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NOTICIAS TEATRALES

Elaboradas por Salvador Enríquez

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  NANA PARA DESPERTAR A UN AMANTE

 

de Roberto Lumbreras Blanco

 

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

 

Roberto Lumbreras Blanco

 

NANA PARA DESPERTAR A UN AMANTE

-poema dramático para una voz-

 

 

© Roberto Lumbreras Blanco, 2004.

www.robertolumbreras.com

 

 

NANA PARA DESPERTAR A UN AMANTE está concebida para una actriz brillante en todos los registros, hábil en el manejo de múltiples tonos vocales, casi tantos como los tonos cromáticos que atraviesan las vidrieras de la escena, a menudo ensombrecidos por nubes de tormenta.

La idea germinal de esta pieza se remonta a la lectura de un reportaje, aparecido a mediados de los ochenta en el semanario alemán Bunte. El reportero entrevistaba a la madre de un paciente en coma, herido por un rayo; todos los días, desde hacía más de un año, la madre visitaba al joven en coma, lo aseaba y  le hablaba.  La ternura de la madre contrastaba con el dato que aportaba el periodista del coste por día del paciente al sistema sanitario estatal.  A la “espada de Damocles” de la eventual muerte, se sumaba una pregunta no menos angustiosa: ¿Cuándo consideraría el Estado/Sociedad que debía prolongarse la gravosa espera por aquel individuo?

La pieza se ajusta a mi estética supra-realista, y persigue el amalgamamiento de la ironía, la tragedia y el lirismo. Y, como se trata de un auténtica obra dramática, no por ser un monólogo puede confundirse, como tantas veces, con un relato más o menos jugoso; por el contrario, he pretendido darle naturaleza genuinamente teatral, es decir: pasan cosas, hay conflicto (interno y externo), tensión, emociones, suspense y ¾la marca de la casa¾ una sorpresa final.

“Nana” digo,  que no “elegía”: porque el paciente en coma debe vivir, por mucho que cueste al Estado. Oyendo a VERÓNICA, conociendo su  tragicómica peripecia fugitiva, asistiendo a su tierna incitación a la vida del amado, nos desligamos del Estado y hasta de su Sociedad über Alles que niega al sujeto, a la persona. Verónica es una mujer “humana demasiado humana”, que desespera y espera, que se hunde y se levanta, que recrimina y perdona; es la mujer práctica que vive en el presente pero a la vez la garante del porvenir. Y su nombre no es fortuito. “Verónica” como la Verónica de los Evangelios, se guarda un fragmento de la vida del amado, en tanto se cumpla su vuelta definitiva.

Que ustedes sonrían conmovidos.

 

Roberto Lumbreras.

 


 

 

A mi hija,

futura mujer en  un mundo que deberá humanizarse más,

que es feminizarse un poco.  

 

 

PERSONAJES:

Verónica.

( voces en off )

 

 

ESCENA ÚNICA

En el salón de baile de un palacio, con ventanas de ojiva y vidrieras. La estancia acoge  una unidad de cuidados para un paciente en coma, con monitores, y un soporte con bolsa de alimentación vía parenteral. En el centro de la escena se encuentra la cama hospitalaria con el paciente,  inmóvil como un muñeco, que sólo muestra al público la parte superior de la cabeza.

 

Entra VERÓNICA, una mujer atractiva, en la madurez. Lleva puesto un pijama de raso muy elegante y sexy. Entra  descalza con dos zapatos de tacón en la mano. Viene con sigilo, como si nadie debiera saber que está allí. Se calza con prisa,  y  habla al paciente.

 

VERÓNICA:

 

Buenos días, ¿como está el bello durmiente?

 

(Transición)

¡Un día más en la vida! ¡Un día más resistiendo juntos!

 

(Al paciente, divertida.)

Un día más haciéndote el muerto para que la muerte pase de largo, ¿eh?

 

(Transición. Mira  los  monitores)

Chequeo del paciente:

Se mantiene en su línea.

 

Chequeo de mi paciencia:

 

(Respira hondo y sonríe.)

 ¡Increíble!: ha alcanzado un máximo histórico. ¡Quién podría imaginarlo! Es extraño…

 

Chequeo de mi ánimo: 

 

(Cierra los ojos, sintiendo):

Optimismo, fortaleza, esperanza: ¡Intactos! ¡Estupendo! ¡Quién lo diría!

¡Después de tanto tiempo! Nuevamente,  no deja de ser extraño.

 

Chequeo de mi amor:

 

(Mira al paciente con ternura)

 Sin variación. Como el primer día… ¿Cómo el primer día?...

 

(VERÓNICA abre los ojos.)

¡Ah! ¡Claro! Entonces ahí está la explicación: nuevamente EL AMOR.

El amor que todo lo puede.

Estoy tontita por mi amor. Siempre estuve tontita por él.

 

( Al paciente.)

¿Has oído ?

Y no es para darte ánimos.

En todo caso, para darme ánimos a mí misma.

 

(VERÓNICA se sienta en el taburete a la cabecera del paciente,

y habla frente al público).

 

Mientras hay vida hay esperanza,

y mientras haya esperanza habrá vida.

Tú te encargas de lo primero:  no detener ese corazoncito.

Y yo me encargo de lo segundo:  seguir en la lucha para que no te desenchufen.

Y al final, espero que NO MUY AL FINAL.,

el día menos pensado,

alargarás tu brazo buscando el despertador y preguntarás con estupor:

 “¿Dónde estoy?”

Me pillarás hablando de ti, de mí, de nosotros.

El día menos pensado…

 

(Abatida de pronto)

No, no es cierto. No hay día menos pensado. Cada día lo pienso más.

Sigo esperando. Pero mi espera ya rebasa lo heroico para rayar en lo absurdo.

Yo, aquí, esperando plantada en la estación, sin saber siquiera si sacaste billete de vuelta.

Haz un amago, al menos. Da una patadita como dan los fetos.

Una señal del cielo sería mucho pedir.

Unos estigmas que me señalaran que estoy  parada en el camino correcto.

 

 (Transición.

señalando circularmente el ámbito de la estancia.)

¡Bueno!, ¿qué tienes que decir de la nueva casa?

Un lujo, ¿no?

¡Oh, no te preocupes por los gastos!: tu amorcito ya se ocupó  de eso.

Esto es muy distinto de un hospital, ¡eh?

No, no es un parador de turismo.

Pero bien podía ser un parador, pues es un auténtico palacio.

Sí, eso he dicho: un palacio.

Y desde hoy, es nuestra casa.

Sí, sí: he dicho nuestra casa.

Puedes dormir tranquilo, porque ya nadie nos amenazará con desenchufarte.

Rectifico: duerme tranquilo, ¡pero quiera Dios que no se prolongue mucho el sueñecito…!

He arreglado la situación... Sí. De una vez para siempre.

También puntualizo: eso de “para siempre”... espero que no sea para mucho tiempo.

Yo te quiero. Aunque se haya anulado nuestro matrimonio;

entre tú y yo sigue habiendo amor, amor mío.

Eso mismo: AMOR. Y de momento, MÍO.

Por eso, no te eternices en darme la réplica.

 

Sobre el fin de nuestro matrimonio, 

no debes comerte mucho el coco.

Los matrimonios se acaban por...

Porque no se cohabita,

Porque no se procrea...

En fin, porque no se hace lo que se supone que debe hacer todo matrimonio,

según el Derecho civil y la Jurisprudencia.

Pero no te preocupes por el Derecho Civil y la Jurisprudencia,

el que hace la ley hace la trampa:

Sólo tienes que despertar, desentumecerte, hacerme algo que demuestre que estás vivo...

Y tendrás otra vez de tu parte al Derecho Civil y  a la Jurisprudencia.

 

(Transición.

Súbitamente, acercándose a una ventana imaginaria frente a los espectadores)

 

¡Mira, amor mío, qué vistas!:

Toda la estancia está rodeada de vanos góticos con vidrieras.

Las mismas vidrieras ya son en sí mismas vistas dignar de ver.

Y la luz entra en distintas intensidades y ángulos,

en haces como remolinos de  mariposas multicolores.

No, no te quiero poner los dientes largos:

te contaré en todo momento lo que vea por las ventanas de este salón de baile.

Sí, he dicho “salón de baile”.

Te advierto que hoy no voy a dejar de sorprenderte.

Estás en el salón de baile de un palacio  rodeado de ventanas ojivales.

Pero no te preocupes. Nadie te va a mover de aquí.

Y yo puedo bailar sola en un rinconcito.

Nadie va utilizar más este salón para una gran fiesta de puesta de largo,

ni siquiera para el cotillón de fin de año.

El  dueño del castillo es cojo,

y no soporta el baile.

Además  es un cascarrabias que… ¡como para dar fiestas!

Y sin embargo ha de haber una fiesta. La fecha está en blanco.

Una fiesta íntima, en que tú y yo brindaremos,

bailaremos y nos desmadraremos un poco,

después de que hayas hecho tus ejercicios de desentumecimiento

y tolerancia a la  ingesta por  vía oral.

Me estoy  refiriendo, claro, a la fiesta en tu honor,

la fiesta de bienvenida a tu virilidad ejerciente.

Esto será el  día, en que alargues por fin tu brazo buscando el despertador,

y por fin preguntes, con una flema pasmosa: “¿Dónde estoy?”.

Y yo diré, conteniendo a duras penas la emoción:

“Bienvenido a la vida, amor mío”, con énfasis en  “amor mío”.

 

(Transición.)

Frente al publico, asomándose a una  ventana imaginaria gótica.)
¡Pero mira qué vistas!

¡Son las vistas menos vistas de la ciudad!

¡Como que el palacio estuvo mucho tiempo abandonado!

Hasta que lo compró, restauró,  y acondicionó un rico coleccionista de palacios.

¡Mira: desde cualquier ventana, se ven los tejados de la ciudad!

No se ve el mar como desde nuestro apartamento, pero...

 

(Transición.

Con media sonrisa de nostalgia)

¡Qué vistas teníamos desde la terraza de nuestro apartamento!

Sí, dije “teníamos”:  tuve que vender el apartamento.

¡Tendrías que haberlo dado por supuesto!

Una se cansa de dar siempre las malas noticias.

Siempre matan a la mensajera.

¡Con lo que lloré en el momento final ante el notario!

El notario se ablandó con mis lágrimas, y… (presumida)  me preguntó mi estado civil…

¡Y se puso de mi parte advirtiendo al comprador MUY SERIAMENTE

 de que me lo estaban comprando muy por debajo del precio fiscal!

Y no me lo invento. Todo consta en acta. Hasta mis lágrimas:

me refiero a que mojaron el solemne papel notarial.

 

(Transición.)

¡Qué tiempos aquellos, y qué vistas aquellas del mar!

Yo me pasaba horas mirando la playa desde la terraza al atardecer.

¿Te acuerdas del hombre con sombrero de paja

que veíamos pasear por la playa todos los días al atardecer?

Era un hombre enigmático.

En seguida nos llamó  la atención a lo dos su manera de pasear por la playa.

Fue como si de pronto descubriésemos que...

había más de una manera de pasear por la playa a esas horas recogidas.

Todas las tardes de aquel verano, el hombre daba su paseo,

y nosotros lo observábamos desde la terraza,

que llamábamos “nuestro acantilado particular”.

El hombre del sombrero de paja daba su paseo, invariablemente:

La Caleta, Puente de Piedra, Playa de Santa María,

y se perdía en dirección al hostal.

Nos preguntábamos si sería un poeta o un convaleciente,

un panteísta o... un paseante profesional en solitario.

Porque recuerda cómo andaba:

andaba con un ritmo moroso, como para retardar el regreso.

Se lo veía pasear con aquel sombrero,

y daba la sensación de que sus ojos eran capaces

de ver más mar que nadie,

de que sus pies desnudos palpaban más cantidad de arena mojada,

de que sus ropas sentían más brisa

y su pelo entrecano se teñía como ningún otro del color rojo del ocaso…

Por todo eso nos tuvo aquel extraño hombre

apostados sobre nuestro “acantilado particular”

TODAS LAS TARDES de aquel verano.

Ese hombre que caminaba con los cinco sentidos,

como si cada paseo vespertino fuese su última voluntad…

 

(Pausa)

La última tarde que vimos a nuestro hombre

Recordarás que una ráfaga de viento le llevó el sombrero,

y sorprendentemente,

el hombre ni se molestó en recuperarlo;

siguió caminando por la ruta de siempre

hasta perderse de vista.

No recogió su sombrero.

Nosotros le gritábamos: “¡Eh! ¡Oiga! ¡El sombrero! ¡Se va sin su sombrero!”.

Pero el hombre ni se molestó en recuperarlo.

Recuerda que nos dio muy mala espina.

 

(Pausa)

Esto no lo recordarás porque lo hice a escondidas;

no a traición: a escondidas, por amor  a ti, para no herir tu orgullo de don Juan.

Esa misma tarde que perdió el hombre enigmático su sombrero,

y que nos dio tan mala espina...

Esa misma tarde recuperé el sombrero en las dunas.

Y esa misma noche, me levanté de la cama sigilosa

y corrí descalza por el mismo camino de nuestro paseador solitario,

sintiendo, revolcando mis pies desnudos en sus huellas...

hasta llegar al hostal.

El sombrero era una excusa.

Yo quería saber, no quién era ese hombre,

no cuánto tiempo iba a vivir ese hombre.

Yo quería saber si ese hombre, que me doblada la edad,

pero no era por cierto cualquier hombre,

deseaba amarme antes de irse para siempre de este mundo.

Él fue sincero.

No tenía tiempo para circunloquios.

Se aferraba a la vida como a la arena sus pies,

intentaba que el sol inundara de vida su pelo,:

por lo que puedes figurarte cuál fue su respuesta.

No sé si fue un acto de caridad, o del más lascivo e incontenible deseo,

de venganza hacia ti, o de necesario reflote de mi autoestima hundida...

Pero... aquella noche, de madrugada,  hice el camino de vuelta llorando…

Volví a nuestra cama sin que tú lo notases, sin que oyeses mi llanto…

Recuerdo que tú me dijiste al despertarte algo inconexo pero certero:

“Hueles a mar... hueles a hembra en celo”.

Pero no lo comprobaste.

Pero no lo probaste.

 

(Transición.)

He recobrado el ánimo, al verte así, tan bien asentadito

y confortablemente instalado,

como el príncipe de las clases pasivas.

Y con estas vistas y este salón de baile, me dan ganas de bailar.

¿Puedo?

¿Seguro que no te hago sentir un... inútil?

En este palacio podrías pasar por un militar húsar herido:

La mano derecha del general Radetzky, antes de que

te atacara una mosca Tse-Tse enviada como arma secreta

por los poco aguerridos, pero ingeniosos italianos.

.

(Suena una música de vals. VERÓNICA baila girando).

 

Me viene a la memoria un poema

que es como bailar el vals, sin bailar el vals,

porque precisamente se titula El Vals,

Y tiene una prosodia de tres por cuatro.

Todavía no salía contigo cuando  me especialicé en ese poema.

Y lo recitaba maravillosamente.

Cuando se estropeaba el piano, la profesora de música me mandaba recitarlo.

No, no te recitaré el poema. Suena muy cursi. Los tiempos de colegiala  pasaron. 

 

Yo siempre recité muy bien, tenía bonita voz, que me hacía destacar hasta en la muchedumbre.

Cuando rezaba en misa, me quedaba sola. Y el cura se me quedaba mirando con severidad.

Acaso, por llegarle mi voz  aterciopelada envuelta en efluvios de fresas salvajes.

Sí, yo siempre recité de forma escandalosamente bella.

Ya sabes que me ofrecieron en la radio un puesto de recitadora.

Podría haber grabado versos,

y, de hecho, hace poco...

un ingeniero de sonido muy amable, y con un estudio de sonido muy acogedor...

(Insinuante,  mira de reojo al paciente.)

Bueno, quizás en otro momento, conozcas el fruto de aquella experiencia

tan... FRUCTÍFERA e  inolvidable para mí, y supongo que también para él.

 

(Transición Al paciente.)

Espero que el bello durmiente alargue su brazo un día,

para palpar su despertador pregunte: “¿dónde estoy?”.

Ese día lo pido a Dios, y a la vez lo temo.

Lo he de temer, si ese día me ves y no me... reconoces.

Si ese día alargas tu mano para alcanzar el despertador,

Y peguntas: “¿dónde estoy?”, y a mí : “¿quién es usted?”.

No sería justo. Sería desgarradoramente cruel e injusto.

 

(Se entristece. Se sienta junto al paciente.

Comienza a limpiarle suavemente la cara con toallitas húmedas).

 

No te preocupes, no me pasa nada.

No es que esté triste.

Sólo que soy realista.

No me gusta reír por reír: es de tontos.

 

(Transición. Grave.)

El que estés instalado en un palacio,

y perdón por lo de “instalado”,

en ningún caso quiere decir que hayamos medrado,

no te hagas ilusiones de “nuevo rico”.

Sólo que tu mujercita ha sabido jugar bien las cartas.

Tampoco quiere decir que haya ido al casino a jugar.

Es uno de tantos lujos que no me he podido permitir.

Aunque contigo me he hecho una especialista en solitarios.

 

(Se levanta  súbitamente del taburete  y cambia forzadamente de tema.

Jubilosa.)

 

¡Adiós al hospital! ¡Adiós al  olor a hospital!

¡Adiós a las enfermeras del hospital!  

Aunque no a las enfermeras: 

aquí también tienes una nueva enfermera,

y una enfermera ayudante,

que no están nada mal.

Muy moninas las dos.

Recién acabados los estudios.

Piden a cada poco disculpas.

Son torpes, sí, son torpes:

¡Pero están tan encantadoras cuando se ruborizan!

En eso has salido ganando:

El dueño del palacio es lo que se llama un “viejo verde”,

y las ha contratado  por su  buena presencia,

Y te aseguro que están como para presenciarlas.

Eres el único hombre que no se las queda mirando.

Casi te tengo que disculpar ante ellas por tu hiriente indiferencia.

Diría que son azafatas-sanitarias.

Con un uniforme muy clásico:

con cofia sanitaria,

falda corta con peto,

medias y zapatos de tacón.

Eso sí,  todo blanco.

TODO.  También la ropa interior. El uniforme es el uniforme. Está en el contrato.

Te guiñarán el ojo cuando te pinchen,

Y no lo notarás, o mejor dicho, no te inmutarás, porque te harás el héroe:

ya te digo que están como para presenciarlas.

Su aliento es de chicle de plátano los lunes,

los martes de sandía,

los miércoles de hierbabuena,

los jueves  de vainilla,

los viernes de limón,

los sábados de tutti-frutti.

y los domingos…

¡Ah!: Los domingos libran.

Los domingos viene una monjita de un hospital de caridad,

una monjita que tiene voz antigua, como las de las películas de antes.

Oye, ¡no se te ocurra enamorar a la monjita!

No he dicho novicia. Pero sí, es una novicia.

La novicia  puede traer cualquier aliento,

porque no se va a cercar a ti a menos que sea estrictamente necesario:

ya le han advertido que el paciente es un actor de un gran atractivo.

Todo está bien especificado en el contrato.

Hasta el olor del aliento, hasta el aliento neutro de la monjita.

Es una satisfacción que cuesta muy poco.

Aunque Heinrich  no ha escatimado gastos.

Tendrás que compartirlas con Heinrich,

el viejo cascarrabias,

el otro habitante del palacio,

un tullido,

es cojo,

un viejo cascarrabias cojo.

 

(Se levanta. Grave.)

Pero no conviene insultarlo.

Heinrich es…Tu benefactor,

nuestro benefactor. 

De eso tenemos que hablar.

 

(Grave.)

Como te decía,

el hecho de que nos hayamos mudado a un palacete, no quiere decir

que nos haya tocado el premio gordo de la lotería.

 

Pero dejemos el tema. Porque noto que me estoy entristeciendo.

Este palacio tan tranquilo para ti, es intranquilo para mí.

Este palacio tiene algo de convento de clausura mixto.

Y en un convento de clausura mixto pasan muchas cosas irregulares.

Hay pasadizos, visiteo nocturno, y cosas nada ortodoxas.

Espero que no sea este el caso.

No quiero meterte miedo,

pero sospecho que las enfermeras no son en realidad enfermeras,

ni la novicia es una novicia.

Y no son fantasías mías.

Más bien son fantasías de ellas.

Y fantasías de Heinrich.

Ya te digo que es un viejo verde.

Las observaremos.

Sólo espero que no fallen estas máquinas.

Aquí el personal tiene pinta de ser muy eventual e inexperto.

Me temo que veremos muchas caras nuevas.

Esperemos que te despiertes pronto: no aguantaré más de cien enfermeras nuevas.

Sería sensato que despertaras uno de los días de la semana:

elige tú el olor del aliento,

(Incitadora)

el neutro también tiene su encanto: se podría llamar “aliento virgen”.

 

 

(Sentándose en taburete al pie de la cama de cara al público.

Abatida de pronto.)

 

 

Sí, sí me pasa algo. 

Y sí, sí estoy preocupada.

Me conoces muy bien, truhán.

Es imposible que engañe a un reputado actor como tú.

 

(Pausa. Grave.)

Ha pasado algo.

Es algo que nos afecta.

De otro modo,  no lo hubiera traído a colación, no te lo diría.

No soy tan egoísta como para venir a desahogarme de naderías

aquí precisamente, donde tú…

Pero es que, en estos últimos meses, fuera estaban pasando continuamente cosas.

Y no me refiero a que hubiese un eclipse,

ni siquiera a que un tren descarrilase.

No.

Me refiero a cosas que nos incidían muy directamente.

Circunstancias que siempre nos han estado acechando.

Circunstancias que nos empezaban a ahogar,

fechas límite,

”números rojos”,

circunstancias que había que afrontar de un braguetazo.

¿Dije “braguetazo”? ¡Oh, esta abstinencia!... Quise decir “de un plumazo”.

El hospital, cariño, no era un refugio. ¿Eso decía la publicidad? Pues no.

Nos tenían en cuenta.

Afectábamos a los demás,

a su cuenta de resultados,

y los demás nos querían afectar.

Los muy inmorales llegaron a proponerme...

Que como tú eras actor y tan bello durmiente,

hicieses un anuncio de televisión para una marca de colchones.

No acepté ese eslogan.

Figúrate que querían cantar las alabanzas de sus colchones con una mentira:

“Hechos para que incluso estar en coma sea una bendición”

Protesté.

Les hice cambiar el eslogan.

De hecho lo supervisé yo. Después de redactarlo yo misma.

Supongo que querrás saber el eslogan. Tienes derecho, desde luego.

Muy bien,  muy bien.

Era algo así como:

“Colchones para sueños de larga duración… ¡y a soñar con los angelitos!”...

Y entonces aparecía yo en una esquinita de tu cama, caracterizada de angelita,

de angelita con el sexo ya bien decantado hacia lo femenino.

Tuve que exigir aparecer yo también en el anuncio,

no fuese a  pensar la gente que te había abandonado.

El anuncio no funcionó,

No cobramos un céntimo.

Si lo hice fue por que no te llamaran “inútil insolvente”.

 

(Transición.)

Sí, has acertado.  

Estoy hablando del maldito dinero, o bendito,

según se necesite o no.

¡”El dinero no hace la felicidad…”!

Esa estúpida frase debe de ser de un  poeta rico como Goethe.

En nuestra situación, es una frase de pésimo gusto.

 

(Transición. Grave.)

El último hospital era un hospital de pago, amor mío.

Y nadie hace nada por caridad.

Sólo los hospitales de caridad.

 

(Señalando los monitores y aparataje hospitalario).

 

Pero los hospitales de caridad no tienen estas máquinas de Massachussets:

sólo crucifijos y láudano.

El único amor que hay en un hospital no-caritativo es el que yo te traía todos los días,

como también hoy te traigo, sin merma.

 

(Transición.)

Sí. Estoy preocupada.

Pero está todo solucionado.

No, no me contradigo: se debe a mi eterno problema de adaptación.

Por lo demás he actuado con eficacia.

Durante este tiempo he intentado controlar todo.

Que nada nos afectara, mientras tú…

mientras llegaba el día feliz que aún esperamos.

He actuado con tu permiso tácito,

como mejor convenía a nuestro único anhelo.

 

Fueron días aciagos.

Todo se había desatado en contra nuestra.

Y tuve que tomar una determinación.

¡Oh, no! ¿No estarás pensando en que te voy a abandonar?

¿Es que te ha fallado algún día?

¡No se te pase ni por la cabeza! 

¡Nadie te va a desenchufar!

¡Ya te lo he dicho!: Se acabó esa “espada de Damocles”.

Todo está atado y bien atado.

El Derecho civil lo tiene bien amarrado.

Sí,  he dicho el Derecho Civil.

En este caso, el Derecho Civil está de mi parte, de nuestra parte...

pero permíteme volver al tema que nos debe alegrar.

 

(Transición)

El día que tú despiertes de ese sueño profundo,

El día que despiertes, amor mío, haré una tarta para celebrarlo.

Sé que en cualquier momento puedes despertar:

Buscarás con la mano el despertador y dirás: “¿Qué hora es?.

Y yo diré… Diré algo nada convencional,

Una frase brillante,

o entonaré  un Te Deum: ¿qué te parece la idea?

Y pondremos incienso…

 (confidencial.)

Pero otro tipo de incienso:

(Pícara)

No incienso para los muertos,

sino incienso para los vivitos y  COLEANDO.

Me refiero al incienso indio en barritas que comprábamos  a los hippies

envueltas en una láminas DEL KAMASUTRA.

 

Pensándolo  mejor, será más práctico que quitemos dramatismo al asunto,

que obremos como si no hubiese pasado nada,

borrón y cuenta nueva.

Sí: quizás debiéramos olvidar, amor mío;

olvidar que no tenemos nada que recordar de estos  últimos años.

Aunque,  conociéndome, creo que, llegado el momento,

no sabré callar,

pero tampoco  sabré qué decir;

y me podré a llorar como una tonta,

y te pediré perdón como una tonta por el numerito,

como si llorar no fuera algo  positivo,

algo más elocuente que cualquier palabra,

que cualquier queja,

que cualquier declaración de amor.

Se tiene a las mujeres que no lloran

por mujeres de fiar y nada melodramáticas,

Pero la mayoría de las mujeres cuando tienen que llorar y no lloran,

no es por una entereza regia: es porque no se les corra el rimel.

Así son de disimuladas. Resulta paradójico, pero es la pura verdad.

Los hombres creéis que lo sabéis todo de la psicología femenina,

¡y la psicología femenina es muy complicada

y con mucha mano izquierda!

 

(Moviendo la cabeza y sonriendo la ingenuidad.)

¡Tantos congresos masculinos de psicología femenina….

 y todavía no acabáis de entendernos a la mujeres!

Si esos psicólogos  vanidosos quisiesen escucharme, como mujer,

yo les hablaría, no ex-cátedra, pero sí con conocimiento de causa:

 

(Como en una ponencia.)

“Señores sabios entendidos en  Psicología Femenina:

Para  AMARNOS a las mujeres, antes hay que ENTENDERNOS;

hasta aquí supongo que estarán todos ustedes de acuerdo:

de hecho, en este punto es donde se hayan precisamente atascados...

Pero para ENTENDERNOS, 

los hombres tienen antes que ESCUCHARNOS;

y para ESCUCHARNOS,

antes tienen que AMARNOS.

Puede que sea un círculo vicioso,

pero no es el círculo cuadrado.

Así que no se desanimen, y sigan con sus congresos,

pero háganlos más a menudo,

porque las mujeres EVOLUCIONAMOS.

Y procuren que haya más mujeres en sus congresos:

y no me refiero a las azafatas.

Gracias”.

 

(Sonriendo de nuevo por  la ingenuidad)

Nunca conseguiréis etiquetarnos en una ley general,

“Mujer”, “mujer”: os llenáis la boca con esa palabra., pero... ¿Qué mujer?

¿Mujer en luna nueva o en luna llena?

¿Mujer deprimida o mujer resignada? Pues son silencios distintos.

¿Mujer malvada o “mujer fatal”? Porque no es lo mismo.

¿Mujer china o japonesa?: Porque guardan diferencia en el tipo de concubinato.

¿Mujer  púber o mujer madura?

Entiéndase púber por inexperta y madura por experta,

 pero no necesariamente, según está el patio…

Y ahora la  pregunta clave:

¿La mujer que a los cuarenta no conoce todavía el orgasmo...

debe considerase, de facto,  púber o madura?

Y que conste que no te estoy reprochando nada. No lo tomes como una indirecta.

Pero en realidad... Debes tomarlo como una DIRECTA.

Es la historia de mi corta e INTERRUMPIDA vida sexual.

Cuando ya me acercaba, por la experiencia acumulada y el Informe Hite,

a ese desideratum que llaman orgasmo,

ocurrió la tragedia.

Fue frustrante. Quiero decir, definitivamente frustrante:

La frustración sexual fue la nota definitoria de nuestra relación.

Interruptus es el castigo que nos pesa a las mujeres desde lo de  Eva:

“Parirás a los hijos con dolores, y los tendrás con placeres interruptus”.

 

¡La vida de la  mujer es una pasión interrupta!

No te puedes hacer una idea.

Es…Es como si en  los últimos minutos de la  Copa de Fútbol,

tu mujercita desenchufase sin querer  la antena con la escoba:

Sin intención ... PERO SIN LA MÁS MÍNIMA EMPATÍA.

Estoy segura de  que con este símil te habrás enterado

de una vez por todas,

de lo que es el supremo placer interrumpido.

Y no me llames feminista. No hay que ser feminista para exigir

de vuestra proverbial caballerosidad masculina,

que nos tengáis en cuenta, no sólo a la hora de hacer el amor,

pero TAMBIÉN Y SOBRE TODO a la hora de hacer el amor.

 

¡Lástima que no estuviera entonces tan elocuente!

Quizás tú hubieras reaccionado a tiempo.

¡Y hubiera sido todo tan distinto!

En tantas horas de espera, he leído mucho.

Sé de  técnicas orientales,

cremas retardantes, 

control mental,

premio-castigo,

chantaje emocional...

y la presión de un LESBIANISMO EN EXPANSIÓN:

siempre es buena la competencia.

 

(Transición.)

No, no he tenido mucha suerte en la vida.

Justo cuando habíamos hablado muy seriamente de la revolución sexual,

Y habíamos hecho un “cine-forum” sobre El imperio de los sentidos,

asistido a una conferencia sobre el “punto G”,

Justo cuando hasta la Iglesia estaba abriendo la mano sobre el tema,

Justo entonces,

de la forma más inoportuna,

de la forma más interrupta,

sucedió la tragedia.

Tu tragedia y mi tragedia.

Porque en esto del amor carnal, se necesitan dos:

menos no lo admite la Iglesia,

más de dos tampoco.

Los números son muy importantes en las religiones cabalísticas.

 

(Pausa. Suspira)

¡En el mejor momento, cuando ya iba a dejar de ser una analfabeta orgásmica,

tuvo que pasarnos a nosotros!

En pleno apogeo, en plena efervescencia,

En pleno florecimiento expansivo tropical... Se corta el riego.

Y entonces la sequía,

la atrofia.

¡Seca semilla momificada esperando el milagro de la lluvia torrencial!

 

(Transición.)

¡Menos mal que tomé aquella grabación-pirata de tu voz,

en aquel poema erótico de tu última función!.

¡Qué poema, cuanta malicia tras el tamiz alegórico!

Cada vez que lo oigo, que te oigo…

 es como la voz que te falta, el empuje, el fuego que ahora no...

“Algo es algo”, me digo. Un “orgasmo platónico”, lo llamo.

Era  un  poema  muy tórrido.

No en vano el autor lo tituló “FUSIÓN”.

Y el director hizo que el actor preguntase a la actriz,

con tres puntos suspensivos y un pícaro guiño:

“Nena: ¿fusión...?”;

y que la actriz afirmase, con respiración entrecortada:

 “¡Fusión!”.

 

Sí, un poema muy tórrido el de “FUSIÓN”, 

Una grabación muy  XXX la que hice de “FUSIÓN”.

No quiero ni pensar dónde ensayasteis todos esos versos ardientes,

ni las técnicas a las que recurristeis, y no me refiero a las nemotécnicas.

No quiero ni pensar la consecuencias encadenadas de ese poema  con tanto ritmo,

cuyas palabras iban a más, a más... hasta el cénit.

Observa que he evitado deliberadamente la palabra “clímax”.

 

(Transición.)

Pero tuve que hacer algunos arreglos en la grabación.

Sí, porque... tenía un gran defecto:

ELLA.

¡Naturalmente! ¡Ella!: ¡Carlota Gutmann!

Ella era el ruido de fondo,

el DESAGRADABLE Y ELIMINABLE  RUIDO DE FONDO

( Con retintín) de la gra-ba-cion-ci-ta.

Yo odié a tu partenaire. Porque de hecho la grabación espía continuó en su camerino.

Y algo capté, que provocó mi odio hacia ella

y mi desprecio y a la vez mayor aprecio por ti.

Me enteré de todo lo que hacíais a mis espaldas:

Hoteles, días, horas, veces,  y otros detalles.

Hoteles de cinco estrellas, los mejores días, a las mejores horas…

 y varias veces… sin el menor cansancio: me refiero al tedio...

 

¡Oh esas  interjecciones empleadas en vuestro poema,

afiladas como estiletes que traspasaban mi alma!

Descarnadas interjecciones, sin un apócope, sin tan siquiera unos puntos suspensivos.

Me extraña que aquel genial director de escena no os indicase terminar

con unos  decorosos puntos suspensivos, que hubieran dado gusto a todos:

a  las  imaginaciones calenturientas,

y a las imaginaciones vulnerables como la mía, TU ESPOSA.

 

¡Dios mío!:

¿Y no se pudo enamorar Carlota del divino dramaturgo?

¿de ese genial enfant terrible del director de escena?

¿O sucumbir por el bien de su carrera a la erótica del poder que emanaba el Productor?

¡Dios mío!:

¿Porqué tuvo que enamorarse “esa” del  apuesto pelamanillas que es un simple actor principal!

¡Qué esperaba con esa endogamia?: ¡fundar una saga de actores y actrices principales?

 

¡Yo estaba furiosa, presa de un ataque de celos mortal de necesidad!

Mortal para ella , claro.

Mortal para Carlota Gutmann, claro.

 

(Pausa)

 

Acudí a una santera para hacerle vudú.

¿Contienes tu risa? ¿Ah sí? ¿He dicho alguna tontería?

¿Ella murió, no? ¿De un accidente de coche?

Bien, de un accidente de coche. No te lo discuto: de un accidente de coche.

¿Pero qué iba pensando Carlota mientras conducía temerariamente evadida?

 ¿Sabes tú acaso lo que la tenía insomne y sin reflejos?

¿Sabes qué, quién la indujo, quién pagó a la inductora?

¿Sabes con quién se entrevistó tu queridísima Carlota Gutmann un día antes?

¿Conoces tú acaso el poder de sugestión de la santera que contraté?

¡Pues Carlota , la supersticiosa Carlota,

sí conocía de su infalible y garantizado vudú de santería!

 

(Grave.)

La santera le juró a Carlota

el día y la hora y el lugar exacto en que iba a morir EN SU PROPIA CIUDAD.

Sí: MORIR.

Morir Carlota, salvo que Carlota hiciera lo que hizo Carlota:

coger precipitadamente las maletas y alejarse en coche a toda velocidad de la ciudad.

Eso tenía que pensar Carlota.

Eso era lo que debía  hacer Carlota.

Y eso es lo que hizo la descerebrada e impulsiva de Carlota.

 

A Carlota Gutmann le dijo la santera

que su fin estaba irrevocablemente decidido.

La santera me costó un dineral.

Lo equivalente a un abrigo de marta y un chaquetón de visón.

Cualquier mujer elegante se lo habría pensado.

Una prueba más de mi amor. Que, por cierto, no mereces a pesar de tu apostura.

O para ser sincera: que mereces por los pelos, gracias a tu apostura.

 

(Transición)

¿Que cómo pude hacerlo?

¿Qué quieres saber: mi  grado de perversidad o el modus operandi con el que...?

¿Quieres saber el modus operandi, verdad?

En el fondo tú siempre fuiste un cotilla.

Bien, pero...

Primero tengo que asegurarme de que no oirás nada:

no estás como para hacer juramentos de silencio.

 

 (Comprueba con un chasquido de dedos en el oído del paciente que no oye, y mira el monitor del encefalograma. Luego mira hacia la puerta.)

 

Ella te había regalado un mechón de su pelo.

Nunca quise saber de qué parte.

El verdadero mechón sirvió para apartarla definitivamente de ti con el vudú.

El verdadero se lo llevé a la santera, y coloqué en su lugar una réplica.

 

(Ríe)

Estaba esperando tu pregunta.

¿Quieres saber qué réplica capilar suplantó el verdadero pelo de Carlota, eh?

 

 

(Nuevamente ríe.)

¿Quieres saber qué fetiche-placebo estuviste adorando tontamente?

Pues… un mechón de mi cabello.

Sólo tuve que teñírmelo de un tono idéntico al de Carlota.

Bueno, en realidad me lo había teñido hacía tiempo.

 

(Enfadada)

Pero tú ni siquiera lo notaste.

Estabas tan perdidamente enamorisqueado de aquella Carlota

que ni siquiera notaste

que yo había renunciado

a mi precioso cabello

rubio natural

para teñirme

de ese vulgar color

castaño-rojizo

de aquélla actriz secundaria

de nombre y apellido tan rimbombante:

 

(Con burla)

“CARLOTA  GUTMANN”.

Nombre y apellido,

que sin embargo, legal y moralmente,

 se podían reducir a un despectivo y genérico apelativo:

“LA OTRA”.

Nadie en concreto. Cualquiera que no fuese yo.

¡Cualquier cualquiera indocumentada!

 

Nunca supe su nombre verdadero. Ni creo que tú lo supieras.

¿O no sabías que Carlota Gutmann era sólo su nombre artístico?

Esa Carlota llevaba el nombre postizo. Era una prótesis nominal muy resultona.

Carlota Gutmann. ¡Y por qué no “Sissi”?

 

(Ríe)

Yo te lo diré por que no “Sissi”. ¡Porque los austríacos no se andan con chiquitas!

Y ese nombre lo tienen registrado, para que ninguna pelandrusca farandulera

se apropie del nombre de su Emperatriz más rentable en divisa  turística.

Sin embargo, el nombre “Carlota” en Alemania es de dominio público,

como “Carmen” en España.

En cuanto al apellido “Gutmann” lo copió de la marca de hilos que usaba su madre,

LA MODISTILLA DE SU MADRE.

¿O te dijo acaso que su madre había sido COCÓ CHANEL?

¿No sabías que su madre era una modista de la Casa Real?

¿Tampoco que su hermana era esteticién y le dejaba elegir la cara de un catálogo?

¿Que su padre era palafrenero real, y le dejaba de extranjis una carroza el día de su cumpleaños?

¿Que su hermano era chofer suplente del Rey y la llevaba en  limusina al teatro?

¡Entonces no me extraña que todos la confundierais con una superclase!

En cuanto al nombre de pila, “Carlota”, “Charlotte” en alemán, lo tomó del Werther.

Por la carga subliminal, supongo.

 

(Riendo, burlesca)

¿Qué esperaba esa ingenua, que te suicidaras por ella?

 

(Pausa. Grave)

¡Qué romántico hubiera sido si tú, amor mío,

en un arrebato de arrepentimiento te hubieras suicidado por mí!

Si hubiera sido inevitablemente necesario tu suicidio por mí,

confieso que me hubiera halagado.

Soy una romanticona, lo sé. Como Charlotte. Lotte. La auténtica.

Estoy pensando...

Le preguntaré al médico si es posible, aunque fuera remotamente,

que alguien entre en coma por alguien.

No es un suicidio, lo sé,  pero es lo más parecido:

que alguien estuviera en estado permanentemente de suicidio por mí.

Esto, no sólo me halagaría, sino que me enternecería. Me haría llorar a cada poco.

Si me dedicases este coma profundo con tu precisa firma horizontal,

no haría falta decir que me sentiría muy reconfortada,

y en cierto modo compensada, amor mío.

 

(Transición)

¡Oh el destino!

Cada uno tiene el destino que se merece,

empezando por esa llamada “Carlota”.

Esa Carlota Gutmann cambió nuestro destino.

Con ese nombre postizo era inimaginable que nadie pudiera interponerse en las vidas

de un apuesto y cotizado Efebo de la escena como tú, amor MIO,

y de una mujer tan guapa, inteligente, entregada y enteriza,

aunque nada modesta, como YO.

No, nada modesta. La modestia sólo sirve para que la pisen a una.

Está visto que una tiene que ir por la vida pisando fuerte,

creándose su leyenda, luciendo un sonoro y seductor nombre artístico,

un nombre altisonante que la singularice,

un nombre como “Carlota Gutmann”.

Carlota, a quien, en la intimidad, seguro que llamabas “Lotte”.

¿Qué hacía Lote? ¡Darse el lote con mi marido!

¡Ja! Lo llevaba en el nombre. ¡Cómo pude no verlo!... No verlo a tiempo, me refiero.

 

(Transición)

Confieso que… estuve por cambiarme el nombre y el apellido.

Incluso estuve por cambiarme el apellido de verdad, es decir:

de forma natural y con todas las consecuencias...

Escucha, amor mío:

Te amaba tanto que consideré muy seriamente divorciarme  por ti de ti,

y luego casarme con un aristócrata alemán,

con un rimbombante nombre de noble alemán.

Con un “von” por delante, para ser más que  ”esa”,

para recordarte que en casa tenías otra Gutmann, pero no postiza,

una Gutmann, pero con el valor añadido de  un  “von” delante,

Y CON NACIONALIDAD ALEMANA.

(Confidencial)

…Y con pelo ario natural, por si la historia se repite:

tal y como están los tiempos, tener pelo ario natural es un seguro de vida.

 

(Transición)

¡Qué providencial fue inmortalizarte en la grabación-pirata del teatro!

En verdad fue providencial:

(Recriminadora)

PORQUE YO NO SABÍA QUE EN LOS CAMERINOS

IBAIS A SEGUIR PRACTICANDO EL POEMA.

o más exactamente, poniéndolo en praxis…

Lo grabé al tuntún,

por acabar la cinta,

por pillar un chascarrillo,

un taponazo de champán,

por registrar el  ambiente  triunfal entre bastidores....

 

(Transición.)

¡Hay que ver lo que es el combustible de la poesía,

unido al comburente de la pasión reprimida femenina!

El fuego de tu voz broncínea secundada por la resultoncilla voz de corista de la Gutmann,

arrancaba cada velada  “bravos” y gritos orgásmiscos de la platea,

incluso del patio de butacas, con ser menos discreto.

Estuvo a punto de prohibirse la función.

Pero la mujer del Gobernador la prolongó una semana más:

tenía un palco que compartía con el guapo acomodador de plateas.

Todo el mundo gritaba:

unas que qué interpretación,

otros que se movían mucho las butacas,

otras que qué catarsis más rica.

otros que dieran el aire acondicionado.

Otros… ¡que suspendieran la función apelando a la moralidad pública!

 

La prensa fundamentalista  lo consiguió mediante un reportaje

con una sola foto dirigida al  “palco del acomodador”:

desde entonces a ese palco se lo conoce por ese nombre,

y desde entonces permanece vacío, muy señalado por el dedo.

Un palco verdaderamente legendario.

Hay quien visita el teatro sólo para ver el famoso “palco del acomodador”.

Es como El Trianon de Versalles.

 

(Transición)

¡Esa prensa amarilla y fundamentalista siempre contra el placer de la mujer!

Consiguieron acabar con el placer platónico de tantas analfabetas orgásmicas.

Yo confieso que

si en esa velada no hubiera estado tan pendiente de la grabación,

concretamente de la ecualización de los agudos,

hubiera muy probablemente alcanzado por fin...

me hubiera unido a aquel apoteósico orgasmo platónico colectivo.

 

(Transición)

¡Oh, esa grabación! ¡Qué legado marital fue esa grabación!

Aunque al principio me sirviera de poco,

¡con esa voz

 de corista

hiriéndome

el corazón

y el oído!

Cada vez que oía tu voz, amor mío, yo ascendía..

Pero al aparecer la voz de ella,

yo me cortaba y caía en picado,

¡y aquello se convertía en un orgasmo platónico interruptus!

 

(Pausa. Sonríe.)

Sin embargo…

En ese estudio de grabación me solucionaron el problema.

Fue un ingeniero muy interesante  quien sustituyó la voz de Carlota por la mía,

por la voz LEGÍTIMA.

El ingeniero  tan interesante, me felicitó por mi voz.

Lo tomé por un cumplido. Pero era en realidad una opinión técnica.

Una opinión técnica que me repetía constantemente con una sonrisa cautivadora;

una opinión técnica que podría haber sido el inicio de un gran amor.

Porque era una opinión técnica que tenía la ambivalencia de un piropo.

De hecho volvió a insistir llamándome “La voz”, como a Frank Sinatra.

No “Voz”, a secas;  no “voz” como la materia prima de su negocio, no.

Me decía, asombrado,  incluso en trance:

“¡Sobrehumana, mítica, La Voz”!,  “¡Has estado divina, La Voz”!.

Y comentaba con los otros técnicos,  secundado por sus  risas cómplices:

“Sublime, la voz de La Voz”, ¿verdad? ¿Además de otros… atributos?”.

Y así, llegó el momento de la despedida. Fue emocionante.

El interesante ingeniero me susurró:

“Hasta cuando quieras, La Voz”...

(Asombrada) ¡Tuteándome!

 

(Pausa)

Aquel arreglo de la grabación fue algo más que una revancha:

fue algo simbólico,

fue un acto de justicia, moralidad, y de buen gusto,

 si debo considerar la opinión del ingeniero sobre

 los “armónicos de mi maravillosa voz de mezzosoprano-lírica”.

No, el ingeniero interesante y yo NO TOMAMOS UNAS COPAS DESPUÉS DEL TUTEO.

Ya te lo puedes ir creyendo, porque no tengo pruebas:

¿No esperarías que el ingeniero me sedujera para hacer su propia grabación?

Lo tenía más fácil: era un ingeniero lo suficiente habilidoso

como para quitar TU voz y poner LA SUYA.

Después de todo, él se quedó la copia matriz en el archivo.

 

(Ríe)

¿Sabes de qué me estoy riendo?

 

(Seria de pronto.)

Pero la verdad es que me estoy riendo muy en serio:

¿Estás pensando lo que yo?

 

(Riendo.)

¡Ese archivo del ingeniero es un polvorín!

Sí: estoy segura de ese ingeniero es un fetichista fónico y fonético,

y ha puesto su propia voz justo pegadita a la mía.

 

(Riendo)

¡No quiero ni pensar si a ese ingeniero tan habilidoso

Y RETORCIDO  se le ha ocurrido montar nuestras voces…!

“Montar”, “unir”, “pegar”, “empalmar”, “fundir”: es la terminología,

¡Y no te digo si ha analizado y  sintetizado mi voz,

Y por medio de su computadora combina mis fonemas a su voluntad.

No quiero ni  pensar y menos oír lo que me estará haciendo decir,

susurrar,

suplicar,

gritar,

jadear,

gemir,

aullar…

¡Ese ingeniero puede alargar los ooohhhes y aaahhhes  a capricho,

mis gemidos y mis jadeos clónicos expandirlos a voluntad,

retocarlos para que no parezcan platónicos sino reales,

y tiene vatios como para que se oiga en toda la ciudad, en toda la comarca…!

¿Qué por qué lo sospecho?

Más bien por qué estoy tan segura.

Porque… conozco a los hombres demasiado bien para sospechar

de ese tuteo susurrante: (lo imita)  “Hasta cuando quieras”;

ese tuteo final, tan  incitante y  sin embargo contradictoriamente resignado:

Los  hombres no sólo no os dais por vencidos, sino que no hacéis  nada gratis,

y el ingeniero NO ME COBRÓ NI UN CÉNTIMO.

 

Te repito que ahí acabó nuestra relación.

Eso fue todo.

Aunque… ahora que recuerdo… antes de la grabación,

Sí,  ya lo recuerdo, antes de comenzar a grabar,

me ofreció un poco de miel de su propio dedo para que lo chupara,

es decir, chupara la miel.

¡Aquella miel parecía pegamento! ¡No he visto una miel más pegajosa en toda mi vida!

Parecía liga. Liga para ligar, liga para cazar un pajarillo... (cantando)  “pajarillo cantor”...

¿Sería miel de acebo?

¡Lástima que no se grabaran los chupeteos!

Hubieran quedado muy bien con el poema,

como chupeteos ambientales.

(Incitadora, mirando al paciente de reojo)

¿O eran RECHUPETEOS?

 

(Riendo de pronto)

¡Eso, suponiendo que  no los haya grabado para su propio uso…el muy altruista interesado!

La verdad es que en ese estudio lo que sobraban era micrófonos.

Colgaban cientos de micrófonos negros del techo,

¡Adivine usted con qué micrófono habría estado grabándome en muy paparazzi los chupeteos!

 

(Ríe. Mirando hacia el techo.)

¡Aquello parecía un secadero de micrófonos!

(Asustada de pronto.)

¡O una cueva infestada de murciélagos!

(Le da una arcada)

Me temo que hoy va a ser otro día con muchos amagos de vómitos.

 

(Transición.)

¡Qué Providencialmente os hice aquella grabación-pirata!

Providencialmente, en la última función,

de aquella pieza de teatro indecente o sublime,

según opinase un hombre satisfecho o  una analfabeta orgásmica.

Tu apostura y tu voz,

hacían derretirse al público femenino,

patear,

brincar en las butacas,

ponerse histéricas a las maduritas como quinceañeras fans de Elvis....

Esa actriz secundaria y tú, amor mío, conseguísteis lo que no consiguió ni Pirandello:

que se parara la representación

para que los actores aplaudiérais emocionados,

a aquellas actrices revelación de vocación tardía.

Era otoño, y todo el mundo debiera saber que en otoño aumenta la libido.

Incluso más que en la primavera:

la primavera y sus migrañas nos inhabilitan para la entrega apasionada.

Por cierto, que estamos en plenito otoño.

 

(Confidencialmente, acercándose al paciente)

Por eso he madrugado, y he hecho esta escapadita.

 (Resignada)

También porque hemos de adaptarnos...

a los nuevos horarios del palacio.

 

(Transición.)

¿Sabes, pillín?:

He traído el disco. Sí, ahora es un disco. He transplantado la grabación de la cinta

a un disco IMPEREDECERO,

No, no es que vaya perdiendo las esperanzas…

Pero nadie sabe cierto cuándo alargarás la mano de una santa vez para palpar el despertador,

 y exclamarás: “¡uhmmm!”,

saboreando mi beso a traición como se saborea la mermelada de frambuesa.

Y yo... Yo no diré nada. Ya he dicho bastante.

Como dijo ese poeta rico pero tan sabio llamado Goethe,

como dijo, y no le faltaba razón:

“El hombre se libera por la acción”.

Se acabarán las palabras.

Yo te juro que no diré nada.

Bueno, sólo te gritaré preventivamente:

“¡No te muevas, por lo que más quieras!

¡Si has estado años ahí postrado, 

no te vayas a mover ahora, por el amor de Dios bendito!”.

Y entonces,

no más poemas grabados,

no más orgasmos platónicos.

Ya sabes lo que haré.

Espero estar presente en ese preciso instante.

Y espero, si puedo elegir, que sea pleno otoño.

Y que tú recuerdes la fábula del futbolero y la analfabeta orgásmica.

Y lo que dijo el poeta  rico Goethe:

Que nos dejáramos de poesía y pasáramos a la acción.

Sí, el poeta rico  pero vitalista debió de escribir ese sabio apotegma en otoño.

 

(Sonríe)

Cuando, en ese momento tú te despiertes inesperadamente,

en ese momento sin embargo tan esperado,

creo, amor mío, que debo conservar la calma.

No llamaré al médico, y menos a una enfermera.

Convocaré a los esbirros del Cuarto Poder.

¡Sobre todo a esa prensa canalla  que tuvo tan mal gusto de publicar

 lo que costabas cada día a la Seguridad Social!

Y en la rueda de prensa agradeceré a los medios de comunicación

la sensibilidad demostrada… OLVIDÁNDONOS,

viviendo y dejándonos vivir;

y atacaré a ese periódico amarillo que tuvo tan mala idea

e hizo que nos echaran de la sanidad pública.

Sí, amor mío: ¡fue por ese hijo de la gran... que amenazaron con desenchufarte!

No pude demandarlos:

necesitábamos todo el dinero,

por si teníamos que mudarlos a un caro hospital privado.

Sólo les llamé “mezquinos” en una carta al director,

que desgraciadamente no llegué a mandar porque no tenía tiempo ni de echarla al correo:

por aquella época, recuerda, yo tenía la idea obsesiva  de que en cualquier momento

tú te ibas a levantar y preguntar dónde estabas,

y yo tenía que estar allí:

el mundo está lleno de impostoras frescales,

y ya sabes que, desde aquella grabación-pirata, yo veo Carlotas por todas partes.

 

Al periodista le llamé “hijo de perra”, pero por un discreto teléfono público:

no  teníamos dinero para meternos en litigios.

Lo importante eras tú, y lo seguirás siendo, amor mío.

Yo  me comí el orgullo e hice lo que hizo falta

para que nadie …

Lo que hizo falta.

Sí:, no te quedes tan serio; he dicho “lo que hizo falta”.

¿Te enternece o te preocupa?

 LO QUE HIZO FALTA.

¡Con toda la extensión de la expresión “lo que hizo falta”!

Todo eso hice y volvería a hacer para que no quiten las pilas a tu despertador.

¡Sí, sí, te explicaré qué he querido decir exactamente con “lo que hizo falta”!

Pero antes… Antes te diré lo primerito que haré el “día D”: el día del Despertar.

Cerraré la puerta…

 

(Señalando la alimentación parenteral.).

 

Te quitaré ese biberón colgante,

Te haré  enjuagar la boca con un colutorio de pepermint,

te daré un beso muy laaargo a cámara muy leeenta,

aunque salte la alarma del monitor cardiaco.

Te haré una transfusión de aliento vivificante.

Te daré un buen masaje para desentumercerte los músculos.

Y el final del masaje va a ser lo mejor.

Ya te imaginas, mi picarón, cuál va a ser la última parte de mi masaje.

La parte más tuya… y a la vez más mía;

la parte que hemos compartido tantas veces,

desde la primera vez en que tu parte me partió….

 

Ya se te está haciendo la boca agua de pensarlo,

¿verdad, mi bello durmiente anacoreta ?

A mí también, amor mío, a mí también.

A veces, con esa estúpida regularidad cíclica femenina,

no me lo puedo quitar de la cabeza.

Cuando despiertes, amor mío,

no bien te haya desentumecido,

te iniciaré, si es preciso de nuevo, en los misterios de la vida,

y sentiré entrar  tus reservas de ti, reservadas a mí,

¡que ya nunca más venderemos a otras!

 

(Azorada de pronto.

Buscando con ansiedad la elocuencia.)

Esto te lo iba a explicar más adelante,

cuando despertases, ese mismo día,

y dentro de las cuentas que he de rendirte como tutora.

Pero ya que ha salido el tema...

Te hablaré del pequeño y eventual tráfico que tuvimos que efectuar con tu semilla...

Las extracciones de esos... “excedentes” que tanto demandaban tus admiradoras...

Esas dosis para.... inseminaciones anónimas, que expendíamos con destino a tus devotas.

¡Era tan fácil! Era como tener pozo de oro blanco bajo mi recta administración.

¡Y ellas eran tan generosas y discretas,

 y estaban tan desesperadas por tu desaparición de la escena!

 

Con ese pequeño y eventual tráfico de tu... germen,

paliamos algunos gastos y evitamos algunos expolios;

incluso pude dejar el trabajo para cuidarte y vigilarte.

 

(Entrecortadamente, con breves pausas tensas.)

Me... Nos pagaban un disparate  por tan sólo un tubito aseptizado:

¡Ellas estaban desesperadas con tu desaparición de la escena!

Llegaban en peregrinación a la clínica y amenazaban con amotinarse.

Sí, bloqueaban las dos puertas del hospital,

hacían sentadas,

huelgas de hambre,

recitaban el poema “FUSIÓN” con megáfonos,

encendían velas...

Muy simbólico lo de la velas,

y sus manos aferrándose a la vela encendida y goteando cera, mucho más simbólico…

La mujer del Gobernador portaba un gran cirio: creo que te estaba sobrevalorando,

quiero decir, sobredimensionando.

 

La dirección de la clínica, alarmada por el rumbo de las reivindicaciones,  me propuso...

Me dio facilidades...

Puso a mi... a nuestra disposición el servicio de... Las más modernas tecnologías en…

Bueno, unas palabras muy altisonantes para llamar a un supercongelador de esperma.

Tus espermatozoides con el frío dormían en un plácido coma del que despertarían sin duda.

Esta premonición me alentó. Era el paradigma que necesitaba para recobrar la esperanza.

 

Creo que evitamos muchos  intentos de suicidio entre tus enloquecidas de amor,

y muchas cargas policiales,

que sólo habrían hecho medrar a la prensa amarilla.

Mi administración fue escrupulosamente moral: no hubo abuso de monopolio ni mercado negro:

colaborábamos con un programa de investigación mulitidisciplinar.

Todos quedamos satisfechos.

 La sociedad, a la que nos debemos, volvió a la normalidad.

Y después de calmar la última ansiosa demanda, se disolvió la Fundación.

Sí, tuve la idea de constituir una fundación en tu honor:

Las fundaciones, amor mío,  bien administradas, son muy rentables

y confieren muy buena imagen.

La Fundación se llamó: “Él está entre nosotras”.

¿Te parece el nombre de una secta adventista femenina? Eso mismo pensé yo.

Por cierto,  que el club de fans bajo tu advocación, degeneró en una secta.

De la secta  no sé nada. Ya te digo que es una secta: ahí mejor ni asomarse.

Pero todo eso ya pasó, pasó, amor mío. No nos ha de quitar el sueño.

 

(Transición. Grave.)

Estás muy callado. Quiero decir más callado que de costumbre.

Cuando estás tan callado me da miedo dejar de hablar, porque sé que se avecina tormenta.

¡Ay, deja de torturarme con ese silencio tenso desaprobatorio!

 

(Se acerca al paciente y lo acaricia, zalamera.)

Espero que no te hayas sentido… utilizado.

Yo no he dicho “prostituído”, que conste.

¿De veras crees que puedes sentirte “prostituído”?

¡Pero si ni siquiera bostezabas!:

Tal como si  yo ordeñara una vaca que sigue pastando,

tú seguías distraído con tu alimentación intravenosa.

No seas sofista.

¡No me tires de la lengua!

Porque si nos ponemos así, resulta que...

¡YO soy la que debiera estar molesta, en ese sentido!

YO soy la que de verdad se ha sacrificado. Y nunca me he quejado:

de hecho nunca te he hablado de esto que te voy a decir ahora.

Porque conmigo sí que hubo pacto, acuerdo, contrato pre-determinado,

para que tú siguieses viviendo otro año más, mi bello durmiente.

¿O crees que la prórroga, vino por… CARIDAD?

La prensa amarilla  seguía hablando del coste de tu “hospedaje” al  erario público.

¿Has olvidado aquel reportaje criminal contra ti?

Te lo leí, con algo de censura, es cierto.

Agosto es un mes en que no pasa nada,

y la prensa rebusca las noticias, las crea si hace falta.

Fue el mismo periodista de investigación.

Él otra vez.

Lo tenía como tema comodín.

El sabueso volvió a  poner el grito en el cielo sobre el coste diario al Estado de tu “holganza”.

Comparó la Unidad de Cuidados  donde estabas con el mausoleo de Lenin.

¡Qué mal gusto! ¡Y que utilización política del asunto!

Y lo peor es que..  llegó a insinuar que yo…

Que aquel trato de favor no tenía explicación, salvo que yo…

¡Salvo que yo  me acostara con el gerente del hospital!

Te juro que eso escribió.

Si no me crees, lo encontrarás en la hemeroteca.

¡Un hijo de perra!

Un hijo de perra con muy buen olfato,  porque… dio en el blanco.

¡El muy hijo de perra nos andaba investigando!

O el muy hijo de sabuesa lo vio venir, lo supuso y acertó, con su olfato innato.

Cada vez  más gente cree que todos tienen un precio,

no cree en la caridad, sino en la debilidad humana,

en la “moral de circunstancias”,

y en que  “el hombre es un lobo para el hombre”.

Estábamos en serios problemas.

No teníamos salida.

Yo era y sigo siendo atractiva.

Tú no te ibas a enterar, ni aunque lo hiciéramos en la misma cama.

En tu misma cama no, pero sí en la cama de al lado.

Porque yo dije que en tu cama jamás,

y que en la cama de nuestra casa, ¡eso ya!... ¡Tendrían que atarme primero!

Que en un hotel de carretera jamás.

Y otros muchos jamases:

Que yo no era una cualquiera

para hacerlo en un motel.

Ni siquiera una pelandrusca farandulera

(Con retintín.)

para hacerlo en UN HOTEL DE CINCO ESTRELLAS…

 (Transición.)

...Y por otra parte, al gerente le daba más morbo hacerlo en la cama de al lado,

Yo no sentí nada.

Me ponía la grabación del poema, y escuchaba muy entretenida, para pensar sólo en ti.

 

(Transición.)

Yo, tonta y escrupulosa,

en vez de guardar la prueba , me fui a duchar entre arcadas.

Me duché siete  veces. Me pelé la piel.

Pero al cuarto encuentro, pensé...

La cuarta vez, sí tomé la prueba para el chantaje.

Sí, fueron más veces.

Al menos cuatro, sí. Pero no sigas: no diré cuántas.

Tendrás que adivinarlo si quieres saberlo.

Una al mes. No te rompas la cabeza: te lo he puesto demasiado fácil;

una al mes, como la mensualidad de un arrendamiento con derecho a enganche eléctrico.

La cuarta vez que lo hicimos yo no me concentré más que en mi plan,

mi  chantaje al gerente:

guardé una muestra como la guardó  Monika Levinsky para el currículum.

Pero el sabueso del periódico se enteró. No sé cómo, pero se enteró.

Y exigió su parte por callar la boca: él también quería lo mismo.

 

(Volviéndose al  paciente.)

No, bobo, no: El periodista no tenía ningún familiar en coma.

Hubiera sido mucha casualidad que tuviese un familiar en coma,

en ese mismo hospital;

además, ya lo habría denunciado algún colega-sabueso de la competencia.

 

¿No vas a preguntarme el precio que me pidió a mí el periodista?

¿O lo das por hecho?

¡Cómo puedes dar por hecho que yo…!

No tienes derecho a suponer que yo, me allané tan pronto.

Pero sí, mi amor: no teníamos escapatoria:

Por eso  me allané tan pronto.

Me allané: nunca mejor dicho.

Me puse tumbada, esperé canturreando y limándome la uñas,  y pregunté con frialdad: “¿Ya?”

¡Cómo podía resistirme, negarme, regatearles!

Si destituían al gerente… se nos acababa el chollo.

¡Oh!, ¿he dicho “chollo”? Olvida esa palabra. Se me ha pegado de tanto oírsela a ellos.

Si los denunciaba, se acabó todo.

Se acabó la prerrogativa de seguir TÚ enchufado a costa de la deficitaria Sanidad Pública.

La otra posibilidad... sí, sé lo que estás pensando, y ya lo había pensado yo.

Todo lo tengo que prever, decidir y decir yo.

La otra posibilidad era ir vendiéndolo todo:

El piso,

los muebles,

el coche,

la biblioteca...

 

Pero,  ¿y después?... Después de venderlo todo, ¿qué?

Yo te amaba, y por eso estaba obligada a ser una mujer previsora.

Yo tenía esperanzas en que un día tú…

Pero, ¿quién me aseguraba que no ibas a estar postrado hasta ahora?

Y el tiempo me ha dado la razón, ¿no?

Después de haber vendido todo sólo había un hecho cierto:

el gerente y el periodista estarían esperándome como dos buenos socios.

 

Sí. Te lo digo ahora.

Antes de que un día despiertes y te enteres a medias por terceros,

o revuelvas en las hemerotecas.

Es muy común que los pacientes que superan el coma se entreguen años

a leer en las hemerotecas.

Como si necesitasen recuperar el tiempo perdido.

Es algo que se podría llamar “complejo proustiano”.

Emplean el resto de sus vidas tratando de informarse

de lo que se han perdido vegetativamente.

Suelen morir leyendo.

El más afortunado vive unos años todavía, pero ciego.

Son dormidores compulsivos convertidos en lectores compulsivos

Pero no vividores compulsivos.

 

Vividor compulsivo es el anciano Heinrich.

Heinrich von...

¡Gutmann!

Como lo oyes.

No, no ha sido una casualidad:

¡Mi trabajo y mi tiempo me ha costado encontrar en las bases de datos ese mismo apellido!

¿Intrigado?

Cambiemos de tema.

¡He dicho que no me apetece sacar ahora ese tema!

Has de saber que según la Psicología,

no la femenina ni la masculina, sino la Psicología General,

la sinceridad absoluta está contraindicada en las relaciones,

la sinceridad absoluta es contraproducente.

¡Y punto!

 

(Transición)

No hay que perder la esperanza.

Todavía nos queda la casa y la biblioteca.

La biblioteca está  igual que la dejaste.

He mantenido todos tus libros limpios y en formación, esperando a que les pases revista.

 

(Transición.)

Ya sé que lo de tus libros no viene a cuento.

Siento  haber incitado tu curiosidad con lo de la “sinceridad absoluta contraindicada”.

Pero, si no te importa, dejémoslo para otro momento:

No me encuentro con ánimos.

 

(Cambia bruscamente de tema,

yendo hacia la ventana gótica que da al público).

 

¡Pero mira que lo estoy viendo! ¡Es... es increíblemente hermoso y digno de describir!

Amor mío, te hablé de las olímpicas vistas que tenemos de todos los tejados de la ciudad,

pero nunca me pude imaginar...

¡Ha sido una suerte que yo dejara de hablar y hablar

para acercarme a este calidoscopio de ventana gótica!

¿A que no te imaginas lo que estoy viendo y comienzo a narrarte como te prometí?

¡Un globo aerostático que vuela a baja altura…!

Y el comandante me saluda;

de hecho, podría darme la mano, ni no fuera arriesgada la maniobra de acercamiento:

ya se sabe que las agujas de las construcciones góticas

son lo peorcito  para un globo aerostático a baja altura...

¡Adiós, comandante!

¡Me dice por el heliógrafo que no es un comandante, sino el chofer!...

¡Me dice que es la primera Línea Metropolitana de Globo a Baja Altura!...

¡Que es el vuelo experimental…!

¡Que somos los  primeros y afortunados testigos históricos del acontecimiento!...

¡Adiós, y buena suerte, señor chofer!

¡Ah!: ¡Y que a la vuelta le vea condecorado y ascendido a comandante metropolitano!

 

(Transición. Suspira.)

¡Ha sido un acierto la creación de esta “Línea de Globo Metropolitano a Baja Altura”!

Cuando regresemos a casa, podemos presentarnos a las elecciones municipales

con este sólo proyecto.

Una de las cosas que no deberían faltar en una ciudad como la muestra, amor mío,

es la “Línea Metropolitana de Globo a Baja Altura”.

Con ella se podrían hacer recorridos turísticos y de placer para ver la ciudad desde

otra perspectiva, sin duda mucho más hermosa.

¡Debe de ser un gran placer coger el globo metropolitano a baja altura,

para ver lo que nunca se ve y atesora la ciudad justo encima de nuestros cogotes!

Volar, casi rozando, pudiendo casi tocar

las gárgolas y pináculos de La Catedral,

las cornisas de los palacios, con sus modillones, antefijos y cenefas,

leer las inscripciones con números romanos de los frisos,

ver la hora en los relojes de sol de los frontispicios...

Ya sé que no te gusta la política, amor mío. Por eso, cuando volvamos a casa.,

podemos recoger firmas

para el establecimiento de una “Línea Metropolitana de Globo a Baja Altura”,

con bonos para estudiantes, y descuentos para jubilados en inválidos de guerra.

 

(Transición.)

No me has estado haciendo ni  caso, ¿verdad?

No te has creído lo del globo aerostático, ¿verdad?

Has estado esperando a que acabase para contra-atacar con la pregunta

de qué he querido decir con “la sinceridad absoluta es contraproducente”, ¿verdad?

 

¡Oh, ya te he dicho que cambiemos de tema!

¿Acaso quieres morir de celos?

Pues yo no quiero: porque no me enteraría.

Yo quisiera que murieras de celos por mí,  lo más explícitamente posible.

Que el médico te diagnosticara, mirándome a mí con descaro,

auscultándome a mí, radiografiándome a mí con una mirada lasciva :

“El paciente padecía  de celos mortales de necesidad”,

y otros piropos solapados que me garantizaran

tus celos por mí  en la Otra Vida,

así como  yo te seguiré amando más allá de la muerte.. .

 

(Transición. Mira su reloj.)

Se va haciendo la hora.

Dejémonos de trapos sucios.

Pensemos en positivo.

Soñemos que dejas de soñar.

Soñemos con el día de tu renacimiento.

El día de la tarta.

Una tarta como en las despedidas de soltero americanas:

tú irás a la tarta, y saldrá tu Verónica en un bikini de papel-servilleta,

toda bien untadita de nata,

y de nuevo rubia, rubia natural con alguna canita teñida.

Pero mientras no llegue ese momento, no habrá tarta de tu Verónica.

Hasta ese momento.

No antes.

Hacerlo antes sería absurdo: la nata se corta y las almendras se rancian.

Y ya sabes que no soy partidaria de los conservantes que provocan cáncer.

Estaría gracioso que cuando tú te levantases, cayese yo.

No te estoy cuidando para que luego la primera espabilada que llegue

te me eche el guante.

Desde el día de la grabación-espía, veo Carlotas por todas partes.

 

(Pausa.)

El día que tú despiertes, amor mío, daremos una fiesta,

una fiesta íntima, pero con invitados:

con invitados no íntimos, para que sea de verdad una fiesta íntima para nosotros,

una party íntima y confidencial con desconocidos de élite,

aunque los de la élite nunca se sienten extraños entre ellos:

se reconocen por el tacto de sus manos al darse la mano,

por el tacto de sus cutis al besarse en la mejilla,

por la autenticidad del perfume caro que emanan,

por la autenticidad de sus brillantes y la puntualidad de sus relojes,

por su broceado de genuino sol marino,

por el impecable corte del sastre, que se recomiendan,

Por su auténtico inglés sin acento del condado de Kent…

Será una fiesta entrañablemente anónima, para desinhibirnos,

como una fiesta nudista, pero con vestidos elegantes a la vez que sexys.

 

Todos los días pienso en esa fiesta.

Si no tengo aún el vestido hecho te aseguro que no es porque me falte la fe.

Sino por la dichosa variabilidad de la moda.

La lencería también tiene que estar a la última.

La lencería cada vez es más ínfima y evanescente.

Ahora se ha impuesto la braguita-tanga.

La braguita-tanga nos dota a las mujeres de un segundo pubis trasero.

No es para que te levantes, pero... Llevo puesta una braguita-tanga.

Tú te lo pierdes.

La verdad es que es un derroche estúpido llevar lencería fina de última generación

con un amante que está hecho un imperturbable anacoreta.

Pero como nunca se sabe, cuando alargarás tu brazo, y …

Repito. Última oportunidad.

Aviso que mi cuerpo va  delicada y ESCASÍSIMAMENTE envuelto en lencería fina;

y se puede decir que poseo un DOBLE PUBIS TRASERO.

 

(Orgullosa.)

¡Un doble pubis trasero! ¿Te crees que eso es cualquier cosa?

¡Pues menudo dilema para los hombres!: te aseguro que me tendrías todo el día dando vueltas.

 

(VERÓNICA realiza,  varias veces y con brío,  giros de 180 grados ante el paciente).

 

Esperemos que cuando despiertes, exista todavía la lencería fina:

No me extrañaría que volviéramos a la hoja de parra,

y no lo digo por la hecatombe nuclear,

sino por la propia evolución minimalista de la lencería.

Los analistas auguran la sustitución de la lencería por tatuajes desechables.

 

 

(Transición)

¡Menuda fiesta más subidita de tono! ¡Una verdadera bacanal!

Lo pasaremos bien.

Porque será tan íntima, que NO VENDRÁN AMIGOS.

Este punto es innegociable.

Porque...

tengo que informarte de que ha habido una espantada general  de amigos,

incluso de enemigos:

ya ni los banqueros me acosan con sus créditos blandos.

 

(Al paciente)

Quieres tarta, ¿eh? ¿quieres juerga, ser el centro, eh?

Tú siempre fuiste el centro. Siempre te gustó ser el centro.

Los primeros días de tu coma  pensé que lo hacías por ser el centro. 

Tú el centro, y yo la guinda de tu tarta.

“La guinda de tu tarta”. No, no se me ha olvidado aquella frase.

Me impactó.

Luego descubrí que era una frase hecha, pero me siguió impactando.

Tú tenías una particularidad con tu voz viril y bella:

hacer que las frases hechas no sonasen a frases hechas.

Si tú  decías: “Tus ojos son dos zafiros”,

Era como oír “los zafiros son ojos de Verónica”.

Y si tú, al regresar del teatro, borracho y apestando a perfume de Carlota,

me decías,  hambriento y sobreactuando, pero básicamente sincero:

“Oye, nena, ¿sabes que sigues teniendo unos ojos como dos zafiros?...

Yo te mandaba con dignidad callar,

e iba con disimulo al baño para comprobar a escondidas

que efectivamente, a pesar de los duros envites contra mi orgullo,

yo debía estar ufana de poseer, no uno,

sino dos ojos cabalmente del color del zafiro.

¡Eras un auténtico tasador de belleza!

 

(Transición)

No más Carlotas.

Esas santeras cobran un dineral.

Me niego a teñirme de otro color que no sea rubio platino.

Sí, yo soy rubia, pero estoy dejando de serlo.

Un día incluso dejé de repente de serlo, y fui cana.

Fue del disgusto.

Tus disgustos siempre acaban tiñéndome: de castaño-rojizo o de cana.

Cuando despiertes, ¿puedo sugerirte lo primero que deberías decir?

Pues deberías decir, para no hacerme sufrir:

“¡Quién eres tú, rubia? ¡Eh, rubia!: ¿Te apetece que  echemos un...? ”.

Esto, en el caso de que no te acuerdes de mí.

Y yo fingiría que no te conozco para facilitarte las cosas:  puede dar mucho juego.

Sólo te permitiré que me engañes conmigo. Con ninguna otra.

La segunda vez, ya me conocerás tal vez demasiado: pero  puedo disfrazarme.

La tercera puedo fingir, sin que sirva de precedente, que soy una prima carnal de Carlota.

La cuarta ... La cuarta podemos jugar a que es la primera vez:

daré un grito de dolor… ( resignada ) y luego no gritaré más, entre curiosa y expectante.

 

Pero si al despertar me reconoces,

puedes gritarme, sin que se note que sobreactúas:

“¡Lo que me he estado perdiendo! ¡Y seguro que te he tenido al ladito!

“¡Maldita sea:  creo que me está dando un infarto!”

 

(Transición)

Si te murieses de un infarto, amor mío,

un infarto de deseo intenso y repentino por mí,

yo te lloraría,

te guardaría el luto,

de pies a cabeza:

luto hasta en la lencería fina.

Si murieses de un infarto por esa conmovedora razón, amor mío,

yo pasaría, como un perro,  las primeras noches en el cementerio, al pie de su losa.

Si  murieses de un infarto por mí, amor mío,

me harías muy feliz, dentro del dolor,

yo recobraría mi autoestima,

y tú expiarías tu culpa.

 

(Pausa. Grave y vehemente)

PORQUE TÚ, Y SÓLO TÚ, ERES EL CULPABLE DE TU MUERTE,

Tú provocaste que yo contratara a la santera,

La santera infalible que indujo a Calota a largarse de la ciudad atropelladamente,

sin tiempo de ponerse el cinturón de seguridad.

 

Pero sobre todo… tú eres el culpable de tu muerte

POR FUGARTE PRECIPIDAMENTE DE LA CIUDAD CON TU CARLOTA,

en ese coche  a doscientos por hora,

en ese coche conducido por el miedo y el pecado

a su destino fatal.

 

(Pausa.)

 

Cuando entraste en coma, amor mío,

Alguien me dijo sobre ti, caritativamente:

“Hubiese sido mejor que se hubiese matado”.

Y yo le contesté:

“No, Dios es sabio. Mi marido aún tiene que contestarme a una pregunta”.

Porque mi vida también está en suspenso, esperando una respuesta a una pregunta.

Esta pregunta no te la he hecho nunca.

Quizás porque temía una respuesta demasiado sincera.

Porque temía que yo sería la tercera víctima colateral del vudú,

después de recibir el disparo vengativo de tu respuesta.

Por eso te pido que sea una respuesta letal pero constructiva.

Una respuesta que pude ser brutal, pero siempre respetuosa.

Una respuesta con odio, pero con piropo final a mis ojos color zafiro.

 

La pregunta es muy sencilla.

Una pregunta que tiene que ver con la primaria psicología masculina a partir de los cuarenta.

Una pregunta que deberían hacérsela ANTES los hombres,

pero que nos la tenemos que hacer, DESPUÉS, a veces demasiado tarde,  las mujeres.

Si hoy no puedes oírla, amor mío,

espero que el día que alargues tu mano buscando el  despertador,

sepas  leerla telepáticamente,

o al menos en las lágrimas de  mis ojos azul-zafiro:

 

(Con voz trémula.)

Bien, ahí va la pregunta:

 

(Respira hondo para cobrar fuerzas)

¿QUÉ TENÍA, amor mío,

QUÉ TENÍA  ESA CARLOTA GUTMANN QUE NO TUVIERA YO?

 

(Repite la pregunta, llorando.)

¿Qué tenía esa Carlota Gutmann, que no tuviera yo, amor mío?

 

(Pausa.

VERÓNICA irá sacando de los bolsos del pijama útiles de maquillaje.

Se da unos toques con un  “kleanex” en los lagrimales, se retoca el rimel, se perfila los labios se maquilla y comienza a peinarse.)

 

¡Está bien!:

sabía que cuando te exigiera una respuesta totalmente sincera, ibas a chantajearme;

A exigirme que fuese yo también totalmente sincera, aunque fuese contraproducente.

Está bien, consumado chantajista emocional,

adorable “mosquita muerta”,

bello durmiente que las matas callando.

Ahora  no tengo más remedio que confesártelo

 

(Pausa. Triste.)

Te confieso… que... me he vuelto a casar.

Sí. Hace unos días.

En el fondo lo he hecho por ti.

Hace años, que todo lo que hago, o me abstengo de hacer, es por ti.

Me costó trabajo encontrar un noble alemán que pactase el mantenerte con vida.

Un noble alemán que además se apellidase “von Gutmann”,

HEINRICH VON GUTMANN.

Un nombre alemán que, claro, era viejo, tullido, gigante e insoportable.

¡El gran consumidor de güisqui y Viagra, Heinrich von Gutmann!

Heinrich está cojo,

pero alardea de tener una  “pierna central” siempre en forma,

tan larga y musculosa como una pierna,

que no cambiaría por ninguna pierna,

que le compensa de todo, incluso de la pierna,

que de hecho es la compensación proteica de la pierna perdida.

Heinrich alardea de que él y sólo él,

como hombre uniperno y como noble,

puede ejercer el  noble “derecho de pernada”.

 

(Conteniendo una arcada y tapándola con la mano.)

Tiene una pierna que maneja a su antojo.

Heinrich tiene una gran vitalidad. Y cumple, como cumplo yo, el pacto.

Éste es el motivo de mi inquietud, y a la vez de tu tranquilidad.

 

(Temerosa, gimoteando)

Por todas esas  angustiosas razones, espero que despiertes  de una maldita vez,

te suplico que despiertes y me salves.

 

(Pausa en que se serena. Sonríe.

 Saca del bolsillo del pijama un “cd”y se lo muestra al paciente.

Después se lo coloca a modo de anillo en el dedo anula))

Aquí está el disco del poema “FUSIÓN”.

Mientras tanto, tengo esto que brilla y casi tiene forma de un anillo nupcial.

Heinrich me regaló un anillo nupcial de brillantes.

Pero yo no quiero un anillo nupcial de brillantes.

Quiero que tú te levantes, y me digas, esa frase que devalúa cualquier brillante,

no así los zafiros, los zafiros  de mis ojos, brillando a través de  mis lágrimas.

¡Amor mío...

Cuánto te hecho de menos!

Te lo dije ayer y te lo digo hoy:

Te quiero, 

Te esperaré.

Nadie te desenchufará.

Tu amorcito lo arregló todo.

Yo cumpliré y el ogro cumplirá.

Para que tú vivas.

Sueña tranquilo, mi amor.

Tu Verónica te cantará una nana,

una nana picante, graciosa, sofocadora...

Una nana para que el día menos pensado, alargues el brazo y...

 

(Se lleva la mano a la boca, y contiene una arcada.

Transición.)

Se me olvidaba. Herinch es muy escandaloso.

Por eso, oigas lo que oigas, no debes dudar de mi amor.

No…no... de ninguna manera debes dudar.

Nunca has de dudar de que te amo.

Aunque no lo merezcas;

o, para ser justos: te merezcas por los pelos, gracias a tu apostura.

 

(VERÓNICA Mira el reloj. Se sienta y comienza a  acariciar, con la vista perdida, el cabello del paciente.

Al poco, se oyen  voces de en off, a través de un intercomunicador).

 

 

VOZ EN OFF DE HEINRICH:

Verónica! Meine Frrrau! 

RRRegresa INMEDIATAMENTE a la cama!

Essposa Inssensata!

RRRegressa, o te arrrepentirrrás!

 

 

(VERÓNICA se levanta, nerviosa)

 

 

VOZ EN OFF DE PRIMERA MUJER JOVEN:

¡Yuhu, Vero!… ¿Dónde estás?

¡Ven al corro,  monina!... no podemos comenzar si ti...

Y nos vamos a enfriar…

 

VOZ EN OFF DE SEGUNDA MUJER JOVEN.-

 ¡Eh, señora de la casa: no se haga usted desear tanto !

(Ríe) ¡Que el Señor se impacienta...!

 

Ríen las tres VOCES EN OFF.

A VERÓNICA le dan nauseas, coge una pastilla y se la toma con agua.

Camino de la puerta, se para y se vuelve, como esperando que en ese momento el paciente despierte. Sigue unos pasos, y  vuelve a repetir la parada y la vuelta comprobatoria.

Súbitamente, VERÓNICA vuelve corriendo hasta el paciente, le da un beso, y sale definitivamente.

 

Oscuro

 

Fin de NANA PARA DESPERTAR A UN AMANTE.

 

 

e-mail: roberto@robertolumbreras.com

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