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LAS NOCHES DE MADAME FRU-FRÚ

de HÉCTOR SANTIAGO

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

CICLO: LOS RITUALES DE LA LIBERTAD

(II)

 LAS NOCHES DE MADAME FRU-FRÚ

 

FARSA

CUATRO ESCENAS

 HÉCTOR SANTIAGO

santiago725@verizon.net

  

© HECTOR SANTIAGO 1993

DERECHOS RESERVADOS

 

Publicada bajo el título “LAS NOCHES DE LA CHAMBELONA” Editorial Libretas, The Presbyter’s Peartree, Princenton, New Jersey, 1993. Editor Manuel Pereiras.

 

PERSONAJES: ÁNGEL. Travestí de unos 60 años, obeso, calvo, con barriga. Viste una vieja bata china roja bajo la que está en ropa interior y lleva un apretado corsé. Calza unas zapatillas viejas. Su mundo está alimentado por la cursilería y el melodrama de las películas mexicanas y argentinas de su época. Para él el cliché es una forma de expresión y por tanto muy serio. Cuando deja asomar sus sentimientos más legítimos la diferencia con su otro mundo es bien notable.    

NIÑO.  Chulo de unos 20 años. Muy sexy, muscular, sensual, hermoso, desfachatado y vulgar, pero inmaduro y vulnerable.

MADAME FRU-FRÚ.  Glamorosa vedette de los años 40-50. Viste como tal.

ACCIÓN: EL CUARTO DE ÁNGEL EN UNA CIUDAD CUALQUIERA.

ÉPOCA:  ACTUAL.

ESCENA I: UN DÍA DE PRIMAVERA.

ESCENA 2: UN DIA DE VERANO UN MES MÁS TARDE.

ESCENA 3: UN DÍA DE OTOÑO UN MES MÁS TARDE.

ESCENA 4: UN DIA DE INVIERNO UNA SEMANA MÁS TARDE.

 

El Cuarto de Ángel. Hay una puerta con muchas cerraduras, una ventana con una cortina vieja, una mesa, una vieja silla, un espejo con bombillos, algunos rotos, como en los camerinos de los teatros. En la mesa hay sprays de lacas para pelos, peines, cosméticos, joyero con joyas de fantasía, una billetera, etc. En una esquina hay un biombo detrás del cual se vislumbra la figura glamorosa de Madame Fru-Frú con sombrero de plumas, delante tiene una vieja cortina descorrida. En la otra esquina hay un altar con imágenes religiosas y objetos de santería, con una lata con flores secas y vasos con agua. Colgados en la pared hay glamorosos vestidos de sus shows, pegados por las paredes fotografías de Madame Fru-Frú en su época de Oro y de otras estrellas de los 40-50. En el centro hay una vieja cama ruidosa, al lado una mesa con un tocadiscos viejo, bajo la cama hay una palangana, en el piso por todas partes viejas revistas, discos, trofeos, botellas de vodka.

Se escuchan las canciones “Teatro” cantada por La Lupe, “Voy a pasar mi luna de miel en Puerto Rico” por Lucy Faberi, “Mi hombre” y “Fumando espero” por Sarita Montiel, “Júrame” por Libertad Lamarque, “No me amenaces” por Lola Beltrán. Tambien “La Pebeta del Conventillo”, “La Danza del Fuego” y un mambo. Se citan varias canciones que se dicen como si fueran bocadillos, para los que deben obtenerse los permisos necesarios o en caso contrario suprimirlos.

 

ESCENA PRIMERA

En el tocadiscos un disco raya llegado a su final. Ángel está sentado en un orinal donde orina. Termina. Se arregla la faja. Pone el principio del disco. Se escucha la canción “Teatro” interpretado por La Lupe. Ángel comienza a doblarla tratando de recrear uno de sus actos. Es extraño verlo recreando una vedette. Extraño porque es ridículo y sensual. Cuando intenta cantar, su voz se raja y termina tosiendo. Quita el disco con desprecio.  

ÁNGEL. Qué desgracia. Ya no puedo subir y pronto no podré bajar las notas. (Va al altar  mientras con las manos se despoja todo el cuerpo. Detrás de la puerta toca tres veces en el piso.) ¡Ay, Elegua, oricha dueño de los caminos; ábreme los míos! Elegua Bara Alayiki alaroye elekun un sokun ala Laroye. (Va al biombo.) Ay, Madame Fru-Frú, no sé qué será de mí. Ya no me queda nada de eso en que nos parecíamos… (Se mira en el espejo) Tu belleza radiante, tu figura de Venus que hasta Blanquita Amaro envidiaba, tus caderas que tienen más filosofías que las de Sofía, tus curvas que no son falsas como las de La Engañadora que iba a Prado y Neptuno, ni tu... Sólo me quedas tú. Siempre escuchando las quejas de mi pobre corazón. (Mira el cuarto.) Viviendo en esta cueva que un día me va a caer en la cabeza. Madame Fru-Frú. ¿Cómo hemos venido a parar en esto? Si hasta el otro día vivíamos  en las mansiones fabulosas que nos regalaban los hombres. ¿Te acuerdas de aquel general que sólo regalaba diamantes? ¡Y el presidente que te regalo aquel Rolls Royce! ¡Y el jeque que te compró esos caballos árabes! ¡Y el diplomático que te compraba los vestidos más fabulosos de Paris! ¡Qué hombres! En la vida hay amores que no pueden olvidarse. Qué triste es recordar, mirar hacia atrás, cual sombra fugaz. Golpeando siempre en la misma herida. Amargándote este infeliz retiro al que te he obligado a seguirme. (Acaricia el biombo.) Cómo nos ha golpeado la vida. ¿Te recuerdas lo que le pasó a La Bella Otero? ¡Si las personas aprendieran de las películas! (Abraza el biombo.) ¡Cómo me quieres Madame Fru-Frú! Los hombres se van pero tú te quedas. Siempre me ofreces tu hombro para que llore el último desencanto. (Va de un lado a otro desesperado.) No puedo permitir que sigas metida en este cuartucho. Tú, que has llevado tu  arte por los palacios más refinados, los teatros más famosos y los mejores cabarets. ¡Tú has sido más grande que la Mata Hari! Jamás debí permitir que me siguieras. ¡Una mujer de su categoría! Nunca podré pagarte este sacrificio que haces por mí. Por eso sufro tanto cuando recibes un contrato. No me canso de rogarte que lo firmes. (Excitándose.) ¡Me parece ver tu nombre en las marquesinas “EN PERSONA LA FABULOSA MADAME FRU-FRU”! ¿No se te pone la carne de gallina? Pensar que el mundo está esperando por tu arte. Y tú, aquí, en este antro miserable. (Se arrodilla ante el biombo, desesperado.) ¡Tienes que irte Madame Fru-Frú! Ya veré cómo sobrevivo. Por mí no te preocupes. (Grita) ¡Tienes que irte de este país de mierda! ¡Acepta ese contrato para Montecarlo! (En un frenesí toma los vestidos.) Te haré las maletas, te enviaré los trofeos y el álbum de fotografías. Si no te marchas acabarán contigo como lo han hecho conmigo. (Deteniéndose.) Mírame… (Se le desvanecen las fuerzas. Desalentado cuelga de nuevo los vestidos en la pared.) No quiero que termines así. (Se mira en el espejo.) Le tengo miedo al futuro. El miedo afloja el intestino, te seca la boca, te hace sudar la calva. El futuro significa el paso de los... años... (Se mira de nuevo en el espejo.) Todavía me veo muy bien... (Estalla en cólera.) ¡A la mierda con el mundo! ¡Partida de estúpidos. Daría la vida por verlos a todo muertos. Tan hipócritas. Siempre diciéndome que esconda mi falta, que finja ser como todos y entonces me dejarán tranquilo. Que me sacrifique para que el mundo me acepte. (Hace una expresión obscena con el dedo.) ¿Sacrificarme para vivir en esta ratonera? Me voy a morir de pura hipocresía; sola, rondando por el mundo, con un dolor profundo y sin poder llorar. Luego la escarcha de los años, cubriendo con un baño mi angustia y mi penar. (Acaricia orgulloso los vestidos.) Los muertos de  hambre siempre envidian tus vestidos fabulosos, tus joyas, tus riquezas. Alguno habrá pensado en cómo poder robártelos. ¡Pero tienen que matarme! ¿Quién va a pensar que guardo todas tus cosas, que hay tantas riquezas en este cuarto miserable que me se cae encima, lleno de ratones, cucarachas, sin agua caliente, este calor sofocante, la calefacción que no hay? (Arreglando algunos detalles.) Me da pena que los hombres vengan aquí. (Al biombo.) Ya sé que es peligroso meter extraños aquí... No te preocupes, yo me cuido mucho. (Revisa los cerrojos de la puerta.) Aunque nunca se sabe nunca cómo podrían terminar las noches del pirulí. ¡Hay cada tipos por ahí! (Arreglándose coquetonamente.) ¿Sabes quién me pareció diferente? El que escribió esa nota que apareció debajo de la puerta. (Saca el papel del bolsillo de la bata, lo lee, suspira y lo guarda.) ¿Será un sueño? ¿Has oído al cartero? (Va a la ventana.) No hay nada malo en vigilar al cartero. (Va a ver si hay algo por debajo de la puerta y cuando ve que no hay nada camina desencantado.) No me escribiste ayer, qué extraño es eso, sabiendo cómo yo tanto te quiero. Tu carta para mí siempre fue un beso, un beso que en mis labios nunca muere, cuando la tarde hizo y murió un día. (A la venta.) Pasó de largo el viejo cartero, y no me trajo lo que tanto quiero, celoso de pasión y de embeleso, al ver mi nombre por tu mano impreso. Mano de nieve, la besaría… (Guarda el papel decepcionado.) Mejor lo olvido. Debió ser el admirador de un día. Siempre he sobrevivido a pesar de todo. Soy como las cucarachas que sobreviven pese a todo. Tú, en cambio, si algo te pasa... Hay gente que no le importa que seas una gloria viva. ¡Madame Fru-Frú hay una sola: la única, la sensacional, la diosa! Estrellas de tu magnitud ya no quedan. Ya ni existen los cabarets donde fuiste tan famosa: el Mogambo, , Babalú, Montmartre... Ni las películas que hacen ahora jamás serán como las tuyas. ¡Todavía me acuerdo de la “Devoradora de hombres”! Aquellas sí eran películas. Y los galanes: Ramón Novarro, Pedro Infante, Hugo del Carril...  (Suspira. Frente al espejo se baja la bata y muestra un hombro sensualmente.) Era el tiempo en que un escote lo sugería todo. Esas películas eran un pedazo de la vida real. (Melodramática.) Siempre había un hombre decente que te sacaba del antro de perdición del cabaret, se casaba con-tigo volviéndote una gran dama. ¡Ay, qué tiempos aquellos! Claro que no faltaban enemigas. ¿Te acuerdas de Rita Hayworth? (Despectiva.) Entonces se llamaba Margarita Cancino. (Toma una mantilla española y hace unos pasos de flamenco.) ¡Te envidió porque bailabas mejor que ella! ¡Maldita! En el lugar que reposa, en vez de lúcidas flores, siembra una mata de abrojos para no olvidar quién era. Luego, en lugar de rezarle por su des-canso un réquiem, ruega que vaya al infierno y que el diablo le haga bien. Perdóname, es que no puedo olvidarme el mal que te hacen. Tú no eres para ese ambiente. (Al biombo, desesperado.) Tienes que irte Madame Fru-Frú! Acepta ese contrato para el Líbano. No te quedes aquí por mí. Hazme caso, por Dios. Si te pasa algo me vuelvo loco. ¡Tienes que salvarte! (Llora.)

Tocan a la puerta. Transición rápida, nerviosamente corre  la cortina ocultando el biombo. Pone la billetera bajo el colchón, el joyero bajo la cama. Alisa la cama, todo lo mira satisfecho, al pasar frente al espejo se peina las cejas con saliva, corrige el corsé. Abre la puerta. Es Niño con un apretado pull over y jean que dejan ver su musculoso cuerpo. Desde la puerta trata de mirar hacia adentro por encima de Ángel, después lo mira detenidamente y Ángel pudoroso se cierra la bata.  

ÁNGEL.  ¿En qué puedo servirle?

NIÑO.  ¿Te acuerdas de mí?

ÁNGEL. Por aquí pasan tantos...

NIÑO.  ¿Hombres?

ÁNGEL. (Desconfiado adopta una virilidad cómica.) …compañeros de trabajo.

NIÑO.  Me imagino. ¿Así que no te acuerdas?

ÁNGEL.  Si me da una pista. A lo mejor...

NIÑO.  El parque Central. Un viernes por la noche.

ÁNGEL.  Yo sólo voy por allí de vez en cuando.

NIÑO.  ¿No será todas las noches?

ÁNGEL.  Allí está la estación donde tomo el metro para ir a visitar a mi novia.

NIÑO.  (Lo mira burlón.) ¿Novia? Espero que me invites a tu boda...

ÁNGEL. Yo a usted no lo conozco y será mejor que... (Intenta cerrar la puerta, Niño se lo impide.)

NIÑO.  (Alza la mano amenazador, Ángel retrocede temeroso, pero el Niño se alisa  el pelo.) No hagas más teatro.

ÁNGEL.  Soy una persona decente.

NIÑO.  ¿A quién quieres engañar?

ÁNGEL. Usted está confundido.

NIÑO.  (Acercándosele.) El que está confundido eres tú. No soy un policía.

ÁNGEL.  ¡¿No?! ¿Y qué eres entonces?

NIÑO.  (Masajeándose la portañuela.) Usa tu imaginación.

ÁNGEL.  (Perdiendo su virilidad falsa.) ¿Dónde dijiste que nos conocimos? ¿En el parque Central?

NIÑO.  Siempre estás allí.

ÁNGEL.  ¿Cómo lo sabes? Parece que tú también...

NIÑO.  Lo mío es diferente. Yo sólo voy por allí cuando hay mucho calor.

ÁNGEL.  Buscando... la brisa.

NIÑO.  No es mi culpa si siempre viene uno de “ustedes” a sacarme conversación. (Con una sonrisa se masajea la portañuela.) Sé lo que vienen buscando.

ÁNGEL.  ¿Y lo encuentran?

NIÑO. Depende... Lo bueno hay que pagarlo.

ÁNGEL.  (Lo entra por el brazo.) No te quedes en la puerta.  (Mira el pasillo con sigilo y cierra la puerta con las cerraduras. Niño lo mira todo. Ángel alisa la sábana) Perdona cómo luce el cuarto. No tengo muchos muebles porque voy a cambiarlo todo. Ya el decorador me tiene seleccionadas algunas cosas. ¿No te gusta el color azul cielo? (Silencio.) Es el color favorito de una amiga mía. ¿Te dije algo?

NIÑO.  Ya has dicho a bastante.

ÁNGEL.  Digo, en el parque. ¿Hablamos en el parque?

NIÑO.  No mucho. Estabas apurado. Te ibas a encontrar con una tal Madama.

ÁNGEL.  (Mirando fugazmente hacia el biombo.) ¡“Madame” es mi mejor amiga! (Le señala las fotografías.) Un gran artista. La mejor que tenemos nosotros.

NIÑO.  ¿Tú también eres artista?

ÁNGEL.  Sí, estamos en el mismo género.

NIÑO.  (Tocando un vestido.) ¿Estos trapos son de la Madama esa?

ÁNGEL.  (Apartándolo del vestido ofendido.) ¿Trapos? ¡Ni siquiera Evita Perón los ha tenido mejores!   

NIÑO.  ¿Qué tú haces?  

ÁNGEL.  (Sensual.) ¡Muchas cosas!

NIÑO.  (Tocando varias cosas.) Te deben pagar muy bien.

ÁNGEL.  (Ángel le va detrás recomponiendo todo que toca.) Sólo para vivir.

NIÑO.  (Burlón.) Y para cambiar la decoración. Ustedes se dan la gran vida.

ÁNGEL.  No me has dicho tu nombre. Me llamo Ángel.

NIÑO.  El Niño…

ÁNGEL.  Ese no es un nombre.

NIÑO.  Para mí lo es.

ÁNGEL.  ¿No te gustaría llamarte Alberto Valentino?

NIÑO.  ¡No!

ÁNGEL. Alberto Valentino es un nombre tan… ¿No te gustaría?

NIÑO.   (Molesto.) Te dije que me llamaba Niño. Si no te gusta...

ÁNGEL.  (Sugestivo.) Quizás pueda llegar a gustarme.

NIÑO.  ¿Vives solo?

ÁNGEL.  Haces muchas preguntas.

NIÑO.  Ya te dije que no soy policía.

ÁNGEL.  ¿Y cómo sabes donde vivo?

NIÑO.  Me diste un papel con tu dirección.

ÁNGEL.  ¡Ah, sí! Pero de eso hace un mes.

NIÑO.  Nunca estás aquí.

ÁNGEL.  ¿Ya has venido a verme?

NIÑO.  Te eché una nota bajo la puerta.

ÁNGEL.  ¡Fuiste tú! Escribes muy bonito. (Saca el papel y lo pone románticamente en el pecho.) En un viejo libro que he guardado siempre, encontré una carta que en tiempos pasados me hizo muy feliz. En ella decías que yo era tu vida. Que tú me querías, no me olvidarías y eras muy feliz. (Besa el papel y lo guarda con mucho cuidado. Mira al Niño que no entiende nada.) Gracias. ¿No te gustan los tangos? (Se dirige a la pila de discos.) ¿No te gustan los tangos?

NIÑO.  A mí me gusta el rock.

ÁNGEL.  (Hace una mueca de desagrado. (Seleccionando un disco.) “La Pebeta del Conventillo”. Los tangos hablan de amor. No hay nada para llorar como un tango. (Lo pone.)

NIÑO.  ¡Boberías!

ÁNGEL.  Para ti el cielo azul de la noche es tan sólo un color y basta. Para mí, es volver a pensar en un viejo dolor que mata. Para ti un prado verde es decir tan sólo tenderte y basta. Para mí, es sentir emoción, es pensar en amarte. Para ti tenerme a mí es decir distraerte del hastío y basta. Para mí tenerte a ti es como morir de gloria. (Se tapa el rostro dramáticamente.)

NIÑO.  (Ahora siente temor.) Será mejor que… (Quiere irse pero no puede abrir la puerta.)

ÁNGEL.  ¿Has entendido?

NIÑO.  (Rehuyéndole.)  Creo que no, mejor me…

ÁNGEL.  (Apartándolo de la puerta.) Es que somos dos almas...

NIÑO.  (Molesto.) ¡No somos iguales!

ÁNGEL.  ... distintas... (Lo acaricia.) Aunque hay algo que nos une...

NIÑO.  ¡Yo soy un hombre!

ÁNGEL.  ¿Y yo qué soy? (Espera por su respuesta.) ¿Una paloma…

NIÑO.   (Burlón.) ¡Si te gusta volar!

ÁNGEL.  Se puede volar de muchas maneras… ¡Con la imaginación, los sueños, el alma, el arte, la…  

NIÑO.  ¡Déjate ya de palabrerías! ¡Lo que eres lo sabrás tú…

ÁNGEL.  Tú también lo sabes. Y muy bien... (Le mira la portañuela.)

NIÑO.  ¿Tú crees?

ÁNGEL.  Acábame de decir a qué has venido.

NIÑO.  Había mucho calor en mi casa y...

ÁNGEL.  Me dijiste que cuando hace calor vas al parque. Y este cuarto no es precisamente el Polo Norte.

NIÑO.  (Abriendo la ventana que deja ver una pared de ladrillos.) Verdad que aquí hace calor.

ÁNGEL.  (Yendo a la ventana.) Asfixiante. (Cierra la ventana.) Por ahí no entra ninguna brisa.

Yo también voy al parque cuando el calor se hace insoportable.

NIÑO.  Si quieres un ventilador yo conozco alguien que te lo puede conseguir. Pero no se lo puedes decir a nadie.

ÁNGEL.  No me gusta nada ilegal. Te lo agradezco.

NIÑO.  Serás el único. Todo el mundo...

ÁNGEL.  (Ofendido.) ¡Yo no soy todo el mundo! En esas cosas siempre hay un inocente que termina pagando los platos rotos.

NIÑO.  (Tomando uno de los abanicos de pluma.) Un ventilador es mejor que estas cosas.

(Ángel trata de quitarle el abanico, el Niño lo evade en un juego algo sensual. Finalmente Ángel lo coge y lo devuelve a su sitio con cariño.)

NIÑO.  Y hablando de calmar el calor. ¿No tienes nada de beber? ¿Una cerveza? ¡Algo bien frío!      

ÁNGEL.  (Señala el supuesto sitio de un desaparecido refrigerador.) Desde que se me rompió el refrigerador...

NIÑO.  ¿Tienes o no algo de beber?

ÁNGEL.  (Busca entre las botellas y encuentra una.) Un poco de vodka.

NIÑO.  ¡Vodka! ¿Con este calor?

ÁNGEL.  ¡Es la bebida de los zares y zarinas! (Niño se encoge de hombros.) Si quieres podemos ir a tomarnos una cerveza a algún bar. “Noches Caribeñas” está en la esquina… Esta es una de esas noches en que el cuerpo te pide emborracharte. (Mirándolo seductoramente.) Esta noche yo me quiero emborrachar. Quiero emborracharme para olvidarme de tus ojos. Olvidarme de esos labios, de esos besos que embrujan y me arrastran al abismo. Vamos.

NIÑO.  No, mejor nos quedamos aquí.

ÁNGEL. (Coquetonamente.) A mí no me importa que me vean contigo. 

NIÑO.  ¿Tú eres siempre así?

ÁNGEL.  ¡Uno es como tiene que ser! ¿Nos emborrachamos o no? La pena es más grande que la sed.

NIÑO.  Tengo unas cuantas mujeres por aquí. Si me ven... No tengo ganas...

ÁNGEL.  ¿Y de qué tienes ganas?

NIÑO.  Te lo digo después que me tome el vodka.

ÁNGEL.  Así que eres uno de esos que necesita un empujoncito. (Sirve dos tragos.) “Amorcito Corazón” (Le da el trago.) ¿Conoces ese bolero?

NIÑO.  ¡Qué vaso más lindo! Como de gente rica.

ÁNGEL.  (Mirando hacia el biombo.) Me lo regaló mi amiga el día de mi cumpleaños.

NIÑO.  ¿Cuántos...

ÁNGEL.  (Disimulando.) Los vasos siempre se regalan por docena. (Beben.) Los artistas nunca decimos la edad.

NIÑO.   (Tocándolo sensualmente) No te pongas así. Mira que he venido a pasar un buen rato. (Ángel se emociona. Se arregla la faja. Se sirve y bebe otro trago rápidamente.)

ÁNGEL.  Por algo has guardado mi dirección durante todo este tiempo.

NIÑO.  Desde el primer día me fijé en ti. Vestías con mucho gusto. Y olías tan bien.

ÁNGEL.  Es el perfume de mi amiga: violetas rusas.

NIÑO.  Se te veía bien educado. Tienes unas maneras tan elegantes. ¡Y hasta artista!

ÁNGEL.  Como para enamorar a cualquiera… ¿no?

 NIÑO.  ¡¿Estás loco?!

ÁNGEL:  Enamorarse es algo sublime. Cuando nos enamoramos hacemos cada cosas...

NIÑO.  ¿Cosas locas?

ÁNGEL.  Oye la historia que contóme un día el viejo enterrador de la comarca. Era un amante que con suerte impía, su dulce bien le arrebató la Parca. Todas las noches iba al cementerio a visitar la tumba de su hermosa. Y la gente murmuraba con misterio: “Es un muerto escapado de la fosa”. En una horrenda noche hizo pedazos el mármol de la tumba abandonada. Cavó la fosa y se llevó en los brazos el rígido esqueleto de su amada. Y allá en la triste habitación sombría, del cirio fúnebre a la llama incierta, sentó a su lado la osamenta fría y celebró sus bodas con la muerta. Ató con cintas los desnudos, el yerto cráneo coronó de flores, la horrible boca le cubrió de besos y le contó sonriendo sus amores. Llevó la novia al tálamo mullido, se acostó junto a ella enamorado y para siempre se quedó dormido al esqueleto rígido abrazado. Eso es amor. Y lo demás es nada…. (El Niño se echa a reír y va a servirse vodka.) Cosas de locos…  ¡O de locas! ¡El que ama pierde la razón! Si alguien me amara…

NIÑO.  ¿Cuándo seas un esqueleto?

ÁNGEL.  Que más da. Lo importante es haber conocido el amor: viva o muerta. ¿Entiendes?

NIÑO.  ¡No!

ÁNGEL.  ¿Cómo vas a entender? El amor es algo que...

NIÑO.  El que no entiende eres tú. A mí no se me puede ocurrir un amor entre dos...

ÁNGEL.  ¿Por qué no?

NIÑO.  Eso no es normal.

ÁNGEL. ¿Y quién decide lo que es normal? (El Niño toca una de las pelucas. Ángel se enfurece.) ¡No toques esas cosas!

NIÑO.  Me asustaste. ¿Qué te sucede?

ÁNGEL.  Es que... (Se sirve otro trago.) Son de Madame Fru-Frú.

NIÑO.  ¿La artista? (Ángel asiente.) ¿Cómo es que se llama?

ÁNGEL.  (Teatral.) ¡¡Madame Fru-Frú!!

NIÑO.  ¿Madama qué?... ¡Nunca la he oído mentar!

ÁNGEL.  ¿No te da vergüenza admitirlo? Madame Fru-Frú ha paseado su nombre por el mundo entero. Es una gloria viviente. Seguro que nunca has puesto un pie en los mejores cabarets y los mejores teatros. Sólo en los más renombrados trabaja Madame Fru-Frú.

NIÑO.  Perdóname, yo no quise ofenderla. Ni la conozco, pero se ve que es muy famosa.

ÁNGEL.  ¡La estrella más grande que ha existido nunca!

NIÑO.  Hay muchos artistas de antes que yo no conozco.

ÁNGEL.  ¡Madame Fru-Frú no es de antes ni de ahora! Ella no tiene tiempo. ¡Su arte es inmortal! El público la adora. Y ella ama al público.

NIÑO.  Dicen que los artistas son unos egoístas. Que no se enamoran ni creen en nadie.

ÁNGEL.  (Va al altar.) Una imploración te pido, Señor; Si es que te he ofendido, es que mi amor no es bien para quien lo tiene merecido. Si desconfiado soy y maldigo el amor de todos los hombres, es que mi amor es una imploración para esos locos quereres. No conocí el amor y fui a la perdición por sus falsos placeres. Perdóname. Señor, si hoy desconfiado soy de todos los hombres. (Se santigua. Al Niño.)  No creas todo lo que dicen de nosotros. Y menos sobre Madame Fru-Frú.

NIÑO.   Háblame de la Madama.

ÁNGEL.  ¡Madame!

NIÑO.  ¿Cómo es?

ÁNGEL.  Madame Fru-Frú está en la flor de la juventud, tiene la piel fresca como la seda, los ojos azules como el mar, el pelo rubio y largo, el busto redondo y erecto, la cintura de avispa, las caderas de guitarra, los muslos carnosos, unas nalgas duras y...

NIÑO.   (Acomodándose la portañuela.) ¡Ya está bien! Quiero que me la presentes.

ÁNGEL.  ¿A quién?

NIÑO.  A la Madama esa.

ÁNGEL.  ¡Madame!

NIÑO.  Madame. Tengo que conocerla. (Acomodándose la portañuela.) Sólo de oír hablar de ella mira cómo me pongo.

ÁNGEL.  (Mirando de la portañuela al biombo y del biombo a la portañuela.) Está muy ocupada con sus shows.

NIÑO.  (Tocándolo lascivamente.) ¡Llévame al cabaret!

ÁNGEL.  Ella no se liga con el público.

 NIÑO.  (Más lascivo.) Si tú se lo pides... Eres su mejor amigo. ¿O me mentiste?

ÁNGEL.  ¡Lo soy!

NIÑO.  Entonces te será muy fácil. ¿Cuándo vamos al cabaret? (Ángel disfruta las caricias del Niño. Después de batallar consigo mismo se le evade.)

ÁNGEL.  Madame Fru-Frú se va de gira para Grecia. Tiene que actuar en palacio para el rey…

NIÑO.  ¿Cuándo regresa?

ÁNGEL.  No me lo ha dicho. ¿Más vodka? (Le sirve el trago. Acaricia al Niño.) Cuando tú me quieras, la noche será…

NIÑO.  Déjate de…

ÁNGEL.  …como un manto tibio que nos cubrirá. Cuando tú me quieras, la gente dirá que soy diferente, que estoy loco por tu amor. Cuando tú me quieras, las horas serán para mí tan cortas que no viviré. Pero no me importa que seas sólo un día… (Le toma las manos.) Si seré feliz, feliz, feliz, cuando tú me quieras. Siempre he hecho feliz a los hombres. Les he descubierto un mundo desconocido.          

NIÑO.  (Zafándose.) ¡Tú estás muy equivocado!

ÁNGEL.  Son las palabras de ella.

NIÑO.  ¡Madame!

ÁNGEL. En el lenguaje misterioso de tus ojos hay un tema que destaca sensibilidad. (Tocándolo.) En las sensuales líneas de tu cuerpo hermoso las curvas que se admiran despiertan ilusión. Sus besos son cautivantes, sus manos...

NIÑO.  (Sentándose en la cama.) Me parece estarla viendo.

ÁNGEL.  ¿A ella?

NIÑO.   Siempre he soñado con una mujer así. Estoy cansado de las mujercitas insignificantes. (Ángel comienza a masajearlo en un crescendo erótico.) Estoy cansado de andar rodando. Tú, que hablas tan bonito, me puedes entender. A lo mejor ella y yo...  Le tocaré su piel fina... (Ángel le toma la mano y la pasa por su piel.) Oleré ese perfume... (Ángel le ofrece el cuello para que lo huela.) 

ÁNGEL.  Madame Fru-Frú sabe tratar a los hombres como nadie en el mundo.

NIÑO.  ¡Eso es lo que quiero!

Durante las siguientes preguntas que Ángel le hace Niño las contesta con acciones.

ÁNGEL.  ¿Le pasarías la lengua por el brazo? ¿Por los dedos? ¿Le morderías la oreja? ¿Los pezones? ¿Qué le dirías?

NIÑO.  ¡Me estás haciendo sufrir, no seas mala, anda mi amor, tú verás lo que es rico, no te hagas rogar! (Como una serpiente Ángel cae arrodillado a sus pies, le abre las piernas, se abraza a su cadera.)   Anda, Madame, déjame olerte el pelo, dame la lengua, déjame apretarte los pezones, déjame comerte el ombligo.

ÁNGEL.  (Excitado.) ¡Sigue, sigue!

NIÑO.  (Ante su voz reacciona y parece volver a la realidad. Lo mira con asombro, lo empuja y se levanta.) ¡Yo no soy lo que te imaginas! Debió ser el vodka... 

ÁNGEL.  (Se mueve como una serpiente por el piso. Tomándolo por la mano.) Conocerás lo que es su amor. (Lo hala hacia él.) Serás su dueño. Disfrutarás de su cuerpo. (Lo vuelve a sentar en la cama.) Te entregará la flor de sus besos, el calor de sus muslos, cabalgarás en sus caderas de seda, te hará conocer el paraíso. (Lo empuja y acuesta.)

NIÑO.  ¡Apaga la luz! (Ángel se le tira encima mientras se hace el apagón.) ¡Ay Madame!

Se escucha la canción “Es mi hombre” cantada por Sarita Montiel y el ruido de la cama.   

 

ESCENA SEGUNDA

 

En el altar hay un búcaro con flores frescas, en las mesas manteles y algunos adornos baratos de yeso. Todo se ve más recogido, la cortina del biombo está descorrida, la ventana abierta. Ángel tiene una máscara facial, está sentado en la cama cosiendo un adorno, se abanica con uno de los abanicos de plumas de su show. En el disco se escucha “Voy a pasar mi luna de miel en Puerto Rico” cantada por Lucy Faberi. Ángel la canta y termina tosiendo.

ÁNGEL:  (Al biombo.) ¿Verdad que ya la voz me va quedando mejor? Tengo que persistir, sé que puedo lograrlo. Mi registro vocal siempre fascinó. Con un poco de entrenamiento... No es un problema de edad. Es que como no puedo pagar las clases con la Signorina Firenzi...  Claro que nunca seré como tú: Eres un monstruo de la naturaleza. ¡Ya quisiera Imac Sumac! Dicen que las gárgaras con claras de huevo y miel. Nunca has querido darme tu receta para esa voz aterciopelada. Es tu secreto profesional y yo te lo respeto. Pero pudieras darme algunas indicaciones. ¡Está bien no me digas nada! No voy a ir por ahí contándoselo a todo el mundo. ¡Dios me libre! Yo tengo distinción. He aprendido mucho de ti en estos años. Siendo tu callada sombra, cargándote las maletas, recordándote las entrevistas, anotando tus ensayos, planificándote tus citas... siempre con los ojos muy abiertos aprendiendo. Hasta aprendí de ti cómo manejar a los hombres. Eso no se olvida fácilmente. No importa que acabaran marchándose y me dejaran solo. Los únicos hombres que he respetado son los tuyos. Por algo somos como hermanas. No sé qué seríamos la una sin la otra. Sobre todo cuando se termina el show. (Se levanta y hace una reverencia al público imaginario (Camina por el cuarto como una gran diva trágica.) Las candilejas se apagan... Cuelgas las plumas... Te quitas el maquillaje... (Mirándose en el espejo.) ¡Qué horror! (Se aparta. Transición alegre abanicándose con el abanico de plumas.) ¿Te acuerdas del sheik que quería regalarte unos camellos? ¡Qué loco! ¡Qué cara hubieran puesto en la aduana! (Ríe frívolamente.) Todavía me acuerdo del tigre de Bengala que te regaló el maharajá de Benares. Y los gatos del príncipe de Angora. Las esmeraldas del príncipe húngaro. Has sido muy afortunada. No sé por qué insistes en quedarte. Pudieras estar cantándole al rey de Suecia. ¿No oíste lo que dijo el Niño? Esta juventud no te conoce. No me digas que lo haces por mí. ¡Ay, perdóname! Tú sabes lo nervioso que amanezco. (Va a sacar la palangana debajo de la cama, cambia de idea y se sirve un trago de vodka.) Tú no sabes nada. Mi vida es un infierno. ¡Tú no sospechas! (Escucha detrás de la puerta. Mira por la ventana.) Esperando en silencio que vuelvas conmigo, van pasando las horas y siento que al fin llegarás. Borrarán tus palabras el tedio fatal de la ausencia. Al calor de tus besos podré renacer. (Le grita al biombo.) ¡No me digas que lo olvide! (Va de un lado a otro nervioso.) Cuanta falta me has hecho estas noches de espera incesante. Cuántas cosas se pierden en una semana sin ti. Pero a veces quisiera sentirte tan lejos, porque nunca te tuve tan cerca de mí. (Al biombo.) Perdona si en algo te ofendí. Me desespero, me aterro, me descompongo, me espanto, me desordeno. (Va a la mesa.) Mejor es que me distraiga. No tengo ni un gancho, los peines están rotos, las redecillas están desbaratadas... ¡Ya no puedo más con esta pobreza! No me hagas caso, me quejo para no reventar. Tú te mereces mejores cosas. Mi mayor venganza es que no te vean decaer, que salgas a la pista grandiosa y radiante. Que sepan que no eres una más... (Se pone un vestido por delante y baila un vals.) Que eres la única, la regia, la divina... (Regresa el vestido a su sitio.) Primero me muero de hambre antes que verte una andrajosa. No me importa el dinero que me cueste. Se me quita el hambre cuando te veo bajo las luces. Me alimento de la grandeza de tu arte. (Escucha detrás de la puerta.) ¡Cómo te demoras Niño! (Va al espejo.) ¿Crees que estoy enamorado? Niño siempre está preguntándome por ti y termina conmigo en la cama. Entre nosotros no puede haber celos. Además, los regalos que trae son para ti. Te escribe cartas de amor. Y en pleno éxtasis siempre grita: “¡Madame!” como le enseñé a decir. Si te atrevieras a conocerlo lo podrías llevar al restaurante del Plaza. ¡Qué más no quisiera que fuera conmigo! Pero no le gusta que nos vean juntos. Bueno, mientras me de su pirulí…

Tocan a la puerta, forma su alboroto: oculta el biombo tras la cortina, alisa la sábana. Al pasar frente al espejo se ve la máscara, saca unos hielos de la palangana y se limpia la cara secándose con unos tisúes, mientras se intensifican los toques en la puerta. Se peina las cejas con saliva. Abre la puerta, es Niño con una bolsa, lleva una cadena al cuello con una enorme medalla.

NIÑO.  (Mirando el lugar desconfiado.) ¿Estabas con alguien?

ÁNGEL.  Te estaba esperando.

NIÑO.  ¿Y si no hubiera venido...

ÁNGEL.  (Femenino.) ¡No sé!

NIÑO.  ¡Déjate de puterías! Te voy a partir un tarro. A mí tienes que respetarme.

ÁNGEL.  Siempre he respetado a los hombres para que me respeten. Aprendí de María Félix a darme mi lugar. Si los rayos de luna contaran las noches que paso fijándome en ellos y pensando en ti.

NIÑO.  ¡Bah!

ÁNGEL.  Si las olas del mar te dijeran las voces que he escrito tu nombre en la arena, llorando por ti. Si la brisa sutil recogiera toda mi ternura t al pasar junto a ti te la diera por ser para ti, ¿qué dirías de mí?

NIÑO.  Que hablas muy bonito pero ya te voy conociendo.

ÁNGEL.  Siempre con esa manía de quedarte en la puerta. (Lo entra. Mira afuera y cierra la puerta con los múltiples cerrojos.) Y mientras tanto los lenguas largas… (Corre la cortina de la ventana. Niño pone la bolsa en la mesa.)

NIÑO.  No sé por qué armas todo eso, en el pasillo nunca hay nadie.

ÁNGEL.  ¡Siempre hay alguien chismeando! No es que a mí me importa. Tú eres el que no quiere que te reconozcan. Siempre estás diciendo (Imitándolo.) “Las mujeres siempre están detrás de mí” “Me he acostado con todas las mujeres del barrio” “Todos me respetan”... A mí ya no me importa nada... Los vecinos están acostumbrados a ver hombres entrando aquí.

NIÑO.  ¿Hombres?

ÁNGEL.  ¡Cuándo acabarás de entenderlo? Eso es parte de mi trabajo, tengo mi clientela, les hago ropas, les corto el pelo, les arreglo las uñas...

NIÑO.  ¿Entonces todos los que te visitan... ¡Porque eso de arreglarse las uñas...

ÁNGEL.  (Le toma las manos que le mira. Intencionado.) ¡Te las arreglé ayer!

NIÑO.   (Zafándolas molesto.) ¡Eso es distinto! Es para impresionar a...

ÁNGEL.  ... a las puticas, sí, sí... ¿Trajiste lo que te pedí? (Niño le señala la bolsa que Ángel va a abrir.)

NIÑO.  ¿Siempre te gastas el dinero en cremas?

ÁNGEL.  (Se pasa fugazmente la mano por el rostro.) En cremas para Madame. (Mirando el comprobante.) Y en vueltos que no me devuelven. (Niño lo ignora. Tomando uno de los cosméticos.) ¡Trajiste la crema que no era!

NIÑO.  Es la crema que me dijiste.

ÁNGEL.  ¡No, no, no!

NIÑO.   (Quitándosela y mostrándosela.) Ahí dice rejuvenecedora.

ÁNGEL.  Te dije crema para los ojos y me la has traído para las arrugas del cuello.

NIÑO.  Póntela entonces.

ÁNGEL.  (Va rápidamente al espejo a mirarse.) ¿Crees que la necesito?

NIÑO.  Bien sabemos que no eres una niña. (Sonríe.)

ÁNGEL.  (Molesto.) Ni una de tus putas...

NIÑO.  ¿Tienes algún problema con las mujeres que andan conmigo?

ÁNGEL.  Hay muchas harpías por ahí. Mujeres que les gusta mancillar el corazón de los hombres. Vampiresas como Ninón Sevilla en “Aventurera”...

NIÑO.  A mí ninguna mujer puede engañarme, me las conozco bien.

ÁNGEL.  Hasta que te encuentres con una Greta Garbo... Nada es perfecto en este mundo. Hasta tu mismo corazón tal vez te engaña. Hasta el cristal más límpido se empaña y la virtud se pierde en un segundo. No esté confiado en todo el que te honra. La maldad y la ingratitud se esconden, como la bestia en lo oscuro del bosque, esperando a su presa entre las sombras.

NIÑO.  Eso te pasará a ti. A mí el que me engañe... (Enseña el puño.)

ÁNGEL.  ¿Y los que te engañen? (Ángel lo mira silencioso. Bajándole el puño coquetamente.) ¿No se lo perdonarías ni a Madame Fru-Frú?

NIÑO.  No sé. Gracias a ti no la conozco.

ÁNGEL.  Quizás venga por aquí.

NIÑO.  ¿Cuándo? ¿Qué te dijo? ¡Háblame de ella! Siempre me prometes que la voy a conocer y...

ÁNGEL.  ¡Estoy yo!

NIÑO.  ¡La quiero a ella!

ÁNGEL.  Está muy ocupada. Prepara su nuevo show. Va a estrenar unos boleros nuevos. ¿No te gustan los boleros? (Silencio.) ¿No te gusta “La nave del olvido”?

NIÑO.  ¿Por qué no responde mis cartas?

ÁNGEL.  Te las responderá. Tienes que tener paciencia. ¡Ay, Niño, déjala tranquila! Piensa en nosotros. (Le acaricia los hombros.) Estás muy tenso. (Tomándolo de la mano lo quiere llevar a la cama.) Te daré un masajito.

NIÑO.  (Se zafa.) Yo sé que clase de masajito. Me siento bien aquí conversando contigo sobre ella. Tú sabes escucharme. ¿Qué quieres que te regale?

ÁNGEL.  ¿¡A mí!?

NIÑO.  Pide lo que quieras. Eres muy bueno conmigo. Siempre le hago regalos a todo el mundo. Por eso tengo tantos amigos.

ÁNGEL.  No se puede comprar el cariño. (Se miran y apartan la mirada. Ángel saca debajo de la cama la palangana llena de cervezas y hielo.) ¡Son para ti!

NIÑO.  No tengo ganas.

ÁNGEL. (Yendo a él.) Como un abanico de pavoreales, el jardín azul de tu extravío, con trémulas angustias musicales, se asoma a tus ojos el hastío.

NIÑO.  No empieces…

ÁNGEL.  El hastío es pavorreal, que se aburre de la luz en la tarde, si una vez asomó, que no vuelva a tener la osadía de manchar la esmeralda de tus ojos. (Le pasa sensualmente la cerveza por el cuerpo.) Está fría.

NIÑO.  (Apartándolo malhumorado.) ¡Ya te dije que no quiero!

ÁNGEL. ¿Ni siquiera porque te las mandó ella?

NIÑO.  ¿¡Madame Fru-Frú!?

ÁNGEL.  No te olvida. (Niño toma la cerveza. Ángel lo sienta en la cama y se sirve vodka.)

NIÑO.  ¿Le has hablado de mí?

ÁNGEL.  Le cuento todas tus cosas.

NIÑO.  ¡No le dirás que nosotros…

ÁNGEL.  Le di tus flores...

NIÑO.  ¿Qué flores?

ÁNGEL.  Camelias... Como las de la Dama de las camelias... También le gustó mucho el libro de poemas...

NIÑO.  Yo nunca...

ÁNGEL.  Esos son los detalles caballerescos que te hacen distinto a los demás. Se enloqueció con tu pulsera de diamantes. Los diamantes son los mejores amigos de la mujer.

NIÑO.  ¿¡Diamantes!?

ÁNGEL.  Se la puso enseguida, con la piel de armiño que le enviaste, y el perfume francés L’air du temps. Me juró que se la pondrá para el estreno en el Follies Berger. Cada vez que le doy tus regalos la haces sentir tan feliz... Ya no hay hombres así.

NIÑO.  ¡Ya entiendo! Me quieres ayudar.

ÁNGEL.  Le dije que eras un diplomático de Luxemburgo.

NIÑO.  ¿Por qué no le dices quién soy en realidad? ¡Te avergüenza que yo…

ÁNGEL.  Para ella eres un admirador anónimo.

NIÑO.  ¿Anónimo?

ÁNGEL.  Sin nombre. Es más romántico…

NIÑO.  Tengo mi nombre. Y quiero que lo sepa.

ÁNGEL.  Cuando llegue el momento vas a conocerla.

NIÑO.  ¿Cuándo?

ÁNGEL.  Todo tiene que ser perfecto: Como cuando Rosita Fornés... (Niño lo calla con un gesto.) Tienes que ser paciente. Aun tienes que aprender que sufrir por amor es algo muy romántico.       

NIÑO.  ¿Romántico? ¿Cómo?

Ángel puede poner un disco de música romántica con violines o la podemos compartir con él que la escucha en su mente, haciendo una pantomima visualizando el instante.

ÁNGEL.  Tienes que recibirla con violetas rusas que son sus favoritas. Le besarás la mano, la invitarás a pasear por el río bajo la luna llena, a lo lejos alguien cantará “Vereda tropical”, los cisnes pasarán hermosos, abrirás el champán, le confesarás tu amor con dulces palabras, le pondrás en su dedo el enorme diamante de compromiso. (Suspira.) ¡Quién estuviera allí! ¡Quién fuera Madame Fru-Frú!

NIÑO.  ¡Madame Fru-Frú hay una sola!

ÁNGEL.  Pero arrastro algo de ella. Si supieras todo lo que he aprendido mirándola…

NIÑO.  ¡Dime, dime...

ÁNGEL.  Ahora verás. (Toma un vestido de la pared. Casi a punto de ponérselo se detiene, mira el biombo. Mira el vestido con tristeza. Lo devuelve a su sitio tristemente.) ¡Es cierto! ¡Madame Fru-Frú es una sola! (Mirándole la portañuela.) Mira cómo te pones. ¿Estás pensando en ella? ¡Pero es a mí a quien le vas a dar tu pirulí! (Quiere abrazarlo y Niño lo rechaza.) ¿Ya te cansaste?

NIÑO.  ¿Qué estás hablando?

ÁNGEL.  ¡Te metiste en esto y ahora quieres salirte!

NIÑO.  ¡Yo no me metí en nada! Ustedes siempre quieren que todos sean iguales. También tiene que haber hombres, mujeres y ¡de todo!

ÁNGEL.  Por supuesto. ¿Qué sería de la luz si no existieran las sombras?

NIÑO.  Yo tuve una novia... Una niña decente... Le escribía...

ÁNGEL.  ¿Poemas?

NIÑO.  ¿De dónde sacas eso?

ÁNGEL.  ¿Qué trabajo te cuesta? ¡Un poema!

NIÑO.  Esas son cosas de...

ÁNGEL.  No hay palabras de hombres y locas. Lo bonito no tiene sexo. ¿Sabes lo que dice Madame Fru-Frú? “Que la poesía es el lenguaje de los sentimientos”.

NIÑO.  ¿Así que le gusta la poesía?

ÁNGEL.  Amado Nervo, Vargas Vilas, José Ángel Buesa, Becquer... ¡Ah! (Suspira.)

NIÑO.  Se llamaba Alma.

ÁNGEL.  (Lo mira extrañado hasta que se da cuenta.) ¡Ah, tu novia! ¡Ay, qué bonito! ¡Tu alma le escribía a Alma! ¿Qué pasó?

NIÑO.  Sus padres... Como no tengo trabajo.

ÁNGEL.  ¿Y de qué vives? (Silencio.) Todos vivimos de algo.

NIÑO.  Un día me di cuenta de lo que pasaba en el parque. Nunca había visto tantos... Llegó alguien: un doctor. Tenía mucho dinero. Después no lo volví a ver más nunca. Me aprendí el negocio bien rápido. Todos prometían mucho dinero, ropa, ponerme un apartamento, tenerme como un rey. Pero siempre llega uno nuevo, con un poquito más de algo, musculoso, bonito, más joven... Después ya no me miraban tanto...

ÁNGEL.  ¡Ese parque es una máquina que tritura a la gente!

NIÑO.  (Mostrándole unos billetes que saca del pantalón.) A mí no me importa. ¡Esto es lo único importante!

ÁNGEL.  (Tocándole el corazón.) ¿Y aquí?

NIÑO.  ¡No me hagas reír! Ya no hay quien me haga un cuento. ¿Quieres gozar? ¡Paga! Y si te vi no me acuerdo.

ÁNGEL.  A mí nunca me has cobrado. (Silencio.) Y siempre regresas...

NIÑO.  Tú eres el mejor amigo de Madame Fru-Frú.

ÁNGEL.  Debí darme cuenta. (Le da otra cerveza y se sirve vodka. Pone un mambo en el tocadiscos y da unos pasos. El Niño lo mira burlón.)

ÁNGEL.  ¡Ah, “Mambo Caliente, Loca por el mambo, Mambo Tropical”...  

NIÑO.  ¡Déjate de vejestorios! Retira el disco del tocadiscos y lo tira al piso. Ángel lo recoge, lo limpia con ternura, lo abraza y lo pone junto a los otros)

ÁNGEL.  No guardo rencor porque me ocultaste tu vida de ayer. Es irremediable seguirte queriendo. Siempre te querré. No olvido el momento en que nos conocimos y amor nos juramos. Me es indiferente lo que sucedió. Tú tienes mi amor. (El Niño va a callarlo pero no puede. Hace un gesto impotente y bebe sin escucharlo.) Pasado es pasado y el presente siempre nos trae nueva vida. Dos seres que se aman, son eternos novios de un amor sin fin. Olvídalo todo, no recuerdes nada y serás dichoso. Sigue siendo bueno que con tus bondades tú me harás feliz.

NIÑO.  Lo que tú digas.

ÁNGEL. ¡Ah los hombres! ¿Qué planes tienes para el futuro?

NIÑO.  Mientras esté el parque...

ÁNGEL.  ¡Ese parque!

NIÑO.  Allí nos conocimos.

ÁNGEL.  Pero yo no he regresado.

NIÑO.  (Lo toma con furia por la bata.) ¡Si lo haces te va a pesar! A mí tienes que respetarme.

ÁNGEL.  (Algo temeroso.) No te pongas así. (Niño lo suelta. Ángel se arregla la faja y peina las cejas con saliva.) Siempre que vienes te estoy esperando. Yo sé lo que tú necesitas. (Pone el disco de “La danza del fuego”. Se envuelve en un velo. Toma el álbum de fotos y se lo muestra.) Esta fue la Danza de los Velos que bailó para el Sha de Persia. (Danza alrededor de él.) ¿Ves cómo se transparentan los velos por las antorchas? Mira esos muslos rosados, sedosos, firmes. (Le da la portada de un disco. El Niño descubre dentro de la cubierta unas cartas que lee enfureciéndose gradualmente. Ángel camina grandilocuentemente soñador dándole la espalda.) Esa canción la grabó cuando en Rumania cantó para el rey. La foto del disco le dio la vuelta al mundo; mira qué labios tan carnosos, olía a violetas rusas, mira qué cabellera tan sedosa.

NIÑO.  ¡Mis cartas!

ÁNGEL.  (Regresa a la realidad. Lo mira temeroso.) Tiene que ser un error. Estás equivocado.

NIÑO.  (Lo agarra violentamente restregándole las cartas en el rostro.) ¡Maricón de mierda!

ÁNGEL.  No digas malas palabras. A Madame Fru-Frú...

NIÑO.  (Lo empuja lejos de sí.) ¡Ella no está aquí! ¿O si está? ¿Por eso están aquí mis cartas?

ANGEL.  Alguien se las robó a Madame Fru-Frú y las puso aquí. Quizás fue esa arpía del cabaret; Tongolele vino aquí el otro día.

NIÑO.  Bueno, si ella no las ha leído, las lees tú. (Ángel quiere huir hacia la puerta, el Niño le impide moverse. Le da las cartas.) ¡No juegues conmigo Ángel!

ÁNGEL.  (Tratando de calmarse. Se arregla la faja y peina las cejas con saliva. Con voz y manos temblorosas.) “Señorita... (Mira al Niño sorprendido. Mientras lee pasa del miedo a la satisfacción.) “Señorita Madame Fru-Frú: Desde que Ángel me habló de ti, no te he podido sacar de mi pensamiento. Eres la mujer de mi vida. Mi sueño de siempre. En el álbum de “Enamorada” pareces un ángel divino. Estoy desesperado por conocerte. Quisiera hacer una cita sin que Ángel se entere. (Lo mira y Niño aparta la mirada.) “El no parece querer presentarnos. Te envío mi dirección. El día que nos encontremos voy a ser el hombre más feliz del mundo. Este poema lo escribí pensando en ti como una rosa se le da a otra rosa llamada Madame Fru-Frú: El día que me quieras tendrá más luz que junio, la noche que me quieras será de plenilunio, con notas de Beethoven gimiendo en cada rayo, sus inefables cosas, y habrá juntas más rosas que en todo el mes de mayo”.  (Llora alegremente.) ¡Ni Amado Nervo y Libertad Lamarque lo podrían decir con más emoción!

NIÑO.  (Ansioso.) ¿Te gustó?

ÁNGEL.  ¡Sublime!

NIÑO.  ¿Entonces por qué no se lo entregaste? (Le tuerce el brazo violentamente haciéndolo caer al piso.) ¡Dímelo!

ÁNGEL.  ¡Ay, que me duele! ¡Me haces daño!

NIÑO.  Te voy a decir el por qué: ¡Siempre has estado celoso de ella! Todos ustedes son iguales. Les tienen envidia a las mujeres. Quieren ser como ellas. ¡Pero un viejo maricón como tú, nunca podrá ser jamás como Madame Fru-Frú. (Lo empuja con asco.) ¡Ésa sí es una mujer!

ÁNGEL.  Creí que me tenías un poco de…

NIÑO.  ¿Qué le tengo que tener a un maricón como tú? (Lo arrastra al espejo.) Mírate... Mírate bien... ¿No te da pena andar en ese parque lleno de jovencitos? ¿Qué te dice ese espejo? ¡Pervertido de mierda! (Lo tira al piso. Se mira en el espejo y se aparta.) ¡Puedo ser tu hijo!

ÁNGEL. Yo no te obligué a venir. ¿Por qué guardaste mi dirección durante un mes? ¿Por qué me das el pirulí?

NIÑO.  (Lo abofetea.) ¡Sólo piensas en eso!

ÁNGEL.  ¿Y tú por qué vienes? Tú también eres...

NIÑO.  ¡Cállate, maricón! Yo soy un hombre.

ÁNGEL.  ¡Nada menos que todo un hombre! ¡Como Humphrey Bogart, Hugo del Carril, Pedro Armendariz!...

NIÑO.  Yo sé lo que soy.

ÁNGEL.  ¡Y sabes lo que necesitas!

NIÑO.  Yo no necesito un maricón como tú.

ÁNGEL.  ¿Y por qué vienes todas las noches?

NIÑO.  Buscándola a ella.

ÁNGEL.  ¿¡En mí!?

NIÑO.  ¡Estoy enamorado de ella!

ÁNGEL.  Madame Fru-Frú y yo...

NIÑO.  (Le pone la mano en la boca.) No te compares con ella, eres un cochino. Sólo te interesa mi caramelo. Ella en cambio es pura honesta, limpia. ¡La necesito! Siempre ha sido de ella. Nunca he estado contigo. En vez de tu dentadura postiza yo sentía los labios calientes de Madame Fru-Frú. Cuando tocaba tu cabeza calva, estaba jugando con sus cabellos. Si te abrazaba la panza, sentía sus curvas. Y en vez de tu olor a viejo, disfrutaba sus violetas rusas. Sólo así podía excitarme contigo. ¡Viejo de mierda!

ÁNGEL.  Estás enfermo, alucinado, ciego...

NIÑO.  ¿Y tú?

ÁNGEL.  Yo...

NIÑO.  Tú no eres Madame Fru-Frú.

ÁNGEL.  ¡Ella, ella, ella! ¿No te has dado cuenta todavía?

NIÑO.  ¿De que eres un mierda y ella es una gran señora?

ÁNGEL.  De que existo coño. ¡Mírame! ¡Soy Ángel!

NIÑO.  ¡Una rata!

ÁNGEL.  Soy lo que soy. ¿Tú sabes lo que eres? ¿Sabes lo que somos?

NIÑO.  ¡Tú eres un mierda! Así que empieza a pagar. Tienes que pagar todo lo que has estado gozando de gratis. (Saca un cuchillo.) ¡Paga como los demás! ¡Págame maricón!

Ángel corre hacia la puerta pero Niño la bloquea.

ÁNGEL.  No juegues con eso. Piénsalo bien. Guarda eso... Yo soy tu amigo Niño. Cálmate.

NIÑO.  (Sonriendo cínicamente.) ¡Te voy a sacar las tripas si no me pagas!

ÁNGEL.  Yo no tengo ningún dinero. ¡Te lo juro! Compré unas cosas. Aquí no hay nada.

NIÑO. Vamos a ver si es verdad. (Se pone a buscar por todo el cuarto desarreglándolo todo. Ángel lo sigue tratando de devolver las cosas a su lugar. Niño tira las pelucas al piso y se dirige esgrimiendo el cuchillo hacia los vestidos.)

ÁNGEL.  ¡¡NO!! (Se le abraza a una pierna.) ¡Mátame si tú quieres, pero no le toques sus cosas!

NIÑO.  (Tratándose de zafarse.) Las lágrimas de cocodrilos y las de los maricones son las mismas! (Lo arrastra mientras va hacia los vestidos. Levanta el cuchillo)

ÁNGEL.  ¡No, Niño! ¡No le hagas daño a ella! (Grita.) ¡Madame Fru-Frú es inocente!

NIÑO.  (Se calma.) Bueno, no le des más vueltas a esto. Págame y me voy. (Ángel saca de su escondite la billetera y el joyero poniéndolos sobre la cama.)

ÁNGEL.  ¿Por qué dejaste que tu amor me corroyera? Pudiste hacerlo más humano y despedirte más temprano, muriera o no muriera. Ahora te vas en primavera, como si no supieras que para mí es mortal. Ahora es muy tarde y siento pena. Mi alma está muy llena de ti y de tu mal. ¿Por qué jurabas que me amabas, sin sentido, cuando enredabas mis cabellos con cariño? Pudiste haber parado a tiempo y decirme: “Mira, niña, es un juego y nada más.”  

NIÑO.  Mira, viejo, le voy a prender candela a todo esto si eso es todo lo que tienes.

ÁNGEL.  ¡Ay, no, Niño! No lo hagas, por tu madre.

NIÑO.  Yo no tengo madre, ni padre, ni nadie... ¡Yo estoy solo coño!

ÁNGEL.  Tienes a Madame Fru-Frú.

NIÑO.  ¡Sácala de tu boca cochina!

ÁNGEL.  Es que no puedo darte nada más.

ÁNGEL.  Tienes una deuda conmigo. Me tienes que pagar todas las noches del pirulí. Así que escoge... Me pagas o...

ÁNGEL. Está bien. (Se incorpora dignamente.) Te daré todo lo que tengo. (Se dirige a la cortina.) Dame unos minutos.

NIÑO.  (Mostrándole el cuchillo.) ¡No intentes nada!

ÁNGEL.  Mi closet no tiene puertas ni ventana para escapar. (Se detiene ante la cortina.) ¿Conoces un bolero que se llama “Traicionada”? (Silencio. Tristemente lo mira.) Seguro que no habías ni nacido cuando aquello... (Niño le hace un gesto obsceno con el dedo. Ángel entra detrás de la cortina y desde allí le hablará. El Niño se sirve una cerveza y le responde con muecas a lo que Ángel le dice.) Toma estas monedas, no pago con ellas las horas de amor. Por más que ahora entiendo que estás siempre en venta: mi orgullo no paga lo que no compró. Toma estas monedas, es poco dinero si te he de tasar. Más yo sólo quiero comprarte con ellas el gusto tremendo de no verte más. Que pueda olvidándote que te quise tanto, ahogar con mis manos tu vida tan gris. Muy lejos de ti, allá entre la chusma que ruede en la feria, vendiéndose al precio más bajo y más vil. Me pides dinero para pagar tus noches de amor. No sabía que te vendías, qué loca fui, qué tonta, creyendo en tu amor. No hay dinero para medir todo lo que te di. Con esas monedas estoy comprando el decirte adiós, sacarte como una mala hierba de mi vida. ¡Serás sólo un recuerdo cruel! El último amor senil. Y me dejarás tan seco para amar como una piedra, desolado como un desierto. Será difícil arrancarte dentro de mí, pero te juro que lo lograré. Lloraré sabiéndote en el parque entregado a otros en tu comercio vil. Sufriré como Ingrid Bergman en “Casablanca”. Encubriré mi dolor bailando rumba como Tongolele.

NIÑO.  ¡Se me acaba la paciencia!

ÁNGEL.  Es que lo tengo muy bien escondido.

NIÑO.  No me hagas ninguna jugarreta, ya te lo advertí.

ÁNGEL.  No te preocupes Niño, yo no haría nada que te perjudicara.

NIÑO.  (Registra el cuarto con curiosidad, sin darse cuenta poniendo las cosas ordenadamente como haría Ángel.) ¡Pobretón de mierda! Y así quería que yo, de gratis... ¡El Niño! Que tengo detrás a los más ricos como las moscas en la miel. (Agarrándose la portañuela.) Están locos por mi pirulí. Aquí no hay nada que llevarse. Cosas de maricones. ¡Pura mierda! No me darán ni un centavo. Cosas viejas como el dueño. No sé cómo ella puede ser su amiga; orina en un tibor, se baña en una palangana que es también su refrigerador... (Riendo toma otra cerveza.) Dice que le dio la vuelta al mundo ¡y vive en esta pocilga! Yo tendría llena mi casa de cosas bonitas en vez de estar rodeado de cosas hediondas. Madame sí que ha viajado, conocido otros mundos, otras gentes. Te voy a encontrar donde quiera que estés Madame Fru-Frú. (Revisa el filo del cuchillo.) Y el que se meta entre nosotros... Te prometo vida mía que no voy a mirar  a más ninguna mujer. (A Ángel.) ¿Cuándo vas a terminar? No intentes ningún truco. De aquí tú no sales hasta que me lo des todo.

ÁNGEL.  ¿Quieres también las joyas de ella?

NIÑO.  ¡No toques nada de sus cosas! Sólo quiero lo tuyo.

ÁNGEL.  Todo lo guardamos juntos. Necesito más tiempo para separarlo todo. Y no me amenaces más, me pones nervioso y puede que me confunda y te de algo de ella.

NIÑO.  No sé para que ella comparte sus cosas con él. (Huele la boa de plumas.) ¡Es su olor a Violetas de Rusia! Este perfume vuelve loco a cualquiera. (Abrazando la boa.) Ahora que llegaste a mi vida no voy a dejar que te marches, no voy a dejar que Ángel te maneje a su antojo. Te voy a robar de sus brazos. Seremos muy felices. Te daré todo mi amor. Y mi pirulí. (Se restriega sensualmente la boa entre las piernas y comienzas un éxtasis que termina en un estallido orgásmico.) Dame tu juventud, tu piel fresca como la seda, tus ojos azules como el mar, tu pelo rubio como el oro, tu busto redondo y erecto, tu cintura de avispa, tus caderas de guitarra, tus muslos duros, tus nalgas carnosas, tu... (Cae al piso exhausto con un grito.)

ÁNGEL.  ¿Qué pasa? ¿Y esos gritos?

NIÑO.  Nada. Termina. (Se levanta, mira las fotos en la pared.) ¿Quiénes serán estas viejas? ¿Qué edad tendrá Ángel? ¿Sesenta, setenta, ochenta? (Ríe.) ¡Y todavía se prende a mi pirulí! (Abre una gaveta y saca los collares de Santería.) ¿Y esto? (Comprende y los suelto temeroso cerrando la gaveta.) Así que este desgraciado también anda metido en la Santería (Se limpia las manos en la ropa.) Dicen que los santeros pueden hacer mucho daño. (Envalentonado.) Pero conmigo... (Hacia Ángel.) ¡Acaba de una vez!

ÁNGEL.  Ya voy.

NIÑO.  Madame me parece mentira el tiempo que llevo tratando de conocerte. Yo, que tengo a tantas mujeres detrás. Es que tú no eres una mujer cualquiera. Nada que yo haga por conocerte será poco. Yo sé que me entenderás. (Le grita.) ¡Ni tú ni nadie podrá separarnos!

ÁNGEL. Ya voy, ya voy.

NIÑO.  Al fin tendré alguien que me comprenderá. Con quien podré confesarme y decirle todas mis cosas. Sé que ellos son amigos desde hace años, pero nunca seremos felices hasta que no los separe. ¡Ángel tiene que desaparecer para siempre!

Se escucha “Júrame” cantada por Libertad Lamarque mientras la cortina se descorre lentamente y aparece triunfalmente Madame Fru-Frú, bella, espectacular, glamorosa, hermosamente maquillada, con su vestido de lamé rojo, peluca rubia, el sombrero y abanico de plumas. Niño cae sorprendido en la cama. Se produce el apagón con excepción de un reflector que la sigue. Ella se va echando sobre Niño en la cama.

NIÑO.  ¡Apaga la luz! (En el momento en que ella cae sobre él se apaga el reflector.) ¡Ay, Madame!

En la oscuridad sigue la canción y el ruido de la cama.  

 

ESCENA TERCERA

En el tocadiscos se escucha “Fumando esperando” por Sarita Montiel. Madame Fru-Frú lleva una bata glamorosa. Sentado en la cama cose un sombrero con frutas. Ahora en la pared junto a los vestidos hay colgadas ropa de Niño. En la cama hay una muñeca vestida como Madame Fru-Frú. En el biombo cuelga la bata de Ángel. Se une a la canción que canta perfectamente. Tocan a la puerta. Va ella, regresa al espejo, se mira, peina las cejas con saliva. Va y la abre. Es Niño con un ramo de flores que le da.

MADAME.  ¡Vas a convertir este himeneo en una Arcadia!

NIÑO.  Tu meneo vale más que una alcaldía.

MADAME.  (Entrándolo.) Tú y tu manía de quedarte en la puerta. (Mira afuera y la cierra con los cerrojos.) Debes estar muy cansado. El trabajo en la bolsa de valores debe ser agotador. (Niño la mira asombrado pero se encoge de hombros. Lo sienta en la cama.) Pero ya estás en casa. (Le quita los zapatos, le pone unas pantuflas. Le quita la camisa, le acaricia el pecho. Le pone una bata. Le masajea la espalda.)

NIÑO.  Ya quisiera Ángel...

MADAME.  Déjalo tranquilo.

NIÑO.  ¿Todavía me odia? Ya hace un mes...

MADAME.  Ángel no te odia. Pero es que... después de todo ¡le sacaste cuchillo!

NIÑO.  ¿Qué quieres? ¿Que lo trate como a ti? Por ti hago cosas que no hago por nadie.

MADAME.  ¿Cómo qué?

NIÑO.  Como hacerme un tatuaje.

MADAME.  ¡Tú ya tienes tatuajes!

NIÑO.  (Agarrándose el pene.) ¡No como este! Me tatué tu nombre.

MADAME.  ¡Déjame verlo!

NIÑO.  Dentro de un rato podrás hasta besarlo. (Ríen.) Eso no lo había hecho por ninguna mujer. (Señala el sombrero) ¿Y eso? (Madame Fru-Frú se pone el sombrero modelándoselo.)

MADAME.  Para mi canción “Paraíso Tropical”. Voy a cantarla después de algunos años... La estrené en Río de Janeiro...

NIÑO.  ¿Cuándo?

MADAME. (Fingiendo que no lo entendió.) ¡En los carnavales! (Pone en el tocadiscos una zamba que baila. Niño la aplaude. (Quita el disco.) Carmen Miranda jamás me perdonó mi éxito... (Se quita el sombrero.)

NIÑO.  Tú eres la mejor.  

MADAME.  ¡Qué feliz me haces!

NIÑO.  Y tú a mí. Eres lo más grande que tengo en la vida. (La besa:) ¿Verdad que yo soy lo más grande en tu vida? Ni Ángel ni nadie. Sólo yo... Dime que no te interesa más nada... Sólo yo el Niño. ¡Tu hombre! ¡Tu macho! (La abraza.) Confiésame que por mí harías cualquier cosa. ¿Por qué no dices nada? (La toma por los hombros.) ¡Dímelo! (La zarandea.) ¡Dímelo!

MADAME.  ¡Me deshojas como a una rosa! (Zafándose, arreglándose el vestido.) Yo también te estimo mucho.

NIÑO.  ¿¡Estimarme!? ¡Qué ca... que diablos es eso! (Le toma las manos con violencia.) Entre nosotros sólo puede haber amor.

MADAME.  ¿Así es como tratas al cristal fino? (Debatiéndose por zafarse.) ¡Ay, Niño!

NIÑO.  ¿No me vas a decir lo que necesito oír?

MADAME.  Sí, te quiero.

NIÑO.  ¿Más que a Ángel?

MADAME.  ¿Por qué insistes en mencionarlo?

NIÑO.  Porque quiero sacarlo de nuestras vidas. Que nos deje vivir nuestro amor en paz.

MADAME.  ¿Todavía no te has dado cuenta que Ángel y yo...

NIÑO.  (Camina desesperado.) ¡Ángel, Ángel, Ángel! Insistes en meterlo entre nosotros. Terminará por separarnos.

MADAME.  Ángel es una persona maravillosa. Tú no lo conoces.

NIÑO.  Quien no lo conoce eres tú. ¿Sabes lo que me decía de ti?

MADAME.  (Mirando hacia el biombo.) Imposible...

NIÑO.  ¡Te odia! Tiene celos de tu juventud, de tu belleza, de tu fama.

MADAME.  No puede ser. Todo lo que soy se lo debo a él. Soy su creación.

NIÑO.  Siempre te ha usado de gancho.

MADAME.  ¡Yo también lo he usado a él de gancho!

NIÑO.  Se pone tu ropa, tu maquillaje, canta tus canciones. ¿No te das cuenta que quiere ser como tú?

MADAME.  Como dicen en francés: “L’imitation ces’t le meilleur piropé…

NIÑO:  Te quiere eliminar para tomar tu puesto.

MADAME.  (Mirando hacia el biombo indecisa.) ¿Ángel? ¡Pero si Ángel es un ángel!

NIÑO.  ¡Es un maricón de mierda!

MADAME.  ¡No digas malas palabras!

NIÑO.  Siempre ha querido ser como tú. ¿Cuándo te vas a convencer?

MADAME.  No puede ser... Ángel y yo... Han sido tantos años...

NIÑO.  (Abrazándola.) Yo te amo. Olvídalo todo. Vamonos de aquí. Te compraré una casa...

MADAME.  ¿En Estambul, Saint Tropez, Acapulco, el Cairo… (El Niño lo mira.) ¿Serías capaz de darme esa felicidad?

NIÑO.  Una casa grande, con un cuarto para guardar todas tus cosas del cabaret. Como no las vas a necesitar.

MADAME.  ¿¡Por qué!?

NIÑO.  Bueno, si quieres las vendes.

MADAME.  ¿¡Venderlas!?

NIÑO.  Claro... Te tienes que retirar. Tienes que encargarte de la casa, de mí...

MADAME.  (Aterrada.) ¡A mí no me va a pasar lo que a La Gran Charo!

NIÑO.  ¿Qué te pasa mi vida?

MADAME.  (Va al biombo.) El conde Orsini se la llevó para su castillo para amarla intensamente, la llenó de criados que no la dejaban ni mover una mano; cuando ella alcanzó las trescientas libras la abandonó por una tonadillera del Apolo. (Abre la bata y se mira en el espejo.) Los chocolates fueron su perdición... (Cerrándose la bata y huyendo del espejo.) Y su salvación... Una dosis de arsénico en un bom bom...

NIÑO.  (La quiere abrazar.) ¡Mi amor! 

MADAME. (Lo rechaza.) ¡Y Lolita D’amour! Dejó la ópera por un príncipe ruso que cuando ella envejeció la botó por una geisha quinceañera y Lolita acabó loca en un sanatorio. ¡Gordas, viejas y adineradas, pero llorando por palacios solitarios, sin su público ni su arte para consolarlas! ¡Yo no me retiro! Nunca he hablado de eso. Ni contigo ni con nadie.

NIÑO.  ¡Yo no voy a permitir que unos borrachos estén mirándome a mi mujer! Porque si alguien se mete contigo... (Le enseña el puño.)

MADAME.  Es que tú no entiendes...

NIÑO.  ¿Qué es lo que no entiendo?

MADAME.  Es mi carrera Niño. No puedo vivir sin ella. (Caminando visualizándolo todo teatralmente.) ¡Ah, las luces de las marquesinas, tu nombre en grandes letras, los aplausos, las rosas lloviendo sobre ti, las joyas que te regalan tus admiradores, los halagos, los críticos a tus pies, champán, perfume, vestidos costosos, los carros lujosos… ¿Qué te crees que es lo que me ha mantenido con vida durante todos este tiempo? ¿Cómo crees que he podido resistir viviendo en esta… (Mira todo el cuarto.) Es lo único que nos queda a Ángel y a mí. Y tú decides así solo...

NIÑO.  Yo puedo decidirlo. ¡Voy a ser tu esposo!

MADAME.  Esa es otra cosa que has decidido solo.

NIÑO.  Ni el teatro ni el cabaret es para ti. Son un antro de perdición y vicios. Sólo hay mujerzuelas, droga, borrachos, chulos... Tienes que abandonar ese mundo. (Lo sacude por los hombros.) ¡Tienes que abandonarlo!

MADAME.  (Se zafa, se recompone la estampa. Fríamente.) ¿Y tú vas a abandonar tu vida?

NIÑO.  ¿Qué te dijo ese maricón de Ángel?

MADAME.  ¡Ya te he dicho que no digas malas palabras!

NIÑO.  (Tirándose a sus pies.) Desde que estoy contigo no he... Si me ayudas puedo cambiar toda mi vida. Siempre lo he querido. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito agarrarme de algo. De alguien. Tú eres mi última esperanza. No puedo vivir sin ti. Necesito tu amor.

MADAME.  ¿Ángel no te amaba?

NIÑO.  Contigo puedo pasearme por la ciudad, puedo abrazarte delante de todos, besarte... En vez de tener que encerrarme entre estas cuatro paredes. ¡Quiéreme mi amor! Me volvería loco si te pierdo. (Solloza calladamente. Madame Fru-Frú va a él debatiéndose internamente por acariciarlo, pero su mano temblorosa se detiene sobre su cabeza y la retira. El Niño se levanta y la mira sombrío.) No sé qué haría para tenerte siempre a mi lado.

MADAME.  ¿Trabajar?

NIÑO.  Cualquier cosa. Quiero tenerte como una reina. Nada va a detener nuestros proyectos.

MADAME.  ¿Nuestros?

NIÑO.  Vamos a ser muy felices. (Trata de besarla y ella lo esquiva dirigiéndose al espejo donde se mira en un llanto callado.) ¿Qué te sucede? ¿Por qué me miras así? Entre nosotros no debe haber secretos.

MADAME.  (Secándose las lágrimas.) ¡No puedo ser feliz!

NIÑO. Yo te haré la mujer más feliz del mundo.

MADAME.  Tengo mis planes.

NIÑO.  ¿Qué planes?

MADAME.  ¡Mi carrera! Es lo más importante de mi vida.

NIÑO.  ¡Olvídala!

MADAME.  Firmé un contrato. Me voy de gira por mucho tiempo...

NIÑO.  ¿Sin mí? ¿Tu carrera es más importante que yo?

MADAME.  A estas alturas de mi vida todo es importante. Y tú formas parte de ella.

NIÑO.  ¡No soy plato de segunda mesa! Te quiero para mí solo. No voy a dejarte que andes por ahí y yo aquí devorado por los celos.

MADAME.  No me gustan los hombres celosos.

NIÑO.  ¿Qué te crees que voy a pensar, estando contigo ese degenerado de Ángel? Te hará pensar en lo que tú no piensas, te enredará en sus redes y terminarás por hundirte en esa vida indeseable.

MADAME.  Tú me conociste así. ¡Soy una mujer de cabaret! Esta ha sido mi vida durante tantos años. No creo que pueda cambiarla súbitamente. Ángel...

NIÑO.  ¿Fue él verdad? El te ha metido todo eso en la cabeza. Para separarnos. ¿No te das cuenta que lo único que anda buscando es esto? (Se agarra la portañuela.)

MADAME.  ¡No seas vulgar, por Dios!

NIÑO.  (Tomándole las manos suplicante.) ¿Ni siquiera por mí estás dispuesta a cambiar?

MADAME.  Acéptame así, Niño.

NIÑO.  ¡Tienes que cambiar!

MADAME.  ¡Ni por ti ni por nadie!

NIÑO.  Yo sé lo que te hace falta. (Se le pega lascivamente, ella no reacciona. La empuja en la cama ruidosa. Trata de acostarse sobre ella. Luchan. Madame se levanta.)

MADAME.  ¡Ese maldito ruido!

NIÑO.  ¿Ya no te gusta? Cuando gozabas el pirulí...

MADAME.  (Levantándose.) ¡El pirulí, el pirulí!

NIÑO.  ¿Qué hay de malo con el pirulí? Ángel...

MADAME.  ¡Ahora eres tú quien lo menciona! Ángel y yo somos muy diferentes...

NIÑO.  ¿Entonces por qué siempre están juntos? ¿Qué es lo que los une?

MADAME.  Quizás eres tú. 

NIÑO.  Vamonos. Dejémoslo todo.

MADAME.  (Mira cariñosamente hacia el biombo.) Lo siento, no puedo abandonarlo. Es imposible. 

NIÑO.  ¿Entonces es verdad? Ángel y tú...

MADAME.  Siempre fue verdad. Desde el primer día que echaste tu nota por debajo de la puerta.

NIÑO.  Yo te quiero. Tenemos que compartir la vida. (Se le pega por detrás y le mete la mano en el busto.) ¡Mira cómo me tienes!

MADAME.  (Quitándole la mano.) Todo lo quieres arreglar con eso.

NIÑO.  No es nada extraño entre dos que se gustan.

MADAME.  (Alisando la sábana.) Hay cosas más elevadas para el espíritu. Siempre se lo digo a Ángel...

NIÑO.  (Furioso.) ¡Ángel sólo saber ser un maricón!

MADAME.  Y tú sólo sabes decir malas palabras.

NIÑO.  ¡Te amo!

MADAME.  Tú nunca me has amado. Siempre has amado tus espejismos.

NIÑO.  Mi amor es muy real.

MADAME.  Fantasías... sueños...

NIÑO.  Mentiras...

MADAME. ¡Mentiras! Te pareces a una de las películas de Ángel.

NIÑO.  (Tapándose los oídos. Grita.) ¡No me hables más de Ángel!

MADAME.  ¡Eres un egoísta! Te niegas a mirarme como soy. Sólo te importo para que te ayude a escaparte de ti mismo.

NIÑO.  No eres la misma que conocí.

MADAME.  ¿Me conoces? (Se sienta frente a la mesa.) Cada día es un nuevo show. Y al final siempre tenemos que quitarnos los disfraces. (Va a quitarse la peluca. Niño corre hacia ella y con agresividad lo evita. La besa apasionado.)

NIÑO.  Quiero sacarte de aquí.

MADAME.  Soy una gran estrella y lo pienso seguir siendo. ¿Por qué quieres cambiarlo todo? Acéptame como soy, como me conociste. Este es mi mundo. No quieras sacarme de él. Dime que sí y verás que vamos a ser felices. (Silencio.) Entre nosotros no hay tantas cosas: primero está mi carrera y...

NIÑO.  ¿Después Ángel? (Silencio. Se deja caer derrotado en la cama que suena, Madame Fru-Frú se tapa los oídos.) Eras mi última oportunidad. No sabes de cuántas cosas vengo huyendo...

MADAME.  ¿De ti mismo?

NIÑO.  Contigo podría evitar que el mundo me aplaste. Podría evitar vivir en un lugar así. Terminar como Ángel.

MADAME.  (Mirándose en el espejo.) Tarde o temprano tenemos que mirarle el rostro a la vida.

NIÑO.  (Grita.) ¡NO! (Cae en la cama llorando. Madame Fru-Frú quiere ir a él pero termina fumando frívolamente en su larga boquilla.)

MADAME.  La vida es cruel Niño. Es hora de que lo vayas aprendiendo. Mira a esa pobre de Lupita Tovar en “Santa”... ¡Una beata atraída irremisiblemente al burdel!

Niño descubre un calzoncillo bajo la cama, lo mira cuidadosamente.

NIÑO.  ¿Yo soy el único hombre que te visita? (Va hacia ella con el calzoncillo que oculta en su espalda.)

MADAME.  ¿Qué te crees que soy? ¡Hay cabareteras decentes!

NIÑO.  (Pasándole el calzoncillo por el rostro.) ¿Y este calzoncillo?

MADAME.  (Alejándolo con asco.) ¡Qué sé yo! Se te habrá quedado.

NIÑO.  ¡Esta no es mi talla! ¡Aquí estuvo otro hombre!

MADAME.  No seas ridículo. Debe ser de Ángel.

NIÑO.  ¿Así que Ángel se revuelca con los machos en nuestra cama?

MADAME.  Tú sabes de eso más que yo. Yo no me meto en su vida.

NIÑO.  (Tirándole el calzoncillo a la cara.) Tú te metes todo lo que él se mete. Cuando lo tocan a él, te tocan a ti. Cuando él paga, pagas tú. Cuando él se mete en su boca asquerosa lo que se mete, tú también...

MADAME.  (Tapándole la boca.) ¡Niño!

NIÑO.  ¡Al final han resultado ser una puta y un maricón!  

MADAME.  No digas malas palabras.

NIÑO.  ¡Digo lo que me salga de los cojones!

MADAME.  (Abre la puerta.) Es mejor que te marches. Esto no conduce a nada. Me estás alterando y esta noche tengo un show.

Niño cierra la puerta. Madame Fru-Frú regresa a sentarse frente al espejo a retocarse el maquillaje. Niño toma la sabana que retuerce. Se detiene tras de ella y rápidamente se la pasa por encima amarrándola por detrás a la silla. Mientras Madame Fru-Frú protesta él toma la boa de plumas, la alza para tambien amararla pero le cae en sus hombros, por un fugaz momento se la acomoda acariciándola. Ve que Madame Fru-Frú lo mira por el espejo, se la quita rápidamente y con ella le ata los pies.

MADAME.  ¿Qué haces? Déjate de juegos. Mira que me haces daño. Záfame por favor. Hablemos como las personas civilizadas.

NIÑO. ¿Con quién voy a hablar? ¿Con Madame Fru-Frú o con Ángel? (Grita.) ¡Se te acabó el show maricón de mierda! (Imitándola burlonamente.) ¡No digas malas palabras! (Ríe.)

MADAME.  Hablemos en paz...

NIÑO.  El Niño no es tan estúpido como crees. Sé que no te intereso.

MADAME.  Eso no es verdad: Tú me gustas mucho.

NIÑO.  Yo le gusto a todo el mundo. Pero lo que necesito es otra cosa. (Le agarra el rostro violentamente.) ¿Me quieres?

MADAME.  Ángel...

NIÑO.  (Tomándola por el cuello.) ¿ me quieres?

MADAME.  (Ahogada.) Sí, sí...

NIÑO.  ¿Yo soy tu único macho? (Le aprieta el cuello y al verla ahogada lo suelta.)

MADAME.  (Tosiendo.) Tú eres mi único macho.  

NIÑO.  ¿Te vuelvo loca?

MADAME.  (Rápidamente para que no la ahogue de nuevo.) ¡Sí, sí, lo que tú quieras! ¡Me vuelves loca, loca, loca...

NIÑO.  ¡Puta! Lo que te vuelve loca es mi pirulí. Tan fina que te finges. Y eres como todas. (La abofetea.)

MADAME.  (Desfallecida.) Te amo Niño.

NIÑO.  Siempre que te deje hacer lo que quieras. Pero no soy Ángel. A él lo utilizas para tus

Puterías, pero yo soy un hombre.

MADAME.  Ángel también te quiere.

NIÑO.  (Restregándole el rostro en su portañuela.) Los dos quieren lo mismo. (Ríe.)

Madame Fru-Frú lo mira con odio. De pronto desaparece ella y aparece Ángel.  

ÁNGEL.  Eres un cobarde. No la trates así. Abusa conmigo si quieres, pero a ella no la maltrates.

NIÑO.  ¡No quiero hablar contigo! ¡Madame!

ÁNGEL.  Ella no quiere hablar más contigo.

ÁNGEL.  ¡Cállate!

ÁNGEL.  ¡Mátame si quieres!

NIÑO.  A ti y a ella. Son lo mismo.

ÁNGEL.  Somos el mismo. La misma...

NIÑO.  ¡Mentira! ¿Cómo un viejo maricón como tú, va a ser...

ÁNGEL.  Porque lo necesitabas. Llegaste a esa puerta miedoso de ti mismo, aterrado de lo que no querías descubrir. Por eso nunca podías pasar, hasta que yo te hacía entrar a este mundo de sueños. Busca-bas una madre, una amiga, una amante. ¡Buscabas un hombre!

NIÑO.  (Alzando la mano amenazador.) ¡Si no te callas...

ANGEL. ¿Vas a matar tu sueño? (Niño se aleja.) ¡Niño el supermacho! Creías que así podías engañar al mundo, quedar bien con los que te pedían que fingieras, pensando que te aceptarían. (Ríe.) ¡Estúpido! No se puede huir de uno mismo. Aunque lo quieras. Jamás van a olvidar lo que eres. El mundo no perdona.

NIÑO.  (Abofeteándolo.) ¡Yo soy un hombre! (Se detiene desfallecido.)

ÁNGEL.  Somos iguales Niño.

NIÑO.  No me compares contigo, viejo maricón.  

ÁNGEL.  En tu amor por ella me amas a mí. Y en mi amor por ti te amas a ti mismo. Madame Fru-Frú, tú, yo... Los tres somos...

NIÑO.  (Tapándose los oídos. Grita.) ¡Yo no quiero ser un viejo maricón de parque! (Silencio. Lo mira.) No pienses que sólo tú sabes mantenerla con vida. Que sólo tú sabes protegerla.

ÁNGEL.   Hace un instante la querías matar.

NIÑO.  Te equivocas. La amo. Al que quería matar es a ti. No te necesito. No te necesitamos. ¡Los dos la necesitamos pero sólo yo me la llevo! ¡Es mía! (Va a los vestidos.)

ÁNGEL.  ¡Espera!

NIÑO.  ¡No me convencerás!

ÁNGEL.  Aún la nave del olvido no ha partido…

NIÑO.  Vete con tu canción para otra parte. (Toma la sábana de la cama, la extiende en el piso.)

ÁNGEL.  ¡Adiós! ¡Qué triste fue el adiós!

NIÑO.  No eres más que una cotorra vieja. (Le mete el calzoncillo en la boca.) ¡Pan para la cotorrita!

Comienza a saquear el luchar echándolo todo en la sábana formando un bulto. Ángel se debate en la silla tratando de zafarse. Niño cierra la sabana con un nudo, la arrastra hacia la puerta. Va al tocadiscos y pone “Noche de Ronda”.) ¡Que te diviertas! (Abre todas las cerraduras y dando un portazo sale.)

Ángel solloza calladamente mirando el cuarto saqueado. La luz va bajando lentamente hasta el apagón.

 

ESCENA CUARTA

El cuarto está desolado, sucio, en pleno abandono. En el piso hay botellas de vodka, cajetillas de cigarros, restos de comidas. El biombo está tirado en el piso descubriendo un maniquí de medida de los que usan las costureras, que fue la figura de Madame Fru-Frú. Ángel está en la cama en ropa interior sin el corsé, envuelto en una sabana sucia, tiene corrido el maquillaje de Madame Fru-Frú, fuma y bebe constantemente mientras llora desconsolado.

ÁNGEL.  Quiero emborrachar mi corazón, para pagar un loco amor, que más que amor es un sufrir. Llora mi alma de fantoche, solo y triste en esta noche, noche negra y sin estrellas. Quiero por… (Alza el trago, se le traba el hablar.) … amor. Ángel, ¿estás ahí? ¡Ángel! ¿Qué me está pasando, Dios mío? Yo soy Ángel. ¡Madame Fru-Frú! ¿Estás ahí? Hoy no has vocalizado. ¿Madame Fru-Frú? ¿Ángel? Al irse Madame Fru-Frú también se fue Ángel. Siempre hemos vivido juntos, trabajado juntos, vivimos las mismas aventuras, disfrutamos los mismos hombres... Ay, me quiero morir. ¿Por que te fuiste aquella noche? Perdóname Madame Fru-Frú, me tienes que perdonar toda esa gente horrible que he traído al cuarto. Tanta gente horrible con la que te hice acostarte. La culpa la tiene esta soledad que devora el alma. Obligándome a comprar un minuto de compañía. Para ti todo ha sido fácil porque res joven y bella. Pero Ángel, ¡el pobre! Tenía que inventar mentiras para pagar las caricias, pagar mentiras para inventar caricias. Tú nunca lo has hecho Madame Fru-Frú. Tantos te adoran. Pero ninguno como el Niño. Al punto de robarte. Le he dicho a la gente del cabaret que estás de gira por el extranjero. Todos te están esperando. Yo te estoy esperando. ¿Qué has hecho Niño? (Trata de levantarse.) Iré a denunciarlo a la policía. (Se deja caer en la cama.) ¡Bah, la policía no le cree a los maricones! Y si les cree no les interesa. ¿Dónde la tienes Niño? Devuélvemela. Todo iba bien hasta que nos conocimos. Creímos que eras distinto. Ayúdame Ángel. Voy a luchar por ella. Me la vas a pagar Niño. Te la quitaré. Aunque tenga que molestar a los muertos, llamar a los orichas. (Trata de incorporarse.) ¿Dónde está el “Libro de los Espíritus”? No te lo puedes haber llevado. Le tenías miedo a esos misterios… ¡Tan macho y tan miedoso! Ayúdenme, Animas Benditas del Purgatorio. (Se levanta con dificultad. Busca desesperado. Saca de la gaveta un mazo de hierbas atadas con una cinta roja, el Agua de Florida, las velas y los collares de Santería que se pone. Lentamente se van Escuchando los tambores que subirán en intensidad. Enciende las velas y las pone en el piso en un círculo. Se arrodilla dentro del círculo. Echando el perfume alrededor de él.) Ánimas Benditas del Purgatorio, espíritus obcesos, almas perturbadas, protectores divinos: Protéjanme del mal que me han hecho, vengan en mi ayuda. (Grita.) ¡Ochún Señora del amor (Pasándose frenéticamente la hierba por el cuerpo.) ¡Ochún Señora del Amor! Que el Niño nos pague su traición, Yemayá; que el Niño no disfrute de su robo, Babalú Ayé; que el Niño se enferme, Oggún; que el Niño se vea en la pobreza, Eshú; que el Niño se enferme, Oyá; que el Niño no duerma, Changó; que el Niño no tenga comida, Ochosi; que el Niño tenga problemas con la policía. (En un grito aterrador.) Gran Olofi; ¡que no se le pare el pirulí! (Cae poseso por la oricha Yemayá. Mientras baila con las velas en las manos dice el rezo en yoruba.) Ochún mo ri Yeyeo ri adé koyú eñe mala odú emi titi eko Kofiedenu O lo refún eñiwe nikado ñawani edori. (Cae de rodillas y apaga las velas contra el piso. Queda jadeante y desfallecido.)

Un golpe de viento abre la puerta. Apagón. El reflector ilumina a Madame Fru-Frú en la puerta con su vestido más espectacular.

ÁNGEL.  ¿Eres tú, Madame Fru-Frú? ¡Ay, Dios mío, eres tú! ¡Has vuelto! (Se arrastra por el piso hasta ella y la huele toda.) ¡Violetas rusas! (Le besa los pies.) ¿De quién aprendiste ese hábito de quedarte en la puerta? (Se levanta y la entra. Mira afuera. Cierra la puerta con los cerrojos y pone la silla detrás de la puerta.) ¡Estás bellísima! ¡Yo sabía que volverías! ¡Que te librarías del Niño! ¡Que al final tú tampoco ibas a poder vivir sin ella! ¡El rey ha muerto! ¡Viva la reina!

El reflector sigue a Madame Fru-Frú. Se escucha de nuevo la canción “Teatro” que Madame Fru-Frú también canta deteniéndose en el centro del escenario. Ángel, fascinado, tembloroso, va a ella y cae de rodillas, pasándole el rostro lujuriosamente por sus piernas, le levanta la saya y se mete adentro. Madame Fru-Frú alza los brazos con un gesto de estrella triunfal. Apagón. 

 

                                                                              FIN

 

                                                                              NEW YORK, 2-10-I993

 

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