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¡MI SUEGRA SE HA PERDIDO!

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

¡MI SUEGRA SE HA PERDIDO!

 

(Sainete en dos actos)

 

Original de : Raimundo Francés

e-mail: bea45azul@yahoo.com

 

Duración total:  50 minutos

 

Sainete para cinco personajes

 

Marcelo, un pueblerino de Villaconejos que tiene un bar de barriada  en Madrid,  y Faustina, su esposa, se encuentran paseando por el centro con la abuela, Regla, la madre de Faustina. Están viendo  un montón de escaparates buscando el regalo apropiado para la boda de su hija Verónica.  De pronto, cuando Faustina le dice a Marcelo lo bonita que es esa bufanda de lana y lo bien que le vendría a la abuela, se dan cuenta de que Regla se ha extraviado. Después de preguntar a todo el mundo y de mirar en el interior de cincuenta tiendas, con gran nerviosismo se deciden a  acudir a la comisaría de policía para dar parte de la desaparición. Ya allí, entran en un despacho donde se encuentra el inspector Bermúdez leyendo el periódico y tomándose un café con una ensaimada. Ese es el escenario.

 

Escenario: Una mesa sencilla de escritorio, una silla, un pequeño librero con unas carpetas, un perchero  y al fondo una litografía con la imagen del rey.

 

Se oye la voz de Marcelo en el aforo.

 

MARCELO -  ¿Se puede?

 

INSPECTOR - ¡Pase, pase!

 

MARCELO - ¡Buenos días, señor comisario!

 

INSPECTOR –  Inspector, sólo Inspector.

 

MARCELO - ¡Bueno! ¡Pos, mire usted, mi suegra, que...!

 

INSPECTOR -  (Con la ensaimada en la mano, algo sorprendido)  ¿Qué le pasa a su suegra?

 

     (A esto, irrumpe Faustina, nerviosa, asustada, con las manos en el pecho)

 

FAUSTINA - ¡Ay! ¡Virgencita de las angustias!  ¡Señor comisario, mi madre, que no sabemos dónde puede estar, y lo mismo le ha pasao algo malo! ¡Tiene usted que encontrarla señor comisario!

 

INSPECTOR- Inspector, señora, inspector.

 

MARCELO  – Es que llevamos todo el día buscándola, y no hay manera.

 

INSPECTOR  - ¡Bueno! ¡Calma! (Refunfuñando) ¡Coño, no puede uno ni tomarse un café tranquilo! ¡Quién me mandaría a mí meterme a policía! ¡A ver! ¡Lo primero que tienen ustedes que hacer es calmarse un poquito y sentarse, que me están ustedes poniendo nervioso a mí también!

 

                        (Se sientan)

 

FAUSTINA  - ¿Usted cree que mi madre aparecerá pronto, señor comisario?

 

INSPECTOR– Inspector, señora, solo inspector.

 

FAUSTINA - Bueno, da igual. ¿Verdad usted que la policía siempre encuentra a las señoras mayores  que se pierden?

 

INSPECTOR  - ¡Hombre! Eso, siempre. Vivas o muertas, ¡pero vamos!,  al final,  terminamos encontrándolas. Por favor, no dudará usted de la eficacia de la policía, ¿verdad?

 

MARCELO - No, señor comisario, nosotros no dudamos de nadie. Pero usted va a ordenar a  todos los coches de la policía con los perros  que salgan a buscarla ¿no?

 

INSPECTOR  - ¡Pero, hombre, por Dios! Si todavía no me han dicho ustedes cómo es esa señora. ¿No querrán ustedes que yo mande los coches de patrulla a buscar un fantasma, verdad?

 

FAUSTINA  – Señor comisario, con todo el respeto, mi madre no es ningún fantasma, eh?

 

MARCELO  - ¡Déjalo, Faustina! Los comisarios saben muy bien lo que tienen que hacer. Tú, tranquila, que tu madre aparece, ya verás como por desgracia, aparece.

 

             (A esto, el inspector se cubre la boca con la servilleta para disimular la risa)

 

INSPECTOR – Tiene usted razón. No sé por qué causa milagrosa las suegras que se pierden, al final siempre aparecen.

 

FAUSTINA - ¿Verdad Usted que sí, señor comisario?

 

INSPECTOR - ¡Pues, claro!  A veces, no es necesario ni buscarlas. Son como... como los perritos, que huelen el rastro, y cuando menos te lo esperas te la encuentras en casa, sentadita  al lado de la chimenea, esperando.

 

MARCELO - ¿Esperando? ¿Esperando qué?

 

INSPECTOR - ¿Qué va a ser, hombre? ¡Esperando a que le pongan la merienda. ¡Y no se moleste usted en quemarse el cerebro pensando cómo habrá encontrado el camino, porque nadie se lo explica!

                        (A Faustina no le gusta el cariz que está tomando la cosa y pone rostro de desagrado)

 

FAUSTINA  - Oiga, señor comisario, yo no sé si he oído muy bien, pero, usted no estará  comparando a mi santa madre con un caniche faldero, ¿verdad que no?    

 

MARCELO  – No, mujer,  el comisario quiere decir, que esto que ha pasado es una desgracia. Ya verás como antes de la hora de cenar, desgraciadamente encuentran a tu madre. Que tu madre se puede quedar sin dinero, sin familia,  sin dignidad, pero sin comer...

 

I NSPECTOR - ¡Bien! Vayamos por orden. Lo primero que debemos conocer son los datos de su suegra. Y usted no llore tanto, señora, que hoy no desaparece nadie, así porque sí.

 

MARCELO - ¿Verdad usted que no, señor comisario?

 

INSPECTOR -  ¡Claro que no! Seguramente estará viendo alguna maritata de esas tan ‘’monas’’ que hacen los chinitos para ponerla encima del televisor. Además, hoy con los móviles no hay problema, porque desgraciadamente estamos todos localizados. Y su madre tendrá un móvil, como todo el mundo, ¿no?

 

MARCELO - ¿Quién, mi suegra? No, señor comisario, mi suegra tiene alergia a los móviles. Cuando escucha un móvil sonando sale corriendo como si hubiera visto un platillo volante. Ella dice que le da miedo de esas cosas. Es que ya mi suegra es de otra época, ¿usted comprende, verdad?  

 

INSPECTOR  – Bueno, pero ella seguramente sabrá el número de ustedes. Solo tendrá que acercarse a un guardia municipal y decirle: ¿Quiere usted llamar a mi yerno, por favor? ¡Claro, que el guardia lo mismo piensa que se escapado de un psiquiátrico y llama a los loqueros! Que todo puede pasar.  

 

FAUSTINA - ¡No me diga usted eso, señor comisario! ¡Que a mi madre le ponen una camisa de esas, le entra un patatús , y se queda en el sitio! ¡Ay, que desgracia más grande!

 

MARCELO  - Además, hay un problema. Y es que  mi suegra no se sabe ni el número de su carné de identidad. Y es raro, porque ahora, desde que vivimos en Madrid, lo lleva siempre en el monedero. Y allí, en el pueblo nunca lo llevaba, porque como usted se imaginará, en un pueblo tan pequeño no hace falta llevar ni el carné, porque antes de que se pierda una vieja, alguien, ya la han encontrao.   

 

FAUSTINA  – Los únicos números que mi madre se aprende muy bien son los del número premiado de los ciegos. Pero de ahí, no la saque usted.

 

INSPECTOR - ¿Ah, sí? Pues, con todos mis respetos, eso me dice que a su señora madre le gusta jugar un poquito, ¿no?

 

MARCELO  - ¿Un poquito nada más? ¡Bueno! Quiero decir que... Usted sabe señor comisario que a las personas mayores, les encanta jugar a la lotería y a los ciegos, porque, como están tan aburridas y no tienen otra cosa que hacer.

 

FAUSTINA  – Y no crea usted que a mi madre le hace falta dinero señor comisario, que mi

madre tiene su buena pensión, una casa muy grande, y una buena finca de ganado en el pueblo que le dejó mi padre , que en paz descanse.

 

INSPECTOR - ¡Pues, estamos apañados!  Bueno, pues empecemos por algo. Por ejemplo, ¿qué edad tiene su señora suegra?

 

MARCELO  – Ochenta y ocho.

 

FAUSTINA  – ¡Eso, Marcelo, tú, como siempre exagerándolo todo! ¿Quién te ha dicho a ti a que mi madre tiene ochenta y ocho años? Tiene solo ochenta y siete y nueve meses. ¡Anda que no le falta nada todavía!

 

INSPECTOR - ¡Bueno, señora, qué importa eso. (Escribiendo) De unos ochenta... y ocho años de edad.     ¡Ya tenemos algo! Bien. ¿Y  cómo se llama?

 

FAUSTINA  – ¿Quién, la Regla? Pues, eso mismo. Se llama Regla.   

 

INSPECTOR  - Y ‘’la Regla”...  como usted dice, ¿cuánto mide?  

 

MARCELO  - ¡Hombre, señor comisario! ¿Cuánto quiere usted que mida una regla? Pues, un metro, más o menos, ¿no? ¡Como todas las reglas!

 

INSPECTOR – No, hombre, por favor, pregunto por su suegra, ¿Qué talla tiene su suegra?  

 

FAUSTINA  – ¿Quién, mi madre?  Pues, si no ha adelgazado hoy del susto, mi señora madre seguirá teniendo tiene la cuarenta y ocho. Menos para las bragas, que esas se las compra dos tallas  más grandes.

 

INSPECTOR  – Señora, no que he querido decir eso. Les he preguntado que cuanto mide su señora madre de estatura.  

 

MARCELO - ¿Mi suegra? Mi suegra tiene que medir una cosa así como usted.

 

INSPECTOR - ¿Cómo yo? ¿Tan grande? No creo, ¿no?

 

MARCELO  – Bueno, poco más o menos, pero vamos, yo lo que le quiero decir es que mi suegra y un toro de miura es lo mismo, ¡vamos!, que son dos cosas que se ven ‘’de venir’’. Yo cuando miro a mi mujer, siempre me pregunto, ¿cómo puede ser que esta enana sea hija de mi suegra?  

 

FAUSTINA - ¿Enana yo? Como vuelvas a llamarme enana voy a la comisaría y te pongo una denuncia por mal trato. (Mirando al inspector)  ¡Ay, coño! Pero si esto es una comisaría, ¿no?  

 

MARCELO - ¡Mujer, que es una manera de hablar! Es que mi suegra, a mi mujer no le pudo dar el pecho ¿sabe usted? La tuvo que criar con leche de cabra y se ha notado. Por eso mi mujer no ha crecío más que la cabra, porque las dos son... igualitas. Pero, mi suegra, verá usted lo pronto que la encuentran los policías, porque mi suegra... es un cacho de suegra. Ya verá usted como los perros que llevan ustedes la huelen enseguida, porque mi suegra es como el salchichón de Guijuelo, que desde lejos, ya huele.

 

INSPECTOR - ¡Ah, ya! Entonces, su suegra huele bien, ¿no?

 

MARCELO - ¡Hombre, señor comisario! Yo no he dicho que mi suegra huela bien. Porque yo prefiero el salchichón de Guijuelos. Yo lo que he dicho es que el tufillo que va dejando mi suegra, se nota desde bastante lejos.    

 

INSPECTOR - ¡Bueno! ¿Y dónde la vieron ustedes por última vez?

 

MARCELO - ¿Quiere usted decir, que dónde se nos extravió? Pues verá usted. Nosotros estábamos viendo los escaparates de esa tienda tan grande que sale en los anuncios de la tele, ¡hombre! ¿Cómo se llama?

 

FAUSTINA  – El Corte Inglés, Marcelo, que nunca te acuerdas.

 

MARCELO  - ¡Eso! Es que como tienen un nombre de esos del extranjero, nunca se me queda, ¿sabe usted? Entonces, como le decía, viendo los escaparates, mi mujer me dice: ¡Qué bonita es esa bufanda! ¡Y con el frío que está haciendo este año, qué bien le vendría a mi madre!

 

FAUSTINA – Sí, es que era de a cuadros, ¿sabe usted?

 

MARCELO - Entonces, yo... ¡claro! Caí en la cuenta y miré a ver si mi suegra estaba al lado de mi mujer, para preguntarle si le gustaba, pero ¡nada! Ya mi suegra no estaba. Se había esfumado. Empezamos a buscarla por todas partes, por las tiendas, por los quioscos de lotería, de la ONCE, pero qué va. ¡Se la había tragado la tierra! ¡Un disgusto, señor comisario! ¡Ya se puede usted imaginar!

 

FAUSTINA  - ¡La pobre! ¡Con la ilusión que tenía de ver a su nieta en el altar, vestida de blanco!

 

MARCELO  – Faustina, no es por desanimarte ¡eh! , pero si tu madre está ya en el cielo, más le vale a la niña cambiar el vestido de blanco por uno de negro, ¿no?

 

FAUSTINA  - ¡Hijo! ¡Marcelo! ¡Qué malas entrañas tienes! Si tú sabes que mi madre no se pierde así porque sí. Lo mismo es que tenía ganas de hacer pis y entró en alguna cafetería o algo...

 

MARCELO - ¡No se sabe! Igual se sintió ya como... como moribunda,  y entró en una botica a comprarse unas pastillitas de esas para irse al otro mundo sin que nosotros la viésemos ‘’de sufrir”  ¿No?  ¡Digo yo...!

 

INSPECTOR -  ¡Bueno! No sigamos especulando señores, que esto es una comisaría de policía, no una tertulia del hogar del pensionista. ¡A ver! ¡Más datos! ¿Cómo iba vestida su señora madre?

 

FAUSTINA -  ¡Uy! Ahora sí que no le puedo decir cómo iba mi madre, señor comisario. Es que con el disgusto este tan grande que tengo, se me ha quedado la mente en blanco. ¿Por qué será?

 

MARCELO  - ¡Está claro que al final los hombres somos los que tenemos que solucionar los problemas! ¡Estas mujeres...! ¡Mira que no saber cómo iba vestida su madre! Pues verá usted, señor comisario... mi suegra iba vestida, así, muy corrientita, con una faldita así, de esas que llevan las ancianitas, y  un chaquetón de esos del mercadillo, como van todas las suegras, usted me entiende, ¿no? ¡Ah! Y llevaba un bolso así de grande, de esos que se usan para llevar el pavo de navidad. ¿Me he explicado bien?

 

INSPECTOR  – Pues sí que me ha ayudado usted mucho. ¡Bueno! El caso es que... vestida estaba ¿verdad?

 

MARCELO  - ¡Hombre, señor comisario, aunque esté ya chocheando un poco, no querrá usted que mi suegra vaya por las calles de Madrid como su madre la trajo al mundo, ¿no?  ¡Mira que usted, tiene unas cosas!

 

INSPECTOR  - ¡No, hombre, no lo tome usted así!  ¡Bien! ¿Llevaba bastón?

 

MARCELO -- ¡Hombre! ¿No va a llevar un bastón? ¡Pues, claro! ¡A ver si usted ha visto por ahí a una vieja de ochenta y ocho años sin un bastón, por Dios!  ¡Eso sería... sería como un suicidio!  Pero no es un bastón de esos que llevan los del hogar del pensionista, no. Mi suegra lleva un garrote que lo heredó del marido, que era ganadero y pastor de cabras en el pueblo. Por eso, le decía a usted que es imposible que a mi suegra se la haya llevado nadie para venderla en un circo ni nada de eso... que mi suegra le da un garrotazo a cualquiera y lo deja baldao para toda su vida. Usted es que no la ha visto...

 

INSPECTOR – No, mejor no. Bueno, lo primero que voy a hacer es mandar un par de policías a la zona de El Corte Inglés con los datos que tenemos y verán ustedes qué pronto la encuentran. ¡Si una mujer así, tan mayor, no puede ir muy lejos!  Lo peor que podría pasar es que cuando su suegra se de cuenta de que está pérdida, tome un taxi y se vaya a su casa, y asunto terminado.

 

MARCELO  - ¿Quién, mi suegra? ¿En un taxi? ¡Usted no conoce a mi suegra! ¿Esa se va a gastar un dinero en un taxi? Además, que ella no se acuerda ni dónde está su casa. ¿No ve usted que ya está chocheando?  

 

FAUSTINA  - ¡Marcelo, por Dios! ¡En vez de estar buscando a mi madre, pobrecilla, no haces más que decir tonterías, coño! ¡Uy, perdón! ¡Es que hoy, no sé que me pasa, que todo se me escapa sin querer! ¡Hasta mi santa madre!

 

MARCELO    - ¿Qué estás diciendo Faustina? ¿Qué busque yo a tu madre?  Te recuerdo que la idea de traerla al centro fue tuya, y la idea de venir a denunciar la desaparición en comisaría fue tuya, que yo, bien que te dije que las cosas que se pierden hay que dejarlas porque terminan apareciendo algún día. Ya lo dice el refrán: Lo que no se llevan los ladrones, aparece por los rincones.

 

             (A esto, el inspector toma el teléfono y habla con un agente)

 

INSPECTOR – Oiga, Ramírez, acérquese a El Corte Inglés, hable con los dependientes y con los vigilantes jurados a ver si saben de una señora muy mayor que se ha extraviado. Tiene cerca de noventa años, lleva un bolso muy grande y un garrote... ¿Cómo? ¡No, hombre! Es un garrote de esos que se venden en Las Alpujarras y que sirven de bastón a los que hacen senderismo. ¡Eso!  Si la encuentra se la trae a Comisaría que están sus familiares aquí esperando. ¿Cómo dice? ¡Bueno, puede usted mirar en los probadores, pero pida permiso antes ¿eh? No haga como la otra vez que se puso usted morado de ver mujeres en paños menores y ese día llegaron aquí más denuncias que un día de mercadillo. Que por poco no me quedo sin trabajo. ¡Un poco de discreción, hombre! ¡Ea! A ver si encuentra a esa pobre mujer, que tiene que estar muy asustada.

 

FAUSTINA -  Muchas gracias, señor comisario, es usted un hombre de los buenos, de esos que se preocupan de los ciudadanos. ¡Vamos, un comisario como Dios manda!

 

INSPECTOR - Inspector, señora, inspector.

 

MARCELO  - ¿Y ahora qué hacemos señor comisario?

 

INSPECTOR - ¿Ahora? Pues nada. Si quieren, pueden sentarse en el pasillo a esperar. O bien. Se pueden ir a la cafetería de la esquina y tomar allí una taza de tila mientras, porque si toman café se van a poner más nerviosos y no se lo aconsejo. Porque su suegra, puede aparecer... pero no hay que descartar que haya sido secuestrada.   

 

MARCELO - ¡Dios lo quiera!

 

FAUSTINA  - ¿Cómo has dicho?

 

MARCELO  – No, que digo que Dios quiera que aparezca, porque si no aparece... te puede entrar una depresión de esas y te tengo que ingresar, y entonces, sin la mujer y sin la suegra, ¡a ver quién me pone a mí de comer!

 

INSPECTOR  – Oiga, y no quiero pecar de indiscreto, pero como están hoy las cosas que uno no puede fiarse de nadie, supongo que su suegra ya tendrá el testamento redactado y firmado con copia en notaría ¿no? Lo digo porque últimamente en Madrid, había un asesino de mujeres mayores que las violaba y luego las enterraba, tan bien enterradas que no había  manera de encontrarlas ni con los perros, y usted sabe que si no hay cuerpo, no hay defunción, y si no hay defunción, no hay herencia.

 

FAUSTINA  - ¡Por Dios y todos los santos señor comisario! ¡No me diga usted esas cosas que me desmayo aquí mismo!

 

 INSPECTOR  - ¡No, señora! ¡Por favor! Yo no estaba insinuando nada de eso por Dios. Además, a ese criminal ya lo tenemos acorralado y cualquier día... Pero, usted me entiende... es que los asesinos son como una plaga. Y como esas pobres mujeres están tan indefensas y esos canallas son unos enfermos mentales y tienen esas manías tan raras...

 

MARCELO  – Fausti, tú no te preocupes que verás como tu madre aparece en cualquier momento en cualquier sitio, o a lo mejor nos llaman de ‘’Objetos perdidos”, como pasa siempre. Además, a tu madre... ¿quién la va a violar? ¡Si tu madre asusta al miedo! Y encima, con el garrote que lleva, ¿quién se va a atrever? ¿Es que ya no te acuerdas de aquella vez cuando estuvimos en el pueblo? ¿No te acuerdas de cuando mató a aquel lobo de un garrotazo? ¡Y llevaban en el pueblo seis días buscando al lobo con escopetas y hasta con tanques y ametralladoras! Si no es por tu madre...

          

                                                 (A esto, suena el teléfono)

 

INSPECTOR   – Sí, dígame Ramírez.  ¿Cómo? ¡Ah, magnífico! Pues tan pronto termine, la meten en el coche patrulla y se la traen a mi despacho. ¡Buen trabajo!

 

FAUSTINA  - ¿Qué pasa señor comisario? ¿Ya la han encontrado?

 

INSPECTOR  – Pues sí.

 

MARCELO - ¡Vaya por Dios! ¡Joder, qué pronto ha aparecido! ¡No digo yo, que con ese tufillo, es imposible que se pierda!

 

INSPECTOR  - ¿Ve usted como la policía sabe hacer su trabajo?

 

FAUSTINA  - ¿Y dónde estaba señor comisario? ¿En el tocador  de señoras de El Corte Inglés?

 

INSPECTOR  – Pues no, precisamente. La han encontrado en un Bingo del centro de Madrid.

 

 MARCELO  - ¿En un bingo? ¿A mi suegra, en un bingo? ¿Pero cómo es eso? ¡Lo que yo digo! ¡Le das a tu suegra un billetito de 50 euros para que se compre dos chucherías, y se lo tira en un bingo!  ¡No me lo puedo creer!

 

FAUSTINA  – Bueno, Marcelo, es que sin que tú te dieras cuenta yo le metí otro billetito de cincuenta euros en el monedero porque pensé que a lo mejor le iba a hacer falta.  ¡Anda que si lo llego a saber!

 

MARCELO  - ¡Mira que te lo advertí! ¿Lo ves? Te dije que a tu madre no se le puede dejar dinero porque ya sabes la manía que tiene. Oiga, señor comisario, ¿la traen ya para acá?

 

INSPECTOR  - ¡Bueno! Tardará un ratito pero ya no hay problema.

 

MARCELO - ¿Un ratito? ¿Y eso, por qué? ¿Es que se ha puesto malita mi suegra o es que la han pillado en el retrete  con la diarrea que le entra cuando pierde cien euros?

 

INSPECTOR – No, no es eso. Es que resulta que han ido a recogerla y ella ha dicho que ahora que va ganando no piensa irse, así porque sí.  Dice que la esperen un par de jugadas más. A pesar de que el Agente le ha repetido varias veces que ustedes están muy preocupados y que hay mucha gente buscándola, ella se mantiene en sus trece y dice que ni hablar, que conoce sus derechos.

 

MARCELO - ¡Coño! Oye Fausti, estoy pensando que si en vez de traerla a ella, vamos nosotros pa allá, a lo mejor nos da tiempo a jugar una partidita a nosotros y a lo mejor ganamos algo también, que nunca se sabe.

 

INSPECTOR  – Por mí, no hay inconveniente pero antes tienen ustedes que firmar un documento para hacer las cosas siguiendo el reglamento.

 

MARCELO  – Bueno, señor comisario, pues venga, le firmo donde usted me diga y nos vamos corriendo que a lo mejor nos da tiempo todavía. Verás Fausti, la alegría que le va a dar a tu madre cuando nos vea aparecer. Me pregunto cuánto habrá ganado desde que desapareció, porque ya hace por lo menos tres horas y a mí me han dicho que aquí en Madrid los bingos van muy rápidos, ¿no es así señor comisario?

 

                          (Se ven como firmando en un papel sobre la mesa y se disponen a salir  corriendo ante el gesto de decepción y las ironías del inspector que suelta los papeles con disgusto)

 

INSPECTOR  – Bien. Ya está todo en regla. Ahora, un coche patrulla los llevará hasta allí. Así el dinerito que se van a ahorrar del taxi se lo pueden gastar en el bingo también.

 

                         (La pareja se marcha y queda el inspector haciendo un monólogo con gestos de decepción, mientras se va cerrando el telón)

 

 ¡Yo no sé quién me mandaría a mí hacerme policía!  ¡Es que me ocurre cada cosa! ¡Si esto, en  vez de una comisaría de policía, parece una película de Lina Morgan, joder!  ¡Encima, nosotros gastando combustible para llevar a los ciudadanos de aquí para allá, y ellos ganando dinerito en el bingo! ¡Manda huevos la cosa! (Sale del escenario con los papeles  en la mano y murmurando)

 

FIN DEL PRIMER ACTO

 

  

SEGUNDO ACTO

 

 

Cambia el escenario. Ahora es un salón de una vivienda normal. En el sofá se encuentran Faustina y su madre, Regla tiene su garrote en la mano. En el sillón de la izquierda Marcelo y en el de la derecha Verónica,  la hija de éste.

Se encuentran comentando la ‘’odiesea’’ de la abuela y discuten de lo que pudo haber ocurrido con la desaparición de la abuela.

 

MARCELO  – ¡Es que eso no se le ocurre a nadie, suegra! ¡Mira que meterse en un bingo! ¡Y nosotros, ignorantes, buscándola por todas partes! ¡Menos mal que la policía, olfateando, olfateando, dio con usted, que si no, todavía estamos como locos buscándola por todo Madrid!

 

REGLA  - ¿Y quién te ha dicho a ti que a mí me ha encrontrao la policía, so  atontao?

 

MARCELO  –  ¿Ah, no?  (Ahora, imitando el gesto de un perro que olfatea)¿Es que no ha sido ese policía, Ramírez, el que husmeando, husmeando, con su olfato de buen policía, la olió en el bingo, entró, y allí la encontró a usted?

 

REGLA  - ¿Pero, qué olfato ni que ocho cuartos,  so animal? Ese tío se presentó allí porque fui yo quien llamó a la policía.

 

FAUSTINA  - ¿Qué usted llamó a la policía, madre? ¿Es que alguien la quería hacer daño?  

 

REGLA  – Bueno, daño, lo que se dice daño, no. Pero le tuve que pedir a la moza del mostrador que  llamara al 091.

 

MARCELO - ¡Ah! Entiendo. Usted pidió que llamaran a la policía para que nos quedásemos tranquilos, y así nosotros no teníamos que denunciar el extravío, ¿no?

 

REGLA  - ¡Que no, hombre! ¡Que siempre te enteras por la parte de atrás, so melón! Es que un tío de la mesa de al lado discutía conmigo en que él había cantao un bingo, y no podía ser porque el bingo lo tenía yo. ¡Y  no estaba  dispuesta a consentirlo, que tú me conoces a mí! (Levantando el garrote) ¡Anda que se me iban y se me venían las ganas de atizarle con el garrote! Yo canté el bingo  y como el tío se puso muy farruco pues no tuve más remedio que avisar a la policía para que viniera y pusiera las cosas en su sitio, como Dios manda.

 

FAUSTINA  – Pero, madre, por favor, ¿cómo se le ocurrió meterse en un bingo sin decirnos

nada? ¿Sabe usted el susto que me he llevado?

 

REGLA  – Hija, es que no me pude resistir. Cuando pasamos por allí, y vi el letrero aquel, tan bonico, con las lucecitas..., y yo que estaba tan aburrida, andando por esas calles, llenas de gente, con tantos coches, tanto ruido..., y con el frío que hacía,  yo pensé...

 

MARCELO  - ¡Claro! Usted pensó, usted pensó... Pues a ver si nos dejamos de tanto pensar y hacemos las cosas como nos han enseñado. Si usted quiere entrar en un bingo porque está aburrida, pues me lo dice usted, dejamos a su hija en El Corte Inglés viendo la ropita de la temporada, y yo la acompaño a usted en el bingo para que no le pase nada, ¡coño!  Todavía no nos ha dicho usted cuanto ha ganado en el bingo, porque usted dijo que no se quería ir porque iba ganando ¿no? O es que yo no me he enterado bien.

 

VERÓNICA  - ¡Papá, por favor! ¡Estás agobiando a la abuela! ¿Qué te ha hecho a ti la abuela para que te pongas tan... tan tirano con ella?

 

MARCELO  - ¿Tirano? ¿Tirano yo? ¡Con el día que nos hizo pasar, que tu madre se desmayó y hasta  estuvo a punto de darle un infarto de esos!

 

VERÓNICA - ¿Sí, mamá? ¿Es cierto eso?

 

FAUSTINO  – Bueno, hija, es que aquel comisario...

 

MARCELO  – Inspector, Faustina, Inspector...

 

FAUSTINA  – ¡Bueno, qué más da!  Es que el comisario aquel empezó a meterme mucho miedo diciendo que hay en Madrid  un criminal que se dedica a secuestrar a mujeres mayores para violarlas...

 

REGLA  - ¿Para violarme? ¿Y por dónde anda ahora  ese hombre? ¡Bueno! Quiero decir... que a lo mejor no lo han trincado todavía ¿no?  

 

VERÓNICA - ¡Abuela, que no se diga, por favor!

 

REGLA  – No, si lo que digo es que si me lo ponen por delante (mirando a su yerno) le doy un garrotazo así...

 

                         (Marcelo hace gestos de protegerse no sea que el garrote se le escape a la abuela y lo alcance a él)  

 

MARCELO  – Imagínate hija, con lo asustada que estaba tu madre creyendo que no iba a ver más a la abuela viva, encima te dicen que hay por ahí un violador desalmado y sin escrúpulos que tiene manías sexuales por las viejas...

 

REGLA  - ¡Hombre! La verdad es que lo de violarnos no lo veo yo tan... verás, tan eso, ¡vamos! , quiero decir... que no es una desgracia tan grande, porque es este mundo hay cosas mucho peores, ¿verdad, hija?  

 

FAUSTINA - ¡Madre, por favor!

 

REGLA – No, si digo yo, es que lo mismo que el bruto este de Marcelo tiene la manía de echar más humo que una chimenea y de empinar el codo,  hay todavía mozos que tienen sus manías, y a nosotras las maduritas nos ven todavía... de buen ver. Y por algo será ¿verdad?

 

MARCELO - ¡Ande ya suegra!  ¿Qué se ha creído usted, que los hombres hemos perdío el gusto, o qué?

 

REGLA - ¡Hombre! A mi edad, ya, preñarme, preñarme,  no me pueden preñar...  pero lo que una no puede permitir es que le quiten a una el dinero. ¡Eso si que no!

 

FAUSTINA  – O sea, que a usted no la habría importado que la hubiese raptado ese malnacío y que la  hubiese violado...

 

VERÓNICA - ¡Bueno! Ya está bien de violaciones, de discutir,  y de culpar a la abuela de este pequeño incidente. Lo importante es que ya pasó todo y que estamos aquí para contarlo. Por cierto, abuelita, todavía no nos has dicho lo que ganaste en el bingo.

 

REGLA  - ¿Otra? ¡Coño! Aquí parece que lo único que interesa a mi familia que me quiere tanto es el dinerito que gané ayer en el bingo. Lo que yo digo siempre. Lo que importa es el dinero. Y a la abuela, que le den... ¡Hala!  ¡Menos mal, que todavía quedan jóvenes violadores de mujeres pensionistas que saben valorar lo que vale una!  Pero, la familia... ¡Qué asco!  

 

FAUSTINA  – No diga usted eso madre. Que nosotros lo que queremos para usted es lo mejor. Es que estamos preocupados porque si has ganado una cantidad de dinero en el bingo y no lo guarda usted bien, le puede pasar algo que usted sabe que hay mucho delincuente por ahí.

 

REGLA  – Pues, la verdad es que yo eso de los euros, no lo entiendo yo muy bien, pero lo que me ha llamado la atención ha sido el color de los billetitos esos que me dieron, que yo no los había visto nunca.   

 

MARCELO  - ¿Qué me está diciendo suegra? ¿No la habrán engañado también, no? ¿Lo ve usted que es conveniente que cuando entre en un sitio de esos yo la acompañe por si acaso? ¡Lo que faltaba ya es que le dieran billetes falsos! ¡Claro, como la ven tan mayor y tan de pueblo! ¡No me extrañaría nada!  ¡Si hay cada timo por ahí!

 

REGLA  - ¡No, que va! Si los billetes se ven que son buenos, y nuevecicos, que yo ya, ya yo le di un mordisquito a uno y era muy legal.  Lo que pasa es que yo había visto siempre los de cincuenta y los otros, que valen menos, pero éstos... ¡en mi vida los había visto!

 

VERÓNICA - ¿Y donde los guardaste abuela, en el monedero que yo te regalé ?

 

REGLA - ¡Pero niña! ¿Cómo iba a guardad tanto dinero en ese monederito, que ahí no me cabe ni el cuponcito de los ciegos?  Los metí en mi bolso, pero el policía aquel me tuvo que ayudar a empujarlo porque no entraba todo el paquetón aquel.  ¡Y mira que en el bolso mío cabe... hasta una ternera  de cuatro meses!

 

MARCELO  - ¡Coño, suegra! (Mirándose entre ellos con cara de sorpresa y de inquietud) ¿Tanto ha ganado usted?

 

REGLA  – La verdad es que no tengo ni idea. Yo sé que desde que entré en el bingo, me vino una racha de suerte y empecé a cantar un bingo detrás de otro, que ya la gente me estaba mirando con una cara...que parecía me estuvieran clavando cien cuchillos jamoneros. La única que hablaba era una fulana rubia desde un rincón que decía: ¿Cuándo se va a largar la vieja esa?

 

MARCELO – Suegra, ¿a usted no le importa que yo le eche un vistazo al bolso?  No es por nada, es por si se ha salido alguno de los billetitos esos tan raros, para ponerlo en su sitio.

 

REGLA - ¡Mira que tiene el  desgraciao este! (Mirando a la hija) ¿Pero qué se ha creído que yo le iba a permitir que me tocara en el bolso?  ¡Antes le doy con el garrote y lo dejo más manco que el de Lepanto ese!

 

FAUTINA  – Madre, no hay que ponerse así, que lo único que quiere Marcelo es preocuparse

de que  a su dinero no le pase nada, que usted sabe que él la quiere a usted mucho. Cuando usted se perdió ,  el pobre estaba como descompuesto.

 

MARCELO - ¡Y que lo digas!  Por cierto, suegra, no es por nada, eh, que solo es como precaución, ¿usted ya hizo testamento?

 

REGLA  - ¿Testamento? ¿Qué es eso? ¿Lo que dice el cura en la iglesia los domingos?

 

MARCELO  – No, mujer, eso es el nuevo testamento. No, yo quiero decir el suyo, el de usted, vamos... su última voluntad.

 

REGLA  - ¿Mi última voluntad? Mira Faustina, o le dices a tu marido que me hable en cristiano o le voy a tener que dar con el garrote a ver si se le aclaran un poco las ideas de esa cabeza de sandía.

 

FAUSTINA – Madre, usted ya sabe lo que es eso, lo de la herencia...

 

REGLA  - ¿Herencia? ¿Qué herencia? ¿La que me dejó a mí tu padre?

 

MARCELO  – No, mujer, no. ¿Quién se acuerda ahora de su señor esposo que en paz descanse? Lo que estamos hablando es de su herencia, es decir... que si usted un día, no lo quiera Dios, se va al cielo, todo lo suyo debe ir a parar a su hija, ¿comprende? Pero eso tiene que estar en un documento y firmado por usted. Que usted sabe que ente país, lo que no está firmado no sirve para nada.

 

REGLA  - ¡Mira el jodío este! Ya me quiere quitar de este mundo. ¡Pero, qué te has creído desgraciao! ¡Si yo pienso ir a tu funeral, infeliz! ¡Vamos! ¡No quisiera yo irme de este mundo sin verte en medio de cuatro velas!  Además, si yo no echo humo como tú, que eres una chimenea,  ni como tanta grasa de cerdo como tú, ni voy por la vida dando gritos como tú. ¡Que yo tengo que dar muchos garrotazos todavía! ¡Mira que tiene el jodío este! ¡No te digo! ¡Que me quiere ver muerta! ¡A mí!  ¡Con el hambre que le  he quitao al desgraciao!

 

FAUSTINA  – Bueno, madre. Ya sabemos que usted está muy sanita, gracias a Dios, y va usted a  vivir muchos años, pero usted  sabe que hoy puede pasar cualquier cosa. Fíjese en la ‘’seña” Patro, la vecina, que se quedó frita viendo la novela del cachorro ese. ¿Quién iba a decir que se iba a morir así de pronto? Es que hoy, donde menos se espera...

 

MARCELO  - ¡Claro, suegra! Si no es por nada, es que tenemos que tomar precauciones para todo. Porque a usted no le gustaría que después de su muerte, todo su dinero y sus fincas se los llevara el ayuntamiento... o la Hacienda esa de los cojones, ¿verdad que no?

 

REGLA – No hay que preocuparse, que mi bolso con ese dinerito, está guardado, ¡y bien guardado!

 

MARCELO – Eso espero. ¿Pero cuánto, suegra? ¿Cuánto ha ganado usted?

 

REGLA – Pues, según me dijo la moza de las fichas, algo más de un millón.

 

MARCELO  - ¿Un millón? ¿Un millón de pesetas?

 

REGLA  - ¿Cómo va a ser de pesetas, so animal? ¡Qué antiguo y qué paleto eres, pedazo de bulto! Serán de esos que hay ahora, de los euros esos ¡Que no estás en el mundo, cojoneras!

 

VERÓNICA - ¿De euros, abuela? ¿Un millón de euros? ¡Vamos, hombre! ¡Tú estás confundida! Estas ancianitas, están ya, un poco...

 

MARCELO  - ¡Pero, suegra, por favor! ¿Cómo va a ser un millón? A ver si usted nos está mintiendo y va a resultar que el clan ese de Marbella la tiene a usted de testaferro para no llamar la atención... ¿Me puede usted decir de donde ha sacado usted tanto dinero?

 

REGLA  - ¡Pues de donde va a ser so carcamal! ¡Del bingo! ¿No te lo  he dicho ya?  Lo gané yo solita, y muy santamente.

 

MARCELO  – Pero, suegra... ¡si con ese dinero se puede uno comprar el estadio del Manzanares, coño!

 

FAUSTINA  – Pero, mamá, ¿tú sabes cuanto dinero es eso? ¡Ay, Marcelo, agárrame que me caigo!

 

REGLA  – Pues, no, porque como nunca lo he visto junto, así con tantos billetes de esos tan raros. Pero mucho debe de ser ¿eh?

 

      (Marcelo sujeta a Faustina y le echa aire con la mano para que no se desmaye del todo)

 

FAUSTINA  –  ¡Ay, ya estoy mejor! Oiga, madre, ¿usted no cree que sería mejor que ese bolso lo guardásemos nosotros?

 

MARCELO – O si usted quiere se lo meto en el banco.  

 

REGLA - ¿En  el banco? ¿Para qué? Mi pobre Federico decía que  ‘’el dinero y la esposa, antes que dejarlos a otro, mejor debajo de una losa”.

 

FAUSTINA - ¡Madre! ¿De verdad que vas a esconder ese dinerito debajo de una losa?

 

REGLA- ¡Claro! Pero no en mi casa. Esta mañana se lo llevé a don Julián, el cura, que delante mía lo metió debajo de una losa de la iglesia, al lado del confesionario, y le hizo una crucecita para que nadie toque, porque los muertos son sagrados. Además, ya sabemos que allí en la iglesia no roba ni Dios.

 

                              (Todos al unísono)

 

LOS TRES -            ¿En la iglesia?

 

MARCELO -  ¡Pero, suegra, por favor! ¡Pero, qué ha hecho usted? ¿Va a guardar su dinero en la iglesia? ¡Pero, hombre, por Dios!

 

FAUSTINA – Pero, madre, ¡que yo soy la hija!

 

REGLA - ¡Claro! Y don Julián es el padre.

 

MARCELO - ¡Pero suegra! ¿Cómo se le ocurre? ¡Que ya sabemos lo que son los curas! ¡Que usted se muere mañana y vamos nosotros... ¡bueno!, va su hija a pedirle ese dinero, que le pertenece a ella, y seguro que el cura le dice. ¡No, hija no! Ese dinero fue una donación de su señora madre a la santa madre iglesia para decirle una misa todos los sábados del mes  y pedir indulgencias para salvar su alma. ¡Y a ver quién tiene cojones de discutirle al cura!  ¡No te digo!

   

VERÓNICA -  Abuela, si le has dado ese dinero al cura, ¡la has cagado!

 

REGLA – Pues, si alguien quiere ese dinero, que vaya y se lo pida a don Julián. Yo ya no me vuelvo atrás. ¡Que una es cristiana y una tiene solo una palabra!

 

MARCELO - ¿Has visto, Fausti? ¿Has visto cómo es tu madre? Primero nos da un disgusto perdiéndose en esa jungla,  y ahora le deja una fortuna a la iglesia en lugar de pensar en nosotros. ¡Bueno, he querido decir, en su hija y en su nieta! ¡Coño, que la familia es la familia!

 

FAUSTINA - ¿Y ahora, qué hacemos?

 

MARCELO – Pues, yo no sé lo que tú harás, pero yo de momento me voy al bar a tomarme un par de chatos que falta me hacen. ¡Oye, Fausti! A propósito, tú que tienes mejor memoria que yo. ¿Te acuerdas de la última vez que fuimos a la iglesia a confesarnos?

 

FAUSTINA –Querrás decir, a confesarte tú, porque yo voy todos los domingos.

 

MARCELO – Bueno, mujer, es que yo con eso del bar, no tengo tiempo para nada. Dime, dime. ¿Cuándo fue la última vez? Lo digo, porque a lo mejor conviene que le haga una visita a don Julián, no sea que me de un latigazo de esos, de los que no avisan, y me coja con todos los pecados encima, y...yo al infierno no me gustaría ir, que tú sabes que yo el calor no lo soporto.

 

FAUSTINA - ¿Pecados? ¿Tú, confesarte? ¡Anda, quita, quita! ¡Pero si tú eres más ateo que el diablo! Si solo entraste en la iglesia el día en que nos casamos, y porque mi madre te amenazó con el garrote, que si no, me veo casándome en la trastienda del bar.

 

MARCELO – Bueno, mujer. Pero todo el mundo puede cambiar ¿no? Por cierto, ¿tú sabes dónde guardamos el cincel y el martillo?

 

VERÓNICA - Papá, ¿Y para qué quieres esas herramientas? ¿Te has metido ahora a albañil?

 

MARCELO – No, hija, es que con los disgustos que me da tu abuela, me puedo morir así de un golpetazo, y si mi lápida no está escrita, la gente y todos los conocidos, que tengo tantos, no van a saber donde estoy enterrao. Así que yo mismo voy a comprarla y la voy a grabar. Oiga, suegra. A las cinco de la mañana no hay nadie en la iglesia, ¿verdad?

 

REGLA - ¡Pues, claro que no, animal! ¿Quién va a haber allí a esa hora? ¿Qué te has creído, que una iglesia es la farmacia de guardia?  

 

MARCELO – No, es que había pensado que como hace tanto tiempo que no me confieso...

 

FAUSTINA - ¿Tanto tiempo? ¿Será cínico? ¡Como no te confesaras en el vientre de tu madre!

 

REGLA - ¿No habrás pensado ir a confesarte al amanecer, verdad? Porque, que yo sepa, los fusilamientos ya se acabaron hace tiempo, ¿eh?

 

MARCELO – No.  Es que a lo mejor necesito ensayar un poquito. ¿Comprende? Tengo que practicar antes de ponerme delante de don Julián, porque si no practico, no voy a saber cómo se confiesa uno.

 

FAUSTINA – (Por fin, ha captado la intención de su marido)  ¡Ah, ya entiendo! Pues, estoy pensando que te voy a acompañar y así te ayudo a practicar. Yo hago de cura, y tú de pecador. ¡Mira por donde me voy a enterar de todas tus correrías, que sabe Dios...!

 

NATIVIDAD – (También capta la intención de los padres) Mamá, estoy pensando que como me voy a casar dentro de dos días y no he hecho ejercicios espirituales ni nada de eso, a lo mejor me conviene confesarme también ¿verdad? ¿Y si os acompaño y así practico yo también un poquito? Además, si nos confesamos todos juntos, hacemos más fuerza para... para que se nos perdonen todos los pecados, ¿no?

 

REGLA - ¡Anda, hija! ¡Anda, sí! ¡A confesaros todos! ¡Pecadores!  Y ahora, os marcháis a descansar, que tenéis que madrugar mañana. Y tenéis que ir apuntando todos vuestros pecados, los mortales y los otros, ¿eh?, que por cualquier cosita de nada, se va uno derechito al infierno. Y si os tenéis que quedar en la iglesia todo el día rezando el santo rosario catorce  veces como penitencia, hacedlo bien y despacito, contando todos los misterios, sin equivocaros,  que si no es así, arriba, no te lo tienen ni en cuenta. ¡Lo sabré yo!   

 

MARCELO - ¡Bueno! Vamos ya, que como dice tu madre, tenemos que buscar el cincel... quiero decir, que tenemos que dormir para poder madrugar mañana.

 

FAUSTINA – Sí. ¡Anda, niña!, vámonos,  que mañana nos espera un día muy duro... Quiero decir, un día de... mucha penitencia. Después de sacar afuera todos... todos los pecados, nos habremos “salvado” para la ‘’otra’’ vida, que seguro que es mejor que ésta.  

 

                        (Se marchan los tres muy decididos. La abuela se queda sola y hace su monólogo)

 

REGLA  - ¡Está clarito que a las abuelas nos quieren cuando tenemos algo que dejarles! Y si no les dejamos nada, ya no nos quieren tanto, y nos tratan... como una mesa apolillada.  ¡Ea! ¡A una residencia de mala muerte! ¡Qué asco!  (Se levanta apoyándose en el garrote)  Por eso, ahora mismito llamo a la agencia donde trabaja Marisa y le encargo un viaje de un mes entero para mí y para mi amiga Saturnina.  

 

                        (A esto toma el teléfono)

 

REGLA  - ¡Oiga! ¿Es usted Marisa, la de la agencia? ¡Eso!  Mire, soy Regla, la abuela de Verónica, que quiero que me reserve dos plazas para Benidorm, en el hotel ese de cinco estrellas, con el casino incluido y pensión completa para un mes a partir de mañana. Sí. ¿Cómo? ¿Que si yo dispongo de fondos para pagar ese viaje? Pues yo tengo aquí en mi bolso como un millón de euros, ¿usted cree que habrá suficiente con eso? (Pausa de unos segundos)  ¡Oiga!  ¡Oiga! ¡Señorita Marisa! ¿No me escucha usted? ¿Qué ruido será ese? ¡Coño, otra que se ha desmayao!  Yo no sé por qué se desmaya la gente cuando se entera de que tengo un millón de euros. ¡Pero si eso no debe de ser mucho! ¡Si eso me lo gano yo... en un rato en el bingo!

 

 ¡Bueno, me iré a la peluquería y a comprarme ropa moderna. Me voy a poner más guapa que la duquesa de Alba, que me han dicho que en un casino de esos, aunque lleves garrote, como no vayas muy arregladita y muy elegante, ¡no te dejan ni asomarte a la puerta!

 

¡Ay, lo que me voy a reír mañana con estos tres que tengo por familia! Si supieran que el cura, don Julián, tiene el dormitorio detrás del confesionario.  ¡Je, je! ¡Ay la que se va a formar! ¡No quiero ni imaginarme cuando el señor cura los pille  dando martillazos en la losa donde está enterrao el señor obispo! ¡ Yo que conozco muy bien cómo se las gasta don Julián, que aunque sea cura, tiene un carácter, que te mira fijo a los ojos, y parece que has visto al Conde Drácula! ¡Qué pena, que me lo voy a perder! ¡Claro que mi hija Faustina, que tiene salidas para todo, le dirá a don Julián: Perdone, señor cura, es que nos hemos enterado de que el obispo ha hecho un milagro y queríamos llevarnos una reliquia, ¿comprende usted? ¡Por supuesto que los va a comprender! Les va a dar más patadas en el culo que van a salir rodando como un balón.¡ Eso va a parecer una final de la UEFA!  ¡Je, je, je! ! ¡De la risa que me va a dar me voy a descuajaringar en pedacitos! 

 

                                       (Empieza a correrse el telón) 

 

     Y ya los imagino, mañana, cuando vengan, como locos,  sin saber donde está el dinero, desesperados, y vean que yo he desaparecido sin dejar ni rastro. El tiempo que le faltará al borrico de mi yerno, todo nervioso y asustado, para entrar en  la jefatura de policía y decirle al inspector: ¡Otra vez, señor comisario! ¡Mi suegra, coño, que  otra vez se ha perdio

 

                                                                  FIN                

 

e-mail: bea45azul@yahoo.com

  

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