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LA VIDA EN LA CALLE DE LOS MUERTOS

de  Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

LA VIDA EN LA CALLE DE LOS MUERTOS

(Entremés)

Autor: Raimundo Francés

bea45azul@yahoo.com

A mi querida esposa, a Jacinto Collado, a Loli Gómez, y a otros amigos, que nacieron y vivieron felices en la calle de los muertos.

Duración: 15 minutos.

PERSONAJES – PEPE y su esposa PURI (Ambos de entre 55 y 70 años)

VESTUARIO – Clásico

ESCENARIO – Clásico, simulando una sala de estar.    

Nota: El autor se permite simular literalmente el lenguaje del sur, por tratarse de una obra peculiar de comedia andaluza e inspirada en hechos reales en una localidad del sur.

Pepe y Puri se encuentran sentados en su sofá. Pepe sostiene un vaso con alguna bebida en su mano derecha. Puri, simula que hace zapping con el mando de la tele.

 

PURI - ¿Te acuerdas, Pepe?

PEPE - ¿De qué, criatura?

PURI – De cuando vivía yo en la calle de los muertos.

PEPE – Sí, pero de eso, hace ya muchos años.

PURI - ¡Qué bien se vivía allí, verdad?

PEPE - ¿Allí, dónde?

PURI - ¡Dónde va a ser, Pepe? ¡En la calle de los muertos, donde yo nací!

PEPE - ¿Dónde tú naciste?

PURI - ¡Todavía no te has enterao’? ¿Cuántas veces te lo habré dicho?

PEPE - ¿El qué?

PURI - ¡Coño, eso! , que yo allí, fue donde vi la luz.

PEPE - ¿Dónde?

PURI - ¿Dónde va a ser, Pepe? ¡Allí, en la calle de los muertos!

PEPE - ¿Que tú viste allí una luz, en la calle de los muertos?

PURI - ¡Chiquillo! ¡Que no me entiendes! Te estoy diciendo que allí, en la calle de los muertos fue donde yo nací’ !

PEPE - ¡Ah, ya! Pero eso, lo sabía yo ya.

PURI - ¡Por eso! Y allí, viví yo muy feliz. ¡Vamos! Es que lo tengo tó’ grabaíto’ en mi mente.

PEPE - ¡Hombre! Allí fue donde yo te conocí cuando tú eras…

(Haciendo con el brazo la simulación de una supuesta altura)

… una cosita  así.

PURI - ¿Te acuerdas? Cuando tú me conociste, yo estaba echando todavía los colmillos.

PEPE - ¡En el callejón de los muertos? ¡Hombre! , cuando yo te conocí, tú eras ya una chavalilla así, como “la Loli”, “La Nena”, y muchas más.

PURI - ¡Hombre! Pero no me negarás, que las niñas de la calle de los muertos, éramos todas, unos angelitos.

PEPE – Po` sí. Cada vez que me acuerdo de cuando ibais a la esquina donde trabajaba aquel hombre, decentemente, mu` tranquilo, y le echábais una tanda de palabrotas…

PURI - ¿A quién? ¿Al lapidario?

PEPE – Sí, a aquel pobre hombre, que no hacía más que trabajar, el muchacho, con sus lápidas, to´el santo día con el cincel y el martillo en las manos, y sudando… Porque aquel hombre ni tenía vacaciones de verano, ni ná de ná, porque, como muertos había tó los días…

Y ustedes, los angelitos, como tú dices, gritándole: “Sebastián… ¡Tus muertos! “

PURI- ¡Ja, ja! ¡Ay, no me lo recuerdes!

PEPE - ¡Qué angelitos!

PURI – Pepe, es que aquel tío, que por cierto, era más grande y más feo que el monstruo de Frankestein, no nos quería dar ni un cachito chiquitito de piedra de lo que le sobraba de las lápidas pa` nosotras poder jugar al “tocadé”. 

PEPE – Sí, pero eso no era motivo pa` que ustedes se cagaran en sus muertos. Que aquel hombre vivía con sus muertos, y comía de los muertos, desde mu` jovencito. ¡Que eso lo sé yo!

PURI - ¡Hijo, es que era mu` feo, mu´ feo! ¡Era más feo… que pegarle a un muerto!

PEPE – Sí, pero… ¿No me has dicho siempre que esa calle era una calle, de gente mu´educá’ ?

PURI - ¿Educada? ¡Vamos! ¡Que no había una calle en toa´ la ciudad donde viviera gente más educá´ que en la calle de los muertos, donde yo vivía!

PEPE – Po` hija… yo no sé… ¡Qué quieres que te diga…?

PURI – Tú, fíjate si era gente educá´, que cuando pasaba un entierro, la gente salía a la puerta, y le decía al muerto “¡Vaya usted con Dios!”

PEPE - ¡Vaya con la callecita de los cojones…!

PURI – Y, además, era una calle mu´ iluminá, y muy silenciosa, que allí, solo se oía las pisás’  de los caballos.

PEPE - ¿Qué caballos?

PURI - ¡Qué caballos van a ser, Pepe? ¡Los de los entierros!

PEPE - ¡Ah, ya! Es verdad. ¿Y por eso te gustaba vivir en la calle de los muertos?

PURI - ¡Hombre! Y porque la calle de los muertos era una calle que inspiraba mucho respeto.

PEPE – Igual que todas, ¿no?

PURI – No. Igual que todas, no. La calle de los muertos, donde yo nací, a la gente, le daba… como una cosa así…

PEPE - ¿A la gente na´ más? ¿Y a los animales? ¿También les infundía respeto a los animales?

PURI – También.

PEPE - ¿Ah, sí? O sea, que los perros se podían hacer pipí en toas’ las esquinas, pero si estaban reventando en la calle de los muertos, se aguantaban, y pasaban de largo, ¿no?

PURI - ¡Ah! ¿Tú, no me crees, no? ¿Tú no sabías que en la calle de los muertos cuando pasaba un entierro, los caballos no se cagaban hasta que llegaban a unos diez metros del cementerio?

PEPE - ¿Hasta el cementerio? ¿Aguantando, los pobres animalitos, hasta el cementerio? ¡Con lo larga que es la calle de los muertos? ¡Anda ya!

PURI - ¡Mira! Pregúntale a Miguelín, o al hermano. No, al hermano no, que ya se ha muerto, el pobre. Pero, que yo sé lo que estoy diciendo. Cuando los caballos empezaban a largar, ya iban por lo menos por la huerta de Zambonino, que tú sabes que estaba pegaíta´al cementerio. Pero allí, en mi calle… ¡nunca!

PEPE – O sea que, to’ los cagajones los soltaban delante del cementerio, ¿no? Eso es como… como cagarse en los muertos, ¿o no?

PURI - ¡Hombre, no! Los caballos hacían sus necesidades pero ya, cuando iban por la huerta, pero no antes.

PEPE - ¡Eso! Y después… ¿quién se encargaba de recoger toa’ aquella mierda?  Porque alguien tendría que ir detrás del entierro y recogerla, ¿no?

PURI - ¿Pero, quién iba a ser, Pepe? Cuando ya se iban los del entierro, salía Antonio Juan con un saco mu’ grande y recogía to’ los cagajones pa’ abonar la huerta. Porque tú sabrás que los cagajones de los caballos son el mejor abono que hay pa’ la tierra, ¿no?

PEPE - ¡Claro! A lo mejor, por eso, los tomates de la huerta de Zambonino, no eran tomates, que eran como melones de Villaconejos. Que mi madre iba a comprarle a Zambonino un kilito de tomates  y venía con un tomate na’ más. Pero ese tomate duraba pa’ la ensalá de cinco o seis días.

PURI – Sí, señor. Y luego, mi hermana, y muchas chavalas, iban hasta allí con una cesta, y se traían también unos pocos de cagajones, porque en las azoteas de la calle de los muertos había muchas macetas.Porque tó’ el mundo tenía macetas, y no veas, con aquel abono tan bueno, las flores que echaban las macetas.

 Las flores caían asomando por lo pretiles, que aquello parecía los jardines de Murillo. ¡Y no veas los olores ¡ Mi calle olía a rosas, a jazmín, a la dama de noche, y a tó’ los olores de aquellas flores. Aquello era, una bendición.

Por eso, te digo, que mi calle, la calle de los muertos, era una maravilla de calle. 

PURI  - Además, pa’ que veas tú que mi calle, la calle de los muertos, tenía un algo, que cada vez que pasaba un entierro, a la miajita, llovía. Y ya, se quedaba la calle limpita del tó’.

PEPE - ¡Mira, qué bien! Y tú, por eso, sigues echando de menos tu calle, ¿no?

PURI – Yo sí.

PEPE - ¡Coño, Puri! ¡Si nosotros vivimos aquí al lao`! Si detrás de nosotros está la calle de los muertos, ¡qué más te da?

PURI – Sí, Pepe, pero no es lo mismo.

PEPE - O sea, que si tú pudieras, vendías esta casa y le comprarías a José Luis la de su familia, que sigue estando en la calle de los muertos. 

PURI - ¡Hombre! ¿Tú qué crees, que yo no le he preguntao’ ?

PEPE - ¿Que qué?

PURI – No, que como me enteré de que vendía la casa, po’ le pregunté, pero quiere muchos millones.

PEPE - ¿Cuántos?

PURI – Cuarenta millones.

PEPE - ¡Cuarenta millones por una casa en la calle de los muertos? ¡Por Dios y la virgen!

PURI – Sí, Pepe, pero es que la casa tiene patio, tiene un jardín delante, tiene un sótano… ¡Vamos! Que es mu’ grande, y tiene de tó’.

PEPE – Sí, pero esa casa está allí, mu alejá, y mu’ sola ¿no?

PURI - ¿Mu sola? Pero eso es ahora. Antes, era una casa pa’ vivir allí. ¡Con tó’ los entierros que pasaban por delante casi tó’ los días! ¡Po’ anda que la calle no tenía alegría, ni ná! Coches de caballos pa’ arriba, coches de caballos pa’ abajo…

PEPE – Sí, vamos, que aquello era… como si fuese la Romería del Rocío, ¿no?

PURI – Po’ mira. Algo parecío’. Porque, están los coches de caballos, que van preciosos, y toa’ la gente detrás, rezando… ¡Vamos! Igual que en El Rocío. ¿O no?

PEPE – Sí, hombre. Lo que pasa es que hay una pequeña diferencia.

PURI - ¿Si? ¿Cuál?

PEPE - ¡Hombre! Que la gente en el Rocío se harta de cantar, y allí, en la calle de los muertos…

PURI - ¡Miraaaa! ¡Cómo se nota que tú no has vivío’ allí, en la calle de los muertos! ¡Mira! Cuando se despedía el duelo y ya el coche con el féretro se iba solo hasta el cementerio, porque los caballos son mu’ listos y se sabían mu’ bien el camino, to’ los hombres se metían en el bar.

PEPE - ¿En el bar? ¿En qué bar?

PURI - ¡Coño, Pepe! ¿En cuál va a ser? En el bar de “La Bahía”,  que estaba en la mitad de la calle de los muertos, haciendo esquina. ¿No te acuerdas?

PEPE - ¡Ah, sí! Es que, como me llevé tantos años de policía en Madrid, ya se me había olvidao’.

PURI – Pues, eso. Que como tú sabes, existe el dicho ese.

PEPE - ¿Qué dicho?

PURI - ¡Chiquillo! ¿Es que no te acuerdas? Ese, que dice: “Si vas a un entierro y no bebes vino, es que el tuyo, viene de camino”.

PEPE - ¡Ah, sí! Es verdad. ¿Y eso qué coño tiene que ver con lo de cantar, Purita?

PURI - ¡Coño, Pepe! Está claro, ¿no? Porque muchos hombres salían del bar ya con unas cuantas copitas, y bajaban la calle, unos, cantando, y los otros, tocándoles las palmas o diciéndoles: ”¡Olé!”

PEPE - ¡Joé! ¿Y qué cantaban? ¿Se puede saber?

PURI – Po’ Pepe, ¿qué iban a cantar? Po’ esos cantes, por Juanito Valderrama, y por Antonio Molina, y algunos sabían cantar mu’ bien por Farina. Con un peazo’ de voz que despertaba a un muerto.  ¡Y anda  que no cantaban bien!

Tú fíjate si cantaban con arte, que la gente de mi calle, se subía a la azotea a escucharles, y hasta les tiraban dinerito y todo. Y había una vecina que siempre decía:

“¡Ole! ¡Así se canta picha! ¡Qué arte tienes, hijo!

PEPE – Desde luego… ¡Y venían de un entierro! Que, seguramente, el muerto estaba todavía hasta calentito.

PURI - ¡Bueno! Lo que pasa es que, en aquellos tiempos, no había eso de “Operación Triunfo”, ni ná de eso, que si no, esa gente se llevaba el primer premio. No, que los pobres, se pasaban el día entero trabajando como mulos, y cuando salían, ya vestidos como Dios manda, era solamente pa’ ir a misa, o pa’ ir a un entierro.

¡Y claro!, pa’ cantar un fandango con arte, tenía que esperar a que se muriera alguien, y después de tomarse dos copitas en el bar de La Bahía.

PEPE - ¡Je, je! Tiene gracia. Es que, Puri, tú sabes que eso de cantar en aquellos tiempos estaba mu’ mal visto.

Acuérdate de que en muchos bares se ponía un cartelito que decía “SE PROHIBE EL CANTE”.

PURI – Sí, y yo sé por qué, pero de eso es mejor no hablar.

PEPE - ¡Bueno! Me voy a tener que marchar.

PURI - ¿Ahora? ¿Y a dónde puñetas vas a ir ahora, si se puede saber?

PEPE – Al tanatorio.

PURI - ¿Al tanatorio?  ¿Y pa’ qué?

PEPE - ¡Coño, Puri! ¡Po’ pa’ qué va a ser? Pa’ darle el pésame a la familia de un amigo mío, que el pobre,  falleció ayer.

PURI - ¡Vaya por Dios! ¿Y qué vas a hacer después, cuando salgas de allí? 

PEPE - ¡Hombre! ¿Qué quieres que haga? Po’ entraré en el bar de La Bahía, me tomaré dos copazos, y cuando salga de allí, me echaré un cante por Valderrama, como está mandao’, ¿no?

PURI - ¡Ah, mu’ bien! Que vea la gente la alegría que hay todavía en mi calle.

PEPE – Je, je.  ¡Oye, Purita! Y yo digo una cosa. Con lo especial que era la gente de este pueblo, ¿la gente pasaba por la calle, así, sin entierros, como el que va a un mandaillo, o a lo mejor pa´ ir al cementerio andando pa’ llevarle flores a los familiares muertos? Porque aquella calle era, como una calle normal, ¿no?

Además, que pa’ ir al mercao’ de abastos, no venía mu’ mal tampoco, porque se cortaba camino, ¿no?

PURI - ¡Bueno, Pepe! Tú sabes que gente… hay gente pa’ tó’ ¿no?

PEPE – Por eso te preguntaba.

PURI - ¡Hombre! Si quieres que te diga la verdad, yo sé que había alguna mujer, bueno, por no decir “algunas mujeres”, que serían un poquillo así… supersticiosas, y cuando pasaban por la esquina agarrás’ del brazo de los maríos’, yo sé que algunas decían:

“¡Vaya callecita, hijo! Por aquí sí que yo no paso… ¡ni muerta!

PEPE – Pero, al final, pasaría, aunque ya muerta, ¿no?

PURI - ¡Hombre, claro! Pero pasó. Porque viva, viva, seguro que no pasaría en toda su puñetera vida, porque como era tan “pija” y tan “delicada” ella. Pero, pasó.

PEPE - ¡Je, je! 

PURI – Es que, como ella, había mucha gente, que al pasar por mi calle, sentían, así… una cosa en los brazos… como un “repelús”… tú me entiendes, ¿no?

PEPE - ¡Hombre! Tanto como entenderte… si hago un esfuerzo, a lo mejor lo consigo, pero, aguantarte… esdo ya es otra cosa, ¿eh? Porque, para mucha gente, tu calle era… ¡Vamos! ¡Pa’ morirse! Pero hija, tú hablas de la calle de los muertos, como si tu calle fuera Disneylandia.

PEPE - ¡Je, je, je! ¡Qué gracia, hijo” ¡Ay que ver, la vida que había en la calle de los muertos, verdad Purita?  ¡Je, je!

PURI - ¡Sí, señor! En mi calle había mucha vida. Parecía una calle mu’ triste, pero de eso, ná’  que en mi calle, había alegría por toas’  las esquinas.

PEPE – Oye, Purita. ¿Y eso que cuentan del curita aquel, el que iba siempre acompañando al entierro, era verdad?

PURI - ¿El qué? Lo del padre…

PEPE – Sí, pero no digas nombre, no se vaya a enterar el obispo y le caiga la excomunión esa.

PURI - ¿La excomunión? ¡ Pero, Pepe! ¡Si el padre… bueno, el curita aquel, que era mu’ bajito y mu’ gruñón, tiene que estar ya bajo tierra hace un montón de años!  

PEPE – Sí, pero eso no tiene ná’ que ver. Que yo sé, que una vez, un papa, mandó sacar el esqueleto de un cura, lo sentó en una silla delante de él, le formó un juicio, pero en toda regla, ¿eh?, y después, lo mandó enterrar otra vez. Que tú, a los curas, no los conoces mu’ bien todavía.

PURI – Ya. Pero no te vayas, que te voy a contar otra anécdota, de esas que se cuentan, de lo que pasaba en mi calle.

PEPE – No me extraña. Porque, en una calle como la tuya, puede pasár de tó’ .  Todavía me acuerdo yo de lo que me contaron a mí, y eso es verídico, ¿eh? Que la persona que me lo contó, es una persona muy seria, ¿eh?

PURI - ¿Ah, si? ¿Y qué te contaron?

PEPE – Pues, verás. Es que una día, había un entierro, y cuando ya el coche de caballos iba a entrar en la calle de los muertos…

PURI – En mi calle.

PEPE – Sí, mujer, en tu calle. Pues, resulta que, Pedro, el taxista se colaba. Y un guardia, lo paró y le dijo;

“Hombre, Pedro, no corras tanto. Y, aunque sea por respeto,  deja pasar primero al muerto, ¿no?”

Y Pedro le contestó:

 “Sí, mu’ bien. Pero ese pobre  hombre, que en paz descanse, ya no tiene prisa pa’ ná’, y yo estoy trabajando, ¿no? ”.

 ¡Ja, ja!                   (Ambos ríen)

    (Mientras Pepe se levanta y va saliendo del escenario, se va cerrando el telón)

PURI – Sí, Pepe. Pero, compréndelo. Es que, como en mi calle, como en mi calle de los muertos… no se vivía en ninguna parte. ¡Ja, ja, ja!.

TELÓN

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