lo que se trata y no puede ser otra cosa que amor. No puedo seguir aquí encerrada como si fuera una prisionera, estas cuatro paredes me parecen ahora más estrechas que nunca. No puedo dejar de pensar en ellos. Sus portes y gallardías, sus faltas de temor, sus noblezas y aquellas miradas que seguro recordarán ellos también. Sí, tiene que haber sido así. Necesito salir, necesitamos saber de ellos pero cómo habremos de hacer.

Nuestro padre no nos lo permitirá jamás. Son prisioneros y nosotras las queridas hijas de un monarca que pretende a toda costa mantenernos alejadas de las influencias de los astros.

 

Zayda: Hemos de buscar la complicidad de quien pueda ayudarnos. Nosotras no podremos hacer nada sin levantar rápidamente las sospechas.

 

Zorayda: Quien únicamente nos puede ayudar es Kadiga. Pero no querrá, es muy arriesgado, no podemos pedirle que haga esto por nosotras. Si la descubre nuestro padre la matará. No tenemos derecho a proponerle algo tan arriesgado pero si no es así ¿cómo podremos saber de ellos? No soportaría no volver a saber nada más de ellos. Hemos idealizado unas figuras y ahora no podemos romper esa imagen como si nada hubiera ocurrido.

 

Zayda: Se lo propondremos, le pediremos discreción pero no podemos seguir ahogándonos en estos suspiros. Necesitamos de su ayuda, sin ella nos moriremos de pena. Hemos de saber dónde están y cómo se encuentran.

 

(En estos momentos entra Kádiga que había escuchado parte de los comentarios de las hermanas)

 

Kadiga: ¿Qué estoy escuchando? ¿Qué pena es la que tenéis? ¿Qué ayuda necesitáis y de quién? ¿A quién necesitáis encontrar? ¿A qué suspiros os referís?

 

Zaida: Ay! mi querida Kádiga necesitamos de tu ayuda. Nunca nos hubiéramos atrevido a pedirte nada parecido pero esta situación no la podemos soportar. Esas voces que anoche en la distancia, se escuchaban cantar acompañadas por una guitarra son las voces más hermosas que nunca había escuchado.

 

Zorayda: Créenos que de conocer otra solución no nos atreveríamos jamás a pedirte algo semejante pero el corazón se nos sale del pecho y temo que estas cuatro paredes entre las que nos encontramos se nos queden tan estrechas que nos ahoguemos en el escaso aire que hasta ayer no reparábamos de su existencia.

 

Zorahayda: (Cogiendo las manos de Kadiga) Dime Kadiga, tú conoces sus efectos y confírmame que no estamos contagiadas por ningún tipo de mal y lo único que nos ocurre es que esta sensación que se ha adueñado de nosotras se llama amor. Tienes que ayudarnos. Jamás nos hubiéramos atrevido a pedirte lo que te vamos a pedir pero tienes que arreglártelas para que los tres prisioneros castellanos estén cerca nuestra y podamos escucharlos, verlos y que ellos sepan que nos encontramos aquí, en esta torre, que establezcamos un sistema de comunicación que aunque no podamos hablarnos directamente sepamos que están ahí. Eso nos mantendrá expectantes y cuando lleguen sepan que estaremos pendientes de ellos. De lo contrario nos romperías el corazón.

 

Kádiga: Desgraciada de mí, ¿qué estáis diciendo, mis niñas? Vuestro padre me mataría si se enterara de semejante cosa. Es cierto que son caballeros, jóvenes bien criados y de excelente posición pero ¿qué? son enemigos de nuestro pueblo, de nuestra fe y no debéis pensar en ellos si no es con aversión.  Pobres hijas mías, nos ha tocado vivir tiempos difíciles en los que el amor no se puede manifestar tan alegremente. Sois jóvenes todavía y debéis desechar la idea de enamoraros de los primeros jóvenes que os salgan al paso. Tiempo tendréis de conocer de quien realmente os enamoréis. Lo que me pedís es imposible y vuestro padre no lo aceptaría jamás.

 

Trovador: Pero diciendo esto Kádiga sabía que ésta explicación no iba a ser suficiente para sus tres ahijadas y que algo tenía que planear. Tareas más difíciles había resuelto con anterioridad y no estaba dispuesta a verlas sufrir por mal de amores. Estaba dispuesta a correr los riesgos necesarios para que sus jóvenes corazones sanaran de las heridas que comenzaban a abrirse.

 

Pero ¿qué podía hacer? Aunque llevaba largo tiempo entre moros y había cambiado su fe, imitando a su señora  como una fiel seguidora, era castellana de nacimiento y  conservaba en su corazón los posos del cristianismo. Así que se puso a buscar la forma de complacer los deseos de las princesas.

 

Pensó entonces en un renegado barbudo y de anchas espaldas que custodiaba las celdas donde se encontraban los tres jóvenes castellanos, le propuso a cambio de unas pequeñas dádivas hacerse un poco el distraído cuando los tres jóvenes descansasen de los trabajos a los que se veían obligados a realizar.

 

Kádiga (A Hussein Baba): Mis señoras, las tres princesas que están encerradas en la torre y con una terrible necesidad de entretenimiento, han oído hablar del talento musical de los tres caballeros españoles y están deseando escuchar alguna muestra de su habilidad. Estoy segura que eres demasiado bondadoso como para negarles tan inocente capricho.

 

Hussein Baba: ¿Cómo? Y que cuelguen mi cabeza sobre la puerta de mi torre. Porque ése será el premio si el rey lo descubriese.

 

Kádiga: No hay peligro por ese lado, se puede hacer de manera que el rey no sepa nada. Es conocida la afición de los tres prisioneros por la música, tú colócalos a trabajar en el fondo del barranco que hay fuera de la muralla y que pasa justo debajo de la torre. Déjales que canten y toquen como si fuera para su propio entretenimiento. De esta manera las princesas podrán escucharles desde las ventanas de la torre y puedes estar seguro que agradecerán con creces tu servicio. Aquí tienes una moneda de oro que seguro te ayudarán a llevar con más confianza tu ayuda.

 

Trovador: Y fue así como consiguió la vieja Kadiga que los tres jóvenes castellanos mantuvieran ése contacto secreto con las tres jóvenes princesas y con sus canciones enviaban mensajes que sólo unos corazones enamorados podían interpretar. Desde aquél día los jóvenes castellanos trabajaron, casi a diario, en el barranco. El indulgente Hussein Baba se fue haciendo más y más indulgente y cada día más inclinado a dormitar en su puesto. Poco a poco fueron tomando más confianza y se iba produciendo un vago intercambio de canciones populares. Aquélla práctica fue cambiando el semblante de las princesas y alegró también a Kádiga al ver que sus tres jóvenes princesas habían cambiado y donde antes había tristeza ahora hay alegría. El rey notó también este cambio y se alegró de la tarea que estaba realizando Kádiga con ellas.

 

¡Ay, si él supiera qué milagro estaba produciendo ese cambio!

 

(Los tres jóvenes prisioneros ya se encuentran en el fondo del barranco donde realizan trabajos forzados, cantan canciones populares castellanas (a ser posible acompañados de la música de una guitarra), las tres princesas los escuchan desde la torre donde se encuentran recluidas.

 

 

Prisionero 1:

 

Mis arreos son las armas,
mi descanso es pelear,
mi cama las duras peñas,
mi dormir siempre velar.
Las manidas son escuras,
los caminos por usar,
el cielo con sus mudanzas
ha por bien de me dañar,
andando de sierra en sierra
por orillas de la mar,
por probar si mi ventura
hay lugar donde avadar.
Pero por vos, mi señora,
todo se ha de comportar.

 

(Romance anónimo del siglo XV)

Prisionero 2:

Quiero dormir y no puedo,
que el amor me quita el sueño.

Manda pregonar el rey
por Granada y por Sevilla
que todo hombre enamorado
que se case con su amiga:
que el amor me quita el sueño.

Que se case con su amiga.
¿Qué haré, triste, cuitado,
que era casada la mía?
Que el amor me quita el sueño.

Quiero dormir y no puedo,
que el amor me quita el sueño

(Romance anónimo del siglo XV)

Prisionero 3:

Que por mayo era por mayo,
cuando hace la calor,


cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

 

(Romance anónimo del siglo XV)

 

Zayda: Profundo es el barranco y alta se encuentra la balconada pero sus voces llegan nítidas a través de esta quietud del mediodía estival.

 

Zorayda: Qué sentidos romances cantan que los siento como míos. La soledad de su cautiverio me entristece de tal forma que si pudiera los liberaría. A quiénes cantarán  esos romances. Quisiera ser fuente y destino de tanta inspiración.

 

Zorahayda: Hermanas, la rosa está escondida pero escucha gustosa el canto del ruiseñor. Hemos de aliarnos con esta extraña pasión y si esto se llama amor lucharemos contra las dificultades.

 

Trovador: Pero un día, sin haberlo anunciado si quiera cesaron las canciones, los romances y la comunicación que en modo de mensaje se enviaba por parte de los tres jóvenes prisioneros a los corazones amados de lo alto de la balconada. Nuestros tres jóvenes corazones de enamoradas comenzaron a inquietarse Las princesas los buscaban estirando sus cuellos de cisne pero no había ni rastro de sus tres enamorados cristianos ¿cómo era posible que hubieran desaparecido sin más? Una vez más las tres jóvenes princesas acudieron a Kadiga  que esto fue lo que averiguó.

 

Kadiga: ¡Ah, mis niñas! Ya sabía yo en que terminaría todo esto, pero vosotras teníais que saliros con la vuestra! Sabía yo que de esto nada bueno surgiría así que abandonad vuestros sueños y despertad, volver a la realidad de vuestro enclaustramiento en la torre. ¡Pobres mías! El ruiseñor voló para no volver nunca más. Sus familias pagaron el rescate y ya deben de estar preparando el camino de regreso a su tierra natal. Allí cantarán las mismas canciones que os cantaban aquí a sus enamoradas que las escucharán desde las balconadas y suspirarán cuando relaten su cautiverio en tierras del moro Mohamed.

 

Zaida: No puede ser cierto, es indigno que se marchen así sin una palabra de despedida.

 

Zorayda: Por qué no han buscado la forma de comunicarnos su partida. Me siento desilusionada. Esas canciones son nuestras y no pueden cantárselas a nadie más.

 

Zorahayda: Qué infidelidad puede haber en su marcha cuando su estancia aquí ha sido en cautividad. Somos nosotras las que estamos condenadas a vivir apartadas de la vida. Astros, qué oscuros designios nos tenéis encomendados todavía, qué sufrimientos nos aguardan que se nos niega la felicidad. ¿Cómo podemos luchar contra esto cuando no se nos permite salir de estas cuatro paredes? Y cuando sin saber cómo nuestros corazones parecían reverdecer al encontrarnos con nuestros tres amados prisioneros se vuelve a talar el tallo que crecía en nuestro interior y volvemos a estar como antes, desilusionadas, acongojadas y con una tristeza que ha ganado todo el terreno que anteriormente había conseguido nuestro amor.

 

Zayda: Es cierto, volverán a sus tierras y con el tiempo recordarán su estancia aquí como un capítulo pasado en sus vidas.  Un mal recuerdo de su cautividad, de su paso por tierras enemigas y del que no sabremos si se olvidarán  de nosotras. No puedo dejar de llorar ¿Qué pretendíamos? Ellos son prisioneros castellanos. ¿Soñábamos acaso con una estancia aquí de por vida? Es injusto, su destino siempre ha estado apartado del nuestro. Somos las hijas de su carcelero, ellos son prisioneros y sus familias que ahora han pagado sus rescates los recuperarán. Ésa es la justicia real, la que al final debe contar. Las madres recuperan a sus hijos, las hermanas a sus hermanos y los hijos a sus padres. Hemos vivido una ilusión que nos ha hipnotizado. ¿Qué pretendíamos? Somos las hijas de un monarca que con la intención de engañar a los astros nos ha convertido en infelices pero no nos engañemos, nuestras vidas no podían estar al lado de la de ellos.

 

 

Zorayda: Dónde se dice que exista esta incompatibilidad insalvable por el hecho de ser hijas de un monarca enemigo. Habíamos leído en sus corazones y están limpios. No me resigno a creer que aquéllas canciones que nos cantaban desde el fondo del barranco no significaran nada y supiéramos a quiénes iban dirigidas. Nos adueñamos de sus mensajes, sabíamos que eran para nosotras pero es cierto que nos ilusionamos sin pensar que era un amor imposible. Su vida no está aquí.

 

Zorahayda: Nunca antes habíamos experimentado esta extraña sensación que produce el amor, nos nubló las ideas y no reparamos en que era un amor imposible. Nos ilusionamos sin saber por qué pero no vimos la realidad. Lo cierto es que sus vidas están apartadas de estos lugares. No tenemos ningún derecho a nada, realmente nunca lo hemos tenido. No nos dimos cuenta que nuestro padre jamás permitiría un amor entre un cristiano y una mora, entre un guerrero y las hijas de su enemigo. Nos queda llorar, abrazarnos y ver amanecer cada día desde este balcón para luego una vez llegada la noche prepararnos para el día siguiente volverlo a repetir.

 

(Kadiga entra en la torre, sabe que no podía verlas así)

 

Kádiga: ¡Quién hubiera pensado insolencia semejante en mortal alguno! Pero se me está bien empleado por haber ayudado a engañar a vuestro padre. No me volváis a hablar jamás de vuestros caballeros españoles.

 

Las tres princesas: Pero ¿qué ha pasado, buena Kadiga (preguntaron las tres al unísono).

 

Kadiga: ¿Qué ha pasado? ¡Traición, es lo que ha pasado!¡O, lo que es casi tan malo, se me ha propuesto una traición a mí, la más leal de las súbditas, la más fiel de las dueñas! Sí, mis niñas, los caballeros españoles se han atrevido a intentar sobornarme para que yo os persuada de que huyáis  con ellos a Córdoba y seáis sus esposas. (Se cubre la cara en un fingido acto de desesperación y para cubrir unas lágrimas inexistentes mientras observa las expresiones de las tres jóvenes princesas, se sienta en una mecedora y se mece adelante y atrás presa de una gran agitación) ¡Que tenga yo que llegar a esta edad  para que me insulten, yo la más fiel de las sirvientas!

 

Zayda: Bueno, querida madre, suponiendo que nosotras estuviésemos dispuestas a huir con los caballeros cristianos, ¿sería posible tal cosa?

 

Kadiga (que al momento para su fingida agitación): ¡Posible!, desde luego que es posible, pero ¿estaríais dispuestas a abandonar vuestra fe, la fe de vuestro padre y abrazar el cristianismo? El paso que queréis dar supone abandonar para siempre a vuestro padre, le causaríais un dolor incurable.

 

Zayda: Ya hemos valorado este daño y nos duele tener que dejarlo solo sabiendo que el daño que le causaremos será irreparable pero él nos quiere sólo para tenernos encerradas en esta torre donde nos encontramos abandonadas, que no nos falta de nada, estamos de acuerdo, pero nuestras vidas se marchitaban hasta que hemos conocido a los caballeros castellanos y hemos sabido que además de estar encerradas entre cuatro paredes también existe una vida exterior que nos ha sido negada por el hecho de ser las hijas del emir y su absurda obsesión de esquivar los designios de los astros.

 

Zorayda: En el fondo ¿no es donde queremos huir la tierra de nuestra madre? ¿no nació nuestra madre bajo la fe cristiana? Los acontecimientos que ahora van a ocurrir tratan de poner justicia a los que ocurrieron cuando nuestra madre fue cautiva por las tropas de nuestro padre. Es cierto que abandonaremos a nuestro padre pero créenos que nuestra vida se consumirá si no aprovechamos esta ocasión y huimos con nuestros jóvenes amados.

 

Kádiga: De acuerdo, de acuerdo, Era la fe de vuestra madre y bien lamentó ella, en su lecho de muerte, el haberla abandonado. Entonces le prometí que cuidaría de vuestras almas y me reconforta ver que ahora están en el buen camino de la salvación.

 

Pero ¿qué pasará conmigo? La ira de vuestro padre caerá sobre mí. Sabrá que yo os ayudé y será mi muerte. Desde la muerte de vuestra madre he sido yo quien os ha guiado y educado siempre bajo la estricta supervisión de vuestro padre. Él tenía asuntos más importantes de los que ocuparse, los conflictos con el rey castellano lo han mantenido siempre con la atención desviada del cuidado personal de sus hijas y le defraudaré. Sabrá que yo os he ayudado y descargará toda su venganza sobre mí.

 

Zayda: No ocurrirá lo que estás diciendo ya que tú también huirás con nosotras. No puedes quedarte aquí, no lo permitiremos. Tú eres nuestra madre y no te abandonaremos nunca. Eres lo único que nos retendría en este lugar.

 

Kadiga: Realmente ya había pensado en esto y lo he hablado con Hussein Baba. Él también nació cristiano, se vio forzado a seguir la fe musulmana y ahora está dispuesto a huir conmigo y casarnos cuando lleguemos a tierras castellanas. De hecho ya tiene elaborado un plan de fuga a través de las grutas que existen debajo del subsuelo de la Alhambra. Muchas están derruidas por no haberlas utilizado durante años pero otras se encuentran en buenas condiciones y será por ahí por donde huyamos. Huiremos por la noche y en el exterior tendrá preparados caballos y víveres suficientes hasta que estemos fuera del peligro de las tropas de vuestro padre.

 

Trovador: Y así se pensó y aquélla misma noche se ejecutó. Cierto que Zayda y Zorayda estaban convencidas de su huida pero Zorahayda en su silencio no llegó a estar tan convencida con el plan que habían trazado. Ella quería huir, estaba muy enamorada pero se sentía desdichada cuando pensaba que el daño que le causaría a su padre sería irreparable dada su edad y el dolor de perder a tres hijas. Las hijas “oh rey” son siempre un bien precario,  qué extrañas profecías le vaticinaron los astrólogos pero sea como sea, sí podemos decir que al menos para nuestro rey estaba todo escrito desde el momento que consultó con los astrólogos.

 

Zayda: Es la hora estipulada, la luna está en lo más alto del horizonte y deben estar esperándonos nuestros jóvenes caballeros. Mi corazón está palpitante y hemos de bajar por esta escala para por fin reunirnos con nuestros amados. Ya veo abajo a Hussein Baba que me está haciendo la señal convenida.

 

Zorayda: Zayda ya se encuentra abajo. Yo bajaré ahora y seguidamente lo harás tú. Dentro de muy poco tiempo podremos abrazar a nuestros amados y conseguiremos huir a tierras donde no vivamos encerradas de por vida burlando lo que el futuro nos tenía designado. Vamos, Zorahayda ya estoy abajo, ahora te toca a ti. ¿Qué te pasa? date prisa, no podemos perder tiempo. Nos esperan en el exterior y es peligroso permanecer allí mucho tiempo.

 

Zayda: Zorahyada lo habíamos hablado, no puedes dudar ahora. Si nos ve la guardia dará la voz de alarma y todo estará perdido. Vamos, decídete es muy peligroso estar aquí.

 

Zorahayda: No puedo. Decirle a mi amado que mi corazón estará siempre con él pero sobre mi pesar recaerá el dolor que le causaremos a nuestro padre y no puedo abandonarlo. Huid vosotras, construid vuestras vidas con ellos. Yo no puedo, decirle a mi amado que lo quiero con todo mi corazón pero me quedo.

 

Hussein Baba: Rápido, tenéis que decidiros, la guardia está haciendo su ronda y se escuchan sus pasos. Pronto estarán aquí y si no huimos nos descubrirán, tenéis que bajar ya o tendremos que abandonaros.

 

Zorahayda: Está decidido, ahora no puedo huir. Que Alá os guíe y os bendiga queridas hermanas. Os quiero pero no puedo huir con vosotras. (Zorahayda tira la escala desde el balcón al suelo)

 

Kadiga: No hay tiempo para lamentaciones tenemos que huir ya, la guardia está cerca y casi no tenemos tiempo para ponernos a salvo.

 

Huissein Baba: Vamos, rápido, sin hacer ruido o nos descubrirán.

 

Trovador: Ni que decir tiene que el amado de Zorahayda casi se volvió loco al conocer que su amada rehusó dejar la torre pero no había tiempo para lamentaciones. Las dos princesas se colocaron detrás de sus enamorados, la discreta Kádiga montó tras Hussein Baba y todos salieron a buena marcha en dirección a tierra libre donde les esperaba una nueva vida. Pero no tardó mucho tiempo en que fuese descubierta la huida por los guardianes de la Alhambra, se escucharon tambores, trompetas desde las almenas…

 

Hussein Baba: Han descubierto nuestra fuga, todavía no nos siguen, si nos damos prisa podremos llegar a las montañas blancas y allí ocultarnos con más facilidad de nuestros perseguidores, encenderán hogueras y con ello darán aviso a las guarniciones más cercanas y detendrán a todos los que transiten por ellas. No hay tiempo que perder.

 

 

Zaida: Qué enorme vacío me produce huir sin Zorahayda, pero el paso está dado y ya no hay vuelta atrás.

 

Zorayda: Qué pudo ocurrir para que en el último instante dudara y nos abandonara. Zorahayda siempre fue la más débil pero ¿qué futuro le esperará ahora?

 

Kadiga: Hubiera querido tener un poco más tiempo para convencerla pero todo se precipitó tan de repente que al ser la última en descender no dio opción alguna para hacerla cambiar de decisión. Mi pobre niña ¿qué será ahora de ella? conociendo a vuestro padre la encerrará en la torre y morirá de pena.

 

Trovador: Y así fue como tras una huida no falta de graves situaciones de riesgo pudieron llegar a tierras cristianas donde los recibieron con grandes agasajos, no en vano los caballeros eran hijos de familias acaudaladas y pronto organizaron los preparativos para sus bodas.

 

Nada se supo de Kadiga que una noche en plena huida abandonó al grupo no se sabe si con intención de regresar en busca de Zorahayda. Se dice que se la veía merodear por palacio disfrazada y se la dejó de ver cuando la más joven de las princesas murió de tristeza y fue enterrada junto a su madre después de largos años de soledad en la torre.

 

Se cree que Zorahayda se arrepintió por no haber huido con sus hermanas y su amado pero lo que sí es cierto es que tuvo que elegir entre el amor a su amado o el amor a su padre.

 

En cuanto a Mohamed tal fue su cólera al ver que sus queridas hijas habían huido de la mano de su fiel criada que llegó a enloquecer y murió poco después de que lo hiciera su joven hija a la que la leyenda le dio el nombre de la Rosa de la Alhambra. Pero ésa es otra historia.

 

Francisco Romero Romero

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