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LA VIDA DE LOS DEMÁS

de Daniel Dalmaroni

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

LA VIDA DE LOS DEMÁS

de Daniel Dalmaroni

 danieldalmaroni@gmail.com

 

Personajes:

MILVIA

EMA

CLIFF

WASHINGTON

 

 

 

La escena:

Patio de la casa de Cliff y Ema.


 

Escena I

(Ema y Milvia)

 

MILVIA.- ¿Ema significa Rosa?

 

EMA.- No. No. No entendés nada, Milvia. A mí me dicen Ema, pero en realidad me llamo Rosa.

 

MILVIA.- No entiendo por qué te dicen Ema si te llamás Rosa. ¿Qué tiene que ver Ema con Rosa?

 

EMA.- Nada. Dejame que te explique. Cuando yo iba a nacer, mi mamá quería ponerme “Ema”. Mi papá estaba de acuerdo, aunque decía que a él le gustaba más “Rosa”. Mi papá se muere cuando mi mamá aún no había dado a luz…

 

MILVIA.- Sí, eso ya lo sé. De esclerosis múltiple murió ¿no?

 

EMA.- Justo. De esclerosis múltiple. Eso me cambió el nombre.

 

MILVIA.- ¿Qué tiene que ver?

 

EMA.- La asociación que agrupa a los pacientes y familiares de pacientes con esclerosis múltiple, se llama Esclerosis Múltiple Argentina.

 

MILVIA.- ¿Y?

 

EMA.- E.M.A.

 

MILVIA.- ¿Ema qué?

 

EMA.- ¿Sos tonta? E punto Eme punto A punto. EMA, Esclerosis Múltiple Argentina. ¿Entendés?

 

MILVIA.- ¿¡No!?

 

EMA.- Imposible ponerme Ema de nombre. Entonces me pusieron Rosa.

 

MILVIA.- Pero, al final, te llaman Ema.

 

EMA.- Sí.

 

MILVIA.- Para el caso es lo mismo.

 

EMA.- Mi mamá decía que mientras no tuviera que escribirlo o leerlo no le hacía daño, pero que no me podía anotar con ese nombre.

 

MILVIA.- Así que te llamás Rosa, mirá vos.

 

EMA.- Sí.

 

MILVIA.- ¿Quiénes saben que te llamás Rosa?

 

EMA.- Bueno, además de mis padres; Cliff, obvio; Virginia y él.

 

MILVIA.- ¿Y cuándo lo conociste a …?

 

EMA.- (Interrumpe) ¡Ni lo nombres en este momento!

 

MILVIA.- Bueno, está bien. No se habla más. ¿Cuándo lo conociste a este señor?

 

EMA.- Al año de haberme casado. Él, apenas había hecho una o dos películas, pero ya era quien era. Había hecho su primer Luna Park.

 

MILVIA.- Ah.

 

EMA.- Es horrible, Milvia, es horrible. Cargar con este peso desde hace tantos años.

 

MILVIA.- Bueno, te escribió una canción. No es para tanto. Tuviste un romance y te escribió una canción. Ser la amante de…

 

EMA.- (Interrumpe) Te dije que no lo nombres en casa.

 

MILVIA.- Bueno, disculpá.

 

EMA.- No fue sólo un romance. Siempre seguimos en contacto. ¿Creés que alguna vez pagué las entradas al Gran Rex? Seguimos en contacto, me mandaba regalos. Cuando hizo la novela “Fue sin querer” en Puerto Rico, casi me voy con él.

 

MILVIA.- De todos modos, no me parece tan terrible. Tenés una anécdota bárbara para contarle a tus nietos.

 

(Pausa. Milvia la abraza a Ema. Ema llora desconsoladamente)

 

EMA.- No entendés nada. Nada, Milvia, nada.

 

MILVIA.- Decí lo que sientas.

 

EMA.- (Llorando desconsoladamente, casi histérica) Virginia es hija de Sandro, no de Cliff.

 

MILVIA.- ¿Qué?

 

EMA.- Lo que escuchaste. No lo quiero volver a decir ni a escucharlo.

 

MILVIA.- ¿Virginia es hija de Sandro?

 

EMA.- ¿Qué te dije? ¿Sos tarada, vos?

 

MILVIA.- Bueno, perdoná, pero la verdad es que es una sorpresa.

 

EMA.- No aguanto más.

 

MILVIA.- Bueno, a mí no me parece tan terrible. Creo que hacés un mundo por algo que ya pasó. Supongo que Virginia ya lo tendrá asumido y Cliff también.

 

EMA.- No hay caso: sos tarada. ¡Nadie lo sabe! Ni Virginia, ni Cliff, ni él. Sólo vos los sabés, ahora. No aguantaba más. Fueron muchos años de guardar ese secreto. Lo tenía como atragantado, atravesado, en la tráquea.

 

MILVIA.- Insisto en que no me parece tan terrible. Creo que Virginia y Sandro deberían saberlo, pero no me parece tan terrible.

 

EMA.- ¿No te parece terrible? Vos porque no tenés que cargar con tener una hija de un ídolo, del hombre más popular y seductor del país y que encima te escriba canciones.

 

MILVIA.- Aparte de “Rosa, rosa” te escribió alguna más.

 

EMA.- ¡No sé! Nunca me animé a preguntarle. Creo que sí.

 

MILVIA.- Si supiera que Virginia es su hija, tal vez le escribe una canción.

 

EMA.- (No a ha parado de llorar en ningún momento) No sé si él debería saberlo.

 

MILVIA.- Insisto en que no me parece tan terrible.

 

EMA.- Vos porque no tenés que cargar con ser la maravillosa.

 

MILVIA.- ¿La qué? ¿De qué hablás?

 

EMA.- La maravillosa, como blanca diosa. La canción, Milvia. ¿Vos pensaste en la letra?

 

MILVIA.- La verdad es nunca había prestado mucha atención.

 

EMA.- (Canta) “Ay Rosa, Rosa, tan maravillosa, como blanca diosa, como flor hermosa, tu amor me condena a la dulce pena de sufrir” (Llora) ¿Entendés? Él sufría por mí. Yo lo condenaba a ese sufrimiento porque yo era casada.

 

MILVIA.- ¿No exagerás?

 

EMA.- ¿Sabés lo que es sentir que siempre tenés que ser maravillosa? Es como el síndrome de “La mujer maravilla”, pero peor. Siempre siento que tengo que estar espléndida, divina, maravillosa, como blanca diosa, como flor hermosa.

 

MILVIA.- Me parece que exagerás.

 

EMA.- ¿Exagerar? Como se ve que a vos no te compuso una canción ni Antonio Prieto. Y hubo una película. ¿Te acordás? “Operación Rosa Rosa”. Cuando me enteré de la película, creí que iba a tratar sobre nosotros y estuve excitada varios meses. Me imaginaba nuestra historia de amor en todos los cines, Cliff enterándose, Virginia conociendo toda la verdad y odiándome, todo el peso de la Justicia sobre nosotros. Me imaginaba huyendo juntos a un lejano y pequeño país, a una isla desierta a vivir nuestro amor para siempre, lejos de la fama, de los prejuicios y la mediocridad. (Breve pausa) Cuando fui a ver la peli me deprimí y me la pasé en cama a puro lexotanil y té de valeriana. Nada que ver conmigo, era una especie de policial cantado. Con armas bactereológicas, tiros, muertos. Él era un cantante de fama internacional que luchaba contra el mal. ¿No te acordás? Trabajaba Luis Tasca y Laurita Bove. En la película.

 

MILVIA.- No, no me acuerdo. No vi sus películas.

 

EMA.- ¿No viste nada? ¿No viste “Gitano” ni “Muchacho”, siquiera? (Milvia niega. Ema sentencia) No viste nada. Las tengo todas en video. Un día te las presto. O las vemos juntas, aunque me pongo estúpida y lloro mucho. (Breve pausa) Siempre sospeché que “Quiero llenarme de ti”, también me la había dedicado. (Breve pausa en la que sigue llorando) Es muy difícil vivir con todo esto encima. Es mucha responsabilidad.

 

MILVIA.- Siempre supe que eras fanática de él. Sabía que tenías todos los discos, que no te perdías un solo recital. Pero nunca llegué a pensar que eras una de sus nenas, sus chicas.

 

EMA.- (Enérgica) ¡No! Yo nunca ocupé ese lugar. Sus chicas son las que lo desean, pero que nunca lo han tenido. Esas para las que él es inalcanzable.

 

MILVIA.- ¿Y cómo se contactaba con vos?

 

EMA.- Me mandaba cartas. Secretas. Cifradas. A veces hasta me mandaba mensajes en las cuentas de la luz o del gas. Yo sabía que la fecha de vencimiento de la factura era el día del encuentro. El segundo vencimiento, no el primero. Varias veces me confundí y me ensarté. La hora, era la cantidad de kilowats consumidos en el bimestre. Mil setecientos quería decir que nos encontrábamos a las cinco de la tarde. Como la hora que usan los marinos, en los barcos. “A las mil setecientas” es a las diecisiete, cero-cero. Las cinco de la tarde en punto. (Breve pausa, mientras, llorisquea, moquea y entre llantitos dice:) Un año, me acuerdo que compramos dos estufas eléctricas que consumen mucho… (la interrumpe su propio llanto) …y vinieron dos mil ochocientos treinta y seis kilowats en el bimestre. (La vuelve a interrumpir su propio llanto) Las dos mil ochocientas treinta y seis no es ninguna hora. (Se suena los mocos y seca un poco sus lágrimas. Se recompone un poco) Ahí cambiamos por la boleta de gas.

 

MILVIA.- (Entusiasmada con el relato) ¿Y él cómo se enteraba de tus consumos y tus fechas de vencimiento?

 

EMA.- ¿Qué sé yo? Es un hombre con influencias, con contactos.

 

MILVIA.- ¿Y el lugar?

 

EMA.- Con eso no hay problemas porque siempre es el mismo hotel. Me citaba en la suite de un hotel cinco estrellas. Yo sólo tenía que ir a conserjería y decir que era “Rosa”. Me llevaban a la habitación. Ahí, arriba de la cama, siempre había un ramo de rosas y algún regalo. Él, casi nunca podía ir, pero me dejaba una carta. Al final, decía que me mandaba muchos besos donde yo más quisiera.

 

MILVIA.- Medio chancho.

 

EMA.- No digas eso. Es el hombre más romántico de la tierra.

 

MILVIA.- ¿Y vos qué hacías cuando te daba cuenta de que él no iba a ir?

 

EMA.- Hablaba con una foto de él, que siempre llevo en la cartera.

 

MILVIA.- ¿Le hablabas a la foto?

 

EMA.- Sí, la colocaba sobre una de las almohadas de la cama, yo me acostaba al lado y hablábamos. Yo le contaba de mi vida, de mis cosas y él… bueno…él de las suyas. Del último recital, de la vida en Banfield. Me contaba de su niñez en Parque Patricios.

 

MILVIA.- (Temerosa de lo que va a decir) Vos… te imaginabas una charla…

 

EMA.- (Imperativa) Sí. Hay tanta gente que habla sola por la calle. (Calma) Yo, por lo menos, lo hago en privado. (Pausa) Él sólo me escucha. Y que un hombre te escuche es lo mejor que te puede pasar en la vida. Pero después me quedo tan vacía, tan sola. Sola de él. ¿Entendés mi drama? ¿Llegás a comprender por qué tenía que contárselo a alguien, decirlo, sacarlo afuera? (Breve pausa. Busca un álbum de fotos) Mirá. Acá tengo sus fotos. Las nuestras. (Pasas las hojas del álbum) Ves, acá al lado estoy yo.

 

MILVIA.- Pero, si él está solo.

 

EMA.- En la foto. Pero acá al lado estaba yo. (Muestra otras) Acá también. Y acá. Mirá que linda ésta.

 

MILVIA.- Pero vos no estás en ninguna.

 

EMA.- (Suspicaz) Yo no podía aparecer en las fotos, Milvia. Era un peligro. (Muestra otra foto) Ves, en esta sí salí, pero la tuve que cortar. Ves que se nota que la foto está cortada, justo al ladito de él. (Se emociona. Llora desconsoladamente, se apoya en Milvia, moquea)

 

MILVIA.- La verdad que me parece que te hacés problemas de más. Ya está. Tuviste una hija con él. Él no lo sabe, ella tampoco, tu marido, menos. Hace más de veinte años que vivís con eso. Bueno, sepultalo. Olvidate y listo. ¿Hasta ahora no hiciste como que Virginia era hija de Cliff? (Ema asiente entre llantos) Bueno, creételo vos también y listo. No hay que hacerse problemas en esta vida por nada. Por nada. Hay que ser optimista. Sé feliz. La vida está para ser vivida. Y es corta. Muy corta. Vivila y cambiá esa cara. No te quiero ver más angustiada por este tema, ni por ninguno. ¿Sí? (Ema sigue llorando)

 

APAGÓN


 

Escena II

(Cliff y Washington)

 

 

CLIFF.- No me gusta juzgar a los amigos.

 

WASH.- Pero necesito tu consejo. Por más duro que sea.

 

CLIFF.- Wash, vos sabés que la familia para mí es sagrada. Y la pareja, el matrimonio…

 

WASH.- Esto no tiene nada que ver con la familia.

 

CLIFF.- Es una calentura.

 

WASH.- No, estoy enamorado, Cliff.

 

CLIFF.- Vos te enamoraste de Milvia hace años, te casaste…

 

WASH.- No sé cómo podés pensar así, siendo tan joven. Uno no elige enamorarse de alguien. Te pasa. Y listo. Y evidentemente, yo ya no estaba tan enamorado de mi esposa.

 

CLIFF.- Una vez, un tipo casado empezó a tener un romance, una aventura con una médica del pueblo. La mujer no era casada, pero tenía una hija de seis años, por lo que este hombre no sólo tenía que verla a escondidas de su esposa, sino de la hija de ella.

 

WASH.- ¿De qué hablás?

 

CLIFF.- De un tipo que engañaba a la mujer.

 

WASH.- Eso ya lo entendí, ¿pero a dónde vas con esta historia?

 

CLIFF.- El tipo entraba a la casa de la médica por la ventana de uno de los cuartos que daba al patio de la casa. Se ponía un equipo de joguin negro. Pantalón y buzo y un pasamontañas, también negro. Como un ninja. Casi siempre llevaba un huesito para darle al perro de la médica que dormía en el patio.

 

WASH.- No me interesa la historia de tu amigo.

 

CLIFF.- No era mi amigo. Entraba y salía por la ventana, así vestido. Noche por medio. La relación duró poco. Una noche, la nena, que dormía en su pieza, se despierta y se dirige a la habitación de su madre. La nena los sorprende y el tipo, totalmente desnudo, se lanza hacia la ventana. Cuando no había terminado de pasar el cuerpo entero, la cinta del rollo de la persiana se corta o se zafa y se viene abajo, seccionándole el pene, aún erecto, por la mitad. Se lo corta. Como una guillotina. Más de medio litro de sangre sale a chorros para todos lados.

 

WASH.- ¿Por qué me contás esto?

 

CLIFF.- La médica lo llevó al hospital, pero no pudieron hacer nada para salvarle el miembro. Nunca encontraron el pene. Se lo había comido el perro. Esa noche, el tipo no le había llevado un hueso al animal.

 

WASH.- ¿Qué me querés decir?

 

CLIFF.- El tipo se salvó, pero quedó eunuco. Sin esposa, sin amante y sin posibilidad de tener ni otra esposa ni otra amante. Un despojo.

 

WASH.- Es horrible. ¿Por qué me contás esto?

 

CLIFF.- El tipo no era inteligente. Vos sí sos inteligente, Wash. Las cosas se pagan. Las infidelidades se pagan. Esa mujer con la que estás teniendo un romance no justifica la vida de tu pene. Tu pene vale más que cualquier mujer, Wash.

 

WASH.- No. La moraleja de esa historia es otra. No es que no hay que tener amantes. La moraleja es que nunca hay que olvidarse de llevarle un hueso al perro.

 

CLIFF.- Son formas de ver las cosas. El pene estaría igual cortado. Flácido, tirado en el piso del patio, debajo de la ventana, pero cortado.

 

WASH.- La moraleja es que hay que ser previsor. Llevarle un hueso al perro y controlar que la cinta de la persiana funcione bien. ¿Qué cuesta acordarse de llevar un pedazo de osobuco o un cacho de falda con hueso en el bolsillo? ¿Y la persiana? Si asegurás bien la cinta de la persiana al rollo, si ajustás bien el tornillo al agujero de la cinta, no tenés por qué sufrir sorpresas.

 

CLIFF.- Es un ejemplo lo de la persiana. Podría haber sido cualquier otra cosa. Que se cortara el pene con un vidrio de la ventana, cualquier cosa. ¿No te parece más que simbólico que, justamente, la herida del adúltero sea en el pene?

 

WASH.- Como sea, si el tipo hubiera sido previsor ni siquiera habría dormido con la médica en la casa cuando la niña estaba presente. Al evitar eso, el tipo nunca hubiera tenido que salir rajando por la ventana. ¿Acaso no tenían otro lugar de encuentro, acaso la nena no pasaba algún día a la semana con el padre?

 

CLIFF.- No existe el crimen perfecto, Wash. No existe. El adúltero hubiera sido descubierto igual. El crimen siempre paga.

 

APAGÓN

 


 

Escena III

(Cliff, Milvia, Ema y Washington. Juegan al tejo. El partido ya está iniciado. Juegan Milvia y Ema contra Cliff y Washington)

 

 

CLIFF.- El tejo, aunque parezca mentira, es un juego en el que se gasta mucha energía. Uno no se da cuenta, pero no sólo al lanzar el tejo, sino al caminar la cancha, se gasta energía. Parece un juego tonto, pero hasta les diría que es más interesante que las bochas.

 

EMA.- ¿No es igual que las bochas?

 

CLIFF.- Parecido. Pero la técnica es distinta. Las reglas son iguales, pero la técnica no. Te darás cuenta que la forma en la que hay que lanzar el tejo es muy distinta a la de una bocha. La boca rueda y el tejo se clava si intentás hacerlo rodar.

 

MILVIA.-  A mí también me parece igual. No noto la diferencia.

 

CLIFF.- Tal vez vos no notes la diferencia, pero las hay. Fijate (Lanza un tejo). Si yo lanzara así una bocha rodaría quién sabe hasta dónde. (Pausa larga) Muchas cosas en la vida no son lo que parecen.

 

MILVIA.- ¿A qué te referís?

 

CLIFF.- Hay familias que parecen felices y no lo son.

 

WASH.- (Alarmado) ¿A qué te referís?

 

CLIFF.- A eso. A las familias o parejas que parecen una cosa y son otra.

 

WASH.- (Paranoico) ¿Pero por qué decís eso ahora? Estábamos hablando del tejo.

 

CLIFF.- Bueno, sabés que soy un amante de las metáforas.

 

WASH.- ¿Por qué hablás de amantes?

 

MILVIA.- ¿Vos sabés mucho de familias que parecen lo que no son?

 

EMA.- (Alarmada) ¿De qué hablás?

 

WASH.- (Alarmado) Eso, ¿de qué hablás, mi amor?

 

MILVIA.- Nada, nada. ¿Por qué se ponen tan nerviosos?

 

WASH.- ¿Nervioso? No, es que no sé cómo llegamos desde la técnica para lanzar un cacho de madera, a los engaños y adulterios.

 

CLIFF.- ¿Quién habló de adulterios?

 

MILVIA.- Eso, ¿quién habló de adulterios?

 

WASH.- Hablaron de amantes.

 

EMA.- Basta, es un tema que no me gusta. Hablemos de otra cosa. Te toca a vos, Wash. Dale tirá.

 

WASH.- (Va a tirar su tejo) Ok. Tiro.

 

CLIFF.- Yo hablaba del tejo, que además es un juego peligroso.

 

WASH.- (Se detiene) ¿Cómo peligroso?

 

CLIFF.- Una vez, un tipo que jugaba por primera vez, tiró el tejo hacia el bochín con una ferocidad desproporcionada. Del otro lado de la cancha estaba su compañero mirando la jugada. El tejo le dio en la entrepierna. Mejor dicho, justamente entre el pene y los testículos.

 

EMA.- ¿Qué contás?

 

CLIFF.- De un tipo que le tiró un tejo a otro en la entrepierna.

 

EMA.- Eso ya lo entendí, pero ¿para qué lo contás?

 

CLIFF.- El tipo que recibió el tejazo fue hospitalizado. Parece que el tejo le aprisionó los conductos seminales, por lo que cuando el tipo tenía relaciones sexuales, el semen se quedaba en los testículos y nunca llegaba al pene. Como el tipo seguía produciendo líquido seminal, se le fueron hinchando los testículos hasta adquirir un tamaño parecido a una pelota de tenis, primero y con el tiempos a una bocha, así de grande.

 

WASH.- Basta, Cliff.

 

CLIFF.- Al tipo le tuvieron que estirpar los testículos. Lo bueno, para la ciencia, fue que utilizaron todo el semen que había en esas dos pelotas enormes que le sacaron para hacer inseminación artificial. Así que, calculan que hay unos doscientos pibes que andan por ahí y que son medio hijos de este hombre.

 

WASH.- ¿Es necesario escuchar este tipo de cosas?

 

CLIFF.- Puedo contar de un tipo que engañaba a la mujer…

 

WASH.- Basta.

 

CLIFF.- Trato de hacer amena la reunión, nada más.

 

WASH.- Estamos jugando al tejo.

 

CLIFF.- Juguemos, entonces.

 

EMA.- Eso, juguemos.

 

(Siguen jugando mientras va bajando la luz. Las aciones del tejo se van diluyendo y dan lugar al juego “Dígalo con mímica”. Es como un fundido en el cine entre una escena y la otra. Sube la luz. Se nota que han tomado alcohol y seguirán tomando durante toda la escena. Sacan papeles de un sombrero en donde se encuentran los nombres de las películas que deben representar. Juegan Cliff y Milvia contra Ema y Wash. Cuando empieza la escena el partido está iniciado hace un buen rato. El que está representando es Cliff. Cliff hace mímica para la película “Una mujer infiel”. Cliff muestra tres dedos, indicando que se trata de una frase con tres palabras)

 

MILVIA.- Tres palabras. (Cliff asiente. Luego indica que va a hacer la primera y la señala a Ema) Ella. (Cliff niega. Insiste en señalar a Ema) La. (Cliff niega e insiste en señalar a Ema) ¿Ema? ¿Esposa? Ah, pará, pará. Una. (Cliff asiente) Una… (Cliff insiste en señalar a Ema, pero también señala a Milvia) Una…

 

WASH.- (Se mete, para desorientar) Una loca. (Se ríe)

 

MILVIA.- (A Wash) Callate. (A Cliff) Dale. ¿Cómo era? (Cliff insiste) Una… Una… mujer. (Cliff asiente)

 

EMA.- Vamos que se les va el tiempo.

 

MILVIA.- No interrumpas. Una mujer... (Cliff imita a una mujer, se acerca a Wash, hace como que lo besa.)

 

WASH.- (Divertido) Salí, asqueroso.

 

EMA.- (Divertida) Una mujer gay.

 

WASH.- No, él está haciendo de mujer.

 

EMA.- Bueno, no los ayudes.

 

MILVIA.- ¿Se pueden callar? (Cliff hace como que esa mujer imaginaria se acerca a él) Una mujer… con hombres. Ah, no, eran tres palabras. Dale, hacé otra cosa.

 

EMA.- Tiempo. Tiempo. Se acabó.

 

WASH.- ¿Qué era?

 

CLIFF.- No tengo por qué decirlo. Perdimos. Se joden.

 

EMA.- Te toca a vos, Wash.

 

WASH.- (Levantándose y yendo al frente) Dale. ¿Dónde está el sombrero?

 

CLIFF.- (Se lo alcanza) Tomá. (Se sienta junto a Milvia)

 

MILVIA.- (Por lo bajo, a Cliff) ¿Qué era?

 

CLIFF.- Infiel.

 

MILVIA.- ¿Qué?

 

CLIFF.- Una mujer infiel.

 

WASH.- Ya saqué.

 

MILVIA.- Estábamos distraídos. Sacá de nuevo.

 

WASH.- Presten atención, entonces. (Wash vuelve a sacar un papel de adentro del sombrero)

 

EMA.- Dale. ¿Cuántas palabras?

 

CLIFF.- Esperen que les aviso. Tiempo. (Wash indica que se trata del título de una película de tres palabras)

 

EMA.- ¿Otra de tres palabras? ¿No habrás agarrado la misma?

 

WASH.- No.

 

CLIFF.- Sin palabras.

 

EMA.- Tiempo de nuevo.

 

CLIFF.- Está bien. Pero no interrumpan más.

 

(Wash hace la mínica de la película “Siempre te amaré”. )

 

EMA.- ¿La segunda? (Wash asiente y hace la mímica) Te. (Wash asiente y dice que hará la tercera. Hace la mímica.) Amar. (Wash indica que “más o menos”) Amor. Amaré. (Ema se paraliza)

 

CLIFF.- Vamos que se va el tiempo.

 

MILVIA.- Perdieron, perdieron.

 

WASH.- No, falta. Dale, Ema. (Ema se ha puesto seria. Mira a Cliff)

 

EMA.- (A Milvia) ¿Quién escribió los papelitos?

 

WASH.- Dale, Ema, que si la sacás termina el partido y ganamos. (Ema llora. Los mira a todos.)

 

EMA.- Cliff, sos un hijo de puta. ¿Qué estás buscando? (Sale apresurada)

 

WASH.- ¿Qué le pasó?

 

CLIFF.- No sé.

 

MILVIA.- ¿Cuál era la película?

 

WASH.- “Siempre te amaré”.

 

MILVIA.- ¿Qué película es esa?

 

WASH.- Es una de Sandro, me parece.

 

MILVIA.- (Los mira a ambos y sale por donde lo hizo Ema) Ema, Ema.

 

CLIFF.- Mujeres. (Se ríe mientras sobreviene el APAGÓN)


 

Escena IV

(Cliff y Milvia. Milvia llora)

 

 

MILVIA.- No puedo creer que lo supieras y que no me dijeras nada.

 

CLIFF.- Casi acabo de enterarme, Milvia.

 

MILVIA.- Es un hijo de puta, Cliff. Hacerme esto a mí.

 

CLIFF.- Bueno, no creo que te lo esté haciendo a vos.

 

MILVIA.- ¿Por qué, por qué me tiene que pasar esto a mí?

 

CLIFF.- Mirá, según me contó, se tratá de una pendeja del laburo. No creo que tenga más de veinte años. ¿Qué puede hacer Wash con una chica de veinte años?

 

MILVIA.- (Lo mira y llora desconsoladamente) Coger, Cliff, coger puede.

 

CLIFF.- Bueno, está bien. Pero es algo que no tiene futuro. Está bien, cogerán con los dioses. Es sabido que la piel de una chica de veinte no tiene nada que ver con una treintañera (Milvia lo mira y llora más aún), pero es una relación en la que el diálogo…

 

MILVIA.- Basta, Cliff.

 

CLIFF.- No, lo digo en serio. ¿Vos te imaginás a Wash manteniendo una charla coherente con una chica de veinte años?

 

MILVIA.- (Tratando de recomponerse) No. En eso tenés razón.

 

CLIFF.- Yo, sinceramente, me los imagino cogiendo todo el día como animales, él disfrutando como loco el cuerpo perfecto y la piel tersa de una niña de dieciocho años, deseosa de aprender los secretos más perversos del sexo, pero nada más.

 

MILVIA.- (Milvia llora más aún) ¿Dieciocho años?

 

CLIFF.- El sexo no es todo en la vida. Lo que vos construiste con Wash no es sólo sexo. Como él me decía, ustedes ya no cogían como antes y sin embargo siguen unidos. Vos que no querías nunca, él que estaba cansado de pedirte cosas que vos no estabas dispuesta a hacer en la cama. Y sin embargo, juntos. La pareja es mucho más que el sexo. (Milvia llora más aún)

 

MILVIA.- ¿Te contaba nuestras intimidades?

 

CLIFF.- Algunas. Somos muy amigos.

 

MILVIA.- Lo odio. Lo odio. Merece lo peor.

 

CLIFF.- Un tipo casado que conocí empezó a tener una aventura con una abogada del pueblo. La mujer no era casada, pero tenía dos hijas de diez y doce años, por lo que este hombre no sólo tenía que verla a escondidas de su esposa, sino de las hijas de ella.

 

MILVIA.- ¿De qué hablás?

 

CLIFF.- De un tipo que engañaba a la mujer.

 

MILVIA.- Eso ya lo entendí, ¿pero a dónde vas con esta historia?

 

CLIFF.- El tipo entraba a la casa de la abogada por la ventana de uno de los cuartos que daba al patio de la casa. Entraba y salía por la ventana. Noche por medio. La relación duró poco. Una noche, una de las nenas, que dormía en su pieza, se despierta y se dirige a la habitación de su madre. La nena los sorprende y el tipo, totalmente desnudo, se lanza hacia la ventana. Cuando no había terminado de pasar el cuerpo entero, la nena va hacia la ventana y tira de un golpe la cinta del rollo de la persiana que se corta y se viene abajo, seccionándole, al tipo, el pene, aún erecto, por la mitad. Se lo corta. Como una guillotina. Más de medio litro de sangre sale a chorros para todos lados.

 

MILVIA.- Es horrible.

 

CLIFF.- La abogada lo llevó al hospital, pero no pudieron hacer nada para salvarle el miembro. Nunca encontraron el pene. La otra nena, la menor, lo había encontrado y se lo había tirado al perro para que se lo coma. El tipo se salvó, pero quedó eunuco. Sin esposa, sin amante y sin posibilidad de tener ni otra esposa ni otra amante. Un despojo, Milvia. La esposa del tipo terminó casada en segundas nupcias con un empresario exitoso, dulce y generoso. La amante, la abogada, volvió con el padre de sus hijas y tuvieron dos niños más. Los varoncitos que antes no habían podido. (Milvia llora) No te preocupes. Las increíbles maratones de sexo que Wash está teniendo con esa adolescente perversa, desenfrenada y viciosa de dieciséis años acabarán pronto y mal. Y vos vas a ser feliz. Creéme.

 

MILVIA.- ¿Dieciséis? ¿Una adolescente? (Milvia llora)

 

CLIFF.- (Se acerca a Milvia, la abraza. Ella se apoya en su hombro. Cliff le seca algunas lágrimas de su rostro. Él le toma la cara y la besa en los labios. Es un beso corto. Se separa, como alarmado.) Perdoná, me fui al carajo. Perdoná.

 

MILVIA.- (Se toca los labios recién besados) No, sí. Está bien. No te preocupes. No, sí, te fuiste al carajo, sí, pero… (Milvia lo mira. Toma su cara entre sus manos, lo besa en los labios. Es un beso corto. Se separa, como alarmada) Perdoná. Ahora me fui al carajo yo. Perdoná.

 

CLIFF.- (Se toca los labios recién besados) No. Claro. Tenés razón. Es una locura. (Ambos se separan y se sientan bien de frente al público. No se miran. Largo silencio. Al rato se miran, se besan apasionadamente y se tocan, casi con desesperación. Es un beso largo, muy largo, mientras sobreviene el APAGÓN


 

Escena V

(Milvia y Cliff. Cliff está de espaldas levantándose los pantalones. Milvia está en bombacha, ajustándose el corpiño. Se levanta la pollera, se pone una blusa o remera. Se arregla la ropa)

 

 

MILVIA.- ¿Y Ema?

 

CLIFF.- Ema es bipolar, Milvia.

 

MILVIA.- ¿Eso qué es?

 

CLIFF.- Bipolar. Es un cortocircuito en el cerebro. Falta de litio. Anda unas semanas excitada y de golpe se deprime y anda así otras tantas semanas más, hasta que vuelve la etapa de excitación. Son períodos maníacos y depresivos. Siempre igual. El ciclo se va repitiendo.

 

MILVIA.- ¿Y ahora en qué estado está?

 

CLIFF.- Medio excitada.

 

MILVIA.- Yo la vi preocupada, como deprimida.

 

CLIFF.- No, cuando está deprimida ni habla, la pobrecita. ¿No viste que hay semanas en que se la pasa sin llamarte, siquiera? Lo que pasa que a veces, como ahora, tiene períodos mixtos.

 

MILVIA.- ¿Mixtos?

 

CLIFF.- Sí. Maníacos y depresivos a la vez. Una complicación con la medicación. Cuando está maníaca tiene que tomar un estabilizador para la excitación y cuando está depresiva, otro distinto. Cuando está en el estado mixto mucho no se sabe qué hacer y entonces ella se toma un par de pastillas del estabilizador de la manía y un par de pastillas del antidepresivo. Ahí queda como tarada, anda por la casa diciendo boludeces, se bambolea, como si estuviera bailando un vals, pero sola.

 

MILVIA.- ¿Y fabula?

 

CLIFF.- ¿Qué querés decir?

 

MILVIA.- Si inventa cosas, hechos que cree que le pasaron.

 

(Pausa)

 

CLIFF.- (Se ríe) ¿No me digas…? ¿No me digas que te contó lo de Sandro? (Milvia se paraliza) ¿Sabés de qué te hablo? (Milvia sigue paralizada) Dice que Virginia es hija de Sandro y que el tipo compuso la canción “Rosa, rosa” en homenaje a ella. ¿Viste que ella es fanática de Sandro, que no se lo pierde nunca? Bueno, se inventó un romance con Sandro… Una pavada. Como tantas que dice y hace por esa puta enfermedad. ¿Sabías que su verdadero nombre de pila es Rosa?

 

MILVIA.- (Como atontada por la información) ¿Eh? Sí.

 

CLIFF.- La madre de Rosa quería ponerle Rosa de nombre, como la abuela de Ema, que se llamaba Rosa. Bueno resulta que la bautizan como Rosa, pero el padre siempre le dijo Ema. Desde chiquita. Nadie sabía bien por qué, pero todos se acostumbraron. Como cuando a un chico le ponen un sobrenombre, ¿viste? Bueno, le dicen Ema y Ema y Ema y todos se van olvidando que la nena se llamaba Rosa.

 

MILVIA.- ¿Pero, el padre de Ema no murió antes de que ella naciera?

 

CLIFF.- ¿Quién te dijo eso? No, el padre de Ema vive todavía. En Arkansas, Estados Unidos. No lo vemos nunca, pero vive. (Milvia lo mira desconcertada) Sigo con lo de Ema y Rosa. Muchos años después, descubren que el padre de Ema tenía una amante, otra esposa, mejor dicho, una familia paralela. La otra mujer del padre de Ema, se llamaba, justamente, Ema. Cuando esto se descubrió, los padres de Ema… Ema-Rosa, digamos, la mía; se separan. Y el padre de Ema se va a Estados Unidos a vivir con Ema… Ema la otra, la amante. A partir de ahí, todos seguimos llamando a Ema, Ema, salvo la madre de Ema, que la llamaba Rosa.

 

MILVIA.- Claro, la madre de Ema, llamaba Ema a la nueva esposa del padre de Rosa-Ema.

 

CLIFF.- No, a ella la llamaba Turra.

 

MILVIA.- ¿Pero por qué Ema… la tuya, me contó, hace tiempo, que el padre había muerto de esclerosis múltiple?

 

CLIFF.- La bipolaridad. Es una enfermedad mucho más común de lo que la gente cree.

 

MILVIA.- (Pensativa) ¿Wash no será bipolar? Cuando anda deprimido está conmigo y cuando anda maníaco se busca pendejas.

 

CLIFF.- Puede ser. Todo es posible. La verdad que andar correteando nenas de quince años no es de gente normal. Algún problema tiene.

 

MILVIA.- ¿Quince años?

 

APAGÓN


 

Escena VI

(Ema y Washington)

 

 

EMA.- La verdad, no me parece tan grave. Si se trata de una cañita al aire, lo importante es que Milvia no se entere para que no sufra, la pobre.

 

WASH.- Pero no se trata de una cañita al aire.

 

EMA.- Bueno, nada es eterno. Si tu relación con Milvia no da para más, bueno, no da para más. No creo que tengas que hacerte tanto problema por eso.

 

WASH.- Creo que sospecha algo.

 

EMA.- ¿Te dijo alguna cosa? Te mandó alguna indirecta.

 

WASH.- No, pero está rara. Y por las cosas que me dijo Cliff, creo que pudo haberle contado.

 

EMA.- Cliff es capaz de todo.

 

WASH.- ¿Qué querés decir?

 

EMA.- Con su enfermedad,  Cliff es impredecible, el pobrecito.

 

WASH.- ¿Enfermedad?

 

EMA.- Sí, creí que sabías.

 

WASH.- No. Decíme.

 

EMA.- Es bipolar.

 

WASH.- ¿Qué es eso?

 

EMA.- Es una enfermedad de la cabeza. Él es de los mixtos. Es maníaco y depresivo a la vez. Inventa historias, dice pavadas. ¿No viste las estupideces que dijo sobre el tejo? Vive haciendo y diciendo pavadas por esa puta enfermedad.

 

WASH.- A mí me contó una historia de un tipo de engañaba a la mujer…

 

EMA.- ¿El tipo que tenía una amante contadora pública que tenía un hijito…?

 

WASH.- No, ésta era de un tipo que tenía una amante que era médica y tenía una hija de seis años. Una nena.

 

EMA.- Bueno. Es lo mismo. Según cuándo la cuente le cambia algunos detalles. En general son la profesión de la mina y la cantidad y sexo de los hijos. Pero siempre termina con que al tipo le cortan el pene con una tijera…

 

WASH.- Con la persiana de la ventana.

 

EMA.- Ah, esa no la conocía. Debe ser una nueva versión. (Pausa) Pobre, no hay caso, los médicos no le pegan con la medicación. Vos no sabés lo difícil que es vivir con un hombre como él. Pero volviendo a lo tuyo, yo creo que no es para tanto, que tenés que disfrutar de la vida y no hacerte muchos problemas por cosas que no tienen sentido. La vida está para ser vivida y es corta, muy corta. Eso se lo decía siempre mi abuela a mi mamá y mi mamá me lo repetía siempre a mí. Y lo de la mujer ésta, bueno, ya se te va a pasar. Pecados de juventud.

 

WASH.- Yo ya tengo treinta y cinco años, Ema. Pero gracias por el consejo. Ya no sabía con quién hablarlo. Estaba desesperado. Lo tenía como atragantado, atravesado, en la tráquea. Y gracias por escucharme. Que una mujer te escuche es lo mejor que te puede pasar en la vida. Cliff fue tan duro conmigo. Pero ahora entiendo.

 

EMA.- Me alegra que te sirva de algo hablar conmigo.

 

WASH.- ¿Vos creés, entonces, que hay que hacer lo que uno siente, lo que uno cree que es lo mejor para uno, aunque eso dañe a los demás?

 

EMA.- No hay que dejar asignaturas pendientes en la vida, Wash. Hay que jugarse por las cosas que uno siente, que uno quiere. Hay que intentar ser feliz, Wash.

 

WASH.- Tenés razón.

 

EMA.- ¿Y la chica, qué edad tiene?

 

WASH.- No es una chica. Tiene cuarenta años. Es una señora. (Pausa) Creo que estoy enamorado, Ema.

 

APAGÓN


 

Escena VII

(Milvia y Ema)

 

 

MILVIA.- Wash es bipolar.

 

EMA.- ¿Él también?

 

MILVIA.- Sí. Por eso te lo cuento a vos.

 

EMA.- Es una plaga, una epidemia. Ahora, está muy de moda esto de las epidemias. Deben venir de África, por los monos.

 

MILVIA.- Mucha más gente de la que pensamos es bipolar.

 

EMA.- Decímelo a mí. No aguanto más. Creo que voy a explotar. No aguanto más vivir así.

 

MILVIA.- Sí, justamente, por eso te lo digo. Pero no creo que venga de los monos.

 

EMA.- Es una enfermedad terrible. Pero yo me refería a otra cosa.

 

MILVIA.- No sé qué hacer.

 

EMA.- Yo te puedo ayudar. Tengo experiencia. Aunque ahora eso me tenga en crisis.

 

MILVIA.- Por eso te lo planteo. Vos no me habías contado nada. No sabía si te molestaba hablar de tema, pero para mí sería muy importante tu consejo.

 

EMA.- Contá conmigo. Estamos en parecida situación.

 

MILVIA.- Sí, están en la misma situación. Por eso pensé que me podías ayudar a manejarlo.

 

EMA.- La bipolaridad es terrible, nena, terrible. Te hace hacer y decir cada cosa.

 

MILVIA.- Eso pensé cuando me enteré y recordé la historia de… (Duda en decir “Sandro”) …de este hombre y vos.

 

EMA.- (Se refiere a Cliff) Bueno, llamarlo “este hombre”. Llevo una vida entera con él.

 

MILVIA.- ¿Insistís?

 

EMA.- Es durísimo.

 

MILVIA.- ¿Siempre se ponen mujeriegos en la etapa maníaca?

 

EMA.- No es mi caso. Creo.

 

MILVIA.- No, me refiero a los hombres.

 

EMA.- Por eso, no es mi caso.

 

MILVIA.- Claro.

 

EMA.- Claro. No me ha pasado. Que yo sepa. (Queriendo indagar) ¿Pero… Wash es mujeriego…vos sabés algo de Wash?

 

MILVIA.- No quiero hablar de eso. Quiero hablar de la enfermedad de ustedes.

 

EMA.-  De ellos.

 

MILVIA.- ¿Qué ellos?

 

EMA.- Ellos. Los hombres.

 

MILVIA.- Bueno, sí, me interesa particularmente cómo afecta la bipolaridad en los hombres, en su sexualidad, en sus relaciones.

 

EMA.- Milvia, a un bipolar le cambia la conducta. No digo que se parezca a la esquizofrenia, porque no está demostrado que se escuchan voces y esas cosas, pero más o menos… la que era esquizofrénica era Juana de Arco. ¿Viste que ella escuchaba las voces de San Agustín y de Dios?

 

MILVIA.- ¿De qué hablás, ahora?

 

EMA.- De Juana de Arco. ¿Te acordás? (Milvia no contesta) Una campesina que vivió sólo diecinueve años y que se convirtió en una líder militar en Francia. ¿No viste la película? Te tenés que acordar. Era durante la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia. Una sacada la piba. Rezaba y hacía la guerra. Una varonera. La tipa era lesbiana. Lesbiana y esquizofrénica. Escuchaba voces y se vestía de hombre. La incineraron a la enfermita. (Mira a Milvia que no le contesta) La hoguera. Juana de Arco. ¿No te suena?

 

MILVIA.- ¿Podemos volver a la bipolaridad o estás en un día de esos?

 

EMA.- Perdoname. Es que no doy más. Creo que voy a tomar una decisión drástica.

 

MILVIA.- Por favor, Ema, ¿Qué decís?

 

EMA.- Es que no doy más. Vos lo sabés. Ya lo hablamos.

 

MILVIA.- ¿Qué decís?

 

EMA.- Tengo que tomar una decisión drástica. No es posible vivir así.

 

MILVIA.- Me asustás. No hagas locuras, por favor.

 

APAGÓN


 

Escena VIII

(Wash y Cliff)

 

WASH.- Bien, qué se yo. Creo que fue un poco apresurado irnos a vivir juntos. Es tan difícil entender a una mujer.

 

CLIFF.- No. Lo difícil es escucharlas.

 

WASH.- Hablo en serio.

 

CLIFF.- Los tonos de la voz femenina toman toda el área auditiva del cerebro masculino, mientras que la voz de un hombre sólo requiere del área subtalámica. Las mujeres tienen una voz natural con tonos más complejos, que demandan que todo el cerebro esté en juego, prestando atención.

 

WASH.- ¿Qué querés decir?

 

CLIFF.- Que por eso los hombres no puedan sostener la atención durante mucho tiempo en un diálogo con una mujer.

 

WASH.- No me refería necesariamente a eso.

 

CLIFF.- Una vez, un hombre…

 

WASH.- (Lo interrumpe) No, por favor, Cliff.

 

CLIFF.- (Sin escularlo) Una vez, un hombre llegó a perforarse los tímpanos con tal de no tener que escuchar más la voz de su mujer. Se los perforó con un punzón. No se mató de casualidad. El tipo quedó completamente sordo, pero la mujer no se resignó y le hablaba por señas. Dicen que el tipo no tuvo más problemas con la mujer. Lo terrible no era lo que la mujer le decía, sino su tono de voz. Lo que te explicaba antes. El tono de voz de las mujeres demanda que el cerebro del hombre tenga que estar todo entero pendiente de lo que están diciendo. Es cierto que es preferible escuchar a Ema todo el día que tener un mimo en la casa haciéndome señas constantemente, pero lo de la voz femenina es verdad.

 

WASH.- Me refería a otra cosa. Pero, además, la decisión de mudarnos juntos le afectó el doble a Milvia.

 

CLIFF.- Sí, pobrecita. Que te fueras a vivir con la otra mina, terminó de destruirla.

 

WASH.- La verdad es que te agradezco que la acompañes tanto. Lo lógico hubiera sido que lo haga Ema, pero…

 

CLIFF.- Ema no puede con ella misma, Wash. Por suerte conseguí que se vaya a vivir con la madre y el hermano. A veces creo que es le paso previo a una internación.

 

WASH.- ¿Internación? ¿De qué hablás?

 

CLIFF.- Ella quería irse a Arkansas, con el padre, pero me parecía una locura. Además, no sabe inglés. ¿Te la imaginás a Ema en Arkansas? ¿Y la confusión de nombres?

 

WASH.- ¿Cómo?

 

CLIFF.- Ah, vos no sabés.  La esposa del padre de Ema se llama también Ema. Bah, Ema no se llama Ema.

 

WASH.- ¿Qué decís?

 

CLIFF.- Es fácil. Ema, mi esposa, se llama, en realidad Rosa, pero se puso Ema. Y la esposa del padre de Ema, se llama Ema.

 

WASH.- ¡Qué casualidad!

 

CLIFF.- No, ninguna casualidad. Parece que cuando Ema, mi esposa, se enteró de que el padre tenía una amante que se llamaba Ema, creyó que no la quería más. Ella sentía que el padre la había reemplazado por su nueva mujer. Entonces, celosa de la nueva relación del padre, se cambió el nombre por el de esta mujer.

 

WASH.- ¿Y ahora se quería ir a vivir con ella?

 

CLIFF.- Para competir, para tratar de recuperar el afecto del padre. Un poco tarde, pero esa debía ser la razón. Imaginate al padre, confundido, teniendo a dos Emas. Un lío las dos Emas en una misma casa, en Arkansas. El tipo gritando “Ema”, para llamar a una de las dos y que aparezca la otra o que aparezcan las dos juntas. Un lío, la verdad. Por suerte la convencimos de que se mude con la madre. Creo que la semana próxima se va.

 

WASH.- Y vos ¿te sentís bien sólo?

 

CLIFF.- Sí, estoy tranquilo. Tranquilo.

 

WASH.- Yo no puedo. Necesito siempre una mujer a mi lado.

 

CLIFF.- Había una vez, un tipo que…

 

WASH.- Basta, Cliff. Estabamos hablando de mí, de Milvia. No hablábamos de la historia de ningún tipo.

 

CLIFF.- Está bien. Sabés que no voy a aprobar nunca lo que le hiciste a Milvia, pero en lo que respecta a tu estado de ánimo, podés contar conmigo para lo que necesites. En cuanto a la decisión que tomaste, sabés que siempre voy a estar del lado de Milvia, del lado del matrimonio, de lo estable. En fin. Lo mío con Ema es otra cosa, tiene que ver con otra cosa. Cuando hay alteraciones de la conducta…

 

WASH.- Justamente, ¿cómo andás con eso?

 

CLIFF.- Ya te dije: yo bien, bien.

 

WASH.- ¿Estás bajo control?

 

CLIFF.- Todo bajo control, Wash.

 

WASH.- Me alegro. Me alegro mucho y te vuelvo a agradecer lo que hacés por Milvia.

 

CLIFF.- Para mí es un placer. ¿Somos amigos o no somos amigos? APAGÓN


 

Escena IX

(Milvia y Ema. Ema arma una valija)

 

 

MILVIA.- Me parece una locura.

 

EMA.- Vos estás peleada con el amor por lo que te pasó con Washington y hablás desde ahí. Estás resentida con el amor.

 

MILVIA.- Nada que ver. No estoy peleada con el amor, ni nada por el estilo.

 

EMA.- Te sentís frustrada y hablás con ese resentimiento hacia los hombres.

 

MILVIA.- Te digo que no es así.

 

EMA.- Pero éste no es cualquier hombre.

 

MILVIA.- No estoy resentida con nadie, pero me parece que es una locura lo que vas a hacer. Casi te diría, un papelón.

 

EMA.- Voy a asumir que soy lo que soy.

 

MILVIA.- Es que no te puedo creer que todo eso sea verdad y me parece que vas a hacer el ridículo, que nadie te va a creer, que le vas a crear un problema a un tipo que ni siquiera conocés…

 

EMA.- ¿Hablaste con Cliff? Hablaste con Cliff.

 

MILVIA.- Me había dicho que la idea era otra.

 

EMA.- Ves que hablaste con él. Cliff te metió esas ideas en la cabeza. Desde que se enteró, no lo puede asumir y dice que estoy loca. Pero vos deberías creerme, confiar en mí, Milvia.

 

MILVIA.- Reconocé que es difícil creerte.

 

EMA.- Mañana doy una conferencia de prensa, se lo cuento a todo el mundo.

 

MILVIA.- Vas a hacer un papelón.

 

EMA.- No entiendo por qué.

 

MILVIA.- ¿Pensás que te van a creer?

 

EMA.- Bueno, si mi amiga no me creé…

 

MILVIA.- Es una locura, Ema, una locura.

 

EMA.- Mañana doy la conferencia de prensa y me mudo a su casa de Banfield. Voy a ser su mujer de una vez por todas.

 

MILVIA.- No podés estar hablando en serio.

 

EMA.- Nunca hablé más en serio en mi vida. Lo voy a asistir en todo, porque voy a ser su secretaria, además. Su mujer y su secretaria. Le voy a organizar los recitales en el Gran Rex. Voy a elegir las fotos para las tapas de sus discos. Le voy a lustrar las botas. Preparar la comida. Todo. Le voy a sostener la manguerita del tubo de oxígeno. Le voy a planchar la bata roja. Todo. (Milvia no contesta. La mira desconcertada) Lo que te agradezco es que te quedes a contener a Virginia. Ya es grande, pero para ella esto es muy fuerte y necesita una mujer en la casa que la contenga. Y yo no estoy para eso, ahora. Además, ¿para qué te vas a quedar sola en tu departamento? ¿Para llorar todo el día? ¿Para pensar pavadas? Quedate acá, con Virginia y con Cliff. Yo, en cambio, decidí ser egoísta, Milvia. Algún día, tal vez, Virginia quiera conocer personalmente a su verdadero padre, pero no es el momento. Una vez en la vida quiero pensar en mí. Siempre pensando y viviendo la vida de los demás. Me cansé. Me cansé. Voy a ser yo misma de una vez por todas. Voy a ser maravillosa de una vez por todas. Y se lo voy a decir a todo el mundo. Lo voy a gritar a los cuatro vientos. Le voy a decir a todo el mundo que soy su mujer, su amante, la madre de su hija, la Maravillosa. Maravillosa. Esa soy yo. La Maravillosa. Y voy a ser feliz.

 

(Empieza a escucharse la canción “Rosa, rosa” de Sandro. Sube la música. Sobreviene el APAGÓN FINAL)

 

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

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