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¡LA TELE O LA VIDA!

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

                  

 ¡LA TELE O LA VIDA!

 

(Sainete)

 

Original de: Raimundo Francés

bea45azul@yahoo.com

(Sainete en dos actos para tres personajes)

 

Intervienen varios personajes, aunque físicamente solo tres.  Saturnino,  su esposa  Felisa, y los demás, interpretados por un mismo actor, aunque siempre debidamente caracterizado, cada vez que aparece en escena.

 

Se trata de una crítica jocosa al hábito o adicción de contemplar la televisión durante todo el día, como única actividad posible, y lo que es peor, creer que todo lo que en ella aparece es la verdad, porque, si lo dice ese nuevo dios, que es la ‘’tele’’… es por algo.  

 

Saturnino, está impedido. No tiene otra cosa que hacer que ver la televisión y está al tanto de todo lo que se comunica a las masas a través de la pequeña pantalla. Su paciente esposa, trata de hacerle la vida feliz de la mejor manera posible. El  hombre, tiene muchos amigos que lo aprecian y lo visitan continuamente por acompañarlo un rato. Naturalmente, cada uno lleva la conversación a su terreno, es decir, a lo que habitualmente hace. Y  Satur, siempre les discute, porque lo que dice la tele es lo único que debe prevalecer ante cualquier opinión. Esta situación crea momentos de discusión elevada de tono, pero siempre bajo el prisma de los disparates que procuran el asombro y la hilaridad del público. Veamos si es cierto.

 

El escenario es sencillo. Un salón con el mobiliario clásico.  Saturnino aparece sentado en su sillón de orejeras, siempre con su bastón en la mano.

 

Su posición debe ser en un ángulo entre el público y el rincón donde se ve de costado un televisor sobre una mesita. Conviene que ese aparato esté conectado y sintonizando algún programa, pero con escaso volumen, de manera que el sonido no enturbie el tono que mantendrán los personajes.

 

                                      -----

Suena el llamador de la puerta:

 

Satur -  ¡Felisa! ¡Abre!

 

Felisa - ¡Ya voy! (Apareciendo por unos de los bastidores, que supuestamente da a la cocina,  limpiándose las manos en su delantal). ¡Hijo! ¿Por qué todas las visitas tienen la manía de llegar cuando una está pelando pimientos o friendo boquerones? ¡Qué rabia me da! Será, alguno de tus amigos.

                         (Abre la puerta -entre bastidores)

 

El personaje que llama es Hilario, un conductor de transportes, que años atrás, fue compañero y buen amigo, de Satur.  Este visitante, es un hombre honrado, noble, buen amigo, pero algo burdo, espontáneo, y tosco en sus modales. Como indumentaria, puede llevar gorra inglesa, un chaleco, patillas largas, y un mondadientes en la boca.

 

HILARIO -    ¡Buenas!

 

FELISA - ¡Hola, Hilario, buenos días! ¡Bueno! Ya, casi a la hora de comer, más bien hay que decir, buenas tardes.

 

HILARIO - ¿Está Satur?

 

FELISA - ¿Qué si está Satur? ¡Hombre! ¡Ya me gustaría a mí que no estuviera, y te pudiera decir que no está, que se ha ido a correr en la maratón! ¡Pero, hijo, como está el pobre mío, no puede ir solo ni al cuarto de baño! ¡Anda, pasa!

 

HILARIO – (Entrando y tomando asiento)  ¡Satur! ¿Cómo estás?

 

SATUR - ¿Cómo quieres que esté, picha? ¡Igual! ¡Como todos los días! ¡Aquí sentado! Esperando que ésta ponga la mesa y me traiga los boquerones. Por cierto, ¿has comido?

 

HILARIO - ¡No, todavía, no!

 

SATUR - ¡Ah! ¿No? ¡Pues, ya va siendo hora, cojones!  ¡Bueno! ¿Qué me cuentas?

 

HILARIO - ¡Poca cosa! ¡La gasolina, que está por las nubes!

 

SATUR - ¡La gasolina! ¿Nada más que la gasolina? ¡Menos yo, que de este butacón no hay quien me despegue, todo lo demás está por las nubes! ¡La gasolina! ¡La súper! ¡La sin plomo! ¡El gasoil! ¡Todo! ¡Menos mal, que el ministro ese, ha dicho en la tele que a partir del mes que viene, todo eso va a bajar!

 

HILARIO - ¿Qué va a bajar? ¿Pero tú crees que haya algo que baje en este país? Yo no conozco que haya bajado, como no sea lo que tú y yo sabemos… ¡tú ya me entiendes!

 

SATUR - ¡Te lo digo yo! ¡Que va a bajar, porque lo ha dicho la tele!

 

HILARIO - ¡Anda, hombre!  ¡La tele dice muchas cosas, y después, al final, se han quedado con nosotros! ¡Como siempre!

 

SATUR -  ¡Un momento! ¡Un momento! La tele lo ha dicho, ¡y eso va a misa! Porque si el ministro ese lo dice en público, después, no se puede echar pa atrás, porque lo pueden coger, los transportistas, los taxistas, y todos los que van sobre cuatro ruedas, y lo pueden degollar! Porque yo sé que tú, es un poner, tú eres capaz... ¡hasta de cortarle el pescuezo!

HILARIO - ¿El pescuezo na más? ¡A ese lo trinco yo, y lo hago pedazos! ¡Lo troncho en cachitos chiquititos, como el pollo que ha comprao  mi mujer esta mañana!

 

SATUR - ¡Tú, tranquilo! La tele ha dicho que baja... ¡y baja! ¡Ya lo verás!

 

HILARIO – Yo no sé qué va a pasar, pero… Yo te digo a ti, que con el pan de mis hijos, ¡no juega ni el ministro, ni el presidente, ni nadie!

 

SATUR – Bueno,  tú, no hables mu alto, porque el pan, es otra cosa que también va a subir, ¿eh? Que lo dijo la tele el otro día.

 

HILARIO - ¡Ah! ¿También el pan? ¡Coño! Como sigamos así... ¡no sé a donde puñetas vamos a llegar!

 

SATUR – Pues, tú no vas a llegar ni a tu casa, como sigas charlando y quejándote. Así, que anda, no te tardes, que tu mujer tiene que tener ya la mesa puesta, y estará ya preguntándose en qué tasca  estarás a estas horas metido tomándote  el riojita  con tus amigos.

 

FELISA -  (Se oye su voz, detrás de los bastidores)  ¡Satur! ¿Voy poniendo la mesa antes de que se enfríen los boquerones?

 

SATUR - ¡No, espera un momento, que ya se va Hilario! ¿Verdad, Hilario?

 

HILARIO – Sí, ya me largo. Que esta tarde tengo un porte. ¡Bueno, Satur, me alegro de que estés mejor!

 

SATUR - ¿Mejor? ¿Mejor de qué, cojones?

 

HILARIO – Bueno… tú sabes... Que aunque de piernas, no andes bien, pero de cabeza, no te puedes quejar.

 

SATUR - ¡De cabeza te voy a tirar por el balcón, como no dejes de cachondearte de mí!  ¡Anda, lárgate ya, que cuando llegues a tu casa, el arroz, te lo vas encontrar más frío que la lápida de tu abuelo!

 

HILARIO - ¡Bueno, adiós! ¡Adiós, Felisa! ¡Que  se asiente bien!

 

FELISA(Aparece de nuevo, limpiándose las manos) ¡No, si éste se sienta muy bien en el sillón ese! ¿No ves que está ya acostumbrado, y le ha cogido ya la postura? ¿Verdad, Satur?

 

HILARIO - ¡No, mujer! ¡Yo quería decir, los boquerones!

 

FELISA - ¡Ah! Sí, el pescaíto fresco siempre sienta bien.

 

SATUR – Sí, pero bien frito, ¿eh? Que ha dicho la tele que los boquerones no se deben comer en vinagre, porque tienen un bichito, o un no se qué, que te puede buscar una enfermedad y mandarte para el otro barrio.

 

HILARIO - ¡Hasta mañana! (Y sale por el aforo)

 

FELISA - ¡Bueno! Yo pondría la mesa, pero, ¿Y si viene alguien?

 

SATUR – Pues, si viene alguien, le das un poco de agua para el calor, y que se siente en ese rincón.

 

FELISA – Satur, pero es que ahora es la hora de comer, y…

 

SATUR – Pues, ¡por eso!  Si viene alguien, que se vaya a su casa, que es la hora de comer, y con la hora de comer, no se juega.

 

               (A esto, suena el llamador de nuevo. Se trata de Vicente, un guardia municipal, que está en horas libres de servicio y viene a saludar a su amigo Saturnino. Es conveniente que aparezca con algún tipo de uniforme simulando el habitual  de los municipales)

 

VICENTE – Buenos días, Felisa. ¿Está mi amigo Satur?

 

FELISA - ¡Hombre! ¿No va a estar? ¿Tú, qué creías, que iba a estar saltándose un semáforo haciendo el caballito en un vespino? ¡Anda, pasa!

 

                   (Entra Vicente, eufórico, saludando a Satur)

 

VICENTE - ¡Satur! ¡Cuánto tiempo!

 

SATURNINO - ¿Tiempo? ¡Si estuviste aquí antes de ayer, cojones!

 

VICENTE - ¡Bueno! Pero, cuando se trata de un amigo, de los de verdad, dos días, es como... ¡como si fueran  dos meses!

 

SATUR -  ¡Anda, anda, déjate de peloteo! ¿Has comido?

 

VICENTE – Sí. Acabo de comer.

 

SATUR - ¡Ah! ¡Pues es una verdadera lástima! Lo decía, por si no habías comido, para invitarte. Pero…, como ya has comido...

 

FELISA – (Desde ‘’la cocina’’)  ¡Satur! ¿Saco ya los boquerones?

 

SATUR – Pero… ¿cómo vas a sacar los boquerones, mujer? ¿No ves que ha llegado Vicente, y este hombre ya ha comido? Espera un poco, que no está bien comer delante de las visitas. Es una falta de respeto, que eso lo estaban diciendo en un programa de la tele.

 

VICENTE – Sí, pero, por mí, no lo hagas. Que yo… por acompañarlos a ustedes, aunque ya he comido, con un manojito de boquerones, un trocito de queso manchego de ese que te mandan del pueblo, y una cervecita, me conformo.

 

SATUR - ¡Ya lo sé! Nosotros sabemos que tú te conformas con muy poquito. Pero, es que los boquerones están ardiendo, y no es bueno comer las cosas tan calientes, que lo dijo el otro día, un médico en la tele. Además, también dijeron, que comer cuando se está haciendo la digestión, es mu malo para el estómago. ¡Vamos, que puede hasta dar una ‘’lepotimia’’ de esas, o como se llame! Y las cervezas, acaban de traerlas del Súper y están más calientes que el meao de una burra. Así, que no sabes cuánto siento no poder invitarte. Pero, tú, no te disgustes, que hay más días que ollas. ¡Bueno! Y tú ¿Qué te cuentas?

 

VICENTE - ¡Qué quieres que me cuente! ¡Que la calle, cada día está peor!

 

SATUR – Sí. Ya me he enterado, por la tele. Dicen que las calles están llenas de mierda y de meao.  Pero meao de los perros de cuatro patas, y también de los de dos patas. Y dicen en la tele, que también están las fachadas llenas de pintadas, y las papeleras rotas, los contenedores de basura quemados. ¡En fin, que está todo hecho un asquito!

 

VICENTE - ¡Claro! Y nosotros, como somos tan pocos efectivos…

 

SATUR - ¡Eso mismo digo yo! ¡Muy poco... efectivos! Y, como la mitad estáis rebajados por depresión, y la otra mitad, de vacaciones, o de permiso, por asuntos propios…

 

VICENTE -  ¡Hombre! ¡Todos, no! Ayer mismo, se incorporó uno que estaba de luto tres días por la abuela de la mujer.

 

SATUR - ¡Ah! O sea, que por lo menos, un guardia hay en la ciudad. ¿Y qué hace un guardia cuando está solo?

 

VICENTE - ¡Hombre! Ya lo dice el refrán… ¡Mejor solo…!

 

SATUR - ¡Ah! ¿Sí? Y, tú cuando estás solo en tu turno, aparte de ver los deportes en la tele, o de jugar a las cartas con los taxistas, ¿qué haces?

 

VICENTE - ¿Yo? Pues, yo cuando estoy solo, me lo monto muy bien. Como tú sabes que yo soy muy ordenado, pues, me dedico a poner todas las multas por orden alfabético, luego, las repaso, por si hay alguna falta de ortografía, luego miro si hay alguna multa a un conocido, por si se la puedo anular. En fin…, tú me entiendes... lo de siempre.

 

SATUR - ¡Claro que te entiendo, picha! Y todo ese pedazo de trabajo administrativo no lo harás en lo alto de la moto, ¿verdad? Seguramente, lo haces, en la cafetería del ‘’gallego’’, con tu cafetito, tu croissant, tu cigarrito, tu copita de anís… por cierto: (mirando hacia atrás)  ¡Felisa! Me parece que ya se acabó la botella de anís, ¿verdad? Es una lástima, Vicentito, porque me gustaría invitarte a una copita de anís, porque ha dicho la tele que después de comer, pa la digestión, sienta de maravilla. Pero, ¡bueno! El martes, cuando cobre la pensión, me pienso comprar una botellita. Hay más días que ollas.

 

VICENTE – Satur, es que si quieres que te diga la verdad, hoy, lo mejor es no buscarse complicaciones. ¡Para lo que gana uno, que apenas le llega uno para pagar la letra del chalecito! Además, cuando detenemos a un chorizo, o a un delincuente cualquiera, no dura en el juzgado ni dos minutos, porque el juez, que tampoco quiere complicaciones, se lo sacude, como si fuera una motita de caspa que le cae en la toga. ¡Qué le vamos a hacer, si la vida está montada así!

 

SATUR - ¡De eso nada, cojones! ¡Que los policías estáis para algo! Y, la seguridad en el país, está cada vez peor, que lo ha dicho la tele. Yo, a la calle, no puedo salir, pero, por la tele, lo veo todo. Por cierto, los policías, no echáis ya la siesta, ¿o qué?

 

VICENTE - ¡Hombre! Pues, sí. Es que con este calor…

 

SATUR – Pues, ¿a qué esperas, cojones? ¡Anda! Que la siesta es muy sana, que ya lo ha dicho la tele, y se te está haciendo tarde.

 

VICENTE - ¡Bueno! Pues, me voy a tener que ir. Ya vendré a verte una tarde de estas. Me alegro de que tengas tan buen apetito, porque eso es buena señal.

 

SATUR - ¡Por supuesto! ¡El apetito, eso nunca lo pierdo! Ya lo decía mi padre: ¿Tú tienes  ganas de comer? ¡Entonces, tú no estás  malo!  

 

                            (Felisa, desde ‘’la cocina’’)

 

FELISA - ¡Satur! ¿Voy sacando los boquerones?

 

SATUR – Espera un momento Feli, que ya se va Vicente, que tiene que echar la siesta.

 

                                 (Se va Vicente, diciendo adiós dos veces)

 

FELISA -  (Asomándose) Pues, me parece que voy a tener que calentar los boquerones en el microondas, porque se han enfriado tanto, que parece que están… ¡vamos! ¡Como si estuvieran muertos! ¡Están más tiesos que la bandera del ayuntamiento!   Es que, con esto de tantas visitas…

 

SATUR – Sí, pero a mí, no me vayas a echar las culpas ahora de que los boquerones estén ya  helaitos. Yo no tengo la culpa de tener tantos amigos. Eso, es señal, de que a uno, lo aprecian. Aunque esté uno aquí, postrado en una sillón, uno siempre puede dar buenos consejos. Es la sabiduría de los que somos mayores, que sabemos de todo. Sobre todo, los que hemos sido taxistas.

                                (A esto, suena otra vez el llamador)

FELISA - ¿Quién será ahora? Es que no la dejan a una ni comerse un par de boquerones, tranquilita, con su marido, en paz y viendo las noticias de la tele, tranquilamente.

 

                             (Se trata de Paco, el cartero, un viejo amigo de Satur. El uniforme de cartero, es de lo más sencillo)

 

FELISA -  ¡Hombre, Paco! Ya hacía algunos días, que no te veíamos.  Pasa, pasa. Ahí está tu amigo Satur, sentado, viendo su tele, como siempre.

 

PACO - ¡Hombre, Satur! ¡Qué me alegro de verte!

 

SATUR - ¿Y eso? ¿Es que me traes un giro postal o un regalito de El Corte Inglés?

 

PACO - ¡No, qué va! Hoy, precisamente no te traigo na. Es que he venido a entregar un certificado aquí, en la puerta de al lado, y me vino un olorcito así, como… a boquerones fritos, y me dije: Ese olor sale de la casa de Satur. Y no está bien, que venga uno aquí al lado y no pase a saludarte ¿no? ¡Qué menos!

 

SATUR - ¡Hombre! Se agradece, pero es que precisamente ahora, mi mujer, aquí presente, estaba ya preparando la mesa. Y es una pena que tú tengas que seguir entregando cartas por ahí, porque de no haber sido por eso, te invitaría. Pero… tú siempre me has dicho que  tú trabajas hasta las cuatro y media. ¿O estoy yo equivocado?

 

PACO - ¡Bueno! La verdad es que…

 

SATUR – Pues, dice el refrán que ‘’no dejes para mañana…” ¡Ah! He visto en la tele que ya el servicio de correos en este país, funciona mucho mejor que antes, porque antes, vamos, no es por ti, pero, era... ¡una auténtica porquería! Porque tú te acordarás que antes, en los pueblos, las cartas urgentes las llevaban en los burritos esos bajitos. ¡Feli! ¿cómo se llamaban?

 

FELISA -  Los pony.

 

SATUR - ¡Eso! los pony. ¡Imagínate entonces,  las que no eran urgentes!

 

FELISA – Y, además se equivocaban mucho. Porque, la carta que era para el banco central la entregaban en el bar de Enrique, y las de la notaría,  se las entregaban a mi vecina, la peluquera. Fíjate, que ese día, la pobre Amalia, cuando vio ese sobre con tantos sellos, y tantas letras, se creyó que se había muerto su primo en la Argentina, y que le había venido una herencia. ¡Y se llevó un desengañoooo!  ¡Y no vea en el patio, el revuelo que se formó! Las vecinas se caían de risa.  Desde entonces, la gente la llama, Amalita, “la de la herencia”.

 

SATUR - ¡Bueno! Eso no es nada. Yo me acuerdo, el día que llegó a mi casa una carta del ministerio del ejército, y como nada más que venía el nombre, es decir, Tomás García Serrano, que era el de mi hermano, pues el cartero lo llamó para entregársela en mano. Yo me extrañé de que el ejército escribiera a mi hermano, y el cartero me dijo: Sí. Seguramente lo llaman para el servicio militar. ¡Mira! Cuando aparece mi hermano a la puerta, y el cartero le vio la cara,  me dice el cartero en la oreja: Me parece que yo me he tenido que equivocar de dirección.

 

PACO: ¡Ah! ¿Sí? ¿Cómo se dio cuenta?

 

SATUR – Que ¿cómo se dio cuenta? ¡Coño! Porque vio a mi hermano, que es bizco, con el cuello torcido y que mide uno cincuenta con zapatos, y tuvo que pensar enseguida que ese pobre hombre, ¿cómo iba a ir a la mili?  Al final era para otro que se llamaba igual. En fin. Que el servicio de correos, antes, era la caraba.

 

PACO – Sí, pero eso ya ha cambiado mucho. Fíjate si ha cambiado que ahora, mandas una carta urgente, por ejemplo, a Tarragona, y antes de que te tomes el café de la merienda, ya está la carta allí, y además traducida en Catalán.

 

SATUR - ¿En Catalán? ¡Calla, anda, calla! ¡No me hables! Que ha dicho la tele que con el estatuto ese, hasta los andaluces vamos a tener que aprender a bailar la sardana. Aunque a mí, eso, no me preocupa mucho, porque yo, ya, eso de bailar…

 

PACO – Bueno, Satur, te voy a tener que dejar porque me queda mucho correo en la saca todavía. ¡Hay que ver como huelen esos boquerones!

 

SATUR – Sí, la verdad es que huelen bastante, así, como… ¡a pescaito frito! ¿Verdad? Lo malo es que esos olores se pegan en la ropa. Más vale que te vayas pronto no sea que cojas ese olor en el uniforme y tu jefe vaya a pensar que en vez de repartir cartas, te pasa el día metío en los mesones. ¡Anda, anda!

 

PACO - ¡Bueno! Pues, me tengo que ir. Pero, volveré pronto. A lo mejor, mañana, a ver si te traigo una carta con alguna buena noticia.

 

SATUR - ¡A ver si es verdad, picha! Que, últimamente,  no traes na más que cartas con los recibos del ayuntamiento y los de la Telefónica. Por cierto, hablando de Telefónica, ha dicho la tele, que ahora las llamadas las van a redondear.

 

PACO - ¿Redondear?

 

SATUR – Sí, hombre. Que si la llamada te costaba antes, un euro y cinco céntimos, ahora el importe se redondea un poquito, y te cobran dos euros. Ya sabes: es que no quieren andar con menudencias.

 

PACO – Eso es lo mismo que si a la Telefónica le pagásemos la factura, que ya nos cobra bastante,  y encima le diésemos una propina. ¡Como a los taxistas!

 

SATUR - ¡Oye, picha! ¡Con los taxistas no te metas, eh? ¡Un respeto!

PACO – No, perdona, Satur. Era, solo una comparación. Es que a los taxistas siempre se les da una propinilla ¿no?

 

SATUR - ¡Claro! ¡Y los riesgos que corren los taxistas! ¿Qué me dices de los atracos y otras cosas que sufren los taxistas? Ha dicho la tele que si no se arregla eso de la seguridad en el taxi, van a ponerse en huelga de hambre por lo menos dos meses. Y, yo lo veo muy bien.

 

PACO - ¡Toma! Los taxistas, y los policías, y los carteros. ¡Todos!

 

SATUR - ¡Anda ya, Paco! ¿Quién te va a atracar a ti? ¿Para qué? ¿Para robarte una carta con el recibo del agua? ¡Como si no tuviésemos ya bastantes! 

 

PACO – No vayas a creer que yo solo llevo cartas con recibos del agua. Por cierto. Hablando de agua. Se está poniendo la cosa fea con el agua.

 

SATUR - ¡Sí, señor! Ha dicho la tele que como no llueva pronto, nos vamos a tener que lavar la cara con La Casera.

 

PACO - ¡No será pa tanto!  ¡Bueno! Ya vendré a verte otro día.

 

SATUR – Sí, pero si notas que huele a boquerones fritos o a estofado de venado, mejor echa las cartas por debajo de la puerta, no vaya a ser que se te pegue el olor en la ropa, que luego la tiene que lavar tu mujer y te pega la bronca, y yo no quiero tener remordimientos...

 

                          (Se marcha Paco, y antes de bajarse el telón,  Satur, llama a Felisa en voz alta)

 

SATUR - ¡Ea! ¡Feli! Ya puedes poner la mesa, que ahora si que vamos a comer esos boquerones, y si llaman a la puerta, dices que estamos con la gripe esa del pollo, pa que nadie entre. ¡Coño! Que no lo dejan a uno ni ver las noticias de la tele.

 

SE CORRE EL TELÓN

 

  

SEGUNDO ACTO

 

Se abre el telón.

 

Nuestra pareja está echando una buena siesta en sus respectivos sillones, después de una buena comida. Se oye la voz del presentador de un canal de televisión, lo cual no impide que el matrimonio duerma a placer con sus fuertes ronquidos. A esto, suena el timbre de la puerta.  

 

FELISA – (Sin mover la cabeza, con los ojos cerrados y hablando con la boca entreabierta, a media voz)  Satur. ¡Satuuuuuur!

 

SATURNINO – (También a media voz, sin inmutarse, y con la boca casi cerrada, como si no quisiera despertar del todo)  ¿Qué pasa? ¿Lo han encontrado ya? 

 

FELISA -  (Todavía medio adormilada) Me parece que están llamando.

 

SATUR -  ¿Llamando? ¿A quién? ¿A la policía?

 

FELISA – No. A la puerta.

 

SATUR - ¡Ah! Entonces, es que lo han encontrado.

 

FELISA – Creo que están llamando aquí, en nuestra casa.

 

SATUR(Despertando súbitamente, con gesto de preocupación y de asombro)  ¿Aquí? ¿En mi casa? Pero, ¿cómo es eso? ¡Si yo no he matao a nadie! ¡Si a esa mujer la mataron el sábado en la joyería, coño! ¡Y yo no salgo a la calle desde que me operaron, hace ya veinte años!

 

FELISA(Despertando con los gritos del marido)  ¡Anda, anda! ¡Déjate ya de asesinatos, y de tanto rollo! ¡Que con tanto ver la tele, solo tienes pesadillas, de noche y de día! Iré a ver quien es.

 

SATUR – Sí, pero si no es un mensajero de Seur con un jamón de cinco jotas, le dices que estamos echando la siesta y que vuelva otro día.

 

(Felisa atiende a alguien y al cabo de pocos segundos, cierra, vuelve y se sienta)

 

SATUR - ¿Y el jamón?

 

FELISA - ¿Qué estás diciendo tú de jamón, hombre?  Era uno de esos de la inmobiliaria esa, preguntando si queríamos vender nuestro piso.

 

SATUR - ¿Cual? ¿Éste piso? ¿Mi piso? Y, ¿no tiene otra horita el gachó para venir aquí a preguntar eso? ¡Con lo a gusto que estábamos echando la siesta! ¡Será capullo! Desde luego, esta gente,  por vender un piso, son capaces... ¡hasta de levantarte de la cama a las dos de la madrugada! ¡Pero, vamos, que no se le ocurra, porque te juro que abro la ventana y le tiro el orinal!

 

FELISA - ¡Bueno! ¡Tú, tranquilo! Si no vamos a vender el piso, no hay por qué preocuparse.

 

SATUR – Pero ¿Cómo vamos a vender este piso, si ha dicho la tele que los pisos van a subir otro sesenta por ciento? ¡Ni que estuviera yo tonto! ¡Bueno, a ver si nos dejan descansar un poquito, coño!

 

(Cuando ya se disponen a seguir roncando, suena de nuevo el timbre de la puerta)

 

FELISA - ¡Voy! ¿Quién será ahora?

 

SATUR – A lo mejor es una rumana pidiendo dinero. No te olvides de mirar antes, que ha dicho la tele que están atracando hasta en los pisos de jubilados, ¡Porque, ya, los chalet, los tienen todos desvalijados!

 

FELISA (Abriendo)  ¡Hola, Nicolás! Pasa, hombre, pasa. ¡Satur, es tu cuñado, que viene a verte!

 

(Entra Nicolás, el cuñado de Satur)

 

NICOLÁS - ¡Hombre, Satur! Creí que estabas durmiendo la siesta.

 

SATUR - ¡Hombre! ¡Pues claro que estaba echando la siesta, cojones! ¡Mira que tiene...! ¡Pero, como has venido tú, pues, por hoy, ya se acabó la siesta!

 

NICOLÁS - ¡Vaya por Dios! ¡Con la rabia que da que nos molesten cuando estamos echando la siesta! ¿Verdad que sí?

 

SATUR -   ¡Desde luego! Pero, bueno, si el que llama es tu cuñado, entonces, se interrumpe la siesta, y aquí no ha pasado nada, porque la familia... está antes que la siesta y que todo. (Volviendo la cara a su esposa)  Por cierto, Felisa, me dijiste esta mañana que teníamos que ir a comprar café porque se te había acabado ¿no? Lo digo, porque es una pena que no podamos invitar a Nicolás a tomar un cafetito con galletas.

 

NICOLÁS – No, si por mí, no tienes que preocuparte. Después, tomaré café en el bar de la esquina. Y hablando de café, ¡Hay que ver lo que subido el café! Hace dos años, te cobraban por un buen café noventa pesetas, y ahora, por una taza con agua mezclada con una porquería que no huele ni a café, te cobran un euro veinte, es decir, doscientas pesetas.

 

SATUR – ¡Hombre! ¡A mí me lo vas a decir! ¿Por qué crees tú que Vicentito el de la esquina, cierra la cafetería dos o tres veces a la semana, y cada dos meses se va a hacer un crucero con la mujer? De todas formas, ya lo dijo la tele, que los ultramarinos iban a subir un 0,3 por ciento.

 

NICOLÁS - ¿Un cero qué? ¡Querrás decir, un trescientos por cien!

 

SATUR - ¡Bueno! Yo, te digo lo que ha dicho la tele. Lo que pasa, es que los dueños de las cafeterías, son muy malos en matemáticas, y como no saben calcular, en vez de subirlo un 0,3 por ciento, lo redondean para curarse en salud, y lo ponen a doscientas pesetas. Pero ¡Vamos! Por doscientas pesetas, ¿quién no se toma un café en la esquina? ¿Verdad, cuñado?

 

NICOLÁS -  ¡Hombre! ¿Será por tomarlo? Si hay que tomarlo, pues… se toma. Pero…

 

SATUR – Pero… ¡nada! Que lo mejor que puedes hacer es marcharte a tomar ese café en la esquina, antes de que se acabe. Porque yo sé que cuando tú no tomas café, se te pone la tensión en nueve- seis, y eso es muy peligroso. 

 

NICOLÁS – No, si yo, en realidad venía a ver si me podías tomar la tensión. Como tú te compraste el aparato ese.

 

SATUR – Sí, ya. Pero, resulta que no marcaba bien y lo he devuelto.

 

NICOLÁS - ¿No marcaba bien? ¡Qué raro! Si esos aparatos suelen salir muy buenos, ¿No ves que vienen de Alemania?

 

SATUR – No creas. Que ya en Alemania fabrican cosas de muy poca calidad, como en Hong-Kong, como en la China, como en todas partes. ¡Vamos! Te puedo decir, que el aparato que yo compré, era tan malo que si la persona tenía la tensión baja, de aquí salía con la tensión por las nubes, y si la tenía alta, pues lo mismo se me desmayaba en el sofá, y teníamos que llamar al 091. Y, como tú comprenderás…

 

NICOLAS – Bueno. Pues tendré que ir a la clínica. Lo que pasa es que allí, cobran tres euros por tomar la tensión.

 

SATUR – ¿Y qué son tres euros? ¡Si con eso no tienes ni para invitarme a un café! Además, la tele ha dicho que ya pronto van a tomar la tensión en el ambulatorio de la seguridad social, y encima, totalmente gratis.

 

NICOLÁS - ¿Sí? ¡No me digas! ¡Joder, ya era hora! ¿Y qué hay que hacer? Supongo, que entrar, enseñando la tarjeta nada más.

 

SATUR – Sí, pero hay que llevarla en la boca.

 

NICOLAS - ¿En la boca? Y ¿Cómo es eso?

SATUR - ¡Hombre! Si te ha dado un infarto, o te has caído rodando por la escalera, o te han dado una paliza para robarte la cartera, como tú comprenderás, tú no estás en condiciones de  llevar la tarjeta en la mano; ¿no lo comprendes, joder?

 

NICOLAS – O sea, que si no te ha pasado nada de eso, ¿ya no tienes derecho a que te tomen la tensión?

 

SATUR - ¡Joder, cuñado! ¡Es que tú lo quieres todo, coño! Tú, quieres cobrar una buena pensión, irte de vacaciones quince días con el Imserso, viajar en autobús gratis, en el tren por la mitad de precio, tomarte tu cafetito todos los días en la calle, y encima, ¡quieres que te tomen la tensión gratis!  Ya lo ha dicho la tele, que aquí en este país, no nos conformamos con la calidad de vida que tenemos, sino que queremos mucho más. ¡Ni que fuéramos ingleses de esos, de la Gran Bretaña, joder!

 

NICOLÁS – Mejor me voy, porque yo cuando escucho estas cosas, me entra la depresión.

 

FELISA -   ¿Lo ves? ¿No te lo dije? ¿No quieres un poquito de agua, a ver si se te sube un poco?

 

NICOLÁS - ¡Ah! Pero ¿tú crees que con el agua se me puede subir...?

 

SATUR – La tensión, Nicolás, me refiero a la tensión.Que tú enseguida te vas por los cerros de Úbeda.

 

NICOLÁS – ¡Ah! ¡Ya! No, gracias, que el agua me da urticaria. Si fuera un cafetito, con una ensaimada…

 

SATUR – No. Café, no tenemos.  Pero, si quieres un poco de casera… Felisa, ¿te ha quedado casera?

 

NICOLAS – No, gracias, Felisa. Es que a mí, la casera, me da muchos gases.

 

SATUR - ¡Ah! ¡No! Aquí, no quiero gases. Que el otro día, dijo la tele, que en una casa hubo una explosión, y dijeron que fue por culpa de los gases. Bueno, Nicolás, anda, no vaya a cerrar la cafetería.

 

NICOLÁS – Otro día, vendré otro ratito. Si os parece.

 

SATUR - ¡Claro! Tú sabes, cuñado, que aquí tienes tu casa, para lo que se te ofrezca. Pero antes, por favor, nos das una llamadita, por si acaso estamos comiendo o echando la siesta. Tú sabes. Es que a nosotros nos gusta atenderte como tú te mereces.

 

(Felisa, cerrando la puerta)

 

FELISA - ¡Hay, hijo! Espero que no venga mucha gente hoy, porque ni se puede cocinar tranquila, ni comer tranquila, ni echar la siesta tranquila, ni…

 

SATUR - ¡Ni puede uno ver la tele, tranquilo!

 

FELISA – Satur, estoy pensando, que deberíamos merendar antes de que venga alguien.

 

SATUR - ¡Buena idea!

 

(Ahora se oye abrirse la cerradura, porque es Marisa,  la hija de ambos, que viene a ver a sus padres)

 

MARISA -  (Asomando la cabeza) ¿Se puede?

 

SATUR - ¿Para qué preguntas, niña, si ya estás dentro!

 

MARISA - ¡Hombre! Lo pregunto por si os pillaba haciendo algo íntimo.

 

FELISA - ¿Quién? ¿Éste y yo? ¡Vamos! Me ha parecido entender que tú nos estás dando a entender que... (Haciendo algún gesto insinuante con las manos)

 

MARISA - ¡Claro, mamá! ¡Pareces tonta! ¿Es que los matrimonios no tienen derecho a la intimidad?

 

SATUR - ¡Hombre! ¡Por supuesto! ¡Y tanto que tenemos derecho! Pero, contigo, cualquiera reclama ese derecho, porque, hija mía, antes de oírse la cerradura, ya estabas en medio del salón. ¡Ni que te estuviese persiguiendo el destripador ese de los cojones!

 

MARISA – Bueno... es que tenía que daros una noticia muy importante.

 

FELISA - ¿Noticia? ¿Buena, mala o regular? A ver, hija, ve hablando despacito, para que nos de tiempo a reaccionar. Y acuérdate de que tu padre está operado del corazón.

 

MARISA – ¡Pero, si la noticia no puede ser mejor, mamá!

 

SATUR - ¡Ah! ¿Sí? No me digas que te ha tocado la primitiva. Es que acaba de decir la tele que solo ha habido un acertante. Y como vienes corriendo y sudando tanto...

 

MARISA – Bueno, es que hace un calor que...

 

SATUR – Sí, ya veo que hace calor, porque con ese escote y esa barriguita fuera, y esa minifalda que tapa menos que un esparadrapo...

 

FELISA - ¡Satur, por favor! ¡No empecemos de nuevo! Que tú sabes que esa es la moda, que viene de Centro Europa.

SATUR – Pues, hija, parece más bien que viene de Centro África, porque allí, la gente va  medio en pelotas.  

¡Bueno, niña! ¿Nos vas a dar esa gran noticia?  O mejor, esperamos a que la confirmen  por la tele.

 

MARISA – Pero, papá, ¿por qué  estás siempre de mal humor? Así, no sé si debo daros la buena nueva.

 

FELISA - ¡Hija! ¡Suelta ya lo que sea que nos tienes en ascuas! ¿Cuál es esa buena noticia?

 

MARISA – Pues, que me han  llamado esta mañana para darme los resultados.

 

SATUR -  ¿Y qué? ¿Cuántos has acertado? ¡No me digas que tienes un pleno!

 

MARISA – No. Si, en realidad, el que ha acertado de lleno ha sido Pepe, mi marido.

 

SATUR - ¿Pepe? ¿Mi yerno? ¡Vaya fatalidad! ¡No le podía haber tocado a mi hija! ¡Le ha tocado nada menos que a mi yerno! Con lo agarrado que es, a ese no le sacamos ni para comprar una tele nueva, y un TDT,  que falta que nos hace.

 

MARISA – Pero, ¿qué hablas de tocar, papá? Se trata del análisis de embarazo. Que ha salido positivo. ¡Que os voy a hacer abuelos!

 

SATUR - ¿Abuelos? ¿A quién? ¿A tu madre y a mí?

 

MARISA -  ¿A quién va a ser, papá? ¡No querrás que los abuelos de mi de mi hijo sean los vecinos del quinto, no?

 

FELISA - ¡Hija! No es que no nos alegremos. Es que tu padre en esa silla, y yo ya tan mayor, con mi reuma y tanto colesterol...

 

MARISA – (Echándose a llorar)  ¡Ayyyy! ¡Qué desgraciadita me siento! ¡Ya lo decía yo!  Y yo que pensaba que la noticia iba a ser una bomba...

 

SATUR - ¡Hombre! ¡Una bomba, y nuclear! ¡De eso no tengas la menor duda!

 

FELISA – (Abrazando a su hija para consolarla) ¡Bueno! ¡Que no es para tanto! Además, si viene un hijo a tu casa, pues... a su casa viene ¿no?

 

SATUR - ¡Sí, sí! ¡Eso está clarísimo! Ese niño irá a su casa. ¡Pero no a la mía! Además, la tele ha dicho que se está cometiendo un gran error llevando los nietos a los abuelos, porque terminan malcriados y muy consentidos.

 

FELISA - ¡Hijo! ¡Qué duro eres con tu hija! Ahora, precisamente que necesita mimo y cariño. A propósito, ¿Has merendado, hija?

SATUR - ¿Quién? ¿Ésta? ¿Le vas a preguntar a ésta niña si ha comido? ¡Pero, Felisa! ¿Desde cuando se dedica a comer, tu hija?  ¡Eso, si que sería un notición! ¡Pero, si tú sabes que cuando van en tren, tu yerno mete a tu hija en su mochila, para ahorrarse un billete!

 

MARISA -  ¡Qué exagerado eres! (Todavía con voz y tono de compungida, como queriendo justificarse) Pues, ayer me pesé y he engordado doscientos gramos. Ahora peso cuarenta y seis setecientos.

 

SATUR - ¡Digo! ¿Qué me vas a contar? Si ya lo he notado desde que has llegado, porque parece como si el piso temblara. Me voy a tener que poner el cinturón de seguridad, no se vaya a hundir el bloque, que últimamente, dice la tele que hay muchos derrumbes de origen desconocido.

 

FELISA – Hija, ¿quieres que te haga un caldito?

 

SATUR - ¡Sí! ¡Eso! Prepárale un caldito, pero métele un cuarto de jamón de bellota, dos trozos de morcilla, un trozo de jarrete, y medio kilo de tocino, a ver si por lo menos el niño lo nota.

 

MARISA - ¡Qué asco! ¡Por favor! ¡Qué manera tenéis de martirizarme! Me está entrando una cosa, como... de fatiga.

 

FELISA - ¡Claro! Eso es el niño. Quiero decir, el embarazo. Yo creo que deberías entrar en mi dormitorio y echarte un ratito, no vaya a venirte un aborto de esos.

 

MARISA – Sí. Me voy a echar un rato, pero en mi casa, porque aquí, me desmoralizo tanto que se me quitan las ganas hasta de ser madre.

 

SATUR - ¿Tú, madre? ¡No lo creo! ¿Con una criaturita en tu vientre en huelga de hambre? No creo que aguante más de dos semanas.

 

MARISA - ¡Yo si que no aguanto más! ¡Me voy!

 

FELISA - ¡Bueno, hija! ¡Está bien! Pero, ahora cuando llegues a tu casa, prométeme que te vas a echar un ratito. Además, deberías tomar un taxi.

 

SATUR - ¿Un taxi? ¡No, hombre, que se deje de taxis! ¿No ves que puede vomitar el último sándwich que comió el día de Corpus, en el asiento, y después van a enterarse todos los de mi gremio que mi hija va por ahí vomitando en los taxis?  Lo mejor, es que espere abajo a que pase el del carrillo de los tiestos viejos, y que la deje en su casa.

 

FELISA - ¡Sí, hombre! ¡Para que se le olvide que la lleva en el carro, y la arroje en la cubeta de reciclaje! Con lo despistados que son esa gente...

 

MARISA - ¡Desde luego! ¡Yo no sé quién me ha mandado a mí tener unos padres como éstos! ¿Por qué no habré nacido yo en el hogar de la Presley?

 

SATUR – Sí, hija mía. ¡Es una pena! Porque tanto ella como tú, cabéis en el estuche de mis gafas. Y a esto, le llaman hoy... ¡mujeres! Por cierto. Ayer dijo la tele que a la Presley, ahora le han puesto otros dos cuartos de baño y le han quitado otras dos costillas. ¡Desde luego, que tienes cojones, la cosa! 

 

MARISA – Lo dicho. Me voy, y no me volveréis a ver hasta que venga con el bebé.  

 

FELISA - ¡Hija! ¡No digas eso! ¡Verás, si a mí me va a subir el colesterol, otra vez, con tantos disgustos!  Es que tu padre...

 

SATUR – Tu padre, está deseando ya quedarse tranquilo, viendo la tele, que por lo menos tiene ese pequeño derecho. Y veo, que nadie me deja. ¡Me voy a tener que ir a vivir a una cabaña en lo alto de la sierra, para que me dejen en paz, y no me venga todo el mundo con sus problemas!

 

(Felisa acompaña a su hija que se marcha toda indignada, con la mano en el pecho, como sintiéndose algo indispuesta)

 

FELISA - ¡A la sierra te vas a vivir tú, si quieres! ¡Vamos! Que estoy dispuesta ahora mismo a prepararte una maletita y pedir la ambulancia de impedidos para que te lleven allí arriba, y así me quedo tranquila, que una también se harta.

 

SATUR - ¡Vale, vale!  Llama a la ambulancia si quieres, y que me lleven. ¡Pero no te olvides de ponerme la tele al lado! Porque sin ti, se puede vivir, pero sin la tele... ¡Eso si que no!  ¡Ea!  ¡Y ya no se discute más, que va a empezar el telediario y van a poner lo de la huelga de los taxistas. ¡A sentarse y a callar!

 

(Se dispone Satur  a ver la tele, como siempre, y Felisa se queda con los brazos en jarra, mirándolo y murmurando)

 

FELISA -  ¡Cuando mi madre decía que lo peor que yo iba a hacer era casarme con un taxista! ¡Con la de buenos pretendientes que yo tenía...!

¡Si pudiera volver a los veinte años! ¡Ea! ¡Ahí, lo tienes! ¡Media vida viviendo dentro de un taxi, y la otra, pegado a una tele! ¡Qué muermo, por Dios! ¡Y me tuvo que tocar a mí! ¡Qué mala suerte, la mía!

 

(Mientras, se va corriendo el telón)

 

 FELISA -  Me voy a la cocina, a tomarme allí el café, porque estoy ya de tele hasta el moño. Si tuviera ahora cuarenta años, me divorciaba, pero ya, a mi edad...

 

(Con el telón ya cerrado o casi cerrado, se oye la voz de Satur)

 

SATUR -  ¡Feli! ¡Feli! ¡Mira esto! ¡Mira  lo que está diciendo la tele! ¡Que un anciano le ha pegado a la mujer seis martillazos en la cabeza porque ella trincó el televisor y lo arrojó por la ventana! ¡Qué barbaridad! ¡Es que no hay derecho, hombre! ¡Mira que tirarle el televisor! ¡Es que a mí, me hacen eso, y yo no sé lo que hubiera hecho, eh?, pero yo te aseguro a ti, que a mí me quitan el televisor, y no le doy seis martillazos, ¡le doy catorce!, y después, la cojo como si fuera un saco de papas y la tiro por la ventana, detrás del televisor!

 

  ¡Vamos, por Dios! ¡Hasta ahí, podríamos llegar!

 

SE CIERRA EL TELÓN

 

FIN

 

 

bea45azul@yahoo.com

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