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 CUANDO REGRESES A NEW YORK...

de CARMEN POMBERO

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

 

CUANDO REGRESES A NEW YORK…

 

 

 

 POR CARMEN POMBERO

 

cpleon@vodafone.es y cpleon5@yahoo.es

 

  

 

 

PREMIO JOSÉ MARTÍN RECUERDA PARA AUTORES ANDALUCES 2003.

DELEGACIÓN DE CULTURA DE LA CONSEJERÍA DE CULTURA, DIPUTACIÓN DE GRANADA Y CAJA GRANADA.

CON LA COLABORACIÓN DEL CENTRO ANDALUZ DE TEATRO.

 

 

  

 

 

 

PERSONAJES

 

 

MARÍA

 

JOSÉ

 

PACO

 

ISABEL

 

JAIME

 

  

 

 

 

PRÓLOGO

 

El escenario se ilumina. En un lateral, hay una mesa camilla con dos butacas. MARÍA y JOSÉ, un matrimonio de ochenta años, comen un limón a medias. Ella lo parte en rodajas que le da a su marido. Él las chupa, para sacarles todo el jugo que puede. María hace lo mismo con los gajos que se reserva para ella.

 

 

JOSÉ

            Este limón está amargo.

 

                        MARÍA

            Tú si que estás amargo.

 

 

JOSÉ chupetea otro gajo, pero lo escupe.

 

                       

JOSÉ

María, es que has ido a coger el limón más amargo que había en el cesto.

 

                  MARÍA

A ver, trae ese gajo que has tirado.

 

 

JOSÉ obedece y recoge del suelo el gajo. MARÍA se lo lleva a la boca.

 

 

                        MARÍA

Pero si sabe igual que los míos, José. Esto no está amargo. Está… como están los limones. Todo lo inventas para no comértelo. Sabes que tiene muchas vitaminas. Tenemos que tomarnos dos al día en ayunas.

 

                        JOSÉ

¿Y eso quién lo dice?

 

                        MARÍA

Mi abuela, que en paz descanse.

                 

                             JOSÉ

Si a mí me parece muy bien todo lo que decía tu abuela. Yo lo único que pienso es que esto está más amargo que la madre que me parió, que espero que también descanse en paz.

 

                        MARÍA

¡Qué te gusta enredarte para no comerte los limones, José!

 

 

 

 

 

 

 

JOSÉ empieza a mecerse y tararea una canción. Su mujer le mira extrañada.

 

                       

MARÍA

            ¿Qué estás cantando?

 

                             JOSÉ

Anoche no pude dormir porque tenía esta canción metida en la cabeza y no me la podía sacar. ¿Te acuerdas?

 

 

JOSÉ tararea la canción con más fuerza y, como puede, se levanta para dar unos pasos de baile.

 

 

                             MARÍA

José, que te vas a caer, por Dios. Tú ya no estás para hacer locuras.

 

                             JOSÉ

Yo bailé contigo esta canción hace mucho tiempo, ¿verdad?

 

                             MARÍA

            No, yo no he bailado esto contigo.

 

                             JOSÉ

Sí, sí que lo has hecho. Tú llevabas ese vestido azul con unas flores… ¿blancas? Sí. Eran blancas, ¿te acuerdas?

 

      MARÍA

¿Qué vestido? Anda, tú estás chocho. ¿No me estarás confundiendo con otra?

 

                             JOSÉ

Y llevabas tu pelo oscuro, suelto… Sujetándote esa onda con una horquilla roja.

 

                             MARÍA

            ¿Pero de qué estás hablando?

 

                             JOSÉ

            ¿Qué edad teníamos?

 

                             MARÍA

Pues echa las cuentas… Tú naciste en el veinte y nos hicimos novios en el cuarenta y en el cuarenta y cinco nos casamos.

 

                             JOSÉ

            No… Yo no nací en el veinte.

 

 

 

 

 

 

 

                             MARÍA

¿Cómo qué no? Si has cumplido este año los ochenta y dos.

 

JOSÉ

Yo no puedo tener ochenta y dos. Esa es la edad de mi hermano…

 

                             MARÍA

            José… ¿qué te pasa? Tu hermano era…

 

                             JOSÉ

Mi hermano… ¡Qué bromista es! ¿Sabes lo que me dijo ayer?

 

                             MARÍA

            Pero José…

 

                             JOSÉ

Me dijo que yo le hacía trampas al dominó. ¿Cómo? ¿Se cree que puedo ver las fichas estando del revés? ¡Ni que yo fuese adivino!

 

                             MARÍA

José, pero si tu hermano… No has dormido nada esta noche por culpa de ese insomnio. ¿Por qué no te acuestas un rato?

 

                             JOSÉ

¿Te imaginas que yo a la vejez tenga poderes en la mente?

 

                             MARÍA

Acuéstate un rato. Estás confundiendo las cosas. Acuéstate…

           

                        JOSÉ

Anda, anda. Trae otro gajito, verás que pronto me lo como.

 

 

MARÍA le da otro gajo a su marido. Él lo chupa y cierra los ojos como si tratase de apreciar mejor su sabor. Tras pasar así unos instantes, lo escupe, asustado.

 

 

                             JOSÉ

            ¿Me quieres envenenar?

 

                             MARÍA

            ¿Qué hablas?

 

                             JOSÉ

Me quieres envenenar, María. Esto no sabe a limón.

 

 

 

 

                             MARÍA

Anda, deja de decir tonterías. No te lo quieres comer, pues no te lo comas. Allá tú.

 

      JOSÉ

¿Por qué? ¿Por qué me haces esto? Te quieres quedar con toda la casa, ¿verdad?

 

                             MARÍA

            Anda, deja ya de jugar.

 

                             JOSÉ

No… No es la casa. Soy yo. Ya te estorbo. Soy una carga para ti. Quieres que yo deje de ser una molestia para ser libre… Toda tu vida dependiendo de mí y te has cansado… Ya no quieres tener que estar pendiente de nadie…

 

                        MARÍA

Anda, José, siéntate, que te vas a caer. No te sofoques…

 

                        JOSÉ

¿Sabes qué te digo? ¡Qué me voy a vivir con mi hermano! Estoy cansado de tus mentiras. ¡Siempre me has querido dominar!

 

                        MARÍA

Tú hermano está muerto, José. ¡Deja de torturarme así!

 

                        JOSÉ

¡Embustera! Me mientes para volverme loco. Yo jugué ayer a las fichas con mi hermano Juan.

 

MARÍA

Tú hermano murió hace más de cuarenta años, José.

 

                        JOSÉ

(JOSÉ ROMPE A LLORAR DESESPERADO.) ¡Embustera! ¿Por qué me quieres hacer daño? ¡Por qué!

 

 

JOSÉ trata de abalanzarse sobre su mujer, pero en el intento, sus débiles piernas le fallan y cae al suelo.

 

 

                             MARÍA

            ¡José! ¡Dios mío!

 

 

MARÍA se levanta y corre hacia su marido para socorrerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                             JOSÉ

            (LLORA.) María… María, me duele mucho.

 

El escenario queda a oscuras, fundiéndose con la canción de Machín que JOSÉ tarareaba.

 

 

 

 

 

      ESCENA I

 

El escenario se ilumina, para dejar ver lo que parece un almacén.

La canción de Machín ha terminado.

 

PACO entra en escena. Es el hijo de María y José. Tiene unos cincuenta y cinco años. Es un hombre de baja estatura y algo corpulento.

Sobre su ropa, lleva una bata de trabajo azul.

Parece un hombre triste y cansado de su propia vida. Pero en sus ojos oscuros, que contrastan con un cabello que ha sucumbido a las canas, se percibe un brillo que se resiste a desaparecer. Una mirada atrapada en el anhelo de una ilusión...

 

PACO deposita las cajas que lleva en una de las estanterías. Mira a su alrededor y, seguro de que nadie le ve, abre una de ellas y saca un antiguo aparato de música. Dentro de la caja también se encuentran unos viejos discos. Desempolva uno de ellos y lo coloca en el aparato.

La canción de New York, New York, por Frank Sinatra y Tony Bennett, empieza a sonar.

 

PACO cierra los ojos y emocionado, sonríe con los primeros acordes.

Con suavidad se mece, invadido por la nostalgia y el recuerdo.

 

Poco a poco, la emoción se apodera de él, y permite que su cuerpo siga el compás de la canción.

 

PACO se mueve por el almacén como si de una estrella de musical se tratara. Las cajas se convierten en sus distintas parejas de baile y las barras de la estantería le sirven para realizar tímidas piruetas.

 

Como un chiquillo, recorre el espacio dando vueltas y corretea, mientras improvisa pasos que le vienen a la memoria.

 

En el momento final de la canción, PACO termina en el centro del espacio, de rodillas con los brazos abiertos y sonríe al frente, satisfecho.

 

Una risa que procede del lateral interrumpe su apoteósico final.

 

JAIME, el cuñado de PACO, aparece. Es apenas tres años más joven, pero el tiempo parece haberle tratado con más justicia. Aún conserva su atractivo y una mirada de seductor empedernido que se he hecho más poderosa con los años. Es más alto que su cuñado y, pese a que va vestido igual que éste, a él el uniforme le da un aire distinguido, como si vistiese de esmoquin.

 

 

 

 

La segunda canción del disco se ve ahogada por la incontenible risotada de JAIME. PACO se siente ridículo e impotente, no puede ni levantarse del suelo, en el que sigue de rodillas.

Lentamente, baja los brazos y la cabeza, humillado por la risa de su cuñado.

 

 

                             JAIME

            ¿Pero tú te crees que esto es Hollywood?

 

 

PACO se levanta del suelo. Su cuñado sigue sin poder contener la risa.

 

 

                             JAIME

            Sigue soñando, cuñado… Sigue soñando.

 

 

PACO apaga el tocadiscos.

 

 

                             JAIME

Pero créeme, Paquito. Estás en un almacén de ferretería. Es mi almacén. Y estamos en Fuencarral… No en la Gran Manzana.

 

                        PACO

(AVERGONZADO.) Lo sé… Ya lo sé. Esto… no es Nueva York.

 

                        JAIME

¿Querías ser una estrella de musical o de cine?

 

                        PACO

No, nada de eso… Yo sólo, recordaba…

 

                        JAIME

Recordabas… Sí, ya. Los rascacielos, las limosinas y los taxis amarillos que iban por…

 

                        PACO

Sí… por la Quinta Avenida, hasta llegar al Central Park…

 

                        JAIME

Ese parque, sí. Pero el Retiro es mejor parque, cuñado. Nunca has apreciado lo que había en tu ciudad. Claro, aquí no tenemos un Broadway… Cuéntame cosas de allí, que me gusta oírte.

 

                        PACO

Sí… bueno… Yo… Había muchas luces de colores. Parpadeaban… parecía que no querían dormir por las noches…

 

                 

 

 

 

 

JAIME

¡Pero si nos ha salido poeta! Paquito, esto es el mundo real, déjate de retórica… (DECLAMANDO.) El puente de Brooklyn, atravesando el Hudson…

 

                        PACO

… los barcos se podían ver desde aquel muelle…

 

                        JAIME

¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo, y mira que me has hablado de él mil veces…

 

                        PACO

… siempre estaba lleno de turistas… Debía ser su lugar favorito…

 

                        JAIME

Lástima lo de las Torres… Desde allí si que había buenas vistas, ¿verdad?

 

                        PACO

No lo sé… No subí nunca.

 

                        JAIME

Quince años de emigrante en la gran ciudad y nunca subiste a las Torres… ¡Qué desastre! Siempre has sido un desastre. ¿Y a la Estatua de la Libertad?

 

                        PACO

(AGACHA LA CABEZA.) Tampoco…

 

                        JAIME

¡Ves como eres un mamarracho! No subiste ni a las Torres ni a la Estatua… ¡Después de quince años! Ahora, ya no hay Torres, ¿ves? No podrás volver a tener una oportunidad.

 

                        PACO

No, ya nunca la tendré…

 

                        JAIME

Ese es tu problema, cuñado. No sabes aprovechar las oportunidades. Seguro que en los quince años que estuviste en Estados Unidos podrías haber hecho algo mejor que trabajar de camarero en esos restaurantes gallegos del West Side. ¿Se dice así, no?

 

                        PACO

Sí, West Side.

 

                        JAIME

¡Cómo la película! Eso es. Como la película… Apuesto a que te pasabas el día en el cine. Allí te debiste fundir todo el dinero.

 

 

 

 

                  PACO

No, claro que no. Eso que dices no…

 

JAIME

¡Claro que no! Ahora lo entiendo. No fue el cine… Fueron los musicales… Siempre te han gustado

mucho, ¿verdad? (AGARRA DEL HOMBRO A SU CUÑADO EN UNA ACTITUD CONDESCENDIENTE.) Mira a Bernardo. Él

se fue y regresó con una fortuna… Trabajó de camarero y ahora tiene su propio negocio. Y, ¿qué me dices de aquel otro? ¿Cómo se llama? Prado. El apellido es Prado. Ese se quedó. Vive en New Yersy y es dueño de un par de locales en el West Side ese… Pero, tú, cuñadito… Hubo que traerte para que no te murieras de hambre… ¡Cómo se puede ser tan torpe y tan inconsciente! ¿Cómo lo hiciste? Un día me lo tienes que contar. Regresaste a tu país en peores condiciones. (RÍE.)  ¡A quién se le ocurre!

 

 

Una voz femenina se escucha desde el lateral.

 

 

                             VOZ

¿Señor Jaime? ¿Hay alguien ahí? ¿Quién despacha, oiga?

 

JAIME

Venga, deja de hacer numeritos musicales y ordena el material que ha llegado hoy. Yo tengo que salir a despachar.

 

                        PACO

Sí, Jaime.

 

                        JAIME

Y no tardes, hoy hay mucha gente. Ya sé que no sirves para estar de cara al público… (LE ARREGLA LA BATA.) No tienes presencia… ni talante… Pero yo solo no puedo.

 

                        PACO

Por supuesto, no… no tardo nada.

 

                        JAIME

¡Y a ver como colocas las puntillas! Siempre te haces un lío y las pones en el sitio que no es.

 

 

JAIME sale, tarareando New York, New York entre risas.

 

PACO obedece a su cuñado y comienza a colocar las puntillas en sus correspondientes cajas. Saca una a una, las observa y comprueba el tamaño de la cabeza para saber donde las tiene que guardar.

 

 

 

 

 

La canción de Autum in New York, interpretada por Frank Sinatra comienza a oírse como un susurro.

 

PACO cierra los ojos. Parece que vuelva a sucumbir a la nostalgia.

 

 

                             PACO

En aquel muelle había una terraza desde la que podías ver pasar los barcos, allí sentado, durante horas…

Nunca subí a las Torres. Pero a menudo, me paseaba por el World Trade Center. Me sentía protegido rodeado por todos aquellos edificios de cristal… (SE COLOCA DE RODILLAS EN EL SUELO, DONDE VUELCA LAS PUNTILLAS PARA SEPARARLAS MEJOR.) No, nunca subí… Me parecía que era cosa para los turistas y yo no tenía ningún interés en ver la inmensidad de la ciudad desde los rascacielos. En cambio, me gustaba pasear por las calles del Soho… Mezclarme con la gente en Chinatown… Formar parte de sus vidas vertiginosas por la Quinta Avenida… y no ser un simple espectador desde las alturas…

Nunca subí a las Torres. Pero recuerdo que me encantaba el ascensor de cristal que había en aquel hotel de Broadway… Era uno de esos ascensores exteriores. A medida que subía una planta tras otra, se descubrían ante tus ojos las luces de la ciudad que nunca duerme… Esos letreros que te llamaban con un coqueto parpadeo… Invitándote a trasnochar con ellos…

¡Qué feliz me sentía cuando estaba dentro de ese ascensor! Era como… estar en una carroza de cristal. Un cosquilleo subía por mi estómago… A veces, cerraba los ojos y sólo los abría cuando ya había llegado a lo más alto. Entonces, como una explosión de fuegos artificiales, aparecía Broadway… Mi querido Broadway…

No. Tampoco subí a aquel barco que te llevaba a la Estatua. ¿Para qué? No lo necesitaba… Yo tenía mi propio rincón para ver Manhattan. Un lugar escondido en Brooklyn. Allí, junto al río, bastaba atravesar un pequeño campo que había sobrevivido a los edificios… Sentado, a la orilla, zambullía mis pies cansados del trabajo y miraba el atardecer…

El sol caía sobre Manhattan y la teñía de rojo y plata. Y nuevamente, las luces se hacían las dueñas de la ciudad…

Cuando llegaba el otoño, prefería Central Park. No, no es como el Retiro, querido cuñado. Tú nunca has estado allí ni en ningún otro lugar. No puedes comparar. Central Park era como un oasis en el desierto. Cuando te tumbabas sobre la hierba y mirabas hacia arriba, los rascacielos te observaban desde lo alto como si fuesen palmeras

 

 

 

 

gigantescas… En otoño, las hojas lo cubrían todo y las parejas paseaban cogidas de la mano, como

recién casados que atraviesan una alfombra de pétalos de rosas a la salida de la iglesia.

Jamás te he visto coger de la mano a mi hermana de esa forma. Como dos enamorados…Nunca la has llevado a ningún lugar… Ni siquiera al Retiro… Pobre Isabel… No pudiste visitarme. A ti te hubiese gustado… Te habría enseñado el Año Nuevo en Chinatown y las fiestas de la Virgen en Little Italy. Habríamos tomado café en el French Roast, frente a uno de sus enormes ventanales para ver pasar a la gente y opinar sobre lo que llevaban puesto… Como hacíamos de pequeños a la puerta de la iglesia los domingos.

Desde allí, sentado frente a mi café, vi nevar sobre Nueva York por primera vez. ¿Recuerdas? Te lo conté en una carta. “Hoy ha nevado”, te dije, “y es lo más hermoso que he visto jamás…”

Esa ciudad… Prometí que nunca podría conmigo. Que sobreviviría a su dureza… Me equivoqué, tal vez…

Nunca podré olvidar mis regresos a casa por la noche en el metro, sobre el puente de Williamsburg. Bastaba mirar atrás para ver como Manhattan se alejaba… aún despierta… hasta la madrugada…

 

 

La voz de JAIME se escucha con violencia desde un lateral.

 

 

                             OFF JAIME

¡Paco! ¿Quieres salir de una vez? Hay gente esperando. Disculpen. Mi cuñado se entretiene con el vuelo de una mosca.

 

                             PACO

(SALE DE SU ABSTRACCIÓN.) Ya voy, ya voy. Estoy terminando con estas puntillas… ¡Mierda! Siempre me tiene que pasar lo mismo…

 

 

PACO recoge las puntillas con rapidez, las coloca en las cajas correspondientes de cualquier manera y sale de escena.

 

PACO regresa inquieto. Ha dejado su viejo equipo de música destapado. Lo coloca todo en orden, con delicadeza.

 

 

OFF JAIME

            ¡Paco!

 

 

PACO se sobresalta y acude a la llamada de su cuñado a toda velocidad.

 

 

 

 

 

 

 

   ESCENA II

 

El lateral vuelve a iluminarse para dejar ver la mesa camilla. MARÍA está sentada y pela patatas. Su hija ISABEL se mueve de un lado para otro con diferentes prendas de vestir. Parece que haga limpieza de ropa.

 

ISABEL es una mujer de cincuenta y dos años, delgada y que conserva algún vestigio de cierta clase y elegancia. Tiene cara de niña, pero el tiempo, o más bien ciertas infelicidades, la han desgastado.

Su pelo negro se resiste, tal vez a fuerza de tintes, a las canas.

 

 

ISABEL

Madre, me pones nerviosa con el dichoso cuchillito. ¿No te regalamos un pela-patatas moderno?

 

MARÍA

No sé usar esos aparatos.

 

ISABEL

¡Vaya! Tan lista que eres para unas cosas, y para otras…

 

                        MARÍA

Nunca sé qué lado es el que corta y el que no.

 

                        ISABEL

No lo sabes madre, porque no ves un pimiento y no te pones las gafas. Eso no tiene nada que ver con lo moderno del aparato. (ISABEL PIERDE LA PACIENCIA Y LE QUITA EL CUCHILLO A SU MADRE.) ¡Leche! Se acabó.

 

 

ISABEL sale de escena.

 

 

                              OFF ISABEL

Al final tendremos un disgusto con el cuchillo, la ceguera y la madre que me parió.

 

 

María se saca una navaja del mandil y continúa pelando las patatas.

 

 

                             MARÍA

De toda la vida de Dios he pelado yo con cuchillos y nunca me ha pasado nada… Ella es que no se acuerda…

 

 

ISABEL regresa. Su madre se apresura a esconder la navaja.

 

 

 

 

 

 

                             ISABEL

Madre, ¿por qué has puesto el monda-patatas en la nevera?

 

                        MARÍA

Hija, eso ha sido cosa de tu padre. Yo no sé qué manía tiene ahora con esconderlo todo, como si le fuéramos a robar.

 

                        ISABEL

No si desde luego, los dos estáis de un cansino… Hay que estar encima de vosotros todo el santo día. A ver, madre, te voy a enseñar como se usa el monda patatas este.

 

                        MARÍA

Si yo ya sé cómo es. Se pone el dedo aquí y se presiona así… (LA PATATA SALE DISPARADA.)  Isabelita, si yo con un cuchillo lo hago mejor.

 

                        ISABEL

Una patata menos. ¡No sé cómo lo haces, madre, para liarla siempre!       Me vais a volver loca entre tu marido y tú…

 

                        MARÍA

Ya sé que somos una molestia…

 

                        ISABEL

Yo no he dicho eso. Estoy cansada de tener que estar pendiente de todo el mundo y que nadie lo esté de mí.

 

                        MARÍA

Siempre con lo mismo…

 

                        ISABEL

Da igual. No vamos a discutir otra vez.

 

                        MARÍA

No dirás que tu padre no ha estado pendiente de ti. Siempre has sido la niña de sus ojos.

 

                        ISABEL

Y eso a ti nunca te ha gustado.

 

                        MARÍA

Tonterías.

 

                        ISABEL

Vamos a dejarlo.

 

                        MARÍA

¡Qué te gusta chincharme…!

 

 

 

     

 

 

                  ISABEL

Que yo sepa, eso es lo que ha estado haciendo con nosotros toda la vida. Eso, y cortar cualquier manifestación de amor en esta casa.

 

 

Otra patata sale disparada. Ambas la miran.  Se clavan los ojos la una a la otra.

     

 

                             MARÍA

Este chisme es una leche. Ya te lo he dicho. Por eso lo habrá escondido tu padre… Para que no nos obligues a usarlo cuando vienes a hacernos la comida.

 

                             ISABEL

Anda, deja que yo termine de pelar las patatas. Siempre te tienes que salir con la tuya.

 

                        MARÍA

Eso también le ha dado a tu padre por decirlo. Ahora va a resultar que soy un ogro.

           

                        ISABEL

Papa… Ese es otro. Ultimamente no se sabe por donde te va a salir. Está de un raro que cualquiera le entiende…

 

                        MARÍA

Se le va la cabeza. Ya está con el chocheo. Ahora todo son manías.

 

                        ISABEL

Ayer me llamó…

 

                        MARÍA

Lo sé. Le ha dado por resucitar a los muertos…

 

                        ISABEL

¿Dónde está?

 

                        MARÍA

Dando un paseo.

 

                        ISABEL

¡Pero cómo lo dejas salir solo! Ves como vas siempre a lo tuyo.

 

                        MARÍA

Yo no puedo con él, hija. Además, ha ido a la tienda a ver a Paquito y a tu Jaime.

 

 

 

 

 

     

 

                  ISABEL

¿Te parece poco? Si él no puede ir del sillón a la butaca sin pegarse un golpe.

 

                        MARÍA

Hija, es que si le digo que no lo haga… Él se pone… Pues, se pone…

 

                        ISABEL

¿Cómo?

 

                        MARÍA

Nada. (SOLLOZA.)

 

                        ISABEL

Madre, ¿qué pasa?

 

                        MARÍA

(LLORA.) Me grita. Me grita mucho. Por todo.

 

                        ISABEL

¿Papá te grita? Eso no lo ha hecho nunca… ¿Por qué te pones así? ¿Hay algo más?

 

                        MARÍA

No, nada…

 

                        ISABEL

¿No te habrá…? ¿Te ha pegado, madre? (MARÍA NO CONTESTA.) Hay que convencerlo para que vaya al médico.

 

                        MARÍA

No va a querer. Sufrió mucho el año pasado, cuando le operaron. Les ha cogido miedo a los doctores.

 

                        ISABEL

Sí, y es precisamente desde el año pasado que está tan raro. Yo creo que tanto tiempo en el hospital le ha trastocado.

 

                        MARÍA

Yo no sé, hija… No sé. No hay manera de hacer que entre en razón.

 

                        ISABEL

(INTENTA SER ALGO CARIÑOSA CON SU MADRE.) Madre, no esté triste. No te preocupes. Paco y yo le convencemos.

 

                        MARÍA

Paquito no te va a servir de mucha ayuda. A ver si Jaime le convence.

 

 

 

 

     

 

                  ISABEL

Bueno, hablaremos los tres con él. Le engañaremos de alguna manera. Ya se me ocurrirá algo…

 

Las dos se miran en silencio.

 

 

 

 

 

                        ESCENA III

 

Paco está en el almacén. Otra vez, ordena las puntillas.

Por un lateral, se asoma su padre, quien parece que se esconda de algo o de alguien.

 

 

                             JOSÉ

            (A SU HIJO.) ¡Shhh! ¡Shhhhh!

 

 

Paco mira hacia el lateral.

 

 

                             PACO

            ¿Qué haces, papá?

 

                             JOSÉ

            ¿Estás solo?

 

                             PACO

            Sí, claro. ¿No lo ves?

 

                             JOSÉ

            ¿Dónde está el papagayo ese?

 

                             PACO

            ¿Quién? ¿Jaime?

 

                             JOSÉ

            Sí, ese.

 

                             PACO

            En la tienda.

 

JOSÉ

            Perfecto.

 

 

José abandona su escondite y se acerca a su hijo.

             

 

      JOSÉ

            Tienes que ayudarme, hijo.

 

                             PACO

            ¿Qué te pasa?

 

 

 

                             JOSÉ

Necesito una cerradura. O un candado… No sé, aconséjame que es lo mejor.

 

                        PACO

¿Para qué quieres eso?

 

                        JOSÉ

Para mi cajón, hijo. Tu madre me roba.

 

                        PACO

¿De qué estás hablando?

 

                        JOSÉ

Quiere hacerse con el testamento, hijo. ¡Se quiere quedar con todo!

 

                        PACO

Papá… Pero, ¿qué testamento? ¿Qué tonterías son esas?

 

                        JOSÉ

Tu madre es muy mala, hijo. Ahora estoy descubriendo su verdadera personalidad.

 

                        PACO

Papá… Mamá siempre ha sido muy…

 

                        JOSÉ

Muy puñetera. Eso es lo que ha sido.

 

                        PACO

Bueno, no hables así.

 

                        JOSÉ

Ella fue la que te hizo volver de Nueva York. No quería que estuvieses allí y no paró hasta hacerte regresar con sus chantajes.

 

                        PACO

Eso fue hace mucho tiempo.

 

JOSÉ

Hijo, te juro que tu madre se ha propuesto destruir esta familia.

 

                        PACO

¡Ya está bien, papá! Si quieres un candado, yo te lo doy. Pero no digas más tonterías.

 

                        JOSÉ

¿Pero un candado es lo bastante resistente para ella? Mira que es muy lista. Ella lo abre y lo registra todo. ¿No será mejor un cerrojo?

 

                        PACO

No, papá, con un candado será suficiente.

 

 

 

                        JOSÉ

Pero lo puede hacer saltar con una ganzúa. Sin embargo, un cerrojo…

 

                        PACO

No lo hará saltar con una ganzúa. Eso sería descubrir el pastel. Todas las sospechas recaerían sobre ella. No se arriesgará a eso.

 

                        JOSÉ

Hijo, tú si que eres listo. La gente se equivoca contigo.

 

                        PACO

Papá, toma el candado, anda.

 

                        JOSÉ

Gracias hijo. Tú si que sabes. Deberías quedarte al cargo de este negocio y quitar de en medio a ese papagayo. Sabes, creo que está compinchado con tu madre.

 

                        PACO

Papá…

 

                        JOSÉ

Se quiere quedar con las tierras y así no tener que seguir detrás de un mostrador y poder vivir como un señorito. Eso es lo que siempre ha querido él. Por eso se casó con tu hermana. Por mi dinero.

 

                        PACO

Papá, esas tierras no valen nada y tú no tienes dinero.

 

                        JOSÉ

Ahora no. Pero espérate a que empiece la especulación del terreno.

 

PACO

Ni que fueses un terrateniente…

 

                        OFF DE JAIME

¡Paquito!

 

JOSÉ

(NERVIOSO, AGARRA A SU HIJO DEL BRAZO.) ¿Estamos juntos en esto?

 

                        PACO

¡Papá!

 

                        JOSÉ

Júramelo.

 

                        PACO

Sí, sí. Te lo prometo. Suelta, me haces daño.

 

 

JOSÉ

Lo tienes que jurar.

 

                        PACO

Te lo juro. ¡Suelta!

 

 

Jaime entra en el almacén.

 

 

                        JAIME

            ¿Estás sordo o qué?

 

                        PACO

            No.

 

                             JAIME

            Hombre, si está aquí el abuelo.

 

                             JOSÉ

            ¿Cómo está mi yerno favorito?

 

                             JAIME

Bueno, tú único yerno está muy bien. No te he visto entrar.

 

                             JOSÉ

Entré directo por el almacén. Había mucha gente en la tienda y no quería molestar.

 

                             JAIME

Usted no molesta, abuelo.

 

                        JOSÉ

Así saludaba un ratito a mi hijo.

 

                        JAIME

Bueno, no me dirás que lo echabas de menos. Vive con vosotros. ¿Y la parienta?

 

                        JOSÉ

Allí la he dejado con tu mujer. No sé en qué estarán enredando ahora.

 

                        JAIME

El que anda enredando es este hijo tuyo. ¿Sabías que nos ha salido bailarín y poeta?

 

                        JOSÉ

Él siempre ha tenido una vena artística que no sé de dónde la ha sacado. Porque en mi familia, artistas no hay ninguno.

 

                        JAIME

Él es muy sensible. ¿También sabes cantar, Paquito?

 

                        PACO

No, yo…

 

                        JAIME

Sí, claro. En la ducha.

 

                        PACO

Bueno, ahí creo que lo hacemos todos.

 

                        JAIME

José, tendrá usted que preguntarle a la parienta de dónde les ha salido este artista. A ver si va a resultar que se la pegó con otro.

 

                        PACO

Anda, Jaime. No seas bruto…

 

                        JAIME

(RÍE.) Vamos, sólo bromeaba.

 

                        JOSÉ

A la parienta tenía yo que haberla atado corto.

 

                        JAIME

(SUELTA UNA SONORA CARCAJADA.) (A PACO.) Anda, termina esto de una vez por todas. Tú hijo es lo más lento que he visto en mi vida. Vamos a la tienda, José. Te voy a enseñar lo último en accesorios de baño. Están hechos en bronce. Son una monada.

 

                        JOSÉ

¿Te han traído ya esas herramientas eléctricas que estabas esperando?

 

JAIME

¡Ah, sí! ¡Qué maravilla, José! No sabes los adelantos de hoy día.

 

                        JOSÉ

Es que en estos tiempos hay de todo. Uno no se puede sorprender de nada.

 

JAIME

Todo es posible.

 

                        JOSÉ

Ni que lo digas.

 

 

Paco queda solo en el almacén. Mira a la caja y le da una patada. Las puntillas se esparcen por el suelo.

 

 

                             PACO

Cantante. Menudo imbécil está hecho el papagayo este.

 

 

 

 

 

 

                        ESCENA IV

 

Suena el tema musical de Machín.

Se ilumina el lateral.

Isabel ha puesto la mesa para cenar los cinco.

 

José entra en escena. Se le ve muy animado. Se acerca a su hija con sigilo y la agarra por la cintura. Empieza a mecerla con suavidad.

 

 

                             ISABEL

            Papá, ¿qué haces?

 

                             JOSÉ

            ¡Cómo me gusta esta canción!

 

                             ISABEL

            ¿Qué canción?

 

                             JOSÉ

Esta de Machín. No me la puedo quitar de la cabeza. Está todo el día sonando en la radio.

 

                             ISABEL

            Papá, ¿de qué estás…?

 

                             JOSÉ

            ¡Shhh! Escucha.

 

 

José gira a su hija y hace que lo siga en el baile. Isabel, le lleva la corriente.

 

           

JOSÉ

¿La recuerdas?

 

                             ISABEL

            No, papá, yo era muy pequeña.

 

                             JOSÉ

Yo te la cantaba cuando eras una niña y estabas en la cunita. ¡Cómo has crecido, Luisa!

 

                        ISABEL

Papá, ya basta. Esto no tiene gracia.

 

 

José tararea la canción y cierra los ojos, sin soltar a su hija, baila.

     

 

                             JOSÉ

¿Qué te gustaría haber sido de mayor? ¿Eres feliz? Eso es lo único que quiero. Que mis tres hijos sean felices.

 

 

 

 

                        ISABEL

(A ISABEL SE LE ESCAPA UNA LÁGRIMA.) Sí… soy feliz, papá. No te preocupes.

 

                        JOSÉ

¿No querías viajar, como tú hermano?

 

                        ISABEL

No, yo soy muy miedosa. Para hacer eso, hay que tener valor.

 

                        JOSÉ

Sí… Hace falta mucho valor en la vida. ¿Tú eres valiente, no?

 

                        ISABEL

¡Ay, papá! ¿Qué te pasa? Si, soy valiente. Soy lo que tú quieras que sea. Pero vamos a dejar de bailar, que te caerás otra vez. ¿Y no querrás volver al hospital?

 

                        JOSÉ

¡No! Allí no. Casi no salgo de ese sitio.

 

 

José se detiene y con desconfianza se aparta de su hija.

 

 

      JOSÉ

            ¿Tú también, Luisa?

 

ISABEL

            ¿Yo también qué, papá?

 

                             JOSÉ

Tú me querías dejar allí, solo. En aquella habitación triste donde siempre estaba oscuro.

 

                        ISABEL

Papi, yo no te dejaré nunca.

 

                        JOSÉ

¿Lo prometes?

 

                        ISABEL

Te lo juro.

 

                        JOSÉ

Mira que jurar en falso es pecado.

 

                        ISABEL

(ISABEL ABRAZA A SU PADRE COMO SI FUESE UNA NIÑA PEQUEÑA.) Papá, te quiero. Te quiero mucho.

 

           

Jaime entra en la habitación. Ya no va vestido con la ropa de trabajo. Trae un viejo disco.

 

 

 

                             JAIME

Mira abuelo lo que te hemos traído. Es el Chattannooga Choo Choo de Glen Miller.

 

                  JOSÉ

¿Y ese quién es?

 

                  JAIME

(SUELTA UNA DE SUS RISAS ESCANDALOSAS.) Vamos, no me tomes el pelo. Sabes perfectamente quien es.

 

                  JOSÉ

¿Bailas conmigo, hija?

 

                  ISABEL

No, papá. Ya está bien de danzas por hoy, que estás operado de la cadera.

 

                  JAIME

¡Vaya! Ya sabemos a quien sale el artista Paquito. Al papá también le va la marcha.

 

 

Jaime pone el disco y comienza a sonar In The Mood. En ese momento entra Paco con su madre.

                       

 

                        PACO

¿Por qué has toqueteado en mis discos?

 

                        JAIME

Vamos, Paquito, enséñanos como se hace.

 

 

Jaime coge de las manos a José y bailotea con él.

 

 

                             ISABEL

¡Jaime! Deja de hacer el payaso. Papá no está para muchos movimientos.

 

                             JAIME

(RÍE.) ¡Paquito, anímate! Enséñale a papá lo bien que lo haces.

 

                             PACO

¡No quiero que vuelvas a tocar en mis cosas! ¿Quién te has creído que eres?

 

ISABEL

Jaime, eres insoportable. ¡Estáte quieto de una vez!

 

                             MARÍA

            A ver si podemos tener la cena en paz.

 

                             ISABEL

            Ya es tarde para eso.

                       

 

                             JOSÉ

Me estoy mareando. ¡Paco, dile al papagayo que me suelte!

 

                             JAIME

¿Qué?

 

                             PACO

(APAGA LA MÚSICA.) ¡Suéltalo! No ves que no puede seguirte.

 

                        JAIME

Sois unos aguafiestas.

 

 

José tiene un conato de desmayo.

 

 

                        ISABEL

            ¡Paco, qué se cae!

 

 

Paco y Jaime se apresuran en coger a José.

 

 

                             ISABEL

            Siéntalo en la silla. Llama a un médico.

 

                             JOSÉ

¡Noooo! Al hospital no. Si me metéis allí, ya no salgo.

 

                        MARÍA

José, no te alteres. Si llamamos a un médico es por tu bien.

 

                        JOSÉ

(DA UN EMPUJÓN A MARÍA.) ¡No! ¡Tú lo que quieres es quitarme de en medio para quedarte con todo lo mío!

 

                        ISABEL

¡Papá!

 

                        PACO

¡Papá, ya está bien!

 

                        JOSÉ

¿Tú de qué lado estás? Teníamos un pacto. Eres un traidor. ¿De qué estabais hablando tu madre y tú en la cocina? Se lo has contado todo, ¿verdad?

 

                        MARÍA

(LLORA.) José, ya está bien por el amor de Dios.

 

                        JAIME

Papá, has hecho llorar a la abuela. Eso no se hace.

 

 

                        JOSÉ

¡Tú calla, papagayo! No sé cómo te has podido casar con este imbécil, Luisa.

 

                        ISABEL

¡Luisa está muerta! ¡Deja de martirizarnos de una vez!

 

 

Todos se miran en silencio. Isabel trata de contener las lágrimas, pero no puede. María mira hacia otro lado. Paco se acerca a su hermana para consolarla.

 

 

                             ISABEL

            Siento no ser Luisa.  Yo sólo soy Isabel.

 

JOSÉ

Luisa… Ella… (JOSÉ RECUPERA LA LUCIDEZ Y SE PONE A LLORAR.) Todos se mueren, María. Nos estamos quedando solos.

 

 

María contiene las lágrimas.

 

 

                             JAIME

José, deja que te lleve a la cama, ¿quieres? Te vamos a poner la tele en la habitación para que veas el partido. ¿Te apetece? Paco, ayúdame.

 

                             JOSÉ

Mejor, una película antigua. ¿Hoy echan alguna?

 

 

Jaime y Paco le levantan para llevarlo a la habitación, mientras tratan de entretenerlo para que no se resista.

 

 

                        JAIME

Habrá que ver la programación. Pero si no, alquilamos una. ¿Cuál quieres ver?

 

                        JOSÉ

Una de guerra. Me gustan los uniformes que llevan los alemanes. ¿A ti también te gustan?

 

                        JAIME

Sí. Sobre todo el uniforme de gala.

 

                        JOSÉ

Tú siempre has sido muy señorito.

 

 

Los tres salen de escena.

María e Isabel quedan solas, en silencio.

     

 

                 

 

                        ISABEL

(SECÁNDOSE LAS LÁGRIMAS.) Yo… Voy a calentar la comida otra vez. Se habrá enfriado.

 

                        MARÍA

Yo no voy a cenar nada. Se me ha pasado el hambre.

 

                        ISABEL

(TRATA DE TENER UN GESTO AMABLE CON SU MADRE.) Ma… madre… ¿Cómo estás?

 

                        MARÍA

(APARTA LA MANO DE SU HIJA Y SE LEVANTA.) Me voy a acostar. Me duele la cabeza.

 

                        ISABEL

Está bien…

 

                        MARÍA

(SIN MIRARA A SU HIJA.) Isabel…

 

                  ISABEL

Dime.

 

                        MARÍA

Es mejor que me arregles el cuarto que era tuyo para que duerma allí. Por lo menos… hasta que tu padre se ponga bueno.

 

                        ISABEL

(MIRA FIJAMENTE A SU MADRE.) Sí, será lo mejor.

 

 

María sale de escena.

Isabel queda sola, con la mirada clavada en el infinito.

 

Paco regresa a la habitación y mira a su hermana con ternura.

 

 

                             PACO

            ¿Estás bien?

     

                             ISABEL

(SE LEVANTA.) ¿Se ha calmado?

 

                             PACO

Está como si no hubiese pasado nada.

 

 

Paco se acerca a su hermana y la braza.

 

 

                             PACO

No te dice esas cosas con mala intención… Él te adora… Pero papá no está bueno, Isabel.

                       

ISABEL

(DESPRENDIÉNDOSE DEL ABRAZO.) ¿Quieres cenar?

 

                             PACO

            No, ya picaré algo luego…

 

 

Isabel se va.

Paco mira como se marcha. Suspira y se agacha para buscar algo en el suelo.

 

 

                             PACO

            ¿Dónde habrá ido a parar la zapatilla?

 

 

Paco busca hasta encontrar la zapatilla que ha extraviado su padre.

Cuando se va a marchar, se gira hacia el aparato de música.

 

 

PACO

            ¡Papagayo! Menudo imbécil…

 

 

Paco apaga el equipo y se lleva su disco.

 

                       

 

 

 

INTERLUDIO

 

Suena el tema de Moonlighth Serenade. María  está sentada en la butaca de su nueva habitación. Ojea un viejo libro de fotografías. En una de sus páginas se detiene. No puede contener una lágrima que se le escapa. Saca un pañuelo de la manga de su camisón y va a secarse los ojos, cuando se detiene, rectifica y deja que las lágrimas fluyan.

 

 

                             OFF DE PACO

“El día amaneció frío y una suave neblina escapaba por los rincones de las avenidas. Decidí dar un paseo… Mis pies me llevaron hasta Coney Island. No sé por qué. Quizás deseaba ver ese parque de atracciones junto al paseo marítimo. En invierno está cerrado. ¿Te imaginas un parque de atracciones sin vida, junto al mar? Es una imagen triste… Pero en cierta manera, reconfortante. Porque sabes que cuando comience la primavera, las atracciones abrirán sus puertas en un estallido de luces de colores y músicas de carrusel que se fundirán unas con otras…”

 

 

Isabel está sentada en el suelo, rodeada de cartas que yacen en él, en medio de un espacio vacío. Va vestida con su camisón y lleva el pelo suelto. Parece que haya rejuvenecido… pero sólo se trata de la impresión que deja sobre ella la lectura de las cartas que Paco le escribía desde New York.

 

 

 

                             ISABEL

“Entonces, esa idea me hace pensar que quizás siempre exista una oportunidad para todo… para todos…”

 

 

María saca una fotografía del libro y le da la vuelta para leer lo que pone en el reverso.

 

 

MARÍA

“Nuestra Luisa… en su segundo cumpleaños. Mira como duerme en su cunita… Abril de 1950”.

 

 

Isabel le da la vuelta a la carta, para continuar la lectura.

 

 

                             ISABEL

“Y entonces la vi… La nieve, Isabel. Había llegado a la playa y el mar traía olas de copos de sal. La arena era más blanca que nunca. Una espesa capa de nieve cubría la orilla.”

           

 

María se levanta de la butaca, con la fotografía en la mano y busca en el cajón de una cómoda. Saca un viejo marco y coloca la foto en él.

 

 

                              ISABEL

“Pensé que era una lástima que hubiese nevado durante la noche, mientras dormía, con lo que me hubiera gustado contemplar ese espectáculo… ¿Cómo sería ver caer la nieve en Nueva York? Me tumbé sobre la arena y cerré los ojos. Una brisa helada besaba mis mejillas. Traté de imaginar como los copos jugaban a deslizarse sobre los rascacielos de la Quinta Avenida… Contemplé los letreros luminosos de Broadway anunciando la llegada de la nieve con efervescentes ráfagas de neón…”

 

 

Isabel busca la continuación de la carta entre las hojas que hay sueltas sobre el suelo.

María regresa a su álbum de fotos.

 

 

                             ISABEL

“Por fin hoy lo he visto. Ha nevado… Y es lo más hermoso que he visto jamás… Era de noche y me tomaba un café en el French Roast, como casi todos los días después del trabajo antes de coger el metro de regreso a casa… El día había estado despejado, y desde el muelle pude ver ese azul intenso del cielo de Nueva York en invierno. Así que nada hacía sospechar lo que estaba a punto de suceder. Tenía los ojos pegados al libro que leía, cuando empecé a escuchar un alegre griterío…”

 

María se detiene en una de las páginas del álbum y saca una fotografía. Repite la acción de darle la vuelta para leer en el reverso.

 

 

                             MARÍA

“Paquito en Nueva York, bajo la nieve… Enero de 1965.”

 

                             ISABEL

“Levanté la vista para ver que sucedía… La gente salía del café y corría hacia la calle. Miré por el ventanal junto al que me había sentado y allí estaba… Nevaba… El cielo abría su vientre para verter aquella cantidad ingente de copos."

 

 

María se levanta y coge el marco que había dejado sobre la cómoda con la foto de su hija Luisa. La quita, para colocar en su lugar la de Paco.

 

 

                             ISABEL

“Salí a la calle para gozar yo también de todo aquello. La acera ya estaba cubierta por casi un palmo de nieve. Miré hacia arriba y el cielo dejaba caer un espeso confeti blanco, como si estuviésemos en una fiesta de carnaval. La gente reía, se tumbaba en el suelo… Los coches se detenían antes de llegar a los semáforos… Los niños jugaban a tirarse bolas que improvisaban… Y de repente, me vi con los brazos abiertos de par en par, dando vueltas y llorando, feliz… Feliz como no lo había sido nunca… La vida te regala momentos inolvidables para que los guardes en tu memoria para el resto de tus días… Esos pequeños momentos que nos sonríen, a lo largo de los años, cada vez que cerramos los ojos y nos dejamos llevar por las emociones vividas…”

 

 

María deja de contemplar la foto de Paco. La retira del marco y pone la de Luisa. Sobre ésta, vuelve a colocar la fotografía de su hijo.

 

 

                             ISABEL

“Entonces, recordé lo que pensé en Coney Island sobre el parque de atracciones y la oportunidad que tenía, cada primavera, de volver a la vida…  Y me dije. “hoy, he tenido otra oportunidad, porque esta mañana me lamentaba por dormir mientras nevaba, y ahora, estoy aquí, dando vueltas, con los brazos abiertos mientras ella cae desde lo más alto del cielo…”

Quizás, siempre hay una segunda oportunidad para hacer y disfrutar de aquello que deseamos, Isabel, y no sabemos apreciarla o, simplemente, la dejamos escapar…”

 

 

María regresa a la butaca. Cierra el álbum de fotos y apaga la luz.

 

Isabel dobla la carta, cierra los ojos y deja escapar una lágrima.

 

La luz y la música, se funden con la canción de Machín. La lámpara de la mesita de noche de José se enciende.

 

 

 

 

 

ESCENA V

 

La canción de Machín suena como un susurro sobre el escenario.

José está sentado en la cama. Tararea al tiempo que le echa un vistazo al periódico.

 

 

                             JOSÉ

Esto no se puede aguantar. Hay guerras en todas partes… ¿Pero por qué se pelearán tanto?

 

 

José tararea con más fuerza la canción y sigue el ritmo con el pie.

 

 

                             JOSÉ

¿Por qué no nos vamos a bailar esta noche? ¿Te acuerdas? ¡Cómo nos lo pasábamos! ¡Qué tiempos aquellos! También había guerras… Pero a mí me da que eran menos graves.

 

 

María entra en la habitación. Trae una bandeja con un zumo de limón.

 

 

                             MARÍA

José, te he traído el zumo. Le he echado azúcar para que no te amargue tanto. ¿Con quién hablabas?

 

                        JOSÉ

Con nadie. De todo te quieres enterar.

 

 

José mira con desconfianza a su mujer. Coge el vaso y se lo lleva a los labios. Pero se detiene.

 

 

                             JOSÉ

            Bebe tu primero.

 

                             MARÍA

            Yo ya me he tomado el mío.

 

                              JOSÉ

            Sólo un sorbito…

 

 

 

                             MARÍA

            Como quieras.

 

 

María da un pequeño sorbo al zumo, ante la mirada de su esposo.

 

 

                  MARÍA

¿Ya estás contento?

 

                        JOSÉ

No lo vas a conseguir.

 

                        MARÍA

¿El qué?

 

                        JOSÉ

Quitar de en medio a este viejo y quedarte con todo lo mío.

 

                        MARÍA

Yo no quiero nada de eso. Te estás volviendo un maniático…

 

                        JOSÉ

Sé que os estáis compinchados para quedaos con todo lo mío…

 

                        MARÍA

No sé de qué me hablas.

 

                        JOSÉ

Yo pensé que él me quería… Pero todo son mentiras.

 

                        MARÍA

José, estás enfermo… Necesitas que…

 

                        JOSÉ

¡No! Ya sé lo que me vas a decir. Tú no me quieres.

 

                        MARÍA

Siempre he estado a tu lado, José. Para lo bueno y para lo malo.

 

                        JOSÉ

Yo sé a quien querías tú en verdad… Estabas enamorada de ese vecino que teníamos. Yo os vi…

 

                        MARÍA

¿Pero nos viste qué, José?

 

                        JOSÉ

Cómo os mirabais. Hablabais mucho… Siempre a mis espaldas.

 

                        MARÍA

Eso es mentira. Hablábamos de cosas de la casa.

 

                        JOSÉ

Y ahora, que ya estás hecha una vieja, sigues jugando, María. Juegas a estar con otros hombres. No tienes vergüenza…

 

                        MARÍA

¿Qué hombres? Pero si no salgo de casa…

 

                        JOSÉ

¿Y dónde dormiste anoche? No estabas a mi lado. Puta.

 

                        MARÍA

José, ¿dónde voy a dormir? En la habitación que era de Isabelita. Tú me querías pegar.

 

                        JOSÉ

Ya no quieres ni dormir conmigo. ¡Y lo haces con él en mi propia casa!

 

                        MARÍA

¿Pero quién es él?

 

                        JOSÉ

Lo sabes perfectamente. Paco.

 

                        MARÍA

¡Paquito!

 

                        JOSÉ

¡Lo negarás y todo, embustera!

 

                        MARÍA

¡Pero si Paco es mi hijo!

 

                        JOSÉ

Sí. Pero tú no tienes vergüenza. Eres una degenerada y una egoísta que está dispuesta a acostarse con su propio hijo para tenerlo de tu lado.

 

                        MARÍA

¡Estás loco! Es mi hijo. ¡Mi hijo! No te he sido infiel nunca. ¡Jamás!

 

                        JOSÉ

Puta, más que puta. Con tu propio hijo… Él estaba de mi parte, ¿sabes? Teníamos planes juntos… Hasta que tú te metiste en medio. Anoche lo vi todo claro… Pero te he quitado de mi testamento. ¡A los dos! Así que no te quedarás con nada mío. Ahora ya me puedes llevar otra vez al hospital. No me importa. Porque aunque me dejes morir allí, yo sé que no te saldrás con la tuya. ¡No te quedarás con nada! Te lo he quitado todo. ¡Todo!

 

                        MARÍA

¡Lo que me vas a acabar quitando es la vida!

 

 

                        JOSÉ

Eso espero… ¡Que tu vida se acabe antes que la mía!

 

 

Paco entra en la habitación, alertado por los gritos.

 

 

                             PACO

            ¿Qué pasa aquí?

 

                  JOSÉ

¡Vete de mi casa! Eres un parásito. ¡No voy a seguir manteniéndote! Traidor. ¡Marchaos los dos a follar por ahí!

 

                        PACO

¿Pero qué hablas? ¿Te has vuelto loco?

 

                        MARÍA

Paquito, haz algo… No puedo más.

 

                        JOSÉ

¡Ves! ¿Qué es lo que me vas a hacer, Paquito? Si me dejas caer por las escaleras, hasta parecerá un accidente. ¡Porque con lo del zumo no he tragado!

 

 

José tira el zumo sobre la ropa de su mujer.

 

 

                             PACO

¡Papá! ¿Se puede saber qué haces? ¡Estáte quieto de una vez!

 

 

Paco y José forcejean.

 

 

                             PACO

¡Como no te estés quieto te voy a amarrar a la butaca! ¿Me estás oyendo?

 

                        JOSÉ

Eso es lo que estáis deseando los dos. Encerrarme, atarme y pegarme. ¿No te da vergüenza hacer el amor con tu madre? ¿Por eso nunca has tenido novia? ¡Siempre has estado enamorado de esa puta!

 

                        MARÍA

(ROMPE A LLORAR.) ¡José, cállate ya!

 

                        PACO

¡Ves lo que has hecho! No has parado hasta hacerla llorar.

 

 

 

                        JOSÉ

¡Mira cómo la defiendes! Pervertido. ¡Es tu madre!

 

                  PACO

Mamá, llama a Isabelita. Que venga rápido y traiga un médico.

 

                        JOSÉ

¡Noooo! (LLORA DESESPERADO.) ¡Al hospital no! Eso es lo que los dos queríais. Llevarme allí para tenerme encerrado y lejos de vosotros y poder seguir jodiendo en mi propia casa.

 

 

José agarra la lámpara para estrellarla contra la cabeza de su hijo. Paco trata de impedírselo, sujetándole los brazos.

 

 

                        PACO

            ¡Padre, no me haga que le pegue!

 

                             JOSÉ

¡Pégame! Eso es lo que estás deseando hacer para poder sentirte por una vez en tu vida superior a alguien.

 

                        PACO

¡Basta! Si quieres seguir haciéndome daño, hazlo. Pero deja la lámpara en paz.

 

                        JOSÉ

¡Pervertido! ¡Bastardo! ¡Puta!

 

                        PACO

¡Mamá! ¡Muévete!

 

 

José aprovecha que su hijo se ha girado para coger un abre cartas y clavárselo en la mano.

 

 

                        MARÍA

¡Paco, por Dios!

 

PACO

¡Ahhh!

 

 

José consigue desprenderse de su hijo. Agarra el vaso de zumo y se lo tira a su mujer, dándole en la cabeza.

María se contrae de dolor.

 

 

                             MARÍA

            ¡José, mi vida! José…

 

                            

 

 

JOSÉ

Sois dos ratas… ¡Peor que eso! Buitres… Eso es lo que sois. Me voy a ir a vivir con Luisa y su marido. Ellos si me quieren y no van a dejarme encerrado en el hospital para que esos asesinos con bata me estén pinchando todo el día.

 

 

Paco mira a su madre, a quien le sangra la frente. Se aprieta la mano, para taponarse el corte que su padre le ha hecho con el abrecartas. Observa a José, con lástima.

 

 

                             PACO

            Mamá, llama a una ambulancia.

 

 

Paco mira a su padre. Suelta el cinturón de su bata.

 

 

                             JOSÉ

            ¿Qué me quieres hacer? No te saldrás con la tuya.

 

 

María se seca las lágrimas y saca su pañuelo para ponérselo sobre la frente y quitarse la sangre. Echa una última mirada de dolor a su marido y se marcha.

 

 

                             JOSÉ

Se lo voy a contar todo a los médicos. Les voy a decir el plan que tenéis tu madre y tú.

 

 

Paco sigue mirando a su padre, con el cinturón de la bata entre las manos.

 

 

                             JOSÉ

Entonces, vendrá el señor juez y os meterá en la cárcel. Y ese lugar es mil veces peor que el hospital, créeme. 

 

PACO

Padre, perdóname.

 

 

Paco se abalanza sobre su padre para atarle las manos, mientras José forcejea, sin apenas fuerzas y grita. Poco a poco, su grito se transforma en un llanto desconsolado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA  VI

 

Isabel y Jaime están sentados junto a la mesa camilla. Él hace un inventario del almacén. Ella mira al vacío.

 

 

                             ISABEL

            No sé cómo acabará todo esto…

 

                             JAIME

            Creo que vamos a tener que internar a tu padre.

 

                             ISABEL

            Ni hablar. Se volvería loco.

 

                             JAIME

            Isabel, ya está loco.

 

                             ISABEL

            Es un trastorno pasajero.

 

                             JAIME

Casi mata a tu hermano y en la próxima, lo intentará con tu madre. Está obsesionado con ella.

 

                             ISABEL

Después de tantos años juntos… Toda la vida. ¿Cómo puede estar pasando esto?

 

                        JAIME

¿Te lo repito? Tu padre ha perdido la cabeza y tenéis que internarlo, antes de que haga un daño irreparable, a cualquiera de nosotros o a él mismo.

 

                        ISABEL

Yo había pensado en otra cosa.

 

                        JAIME

(LA MIRA, SOSPECHANDO DE QUÉ SE TRATA.) ¿En qué?

 

                        ISABEL

Está claro que, hasta que no se le pase esto a papá, es mejor que no esté cerca de madre…

 

                        JAIME

¿Y?

 

                        ISABEL

Lo sabes perfectamente. Papá no tiene ninguna manía contra nosotros…

     

                  JAIME

¡Ni hablar!

 

 

 

 

                        ISABEL

Madre se quedaría con Paco y papá con nosotros…

 

                        JAIME

¡Te he dicho que no!

 

                        ISABEL

Eres un egoísta.

 

                        JAIME

No pienso andar cargando con nadie. No he querido hijos por eso, así que menos aún un viejo con demencia senil.

 

                        ISABEL

No me puedo creer que seas tan mezquino. Ese viejo hizo posible con sus ahorros que te comprases la tienda.

 

                        JAIME

¡Ja! Vamos, por el amor de Dios. Quería asegurarse el bienestar de su hija.

 

                        ISABEL

Lo hizo por ayudarte. Y tú ahora, no estás dispuesto a hacer nada por él.

 

                        JAIME

Por ayudarnos, perdona.

 

                        ISABEL

¿Has pensado alguna vez en alguien que no seas tú? Aunque sea para asegurarte que cuando estés en un mal momento, alguien te ayudará.

 

                        JAIME

No pienso pasar por ningún mal momento. Creí que ya te habías dado cuenta de eso.

 

                        ISABEL

Me he dado cuenta de muchas cosas.

 

                        JAIME

Si piensas que soy una persona mezquina, no sé qué haces casada conmigo.

 

                        ISABEL

Créeme, llevo tiempo haciéndome esa misma pregunta.

 

 

Jaime mira a su mujer, con cierto respeto.

Paco entra en la habitación. Viene de la farmacia, con varias cajas de medicamentos.

 

 

                  PACO

            ¿Sigue durmiendo?

 

 

                             ISABEL

Sí.

 

                             PACO

¿Y mamá?

 

                             ISABEL

Está con él.

 

                             PACO

¿Por qué les habéis dejado solos?

 

                             ISABEL

Madre no quería separarse de él.

 

                  PACO

Pero no hace ni una semana que le tiró un vaso a la cabeza. Podría haberla matado.

 

                  JAIME

Alguien que también ve las cosas tal y como son.

 

                  ISABEL

(MIRA A SU MARIDO CON DESPRECIO.) Jaime cree que lo mejor es internar a papá.

 

                  PACO

Está claro que no pueden estar juntos… Pero yo había pensado en…

 

                  ISABEL

Jaime no quiere.

 

                  PACO

Pero yo no me puedo quedar con él. ¡Piensa que soy el amante de mi propia madre!

 

ISABEL

Jaime, no quiere.

 

                  PACO

Yo me quedo con mamá. Tenemos que compartir esto.

 

                  ISABEL

No quiere.

 

                  JAIME

¡Ya está bien, Isabel!

 

                  PACO

No vamos a encerrar a papá en ninguna parte. Ya te puedes ir quitando esa idea de la cabeza.

 

JAIME

¿Pero es que no entendéis que es por su bien? Mira todas esas medicinas. Tu padre necesita ayuda profesional y no que sus dos hijos estén jugando a los enfermeros.

 

 

                  PACO

Jaime, si le internamos, se muere.

 

                  JAIME

Pero es que la gente se tiene que morir…

 

                  ISABEL

Eres despreciable.

 

                  JAIME

Sucede, cariño. Cuando la gente se hace mayor, sucede. Es inevitable.

 

                  ISABEL

Un monstruo.

 

                  JAIME

No soy un monstruo. Sólo trato de dar un punto de vista objetivo. Sé por lo que estáis pasando los dos. Pero el viejo necesita ayuda, ayuda de verdad. Está mal, muy mal. ¡Está enfermo, joder!

 

 

Los tres se miran en silencio.

Jaime regresa a su inventario.

 

 

                             JAIME

¡Haced lo que queráis! Es vuestro padre. Yo sé lo que haría con el mío si lo tuviese. No permitiría que hiciera sufrir a todo el que le rodea. Ni que sufriese él.

 

ISABEL

Esta decisión la tenemos que tomar entre nosotros tres.

 

                        JAIME

No lo voy a repetir. En mi casa no se queda.

 

                        PACO

¿En tu casa? Te recuerdo que vives con mi hermana.

 

                        ISABEL

Déjalo, Paco.

 

                        JAIME

¿Quieres que nos recordemos cosas? Porque yo te puedo recordar que no estás muerto de hambre gracias a mí. Y te podría recordar que a tu edad, aún vives con tus padres y ni te has planteado la remota posibilidad de independizarte. Así que no me recuerdes con quién vivo y con quién dejo de vivir.

 

                        ISABEL

¡Deja en paz a mi hermano!

 

 

JAIME

¡Ese es exactamente su problema! ¡Nos hemos pasado la vida protegiéndolo!

 

                        PACO

¡Yo no necesito tu protección, ni la de nadie!

 

                        ISABEL

Paco, no le hagas caso.

 

                        JAIME

Pues debería hacerme caso. Debería escuchar que alguien le diga la mierda de vida que tiene.

 

                        ISABEL

¡Basta! Tú no tienes derecho a recordarle a nadie la clase de vida que tiene. ¿Por qué no me miras a mí? ¿En qué has convertido tú mi vida? ¿En qué clase de mierda?

 

                        JAIME

Creí que eras feliz.

 

                        ISABEL

¿Feliz? A ti nunca te ha importado mi felicidad.

 

                        JAIME

Eso no es cierto. Toda esa tienda, todo mi esfuerzo, mi trabajo…

 

ISABEL

Mi, mi, mi… Esa es la cuestión. En tu vida, sólo existe la palabra “Jaime”.

 

 

Jaime e Isabel se miran con una mezcla de odio e insatisfacción.

 

 

                             PACO

La cuestión sigue abierta. Y creo que tenemos un problema más grave que el de nuestras propias insatisfacciones por resolver. ¿Qué vamos a hacer por papá?

 

                        ISABEL

(DESAFIANDO A SU MARIDO.) Se queda con nosotros. Tú cuida de madre.

 

 

Isabel se va.

Paco mira a Jaime, esperando cual va a ser su reacción.

 

 

                             JAIME

Ya la has oído. Prepara las cosas de tu padre. No olvides que mañana traen el material que encargué. Espero que llegues a tiempo. No quiero que suceda lo de la otra vez.

 

 

                             PACO

            No sucederá.

 

                             JAIME

            Más te vale.

 

                             PACO

¿Cuándo vas a dejar de darme órdenes? ¿De tratarme como un inútil?

 

                        JAIME

Cuando dejes de ser un inútil.

 

                        PACO

¿Por qué no me soportas?

 

                        JAIME

Porque representas todo contra lo que he luchado en mi vida. Porque eres esa clase de persona que nunca será nada. Te falta valor, ambiciones, fuerza…

 

 

Jaime recoge sus papeles y se marcha, sin mirar a Paco.

 

 

                        PACO

Porque soy todo lo que tú te has esforzado en no ser…

 

 

La canción de Autum in New York comienza a sonar con timidez. Paco recoge las medicinas que había dejado sobre la mesa.

 

 

                        PACO

Quizás te equivoques…

           

 

 

 

 

ESCENA VII

 

José está en cama. Se encuentra muy deteriorado por la enfermedad y se vislumbra en su rostro los estragos de varias noches sin dormir.

 

La canción de Autum  in New York  continúa sonando, pero José tararea su canción de Machín, aunque sin apenas fuerza ni voz.

 

 

                             JOSÉ

¡Qué pena no recordar la letra! Era muy bonita.

 

 

María entra en la habitación, con una mezcla de miedo y preocupación. Trae las medicinas para José.

 

 

                             MARÍA

            José, es la hora de las medicinas.

 

                             JOSÉ

(SE INCORPORA CON CUIDADO.) ¿Por qué no puedo recordar cosas, María? Me da mucha pena no acordarme de la letra de esa canción de Machín que tanto nos gustaba.

 

                        MARÍA

(MIRA CON DOLOR A SU MARIDO.) Ya te acordarás. No te preocupes de eso ahora.

 

                        JOSÉ

¿Por qué no me has traído el zumo con las medicinas?

 

                        MARÍA

Porque… Yo… No sé, José… Es que pensé… que ya no querías zumo nunca más.

 

                        JOSÉ

¿Y por qué no si me gusta mucho? Tenemos que tomar zumo de limón en ayunas todos los días. Es muy bueno para las personas mayores. ¿Es que no quieres que me ponga bueno, María?

 

                        MARÍA

Claro que sí… Pero yo pensaba… Yo creí que…

 

                        JOSÉ

Ya no eres la misma, María. Has cambiado.

 

                        MARÍA

Yo no he cambiado, José. Eres tú, cariño. Estás enfermo y… no quiero que me dejes sola.

 

                        JOSÉ

No… No es de ahora. Es desde aquel día…

 

 

María agacha la cabeza.

 

 

                             JOSÉ

Es desde aquel día que dejaste de ser la misma. ¿Qué pasó en verdad? Siempre me he hecho esa pregunta… ¿Qué es lo que no me contaste, María?

 

                        MARÍA

Ya te lo dije… No sé cómo pasó. De repente, dejó de respirar. En algún momento de la noche, Luisa se asfixió… Y yo no me di cuenta. Yo, su madre, que dormía junto a ella, no me di cuenta.

 

                        JOSÉ

No podrás vivir con esa culpa toda la vida. Nadie, salvo el destino, es responsable de un accidente. Ella tenía que morir. Así estaba

 

escrito en alguna parte y nadie hubiera podido impedirlo. Ni siquiera su propia madre. A saber, María, si la niña no tenía alguna enfermedad que no conocían los médicos o no vieron. Esas cosas pasan mucho. Las vemos en las noticias cada día.

 

                        MARÍA

Lo sé. También lo he pensado. He pensado en todas las posibilidades…

 

                        JOSÉ

Cuando yo me muera, no quiero que sigas con esa cruz…

 

                        MARÍA

Tú no te vas a morir…

 

JOSÉ

Los dos sabemos que sí. Me muero, María. En aquel hospital algo me pasó que perdí la cabeza. Ahora, esa cabeza, está haciendo que os pierda a todos vosotros.

 

                        MARÍA

No digas eso…

 

                        JOSÉ

Hago cosas que luego no me puedo creer que haya hecho. Es como ese muchacho que se tomaba una bebida y se convertía en otro que mataba prostitutas…

 

                        MARÍA

No digas tonterías. Ese se convertía en monstruo…

 

JOSÉ

¿Y en qué nos convertimos si no cuando herimos a los que más queremos?

 

                        MARÍA

Pero nosotros sabemos que no eres tú. Que lo haces sin querer.

 

                        JOSÉ

Es que ya no sé si lo hago sin querer…

 

                        MARÍA

Claro que sí…

 

                        JOSÉ

¿Seguro?

 

                        MARÍA

¡Ay, José! Yo ya no sé cuando estás lúcido y cuando no.

 

                        JOSÉ

¿Por qué contra ti y Paquito y no contra Isabelita? Creo que yo tampoco te perdoné por lo

 

de aquella noche. Sigo sin saber si es verdad todo lo que me cuentas. Y Paco… ¿Por qué no es el hijo que yo quería? Salió diferente. Nunca le gustaron las cosas de chicos. Siempre estuvo más cerca de ti que de mí.

 

                        MARÍA

Eso no es verdad…

 

                        JOSÉ

Sí lo es. Pero desde aquella noche, dejaste también de quererle, con todo lo que tú le protegías… Lo rechazabas cuando él, sin embargo, te buscaba y te necesitaba. ¿Te das cuenta de la de años que llevas lejos de todos nosotros? ¿Hasta cuando, María, vas a estar ausente de esta familia?

 

                        MARÍA

(LLORA.) Yo no querría… Nunca más…

 

                        JOSÉ

María, es el momento de que cada uno hagamos nuestra vida, lo que queda de ella…

 

                        MARÍA

No, por favor… No, José.

 

                        JOSÉ

Te acabaré haciendo daño de verdad, y lo sabes. Es mejor que te alejes de mí.

 

MARÍA

¿Pero cómo me voy a separar ahora de ti? No sé estar sola. Siempre he estado contigo, a tu lado, para lo bueno y lo malo. No sabría vivir de otra manera, ya es tarde para empezar una vida diferente.

 

                        JOSÉ

¿Y si no fuera tarde?

 

                        MARÍA

Tenemos más de ochenta años, José.

 

                        JOSÉ

¿Y si nunca fuese tarde para hacer cosas nuevas?

 

                        MARÍA

José, tú no estás bien. Yo quiero cuidar de ti hasta el final….

 

                        JOSÉ

Pero yo ya no quiero tenerte a mi lado.

 

                        MARÍA

(LLORA.) Has perdido el juicio. Estás con alucinaciones. No piensas lo que dices. Otra vez hablas sin querer decir…

 

                        JOSÉ

Quiero empezar otra vez, lejos de ti. Hace tiempo que dejé de estar enamorado.

 

                        MARÍA

¡Recupera el juicio, por el amor de Dios!

 

                        JOSÉ

Y tú… no sé si llegaste a enamorarte alguna vez. Te conquisté y aceptaste. Así es como tenía que ser en nuestra época.

 

                        MARÍA

Claro que te quería.

 

                        JOSÉ

Y sé que me quieres. Pero eso, no es amor.

 

                        MARÍA

¡Basta José! Ahora si eres un monstruo.

 

                        JOSÉ

¿Y si el monstruo lo has sido tú todos estos años? ¿Por qué nos hemos ocultado cosas? ¿Por qué no nos hemos hablado nunca cara a cara hasta ahora? ¡por qué…

 

                        MARÍA

¡No existe ninguno de esos porqués!

 

                  JOSÉ

Quiero pasar lo que me queda de vida rodeado de amor, no de compañía y compasión.

 

                        MARÍA

Mi deber es estar a tú lado.

 

                        JOSÉ

¡No hay ningún deber! Sólo hay que amar. Y eso no se debe, o se siente o no se siente.

 

                        MARÍA

(SE LEVANTA DE GOLPE, SIN PODER CONTENERSE MÁS.)

¿Qué no hay deberes? ¡Tú debías haber estado conmigo más tiempo del que estuviste! Si yo no hubiese estado tan cansada aquella noche, quizás ella… Pero tú, después del trabajo, de tantas horas de trabajo fuera de casa, te tenías que ir a echar una partida con tus amigos. Se acabaron los bailes el día que nos casamos. Se acabaron los paseos el día que nos casamos. Se acabaron las excursiones al campo el día que nos casamos. Y yo, me tuve que hacer cargo de la casa, de los niños, de la comida, del huerto, de las gallinas, de los cerdos… ¿Cuál era tu deber? ¡Porque existe un deber, quieras o no quieras, existe!

 

 

 

 

Existe eso que se le debe a la otra persona que está contigo. Pero tú, José, dejaste de lado durante años muchas de esas obligaciones y deberes… muchas.

 

                        JOSÉ

Y por eso, por todo esto que me acabas de decir, tratas de quitarme de en medio…

 

                        MARÍA

¡No! No trato de quitarte nada, ni de quitarte a nadie… Yo no trato nada, no quiero nada. ¡Ya está bien!

 

                        JOSÉ

¿Qué son todas estas medicinas? ¿Por qué me las tengo que tomar? ¿Es esto lo que me hace perder la cabeza?

 

                        MARÍA

Tu cabeza ya se ha perdido.

 

                        JOSÉ

¡No estoy loco! Sé lo que digo, sé lo que siento. Me quieres quitar de en medio y ahora mismo me lo has explicado todo.

 

                        MARÍA

¡No vuelvas a empezar! ¿Este es el calvario que me espera al final de mis días? ¿No te basta con haberme dado una vida sin ilusiones?

 

                        JOSÉ

¿Y qué vida es la que querías? ¡Haberte casado con un millonario, puñeta!

 

                        MARÍA

¡No quería un millonario! Te quería a ti.

 

                        JOSÉ

Pero en algún momento del camino me dejaste de amar.

 

                        MARÍA

¡Y tú a mí!

 

                        JOSÉ

Estoy cansado de no poder confiar en la persona que tengo al lado. ¡Eres una bruja!

 

                        MARÍA

¡Y tú un monstruo!

 

                        JOSÉ

(TIRA LAS MEDICINAS AL SUELO.) ¡Vete de aquí y llévate todas tus pócimas!

 

 

 

 

                        MARÍA

(SE AGACHA A RECOGER LAS MEDICINAS.) Hay que encerrarte, José.

 

                        JOSÉ

¡No! Eso es lo que tú y ese hijo bastardo queréis. Pero a mí no me va a encerrar nadie en ninguna parte. ¡Quiero el divorcio! ¡Quiero estar lejos de ti para siempre!

 

                        MARÍA

¡Estás loco!

 

                        JOSÉ

¡El divorcio!

 

                        MARÍA

¿Eso es lo que quieres?

 

                        JOSÉ

¡No quiero ver a ninguno de los dos nunca más!

 

                        MARÍA

¡No sabes lo que dices!

 

                        JOSÉ

(ARROJA CONTRA SU MUJER LO PRIMERO QUE TIENE A MANO.) ¡Fuera!

 

                        MARÍA

Haré que tus hijos se encarguen de todo.

 

 

María abandona la habitación con las medicinas. José cae rendido.

 

 

 

 

 

                  ESCENA VIII

 

Isabel, Jaime y Paco están alrededor de la mesa camilla. Repasan los papeles del divorcio de José y María.

 

 

                             PACO

            No deberíamos consentirlo.

 

                             ISABEL

            ¡Ay! Yo ya no sé qué pensar de todo esto.

 

                             JAIME

            ¡Qué hagan lo que quieran!

 

                             ISABEL

Paco, papá no está bueno. Se ha vuelto loco. Él no sabe lo que dice, ni lo que piensa. Se ha convertido en… en no sé qué. Ya no es el de antes. No sabes cómo me tiene.

 

                        JAIME

Me teníais que haber hecho caso.

 

                        ISABEL

Esto es una locura.

 

                        PACO

Vale que papá haya perdido la cabeza. Pero, ¿qué me dices de mamá? Ella también quiere el divorcio, Isabel. Y mamá no está loca.

 

                        ISABEL

¿Pero tú te crees lo que van a alegar? Diferencias irreconciliables. ¡A los ochenta años se han dado cuenta de que son incompatibles! Eso, ¿en qué cabeza cabe?

 

                             JAIME

No. Eso no es lo único que alegan. Dicen que ya no se quieren.

 

                        ISABEL

¿Y tú te lo crees?

 

                        JAIME

Es lo que dicen, Isabel. Ya no quieren estar juntos.

 

ISABEL

La culpa de todo la tiene esa maldita enfermedad de papá. No el amor.

 

                        PACO

¿Y si es cierto? ¿Y si ya no se quieren?

 

                        ISABEL

¡Tonterías! Tenemos que impedir esta locura, Paco.

 

                        PACO

Te aseguro, Isabel, que con mamá es imposible dialogar. Quiere el divorcio y no se hable más. Para ella no hay razonamiento posible. Es como si odiase a papá.

 

                        ISABEL

¿Pero es que no te das cuenta? Lo único que le pasa a madre es que ha sufrido mucho con todo esto. Papá le ha hecho mucho daño. Pero…

 

                        JAIME

¿Por qué te cuesta tanto creer que ya no se amen? Puede haberles sucedido, así, sin más.

 

                        ISABEL

No me voy a tragar que mis padres, mi modelo de familia y de pareja, se deshaga de buenas a primera por culpa de una enfermedad. Ella debería quedarse a su lado. ¿Ves cómo madre siempre ha

 

ido a lo suyo? En el momento más difícil en la vida de papá, le abandona.

 

                        JAIME

¡Pero si la iba a matar! ¡Como para no querer abandonarle! A ver qué harías tú…

 

                        ISABEL

Paco, por Dios, vamos a hacer algo.

 

                        PACO

Isabel, yo estoy tan… de piedra como tú. ¿Qué quieres que te diga? Pero mamá dice que no se quieren. Desean hacer cada uno su vida, por su cuenta.

 

                        JAIME

¡Su vida! ¡Qué graciosos! ¿Pero qué vida? Tu padre no puede andar sin darse un golpe. Eso sin contar, claro está, con la locura esa que tiene. Y tu madre, no ve y casi no oye. Tiene azúcar y artrosis en las rodillas. ¡Hacer cada uno su vida! ¡Hay que joderse!

 

                        ISABEL

¿No habrá otra?

 

JAIME

¡Sí claro! La vecina de enfrente, que está en silla de ruedas y tiene casi cien años. ¡Con esa quiere rehacer su vida!

 

                        PACO

No seas bruto. ¿Cómo va a haber otra, Isabel? ¿De dónde la va a sacar? Si llevan toda la vida pegado el uno al otro.

 

                        JAIME

Ese quizás ha sido el problema…

 

                        ISABEL

¡El problema es esa maldita enfermedad y nada más! (ROMPE A LLORAR.) No me puedo creer que vayamos a permitir esto.

 

                        PACO

(ABRAZA A SU HERMANA.) No llores. No podemos hacer nada. Sé lo mucho que te duele. Pero tenemos que respetar la decisión que han tomado. No quieren seguir juntos. Por los motivos que sean, Isabel. Por falta de amor, porque ya no se soportan, porque necesitan espacio, por la enfermedad… Llámalo como quieras. Se divorcian. Eso es todo.

 

                        JAIME

Punto y final.

 

 

 

                        ISABEL

Así de fácil. Tú lo ves así de fácil y… de simple y de sencillo. Se tiran cincuenta años por la borda, pero no pasa nada.

 

                        PACO

Mamá se queda conmigo, pero ¿qué pasa con papá?

 

                        ISABEL

¿Qué pasa?

 

                        JAIME

¿Cómo que qué pasa? ¡Tú sigues en tu mundo, joder! Hay que internar a tu padre.

 

                        ISABEL

¿Otra vez con esas?

 

                        PACO

Isabel, está muy mal. Cada vez peor. No te digo un sanatorio. Pero…

 

                        ISABEL

El hospital no.

     

                  JAIME

Una residencia.

 

                        PACO

En el hospital no van a querer tenerlo. En realidad, no hay motivos para tenerlo allí, ya nos lo dijeron esta última vez.

 

                        ISABEL

Aún no hemos terminado con el asunto del divorcio y ya pasáis a otra cosa. ¿Es que lo damos por terminado? ¿Se divorcian y ya está?

 

 

María entra en la habitación. Trae una pequeña caja con varios objetos que pertenecen a José.

 

 

                             MARÍA

Estas cosas son de tu padre, Isabel. Si se va a quedar con vosotros, llévatelas.

 

                        ISABEL

Madre, ¿está segura de…

 

                        MARÍA

¡Ay, hija! Ya lo hemos hablado mil veces. ¿Están listos los papeles?

 

                        JAIME

Sí. Los estábamos revisando. El lunes, tenéis que ir al juzgado. El abogado vendrá mañana.

 

 

 

                        MARÍA

Yo no quiero nada de él. Díselo a ese señor.

 

                        JAIME

Bueno, por ley, te corresponden algunas cosas. No teníais separación de bienes hecha y…

 

                        MARÍA

Nada, no quiero nada. Ni la casa del pueblo, ni la de aquí. Nada.

 

                        ISABEL

Madre…

 

                        PACO

Mamá, algo vas a necesitar para poder vivir…

 

                        MARÍA

Para el tiempo que me queda, no necesitaré mucho.

     

                        ISABEL

Madre, no sé qué ha pasado entre papá y tú, pero tampoco debe ser para ponerse así, de buenas a primeras, con lo de que no quieres nada de él.

 

                        MARÍA

Ya te lo he dicho. No quiero que luego me ande reprochando cosas.

 

                        ISABEL

Está enfermo, madre.

 

                        MARÍA

Esto ya no tiene nada que ver con la enfermedad.

 

                        ISABEL

¿Hay algo que Paco y yo debamos saber?

 

                        MARÍA

Nada.

 

                        ISABEL

¿Es que no sabes decir otra cosa?

 

                        PACO

Isabel…

 

                        ISABEL

No Paco. Ni Isabel ni leches. Tenemos derecho a saber de qué va todo esto en realidad.

 

                        JAIME

Pero mira que eres pesada…

 

                        ISABEL

Esto no va contigo.

 

 

 

 

                        JAIME

¡Vaya! Cuando te conviene va conmigo y cuando no, que me den por…

 

                        MARÍA

Que sepáis que vuestro padre se quiere volver al pueblo.

 

                        JAIME

¿Qué?

 

                        MARÍA

Eso dice ahora. Quiere cuidar de las tierras.

 

                        PACO

¿Pero qué tierras? Si ya no queda casi nada y la casa está hecha un desastre.

 

                        JAIME

No le vamos a hacer caso, está claro. Así que no te sulfures. ¡Al pueblo! Lo que faltaba por oír.

 

                             PACO

            Cállate…

 

                             JAIME

¿Perdona?  

 

                             PACO

Isabel tiene razón. Esto ya no va contigo. Estoy cansado de oír ese timbre despectivo que le pones a todo lo que dices.

 

                             JAIME

(SE LEVANTA CON VIOLENCIA Y TIRA TODOS LOS PAPELES AL SUELO.) ¡Estoy hasta la coronilla de todos vosotros! Del padre, de la madre, del hijo y de todos. ¡No voy a consentir que se me mande callar en ninguna parte! Esto no va conmigo, esto si va conmigo. Soy de la familia para que os arregle los papeles, pero no lo soy para tomar determinadas decisiones. ¿Sabéis qué os digo? ¡Que me importan una mierda la casa, el asilo, el sanatorio, el loco, todo!

 

 

Jaime abandona la habitación hecho una furia.

María mira a sus hijos en silencio.

 

 

                             MARÍA

            No quería ocasionar tantas molestias…

 

                             PACO

Esto tenía que estallar tarde o temprano. No te preocupes.

 

                        ISABEL

Sí, supongo que era… previsible.

 

                        MARÍA

Terminemos con esto cuanto antes para que podamos tener un poco de paz, todos.

 

                        ISABEL

Entonces, madre…

 

                        MARÍA

Nos divorciamos.

 

 

Isabel mira a  su madre fijamente, en espera de algo más. Pero María acaba por apartar los ojos.

 

                       

ISABEL

Muy bien.

 

 

Isabel se marcha, sin mirar a nadie.

                       

 

                        PACO

¿Estás segura… supongo?

 

                        MARÍA

Sí, estamos seguros. Ya no tiene nada que ver con la enfermedad, os lo he dicho antes.

 

                             PACO

            ¿No hay otra forma de arreglarlo?

 

                             MARÍA

            No.

 

 

Se levanta y recoge los papeles del divorcio que están esparcidos por el suelo.

 

     

                  PACO

Siempre me ha sorprendido, madre, tu… entereza… tu decisión… tu frialdad.

 

 

Paco la mira en silencio y se marcha.

 

María queda sola. Abre la caja de José y saca los objetos, contemplándolos con nostalgia.

La canción de Machín comienza a sonar.

 

 

                             MARÍA

Cuántas cosas se dan siempre por hecho… Cuántas veces nos equivocamos. Esa canción. Esa dichosa canción… Nunca la bailaste conmigo, José. De eso estoy segura. Sin embargo… Si recuerdo la letra de la canción… Y quien llevaba un vestido azul con unas flores… blancas.

 

María deja que se le escapen las lágrimas.

 

 

                             MARÍA

El pelo oscuro, suelto… Sujetando esa onda con una horquilla roja… Si hubieses estado conmigo aquella noche, José, cuántas cosas podrían haber sido diferentes…

 

 

María cierra la caja.

 

 

 

 

 

INTERLUDIO
 
La canción Manhattan, por Tony Bennett, comienza a sonar sobre el escenario. En una esquina, se encuentran Isabel y Paco, que hacen el equipaje de su padre.  El espacio está vacío, tan sólo ocupado por sus cuerpos y esas maletas, las de una dolorosa separación.

 

 

                                                                              ISABEL

No olvides meter en la maleta la caja que nos dio mamá. Quiere que papá la tenga.

 

                             PACO

(BESA A SU HERMANA EN LA MEJILLA.)  No te preocupes por nada. Papá estará bien con vosotros. Y de mamá, ya me encargo yo, que la sé llevar.

 

 

Continúan con el equipaje.

 

 

                                                                              ISABEL

Hace poco  volví a leer tus cartas. ¿Recuerdas aquella sobre la nieve? He estado pensando en ella. En lo que decías…

 

                        PACO

Sí, la recuerdo. Me hubiera gustado que estuvieses allí, conmigo.

 

                        ISABEL

He estado en tan pocos lugares… Siento que a mi edad, aún me queda mucho por conocer, pero se me acaba el tiempo.

 

                        PACO

Podrías haberme visitado, pero no lo hiciste, en todos aquellos años, nunca.

 

                        ISABEL

Siempre sucedía algo, en el último momento, que…

 

                        PACO

Él no quería venir. No hace falta que lo expliques. Nunca le caí bien a tu marido. Cuando vivía allí, porque me envidiaba. Cuando regresé, porque me despreciaba.

 

                        ISABEL

¿Por qué regresaste? Nunca pensé que…

 

                        PACO

Porque yo no fui a Nueva York en busca de fortuna, sino en  busca de respuestas…

 

ISABEL

¿Y las encontraste?

 

                        PACO

Sí.

 

                        ISABEL

Sé a qué te dedicabas en realidad…

 

 

Ambos se miran en silencio. Isabel acaricia la mejilla de su hermano.

 

           

      ISABEL

Pero aquí, abandonaste. ¿Recuerdas cuando nos disfrazábamos y jugábamos a inventar historias? Las tuyas eran tan bonitas… Siempre tuviste esa sensibilidad especial para explicar el mundo, que sólo tienen los artistas.

 

                        PACO

Yo no tenía vocación. Pero sí deseos de buscar cosas, conocer… Vamos cerrando etapas en nuestra vida para dejar paso a otras, que están cargadas de experiencias nuevas.

 

                        ISABEL

Quizás también ha llegado el momento de cerrar etapas en mi vida.

 

                        PACO

¿Por qué te casaste con él?

 

                        ISABEL

Porque le quería. Y porque en realidad, yo sólo buscaba alguien que me quisiera. Así de simple.

 

                        PACO

En el fondo, eso es lo que deseamos todos, pero a veces, resulta tan complicado.

 

                        ISABEL

Lo más simple, es siempre lo más difícil.

 

 

 

 

                        PACO

A veces, te esfuerzas tanto en buscar algo, que no lo encuentras y quizás esté delante de tus narices.

 

                        ISABEL

Creo que me he estado protegiendo todo este tiempo. Tienes tanto miedo a sufrir, una vez que ya has sufrido, que te vas cerrando, cada vez más. Te vuelves desconfiada y tomas una actitud defensiva ante la vida y ante la gente que te rodea y que intenta quererte. Vas perdiendo tu capacidad de amar. Yo me entregué tanto al amor por mamá, y fui tan poco correspondida, que le cogí miedo a sentir. Cuando conocí a Jaime… somos tan diferentes, sin apenas nada en común. Él tiene sus cosas buenas, Paco. Y a mí, lo que más me importaba era su manera de quererme, tal y como soy. Porque no es bueno pretender hacer al otro a nuestra imagen y semejanza. Lo que no te dé la persona con la que estás, lo tendrás que buscar por otro lado. Pero lo importante es tener a esa persona junto a ti, compartiendo, aportando, amando…

 

                        PACO

Entonces…

 

                        ISABEL

Que ya no sé si me gusta su manera de quererme. Quizás porque ya no me quiere de la misma forma, quizás sea yo la que, ahora, necesito otra cosa… Tal vez seamos los dos, o ninguno… 

 

                                                                              PACO

(ABRAZA A SU HERMANA.) Vamos cambiando. Se evoluciona y la otra persona lo hace también, pero a su ritmo. Hay que buscar el equilibrio.

 

                        ISABEL

¿Por qué duele tanto el amor, Paco? Desearía amar como la primera vez… Y dejar de tener tanto miedo a volver a querer a alguien, ¿sabes?

 

                        PACO

Sí… te entiendo… A veces, pienso que también debe haber alguien que me esté buscando. Esa persona que te hace sentir un fuerte apretón en el pecho.

 

                        ISABEL

¡Ojalá pudiésemos enterrar esos fantasmas que todos tenemos de una vez por todas! Algún día, encontrarás a esa persona con la que compartir las cosas en las que deseas no seguir estando solo.

 

 

 

 

 

                        PACO

Isabel, yo estoy cansado de personas que son muros infranqueables, que poseen más miedos que yo e infinidad de barreras. ¿Por qué es tan difícil dejarse llevar?

 

                        ISABEL

Quizás juzgues de antemano lo que alguien te va a dar.

 

                        PACO

Yo sólo busco esa caricia que el destino me niega desde hace tanto tiempo… ¿Seré yo el error?

 

 

Isabel acaricia a su hermano y permanecen en silencio unos instantes, cada uno inmerso en sus pensamientos.

 

 

                  ISABEL

Dime, ¿qué has encontrado tú en el amor?

 

                        PACO

Me encontré a mí mismo.

 

                        ISABEL

¿En Nueva York?

 

                        PACO

Sí, allí fue.

 

                        ISABEL

Pero en realidad, ya lo sabías antes de irte. Al menos, yo me había dado cuenta.

 

                        PACO

Creo que contigo, nunca tuve miedo a ser yo mismo. Siempre me aceptaste tal y como era. Papá, siempre en su mundo, nunca se daba cuenta de nada. Y mamá…

 

                        ISABEL

Mamá lo sabe, por eso te rechaza. Las cosas son como son y no siempre como queremos que sean.

 

                        PACO

¿Y a quién no rechaza mamá? Alguien que no se quiere ni se perdona a sí mismo, es incapaz de aceptar y amar a los demás.

 

                        ISABEL

¿Cuándo pasará ella página?

 

                        PACO

Cuando esté preparada, supongo.

 

                        ISABEL

O cuando desee hacerlo…

 

 

Terminan de cerrar la maleta.

 

 

                             ISABEL

¿Qué pasó con él?

 

                        PACO

Se quedó en Nueva York. No encontró todas las respuestas…

 

 

Se miran. Isabel sonríe con ternura a su hermano. Se van, cada uno con una maleta.

 

 

 

 

 

                                                               ESCENA IX

 

José está tumbado en la cama. Su aspecto ha empeorado mucho. Le cuesta trabajo respirar y los ojos se le cierran, sin que pueda oponer resistencia.

 

Jaime entra en la habitación. Trae las medicinas en una pequeña bandeja.

 

 

                             JAIME

            Es la hora de tu “Dog-Chau”.

 

 

Jaime ríe de esa forma tan desagradable que sólo a él le sale. José no ha entendido la broma o, simplemente, ya nada le hace gracia.

 

 

                             JAIME

A ver. Primero el jarabe, luego la pastilla azul, después las blancas y la última la verde. Esta tarde vienen a pincharle.

 

 

A José no parece agradarle la idea.

 

 

                             JAIME

Ya sé que duele, y que es un fastidio. Pero no hay más remedio. Se nos está poniendo usted muy malito y eso no puede ser.

 

                             JOSÉ

            (CON UN HILO DE VOZ.) ¿Y el fútbol?

 

                             JAIME

            Es más tarde. Pero si quiere, le pongo los toros.

 

 

 

 

 

                             JOSÉ

No, ya no me gustan. Hay muchos muertos y mucha sangre. En el fútbol solo hay patadas y cabezazos, pero sin sangre.

 

                        JAIME

(RÍE.) ¡Buena observación! Muy buena, sí señor. Pues no hay más que hablar. Nada de toros. Luego le traigo la tele para ver el partido.

 

                        JOSÉ

¿Y no pondrán una película de mientras?

 

      JAIME

¿De mientras qué?

 

                        JOSÉ

Mientras el fútbol empieza. Me aburro mucho.

 

                        JAIME

Pobrecito. ¿Quiere que le traiga un libro?

 

                        JOSÉ

¡Si yo ya no veo las letras esas tan pequeñas!

 

 

José empieza a toser.

 

 

                        JAIME

Bueno, bueno. No se sofoque. Le traigo la tele y ve usted lo que quiera.

 

 

Jaime sale de la habitación en busca del televisor.

José comienza a toser sin control.

 

 

                             JOSÉ

¡Este papagayo siempre jodiendo! ¿Por qué no se irá de aquí de una vez y me deja en paz con mi hija? ¡Todo porqué quiere tener la tele para él solo! ¡Egoísta! ¡Princesito maricón!

 

 

Isabel entra, justo en el momento en que su padre parece que empieza a asfixiarse.

 

 

                             ISABEL

            ¡Papá! ¿Estás bien? ¡Jaime!

 

 

Isabel intenta ayudar a su padre, pero no sabe muy bien como.

 

Jaime entra con el televisor sobre el mueble de ruedas.

 

 

 

 

                             ISABEL

            ¿Cómo se te ocurre dejarlo sólo así?

 

                             JAIME

Pero si estaba normal cuando me fui. Sólo tosía un poco.

 

                             ISABEL

Sabes que cuando empieza a toser ya no para. ¿Qué le has dicho para sofocarlo?

 

JAIME

¡Y yo qué sé! Él se altera por nada. ¡A ver si ahora voy a tener la culpa de todo!

 

 

José se asfixia.

 

 

                             ISABEL

            (DESENCAJADA.) ¡Llama a una ambulancia, corre!

 

 

Jaime sale a toda prisa. Isabel intenta hacer que su padre respire.

 

 

                        ISABEL

Papá, por Dios, reacciona.

 

 

Paco entra en la habitación, alterado.

 

 

                             PACO

¿Qué pasa? Jaime me ha dicho que iba a llamar a una ambulancia.

 

                        ISABEL

(LLORANDO.) No respira, Paco. Se asfixia.

 

                        PACO

Vete a casa con mamá. Yo me quedo aquí hasta que venga la ambulancia.

 

                        ISABEL

No. Yo me quedo.

 

                        PACO

Vete, Isabel. Jaime y yo nos vamos para el hospital.

 

                        ISABEL

¿Se lo decimos?

 

                        PACO

No. No le digas nada hasta que sepamos lo que tiene.

 

 

 

Isabel se marcha.

 

 

                             PACO

(INCORPORA A SU PADRE PARA QUE PUEDA RESPIRAR MEJOR.) Vamos, papá, que te vas a perder el partido… ¡Con lo que te gusta el fútbol!

 

 

José cierra los ojos y deja caer los brazos.

 

 

                             PACO

            ¡Papá!

 

           

 

 

 

       ESCENA X

                 

Isabel y Jaime están en la mesa camilla, preparando una pequeña bolsa con ropa para José.

 

 

                                                                              ISABEL

Coge una maquinilla de afeitar. Creo que hay una en el baño.

 

                             JAIME

¿Para qué vas a coger una maquinilla? Tu padre ya no se va a afeitar mucho.

 

                        ISABEL

¿Quieres hacer el favor de traer la maquinilla? Yo le afeitaré. Quiero que esté guapo.

 

                        JAIME

¿Guapo para qué?

 

                        ISABEL

¿Por qué tienes que andar siempre haciendo la puñeta? ¿Qué más te dará coger la maquinilla? Quiero que esté guapo y punto. Ya bastante mal aspecto tiene…

 

                        JAIME

¡Está bien, está bien!

 

                        ISABEL

El hospital ya es deprimente de por sí. Lleva tanto tiempo allí metido… ¿Cuándo acabará todo esto?

 

                        JAIME

Acabará cuando…

 

 

 

 

                        ISABEL

¡Te lo advierto, ten cuidado con la bestialidad que vayas a decir!

 

                        JAIME

¡No iba a decir nada, leche! ¡Siempre estás a la defensiva!

 

                  ISABEL

¡Contigo no se puede estar de otra forma!

 

                        JAIME

¡Ultimamente no puedes estar conmigo de ninguna de las maneras!

 

                        ISABEL

¡Porque cada vez eres más insoportable!

 

                        JAIME

¡Pues ya sabes lo que tienes que hacer! ¡Quédate aquí a vivir, con el inútil de tu hermano!

 

                        ISABEL

¡No te consiento que hables así de él! Estoy cansada de que nunca le respetes. De que siempre estés intentando humillarle y ridiculizarle como si fuese un imbécil. Mi hermano ha tenido muchos más cojones que tú en la vida. ¡Así que ya te estás enterando!

 

                        JAIME

¿Cojones? Pues no sé de dónde sacas esa idea.

 

                        ISABEL

¡Tú no sabes de misa la mitad!

 

                        JAIME

Seguramente sabré tanto o más que tú.

 

                        ISABEL

¿Y es por eso que le desprecias?

 

                        JAIME

Yo no le desprecio. Pienso que es un inútil, nada más. Y un fracasado y un…

 

                        ISABEL

Ya quisieras ser tú la mitad de la gran persona que es mi hermano.

 

                        JAIME

No gracias, no quiero.

 

                        ISABEL

Yo no puedo seguir con esto…

 

                        JAIME

¿De qué hablas?

 

 

                        ISABEL

¿Es que no te das cuenta? Ya no te soporto. No soporto tu pavonería, tu prepotencia, tu egoísmo. Estoy cansada de la vida que me das, de la que me has dado. Y no quiero ni pensar la vejez que me pueda esperar a tu lado. Yo no te voy a aguantar hasta los ochenta para luego decirte que quiero rehacer mi vida. Ha llegado mi momento de pasar página…

 

                        JAIME

Tranquila, vale. Tranquila. Estás alterada por toda esta situación. Pasas por un momento difícil, pero es algo pasajero.

 

                             ISABEL

            No, Jaime, esto no es algo pasajero…

 

 

Isabel se sienta. Jaime la observa, sin saber muy bien que decir.

 

 

                             ISABEL

En algún momento del camino…  Hemos dejado de amarnos.

 

                             JAIME

            Pero si yo aún te amo. Siempre. Nada ha cambiado.

 

                             ISABEL

            Entonces, he debido ser yo…

 

                             JAIME

Pero bueno, esta manía familiar que os ha entrado a todos, ¿es hereditaria? A la vejez, os da el ataque de los desamores y de reorganizar la vida. Yo… yo no entiendo nada. No lo puedo entender. Llevamos toda la vida juntos y esta… esta es nuestra primera crisis, que yo recuerde… No, no sé las cosas… las cosas se hablan para solucionarlas. No se tira la toalla a la primera de cambio, Isabel.

 

                        ISABEL

No es nuestra primera crisis. Llevamos toda la vida en una crisis, Jaime.

 

                        JAIME

¡Toda la vida! ¡Qué derrotista eres, Dios! Pero, ¿es que nunca has sido feliz a mi lado?

 

                        ISABEL

Ya no lo recuerdo. Quizás hubo momentos. Ya no lo sé. Hay muchas cosas…  que lo han empañado todo. Cosas a las que tú te negabas, y yo transigía a tu negativa… Me callaba, aceptaba y… Un día, descubres que ya no vas a aceptar lo que no deseas de verdad. Un día quieres vivir una vida

 

 

 

verdadera, tuya propia, sin que nadie te la diseñe como si fuera una casa en la playa.

 

JAIME

¿Pero qué te he negado yo? ¡Si te lo he dado todo!

 

                        ISABEL

Tu negativa a visitar a mi hermano…

 

                        JAIME

Un viajito de nada.

 

                        ISABEL

Un hijo…

 

                        JAIME

Eso fue una decisión mutua.

 

                        ISABEL

¿Cómo de mutua es una decisión cuando la otra persona te dice que no quiere tener hijos? Me pusiste el no por delante, Jaime. No había opciones.

 

                        JAIME

Un hijo, Dios. Con lo que me ha costado levantar el negocio. ¡Como para hijos estaba la cosa!

 

                        ISABEL

Te has convertido en lo que siempre has odiado…

 

                        JAIME

¿Qué dices? No soy un fracasado, eso es lo que yo no quería ser… ¿Crees que he fracasado?

 

                        ISABEL

Te has convertido en alguien… como tu padre.

 

 

Jaime se sienta.

Isabel se levanta y le observa.

 

 

                             ISABEL

Te has transformado en esa persona demasiado ocupada en su trabajo, preocupada por demostrar que era alguien, por triunfar en la vida… Pero que se olvidó de que tenía un hijo. Un hijo que le necesitaba. Y tú también te has esforzado toda tu vida en luchar y trabajar para hacerte un hueco, un nombre… ¿Para qué? ¿Para quién?

 

 

Jaime no contesta.

 

 

 

 

                             ISABEL

¿Para que se sintiera orgulloso de ti? No. Para que él supiera que tu existías…

 

 

Isabel se dirige a la puerta.

 

 

                             ISABEL

Para acabar convirtiéndote en lo mismo que él.

 

 

Isabel se marcha.

Jaime esconde la cara entre sus manos.

 

 

 

 

 

ESCENA XI

 

Una luz azul blanquecina invade el espacio.

José está tumbado en una cama. Tiene la respiración asistida y suero.

Hay una pequeña mesita de color blanco junto a la cama. Sobre la mesita hay una foto de la boda de Isabel y Jaime y la fotografía de Paco en Nueva York, bajo la nieve.

María está junto a la cama, sentada en una silla. Observa las fotos de lejos.

 

 

                                                                              MARÍA

Deberíamos haber ido a visitarle. No sé por qué no lo hicimos. Lo pensamos muchas veces… La verdad, a mí también me daba miedo volar…

En realidad, nunca hemos ido a ninguna parte. Marcharnos del pueblo cuando las cosas empeoraron para venir a Madrid ya fue todo un viaje para nosotros.

Mis padres no querían, les parecía una locura eso de venirnos con los niños. Aunque los niños, ya no eran tan niños.

Paco no heredó el gusto por la labranza y la cría de cerdos… No me extraña, son asquerosos. Yo los odiaba. De pequeña, me daban miedo. Pensaba que si un día me caía dentro de la pocilga, me comerían viva, sin pensárselo.

¡Qué grande nos parecía Madrid! Y eso que casi nunca hemos salido del barrio… ¡Imagínate Nueva York! ¡Qué locura de ciudad!

Se necesita valor para viajar hasta allí.

 

 

Paco entra en la habitación. Trae algo de comer para su madre.

 

 

                             PACO

            No sabía que hubieses enmarcado esa foto.

 

                            

 

MARÍA

            Sí, la enmarqué… Es bonita.

 

                            

Paco deja la bandeja y coge la foto.

 

 

                             PACO

            La nieve…

 

                             MARÍA

A ti siempre te ha gustado mucho la nieve, con lo fría que es.

 

                             PACO

            Sí es fría, pero también suave y…

 

                             MARÍA

            Blanca.

 

                             PACO

            Blanca, sí. ¿Cómo está papá?

 

                             MARÍA

Muerto… si no fuera por esta máquina que le ayuda a respirar.

 

                        PACO

Te he traído algo de comer.

 

                        MARÍA

No tengo hambre.

 

                        PACO

Tienes que comer algo mamá. Llevas aquí días, debes estar cansada.

 

                        MARÍA

Llevo días velando a mi ex marido. Cualquiera lo diría. Las cosas pasan tan rápido…

 

 

Paco y María se miran en silencio. Él se acerca  a su madre y le acaricia la mejilla.

 

 

                             PACO

            Tienes una piel muy suave.

 

                             MARÍA

            Sí, a mi edad…

 

                             PACO

            Saldrá de esta.

 

                             MARÍA

            No saldrá. Es una pena que todo acabe tan mal.

 

 

 

                             PACO

Lo de vuestra separación fue una rabieta absurda, mamá. No quisiste aceptar que papá no pensaba lo que decía, que estaba enfermo sin más.

 

 

Isabel entra en la habitación con una botella de agua y unos vasos de plástico.

 

 

                             PACO

Él siempre te ha querido mucho y lo sabes, no deberías haberle dado más importancia de la que tenía a todo lo que le estaba pasando.

 

                             MARÍA

            Él quería el divorcio.

 

                             ISABEL

Y tú vas y le sigues la corriente, sabiendo como sabías que se le había ido la cabeza.

 

                        MARÍA

Tú no lo entiendes…

 

                        ISABEL

No hay mucho que entender. Te apartaste de su lado cuando más lo necesitaba. Siempre has ido a lo tuyo, madre.

 

                        MARÍA

¿Eso es lo que los dos pensáis de mí?

 

                        PACO

No creo que sea el momento de hacer reproches, Isabel. Papá se está muriendo.

 

                        ISABEL

¿Entonces cuándo? ¿Cuándo vamos a hablar de verdad?

 

                        MARÍA

¿Por qué no sacas fuera todo tu odio, hija? Aprovecha ahora que estamos los cuatro, aunque tu padre no pueda oírte.

 

                        ISABEL

¿Quieres que te diga lo que pienso?

 

                        MARÍA

Di todo lo que quieras.

 

                        ISABEL

Nunca has tenido un gesto amable, una muestra de cariño. Has estado aquí, siempre, a nuestro lado,

 

 

 

 

 

y sin embargo, siempre ha sido como si no estuvieses…

 

                        PACO

Isabel…

 

                        ISABEL

A mi lado, cuando te he necesitado, junto a papá, incluso ahora, cerca de Paco… Pero simplemente, madre, has estado. Sin participar, sin implicarte, presente, pero ausente. Como si observaras desde la distancia. Como si todo esto, en realidad, no fuera contigo.

 

                        MARÍA

Hay tantas cosas que no sabes…

 

                        ISABEL

¿Y qué hay que saber? ¿Qué, madre?

 

                       

María se levanta de la butaca y coge la foto. Quita el marco y descubre la foto de Luisa bajo la de Paco.

 

 

                             ISABEL

Eso ya lo sabíamos. Ella murió, y tú no te lo perdonas. Me he sentido rechazada durante años por ti y siempre he pensado que lo hacías porque me veías como una sustituta de Luisa. Yo ocupaba el lugar que ella había dejado. ¿Pero eso era lo que tu querías en realidad? Yo creo que no. Después de ella, tú no querías que hubiese otro hijo, y mucho menos, otra hija.

 

                        PACO

Isabel, estás hablando de más. No es justo lo que dices.

 

                        ISABEL

Yo sólo digo lo que siento.

 

                        MARÍA

(CON LA FOTO DE LUISA EN LA MANO, NO HA DEJADO DE OBSERVARLA.) Tenía dos años… No sé como pasó, pero siempre he pensado que de alguna manera, aquella noche quería que sucediese… algo…

 

 

María regresa a la butaca. Se la ve fatigada. Paco e Isabel se miran, con cierto temor.

José, inconsciente, deja escapar un ligero quejido.

 

 

 

 

 

     

 

 

                  MARÍA

Paco estaba enfermo. Llevaba unos días con fiebre. Yo no pegaba ojo desde no sé cuándo. Estaba preocupada por mi niño. Mi madre había perdido cuatro hijos por culpa de las fiebres. Eran otros tiempos, pero a mí me asustaba… tenía miedo.

 

 

María se reclina y se mece con suavidad.

 

 

                             MARÍA

Como siempre, yo estaba sola. Tu padre había pasado todo el día en el campo, como siempre…

Ya eran más de las once y no había regresado.

Aquella noche, había baile en el pueblo. Una orquesta iba a tocar… Esas canciones de Machín que a tu padre tanto le gustaban…

Yo siempre lo había sabido. Pero en aquella época, aunque lo supieses, no podías hacer nada más que callar. Al fin y al cabo, tu padre era bueno conmigo y me quería mucho, aunque él necesitase… Los hombres son de otra manera, hija. A ellos no les remuerde tanto la conciencia y se dejan llevar más por sus placeres.

 

 

Isabel se sienta en la cama, junto a su padre y le mira, con  pesadumbre.

 

 

                             MARÍA

Siempre odié el campo, y los cerdos y el huerto. Aquel día, no sé por qué, hija, ya no podía más.

Estaba cansada del trabajo, cansada de los días que pasaban uno tras otro, agotada de mi vida, de esa vida que alguien había elegido por mí y que yo no me veía capaz de cambiar ni tampoco sabía la forma de cambiarla…

 

 

Isabel acaricia la mano de su padre.

 

 

                        MARÍA

Y Luisa lloraba… lloraba sin parar. No sé que le pasaba. La tocaba, y no tenía fiebre. Apreté con cuidado su estómago, y no se quejaba. Le preguntaba si tenía hambre, pero ella sólo lloraba.

Paco se acordará de lo mucho que lloraba Luisa. Hay niños que son así. Tú habías sido todo lo contrario. No se te escuchaba. Pero tu hermana…

Pasaban los minutos y yo oía de lejos la música del baile que se mezclaba con el llanto de la niña. Yo no quería estar sola. Aquella noche, no

 

 

 

 

soportaba estar sola. Podía ver en mi mente lo que estaba haciendo tu padre, mientras yo seguía en casa, con un niño con fiebre, una niña que no paraba de llorar y una vida que se me hacía pesada como una losa.

Pensé que me gustaría que Luisa se callase de una vez, que me dejase en paz. Sólo quería acostarme y poder dormir. “¡Ojalá se calle para siempre!”, pensé. Me levanté de la cama y le grité todo lo fuerte que pude. Le dije que ya no la soportaba más, que la iba a dejar allí, encerrada y que hiciese lo que le diese la gana, que no me importaba… Cerré dando un portazo, y ella… se quedó allí, sola…

Me fui a la habitación de Paco. Cerré la puerta con cuidado y me metí en la cama con él…

La seguí escuchando llorar, pero a mí sólo me importaba aquella orquesta, que sonaba a lo lejos…

                 

 

Isabel se aparta de su padre, y se levanta. Paco acaricia a su madre en la mejilla.

 

 

                              MARÍA

            Ya sabéis el resto.

 

 

Un silencio de muerte se apodera de la habitación.

José suelta otro quejido.

 

 

                             ISABEL

            Lo siento, mamá. Perdóname…

 

                             MARÍA

Perdóname tú, mi niña, por no haber podido quererte como tú necesitabas…

 

 

Isabel mira a su madre, con lágrimas en los ojos.

 

 

                             ISABEL

            Lo siento, yo…

 

 

Isabel lanza un largo suspiro. Se acerca a su madre y la besa en la mejilla con cariño. Se acerca la cama, arropa bien a su padre y sale de la habitación.

Paco sigue junto a su María, con la mirada clavada en la foto.

 

 

 

 

 

 

 

 

                  PACO

Mamá, es hora de que descanses, de una vez por todas...

 

 

Paco coge la foto de Luisa y la guarda en un cajón.

 

 

                             MARÍA

            ¿Me perdonará algún día?

 

                             PACO

            Ya te ha perdonado.

 

 

Paco coge su foto de New York y la vuelve a enmarcar.

 

 

                             PACO

            Ahora, perdónate tú.

 

 

La canción de Machín empieza a sonar de lejos, mezclada con el bullicio de gente que ríe y conversa animada.

El escenario, queda lentamente a oscuras.

La música se adueña del espacio.

 

 

 

 

 

ESCENA XII

 

Una tímida luz se filtra en un lateral del escenario.

Isabel está sentada en la mesa camilla. Va vestida de negro. Tiene la mirada ausente, pero una leve sonrisa le ilumina el rostro.

 

La luz desaparece de la salita.

 

Una luz azulada ocupa el lado opuesto del escenario.

José está vestido de blanco y baila la canción que suena de Machín. Parece que ha rejuvenecido.

 

María asoma por una esquina.

Lleva un vestido azul con unas flores blancas y el pelo suelto… Sujetándole una onda con una horquilla roja.

 

María se acerca  a José y se detiene junto a él. José la mira y sonríe, invitándola a bailar.

María le besa en la mejilla y acepta su invitación.

La música y la luz se hacen más tenues.

 

Una luz cálida recupera el espacio de la salita.

 

Paco está de pie, vestido de negro. Sujeta la foto de New York bajo la nieve, con cierta nostalgia, pero feliz.

 

 

Isabel entra con una pequeña maleta. Se detiene y contempla a su hermano con cariño.

 

Paco deja la foto sobre la mesa.

Isabel deja la maleta en el suelo.

 

 

PACO

¿Recuerdas los domingos, cuando nos sentábamos en la escalera de la iglesia para ver a la gente pasar?

 

                        ISABEL

Sí. Hablábamos de lo que llevaban puesto. Parecía que se vestían como si fueran de boda.

 

 

Paco toma  a su hermana de la mano. Como  dos chiquillos, se sientan al borde del escenario.

Isabel desprende una risa juguetona.

 

 

                             PACO

            La señora esa lleva un vestido horrible.

 

                             ISABEL

¿Cuál?

 

      PACO

Aquella.

 

                  ISABEL

¿Qué lleva en la cabeza?

 

                  PACO

Parece un nido, ¿no?

 

                  ISABEL

(RÍE.) Sí, es verdad. Un nido de cigüeña.

 

                  PACO

¿Y qué me dices de aquella otra? ¡Mira que zapatos! ¿De dónde los habrá sacado?

 

                  ISABEL

No le pegan con el vestido.

 

                  PACO

Con ese vestido es imposible que pegue algo.

 

 

Isabel apoya su cabeza en el hombro de su hermano y cierra los ojos.

 

 

ISABEL

            Te voy a echar de menos.

 

 

 

 

Paco se quita los zapatos y balancea los pies, como si jugueteara a sumergirlos en un río imaginario.

 

 

                             PACO

      Había un lugar escondido en Brooklyn, muy cerca de mi casa. Allí, junto al río, bastaba atravesar un pequeño campo que había sobrevivido a las fauces de los edificios… Sentado, a la orilla, zambullía mis pies cansados del trabajo y miraba el atardecer…

El sol caía sobre Manhattan y la teñía de rojo y plata. Entonces, las luces se hacían las dueñas de la ciudad…

 

 

Suena la canción de Rhapsody in Blue, que lentamente se superpone a la canción de Machín.

 

 

                             PACO

Esta vez, ¿vendrás a visitarme?

 

 

Isabel asiente con la cabeza y se descalza, para juguetear también a sumergir los pies en el río imaginario.

 

 

PACO

A ti te gustará… Te enseñaré el Año Nuevo en Chinatown y las fiestas de la Virgen en Little Italy. Tomaremos café en el French Roast…

 

                  ISABEL

Tal vez veamos nevar…

 

 

La luz azulada desaparece y con ella, María y José.

 

Jaime entra en la salita.  Va vestido de negro. Contempla a su mujer y a su cuñado, con tristeza.

 

Isabel abre los ojos y se gira hacia su marido. Ambos se miran en silencio.

 

La canción de Rhapsody in Blue invade el escenario.

 

Isabel se levanta, coge sus zapatos y se marcha.

 

 

                             PACO

Habrá que pasar página. Siempre hay otra en blanco, esperando…

 

 

Paco se marcha. La luz desaparece de la salita. Jaime, cabizbajo, también se va.

 

 

 

María y José entran en escena. Continúan bailando, mecidos con suavidad por la música.

 

La canción de Rhapsody in Blue desaparece a la vez que la pista donde bailan se suaviza.

 

Paco se encuentra en el extremo del escenario. Está terminando de hacer su maleta. El espacio que le rodea está vacío. Se le ve feliz.

 

 

PACO

Broadway… Mi querido Broadway.

 

 

La canción New York, New York, por Liza Minnelli, comienza a sonar.

Paco termina de cerrar su maleta.

 

 

PACO

Yo quiero volver a formar parte de ti, New York…

 

 

Paco coge su maleta y observa a su alrededor, en un último vistazo a lo que abandona, como ya hiciera tiempo atrás.

 

La canción cobra fuerza, mientras la luz deja el escenario a oscuras.

 

 

 FIN

 

 

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