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Madre, niña, puta

 (sinfonía nocturna de mujer)

de Joaquín Lozano

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

Joaquín Lozano

 

 

 

 

 

 

Madre, niña, puta.

(sinfonía nocturna de mujer.)

 

 

Esta obra esta dedicada a Marisol y Daniel. Sin ella, sin él, no hubiera sido posible.

  

Personajes

 

Ana

Madre

Niña

Andrea

Isabel

Pedro

Médicos

Señora de la limpieza

 

 

 

Estrenada el 1 de diciembre de 1997 en el teatro el Albeitar de León (España) por el grupo Zeia Manía teatro con el siguiente reparto:

Ana: Chus Espeso.

Madre: Patxi.

Niña: Rosalía Blanco.

Andrea: Ruth De Rioja.

Isabel: Eva Llamas.

Pedro: Fran Gonzalez.

Jefe Médicos: Juan Carlos Miravalls.

Mujer de la limpieza: Rosalía Blanco

Duende: Fran Gonzalez.

Cuerpo médico: toda la compañía.

Dirigida por: Joaquín Lozano.

 

 

MOVIMIENTO 1.

(Los actores están sentados en el patio de butacas entre el público. Al acabar su parlamento se marchan corriendo hacia bastidores).

MADRE

Los sueños están pintados con globos de colores. La realidad, en cambio, con sangre seca de las rodillas, mocos y voces estridentes pidiendo incansablemente pan y chocolate.

ANA.

¡Zorra!, ¡puta!; estas expresiones no son frases de amor.

PEDRO.

Si hay algo que no soporto es el victimismo. El poder de la víctima es un poder como otro cualquiera.

NIÑA.

Din, don, din, don.

Campanilla nunca dejes de sonar.

Din, don, din, don.

JEFE DE OPERARIOS.

¡Niña!, deja de decir tonterías; cállate y sé obediente.

OPERARIO.

Sólo es una canción infantil sin sentido.

JEFE DE OPERARIOS.

Eso es lo que la gente cree. En la sabiduría popular al clítoris se le llamaba campanilla. La pequeña no conoce el significado, pero hay que asegurarse.

ISABEL.

Yo la verdad es que le tengo un poco de miedo. Ya desde el embarazo estás tan ocupada por dentro ...

(Se abre telón. Estatuas metálicas de mujer a las que están atadas unos globos. Un duende y una niña que lo observa atentamente).

MADRE. (Desde dentro).

Ana, Ana ¿dónde estás?.

 

NIÑA.

Din, don, din, don.

Campanilla nunca dejes de sonar.

Din, don, din, don.

MADRE. (Repite)

Ana, ¿dónde estás?.

NIÑA.

Din, don, din, don.

Campanilla nunca dejes de sonar.

Din, don, din, don.

Mis piernas corren detrás de un ratón,

debajo de la falda no tengo ningún dragón,

din, don, din, don.

MADRE. (Gritando).

Ana, ¿dónde estás?.

NIÑA.

Aquí madre, jugando.

MADRE.

¡Otra vez jugando! (Dando golpes de llamada)

¡Abre la puerta...., abre la puerta de una vez!

(La niña se encamina hacia la puerta; al llegar a ella, y antes de abrir, mira hacia atrás y dice...)

NIÑA.

Es mi madre, debes de marcharte (el duende se deja caer y desaparece de escena. A continuación abre como si nada hubiera pasado).

MADRE.

¿Qué ha sido ese ruido?

NIÑA (Con tranquilidad)

Se acaba de explotar un globo.

MADRE.

La vida está llena de problemas. Y Los problemas son como las agujas, pinchan los globos y deshinchan las ilusiones. Eso es lo que tienes que aprender; y ya basta con el soniquete, llevas así más de una semana (condescendiente) Si no aprendes no crecerás.

NIÑA.

Se crece si comes mucho y bebes leche

MADRE.

Anda, ayúdame a colocar el jardín.

NIÑA. (Mientras traen entre las dos la mesa).

¿Mama?

MADRE.

¿Qué?

NIÑA.

¿Por qué se casa la gente?. ¿Por qué se muere la gente?

MADRE.

Vamos a por las sillas. (Van a por ellas y traen una cada una)

NIÑA.

¿Mama?

MADRE.

¿Qué?

NIÑA.

¿Qué es masturbarse? (La madre sin decir nada recoge los globos y se encamina hacia la puerta).

MADRE. (Desde la puerta)

Acaba de ordenarlo, y cuando termines ven a ayudarme a hacer la comida.

(Desde dentro se oye cómo va explotando los globos uno a uno).

NIÑA. (Sin hacer el menor caso)

Din, don, din, don.

Campanilla nunca dejes de sonar.

Din, don, din, don.

Cuando la tocas es más dulce que un bombón.

Din, don, din, don.

(Oscuro)

ANA (Delante, muy cerca del público mirando al papel como diciéndolo para sí).

Gómez Ana, positivo, positivo. Ana Gómez positivo (Da un beso al papel y se lo guarda en el bolsillo).

(Dirigiéndose al público)

 Esta mañana he sabido que estoy embarazada. Soy la mujer más feliz de la tierra. Atrás quedan meses de angustiosa espera, nueve largos meses envueltos en infinitas dudas creyendo que mis entrañas estaban muertas. Nadie me acusaba, sólo yo. Pero mis lágrimas que aparecían en el momento más inoportuno me delataban.

Soy una mujer, como se dice ahora, con éxito, universitaria, un buen puesto de trabajo, y a decir de mis amigos no guapa pero resultona. Pero triste porque no podía ser madre; eso creía yo hasta esta mañana.

Había entrado con miedo, pero al salir de la farmacia una sensación extraña recorría mi cuerpo. Los gestos eran los habituales para caminar: un pie, luego el otro, el brazo contrario de la pierna se movía acompasadamente; pero yo en cambio flotaba. O eso parecía. Andaba despacio, respiraba despacio como queriendo absorberlo todo. Sentía como su mano íntimamente entrelazada con la  mía me decía, “Amor, amor lo hemos conseguido, lo hemos conseguido”.

Lógicamente aún no se notaba pero daba igual, En mis venas algo se movía ya con la urgencia de la primavera. Embebida en esa sensación, los pies parecía no tocar el suelo, anduve sin parar. En la calle de todos los días, en la acera de todos los días, se posaba en un instante en mi retina antes de desaparecer, como cada día, los mismos comercios y la misma gente. Sabía perfectamente que eran sus mismas manos y sus mismas caras de siempre envejecidas por la grisácea rutina, pero hoy me parecieron diferentes. Esta mañana, en medio de sus arrugas estériles advertí en ellas una posibilidad nueva no explotada todavía para la que aún había tiempo.

Les saludaba con la vehemencia con la que reciben los pajarillos todos los amaneceres. Porque me conocía nadie se espantaba, pero todos ponían un rictus de extrañeza. Tras el convencional hola o adiós de rigor, medio confundidos y medio asustados no decían nada porque veían en mis ojos, como nunca lo habían visto antes, una luz diferente. A decir verdad, yo tampoco hasta ahora pero sé que me pertenece profundamente, desde siempre

(Se dirige hacia la mecedora lentamente. Vuelve a sacar el papel del resultado del test y alto y profundo repite).

Ana Gómez, positivo. (Luz cenital suave, Ana se balancea suavemente).

Estoy empezando a recordar cuentos. Estoy empezando a recordar. Andan convulsionadas todas las habitaciones de mi cabeza. La cabeza es, como se sabe, un enorme castillo medieval situado en lo alto de la montaña que es el cuerpo, compuesto de numerosas habitaciones e instancias secretas. A ellas sólo se accede a través de estrechos túneles y pasadizos igualmente estrechos y secretos. Allí como recluidas en celdas habitan múltiples memorias en las que a su vez habitan múltiples pensamientos, que en muchas ocasiones ni sabemos que están. Otras, en cambio, por azar o con enorme esfuerzo tropezamos con alguno de ellos.

(Se adelanta hacia el público. Luz cenital suave).

Estoy empezando a recordar. Se es tan pequeño al nacer, una no sabe ni su nombre. Sí, ya sé lo que me vais a decir. Es cierto que a veces casi desde el primer día de la concepción, aquellos adultos que más tarde resultan ser nuestros padres nos han designado un nombre. Esto es cierto. Sin embargo cuando nacemos no tenemos nombre, sólo sonidos que oímos una y otra vez cuando nos miran. Primero se está vivo y luego una tiene nombre. La primera vez que una llora todavía no tiene nombre. No se puede decir, hablando en propiedad, yo, Ana, estoy llorando. Es más correcto decir alguien, que luego seré yo, que luego me llamaré Ana, está llorando .... ¿Qué me pasa?.

(Se va hacia la mecedora) Estoy empezando a recordar de nuevo, no debo distraerme.

He soñado que dormía pero no es verdad. Me he pasado toda la noche en vela huyendo. Corría de aquí para allá sin reconocer dónde estaba, sin parar de gritar. Gritaba desesperada sin saber porqué ¡No! ¡No me dejéis sola! ¡No!; luego empecé a ver cosas extrañas. No las distinguía bien pero al principio me parecieron personas. ¡No! - me dije - son caballos; ¡son caballos enloquecidos que golpean sin piedad el suelo!. Corrían desbocados a través de los pasillos himplando como si fueran panteras ante la horrorizada mirada de damas y caballeros. Del fondo oscuro, por encima de todos ellos, sobresalía uno. Manos en alto, luce en el cuerpo rojo y en los ojos fuego. Ahí parece seguirle, obediente como los soldados a su general, una turba cada vez más enardecida de animales broncos y ciegos. En su mirada se adivina el orgullo de ser el primero. Al descubrirme, fijó en mí sus ojos de guerrero retándome a un duelo. Supe que iba a morir y noté cómo se me petrificaba el cuerpo. Quise gritar de nuevo y no pude. Como si fuera una tela de araña tejida con viento una extraña hoguera atrapó con inusitada fuerza mi voz entre sus llamas. Extrañamente no quemó mi cuerpo, sólo mi nombre.

Me acabo de despertar y me siento confundida, estoy embarazada y no tengo nombre sólo ganas de recordar como cuando se escribe una carta. Hoy tengo ganas de hablar.

(Ana entra en un jardín refugio donde observa a su madre que está completamente absorta en la tarea que está realizando. La música que se oye alta debe ayudar a la atmósfera de aislamiento. El silencio se hace incómodo. Después empieza el diálogo).

ANA. (Con dureza).

Hola, aquí sigues tal y como te dejé. Hace cuarenta años que no sales de este jardín.

MADRE. (Incómoda y sin dejar de regar las flores).

Estoy muy ocupada, ¿qué quieres?. (Ana se pone a regar las flores).

¡Estate quieta que tú de flores no entiendes nada!; ¿a qué has venido?.

ANA.

A hablar contigo.

MADRE. (Con incredulidad).

¿A hablar conmigo?; ¿cuándo has querido tú hablar conmigo?. Te presentas aquí de imprevisto después de casi diez años - cuántas veces nos hemos visto por ejemplo en los últimos cinco años, ¿tres, cuatro veces? y siempre de compromiso, entierros, bodas o comuniones -. Vienes y dices tranquilamente que quieres hablar conmigo.

ANA.

Nunca me había atrevido hasta ahora. Antes de ayer me dieron el resultado del test de embarazo; es positivo. Estoy esperando un bebé.

MADRE (Con mucha frialdad).

Felicidades. Eso era lo que querías, ¿no?.

ANA.

Seguro que este va bien, Carlos está loco de contento. Me mima mucho y se pasa el día dándome ánimos. Estamos muy felices.

MADRE. (Sin abandonar su actitud de frialdad).

Has dicho que querías hablar conmigo. Te escucho, pero sé breve que no tengo todo el día.

ANA.

Apenas he dormido esta noche. Cuando apagué la luz me caía de sueño, pero no se porqué a los diez minutos me he desvelado y he acabado haciendo un repaso de nuestra vida. Como si fuera una película han ido pasando uno tras otro recuerdos, sucesos, quería ...

MADRE. (Visiblemente nerviosa).

¡Qué desorden hay aquí!, todo el día trabajando y siempre quedan cosas por hacer.

ANA. (Incómoda y algo nerviosa).

Quería decirte (la madre no para de moverse de un lado para otro); ¡te quieres estar quieta y escucharme! (Con calma). Por fin he admitido esa atmósfera amarga que nos envuelve y que, desde el primer día, nos ha ido retorciendo el estómago. ¡Mírate!, aquí enterrada en este silencio casi eterno. La apatía es como un boomerang maldito que sólo devuelve más silencio y sufrimiento.

MADRE. (Muy nerviosa).

Tú siempre ha sido una persona difícil, con el mal humor a flor de piel. Desde que eras bien niña parecías ir a tu aire. En tu cara parecía leerse “no necesito a nadie, me valgo sola”.

ANA. (Con tristeza aceptada).

Si hubieras comprendido cuánto te necesitaba. Ahora, con la distancia, me doy cuenta qué insuficientes son las fuerzas de una niña para luchar contra esa herencia envenenada que se transmite sin cesar, automáticamente, de madre a hija, de madre a hija, de madre a hija como una enorme fábrica, como un gigantesco mecanismo ciego.

MADRE.

No, si ahora me dirás .... (Se oye una música que le corta lo que iba a decir, y aunque está muy lejos se adivina que está muy alta) ... ¡Jesús, ya estamos otra vez!

ANA.

¿Y esa música?

MADRE.

Es tu hermana Andrea. Se pasa el día escuchando esa música horrible.

ANDREA.

¡Hola Ana!, cuánto tiempo sin verte por aquí.

ANA.

¡Hola Andrea!; ven y déjame que te dé dos besos (Se los da) ¿Y esa música?.

ANDREA.

Son los Free; una pasada.

MADRE (Autoritaria)

Quieres bajar de una vez esa música.

ANDREA

Ya voy

ANA.

¿Qué tal van esos planes?.

ANDREA.

Pasado mañana tengo una entrevista de trabajo y si acaso me saliera ...

ANA.

Tengo que darte una noticia

ANDREA.

Pues venga suéltala ya; ¿a qué viene tanto misterio?

ANA.

Estoy embarazada Andrea; lo supe el lunes. Estoy loca de contenta.

ANDREA. (Abrazándose a ella y sin parar de darle besos)

¡Hermana, hermana!; ¿ya habéis pensado el nombre?.

ANA.

¡Mujer!

ANDREA.

Nada, nada, esto hay que celebrarlo.

MADRE.

¿Qué planes son esos de los que hablabais?

ANA.

Pues de irse de alquiler si le sale un trabajo (dándose cuenta de que ha metido la pata) ¿no lo sabías?.

MADRE. (Dirigiéndose con ira a Andrea).

¿Qué pasa, es que no estás a gusto aquí?. Dónde vas a estar mejor que en tu casa.

 

ANDREA.

No es eso, yo ...

MADRE.

Acabar los estudios y ahorrar, eso es lo que tienes que hacer. Ahorras para un piso, luego te casas y te vas con tu marido. Eso es lo que hace la gente normal.

ANA.

¡Madre, tiene casi veinte y uno!. No encierre sus mejores años entre estas paredes; los pulmones necesitan aire fresco para respirar porque sino enferman. Por cierto, ¿dónde está mi padre?.

MADRE.

Deja en paz a tu hermana y no le metas pájaros en la cabeza. Esta es su casa y lo será hasta que ella quiera.

ANDREA.

¿Nuestro padre?. Fuera, como siempre.

MADRE (Enfadada)

¡Trabajando!, se parte la espalda para que tú comas (Dirigiéndose a Ana). Los hijos son, para que lo sepas, unos ladrones de guante blanco  muy caros.

ANA.

Bueno, no será para tanto. ¿Y Alfonso?

MADRE.

No está en casa.

ANDREA. (Con la intención de provocar a su madre).

Hace tres días que no aparece.

MADRE.

Te quieres callar.

ANDREA.

Desde que conoció a Sandra no le vemos el pelo. Sólo viene para cambiarse de ropa. Se ha convertido en un fantasma enamorado.

MADRE.

No es asunto tuyo, así que cierra la boca.

ANA.

Hace tiempo que no se nada de mi hermana Laura. Le escribí una carta pero aún no me ha contestado.

MADRE.

Yo tampoco sé nada. Te ruego que si llega tu padre no saques ese tema.

ANDREA (Con intención de provocar).

Sigue siendo tabú en esta casa. Laura, la más buena de todas nosotras, la hija más mimada, la mejor en los estudios, se ha ido a vivir en pecado con un hombre. ¡Qué vergüenza!.

MADRE.

Vive en un piso con dos amigas.

ANDREA.

Como tú quieras. No, como tú quieras no. De todas formas yo no me preocuparía, somos como cualquier otra familia de este asqueroso barrio. Un conjunto de conocidos anónimos que comparten el mismo apellido e hipocresía, preocupados de que los demás no conozcan demasiado su mierda y que se reúnen de un domingo que otro para no decirse nada. (Dirigiéndose a Ana). Llevas doce años fuera de casa y como ves todo sigue igual. No aguanto más, me voy a mi cuarto a escuchar música (pone el cassette y la música vuelve a sonar muy alta; las dos la miran cómo se aleja; en la puerta se para y dice a Ana). La próxima semana te llamo para tomar un café y me cuentas.

ANA.

De acuerdo, espero tu llamada.

MADRE (Enfadada).

¿Por qué has tenido que traer una nueva tormenta a casa?.

ANA.

No es una hora de venganza; es la necesidad de hablar para que sea posible el futuro. No se puede construir un futuro si no se hacen las paces con el pasado.... Una vez me dijo Juan, con quien por cierto nunca te gustó que me casara, que parecía mentira lo mucho que tú y yo nos parecíamos. Ante mis enfurruñadas protestas me llegó a decir, lo que hizo que aumentara considerablemente mi enfado, que tendíamos la ropa exactamente de la misma manera. Si te he de ser sincera hasta le llamé en un momento estúpido, pero lo cierto es que además de herir mi orgullo, picó mi curiosidad.

MADRE.

¿Y bien?

ANA.

La primera vez que te visité después de aquella conversación fui, esgrimiendo no se que pretexto tonto, a la terraza de la cocina.

MADRE.

¡Jesús!, ¿qué pasó?.

ANA.

Después de fijarme en la ropa un instante, noté cómo me ruborizaba. Juan tenía razón, toda la razón en lo que me decía. Giré la cabeza a derecha e izquierda para ver si había alguien contemplando la escena, no quería que nadie me viera cómo me ponía colorada.

MADRE.

No sería para tanto, ni que hubieras cometido algún pecado.

ANA.

El lugar donde poníamos las pinzas en la ropa y la ropa en la cuerda era el mismo. Cuando caí en la cuenta de que hasta utilizábamos el mismo número de pinzas: dos por cada camiseta, tres por cada toalla independientemente del tamaño que tuviera, dos por cada pierna del pantalón, estallé de sonrojo. En medio de la ira y vergüenza mi cuerpo se paralizaba sin saber qué hacer. Luchaba con desesperación por no parecerme a mi madre y cuanto más luchaba más me daba cuenta de que la tenía metida hasta  la médula.

MADRE.

¿Y qué hay de malo en ello? En eso consiste la función de los padres; yo lo aprendí de mi madre y mi madre de la suya. Hay cosas más importantes en la vida de qué preocuparse (Diciéndolo para sus adentros).

¡Jesús que tontería!.

ANA.

Esto es importante, muy importante, porque ocurre sin que apenas nos demos cuenta.

MADRE.

Tú  que te muestras ahora tan inconformista, a ver qué haces con tus hijos.

ANA. (Enfadada)

Desde luego es  mi intención no añadir un eslabón más de inconsciencia a esa larga cadena. Lucharé por no perpetuar esta retorcida condición. No está inscrita en los genes, ¿sabes?; no son ni el código genético ni ese supuesto diablo al que tú tanto temes y tantas horas le dedicas los responsables de esta maldición; todos tienen nombres y apellidos. A ver cuando te entra en la cabeza que ese largo río de silencio y sufrimiento por el que navegas es artificial.

MADRE. (Enfadada)

¡Qué sabrás tú de ser madre! Para que te enteres, entre la idea romántica de tener un hijo y lo que de verdad es la crianza, hay un abismo. La aventura más hermosa, como algunos la llaman, está llena de noches en vela, visitas angustiosas al pediatra y horas interminables de atormentado llanto.

ANA.

Pero eso sólo es una parte de una corta etapa.

MADRE.

Después de la primera etapa viene la segunda, y después de la segunda la tercera y así sucesivamente. Con cada nueva etapa que llega aumenta los sinsabores y las preocupaciones. Ahora comprendo muy bien a las que me decían cuando tú eras un bebé, “es una lástima que crezcan, si pudieran quedarse así toda la vida”.

ANA.

¡Pero madre qué dices! ¿No eras tú la que decías a todo el mundo que los hijos son la alegría de la vida?.

MADRE.

Sí, pero la vida da muchas vueltas. Te diré algo más. No siempre se sabe, es el día de hoy y aún no tengo una respuesta segura, si lo correcto es traer o no hijos a este mundo; muchas veces ni siquiera es tu decisión.

ANA.

Mira, creo que en eso estoy de acuerdo contigo. Los caminos que una toma en la vida son mitad decisiones propias, mitad empujones. En cualquiera de los dos casos no podemos ni debemos, eludir nuestra responsabilidad. La sinfonía de esta vida se escribe ...

MADRE. (Interrumpiéndola).

Con notas trágicas, con las grietas del pecho y los dolores del parto si eso es lo que dispone el Señor, y no buscando el lado exótico de la vida.

ANA (Tras una larga mirada y pausa de desconsuelo).

¿Y Max?

MADRE.

Por ahí; a pesar de lo viejo que es - ya va para diez años - sigue siendo un putero; aún persigue a todas las perras del barrio.

ANA.

Te parecerá una tontería, pero siempre he creído que los querías más que a mí.

MADRE.

Eso sí que es una auténtica idiotez; el primer perro, por si no lo recuerdas, fue un capricho tuyo. Yo nunca quise ningún bicho en casa pero al final lo conseguiste; bien que os camelásteis a vuestro padre.

ANA.

Sólo fui la portavoz todos mis hermanos lo quería; todas las noches le rogaba al dios de los perros que me convirtiera en uno grande y peludo como Rufo. Así podría ir a todos los sitios y que todos me acariciaran. Nunca se cumplió; no sé, debe ser el síndrome de la hija nacida a destiempo.

MADRE.

¿Te has fijado qué bonitas están estas flores?. Pero cuánto trabajo dan.

ANA.

Es este sentimiento de rutina disfrazado de falsa prisa el que siempre me ha molestado. Toda la casa está impregnada de él. Empiezo a pensar que hasta estas flores han estado alimentadas con ese agua.

MADRE.

Tú siempre buscando príncipes azules y puertas prohibidas.

ANA.

Aislada de todo lo que te rodea en esta jaula de colores, pareces haber olvidado la insospechada profundidad que pueden tener los días; cada uno de los días, cada semana. Con la boca bien cosida siempre has estado en tu papel. ¿De qué sirve toda esta belleza  muerta?. ¿No te parece una cruel paradoja tener prisa porque se espera?. Esperar y esperar y esperar el retorno del héroe.

MADRE (Molesta)

¿Acaso la prudencia y la paciencia no son un valor?. Más te hubiera valido aprender a ser más cauta; eso te hubiera ahorrado un sinfín de problemas, ya sabes a qué me refiero.

ANA (Molesta)

¡Siento no ser tan perfecta como tú!. El silencio y la resignación no son un valor sino las más oscuras de las derrotas, rumiada y semi-olvidada de siete a nueve cada tarde en esa reunión de cacatúas que hacéis alrededor de un café.

MADRE (Enfadada).

¡No tienes ningún derecho a hablarme así!. Esas reuniones de cacatúas como tú dices, que con el tiempo también he perdido, eran una pequeña isla en el desierto. Un punto y aparte donde nos reuníamos y charlábamos de nuestras cosas; el pastel de la vida no es tan dulce como crees tú. Hasta la más exquisita de las recetas está condimentada con una elevada dosis de resignación. Tú no sabes ni una cuarta parte de lo que he pasado.

ANA.

No lo sabía y lo siento, pero no nos engañemos. Vuestra generación ha confundido creación con procreación, salvación física con dignidad personal; y por favor no me vengas ahora con eso de Dios, a su casa vienen, la dura posguerra. La iniciativa, el tomar decisiones, la aventura, eso es la vida y no vivir en una infancia permanente pidiendo permiso casi hasta para respirar.

MADRE.

¡Cuánta palabrería!. Me hubiera gustado verte en nuestra época en la que no había nada que llevarse a la boca.

ANA.

No son los problemas de antes, eso es cierto. Pero ahora tampoco es fácil. ¿Cuando me decías, ya sabes a qué me refiero, estabas insinuando lo de mi primer matrimonio?.

MADRE.

Es tu vida, no quiero hablar de ello. No tienes que dar explicaciones.

ANA.

Quiero que lo oigas de mi boca. Mi primer matrimonio fracasó porque tanto Juan como yo nos dimos cuenta de que la cosa ya no funcionaba entre nosotros. La gente al elegir puede equivocarse y eso fue lo que nos pasó; y no creas que fue sencillo.

MADRE.

Qué vergüenza pasaba cuando alguien me preguntaba por ti. No, bueno, se han separado. Sí, sólo hacía dos años que se habían casado pero ....

ANA.

¿Esa es la razón por la que no quisisteis asistir a mi boda con Carlos?

MADRE.

Ya nos rompiste una vez el corazón y no queríamos pasar una segunda vergüenza. La institución del matrimonio es sagrada y vosotros la frivolizasteis.

ANA.

La cercanía de los cuerpos no la tiene que legitimar ley divina alguna. Las pequeñas grandes palabras que los amantes se susurran al oído en los momentos de amor, no deben dar actividad a las orejas de dioses y diablos. Todos ellos tienen que llamar a la puerta antes de entrar ... (Las dos se miran). Más de una vez te vi mirar a hurtadillas viejas fotografías de cuando eras joven y de cómo se te llenaban los ojos de lágrimas. ¿Por qué sigues aquí?

MADRE. (Indefensa)

Para facilitar las cosas.

ANA.

Dime una cosa. Te refugiaste entre estas flores, los guisos y los cacharros de cocina, ¿por qué?.

MADRE. (Vulnerable)

Más vale tener algo aunque sea mentira que no creer en nada. La vida te da muchos golpes y se necesita algo que sirva de parachoques para poder seguir.

ANA.

Ahora comprendo la fe que ponías en la lotería. ¿Sigues jugando?.

MADRE.

Sí.

ANA.

Recuerdo cómo ponías con cuidado el boleto después de darle un beso debajo de la imagen de la Virgen.

MADRE.

Aún lo sigo haciendo. Pensarás lo que quieras, pero ten el valor de reconocer que el vivir sin casa propia te angustia un poco. Y querida mía, ese malestar se quita con una buena cuenta bancaria repleta de ceros.

ANA.

He de reconocer que con la noticia del bebé ese tema me preocupa un poco más. Claro que me gustaría estar en mi casa. Sin embargo, el calor maternal que necesita un hijo para vivir no lo proporciona ni una cuenta bancaria ni cuatro paredes, sino una cálida mano de carne y hueso.

MADRE.

A veces hablas de una manera que sinceramente no te entiendo.

ANA.

Además de para darles de comer o bañarles, que eso lo puede hacer casi cualquiera, las manos sirven para compartir los secretos que salen de lo más hondo del corazón. Por eso, a una es como si le cortaran las manos cuando siente que es tocada por manos heladas sepultadas en un iceberg de conocimiento sin afecto; es como si te robaran un pedacito de alma. La vida es para tocarla y no ... por allí debe venir otra vez Andrea (Se vuelve a oír la música de los Free adivinándose que Andrea vuelve a acercarse. Cuando llega a escena se ve a una Andrea que se ha cambiado de ropa y que va muy sexy). ¡Andrea, pero qué guapa estás!.

ANDREA.

Me aburría; me voy con los colegas a tomar unas cervezas y luego a bailar.

MADRE. (Enfadada).

Es que no te da vergüenza salir con esas pintas. Qué van a decir los vecinos.

ANDREA.

A mí lo que me da vergüenza es tener una madre tan plasta como tú; ¿Qué Ana, te animas?. Vente con nosotros que nadie te llamará carroza.

ANA.

No, gracias; me quedaré un rato más charlando con nuestra madre. ¡Diviértete!

ANDREA.

Bueno, pues adiós.

ANA.

Adiós Andrea; ¡qué mujer!

MADRE.

¡A ver a qué hora vienes! (Se dirige a Ana de forma tranquila). No comprendo cómo le gusta esa ropa. Tu padre cada vez que la ve salir así vestida se pone enfermo.

ANA.

Sólo pretende comerse el mundo, tal vez de manera torpe, pero es que la vida es para tocarla y no contemplarla envuelta en plástico.(Ligera pausa). Sabes, todavía recuerdo mi colección de muñecas que estaba encima del armario y con las que nunca pude jugar porque como tú decías se pueden romper; y de esta manera, envueltas en plástico, aprisionadas en sus cajas encima del armario, razonabas tú con la dignidad de un profesor, durarán más. Cuántas veces te rogué que me las bajaras. Y con qué ojos te miraba; la tozudez y la rabia aún los abrían más, no comprendo cómo no se salía de sus órbitas.

MADRE.

¿Tozuda? ¡Como una mula! Aún recuerdo cómo te empeñaste - y mira que te lo advertí un millón de veces- en que terminara mal la fiesta de la primera comunión. ¡Vaya si lo conseguiste! “Erre que erre” con que te bajásemos las muñecas y, por si fuera poco el cántico a coro con las loros de tus primas. Tu tía Luisa y yo ya no sabía qué deciros. Está bien claro que con un buen par de tortazos a tiempo se solucionan la mitad de los problemas.

ANA.

Todavía hoy eres incapaz de comprender esa mirada. Era un grito de súplica. Aquí estoy mamá, por favor juega conmigo, necesito que seas mi amiga, te necesito juega conmigo (Pausa, la madre no reacciona). Ese grito es como una patada en el estómago y tú siempre tenías que hacer algo. Con la mirada airada y en la cara un gesto de fastidio permanente ponías una excusa. La lavadora, las camas, el polvo. Entonces me di cuenta de que estaba enfermando para siempre y mis muñecas también.

MADRE.

Pues tú dirás lo que quieras, pero cuando te casaste bien que insistí en que te llevaras todas las muñecas. Aún resuena en mis oídos tu negativa y aquel despectivo ¡haz con ellas lo que quieras!. Enfadada te dije que si no te las llevabas en un par de días las regalaría; ¿te acuerdas lo que me contestaste?. ¡Por mí como si las tiras a la basura!; y es que desde muy pequeña has tenido un pronto.

ANA.

Pues me parece que sé de quién lo he aprendido. Quince años tenía cuando por fin las pude tocar por primera vez. Ya no las podía romper pero tampoco las podía despertar de su sueño porque el mío hacía mucho que había muerto. En ese momento yo era un aprendiz de princesa que añoraba un príncipe que tenía 17 años y vivía en Fuenlabrada; el de ellas simplemente ya no existía. No obstante las contemplé un momento y comprendí que esos ojos abiertos de cristal que jamás miraron nada, se fueron apagando poco a poco cuando adivinaron que nunca jugaríamos juntas. Llámame tonta si quieres, pero al recordarlo ayer lloré y supe que ellas en el cielo de las muñecas también lloraban (Pausa preguntando) ¿Madre, por qué nunca era el momento? ¿Por qué nunca tuviste tiempo?.

MADRE.

¿Qué es lo que pretendes?.

 

ANA.

Salir de esta telaraña de errores.

 

MOVIMIENTO 2.

ANA.

Sellados mis labios con el miedo, el más potente de los pegamentos. He pasado una infancia de treinta años. Muchos han sido los que han pretendido que así estuviera siempre. No, no soy tan estúpida para no creerme culpable de nada. En ocasiones, tal vez demasiadas, he rechazado sin ambages o contemplaciones ideas o palabras de aliento sinceras. De esas que aunque no te ahorran el esfuerzo de vivir - en realidad nadie te lo puede ahorrar - tienen la virtud de acercarte, si las haces caso a los ángulos lejanos o más remotos de la propia personalidad de cada una.

He observado que a veces, antes del amanecer que llega después de cada noche, una se ha muerto un poquito más. Y las pequeñas muertes como la gran muerte vuelven imposibles demasiadas cosas. Una puede subir con rabia cuando el sol ya luce en lo alto, el volumen de la radio todo lo que quiera. Subirla hasta que los decibelios destripen los ladrillos de la pared. Todo, no obstante, seguirá igual. En la hora glauca siempre aparecerá el temido.

Tratar de cambiar el pasado con palabras es imposible. Pero me doy cuenta que sin memoria no se puede construir el futuro. Y yo el futuro, hoy lo siento dentro. Debo hacer el esfuerzo de recordar porqué he empezado a pensar - no sé, debe ser el torrente hormonal - que toda palabra dicha o escuchada con atención tiene esquinas y recovecos en donde las máscaras que habitualmente utilizamos para sobrevivir ya no son necesarias. Piensan algunos que el final de una palabra es el silencio. Yo no lo creo así. En el final de la senda que traza la palabra, a la desembocadura a la que llega cuando ha agotado su tiempo, se encuentra la música y a su lado, trenzándose ambas en delicadas curvas infinitas, la luz.

No creo que nadie muera de repente, como no creo que nadie viva de repente. No sé me encuentro rara - deben ser las hormonas - pero el caso es que al tiempo que me siento embarazada parecía que yo misma estuviera naciendo.

(Este segundo movimiento se desarrolla en el salón, muy modesto de la casa de alquiler de Ana) - se oye llamar a la puerta.

ANA.

Adelante está abierta.

MADRE (Muy sofocada)

¡Jesús, cuántas escaleras!; ya podíais haber cogido un primero.

ANA.

Pues dimos mil vueltas buscando uno, pero nada que hacer por debajo de un tercero. Así que de perdidos ... a la buhardilla.

MADRE.

No le veo yo ese encanto que dicen que tiene el casco viejo. Cacas de perro, mucho ruido y problemas los fines de semana.

ANA.

¿Te apetece beber algo?

MADRE.

Un vaso de agua.

ANA.

Tengo cerveza, limón, coca-cola...

MADRE.

Con un vaso de agua fresca es suficiente.

ANA.

Dame el abrigo y el bolso (sale Ana de escena y desde dentro se le oye decir) ¿quieres algo para picar?.

MADRE.

No.

(Se sientan a beber, lo hacen muy despacio y se empieza a palpar la tensión)

MADRE. (Para romper el hielo).

¿Y Carlos?

ANA.

Está desde el viernes por la tarde en un congreso. No llegará hasta el lunes por la noche. Hace dos días que se fue y ya le hecho de menos.

MADRE.

Me sorprendió que llamaras.

ANA.

Y a mí que aceptaras. Aunque debería ser normal que una hija invite de vez en cuando a su madre a venir a su casa. ¿No crees?.

MADRE.

Sí, supongo que sí.

ANA.

Te he llamado porque aún hay cosas en el tintero y me apetece hablarlas contigo. Ha estado toda la semana flotando por mi cabeza el recuerdo de cuando tenía doce años. Estrenaba cuerpo de mujer y sujetador. Volví a verme en el mostrador de aquella tienda donde entramos a comprarlo. Era incapaz, por la vergüenza que sentía, de articular palabra.

MADRE.

La verdad es que te comportaste como una lela, hasta la dependienta te preguntó si te había comido la lengua un gato.

ANA.

Ni gatos ni perros, es cuestión de confianza y no de zoología. Aún hoy, al revivir todo aquello me ha hecho estremecer esa necesidad de protección que tenemos; porque madre en ese momento, cuando sueñas por primera vez con príncipes guapísimos y blancos caballos alados, todavía chupaba piruletas y comía regaliz rojo.

MADRE.

Siempre fuiste muy dada a las fantasías. Recuerdo que decías con gesto de jovencita enamorada “¿cuándo viviré yo una romántica y apasionada historia de amor?”. Al estilo de esas que leías en aquella revista. No recuerdo su nombre, pero sí que estabas embobada todo el día y hacías poco caso a los estudios.

ANA.

Super-pop. Todavía me molesta cuando lo pienso; aquella sonrisa burlona que ponías. Es como un arañazo en la piel que una vez que lo tienes nunca cicatriza del todo.

MADRE.

Siempre fuiste demasiado sensible.

ANA.

Fue por aquella época cuando empecé a tener la sensación, que aún no he logrado vencer del todo, de haberte arruinado tu vida. Tus acusaciones, como también las de mi padre, eran veladas, de una violencia medida pero enormemente destructoras. Eran como ...

MADRE.

¡Tonterías; no estás más que diciendo tonterías!.

ANA.

No es necesario que aquí sigas dando la imagen de madre perfecta, abnegada y sufrida. Ese tópico es un fatídico juego en el que no hay ganadoras, sólo perdedoras.

MADRE.

¿Qué sabrás tú?.

ANA.

¿Es que tenemos que esperar al día del juicio final para hablar con franqueza?.... no puedes imaginar la vergüenza que sentí al ver tu cara de espanto cuando te dije que estaba sangrando. No comprendía nada de lo que pasaba pero de repente se convirtió en algo sucio sobre lo que había que guardar silencio. “Son cosas de mujeres”, vociferó mi padre: “Iros a la habitación y cuéntale todo. Los hombres sólo quieren una cosa. Adviértele bien” te dijo con rudeza. Y a continuación nos fuimos como dos proscritas sin rechistar al cuarto de al lado.

MADRE.

Los hombres no hablan de esto con las hijas; Era la costumbre de la época .Sólo hicimos lo que todos los padres hacían en ese momento con su  hija.

ANA.

¿También era costumbre de la época, apuntar a una hija adolescente a clases de peluquería o máquina

MADRE.

Hicimos lo que pensábamos que era mejor para ti. Algo útil que te pudiera valer para ganarte la vida en el caso de que los estudios fueran mal.

ANA.

¿Por qué no me permitisteis tomar clases de danza o de teatro que era lo que quería?

MADRE.

Recuerdo la tabarra que nos diste con aquel capricho tuyo; porque no me negarás que era un capricho eso de que querías ser una bailarina para que todo el mundo te aplaudiera. Después del esfuerzo que hacíamos por traerte y llevarte todos los días al gimnasio, tres meses. Tres meses duraste en las clases de judo a las que te apuntamos. Siempre fuiste muy dada a las fantasías.

 

 

ANA.

¡Actriz! ¡bailarina Haber si esta se nos convierte en una puta, era el rebuzno rupestre preferido de mi padre. Al ver que tu no decías nada, sentía que algo se rompía por dentro. Dejé de querer ser actriz, claro. Ya no quería ser nada y aún no había cumplido los 16.

MADRE.

No es cierto que estuviera callada.

MADRE.

Como una muerta.

MADRE.

Tu padre y yo, los dos, te dijimos que cuando trabajaras y tuvieras un sueldo, podrías hacer  con el lo que quisieras.

ANA.

¿No solías tu beber de vez en cuando beefeater con limón?.

Madre.

Si, pero a tu padre no le gustaba mucho la idea. Dice que beber   alcohol y fumar no es propio de mujeres, y por no discutir.

ANA.

¿Quieres que nos preparemos uno? .

MADRE.

No.

ANA.

Venga mujer, que no seré yo quien se lo diga a mi padre.

MADRE.

¡Que no!. Además  tienes que bajar a comprarlo.

ANA.

Estoy acostumbrada a las escaleras, solo es un momento.

MADRE.

¡Que no.!

 

ANA.

Como quieras. Tal vez este no es un reflejo y explicación de otras muchas cosas,¿sabes?.Danza y hormonas en un pequeño cuerpo. No sabía que  hacer con todo aquello. Paralizada tanto por el miedo como por el deseo, mi primera experiencia sexual fue horrible.¿Estas poniéndote colorada?.

MADRE.

No, no se lo que me pasa, es que tengo un calor.

ANA.

Ya no recuerdo el nombre del chico, solo vagamente que su pelo era de color castaño y que llevaba una colonia horrible. Habíamos pasado toda la noche bailando y bebiendo. Tenía unas grandes manos y muy rápidas. En algunos momentos pensé que tenía cuatro o cinco, en vez de dos como todos los mortales. Al volver quise hablar contigo, deseaba hablar contigo y preguntarte un millón de cosas pero...

MADRE.

Pues no sé por qué no lo hiciste, siempre te contestábamos a lo que preguntabas. El problema era que nunca decías nada. ¿dónde has estado? ¡Por ahí!. ¿Qué tal te lo has pasado? ¡Bien!. ¡Callada como una muerta!.

ANA.

¿Te extraña que estuviera muda?. Pero si cada vez que se me ocurría deciros algo, me sometíais a un interrogatorio de tercer grado, que siempre acababa igual de mal.

MADRE.

No sería para tanto. Pues si que eres tu sensible.

ANA.

Aquella primera vez. ¡Luis se llamaba el chico!. No sentí nada. Parecía que huía por encima de los jadeos y torpes caricias de aquel aprendiz de Don Juan. La decepción que se mezclaba con el sudor y el tabaco iba haciendo cada vez mas negra la atmósfera del coche. Y eso por desgracia no fue todo. Aún fue mas terrible cuando le dije que no había sentido nada y me estaba sintiendo culpable por ello. Me sentía culpable de no haber sostenido, a pesar de su torpe comportamiento, su imagen de macho. Me sentí despreciable, que no valía para nada, vacía, hueca. De nada me sirvió que el confesara que para el también era la primera vez. Después de trece años la herida aún continúa abierta. Es como si cada vez que hago el amor tuviera un piloto de emergencia encendido. Es como si tuviera miedo de parar y darme cuenta de que si no gusto al hombre (detiene la frase y mira a la madre), ¿te encuentras bien?.

MADRE. (Abanicándose, contesta con timidez y algo de culpa).

Si. Siempre hemos mantenido, creo yo, una actitud abierta. El libro de sexualidad que te enseñamos aún está por casa. Después de hojearlo, te pregunté si querías saber algo mas. (Enfadada) Como de costumbre no dijiste nada, parecías ausente.

ANA.

Era un modo de supervivencia. Al día siguiente en la hora de la comida y al hilo de una noticia del telediario acerca de una encuesta que hablaba de la tolerancia de los jóvenes a las relaciones prematrimoniales, soltó mi padre esta lindeza tropical, ¡ya, ya, serán putas!. Haber quien se quiere casar con ellas después de usadas. Tras escuchar aquel exabrupto le odié profundamente a el y a todos los hombres  como él. Espantada por lo que sentía, os miré, primero a mis hermanas y luego a ti. Mientras mi padre ajeno ya a todo comía satisfecho el postre, vi como el miedo nos atrapaba hasta los huesos.

MADRE.

Tu padre siempre fue un poco bruto. Aunque a su manera, siempre nos ha querido.

ANA.

Ni a ti, ni a mis hermanas, ni a mi, nos ha respetado y mucho menos querido. Rudo, con la tiranía propia del que tiene instalado el miedo en el centro del corazón, nos ha tratado a su antojo. Como si fuéramos parte de su propiedad, como el coche o la casa.

MADRE. (Enfadada).

Tu padre se ha dejado la vida trabajando para que nunca nos faltara un plato de comida en la mesa. Nos ha defendido y ha cumplido su papel de padre lo mejor que sabía.

ANA.

Jamás vi cariño en esa casa, solo brusquedad y órdenes. ¿Cuándo pudimos compartir nuestras ideas?. ¿Te deja tener ya  tarjeta de crédito?.

MADRE.

Siempre hizo lo que sinceramente creía que era mejor para nosotras.

ANA.

¿Tienes tarjeta de crédito?.

(Silencio largo y espeso).

ANA.

Te acuerdas de cómo me amenazó con echarme de casa si me quedaba embarazada cuando, en medio de una discusión, le dije que las mujeres teníamos derecho a gozar de nuestra sexualidad como, cuando, y con quién nos diera la gana.

MADRE.

Se sentía herido y fracasado porque su hija preferida pensara así.

ANA.

¿Cómo, pensar con condón o pensar sin condón?, o es ¿qué una mujer debe ser de un solo hombre?.

MADRE.

Es el respeto por el valor de la vida.

ANA.

Cuanta frivolidad disimulada en bellos propósitos. Se trata de poder, entérate de una vez; de poder, únicamente de eso

MADRE.

Pues a mi no me ha ido tan mal.

ANA.

Y a pesar de que habéis visto como hasta  mis hermanas se han ido alejando poco a poco de vosotros, seguís pensando igual.

MADRE.

Si. No nos merecemos esto. Ya me lo advirtió alguna vez tu padre. No te desesperes me dijo, la ingratitud es propia de la condición humana.

Ana.

Conozco bien a esta clase de hombres. Por desgracia me he topado  con ellos muchas veces. Son hombres, cómo te diría; agresivos, fálicamente arrugados e inseguros. Ignorantes del olor a naufragio vital que desprenden cada vez que llaman babosamente a su mujer o compañera, “mamá”. Son barcos a la deriva acosados por el fantasma de la longitud de su polla, Haciendo del honor de macho una religión. Una periodista, Elena Gianini, los definió como los hombres de la generación de los prostíbulos. Son hombres infames que buscan en la mujer de carne y hueso una especie de virgen María para su uso particular.

Madre.

¿Qué es lo que quieres conseguir con todo esto?.

ANA.

Todos estos años, desde que me marché de casa, he estado luchando por vencer este sentimiento de ser un basurero sucio y maloliente que me persigue, y por el que he permitido que los demás me descargaran su mierda encima. ¡Zorra!, ¡puta!, que van a pensar de nosotros los vecinos cuando te vean llegar por la mañana. ¡Zorra! Nos estas quitando la vida, aullaba salvajemente mi padre el día que harta de la historia de hoy dormí en casa de María, no me esperéis, dormiré en casa de Loli, os dije a las claras que me iba  a pasar la noche con Juan. Quiero acabar de una vez por todas con esta maldita herencia de mujer que he recibido.

MADRE.

Ese día creí morir. Vaya disgusto nos diste.

ANA.

Pues no dijiste nada.

MADRE.

Me pasé toda la tarde llorando y esa noche no pude dormir  y además tu padre se puso pesado.

ANA.

Será cabrón. ¿Ya se le había olvidado, o es que le puso cachondo  la discusión?.

MADRE.

Como te gusta hacerme daño, siempre te ha gustado, no puedes negarlo.

ANA.

¿Te apetecía.?

MADRE.

¡No.!

ANA.

Y, ¿qué hiciste?.

MADRE.

Nada

ANA.

Dolor de cabeza, consumiendo el dolor televisivo de los demás, ¿dónde acabó tu cuerpo?.

MADRE.

Contigo los días siempre fueron de plomo y gatillo. Pero mi conciencia está tranquila, siempre cumplí con mi deber.....podría morir en paz si este instante fuera mi hora.

ANA. (Mirada perdida en el infinito).

¿ Cómo alguien puede ser feliz  si su vida sólo ha sido importante para los vendedores de libros que de vez en cuando llaman a la puerta?. La rueda gira  y gira incansable, invisible, como si  nadie la viera o le importara.

MADRE.

¿Qué hablas?.

ANA.

Nada, cosas mías.

                                                    

  

TERCER MOVIMIENTO.

 

(Se ven a los doctores sentados en una sala de médicos casi vacía, distendidos).

MEDICO 1.

¿Que tal el regalito?.

MEDICO 2.

Bueno,¿ cuentas o no?. Fue una buena  despedida de soltero, ¿eh?.

MEDICO 3.

Me aproximé  a ella  como el cazador que  se acerca de madrugada a su presa sabiendo que será suya. Me detuve un instante para mirarla. Parecía un torero frente al toro al que después del último pase, está a punto de entrar a matar. Me fijé en el culo que tenía: grande, hermoso, de melocotón, perfecto. Me excité tanto que pensé que se me rompería la bragueta. Después posé con descaro la mirada en las tetas. Pasó de leona a conejilla sumisa mientras  subíamos camino de la habitación.

MEDICO 3.

¿La besaste en la boca?.

MEDICO 1. (Dándole un cachete).

¡ Este es gilipollas¡ Todavía no se le ha caído el cuerpo de residente. A ver cuando te enteras que a las putas no se las besa, se las folla y punto. A las mujeres les gusta así, un hombre enérgico con una buena polla, que sea quien tome las decisiones.

 

MEDICO 2.

¿Hablaste mucho con ella?.

MEDICO 1.

Ir de putas no es asistir a un congreso, allí nadie va a dar una conferencia.

MEDICO 3.

¿Ni siquiera os preguntasteis el nombre?.

MEDICO 1.

Ella me lo dijo antes de empezar, pero ya ni me acuerdo. Como tampoco me acuerdo de su cara. ¡Que mas da! (Con desprecio)¿tu crees que la cerda se acordará de los tíos que se folló esa noche?. (Mirando el reloj) Os dejo, tengo que pasar  a ver a la de la cuatro cientos catorce.

Resto de médicos (a coro).

Y nosotros nos vamos a pasar consulta.

(Entrando en la sala de espera ).

ANA

¡Esto es una vergüenza!.

MADRE.

¡Lo quieres dejar ya!. El follón que ha montado. Y la consulta hasta arriba de gente, que apuro he pasado. Éramos el centro de todas las miradas.

Ana.

¡No!, ¡no lo quiero dejar!

MADRE.

A cabezota desde luego no la gana nadie.

ISABEL. (Tranquila).

Yo también estoy indignada, una se siente impotente, indefensa. (Dirigiéndose a la madre de Ana) Creo que estaba en su derecho. Pedir explicaciones no es un delito pese a quien le pese.

ANA.

Si es que pareces un coche en un taller. Sales de ese cuarto con una tremenda sensación de no contar para nada. Te tratan como si fueras un pedazo de carne poco menos que idiota. (Dirigiéndose a la madre) Así que no me digas que lo deje.

ISABEL.

Se quieren apropiar de todo.

ANA.

Me estoy acordando de aquel poema.....(dirigiéndose a Isabel). Te acuerdas de aquella compañera de clase que tenía fama de rara.

ISABEL.

No.

ANA.

Si mujer, de aquella que tenía para nosotras un nombre un poco éxotico.

ISABEL.

Así, sí, sí, ya se quién dices. Aquella chica de pelo muy largo que hacía unas preguntas...

ANA.

Su nombre era...¡Marina!.

ISABEL.

Si, Marina; no había nadie en todo el campus que se llamara así.

ANA.

Intentaré decirlo de corrido, ha pasado ya tanto tiempo. Siempre me emociona profundamente. Al imaginarme la experiencia de esa mujer se me hace un nudo en la garganta. El poema se titula: “Cuando seremos dueñas de nuestra casa”.

MADRE.

A ver con lo que nos sale esta ahora.

ANA.

1

En la horizontalidad de esa clausurada razón sin ambages presa,

echando por los ojos tristeza misteriosa y fuego,

y amoratadas las crines de tanto “ayear”,

abre rendida su rosa íntima a las tábidas manos del enemigo.

A  los jóvenes campos de azafrán vigoroso e inocente se les ha visto llorar.

Lloran también las jóvenes princesas en sus lechos de lirios y aire fresco,

y a la tierra ya desconsolada, llega sin remedio el canto triste de la mar.

2

No hay en su corazón brujas buenas ni malas, ni amores cobijados bajo la luna,

ni fanfarrias, ni guirnaldas,

ni horas,

ni hojas,

ni estrellas.

Y ya abrió los ojos, y ya tiene penas, allá lejos en la cueva marina donde la luz sólo es semilla cautiva.

Allá lejos donde apenas llegan los poetas y loa peces parecen piedras,

Arruga la frente y clava sus menudos dedos de aguanieve en la dolorida tierra,

Allá lejos donde se trenza la vida y la razón aún es líquida, hay una herida.

3

Ahora mazmorra maldita calla y desespera, y reniega la dama,

reniega, sobre el blanco ataúd, de la mano insolente que por su interior camina,

aprisa como extranjero por un suburbio, a prisa, a toda prisa.

En la vidriosa alambrada del miedo se le congela el aliento,

Mientras en el  yermo se va desgranando,

El salado océano de sus recuerdos.

Dos corazones, que son solo uno en el precipicio, y nadie atiende a los claros signos.

4

Desventrados  yacen los tambores y de la cuna cuelgan los brazos violines de la bailarina muerta.

Atemorizados huyen como chiquillos por los campanarios los silfos del majagual.

Allá, próximo al desfiladero, lejos de su casa torpe el centauro camina,

no se sabe si moribundo o borracho acerca su cuerpo a la tormenta.

5

Mas cerca de la nada,

Mas cerca del silencio,

Mas abajo.

Van cayendo de su rostro de mujer  dogmas y religiones.

Infinitamente sola,

infinitamente desnuda,

Con sus manos de hiedra de aroma dulce se acaricia el cuerpo

buscando patria donde descansar.

Busca con ahínco la tierra danzarina y el arpegiado claquetear de cazuelas y alazanes.

Busca en su memoria de niña a los siempre caminantes,

Con sus manos de hiedra dulce busca patria donde descansar.

6

Rasgados ya sus ojos y esperando se derritan sus alas por el fuego, detiene de repente su vuelo.

Aún tiene pegados los labios y pocas razones para el deshielo,

cuando una inocencia sin palabras la ata con firmeza al suelo.

Es magia, o tal vez misterio, pero de la pared  parece salir un grito,

de los ojos de papel de ese niño.

Le mira muda ella.

El permanece quieto.

En silencio pregúntale ella desde sus adentros,

¿cuándo seremos dueñas de nuestra casa?.

Teñido de aliento infinito, ella no busca respuesta, solo un poco de consuelo.

ISABEL.

¿Qué bonito!,¡que cierto!, la verdad es que es impresionante.

MADRE.

¡Jesús! No he entendido nada.

ANA.

¿Cuándo seremos dueñas de nuestra casa?. Este es el problema. Seguimos condenadas a vivir en la urgencia y el rigor de lo permanentemente provisional. ¿Dejaremos alguna vez de estar alquiladas?.

ISABEL.

Son mas de dos mil años de tradición, Ana. Costumbre, maquillaje y sonrisa permanente. Estos son los ingredientes de la receta. El plato de la vida se cocina con ellos.

ANA.

¿Contentas?, ¿tristes?, ¿agradecidas?, ¿humilladas?, ¿a quién le importa?.

MADRE. (Dirigiéndose a Isabel ).

No ves lo que te decía antes. Siempre quejándose, con lo fácil que lo tenéis ahora. ¡Y no como nosotras!, eso si era dureza. Lavaplatos, frigorífico, microondas. Antes no había pañales, os poníamos gasas que había que lavar una y otra vez; ¡ y a mano! Por que ni siquiera teníamos lavadora. Pero si ahora solo con marcar un número tienes la comida en la puerta.

ISABEL.

Las máquinas van casi siempre por delante de la experiencia de la mayoría de la gente. Es indudable que han traído comodidad, pero sus promesas de felicidad son solo verdades a medias. Y como demuestra la historia, la mayor parte de las veces, las nuevas máquinas están hechas para cumplir con los objetivos de siempre. A pesar de los cambios, los hábitos siguen incrustados en el cerebro, y para quitarlos de ahí...la inercia y la incertidumbre propia de la vida hacen el resto.

MADRE.

Pues sigo sin ver yo razón para tanta queja. Conformaos  y disfrutar con lo que tenéis. Hay cosas que han sido siempre así y así deben de seguir.

 

 

ANA.

¡Dios mío!,¡ pero no te das cuenta!. Toda esta situación es un robo soportado y a veces hasta alentado por nuestra ignorancia y nuestro miedo. ¿Nunca nadie será juzgado por ello.

ISABEL.

¿Quién formará parte de ese tribunal, Ana?. (Diciéndolo al infinito). ¿de que grosor serán los barrotes, si la ley está hecha por ellos?. Ellos son los jueces y nos dicen lo que está bien y lo que está mal; lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer y, ¡Dios santo lo que es mas increíble todavía!, creen saber mejor que nosotras lo que nos conviene. (Dirigiéndose a Ana) guarda tus fantasmas y quejas en la nevera, nos dicen. Y así se pierde nuestro calor en el hielo de los tiempos. Como antes y siempre, ahora seguimos siendo ciudadanos débiles que andamos por la acera mas estrecha; Delicadas y delante de un espejo, pensando en futuro o en pasado en la puesta de largo. Seguimos siendo histéricas, de segunda clase.

ANA.

Que razón tienes Isabel. En casa, en la escuela o en el trabajo nos siguen llenando la boca de semen y circunstancias; y mientras tanto nosotras seguimos diciendo como corderillos degollaos, a sus órdenes. (con rabia y un toque de amargura) ¿dejaremos algún día de hacer el papel de tontitas en esta burda función?.

ISABEL.

Cosida con los férreos hilos del tiempo, la costumbre es un traje de piedra. Es  poderosa nuestra palabra de mujer, pero nunca ha valido para nada. Apenas se escucha nuestra voz ya revolotean de un lado para otro como pajarracos asustados. Y es que es igual que vayan con corbata o sotana, con bata blanca o uniforme verde, la consigna es la misma. Primero te ordenan que seas una niña buena, luego, una buena y decente chica, y por último, a modo de apoteósico y vibrante final, te vuelven a ordenar que seas una buena madre y esposa.

ANA.

Si, y mientras la mitad del mundo se precipita a las tinieblas, cerrados aplausos de la otra mitad glorifican, elevando a los altares, esta pestilente melodía.. Vaya mierda.

ISABEL.

¿Acaso no nos damos cuenta que el vivo que  estúpidamente vive, muere estúpido?.

(Ambas se funden en un abrazo. Al separarse, Ana saca un pañuelo y se seca las lágrimas).

ISABEL. (Secando a Ana de forma tierna una lágrima).

Venga ¡ánimo! Que tu cuerpo rebosa vida.

ANA.

Que extraña es la anatomía. Los órganos del cuerpo parece guardar entre si una relación que no figura en ninguno de los oficiales y fríos manuales de estudiantes y profesores. Quién tiene la boca cerrada tiene el coño cerrado. (Repite la frase de forma pensativa). Quién tiene la boca cerrada tiene el coño cerrado. Aunque no soy muy amiga de semejantes celebraciones....(interrumpe la madre).

MADRE.

Me voy al servicio (continúa Ana la frase).

ANA.

...Podría ser un slogan reivindicativo.

ISABEL. (En tono de broma).

Me gusta. Sólo por ver la cara que ponen, yo llevaría la pancarta.

ANA.

A veces te preguntan con una seriedad cercana al ridículo, ¿te ha gustado?, y los modernillos, que te preguntan con aire despreocupado ¿te diviertes?. Cuando se dará cuenta de que esa sonrisa de trazo seco no es felicidad, sino la expresión apagada y mal disimulada de la ira o el deseo reprimido. Esa mueca es el amargo testimonio de una mujer que se ha convertido en estatua de carne trémula y flameante, que llora en silencio el último orgasmo casi fingido. (Pausa. Se vuelve a Isabel y dice). Recuerdas aquella canción que de niñas tanto nos gustaba escuchar escondidas debajo de una sábana.¡ Soñábamos que éramos princesas!

ISABEL.

¡Claro!, aquel juego era muy divertido.

ANA.

Acércate, tapémonos y volvamos a escucharla. (Empieza a taparse).

MADRE. (Entrando).

¡Jesús, que mujeres mas tontas! ¿Que pensarían de nosotras si entrara ahora algún médico.

ANA. (Con enfado).

¡Siempre fastidiando! El día que te rías de verdad se te caerán los dientes al suelo. Siempre me he sentido pequeña e indefensa ante los médicos. Cuando íbamos al ambulatorio, siempre varios,”ventajas” de las familias numerosas, recuerdo que nos peleábamos por la mano de mi madre, y como el nerviosismo no confesado se transformaba en pánico nada mas cruzar el umbral de la puerta. Ahora resultan divertidos los desesperados intentos del practicante para convencer a mi hermano Alfonso para que relajara el culo. Ningún argumento por dulce o salado que fuera le convencía. Cómo sudaba aquel rústico carnicero de bata blanca al perseguirle por la habitación. ¡Vamos Alfonso corre mas, que no te coja!, le jaleaba yo, sintiendo que su victoria también era mi victoria. Solo faltaba el redoble de tambores para que aquello pareciese las Ventas.

MADRE.

¡Que vergüenza me hacía pasar!.

ISABEL.

Mujer, cosa de chiquillos. Todos hemos sido parecidos. Mi madre decía que ir al médico con nosotros, era como ir al guerra, sólo nos faltaba el casco.

ANA.

Lo que mas me dolía no era el cachete en el cogote con el que acababa la función, sino la humillación y la rabia que sentía al verte plegada ante cualquier opinión del médico. Y no era solo en las cuestiones de salud o enfermedad, que en eso se le supone competencia. En lo moral o religioso sus opiniones valían tanto como sus recetas.

(Cuando la madre va a contestar, entra una visita inesperada).

PEDRO.

¡Buenas tardes!.

ANA.

¡ Que sorpresa! ¿cómo tu por aquí?.

PEDRO.

 Me dijo Vanesa que estabas aquí, y se me ocurrió venir.

ANA.

¿Qué tal está?, ¿se le ha pasado la gripe?.

PEDRO.

A medias solo, pero bueno. Tú, ¿cómo estas?.

ANA.

Bien, me acaban de hacer una exploración y estoy con un cabreo.

 

PEDRO.

Y ¿eso?.

 

MADRE.

¿Vas a empezar otra vez?.

ANA.

Estamos esperando los resultados.

PEDRO.

¿Dónde  te dejo estas flores?.

ANA.

Dámelas. Ya conocéis a Pedro.

PEDRO. (Dándola dos besos).

Hola Isabel.

ISABEL.

Hola Pedro.

PEDRO. (Dándole la mano).

Buenas tardes señora, cuanto tiempo sin verla. ¿Quién iba a decir que veríamos a Ana en esta situación.

MADRE.

Espero que sepa lo que ha hecho, porque en esto no hay vuelta atrás. Un embarazo a veces es un regalo envenenado.

ANA.

Cuándo te acostumbraras a verme como madre. Ya me sentí madre entonces, aunque mi primer hijo acabara mal. Siempre me has hecho responsable de su pérdida.

MADRE.

No digo que fuera culpa tuya.

ANA.

Pues lo parece. Aquel aborto nos hizo mucho daño a Juan y a mi.

 

MADRE.

El niño, hay que pensar en el niño...

ISABEL. (Interrumpiéndola nerviosa).

Yo...

MADRE. (Interrumpiéndola).

Lo que digo, es que para ser madre hay que renunciar a muchas cosas. ¿Qué sabes tu de eso?.

ISABEL. (Intentando calmar la situación).

...Yo, la verdad es que le tengo un poco de miedo. Ya desde el comienzo estas tan ocupada por dentro. El cuerpo en algún sentido deja de pertenecerte. Además, me parece que una está tan expuesta al azar. Creo que no puedo con tanta incertidumbre.

ANA.

Lo mas gracioso de estar embarazada, es que todo el mundo sabe mejor que una misma lo que le conviene. Tu madre, tu abuela, la vecina de enfrente, el tocólogo. Hasta el panadero te recuerda las limitaciones que tienes por el estado en que te encuentras, y lo sagrada que es la obligación de ser madre. Otro gallo nos cantaría, si en vez de preocuparse tanto de la vida de los demás, se interrogaran por el como fue su propia decisión de ser madres. ¿Automática?, ¿por que ya tocaba?, ¿por qué eso es lo que los demás esperan que hagas?, ¿deportiva?.

PEDRO.

¿Os importa que fume?, ¿deportiva?

ANA.

No, pero no me eches el humo.

ISABEL.

¡De penalti, tonto!. Aunque te parezca mentira todavía hoy hay gente que se casa de penalti.

MADRE. (Con rabia).

En que crees que tu y yo somos diferentes.

ANA.

La diferencia fundamental es que mi hijo primero ha vivido en el corazón y el deseo, y luego anidó en el útero. Tu no puedes decir lo mismo.

 

MADRE.

Yo no he disfrutado de la suerte que has tenido tu.

ANA. (Indignada)

¿Suerte?, ¿qué suerte he tenido yo?.

 

MADRE.

Que sabes del dolor que supone tapar una equivocación con una celebración; te tienes que partir en dos. Y así puedes hacer que una parte esté de fiesta, mientras que ves como la otra  en la otra un carroñero se come tranquilamente tu alma. Después de eso una hace lo que puede para sobrevivir.

ANA.

Y mientras los invitados comen y beben como cerdos, nuestra leche se convierte en arena estéril sin que a nadie parezca importarle. ¡Tomad generaciones futuras desierto!, pero no os preocupéis que es arena bendecida. Y si falla, haremos mas fiestas.

ISABEL.

La anestesia no es un buen motor para tomar decisiones.

MADRE.

Sabes lo que te digo, que cuando tengas un hijo veras las cosas de otro modo. Yo criticaba muchas cosas de tu abuela; cuando os tuve mi actitud hacia ella cambió mucho.

ANA.

No quiero cometer vuestro errores. Cuando te casaste tenías veinte años y antes de los veintiuno ya me tenias; ¿por qué lo hiciste?.

MADRE.

Porque ya entonces era una vieja gata callejera que mendigaba besos en los cubos de basura. ¡Que importaba que estuvieran llenos de mentira o culpa!.El amor se parece tanto a la guerra.

ANA.

En el amor no hay oficiales ni soldados. No hay enemigos. No se puede querer a un desigual.

 

 

MADRE.

La mentira es la base del amor y cimiento de la vida social. La apariencia nos protege, o eso creemos.

ISABEL.

Perdóname pero estoy alucinada. Me cuesta creer que la vida es esta especie de oca  mortal.

ANA.

Sin pretender justificar el juego; es que nosotras ni siquiera tiramos los dados.

MADRE. (Dirigiéndose a Isabel).

Eres muy joven aún, pero no olvides esto. Ser mujer obliga a vivir a la defensiva.

ISABEL.

Pero todas nos tenemos que ir a dormir cada noche.

MADRE.

Cierto, y es un fastidio. Yo he llenado el armario de pastillas para dormir. Las marrones son para la jaqueca y las amarillas para el vértigo. Hace treinta años que no puedo viajar sin pastillas para el mareo...Pedro no has hablado en toda la tarde.

PEDRO.

¿Que voy a decir?, no son cosas de hombres.

ISABEL.  (Enfadada).

¡Como que no son cosas de hombres!. Estamos todos y todas prisioneros en este castillo de palabras no dichas y medias verdades, y dices así, medio pasmao, que contigo no va la película.

PEDRO.

Pues yo  no veo ningún castillo por ninguna parte. Creo que exageráis. Hay mujeres felices y mujeres desdichadas como hay hombres felices y hombres desdichados. (Dirigiéndose a Ana.). Antes tu madre decía que hay personas con suerte en la vida y otras que no la tienen, estoy de acuerdo con eso.

ANA.

La gente cerrada en un armario y tú escurriendo el bulto.

PEDRO. (Enfadado).

No te entiendo.

ANA.

Vuestro silencio, el de la otra mitad, hace que toda acción parezca inútil. Que nido se puede construir con una mujer que ha puesto en cuarentena sus deseos y su corazón. Cuarentena, no de cuarenta días sino de cuarenta años. De toda la vida.

ISABEL.  (Dirigiéndose a Pedro).

De felicidad personal hablamos querido. El espíritu, de hombre o de mujer, necesita amor para crecer, sino se acabará convirtiendo en un objeto sumiso. Al tiempo que tu luchas con tu miedo a engordar o a quedarte calvo, nosotras nos vamos convirtiendo en conejas de cría o putas al gusto y servicio del paladar de señorito.

PEDRO.

Si hay algo que no soporto es el victimismo. El poder de la victima es un poder como otro cualquiera.

ANA.

¿Cuánto tiempo hace que no sonríes a un bebé por la calle?.

PEDRO.

Mira, si hay otra cosa que no soporto, son a esas histéricas empalagosas  que se deshacen en ridículas muecas delante de un bebé.

ISABEL.

¡Déjale!, no insistas, es como gritarle a un sordo por la espalda.

Pedro.

Bueno, qué; ¿ ya tenéis pensado algún nombre?.

MADRE.

¡Hasta en eso es una cabezota!.

ANA.

Desde luego que si es niña no se llamará Ana, con dos en la familia ya es mas que suficiente.

PEDRO.

¿Cómo su padre si es niño?.

 

ANA.

No. Nos gusta Eduardo o Ignacio. Y  Ainoa o Alba si es niña.

MADRE.

¡Jesús! ¡Qué terca!

PEDRO.

¿Desde que hora estáis aquí?.

ANA.

No lo se exactamente, pero ya llevamos casi dos horas esperando los resultados.

(Entra la señora de la limpieza).

SEÑORA DE LA LIMPIEZA.

¡Buenas  tardes! Ruego hagan el favor de abandonar la sala, se va a proceder a su limpieza. Perdonen las molestias.

ANA.

¿Y que pasa con los resultados?.

SEÑORA DE LA LIMPIEZA.

Vayan por ese pasillo y pregunten en recepción o en atención al  enfermo.

ANA.

¡Yo no estoy enferma!.

MADRE.

¡Te quieres callar!

SEÑORA DE LA LIMPIEZA. (Poco después de empezar a limpiar, se para y mira despacio la sala).

Yo nací aquí, bueno aquí exactamente no. (Señalando con las mano). Al fondo de ese pasillo, giras a mano derecha, y te encuentras los quirófanos. En el del centro, el mas bonito y grande, vine yo al mundo un día lluvioso. En esta misma sala tuvo mi madre los dolores. Desde ese día esta sala es para ella como un cuarto mas de nuestra casa. Gracias a ella , que el pasado año se jubiló, con placa y diploma agradeciendo los servicios prestados, entre a trabajar. Ya ven, llevo veinte años viendo pasar gente por esta sala, y como entré tan joven, ha sido en esta sala donde me encontré por primera vez con la vida. Quejas, dolores y gritos sigue siendo muy parecidos a los de hace veinte años y sigue sin resolverse...ahora ustedes perdonen que tengo que seguir. 

Cuarto movimiento.

 

(Entran dos enfermeros con un “algo” sobre ruedas, al tiempo que otro grupo de enfermeros se colocan en el fondo con pose militar vestidos con bata blanca)

ENFERMERO 1. (Retira la sábana que cubre el carro y se pone a torearlo.)

¡Eh, toro!, ¡eh!.

ENFERMERO 2. (Para de empujar el carro y grita).

¡Atención compañía el doctor.

(Entran el doctor y Ana.).

DOCTOR.

...Pues verá como todo sale bien, esté tranquila.

ANA.

Doctor yo no me siento de parto.

DOCTOR.

Eso tiene fácil solución. Le colocamos un goteo y vera como todo se arregla. Con el descubrimiento de la oxitocina ya nadie ha perdido un tren. Deje el asunto en nuestras manos y vera como todo va bien.

ANA.

Pero doctor...

DOCTOR.

Ande no se preocupe mas y suba (Después de que Ana se haya colocado dentro del carro). ¿Está preparada? .

ANA.

No se doctor.

DOCTOR.

Tranquila mujer. Para la maternidad lo mas importante es una mujer con disciplina. Una madre indisciplinada no puede tener y por lo tanto transmitir el orden y el rigor que se necesita para llevar a buen puerto a un hijo. Recuerde que hay que empezar con la educación de los niños desde el mismo día del nacimiento. Cójalo en brazos solo lo imprescindible.

 

 

ANA.

Pero son tan pequeños al nacer, tan frágiles, tan necesitados.

DOCTOR.

¡Ñoñerías!, ni a usted ni a otros permita semejante debilidad. Si les acostumbramos a los brazos no nos los quitamos de encima en todo el día.

ANA.

Su llanto desconsolado entristece hasta a las piedras.

DOCTOR.

Llorar es bueno, ejercita los pulmones, ensancha la caja torácica, y, además, después de media hora todos acaban por callarse.

ANA.

Pero doctor somos tan pequeños al nacer, tan frágiles, tan necesitados.

DOCTOR.

Bueno, bueno, vamos a empezar. ¿El equipo médico está preparado?. (Se oye música militar).  De frente paso ligero.

(Corriendo en circulo alrededor de Ana).

DOCTOR.

Para la maternidad lo mas importante es una mujer con disciplina.

ENFERMEROS. (Todos juntos a coro).

Disciplina, disciplina.

DOCTOR.

Una mujer indisciplinada no puede tener y por tanto transmitir el orden y rigor que se necesita para llevar a buen puerto un hijo.

ENFERMEROS. (A coro).

Orden y rigor, orden y rigor.

DOCTOR.

Recuerde que hay que empezar con la educación de los niños desde el mismo día del nacimiento. Cójalo en brazos solo lo imprescindible.

ENFERMEROS. (A coro).

Imprescindible, imprescindible.

 

DOCTOR.

Fuego a discreción. (Zarandean a la parturienta al tiempo que van abandonado el escenario).

ANA. (Mientras es llevada fuera del escenario).

¿Qué se supone entonces que debo enseñar al ser que está a punto de abandonar mis entrañas? .

(Oscuro y entre bastidores).

MADRE.

¡Ya viene!, ¡ya viene!.

ANA.

¿Qué es?, ¿qué es?.

MADRE.

Una niña, una niña, una niña...

TELÓN.

 joaquinlozanor@hotmail.com 

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