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LOS TRENES SIEMPRE ESTÁN LLEGANDO

de  MÓNICA OGANDO

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

LOS TRENES SIEMPRE ESTÁN LLEGANDO

de Mónica Ogando

monicaogando@yahoo.com.ar

 

Estrenada en Buenos Aires, en el ciclo Teatro x la Identidad, julio de 2002.

 

Sinopsis: Verónica tiene un lejano recuerdo infantil: a sus cinco años, su madre estaba embarazada. Si era niña, la llamarían Laura. Pero los padres de Verónica fueron secuestrados y desaparecidos por la última dictadura militar argentina. Verónica desde entonces vivió con sus tíos en el exilio. Nunca supo cuál fue el destino del bebé que su madre tenía en su vientre.  Nunca supo que ese bebé nació en cautiverio, y fue una niña. Nunca supo que otra familia se apropió de su hermana y también la llamó Laura. Laura y Verónica jamás se conocieron, pero se intuyen. Luego de veinte años, ambas, a su modo, intentan reencontrarse y se enfrentan a los conflictos de recuperar la identidad perdida.

 

El escenario está despojado. En cada uno de los extremos, Laura y Verónica. La espacialidad escénica debería estar bien diferenciada en la ubicación de los personajes ya que sus miradas jamás se encuentran. La iluminación difusa debe sugerir un atardecer. Sombras  que simulan el paso del tren. El sonido debe connotar cierta sordidez y desolación. La luz nítida sólo se focaliza cuando cada personaje toma la palabra.

 

VERÓNICA: Desde hace unos años descubrí que siempre me  habían gustado los trenes al atardecer.  Recién ahí entendí por qué: cuando el ojo de la máquina se funde con los últimos colores del día, siempre vuelve el largo recuerdo. Fueron tantos años allá... Años tan fríos, tan puntuales, tan discretos... Tan... Busca la palabra, no la encuentra. Ríe. No, allá no existen estos atardeceres. Por eso hay que volver. Hoy es ese día; ella se acerca en el próximo tren.  Alguna vez pensé que los trenes tienen el sabor amargo de una despedida inconclusa. Pero hoy las luces se anuncian sobre las vías con la paciente docilidad de lo inevitable: los trenes siempre están llegando.

 

LAURA: A mí me encanta este lugar. Siempre me gustó, de chica me deslumbraba. Pero... Venía a escondidas... En casa estaba terminantemente prohibido, claro,  porque cómo una nena de familia iba a estar vagabundeando en medio de vías abandonadas. Pero a mí me gusta venir acá, me da cierta paz, qué se yo,  es como un encuentro conmigo misma. Sí, ya sé... soy un poco rara,  pero cada uno es como es.

 

VERÓNICA: Qué lentitud la de mi espera...  Y bueno, estaré ansiosa pero no por eso voy a privarme de la íntima alquimia de este momento.  Los trenes tienen mucho de infinito: la encrucijada de acero;  el  rojo del sol que se mezcla con el gris;  el horizonte perfecto: un tren estaría perdido sin su horizonte, ¿qué sería de los trenes sin  el cielo abierto y la tierra expandiéndose a su antojo?  Este es mi paisaje, mi paisaje sencillo.... Difuso, mi paisaje difuso.  Y quieto, muy quieto.  La quietud es la fotografía de mi espera. Sólo se interrumpe cuando llega el tren, cuando el lánguido traqueteo de las ruedas deja flotando en el aire una resonancia mustia.

Las agujas de algún reloj de estación deben están señalando esta hora; las del mío se han detenido...  Quién sabe si anoche me acordé de darle cuerda. Sí, ya sé... Parezco fuera del tiempo,  pero a mi reloj hay que darle cuerda para que funcione. Mi recorrido ha llegado hasta aquí, hoy se lo tengo que decir, irremediablemente.

 

Pausa

 

VERÓNICA:¿Y si le ponemos Laurita, como a mi muñeca?

 

LAURA:      Laura porque así se iba a llamar mi hermana. Yo hubiera tenido una hermana, pero antes de que yo naciera mamá perdió un embarazo. Siempre me hubiera gustado tener una hermana. Pero bueno, la familia no se elige, viene sola. En realidad a mí me parece que la familia lo elige a uno, porque por más que los viejos sean como sean, uno siempre los quiere ¿no?

 

VERÓNICA:         Es raro porque es como que yo tengo muchas certezas de ella, y sin embargo nunca la vi. Pero es como si siempre la hubiera conocido...

Pausa

VERÓNICA:        Color del tiempo! Sí, color del tiempo,  ella tiene ese color de ojos... El color de sus ojos cambia según el momento en que uno los imagine... Son tantas las posibilidades de pensarla... Es más,  tengo muchos recuerdos de ella, pero no, claro,  qué íbamos a jugar al elástico allá... ¡en medio de la nieve! No, si ella se quedó acá. Con mamá... Con papá. Silencio. Ensimismada, evocativa. No, no sé, ese día me quedé yo... No sé... es todo tan confuso, tan lejano... A veces hay tanta memoria en el olvido... No, no,  me parece que no me acuerdo.

 

LAURA: Mamá me dijo toda la verdad siempre. Desde que era chica, cuando tenía cuatro años me contó todo. Que me adoptaron porque tenían muchas ganas de tener una nena y como mamá no podía... Por esas cosas de la vida justo encontraron una familia que me dio en adopción. Incluso mamá me dijo que mi madre biológica le dejó una carta y todo, explicando por qué no podían tenerme y que mejor tener otra familia... Yo no guardo rencor... Los padres son los que uno tiene, los que uno siempre tuvo. Igual, la carta nunca la quise ver y mamá tampoco me la hubiera dado.

Pausa

LAURA:      Para qué revolver más. A veces me mata la curiosidad, porque es curiosidad.

Pausa

LAURA:      Mi mamá y mi papá son mi familia, hermana no porque nunca llegué a tener. Yo no puedo borrar a mi familia en un segundo solamente porque me mate la curiosidad. ¿Qué pasa si por andar averiguando les hacen algo? Si a ellos.... Si a mis viejos les pasa algo yo me muero.

 

VERONICA: Yo podría elegir el olvido. Vivir veinte años en una tierra tan lejana, tan distinta, tan ajena... Debería haber tenido su efecto...  Prácticamente no conocí otros olores, otras nieves, otras  noches que esas...  Pero no. Por algún extraño magnetismo uno se siente atraído por ciertos lugares y regresa, inevitablemente. Uno nunca se va. Uno siempre está llegando. Como siempre decía el abuelo... El abuelo... ¿te acordás del abuelo? No, claro, qué te vas a acordar , si no llegaste a conocerlo.

 

LAURA: Yo podría haber tenido otra familia. Todos podríamos haber sido otros. Pero somos los que somos. Tan distintos y tan iguales a cualquiera. En muchas cosas somos una típica familia argentina. Tango, mate y dulce de leche no faltó nunca en casa. Como en cualquier casa.

 

VERÓNICA: Más que buscarla, yo prefiero esperarla. Los métodos convencionales nunca me gustaron. Me parecen bruscos... Violentos... No, no me gusta, mi hermana no tiene nada que ver con esas sensaciones. Una no necesita buscar a una hermana. Una solamente necesita reconocerla, abrazarla, qué se yo... sentirla hermana...  La vi tantas veces...  Pero... ¡Hay que animarse a correr detrás de las personas  como una obsesiva!  No parece algo muy correcto, ¿no?   Por lo menos allá la gente jamás lo haría, allá es todo tan prudente, tan correcto...  Pero a lo mejor acá... Acá uno se podría permitir un desliz de esos. Una vez me atreví, ella iba por la vereda de enfrente... yo la llamé por su nombre pero se ve que no me oyó... Quise cruzar la calle pero justo pasaba un colectivo, así que tuve que esperar... Pero cuando el colectivo pasó,  ella ya no estaba. No había nadie en la vereda de enfrente... Era como si se hubiera esfumado. Pero era ella... ¡Era ella! Lástima... Justo que me había animado...

Pausa

VERÓNICA: Pero a lo mejor no era ella ¿no? Porque uno a veces se olvida de las caras...  Los recuerdos son como invenciones... es muy difícil distinguir si uno cree que fue así o quisiera que fuera... Además yo no soy muy fisonomista que digamos... más bien me impulsan otras certezas. Yo digo que ella tuvo que haber estado por estos mismos lugares, estoy segura... no puede ser de otro modo. Mi búsqueda implacable tuvo un único sentido. Recorrí todos los sitios donde la vi, y hablé con todas las personas con quienes ella también habló,  preguntando estúpidamente por Laura... O por ella, porque no sabía su nombre, y porque no había una razón lo suficientemente poderosa que justificara mi obsesión.  Con el tiempo fui perfeccionando mi discurso; creo que mis excusas llegaron a ser bastante buenas y creíbles.  Esta fue una de mi mejores invenciones: una amnesia esporádica (aunque imprevisiblemente recurrente), ocasionada por un accidente automovilístico, me impedía recordar ciertos detalles, como el nombre de algunas personas, es precisamente el caso de esta vieja amiga de la que le hablo, a la que me cuesta mucho localizar, porque además hemos perdido el contacto ya que yo estuve  viviendo en el extranjero durante siete años por motivos profesionales, y cosas que ya no me acuerdo porque en mi rutina también improvisaba bastante...

 

Pausa

 

VERÓNICA: Ese día mami estaba sentada en el sofá y papi de un lado y yo del otro le sentíamos las pataditas a Laurita. Porque le vamos a poner Laurita como a mi muñeca. Mamá, ¿cuánto falta para que la hermanita salga de tu panza? Ah!.... ¿dos semanas es mucho tiempo?

 

LAURA: La familia es la que te cuida cuando estás enfermo, es la que te consuela cuando te ponés triste...

Pausa

LAURA:      Pero bueno, ellos no tuvieron la culpa, la  historia tampoco la elige uno. ¿Quién soy yo para juzgar a alguien? Uno no elige ser quién es. Uno es el que puede ser... entre tantas personas. Mi hermana podría haber nacido. Pero yo no tengo una hermana. Mi hermana soy yo. Lo único que sé es que yo soy Laura porque así se iba a llamar mi hermana, y que mis viejos son mis viejos... Y que yo soy su sangre...  Lo demás... quién sabe, no es bueno hacerse tantas preguntas... Mamá dice que yo soy su sangre, su vida, que si un día  yo le faltara ella se muere... Además,  al fin y al cabo, quién es uno después de todo... ¿el que uno cree que es? ¿o el que los otros quieren que sea? No, no vale la pena insistir con un tema que no tiene resolución... Yo no sé qué me pasa... debe ser este lugar... debe ser que hace mucho que no vengo... me hace pensar demasiado... Más de lo necesario. No se puede pensar en lo que nunca fue. No, yo no quiero saber, estoy bien así... Además, ellos... Ellos son mi única familia, ellos son lo único que tengo en el mundo... Hermana no tengo porque la que podría tener se murió antes de que yo naciera... ¿Cómo voy a hacer para conocerla si ella ya no vive? ¿Qué pasa si por andar averiguando les hacen algo? Sería como convertirme en cómplice ¿no? Porque a mí quién me garantiza que no les van a hacer nada... Si a ellos... Si a mis viejos les pasa algo yo me muero.

 

VERÓNICA: Estar lejos te devuelve la mirada. La soledad, la lejanía, el desarraigo tienen que servir para algo. Inevitablemente, un  horizonte siempre tiene un camino que lo precede. Yo sé que allá mis tíos me criaron como a una hija, pero igual no me alcanza. Yo extraño a mi muñeca. A Laurita.   Sus ojos... Sus ojos también, como los trenes, siempre miran al horizonte, buscan algo. Lánguidos, risueños,  enigmáticos, levemente rasgados... Así son sus ojos. Color del tiempo. El brillo de su mirada, que tiene cierta presencia infantil, no me permite calcular su edad sin que tropiece con cierto margen de error ;  su sonrisa leve y tangible también desorienta mi pronóstico. Si no llevo mal la cuenta creo que tiene que ser apenas unos años menor que yo, Cuatro... o tal vez cinco años menos, no puedo precisarlo... De lo que sí me acuerdo es de que era otoño... Bueno, no sé,  yo digo otoño porque tengo la imagen de las veredas cubiertas de hojas secas y el cordón de mi cuadra lleno de ese polvo amarillo que a todo el mundo le produce alergia... Pero la fecha exacta, no. No, no soy buena para eso, para recordar fechas. Mis recuerdos son como más fotográficos...

Pausa

VERÓNICA: El otro secreto es su nombre; aún no lo sé. Igual para mí ya quedó en que es Laura. Laurita, como mi muñeca. Siempre va a ser Laura. Por eso estoy aquí, aguardando su llegada, justo a la hora indicada, justo en el momento en que los últimos rayos del sol descansan sobre el acero y los durmientes comienzan a merecer su nombre. Prefiero que sea así, y no recurrir  a ciertos métodos que podrán ser muy prácticos, pero... Eso... Lo de las pruebas... No, no es para mí, no me gusta... Yo prefiero esperarla... no sé, que todo sea más cálido, más íntimo...

 

Laura se va. Pausa. Van cambiando las luces de tonos cálidos a fríos. El sonido potencia un clima de  desamparo.

 

VERÓNICA: Está comenzando a  refrescar  un poco.  Y bueno, es normal, en esta época del año siempre refresca por la noche.  Mi paisaje se está tornando muy desolado, ya no hay rojo y gris, sólo negro.   Ya no hay horizonte, sólo un bosquejo precario... Como si todo fuera plano, como si no hubiera un camino...  Supuestamente a esta hora pasa un tren a un paso muy lento,   tan lento que uno podría subir o bajarse sin problemas.  Pero no hay trenes, sólo escucho el sonido de una locomotora, así como a lo lejos...

 

Pausa

 

Tengo miedo de estar en el sitio equivocado; creo que estoy comenzando a preocuparme; tengo miedo de no recordar sus ojos, su mirada...  Si yo la vi tantas veces... creo... No, estoy segura. Lo que pasa es que justo cuando iba a acercarme a ella siempre pasaba algo... o me parecía que era ella pero no, era muy parecida, nada más...  O justo me la cruzaba en una escalera mecánica cuando yo bajaba y ella subía... o al revés, no sé.  Una vez la vi en el reflejo de una vidriera,  pero cuando me di vuelta ya no estaba... Fue mala suerte, qué va a ser...

 

Pausa

 

VERÓNICA: Si alguien sabe algo más de ella, de Laura,  o no sé... de mi muñequita... Si alguien sabe algo, le pido, por lo que más quiera en el mundo, que por favor me avise... No quiero ser ansiosa, pero ya no puedo seguir demorando mi esperanza...  Yo sé que ella tiene que aparecer en cualquier momento, pero hace muchos, muchos meses que la espero,  y ella nunca llega.

 

Sonido de trenes in crescendo. Bajan las luces.

 

Apagón.

Buenos Aires, marzo de 2002

Versión corregida al 30/10/02

monicaogando@yahoo.com.ar

 

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