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LA MATÉ PORQUE ERA TUYA

de Jorge Moreno

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

“LA MATÉ PORQUE ERA TUYA”

 

de Jorge Moreno

jmpieiga@hotmail.com 

 PERSONAJES

 

 

DOCTOR MENGELE

 

ENFERMERA

 

SEÑOR MÁRQUEZ

 

LA MADRE

 

HOMBRE DEL SACO

 

EDUVIGIS

(interpretada por la misma actriz que encarne a la ENFERMERA

 

CATALINA

 

CONCIENCIA

 

NOVIO

(interpretado por el mismo actor que encarne al HOMBRE DEL SACO)

 

SEÑOR PISUERGA

(interpretado por el mismo actor que encarne a la MADRE)

 

SEÑORITA TAYLOR

(interpretada por la misma actriz que encarne a CATALINA)

 

 

  

ACTO ÚNICO

 

 

 

El despacho del DR. MENGELE, reputado psicólogo. Éste hojea unos informes.

Entra la ENFERMERA, presa de enorme agitación

 

 

MENGELE.-(Molesto.) Señorita... ¿cuántas veces le he dicho que llame antes de entrar?

 

ENFERMERA.-(Azorada.) Disculpe, doctor... Yo...

 

MENGELE.-Está bien... Está bien... ¿Qué es lo que ocurre?

 

ENFERMERA.-(Alegre.) Un paciente, doctor... ¡un paciente!

 

MENGELE.-(Se incorpora.) ¿Por qué no se me ha informado antes? (Para sí.) El primer paciente después de la señora Catafalco... ¡qué maravilla!

 

ENFERMERA.-Por cierto: la señora Catafalco no podrá acudir a la revisión semanal.

 

MENGELE.-¿Vuelve a padecer claustrofobia, tal vez?

 

ENFERMERA.-No. Ha muerto.

 

MENGELE.-Vaya. Entonces... podemos considerar que ha superado sus traumas, ¿verdad?

 

ENFERMERA.-Del todo.

 

MENGELE.-(Escribe algo.) Un nuevo éxito del doctor Mengele. ¡Y ya van...!

 

ENFERMERA.-...Uno.

 

MENGELE.-Exacto.

 

ENFERMERA.-(Tras un suspiro.) ¿Le digo al caballero que pase, doctor?

 


 

MENGELE.-Aguarde. (Avanza hacia ella.) Veinte a una a que se trata de un ciclotímico.

 

ENFERMERA.-Yo más bien diría que es un psicópata.

 

MENGELE.-Es un ciclotímico. (Husmea en el aire.) Los huelo a distancia.

 

ENFERMERA.-Acepto la apuesta.

 

 

(Se estrechan las manos.)

 

 

MENGELE.-¿Cuál es el nombre del señor?

 

ENFERMERA.-Jesucristo.

 

MENGELE.-Me refiero al nombre del paciente.

 

ENFERMERA.-Ah. (Revisa el papeleo que lleva encima.) Es un tal... Xurde Márquez.

 

MENGELE.-Con ese nombre sólo puede tratarse de un ciclotímico.

 

ENFERMERA.-Ya veremos, doctor... Ya veremos...

 

MENGELE.-Hágale pasar.

 

 

(Ella sale.)

 

 

(Con desprecio.) Un psicópata... Bah. Estas enfermeras se creen que lo saben todo por haber cursado un par de masters o haber estudiado una carrera de nada. Donde esté el aprendizaje de la vida...

 

 

(La ENFERMERA regresa.)

 

 

¿Y el paciente?

 

ENFERMERA.-Se niega a entrar.

MENGELE.-¿Cómo?

 

ENFERMERA.-Dice que es peligroso.

 

MENGELE.-Eso lo tendré que juzgar yo.

 

ENFERMERA.-¿Qué hacemos?

 

MENGELE.-Esperar. Terminará perdiendo la paciencia.

 

ENFERMERA.-Nunca perderá la paciencia. Recuerde que se trata de un paciente.

 

MENGELE.-Lo había olvidado. (Pensativo.) Entonces... oblíguele a pasar.

 

ENFERMERA.-Bien, doctor. (Sale.)

 

MENGELE.-Se avecina un caso difícil...

 

 

(Golpes y voces. Entra el SR. MÁRQUEZ, empujado por la ENFERMERA.)

 

 

ENFERMERA.-¡Por fin lo consigo!

 

MENGELE.-Enhorabuena. Después le daré el terrón de azúcar. (Al SR. MÁRQUEZ.)  Así que usted es...

 

MÁRQUEZ.-(Tímido.) ...El más peligroso psicópata de la región.

 

ENFERMERA.-(Eufórica.) ¡Es un psicópata! ¡Victoria!

 

MENGELE.-(Furioso.) Mierda.

 

 

(La ENFERMERA sale, cantando y bailando.)

 

 

(Al SR. MÁRQUEZ.) Siéntese.

 

MÁRQUEZ.-(Obedeciendo.) Gracias, doctor.

 

(El DR. MENGELE se sienta, a su vez. Extrae un habano del cajón de la mesa.)

 

 

MENGELE.-(Mostrándoselo.) ¿Un puro?

 

MÁRQUEZ.-No, gracias. No fumo.

 

MENGELE.-No le estoy ofreciendo fumar. Le pregunto si esto es un puro. Forma parte de la terapia.

 

MÁRQUEZ.-Disculpe, doctor. (Observa el habano.) Pues sí: es un puro.

 

MENGELE.-(Con una amplia sonrisa.) Prueba superada. (Guarda el objeto.) Es usted una persona completamente normal.

 

MÁRQUEZ.-No lo creo, doctor. Soy un psicópata... Un brutal asesino.

 

MENGELE.-¿Qué le hace pensar eso?

 

MÁRQUEZ.-(Violento.) ¡Necesito matar!

 

MENGELE.-(Impávido.) Quién no.

 

MÁRQUEZ.-Lo mío es distinto: necesito matar a todas horas.

 

MENGELE.-Egoísmo. No quiere dejar nada para los demás. Tomaré nota. (Lo hace.)

 

MÁRQUEZ.-Odio a las mujeres, a los hombres, a los niños y niñas, a los animales... Y ellos me odian a mí.

 

MENGELE.-Afán de protagonismo. Se siente odiado por el mundo entero. Tomaré nota. (Lo hace.)

 

MÁRQUEZ.-Necesito que usted me ayude, doctor. Tengo miedo de mí mismo.

 

MENGELE.-(Con la misma serenidad de antes.) Cobardía. Es un miedica. Tomaré nota.

 

 

(Cuando lo va a hacer, el SR. MÁRQUEZ le toma por la corbata, fuera de sí.)

 

 

MÁRQUEZ.-¡Deje de tomar nota de una puñetera vez...! ¡...Y escúcheme!

 

MENGELE.-(La misma impavidez.) Agresividad. Espíritu violento. Tomaría nota, pero como usted no me lo permite...

 

 

(El SR. MÁRQUEZ se derrumba. Rompe a llorar.)

 

 

MÁRQUEZ.-Perdóneme, doctor... Es que no soy capaz de dominar mis impulsos... No sé qué hacer... No sé qué hacer...

 

MENGELE.-Trate de tranquilizarse y explíquemelo todo desde el principio.

 

MÁRQUEZ.-(Gimoteando.) Es que es una historia... muy dolorosa.

 

MENGELE.-Cuéntemela, no obstante. (Rebusca en el cajón de la mesa, hasta dar con unos cascos –destinados al disfrute particular de la música-. Los ubica en sus orejas.) Le escucharé con suma atención.

 

MÁRQUEZ.-(Más tranquilo. Parece no advertir la indolencia del psicólogo.) Dios se lo pague, doctor...

 

 

(El DR. MENGELE, sin abandonar el asiento, comienza a moverse al ritmo de la música que sólo él percibe.)

 

 

Pues, verá... Yo nací en un pueblo perdido en cualquier parte. Tan perdido está, que todos los veranos intento volver al mismo sitio y no lo encuentro. Allí vivía con mi madre.

 

 

(El DR. MENGELE queda paralizado. Aparece la MADRE, por detrás del SR. MÁRQUEZ.)

 

 

Era una gran mujer. Irradiaba una ternura y un amor infinitos...

MADRE.-(Autoritaria.) ¿Qué? Manga por hombro, ¿no?

 

MÁRQUEZ.-(Volviéndose. Tono de voz infantil. Temeroso.) No, mamá.

 

MADRE.-(Le propina un guantazo.) ¡No se te ocurra contradecirme!

 

 

(El SR. MÁRQUEZ hace pucheros.)

 

 

¡No llores, cretino! ¡Los hombres no lloran! Y, si lo hacen, es que son mariquitas... o maricones, como diría tu difunto padre, que en Gloria esté.

 

MÁRQUEZ.-¿Papá... sigue en el Cielo?

 

MADRE.-(Nuevo golpe.) ¡Qué cielo ni qué gaitas! Tu padre está muerto... (Entre dientes.) Y bien muerto.

 

MÁRQUEZ.-Pues el cura dice que...

 

MADRE.-(Lo interrumpe.) ¡El cura, como si dice misa!

 

MÁRQUEZ.-Entonces... ¿nunca más veré a papá?

 

MADRE.-¿Para qué lo quieres ver? ¿No me tienes a mí? (Le golpea.) ¡Contesta! (Otra bofetada.) ¿No me tienes a mí?

 

MÁRQUEZ.-(Llorando.) Sí.

 

MADRE.-(Cogiéndole de los pelos. Lo levanta.) ¡A ver, gandul! Repite conmigo: Mi mamá me mima...

 

MÁRQUEZ.-Mi mamá...

 

MADRE.-(Abofeteándole.) ¡Más rápido! Mi mamá me mima...

 

MÁRQUEZ.-Mi mamá me mima...

 

MADRE.-...Yo mimo a mi mamá.

 

MÁRQUEZ.-...Yo mimo a mi mamá.

 

MADRE.-(Lo suelta.) Muy bien. Vas aprendiendo. Mañana, la tabla de multiplicar... A mi manera.

 

MÁRQUEZ.-Pero si ya la hemos dado en clase.

 

MADRE.-(Pellizcándole.) Tu maestro es un gilipollas, como diría tu difunto padre, que en Gloria esté. A partir de mañana, no irás más a la escuela.

 

MÁRQUEZ.-Pero... Mis amigos...

 

MADRE.-Una madre es la mejor amiga de un chico. ¿No has visto “Psicosis”, mamoncete?

 

 

(El SR. MÁRQUEZ vuelve su mirada hacia el DR. MENGELE, que recupera la movilidad. Mientras, la MADRE queda paralizada.)

 

 

MÁRQUEZ.-Mi madre era una santa.

 

MENGELE.-(Desprendiéndose de los cascos.) Perdón. ¿Decía...?

 

MÁRQUEZ.-Decía que mi madre era una santa.

 

MENGELE.-Claro. Como la mía. Como la de todos. En ese tema no es usted nada original. (Pausa.) Considero, entonces, que usted tuvo una infancia feliz.

 

MÁRQUEZ.-Felicísima. (Evocador.) Mamá me crió entre algodones.

 

 

(Nueva parálisis del DR. MENGELE. La MADRE recobra el movimiento, asestando un golpe a su hijo.)

 

 

MADRE.-¿Es que no me oyes? ¡A cenar, carajo!

 

MÁRQUEZ.-Si son sólo las cinco de la tarde, mamá...

 

MADRE.-Vaya... El niño me ha salido respondón, ¿eh? (Lo agarra por las orejas.) ¡A la carbonera!

 

MÁRQUEZ.-¡No! ¡A la carbonera, no!

 

MADRE.-(Siniestra.) Sí, sí...

 

MENGELE.-(Abandonando el estatismo.) Perdone que le interrumpa...

 

 

(La MADRE queda paralizada. El SR. MÁRQUEZ se zafa de ella.)

 

 

MÁRQUEZ.-Dígame, doctor...

 

MENGELE.-Su historia resulta muy interesante, pero... ¿podría abreviar? Ya he comprendido que su madre era una mujer maravillosa. Ella no es el origen del problema.

 

MÁRQUEZ.-Aguarde.

 

 

(Parálisis del DR. MENGELE. Movilidad de la MADRE.)

 

 

MADRE.-(Cogiendo al SR. MÁRQUEZ por un carrillo.) ¡A la carbonera!

 

MÁRQUEZ.-¡No, mamá! ¡No!

 

MADRE.-¡Sin rechistar!

 

 

(Lo empuja fuera.)

 

 

(Mirando hacia arriba.) Ay, Crisóstomo: la guerra que me da este hijo nuestro. Y tú, que querías verle de comandante... Ay, si levantaras la cabeza...

 

MÁRQUEZ.-(Desde fuera.) ¡Mamááá! ¡Estoy está muy oscuro!

 

MADRE.-¡Evidentemente! ¡Es una carbonera! ¿Cómo quieres que esté una carbonera? ¿Con vistas al mar, quizá? ¡Guarro! ¡Más que guarro! Tú lo único que quieres es ver a esas pendangas en bikini, ¿no?

 

MÁRQUEZ.-¿De qué hablas, mamá?

MADRE.-¡Sabes muy bien de lo que te estoy hablando! ¡Las calles están llenas de vicio! ¡Y tú eres idiota! ¡Cualquier mujer puede abusar de ti! (Con la vista fija en el techo.) Dame paciencia, Crisóstomo. Al fin y al cabo tú fuiste el que plantó la semilla. Algo te tocará, digo yo. Qué ciega estaba yo entonces... Qué inocente era...

 

MÁRQUEZ.-(Desesperado.) ¡Mamá, por favor! ¡Que aquí dentro está el hombre del saco!

 

MADRE.-¡Paparruchas! ¡El hombre del saco no existe!

 

 

(La MADRE, inmóvil. El DR. MENGELE recupera la locomoción.)

 

 

MENGELE.-Su madre tenía razón: el hombre del saco no existe.

 

 

(El SR. MÁRQUEZ se asoma.)

 

 

MÁRQUEZ.-Yo lo vi.

 

MENGELE.-A lo mejor no era él.

 

MÁRQUEZ.-Era el hombre del saco, sin duda.

 

MENGELE.-(Rotundo.) El hombre del saco no existe.

 

 

(Por detrás de los personajes, que quedan paralizados, aparece un hombre portando un enorme hatillo. Es el HOMBRE DEL SACO.)

 

 

HOMBRE DEL SACO.-Lo que hay que oír.

 

 

(Sale. Vuelta a la normalidad.)

 

 

MÁRQUEZ.-Le digo que sí existe; aunque ése no es el quid de la cuestión.

 

MENGELE.-Y... ¿cuál es?

MÁRQUEZ.-Mi madre era demasiado protectora.

 

MENGELE.-Su madre era una santa. Como todas las madres. Hay que saber aceptarlo.

 

MADRE.-(Con una movilidad fugaz.) ¡Así se habla!

 

MÁRQUEZ.-(Asustado.) ¿Quién ha dicho eso?

 

MENGELE.-¿Quién ha dicho qué?

 

MÁRQUEZ.-(Secándose el sudor de la frente.) Doctor, creo que me estoy volviendo loco. Oigo voces.

 

MENGELE.-¿Lo ve? Padece miedos infantiles. Y su madre, una santa, trataba de que usted los superase.

 

 

(El DR. MENGELE, paralizado. La MADRE, vuelve a moverse.)

 

 

MADRE.-(Cariñosa.) Todo lo hago por ti, hijo.

 

MÁRQUEZ.-Mamá...

 

MADRE.-Quiero sentirme orgullosa de mi nene. Quiero llevarte por el camino de la rectitud. ¿No me entiendes, hijo? Lo hago por tu bien. Te pego por tu bien. Te insulto por tu bien. Te vejo por tu bien. Te humillo por tu bien.

 

MÁRQUEZ.-Ya, mamá... Pero duele.

 

MADRE.-¿Duele? (Furiosa, de pronto.) ¡Más me duele a mí tener un hijo tan idiota!

 

 

(Se paraliza. El SR. MÁRQUEZ vuelve su rostro hacia el del DR. MENGELE, que ha retornado a su actitud normal.)

 

 

MÁRQUEZ.-Siempre tenía palabras de cariño. Nunca le vi un mal gesto.

 

MENGELE.-Ajá.

MÁRQUEZ.-Hasta que empecé a salir con chicas...

 

 

(Parálisis del DR. MENGELE. Movilidad de la MADRE.)

 

 

MADRE.-(Enojo.) ¿Chicas? ¿Qué quieres decir con... chicas?

 

MÁRQUEZ.-(Con temor.) Ya sabes, mamá: chicas... de las de verdad.

 

MADRE.-¡No puedo creer lo que estoy oyendo!

 

MÁRQUEZ.-Mamá... ya tengo veintisiete años.

 

MADRE.-¿Y qué? ¿Tú sabes qué edad tenía yo cuando tu padre, que en Gloria esté, me pidió en matrimonio? (Sin darle tiempo a responder.) ¡Treinta y dos! ¡Y era pura! ¡Como quiero que tú lo seas!

 

MÁRQUEZ.-(Quejicoso.) Mamá...

 

MADRE.-¿Quién es ella? ¿La conozco?

 

MÁRQUEZ.-Trabaja en la discoteca de...

 

MADRE.-(Lo interrumpe, histérica.) ¡Una puta! (Le propina una bofetada.) ¡Una puta, seguro!

 

MÁRQUEZ.-No, mamá... Eduvigis es una chica muy decente.

 

MADRE.-¿Eduvigis? ¡La llamas por su nombre! ¡Dónde vamos a ir a parar!

 

 

(Quieta. Vuelve la movilidad al DR. MENGELE.)

 

 

MENGELE.-Las madres siempre experimentan una especie de rechazo en lo que se refiere a las relaciones sentimentales de sus hijos. Es normal. La psique del humano comporta una serie de obligaciones perentorias, que, atendiendo a las necesidades fisiológicas, nos lleva al terreno de la...

 

 

(El DR. MENGEL continúa hablando, aunque su voz disminuye hasta hacerse imperceptible. La MADRE recupera la movilidad, sin que la pierda el doctor.)

 

 

MADRE.-Tengo que conocerla.

 

MÁRQUEZ.-La conocerás, mamá. A su debido tiempo.

 

MADRE.-¿Cuántos años tiene?

 

MÁRQUEZ.-No se lo he preguntado.

 

MADRE.-¡Porque estabais haciendo marranadas! (Le golpea.) ¡Cerdo! ¡Cerdo!

 

MÁRQUEZ.-(Huyendo hacia la salida.) Mamá...

 

MADRE.-(Persiguiéndole.) ¡Eres un cochino! ¡Seguro que ya la has besado en la oreja! ¡Marrano!

 

 

(Salen.)

 

 

MENGELE.-(Recuperando paulatinamente la voz.) ...evidenciando un componente neurológico que afecta a las cavidades más recónditas del cerebro de una persona que, como usted... (Advierte la falta del SR. MÁRQUEZ.) ¿Usted? ¿Dónde está usted? Señor Márquez... Señor Márqueeez...

 

 

(Entra la ENFERMERA.)

 

 

ENFERMERA.-Disculpe, doctor. El señor Márquez está en el sevicio.

 

MENGELE.-¿Qué hace ahí?

 

ENFERMERA.-Pues... (Pudorosa.) Me da un poco de apuro decírselo, pero...

 

MENGELE.-Vamos, señorita. ¿Qué es lo que hace el señor Márquez en el servicio?

 

ENFERMERA.-Ca... (Se frena.)

 

MENGELE.-(Aire sádico.) Dígalo...

 

ENFERMERA.-No soy capaz.

 

MENGELE.-Apriete. Le ayudaré: ca...

 

ENFERMERA.-Ca...

 

MENGELE.-...qui...

 

ENFERMERA.-...q... qui...

 

MENGELE.-...ta.

 

ENFERMERA.-...t... ta.

 

MENGELE.-Muy bien. Ahora, usted sola.

 

ENFERMERA.-Ca... qui... (Se frena otra vez.)

 

MENGELE.-(Ansioso.) ¡Vamos!

 

ENFERMERA.-¡Caquita!

 

 

(Se escucha una cisterna de retrete.)

 

 

MENGEL.-(Eufórico.) ¡Bravo!

 

 

(Entra el SR. MÁRQUEZ, con gesto abatido.)

 

 

ENFERMERA.-Aquí lo tiene. (Va saliendo.)

 

MENGELE.-Gracias, enfermera.

 

ENFERMERA.-No hay de qué, doctor Mengele. (Sale.)

 

MENGELE.-Siéntese, siéntese... Me estaba hablando de su madre.

 

MÁRQUEZ.-(Dubitativo.) Mi madre...

 

MENGELE.-...De su primera novia...

 

MÁRQUEZ.-Ah, sí; Eduvigis...

 

MENGELE.-(Ausente.) Eduvigis...

 

MÁRQUEZ.-La conocí en la discoteca que por entonces estaba de moda. Era más guapa. Tenía un lunar aquí, en plena frente. (Se la señala.) ¿Lo ve?

 

MENGELE.-(Fijándose.) Yo no veo ningún lunar.

 

MÁRQUEZ.-Pues Eduvigis lo tenía justo aquí. Era un lunar llamativo... incluso grande. Más aún: enorme. ¿O quizás era gigantesco...?

 

MENGELE.-Ahórrese los calificativos.

 

MÁRQUEZ.-El caso es que era un lunar. Oscuro, negro, siniestro...

 

MENGELE.-(Impaciente.) Por favor...

 

MÁRQUEZ.-Discúlpeme usted, pero es que sólo de pensar en aquella costra oscura... me excito.

 

MENGELE.-Érase una mujer a un lunar pegada...

 

MÁRQUEZ.-Era su mayor encanto. Por lo demás, no valía mucho, aunque me enamoré de ella como un tonto.

 

MENGELE.-(Irónico.) ¿Como un tonto? No me lo puedo creer.

 

MÁRQUEZ.-Estaba yo tomando un whisky sin soda, cuando... (Duda.) No; era un martini. Un martini, sí... Bueno, estaba yo tomando un martini con una aceituna, y, de repente... (Duda otra vez.) No, no... No era una aceituna... Era una guinda... Sí; una guinda... Pues estaba yo comiéndome aquella guinda roja... (Otra duda.) No era una guinda... ¿Qué demonios era eso?

 

MENGELE.-Descríbamelo.

 

MÁRQUEZ.-Era una esfera... de esas esferas redondas que hay por ahí. Roja. Blanda. Viscosa.

 

MENGELE.-Una guinda en el interior de un vaso repleto de martini.

 

MÁRQUEZ.-¡Ahí estamos! Una guinda en el interior de un vaso repleto de martini. ¿Cómo ha podido averiguarlo con tanta facilidad?

 

MENGELE.-(Soberbio.) Secreto psicológico.

 

MÁRQUEZ.-Pues estaba yo en la barra de aquella discoteca de moda, con mi vaso, mi martini y mi guinda encarnada, cuando, de repente, apareció ella.

 

MENGELE.-Eduvigis.

 

MÁRQUEZ.-No; mi madre.

 

 

(Aparece la MADRE por detrás. El DR. MENGELE queda paralizado.)

 

 

MADRE.-(Iracunda.) ¿Qué haces aquí?

 

MÁRQUEZ.-Mamá... No sabía que te gustase este sitio.

 

MADRE.-Y no me gusta. Vengo a vigilarte. Me sentaré en la mesa del fondo y te tendré en el punto de mira. (Golpe.) Ojito con propasarte, ¿eh? Ni bebidas, ni mujeres, ni bailes obscenos.

 

MÁRQUEZ.-¿Qué hago?

 

MADRE.-Reza.

 

 

(Sale la MADRE. El DR. MENGELE recupera la movilidad.)

 

 

MÁRQUEZ.-Estaba yo allí, rezando, sin vaso, sin martini y sin guinda roja, cuando, de repente, y ahora sí, apareció ella: Eduvigis.

 

(Entra EDUVIGIS. Parálisis del DR. MENGELE.)

 

 

EDUVIGIS.-(Con aire estúpido.) Hola.

 

MÁRQUEZ.-(Timidez exacerbada.) Hola.

 

EDUVIGIS.-¿Estás solo?

 

MÁRQUEZ.-En realidad... no. Mi madre está en aquella mesa.

 

EDUVIGIS.-(Mira en derredor.) Ah. (Pausa.) ¿Me invitas a una copa?

 

MÁRQUEZ.-En realidad... no. Mi madre no me deja.

 

EDUVIGIS.-(Mira en derredor.) Ah. (Pausa.) ¿Puedo sentarme en tus rodillas?

 

MÁRQUEZ.-No sé... ¿No vas demasiado deprisa?

 

EDUVIGIS.-(Contrariada.) Ya empezamos. ¿Por qué todos los hombres me decís lo mismo?

 

MÁRQUEZ.-Quizás sea el método. Hoy en día, la seducción es más... más...

 

EDUVIGIS.-¿...Seductora...?

 

MÁRQUEZ.-Ésa es la palabra.

 

 

(Se vuelve hacia el DR. MENGELE, que recobra la movilidad, mientras que EDUVIGIS queda paralizada.)

 

 

Así nos conocimos.

 

MENGELE.-Una chica inteligente.

 

MÁRQUEZ.-Pero mi madre advirtió la jugada...

 

 

(Aparece la MADRE. Parálisis de MENGELE. Movilidad de EDUVIGIS.)

MADRE.-(Entrando.) ¡De modo que ésta es la golfa con la que has estado saliendo a mis espaldas!

 

MÁRQUEZ.-Te equivocas, mamá. Yo...

 

 

(Bofetada.)

 

 

MADRE.-¡A callarse! (A EDUVIGIS.) ¿Qué pretendías hacer con mi hijo, so guarra?

 

EDUVIGIS.-Si yo a su hijo no lo conozco.

 

MADRE.-¡Estabas coqueteando con él!

 

EDUVIGIS.-(Encarándose con ella.) Eso es porque yo coqueteo con todos los hombres que se ponen a mi alcance.

 

MADRE.-(Aplacando su ímpetu.) Ah... (Pausa.) Me dejas más tranquila. (A MÁRQUEZ.) Me gusta.

 

MÁRQUEZ.-(Satisfacción infinita.) A mí también.

 

MADRE.-(Golpeándolo.) ¡Sátiro! ¡No piensas nada más que en aprovecharte de las mujeres decentes! ¡Igual que tu padre, que en Gloria esté! (A EDUVIGIS.) Tú eres Eduvigis...

 

EDUVIGIS.-(Sorprendida.) Pues... sí. ¿Cómo sabe mi nombre?

 

MÁRQUEZ.-(En voz baja, a su MADRE.) Ésta no es Eduvigis...

 

EDUVIGIS.-(Que lo ha oído.) ¿Cómo que no soy Eduvigis?

 

MÁRQUEZ.-Quiero decir... que no eres... que no eres la otra Eduvigis.

 

MADRE.-¿Hay otra? (Otra bofetada.) ¡Cochino! ¿A quién habrás salido tú? No te pareces a nadie de mi familia, desde luego.

 

MÁRQUEZ.-Déjame que te explique, mamá... Ésta no es la Eduvigis de la que te había hablado. Hay otra.

 

EDUVIGIS.-(Indignada.) ¿Hay otra?

(Le propina –cómo no- una bofetada.)

 

 

¡Casanova de pacotilla!

 

MADRE.-Has mancillado el honor de esta joven: Tendrás que casarte con ella.

 

MÁRQUEZ.-¿Qué?

 

EDUVIGIS.-Y todavía es poco.

 

 

(Parálisis de la MADRE y de EDUVIGIS. Movilidad del DR. MENGELE.)

 

 

MENGELE.-De modo que ésa no era la Eduvigis que usted amaba...

 

MÁRQUEZ.-Qué va. Tampoco es que me gusten las mujeres, especialmente. Pero a mi madre le obsesionaba la idea del casorio... y tuve que casarme.

 

 

(El DR. MENGELE queda inmóvil. Recuperan el movimiento la MADRE y EDUVIGIS. La primera entona la marcha nupcial.)

 

 

MADRE.-Dale tu brazo, hombre.

 

EDUVIGIS.-(Hastío.) Tranquila, mamá. Las dos sabemos que Xurde es muy desapegado...

 

MADRE.-(La abraza.) ¡Me encanta que me llames mamá! Así es como tiene que ser a partir de ahora. Voy a comprobar si quedan anchoas. (Dirige una mirada fulminante a su vástago.) Los invitados de mi hijo comen como limas.

 

 

(Sale.)

 

 

EDUVIGIS.-(Recorriendo la escena.) Bien, Xurde... Analicemos la situación... No me atraes en absoluto. Si hago esto es por respeto hacia tu madre, que es una bellísima persona. Tú no me gustas. ¿Queda claro?

 

 

(MÁRQUEZ gruñe.)

 

 

Nos hemos casado ante la Iglesia... Tendremos hijos, una lavadora... Viviremos juntos... Pero nada más. ¿Sí?

 

MÁRQUEZ.-(Con otro gruñido.) Sí.

 

EDUVIGIS.-No te oigo, cariño. ¿Puedes decirlo más alto?

 

MÁRQUEZ.-...Sí...

 

EDUVIGIS.-(Que va adquiriendo un marcado tono militarista.) ¡No te oigo! ¡No oigo nada! ¿Sí?

 

MÁRQUEZ.-Sí...

 

EDUVIGIS.-¡Vamos! ¡Contesta como un hombre!

 

MÁRQUEZ.-Yo…

 

EDUVIGIS.-¡Sí! ¡Responde!

 

MÁRQUEZ.-¡Sí!

 

EDUVIGIS.-¡Sí...! ¿Y qué más?

 

MÁRQUEZ.-¡Sí, señor!

 

EDUVIGIS.-¡Más alto!

 

MÁRQUEZ.-¡Sí, señor!

 

 

(Se cuadra.)

 

 

EDUVIGIS.-Como dice tu madre: Así es como tiene que ser a partir de ahora.

 

 

(Saluda marcialmente y sale. El DR. MENGELE recupera el movimiento.)

 

 

MENGELE.-El amor es tan extraño...

 

MÁRQUEZ.-Lo peor vino cuando se dio a la bebida.

 

 

(Vuelve EDUVIGIS, completamente ebria. Parálisis del DR. MENGELE.)

 

 

EDUVIGIS.-(Blandiendo una botella vacía.) ¿Qué es lo que está pasando?

 

MÁRQUEZ.-(Volviéndose.) ¿A qué te refieres, cariño?

 

EDUVIGIS.-(Tambaleándose.) Veo... cucarachas enormes. ¡Míralas! Nos están mirando... ¡Nos están mirando! ¿No las ves?

 

MÁRQUEZ.-(Inquisitivo.) Has vuelto a beber.

 

 

(Brutal carcajada de ella.)

 

 

EDUVIGIS.-Qué idiota eres, cielo... No. No he vuelto a beber... porque nunca he dejado de hacerlo... (Risa ahogada.) ¡Alegra esa cara, chaval! Tenemos visita... Las cucarachas gigantes han vuelto para devorarnos a todos. (Otea la distancia.) ¿No queda más tequila? (Pausa.) Es una pena. El tequila rejuvenece los músculos. Así estoy yo de guapa.

 

MÁRQUEZ.-¿Por qué me haces esto?

 

EDUVIGIS.-¿Hacer... qué? Yo no hago nada. Lo que pasa es que siento nostalgia de tu madre, que en paz descanse. Ella era la única persona que me apoyaba. (Pausa.) Por cierto, y hablando de todo un poco: estoy embarazada.

 

 

(Risas.)

MÁRQUEZ.-(Conmocionado.) ¿Estás... segura?

 

 

(Ella asiente.)

 

 

¡Y bebiendo como una cosaca...! ¡...En tu estado!

 

EDUVIGIS.-Quiero que mi hijo sea camarero. Que aprenda a aguantar a los borrachos desde antes de nacer. (Canta.) Asturias, patria queridaaa...

 

 

(Parálisis de EDUVIGIS. El DR. MENGELE sigue el proceso a la inversa.)

 

 

MENGELE.-Pobre mujer...

 

MÁRQUEZ.-Y resultó que nuestro hijo no fue tal, sino una niña. Con lo que ella odiaba a las niñas... ¡Y menuda niña!

 

 

(Movilidad de EDUVIGIS. MENGELE se queda quieto. Entra CATALINA, la hija de MÁRQUEZ y su esposa.)

 

 

CATALINA.-(Soberbia.) Oye, viejo... ¿y las litronas?

 

EDUVIGIS.-Me las he bebido yo.

 

CATALINA.-Pero... ¿de qué vas? ¡Esta tarde vienen unos colegas a fumar marihuana! Teníamos pensao leer las obras completas de Jim Morrison. (Pausa.) No me mola esto de tener una madre alcohólica, ¿eh? No me mola...

 

EDUVIGIS.-Perdona, hija... La tentación era muy fuerte.

 

 

(Ambas se detienen. El DR. MENGELE recobra el movimiento.)

 

 

MÁRQUEZ.-Ya ve qué panorama.

 

MENGELE.-Ya veo, ya... Fue entonces cuando se manifestaron sus primeros impulsos criminales...

 

MÁRQUEZ.-No, no... En aquellos tiempos yo era feliz. Había cumplido mi sueño... (Ensimismamiento.) Había creado una familia...

 

 

(Los dos se quedan quietos. CATALINA y EDUVIGIS recuperan la movilidad.)

 

 

CATALINA.-Vieja, ¿dónde está el cacharro de hacer agujeros?

 

EDUVIGIS.-(Siempre ebria.) ¿Tenemos un cacharro para hacer agujeros?

 

CATALINA.-El que usa el viejo.

 

EDUVIGIS.-(Tras un momento de duda.) Ni idea. ¿Lo necesitas ahora?

 

CATALINA.-Natural. Tengo que ponerme un pendiente en la nariz; otro, a la altura del ombligo; otro, en la parte de arriba de las orejas; otro en el dedo meñique del pie izquierdo...

 

 

(EDUVIGIS, afectada por los comentarios de su hija, estalla en mil vómitos.)

 

 

...Es que hoy es la fiesta de fin de curso. También me tengo que pintar el pelo, hacerme los tatuajes...

 

EDUVIGIS.-(Recuperándose.) ¿El curso... ha terminado?

 

CATALINA.-Intuyo que sí. Una menda ni siquiera lo había comenzado.

 

EDUVIGIS.-¿Y el boletín de notas?

 

CATALINA.-Lo uso para las rayas.

 

EDUVIGIS.-¿Para las rayas?

 

CATALINA.-Déjalo, baby. Limítate a encontrar el cacharro de los agujeros. El tiempo vuela.

(Sale. EDUVIGIS echa mano de una botella que surge de no se sabe dónde.)

 

 

EDUVIGIS.-(Leyendo la etiqueta.) “Licor de avellana. Sin alcohol”. (Comienza a respirar agitadamente.) Este hijo de su madre me ha comprado licor de avellana sin alcohol... ¡Sin alcohol! (Ataque de histeria.) ¡Necesito beber algo! ¡Necesito beber! (Mira en derredor.) ¡Y... no hay nada! ¡Nada! ¡¡NADA!! (Extrae un cuchillo de sus ropajes.) ¡No queda nada! ¡Nada por hacer! (Sitúa el cuchillo sobre su brazo.) ¡¡NADA!! (Gimotea. Ríe. Llora. Vuelve a reír.) “Licor de avellana. Sin alcohol”. (Llanto.) ¡Cabronazo! ¡Mi marido es un cabronazo!

 

 

(Se dispone a acabar con todo, cortándose las venas. Entra la CONCIENCIA.)

 

 

CONCIENCIA.-¡No lo hagas, Eduvigis!

 

EDUVIGIS.-(Sobresaltada.) ¿Quién eres tú?

 

CONCIENCIA.-Soy tu conciencia.

 

EDUVIGIS.-¡Vete al infierno!

 

CONCIENCIA.-En serio. Que soy tu conciencia, mujer.

 

EDUVIGIS.-¿Y...?

 

CONCIENCIA.-No puedes terminar así.

 

EDUVIGIS.-¿Por qué no?

 

CONCIENCIA.-Porque la vida es bella.

 

EDUVIGIS.-¡La vida es una mierda!

 

CONCIENCIA.-Bueno... Pero es una mierda preciosa. Están los pajaritos, los niñitos que juegan en el parquecito, el fútbol, la televisión... Vivimos en un mundo perfecto.

 

EDUVIGIS.-Sí; todo eso está muy bien, pero... ¿y el amor? ¿Y la familia? ¿Y los sentimientos? ¡Una auténtica mierda! ¿Y el matrimonio? ¡Aggg!

 

CONCIENCIA.-(Duda.) Sí... Ya... No obstante... hay otras muchas cosas.

 

EDUVIGIS.-¿Cómo qué?

 

CONCIENCIA.-Como la crisis.

 

EDUVIGIS.-(Tono irónico.) La crisis...

 

CONCIENCIA.-La crisis da emoción a la vida. Estamos en crisis: hombres, mujeres, animales, vegetales, minerales, parados, obreros, empresarios, políticos, prostitutas, la Iglesia, la Corona, el Ejército, la mafia, la Seguridad Social, los funcionarios, Europa, África, Asia, Marte, Júpiter, Saturno...

 

EDUVIGIS.-...Urano, Neptuno y Plutón.

 

CONCIENCIA.-Exacto. Una crisis generalizada. Si no fuera por la crisis, ¿qué nos quedaría?

 

EDUVIGIS.-(Hastío.) No sé. ¿Qué nos quedaría?

 

CONCIENCIA.-Lo que hemos dicho antes: el amor, la familia, la solidaridad, el ecologismo, las manifestaciones contra la política social del Gobierno, la inocencia... (Va asqueándose a medida que habla.) Las personas... El matrimonio...

 

 

(Se vuelve hacia EDUVIGIS, tendiendo su mano.)

 

 

Trae acá.

 

 

(Toma el cuchillo. Lo sitúa sobre uno de sus brazos.)

 

 

Estabas en lo cierto: la vida es una mierda.

 

 

(Quedan paralizados. El DR. MENGELE y MÁRQUEZ se mueven.)

MÁRQUEZ.-...Llegué justo a tiempo para impedir el fatal desenlace.

 

 

(Se dirige a su esposa, que recobra la movilidad.)

 

 

¿Qué estás haciendo con ese cuchillo?

 

EDUVIGIS.-(Disimulando como puede.) Trataba de abrir una botella. El tapón se había atascado.

 

MÁRQUEZ.-No te estarías intentando suicidar, ¿eh?

 

EDUVIGIS.-(Nerviosa.) Qué va. No tengo motivos.

 

MÁRQUEZ.-No, ¿eh?

 

EDUVIGIS.-Soy feliz en mi matrimonio. Tengo una hija preciosa, un marido encantador... (Furia repentina) ¡pero no tengo un maldito licor de avellana CON alcohol que llevarme a la maldita boca!

 

 

(Le golpea.)

 

 

MÁRQUEZ.-Tranquilízate, cariño. Iré a buscarlo.

 

 

(Sale.)

 

 

EDUVIGIS.-(Encendiendo un cigarrillo.) Hombres... ¿quién los necesita?

 

CONCIENCIA.-(Recupera la movilidad.) Una mierda. Los hombres también son una mierda.

 

 

(Toma por el hombro a EDUVIGIS. Ambas salen. El DR. MENGELE se mueve.)

 

 

MENGELE.-(Como si despertase de un profundo sueño.) ¿Eh? ¡Ah! (Grita.) ¡Enfermera! ¡Enfermera!

ENFERMERA.-(Entrando.) ¿Sí, doctor Mengele?

 

MENGELE.-Creo que me he quedado traspuesto. ¿Dónde está el señor Márquez?

 

ENFERMERA.-Hablando del señor Márquez...

 

MENGELE.-(Alarmado.) ¿Le ha ocurrido algo?

 

ENFERMERA.-No... Me parece que no... Está en el pasillo, con una botella de licor de avellana en la mano.

 

MENGELE.-(Feliz.) ¡Santo Dios! ¡Éste es el caso de mi vida! Hágale pasar.

 

ENFERMERA.-No quiere.

 

MENGELE.-¿No quiere?

 

ENFERMERA.-No. Dice que le mataría.

 

MENGELE.-¿A mí?

 

ENFERMERA.-A usted y a cualquiera. Insiste en que es un psicópata.

 

MENGELE.-También yo lo soy y no mato a nadie.

 

ENFERMERA.-Ni yo. Aunque a veces...

 

MENGELE.-Siente deseos de matar, ¿verdad?

 

ENFERMERA.-(Con placer.) Oh, sí. Cuando vas con el coche, tienes prisa y un peatón imbécil se cruza en tu camino... ¡lo mataría!

 

MENGELE.-(Ídem.) ...Cuando vuelves a casa, agotado del trabajo, necesitando un descanso... ¡y tu mujer se empeña en hacer el amor!

 

ENFERMERA.-(Incrédula.) ¡No!

 

MENGELE.-Es una suposición. Nunca me ha ocurrido, pero podría suceder; y, entonces... ¡la mataría!

 

 

(Entra la CONCIENCIA.)

 

 

CONCIENCIA.-¡No lo hagan!

 

 

(El DR. MENGELE y la ENFERMERA quedan paralizados.)

 

 

(Lo advierte.) ¡Mierda! Si estos dos no tienen conciencia... ¿cómo voy a evitar que lo hagan? (Piensa.) ¡Bah! ¡Que hagan lo que quieran!

 

 

(Sale. Movilidad de los otros.)

 

 

ENFERMERA.-En esta vida hay que probar de todo.

 

MENGELE.-Lo que ocurre es que el asesinato está prohibido por la ley.

 

ENFERMERA.-¡Las leyes! ¿Cuándo se harán a gusto del consumidor?

 

MENGELE.-(Siniestro.) Enfermera... Le propongo un trato.

 

ENFERMERA.-Usted dirá...

 

MENGELE.-Yo la mato a usted y usted me mata a mí. Así los dos probaremos lo que se siente.

 

ENFERMERA.-(Tras un instante de duda.) Vamos a ver si me aclaro; usted se mata a usted y yo...

 

MENGELE.-No. No me ha comprendido. Veamos... Usted me mata a mí, y yo me mato a usted...

 

ENFERMERA.-Sigo sin entenderlo. O sea, que usted me mata a usted, y yo le remato a mí.

 

MENGELE.-No. Usted se mata a usted y yo... (Duda.) No; no es así tampoco.

 

ENFERMERA.-Empecemos por el principio.

 

MENGELE.-Ánimo.

 

ENFERMERA.-A uted... ¿quién le mata?

 

MENGELE.-Usted.

 

ENFERMERA.-¿A usted le mata usted?

 

MENGELE.-Yo mismo, sí...

 

ENFERMERA.-Pero... ¿usted no me mataba a mí?

 

MENGELE.-No; de eso se encarga usted.

 

ENFERMERA.-Por lo tanto, la clave está en usted.

 

MENGELE.-No; en usted.

 

ENFERMERA.-¡Eso es lo que he dicho yo!

 

MENGELE.-Conclusión: usted me mata a mí, y yo...

 

 

(Se frena.)

 

 

ENFERMERA.-Usted me mata a mí. Hasta ahí, bien.

 

MENGELE.-¿Y usted?

 

ENFERMERA.-Yo me encargo de poner el arma.

 

MENGELE.-¿Y quién me mata a mí?

 

MÁRQUEZ.-(Entrando.) Me ofrezco voluntario.

 

MENGELE.-¿Está seguro de poder hacerlo?

 

MÁRQUEZ.-Soy un psicópata. Es mi oficio.

 

ENFERMERA.-Mire que hay psicópatas muy chapuceros.

 

MÁRQUEZ.-Sí los hay; aunque, en general, somos todos de una efectividad extraordinaria.

 

MENGELE.-De acuerdo. Usted se encargará del asunto. Enfermera, puede retirarse. He de finalizar el tratamiento de don Xurde.

 

ENFERMERA.-Bien. (Va saliendo. Se detiene ante la puerta.) Entonces, ¿qué arma traigo?

 

MÁRQUEZ.-Unas tijeras y una cuerda.

 

MENGELE.-¿Para qué son las tijeras?

 

MÁRQUEZ.-Para cortar por lo sano.

 

ENFERMERA.-Y... ¿la cuerda?

 

MÁRQUEZ.-Para no dejar cabos sueltos.

 

ENFERMERA.-Ah.

 

 

(Sale. MÁRQUEZ vuelve a tomar asiento.)

 

 

MENGELE.-Continúe con su historia. Apúrese, que a las doce tengo cita con el dentista.

 

MÁRQUEZ.-¿Una muela picada?

 

MENGELE.-No; un hombre. Dentista, de profesión.

 

MÁRQUEZ.-Ya. (Pausa.) Un día, mi hija se presentó con su novio.

 

 

(Entran CATALINA y su NOVIO. El DR. MENGELE y el SR. MÁRQUEZ permanecen inmóviles.)

 

 

CATALINA.-Pasa, tío. Sin miedo.

 

NOVIO.-¿No están tus padres?

 

CATALINA.-(Abrazándolo, pícara.) Los viejos se han ido. ¿Qué es, que te da canguelo estar a solas con tu chorba?

 

NOVIO.-(Incómodo.) No, mujer. Es que... no es el momento. Podrían llegar, y...

 

CATALINA.-¿Y qué, julai? En mi quelo son muy liberales. Mi padre fue hippy de los de verdad.

 

NOVIO.-¿De verdad?

 

CATALINA.-Ya te lo he dicho.

 

NOVIO.-Siendo así...

 

 

(Ella le aprieta con más fuerza.)

 

 

CATALINA.-Y ahora, tú y yo nos vamos a la habitación de los vejetes, y...

 

 

(Entra EDUVIGIS, absolutamente bebida.)

 

 

EDUVIGIS.-¿Habéis visto a mi hombre?

 

CATALINA.-La que faltaba.

 

NOVIO.-(Sobresaltado.) ¡Señora de Márquez! Verá... Yo... Su hija y yo... no...

 

EDUVIGIS.-¿Quién es este buen mozo?

 

CATALINA.-Mi titi.

 

NOVIO.-(Excesivamente respetuoso.) A sus pies, señora.

 

EDUVIGIS.-¿Qué? ¿Qué dices que tengo en los pies?

 

CATALINA.-(A su NOVIO, en voz baja.) Mi vieja no entiende de protoloco.

 

NOVIO.-Será de protocolo.

 

CATALINA.-Para el caso...

 

EDUVIGIS.-Catalina... ¿no has visto a papá?

 

MÁRQUEZ.-(Reaccionando.) Estoy aquí, cielo.

 

EDUVIGIS.-Menos mal que te encuentro, amor. (Furiosa.) ¿Dónde me has escondido esta vez el tequila?

 

MÁRQUEZ.-Lo dejé sobre la mesita de noche, cariño.

 

CATALINA.-(A su NOVIO.) Ya se armó el bollo.

 

 

(EDUVIGIS se abalanza sobre su marido, tratando de estrangularlo. Únicamente el NOVIO parece reaccionar. CATALINA, por el contrario, muestra enorme indiferencia.)

 

 

EDUVIGIS.-(Apretando con fuerza.) ¡Quiero mi tequila! ¡MI TEQUILA!

 

MÁRQUEZ.-Cariño... Yo... (Apenas puede articular sonidos.) Lo hago por tu bien...

 

NOVIO.-¡Le va a matar!

 

CATALINA.-Como todas las noches.

 

NOVIO.-¡Tenemos que hacer algo!

 

CATALINA.-Buena idea. Vete a por unas palomitas.

 

NOVIO.-¿Palomitas? ¿Tu padre está a punto de morir estrangulado y a ti sólo se te ocurre pedirme que vaya a por unas palomitas?

 

CATALINA.-(Arrepentida.) Es cierto. (Eufórica.) ¡Trae gusanitos, mejor!

 

MÁRQUEZ.-¡Ayudad... ggg... me...!

 

EDUVIGIS.-¡Beber! ¡Necesito beber!

 

CATALINA.-Venga, vieja. Vale ya.

 

 

(Los separa, sin dificultad.)

 

 

No merece la pena. El viejo es idiota, pero no tanto como para cargárselo.

 

EDUVIGIS.-(Llorando.) ¡Hija!

 

 

(Se arroja sobre ella. Ésta, la abraza.)

 

 

¡Soy una alcohólica!

 

CATALINA.-Vamos, mamá. Muchas personas son alcohólicas y no pasa nada.

 

EDUVIGIS.-¡Y una asesina!

 

CATALINA.-Vamos, mamá. Muchas personas matan y no pasa nada.

 

EDUVIGIS.-¡Y estoy enamorada de tu padre!

 

CATALINA.-(Separándose, ofendida.) ¡Eso sí que no te lo consiento! ¡El amor en el matrimonio resulta inmoral!

 

NOVIO.-Cuchicuchi... Nunca te había oído hablar en ese tono, tan preciso, tan académico, tan...

 

CATALINA.-(Lo interrumpe.) ¿De qué hablas, gilipollas?

 

NOVIO.-(Resignado.) No tiene importancia. (Ironía.) Nunca cambies, ¿eh?

 

MÁRQUEZ.-(Aún no se ha recuperado.) ¿Quién es éste?

 

CATALINA.-Mi chorbo.

 

MÁRQUEZ.-¿Tú... qué?

 

NOVIO.-Soy el prometido de su hija. Si usted acepta el compromiso, claro...

CATALINA.-(Tomándolo por el brazo, en actitud dominante.) Es mi novio, se viene a vivir con nosotros... ¡y como se te ocurra prohibírselo, me marcho!

 

MÁRQUEZ.-(Al NOVIO, seco.) Fuera.

 

NOVIO.-¿Cómo?

 

CATALINA.-(Repentinamente infantil.) ¡Papaaá!

 

MÁRQUEZ.-No quiero más hombres en casa.

 

EDUVIGIS.-(Hirientes.) ¿Más hombres? ¡Si aquí no hay ninguno!

 

MÁRQUEZ.-¡Eduvigis, que te la ganas!

 

EDUVIGIS.-¿Qué? ¿Me vas a pegar? ¿Eh? (Le propina dos bofetadas.) Mira, que te denuncio por malos tratos. (Otras dos.) Que te denuncio...

 

CATALINA.-(Refugiándose en los brazos de su NOVIO. Llora, desconsolada.) ¡Mi familia es un desastre!

 

EDUVIGIS.-(A CATALINA.) ¡Y tú... te callas!

 

CATALINA.-¡Jo!

 

NOVIO.-Señores de Márquez... Verán... Yo creo que todo puede arreglarse hablando de forma amistosa, y...

 

MÁRQUEZ.-¡Fuera!

 

EDUVIGIS.-¿Quién eres tú para dar voces en mi hogar, dulce hogar?

 

MÁRQUEZ.-¡Soy tu marido!

 

EDUVIGIS.-¿Mi marido? ¡Tendrás que demostrarlo!

 

MÁRQUEZ.-¡Tengo los papeles que lo prueban!

 

EDUVIGIS.-Ja. La excusa de siempre. (Se vuelve, comprobando que tanto CATALINA como su NOVIO siguen allí.) ¿Todavía estáis aquí? ¡Fuera! ¿No habéis oído a mi marido?

 

NOVIO.-¿Su marido...? Tendría que demostrarlo.

 

 

(Entra la CONCIENCIA.)

 

 

CONCIENCIA.-Haya paz, haya paz...

 

EL RESTO.-¡Fuera!

 

CONCIENCIA.-Más respeto, señores... ¡que soy la conciencia!

 

EL RESTO.-¿La conciencia...? ¡Tendrá que demostrarlo!

 

CONCIENIA.-¡Tengo los papeles que lo prueban!

 

MÁRQUEZ.-Ja. La excusa de siempre.

 

CONCIENCIA.-(Abochornada.) Puedo volver más tarde... No hay prisa.

 

EL RESTO.-¡Fuera!

 

 

(La CONCIENCIA huye.)

 

 

NOVIO.-Sólo nos faltaba que una conciencia cualquiera viniera a dictarnos lo que debemos hacer.

 

 

(Todos paralizados –salvo el SR. MÁRQUEZ-. El DR. MENGELE recupera la movilidad.)

 

 

MENGELE.-Y... ¿en qué quedó la discusión?

 

MÁRQUEZ.-(Sin otorgar importancia al tema.) Oh; todos muertos.

 

EL RESTO.-(Exceptuando al DR. MENGELE, que pierde la movilidad, mientras que los demás la recuperan.) ¿Todos muertos?

 

MÁRQUEZ.-Fueron mis primeras víctimas.

 

CATALINA.-(Dejándose caer, inane.) Aaah...

 

NOVIO.-(No se da cuenta.) ¿Eh? (Reacciona.) ...Ah. (Se deja caer, inane.) Aaah...

 

EDUVIGIS.-Todos muertos, ¿eh? ¡Tururú! (Sale.)

 

MENGELE.-(Volviendo a moverse, angustiado.) ¿Por qué lo hizo?

 

MÁRQUEZ.-¿Todavía me lo pregunta? ¿Cree que no tenía motivos?

 

MENGELE.-(En tono de disculpa.) Compréndame... Es mi deber... Como profesional... he de hacer preguntas.

 

MÁRQUEZ.-(Derrumbándose.) Ni siquiera me lo recuerde. No sé lo que pasó. Perdí los nervios. Eran tantos...

 

MENGELE.-...Era su familia.

 

 

(El DR. MENGELE queda paralizado. CATALINA se incorpora –no así el NOVIO.)

 

 

CATALINA.-(Trágica.) ¡Estarás satisfecho, papá!

 

MÁRQUEZ.-(Se vuelve. Dramatismo.) Lo siento, hija.

 

CATALINA.-¡Ella era tu esposa!

 

MÁRQUEZ.-Lo sé. (Señala al NOVIO.) Y él... tu pareja.

 

CATALINA.-Eso es lo de menos. Apenas lo conocía. Un par de besos bien dados... Me dijo que tenía dinero... Y... ¡hala! A presentárselo a mis padres. (Máxima tragedia.) ¡Era un buen partido! ¡Y tú lo has matado!

 

MÁRQUEZ.-(Deshecho.) ¡Lo siento!

 

CATALINA.-¡Es que no hay derecho! Para un hombre al que no le repele el tatuaje que llevo en la espalda...

 

MÁRQUEZ.-¿Llevas un tatuaje en la espalda?

 

CATALINA.-(Con entusiasmo.) ¡Sí!

 

MÁRQUEZ.-Nunca lo he visto.

 

CATALINA.-No importa. Mira, viejo, yo te lo describo. Enseñar lo que se dice enseñar, sólo se lo enseño a mis novios.

 

MÁRQUEZ.-¿Cuántos novios has tenido?

 

CATALINA.-Ciento cincuenta y dos. Ciento cincuenta y tres, si contamos a éste. Soy... como una inocente flor del campo. (Pausa.) Atento... En el tatuaje se ve a un hombre sin cara... vamos... que su cara es una calavera, ¿estamos?

 

MÁRQUEZ.-Estamos.

 

CATALINA.-Pues de esa calavera mana un chorro de sangre que cae sobre un lago verde donde reposan los cadáveres de Jimi Hendrix y Janis Joplin, ¿vale?

 

MÁRQUEZ.-Vale.

 

CATALINA.-Pues del cadáver de Jimi Hendrix, y aquí está lo bueno, brota una mano huesuda, descarnada, que sostiene un gigantesco alfiler del que pende la cabeza de un niño. ¿Mola?

 

 

(El DR. MENGELE recobra la movilidad. CATALINA queda paralizada.)

 

 

MENGELE.-¡Vaya que si mola! (Comenzando a despojarse de la bata blanca.) Es el tatuaje que está a la última. Me he hecho hacer uno igual en la rabadilla. Mire, mire...

 

ENFERMERA.-(Entrando.) Doctor Mengele... (Se frena, al contemplar lo que está sucediendo.) Oh... Disculpen... Sigan... Sigan con lo suyo.

 

MENGELE.-No, no... Adelante, enfermera. Le estaba mostrando al señor Márquez el tatuaje.

 

ENFERMERA.-¿El tatuaje? (Inquisitiva.) ¿Cuál de ellos?

 

MENGELE.-El de la rabadilla.

ENFERMERA.-(Abalanzándose sobre él, llevada por la ira más profunda.) ¿El de la rabadilla? ¿El del hombre sin cara de cuya calavera mana un chorro de sangre que cae sobre un lago verde donde reposan los cadáveres de Jimi Hendrix y Janis Joplin, del primero de los cuales brota una mano huesuda, descarnada, que sostiene un gigantesco alfiler del que pende la cabeza de un niño?

 

MENGELE.-(Atemorizado.) Ése...

 

MÁRQUEZ.-¿No mola?

 

 

(La ENFERMERA cruza la cara del DR. MENGELE con una sonora bofetada.)

 

 

ENFERMERA.-¡Cerdo! (Se derrumba.) ¡Ese tatuaje era para mí! ¡Sólo para mí!

 

MÁRQUEZ.-(Trata de apaciguar los ánimos.) Si es por eso... no se incomode. No he visto nada. Se lo juro. Se lo juro por mi madre, que en Gloria esté.

 

 

(Aparición fugaz de la MADRE.)

 

 

MADRE.-¡Blasfemo! ¡Jurar es pecado!

 

 

(Bofetada al SR. MÁRQUEZ. Desaparición de la MADRE. Ninguno de los demás personajes lo ha advertido.)

 

 

ENFERMERA.-(Rehaciéndose, a duras penas.) ¡A Dios pongo por testigo de que nunca más volveré a trabajar en la consulta del doctor Mengele!

 

MENGELE.-(Avanzando hacia ella.) Anda, bobina... Ven aquí y deja de decir tonterías...

 

ENFERMERA.-¡Atrás!

 

MENGELE.-(Sigue acercándose.) Sé que me quieres...

ENFERMERA.-(Enarbola un revólver.) ¡Atrás he dicho!

 

 

(CATALINA y el NOVIO huyen ante la presencia del arma.)

 

 

CATALINA.-¡Paso de todo!

 

 

(Sale.)

 

 

NOVIO.-Cuchicuchi... ¡Ven aquí, palomita! ¿Vas a dejar que este psicópata acabe con tu sorbete de fresa?

 

 

(Ídem.)

 

 

MÁRQUEZ.-¡Muy bien! ¡Fantástico! ¡Dejadme solo en el momento más difícil!

 

MENGELE.-(Extrañado.) ¿Con quién habla, señor Márquez?

 

MÁRQUEZ.-Con nadie, con nadie... Cosas mías.

 

ENFERMERA.-¡Callaos ya!

 

MENGELE.-Venga, chica... No creo que sea para tanto. Siempre te he tratado como a la mejor de mis amantes.

 

ENFERMERA.-¡SOY la mejor de tus amantes!

 

MENGELE.-(Temeroso.) Lo eres... Lo eres...

 

ENFERMERA.-¡Contra la pared!

 

MÁRQUEZ.-¿Yo también? ¡Pero si no tengo nada que ver en esto!

 

ENFERMERA.-¡¡CONTRA LA PARED!!

 

MENGELE.-En esta consulta nunca han existido paredes.

 

(La ENFERMERA dispara sobre el psicólogo, que cae desplomado, tras unos instantes de incierta agonía.)

 

 

MÁRQUEZ.-¿Qué ha hecho, desgraciada?

 

ENFERMERA.-(Absoluta tranquilidad.) He apretado aquí. (Dispara al techo.) ¿Ve? Se llama gatillo.

 

MÁRQUEZ.-(Admirado.) Gatillo... Muy interesante.

 

ENFERMERA.-(Mientras ocupa el asiento del DR. MENGELE.) Ahora finalice su historia.

 

MÁRQUEZ.-Sí, como usted diga... Pero antes...

 

ENFERMERA.-Pida... Pida por esa boquita...

 

MÁRQUEZ.-(Para sí.) Claro. No voy a pedir por las narices.

 

ENFERMERA.-¿Cómo?

 

MÁRQUEZ.-(Sin atender a la pregunta.) ¿Podría regalarme su pistola?

 

ENFERMERA.-¿Está loco?

 

MÁRQUEZ.-Pues... sí.

 

ENFERMERA.-(No lo ha escuchado.) ¡Una pistola es algo muy personal! Simboliza el carácter de cada individuo. Representa la lucha del individualismo frente al avance de la mediocre multitud.

 

MÁRQUEZ.-Es que... es mi cumpleaños.

 

ENFERMERA.-Ah, bueno. Entonces... tome.

 

 

(Se la ofrece.)

 

 

MÁRQUEZ.-(Tomándola.) Gracias, enfermera. Desde que me hice asesino, mi ilusión era llegar a poseer un revólver como éste.

 

ENFERMERA.-Un arma de gran calidad. Fíjese... Fíjese en la culata.

 

MÁRQUEZ.-(Leyendo.) “J. B.” ¿Qué son estas letras? ¿Sus iniciales?

 

ENFERMERA.-La marca.

 

MÁRQUEZ.-¿J.B.? No caigo.

 

ENFERMERA.-“Juguetes Bermúdez”. La pistola es falsa.

 

MENGELE.-(Incorporándose.) ¿Cómo que es falsa? ¡Yo he sentido el impacto!

 

ENFERMERA.-Es falsa. ¿Dónde está la sangre?

 

 

(El DR. MENGELE escruta sus prendas.)

 

 

MENGELE.-(Ofendido.) ¡Me da igual! Tendré poca... Yo qué sé.

 

ENFERMERA.-Es usted un mentiroso compulsivo, doctor.

 

MENGELE.-(Furia.) ¡Y usted no es nadie para llevarme la contraria! ¡Fuera de mi vista!

 

 

(La ENFERMERA sale, llorando.)

 

 

Continúe con su relato, señor Márquez. Y recuerde: esto no ha ocurrido.

 

MÁRQUEZ.-Eh... No sé por dónde iba.

 

CONCIENCIA.-(Entrando.) Háblales de tu jefe.

 

 

(El DR. MENGELE queda paralizado.)

 

 

MÁRQUEZ.-¿Mi jefe?

 

CONCIENCIA.-Has sido infeliz en tu matrimonio, con tu familia, con tus amigos, con tus amantes... También habrás sido infeliz en tu trabajo... ¡digo yo!

 

MÁRQUEZ.-Pues mira... no.

 

CONCIENCIA.-¿No?

 

MÁRQUEZ.-Mi jefe, el señor Pisuerga, era una excelente persona.

 

 

(Entra el SR. PISUERGA. La CONCIENCIA se paraliza.)

 

 

Cauto, eficiente, de trato agradable...

 

 

(El SR. PISUERGA sonríe.)

 

 

(Continúa con la idealizada descripción.) ...Firme en sus ideas, honrado... En suma: muy capaz.

 

PISUERGA.-...Y obsesionado con hacer de un inútil como usted una persona de provecho.

 

MÁRQUEZ.-(Sin haberle visto. Para sí.) ...Y obsesionado con hacer de un inútil como yo una persona... (Se da cuenta. Se incorpora, aterrorizado.) ¡Señor Pisuerga!

 

PISUERGA.-(Melopea.) ¡Maldita sea, Márquez! ¡Vuelvo de unas prolongadas vaciones –merecidas, por cierto- y...! ¿Qué hallo ante mis ojos? ¡Al inútil de Márquez! ¡A ese vagabundo que un día encontré en la calle vendiendo cupones...!

 

MÁRQUEZ.-Yo nunca he vendido cupones, señor.

 

PISUERGA.-¡Cállese! Continúo... ¡a ese vagabundo que un día encontré en la calle vendiendo cupones y que me suplicaba con mirada de cordero degollado, la misma que tiene ahora! (Tono de burla.) “Señor... Señor... Un cuponcito, señor...” ¡Y yo, llevado por mi inmensa generosidad, opté por darle un trabajo! ¡Qué error el mío! ¡Es que soy demasiado bueno! ¡Pero se acabó! ¡Escuche esto, Márquez...! ¡Se acabó! (Canta.) “Porque yo me lo propuse, tralará...” (Vuelve a su tono habitual.) Recuérdelo: a partir de hoy queda suspendido de empleo y sueldo.

 

MÁRQUEZ.-¿Por qué motivo?

 

PISUERGA.-¡No me gusta su cara! ¡Nunca me ha gustado! ¡Esa verruga que le parte el labio en dos es, sencillamente, asquerosa!

 

MÁRQUEZ.-¿Qué verruga?

 

PISUERGA.-¡Ésa! La que tiene aquí. (Palpa sus labios.) ¿Sabe cuál le digo?

 

MÁRQUEZ.-(Mostrando exageradamente su boca.) ¿Ésta?

 

PISUERGA.-No, no... (Ídem.) ¡Ésta!

 

MÁRQUEZ.-(Ensanchando el labio superior.) ¿Ésta?

 

PISUERGA.-(Lo mismo.) ¡Que no! La de aquí. La de... (Advierte lo estúpido de su comportamiento. Le propina un golpe a MÁRQUEZ.) ¡Demonios! ¡Parecemos idiotas!

 

 

(Los dos quedan paralizados. La CONCIENCIA recupera su movilidad.)

 

 

CONCIENCIA.-Un santo varón.

 

 

(Sale. PISUERGA y MÁRQUEZ reemprenden su “normal” comportamiento.)

 

 

PISUERGA.-(Volviéndose hacia la salida.) ¡Señorita Taylor! (Pausa.) ¡Señorita Taylooor!

 

 

(Entra la secretaria, con evidentes síntomas de fatiga.)

 

 

TAYLOR.-¿Señor...?

 

MÁRQUEZ.-Taylor es un apellido inglés, ¿verdad? ¿De dónde es usted? ¿De la misma Inglaterra? ¿De América?

 

TAYLOR.-De Puertollano. El señor Pisuerga me obligó a cambiarlo.

 

PISUERGA.-¡Márquez! ¡Yo no puedo tener una secretaria de Puertollano! Sería indigno.

 

MÁRQUEZ.-Entonces... ¿cómo se llama?

 

PISUERGA.-Mejor que no lo sepa. Es horrible.

 

MÁRQUEZ.-Lo resistiré.

 

TAYLOR.-No me haga esto, señor Márquez. Déjeme seguir siendo la señorita Taylor. Mi verdadero nombre es sonrojante.

 

PISUERGA.-Tiene razón. Parece mentira que exista alguien con ese apellido.

 

MÁRQUEZ.-¿Cuál es?

 

TAYLOR.-No insista.

 

MÁRQUEZ.-(Actitud de niño pequeño.) ¡Quiero saberlo!

 

PISUERGA.-De acuerdo. Dígaselo, señorita Taylor.

 

TAYLOR.-Luego no diga que no se lo advertí.

 

MÁRQUEZ.-¡Vamos!

 

TAYLOR.-Mi verdadero nombre es... Catalina.

 

MÁRQUEZ.-Como mi hija.

 

CATALINA.-(Inundando la personalidad de TAYLOR.) ¡Que no se nombre a los que no están para defenderse!

 

MÁRQUEZ.-¿Ve como no es tan horrible? Y... ¿el apellido?

 

PISUERGA.-Buf. Eso es lo peor.

 

TAYLOR.-García.

 

 

(Gesto de repulsa por parte de MÁRQUEZ.)

 

 

PISUERGA.-Se lo dije.

 

MÁRQUEZ.-Dios. Es tremendo.

 

TAYLOR.-(Gimoteos.) Yo no quería... Fueron mis padres...

 

MÁRQUEZ.-García... Aaagh... Hay padres que no merecen tener hijos.

 

PISUERGA.-Lo del apellido es suficiente para que se pudran en la cárcel.

 

TAYLOR.-(Repentina satisfacción.) Sí: una cárcel húmeda... oscura...

 

MÁRQUEZ.-...Con ratas hambrientas...

 

TAYLOR.-(Siniestra carcajada.) ¡Sí! ¡Sí!

 

PISUERGA.-Basta de charla, señorita Gar... (Se frena.) ...Taylor.

 

TAYLOR.-No lo olvide: Taylor. Como Elizabeth.

 

MÁRQUEZ.-¿Quién es Elizabeth?

 

TAYLOR.-Taylor.

 

MÁRQUEZ.-¿La actriz?

 

TAYLOR.-No; mi hija. Elizabeth. La tuve de soltera y le di mi nuevo apellido.

 

PISUERGA.-(A MÁRQUEZ, en voz baja.) ¿Quién sería el hombre capaz de acostarse con una García?

 

CONCIENCIA.-(Entrando.) Yo estoy libre esta noche. La conciencia sólo trabaja los días festivos.

 

TAYLOR.-¿Usted quién es?

 

CONCIENCIA.-(Le entrega una tarjeta.) “Cásper. Su conciencia personalizada”. (Voz sensual.) Llámame.

 

 

(Sale.)

 

 

MÁRQUEZ.-(A TAYLOR, que le mira con asombro.) No pregunte.

 

PISUERGA.-Señorita Taylor...

 

TAYLOR.-Yes?

 

PISUERGA.-Tome nota.

 

TAYLOR.-Pero... ¿me va a hacer trabajar hoy después de mis revelaciones traumáticas?

 

PISUERGA.-(Finge pensárselo.) Sí.

 

TAYLOR.-(Rompe a llorar.) ¿Por qué me hace esto?

 

PISUERGA.-(Mientras van saliendo.) No es nada personal. Simplemente es... por joder.

 

MÁRQUEZ.-Todos los jefes se parecen.

 

 

(Salen el SR. PISUERGA y la SRTA. TAYLOR. El DR. MENGELE recupera la movilidad.)

 

 

MENGELE.-Interesante...

 

MÁRQUEZ.-Pues eso es todo. ¿Ha tomado nota?

 

MENGELE.-Claro. Es mi trabajo.

 

MÁRQUEZ.-¿Qué diagnóstico tiene para mí, doctor?

 

MENGELE.-Está usted curado.

 

MÁRQUEZ.-¿De verdad? ¡Qué alegría! ¿Cómo puedo agradecérselo?

MENGELE.-No tiene importancia.

 

MÁRQUEZ.-(Tras una pausa.) De modo que ya hemos terminado.

 

MENGELE.-Yo, por mi parte, sí.

 

MÁRQUEZ.-Entonces... ¿qué le parece si me devuelve la bata, me paga y Santas Pascuas?

 

MENGELE.-(Levantándose. Se despoja de la prenda requerida.) Disculpe, doctor. (Se la devuelve a su legítimo dueño.) Toda mi vida he soñado con llevar este uniforme. No pude estudiar psiquiatría debido a mis trastornos mentales, ya me comprende...

 

MÁRQUEZ.-Le comprendo.

 

MENGELE.-Bueno... Pues... Me voy.

 

MÁRQUEZ.-Muchas gracias por su visita.

 

MENGELE.-(Ya junto a la puerta.) Por cierto, doctor...

 

MÁRQUEZ.-Dígame.

 

MENGELE.-¿De dónde ha sacado una historia tan disparatada?

 

MÁRQUEZ.-Profesional que es uno.

 

MENGELE.-Ya. Cómo le envidio. ¿Podemos seguir con el tratamiento? Para evitar recaídas, ya sabe... El pago por adelantado, como hasta ahora.

 

MÁRQUEZ.-Le tomo cita para la semana que viene.

 

MENGELE.-Gracias, doctor. ¡Me chifla jugar a los médicos!

 

 

(Sale.)

 

 

El despacho del DR. MÁRQUEZ, reputado psicólogo. Éste hojea unos informes.

Entra la ENFERMERA, presa de enorme agitación

 

MÁRQUEZ.-(Molesto.) Señorita... ¿cuántas veces le he dicho que llame antes de entrar?

 

ENFERMERA.-(Azorada.) Disculpe, doctor... Yo...

 

MÁRQUEZ.-Está bien... Está bien... ¿Qué es lo que ocurre?

 

ENFERMERA.-(Alegre.) Un paciente, doctor... ¡un paciente!

 

 

TELÓN

 

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

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