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Le llamaban Kafka

de  Salvador Enríquez

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 

Salvador Enríquez

editor@noticiasteatrales.es

LE LLAMABAN KAFKA

 Soliloquio

Teatro

Reservados todos los derechos. El autor o su representante legal, la Sociedad General de Autores y Editores de España, son los únicos encargados de autorizar la representación, lectura pública, adaptación o traducción de esta obra.

© el autor


REPARTO

 

Franz (único personaje, de unos 55 años)

Términos del público

 

Sinopsis al final

  Con agradecimiento y respeto a Franz Kafka y Max Brod

 

Acto único

 

                         Franz hace la guardia controlando el sistema informático de una empresa multinacional.

                   Al comienzo, la luz de la sala está encendida, la del escenario apagada y el telón bajado. Franz está cerca de la puerta de entrada a la sala, maquillado para la función, vestido con camisa informal y un pantalón vaquero. Saluda al público que entra mientras come un bocadillo y toma una cerveza. Cuando la sala se ha ocupado y es la hora de comenzar la función, la luz de la sala baja lentamente y sube el telón.

                   Es de noche. La escena en este momento apenas tiene luz, solo unas ráfagas que entran desde los lados creando con el mobiliario sombras alargadas, el reflejo del monitor de un ordenador en la mesa de Franz y las luces de los edificios lejanos. Al fondo la fachada interior de un moderno edifico de oficinas, todo acristalado, y a través de los cristales se ven las leves luces de otras oficinas y algunos anuncios luminosos. Este fondo tiene una leve inclinación hacia atrás para dar sensación de altura e incluso de vértigo. El mobiliario es simple: cinco mesas de oficina, con sendas sillas y papeleras, dos en primer término, dos en el segundo y una en el centro del foro; junto a ésta y en la pared hay un tablero con anuncios internos de la empresa y un calendario digital que marca el día 31-12-97, éste se accionará con a distancia marcando en cada momento el día que se indique. En un ángulo, arriba a la derecha, hay una cámara de vídeo que controla todos los movimientos que pueda haber en la oficina. En cada una de las cuatro primeras mesas hay un monitor de ordenador y situadas en el espaldar de cada silla habrá sendas máscaras, dos corresponden a hombres jóvenes (dos ejecutivos de poca monta), otra a un hombre maduro (el director) y una cuarta a una chica (la secretaria); en la quinta mesa, la del centro, no hay máscara pero sí un monitor de ordenador que esté encendido y cuyo reflejo ilumina la silla; es el puesto de trabajo de Franz. Sobre su silla hay un traje, una camisa y una corbata, también hay en la mesa algunos papeles y un libro. En las otras mesas hay macetas con flores de plástico.

                   Una música techno funde con este silencio. Pasados unos segundos, Franz sube desde el patio de butacas, terminando de tomar el bocadillo y la bote de cerveza. Sigue la música durante el tiempo que Franz tarda en cambiarse la ropa que viste por el traje, la camisa y la corbata que hay en su silla.

 

                   FRANZ.- (Termina de consumir el bocadillo y la cerveza. Arruga el envoltorio y lo tira a una papelera. Enciende la luz, que es de tubos fluorescentes blancos y amarillos, y se da unos golpecitos de satisfacción en el estómago) Esto ya está mejor... ¡Después de comer algo se siente uno nuevo!

(Se acerca a los ordenadores y comprueba su funcionamiento observando las pantallas. Mientras habla mira al calendario que se sitúa en el día 31-12-05. Al público):

Cuando yo era joven muchos creyeron, y yo también, que el "efecto 2000" sería una catástrofe, que la llegada del año 2000 crearía serios problemas, pero no por el próximo cambio de milenio en sí, no por tan drástico y significativo cambio de fecha, sino porque los ordenadores, en lugar de poner como fecha 01-01-2000 pusieran  01-01-00; se creyó que el mundo se iba a hundir (Ríe); se pensó, se especuló, que esos dos dígitos pasarían del 99 al 00 y entonces se revolverían las cuentas bancarias, los pagos de intereses, los créditos... pero no ha sido así. ¡Todo estaba previsto! Se trabajó a tope y se añadieron dos dígitos al año, los ordenadores ya emplean cuatro cifras para ello... los sistemas operativos se modificaron y se pudo comprobar cómo el capital ayuda al capital, se ayuda a sí mismo. Este fallo en el cambio de  fecha, imprevisto durante años, podría ser un gran riesgo para el capital que, a fin de cuentas, es quien lo mueve todo, y... ¡el capital salió en ayuda del capital! era lo más lógico. Se invirtieron cientos de millones y todo se solucionó. Fue un asunto que se comentó en todos los periódicos de la época como algo curioso, como si fuera la rebelión de las máquinas frente al hombre, la destrucción de la propia riqueza que los ordenadores habían generado; fue una forma más de hacer creer al pueblo que su organización peligraba y que solamente en manos del capital estaba la solución. Una vez más el hombre, el hombre de la calle, se doblegaba bajo la manipulación del poder. ¡Siempre ha sido así! menos cuando uno decidía rebelarse y algunos le seguían... pero eran destruidos por la pesada máquina de la economía. Algunas revistas más especializadas trataron el problema con menos sensacionalismo y en los grandes despachos, ahí donde aún se mueve la riqueza y el poder, lo tenían todo a punto: la solución estaba preparada en unos discos de ordenador esperando que el problema se acercara para subir la cotización del producto. Se movieron cientos de miles de millones de... pesetas, aún no estaba el euro, en busca de la gran panacea, muchos millones que solo cambiaron de sitio, solo se movieron de cuenta corriente, pero siguieron en manos de los de siempre. (Pausa. Traga saliva) ¡Todo se solucionó! Y así llevamos ya tiempo. Ya pasó el temido "efecto 2000" y ahora únicamente preocupa que a lo largo de los primeros años no se produzcan anomalías y todo funcione bien. También aprovecharon la cifra redonda del 2000 para que todos celebraran el fin del milenio... yo siempre pensé que ese paso sería en el 2001... contamos desde el año uno, no desde el cero... pero los negociantes quisieron aprovechar este momento,  ¡ya habría ocasión de repetirlo en el 2001! Como así fue. (Riendo) ¡Los trucos del marketing!

                   Así son las cosas... así son las máquinas, por eso a mí me toca vigilar (Señalando los ordenadores)  a éstas, teclear datos en los ordenadores. (Al público) Aquí se procesa la información, millones de bloques de información... ¡pero la información no es comunicación! falta el gesto, la mirada, el aspecto físico del interlocutor... ¡ese ya no existe! Todo esto es muy frío, aséptico, codificado y escueto. Se mueven los datos de un lugar a otro y no se sabe, visto así, de dónde vienen ni a donde van; (Sonríe forzadamente)  igual que nosotros, los seres humanos: quizá sabemos de dónde venimos, pero no a dónde vamos. Las horas pasan lentas en este trabajo, siento que hay mucho tiempo muerto (Pensativo) percibo que es peligroso pensar... ¡te puedes amargar! pero...

(Pausa. Se sienta ante el ordenador del centro y comienza a teclear copiando de un libro y pronunciando en voz alta lo que copia)

"Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia" (Pausa y repite la última frase:) "ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia" (Nueva pausa y deja de copiar)

(Gira la cabeza hacia el calendario que, en ese instante, se sitúa en el día 31-12-00)

 Me divierte jugar con el tiempo, es como... indagar en las entretelas de la historia del mundo ¡el gran sueño de los nuevos alquimistas! Transmutar la idea del paso de las horas, ¡manejar el tiempo es conquistar la vida! En este instante está pasando el segundo milenio, y lo hace sin traumas, sin más acontecimientos que los de siempre... los de costumbre (Transición)  esa es la verdad; y es que el paso de un año a otro es algo convencional ¿qué más da un día que otro? Todos son iguales,

(Cambia la luz, lentamente, a unos destellos de discoteca, mientras suena una música monorítmica, tipo "bakalao" y se dejan oír doce campanadas. A lo lejos, ruido de risas y voces que gritan "feliz año nuevo", "feliz entrada de siglo". Luego silencio. La música baja lentamente hasta quedar como fondo)

para mí todos los días son iguales,  aunque a veces sueño que no; también para los otros, para los que se divierte intentado que esta sea una noche especial: la noche de un siglo a otro. Una forma de saltar en el tiempo, dejarse envolver por lo que llaman música, en estridentes y monótonos compases, con champán, humo, serpentinas y confeti... (Ríe) ¡como siempre! ¡nada ha cambiado tanto! ¡no ha cambiado nada..! pese a la mágica y discutida fecha del dos mil y dos mil uno. Este mundo tecnificado mantiene guerras, hambre, discriminación, pobreza, y... (Triste)  ¡los ricos son más ricos y los pobres más pobres! Aunque está mal visto decir esto, te pueden llamare "panfletario" y es que las ideologías han muerto, ¡murieron! (Pensativo) ¡Es jodido! Pero muchos creíamos, aunque yo tenía mis dudas, que el cambio de siglo iba a ser algo... ¡emocionante! ¡definitivo! Con él llegarían la paz, la igualdad, la tolerancia, la solidaridad... ¡mierda! ¡somos tan ingenuos, tan estúpidos, que creemos que una vida, una porción de ella, un siglo... es el mundo! Pero el mundo es mucho más viejo, ni ha empezado con nosotros ni termina con nosotros; somos unos bichos, como Gregorio Samsa, perdidos en la oscuridad... en un inmenso vacío al que no queremos mirar porque nos da vértigo. Hace muchos años que el hombre llegó a la Luna que tiene naves en Marte, que recorre el espacio... pero no asumimos ese supuesto adelanto y ya lo tomamos como un paseo por la plaza del pueblo.

(Cambia la luz a blanca y amarilla, desaparece la música "bakalao" y entra "hilo musical". Franz vuelve el calendario al  día 31-12-05)

¿Un año, un día, una hora? ¡Todos son iguales! Vegetar junto es estas máquinas, controlar el trabajo de estos empleados virtuales... (Pausa. Mira su reloj) Es hora de volver al trabajo. (Guarda el libro y remueve los papeles que hay en su mesa. Irónico)  Hoy me tocó trabajar por la noche... (Con gesto de duda) bueno... no sé qué será mejor, si trabajar de día o de noche; ahora se está solo, pero quizá más tranquilo. Y es que a estos sistemas (Por los ordenadores) modernos hay que alimentarlos de datos día y noche... ¡de lo contrario no son rentables! (Riendo con ironía) ¡Siempre la rentabilidad! (Arreglándose el traje) Ahora soy otro, ahora soy el oficinista, técnico, vigilante, número tropecientos mil; el chupatintas, como se decía antes, que ahora chupa rotulador y mira pantallas durante horas y horas para poder... masticar algo: cereales liofilizados, productos sintéticos libres de colorantes pero con conservantes, comprimidos de vitaminas, y... a veces, cuando lo hay en el mercado negro, un poco de pan. (Pausa)

                   Este traje, este uniforme como yo digo, me transfigura, me convierte en un ser meticuloso, ordenado, responsable, eficiente... ¡y no sé qué más historias que piensan o que esperan de mí! Debo ser, es mi obligación, el reflejo fiel de la empresa; todos mis actos, mis gestos, mis pasos y mis frases, sirven de alimento a la carpeta virtual que forma mi expediente laboral. (Señalando a la cámara de vídeo) Desde ahí, por esa cámara, se controla y observa todo lo que ocurre aquí: se graba, se analiza, se guarda... otra cámara vigila a quien analiza y guarda... ¡y así sucesivamente! (Sonriente observa el tablero con notas que hay en la pared. Lo señala) ¡Esto es una reliquia del pasado! de cuando los avisos se clavaban en un corcho. Es una concesión del jefe, permitió que se dejara ahí como testigo de un tiempo en el que el ser humano contaba, era necesario para quitar y poner notas, avisos, mensajes... ahora no hace falta ¡todo lo hacen los ordenadores! Su inteligencia artificial les permite tomar decisiones y enviar a cada puesto y a cada trabajador virtual los mensajes oportunos; (Transición)  y... no son herramientas malas ¡no! lo malo es el uso incorrecto que se hace de ellas.

                   Yo fui tan ingenuo... (Al público) ¿saben? que en tiempos me permití llamar a estos chismes "obedecedores", en la creencia de que obedecían mis ordenes, pero... ¡no! resulta que yo soy quien tiene que obedecer a ellos. A aceptar todo esto le llaman "profesionalidad" (Ríe) ¿Qué profesionalidad puede haber en la castrante vida de un oficinista, técnico, vigilante..? ¡ni que eso fuera ser filósofo, médico o físico nuclear! (Pausa) ¡Qué tonterías! Y lo peor es que hay que aceptarlo o aparentar que lo aceptas, aunque al salir des un suculento  corte de magas a todo ese mundo de apariencia, donde el fin justifica los medios, y en el que la persona pasa a ser una pieza del inmenso engranaje de la máquina que genera riqueza... ¡pero una riqueza que no se reparte equitativamente! Es lo malo. Es una riqueza que va a los accionistas, a unos pocos, como si el dinero de sus acciones tuviera más valor que el esfuerzo de mi trabajo. (Pausa) Pero... vivimos malos tiempos, las cosas están difíciles y no es sencillo encontrar trabajo; además, ellos buscan obreros amaestrados, o que se les pueda amaestrar, para que dándoles un coche y un despacho, que más parece una cajuela, olviden sus orígenes y actúen como correas de transmisión del poder económico... a cambio de las migajas que caen a su alrededor. De esos aquí hay más de uno ¡y más de dos! Gran parte de mi vida la he pasado entre estos cristales. Sí, (Mirando al público)  más o menos esta es mi vida... suponiendo que a alguien le interese... lo cual dudo. Es tan gris y sombría que... ¡maldita sea! Se parece a otras muchas; bueno, eso es lo que yo hago creer aquí, pero... ¡no! soy diferente... ¡quiero ser diferente! Y eso me atormenta con frecuencia. Yo no soy como esos (Señalando a las máscaras que hay en las mesas), esos solamente viven por y para la empresa, yo tengo otras ilusiones pero no quiero que todos estos lo sepan, podrían ponerse en contra mía. Ellos saben que a final de año hay primas y gratificaciones para los incondicionales, para los delatores de aquellos que pueden ser oposición, para quienes descubran lo que se puede hurtar a las cámaras de vigilancia. Debo cuidarme de todos... y no es paranoia,  ¡no! (Pausa. Sigue tecleando) De momento, mi trabajo es este... aunque creo que ya lo he dicho, pero... ¡es algo que me obsesiona! darle a la tecla, meter datos en el ordenador, unos datos que entran por aquí y (Siguiendo un imaginario hilo) salen por ahí hasta llegar a... (Dudando) no sé, creo que a Estados Unidos... a los de América, ¡claro! que es donde está el cotarro; quiero decir que es donde están los accionistas, los máximos directores,  los... amos ¡los santones de la multinacional! Al final uno no sabe para quién trabaja: si para el ordenador, para los accionistas, para los americanos o... simplemente para comer. (Pausa. Se vuelve al público)

                    Recuerdo que cuando comencé a trabajar, siendo un crío, lo hacía para un jefe, para un hombre de carne y hueso, para el propietario del negocio, para un señor que era el dueño y señor de la pequeña empresa; aunque eso tenia sus inconvenientes: si un día el buen señor se levantaba de mal humor... corrías el peligro de llevarte la bronca sin comerlo ni beberlo... pero a fin de cuentas sabías y conocías a qué bolsillos iban a parar los beneficios de tu trabajo... aunque fuera aquel un sistema paternalista rozando con lo dictatorial. Ahora no, ahora trabajas y ya está. No existe paternalismo, sino el Reglamento; el Reglamento dice que tienes que hacer esto y esto y ya está, se acabó, lo haces. Al final de mes (Sonriendo) ya no vas a caja a cobrar y a charlar de paso con el pagador ¡no! ahora una mano invisible e informatizada deposita en tu cuenta del banco unos números que son el fruto que has sacado a tu trabajo, lo que has rendido... según el punto de vista (Señalando a las máscaras) de ellos. Cobrar a final de mes ya no tiene el calor y la emoción de abrir un sobre y toquetear los billetes; ahora es tan aséptico que... podría estar el dinero contaminado que uno no se infectaría. Lo curioso e irritante en este mundo del trabajo, o mercado como otros le llaman, es que el precio no lo pone el que vende, el que hace el trabajo, en este caso yo; sino el que compra, el que ofrece el trabajo... ¡el amo! A mí nadie me preguntó en qué o cómo valoraba el resultado de mi labor, solo me dijeron: tanto anual entre tantas pagas ¿Okey? y yo repuse: ¡Okey! ¿qué iba a decir? (Vuelve al ordenador) Bueno... sigamos, esto no se acaba nunca... los datos crecen, parece que se vive más para los datos, para los números, que para otra cosa. (Mira su reloj)  Bien (Golpea con un falso gesto afectuoso la pantalla del ordenador y se dirige a él) ¡ahora a procesar datos! Mientras yo me puedo relajar, dejar que transcurran los minutos en aparente inactividad. (Pausa. Al público)

                   A veces me preguntan si no me molesta trabajar de noche... (Con un gesto de displicencia) ¡pues no! Si tuviera familia me iría a casa, pero... quizá por eso muchos creen que soy feliz: sin grandes ambiciones, sin familia, con trabajo... bien de salud... pero ignoran que no soy tan feliz como creen. Siempre tengo la duda de cómo pudo ser mi vida... si hubiera seguido mis deseos de juventud, ¡unos deseos tan locos..! pero era un intento de salir de la apatía, de la mediocridad; quise saltar, conocer mundo, comprobar que había algo más allá de la rutinaria vida provinciana donde lo más erótico era el tobillo y lo más aventurero el paseo desde el edificio de Correos al final de la Carrera. Todo era gris, desde el uniforme de los guardias hasta el cielo, y las ilusiones me estallaban dentro. Corrían los tiempos en los que se adoraba el existencialismo, quizá en contraposición, o como reacción, a un mundo de postguerra dominado por la beatitud, las obligadas creencia a machamartillo; la virtud como obligación, no como elección. La palabra "libertad" estaba prohibida... ¡y también pensar! Para mí, entonces, París era la libertad, se me había quedado grabada en la mente la frase que se decía al final de la película "Casablanca": "aún nos queda París". (Con melancolía) Pero a veces creo que todo aquello no ocurrió realmente, eran sólo proyectos, ilusiones para soportar el aburrimiento, era como... un método de autodefensa. (Iluminado, reviviendo el pasado)  ¡París! ¡la libertad! ¡la bohemia! Allí podría caminar por las calles sin conocer a nadie, sin tener que decir constantemente: "adiós, buenas tardes", "vaya usted con dios"... allí estaba la posibilidad de empezar a vivir, cuando ver una plaza es un descubrimiento, conocer una calle es experimentar la ilusión de abrir los ojos a algo nuevo... igual que ese niño que percibe las primeras sensaciones ante todo lo que conoce por primera vez: un olor, un color, una sombra, un edificio... (Transición) al final... ¡no llegué a París! todo se rompió por... ¡no sé! Por cien mil cosas que se cruzaron en mi vida: la necesidad de ganar un sueldo fijo, la relación con una jovencita... ¡que me dejó para casarse con un licenciado en Farmacia! Emigré, sí, pero a la capital. ¡París se quedó lejos! En cambio me vine a Madrid y... eso fue todo. Lo demás... ¡mucho soñar! Y un libro (Señalando el que tiene  en su mesa) que quizá de forma obsesiva copio una y otra vez.

(Se acerca a su mesa, coge el libro y lee en silencio. Un foco le ilumina con intensidad, mientras comienza a copiar del libro pasando el texto al ordenador. Lee en voz alta):

"Es preciso que se vaya -dijo la hermana-. Éste es el único medio, padre. Basta con que procures desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto tiempo es en realidad el origen de nuestra desgracia. ¿Cómo puede ser esto Gregorio?  Si tal fuese, ya hace tiempo que hubiera comprendido que no es posible que unos seres humanos vivan en comunidad con semejante bicho. Y, a él mismo, se le habría ocurrido marcharse. Habríamos perdido al hermano, pero podríamos seguir viviendo, y su memoria perduraría eternamente entre nosotros. Mientras que así, este animal nos persigue, echa a los huéspedes, y muestra claramente que quiere apoderarse de toda la casa y dejarnos en la calle. ¡Mira, padre -púsose a gritar de repente- ya empieza otra vez!"

(Deja de copiar y de leer en voz alta. Al público, con gesto de complicidad)

Les voy a revelar un secreto: ellos, esos, (Por las máscaras) que no son capaces ni de sentir miedo ante la metamorfosis  de Gregorio Samsa, no sienten nada y... aunque parezcan máscaras no lo son; son seres humanos pero que perdieron sus ilusiones y están momificados. Dentro de su mundo solamente saben sonreír cuando entra el jefe... es el precio que tienen que pagar por tener un chalet en la sierra, unos hijos que no les conocen y una mujer que se aburre durante horas y horas y que sus ambiciones terminan ante la pantalla de un televisor. Ellos solo gozan presumiendo en el bar de un hotel de lujo, cuando hacen viajes de negocios, en una cafetería de moda, y sacan pecho ridículamente cuando intentan ligar a una jovencita; y ellas, algunas, las más modernas, las más liberadas... ¡que las hay, menos mal! salen con las amigas o, incluso, alguna se deja caer en los brazos amorosos de un joven en paro, pero limpio de estúpidas ambiciones, que lo mismo le recita el "Cantar de los Cantares" que la acompaña por el parque de atracciones envolviéndose en el vértigo enloquecedor, en el abrazo instintivo que genera la montaña rusa, cuando el corazón parece que va a salir por la boca y el cuerpo suda con olores de macho y hembra.  Ellos y ellas se han dejado atrapar por el consumo, por las luces de la apariencia... y ya es imposible volver atrás. (Por las máscaras)  Esos, ellos, son trabajadores virtuales. Pero... en todo esto, debo reconocer que yo también caigo en el tópico. Cuando tengo que viajar por razones de trabajo me siento ridículo, visto como estoy aquí: corbata, traje, maletín atiborrado de burocráticos papeles... Mientras paseo forzadamente, haciendo tiempo para tomar el tren, me miro en las lunas de los escaparates y siento rubor ante la máscara que se refleja... ¡Todos somos máscaras! (Pausa) ¡Yo no soy ese! me digo, yo no soy ese individuo que aparece en el cristal teniendo como fondo difuso sus estantes de porquerías... ¡yo soy otro! (Transición) o... ¡quiero ser otro! (Pensativo) ¡no lo sé!

                   En ocasiones me refugio en una cafetería, en un café, siempre buscando que sea cómodo, acogedor... ¡de los que apenas quedan! Con el silencio ruidoso de una muchedumbre de clientes que no deje traslucir mis pensamientos; allí garrapateo líneas, escribo lo que siento, o leo... o copio los párrafos que más me gustan de este libro... por ejemplo. Copio lo que me gusta, lo que me habría encantado ser capaz de escribir yo... y sobre todo lo hago de libros que hablan de fantasía, de escapar de la rutina, de saltar sobre lo cotidiano y entrar en mundos diferentes al que conozco. Por eso copio una y otra vez "La metamorfosis"... la idea de convertirme en un bicho, en un insecto, me seduce. Podría estar en los lugares más inverosímiles observando a todos y nadie lo sabría; sería, es, como entrar en el archivo personal de cada uno, meterse y hurgar entre los pensamientos más celosamente guardados, tocar las ideas ajenas y percibir lo que se calla la gente. Puede ser una maldad, pero a mí me divierte, me... digamos que me evade de la puñetera rutina de cada día. Leyendo a otros... yo terminaré aprendiendo y escribiré mis propios pensamientos; sí, aprenderé. Y escribo algo, así dejo caer la soledad en el papel... por eso aquí, en la oficina, me llamaron, me llaman, Kafka. Es que un día cometí el error de decir que hacía eso, rellenar cuartillas, y... con mordacidad me llamaron Kafka cuando me descubrieron el libro, quizá parodiando al autor que en vida prácticamente no publicó nada y pasó su vida trabajando como empleado de banca. Pero él creó, sin saberlo, un mudo: el kafkiano. (Transición).

                   Los pies me duelen, la corbata me aprisiona, la chaqueta me oprime... pero debo aguantarme, es la imagen de la empresa, lo dice el Reglamento: hay que cuidar la imagen (Riendo) y en esos momentos soy el anuncio de una multinacional en expansión. La norma, el Reglamento, dice que no se debe vestir camisa floreada, ni pañuelo al cuello... ¡mucho menos pantalón vaquero! ¡ni llevar barba! En esos viajes, en la soledad de esas ciudades desconocidas para mí y desconocido para ellas, cuando me observo en el espejo antes de salir del hotel, con el portafolios en la mano, me veo como aquellos tiernos y hermosos cómicos que hacían "bolos" y que arrastraban sus ansias de triunfo o de subsistencia por las calles de los principales pueblos, en espera de que empezara la función de la noche. Me siento anónimo, me siento un don nadie, siempre soy un desconocido, como los cómicos cuando se despojan del maquillaje, las pelucas, los bigotes postizos y se apagaban las luces de las candilejas. Entonces llega la hora de la tristeza, de mirar alrededor y percibir que estás sustentado en el vacío.

(Baja la luz de escena casi hasta penumbra. Se dirige a la máscara de la primera silla a la izquierda. Del monitor sale luz verde que ilumina la máscara)

Sí, sí, eso que a ti te invade desde que has caído... ¡el vacío! Creías que tu gloria empresarial, tus triunfos aquí, en la empresa, iban a durar siglos ¡No, querido, no! todo estaba montado sobre el pantano del "pelotazo", del "sí, señor", y esos lodos te engulleron. A ti te llamaron (Ríe) ¡el ángel caído! La vida da esas vueltas.

(Se dirige a la máscara segunda de la izquierda. Del monitor sale luz roja que ilumina la máscara)

Y tú, tan postinera, ¡tan aduladora! Sabiendo hasta dónde subir el filo de la falda... desabrochando un botón de la blusa para dejar ver algo de tus flácidos pechos... pero lo abrochas al llegar a casa; sí, y lo haces con prisa, antes de entrar, para que tu marido crea, siga creyendo, que el sueldo que recibes viene de tu inteligencia y no de tu astucia... ¡que no es lo mismo! Y es que quieres mantenerte a toda costa, como perfecta secretaria, incombustible a los cambios ¡siempre joven! pero te delatan los calendarios... tu piel ya está reseca, las mancha emergen, quemada la piel por muchos soles... ya no puedes pasar sin afeites, sin maquillaje... estás acabada por no aceptarte como eres. (Pausa) Estás en un triunfo aparente, por eso me das pena. Recuerdo cuando... yo no sé si te gustaba o si jugabas conmigo... o jugábamos los dos; éramos jóvenes, eso es cierto, y con aquel juego lo pasábamos bien, pero tú eras otra, no la de ahora... al menos tu piel era tersa, tus piernas firmes, tu mirada clara... y entonces tus pechos (Sonriendo) no necesitaban armaduras para aparecer erguidos. Jugábamos a tontear, a enamorarnos mutuamente.

                   Es posible que yo sea un resentido, puede ser... pero no me gustaría que fuera así, intento que no lo sea. Tú puedes pensar que sí, que lo soy, que el resentimiento me llena, pero no es eso... no quiero que sea así; solo soy sincero, te digo la verdad, mi verdad ¡lo que pienso! (Se acerca a la primera mesa de la derecha)

(Sale del monitor una luz azul que ilumina la máscara)

Tú sí eres de lo mejor, no engañas a nadie, te comportas como eres: irónico, despótico, "guaperas", astuto e inteligente; cuando nos encontramos siempre hay una sonrisa... no sé si de mutua complicidad o de benevolencia por tu parte. Eres un tipo seguro, desde la sombra de tu cargo de jefe administrativo sabes que puedes mover los hilos a tu antojo; yo diría que estuviste en un colegio de jesuitas, tienes la diplomacia vaticana muy bien aprendida. Quizá eres el único que se mantiene al margen de toda la cochambre que se mueve aquí. Sabes y puedes hacerlo. Yo también lo intento... y lo consigo, pero pagando un precio muy alto: la independencia se paga, el ser insumiso tiene sus gabelas... la sociedad, esta sociedad, este pequeño mundo en el que nos movemos, entre mesas, ordenadores, y unos pocos papeles... pasa factura. (Al público) Recuerdo que un día, cuando me propusieron ir de excursión, a lo que ellos llaman un "viaje cultural", con algunos (Señalando las máscaras) de los aquí presentes, me negué. No me seducía la idea de pasar todo un fin de semana junto a quienes a diario nos miramos con recelo. ¿De qué íbamos a hablar? ¿de asuntos privados? ¡No! ellos me engañarían y yo... mantendría un mutismo total. Mi vida privada me pertenece y no tengo ni encuentro razones para airearla ante nadie. ¿Hablaríamos de la empresa? ¡menos aún! Ellos sí, la mayoría querrían hablar de eso por varias razones: por no saber mantener otra conversación, por no saber hablar de otra cosa, y porque el jefe,

( Baja la luz de escena hasta oscuro y solamente un foco de luz negra, que también sale del monitor, ilumina la máscara de la segunda mesa de la derecha; sólo resaltan los tonos blancos: las arrugas de la cara, las gafas, los ojos)

que estaría por allí, debería pensar: ¡qué buenos son! Hasta estando de excursión se preocupan de los asuntos laborales. Y el jefe es ese: (Señalando a la segunda mesa de la derecha con la máscara iluminada con luz negra)  es de rasgos indefinidos, no se sabe ni cómo es; apenas se le ve. Su imagen queda diluida entre consejeros, ayudantes, asesores y secretarias. La puerta de su despacho es como una muralla de incógnitas: ¿Qué hace ahí dentro tantas horas? ¿Qué piensa? ¿Qué decisión estará tomando? ¿Qué nueva puñetería le estarán aconsejando que decida? (Pausa)  Muy de tarde en tarde le vemos la cara... en Navidad, quizá, es cuando desciende a desearnos a todos felicidad. A veces siento, solo con verle desde lejos, una extraña sensación de impotencia. Sólo sé de él que su nombre es pronunciado en voz baja y con reverencia por los miembros de su cohorte. Cuando lo citan... no dan su nombre... únicamente dice "él", como si aludieran al dios omnipotente de una religión.

(Sube la luz de escena)

                   Aquel día, como digo, todos se extrañaron de que no acudiera a la excursión... ¡que con tanto interés había organizado la empresa! (Riendo irónico)  pero yo les dije que... que sí, que me agradaría ir, pero que me era imposible: siguiendo mis costumbres, tenía que oír misa en latín y con el cura de espaldas a los fieles... y esa misa sólo la decían en mi barrio y en domingo. (Riendo a carcajada limpia)  ¡Pensarían que estaba loco! (Acercándose a la máscara que está iluminada con luz negra) Sí, querido, sí; tú has debido de pensar que estoy loco, pero no es eso... ¡es que no me da la gana de seguirte el juego! ¡no quiero imitar al bufón que hace reír a su señor! No quiero ser parte del coro que te aplaude cuando desciendes de tu sillón de director general y te democratizas tomando vino con gaseosa y dejando la corbata dentro del coche... ¡una vez al año!

                   Todo eso está muy bien para los... los que se han dejado "comer el coco" por la idea de que son partes integrantes de la empresa, los que han aceptado la zanahoria como estímulo personal, los que hacen que su mujer y sus hijos lleguen a formar parte del tinglado empresarial... ¡los que no saben vivir para otra cosa! Yo no, tú lo sabes; yo cumplo, pero siempre distingo entre tus intereses y los míos; unos intereses que si no son divergentes, sí son paralelos y nunca se llegan a encontrar. A lo mejor se me puede acusar de insolidario... ¡bueno! Cada uno que piense lo que quiera. (Pausa. Mirando al público)  Y.. ¡qué le importa esto a nadie! Quizá he cometido el error de contar mi vida sin reparar en que no le interesa a nadie o... no comprendí que eso que me ocurre a mí ¡no le pasa a nadie! Porque (Señalando a personas imaginarias de entre el público) tú, tú y tú; usted, usted y usted... son felices ¿a que sí? no sienten nada de lo que yo siento; ni perciben la angustia cuando terminan las vacaciones y tienen que volver al trabajo, esa angustia que dicen que se siente... el síndrome postvacacional, ninguno de ustedes lo siente... (Irónico) eso es un bulo que se han inventado los sicólogos para encontrar clientes ¿o no?

(Las luces de los cuatro monitores se apagan. Franz entretanto se acerca al tablero del fondo, lee para sí y coge un anuncio. Acercándose al proscenio lee):

"El riesgo de un accidente de automóvil aumenta cuando falta la concentración, cuando aumenta el cansancio, el estrés, las preocupaciones (Durante unos segundos sigue leyendo para sí y continúa en voz alta)  Es peligroso conducir a primera hora de la mañana habiendo concluido muy tarde la jornada anterior" (Deja de leer y levanta la vista del papel) ¡Es curioso cómo se preocupan por la seguridad de los empleados! (Vuelve al papel leyendo brevemente en voz baja. Luego exclama): ¡La madre que los parió! Lo que les preocupa no es la salud del trabajador, sino las pérdidas que suponen para la empresa los accidentes. Y tienen la desvergüenza de escribirlo así, sin el más mínimo recato. (Pausa) Sí, ante este panorama prefiero ser el bicho de la obra de Kafka, es un modo de evadirse, de ver desde un rincón este mundo en el que lo único que parece importar es el dinero... (Lentamente va rompiendo el papel) ¡Qué asco! (Con una mueca, entre irónico y triste) Ser un insecto es más cómodo (Se agacha, pone las manos en el suelo y gatea imitando a un animal) Así, a cuatro patas, pequeñito, casi invisible, pasaré desapercibido... podré volar, andar, saltar de una mesa a otra, rebuscar y leer hasta el último papel... de esos que el jefe llama "confidenciales"; poder trastear en los ordenadores, enterarme de todos los secretos... aunque todo esto me lleve a la confusión en el tiempo... confundiendo el presente con el pasado; (Confuso) no sé si ahora es futuro o pretérito. (A saltitos va de una mesa a otra, observando las máscaras y revolviendo los cajones de las mesas)  Puede que me crean loco, de hecho algunos lo piensan y lo comentan, dicen que no estoy bien de la cabeza, pero yo... ¡me divierto! Si todo lo más que hacen es llamarme Kafka, no me pesa... incluso me alegra, me hacen más singular. (Ríe) Conozco la forma de mantenerse en este estúpido mundo, pero no me gusta: hay que ceder, aliarse con los más cercanos al poder, al depredador... y eso es malo, a la larga se paga a un precio más alto que el valor de la independencia. Prefiero esto último, me gusta ir por libre... dentro de lo posible; no deberme a nadie ni ofrecer adulaciones a cambio de un puesto más o menos lucrativo. Esa independencia, ya lo dije, la pagué quedándome, pese a los años de trabajo, en un escalón intermedio. Quizá por respeto me tienen aquí, pero nada de progresar, nada de cargo o puesto directivo, esos cargos no se los pueden dar a quien mira el reloj deseando que dé la hora para salir; aquí no puede haber horarios: (Sonriendo) hay que amar a la empresa... como a ti mismo ¡amén! Debes olvidar que tienes una vida privada; ni mujer, novia, amigos, hijos... se pueden anteponer al amor y a la fidelidad que debes a "la casa", al negocio. Esto no lo dice el Reglamento, pero se intuye, es una norma no escrita, pero palpada por todos... ¡y aceptada por muchos! (Irritado) ¡Muchos que están como muertos!

                   ¿Porqué voy a sacrificar mi vida, los cuatro días que voy a vivir, en someterme a eso tan inconcreto y ambiguo como es la empresa? ¡Yo no he venido a este mundo a trabajar! Lo de ganar el pan con el sudor de la frente es una salida de los poderes para subyugar, un residuo de la cultura judeocristiana, una forma de esclavizarte, de hacerte sentir culpable desde que naces. Yo me quiero ganar el pan... ¡y el tocino y los garbanzos! y todo eso pero haciendo algo que me haga sentir feliz. Y soy feliz cuando escribo. Cuando (Señalando el libro de Kafka que tiene junto a su ordenador)  copio esos párrafos kafkianos, cuando doy suelta a la imaginación y, salvando paredes, despachos y oficinas, llego a sentirme libre. (Pensativo) quizá por eso no me casé (Duda) no lo sé, esa es la verdad... la soledad tampoco me gusta, no es buena, pero... estamos en un mundo de solitarios, queramos aceptarlo o no. Pero aún viviendo solo tengo mi mundo, mis amigos... ¡locos, como yo! Prefiero la libertad con solo pan y tocino que la represión con caviar y champán francés. (Gritando) ¡Me resisto a caer en una sociedad que me acorrala! Bajo ningún concepto quiero formar parte de esta sociedad de autistas, encerrando nuestras vidas ante la pantalla de un ordenador, falto de calor humano. (Pausa) Una vez dijeron al leer unas cuartillas escritas por mí: "es mejor administrativo que escritor"; quisieron desmoralizarme, pretendieron hundirme, aniquilarme, forzarme a asumir como buena una forma de vida y de trabajo... de la que muchos están asqueados pero no lo dicen ¡eso es! Pero no saben que yo, frente a esos estúpidos, tomo la postura de "pasar"... ¡pasar de todo! y eso les irrita. (Transición) Lo cierto es que también me hacen daño, pero lo intento disimular, esa es la verdad; yo no quiero que se den cuenta, y no quiero que perciban ni lo más mínimo el dolor que me pueden causar. Es cierto que con frecuencia tengo bajones de moral, me deprimo... sí, una vez... fue casi grave. Tuve una fuerte depresión y acudí al siquiatra; (Ríe) el siquiatra me atiborró de fármacos y me mandó al psicólogo (Irónico) ¡no sé quién necesitaba más al psicoanalista si él o yo! Recuerdo que cuando le hablé del futuro, me respondió como muy convencido: "el futuro no existe"; "¿que el futuro no existe?", le interrogué, y me dijo que no, que solamente existía el presente. Le respondí: "¿para qué sirven, entonces, las agendas, los dietarios? ¿los fabricantes de dietarios son una fantasía?" Quizá fue una salida estúpida, pero... (Pausa). Cada semana iba a su consulta; él, con cara de jugador de póker, se sentaba ante mí y me miraba con indiferencia esperando que le soltara mi rollo... cuando yo no tenía, quizá, ningún rollo que soltar. No lo entendía. (Como hablando con un imaginario psicoanalista)  ¡Pero si yo no pretendo contarle mi vida! Yo lo que quiero es que me saque de esta depresión, pero si no me da un consejo, una sugerencia, una pista... ¿qué voy a hacer por mí mismo? Sólo pretendo que usted me haga ver que este mundo puede ser... digamos... algo más ilusionante. (Al público)  Y cada semana escuchaba de él, del psicólogo, cosas que a mí me parecían extrañas. Le recordé que Freud dijo en una ocasión que los escritores no tienen necesidad de visitar el diván, pero él no se dio por aludido o... no quiso. Sin duda alguna había verificado que mi nombre no figuraba en ningún diccionario de autores, en ningún "¿Quién es Quién hoy en las letras?" En el fondo creo que estaba deseando que yo dejara de visitarle pues, más que un paciente, lo que tenía enfrente era una mosca cojonera (Ríe divertido).  Nunca nos entendimos... hasta que una tarde me despedí de él. Le dije: "Adiós, si usted no dice lo contrario... creo que no necesito volver" y es que yo me daba cuenta que pretendía cambiarme, darme la vuelta como a un calcetín, que dejara de ser yo... ¡y eso no lo podía consentir! Me despidió en un tono que, la verdad sea dicha, me jodió un poquito. (Parodiando al imaginario psicólogo) "Bueno -dijo- si un día me necesita... ¡aquí me tiene!" Pronunció la frase en tono irónico, como si en el fondo estuviera pensando: "Volverás". Aún debe estar esperándome.

(La luz baja lentamente de intensidad. Franz se acerca a su mesa y toma el libro y hace que lee. Mientas deja caer la cabeza sobre la mesa, en una grabación se deja oír su propia voz):

                   GRABACIÓN VOZ DE FRANZ.-  "Y en tal estado de apacible meditación e insensibilidad, permaneció hasta que el reloj de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vivir aquel comienzo del alba que despuntaba detrás de los cristales. Luego, a pesar suyo, su cabeza hundióse por completo, y su hocico despidió débilmente su postrer aliento".

(Se hace un breve oscuro y vuelve la luz de la oficina, luz de día, con ruidos de gente que llega y se dan mutuamente los buenos días. En el calendario aparece la fecha 02/01/98. Franz sale como de un sueño, mira al calendario y dice mientras se frota los ojos):

                   FRANZ.-  ¡Uf!  (Mira a un lado y a otro) Apenas ha pasado el tiempo... solo ha sido un par de noches.

(Se quita el traje y lo cambia por la ropa que llevaba al principio de la función. Entre tanto, desde un reloj se oyen sonar ocho campanadas)

¡Las ocho! Se acabó mi trabajo por hoy. (Dirigiéndose a los ordenadores) ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Hasta mañana!

(Sale. Aumenta el ruido de los empleados que llegan y se saludan. El telón empieza a bajar muy lentamente):

                   VOZ 1.- Por favor: ficharme, voy a por un  café.

                   VOZ 2.- ¡Vale! Súbete el correo de paso.

                   VOZ 3.- ¿Qué tal las fiestas?

                   VOZ 4.- ¡Bien! ¡Muy bien!

                   VOZ 5.- ¡Hasta mañana, Franz!

(Siguen los ruidos de quienes llegan a las oficinas, mientras ha bajado definitivamente el

TELÓN

Madrid, julio de 1999


 

 

Sinopsis

El que a un oscuro empleado le llamen Kafka en la empresa multinacional donde trabaja, no es más que una anécdota para llevar al escenario un ambiente laboral de finales del segundo milenio.

 

Quizá sería más fácil hablar de la angustia laboral en trabajos considerados tradicionalmente como artesanos, realizados por quienes a lo largo de los años han sido conocidos como obreros, cuya labor la realizan en las calles, en los talleres, en las fábricas. Sin embargo, hay otros de los que apenas se habla (me refiero a hablar de ellos en el teatro) quizá porque no vende. Cuando se habla de la sociedad de bienestar en el mundo desarrollado, nos creemos inmersos en ella, olvidando -o queriendo olvidar para no reconocer que existe- la situación de soledad, presión y angustia que sufren muchas personas que trabajan en los sectores más desarrollados como pueden ser la informática, la banca, los servicios y las empresas dotadas de alta tecnología en las que, aparentemente, la situación es más cómoda.

 Saber que los ejecutivos disponen de coche, teléfono móvil, apartamento en la playa, chalet en la sierra, que viajan con frecuencia al extranjero y que tienen comidas de trabajo en lujosos restaurantes, nos hace olvidar que tras ello hay una vida condicionada por métodos de producción a veces inhumanos y que alienan a ser humano.

 Franz, el protagonista, mantiene una charla consigo mismo, un soliloquio. Y lo hace durante dos noches en las que está trabajando él sólo en la empresa, haciendo la vigilancia de un sistema informático. Por ello, habla sin condicionamientos, libre de presiones, ya que nadie le escucha. La libertad con la que pronuncia sus palabras puede hacer que se perciban las frases como algo confuso. Puede ser la misma confusión que Franz tiene y que sería deseable que así lo percibiera el lector/espectador, aún a costa de que ponga en duda la calidad del discurso.

 Aunque en alguna escena pueda parecer teatro político (hoy no muy bien visto) o teatro social (que tampoco interesa mucho en una sociedad de consumo) y en ocasiones el texto parezca más propio de un panfleto, se ha intentado con este monólogo llevar a las tablas una realidad, aunque envuelta en luces, máscaras y sonidos que deben colaborar a la creación del espectáculo.

 Palabras, luces, máscaras y sonidos... que a diario nos rodean pero que no los percibimos.

 

 

Salvador Enríquez

Apartado de Correos 16.187

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Teléfono y Fax: + (34) 91-3667058

  

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