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LAS MUERTAS PIDEN JUSTICIA

de Rogelio San Luis y María Giuseppina Pagnotta

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de estas obras requiere el permiso del autor, así como abonar los correspondientes derechos al autor a o la entidad de gestión que él indique, a tal fin se inserta en cada texto su dirección electrónica. Para leer las obras y, en su caso, guardar o imprimir, pulsa en el TÍTULO.

 

“LAS MUERTAS PIDEN JUSTICIA”

Monólogo trágico en un acto original de

Rogelio San Luis y María Giuseppina Pagnotta

rogeliosanluis@yahoo.es - mgptrani@libero.it

 

(Lados, público. LUZ. Escenario vacío. Por el primero izquierdo, entra ELLA. Treinta y tres años. Estatura normal, bella, atractiva. Seria, correcta, elegante. Viste moderna. Se dirige, seria y ensimismada hasta el centro del primer término. Al frente.)

ELLA.-Todavía recuerdo la primera vez que sentí su mirada en mí. ¡Oh, la recuerdo! Él me golpeó en el pecho y mi corazón dejó de latir antes de comenzar a dar saltos mortales. Conocer todos esos latidos apagados del corazón con un doble salto, las mariposas estomacales y los otros fenómenos extraños que causa la adrenalina  por las venas. Ser consciente de esos latidos enmudecidos del corazón por  aquellas piruetas. ¡Qué fuerza los feromonas en su profundo mirar!  Sabemos lo que es eso, ¿verdad? Te mira, te deslizas en su contemplación y... ¡sobran las palabras! Tenía dos ojos de fuego que serían capaces de derretir al iceberg mayor del mundo, aunque la que se derritió fui yo en mi inmensa desgracia.

(PAUSA.)

Lo comparé a un golpe de Estado contra mí misma. ¡Un rayo! ¿Y quién detiene este sentir? ¿Acaso la razón? Es  posible. Me pregunto… ¿Existe alguien que lo haya razonado demasiado antes de enamorarse? ¡No! Pero… ¿De quién te enamoras? ¿Cómo sabes lo que está pasando en el cerebro de quien acabas de conocer? Resultaría absurdo llevar a un psicólogo contigo, lo tendiese en el diván y lo psicoanalizase. Aún así… Cuando te das cuenta de que está un poco loco porque está empezando a prohibirte todo. ¡Incluso a respirar en nombre del amor! Ay… Ya es demasiado tarde. Sus atenciones se están  convirtiendo en obsesiones morbosas. Y una, lentamente, se va trasformando en prisionera de una  pesadilla, viéndose perseguida por el amor. Mas ellos, esos monstruos, ¿qué saben del amor? “Estoy celoso porque te amo y la culpable eres tú por no obedecerme”. Obedecer... ¿a quién? ¡No somos animales! El perro obedece al amo, el caballo al jinete, ¡no una mujer a un hombre!

(PAUSA.)

¡Pobre madre! Pobre todas las madres que lloran desoladas a sus hijas que murieron asesinadas. ¡Un destino muy cruel! ¿Qué mujer nunca ha recibido una bofetada de su hombre? También mi madre fue golpeada. Sí; maltratada muchas veces. Yo sufría en silencio, agachada en un rincón de la casa y enmudecida por el miedo. Mi dulce madre, reprendida y agredida por mi padre, aunque ella lo adoraba. No acababa de comprenderla. ¡Siempre lo defendía!  Respetado y venerado por sus amistades y demás gente  con la que trataba. Guapo, título universitario, innata simpatía. La fachada o escaparate de un matrimonio feliz  que embaucaba a la sociedad circundante. Ella, en el fondo de su corazón, no dejaba de sufrir y siempre se veía como una pobre víctima. “Es el destino de las mujeres”, me dijo un día. ¿Qué destino, madre? ¿Dónde está escrito eso? Como mal menor, mi padre nunca la mataría mientras ella se sentía muerta por dentro. A veces, cuando estaba exasperada, escuchaba sus palabras como una premonición: “Ten cuidado con quién te encuentras. No hagas lo que he hecho yo”. Mi querida mamá, si conociésemos el futuro o tuviésemos una bola de cristal… Evitaríamos muchos errores y, sobre todo, no terminaríamos en los brazos de un monstruo como el que conocí.  

(PAUSA.)

Además… ¡Mentiroso empedernido! Cuántas artimañas para conseguir su propósito. Ayer, al abrir la puerta, tras una serie de llamadas telefónicas y mensajes de texto, volvió a jurarme  que era la última vez porque estaba enfermo. La realidad… ¡Fue la última vez para mí! Qué tonta era. Sentimental como todas las mujeres porque nos importa no perder ese espíritu de enfermera de la Cruz Roja  con el que nacemos. ¡Estaba tan equivocada! Vi su mirada alucinada y comprendí. Dos ojos de fuego dejarían de derretir  el gran iceberg para ubicar una montaña de hielo entre nosotros. Solo era yo y mi tiempo había expirado. “Eres mía  y no me voy a rendir”, le oí enojado. Entonces… Comenzó a apretarme; trataba de besarme; poner violentamente sus manos debajo de mi falda mientras yo lo rechazaba. “Tienes otro, ¿verdad? ¡Admítelo, perra! Dime quién es o yo lo descubriré”, repitiéndolo incesantemente, sacudiéndome como una ramita indefensa. Le gritaba que los celos habían nublado su mente e intentaba escapar de aquel miserable. “¡Es tu culpa! Hablas con esa vocecita… Eres tan seductora... sonríes… ¡Claro que tengo celos! Deberías ser feliz. Solo los que verdaderamente aman  están celosos. ¡Si sintieras como yo…!”. Exclamó con ojos salvajes. Un monstruo ignora que los celos no son amor, pero así es la lógica de una mente enferma.

(PAUSA.)

Igual que la primera vez, me golpeó en el pecho. Ahora no fue con sus ojos sino con un cuchillo. ¡Sí! Esos que se utilizan para cortar carne. ¡Y cortó la mía! Un primer golpe perfecto y decisivo llegó justo hasta aquí.

(Señala.)

¡Entre las costillas! Ante su celeridad, no tuve tiempo para darme cuenta. “Un homicidio sin premeditación”, comentaron los investigadores. No deseaba asustarme ni castigarme. ¡No! En este instante, quería eliminarme porque se sentía el dueño de mi vida y había decidido que tenía que dejar de ser. Escuché el sonido sordo de aquel corte. Mis ojos se agrandaron con incredulidad y terror. Sentí el golpe de la hoja  cual un orgasmo sin goce pues mi cuerpo apenas me pertenecía. Luego otro, otro y otro hasta el infinito. No sé cuántos han sido. Tal vez… Treinta, cuarenta mientras luchaba por escapar de su atrocidad, suplicándole inútilmente que se detuviera. Cuanto más luchaba, más hundía el cuchillo en mis caderas, manos, hombros, espalda… ¡En toda mi carne! Tan blanca y clara antes y actualmente tan roja y sucia de sangre, Lo mismo que las paredes relucientes de mi sala de estar que ahora goteaba mi sangre. El piso, que estaba limpio, manchado con toda la sangre aún caliente, ¡¡Sangre!! ¡¡Sangre!! ¡¡Sangre!! Por favor… ¡Ayudadme! Basta. ¡No quiero morir! Mis gritos crecían. ¡¡Piedad, Dios mío!! Nadie me escuchaba. ¡Mi voz estaba muda! ¡¡Todo era silencio!!

(PAUSA.)

Todavía huelo la sangre que llena la habitación y me da náuseas. Estoy mareada. Mi visión es borrosa. ¿Quién me salvará? Perdura el recuerdo de su mirada y me atormenta. Su voz, más aguda que una cuchilla, no deja de dolerme. “Nadie te tendrá. Es por tu propio bien. ¡Debo hacerlo!  Me decía  sin cesar y me estaba matando. Qué error defenderme para acrecentar toda la rabia de un monstruo. ¡Era lo que tenía delante! Ya no era un hombre sino el más terrorífico de los monstruos. ¡Así era! Un monstruo terrible y loco  sin cerebro ni corazón. No dejaba el cuchillo. Una, dos, tres, veinte veces aún dentro de mí sin piedad, sin amor. “Obstinada y puta como todas las mujeres. ¡Ja, ja, ja! ¡Tuve que castigarte sin hacerte daño! Si no hubieses gritado… Si te hubiese obedecido… ¡Este es el fin que todas las putas merecen!”. Esas fueron sus últimas palabras de amor con las que se despidió.

(PAUSA.)

El tiempo para rendirse siempre llega. No puedes escapar del delirio de un hombre enfermo que quiere poseerte. ¿Quién puede hacerlo? Cuando una mujer dice: ¡Basta! Al descubrir la esperanza y la conciencia de que más allá de esa relación enfermiza, hay una vida mejor para darse cuenta de su identidad femenina, el monstruo se siente perdido y la mata. Entonces, ¿quién fue realmente el hombre que me amaba? Uno normal, respetable con cara angelical y una sonrisa deslumbrante en cuyos ojos puedes ahogarte en la primera inmersión. Llamarle normal… ¿Por qué observa el código de la carretera? ¿Está bien vestido? Y una se emociona cuando mira una familia perfecta en cualquier publicidad. ¡Son enfermos mentales graves y lúcidos! Dejémonos de estas muertes absurdas. La vida se repite en muchos ejemplos de historias de hombres asesinos por celos. Otelo mató a Desdémona sin existir razones y ella, un ángel inocente, murió sin culpa. ¡Pobre! Le faltó tiempo para entender, para llorar, para confiar el alma a Dios. No hace que te defiendas. Él era también un loco furioso por los celos. Y, una vez más, es una mujer quien paga el precio de la locura. ¡Dios! Mi cabeza se rompe. ¿Cuánto duró? ¿Cuánto? ¿Una eternidad o un momento? Apenas  me di cuenta de que estaba muriendo al procurar  defender los últimos momentos de mi vida,

(PAUSA.)

Estaba tan viva y llena de cosas que hacer hace un momento. ¿Dónde se hallan esos proyectos para el día siguiente y para los días y años venideros? ¿Y los abrazos para mis hijos que ansiaba tener? Tres. ¡Yo quería tener tres hijos! ¿Y mi carrera? ¿El vestido nuevo que aún no había usado? ¿Y ese sueño en el cajón, que habitaba en mi interior, aún para explicar? ¿Ese cielo por encima de mí para respirar al contar mi historia? Mi historia... ¿¿Qué historia?? ¡Yo no tengo una historia porque ni siquiera poseo una existencia! Si yo fuera  mi gato, todavía tendría seis vidas. Me gustaría ser Súper Mario para ser la propietaria de diez. ¡Imposible! Solo tuve una y un hijo de puta me la arrebató. ¡Pobre mi gato! Acurrucado bajo el sofá, fue un silencioso testigo  asustado. Quién sabe si entendería lo que estaba ocurriendo. ¿¿Qué será de él?? ¡¡Maldito loco!!  ¿¿Por qué yo?? Todavía escucho los gritos de mi mente sorprendida y aterrorizada. Me veo incrédula de tener que morir mientras la sangre tiñe mi suéter blanco. Aprendí… La sangre debe lavarse con agua fría o no saldrá. Acababa de estrenar ese suéter y poco me ha durado. ¡Dios mío! Ahora me estoy volviendo loca; soy incapaz de pensar. Me encuentro en el límite de la resistencia. ¡Esta oscuridad me consume! ¡¡No quiero irme!!

(PAUSA.)

Pero... ¡La veo allí! Aquella luz... Qué blanca y envolvente. No; no es el sol. Me  está cegando y no puedo apartar la mirada. Es tan nítida y acogedora. Tengo un gran deseo de seguirla, pero todavía hay algo que me mantiene aquí. Aplazaré mi mutis existencial. Preciso reflexionar, pensar antes de esta obligada despedida. Necesito conversar… Mamá, mamá, estoy aquí. ¡No te vayas, por favor! Te amo, nunca te lo dije.  Sé  que te vas enterando con mis palabras sin aliento. ¿Por qué no te lo participé antes? Todo sucedió tan rápido; mi desgracia surgió con tanta celeridad. Ni yo misma tuve tiempo de entender, de prepararme, de limpiar tus lágrimas y las de todas las personas que conozco. De verdad, estoy conmovida. ¿Por qué no lo denuncié antes. Lo hice, mamá. ¡Te lo juro! Los policías me decían que los mensajes de texto no eran pruebas suficientes. Para tener mi teléfono bajo control y enviar una patrulla a casa, necesitábamos una orden judicial. Él estaba en todas partes, ¡Noche y día! Incluso cuando no lo veía! Sabía que él estaba allí escondido en algún lugar y próximo. Contó todos mis pasos y las respiraciones que hacía en cada instante. Siempre supo exactamente dónde y con quién estaba. En cualquier momento, a amenazar a cualquier hombre que se me acercara. ¡Solo pensaba en eso!

(PAUSA.)

Ahora, solo escucho el silencio y las campanadas, pero no son las de mi roto corazón. Desafortunadamente, el pobre ha estado parado en mi pecho más de veinticuatro horas. Frío, como el mármol del depósito de cadáveres, en que echaron mi maltratado cuerpo hinchado por heridas y moretones.

(Se oye una campana que toca a muerto.)

Escucho las campanas de la iglesia  a muerto

(Muy asombrada.)

Pero… ¡No lo puedo creer!  ¡Me parece imposible! ¡Tiene que haber una equivocación! ¿Quién es la mujer que, con cara de cera y mi vestido nuevo, lleva un ataúd? ¡Dios! ¡¡Soy yo!!

(Cesa la campana)

Yo… ¡Una de tantas mujeres asesinadas! Después de todo, ¿qué diferencia entre otra y yo? ¡Ninguna! Las mujeres siempre son las que pagan el precio más alto porque la justicia es lenta. ¡Demasiado lenta para salvarnos! Todas esas sospechas, que no sirven para protegernos, querellas inútiles y acusaciones selladas. Finalmente, cuando nuestro asesino esté frente al juez, limpiado de toda nuestra sangre y con esa mirada de hombre decente, listo para engañar incluso al jurado, ¿qué sentencia ejemplar tendrá que cumplir como condena? Con un buen abogado y por su buen comportamiento, podría salir tranquilamente después de cinco años de prisión. Hay que tener presente que es una buena persona, un ciudadano modelo, todo un ilustre caballero. ¡No podría matar ni una insignificante mosca con un insecticida! Sí, señor, en toda su vida, no existen antecedentes por una multa de estacionamiento. Gritará el abogado: “¡Por favor! ¡No se puede mantener en la cárcel! Hay hacinamiento de presidiarios  en las cárceles italianas, españolas y de otros países democráticos suponen un gran gasto para su próspera economía! ¡Debe salir pronto, cuanto antes! ¡Unos tres  o cuatro días! ¿Acaso hay delito? ¡Él solo mató por amor! ¡Casi es un mérito!”. Y yo… ¡Yo! ¿Podré salir de este ataúd? ¿Cuál es la sanción que debo pagar? ¡¡La de haber conocido a un loco!!

(PAUSA.)

Estará libre  para comenzar nuevamente en cinco años  mientras yo permaneceré enterrada bajo tres pies de tierra y la derrota en el cuerpo. ¿Dónde estaré? Tal vez, mi espíritu continuará vagando en busca de justicia. ¡La que nunca tendrá! Deberían cerrar la puerta  y arrojar la llave al más inmenso de los océanos cuando detienen a tales monstruos. ¡Malditos seáis! ¿Cuántas más tendremos que morir para que alguien nos proteja realmente? En este querido país, ¿es la vida de una mujer tan mala? Santo Padre, qué te parece? ¿Habrá alguna vez justicia en este mundo? Y la divina, ¿cómo será? Ay, me siento como Jesús crucificado en la cruz. Mi pecho perforado y mis manos y pies clavados. Mi cruz no está hecha de madera sino de mármol. El frío mármol del suelo en que mi verdugo me humilló salvajemente y matando mi cuerpo incluso cuando ya estaba sin vida. ¿Cómo se fue mi vida? ¡En la más dolorosa de las despedidas! ¿Cómo se fue su vida? ¿La del monstruo? La suya no ha terminado. La suya continúa y su mirada, después de algunos años  de prisión cómoda, volverá a andar suelto por su buena conducta. ¡Preparada para volver a matar!  

(PAUSA.)

No os dejéis asesinar por su mirada si lo encontráis. ¡No se puede morir de amor! ¡¡No podemos ni debemos morir más! Huid mientras tengáis tiempo porque si tropezáis en sus ojos ya no podréis escapar y, tarde o temprano, él te castigará. ¡Tarde o temprano él te matará! Mi nombre es… ¿Qué importa eso? Mi nombre son muchos nombres. ¡Mi nombre son todos los nombres de las mujeres asesinadas cada año en el mundo! Castigadas por el mero hecho de haber nacido mujeres, de no haber querido ser el objeto de un hombre que nos dijo que nos amaba. Nos vemos obligadas a sufrir la razonable locura de un monstruo que camina libremente y que nadie podrá parar hasta que se esconda detrás de esa mirada de hombre común mientas que solo es un monstruo sin alma. Mañana el sol se elevará  alto en el cielo y, al atardecer, caerá sobre el horizonte en una maravillosa puesta de sol. En medio de los gritos felices que bajan rozando el agua para volver a un nuevo vuelo, pero yo no lo veré. ¡No podré mirarlo! Aquí está la luz blanca. Me llama, aunque todavía no esté lista. A decir verdad, ¡nunca se está completamente lista! En la iglesia, apagaron la última vela, la plaza está desierta y el olor a incienso en el aire embriaga mi espíritu. Como el cisne blanco, muero gritando el himno a la vida. ¿Para qué seguir en este solitario silencio? Yo era… Una novia… Una esposa… Una madre… Una mujer… Ahora… ¡¡Solo soy una mujer asesinada!!

(Va decidida hasta el segundo derecho.)

¡Iré con mi ataúd hasta las sombras!

(Se vuelve.)

¡Me rebelo a tener ese final! ¡¡A ser la muerta en mi propio entierro!! He contado como un ser atormentado, todo lo que aconteció hasta mi desgraciada muerte. Estaba sola, muy sola. Era como si mis palabras se las relatase al viento, pero él me las iba devolviendo y sentía cómo su aire me iba modelando en mi auténtica historia. ¡Dejé de ser yo! Una nueva piel me cubría como si habitase en un intérprete de ficción. ¿Dónde estaba? ¿Qué pretendía? ¿Quién era? Me veía en el mismo sitio que había muerto. Buscaba saber el futuro  del aquel mil veces despreciable asesino. No era yo sin dejar de serlo. ¡Me había convertido en mi propio personaje! ¡¡Un personaje que sabía de memoria su papel! Esa soy yo ahora en el teatro. ¡¡Ser o no ser en mi gran tragedia!!

(PAUSA.)

Quiero que mis pensamientos vayan tejiendo lo sucedido hasta que mi mente, mis ojos, el cuerpo entero me dijeron adiós en aquella sangrante despedida. ¡Preciso reflexionar! Aquellas palabras de mi madre: “Es el  destino de las mujeres” ¿Por qué? ¿Por qué vamos a ser nosotras las víctimas? ¿Es que nos ha tocado desde un principio al lanzar la moneda en un determinante cara o cruz? ¡No fue un juego de azar! ¡¡Fue el machismo que nos oprimía!! ¡¡Ese machismo que construyó, con su poderosa fuerza, la sociedad patriarcal!!

(Sonríe.)

Eran tan hermosos ellos… Su talento resultaba tan inalcanzable… Los varones luchaban, regresaban victoriosos  de las guerras. Nosotras… Tendríamos que conformarnos con ser el reposo  del guerrero. ¡Eso ha sucedido desde que el mundo es mundo! La Biblia es machista, el machismo impera en todos los diccionarios. Las estrellas son astros luminosos. El padre, el cabeza de familia, era  un dios en cada hogar. La madre, la santa e intocable esposa, era todo amor cuando reprendían a los hijos en una dualidad dirigida por el padre. ¡Sí! El que se sentaba en el lugar privilegiado de la mesa como si tuviese una batuta para dirigir la sinfonía de aquella comida familiar. Las mujeres nos refugiábamos, después de las labores domésticas, alrededor de la mesa camilla, y con brasero en invierno, a descansar y a calcetar mientras oíamos la radio o jugábamos al parchís con el equivocado pensamiento de un dominio inexistente  porque ellos nos sonreían satisfechos en el lecho y preferíamos no pensar, cuando los  domingos íbamos al cine con nuestros esposos y, en la fila de atrás, siempre veíamos seria a la amante de él como una persona que hubiésemos conocido de toda la vida, y una entrañable miembro de la familia. Solo nos faltaba besarla y decirle: ¡Qué alegría, mujer, tú también por aquí!

(PAUSA.)

Los hijos y según la posibilidades económicas de cada familia, estudiaban carreras. Nosotras… ¿Qué íbamos  a hacer en la universidad entre tanto hombre? ¡Seríamos un serio peligro! Nuestro venturoso futuro consistiría en elegir libremente nuestro príncipe azul, siempre con el beneplácito de nuestro exigente progenitor y, a veces, preferíamos renunciar por temor al que nos gustaba y, de este modo, que papá concediese  nuestra mano al sustituto para comenzar el ajuar de novia  y alcanzar nuestra meta, aunque fuésemos desgraciadas el resto de nuestra vida. ¡Pobres mujeres sin estudios y enseñadas a saber caminar con un libro grueso en la cabeza para tener un elegante estilo! Se cuenta de una amiga, muy estudiosa ella pues sabía  multiplicar por tres cifras, que acudió a un concierto de una sinfónica. Al regresar al santo santuario del hogar, exclamó felicísima: ¡Me entusiasmó un nocturno de Chopin! Su madre estaba de lo más contenta: ¡No me lo puedo creer! ¡Igualita que su tía Lourdes, vibra con Chopin! El padre se piso serio y no tardó en hablar: ¡Hay que sacrificarse por las hijas! Mañana le compro un piano. ¡Y que estudie solfeo! Otras, que fueron alumnas aventajadas en el bachillerato, quisieron acceder a la universidad. Deseaban realizarse, estudiar la carrera que su vocación les exigía culminar. ¡Quiero ser médica! ¡Ingeniera! ¡Química! ¡Veterinaria! Su padre se sentía preocupado! ¡Esta hija mía está muy grave! ¡Su mente desvaría! ¡Pobrecita! ¡Tendré que ingresarla en un manicomio! ¡Qué vergüenza para la familia! Ellas no dejaban de insistir. Sus padres no sabían responder. Pensaron, pensaron, pensaron. Al fin, se decidieron. ¡Claro que iréis a la universidad! ¡¡Gracias!! ¡¡Gracias!! ¡¡Gracias!! Pero os tenemos una gran sorpresa que os alegrará mucho. ¡¡Estudiaréis Filosofía y Letras!! Aquellas jóvenes enmudecieron tristemente. Sintieron como si la ilusión, que produce el inicio de la vida se hubiese roto. Alguna leía el periódico y hacía un comentario político, Su padre la reprendía inmediatamente. ¡La mujer no debe hablar de política! ¡La mujer debe ir a la iglesia y rezar el rosario! Cuántas iban al cine a las ocho de la tarde. Comenzaban a salir a las diez menos cuarto de la noche para estar en casa a las diez. Les disgustaba perderse el beso final de la película y que pensasen que las españolas no sabían besar. ¡Fue el gran negocio de la época! En una sala próxima, las chicas hacían cola y, tras pagar unas monedas, un señor disfrazado de Gary Cooper las besaba un segundo nada más.

(PAUSA.)

Así como la virginidad del hombre sería un vergüenza familiar, social y nacional, la de nosotras sin haber contraído matrimonio se convertiría en la mayor de las inmoralidades pues esta mancha era la inmensa pérdida de su mayor tesoro como si el himen se convirtiese en un patrimonio de sus bienes,  Los padres, enérgicos y autoritarios, tenían una gran lupa y las hijas solteras hasta la mayoría de edad deberán pasar la revisión diaria antes de acostarse. Ellos anotaba en una libreta la palabra normal y les decían correctamente hasta mañana. Se tiene dado el caso en que alguna no alcanzaba esa calificación. ¡Qué desgracia tan grande!  Comenzaban los interrogatorios hasta conocer al culpable. Al día siguiente, lo visitaba. Si le agradaba como yerno, le obligaba a casarse a punto de pistola. En el caso  de no interesarse por su condición social la hija era castigada a no salir más de casa ni asomarse a la ventana mientras estudiaba francés y, al ser mayor, se le abría la puerta, salía con su hijo, pero tendría que decir que había estado en París. Esto sucedía en las ciudades. En los pueblos, era distinto. La mujer embarazada de mayor, ella era la que se recluía en casa. Asistía a la primera misa con un antifaz y si le hablaba alguna respondía que no la conocía y era forastera. Si al novio le seguía gustando, se casarían después de dar a luz en la avanzada noche. Al día siguiente, saldrían juntos como marido y mujer. Comentaban que había estado de monja en un convento, pero tuvo que dejarlo por su gran amor a su novio. Al casarse, fue tan fuerte la pasión, que los despertó el llanto del niño de diez meses. En el supuesto de que el novio hubiese perdido el interés, la familia  diría que estaba en convento de clausura y el niño lo habían adoptado por ser del hospicio y sentirse muy solidarios. ¡Todo menos admitir la realidad de algo normal! ¿Cómo iba a acudir una embarazada al casino del pueblo con su pareja y presentarse a los distinguidos socios?  Soy don Ramón el boticario y esta es mi adorable compañera que últimamente padece del estómago y devuelve. ¡Qué oprobio! Todos pensarán que estaban amancebados, Ninguno se enterraría en el grandioso panteón ni nadie iría a su entierro ni los visitarían por difuntos al no ser tierra santa.

(PAUSA.)

¡También las aldeas tenían sus peculiaridades! Una mujer que aparecía con un vientre abultado era como si pusiese punto final a su vida particular. Ella era totalmente rechazada como un ser despreciable y su hija o hijo estarían marginados para siempre. Ella y su descendiente, de escasas posibilidades económicas, tenían prohibido el paso por las ricas propiedades del padre de la criatura. Si se les veían próximos, les arrojaban piedras para tenerlos lejos y apartados de su vista. Existía también la joven atractiva que abandonaba su precioso pueblo e ir a trabajar a casa de un matrimonio. El marido, un gran patriota fascista, era el jefe del partido único en la dictadura española. Desde un principio se fijó en ella. Le atraía; le entusiasmada. Su esposa se dio cuenta enseguida y pensó que debería desaparecer aquel ser que había trastornado a su marido. Una tarde dijo que iría a visitar a su hermana y que llegaría tarde. Quedaron solos el político y la criada. Esta, que hacía limpieza subida a una escalera, no dejaba de mirarla y desearla. Con gran decisión, la cogió fuertemente. ¡Haga usted el favor de dejarme quieto, señorito! ¡Soy una mujer honrada! ¡¡Tu amo!! ¡¡Soy yo el que te pago la comida porque no precisas un sueldo!! ¿¿Te enteras?? Si no accedes, le diré a la señora que me quisiste seducir y yo me negué. ¡Por favor, señorito! ¡No haga usted eso! ¡Necesito trabajar! Pronto serán las fiestas de mi pueblo y me dejaron dos días para que vaya a ver a mi familia y bailar con mi novio. Los dos estaban en la sencilla habitación de ella. Se acostaron. Él le propuso una relación patriótica. En cada movimiento. Se movían al mismo ritmo y, alzando la mano derecha, gritaban al unísono: ¡¡Arriba España!! ¡¡Arriba España!! ¡¡Arriba España!! Continuaron, siempre que podían aquellos encuentros plenos del más erótico fascismo. Pasado el tiempo, él se cansó de ella. Deseaba un motivo para echarla y gozar con una criada nueva. Dejó de utilizar un profiláctico. ¡Eso no, señorito! ¡Dicen que sin él puesto hay muchísimo peligro! ¡¡Calla, zorra!! Le contestó agresivo mientras la abofeteaba con fuerza. ¡Ay! Lloraba. ¡Lo que usted ordene, señorito! Pasados tres meses, el vientre de ella crecía. Estaba muy disgustada. Lloraba como si nada tuviese ilusión en su vida. ¿Cómo iba a regresar al pueblo y que la viesen embarazada sus familiares y novio? ¡Su padre la echaría de casa y su novio la dejaría para siempre! El marido habló con su esposa. ¿Encuentras algo extraño en la criada? La veo algo gruesa, sí. Ya te dije que le dábamos mucha comida. ¡Lo que gastamos con ella! Él le dijo que podría estar embarazada y que ya le había advertido que la dejaba salir mucho de casa en lugar de quedarse en ella y estar de rodillas fregando el piso. Se miraron serios. La esposa  estaba enfurecida. Como sea verdad, la echas inmediatamente de casa. Esas cosas se arreglan mejor entre mujeres. ¡Me molesta hablar con ella! Claro que por mí… Puede seguir trabajando enérgicamente hasta que venga la ambulancia para dar a luz. ¡Eso no, querido! Lo malo, hombre, es cómo encontramos ahora una tan económica. ¡No te preocupes, mujer! Me comentaron que hay muchas elegantísimas y de buena presencia que trabajan todo el día por una comida cada tres días. ¡Ah! ¿Sí? ¡Me gusta la idea! Él se marchó a escuchar la radio y ella llamó decidida a la criada. ¿Qué desea, señora? La estuvo observando. Esa cara, ese vientre… La criada sentía como si le cayese el mundo encima. Querría hablar, pero sus palabras se morían en su boca. ¡¡Usted está embarazada!! Sí, señora, Y bajó avergonzada su cabeza. Deseo lo mejor para usted y para el fruto de su vientre. ¡Muchísimas gracias por su amabilidad! Pero… Comprenda usted que deberá recoger sus cosas y marchar cuanto antes. ¡¡Esta es una casa decente!! No tengo nada más que hablar. La criada guardó todas sus pocas cosas en una humilde maleta de madera. No utilizó el ascensor porque ya no pertenecía a aquella casa. Bajó sin fuerza las escaleras y se vio en la calle.

(PAUSA.)

Todas eran casas altas, anuncios luminosos, coches que pasaban en una molesta sinfonía. Ella se encontraba sola en una acera con un hijo, al que desearía hablar y una insignificante maleta. Un taxi se paró y su conductor le dijo: ¿Adónde la llevo, señorita? Muchas gracias y perdone, señor. Estoy esperando. No se preocupe y siguió conduciendo. ¿A quién esperaba? ¡A nadie! ¿A qué lugar se dirigía? ¡A ninguno! Paseaba sola y derrotada. Su cabeza estaba bloqueada por la angustia. ¡Sentía paralizado su cuerpo! Si supiese el Norte de sus pasos..., Pero no había ninguna brújula que se lo indicase. El día se fue y llegó la noche. El miedo se apoderó de ella. ¿Dónde dormiría? ¡Carecía de dinero para la más humilde de las pensiones! Sentía frío, mucho frío. Dejó la maleta en el suelo y frotaba una mano con la otra para entrar en calor. Cogió la maleta y caminaba, caminaba, caminaba… ¡Se dedicaría a pedir! La noche es terrorífica sin un techo. ¡Pediría limosna para dormir hoy! Una limosna por el amor de Dios, una caridad por el alma de sus difuntos, apiadasen de esta pobre mendiga. ¡Nadie le daba nada! Sus bolsillos estaban vacíos. En una plaza, intento dormir en el lugar más escondido. Con el cansancio, le invadió el sueño. Pronto la despertaron tres jóvenes corpulentos. Le cogieron la maleta. ¿Qué llevas en ella? ¿Mucho dinero? Por lo que más queráis, devolvedme la maleta. Se la abrieron. ¡Cerradla! ¡Ja, ja, ja! Si no lleva nada. Unas fotografías de unos viejos… ¡Son mis padres! Otras fotografías de un joven… ¡Era mi novio! Una braga para poner cuando lave la sucia… ¡Dejad todo! Los jóvenes prendieron fuego a la maleta y se defendían del frío… La  madera ardía y ardía… Mientras ellos se calentaban, ella lloraba y contemplaba como las llamas hacían desaparecer a sus padres, familia, su gran amor y su intimidad como mujer. ¡Había quedado sin nada! ¡Se hallaba desnuda de afecto! Los jóvenes reían nuevamente. ¡¡Ja, ja, ja!! ¿¿Os dais cuenta?? ¡¡Ella no tiene frío!! ¡¡Será feliz con más calor!! Se echaron sobre ella. ¡¡No!! ¡¡No!! ¡¡Respetadme!! Estaban muy deseosos de ella. ¡¡Te vamos a hacer muy dichosa!! ¡¡ Lo precisas tanto!! ¡¡Nos vas a estar muy agradecida!! Intentaba disuadirlos. ¡¡Soy un ser humano!! ¡¡No me maltratéis!! ¡¡No os hice ningún daño!! Ellos la violaron varias veces y por todos los sitios con saña y ella, sin fuerzas, protegía su vientre con las manos. La agredieron hasta hacer sangrar su rostro. ¡¡Puta!! ¡¡Sois todas unas putas que solo servís para esto!! ¡¡Cerda inmunda!! ¿¿Os dais cuenta?? ¡¡Nuestro amor resulta que está embarazada!! ¿¿Quién fue su asqueroso padre?? Se levantó decidida. ¡¡No os lo consiento!! ¿¿Qué es?? ¿¿Niño o niña?? ¡¡Ja, ja, ja!! Preparaban violentos sus pies. ¡¡Te vamos a llenar el vientre de patadas hasta que abortes!!  Se sintió otra y gritó con todas sus fueras. ¡¡Socorro!! ¡¡Socorro!! ¡¡Socorro!! Ellos se fueron corriendo. Un coche se perdió en la lejanía. Lavó su cara en una fuente. Ahora caminaba como si el miedo hubiese desaparecido. Se encontraba delante de un bar de chicas. Se decidió a entrar. La dueña, que estaba detrás de la barra, se acercó y le dijo buenas noches. Ella no sabía expresarse normalmente. Yo… pasaba por aquí… No sé por qué he entrado... Se hacen cosas sin pensar… La dueña besó sus labios y se limitó a decirle: ¡Bienvenida, cielo!

(PAUSA.)

Pronto tuvo mucho éxito entre la clientela. En una ocasión, entró su antiguo novio. Los dos fingieron no conocerse. Él pagó y se amaron. Al final la inundó con los conocidos insultos y agresiones. Ella respondía.. Si yo te contara… Al verla  embarazada, agredió su vientre con inmensa fuerza. La sangre no paraba. Madre e hijo fallecieron antes de llegar al hospital. En la prisión, él estaba desolado. Madre e hijo pudieron haber sido suyas y las destruyó.

(PAUSA.)

La sociedad patriarcal alimentó el machismo y la agresión brutal del hombre sobre la mujer y surge la furia del monstruo. Un nombre de lo más adecuado para definir a esa mortífera alimaña. La ciencia no se cansa de estudiar a este vil depredador sexual y hace su aparición en escena el psicópata. ¿Cómo es? Un gravísimo enfermo mental con su mundo afectivo perturbado. Elige su presa y, a veces, las víctimas son de rasgos parecidos. Es un hombre, por llamarle algo, bien vestido, pulcro y grato. Razona normalmente y es difícil que nosotras pensemos lo que lleva dentro de sí mismo, Le resulta fácil ganarse la simpatía de ella. Pronto la busca. Le enloquece destacar, ser el amo y señor  de su nueva aventura como si fuese el rey de la selva. El español Calderón de Barca escribió la comedia “El mayor monstruo los celos”. Él no tiene celos al vivir sin sentimientos y los finge como un ardid. La conquista, la posee y después la maltrata y agrede. Le complace, si ella tiene hijos o seres queridos, que ellos se tornen horrorizados de esta monstruosidad. Sus pasos a seguir los tiene matemáticamente estudiados hasta dejarla sin vida. No es el placer por el placer sino el triunfo del macho sobre la hembra como el festín sexual más exquisito. Hay violadores que llegan a nosotras por el instinto y después las matan y ocultan para no dejar huellas. No es el proceder del psicópata. Su frialdad es tan grande que nunca piensa antes del inicio ni tiene remordimientos después.

(PAUSA.)

¿Tiene curación la psicopatía? ¡Rotundamente, no! Se comenta, ignoro la veracidad, que un joven fuerte fue a visitar a una psiquiatra de mediana edad. Ella era delgada, baja y atractiva. Él entró en el consultorio. Buenas tardes, doctora. Buenas tardes, señor. Siéntese, por favor. Lo hizo. Le preguntó: ¿Cuál es su problema? Soy psicópata, señora. Ella lo miró incrédula por su ignorancia. ¿Está usted seguro? ¡Segurísimo! ¿Qué síntomas tiene? ¡Matar a una mujer que me atraiga! Si la  mata, no volverá usted a tener relaciones más y si le gusta… ¡Tiene usted razón, doctora! Pero al cabo de unos días… ¿Ha tenido relaciones con muchas? ¡Qué va! ¡Ni me estrené! Es que no tengo tiempo, ¿sabe? ¡Siempre preparando las oposiciones para ser juez. ¡Son tan duras! ¿Le gustaría tenerlas? ¡Eso no lo dude! Claro que si me enamoro… ¿Cómo voy a concentrarme para estudiar? Ella le ayudará y un joven tan grato como usted… ¡No creo que tenga problema en encontrarla. ¡Es que me dan miedo! Ella sonrió. ¡No somos carnívoras!  ¿Usted es señora o señorita? Señorita. ¿Sin compromiso? Por ahora… Al hablar con usted, pienso que no me considera psicótico. ¡En absoluto! Entonces… ¿Qué es lo que tengo? ¡Nada! Algo sin importancia. Un pequeño agotamiento nada más. Toma usted este ligero tranquilizante y unas vitaminas que le voy a recetar y vuelve usted dentro de un mes. ¡Muchísimas gracias! ¡No sabe usted el peso que me quita de encima. ¡Y no estudie tanto! Organice su tiempo. Y si encuentra a una chica… ¡Se curará totalmente! ¿Cuánto le debo? Ya me pagará dentro de un mes.

(PAUSA.)

Él no se molestó en comprar los medicamentos ni su pensamiento estaba en tomarlos. Rompió las recetas. Pensaba en la psiquiatra; le atraía cada vez más. Aquella chica delgada, sensual y estudiosa. Contaba los días que faltaban para verla. Al fin, llegó el día acordado. Se dirigió a la clínica y pulsó el timbre. Le abrió la puerta la enfermera. Había dejado su bata blanca y estaba arreglada para salir. Le comentó que había llegado tarde y la doctora está atendiendo a su último paciente por hoy. Perdone, señorita. Tengo cita para este día y me ha resultado imposible venir antes por un problema familiar. Si fuesen tan amables de admitirme… Espere, por favor, que le pregunto a ella. ¡Muy agradecido! Apareció la psiquiatra. ¡Ah! ¿Es usted? Disculpe por no llegar antes. Si no ha podido... Enseguida le atenderé. Enfermera, acompáñelo a la sala de espera. Lo hizo y le explicó que ella tenía que irse por haberse terminado su horario laboral. Se fue y él estaba solo en la sala. Hojeó una revista y la dejó. Estaba inquieto, fumaba cigarrillo tras cigarrillo. En su rostro se mostraba  una ligera ilusión que anegaba con su gran frialdad.

(PAUSA.)

La psiquiatra abrió la puerta. ¿Hace el favor de acompañarme? ¡Con mucho gusto! Estaban en el consultorio. Ella se sentó detrás de la mesa de trabajo y él en el sillón. ¿Qué tal le ha sentado el tratamiento? ¡Magnífico! ¡Soy otro! ¡Me encuentro completamente curado! Si no padecía de nada… Puede abandonar el tratamiento. ¡Le doy de alta! No dejaba de ser respetuoso. ¡No sabe usted lo que se lo agradezco!  Le preguntó sonriente. ¿Ya ha tenido relación con alguna chica? ¿Cómo iba a tenerla si solo pensaba en usted? Le llevo años, no nos hemos tratado. ¡Es algo imposible! Él insistía. ¡Decídase! ¡Es usted todo para mí! Ella se levantó seria y fue hacia él. ¡Está demostrando usted una gran inmadurez! ¡Solo ve en mí a una mujer que le enseñó el camino y le hizo fabular. ¡Vuelva a la realidad! ¡¡Me dedico a curar enfermos, no a ceder mi cuerpo para sanarlos!! Él lo admitió  y puso cara de tristeza. Lo comprendo, dispense mi osadía. Se levantó. ¿Cuánto le debo? El otro día, hoy… Seis mil. Le entregó el dinero e iba a guardarlo en el bolsillo. Él, aprovechando este instante, La cogió fuerte por los brazos y le tapó la boca. ¡¡Te quiero!! ¡¡Te deseo como no he deseando a ninguna!! Ella se sentía aterrorizada e inerme. La tiró al suelo y se echó encima de ella. La amenazó agresivo. Como grites, ¡te mato! Le suplicaba. Déjeme, no merezco esto, tal vez más adelante… ¡Que te crees tú eso! Le arrancó enfurecido su ropa, dejándola completamente desnuda..La violó una vez, dos, tres… Continuó por todos los lugares de su cuerpo. Ella, que estaba destrozada, se sentía totalmente rota. Había perdido su condición de ser humano. Le daba fuertes puñetazos en la cara y demás sitios. La insultaba, humillaba, empleaba toda clase de vejaciones. Presumes  de saber mucho y no eres más que basura. ¡¡Una asquerosa puta como sois todas!! ¿Dónde están tus principios? ¡Dime! ¿¿Dónde están?? ¡Le escupía su rostro otra vez! Ella le decía con voz débil y casi inaudible. No siga, no me haga sufrir más. Si esto no es nada, eminente doctora. Tengo una sorpresa para ti. Sacó un puñal de su bolsillo. ¿Te gusta? ¡Es precioso! Y tan eficaz… Lloraba llena de terror. ¡No me mate! ¡Quiero seguir viviendo! ¡Temo la oscuridad que nunca se termina. La apuñaló montones de veces. Todo su cuerpo derramaba sangre. Se había transformado en un ser inerte que se estaba despidiendo mudamente de la existencia. Teniendo por sepultura el suelo, no había más que sangre a su alrededor. Su respiración era forzada y agónica. En el consultorio, había gruesos libros de sus estudios, Se los iba tirando con fuerza como si la estuviese lapidando. ¡¡Estudia, adúltera!! ¡¡ Estudia!! ¡¡Estudia!! ¡¡Estudia!! Limpió el puñal al verla sin vida y lo guardó. Se sentó en el sillón y se sintió tranquilo. Encendió un cigarrillo y fumaba con delectación. Era como si velase su cadáver. ¿Dónde estaba? ¡No lo veía! Un montón de libros lo cubrían.

(PAUSA.)

Después de contar mi horrorosa desgracia, otras parecidas con igual dolor, teorizar sobre sintomatologías, o exponer el dominio y privilegio del varón sobre nosotras desde que se levantó el telón de la existencia  sigo sin dejar de pensar en mi muerte como si todos aquellos actos ignominiosos fuesen indelebles en mi vida. ¿Qué será de él y de sus ojos que cortaban al mirarlos? No sé. El futuro huye de mí y veo todo borroso como si hubiese perdido la realidad. Me gustaría presenciar lo que sucede ahora, en este instante, como si estuviese en la primera fila de un patio de butacas. Muertas y muertos tenemos acceso a contemplar todo igual que si fuésemos seres invisibles. Me concentro, observo, busco entre la multitud… ¡Ya está! Lo acabo de localizar. ¡Es él! Está ahí sentado en la terraza de una cafetería. ¡Qué bien viste este desgraciado y repugnante gusano! Su mirada es seria y fría como si fuese incapaz de cometer la  más insignificante tropelía. Pide un refresco, bebe. Ahora lee el periódico, Lo rompe sin inmutarse porque acaba de ver su propia fotografía. ¡Lo han descubierto o figura como sospechoso. Paga y se levanta. ¡¡Jueces!! ¡¡Policía!! ¡¡Es él!! ¡¡No lo dejen escapar!! ¡¡Evitarán más muertes de nosotras!! Parece... ¡Es como si me hubiesen  oído! Para un coche policial. El conductor se queda al volante. Dos policías se acercan a él. Hablan tranquilos. El monstruo muestra sus manos, que aún veo ensangrentadas. Le ponen unas esposas. La gente mira sin darle importancia. Tal vez atracó un banco… Puede que haya desvalijado una joyería… ¡La sociedad es tan materialista! ¡No se les ocurre pensar en nuestras muertes! ¡¡En los feroces asesinos de nuestras vidas!!

(PAUSA.)

Le interrogan en la comisaría. ¡No recuerda nada de lo mío! Es un hombre honrado y honesto. ¡Me están difamando! Comprendan ustedes. ¡Hay una equivocación! Le molestan las esposas. Se las quitan y queda aliviado. El interrogatorio es ahora profundo. No se inmuta en su inmensa frialdad. Me cansan, me agotan. ¡Las preguntas son ahora un hervidero! Les digo que no. ¡Que falta de confianza! Le enseñan pertenencias que llevaba. No las conozco. ¡Nada de eso vive en mi memoria! ¿¿Yo?? No sé… ¡Qué extraña pesadilla! Es como si estuviese soñando... Su historial es grande. ¡Mentira! Es la primera vez que me veo en esta situación. Ingresa en la cárcel como prisión preventiva. ¡Qué triste es verse entre rejas! Exclamaba una y otra vez. Dejar de ver el sol y las estrellas, La vida que nos llama a cada instante. Las mujeres que alegran la existencia. ¡Esto es como vivir en un oscuro cementerio! Estuvo dos veces encarcelado por parecidos delitos. Alguien importante, que trabaja allí, le comenta que la solución sería la castración química. Otro de su misma categoría, discrepa y le hace ver que emplearía otros medios para la agresión sexual, demostrar su superioridad y asesinarnos. ¡El quiere continuar siendo como es! Las mujeres, las que traemos seres al mundo, nos oponemos a semejante mutilación, como la oblación del clítoris, al querer que varones y hembras sean íntegramente como los parimos para que unos y otras se comporten normalmente. El psicópata, que estaba siempre ensimismado, leía estudiaba, pintaba, ayudaba en todos los trabajos del presidio. Nadie podría imagina que un hombre con tantos antecedentes penales fuese un preso ejemplar.  No tenía visitas familiares ni nadie se preocupaba de él. Se había convertido en un ser inexistente para los que antes eran los suyos y actualmente no lo miraban ni a la cara. A él, que no le interesaba el afecto de nadie, no se preocupaba del proceder de ellos. Con frecuencia, le visitaba su abogado. Le daba ánimos. No se preocupe, señor. Lograré que lo consideren inocente. ¡Es que lo soy! Intentaré que lo saquen inmediatamente de la cárcel. ¡Eso espero! Limítese a decir que los celos lo carcomían, no podía vivir sin ella y por eso le dejó. ¡Es verdad! No se olvide de manifestar que no recuerda las dos veces que estuvo en la cárcel. ¿Cómo voy a acordarme si no la pisé? Le estrechó la mano. Señor defendido… ¡Nos vemos en el juzgado!

(PAUSA.)

Llegó el día del juicio. Aquella mañana, un coche paró ante el juzgado. El monstruo iba esposado y preso por dos policías. Su caso, mi terrible asesinato, había creado un gran sensacionalismo. Próximas al lugar en que aparcó el vehículo, había varios grupos de colectivos feministas, mujeres que se sumaron a ellas y algunos curiosos. Ellas no dejaban de gritar ¡¡Asesino!! ¡¡Asesino!! ¡¡Asesino!! ¡¡Justicia!!  Justicia ya por tantas muertes!! ¡¡Ni una más!! ¡¡Nunca!! ¡¡Ni una más!! ¡¡Jueces, mano dura!! Prisión permanente para estos miserables!! El psicópata salió muy tranquilo del coche sin preocuparse de tantas voces. Las mujeres avanzaron encolerizadas hacia él. La policía municipal tuvo que ponerse delante para que no avanzasen. Su ira aumentaba. ¡¡Desgraciado!! ¡¡Cerdo!!  ¡¡Infame asesino!! ¡¡Mereces que te matemos como tú a ella!! ¿¿Dónde está la justicia?? ¿¿Es que tenemos que hacer nosotras de ella?? ¡¡Púdrete en una cárcel el resto de  tu vida!! El reo se sentó en el banquillo y un policía a cada lado. Varias mujeres entraron. El juez exclamó: ¡Audiencia privada! Los guardias desalojaron a las mujeres que no cesaban de gritar, atenuándose los gritos al cerrar las puertas. El juez: ¡Se abre la sesión! El abogado: Pido que se quiten las esposas a mi defendido. Proceda a hacerlo el servicio policial, Le quitaron las esposas y yo las veía ensangrentadas. ¡Tiene la palabra el señor fiscal. Señor juez, después de escuchar tantos gritos de mujeres, dejo la palabra a la defensa. Con la venia, señor juez. ¿Puedo hacerle dos preguntas al acusado? Hágalas, señor abogado. Le preguntó a su cliente. ¿Sintió alguna vez celos cuando andaba con aquella señorita? ¡A todas horas! ¡¡No podía vivir sin ella! ¿Se considera reincidente por haber estado dos veces en prisión por el mismo delito? ¡No tengo antecedentes penales! Se dirigió al jurado compuesto por seis mujeres y seis hombres. Señores del jurado: Mi defendido mató a la mujer por celos, la quería tanto… ¡Una historia de amor como la de Romeo y Julieta! Ahora no recuerda nada porque el choque emocional le produjo la enfermedad de Alzheimer. ¿Vamos a tener al más tierno de los enamorados en la cárcel cuando precisa un neurólogo que lo atienda. ¡Sería inhumano! ¡¡Es inocente!! El  fiscal: Señores del jurado, nos encontramos ante un hombre muy peligroso. No  puedo pedir la perpetua por su atenuante de desequilibrio mental, pero merece un gran castigo para que se redima. Con cinco años de prisión, ¡¡será un hombre digno para la sociedad!! El jurado se retiró a deliberar y volvió. Le preguntó al portavoz: ¿Cuál es el veredicto? ¡Culpable! Fue condenado a cinco años.)

(PAUSA.)

Sufrí mucho por sentir que mi tortura y muerte solo valiese cinco años. ¡Qué gran injusticia! No podía volver a mi ataúd hasta despedirme de un mundo justo como el que soñamos todas las muertas que fuimos torturadas y asesinas por un monstruo, A los dos años y medio, él ya estaba libre y venía a dormir, me imagino que también a cenar y desayunar, a la cárcel. Pronto conoció a una chica. Dicen que se parecía mucho a mí. ¡Pobrecita! Me dio pena y, en mi interior, le deseaba mejor suerte que la que tuve yo. A los pocos días, el periódico volvió a mostrar la fotografía de aquellos ojos que segaban vidas. Lo anterior volvía a ser actual. También las feministas gritaban y lo esperaban a la puerta del juzgado por un mundo más justo. El juicio fue más duro que el anterior. ¡También el jurado lo ha considerado culpable! ¡Esta vez será distinto! Aunque las puertas están cerradas, me será muy fácil entrar. ¡Corro a conocer la sentencia del juez!

(Mutis rápido por el foro.)

VOZ DE UN SEÑOR.-Este tribunal puede condenar y condena.

(Por el foro, entra ELLA. Su cara y manos son blancas. Puso un velo rojo. Queda desolada en el término.)

ELLA.-¡¡El juez no habla!! ¡¡La justicia está muda!!

(Va decidida al centro del primer término. Al público.)

Señoras, señores. Respetable público. El teatro es una fábrica de sueños y de realidades. Estuve vagando por él al convertirme en un ensimismado personaje. No dudo que mis mudas palabras llegasen a sus oídos y comprendiesen la terrible soledad de una muerta asesinada. No solo he sido la única. ¡Somos muchas! Las que viven también pueden acabar como yo. ¡No lo podemos tolerar! ¿Qué solución tenemos? Los políticos que creen severas leyes y la justicia que las cumplan. Lo evidente es que los políticos solo se acuerdan de las mujeres cuando les piden el voto con un adulterado feminismo. Los jueces, lo acabamos de ver ahora, permanecen callados. Han elegido a una mujer y le taparon los ojos, como símbolo de Justicia, para que no vea lo auténtico. A esa mujer también la obligaron a prostituirse, la vejaron y asesinaron porque era mejor tenerla muerta que lúcida para contemplar flagrantes delitos, ¡No hay Derecho con mayúscula!     

(PAUSA.)

He salido de mi ataúd y he puesto este velo rojo por la sangre que tuve que  derramar hasta abandonar la propiedad de ni existencia. Mi cara, mis manos, todo mi cuerpo es blanco. ¡Y a las muertas no se deben colorear como a un payaso! ¡Qué sola me encuentro entre los vivos! Pero… ¿¿Os dais cuenta?? ¿¿Las estáis viendo ahora?? ¿¿No os sorprende?? Cientos, miles, infinidad de muertas están entrando en este escenario. Todas llevan un velo rojo y sus caras y sus manos están blancas. ¿Pueden caber tantas en escena como si sus tablas se transformasen en el más extenso cementero del mundo? ¡¡Sí!! ¡¡En un escenario hay espacio para toda la historia de la humanidad y el universo entero!!

(Saca su velo y lo deja caer al suelo.)

Ellas y yo quitamos nuestros velos. ¡Os miramos! ¡Nuestras miradas coinciden! ¡Nuestras voces se hacen fuertes! ¡Nosotras! ¡Las mujeres! ¡¡Nos hemos convertido en el coro de muertas!!

(Alza la voz y habla como un coro.)

¡¡Somos el coro de las muertas!! ¡¡Las que fuimos violadas y asesinadas por un monstruo o psicópata!! ¡¡Las que queremos ser libres como los hombres en un mundo igualitario!! ¡¡En que el amor sea la ternura y no la fuerza del músculo!! ¡¡Las que no admitimos cobrar menos que ellos por el mismo trabajo!! ¡¡Las que nos rebelamos contra tanto machismo decadente!! ¡¡Las esclavas que encierran día y noche para abastecer la sociedad de consumo!! ¡¡Las que abandonan sus estudios para que triunfe el varón!! ¡¡Las marginadas en las oposiciones!! ¡¡Las que son animales de carga y no seres humanos¡¡ ¡¡Las que no debemos ejercen nunca la prostitución!! ¡¡Las mutiladas sexualmente!! ¡¡Las lapidadas como un gran escarnio!! ¡¡Las que no tienen la misma libertad que él en todo evento!! ¡¡Las que aún son víctimas de una absurda sociedad patriarcal!! ¡¡Nosotras!! ¡¡Las muertas!! ¡¡ Pedimos justicia!! ¡¡Prisión permanente sin revisión porque reinciden!! ¡¡Nos vienen a la memoria tantos nombres que les paran el reloj de la vida como algo natural!! ¡¡Día tras días más muertas!! ¿¿Cuándo acabará el terrorismo femenino en el mundo para siempre?? ¡¡No podemos entregarnos a la resignación!! Son tantas y tantas… Maria, Anna, Giulia, Angela, Sonia, Blanca, Marta, Asunta…

(Se oye una campana que toca a muerto.)

La campana toca a muerto por nosotras.

(Saca un velo negro y lo pone.)

Todas ponemos el velo negro de la muerte.

(Avanza un paso.)

Caminamos hacia el sepulcro que un día abandonamos y no volveremos a salir de él.

(Intenta sostenerse en pie.)

Nuestros cuerpos temen perder la verticalidad

(Baja la luz.)

La luz nos deja y se va como a un país extraño.

Cae al suelo)

¡Volvemos a caer en brazos de la muerte!

(Cierra los ojos.)

OSCURO

La Coruña y Trani, 23 de octubre de 2018

 

FINAL DE “LAS MUERTAS PIDEN JUSTICIA”

 

NOTAS PARA EL ESTRENO

La autora y el autor consideran que esta obra puede ser interpretada por una actriz o seis. En este caso, vestirán iguales o distintas. Cinco, interpretarán dos folios cada una, hará mutis y retomará la siguiente. El de la quinta será antes de la voz del juez. Después entrarán las seis con velo rojo, caras y manos blancas, pluralizando el resto del monólogo.  

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

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