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LO IDÉNTICO, LA DIFERENCIA

de Ernesto Marcos

 

 

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 LO IDÉNTICO, LA DIFERENCIA

 de Ernesto Marcos  

 ernestomarcos71@hotmail.com

PERSONAJES: NOCASTA

                 VIGILIO

 

 

ESCENA 1:

 

Escenario en semi-oscuridad. Suena un despertador algunas veces. Se prenden las luces. Hay un colchón de dos plazas en el centro, donde está durmiendo la pareja. Vigilio duerme tieso, boca arriba y roncando, con traje, corbata, sombrero y zapatos puestos; aferra firmemente un maletín y un paraguas enorme. Nocasta duerme vestida como una monja. En proscenio hay una mesita con dos revólveres. A un costado, sobre el piso, está el despertador. A foro una silla de ruedas vacía; y en un lateral un teléfono. Cuando Nocasta escucha el despertador, envía su brazo hacia el aparato y tanteando logra apagarlo de un manotazo.

          

           NOCASTA (semidormida): Vigilio. Vigilio ¡Despertáte, Vigilio! ¡Vas a llegar temprano al trabajo! ¿Por qué te apurás? Tardás un montón en prepararte ¿Mi amor? (Pausa breve.) ¡Dale! ¡Andáte, che!

 

Vigilio ni se inmuta. Ella se da vuelta, lo observa y sonríe con malicia. 

 

NOCASTA (al oído): ¡Dale, forro! ¡Pelotudo! ¡Puto! ¡Asqueroso!

 

VIGILIO (con voz apagada, suave y cariñosa): ¿Qué...? ¿Qué pasa, amorcillo? ¿Qué hora es? 

 

NOCASTA (harta): ¡Vigilio! ¡Son las ocho de la noche! ¡Vas a llegar tarde al trabajo por una vez en la vida!

 

Él apenas escucha la hora se incorpora y se sienta en la cama.

 

VIGILIO (con los ojos desorbitados): ¿Qué hora? ¿Las ocho? ¡Me voy a preparar volando!

 

Se para al lado de la cama y con expresión de ruego la mira.  

 

VIGILIO: ¿No me prepararías aunque más no fuera un café? (Se observa de arriba a abajo.) ¡Ya estoy listo!

 

Ella lo mira de pies a cabeza con repugnancia, se da vuelta para seguir durmiendo y le da la espalda. Vigilio sonríe ufano.

 

NOCASTA (displicente): El desayuno lo tenés listo en la cocina. Desde anoche.

 

VIGILIO: ¿No estará muy caliente? (Él poco a poco va a ir aumentando el volumen de la voz y haciendo el tono imperativo. Nocasta va a ignorarlo por completo.) Sabés que no me gusta muy caliente. Sabés que no me gusta caliente ¡Sabrás que el desayuno no me gusta muy caliente! ¡Deberías saber que no tomo el desayuno caliente! ¡Tendrías que recordar que el desayuno caliente no me agrada! ¡Tenés que acordarte que no tomo desayuno porque siempre está caliente! ¡No tenés que hacerme el desayuno porque siempre está caliente! (Pausa breve.) ¡Nocasta, ayer, hoy y mañana no voy a tomar el desayuno, porque si está caliente, llegó temprano a la oficina! ¡Si está frío, llego tarde! ¡No quiero tu desayuno! ¡Debe estar frío o... caliente! ¡Y  me gusta ni frío ni caliente!    

 

Silencio.

 

NOCASTA (sin siquiera moverse): Hoy no te hice el desayuno. Tenés el de anoche caliente. Igual lo tomás siempre frío.

 

VIGILIO (cansado de su parlamento): Voy a ver si está frío o caliente. (Cambio.) Aunque no tengo tiempo, querida, de desayunar con vos. Mañana sí ¿Te parece? (Pausa. Nocasta ni se inmuta.) ¡Tenemos que programarlo! ¿Pasado mañana? 

 

Vigilio deja el maletín y el paraguas. Sale. Vuelve con un diario inmenso sin nada escrito. Y parado comienza a hojearlo a una velocidad que leer sería imposible para cualquiera.

 

Vigilio: No comprés el diario. Yo tampoco lo voy a comprar. El día que lo compro yo, vos también lo comprás. Tenemos el diario de mañana y mañana podríamos comprar el de ayer ¿Me escuchas, Nocasta? ¿Amor? ¿Amorcillo? ¿Perra inmunda? ¡Hoy te voy a comprar un lavarropas y un consolador! ¿Querés? (Nocasta se sienta abruptamente en la cama y sonríe.) ¡Ah! Mañana hacéme acordar que te haga un hijo y te regale un libro de García Márquez.

 

Nocasta exaltada se levanta de la cama.

 

NOCASTA: ¿En serio, Vigilio?

 

VIGILIO: ¡Te prometí todo eso hace diez años! ¿No lo cumplí?

 

Ella se acerca como un felino y lo toma del brazo como frente a un altar de casamiento.

 

NOCASTA: ¿Te acordás el día que nos casamos por la iglesia civil? ¡El altar, la boda, el juez, la fiesta! ¿Te acordás, Vigilio? (Suspira profundamente.) ¿Dónde están los rollos que nunca revelaste? ¿Dónde está el chico del video? Le pagaste. Nunca apareció.

 

VIGILIO: Nocasta, vos sos más judía que Woody Allen. Yo soy completamente ateo y agnóstico. Vengo de familia católica. No nos casamos. Nos juntamos en este loft ¿De qué me hablás?

 

NOCASTA: ¿Loft? ¿Qué loft? ¿¡Llamás a esto loft!? ¡Esto es un... bulín! ¡De un ambiente! ¡Pagado en cuotas de veinte pesos a veinte años en Lugano Construcciones! ¡Atorrante! ¡Donde vos vivías de casado! ¡Ah! ¡Claro! ¡Qué digo! ¡Casado! ¡Nunca te casaste conmigo! ¡Me estás haciendo agarrar un ataque de útero!

 

VIGILIO (retraído y dubitativo): Te salve de tu familia a los once años. Pedías a los gritos que te raptara. Te expliqué todo cuando te indispusiste la primera vez ¿Te olvidás de eso?

   

Ella se pone seria y mira el piso. Él toma el maletín, el paraguas, dobla el diario y se queda inmóvil observándola. Largo silencio. Luego él se acerca un poco, lentamente.

 

VIGILIO (de gran ánimo y jovialidad): ¡Me-voy-al-tra-ba-jo-ya!, ¡Vu-el-vo-muy-tar-de! ¿Qué te parece? (No se mueve.)

 

NOCASTA: ¿No me digas? ¿En serio? ¡Chau, amor!

 

Ella se saca los hábitos de monja. Queda en ropa interior de prostituta.

 

NOCASTA: ¡Ah!, ¡gordo!, me olvidaba.

 

Busca algo escondido detrás de la cama. Saca unos cuernos prominentes.

 

VIGILIO (sonriente): ¡Ah, sí, tenés razón, casi me olvido que es viernes! ¿Es viernes? ¿O domingo? ¡No importa! ¡Es lo mismo!

 

Nocasta, con la colaboración de Vigilio, coloca los cuernos en la cabeza de éste.

 

VIGILIO: ¡No pienses que esto significa nada! ¿Eh? No voy a usarlos siempre. Tenélo claro. Aprietan, me van incómodos, me hacen doler. (Ella asiente y ríe.) Chau, amor, hasta mañana ¿Un besote grande para papi?

 

Ella, con asco, le da un beso en la mejilla.

 

VIGILIO: ¡Qué linda estás! ¡Siempre te imaginé así! ¿Eh? ¿Quién lo dijera? ¡Igualita a mi vieja! (Señalando la ropa interior que luce Nocasta.) A ver cuándo te ponés eso para mí. (Vigilio sale.)

 

 

ESCENA 2:

 

Las luces bajan su intensidad y sólo quedan las cálidas. Nocasta corre al teléfono y marca desesperada. Corta ansiosa y vuelve a intentar dos veces más. Termina levantando el tubo y cortando varias veces más sin siquiera marcar. Suena un timbre. Una música melosa y harto romántica invade la escena. Corta inmediatamente el teléfono. Muy feliz corre hacia la puerta. Se arregla bastante, carraspea y abre.

 

NOCASTA: ¡Vigilio! ¡No te esperaba! ¡Qué bueno! ¡Viniste sin avisar! ¿Pensás que estoy siempre esperándote? 

 

VIGILIO EN OFF (paranoico): ¿Vino, se fue, volvió? ¿Está tu marido?

 

NOCASTA (segura y convincente): No, seguro, pasá intranquilo, se fue recién.

 

Entra Vigilio con suma desconfianza y lentamente sentado en una silla de ruedas. Se va la música. Lleva la misma ropa que en la escena anterior pero sin los cuernos. 

 

NOCASTA: ¿Cómo estás, Vigilio?

 

VIGILIO (enfadado): Te dije millones... no, miles; no, mejor dicho, miles de veces que no me cambies el nombre. Si me llamo igual que él, lo mejor es que me llamés Vigilio.

 

NOCASTA (complaciente): No es para enojarse ¿Te parece que te llame... Vigilio?

 

VIGILIO: Está bien. Si te gusta. No me importa. 

 

NOCASTA: Te estuve llamando simultáneamente a tu casa y a tu trabajo. Todo el tiempo ocupado.

 

VIGILIO: A mi jefe le presté mi casa. Mi mujer no está en mi trabajo, está en mi casa. No te podrían haber atendido. (Cambio.) Nocasta, yo lo vi irse recién a tu marido. Me vio. No me reconoció. Me tiró unas monedas sobre las rodillas. Puede volver en cualquier momento. Yo para no asegurarme ¿No volvió un día que se olvidó los cuernos?

 

NOCASTA: Vuelve mañana ¿No te dije que te quedaras tranquilo?

 

VIGILIO: No me gusta esa ropa de amante fácil, aburrida, hastiada que tenés ¿No te ponés los hábitos para mí?

 

NOCASTA: Sí, claro que sí ¡Pa-pi-to! Si es lo que te gusta.

 

Se pone los hábitos y comienza a seducirlo con gestos y miradas mientras se acerca muy despacio, él se va aflojando y empieza a sonreír con picardía.

 

VIGILIO: ¡Qué linda estás! ¡Siempre te imaginé así! ¿Eh? ¡Quién lo dijera! ¡Igualita a mi vieja! A ver cuándo te encuentro con esa ropita para mí.

 

Nocasta se siente encima de sus piernas, enfrentando muy cerca su boca con la de él y cruza los brazos por detrás del cuello de Vigilio.

 

VIGILIO (humillado): ¡No, me duele, bajáte, bajáte, me duele!

 

NOCASTA (juguetona): ¡No seas mentiroso!

 

VIGILIO (humillado): ¡Creéme que me duelen, me duelen mucho!

 

Ella resignada y decepcionada se levanta sin ganas, se para a su lado y lo observa de arriba a abajo con un aire lastimoso, cariñoso y maternal.

 

NOCASTA (piadosa y afectiva): ¿Querés que juguemos a algo? No sé... ¿Querés ver televisión? ¿Escuchar música? ¿Jugar a las  cartas? ¿Al T.E.G.? (Tomando un revólver y ofreciéndoselo.) ¿Querés jugar al juego de la vida?   

 

Él a medida que fue escuchando las propuestas se fue poniendo serio. Baja la cabeza. Nocasta deja el revólver en su lugar, se aleja y se sienta en la silla de ruedas vacía.

 

VIGILIO (resignado y sin mirarla): Siempre terminamos hablando lo mismo. Sé que no querés esos juegos eróticos. A mi me calientan. Soy tu amante y no te puedo dar... afecto, Nocasta, ¿vos qué querés?

 

NOCASTA (confundida y lagrimeando): ¿Yo? Yo... quiero... Yo no quiero... Puedo querer... Pero no quiero... ¿Vos qué querés hacer?

 

VIGILIO (desconcertado, inseguro): Eh... ¿Qué quiero hacer? ¿Y vos? ¿Se puede hacer algo... interesante? ¿Qué hacemos? ¿Se te ocurre algo?

 

Largo silencio.

 

NOCASTA: La última vez que viniste o... que te fuiste  me quede mal, muy mal. Fue porque viniste o... porque te fuiste. Hoy, no sé por qué, me hacés sentir mal, muy mal, otra vez. (Pausa.) Quiero que te vayas. (Pausa.) ¿No viene Vigilio? (Pausa.) Quedáte, Vigilio, por favor, quedáte un rato más, ¿sí?  

 

Él se queda pensativo y ensimismado.

 

VIGILIO (con la vista perdida): Hoy es como si yo no hubiese venido. Tenemos que esperar a que venga tu marido ¡Se va a poner linda la cosa! ¿No te parece, Nocasta?

 

NOCASTA (llena de júbilo): ¡Claro!, ¡tenés razón! (Se va poniendo seria y pensativa.) ¿Siempre es ésa la cuestión? ¿Y qué tenemos que hacer?

 

VIGILIO (sonriente como un vendedor): ¡Tenemos que desnudarnos, meternos en la cama y darnos afecto! ¡Sentir algo! Hasta que llegue tu marido ¡Dale! 

 

NOCASTA (deslumbrada): ¡Apenas estemos ahí (Señala la cama.), él va a tocar el timbre!

 

VIGILIO (con aire decidido y de mando): ¡Manos a la obra!

 

Nocasta se levanta de la silla y se quita los hábitos apresuradamente. Vigilio, en su silla, se traba en lucha con su ropa. Nocasta trata de ayudarlo. Le resulta un trabajo harto dificultoso.

 

VIGILIO (preocupado): Nocasta, si nos metemos vestidos va a ser mejor. Es lo mismo. (Nocasta deja su tarea.) Lleváme hasta el costado de la cama. (Nocasta hace lo que le pide.) Acostáme. (El trabajo para bajarlo de la silla es complicadísimo; desisten.) Mejor me quedo acá. Acostáte vos. (Ella lo observa con fastidio.)

 

NOCASTA: ¡El efecto no es el mismo! ¡A la cama! (Empieza a empujarlo, como una bolsa de papas, para que se caiga de la silla).

 

VIGILIO (humillado): ¡No, Nocasta, por favor, me duele, me duele en las piernas! (Ante sus infructuosos esfuerzos y la falta de colaboración de Vigilio, ella desiste con resignación y enfado).

 

NOCASTA: ¡Bueno, quedáte ahí y no llorés más! ¿Estamos?

 

Ella saca de atrás del colchón un juguete pornográfico (por ejemplo: un cura con un gran pene movible) y se lo pone en las manos con brusquedad; da toda la vuelta a la cama y se acuesta. Vuelve la música melosa y harto romántica. Los dos miran al frente, fijo, serios e inexpresivos durante un largo silencio. Empiezan a mirarse alternativamente con tristeza y miran luego a la puerta por donde debería llegar Vigilio. La música va bajando hasta desaparecer.

 

NOCASTA (resignada y triste mirando al público): Vigilio, no llega, Vigilio ¿Qué hacemos? 

 

VIGILIO (condescendiente): Ya va a venir. Quedáte tranquilla. No es la primera vez que pasa que no venga. Están dadas todas las condiciones. Lo sabés. Habrá tenido algún retraso. Quizá va a llegar tarde del trabajo ¿No lo podés llamar?

 

NOCASTA: ¡Ni loca! ¿Cómo lo voy a llamar al trabajo? ¡Me lo tiene prohibido!

 

VIGILIO (avieso): ¿Y si no está en el trabajo?

 

NOCASTA (intuitiva y clavándole los ojos): ¿Qué querés decir?

 

VIGILIO (irónico): Eso. Nada más. Tal vez tuvo alguna reunión. Una cena con los jefes. Una fiesta ¿No se reúne a jugar al T.E.G. con los amigos? ¿Qué sé yo? ¡Algo! No sé.

 

NOCASTA (angustiada): ¡No echés leña al fuego! Es un disparate lo que decís (Pausa.) ¿Sería capaz de una cosa así? 

 

VIGILIO (retraído): No digo más nada. Nunca digo nada. No iba a decir nada. Quería decir algo nada más. No hablemos mejor.

 

NOCASTA (terminante): Sí, mejor.

 

Largo silencio en el cual se miran alternativamente con cara de resignación y luego observan a la puerta. Poco a poco Vigilio empieza a ponerse fastidioso e inquieto, se sacude en la silla, se mueve, se despereza, se estira y lentamente se va molestando y enfadando.

 

VIGILIO: Nocasta... yo... me voy. (Arroja el juguete lejos de sí y comienza a mover su silla de ruedas hacia la salida.) No puedo más. No quiero esperar. Quiero terminar con esto. No quiero más esta situación. Estoy harto de... mí.

 

NOCASTA (se levanta desesperada de la cama y va directo hacia él): ¡Pero... por qué!, ¡qué pasa, qué hice bien!, (Vigilio trata de sacársela de encima con manotazos despectivos.) ¿En qué no me equivoqué? ¡Si estamos tan bien, también juntos! ¡Qué pasó, Vigilio!, ¡qué hicimos!, ¡todo se acabó, por qué!

 

VIGILIO (como lastimado y lagrimeando): ¡Quiero tener un hogar! ¡Quería tener una familia con vos! ¡Quería quedar embarazado! (Nocasta se arrodilla a su lado y se aferra a la silla de ruedas.) ¡Quería esperarte cuando volvieras del trabajo, lavarte y plancharte las camisas, cocinarte, cambiar pañales! ¡Y vos...!, ¡vos...!, ¡lo arruinaste todo!

 

NOCASTA (aterrorizada): ¡No, Vigilio, por favor, te lo pido, no! (En un acto desesperado y demostrativo corre a la otra silla de ruedas vacía y se sienta.) ¡Mirá, Vigi, mira lo que hago, lo hago por vos, sólo por vos! (Vigilio trata de no mirarla porque lo va enterneciendo y quiere evitarlo; la observa de reojo y luego abruptamente evita mirarla.) ¿Te gusta? Amor, podemos ser muy felices juntos.

 

VIGILIO (gravemente): Mientras yo esté acá, él no va a venir. Tal vez nos está volviendo locos, ¿no ves?, ¿no te das cuenta del juego que nos hace? ¡Me voy! (Marca salida montado en su silla.)

 

NOCASTA (alaridos desgarradores): ¡No, por favor, no! ¡Vigilio, mi Vigilio, no! (Repite continuamente.)

 

Vigilio sale haciendo caso omiso a los gritos de ella. Poco a poco Nocasta va bajando la intensidad de sus gritos hasta que se queda callada y con la mirada perdida hacia el lugar por el cual se fue él. Las luces se apagan.

 

 

ESCENA 3:

 

La escena está igual que en la escena anterior; salvo que el juguete pornográfico no está a la vista. Se prenden las luces. Nocasta está en el centro del escenario, inexpresiva, seria y con la mirada perdida. Suena un timbre. Nocasta no se sorprende y prepara una cara de mal humor y enojo. Luego se dirige hacia la puerta. Vuelven a tocar el timbre. Nocasta se enfada aún más. Vuelven a tocar el timbre. Abre la puerta y entra Vigilio vestido con los cuernos, traje, corbata, zapatos, portafolio; y paraguas y diario inmensos. Trae un walkman en su cintura y conectados a él unos auriculares colgados de su cuello. En una mano lleva una botella de agua mineral o de una bebida saludable de deportistas de la cual bebe con avidez. Le da los cuernos a Nocasta, quien los esconde tras el colchón.  

 

NOCASTA (intempestiva): ¿Dónde no estuviste?

 

VIGILIO (mientras bebe distraídamente): Estaba linda la noche. Me fui a correr un poco ¿Por qué?

 

NOCASTA (segura de sí): No vas a correr nunca de noche. No te creo.

 

VIGILIO (altanero): Sí... sí... es verdad... no fui a correr. A caminar un poco. Necesitaba pensar en no pensar en lo que pensaba que estaba pensando.

 

NOCASTA (escabrosa): ¿Por qué decís cosas cercanas a la verdad? ¿Por qué ustedes los hombres tienen que pensar tanto? ¿En qué tenías que pensar para no pensar que no estabas pensando en mí? ¿Qué vas a decirme cuando no me digas todo lo que pensaste y me digas cosas que no pensaste ni yo tampoco? Decíme la verdad, pero la pura verdad: ¿con quién estuviste, Vigilio?

 

VIGILIO: Estuve con nadie, siempre estoy con vos... aunque no lo esté.

 

NOCASTA (histérica): ¡No te creo!, ¡no puedo creerte!, ¡no debo creerte! (Apesadumbrada.) ¿Debo creerte?

 

VIGILIO (se aleja de ella, le da la espalda): Nocasta, el problema es que estoy con vos, siempre estoy con vos.

 

NOCASTA (herida gravemente): ¡Cómo sos capaz! ¡Cómo te atrevés a no decirme una cosa así!

 

VIGILIO (angustiado): ¡Basta!, ¡estoy harto, no puedo más, no voy a poder separarme de vos nunca!

 

NOCASTA (fuera de sí): ¡Sí, tenés razón, es imposible! ¡Yo tampoco quiero nada, no quiero más nada de vos!

 

Los dos se miran fijamente, se clavan los ojos, enfurecidos, fuera de sí. En cámara lenta cada uno toma un revólver de la mesita y se apuntan. Ambos están a punto de decir algo, pero no pueden, están contenidos.  

 

VIGILIO: ¡Me voy con Nocasta!

 

NOCASTA: ¡Me voy con Vigilio!  

 

Al instante se quedan paralizados, anonadados y tensos. Sus ojos se hacen grandes. No pueden pronunciar palabras hasta que vuelven a gritar simultáneamente:

 

VIGILIO: ¡Matála!          

 

NOCASTA: ¡Matálo!              

 

Así permanecen hasta que se apagan las luces y se baja el   

 

TELÓN

Contacto con el autor: Ernesto Marcos: ernestomarcos71@hotmail.com

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