Para ir al BUSCADOR, pulsa en la imagen

 

NOTICIAS TEATRALES
Elaboradas por Salvador Enríquez
(Optimizado para monitor con resolución 1024 X 768 píxeles)

PORTADA

MADRID

EN BREVE

PRÓXIMAMENTE

LA TABLILLA

HERRAMIENTAS

EN PRIMERA LA SEGUNDA DE MADRID ENSEÑANZA LA CHÁCENA

AUTORES Y OBRAS

LA TERCERA DE MADRID

ÚLTIMA HORA DESDE LA PLATEA
DE BOLOS CONVOCATORIAS LIBROS Y REVISTAS NOS ESCRIBEN LOS LECTORES
MI CAMERINO   ¡A ESCENA! ARCHIVO DOCUMENTAL   TEXTOS TEATRALES
  ENTREVISTAS LAS AMÉRICAS  

 

LA PAREJA ES COSA DE DOS

de Francisco Compañ Bombardó

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 

LA PAREJA ES COSA DE DOS

 

de Francisco Compañ Bombardó

 

currocompan@yahoo.es

 

Abril de 2.004

 

 

 

 

 

PERSONAJES:

(Por orden de intervención.)

 

                                                           EMILIO

                                                           ANSELMO

                                                           TONI

                                                           SEBASTIÁN

                                                           ELENA

                                                          

 

ACTO PRIMERO

 

 

            Época actual. La acción se desarrolla durante la Navidad, en un apartamento situado en la parte alta de un edificio. En el foro se puede apreciar unos grandes ventanales desde donde se divisa la ciudad. Está oscureciendo; serán las aproximadamente las ocho de la tarde.

 

            En el lateral izquierdo de la escena está la puerta de entrada a la vivienda; y más pegada a la batería hay otra puerta que corresponde a una habitación. En el lateral derecha hay tres puertas; la más pegada a la batería es la del baño; luego le sigue la de la cocina; y, finalmente, la más pegada al foro corresponde a otra habitación. Hay un árbol de Navidad en la esquina izquierda del foro; también hay repartidos con muy buen gusto algunos adornos navideños, por la paredes, puertas y ventanas. Cerca del foro y del ventanal se sitúa una mesa de salón con un pascuero encima; alrededor de ella hay varias sillas. Se puede apreciar también un sofá, para unas tres personas, y una pequeña mesa delante, con algunas revistas y otro pascuero. Junto a la puerta de la entrada hay un paragüero y un perchero. Hay algún que otro cuadro colgado, carentes de valor; de entre todos sobresale un retrato de un rostro, que está colgado entre la puerta del baño y la cocina.

 

            Al levantarse el telón la escena aparece vacía de personajes. Suena el timbre de la entrada. De la puerta del baño sale EMILIO, que viste ropa de esport y su edad está rozando los treinta, para abrir la puerta. Al abrirse la puerta de la calle entra ANSELMO, que es un joven divorciado, muy serio, que jamás se ríe de nada ni por nada; trabaja en una agencia de publicidad haciendo frases para tarjetas de felicitaciones; lía con sus ocurrencias a todo el que se le pone por su camino.

 

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            ANSELMO.- (Entrando.) Buenas.

 

            EMILIO.- ¿Qué tal, Anselmo? Me has pillado orinando. Llevo toda la tarde así; no sé qué me pasa.

 

            ANSELMO.- Eso son los nervios. (Quitándose el abrigo y colgándolo en el perchero)

 

            EMILIO.- ¿Y de qué puedo estar nervioso?

 

            ANSELMO.- En esta época todo el mundo está nervioso.

 

            EMILIO.- Pues nunca me había fijado. ¿Y tú también estás nervioso?

 

            ANSELMO.- ¿Yo? Para qué. A mis las Navidades ni fu ni fa.

 

            EMILIO.- A mi no me desagradan. Pero de eso a estar dando de beber al pajarito toda la tarde... No sé.

 

            ANSELMO.- ¿En las Navidades pasadas recuerdas si te pasó lo mismo?

 

            EMILIO.- No.

 

            ANSELMO.- Que no te pasó.

 

            EMILIO.- Que no; que no me acuerdo.

 

            ANSELMO.- Pues de esas cosas te tienes que acordar de un año para otro; de lo contrario puede ser fatal.

 

            EMILIO.- ¿Tú crees?

 

            ANSELMO.- Lo aseguro. Un tío de un cuñado de mi ex-mujer comenzó así...

 

            EMILIO.- (Interrumpiéndole.) Y era la próstata, ¿verdad?

 

            ANSELMO.- Nunca lo llegamos a saber.

 

            EMILIO.- (Sorprendido y asustado.) ¡Qué fulminante! ¿Todo en una tarde?

 

            ANSELMO.- En la misma tarde. El baño estaba subiendo unas escaleras, en la planta alta; y en uno de los viajecitos al pobre hombre no le dio por hacer otra cosa que tropezarse, y ¡zas!. El porrazo fue morrocotudo.

 

            EMILIO.- (Aliviado.) Pero eso no es una enfermedad; me habías asustado. Eso fue un accidente.

 

            ANSELMO.- Yo sólo te digo que te fijes por dónde caminas.

 

            EMILIO.- Hombre, no creo que de aquí hasta allí (Señalando el servicio.) se me vaya a caer la casa encima.

 

            ANSELMO.- Yo no lo aseguraría.

 

            EMILIO.- Qué alegre eres. A veces me pregunto cómo puedes poner frases para tarjetas de felicitación.

 

            ANSELMO.- Es un trabajo como otro cualquiera.

 

            EMILIO.- Pero con tu alegría...

 

            ANSELMO.- La ciudad está llena de ellas. (Se sienta en el sofá.)

 

            Llaman a la puerta.

 

            EMILIO.- Vaya, este año sois todos muy puntuales.

 

            Abre la puerta. Es TONI, un treintañero muy echado para adelante pero a su vez muy miedica, que trabaja como contable en una asesoría.

 

            TONI.- (Entrando.) ¡Muy buenas tardes!

 

            EMILIO.- ¡Hola, Toni!

 

            TONI.- ¿He sido el primero en llegar?

 

            ANSELMO.- Siempre hay alguien más rápido.

 

            EMILIO.- Eres el segundo. (Hace mutis por la puerta de la cocina.)

 

            TONI.- El segundo... No está nada mal; es una buena posición.

 

            ANSELMO.- Dicen que el segundo es el primero que pierde.

 

            TONI.- El primero que pierde... Me gusta; soy el campeón de los perdedores.

 

            ANSELMO.- ¿Qué tal va, Toni?

 

            TONI.- (Sentándose.) No me puedo quejar. En la asesoría tenemos trabajo para dar y tomar. Primero tenemos que presentar unos resúmenes, luego otros modelos, después la contabilidad, luego la renta.... En fin, no parar.

 

            ANSELMO.- Me parece muy bien.

 

            EMILIO.- (Saliendo de la cocina.) Oye, que no os he preguntado, ¿queréis tomar algo mientras esperamos?

 

            ANSELMO.- No, gracias.

 

            TONI.- Muchas gracias, Emilio, pero he tomado un café hace media hora con un compañero de trabajo y todavía no lo he digerido.

 

            ANSELMO.- (A TONI.) ¿Por qué das esas explicaciones tan largas a todo el mundo?

 

            TONI.- ¿Yo? (A EMILIO, que se ha sentado) ¿A ti te parece que yo dé muchas explicaciones por todo?

 

            EMILIO.- Pues no sé; nunca me he fijado.

 

            TONI.- ¿Qué quieres decir, que no me escuchas cuando hablo?

 

            ANSELMO.- No se lo tomes a mal, Toni; que está preocupado porque lleva toda la tarde yendo al servicio.

 

            TONI.- Ah, no lo sabía.

 

            EMILIO.- Cómo lo vas a saber si acabas de llegar.

 

            TONI.- Eso es algo que te ha sentado mal. Seguro que te has puesto morado de las chocolatinas ésas que pone Elena ahí. (Señala la bandeja que está sobre la mesa de salón.)

 

            ANSELMO.- Que no es eso. Cada vez que va al servicio es a orinar.

 

            TONI.- Eso son los nervios.

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) ¿Ves? Te va a pasar algo. Seguro.

 

            EMILIO.- ¡No seas cenizo, Anselmo!

 

            TONI.- ¿Y por qué estás nervioso?

 

            EMILIO.- Hasta hace un rato por nada; pero con las explicaciones de Anselmo me estoy poniendo muy nervioso por todo. ¿Ves? Otra vez tengo que ir. (Se mete en el servicio.)

 

            TONI.- Qué raro, ¿no?

 

            ANSELMO.- La Navidad es lo que tiene.

 

            TONI.- Yo cuando estoy nervioso sé por qué me pongo nervioso; pero nunca me he puesto nervioso antes de ponerme nervioso.

 

            ANSELMO.- A mí me ocurre lo mismo.

 

            Sale EMILIO del baño.

 

            TONI.- (A EMILIO.) ¿Y haces mucha cantidad?

 

            EMILIO.- Lo normal.

 

            ANSELMO.- Y cuánto es lo normal.

 

            EMILIO.- Pues lo normal en una persona de mi edad.

 

            ANSELMO.- No solucionas nada, Emilio.

 

            TONI.- Si no lo quieres decir, no lo digas; es tu intimidad y estás en tu derecho.

 

            EMILIO.- Pero si a mí no me importa que lo sepáis; pero es que no lo sé.

 

            ANSELMO.- Nunca sabes nada. Pareces un médico.

 

            TONI.- ¿Quién falta por venir?

 

            EMILIO.- Sebastián. Seguramente se retrasa un poco; ahora están a tope.

 

            ANSELMO.- A quién se le ocurre trabajar en unos grandes almacenes en estas fechas.

 

            EMILIO.- Aunque me ha comentado que iba a intentar salir antes.

 

            TONI.- ¿No viene Andrés?

 

            EMILIO.- Me llamó para decirme que le había salido otro plan mejor.

 

            ANSELMO.- Eso es amistad y lo demás son tonterías.

 

            EMILIO.- Bien mirado, a nosotros nos tiene muy vistos.

 

            TONI.- Seguro que el “plan mejor” es del sexo femenino. ¿Se lo has preguntado?

 

            EMILIO.- Lo di por hecho.

 

            ANSELMO.- También falta Elena. Por que Elena vendrá, ¿no?

 

            EMILIO.- Claro, si vive aquí.

 

            ANSELMO.- Es que como no la has nombrado.

 

            EMILIO.- Porque como sabéis que vive aquí, pues no he creído necesario el mencionarla.

 

            ANSELMO.- Se empieza por no nombrarla y se acaba uno olvidando que vive con ella.

 

            EMILIO.- ¡Cómo voy a olvidar que vivo con Elena si la veo todas las noches!

 

            ANSELMO.- Lo dices como si te molestara verla todas las noches.

 

            TONI.- Por el día también la verás, ¿no?

 

            EMILIO.- Sí, pero poco. El trabajo; ya sabes.

 

            ANSELMO.- ¿Y no te acuerdas de ella por el día?

 

            EMILIO.- Sí.

 

            ANSELMO.- Y por las tardes, ¿te acuerdas de ella?

 

            EMILIO.- Claro.

 

            ANSELMO.- Entonces, ¿por qué te olvidas de ella por la noche?

 

            EMILIO.- (Comenzando a desesperarse.) ¡Ay mi madre! Pero si yo no me olvido de ella nunca.

 

            ANSELMO.- Tú lo has dicho. Yo lo he oído.

 

            EMILIO.- (A TONI.) ¿Yo he dicho eso?

 

            TONI.- Algo me suena; pero no recuerdo bien.

 

            ANSELMO.- Cuando el río suena agua lleva.

 

            EMILIO.- ¡Cómo me voy a olvidar de Elena! Si es divina. Es una delicia de chica. Me trata como nadie me había tratado.

 

            ANSELMO.- ¿Y a qué hora del día es todo eso?

 

            EMILIO.- ¡Leñe! Ya me está cogiendo otra vez... (Se dirige al baño, y camino al servicio para y mira al techo con incertidumbre por si se cae. Mutis por el servicio.)

 

            ANSELMO.- Así está toda la tarde.

 

            TONI.- Vaya faena. Te deja a medias de una conversación interesante.

 

            ANSELMO.- Pero después del intermedio continúa con la historia por donde la había dejado.

 

            TONI.- Bien visto, es como una televisión sin cable.

 

            ANSELMO.- ¿No le notas raro?

 

            TONI.- Un poco. Deben ser los nervios.

 

            ANSELMO.- Ahí hay algo más que no quiere contar. Emilio es muy reservado para sus cosas.

 

            TONI.- Es cierto. En la facultad era el único que tenía un aparcamiento reservado a su nombre.

 

            ANSELMO.- Eso es porque era un pelota.

 

            EMILIO.- (Saliendo del baño. Intentando integrarse en la conversación.) ¿Quién era un pelota?

 

            ANSELMO.- Tú.

 

            EMILIO.- ¿Yo? Me extraña...

 

            ANSELMO.- En el colegio eras tú el que repartía los folios para los exámenes.

 

            TONI.- Es cierto; todavía lo recuerdo. Era como el verdugo que conduce al reo a la guillotina.

 

            EMILIO.- ¡Qué exagerado!

 

            TONI.- Aún hoy cuando veo un folio en blanco me echo a sudar.

 

            ANSELMO.- Y siempre eras el que borraba la pizarra.

 

            EMILIO.- Tiene una fácil explicación; era el más alto de la clase.

 

            TONI.- ¡Ahí te he pillado! Bermúdez era más alto que tú.

 

            EMILIO.- Pero Doña Engracia me lo pedía a mí.

 

            ANSELMO.- Y por qué no te negabas.

 

            EMILIO.- Y por qué me tenía que negar.

 

            ANSELMO.- Por el bien del colectivo. Así es como perdimos el concepto de clase.

 

            EMILIO.- Alguien tenía que hacerlo.

 

            TONI.- Pero eras tú... El brazo ejecutor de Doña Engracia.

 

            EMILIO.- ¡Anda que os sienta bien la Navidad! ¿Qué os pasa?

 

            ANSELMO.- Nos pasa que te encontramos raro.

 

            TONI.- Pero no raro de raro. Si no raro.

 

            EMILIO.- O sea, raro.

 

            TONI.- Básicamente esa es la definición. Raro.

 

            EMILIO.- Antes que si estaba nervioso; ahora que si estoy raro. ¡A ver si os ponéis de acuerdo!

 

            ANSELMO.- Yo creo que estás nervioso porque estás raro.

 

            EMILIO.- ¿Y por qué estoy raro?

 

            ANSELMO.- Eso lo sabrás tú.

 

            EMILIO.- ¡Cómo voy a saberlo si me acabo de enterar!

 

            TONI.- ¿Llevas todo el día raro y te acabas de enterar ahora?

 

            EMILIO.- Pues no sé. Parece ser que sí.

 

            ANSELMO.- Pero, Emilio, ¿tú crees normal estar yendo al baño cada dos por tres?

 

            EMILIO.- Supongo que no.

 

            TONI.- ¿Lo supones?

 

            EMILIO.- Supongo que sí.

 

            ANSELMO.- Aclárate; o sí, o no.

 

            EMILIO.- Pues supongo que no es normal; y supongo que sí lo supongo.

 

            ANSELMO.- Definitivamente, estás delirando.

 

            EMILIO.- ¿Que yo estoy delirando?

 

            ANSELMO.- Dices unas cosas muy raras. Sin sentido alguno. (A TONI.) ¿Verdad?

 

            TONI.- Muy coherentes no son.

 

            EMILIO.- (Tomando aire; intentando relajarse.) Vale. Ya está bien la broma. ¿Dónde habéis puesto la cámara?

 

            ANSELMO.- Y por qué tenemos que tener una cámara.

 

            EMILIO.- Para grabar esto.

 

            ANSELMO.- Y para qué queremos grabar esto.

 

            EMILIO.- Para recordarlo y reírnos después.

 

            ANSELMO.- ¡Vaya tontería!

 

            TONI.- Nosotros a esto no le vemos la gracia.

 

            EMILIO.- ¿Ah no?

 

            TONI.- Sinceramente, Emilio, no.

 

            ANSELMO.- Para nada.

 

            EMILIO.- (Sentándose abatido.) Pues ahora sí que no sé qué decir.

 

            TONI.- Mira, Emilio, a ti te pasa algo. Tú estás nervioso porque estás raro, y estás raro porque hay algo que te preocupa. ¿Es así?

 

            EMILIO.- (Tímidamente.) Puede ser, puede ser...

 

            TONI.- Ya vamos mejor.

 

            ANSELMO.- Eso significa que lo sabes.

 

            EMILIO.- Que no lo sé.

 

            TONI.- (Levantándose.) ¡Pero qué es lo que no sabes!

 

            EMILIO.- Está bien, os lo diré. (Se incorpora un poquito. ANSELMO y TONI se acercan.) No sé qué comprarle a Elena por Navidad.

 

            ANSELMO y TONI se van separando poco a poco de EMILIO.

 

            EMILIO.- (Extrañado.) ¿Qué pasa?

 

            TONI.- ¿Por eso estás...? (Señala el camino del sofá al baño y viceversa varias veces.)

 

            EMILIO.- Puede ser eso.

 

            TONI.- Eso no es ningún problema. A todos nos pasa lo mismo.

 

            EMILIO.- ¿Tú tampoco sabes qué comprarle a Elena?

 

            TONI.- Me refiero que a todos nos cuesta elegir los regalos. No debes preocuparte por eso.

 

            ANSELMO.- ¿Que no debe preocuparse por eso? (A EMILIO.) ¿A que el año pasado sabías perfectamente lo que ibas a regalarle?

 

            EMILIO.- Y dale con el año pasado...

 

            ANSELMO.- A que sí.

 

            EMILIO.- (Rendido ante la evidencia.) Sí, sí, sí.

 

            ANSELMO.- ¿Veis? Ahí está el problema.

 

            TONI.- No comprendo.

 

            ANSELMO.- Muy sencillo, Toni. El año anterior sabía lo que ella quería sin dudarlo ni un instante. (A EMILIO.) ¿Me equivoco? (EMILIO le da la razón con la cabeza.) Sin embargo, este año Elena tiene todas las papeletas para que le regalen unas medias o un frasco de colonia. Y es más, me atrevería a decir que ese regalo será elegido por otra mujer. (A EMILIO.) ¿Me equivoco? (EMILIO le vuelve a dar la razón.)

 

            TONI.- ¿Otra mujer? ¿Estás engañando a Elena? ¡Cómo le puedes hacer eso, si es un primor!

 

            EMILIO.- ¡Que yo no estoy engañando a nadie!

 

            TONI.- ¿Ah, no? (Se sienta en el sofá mientras hojea una revista.)

 

            EMILIO.- No. La que le va a elegir el regalo es una compañera del trabajo de Elena.

 

            ANSELMO.- Estás enviando a una desconocida a comprar los regalos de tu pareja.

 

            EMILIO.- No es una desconocida. Es Judith, una compañera de ella. Además, se llevan estupendamente.

 

            ANSELMO.- Pero no conoce los sentimientos de ella.

 

            TONI.- (Metiéndose en la conversación.) Sí que los conoce; y mejor que él.

 

            EMILIO.- ¿Y tú cómo sabes eso?

 

            TONI.- (Mostrando la revista.) Porque lo dice aquí. (Lee.) “El noventa y tres coma dos por ciento de las mujeres confía más sus sentimientos en sus amigas que en sus propias parejas”.

 

            ANSELMO.- ¡Tonterías! Si ni siquiera son amigas.

 

            EMILIO.- Es verdad, no son amigas. De todas maneras, ella está en el resto.

 

            TONI.- (Leyendo de nuevo.) Además dice: “El resto, o sea, el seis coma ocho por ciento, se lo confía a la primera mujer que se encuentra en la parada del autobús”.

 

            EMILIO.- ¿Quién ha escrito esa chorrada?

 

            TONI.- De chorrada, nada. Es un estudio que han hecho entre tres mil mujeres. Está firmado por la Universidad de Las Vegas.

 

            EMILIO.- ¿Pero Las Vegas tiene universidad?

 

            ANSELMO.- Las Vegas tiene de todo, Emilio. Ya sabes, con dinero todo se consigue.

 

            EMILIO.- Y qué problema hay en que le compre Judith el regalo y no se lo compre yo.

 

            ANSELMO.- Básicamente, dos. Uno, que tú no te sentirás nunca identificado con el regalo; y dos, que las mujeres son muy metiches, y al final se acaban enterando.

 

            EMILIO.- ¿Tú crees que se enterará?

 

            TONI.- ¡Hay qué ver! Mientras la pobre Elena está en un mar de gente, porque es para ver cómo están las calles, buscándote el regalo que más te ilusione, pensando continuamente en qué es lo que puede comprarte para hacerte más feliz; tú, vas y le encargas el regalo a otra mujer. ¡Serás merluzo!

 

            EMILIO.- No creo que sea para tanto. De todo modos no os preocupéis, que como todavía quedan unos días para Navidad, salgo, se lo compro y punto.

 

            ANSELMO.- ¿Y qué le vas a comprar?

 

            EMILIO.- (Yendo al baño.) Cuando salga te lo digo. (Mira de nuevo al techo con preocupación y se mete en el servicio.)

 

            ANSELMO.- (A TONI, que continúa leyendo.) Creo que tenemos un problema.

 

            TONI.- Quien tiene un problema es él. Yo ya he comprado todos mis regalos.

 

            ANSELMO.- Pero, cenutrio, ¿no te das cuenta de que esto puede ser el final de la relación Emilio-Elena?

 

            TONI.- ¿Por unos regalos de nada?

 

            Sale EMILIO del servicio.

 

            EMILIO.- Por dónde lo habíamos dejado.

 

            ANSELMO.- Me ibas a decir lo que pensabas comprarle a Elena.

 

            EMILIO.- Ah, sí. Creo que lo mejor que le puedo regalar es una máquina para depilarse las piernas.

 

            ANSELMO.- (Irónico.) Es perfecto.

 

            TONI.- (Ironizando, también.) A la par que romántico.

 

            EMILIO.- Es práctico. Los regalos deben ser prácticos. Ella necesita una porque la que tiene se le está estropeando. Además, si os dais cuenta, es un regalo en el que se denota que he pensado en ella y en sus necesidades.

 

            TONI.- En eso tiene razón, ¿eh, Anselmo? Pienso que esta vez Emilio tiene razón.

 

            ANSELMO.- ¿Vosotros creéis que mi mujer se separó de mí por gusto?

 

            EMILIO.- Sí; por el gusto de quedarse tranquila.

 

            ANSELMO.- Uno de los motivos fue que me olvidé de comprarle regalos.

 

            TONI.- Ya. Pero tú no te acordabas del aniversario de boda, ni de su cumpleaños, ni del día de los enamorados, ni del aniversario de cuando os conocisteis, ni de su santo, ni de la Navidad, ni del aniversario del primer beso...

 

            ANSELMO.- Es que para eso las mujeres son muy puñeteras. Lo apuntan todo en un papel; se hacen como una agenda, e igual que nosotros tenemos el calendario de la liga para saber los partidos, ellas tienen el calendario de fechas que consideran importantes. ¡Y no veas! Hay más fechas que días en el calendario. ¡Cómo me voy a acordar yo de la primera vez que le cogí la mano! ¡Es imposible!

 

            EMILIO.- No te atormentes. Te dejó porque no te quería.

 

            ANSELMO.- De todos modos, yo no quiero que tú caigas en el mismo error que yo.

 

            EMILIO.- Bueno, a mí Elena sí me quiere.

 

            ANSELMO.- ¿Y tú cómo lo sabes?

 

            EMILIO.- Porque ella me lo dice.

 

            TONI.- No es muy buena respuesta.

 

            EMILIO.- ¿Ah, no?

 

            TONI.- Las mujeres mienten por naturaleza.

 

            EMILIO.- Elena no.

 

            ANSELMO.- (Con recochineo.) Es verdad, que Elena es un cuadro del renacimiento.

 

            EMILIO.- (También con gracia.) Y vosotros unos liantes del neoclásico.

 

            TODOS ríen.

 

            EMILIO.- En fin, a ver si viene Sebastián y estamos todos.

 

            ANSELMO.- Te has vuelto a olvidar de Elena.

 

            EMILIO.- Y dale con la misma cantinela...

 

            TONI.- ¿De quién se habrá enamorado ahora el bueno de Sebastián?

 

            ANSELMO.- Ése, tal y cómo es, se ha enamorado perdidamente de alguien con la que se ha cruzado por la calle.

 

            TONI.- Eso es mucho tiempo libre. Desde la calle hasta el portal todavía se habrá enamorado cuatro o cinco veces más.

 

            EMILIO.- ¡Si es que nos ha salido romántico el chico!

 

            ANSELMO.- Lo que nos ha salido es un papa frita. Eso es una enfermedad.

 

            EMILIO.- Pero si no hace nada malo. Se enamora, y sufre el enamoramiento no correspondido.

 

            ANSELMO.- Es masoquismo. Una enfermedad.

 

            EMILIO.- Esta semana me comentó que tenía la cena de empresa.

 

            TONI.- Pues ya está. Ahí ha caído.

 

            ANSELMO.- Nadie se puede enamorar en una noche.

 

            TONI.- Sí que se puede. En cierta ocasión leí un artículo en el que decía que las personas nos enamoramos unos de otros y no nos damos cuenta.

 

            ANSELMO.- Eso; y Sebastián un iluminado que se da cuenta antes que nadie.

 

            TONI.- También explicaba esta revista que cuando uno se enamora se engaña a sí mismo sobre la persona a la que cree que ama.

 

            EMILIO.- ¿Cómo es eso?

 

            TONI.- Diseccionaban la palabra enamorar.

 

            ANSELMO.- Como una rana, vamos.

 

            TONI.- Y llegaban a la conclusión que “enamorar” viene de la unión de “enajenación”, o sea, distracción y locura; y de “amar”, o sea, amar.

 

            EMILIO.- Lo que quieres decir es que amas, pero en realidad no amas.

 

            TONI.- Más o menos.

 

            ANSELMO.- Desde luego, os creéis todo lo que leéis. (A TONI.) Y tú debería de ojear menos ese tipo de revistas.

 

            Llaman a la puerta. EMILIO se dirige a abrirla.

 

            ANSELMO.- Hablando del rey de Roma....

 

            TONI.- Sí, debe ser él.

 

            EMILIO.- (Abriendo la puerta.) ¡Pues no lo es!

 

            TONI.- (Extrañado.) ¿Ah, no?

 

            EMILIO.- (A ANSELMO y TONI.) Es Sebastián. (A SEBASTIAN) ¿Qué tal, Sebastián?

 

            SEBASTIAN.- (Quitándose el abrigo tres cuartos y la bufanda; colgándolo todo en el perchero.) Muerto de frío. ¡Menudo frío!

 

            EMILIO.- Yo creo que hace años que no hace tanto frío.

 

            ANSELMO.- El año pasado dijisteis lo mismo.

 

            EMILIO.- Parece ser que el año pasado fue mi año. Hice de todo, oye.

 

            SEBASTIAN.- (Sentándose.) ¿A quién esperabais que os he dado esta desilusión?

 

            TONI.- A nadie.

 

            EMILIO.- Sólo faltabas tú.

 

            SEBASTIAN.- (Mirando alrededor.) ¿Y Elena no viene?

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) Otro que se acuerda de Elena antes que tú.

 

            EMILIO.- (Contrariado.) ¡Si Elena vive aquí cómo no va a venir!

 

            SEBASTIAN.- Podría haber quedado con alguna amiga. Igual que nosotros hemos quedado con nosotros, ella puede quedar con amigas.

 

            TONI.- (Contento.) ¡Eso, eso! Y que las presente.

 

            SEBASTIAN.- ¿Y dónde está entonces?

 

            EMILIO.- De compras. Ya sabes cómo son...

 

            SEBASTIAN.- ¿Cómo son?

 

            ANSELMO.- (Explicando.) Pues que en estas fechas es como si les abriesen la veda de comprar; que pareces un pardillo.

 

            SEBASTIAN.- A mí me da que estáis equivocados. La calle está llena de hombres y de mujeres. Eso sí, sin parar de comprar; pero de manera mixta.

 

            TONI.- Un fivty fivty, vamos.

 

            SEBASTIAN.- Exacto.

 

            EMILIO.- (A SEBASTIAN.) ¿Quieres tomar algo?

 

            SEBASTIAN.- Si me pones unas aceitunitas y una Coca-Cola, te lo agradeceré.

 

            EMILIO.- Eso está hecho. (Hace mutis por la puerta de la cocina.)

 

            SEBASTIAN.- ¿Has escrito muchas felicitaciones, Anselmo?

 

            ANSELMO.- Las justas y necesarias para hacer feliz a mucha gente.

 

            TONI.-¿Cuántas frases se te tienen que ocurrir para ser rentable?

 

            ANSELMO.- Con dos me pagan un fijo; y por cada una de más me dan una comisión.

 

            TONI.- Te pagarán una birria, ¿no?

 

            SEBASTIAN.- ¡Qué dices! Si éste (Por ANSELMO.) gana un pastón.

 

            TONI.- ¿Tantas haces en un día?

 

            ANSELMO.- A lo máximo que he llegado es a seis... (Pensando.) No, miento; un día hice nueve. Pero mi media está en cinco frases al día.

 

            TONI.- ¿Sólo?

 

            ANSELMO.- Eso hay que hacerlo solo. ¿O tú has visto un pintor que mientras trabaja esté rodeado de gente? Los artistas para expresarnos necesitamos la soledad.

 

            TONI.- ¡Hay que fastidiarse! Uno matándose a trabajar, y a éste con cinco frases le dan un sobresueldo.

 

            ANSELMO.- El arte hay que pagarlo.

 

            SEBASTIAN.- Hacer feliz a tanta gente no tiene precio.

 

            Sale de la cocina EMILIO, con un plato de aceitunas y un refresco.

 

            EMILIO.- (Poniéndolas sobre la mesa.) Aquí lo tienes.

 

            SEBASTIAN.- Muchas gracias. Creo que el cielo debe ser algo así; unas aceitunas, un refresco, y rodeado de tus amigos.

 

            ANSELMO.- Pues si llegas antes que yo no me pidas nada.

 

            EMILIO.- (A SEBASTIAN) ¿Qué tal te fue en la cena de empresa?

 

            SEBASTIAN.- (Emocionado; se levanta.) Fue maravilloso. ¡Me enamoré!

 

            ANSELMO.- (Irónico.) Qué raro.

 

            TONI.- (Tarareando el fragmento de la canción “El Telegrama”; mientras baila por el escenario) ¡Ya lo sabía, ya lo sabía!...

 

            EMILIO.- ¡No puede ser, Sebastián! Siempre te está enamorando. ¿Cuántas veces te has enamorado este año?

 

            SEBASTIAN.- Pero esta vez es de veras.

 

            ANSELMO.- Como las ciento cincuenta y nueve anteriores.

 

            SEBASTIAN.- Esta vez es diferente. La toqué.

 

            EMILIO.- ¿La tocaste?

 

            SEBASTIAN.- (Orgulloso.) Sí.

 

            TONI.- O sea, que no se cruzó ante ti ni estaba comiendo en la mesa de enfrente.

 

            SEBASTIAN.- Efectivamente.

 

            ANSELMO.- ¿Y con qué sentido la tocaste? Por que hay muchos sentidos.

 

            SEBASTIAN.- Estuve bailando con ella toda la noche.

 

            TONI.- (Sorprendido.) O sea, que existe.

 

            SEBASTIAN.- Si la toqué es que existe.

 

            ANSELMO.- ¿Y no te dijo nada? Porque las chicas de hoy día te lo dejan claro. Un día fui a presentarme a una, y cuando ya estaba dispuesto a presentarme, me dice: “Ni me toques”.

 

            EMILIO.- Qué directa.

 

            ANSELMO.- Debí haberle hecho caso; ahora es mi ex-mujer.

 

            TONI.- Pero sigue, Sebastián; sigue. ¿Cómo se llama?

 

            SEBASTIAN.- Sandra. Se llama Sandra.

 

            TONI.- ¿Y a que es la mujer de tu vida?

 

            SEBASTIAN.- Yo creo que sí.

 

            ANSELMO.- ¿Veis? Como las restantes.

 

            EMILIO.- Cuéntanos todo; pero con detalles.

 

            Se sientan ANSELMO, EMILIO Y TONI, mientras que SEBASTIAN queda en pie narrando lo sucedido. De vez en cuando coge alguna aceituna, o bebe un poco.

 

            SEBASTIAN.- En realidad, no hay mucho que contar. Todo sucedió en la cena de la empresa. Imaginaros, en unos grandes almacenes... pues, no sé... seremos más de quinientos. Lo cierto es que yo sólo conozco a unos veinte. Fue en el cocktail de entrada cuando la vi.

 

            TONI.- (Interrumpiéndole.) ¡Y ahí te enamoraste!

 

            SEBASTIAN.- Sí. Pero os prometo que esta vez no iba predispuesto. Es más, mi único pensamiento antes de verla a ella era cenar gratis y hacer la pelota al jefe de sección. (Coge una aceituna.) Aunque mi plan se truncó al ver su figura.

 

            EMILIO.- ¿La del jefe de sección?

 

            SEBASTIAN.- ¡La de Sandra, hombre!

 

            ANSELMO.- Las mujeres siempre fastidiándolo todo.

 

            SEBASTIAN.- Mientras buscaba al jefe de mi sección para hacerle la rosca; con el rabillo del ojo veo que la figura de la chica se acercaba. Creí que iba a pasar de largo, cuando escucho una voz que me dice: “Hola”. ¡No me lo podía creer! ¡Me estaba hablando a mí! (Bebe.) En serio, si no os ha pasado nunca, es una de las experiencias más increíbles que hay.

 

            EMILIO.- ¿Cuál?

 

            SEBASTIAN.- Que se te acerque una chica.

 

            ANSELMO.- Y yo que creía que lo había escuchado todo.

 

            SEBASTIAN.- Le dije hola. Y estuvimos hablando largo tiempo. No era de aquí; me di cuenta por su manera de hablar, y, sobre todo, porque me dijo que no era de aquí.

 

            ANSELMO.- ¿Y la creíste?

 

            SEBASTIAN.- Por supuesto. Las mujeres son las únicas personas del sexo femenino que no mienten.

 

            ANSELMO.- Esa frase tiene doble sentido.

 

            EMILIO.- ¿Y qué más pasó?

 

            SEBASTIAN.- ¡Te parece poco! ¡Qué más quieres que pase! ¿Un tranvía, un camión, un pelotón ciclista?

 

            ANSELMO.- ¿Y habéis quedado para otro día? Porque si no quedas para otro día, entonces es como si no hubieses hecho nada.

 

            SEBASTIAN.- (Negando con la cabeza.) Pues...

 

            TONI.- ¿Veis? Ya estamos. Se nos queda pillado por una chica, y lo único que hace es venir aquí y contárnoslo a nosotros. ¡Eso se hace más tarde!

 

            SEBASTIAN.- ¡Qué quieres, que ponga un anuncio en la presa!

 

            TONI.- Tienes que llamarla.

 

            ANSELMO.- Le habrás pedido el teléfono; porque si no le pides el teléfono es como si no hubiese existido nunca.

 

            SEBASTIAN.- Ya, pero...

 

            TONI.- ¡Cómo siempre! ¿Y ahora, cómo la localizas?

 

            SEBASTIAN.- No sé. Es que como estaba tan entretenido bailando, creí que nunca nos íbamos a separar.

 

            EMILIO.- Pero, hombre, Sebastián...

 

            SEBASTIAN.- (Excusándose.) Ella tampoco me pidió el teléfono, ni la dirección, ni la marca de mi chaqueta.

 

            ANSELMO.- Las mujeres nunca piden nada.

 

            TONI.- Eso.

 

            ANSELMO.- Hasta que se casan; entonces piden de todo.

 

            TONI.- Eso.

 

            ANSELMO.- Hasta que se cansan de pedir; que es cuando te piden el divorcio.

 

            EMILIO.- Y se lo das, ¿verdad?

 

            ANSELMO.- Porque no se les puede llevar la contraria. ¡Imagínate! Una te pide el divorcio; tú le dices que no; y te hacen la vida imposible. No te hacen la comida, ni sacan la basura... Y encima, protestan con la dichosa taza del water.

 

            EMILIO.- Si es que son muy listas. Hacen acoso psicológico.

 

            SEBASTIAN.- ¿A ti Elena te hace acoso psicológico?

 

            EMILIO.- Qué va. Nuestra relación es perfecta.

 

            TONI.- ¿Nunca habéis discutido?

 

            EMILIO.- Jamás.

 

            SEBASTIAN.- Quién va a discutir con Elena; si es un cielo.

 

            ANSELMO.- Pero los cielos se nublan; se cargan de agua; y descargan sus tormentas sobre la tierra, en este caso la relación, haciéndola más fuerte, fértil, y limpiándola de polvo.

 

            EMILIO.- En mi relación nunca llueve.

 

            TONI.- Eso es un problema. En cualquier lugar hermoso del mundo, llueve y sale el sol; hace frío y luego calor. En Suiza, sin ir más lejos, hay lluvia y sol. ¡Y mira qué felices son! En cambio, fíjate en el Sahara. ¡Qué calor! Todo el rato sol. Nada, un desastre. Por eso vive tan poca gente allí.

 

            EMILIO.- Si tanto sabéis de relaciones, (A ANSELMO.) ¿tú por qué te divorciaste?

 

            ANSELMO.- Porque en mi matrimonio sólo había lluvia. ¡Qué digo lluvia! Había nieve todo el día. ¿Tú has visto la de poca gente que vive en el Polo Norte?

 

            EMILIO.- Toda esas teoría son chorradas vuestras. (A SEBASTIAN.) Díselo tú, Sebastián, que eres el más ilustrado.

 

            SEBASTIAN.- Bueno... No sé qué decirte... En cierto modo puede que tengan razón.

 

            ANSELMO y TONI.- (Al unísono.) ¿Ves? ¿Ves?

 

            SEBASTIAN.- (Matizando.) No digo que tengan razón. En cierta ocasión, leí en una de esas revistas que lee Elena que al cuarto año de relación se produce una crisis terrible; y que si se sale a flote de ella, la relación se fortalece.

 

            EMILIO.- ¡Otro con las revistas de Elena! ¡Que son para mujeres!

 

            SEBASTIAN.- Son mucho más interesantes que las de hombres. Yo prefiero saber cómo puedo tener un trasero más prieto, o cómo puedo hacer para que se me agrieten menos las manos; que no saber cuántos caballos tiene un coche, o cuántos años me tiene que durar para que me sea más rentable. Si te das cuenta, ellas basan el bienestar en su cuerpo y en su mente; mientras nosotros buscamos el bienestar en una caja metálica con ruedas.

 

            TONI.- Lo cierto, es que en eso nos llevan ventaja.

 

            EMILIO.- ¿No os enteráis? ¡Que son revistas para mu-je-res!

 

            TONI.- (Con el mismo tono final.) Y-qué.

 

            EMILIO.- Si Elena viera lo de la crisis y la pelea; y la lluvia y el sol... ¿Por qué no busca discutir conmigo?

 

            ANSELMO.- Fácil. Porque no lee las revistas. Las compra, simplemente, para hacer gasto; y porque en el fondo esas revistas son una ONG, como “Mujeres sin fronteras”, o algo así.

 

            EMILIO.- ¡El otro! ¡Vaya explicación más razonable! ¿Estáis hablando en serio?

 

            TONI.- ¿De verdad que nunca has tenido un roce, unas palabras de más con Elena?

 

            EMILIO.- No.

 

            TONI.- ¿Ni tan siquiera una discusión por el canal de la tele, que ella quiera ver el cotilleo y tú el fútbol?

 

            EMILIO.- Es que a mí me chifla el cotilleo.

 

            ANSELMO.- ¿Y los pelos de la bañera? Porque eso sí que provoca discusiones.

 

            EMILIO.- Nunca.

 

            ANSELMO.- ¿Y el tubo de la pasta de dientes apretado por la mitad? Con eso yo sí que me gané broncas.

 

            EMILIO.- Para nada. Los dos apretamos por el mismo lado.

 

            TONI.- Jó, Emilio; tú relación va a pique. Es un desastre.

 

            SEBASTIAN.- Una lástima; con lo bien que os llevabais.

 

            ANSELMO.- ¿Y qué vas a hacer ahora? Porque algo tienes que hacer.

 

            EMILIO.- Seguir igual.

 

            TONI.- ¿Y vas a tirar por la borda tantos años de relación?

 

            EMILIO.- ¡Pero si estamos estupendamente!

 

            ANSELMO.- Pobre; si es que está cegado.

 

            SEBASTIAN.- A lo mejor Emilio tiene razón; no hace falta discutir para consolidar una relación.

 

            TONI.- Sebastián, tú preocúpate de encontrar a la tal Sandra; mientras nosotros salvamos la relación de éste. (Por EMILIO.)

 

            ANSELMO.- Porque a ti te gusta Sandra, ¿no?

 

            SEBASTIAN.- La he visto sólo una noche.

 

            TONI.- Y por qué no la ves más veces.

 

            SEBASTIAN.- Pues...

 

            TONI.- Conociéndote, apuesto que sabes dónde está ahora.

 

            SEBASTIAN.- (Emocionado y ruborizado.) Pues sí.

 

            ANSELMO.- Y por qué no vas.

 

            SEBASTIAN.- No sé.

 

            TONI.- Vete; hablas con ella; y vienes más feliz que unas castañuelas.

 

            SEBASTIAN.- ¿Tú crees, Toni?

 

            TONI.- ¡Claro! A ella le encantará tu visita. A las mujeres les encanta que las visiten.

 

            SEBASTIAN.- (Poniéndose apresuradamente el abrigo y la bufanda.) Voy pitando. Vengo en un rato. ¡Deseadme suerte!

 

            TODOS.- ¡Suerte!

 

            SEBASTIAN hace mutis por la puerta de la calle.

 

            TONI.- Qué enamoradizo es este muchacho.

 

            ANSELMO.- Se pueden oír las campanas del amor a su paso. Me da urticaria, y todo.

 

            EMILIO.- Pero mira cómo sois. Habéis liado al bueno de Sebastián. Lo habéis lanzado a que el amor lo tumbe otra vez.

 

            ANSELMO.- Es carne de matrimonio. ¡Qué se le va a hacer!

 

            TONI.- Lo único que le hace falta es un empujoncito.

 

            ANSELMO.- Y ahora, vamos los dos a salvar tu relación.

 

            EMILIO.- Yo estoy muy bien; ya os lo he dicho.

 

            TONI.- ¿No te has parado a pensar que no discutes con Elena por no llevarle la contraria?

 

            EMILIO.- ¿Por no llevarle la contraria?

 

            TONI.- Sí, eso he dicho; por no llevarle la contraria. A una mujer le llevas la contraria, y date por discutido; hasta que no le devuelves la razón no para.

 

            ANSELMO.- Eso no es así.

 

            EMILIO.- ¡Por fin hay algo en que no estáis de acuerdo!

 

            TONI.- Y por qué no es así.

 

            ANSELMO.- Porque ellas necesitan discutir. Siempre buscan la discusión, y si no la encuentran se la inventan.

 

            EMILIO.- Pero discutir no es bueno; lo dicen los médicos.

 

            ANSELMO.- Se lo habrás escuchado a algún doctor. ¿Pero has escuchado que una doctora diga que discutir es malo? ¡Al revés! Te dicen que es bueno; que libera tensiones.

 

            TONI.- Lo cierto es que sí libera tensiones.

 

            ANSELMO.- Ellas sí se liberan de sus tensiones, pero te las traspasan a ti.

 

            EMILIO.- Pero si yo discutiese, tendría que liberarme también, ¿no?

 

            TONI.- No. Porque como hay que darles la razón, pues ellas se quedan con la razón, y tú con el cabreo de no tenerla, después de tres horas discutiendo.

 

            EMILIO.- Oye, Anselmo, ¿tú cómo discutías con tu mujer?

 

            ANSELMO.- Yo no discutía. Llegó un momento que le daba la razón por todo.

 

            EMILIO.- (Interrumpiéndole.) Hombre, Anselmo...

 

            ANSELMO.- Lo que yo te diga; por todo. Que si en Julio tenía frío en los pies, pues lo cerrábamos todo. En el cine se quedaba a ver los créditos de la películas, porque quería saber quién había peinado a la protagonista; y, claro, yo también me quedaba. ¡En mi vida creí que trabajara tanta gente en una película! Creo que inventan los nombres. Deberían de hacer un festival de créditos. Total, que yo hacía lo que ella quería. Por complacerla.

 

            EMILIO.- Hacías lo correcto.

 

            TONI.- Si la tenías tan consentida, ¿cómo es que te dejó?

 

            ANSELMO.- Porque tenía estrés.

 

            EMILIO.- ¿Estrés?

 

            ANSELMO.- Como lo oyes. Su psicoanalista le dijo que tenía estrés por una acumulación de tensión en todo el cuerpo. Le dijo que todo se debía a que no liberaba tensiones, y que tenía que soltarla discutiendo.

 

            TONI.- Y cuando llegaba a casa habría unas broncas de no te menees, ¿no?

 

            ANSELMO.- Qué va. Como yo le daba la razón en todo, no podía discutir; y por tanto, no podía liberarse de la tensión.

 

            EMILIO.- ¿Qué pasó entonces?

 

            ANSELMO.- Que me dejó, y se fue con el psicoanalista para liberarse de las tensiones. Que, por cierto, el otro día me los encontré por la calle, y se llevan fatal, pero se les ve relajadísimos. Están contentísimos.

 

            EMILIO.- Qué cosa más extraña.

 

            ANSELMO.- De extraño, nada. Tienes que hacer que Elena libere tensiones. ¿Cuántos años lleváis juntos?

 

            EMILIO.- ¿Viviendo o saliendo?

 

            ANSELMO.- No lo sé, Emilio; ¿pero cuántos llevas?

 

            EMILIO.- Vamos a hacer cuatro de relación, y tres viviendo juntos.

 

            TONI.- ¿Has dicho cuatro?

 

            EMILIO.- Sí, ¿qué sucede?

 

            TONI.- Es la fecha que decía la revista. A los cuatro años una crisis que para qué te cuento.

 

            EMILIO.- Anda, y cuenta mejor; porque la revista no decía cuándo había que empezar a contar. Si desde el primer beso; si desde el primer achuchón; si desde la primera cita; si desde que te declaras; si cuando te casas; si cuando te vas a vivir con ella... No lo especifica.

 

            TONI.- Porque todo eso que has dicho, las parejas de hoy día lo hacen en un año.

 

            EMILIO.- ¿Y qué decís de las parejas que se separan a los once años, o a los trece?

 

            ANSELMO.- Eso son errores de la naturaleza; como cuando salen dos yemas en un huevo.

 

            EMILIO.- ¿Y por qué tienen que ser cuatro años?

 

            ANSELMO.- Porque según el psicoanalista de mi mujer, o sea su actual pareja, que es un experto en la materia, el cuerpo humano puede almacenar nervios y tensiones por un máximo de cuatro años.

 

            TONI.- O sea, que Elena está a punto de explotar.

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) Tienes que hacer que se relaje.

 

            EMILIO.- Yo para que se relaje le hago masajes en la espalda; le acaricio los brazos; le preparo un baño de sales naturales; y cosas así.

 

            ANSELMO.- Lo que tú dices son tensiones del cuerpo; pero yo te hablo de las otras tensiones, que se depositan en el estómago. Los nervios.

 

            TONI.- Si nunca discutís, la pobre Elena tiene que estar a rebosar.

 

            EMILIO.- ¿Vosotros creéis?

 

            TONI.- Yo lo afirmaría.

 

            ANSELMO.- Yo lo afirmo.

 

            EMILIO.- No soportaría perder a Elena. La quiero con locura.

 

            ANSELMO.- Entonces, no hay tiempo que perder; tienes que discutir con ella.

 

            EMILIO.- No me da motivos... Es tan rica.

 

            TONI.- (Burlándose. Cambiando el tono de voz.) Es tan rica. ¡Es tu relación la que está en juego!

 

            ANSELMO.- Puede ser doloroso y largo; pero si vences la crisis y liberas su tensión, fortalecerás la relación, y ya nadie os separará.

 

            EMILIO.- ¿Largo y doloroso?

 

            TONI.- Zamora no se conquistó en una hora.

 

            ANSELMO.- Ni un roble fuerte y sano crece en un día. Esto requiere su tiempo.

 

            EMILIO.- Todo sea por ella. ¿Qué debo hacer? (Se le nota preocupado. Caminando de un lado a otro.)

 

            ANSELMO.- De momento pararte. Que vas a gastar las suelas de los zapatos.

 

            EMILIO.- Es que, de repente, me ha entrado la inseguridad de vivir sin Elena.

 

            TONI.- Eso es bueno. Quiere decir que la necesitas.

 

            EMILIO.- ¡Cómo va a ser bueno esto!

 

            TONI.- Tú haznos caso a nosotros, y verás qué bien.

 

            EMILIO.- Me has dejado más tranquilo. El uno (Señalando a ANSELMO.), divorciado; y el otro (Por TONI.), que no se come una rosca desde el jardín de infancia. Y ni siquiera allí ligaste.

 

            TONI.- Porque a nosotros lo que nos falta es práctica; pero la teoría nos la sabemos toda.

 

            ANSELMO.- Nosotros, querido Emilio, no ponemos lo que sabemos en práctica; porque hay quien nace para enseñar, y quien nace para aprender.

 

            TONI.- ¡Y figúrate tú qué mala suerte! Hemos caído en el lado de los que enseñan; con lo que a mí me gustaría aprender... ¡Ay, Dios mío!

 

            EMILIO.- ¡Seréis depravados! Si hasta tenéis los ojos rojos.

 

            TONI.- Para que veas lo que sufrimos los que enseñamos.

 

            EMILIO.- (Incrédulo.) Ya.

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) Tú has tenido la suerte de caer en el lado contrario; en el de los alumnos. ¡Aprovéchalo!

 

            EMILIO.- (Que sigue caminando.) ¡¿Pero cómo?!

 

            TONI.- Para eso estamos aquí éste (Por ANSELMO.) y yo.

 

            EMILIO.- (Deteniéndose.) Muy bien. ¿Qué debo hacer? Que sólo hacéis que hablar y hablar, y no dais soluciones.

 

            ANSELMO.- Muy sencillo.

 

            EMILIO.- Dime.

 

            ANSELMO.- Discutir con ella.

 

            EMILIO.- ¿Por qué motivo voy a discutir con ella?

 

            TONI.- Para consolidar tu relación; que no te enteras.

 

            EMILIO.- Pregunto el motivo de la discusión.

 

            TONI.- Ah. (Pasándole la patata caliente a ANSELMO.) Buena pregunta... Díselo tú, Anselmo.

 

            ANSELMO.- Por cualquier cosa. El motivo es lo de menos.

 

            EMILIO.- Por alguna razón ha de ser; si no, no tiene sentido.

 

            ANSELMO.- Por eso no te preocupes; sentido no va a tener nunca. ¿No has escuchado que de un granito de arena se forma una montaña? Pues aquí lo mismo.

 

            EMILIO.- No entiendo.

 

            TONI.- (Aparte.) Ni yo.

 

            ANSELMO.- ¡Claro como el agua! Puedes discutir por cualquier nimiedad. Por las revistas que lee; porque se levanta muy temprano; porque se echa poco azúcar en el café; porque no te deja mojar pan en el huevo;... ¡¿Te das cuenta?! Tu vida cotidiana es un campo de minas de discusión, preparadas para hacerlas estallar.

 

            TONI.- (Aparte.) Con lo sequerón que es, y lo bien que habla, el tío.

 

            EMILIO.- Uy, qué va.

 

            ANSELMO.- ¿Qué pasa?

 

            EMILIO.- Que me parece que hay menos minas de las que tú te crees.

 

            TONI.- ¿Y eso?

 

            EMILIO.- Porque yo me levanto antes que ella; porque se echa lo justo de azúcar para mantener su tensión óptima; y porque no puedo tomar huevos, porque me salen ronchas por todo el cuerpo.

 

            TONI.- ¿Y las revistas? Faltan las revistas.

 

            EMILIO.- Sería un buen argumento; pero es que le regalé por nuestro segundo aniversario una suscripción por dos años.

 

            TONI.- Vamos, que te has hipotecado.

 

            ANSELMO.- Y si rompéis, ¿qué harás? ¿tú le pasarás la pensión para la suscripción de la revista? Porque eso lo habrás pensado, ¿no?

 

            EMILIO.- (Muy nervioso.) ¡Cómo voy a pensar en romper con Elena!

 

            ANSELMO.- Todo eso tienes que pensarlo. Es un riesgo que hay que tener en cuenta.

 

            EMILIO.- Pues yo no lo quiero tener en cuenta. (Caminando más rápido por la escena.)

 

            ANSELMO.- Tú mismo, chico. Si no arriesgas ahora, ella explotará y la perderás; y si arriesgas, a lo mejor, (Recalcando la frase.) esto es importante: “a lo mejor”, la pierdes. Que después no quiero líos ni responsabilidades.

 

            TONI.- En teoría parece una buena propuesta.

 

            EMILIO.- Dejadme pensar... (Se acerca a la batería, y comienza a pensar en voz alta. Mientras, ANSELMO y TONI le observan atentamente, extrañados, unos metros por detrás de ÉL.) Vamos a ver, si le hago caso a estos dos y la cosa sale bien, habré ganado para siempre a Elena. (Rectifica.) ¡Pero si ya estoy con ella! Lo que puede pasar es que la pierda, y si la pierdo es porque la tengo. Entonces, ¿para qué quiero hacer chorradas? Claro, que si por otra parte, me mantengo como hasta ahora, ella puede que explote porque al cuarto año estará repleta de estrés. Yo creo que lo mejor es que me arriesgue. Lo haré por ella, aunque si pierdo me vuelva a coger la úlcera; pero la tengo que desestresar. Ella se lo merece. Me sacrificaré.

 

            ANSELMO.- (Satisfecho.) Eso es amor.

 

            TONI.- (Contento.) Con tanto sentimiento, esto no puede acabar mal.

 

            EMILIO.- (Dándose la vuelta, y dirigiéndose a TONI y ANSELMO. Con entusiasmo.) ¡Lo voy a hacer! ¡Voy a discutir! ¡Le voy a quitar todo el estrés que lleva dentro; que ríete tú del yoga! Y que sea lo que Dios quiera.

 

            TONI.- (Aparte.) Y que nos coja confesados.

 

            EMILIO.- (Entusiasmado.) No hay que perder tiempo; ¿qué he de hacer?

 

            ANSELMO.- Pues verás, siéntate.

 

            EMILIO.- (Sentándose.) Cuéntame.

 

            ANSELMO.- Lo primero...

 

            EMILIO.- (Interrumpiéndole. Haciéndolo callar.) Para, para.

 

            TONI.- ¿Qué sucede?

 

            ANSELMO.- Sí, ¿qué pasa?

 

            EMILIO.- (Levantándose.) Que me parece haber escuchado el ascensor. Debe ser ella. Queda por tanto cancelada la operación “Salvemos la pareja” para otro día.

 

            ANSELMO.- No puede ser.

 

            EMILIO.- Anda, tú. ¿Y por qué no puede ser, Anselmo?

 

            ANSELMO.- Porque tiene que ser en esta época, en Navidad. Los sentimientos en este tiempo están a flor de piel; por eso se rompen y se crean tantas parejas en estas fiestas.

 

            TONI.- La Navidad es como la Primavera de las parejas.

 

            ANSELMO.- Efectivamente.

 

            EMILIO.- Pero no hay en ello ningún problema. Si no discuto hoy discutiré mañana; que también entra en el periodo de Navidad, ¿no?

 

            ANSELMO.- No es igual.

 

            EMILIO.- ¿Cuál es la diferencia?

 

            TONI.- Sí, eso; ¿cuál es la diferencia?

 

            ANSELMO.- Que hoy estamos nosotros aquí. Que en cualquier momento te podemos echar un cable; o si hace falta, metemos cizaña para aumentar la bronca.

 

            EMILIO.- (Preocupado.) ¿Bronca?

 

            ANSELMO.- (Rectificando.) Desestrés; he querido decir desestrés. Vamos, que has tenido suerte que estemos aquí.

 

            TONI.- Yo siempre he querido tener pareja para discutir delante vuestra.

 

            EMILIO.- (Bajando la voz. A ANSELMO y TONI.) Disimulada; que entra.

 

            EMILIO y TONI se sientan en silencio, éste coge una revista; ANSELMO, se sitúa frente a la pared haciendo como si observase interesadísimo el retrato situado entre el baño y la cocina. Todos quedan en silencio. Entra ELENA, elegante y agradable, por la puerta de la calle, cargada de bolsas de regalos. Contempla la situación de los tres amigos mientras se quita los guantes, la bufanda y el abrigo. Deja los paquetes junto al perchero, y se acerca, tranquila, al centro de la escena; por detrás del sofá.

 

            ELENA.- (Con desconfianza.) ¿Qué estáis tramando?

 

            TODOS las saludan alegremente; haciéndose los sorprendidos.

 

            EMILIO.- ¡Hola, cariño! (Se acerca a ELLA, y le da un beso.)

 

            TONI.- ¡Qué sorpresa, Elena! (Le da dos besos.)

 

            ANSELMO.- Me alegro de verte, Elena. Estás preciosa. (También le da un par de besos.)

 

            ELENA.- ¿Qué hacíais tan callados?

 

            EMILIO.- ¿Quién? ¿Nosotros?

 

            ELENA.- (Mira a un lado y a otro.) ¿Hay alguien más?

 

            ANSELMO.- Lo que sucede es que nos has pillado justo en una de esas ocasiones en las que pasa un ángel.

 

            TONI.- Y has pasado tú. Un ángel.

 

            ELENA.- Mil gracias. Eres un encanto, Toni. Pero, ¿me vais a decir qué estabais haciendo?

 

            ANSELMO.- Estábamos reflexionando sobre este cuadro. Yo no le veo el fondo; Emilio me asegura que si lo tiene; y Toni, en el fondo, lo único que ve es el marco. Ante tales opiniones nos hemos quedado en silencio, buscando un sentido a este cuadro. ¿Te lo crees?

 

            ELENA.- Ni una palabra.

 

            TONI.- Qué desconfiada. ¿Por qué no podemos discutir de arte?

 

            ELENA.- Porque el cuadro ya venía con la casa. Y ahora, hoy, se os ocurre hacer una tesis sobre él.

 

            ANSELMO.- Ya ves; nosotros somos así, imprevisibles.

 

            ELENA.- Y tanto. Nunca hacéis lo previsto.

 

            EMILIO.- ¿A qué te refieres?

 

            ELENA.- Tenías previsto preparar la mesa; y también ibas a hacer los canapés y prepararlo todo. (Echando la vista a la mesa del fondo.) Y, por lo pronto, la mesa no la veo puesta. ¿Esto estaba previsto o no estaba previsto?

 

            EMILIO.- Está todo previsto. Lo que pasa es que se me ha hecho tarde porque nos hemos puesto a hablar, y... ¡Si es que en realidad la culpa la tienen estos dos, que han llegado muy temprano!

 

            ANSELMO.- Nosotros hemos llegado a la hora convenida. A mí me dicen una hora, y yo ahí, como un clavo. Para la puntualidad soy muy exigente.

 

            TONI.- Yo también he venido a la hora que me dijisteis. Si hemos llegado pronto es porque tú (Por EMILIO.) nos tenías que haber avisado para venir más tarde, y nos hubiéramos ahorrado todas estas conversaciones, y...

 

            ANSELMO.- (Disimulando.) Y todas estas conversaciones sobre el arte barroco.

 

            EMILIO.- (Nervioso.) Todo empezó cuando Sebastián comentó que estaban haciendo obras en la catedral. Y hablando, hablando... Hemos llegado hasta el cuadro.

 

            ANSELMO.- Lo que da de sí una conversación amena, ¿eh?

 

            ELENA.- Todo esto confirma que tramáis algo. Por cierto, ¿dónde está Sebastián?

 

            TONI.- Ha venido; pero se ha vuelto a ir.

 

            ELENA.- Vuelve, ¿no?

 

            EMILIO.- Debe de estar al caer.

 

            ELENA.- Además de hablar de arte, ¿habéis preparado algo?

 

            EMILIO.- No nos ha dado tiempo.

 

            ELENA.- En fin; voy a dejar los paquetes en la habitación y ahora vengo.

 

            EMILIO.- (Ilusionado.) ¿Son regalos para mí? ¿Qué es? ¿Qué es?

 

            ELENA.- (Dulcemente.) Ya lo sabrás... (Le lanza un beso con los labios, mientras se dirige a la habitación cargada con los regalos. Hace mutis.)

 

            EMILIO le devuelve besos, incluso una vez que ella ha desaparecido le sigue lanzando besos. Al darse media vuelta, con cara de tonto enamorado, se da cuenta que ANSELMO y TONI lo están mirando fijamente.

 

            EMILIO.- (Reaccionando.) ¿Qué pasa?

 

            TONI.- ¿Cómo que qué pasa? ¿Tú crees que llevandos tan bien vais a discutir algún día?

 

            EMILIO.- (Enamorado.) ¿Pero tú la has visto? Si es que es para comérsela.

 

            ANSELMO.- No te puedes dejar influir por un estúpido sentimiento. Hay que salvar vuestra relación.

 

            EMILIO.- En serio os lo digo; yo es que la veo muy contenta y muy relajada. Y fijaos, no se ha enfadado ni nada cuando se ha dado cuenta que no he puesto la mesa.

 

            ANSELMO.- Porque se lo guarda por dentro. No sabemos su límite, pero debe estar ahí, ahí...

 

            EMILIO.- Tienes razón. Aunque comprende que no es fácil.

 

            TONI.- Nadie dijo que lo fuera, Emilio. Aquí nos tienes para ayudarte.

 

            EMILIO.- Pues, amigos, os necesito; porque solo no creo que pueda.

 

            Sale de la habitación ELENA, que viste de la misma manera.

 

            ELENA.- (Acercándose a EMILIO; haciéndole cariñitos y dándole besitos por la nuca.) Ya te he escondido los regalos; ¿los encontrarás?

 

            EMILIO.- (Levantándose, y separándose de ella bruscamente.) ¡Dame tiempo!

 

            ELENA.- (Sorprendida por la reacción.) ¿Qué te pasa?

 

            EMILIO.- Nada. ¿Qué me va a pasar? (A TONI y ANSELMO.) ¿Vosotros veis que me pase algo?

 

            Los DOS niegan con la cabeza.

 

            ANSELMO.- Precisamente se lo estaba diciendo esta tarde; Emilio, te encuentro más normal que nunca.

 

            EMILIO.- ¿Ves? Más normal que nunca. Son paranoias tuyas.

 

            ELENA.- Bueno, vosotros sabréis.

 

            ANSELMO.- ¿Qué tenemos que saber?

 

            ELENA.- El grado de normalidad de cada uno. Mientras habláis de vuestras cosas, voy a la cocina a prepararlo todo; aunque no sé si me va a dar tiempo.

 

            TONI.- Si no te da tiempo, es igual. Llamamos que traigan una pizza, y tema arreglado.

 

            ELENA.- Eso, vosotros no os ofrezcáis a ayudarme.

 

            ANSELMO.- De verdad, Elena, si nosotros con unas pizzas o un chino nos conformamos. ¡Para qué te vas a molestar!

 

            ELENA.- Ya tengo las cosas en la cocina; Emilio lo ha comprado todo.

 

            EMILIO.- (Disimulando.) Lo importante es que estemos todos juntos.

 

            ELENA.- (Con tono tranquilo.) Tampoco has comprado nada, ¿verdad?

 

            EMILIO.- Bueno, yo...

 

            ELENA.- La lista que hay pegada en la nevera no es la clasificación de fútbol.

 

            ANSELMO.- ¿Cómo te has podido olvidar de eso, hombre?

 

            EMILIO.- No es que me haya olvidado; simplemente, es que no la he visto.

 

            TONI.- ¿No lo has visto cuando le has traído a Sebastián el refresco? ¡Hay que ser pachorra!

 

            EMILIO.- Ni me he fijado.

 

            ANSELMO.- (A ELENA.) Dile algo; porque le tienes que decir alto.

 

            ELENA.- (Serena.) Si no lo ha visto, pues no lo ha visto. Por cierto, voy a llamar a mi amiga Begoña para felicitarla, que es su cumpleaños.

 

            TONI.- ¿Cuántos cumple?

 

            ELENA.- Treinta.

 

            TONI.- ¿Tiene novio?

 

            ELENA.- Está casada y con tres niños.

 

            TONI.- Entonces no la felicites.

 

            ANSELMO.- Y al marido dale el pésame.

 

            ELENA.- ¿Por qué tengo que darle el pásame al marido?

 

            ANSELMO.- Porque cuando se divorcia va a tener que pedir un préstamo para pagar la manutención de los niños.

 

            ELENA.- ¡Cómo se van a separar!

 

            ANSELMO.- El primer paso ya lo han dado; que ha sido casarse.

 

            EMILIO.- No le hagas caso, Elena; que éstos ni creen en el amor ni en nada.

 

            ANSELMO.- Una vez creí en el amor, y me he convertido en ateo.

 

            ELENA coge el teléfono, y hace como si hablara por él; en un segundo plano. En primer plano, como centro de la escena, quedan EMILIO, ANSELMO y TONI, que al dialogar bajan el tono de voz.

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) Pero, vamos a ver; ¿se puede saber cuándo vas a discutir? Porque a este paso nos dan las uvas.

 

            EMILIO.- No es tan sencillo. Dos discuten si dos quieren discutir; pero ella no está por la labor.

 

            ANSELMO.- Mira, Emilio, imagínate un pingüino; es un animal simpático y bonachón, ¿no?

 

            EMILIO.- Sí.

 

            ANSELMO.- Si tú le pinchas con un alfiler, ¿crees que reaccionaría violentamente?

 

            EMILIO.- Me cuesta imaginarlo; pero no.

 

            ANSELMO.- ¿Y si le pinchas dos veces?

 

            EMILIO.- No sé; tal vez se sacudiría un poco.

 

            ANSELMO.- ¿Y si le pinchas diez o quince veces?

 

            EMILIO.- ¡Claro que se enfadaría!

 

            ANSELMO.- ¿Lo ves? Todos tenemos un límite.

 

            TONI.- Qué cierto.

 

            EMILIO.- ¿Pero a mí que narices me ha hecho el pingüino para que le pinche con un alfiler? Pobre animal. Bastante tiene con resguardarse de las orcas, para que encima vaya yo a fastidiarle con un alfiler.

 

            ANSELMO.- Era una metáfora.

 

            TONI.- Claro, hombre; era un poner. Se supone que tú eres tú, y que el pingüino es Elena.

 

            EMILIO.- Y el alfiler, vosotros; que menudos estáis hechos. ¡No os dais cuenta que no entra nunca al trapo!

 

            TONI.- Sí. Paciencia tiene.

 

            ANSELMO.- Tiene que tener algún punto flaco. Todos tenemos un punto débil; algo que nos irrite en gran medida.

 

            EMILIO se encoge de hombros, no encontrando nada que irrite a ELENA.

 

            TONI.- Algo tiene que haber.

 

            EMILIO niega con la cabeza, haciendo el mismo gesto anterior.

 

            ANSELMO.- Lo haremos de la siguiente manera.

 

            EMILIO.- Te escucho.

 

            ANSELMO.- Nosotros sacamos un tema, y tú provocas con ese tema. Pero tienes que ser duro, ¿eh?

 

            EMILIO.- Lo intentaré. Todo sea por desestresarla.

 

            TONI.- Puedes empezar, por ejemplo, diciéndole que habla mucho por teléfono.

 

            ANSELMO.- Es una propuesta magnífica. Todas las mujeres hablan demasiado por teléfono. Se deberían fijar en nosotros, los hombres, que llamamos desde el trabajo.

 

            TONI.- Porque nosotros llevamos a la práctica la economía familiar.

 

            EMILIO.- Pero es que es ella la que paga el teléfono.

 

            ANSELMO.- ¿No vais a medias? En estos casos siempre se ha ido a medias.

 

            EMILIO.- Este caso es diferente. Yo tengo pocos ingresos, y cada vez que tengo alguno se me va en impuestos.

 

            ANSELMO.- Si ya te lo advertí cuando ingresaste en el conservatorio. “Métete en la rama de violín, que en las orquestas hay un montón”. Pero tú nada, cogiste la especialidad de platillos, y, claro, de ésos en las orquestas sólo hay uno; y si los hay.

 

            EMILIO.- Me llaman para cubrir bajas; mayormente de alguien que se ha pillado la nariz. En Dinamarca, en Luxemburgo, en Japón... Si consiguiese alguna plaza, aunque fuese de interino. ¡Pero qué quieres! A mí me gustan los platillos.

 

            TONI.- Eso es lo importante. Que trabajas en lo que te gusta.

 

            EMILIO.- (Extrañado.) ¿Vosotros no?

 

            ANSELMO.- Mejor seguimos con el intento de desestresar a Elena.

 

            ELENA cuelga el teléfono, y viene con una cara entre seria y sorprendida.

 

            EMILIO.- Ah, ya has terminado. ¿Qué tal Begoña?

 

            ELENA.- (Cariacontecida.) Se ha separado.

 

            EMILIO.- Vaya, lo siento. (La abraza.) ¿Y cómo está?

 

            ELENA.- Divorciada.

 

            EMILIO.- Y por lo del divorcio, ¿cómo está?

 

            ELENA.- Divorciada. Quien se divorcia está divorciado.

 

            ANSELMO.- Eso es aquí y en la conchinchina.

 

            EMILIO.- ¿No era tan feliz?

 

            ANSELMO.- Uno es feliz hasta que deja de serlo.

 

            EMILIO.- Voy al servicio. (Hace mutis por la puerta del baño.)

 

            TONI.- Oye, Elena, entonces tu amiga está libre, ¿no?

 

            ELENA.- Como un taxi.

 

            ANSELMO.- Sólo que ocupado por tres niños.

 

            TONI.- (Haciendo un gesto de fastidio.) Se me había olvidado.

 

            ELENA.- ¿No te gustan los taxis llenos?

 

            TONI.- Me gustaría llenarlo yo. Es como cuando haces una colección de cromos, y los vas pegando poco a poco, con tu esfuerzo. ¿Qué te hace más ilusión, eso, o que venga alguien y te regale el álbum ya completo?

 

            ANSELMO.- Visto así, tienes razón.

 

            ELENA.- Visto así, o desde dónde lo queráis ver, se ve que sois un par de egoístas.

 

            EMILIO sale del servicio.

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) Nos ha llamado egoístas. A mí nunca nadie me había llamado eso. (Piensa.) Mi ex-mujer muchas veces, pero esa no cuenta; sus padres, que tampoco cuentan; sus hermanos, que tampoco cuentan; el cura, que...

 

            TONI.- ¿El cura también?

 

            ANSELMO.- Extraño, ¿verdad? No entendió que en la ceremonia me pusiese yo los dos anillos.

 

            ELENA.- Es que aquello tuvo guasa...

 

            ANSELMO.- Chica, me equivoqué de mano. No sabes lo nervioso que se pone uno cuando se casa.

 

            EMILIO.- Porque cree que es para toda la vida, y eso le agobia.

 

            ELENA.- ¡Emilio!

 

            ANSELMO.- Tiene razón; uno cree que es para toda la vida, y comienza a pensar en despertar cada mañana con la misma persona; día tras día...

 

            TONI.- No suena mal.

 

            ELENA.- Sí, eso es bonito.

 

            ANSELMO.- Al principio. Es como un edificio; poco a poco la persona se va degradando, y comienzan las goteras, y las grietas, y los desperfectos... Total, que el edificio se hunde mientras tú no puedes hacer nada; ni siquiera mudarte de edificio y cambiar a otro más bonito.

 

            ELENA.- ¿Ves cómo eres un egoísta?

 

            ANSELMO.- ¿Yo? ¿Egoísta yo? Pero si me casé y todo.

 

            ELENA.- Sólo piensas en ti.

 

            ANSELMO.- ¿Y en quién voy a pensar?

 

            ELENA.- Todo lo que has explicado ha sido desde tu punto de vista. ¿Es que ella no cuenta? ¿Es que ella no va a ver cómo el edificio que tiene delante se afea más de lo que ya está?

 

            ANSELMO.- No había pensado en eso.

 

            EMILIO.- Bueno, Elena, contéstame, ¿cómo se encuentra Begoña?

 

            ELENA.- Divorciada. (Enfadada.) ¡¿No lo has oído lo suficiente?! (Hace mutis por la puerta de la habitación.)

 

            Quedan ANSELMO, EMILIO y TONI en silencio.

 

            TONI.- Parece afectada.

 

            ANSELMO.- Ten en cuenta que todos sus valores se le vienen abajo.

 

            EMILIO.- ¿A qué te refieres?

 

            ANSELMO.- Elena, como todas las mujeres que son mujeres, creen en el amor eterno y todo eso que cuentan en las películas.

 

            EMILIO.- ¿Y tú no?

 

            ANSELMO.- ¿No te he dicho que me casé? ¡Pues entonces!

 

            EMILIO.- ¿Y tú, Toni, crees en el amor eterno?

 

            TONI.- Me pillas fuera de juego. (A EMILIO.) ¿Y tú?

 

            EMILIO.- Hombre, ahora mismo tengo pareja y me gustaría estar siempre con ella. Si eso es creer en el amor eterno, pues sí, creo en él.

 

            ANSELMO.- Cada vez que comenzamos una relación creemos que va a ser para toda la vida. ¿Os dais cuenta? El amor eterno existe; pero no en quien amamos, sino en nosotros mismos.

 

            TONI.- Pues va a ser verdad que eres egoísta.

 

            ANSELMO.- Lo que quiero decir es que nosotros llevamos dentro amor para dar; y según el momento, lo enfocamos en distintas direcciones. Es como si tuviésemos un foco de luz que nunca se apaga, y alumbramos objetos diferentes. La luz es siempre la misma; simboliza nuestro amor.

 

            TONI.- (Aparte.) Qué bien habla; parece argentino.

 

            EMILIO.- Entonces, ¿Elena es o no es mi amor eterno?

 

            ANSELMO.- Claro que sí. ¿Te imaginas sin ella?

 

            EMILIO.- No.

 

            ANSELMO.- Pues no hay duda.

 

            EMILIO.- Es la mujer de mi vida, ¿verdad?

 

            ANSELMO.- De lo que no hay duda es de desestresarla; porque ahora con el berrinche que ha cogido por lo de su amiga Begoña, está para explotar en breves instantes.

 

            EMILIO.- ¿Otra vez con lo mismo? ¡Qué nervios! (Entra al servicio.)

 

            TONI.- Vaya, ya le ha vuelto a coger.

 

            ANSELMO.- No le podemos fallar a nuestro amigo, Toni. La quiere con locura. Hay que desestresar a Elena. Ya.

 

            TONI.- ¿Y cómo lo haremos?

 

            ANSELMO.- No sé. Ya se me ocurrirá algo.

 

            Sale ELENA de la habitación.

 

            ELENA.- ¿Y Emilio?

 

            TONI.- En el servicio. No podía aguantar más.

 

            ANSELMO.- Con la risa ya se sabe. (TONI lo mira sorprendido.)

 

            ELENA.- ¿Con la risa?

 

            ANSELMO.- Cuando te has metido en la habitación ha empezado a reírse. ¿No le has escuchado?

 

            ELENA.- (Sorprendida.) No.

 

            ANSELMO.- (A TONI.) Toni, dice que no lo ha escuchado. (TONI, boquiabierto, asiente con la cabeza.)

 

            ELENA.- (Al ver a TONI.) ¿Y a éste qué le pasa?

 

            ANSELMO.- Se ha quedado así al oír las risas de Emilio. Parecía una hiena.

 

            ELENA.- ¿Y qué es lo que le hacía tanta gracia? (Sonriendo.) Algún chistecillo verde de Toni; seguro.

 

            ANSELMO.- No exactamente.

 

            ELENA.- ¿Ah no? ¿Entonces?

 

            Sale EMILIO del servicio.

 

            EMILIO.- Qué a gusto me he quedado. Vaya tarde; no he parado.

 

            ELENA.- ¿A qué le ves tanta gracia?

 

            EMILIO.- (Con sorpresa.) ¿Quién, yo?

 

            ELENA.- No, el Arcipreste de Hita.

 

            EMILIO.- (Confuso.) No entiendo nada. ¿De qué risas me hablas?

 

            ELENA.- Tú sabrás.

 

            EMILIO.- (A ANSELMO y TONI.) ¿Qué risas son ésas? ¿Vosotros sabéis de qué me habla?

 

            ANSELMO.- A mí no me gusta meterme donde no me llaman.

 

            EMILIO.- (Agarrando del brazo a ANSELMO.) Anselmo, que ahora te estoy llamando yo.

 

            ANSELMO.- Pues estoy apagado o fuera de cobertura en este momento.

 

            EMILIO.- (A TONI.) ¿Y tú, Toni? ¿No tienes nada qué decir?

 

            TONI.- Yo estoy sin batería.

 

            EMILIO.- ¡¿Os habéis vuelto locos?!

 

            ELENA.- (Molesta.) No sé. Por lo que se ve quien se ha vuelto loco eres tú; que ríes sin motivo.

 

            EMILIO.- Yo siempre que me río tengo un motivo.

 

            ELENA.- ¿Y tú piensas que el motivo de ahora es lo suficientemente gracioso?

 

            EMILIO.- ¿Qué motivo?

 

            ELENA.- ¡Serás cínico! (Enojada; se introduce en su habitación.)

 

            Quedan en escena ANSELMO, TONI y EMILIO.

 

            TONI.- Parece contrariada.

 

            EMILIO.- (Con enfado.) A vosotros qué os pasa.

 

            ANSELMO.- ¿A nosotros? ¿Qué nos tiene que pasar a nosotros?

 

            EMILIO.- Con el rollo de la risa, mira qué bulla habéis armado.

 

            ANSELMO.- (Cogiendo a EMILIO del hombre, y llevándoselo al sofá, donde se sientan.) No le des más importancia de la que tiene.

 

            EMILIO.- Pero...

 

            ANSELMO.- Ni pero, ni nada. Son cosas de mujeres; sus famosos cambios de humor. ¿Nunca has oído hablar de ellos?

 

            EMILIO.- No.

 

            ANSELMO.- ¿Y tú, Toni?

 

            TONI.- Una vez; en el metro.

 

            ANSELMO.- ¿Ves? Todos hemos oído hablar de eso. No es una leyenda urbana; es una realidad. El que trata con leones corre el riesgo de que se lo coman algún día;  pues el que trata con mujeres tiene que ser consciente de sus cambio de humor.

 

            EMILIO.- ¿Estás llamando a Elena fiera? Si es un colibrí.

 

            ANSELMO.- Esto le ha pasado porque está a punto de explotar.

 

            EMILIO.- (Con tono cansino.) Y hay que desestresarla, ¿verdad?

 

            TONI.- Correcto.

 

            ANSELMO.- Veo que lo vas cogiendo.

 

            EMILIO.- (Intentando levantarse.) Voy a pedirle perdón.

 

            ANSELMO.- (Volviendo a sentarlo.) ¡Ni se te ocurra!

 

            EMILIO.- Pero es que yo le quiero pedir perdón.

 

            TONI.- ¿Y por qué le quieres pedir perdón?

 

            EMILIO.- Porque me he reído.

 

            ANSELMO.- ¿Se puede saber de qué te has reído? Porque si te has reído de algo, sabrás de qué, ¿no?

 

            EMILIO.- (Medita un poco.) ¿Te puedes creer que no sé de qué me he reído?

 

            TONI.- Porque no te has reído de nada.

 

            EMILIO.- Ella dijo que me había reído de algo.

 

            ANSELMO.- También dice que las aceitunas rellenas de anchoa, llevan anchoa dentro. ¿Le vas a hacer caso?

 

            EMILIO.- Tienes razón. Lo que le pasa es que está estresada; y con esto de Begoña se le ha acelerado el proceso.

 

            ANSELMO.- Efectivamente. Así que tienes que pensar en algo.

 

            EMILIO.- ¡Uy, qué nervios! (Se levanta y se mete en el servicio.)

 

            ANSELMO.- Desde luego, lo de este muchacho no es normal.

 

            ELENA.- (Saliendo de la habitación.) ¿El qué no es normal?

 

            TONI.- ¿Qué tal estás, Elena? No te preocupes por lo de tu amiga; verás como todo se arregla.

 

            ELENA.- Ya hablaré con ella más tranquilamente. Me ha sabido mal, pero hay cosas que no se pueden evitar.

 

            ANSELMO.- En cambio, hay cosas que se pueden evitar. (Señalando al pascuero de encima de la mesa, frente al sofá.) Porque esto no es normal.

 

            ELENA.- (Acercándose al pascuero.) ¿Qué le pasa?

 

            ANSELMO.- ¿No ves las hojas? (Tocándolo.) ¿No notas el tallo?

 

            ELENA.- (Tocándolo.) Yo lo veo estupendamente. Y robusto.

 

            TONI.- (Junto al sofá.) Desde aquí se le ve sanote.

 

            ANSELMO.- Éste no es el de la semana pasada. (A ELENA.) Deberías cuidar mejor las plantas; no te duran ni una semana.

 

            ELENA.- Yo no he comprado ninguna maceta nueva. Este pascuero es el que había aquí la semana pasada.

 

            ANSELMO.- Yo te digo que no. Para qué te iba a decir una cosa cuando es otro.

 

            TONI.- ¿En qué lo notas?

 

            ELENA.- Sí, eso; porque yo lo veo igual.

 

            ANSELMO.- La ves igual porque la miras con los mismos ojos que la semana anterior.

 

            ELENA.- No tengo otros.

 

            ANSELMO.- ¿No ves esta ramita? (Señalando por dentro del tronco.)

 

            ELENA.- Sí.

 

            ANSELMO.- ¿La viste la semana pasada?

 

            ELENA.- No recuerdo.

 

            ANSELMO.- ¿Y esta raíz que sobresale de la tierra?

 

            ELENA.- Tampoco lo recuerdo.

 

            ANSELMO.- Veo que recuerdas el pascuero perfectamente.

 

            TONI.- Es que preguntas unas cosas...

 

            ANSELMO.- Esa raíz no estaba; y esa ramita tampoco.

 

            TONI.- ¿Y no pueden haber salido en estos siete días?

 

            ANSELMO.- Imposible. El pascuero es una de las plantas más lentas que existen.

 

            ELENA.- Y si no es el de la semana pasada, ¿cuál es?

 

            TONI.- Tal vez sea el de aquella mesa (Señalando hacia el foro.); que lo haya cambiado Emilio.

 

            ANSELMO.- (Mirando, desde su posición, al pascuero del foro.) No; sigue teniendo la misma hoja rota.

 

            ELENA.- O sea, que el risitas de Emilio se ha cargado el pascuero y no me ha dicho nada.

 

            ANSELMO.- Tampoco es tan importante.

 

            TONI.- Se empieza por ocultar un pascuero muerto, y se acaba por ocultar otras cosas también muertas.

 

            Sale EMILIO.

 

            EMILIO.- (Aliviado.) ¡Uf! Había un mosquito así de grande (Indicando el tamaño.) y, me ha costado, pero al final lo he matado.

 

            ELENA.- (Indignada.) ¡Asesino! (Se mete en el baño.)

 

            Quedan en escena ANSELMO, TONI y EMILIO, éste muy acongojado.

 

            EMILIO.- Vaya... Ni que el mosquito fuera suyo.

 

            ANSELMO.- ¿Ella cree en la reencarnación?

 

            EMILIO.- Que yo sepa no. ¿Por qué?

 

            ANSELMO.- Porque podría ser un familiar suyo reencarnado en mosquito.

 

            EMILIO.- Por matar un mosquito me ha llamado asesino. Menos mal que no le he dicho lo del pascuero.

 

            TONI.- ¿Lo del pascuero? Cuenta, cuenta.

 

            EMILIO.- Nada del otro mundo. Se me fue la mano regándolo, y se me ahogó. Pero rápidamente lo cambié por otro.

 

            TONI.- (Acercándose al pascucero. A ANSELMO, sin que lo escuche EMILIO.) ¡Qué observador eres! Yo creí que lo estabas inventando.

 

            ANSELMO.- (Que también acerca la cara al pascuero.) Y lo estaba inventando.

 

            EMILIO.- ¿Qué hacéis los dos mirando ese pascuero? Os lo vais a comer.

 

            ANSELMO.- (Sin apartar la cara del pascuero.) Es que es idéntico al de la semana pasada.

 

            EMILIO.- Idéntico, no; el mismo. El que cambié fue aquel. (Señala al que hay sobre la mesa del foro.)

 

            ANSELMO y TONI se incorporan sorprendidos.

 

            ANSELMO y TONI.- ¡¿Cómo?!

 

            EMILIO.- ¡Qué queríais que hiciera! Si Elena se entera que he matado una de sus plantas, me mata ella a mí. Me la vendieron con una hoja rota; pero no creo que se dé cuenta.

 

            TONI.- ¡Cómo has podido hacer eso!

 

            EMILIO.- Ya os lo he dicho, se me fue la mano.

 

            TONI.- Digo lo de ocultárselo.

 

            EMILIO.- Es que con las plantas es muy especial. Creéis que debería contárselo, ¿verdad?

 

            ANSELMO.- ¡Ni loco! Eso de que en la pareja todo debe ser sinceridad, déjaselo a los psicólogos de las tertulias.

 

            EMILIO.- Pero más vale que se lo diga yo, que no que se entere por un tercero.

 

            ANSELMO.- ¿Quién se va a dar cuenta de que has cambiado la maceta?; porque yo ni me he fijado.

 

            TONI.- (Con retintín.) Pues hay gente que se fija; ya ves.

 

            ANSELMO.- Además, si por algún motivo se diese cuenta, tú le dices que los pascueros son una de las plantas que más rápido crecen.

 

            EMILIO.- ¿En serio?

 

            ANSELMO.- ¿Tú te crees que yo sé eso? Si la primera vez que vi uno fue hace tres años, en casa de mi excuñada.

 

            TONI.- No me lo puedo creer.

 

            ANSELMO.- Créetelo. Ahí estaba. Más rojo que un tomate cuando está rojo.

 

            TONI.- Lo que no me puedo creer es que recuerdes aquello.

 

            ANSELMO.- Hay instantes en la vida que se quedan grabados para siempre. Allí conocí a mis sobrinos; (Rectificando.) bueno, exsobrinos. Me ocultaron que tenían hijos. ¡Monstruos es lo que eran!

 

            EMILIO.- ¿Qué pasó?

 

            ANSELMO.- Me pusieron delante del ordenador a jugar a un juego de pegar puñetazos. Se ensañaron conmigo los angelitos. ¿No se daban cuenta que yo era su tío?

 

            TONI.- De lo que se dieron cuenta es de que ibas a ser su ex-tío.

 

            EMILIO.- Los niños tienen un sexto sentido.

 

            ANSELMO.- Lo mejor de los niños es que se hacen mayores rápido.

 

            Sale del servicio ELENA, secándose un poco las lágrimas.

 

            ELENA.- ¿Habláis de niños?

 

            TONI.- Sí. Anselmo nos contaba su experiencia con los niños.

 

            ELENA.- (A ANSELMO.) ¿A ti te gustan los niños?

 

            ANSELMO.- ¡A mí qué me van a gustar! He contado experiencias negativas.

 

            ELENA.- Si los niños son una bendición. Son la alegría de cualquier hogar.

 

            TONI.- Eso dicen.

 

            ANSELMO.- ¡Chorradas!

 

            ELENA.- Son el fruto de la pareja.

 

            ANSELMO.- Un niño te recuerda siempre el error que has cometido. Nada más nacer, ya sabes que las salidas nocturnas se han acabado. No podéis ir ni al cine; ni al teatro...

 

            EMILIO.- Si a ti no te gusta el teatro.

 

            ANSELMO.- Pero podría haberme gustado. No puedo salir con mi mujer a cenar por ahí.

 

            TONI.- Sí que puedes; siempre están los abuelos.

 

            ANSELMO.- Al dejar a tu hijo con los abuelos, no sólo a él; sino que también dejas la cabeza de tu mujer, y tú sales a cenar con un cuerpo sin cabeza. ¡Es como salir con un zombi! Luego, tampoco te dejan dormir; porque tienen sus horas de comida y bebida.

 

            ELENA.- Con dos o tres años están para comérselos.

 

            ANSELMO.- Pero cometemos el error de no comérnoslo, y siguen cumpliendo años. Y se vuelve más grande; y cada semana hay que comprarle ropa nueva, porque crecen por minutos.

 

            EMILIO.- Eso es cierto.

 

            TONI.- Un amigo de un compañero de trabajo dejó al niño en la guardería, y cuando fue a recogerlo ya había hecho la comunión y todo.

 

            ANSELMO.- Y más tarde viene lo peor; cuando cumplen una edad en la que quieren salir y llegan tarde. Y si antes no dormías porque estaban en casa, ahora no duermes porque están fuera.

 

            EMILIO.- Qué contrariedad.

 

            ELENA.- La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. La pena es que los niños crezcan.

 

            ANSELMO.- Pero nunca dejarán de ser niños. Y cuando crees que el niño se ha hecho una persona hecha y derecha y ya puede irse, se da cuenta que en casa de los padres vive como un rey y prefiere quedarse.

 

            TONI.- (Contrariado.) ¡No lo dirás por mí! Si vivo con ellos es por hacerles compañía. Es más, yo les doy total libertad para que se independicen cuando quieran.

 

            ANSELMO.- ¿Os dais cuenta? En realidad aquel trocito de cielo que nace del amor, se convierte en un ángel caído. Es la grasa de la sartén, que nunca se va.

 

            ELENA.- ¡Qué bruto eres, Anselmo!

 

            EMILIO.- Veo bastante lógico el planteamiento. ¿Dónde están las alegrías?

 

            TONI.- Dicen que las dan.

 

            ELENA.- Os escucho y me escandalizo. ¿Vosotros nacisteis ya así de creciditos?

 

            EMILIO.- No, pero...

 

            ELENA.- A vosotros sí que se os tenían que haber comido con tres años.

 

            TONI.- Yo no sirvo ni para un caldo.

 

            ELENA.- Los niños son un regalo. Es la culminación del amor, que genera más amor, y proyecta el amor de la pareja en esa pequeña criatura que se va modelando; para ser una buena persona. Es el motor que te mueve; la luz que sigues; las fuerzas que sacas cuando crees que ya ni te quedan. Un niño es más que un regalo; es un hijo.

 

            TONI.- Entonces debe ser importante, porque empieza con hache.

 

            ELENA.- Pensar lo que he dicho mientras veo lo que hay en la cocina. (Hace mutis por la puerta de la cocina.)

 

            ANSELMO.- La llevas clara, Emilio.

 

            EMILIO.- ¿Yo? ¿Por qué?

 

            ANSELMO.- Acaba de decirte que quiere un niño. Bueno, un niño no; un hijo. La he escuchado tan claro como te estoy viendo ahora.

 

            EMILIO.- Pues ves al oculista.

 

            ANSELMO.- ¿Tú lo has oído, Toni?

 

            TONI.- Sí; que te vayas a un oculista.

 

            ANSELMO.- ¡Lo del niño!

 

            TONI.- Ha sido una conversación difusa. Creo que lo ha dejado caer.

 

            EMILIO.- A vosotros sí que os voy a dejar caer... Pero por la ventana.

 

            TONI.- ¿Tú quieres tener niños?

 

            ANSELMO.- (Rectificándole.) Hijos.

 

            TONI.- Lo que sea. ¿Quieres tenerlos?

 

            EMILIO.- Hombre, así de pronto y sin avisar...

 

            ANSELMO.- Avisar, avisan. Con nueve meses de antelación.

 

            EMILIO.- Soy muy joven, muy inmaduro; muy poco estable en mi trabajo.

 

            TONI.- O sea, muy egoísta; como todos.

 

            EMILIO.- No es eso. Es que tener un hijo es mucha responsabilidad, y no es que yo sea irresponsable. Nada de eso. Un niño requiere un sacrificio. ¡Si para cocinar todavía confundo la sal con el azúcar! No quiero pensar si en vez de polvos de talco le echo harina.

 

            ANSELMO.- Pero algún día tendrás que tenerlo.

 

            EMILIO.- ¿Y qué obligación tengo? Puedo vivir perfectamente sin ellos; llevo treinta años así.

 

            TONI.- ¿Puedes vivir sin Elena?

 

            EMILIO.- No.

 

            TONI.- Pues vete acostumbrando.

 

            EMILIO.- ¿Cómo dices?

 

            ANSELMO.- Lo que Toni dice está muy claro. Tú no quieres niños, y Elena, sí. Sois incompatibles.

 

            EMILIO.- Pero yo quiero a Elena.

 

            TONI.- ¿A ti te gustan los niños?

 

            EMILIO.- No.

 

            TONI.- Entones, no te gusta Elena.

 

            EMILIO.- (Un tanto alterado.) ¡Cómo no me va a gustar Elena por que no me gusten los niños!

 

            ANSELMO.- ¿A ti te gustan los plátanos?

 

            EMILIO.- No. Me salen manchas rojas por todo el cuerpo.

 

            ANSELMO.- ¿Y los monos?

 

            EMILIO.- (Con cara de asco.) Me repugnan.

 

            ANSELMO.- ¿Sabes por qué te repugnan?

 

            EMILIO niega con la cabeza.

 

            ANSELMO.- Porque tienes alergia al plátano.

 

            TONI.- Ahí le has dado. ¡Cuánta razón!

 

            EMILIO.- ¿De dónde has sacado semejante tontería?

 

            ANSELMO.- Es un estudio que hizo un grupo de psicólogos de una universidad australiana. Todo está relacionado. Todo está aquí. (Se señala la cabeza.)

 

            EMILIO.- Me ponéis de los nervios. (Hace gestos de que se está orinando.) ¿Quieres decir que a mí no me gustan los niños porque no me gustan los plátanos?

 

            TONI.- No. Quiere decir que no te gustan los monos porque odias a los niños. ¿Es así?

 

            ANSELMO.- No. Lo que he querido decir es que no te gustan los plátano porque te repatea Elena.

 

            EMILIO.- (Nervioso. Mientras corre al servicio.) ¡Ahora sí que me lo hago! (Hace mutis por el baño.)

 

            ANSELMO.- (Aparte.) ¿O era al revés?

 

            ELENA.- (Saliendo de la cocina) ¿Qué se va a hacer Emilio?

 

            ANSELMO.- Bueno... No sé si debemos decírtelo...

 

            ELENA.- Y por qué no.

 

            TONI.- Es algo grave.

 

            ELENA.- ¿El arakiri?

 

            ANSELMO.- Para él no; para la natalidad, sí.

 

            ELENA.- ¿Ahora?

 

            ANSELMO.- En unos días. Después de las fiestas.

 

            TONI.- Sí, porque ahora todos los médicos están de vacaciones. Vuelven para curarnos los atracones de mantecados, polvorones y mariscos.

 

            ELENA.- (Preocupada.) ¿Médicos? ¿Qué le pasa a Emilio?

 

            ANSELMO.- ¿No te lo ha dicho? Porque si no te lo ha dicho él, nosotros no te decimos nada.

 

            ELENA.- Anselmo, tú eres mi amigo.

 

            ANSELMO.- Sí, pero también lo soy de él.

 

            ELENA.- Está bien; pues al cincuenta por ciento. ¿Te parece?

 

            ANSELMO.- Hecho.

 

            ELENA.- Dime la mitad de lo que tiene Emilio.

 

            ANSELMO.- Vasec.

 

            ELENA.- ¿Vasec?

 

            ANSELMO.- Eso es lo que hay.

 

            ELENA.- Anda, Toni, dímelo tú.

 

            TONI.- No puedo, Elena.

 

            ELENA.- Venga, que somos amigos desde hace mucho tiempo.

 

            TONI.- Pero también lo soy de Emilio.

 

            ELENA.- Pues dime la mitad de lo que tiene; y así no le traicionas a él, y cumples con la mitad de mi amistad.

 

            TONI.- Tomía.

 

            ELENA.- ¿Tomía?

 

            TONI.- Ya más no te puedo decir.

 

            ELENA.- ¿Vasectomía?

 

            TONI.- (Sorprendido. A ANSELMO.) ¿Cómo lo ha adivinado?

 

            ANSELMO.- Son muy listas. Listííísimas.

 

            ELENA.- Para qué quiere hacerse la vasectomía.

 

            ANSELMO.- Hombre, mujer, no va a ser para poner una plantación de naranjos.

 

            ELENA.- (Respirando hondo.) Vamos a ver, ¿me queréis explicar por qué se quiere hacer eso Emilio?

 

            TONI.- Supongo que será por el tema de los niños y eso... (ANSELMO le pega un codazo.)

 

            ELENA.- (Con la mirada perdida.) No quiere niños... Y por qué no me lo ha dicho. ¿Por qué me lo oculta? ¿No tiene la suficiente confianza para contármelo? ¿Ya no me quiere como antes?

 

            ANSELMO y TONI se acercan a ELLA intentando consolarla.

 

            TONI.- Claro que te quiere, mujer. Seguro que la cosa ésa se le ha pasado por la cabeza, pero luego se le va. Tú sabes cómo es.

 

            ANSELMO.- Como cuando dijo que quería ser hombre orquesta, y tocar en el metro.

 

            ELENA.- Esto es distinto. Esto es alto que compete a dos. Somos una pareja; y estas cosas se hablan.

 

            ANSELMO.- Dale tiempo, Elena.

 

            ELENA.- Sí, eso es lo que voy a hacer; darle tiempo.

 

            TONI.- (A ANSELMO.) ¿Qué habrá querido decir?

 

            ANSELMO.- (A TONI.) No sé. Pero creo que he dicho algo que no debía.

 

            Sale EMILIO del servicio.

 

            EMILIO.- ¡Vaya tardecita llevo!

 

            ELENA.- (Acercándose a EMILIO. Enojada.) ¿Cuándo me lo ibas a decir? ¿Hoy? ¿Mañana?

 

            EMILIO.- Un poquito más tarde.

 

            ELENA.- ¿Un mes? ¿Seis meses?

 

            EMILIO.- No sé. Cuando viese que ya no lo podía ocultar. Sé que lo ibas a comprender. Eres muy comprensible.

 

            ELENA.- Lo que soy es muy tonta. (Se pone a llorar.)

 

            EMILIO.- ¿Qué te pasa? (A ANSELMO y TONI.) ¿Qué le pasa? (Los DOS hacen gestos de no entender la situación.)

 

            ELENA.- (Se acerca a EMILIO.) Necesitas tiempo, Emilio.

 

            EMILIO.- Para qué.

 

            ELENA.- Para pensar en nosotros.

 

            EMILIO.- Yo pienso en ti todos los días.

 

            ELENA.- No quiero que pienses en mí; quiero que pienses en nosotros. Como pareja; como uno. Yo te quiero, Emilio; pero lo mejor es dejarlo... (Coge el abrigo y se va. En la puerta, al abrirla, choca con SEBASTIAN, y hace mutis.)

 

            SEBASTIÁN.- (Sorprendido.) ¿Qué sucede?

 

            ANSELMO.- Es largo de explicar.

 

            EMILIO.- (Anonadado.) Me ha dejado.

 

            TONI.- (Poniéndole la mano en el hombro.) Técnicamente, os habéis dado un respiro.

 

            SEBASTIÁN.- ¡Pero bueno! ¡Vais a dejar que se vaya sola! Estaba destrozada.

 

            ANSELMO.- (A SEBASTIAN.) Acompáñala tú, por favor.

 

            SEBASTIÁN.- Ahora vuelvo. (Hace mutis por la puerta de la calle.)

 

            Quedan en escena ANSELMO, EMILIO  y TONI.

 

            TONI.- (A EMILIO.) Oye, ¿qué es lo que no sabes cuándo decírselo?

 

            EMILIO.- Que mi regalo se lo compra su compañera de trabajo.

 

            TONI.- No me lo puedo creer.

 

            EMILIO.- A que es absurdo, ¿eh?

 

            TONI.- Es una estupidez. Esas cosas nunca en la vida se dicen; aunque te descubran.

 

            ANSELMO.- Miremos el lado positivo.

 

            EMILIO.- ¿Esto tiene lado positivo? Me he quedado sin novia.

 

            ANSELMO.- ¡Qué te va a quedar sin novia! ¡Qué tontería! Al contrario, éste es el primer paso para desestresarla.

 

            EMILIO.- Ya empezamos... ¿Y cuánto dura el desestresarla?

 

            ANSELMO.- Lo mismo que tú en decirle lo del regalo. Ni se sabe.

 

            EMILIO.- ¡¿Ni se sabe?! ¡Eso es mucho tiempo!

 

            TONI.- No te preocupes; Sebastián está con ella.

 

            EMILIO.- ¿Y por qué me tengo que preocupar?

 

            TONI.- Ahora ella es libre para salir con cualquiera. Y tú también lo eres.

 

            EMILIO.- Pero yo no quiero salir con otra; a mí la que me gusta es ella. Ella es la que me entiende.

 

            ANSELMO.- Mientras esté con Sebastián, no hay peligro. Ningún moscón se le acercará porque la verá acompañada; y Sebastián, aunque es un enamoradizo compulsivo, no lo hará porque la considera tu novia. Y eso para un amigo es sagrado.

 

            EMILIO.- O sea, que yo voy a estar solo porque no quiero salir con ninguna; y ella no podrá divertirse porque está con Sebastián. Vamos, que nos quedamos los dos solos y aburridos. ¡Pues vaya plan!

 

            ANSELMO.- Ya te dijimos que no iba a ser fácil.

 

            EMILIO.- Ni divertido. (Se sienta abatido en el sofá.)

 

 

TELÓN

 

 

 

ACTO SEGUNDO

 

 

            Ha pasado un año desde la discusión entre ELENA y EMILIO; por tanto, vuelve a ser Navidad. La decoración es la misma; aunque los adornos navideños han variado con respecto al año anterior.

 

            Al levantarse el telón, la escena se encuentra vacía de personajes. Suena el teléfono. De la puerta de la izquierda, más cercana a la batería, sale EMILIO.

 

 

COMIENZA LA ACCIÓN

 

            EMILIO.- (Al aparato.) ¿Dígame? (Pausa.) Sí, claro, como todos los años; aquí no cambia nada. (Pausa.) Bueno, eso sí. Somos los mismos protagonistas que el año pasado, pero haciendo diferentes papeles. (Pausa.) Pues, no. Este año Andrés tampoco viene. Venga, vente para acá, que los demás están a punto de llegar. (Pausa.) La semana pasada os lo dije; y Elena también lo comentó. Así que vente, que te esperamos. Nos vemos ahora. (Cuelga.)

 

            Por la puerta de la calle entre ELENA, que se quita los guantes, el abrigo y la bufanda. Se cruzan, y uno del otro no se da cuenta de su presencia. ELENA se mete en la puerta más cercana al foro derecha, que es su habitación; y EMILIO hace mutis de la puerta de donde ha salido.

 

            Suena de nuevo el teléfono. Salen los DOS de sus respectivas habitaciones. EMILIO coge el aparato, ante la atenta mirada de ELENA.

 

            EMILIO.- ¿Dígame? (Pausa.) ¡Hola, Begoña! Te la paso. (Pausa.) Felices fiestas a ti también. (Deja el auricular sobre la mesa. A ELENA.) Begoña. (EMILIO desaparece por donde ha venido.)

 

            ELENA.- (Con el teléfono en la mano, espera que desaparezca EMILIO para comenzar a hablar.) ¿Begoña? Estaba esperando que desapareciera Emilio; menudo cotilla. ¿Qué te cuentas? (Pausa.) ¿Sebastián por aquí? No ha venido. Hoy vienen todos; como todos los años. ¿Te apuntas? (Pausa.) Está bien, pero si cambias de opinión no lo dudes. Un beso. (Cuelga. Se dirige a su habitación.)

 

            Sale EMILIO, que coge el abrigo para salir a la calle. Al abrir la puerta se topa con ANSELMO.

 

            ANSELMO.- (Entrando.) Buenas.

 

            EMILIO.- ¿Qué tal, Anselmo?

 

            ANSELMO.- ¿Huyes?

 

            EMILIO.- ¿De quién voy a huir?

 

            ANSELMO.- De alguien. Siempre que uno huye, lo hace de alguien.

 

            EMILIO.- Sólo que yo no huyo de nadie.

 

            ANSELMO.- Debes de ser el primero que no huye de nadie.

 

            EMILIO.- Es que a mí no me persigue nadie.

 

            ANSELMO.- Y si no te persigue nadie, ¿por qué huyes?

 

            EMILIO.- Es que no huyo.

 

            ANSELMO.- Entonces, ¿qué haces con el abrigo encima? Se os ha roto la calefacción; seguro.

 

            EMILIO.- No tenemos calefacción. Tenemos estufa; es más barata y más manejable.

 

            ANSELMO.- Pues deberías encenderla, porque no es normal que andes así por tu casa. No das buena imagen.

 

            EMILIO.- Iba a por tabaco.

 

            ANSELMO.- ¿Y para qué va a por tabaco? Para tu trabajo fumar es terrible. Es lo como si un guitarrista se comiera las uñas.

 

            EMILIO.- Sólo que yo no me como las uñas. Además, para tocar los platillos el fumar o no fumar da igual.

 

            ANSELMO.- Qué va. No serás el primero que has incendiado un teatro con una simple colilla.

 

            EMILIO.- Eso no puede pasar, Anselmo.

 

            ANSELMO.- ¿Por qué estás tan seguro? Porque tienes que tener una razón muy poderosa para estar tan seguro.

 

            EMILIO.- Que no fumo, Anselmo. Que yo no fumo.

 

            ANSELMO.- Claro, mientras tocas no puedes. ¿Cómo vas a aguantar el cigarro, con el pie? No se me había ocurrido.

 

            EMILIO.- Que no. Que no fumo nunca. Que yo no fumo.

 

            ANSELMO.- ¡Y para qué me dices que fumas! Son ganas de crear conflicto.

 

            EMILIO.- No te he dicho que fumo. Te he dicho que iba a por tabaco.

 

            ANSELMO.- ¿Y para qué vas a por tabaco si no fumas? Tú haces unas cosas muy raras desde lo de Elena, Emilio.

 

            EMILIO.- ¡No digas tonterías! Voy a por tabaco; pero acabo comprando una caja de cerillas.

 

            ANSELMO.- ¿Y eso?

 

            EMILIO.- Porque me da vergüenza decir que me recarguen el mechero.

 

            ANSELMO.- ¿Por qué?

 

            EMILIO.- Porque me parece una ordinariez. Le meten por detrás, al pobre mechero, una especie de gas, que la mitad se va por fuera. Y no quiero comprar un mechero nuevo porque acabo perdiéndolo; y al final se me iría el dinero en mecheros. Una ruina.

 

            ANSELMO.- ¿Para qué compras cerillas si no fumas?

 

            EMILIO.- Muy sencillo. Para encender velas.

 

            ANSELMO.- Muy romántico. Si en el fondo eres un sentimental.

 

            EMILIO.- Hombre... Tanto como eso...

 

            ANSELMO.- Llevas un año suspirando. La quieres, ¿verdad?

 

            EMILIO.- La amo. Ahora lo sé más que nunca.

 

            ANSELMO.- Eso está bien.

 

            EMILIO.- Sí. Ahora sé más que nunca que no te debería de haber hecho caso con aquel estúpido ejercicio para desestresar a Elena.

 

            ANSELMO.- Ahora me criticas porque no lo ves claro.

 

            EMILIO.- Si ni siquiera nos hablamos.

 

            ANSELMO.- Te dije que esto llevaría su tiempo.

 

            EMILIO.- ¡Un año, Anselmo! ¡Un año! Me consumo por dentro.

 

            ANSELMO.- Pues el fumar no te va a ayudar.

 

            EMILIO.- ¡Que yo no fumo, leche!

 

            ANSELMO.- Se me había olvidado.

 

            EMILIO.- (Señalando hacia la puerta de la calle.) Bueno, ¿vienes o qué?

 

            ANSELMO.- Paso. De pequeño fui monaguillo, y cogí una intoxicación con el incienso. Ahora todo lo que me recuerda a humo hace que me salgan pecas.

 

            EMILIO.- ¿Pecas?

 

            ANSELMO.- Curioso, ¿verdad? Los médicos nunca han dado una explicación lógica a lo mío. Se limitan a decir que es un virus.

 

            EMILIO.- Esa enfermedad que dices es común. El otro día el portero cogió la gripe, y el médico le dijo que era un virus. Lo que no me fijé es si le habían salido pecas.

 

            ANSELMO.- (Aparte.) A ver si voy a tener la gripe, y no me he enterado.

 

            EMILIO.- En fin. Ahí te quedas, Anselmo. Ahora subo.

 

            ANSELMO.- Hasta luego, Emilio.

 

            EMILIO hace mutis por la puerta; y al cerrarla queda solo ANSELMO. Comienza a dar vueltas, y a mirar todo; mientras piensa en voz alta.

 

            ANSELMO.- Un año ya. Hay qué ver. Parece que nada haya cambiado; ni los famosos pascueros. Ya somos un año más viejos. (Se va dirigiendo al sofá donde, mientras contempla su alrededor, se sienta. Se fija en el cuadro de la derecha de la escena; el que está entre el baño y la cocina. Le habla al cuadro.) Tú habrás sido testigo de todo, ¿no es cierto? Se quieren, ¿verdad? No se lo dicen el uno al otro, pero se quieren, ¿verdad? (El cuadro cae, de repente, al suelo. ANSELMO se pone en pie sobresaltado.)

 

            De la habitación de la derecha aparece ELENA.

 

            ELENA.- ¿Qué ha sido ese ruido?

 

            Ve de pie a ANSELMO, petrificado, mirando al cuadro.

 

            ELENA.- Hola, Anselmo. No te había oído. (Al ver el cuadro en el suelo.) ¿Se te ha caído? (ANSELMO, que continúa petrificado, niega con la cabeza.) Anselmo, ¿estás bien?

 

            ANSELMO.- (Sin moverse, y asustado.) Se ha caído solo.

 

            ELENA.- No te preocupes. Eso es que estaba mal enganchado. (Coge el cuadro del suelo y se dispone a colgarlo.) Qué raro.

 

            ANSELMO.- ¿Qué sucede?

 

            ELENA.- Que la alcayata está en su sitio.

 

            ANSELMO.- ¡Lo que nos faltaba es un fantasma! ¿Desde cuándo lo tenéis?

 

            ELENA.- Desde nunca, Anselmo. No digas tonterías. (Se dirige hacia ÉL.) Anda, dame dos besos. (Se los dan.) ¿Qué tal las fiestas?

 

            ANSELMO.- No me puedo quejar.

 

            ELENA.- Pues eso es raro, porque siempre te quejas por todo.

 

            ANSELMO.- Es verdad, me quejo de que no me puedo quejar. Quiero quejarme. Ya.

 

            ELENA.- Venga, siéntate y quéjate todo lo que quieras. ¿Cómo van esas frases de felicitación?

 

            ANSELMO.- Cada año más difícil. Hay mucha competencia con lo del internet. La gente no compra tantas tarjetas; se las envían por correo electrónico.

 

            ELENA.- ¿No hacéis tarjetas para internet? Eso es quedarse fuera del mercado.

 

            ANSELMO.- Mi jefe dice que toda la vida se ha hecho de esa manera, y que ahora no puede cambiar.

 

            ELENA.- Los tiempos avanzan, y con él tienen que evolucionar las empresas.

 

            ANSELMO.- Si te soy sincero, Elena, estoy muy contento de que mi jefe piense así; aunque no produzcamos tantas tarjetas. Las personas que compran nuestras felicitaciones y las envían, están enviando una caricia en el papel, un beso; envían el alma. Y los que la reciben saben que ese trozo de cartulina la ha tocado, mientras la escribía, alguien que les quiere.

 

            ELENA.- Es hermoso.

 

            ANSELMO.- A mí me parece mágico. ¿Habéis recibido muchas?

 

            ELENA.- (Echando la vista hacia el árbol de Navidad, donde hay algunas tarjetas apoyadas en las ramas.) Alguna que otra. ¿Y tú?

 

            ANSELMO.- Me las envío a mí mismo. También se las envío a mis suegros. Así parece que tenemos muchos amigos.

 

            ELENA.- ¿Qué pintan tus suegros?

 

            ANSELMO.- Desde que me divorcié de Carmen vivo con ellos.

 

            ELENA.- ¿Con tus suegros?

 

            ANSELMO.- Mis ex-suegros. Porque al estar divorciado de su hija, se podría decir que somos compañeros de piso.

 

            ELENA.- ¿Y los fines de semanas hacéis fiesta juveniles? (Ríe.)

 

            ANSELMO.- Eres un rato graciosa.

 

            ELENA.- Seguro que algún vecino os ha llamado la atención.

 

            ANSELMO.- En eso llevas razón. Sobre todo uno, que me llama la atención porque trabaja de ascensorista en un hotel, y tiene vértigo.

 

            ELENA.- ¿Por qué vives con tus suegros?

 

            ANSELMO.- (Recalcando la palabra.) Ex-suegros; ex-suegros.

 

            ELENA.- ¿Cómo es eso?

 

            ANSELMO.- Porque en la sentencia la jueza les preguntó que con quién querían vivir, si con su hija o conmigo.

 

            ELENA.- ¿Y te eligieron a ti? No me lo puedo creer.

 

            ANSELMO.- Eligieron a su hija, evidentemente; pero Carmen tenía la custodia de los dos San Bernardos, por lo que eran demasiados en casa.

 

            ELENA.- Y ahí es cuando te eligieron a ti.

 

            ANSELMO.- No. Prefirieron la casa del abogado de mi mujer; pero no podían pagar el alquiler. Además al abogado le embargaron la casa, y se quedaron en la calle.

 

            ELENA.- Ahí sí te prefirieron a ti, ¿no?

 

            ANSELMO.- Pues no. Me costó tres meses convencerles de que el Retiro no es el sitio más apropiado para vivir.

 

            ELENA.- Qué buen corazón, Anselmo. No sabía esa faceta tuya.

 

            ANSELMO.- Ni nadie la tiene que saber; que después todos empiezan a pedir favores.

 

            ELENA.- Yo no he oído nada. Y con ese corazón, ¿cómo es que todavía no tienes pareja?

 

            ANSELMO.- Tú tampoco eres mala chica, y no tienes pareja.

 

            ELENA.- (Incómoda.) Es distinto.

 

            ANSELMO.- En cierto modo, sí.

 

            ELENA.- (Sorprendida.) ¿Ah sí?

 

            ANSELMO.- Es distinto porque yo no he encontrado mi media naranja; y tú vives con ella.

 

            ELENA.- ¡Qué disparate! Emilio y yo no...

 

            ANSELMO.- (Interrumpiéndola.) Elena...

 

            ELENA.- (Confesando.) ¿Se me nota mucho?

 

            ANSELMO.- Hasta los huesos.

 

            ELENA.- Pues no nos dirigimos la palabra.

 

            ANSELMO.- ¿Ni los buenos días?

 

            ELENA.- No.

 

            ANSELMO.- ¿Ni las buenas tardes?

 

            ELENA.- Tampoco.

 

            ANSELMO.- ¿Ni las buenas noches?

 

            ELENA.- Hace tiempo que no sé lo que es una buena noche.

 

            ANSELMO.- ¿Y por qué no le expones tus sentimientos?

 

            ELENA.- Si no nos hablamos, ¿cómo quieres que se lo diga?

 

            ANSELMO.- Hablándole. ¿Por qué no habláis? Las personas, en ocasiones, dejan de hablarse, y luego, ya no saben cómo volver a empezar.

 

            ELENA.- Algo así.

 

            ANSELMO.- Ese tipo de personas necesitan un empujoncito. Ya verás como todo acaba bien. Si os queréis, si estáis predestinados, todo saldrá bien.

 

            ELENA.- Yo le amo. Pero, ¿y él? ¿Me amará? ¿Tú lo sabes?

 

            ANSELMO.- Eso tendrás que adivinarlo tú.

 

            Suena el timbre de la puerta; ELENA se levanta a abrir. Aparece TONI.

 

            TONI.- ¡Felices fiestas! (Quitándose el abrigo, y sacudiéndose.) ¡Qué frío! Me ha parecido ver dos pingüinos cogiendo un taxi.

 

            ELENA.- (Dándole dos besos.) Si este año no nieva será de milagro.

 

            ANSELMO.- En Navidad debería de nevar siempre.

 

            ELENA.- Pero aquí es casi nunca.

 

            ANSELMO.- La magia de la Navidad está en el nieve. Cuando nieva surge el milagro.

 

            TONI.- O sea, que en la Ponia todas las Navidades hay milagros.

 

            ANSELMO.- Por supuesto.

 

            TONI.- Siempre he creído que era Lourdes.

 

            ANSELMO.- Te equivocas. ¿Por qué te crees que las cosas más maravillosas ocurren en estas fechas?

 

            TONI se encoge de hombros.

 

            ANSELMO.- Porque las personas están más predispuestas a amar a sus semejante cuando hay frío, que cuando hay calor.

 

            TONI.- ¿Qué hacen en el Caribe? Ahí hay mucho amor.

 

            ANSELMO.- Disimular. Es como cuando estás triste, y esbozas una sonrisa.

 

            ELENA.- Según tú, en estas fechas se producen hechos fantásticos.

 

            ANSELMO.- Efectivamente. Cierra los ojos (ELENA cierra los ojos.), y lo que desees se cumplirá. Has de desearlo con mucha fuerza, ¿eh?

 

            ELENA.- Ya está. ¿Puedo abrirlos ya?

 

            ANSELMO.- Sí.

 

            TONI.- ¿Yo también puedo hacerlo?

 

            ANSELMO.- Todo el mundo puede hacerlo. Sólo que a todos no se les cumple.

 

            ELENA.- ¿Y eso?

 

            ANSELMO.- Se han de dar varios factores.

 

            TONI.- ¿Cuáles?

 

            ANSELMO.- Algo que desear; porque si no tienes nada que desear, mejor que no desees nada. (A TONI.) ¿Tú tienes algo que desear?

 

            TONI.- No sé... Así de golpe...

 

            ANSELMO.- ¿Ves, Elena? Toni es el prototipo que hace que las personas dejen de creer en la Navidad.

 

            TONI.- Con lo sieso que eres, ¿cómo es que crees en la Navidad?

 

            ANSELMO.- ¿Tú sabes por qué el cielo es azul?

 

            TONI.- No.

 

            ANSELMO.- ¿Y por qué las estrellas están tan lejos?

 

            TONI.- No.

 

            ANSELMO.- ¿Y sabes cuál es el secreto del centro de la tierra?

 

            TONI.- Pues no.

 

            ANSELMO.- Pues yo tampoco. A veces hay cosas que no tenemos por qué saberlas; aceptamos que son así, y ya está.

 

            ELENA.- Buenas respuesta, Anselmo.

 

            EMILIO entra por la puerta de la calle.

 

            ELENA.- (Dándose cuenta, se levanta del sofá.) Bueno, voy a mi habitación. Ahora vuelvo. (Hace mutis por la puerta de su dormitorio.)

 

            EMILIO.- ¿Ya has llegado, Toni?

 

            TONI.- No, todavía estoy esperando el metro.

 

            EMILIO.- Pues deberías coger el próximo, de lo contrario llegarás tarde.

 

            TONI.- Ya he llegado.

 

            EMILIO.- Estupendo. Sólo falta Sebastián.

 

            ANSELMO.- ¿No viene Andrés?

 

            EMILIO.- No.

 

            ANSELMO.- Nunca viene. Deberíamos plantearnos su amistad.

 

            TONI.- Lo cesamos, y ya está.

 

            EMILIO.- ¡Vosotros os creéis que un amigo se quita y se pone como un entrenador de fútbol! Nos vemos todas las semanas. En Navidad es cuando desaparece.

 

            ANSELMO.- Tienes razón. Aunque me molesta que él ligue en Navidad, y yo no.

 

            TONI.- Eso nos molesta a todos.

 

            EMILIO.- A mí no.

 

            ANSELMO.- Porque tú no quieres ligar. A ti sólo te interesa una.

 

            TONI.- ¿Ah sí? ¿Quién?

 

            ANSELMO.- ¡Quién va a ser! ¡Elena, so “chalao”!

 

            EMILIO.- (Haciendo gestos para que baje el tono.) Shiiiii; baja la voz, que te puede escuchar. (Indicando la habitación de ELENA.)

 

            TONI.- ¿Cuándo le vas a decir que la quieres?

 

            EMILIO.- No sé.

 

            ANSELMO.- Muy pronto. El desestrés está llegando a su fin.

 

            EMILIO.- ¡Y dale con el desestrés! Mira en el lío que me habéis metido con el rollo ése.

 

            ANSELMO.- Alguna vez se tiene que acabar. No vas a estar así toda la vida.

 

            EMILIO.- Un año hace hoy; justamente.

 

            ANSELMO.- Bien mirado, la solución es muy sencilla. Si estamos como el año anterior, lo que hay que hacer es lo contrario del año anterior.

 

            TONI.- ¿Cómo es eso?

 

            EMILIO.- Explícate, porque me he perdido.

 

            ANSELMO.- Este año lo que tienes que hacer es volverla a enamorar.

 

            EMILIO.- Pues como no sea por telegrama... Porque te recuerdo que gracias a tu ejercicio de desestrés estoy como estoy.

 

            ANSELMO.- Hay que ser rencoroso. Mira que no agradecernos esto que estamos haciendo por ti.

 

            EMILIO.- El caso es que no me hablo con ella.

 

            ANSELMO.- Yo os admiro. Lo lleváis muy bien. Otros ya se hubieran ido cada uno por su lado, y si te he visto no me acuerdo.

 

            TONI.- ¿Por qué sigues viviendo aquí?

 

            EMILIO.- ¿Tú sabes a cómo van los pisos? ¡Están por las nubes!

 

            TONI.- Te diría que te vinieras a vivir a la casa de mis padres; pero es que ellos siguen viviendo conmigo, y así no hay manera. No tengo intimidad.

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) Te quedas aquí porque en el fondo no puedes vivir sin ella. Haces bien en quedarte aquí; junto a Elena. Así la vigilas.

 

            EMILIO.- Si cuando salimos en pandilla no me habla. ¿Viste la última vez que fuimos al cine? Se sentó en el extremo opuesto al mío.

 

            ANSELMO.- Es cierto. Pero eso no ha de preocuparte. Las mujeres son así; es su juego, su manera de decir que le gustas.

 

            EMILIO.- No me líes, Anselmo. Déjame pasar unas Navidades tranquilas.

 

            ANSELMO.- ¿Ha fallado alguna vez un plan mío?

 

            TONI.- Recuerdo aquel que...

 

            ANSELMO.- Ése no cuenta. Que tienes memoria para lo que te quieres.

 

            TONI.- Era por recordar.

 

            ANSELMO.- Pues no recuerdes. ¿Tú confías en mí, Toni?

 

            TONI.- Tus métodos son rarillos, pero suelen dar frutos.

 

            EMILIO.- Sí. Frutos secos es lo que dan.

 

            ANSELMO.- Tomaré lo de “rarillo” como un cumplido. Mejor me lo tomaré con gaseosa, para que no me dañe el estómago.

 

            EMILIO.- Tómatelo como quieras; mientras no te den ardores.

 

            ANSELMO.- ¡Qué mal se pasa! Dice el médico que es de los nervios; porque yo soy muy nervioso.

 

            TONI.- No lo aparentas.

 

            ANSELMO.- Lo ha dicho el médico; y lo que dice el médico va a misa.

 

            EMILIO.- A la de difuntos.

 

            Sale ELENA de la habitación.

 

            ELENA.- Oye, voy a ir preparando las cosas para cenar. ¿Podéis arreglar la mesa?

 

            TONI.- ¡En un periquete!

 

            ELENA se mete en la cocina. ANSELMO, EMILIO y TONI van arreglando la mesa situada en el foro. Quitan el pascuero; entran y salen de la cocina, con manteles, cubiertos, servilletas y demás utensilios. Todo lo hacen mientras van charlando.

 

            EMILIO.- ¿Habéis visto? No me ha mirado.

 

            ANSELMO.- Ha dicho “podéis”, y ahí entras tú. Yo lo he entendido así; ¿y tú, Toni?

 

            TONI.- Yo creo que también.

 

            ANSELMO.- Poquito a poco te va incluyendo en su mundo. En esta frase te ha incluido a ti. Todo un logro.

 

            EMILIO.- No sé; no sé.

 

            ANSELMO.- ¿Tú lo has notado, Toni?

 

            TONI.- Pienso que estabas metido en la frase. De lo contrario hubiera dicho: “Anselmo y Toni, poner la mesa”.

 

            ANSELMO.- O: “Vosotros dos, poner la mesa”. Pero lo ha dejado caer sutilmente en segunda persona del plural. Son muy listas. Acordaros de lo de la manzana.

 

            EMILIO.- ¿Qué manzana?

 

            ANSELMO.- ¡Qué manzana va a ser! ¡La del paraíso, Emilio!

 

            EMILIO.- ¿Qué le pasa a esa manzana?

 

            TONI.- Eso. ¿Qué le pasa?

 

            ANSELMO.- ¿Vosotros la hubierais mordido?

 

            EMILIO.- ¡De ninguna manera!

 

            ANSELMO.- (A TONI.) ¿Y tú?

 

            TONI.- ¡Ni borracho! A mí un superior me dice que no haga algo, y ya puede venir el Arcángel San Gabriel que no lo hago.

 

            EMILIO.- Bien dicho, Toni.

 

            ANSELMO.- Ni idea. No tenéis ni idea. Al San Gabriel no le haréis ni caso, pero, Emilio, (Bajando la voz.) ¿y si viene Elena y te pide que le abras una lata de anchoas porque ella no puede? ¿Se la abrirías?

 

            EMILIO.- Hombre...

 

            ANSELMO.- ¿Se la abrirías? ¿Sí o no?

 

            EMILIO.- (En voz baja.) Sí. Pero sólo por ayudarla.

 

            ANSELMO.- Pues ya la has fastidiado. Aquello no era una lata de anchoas.

 

            EMILIO.- ¿Ah, no?

 

            ANSELMO.- Era la caja del pecado original. La has piciado, como hizo Adán.

 

            TONI.- ¡No fastidies, Emilio! Por tu culpa otra vez estamos fuera del paraíso.

 

            EMILIO.- Yo...

 

            ANSELMO.- No os mortifiquéis. La culpa es de ellas; de las mujeres. Nos llevan por donde quieren. Que si hay que morder esto, se muerde; que si hay que abrir una lata de anchoas, se abre; que si hay que hacer un huevo pasado por agua, se hace.

 

            TONI.- ¿Y cómo lo consiguen?

 

            ANSELMO.- Porque nos tienen cautivados. (A EMILIO.) ¿A que si en vez de Elena es tu tía de Santander la que te pide lo de las anchoas, no se lo haces?

 

            EMILIO.- Hombre...

 

            TONI.- ¿Se la abres o no?

 

            EMILIO.- Pues... (Le cuesta contestar.) Pues no, mira. Para qué nos vamos a engañar. Paso tres kilos de mi tía de Santander.

 

            TONI.- Eso te pasa porque no estás enamorado de ella.

 

            EMILIO.- Con el bigote que tiene, no se enamora de ella ni un sargento de la legión. En fin, ahora vuelvo. Voy a mi habitación para ver si encuentro un artículo interesantísimo, que leí el domingo en el periódico. (Hace mutis por la puerta de su habitación; la de la izquierda, junto a la batería.)

 

            ANSELMO.- (A TONI.) Está coladito; no hay duda.

 

            TONI.- Se le nota. ¡Mira que abrir la lata de anchoas!

 

            Sale de la cocina ELENA, para poner los vasos sobre la mesa.

 

            ELENA.- Ya se os había olvidado algo. ¡Estáis muy lentos! ¿Qué os pasa?

 

            TONI se acerca a ELLA, la coge de la mano, y la acerca al sillón; sentándose los tres.

 

            ELENA.- ¿Qué sucede?

 

            ANSELMO.- Me gustaría hacerte una pregunta. ¿A ti te gustan las anchoas?

 

            ELENA.- Sobre todo las de Palamós.

 

            ANSELMO.- Estupendo.

 

            ELENA.- ¿Estupendo, por qué?

 

            TONI.- Y Emilio, ¿te gusta Emilio?

 

            ELENA.- No es de Palamós, pero me gusta.

 

            ANSELMO.- Estupendo.

 

            ELENA.- ¿Otra vez estupendo? ¿No te caen bien los de Palamós?

 

            ANSELMO.- Te lo digo porque una manera de averiguar si Emilio te quiere, es pedirle que te abra una lata de anchoas.

 

            ELENA.- ¿Y eso?

 

            ANSELMO.- Si te dice que sí, olvídate; no te quiere. Pero si te dice que no y que no; alégrate, porque estaría coladito.

 

            ELENA.- ¿En serio?

 

            ANSELMO.- Lo que yo te diga. ¿Verdad, Toni?

 

            TONI.- ¡Digo!

 

            ELENA.- ¿Y no le parecerá extraño que después de un año sin hablarnos, lo primero que le diga sea que quiero que me abra una lata de anchoas?

 

            ANSELMO.- Tú misma. Yo te he dado la llave; tú ya sabes dónde está la cerradura.

 

            ELENA.- (Extrañada.) Si me dice que no, es que todavía siente algo por mí.

 

            TONI.- Que sí, Elena. La mente de un hombre es así de retorcida. No le des más vueltas.

 

            ELENA.- (Levantándose.) Está bien, se lo preguntaré. Pero hacer el favor de terminar de poner la mesa. (Se mete en la cocina.)

 

            ANSELMO y TONI se levantan, dirigiéndose a la mesa.

 

            TONI.- ¿Qué es lo que falta?

 

            ANSELMO.- Nada; ya está todo. Lo que pasa es que está enamorada, y no se entera.

 

            Sale EMILIO de la habitación con un papel en la mano.

 

            EMILIO.- Mira, Anselmo. (Mostrándole un recorte de prensa.) Me acordé de ti nada más verlo. ¿Te suena?

 

            ANSELMO.- (Observando la hoja.) Es la teoría del desestrés. Ya te dije que era cierta. Los extranjeros no fallan.

 

            EMILIO.- Sólo que ésta es de la Universidad de Salamanca.

 

            TONI.- ¡Ya están plagiando! Les van a meter un puro que verás.

 

            EMILIO.- ¡Qué plagiando, ni qué plagiando! ¡Léelo!

 

            ANSELMO.- (Leyendo en voz alta.) “La teoría del desestrés no sirve para las españolas.” (Mirando a EMILIO.) ¿Le vas a hacer caso a los salmantinos, que todavía no saben quién escribió “El lazarillo de Tormes”?

 

            TONI.- ¡Que mira que es fácil! ¡Si hasta el mismo nombre lo dice!

 

            EMILIO.- Por lo menos saben quién no lo escribió. Y con esto pasa lo mismo; saben quién no padece el estrés ése de las narices.

 

            ANSELMO.- Tú mismo. A ver qué haces cuando Elena te pida que le abras una lata de anchoas.

 

            EMILIO.- Ya estamos. Este año todo va a girar sobre una lata de anchoas, ¿no?

 

            Sale ELENA de la cocina.

 

            ELENA.- (Con mucha naturalidad.) Emilio, menos mal que estás aquí; ¿puedes abrirme esta lata de anchoas? Se ha debido quedar atascada.

 

            TONI.- A veces vienen defectuosas de fábrica.

 

            EMILIO queda sorprendido, un tanto aturdido; da unos pasos por la escena.

 

            ELENA.- (Con la lata en la mano.) ¿Me escuchas?

 

            EMILIO.- (Acercándose poco a poco a ANSELMO. En voz baja; disimulando.) ¿Qué digo?

 

            ANSELMO.- (Al oído.) A mí qué me cuentas. La pregunta es para ti. (Yendo al servicio.) Voy al baño. (Hace mutis.)

 

            Desde dentro del baño, ANSELMO entreabre la puerta, sacando la cabeza disimuladamente, para enterarse de la conversación.

 

            ELENA.- Emilio, ¿me contestas?

 

            EMILIO.- (Muy nervioso.) ¡Sí!... ¡Digo, no!

 

            ELENA.- ¿No?

 

            EMILIO.- ¡Sí!

 

            ELENA.- ¿Sí, qué?

 

            EMILIO.- Que sí que te contesto, mujer; no seas impaciente. (Vuelve a caminar.)

 

            ELENA mira a TONI un tanto desconcertada.

 

            TONI.- Venga, ya te lo abro yo.

 

            EMILIO.- ¡No!

 

            ELENA.- ¿No?

 

            EMILIO.- No. Ya la abro yo. (Le coge a ELENA, con tranquilidad, la lata, y la abre.) Aquí la tienes. (Se la devuelve.)

 

            ELENA ve la lata abierta; sobre la mesa y, llorando, se encierra en su habitación.

 

            EMILIO.- (Extrañado.) ¿Qué le pasa?

 

            ANSELMO.- (Saliendo del servicio.) Que se ha emocionado.

 

            EMILIO.- (Ilusionado.) ¿De veras?

 

            ANSELMO.- Si conoceré yo a las mujeres...

 

            TONI.- Si se ha emocionado tanto, ¿por qué no le ha dado un abrazo?

 

            EMILIO.- ¡Eso! ¿Por qué no me ha dado un abrazo?

 

            ANSELMO.- Y un beso, también, ¿no?

 

            EMILIO.- Hombre, puestos a pedir...

 

            TONI.- (A EMILIO.) ¿Tú para qué abres la lata?

 

            EMILIO.- Porque me lo ha pedido.

 

            TONI.- ¿Y no te sorprende que después de un año sin decirte nada, lo primero que diga sea eso?

 

            EMILIO.- Algo tenía que decir.

 

            ANSELMO.- ¿No te das cuenta que ha sido una pregunta trampa?

 

            EMILIO.- ¿Pregunta trampa?

 

            ANSELMO.- Son muy conocidas. Todo el mundo ha oído hablar de ellas.

 

            EMILIO.- ¿Tú has oído hablar de ellas, Toni?

 

            TONI.- Por supuesto. Es una de las técnicas más antiguas que utilizan las mujeres para sacarnos de quicio.

 

            EMILIO.- Es la primera noticia que tengo.

 

            ANSELMO.- Lo que te ha hecho Elena es una pregunta trampa.

 

            EMILIO.- ¿En qué consisten?

 

            ANSELMO.- Son preguntas a las que hay que intentar no responder.

 

            EMILIO.- No comprendo.

 

            TONI.- Es muy simple. No puedes contestar, porque digas lo que digas será motivo de reprimenda por parte de ella.

 

            ANSELMO.- Por ejemplo, vas de compras con Elena...

 

            EMILIO.- (Interrumpiéndole rápidamente.) ¡Yo no voy de compras con Elena!

 

            ANSELMO.- Es un ejemplo.

 

            EMILIO.- Pero es un ejemplo falso.

 

            TONI.- Imagínate, pues, que estás de compras con otra chica...

 

            EMILIO.- (Vuelve a interrumpir.) Es que yo no quiero ir de compras con otra chica. Quiero ir con Elena.

 

            TONI.- Es lo que Anselmo te ha dicho antes.

 

            EMILIO.- Ya lo he escuchado; pero no es cierto.

 

            ANSELMO.- Está bien, Emilio. Imagínate que Toni va de compras con una chica.

 

            EMILIO.- (Cierra los ojos, y hace el gesto de intentar imaginar. Al instante; dándose por vencido.) No puedo, tío.

 

            TONI.- ¡Vete a la porra!

 

            ANSELMO.- ¡Caray! Si no pones de tu parte no puedo explicarte la técnica de las preguntas trampa.

 

            EMILIO.- Bueno, está bien. Haré un esfuerzo y me imaginaré que estoy de compras con Elena.

 

            ANSELMO.- Ahora imagina que yo soy Elena.

 

            TONI.- Eso va a ser mucho imaginar.

 

            ANSELMO.- Yo salgo del probador con un vestido puesto, y te pregunto: “¿Me hace gorda?”. Contéstame.

 

            EMILIO.- Te sienta estupendamente.

 

            ANSELMO.- Mal, Emilio; muy mal.

 

            EMILIO.- ¿Por qué? Te he dicho que te sienta bien.

 

            ANSELMO.- Sigo haciendo de Elena, ¿eh? “Claro, lo dices para irnos ya para casa, ¿no?”

 

            EMILIO.- Nada de eso. Lo cierto es que te sienta muy bien.

 

            ANSELMO.- “Mira, Emilio, no me cabrees. Mírame y sé sincero, ¿cómo me sienta?”

 

            TONI.- Esto es importante; porque te está diciendo que seas sincero.

 

            EMILIO.- Bueno, a lo mejor te va un poco estrecho.

 

            ANSELMO.- “¿Me estás llamando gorda? ¿Estás insinuando eso?”

 

            EMILIO.- Nada más lejos de la realidad. Pero tú me has pedido que sea sincero.

 

            TONI.- Error, Toni. Cuando una chica te diga que quiere sinceridad, lo que quiere que le digas es lo que espera escuchar. Tu opinión le importa un pimiento.

 

            EMILIO.- Vaya. Entonces, cambiaré de respuesta: Tú no estás gorda, cariño; es el vestido el que visualmente ensancha tus caderas.

 

            ANSELMO.- “O sea, además de gorda, me dices que tengo pistoleras.”

 

            TONI.- (Con cierta mofa.) Muy bien, Emilio. Tú sigue así...

 

            EMILIO.- Es el vestido, Elena, el que te hace gorda; tú estás muy bien.

 

            ANSELMO.- “Y si estoy tan bien, por qué no me sienta bien el vestido.”

 

            EMILIO.- Porque es de mala calidad, y horroroso.

 

            ANSELMO.- “¿Estás insinuando que tengo mal gusto? ¡Es lo que me faltaba!”

 

            EMILIO.- No, qué va; si el traje es bonito.

 

            ANSELMO.- “Aclárate, rey, ¿es bonito o es horroroso?”

 

            EMILIO.- Espera que lo mire bien... (Observando el vestido que se supone que lleva puesto ANSELMO.) Ahora que lo veo detenidamente, es bonito y, además, (Distanciándose un poco.) te estiliza la figura. Este vestido está hecho para ti.

 

            ANSELMO.- “Me dices todo esto para que me calle; me lo compre y nos vayamos.”

 

            EMILIO.- Pues...

 

            ANSELMO.- “Pues ahí te quedas tú, tus opiniones y tus mentiras. Yo me voy con Alberto.”

 

            EMILIO.- (Desconcertado.) ¿Quién es Alberto?

 

            ANSELMO.- Elena ya se ha ido, Emilio.

 

            EMILIO.- Pero, ¿quién es Alberto?

 

            TONI.- No es nadie; pero forma parte de la estratagema para dejarnos psicológicamente hechos polvo.

 

            EMILIO.- Entonces, ¿no se ha ido con Alberto?

 

            ANSELMO.- Ni con Alberto; ni con Juan; ni con Pedro. Se ha ido tan tranquila a ver más tiendas.

 

            EMILIO.- ¿Y yo?

 

            TONI.- Tú, nada. A casita que llueve. Eso sí, destrozado mentalmente.

 

            EMILIO.- ¿Y cuál era la respuesta correcta?

 

            ANSELMO.- Ninguna, Emilio. No te martirices. Ya te hemos dicho que esas preguntas es mejor no responderlas.

 

            TONI.- Claro, que si no las respondes dirá que eres un grosero, y que no la escuchas.

 

            EMILIO.- ¿Entonces?

 

            ANSELMO.- En cierta ocasión leí que lo mejor es rezar para que haya un terremoto; fingir un desmayo; o incendiar el establecimiento.

 

            TONI.- Como verás, medidas totalmente desesperadas para tan fatales preguntas.

 

            EMILIO.- Eso veo. Así que lo que ha hecho Elena con la lata de anchoas era una pregunta trampa de ésas, ¿no?

 

            TONI.- Efectivamente.

 

            Llaman a la puerta. EMILIO abre; es SEBASTIAN, que entra y cuelga el abrigo y la bufanda.

 

            SEBASTIAN.- (Entrando.) Buenas y frías tardes a todos. (Le saludan.) Esta tarde nieva. Seguro.

 

            EMILIO.- ¿En serio? (Mirando el cielo desde la ventana.)

 

            ANSELMO.- ¡Cómo va a nevar! Eso pasa muy de vez en cuando.

 

            TONI.- (Acercándose a la ventana.) A lo mejor hoy es un día de esos.

 

            SEBASTIAN.- ¿Y Elena?

 

            ANSELMO.- (Señalando para la habitación.) Ahí dentro; destrozada.

 

            SEBASTIAN.- ¿Qué le pasa?

 

            TONI.- Emilio; que le ha respondido mal a una pregunta trampa.

 

            SEBASTIAN.- ¿Una qué?

 

            EMILIO.- Una pregunta trampa. Todo el mundo las conoce.

 

            SEBASTIAN.- (Con cara de extrañado.) Todo el mundo las conocerá; pero en mi vida he oído hablar de ellas.

 

            EMILIO.- (A ANSELMO y TONI.) Oye, este no las conoce.

 

            ANSELMO.- Porque vive en otro planeta. En el de los sueños.

 

            TONI.- Sí. Nunca se entera de las cosas.

 

            SEBASTIAN.- ¿Estáis hablando de mí?

 

            EMILIO.- (A SEBASTIAN.) Estos dicen que nunca te enteras de nada.

 

            SEBASTIAN.- Desde luego, de las preguntas trampas ésas, no.

 

            EMILIO.- (A ANSELMO y TONI.) ¿Y por qué decís eso?

 

            ANSELMO.- Siempre está enamorándose y desenamorándose; enamorándose y desenamorándose. (A SEBASTIAN.) ¿De quién te has enamorado ahora?

 

            SEBASTIAN.- Ahora, no. Ya llevo un tiempo suspirando por alguien.

 

            ANSELMO.- ¿Y cuándo te vas a desenamorar? Porque tendrás que desenamorarte.

 

            SEBASTIAN.- Espero que nunca.

 

            TONI.- Vaya, esta respuesta es nueva.

 

            ANSELMO.- ¡No me digas que llevas tiempo con una chica, y no nos lo has dicho! ¿Dónde queda la amistad?

 

            SEBASTIAN.- En una relación de pareja no cabe nadie más que la pareja. Es un mundo para dos.

 

            TONI.- (Indignado.) Muy bonito. ¿Y quién es?

 

            EMILIO.- ¿La conocemos?

 

            ANSELMO.- (Seriamente.) Si la conocemos, es para dejarte de hablar y todo.

 

            EMILIO.- ¿Cómo se llama?

 

            SEBASTIAN.- Se llama Begoña.

 

            TONI.- ¿Begoña? ¿De qué me suena ese nombre?

 

            ANSELMO.- Es la amiga de Elena; la de los tres niños.

 

            EMILIO.- ¿Begoña, Begoña, Begoña? ¿Nuestra Begoña?

 

            SEBASTIAN.- Sí; sí; sí. “Mi” Begoña.

 

            ANSELMO.- ¿Tú sabes en el lío que te estás metiendo? Una mujer divorciada con tres niños, es como... como...

 

            SEBASTIAN.- Como una mujer divorciada con tres niños.

 

            ANSELMO.- Eso.

 

            SEBASTIAN.- Llevamos siete meses saliendo.

 

            TONI.- ¡Siete meses!

 

            ANSELMO.- ¡No me lo puedo creer!

 

            TONI.- Me parece lo más lamentable que ha pasado en este siglo.

 

            ANSELMO.- Es como para emigrar a un país de Oriente Próximo.

 

            EMILIO.- ¿Os parece mal?

 

            ANSELMO.- (Muy molesto.) Fatal.

 

            TONI.- De lo peor.

 

            ANSELMO.- (Igual.) Llevar siete meses saliendo con una mujer, y no contárselo a sus mejores amigos es muy triste.

 

            TONI.- ¡Y la de veces que ha venido Begoña con nosotros! ¡Ni un beso se han dado! ¡Ni una caricia!... ¡Qué secretismo!

 

            SEBASTIAN.- Ya veis; parece una relación más estable, ¿no?

 

            EMILIO.- Pues yo estoy muy contento.

 

            ANSELMO.- ¿Y qué ha sido de los amores a primera vista? Porque el que está enfermo de eso, está enfermo.

 

            TONI.- Eso. ¿Qué ha sido de la de los grandes almacenes?

 

            SEBASTIAN.- (Sonriendo.) Ah, sí; la recuerdo. Ya hace un año de eso. Os hice caso, y fui a buscarla. Le expresé mis sentimiento; pero me dijo que me faltaba maldad, que era demasiado buena persona.

 

            ANSELMO.- Qué forma más elegante de darte calabazas.

 

            SEBASTIAN.- Con el tiempo lo entendí.

 

            EMILIO.- ¿El qué?

 

            SEBASTIAN.- No sé, pero lo entendí.

 

            EMILIO.- Ah.

 

            TONI.- Desde luego, a las mujeres no hay quién las entienda. No quieren a alguien por ser buena persona; ¿qué prefieren, uno que vaya destrozando el mobiliario urbano?

 

            ANSELMO.- No vas desencaminado, Toni. Ellas hacen su propia cruzada en contra del hombre. Es un acoso y derribo tras de nosotros. Pero tienen su corazoncito, y son incapaces de hacerle daño a una buena persona; aunque sea hombre.

 

            TONI.- (Admirado.) Qué labia.

 

            EMILIO.- ¿Eso fue lo que entendiste tú, Sebastián?

 

            SEBASTIAN.- Si te he de ser sincero, lo que entendí es que Sandra no iba a ser la mujer de mi vida.

 

            EMILIO.- ¿Y Begoña sí?

 

            SEBASTIAN.- Hoy por hoy sí. Es lo que buscaba.

 

            ANSELMO.- ¿Tú buscabas tres niños?

 

            SEBASTIAN.- No cambiarás, Anselmo. Siempre te quedas en el escaparate; nunca entras a probarte nada.

 

            EMILIO.- Con las preguntas trampas, cualquiera entra.

 

            SEBASTIAN.- ¿No tiene ella derecho a rehacer su vida?

 

            ANSELMO.- Sí. Con un hombre divorciado que tenga tres hijos.

 

            EMILIO.- O sea, que para ti no importa que las personas se quieran; lo importante es el número de hijos que cada cual tenga, ¿no?

 

            ANSELMO.- Más o menos.

 

            EMILIO.- Ahora, Anselmo, imagina tú.

 

            ANSELMO.- Dime.

 

            EMILIO.- ¿Qué harías si a ti te gustara Begoña?

 

            ANSELMO.- Emigraría a Australia.

 

            SEBASTIAN.- Desde luego, con personas como tú España quedaba desierta en cinco años.

 

            EMILIO.- (Cambiando el tema.) ¡Ay, se me olvidaba! Sebastián, ven a mi habitación, que tengo que enseñarte el último fascículo de “La música en el mundo”.

 

            SEBASTIAN.- (Mostrando interés.) ¿Te ha llegado algo de las tribus nor-occidentales del Este de Europa?

 

            EMILIO.- (Entrando con SEBASTIAN en la habitación de la izquierda.) No me suena.

 

            Quedan en escena ARMANDO y TONI.

 

            TONI.- Parece ser que Sebastián se ha enamorado de verdad.

 

            ANSELMO.- Eso parece.

 

            TONI.- ¿Tú crees que durará mucho?

 

            ANSELMO.- Por su bien, que sí.

 

            TONI.- Es que como ella lo deje ahora, Sebastián se muere de pena.

 

            ANSELMO.- ¿Y si la deja él?

 

            TONI.- (Sorprendido.) Uy, no lo había pensado.

 

            ANSELMO.- Yo prefiero que me dejen. ¿Tú qué prefieres, que te dejen o dejar tú?

 

            TONI.- Menuda pregunta. (Piensa por un instante.) Sin duda, dejar yo. Así no me quedo amargado cantando canciones para olvidar.

 

            ANSELMO.- Yo no sabría cómo decirle a la otra persona “adiós”.

 

            TONI.- Ni yo soportar el dolor de que me dejaran. Porque tú al decir “adiós”, ya no quieres; pero si te dicen “hasta la vista”, tú sigues queriendo. Y querer a alguien que no te quiere es lo peor.

 

            ANSELMO.- (Mirando al cuadro.) Oye, Toni, ¿tú crees en los fantasmas?

 

            TONI.- A qué viene esa pregunta. ¿No estábamos hablando de amor?

 

            ANSELMO.- (Señalando al cuadro.) Ese cuadro se ha caído antes.

 

            TONI.- Estaría mal colgado.

 

            ANSELMO.- (Incorporándose del sofá, pero sin levantarse.) Que no. Que estaba bien sujeto.

 

            TONI.- ¿Y cómo lo sabes?

 

            ANSELMO.- Porque Elena ha ido a colgarlo, y la alcayata estaba en su sitio.

 

            TONI.- Eso es que ha habido un terremoto.

 

            ANSELMO.- ¡Qué terremoto ni qué terremoto! Te digo que le he hablado al cuadro, y se ha caído.

 

            TONI.- Lógico. Se ha sorprendido de que alguien hable con él.

 

            ANSELMO.- Es en serio.

 

            TONI.- ¡Venga ya! ¿No irás a creer que un trozo de pintura tiene vida propia?

 

            Nada más terminar la frase el cuadro vuelve a caer. ANSELMO y TONI miran lentamente, con caras entre sorprendidos y aterrados, la pintura. Se van levantando, despacio, del sofá; observando al cuadro que está en el suelo, sin quitarle la mirada.

 

            ELENA.- (Saliendo de la habitación de la derecha.) ¡Hola!

 

            ANSELMO y TONI dan un grito asustados, y se abrazan.

 

            ELENA.- ¿Qué os pasa?

 

            TONI.- (Con la voz entrecortada.) El... El... Cua... Cuadro.

 

            ELENA.- (Viendo el cuadro en el suelo.) ¿Otra vez? (Coge el retrato y lo cuelga en su sitio.)

 

            ANSELMO.- ¿De verdad que no tenéis ningún fantasma?

 

            ELENA.- Te lo aseguro.

 

            ANSELMO.- ¿Y cómo estás tan segura? Porque para afirmar una cosa así tienes que estar muy segura.

 

            ELENA.- Porque lo estoy.

 

            TONI.- (Secándose la frente.) Y hablando de estar; ¿cómo estás?

 

            ELENA.- Bien, ¿por qué lo preguntas?

 

            TONI.- Es que como antes te has ido así...

 

            ANSELMO.- Pero no le des importancia a la respuesta de Emilio; a veces estas cosas fallan.

 

            TONI.- ¡Si en el fondo te quiere!

 

            ELENA.- (Sin creérselo.) Sí, me quiere. ¡Me quiere abrir la lata de anchoas!

 

            ANSELMO.- Elena, mujer, míralo por el lado positivo; ha sido todo un detalle de caballero.

 

            TONI.- Otro te hubiera tirado la lata por la ventana.

 

            ELENA.- Entonces, ¿me quiere o no me quiere?

 

            TONI.- Claro que te quiere. Eso se ve en la mirada.

 

            ELENA.- ¿Y vosotros lo veis?

 

            ANSELMO.- Con gran nitidez.

 

            ELENA.- (Riendo.) Pues que Dios os conserve el oído.

 

            TONI.- Al menos te hemos hecho sonreír.

 

            ANSELMO.- ¿Cuándo comemos? Empiezo a tener hambre.

 

            ELENA.- Tiene que venir Sebastián.

 

            TONI.- Ya ha llegado. Está con Emilio en su habitación.

 

            ELENA.- No le he escuchado llegar.

 

            ANSELMO.- ¿Sabes que está saliendo con tu amiga Begoña, y con sus tres hijos?

 

            ELENA.- (Con ironía.) ¿Con los cuatro a la vez?

 

            ANSELMO.- Me refiero a tu amiga Begoña, la de los tres hijos.

 

            ELENA.- Lo sé. Hace tiempo que salen.

 

            TONI.- ¿Y tú lo sabías?

 

            ELENA.- Claro.

 

            ANSELMO.- Nosotros no.

 

            ELENA.- Entre mujeres no hay secretos.

 

            ANSELMO.- No sabéis guardarlos.

 

            ELENA.- Creo que llevan siete meses.

 

            TONI.- O sea, que lo sabes desde el principio.

 

            ELENA.- Se puede decir que sí.

 

            ANSELMO.- Se puede decir que este Sebastián es un chismoso; mira que contártelo a ti antes que a nosotros.

 

            ELENA.- No me lo ha dicho él. Ha sido Begoña.

 

            ANSELMO.- Tenía que suponerlo.

 

            Suena el teléfono. ELENA lo coge.

 

            ELENA.- ¿Dígame? Sí, es aquí. Sí, vive aquí. Sí, ahora se pone. (Tapando con la mano el auricular. A ANSELMO y TONI.) ¿Le podéis decir a Emilio que le llaman por teléfono?

 

            ANSELMO se levanta, se mete en la habitación, y al instante sale.

 

            ANSELMO.- Que de parte de quién.

 

            ELENA.- (Al auricular.) ¿Me dice de dónde llama, por favor? (Pausa.) Pues un momento; no se retire. (Hace la misma operación con el aparato. A ANSELMO.) De la Orquesta Nacional de Ucrania.

 

            ANSELMO hace mutis por la habitación, y vuelve a salir al instante.

 

            ANSELMO.- Que qué quieren.

 

            ELENA.- Dile que es para una encuesta sobre el caviar de esturión.

 

            TONI.- ¿En serio?

 

            ELENA.- (Desesperándose.) ¡Qué va! Dile que es para tocar en la orquesta los platillos; y que como no salga, cuelgo.

 

            ANSELMO vuelve a la habitación; y al momento salen SEBASTIAN, EMILIO y el propio ANSELMO.

 

            TONI.- Felicidades, Elena; menudo poder de convicción.

 

            ELENA le pasa el teléfono a EMILIO.

 

            EMILIO.- ¿Dígame? Sí, soy yo. Sí, estoy libre.

 

            ANSELMO.- Anda que como sea a cobro revertido, estamos listos.

 

            EMILIO.- (Continuando.) Sí, ¿cuándo empiezo? Sí, ¿dónde? En Kiev, muy bien; en el Palacio de la Música. Ahí estaré. Gracias. Adiós. (Cuelga.)

 

            TONI.- ¿La Orquesta de Ucrania?

 

            EMILIO.- (Contento.) Sí.

 

            SEBASTIAN.- Eso está por Rusia.

 

            EMILIO.- (Contento.) Pues sí.

 

            ANSELMO.- Esa es zona chunga. No me gusta.

 

            EMILIO.- Son los únicos que me han llamado en tres meses.

 

            TONI.- Yo te llamé la semana pasada.

 

            EMILIO.- Para prestarte dinero; y estos me llaman para darme trabajo y dinero.

 

            ELENA.- ¿Y por cuánto tiempo te vas a Rusia?

 

            EMILIO.- A Ucrania.

 

            SEBASTIAN.- ¿Por cuánto tiempo?

 

            ELENA se dirige, un tanto afligida a la ventana, donde queda pensativa.

 

            EMILIO.- En principio es para un gira de un mes.

 

            ANSELMO.- Un tour por Ucrania. No me gusta nada.

 

            EMILIO.- La gira es por España; por eso me han llamado. Me hicieron una audición hace tiempo, porque estaban preparando una serie de conciertos aquí.

 

            TONI.- ¿Y cogen a músicos españoles? ¡Qué orquesta más rara!

 

            EMILIO.- Para determinados puestos lo hacen así, porque les sale más barato.

 

            ANSELMO.- ¡Es un timo! Si yo pago para ver a la Orquesta de Ucrania no es para ver a cuatro españolitos haciendo sonar instrumentos. ¡Para eso me voy al metro!

 

            TONI.- Lo que queremos es escuchar a ucranianos.

 

            SEBASTIAN.- ¡No seáis incultos! En las orquestas hay gentes de todos los rincones del mundo.

 

            ANSELMO.- Es una vergüenza.

 

            TONI.- Y una falta de respeto para los músicos de esos lugares.

 

            SEBASTIAN.- ¿Cuántos madrileños juegan de titular en el Madrid? ¿Y barceloninos en el Barça?

 

            TONI.- No compares, Sebastián. El fútbol es un deporte sin fronteras.

 

            Se hace un pequeño silencio, que rompe EMILIO.

 

            EMILIO.- Pues eso, que para un mes.

 

            SEBASTIAN.- ¿Tienes que ir a Ucrania?

 

            EMILIO.- Sí. Para el día seis de Enero tengo que estar allí. Ensayaré durante dos semanas con ellos, y después ya venimos para acá. Para finales de Enero ya estoy aquí. Lo que no sé es por qué ciudades vamos.

 

            TONI.- ¿Y después de ese mes puedes ir con ellos a Ucrania?

 

            EMILIO.- No. Sólo es para los conciertos que hagan en España. Cuanto más conciertos consigan, más tiempo estoy con ellos.

 

            ELENA hace mutis por su habitación.

 

            ANSELMO.- (A EMILIO.) Deberías hablar con Elena.

 

            EMILIO.- ¿Tú crees?

 

            ANSELMO.- Pues claro. ¿Verdad, Toni?

 

            TONI.- Por supuesto. ¿Verdad, Sebastián?

 

            SEBASTIAN.- Sin duda. ¿Verdad, Anselmo?

 

            ANSELMO.- Estamos todos de acuerdo. ¿Verdad, Emilio?

 

            EMILIO.- Es que después de un año sin hablar con ella, me da no sé qué.

 

            ANSELMO.- ¿Te vas a ir a Rusia...? (Le rectifica EMILIO.)

 

            EMILIO.- Ucrania.

 

            ANSELMO.- ¡Donde sea! ¿Te vas a ir sin despedirte?

 

            EMILIO.- No.

 

            TONI.- Eso está mejor.

 

            EMILIO.- Le diré adiós.

 

            TONI.- ¡Eso está muy mal!

 

            EMILIO.- ¿Qué quieres que le diga? Si me voy le tendré que decir adiós, ¿no?

 

            SEBASTIAN.- (A ANSELMO y TONI.) Tiene razón. Si dice “hola” va a resultar sospechoso.

 

            ANSELMO.- Que tienes que hablar con ella, Emilio.

 

            EMILIO.- ¿De qué?

 

            ANSELMO.- Pues de qué va a ser. De la pesca de atún de altura, no; desde luego. ¡De vuestra situación, cabeza de chorlito!

 

            EMILIO.- ¿Y por dónde empiezo?

 

            SEBASTIAN.- Por el principio, como todo el mundo.

 

            ANSELMO.- Comienza por decir: “Lo siento. Te quiero.”

 

            TODOS se lo quedan mirando extrañadísimos.

 

            TONI.- (Con sorpresa.) ¡Anselmo! Cómo un tipo tan duro como tú puede decir semejante ñoñada.

 

            ANSELMO.- Es una situación de emergencia.

 

            SEBASTIAN.- (A ANSELMO.) ¿Pero tú la quieres?

 

            ANSELMO.- ¿Yo? ¿A quién?

 

            SEBASTIAN.- A alguien tienes que querer.

 

            ANSELMO.- No quiero a nadie. Bueno, me quiero a mí.

 

            SEBASTIAN.- ¿Y por qué te has peleado?

 

            ANSELMO.- Con quién.

 

            SEBASTIAN.- Contigo mismo.

 

            ANSELMO.- ¿Yo? ¡Qué dices!

 

            TONI.- Déjalo, Anselmo. Si Sebastián no se entera; como está enamorado. (A SEBASTIAN.) Lo que ha dicho Anselmo es sobre Emilio.

 

            SEBASTIAN.- Ah, vale. (Sonriendo.) Que se me ha ido el santo al cielo.

 

            EMILIO.- Muy interesante vuestra conversación. ¿Y qué hago yo con mi problema?

 

            ANSELMO.- Decirle a Elena la verdad.

 

            TONI.- Le tienes que decir que la quieres. Suponiendo que esto sea cierto.

 

            EMILIO.- Tan verdad como que te estoy mirando.

 

            SEBASTIAN.- Un año es mucho tiempo.

 

            ANSELMO.- Tan sólo son trescientos sesenta y cinco días; sesenta y seis si es bisiesto.

 

            TONI.- Es mucho tiempo... Depende de para qué. Es mucho tiempo para que te arreglen un grifo; o para guardar un donuts en la nevera. Sin embargo, es poco tiempo para unas elecciones generales; o comparado con los años que nos separan del sol.

 

            EMILIO.- Total, que depende del punto de vista.

 

            TONI.- Efectivamente.

 

            EMILIO.- Creo que lo nuestro a terminado definitivamente.

 

            ANSELMO, TONI y SEBASTIAN.- (Al unísono.) ¡Qué dices! ¡No puede ser! ¡Estás loco!

 

            EMILIO.- Tal vez me espera algo en mi nueva aventura ucraniana.

 

            ANSELMO.- ¡Se te ha ido la cabeza, muchacho!

 

            TONI.- ¡No estás en tus cabales!

 

            EMILIO.- Con la de gente que voy a conocer, ¿por qué no puedo encontrar en una de ellas a mi media naranja?

 

            ANSELMO.- Porque las de Ucrania ya están todas exprimidas.

 

            SEBASTIAN.- Además, todas tienen bigote.

 

            EMILIO.- Ésas son las portuguesas.

 

            ANSELMO.- ¿Y por qué te quieres enamorar de una rusa?

 

            EMILIO.- Que yo no me quiero enamorar de nadie.

 

            ANSELMO.- Tú lo has dicho. Todos lo hemos escuchado.

 

            EMILIO.- He querido decir que en este nuevo trabajo puedo conocer a alguien especial.

 

            TONI.- ¡Pero es que tú no puedes encontrar a nadie especial, caray!

 

            EMILIO.- ¿Y se puede saber por qué?

 

            TONI.- Porque tu alguien especial está aquí.

 

            EMILIO.- No lo dirás por Elena, ¿verdad?

 

            ANSELMO.- Lo dice por ella; sí.

 

            SEBASTIAN.- ¡Quién si no!

 

            EMILIO.- Hemos terminado para siempre. No hay vuelta atrás.

 

            SEBASTIAN.- Siempre hay un camino de retorno.

 

            EMILIO.- Lo que sucede es que veo las cosas de otro color. Más ilusionado.

 

            ANSELMO.- Yo diría más atontado.

 

            EMILIO.- Envidia que tenéis.

 

            TONI.- (Cogiéndolo del brazo.) Pero ven para acá, Emilio. No puedes hacerle esto a Elena.

 

            EMILIO.- Hacerle el qué.

 

            SEBASTIAN.- Dejarla aquí abandonada, como un perro en verano.

 

            ANSELMO.- Ella nunca lo haría.

 

            EMILIO.- Está decidido. Voy a dejar a Elena; y voy a ver dónde cae Ucrania, porque no tengo ni idea. (Hace mutis por la puerta de su habitación.)

 

            Quedan en escena ANSELMO, TONI y SEBASTIAN.

 

            SEBASTIAN.- (A ANSELMO y TONI.) Anda que la que habéis liado los dos... Tanto desestrés, tanto desestrés.

 

            ANSELMO.- Confieso que se nos ha ido un poco la mano.

 

            SEBASTIAN.- ¿Un poco? Nada más y nada menos que hasta Ucrania se te ha ido.

 

            TONI.- (A ANSELMO.) Pero esto tiene arreglo, ¿no?

 

            ANSELMO.- Todo tiene solución. Lo difícil es encontrarla; y para ello necesito vuestra colaboración.

 

            SEBASTIAN.- Y qué quieres que hagamos.

 

            ANSELMO.- Nada en particular; simplemente que busquéis una solución.

 

            TONI.- ¿Y tú?

 

            ANSELMO.- Yo también. Pero tres cabezas funcionan mejor que una.

 

            Comienzan los tres a meditar, caminando por la escena.

 

            SEBASTIAN.- ¡Ya lo tengo! (Detiene su paso; los demás hacen lo mismo.) No, no; era una tontería. (Todos vuelven a caminar.)

 

            TONI.- ¡Eureca! (Se detiene; y con él el resto.) No. No funcionará. (Vuelven a caminar.)

 

            SEBASTIAN.- (Deteniéndose.) Y si... (Todos le miran.) No, nada. (Siguen.)

 

            ANSELMO.- (Deteniéndose.) Un momento. (Todos paran.) A este paso vamos a hacer el Camino de Santiago, y no habremos encontrado una solución.

 

            SEBASTIAN.- Si es que no se nos ocurre nada.

 

            ANSELMO.- No tengo ni idea de cómo lo vamos a hacer; pero a esos dos hay que juntarlos como sea.

 

            SEBASTIAN.- Tienen que hablar. Con el diálogo todo se consigue. Pero si cada uno está en una esquina de la casa, y eso que la casa es pequeña, ¡y no se dicen ni los buenos días!

 

            TONI.- Como no los encerremos en un zulo...

 

            ANSELMO.- ¡Eso es! ¡Claro que sí!

 

            TONI.- Hombre, Anselmo, no creo que sea lo más adecuado lo del zulo.

 

            ANSELMO.- Has tenido una ida brillante, Toni.

 

            SEBASTIAN.- ¡¿Los vas a meter en serio en un zulo?!

 

            ANSELMO.- No os enteráis de nada. No se trata de meterlos en un zulo; ni en una madriguera; ni en nada por el estilo. Lo que vamos a hacer es encerrarlos en la misma habitación bajo llave.

 

            SEBASTIAN.- Pues tú dirás. (Mostrando la habitación en la que está metido cada uno.)

 

            ANSELMO.- Va a ser más fácil de lo previsto. Veréis. (Se sienta en el sofá; TONI y SEBASTIAN hacen lo mismo.) Primero, metemos a uno de los dos en una habitación; y luego, al otro.

 

            SEBASTIAN.- (Incrédulo.) Qué sencillo.

 

            TONI.- ¿A cuál metemos primero?

 

            ANSELMO.- Da igual. Lo importante es que acaben los dos dentro.

 

            TONI.- Será igual; pero no es lo mismo.

 

            SEBASTIAN.- ¿Por qué?

 

            TONI.- Porque si metemos primero a Emilio, Elena entrará porque está loquita por él; pero si es al revés, Emilio no entra porque se le ha metido en la cabeza que quiere una rusa.

 

            ANSELMO.- ¡Una rusa! A este Emilio se le ha ido la cabeza del todo.

 

            SEBASTIAN.- Total, que primero tenemos que meter a Emilio. ¿Qué te parece, Anselmo?

 

            ANSELMO.- Correcto. Ahora hay que buscar el lugar del encuentro.

 

            TONI.- ¿Qué os parece el baño?

 

            SEBASTIAN.- No es muy romántico para una reconciliación.

 

            ANSELMO.- Es verdad; no es romántico para nada.

 

            SEBASTIAN.- ¿En la habitación de Elena?

 

            ANSELMO.- No sería ético. Allí Elena juega en casa.

 

            TONI.- ¿Y en la de Emilio?

 

            SEBASTIAN.- No estaría bien. Elena, aunque juega en casa, jugaría fuera.

 

            TONI.- Sólo nos queda la cocina.

 

            ANSELMO.- Ahí es donde se guisan los mejores platos. Y el amor es uno de los más sabrosos.

 

            SEBASTIAN.- Sabemos el lugar del encuentro; el orden de entrada de los invitados; pero...

 

            TONI.- ¿Pero?

 

            ANSELMO.- ¿Pero qué?

 

            SEBASTIAN.- (Haciendo énfasis en la frase.) Pero no sabemos cómo narices vamos a cerrar la puerta de la cocina.

 

            ANSELMO y TONI le hacen gestos de no entender el sentido de la frase.

 

            SEBASTIAN.- No tiene pestillo, alcornoques.

 

            Los tres miran, sin levantarse, la puerta de la cocina.

 

            ANSELMO.- Por eso no os preocupéis. Vosotros conseguir meterles en la cocina y cerrar la puerta; el resto está aquí (Se toca con el dedo índice la sien.). Pero de esto ni una palabra a nadie, ¿eh?

 

            TONI.- Seremos una tumba.

 

            SEBASTIAN.- Que sean dos.

 

            ANSELMO.- Sólo lo sabemos nosotros tres; nada más.

 

            En ese instante el cuadro que cuelga de la pared vuelve a caer, ante el grito de ANSELMO, TONI y SEBASTIAN, que dan un salto levantándose del sofá. Al escuchar los gritos, salen de sus respectivas habitaciones EMILIO y ELENA.

 

            EMILIO.- ¿Qué ha sido eso?

 

            ELENA.- ¿Qué sucede?

 

            ANSELMO.- ¡El cuadro otra vez!

 

            SEBASTIAN.- ¿Pero es que esto pasa a menudo?

 

            ANSELMO.- Cada dos por tres.

 

            ELENA.- Eso son manías tuyas, Anselmo.

 

            ANSELMO.- ¿Manías mías? Toni, di algo.

 

            TONI está petrificado.

 

            ANSELMO.- Fíjate; se ha quedado tonto.

 

            ELENA.- Lo que se ha quedado es mudo.

 

            EMILIO.- Porque tonto ya lo era.

 

            TONI.- (Reaccionando.) Hombre, sin faltar.

 

            SEBASTIAN.- Ya habla.

 

            EMILIO.- Ahora es sólo tonto.

 

            TONI.- ¡Emilio! Que puedo coger un trauma infantil como me digas muchas veces tonto.

 

            SEBASTIAN.- ¡Buá! Pues esos traumas son los peores. Después te conviertes en un psicópata asesino, y todo eso.

 

            TONI.- (Asustado.) No fastidies...

 

            SEBASTIAN.- Lo que te cuento. Sin ir más lejos, el padre del hijo de mi frutero de pequeño no le dejaban tocar la fruta; y ahora la vende podrida por venganza.

 

            EMILIO.- Si es que la niñez es la base del futuro.

 

            ANSELMO.- ¡Que no se os olvide el cuadro! ¡Que se ha caído solo, leches!

 

            EMILIO.- (Cogiendo el retrato.) Pues se vuelve a colocar en su sitio, y aquí no ha pasado nada.

 

            ANSELMO.- ¡Sí ha pasado! Este cuadro se cae cada vez que...

 

            ELENA.- Cada vez que qué.

 

            ANSELMO.- Cada vez que... ¡Toni, díselo tú!

 

            TONI.- A mí estos temas me dan susto.

 

            SEBASTIAN.- ¿Tantas veces cae el cuadro? (A EMILIO y ELENA.) Como se os haya metido un espíritu dentro la lleváis clara.

 

            ELENA.- ¡Lo que nos faltaba! ¡Un ocupa! (Hace mutis por la puerta de su habitación; refunfuñando.)

 

            TONI.- (Atemorizado.) No habléis así de los fantasmas. ¡A mí me va a dar algo! (Se sienta.)

 

            EMILIO.- Si seguro que es uno bueno. (Al aire.) ¡¿Verdad, señor fantasma?!

 

            SEBASTIAN.- Los bueno no vienen. Sólo lo hacen los que tuvieron una muerte violenta.

 

            Vuelve a caerse el cuadro. TODOS chillan.

 

            TONI.- (Que se ha puesto de pie de un salto.) ¿Lo ves, Emilio? ¡Se ha caído! ¡Eso es que no está en paz!

 

            EMILIO.- ¡Tonterías! Lo volvemos a colgar. (Lo cuelga en su sitio.)

 

            TONI se vuelve a sentar, mientras se seca la frente con un pañuelo.

 

            EMILIO.- ¿Veis? Todo vuelve a la normalidad.

 

            ANSELMO.- Deben ser sugestiones nuestras.

 

            SEBASTIAN.- Seguramente.

 

            EMILIO.- Por supuesto. Eso está todo en el subconsciente.

 

            ANSELMO.- Oye, Emilio; hablando de subconsciente, ¿me podrías traer una patata?

 

            EMILIO.- ¿Una patata?

 

            ANSELMO.- Sí, una patata. Las tienes en la cocina, ¿no?

 

            EMILIO.- Sí.

 

            ANSELMO.- Entonces de qué te sorprendes. Si te hubiese pedido un tractor; pero una patata hay en toda casa que se precie. ¿Me la traes o qué?

 

            EMILIO.- Sí, voy; voy. (Se mete en la cocina.)

 

            ANSELMO, SEBASTIAN y TONI se miran entre ellos; y, al unísono, se dirigen a la puerta de la cocina para cerrarla, pero antes de llegar surge de la misma EMILIO. Los tres disimulan.

 

            EMILIO.- Perdona, Anselmo. ¿Me has dicho patata o batata?

 

            ANSELMO.- Patata.

 

            SEBASTIAN.- Con “P” de patata.

 

            EMILIO da media vuelta; pero antes de introducirse en la cocina, se vuelve.

 

            EMILIO.- ¿Con “P” de patata o con “B” de batata?

 

            ANSELMO.- Con “P”, de pelmazo.

 

            EMILIO se introduce en la cocina.

 

            SEBASTIAN.- Ya está. Éste está dentro.

 

            TONI.- Hay que llamar a Elena.

 

            Vuelve a surgir EMILIO.

 

            EMILIO.- (A ANSELMO.) ¿La patata qué la quieres, frita o cruda?

 

            ANSELMO.- Cruda. Es para una demostración a Sebastián.

 

            EMILIO hace mutis de nuevo.

 

            ANSELMO.- (Ante la mirada de extrañeza de SEBASTIAN.) No sabía qué decirle. Venga, a lo nuestro.

 

            Vuelve a salir EMILIO.

 

            EMILIO.- ¿Para hervir o para freír?

 

            ANSELMO.- (Desesperado.) ¡Para estampársela al retrato la próxima vez que se caiga!

 

            EMILIO.- ¿Hablas en serio?

 

            TONI.- ¡Tú estás loco, Anselmo! Si le tiras una patata al cuadro nos manda una maldición de cinco lustros.

 

            SEBASTIAN.- O nos convierte en alérgicos a las patatas.

 

            TONI.- ¡Dios! No quiero ni pensarlo. (Se sienta.)

 

            EMILIO.- Vosotros mismos; yo os la traigo, pero no manchéis las paredes ni los muebles. (Hace mutis por la cocina.)

 

            ANSELMO y SEBASTIAN se acercan a la puerta de la habitación de ELENA. TONI sigue sentado, secándose el sudor.

 

            TONI.- (Levantándose, y caminando hacia el servicio.) ¡Ay, mi madre! Con el susto me estoy orinando. (Hace mutis.)

 

            ANSELMO.- ¡Elena! ¿Puedes venir?

 

            ELENA.- (En la puerta de su habitación.) ¿Qué hacéis en mi puerta?

 

            SEBASTIAN.- Hemos venido a llamarte.

 

            ANSELMO.- ¿No podemos llamarte? Porque si no podemos llamarte, nos lo dices y llamamos a los bomberos.

 

            ELENA.- ¿Qué queréis?

 

            ANSELMO.- Es por si nos puedes dar una patata.

 

            ELENA.- ¿Una patata?

 

            SEBASTIAN.- ¿Hay algo de extraño?

 

            ELENA.- No, qué va. De vosotros ya no me extraña nada. (Se mete en la cocina.)

 

            ANSELMO y SEBASTIAN se miran mutuamente. De repente, SEBASTIAN cierra la puerta de la cocina; mientras, ANSELMO coge una larga bufanda del perchero y ata el pomo de la puerta de la cocina con el del baño.

 

            SEBASTIAN.- (Sujetando la puerta de la cocina.) ¿Éste era el maravilloso plan?

 

            ANSELMO.- (Haciendo los nudos.) ¿Qué te crees que hubiese hecho Mc Giver?

 

            Se comienza a escuchar cómo aporrean ambas puertas.

 

            SEBASTIAN.- (Señalando al baño.) Está sonando esa puerta. ¿Será el fantasma?

 

            ANSELMO.- (Mirando a su alrededor.) ¡El fantasma de Toni, que se ha quedado encerrado!

 

            SEBASTIAN.- (Acercándose al baño.) ¡Aguanta, Toni!

 

            TONI.- (Desde dentro.) ¡Sacadme de aquí! ¡Soy claustrofóbico!

 

            ANSELMO.- (Al baño.) ¡Y eso qué tiene que ver ahora! ¡Aguanta!

 

            TONI.- (Desde dentro.) ¡Que me puede dar un pasmo!

 

            SEBASTIAN.- Vaya desastre de plan.

 

            ANSELMO.- El plan era bueno.

 

            TONI.- (Desde dentro.) ¡Que me quedo sin aire! ¡Sacadme!

 

            SEBASTIAN.- (A TONI.) ¡Si eres claustrofóbico, para qué te metes!

 

            TONI.- (Desde dentro.) ¡Los claustrofóbicos también tenemos derecho a orinar!

 

            ANSELMO.- ¡Pero en sitios abiertos, caray!

 

            SEBASTIAN.- (A TONI.) ¡Venga, que te sacamos!

 

            Desatan el nudo de la puerta del servicio; de él sale, inmediatamente y con la respiración entrecortada, TONI. También se abre la puerta de la cocina, y sin que ANSELMO, ni SEBASTIAN, ni TONI se den cuenta; salen cogidos de la mano ELENA y EMILIO, que miran a sus tres amigos sonrientes y felices.

 

            TONI.- (Apoyándose en ANSELMO y SEBASTIAN, que lo llevan al sofá.) ¡Sentadme! ¡Sentadme! (Se sientan los tres; dando la espalda a EMILIO y ELENA.)

 

            SEBASTIAN.- (Dándole aire a TONI con una revista.) ¡Para haberte muerto!

 

            ANSELMO.- Has estropeado el plan. Con lo bien que iba.

 

            TONI.- (Con la voz cansada.) Casi... Casi me muero.

 

            ANSELMO.- Pero no lo has hecho, y has estropeado el plan. En fin, ¡qué se le va a hacer! Lo importante es que estás bien.

 

            TONI.- (Señalando hacia atrás; sin mirar.) Entonces, ¿esos dos siguen sin hablarse?

 

            Se quedan en silencio los tres; sentados en el sofá; mirando al frente. Mientras, EMILIO y ELENA sonríen cogidos de la mano.

 

            TONI.- ¿Escucháis algo?

 

            ANSELMO.- Nada.

 

            SEBASTIAN.- Qué extraño.

 

            ANSELMO.- Será mejor que vayamos a mirar.

 

            TONI.- ¿No les habrá hecho algo el espíritu?

 

            Se levantan, y, al darse la vuelta, se encuentran a EMILIO y ELENA riendo.

 

            TONI.- ¡Anda! Si están aquí.

 

            ANSELMO.- ¿Qué os hace tanta gracia? Porque éste (Señalando a TONI.) casi se muere.

 

            SEBASTIAN.- (Pegando un codazo a ANSELMO.) Oye, están cogidos de la mano. (A la pareja.) ¿Os habéis reconciliado?

 

            EMILIO.- Sí. (Le da un beso en la mejilla a ELENA.)

 

            ANSELMO.- (Dándoselas de enterado.) ¿Lo veis? Yo sabía que se os ibais a reconciliar.

 

            ELENA.- Sólo que nos reconciliamos hace un año justo.

 

            TONI.- Fijaos; que del susto que he pasado me ha debido de afectar al oído, porque he escuchado que hace un año que se reconciliaron.

 

            EMILIO.- Eso ha dicho. Cuando os marchasteis aquella noche nos reconciliamos.

 

            ELENA.- ¿Qué os parece?

 

            ANSELMO.- ¡Fatal!

 

            ELENA.- Pero si es lo que queríais.

 

            ANSELMO.- Nos parece fatal. ¿Nos habéis estado engañando todo este tiempo? ¿Durante todo una año?

 

            ELENA.- ¡Qué es un año! Sólo trescientos sesenta y cinco días; sesenta y seis si es bisiesto.

 

            ANSELMO.- ¿Y lo de la lata de anchoas?

 

            EMILIO.- Hemos escuchado las conversaciones. Habláis muy fuerte; y la casa es pequeña.

 

            SEBASTIAN.- ¿Y lo de irte con una rusa?

 

            EMILIO.- Falso.

 

            TONI.- Lo de la Orquesta de Ucrania, ¿también falso?

 

            EMILIO.- Eso es verdad.

 

            ANSELMO.- ¡Si supieseis lo mal que lo hemos pasado intentando juntaros!

 

            TONI.- Sobre todo yo.

 

            ELENA.- Así aprenderéis que la pareja es cosa de dos.

 

            EMILIO.- De todos modos, se agradece la intención.

 

            SEBASTIAN.- Sea cómo fuere, nos alegramos de que estéis juntos.

 

            Se felicitan; dándose besos y abrazos.

 

            EMILIO.- ¡Ah, y lo más divertido! (A ELENA.) Muéstrales el invento.

 

            ELENA se mete en su habitación.

 

            EMILIO.- Mirar el retrato.

 

            El cuadro cae.

 

            ANSELMO.- ¡Otra vez!

 

            TONI.- ¡Dios mío, ha vuelto!

 

            EMILIO.- Tranquilizaos; es Elena, que desde su habitación acciona una palanca.

 

            Sale ELENA, muy sonriente, y cuelga el cuadro de nuevo.

 

            ELENA.- Buen truco, ¿eh? Anda, vamos a sentarnos a la mesa.

 

            ANSELMO.- Ya me extrañaba a mí que ese retrato tan feo tuviese vida.

 

            TODOS, riendo, dan la espalda a la batería y al cuadro, dirigiéndose a la mesa. En ese instante cae el retrato; todos se giran lentamente y miran a ELENA, que se encoge de hombros. Caras de asombro y susto. Suena un fuerte trueno.

 

 

TELÓN

 

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

Si quieres dejar algún comentario puedes usar el Libro de Visitas  

Lectores en línea

web stats

::: Recomienda esta página :::

Servicio gratuito de Galeon.com