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NOTICIAS TEATRALES
Elaboradas por Salvador Enríquez
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NO HAY PRECIO... EL QUE TÚ QUIERAS

de Salvador Enríquez

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

Salvador Enríquez

editor@noticiasteatrales.es

 NO HAY PRECIO... EL QUE TÚ QUIERAS

 Drama en un acto

 

 

 

 

 © El autor

Cuadro de texto: Reservados todos los derechos. El autor o su representante legal, la Sociedad General de Autores y Editores de España, son los únicos encargados de autorizar la representación, lectura pública, adaptación o traducción de esta obra.

SINOPSIS ARGUMENTAL

En esta obra se pretende llevar a escena el problema de la emigración e inmigración. La acción se sitúa en un país “más al norte” de los países pobres, en ella intervienen dos hombres que, por carecer, carecen hasta de nombre y solamente al final de la representación el espectador sabrá que se llaman EL HOMBRE y EL COMPAÑERO.

El conflicto, además de plantear el de unas leyes que discriminan a “los sin papeles”, simbolizadas por quien las hace cumplir: EL DEL NORTE, surge por las dudas de uno de ellos, EL HOMBRE, ante la posibilidad de conseguir un precario trabajo a cambio de denunciar a EL COMPAÑERO. La necesidad de ser desleal por conseguir lo mínimo necesario para vivir.

Los intentos de LA MUJER, y muchos de sus compañeros (aunque no salen a escena), de ayudar a los inmigrantes no dan resultado inmediato y son devueltos a su país, aunque mantienen la esperanza de volver.

El final es tan frío como las aguas que separan dos continente y que los dos hombres cruzaron buscando un futuro al que, por el momento, tienen que renunciar. No se sugiere una solución, únicamente se plantea la reflexión sobre el conflicto.

La frase que da título a la obra (“No hay precio... el que tú quieras”) fue la respuesta de un inmigrante a la pregunta de qué quería cobrar por una jornada laboral.

El autor

 

 

REPARTO

(Por orden de intervención)

 EL DEL NORTE

EL HOMBRE

EL COMPAÑERO

LA MUJER

---ooOoo---

 Época actual (año 2001)

Términos del público

  

ACTO ÚNICO

La escena representa el desván de una casa vieja en un barrio antiguo de una ciudad industrial. Hay pocos muebles, solamente un camastro y un par de cajones de madera que servirán alternativamente de mesas y asientos; asimismo sirven para guardar ropa.

El fondo es una cámara oscura con algún perfil o silueta de ventana que da a un tejado por el que entrará, en su momento, una suave claridad, todo muy simple, sencillo y pobre.

EL HOMBRE y EL COMPAÑERO, en primer término, duermen en el suelo de lo que se supone es una calle, iluminados por un foco cenital. Se oye el jadear y los pasos de gente que corre. Se apaga el cenital y la escena empieza a iluminarse por el centelleo intermitente de las luces, rojas y amarillas, de unos vehículos de la policía. El efecto es tan rápido que apenas da tiempo de que se vea el sucinto mobiliario. Los dos hombres salen corriendo, cada uno por un lateral del escenario.

 

Escena I

EL DEL NORTE.- (Voz) ¡Alto! ¡Quietos! (Pausa) ¡A por ellos! (Entra por la derecha, sólo se ve su silueta. Hace como que forcejea) ¡La manguera, el agua! ¡Los otros se han debido de esconder! (Va hacia la derecha con el gesto de llevar a alguien cogido por los brazos) ¡Joder... cómo corren! (Sale)

(Se oye el ruido del agua a presión y nuevos pasos corriendo, mientras se apagan las luces intermitentes. Todo vuelve  estar oscuro y se hace un silencio. De fondo, cada vez más lejano, se deja oír el jadear de EL HOMBRE y EL COMPAÑERO. Lentamente entra una luz tenue por la ventana del fondo)

 

Escena II

 

(La luz de la ventana deja ver a EL HOMBRE junto a la puerta que se supone que hay a la izquierda, comprobando que está bien cerrada; EL COMPAÑERO se está escondiendo debajo del camastro. Los dos hombres están empapados de agua)

EL HOMBRE.- (A EL COMPAÑERO) ¡Vamos, sal de ahí! ¡Ya no pasa nada! (Pausa) Te digo que salgas... han perdido nuestra pista, no saben dónde estamos... ¡sal de una vez! ¡No puedes pasarte la vida ahí escondido!

EL COMPAÑERO.- (Con cara de susto sale de debajo del camastro) ¡Tengo miedo! Reconozco que tengo miedo... (Dudando) no sé si hice bien en venirme, a veces dudo si lo hice bien, si no hubiera sido mejor... ¡Estamos empapados de agua! ¡Estamos chorreando!

EL HOMBRE.- (Sonriendo con un gesto mezcla de enfado y angustia) Sí, ha sido un diluvio ¡como aquel Diluvio universal! Sólo que este no ha durado cuarenta días y cuarenta noches... ¡algo es algo!

EL COMPAÑERO.- Me pone muy nervioso el agua, no lo puedo remediar ¡No puedo soportar al agua! Cuando me da en la cara noto que me ciega, pierdo el equilibrio, el sentido de la orientación... no sé si me encuentro al norte o al sur...

EL HOMBRE.- (Trata de sonreír sin gana) Cuando te ocurra eso... huele ¡olfatea! Si a tu nariz llega un buen perfume, estás en el norte; en el sur solamente huele a pobreza, hambre, angustia, miseria.

(Se empiezan a secar con trapos que sacan de un cajón)

EL COMPAÑERO.- Quizá tengas razón. En el sur siempre está lo malo, la pobreza, la miseria. Por eso me dije: ¡vete al norte! allí está el bienestar.

EL HOMBRE.- Pero... todo tiene un norte y un sur, incluso las ciudades. A nosotros, aquí, de momento, nos ha tocado estar abajo, en el sur. (Transición) Vamos a cambiarnos de ropa, sólo nos faltaba resfriarnos y tener que buscar un médico.

EL COMPAÑERO.- También sería un problema ¿verdad? En estas condiciones no podemos ni enfermar. (Pausa) Tengo que ir al retrete.

EL HOMBRE.- Está ahí fuera, (Señalando a la izquierda) ve, ya no hay peligro, los hemos despistado, ve tranquilo. (Le da ropas secas que saca de un cajón) Toma esto, cámbiate y te secas. Si no enciendes la luz, mejor. No conviene que alguien vea que esto está habitado... de momento.

EL COMPAÑERO.- (Temeroso) Pero... tú has dicho que este lugar es seguro, que no nos encontrarán aquí...

EL HOMBRE.- (Enfadado) Sí, pero no como para organizar una fiesta y poner luces de colores.

EL COMPAÑERO.- (Pensativo) ¡Luces de colores! ¡Maldita sea..! (Recordando) ¡Creía que se me venían todos encima! ¡Que despliegue! ¡Luces, sirenas, mangueras..! Como si fuéramos delincuentes... ¡ni que hubiéramos robado el Banco Nacional!

EL HOMBRE.- Si hubieras robado a lo grande... ¡no habría tanto despliegue policial! Y... la alusión a las luces de colores ha sido desafortunada, perdóname. Quise hacer una broma y... no debí hacerlo. Anda, ve a cambiarte y después pensamos qué hacer.

EL COMPAÑERO.- (Va a la puerta de la izquierda, acerca el oído y al momento abre con sigilo) Ahora vuelvo (Sale y muy lentamente sube la luz de escena).

 

Escena III

EL HOMBRE.- (Enciende un cigarrillo que fuma muy nervioso. Coge ropa de un cajón y se cambia) ¡El norte y el sur! (Sonríe) ¡Quién sabe cual es uno y cual es otro! (Mirando por el ventanuco) Esto también es el sur, tejados que se caen de abandono, calles sucias y malolientes, hombres en las esquinas viendo pasar el tiempo... ¡No es lo que nos dijeron! Pero... allá... más al norte de la ciudad, las cosas son diferentes y eso... nos da alguna esperanza. (Saca unos papeles de un bolsillo de la ropa mojada que se quitó) ¡Menos mal que no me los han destrozado! (Los estira cuidadosamente sobre un cajón que hace de mesa) ¡Los papeles! ¡Eres persona si tienes papeles! Si no... ¡no existes! no eres nadie. Esa maldita diluvia podía haber terminado con los papeles y al mismo tiempo conmigo... ¡como aquel Diluvio que terminó con todos los seres vivos! (Sonriendo) Con la diferencia de que aquí no hay Arca de Noé... y si la hubiera sería para otros. (Leyendo los papeles en voz alta) “...por un plazo improrrogable de noventa días...” (Queda pensativo).

 

Escena IV

EL COMPAÑERO.- (Entra por la izquierda. Se ha cambiado de ropa) ¡Ya! ¡Ya me siento mejor!

EL HOMBRE.- (Esconde rápidamente los papeles) ¡Eso está bien! ya verás cómo todo se arregla.

EL COMPAÑERO.- Eso espero.

EL HOMBRE.- Tenemos quien nos ayuda. No estamos tan solos como crees.

EL COMPAÑERO.- (Le observa detenidamente) ¿Crees eso que dices? ¿Lo crees de verdad?

EL HOMBRE.- (Disimulando sus dudas) Naturalmente que lo creo ¿te iba a engañar?

EL COMPAÑERO.- A veces la mentira puede ser piadosa, dicen. A veces nos engañamos a nosotros mismos para darnos fuerza, esperanza; para animarnos y hacernos creer que nada es imposible. Son mentiras que sirven, como la fe, para creer en lo que no se tiene, en lo que no se ve, pero que necesitamos creer en ello para seguir adelante, para ilusionarnos con que un día lo tendremos.

EL HOMBRE.- Es que... a las gentes como nosotros... ¡sólo nos queda la fe!

EL COMPAÑERO.- (Con cierto enfado) Bien, eso lo dices tú que, supongo, eres creyente ¿no?

EL HOMBRE.- Lo soy, sí.

EL COMPAÑERO.- Pero... ¿y los que no lo somos? ¿A qué nos agarramos quienes no tenemos esas creencias tuyas? Por lo que veo estamos condenados a vivir en un agujero como éste, a huir siempre, a no disponer... no te digo de comodidad... ¡a no disponer ni de paz! y todo por una leyes que nos machacan.

EL HOMBRE.- (Sentencioso) Son sus leyes.

EL COMPAÑERO.- Pero son implacables. Por lo que veo las leyes de estos hombres son implacables y sospecho que, más pronto o más tarde, darán con nosotros y... ¡me veo de vuelta! (Triste) De nada ha servido el riesgo, el dinero que dimos para que nos trajeran...

EL HOMBRE.- Tú también lo diste todo ¿verdad?

EL COMPAÑERO.- ¡Claro! hasta el último centavo y allí dejé mi vivienda, mi familia...

EL HOMBRE.- Hay que aguantar, no nos queda otro remedio. Lo peor sería volver.

EL COMPAÑERO.- Yo es que no puedo, si regreso me detienen... ya sabes que me tienen marcado. La policía de aquí me persigue por no tener papeles, y la de allí... ¡por tener demasiados! (Transición) Por cierto ¿qué leías cuando entré? ¿Alguna noticia sobre nuestra situación?

(Se oyen pasos en la escalera y los dos hombres se ponen tensos)

EL HOMBRE.- ¡Calla!

EL COMPAÑERO.- ¿Nos habrán encontrado?

(Alguien golpea suavemente en la puerta, como una llamada convenida)

EL HOMBRE.- (Sonriendo) ¡No hay cuidado! Es ella (Va a la puerta y abre seguido de cerca por EL COMPAÑERO)

 

Escena V

(Entra LA MUJER. Lleva una bolsa con comida y algunos periódicos bajo el brazo)

LA MUJER.- (A EL HOMBRE) ¡Hola! (Mirando a EL COMPAÑERO) ¿Es tu amigo, del que me hablaste?

EL HOMBRE.- Sí, del que te hablé.

LA MUJER.- (A EL COMPAÑERO) ¡Hola! ¿Cómo estás?

EL COMPAÑERO.- (Saludándola) Bien, bien...

LA MUJER.- Bueno... perdona la pregunta, es algo que se dice al saludar a alguien, pero me parece una estupidez haberte preguntado eso. Sé que estarás jodido.

EL COMPAÑERO.- Ya sé... no te preocupes (Con una sonrisa) Sí, algo jodido, como tú dices, pero...

LA MUJER.- Os traigo algo. (Saca de la bolsa unos botes de comida preparada) Con esto podréis arreglaros para comer unos días. Vamos a ver, espero que todo se solucione pronto. También os traigo periódicos para que sigáis cómo van las cosas.

EL HOMBRE.- (Toma los botes y los pone en un cajón. Coge los periódicos y los mira con avidez) ¿Qué dicen? ¿Algo nuevo?

LA MUJER.- (Displicente) Poca cosa, unos y otros hablan buscando una solución, pero... ya ves: no llegan a nada. Lo siento, hay que esperar. Lo estuvieron dejando, dejando, y ahora no saben cómo salir; no saben qué hacer con vosotros.

EL HOMBRE.- Es un conflicto, sí. ¡Y somos muchos! (Nervioso) Pero debían de entender que no venimos por gusto, que no somos turistas en busca de sol... somos personas que necesitamos... vivir.

EL COMPAÑERO.- ¿Entonces? (Con cierta inquietud) Entonces... ¿no habrá alguna solución?

LA MUJER.- Sí... lo que pasa es que parece que nadie esperaba esta avalancha.

EL HOMBRE.- Pero... muchos de nosotros llevábamos semanas ahí, en la plaza, durmiendo y viviendo... ¡todo el mundo nos veía! ¿Porqué surge ahora todo este follón?

LA MUJER.- Quizá tú no lo entiendas, tenemos costumbres diferentes, normas... que no se parecen a las vuestras... ¡lo que llaman cultura! (Intentado hacerle comprender) Lo han estado dejando pasar por si el problema se resolvía por sí solo, creo que eso es todo, pero hay cosas que no se resuelven por sí solas.

EL COMPAÑERO.- Yo estoy, como quien dice, recién llegado; no conozco exactamente la situación, pero sí sé que esta mañana me perseguían como si fuera un delincuente.

LA MUJER.- Pues la situación es delicada, no te voy a engañar. Con tantos como habéis llegado... no saben qué hacer. Por nuestra parte estamos insistiendo, hay compañeros míos que están discutiendo con ellos...

EL COMPAÑERO.- Con los que hacen las leyes... ¿no?

LA MUJER.- Están presionando para que os den papeles... que os permitan buscar trabajo, que no os detengan...

EL COMPAÑERO.- ¡Pero quién hace las leyes! Yo sé, porque sé leer, he estudiado, oigo la radio y leo periódicos, que aquí hay trabajo; trabajo duro, sí, pero que estamos dispuestos a hacer ¡y todo el problema está en los papeles! ¡Unos papeles que nos tiene que dar, precisamente, quien nos los niega!

EL HOMBRE.- (Intentando aclarar las cosas) ¡Cálmate! Tienes razón, pero... así son las cosas. La gente olvida pronto... los de aquí también buscaron su norte, hace años, por Europa, por América... pero la mayoría iban con contratos de trabajo, iban con papeles. En cambio los de nuestro sur... los que nacieron en nuestra tierra y mandan en ella, lo hacen mal, no piensan en los compatriotas pobres.

EL COMPAÑERO.- Sí, ellos abren la puerta para que salgamos. ¡Menos problemas!, dicen, cuantos más salgan, menos conflictos tenemos aquí. No quieren saber más. Incluso, si te atreves a volver, te espera una condena por no estar de acuerdo con ellos, ¡por ser de la oposición! (Nervioso) ¡Aquel maldito Diluvio se debía de repetir!

(Se hace un oscuro, tiempo en el que se ha de dar la vuelta al camastro de forma que simule la mesa de despacho de EL DEL NORTE. Los dos cajones servirán de asiento. EL HOMBRE, EL COMPAÑERO y LA MUJER salen de escena)

 

Escena VI

(La escena vacía. Un foco ilumina la mesa de despacho. A los pocos instantes entra por la derecha EL DEL NORTE y se sienta ante la mesa)

EL DEL NORTE.- ¡Que pase el siguiente!

EL HOMBRE.- (Aparece por la izquierda, con la cabeza gacha y las manos a la espalda. Aparenta estar preocupado, casi asustado) Buenos días (Se acerca lentamente a la mesa) Usted dirá.

EL DEL NORTE.- No tan buenos, al menos para mí. Contigo son veinte a los que he visto esta mañana y a todos haciéndoles la misma pregunta... ¿Tienes papeles?

EL HOMBRE.- Sí, señor (Lleva la mano al bolsillo, saca unos papeles y se los muestra) Estoy legal.

EL DEL NORTE.- (Toma los papeles y los lee en voz baja con parsimonia) Con que... ¡estudiante! ¿eh? (Con desconfianza) Un poco crecido para estar estudiando aún ¿no? (Le devuelve los papeles)

EL HOMBRE.- Bueno, en mi país terminé los estudios superiores, no sé si es el equivalente aquí, pero tengo estudios. Cuando me vine estudiaba una especialidad.

EL DEL NORTE.- (Irónico) ¿Navegación, quizá?

EL HOMBRE.- (Molesto por el comentario pero aguantando el tipo. Va abandonando la postura de sumisión y se crece en orgullo) ¡No señor! Comercio, estudiaba para comercio. Lo de la navegación no tiene nada que ver.

EL DEL NORTE.- (Rebuscando en un cajón saca una carpeta de documentos) Es que como aquí dice que llegaste a este país... casi a nado (Ríe con malicia) Pero aquí dice que se te autoriza a estar un máximo de noventa días... ¿lo sabes?

EL HOMBRE.- Sí, señor, lo sé.

EL DEL NORTE.- Y... ¿qué piensas hacer?

EL HOMBRE.- Pues... (Dudando) no sé, tendré que volver. Quisiera conseguir un permiso de trabajo y... encontrar trabajo, naturalmente.

EL DEL NORTE.- (Se levanta y se acerca a EL HOMBRE con falso gesto de amabilidad) Tú no quieres volver ¿verdad?

EL HOMBRE.- (Tras un silencio) No, naturalmente; no deseo volver. Allí, en mi país, pasaba hambre, carecía de lo necesario, apenas disponía de una choza para dormir... no veía ningún futuro. Con dificultades conseguí sacar los estudios adelante, mi gobierno me ayudó en principio, una especie de beca, pero...

EL DEL NORTE.- (Aparentando extrañeza) En principio te ayudó tu gobierno ¿verdad? y... ¿luego te dejaron en una choza? No lo entiendo.

EL HOMBRE.- Sí, así fue, tuve problemas.

EL DEL NORTE.- O... ¿te creaste problemas?

EL HOMBRE.- Puede que me los creara.

EL DEL NORTE.- ¡Quizá! (Pausa. Vuelve a su mesa y toma actitud dictatorial) Pues aquí no queremos problemas. No vayas a crearnos problemas porque bastantes tenemos para que vengan de fuera a crearnos más. (Lo mira con un gesto amenazante) Tenemos que hablar más tú y yo, quizá me puedas ayudar, pero antes me gustaría saber que te ocurrió en tu país.

(Se apaga el foco que ilumina a EL DEL NORTE y simultáneamente se enciende otro que ilumina  a EL HOMBRE que se ha situado sobre un cajón a la izquierda del fondo del escenario)

 

Escena VII

EL HOMBRE.- (Mirando al público, como dirigiéndose a un auditorio de compañeros. Aunque su discurso es político, no usa el tono de un mitin, sino el que persuasión) ¡Tenemos que conseguirlo! Así no es posible seguir: el capital está en manos de cuatro familias, nuestro sistema de gobierno es feudal, la tierra es de ellos, y las casas y los ríos... ¡todo! Nosotros no contamos, no somos nada para ellos. Hay que exigir un mejor reparto de la riqueza, un reparto equitativo. Hay que terminar con esa sangría de la emigración. Cada día son más los compañeros, los amigos, los familiares, que abandonan nuestras tierras en busca de ese mundo, primer mundo, en el que puede haber esperanza. Si seguimos así, un día nos tocará a nosotros, un día no muy lejano. Hay que dar un vuelco y ese vuelco tiene que salir de aquí, de las escuelas, de quienes hemos aprendido a leer y a escribir, de quienes tenemos la posibilidad de razonar más allá de lo que nos han impuesto a través de los años; nosotros que tenemos acceso a otras ideas y otras formas de gobernar, los que sabemos qué pasa en el mundo porque leemos los periódicos extranjeros y sabemos qué ocurre aquí. De nosotros depende que se pueda producir un cambio. Debemos exigir un gobierno democrático, como los hay en ese primer mundo con el que soñamos, un gobierno que sea elegido por el pueblo y que el pueblo sea el que decida y administre (Pausa) ¿No lo entendéis? (Pausa) Escuchadme bien (Saca un libro del bolsillo) aquí lo dice (Lee) “ha creado para vuestro uso todo cuanto hay sobre la Tierra” (Vuelve al imaginario auditorio) Hay que tener fe, pero no olvidéis que aquí, en nuestro libro, también dice (Lee): “Sabed que quien cambia la fe por la incredulidad deja lo bello en medio del camino”

(Se apaga el foco mientras se enciende el que ilumina a EL DEL NORTE y, lentamente, vuelve luz general a escena)

 

Escena VIII

EL DEL NORTE.- (Que ha observado desde la penumbra) O sea: que eres un agitador ¿no?

EL HOMBRE.- (Dudando) No sé cómo se llamará aquí, pero...

EL DEL NORTE.- ¡No! ya no se llaman agitadores, ahora les llaman progresistas, pero en el fondo son lo mismo... ¡agitadores! (Enérgico, con aire fascistoide) revoltosos, gentes inadaptadas con gana de camorra...

EL HOMBRE.- Yo no lo veo así, pedimos derechos, que se nos respete. Y perdone que se lo diga...

EL DEL NORTE.- (Tratando de ganar la confianza de EL HOMBRE) Nada, nada... puedes decir lo que quieras, creo que eres sincero y que... me puedes ayudar, como te dije antes. Olvida lo de agitador, lo de revoltoso.

EL HOMBRE.- (Tratando de explicarse) Es que ustedes, desde su situación, a lo mejor no llegan a comprender todo nuestro problema. Aquello es... como la Edad Media en Europa: puro feudalismo. (Pausa) No crea usted que nos arriesgamos a tanto caprichosamente, no somos aventureros, ni iluminados, ni nada de eso: somos gentes necesitadas. (Transición) Me dijo que le podía ayudar... si me dice en qué y cómo...

EL DEL NORTE.- Verás: sabemos que muchos de vosotros andáis escondidos... ¡tú no, claro! tú tienes un permiso... aunque sea para noventa días, que llegarán a terminarse, pero otros sí que andan por ahí. A muchos los cogimos y van a ser devueltos a su país, a tu país, pero otros escaparon y eso no puede ser, no se puede vivir escondido y de forma ilegal. Tú lo comprendes ¿verdad?

EL HOMBRE.- Pues... sí, lo comprendo, es cierto. No se puede vivir escondido, pero...

EL DEL NORTE.- ¡Pero lo están! Y en esas condiciones se van a morir de hambre poco a poco. (Pausa) Sabemos que hay gente que os ayuda, que les ayuda, que les llevan comida, que los animan a resistir, pero las gentes de acabarán cansando, llegará un momento en el que no puedan seguir manteniendo a tantas personas en la clandestinidad.

EL HOMBRE.- ¿Y..?

EL DEL NORTE.- Y lo mejor sería facilitarles el regreso. No irían como vinieron... sobre cuatro tablas y pagando mucho dinero, sino gratis y en un barco como Dios manda. Si no tienen trabajo no pueden vivir... (Transición) ¿Sabes una cosa?

EL HOMBRE.- ¿Qué?

EL DEL NORTE.- Ahora que lo pienso que a lo mejor yo te puedo resolver el problema, a ti, sólo a ti, no puedo hacerlo con todos (Irónico) ¡qué más quisiera yo! Pero... tengo un amigo en el campo que posiblemente necesite mano de obra ahora que viene la recolección. ¿Te gustaría disponer de un trabajo? ¿De un permiso con todas las de la ley?

EL HOMBRE.- (Dudando, sospechando que le quiere hacer chantaje) Sí, claro que me gustaría, pero... ¿qué me pide a cambio?

EL DEL NORTE.- ¡No! nada para mí ¡Nada para nosotros! Se trata de ayudar a tus compañeros, facilitarles el regreso, y a nosotros ahorrarnos el trabajo de tener que andar buscándolos. (Transición) Tú tranquilo, sin problemas, para entonces mi amigo te habrá dado trabajo... ¡y papeles! (Ríe).

EL HOMBRE.- (Duda) Es que yo...

EL DEL NORTE.- (Insistente) ¡Y papeles!

EL HOMBRE.- ¿Me propone que denuncie a mis compañeros?

EL DEL NORTE.- No se trata de denuncias ¡hombre, qué palabras usas! Es para ayudarles, ya te digo. Y, en cuando a compañeros... tampoco es para llamarlos así, a fin de cuentas os conocéis de haber dormido en la misma calle unas semanas, haberos lavado la cara en la misma fuente y de haber orinado en el mismo árbol.

EL HOMBRE.- (Pensativo) No sé, no sé... (Sale por la izquierda).

EL DEL NORTE.- ¡A la mierda! (Voltea la mesa que de nuevo queda como un camastro y sale por la derecha. La luz baja de intensidad y todo queda en silencio unos instantes)

 

Escena IX

(Por la izquierda entran LA MUJER y EL COMPAÑERO. La escena se ilumina lentamente)

EL COMPAÑERO.- (Abatido) Está todo muy difícil

LA MUJER.- (Intentando darle ánimos) ¡Se va a resolver, ya lo verás!

EL COMPAÑERO.- Pero... ¿cómo? ¿cuándo? ¡si lo nuestro, nuestra situación, parece no importarles! (Pausa) Lo único que les importa, al parecer, es que damos mala imagen en la calle, que íbamos todos juntos, que tenemos un color de piel más oscuro y que no vestimos bien.

LA MUJER.- (Con cierto gesto de resignación) Así es este “primerísimo mundo” ¡y lo queremos cambiar! Pero cuesta. No es cuestión de un día ni de dos.

EL COMPAÑERO.- (Sin haberla escuchado) Cuando han conseguido quitarnos de la calle parece que se sienten mejor ¡Ya no están los sucios extranjeros! ¡Las calles están limpias! Piensan... ¡ya podemos seguir nuestras vacaciones! y se quedan tan tranquilos.

LA MUJER.- (Un poco enfadada, pero cariñosa) ¡Mira! ¡No te puedes hundir ahora! Pero piensa que... aunque queramos no podemos poner el mundo patas arriba en dos días. Vosotros tenéis vuestras costumbres, vuestra forma de entender la vida, vuestra cultura... ¡y nosotros las nuestras! Y perdona la distinción entre “vosotros” y “nosotros” pero es para entendernos. Aquí no es normal que las calles estén llenas de bártulos, de colchonetas, de gente durmiendo...

EL COMPAÑERO.- No es normal... en el centro, pero hay barrios en las afueras que sí están así, no me lo niegues, los he visto. Deben de ser esos barrios humildes que, como están lejos, parece que no existen. Creo que eso se llama hipocresía. (Transición) Bueno no te enfades conmigo, pero entonces que nos dejen, por lo menos, buscar trabajo.

LA MUJER.- De eso se trata, no de manteneros en la calle, sino de que podáis trabajar y vivir. Mis compañeros está hablando con ellos, negociando... danos un poco de tiempo, por favor.

EL COMPAÑERO.- Nosotros trabajamos duro, estamos acostumbrados al sol, al calor, no nos acobarda en trabajo de sol a sol; queremos respetar vuestras costumbres y aprenderlas... ¡y que vosotros respetéis las nuestras! El mundo es redondo y grande, no debe de ser hecho parcelas...

LA MUJER.- (Para sí) ¡Cuánto más se parcela el mundo más tribus aparecen!

EL COMPAÑERO.- ¿Cómo?

LA MUJER.- Nada, hablaba sola. Es que... ¡porqué será tan difícil que los seres humanos nos pongamos de acuerdo! Vivimos en un eterno conflicto, pero no ahora ¡ha sido siempre! Cada tribu defiende su territorio, cada grupo se identifica con un símbolo... ¡una argolla en la nariz, una corbata de seda o... ¡una bandera! ¡Maldita sea!

EL COMPAÑERO.- (La observa con una mezcla de admiración y ternura) A veces me conmueves ¿sabes? Te admiro, y a todos tus compañeros de organización. Os estáis portando muy bien con todos nosotros. Cuando me embarqué para cruzar la mar no supuse que encontraría gente como vosotros.

LA MUJER.- No digas eso; simplemente tratamos de ser consecuentes con nuestras ideas, con nuestra forma de pensar y entender el mundo, ¡nada más! Aunque algunos nos vean como visionarios o... (Riendo) nos llamen anarquistas.

EL COMPAÑERO.- Tampoco esperaba encontrar otras cosas.

LA MUJER.- ¿Qué no esperabas?

EL COMPAÑERO.- (Sin saber cómo explicarse) No sé... había soñado con salir de allí, ir al norte... ¡me habían hablado del Primer Mundo... ¡el futuro estaba en él!

LA MUJER.- ¿Quién te habló de ello? ¿Alguien que había estado y volvió? No lo creo, quizá fue alguien que lo soñó.

EL COMPAÑERO.- Puede ser, quizá fueran sueños que deseamos hacer realidad. (Pausa. Con cierto entusiasmo) Mira, cuando llegué a la costa vi, a lo lejos, sombrillas, gentes tomando el sol, simplemente tomando el sol... ¡nada más! Unos edificios altísimos y lujosos...

LA MUJER.- (Sonriendo, tratando de relajar la tensión) ¿Qué más viste?

EL COMPAÑERO.- (Casi divertido) Poco más... tuve que nadar fuerte y al llegar a la playa salir corriendo... ¡había unos señores con gorra que nos esperaban! (Ríe).

LA MUJER.- (Divertida) Me gusta que te lo tomen así, con frecuencia es bueno recordar lo trágico con una sonrisa, es un poco... ¡la catarsis!

EL COMPAÑERO.- ¿La... qué?

LA MUJER.- ¿La catarsis? Pues... ¿cómo te lo explicaría? Es... como la eliminación de recuerdos que molestan a nuestra conciencia y que nos fastidian el sistema nervioso... ¡más o menos!

EL COMPAÑERO.- ¡Cuantas cosas conoces! Ya sabes que yo estudié en mi país pero... ¡no llegué a tanto! Bueno... es que allí las cosas son diferentes.

LA MUJER.- Sí, cuando se cambia de lugar todo nos parece diferente: las comidas, las costumbres, el habla, las calles, las gentes...

EL COMPAÑERO.- ¿Cómo lo sabes? Tú no has cambiado de lugar, tú naciste aquí, ¡eres de aquí!

LA MUJER.- (Sonriendo) Depende de a lo que llames “ser de aquí”, si al continente, al país, a la región, a la ciudad...

EL COMPAÑERO.- ¡Qué divisiones! En otros lugares se es de una familia, una casta...

LA MUJER.- Sí, el mundo se divide en mil trozos y cuando cambias de uno a otro ¡eres el de fuera, el extranjero! (Sincerándose) Yo tampoco soy de aquí, si “aquí” le llamas a esta ciudad. Yo vine también del sur.

EL COMPAÑERO.- Pero... tú no eres de mi país.

LA MUJER.- ¡No! El sur no es solamente tu tierra, hay otro sur... aunque más cercano. Me vine, sí, también emigré del sur, pero de un sur más cercano. De eso hace ya algunos años... (Pensativa, recordando) Aunque mi color de piel es el mismo, mi forma de pronunciar no, ni mis costumbres... Notaba que algunos me miraban así... por encima del hombro. No podía evitar sentirme extraña y eso que, si miras en un mapa, la distancia entre aquel sur del que yo vine y este norte en el que vivo, sólo es de unos milímetros.

EL COMPAÑERO.- Pues si ves lo que yo tuve que cruzar... es (Señalando con dos dedos una mínima porción) como así: no más de tres centímetros.

LA MUJER.- Yo hice el viaje en tren, no como tú. Un tren que cada vez me alejaba más del color blanco de mi pueblo y me acercaba al gris de las fábricas. (Transición) Sé lo que es pasear la ciudad sin rumbo fijo, mirar a un lado y a otro en busca de una cara conocida ¡que nunca encuentras! Llamar a una puerta y a otra ofreciéndote para trabajar... (Pausa) Sé lo que es aguantar las sonrisas idiotas de quienes pronuncian las eses finales pero no saben pronunciar una jota aspirada.

EL COMPAÑERO.- ¡Estoy “mohao”! yo lo digo bien (Ríe)

LA MUJER.- (Ríe la ocurrencia) ¡Eso es: “mohao”!

(Hay un silencio en el que EL COMPAÑERO y LA MUJER quedan en silencio, pensativos, como si no supieran qué decirse. Se va dejando oír viento y lluvia que golpea en el tejado cada vez más fuerte)

EL COMPAÑERO.- (Vuelve la cara hacia el ventano con gesto de temor) ¡Otra vez la lluvia, el agua..!(Nervioso) ¡Y todo por unos malditos papeles! (Baja la luz de escena)

 

Escena X

(Por la derecha entra EL HOMBRE. Va con las manos en los bolsillos, pensativo, algo triste, como envuelto en dudas. Lentamente sube la luz de escena)

EL HOMBRE.- (Saludando) ¡Hola!

EL COMPAÑERO.- ¡Hola! ¿Cómo va todo?

EL HOMBRE.- Bueno... nada. No hay nada de nuevo. Todo igual.

LA MUJER.- Pero... ¿te encontraste con algunos compañeros? Es importante saber cómo andan, saber si se encuentran con buen ánimo. Nosotros seguimos...

EL HOMBRE.- (Nervioso) ¡Vosotros seguís... dándole vueltas a todo! Y yo apenas puedo hablar con ellos, con los demás. Tenemos que ir como escondidos para que no crean que nos estamos juntando. Sospechan que preparamos alguna manifestación, algún alboroto, y está todo muy vigilado. Si nos juntamos más de tres, siempre hay alguien que se acerca y nos dice que no formemos grupos.

(Hay un tremendo silencio en el que los tres se miran con desconfianza. Parece como si LA MUJER y EL COMPAÑERO sospecharan la entrevista que EL HOMBRE tuvo en EL DEL NORTE)

¡Qué miráis! ¿Os parezco un bicho raro?

LA MUJER.- No, nada de eso. Es que te noto nervioso. ¿Te ha ocurrido algo?

EL COMPAÑERO.- Estás extraño, sí.

EL HOMBRE.- (Queriendo eludir su comprometida situación) Se dice, lo he visto en un periódico, que los que mandan han hablado de nuestro problema.

LA MUJER.- ¡Bueno! del suyo, en toda caso, de su problema.

EL HOMBRE.- (Sin hacerle mucho caso) Sí, eso es: quieren resolver su problema. Uno, el que manda en el sur,  culpa a otros, a los del norte: dice que quienes facilitan los viajes son de aquí y no de allí, que los beneficios se quedan en cuentas de este país, que el que manda aquí no se preocupa de nosotros... ¡salvo que no le ensuciemos las calles..! ¡Un lío! Pero nosotros nos quedamos en medio y así nos llevamos las bofetadas de ambos.

EL COMPAÑERO.- El otro día que salí un rato, un compañero me dijo que lo mejor es...

LA MUJER.- ¿Qué?

EL COMPAÑERO.- Cometer un delito, un delito leve: robar una cartera, dar un tirón... algo así. De ese modo la policía te detiene, te ficha... pero no te expulsa porque tienes que ir ante el juez.

LA MUJER.- ¡No digas barbaridades! ¡Ni lo pienses! Eso no es una solución.

EL HOMBRE.- (Resuelto) Lo mejor es buscar trabajo y no seguir aquí escondidos. Alguien que me dé, (Rectificando) que nos dé, trabajo aunque sea sin papeles. Pagan menos, lo que quieren, pero... así a lo mejor lo consigues.

EL COMPAÑERO.- ¿Se puede conseguir de ese modo?

EL HOMBRE.- Sí, creo que sí... aunque sea por un tiempo limitado ¿sabes?

EL COMPAÑERO.- No entiendo estas leyes, pero... si tú lo dices...

EL HOMBRE.- (Riendo sin gana) Así, a lo mejor, me convierto en víctima, aunque siga siendo, como nos llaman, un ilegal.

EL COMPAÑERO.- (Riendo sin gana) Entonces ¿yo seguiré siendo totalmente ilegal? aunque sin trabajo... ¡Qué manera de clasificar a las personas! Es todo tan confuso que...

EL HOMBRE.- Es que (Dudando) me han dicho que hay en un pueblo cercano quien contrata así... ¡bueno, eso no es contratar! Ya sabes: es trabajar por el dinero que te quieran dar, pero puedes vivir. Te dejan unos pabellones para dormir y te dan la comida. Eso sí, me lo han advertido, si te preguntan qué quieres ganar, responde: no hay precio... el que tú quieras.

LA MUJER.- ¡Pero eso no lo debéis aceptar! Es volver a la esclavitud, lo que hacen esos es traficar con personas, aceptar es facilitarles que comercien con vosotros como si fuerais mercancía.

EL HOMBRE.- (Muy nervioso) Pero ¿qué hacemos si no? ¿Seguir esperando? Vosotros estáis intentando hacer comprender a los que han hecho las leyes pero, mientras, nosotros tenemos necesidades: comer, dormir, sentirnos libres. (Transición) ¡A lo mejor me dan trabajo!

EL COMPAÑERO.- ¿A mí también?

(Hay un silencio en el que, inevitablemente, las miradas de LA MUJER y EL COMPAÑERO se clavan en EL HOMBRE)

LA MUJER.- ¿Cómo dices? ¿Que has encontrado..?

EL COMPAÑERO.- Y... ¿no lo has sabido hasta hoy? (Con desconfianza) ¿Hasta hoy?

LA MUJER.-. (Tratando de suavizar la situación que se pone tensa) Voy a bajar a por unas cervezas ¡lo vamos a celebrar! (A EL HOMBRE) Y ahora cuando suba nos cuentas. (Va a la izquierda)

EL HOMBRE.- Pero... no es seguro. Aún no hay que celebrar nada.

LA MUJER.- En esta situación, la posibilidad ya es un triunfo.

EL COMPAÑERO.- ¿Cómo ha sido? ¿Quién te lo va a dar? Dime... ¿de qué se trata?

LA MUJER.- (Desde la puerta de la izquierda) ¡Venga, ahora nos cuentas! Bajo y subo enseguida. (Sale)

 

Escena XI

EL COMPAÑERO.- ¡Qué suerte! ¿no?

EL HOMBRE.- (Algo abatido) Sí... suerte, pero no sé si aceptaré, esa es la verdad. A veces hay trabajo, pero un trabajo que uno, que a uno... no le gustaría hacer. Ya dije que no es seguro, tengo que pensarlo. Me lo ha sugerido, ofrecido, un hombre al que conocí, creo que está bien relacionado (Duda) que conoce gente...

EL COMPAÑERO.- ¿Dónde? ¿Dónde lo conociste? Yo no podría...

EL HOMBRE.- No, tú no podrías... Lo conocí en un bar, tomando una cerveza.

EL COMPAÑERO.- (Casi suplicante) ¿De verdad no crees que pueda tener algo para mí?

EL HOMBRE.- (Tratando de alejar esa idea de EL COMPAÑERO) Es un simple conocido, no una agencia de colocación. Es más, no es ni conocido. No sé su nombre ni a qué se dedica. Él me vio, me habló del asunto muy discretamente; me explicó que no él, sino un amigo suyo, podría darme un trabajo temporal en el campo... ahora que se acerca la recolección. Su amigo y él debe tener influencias y... (Resuelto) Mira... ¡las cosas aquí funcionan así! Y a lo mejor, si trabajo bien, hasta me pueden dar papeles. Desde luego, si puedo, haré algo por ti, pero ahora no es posible, sería abusar.

EL COMPAÑERO.- (Con extrañeza) Y... ¿porqué dudas en aceptarlo? No lo entiendo. Bien que no puedas hacer nada por mí... perdona que te haya puesto en el aprieto, pero si tú puedes conseguir algo... sabemos que lo mejor es resolver el problema de todos, pero... si no es posible, que no lo creo, al menos arreglar la situación de uno.

EL HOMBRE.- (Transición. Con grandes dudas) ¿No has pensado en estos días que, tal como están las cosas, lo mejor podía ser... que a lo mejor...

EL COMPAÑERO.- Que a lo mejor... ¿qué?

EL HOMBRE.- (Mordiéndose un labio, no queriendo decir la frase) Que a lo mejor... ¿tienes que volver? Si esto no se arregle pronto o si dan con algunos de nosotros... o con todos...

EL COMPAÑERO.- ¿Qué? ¿Cómo nos van a encontrar? A menos que alguien diga dónde estamos. Tú sabes que las gentes que nos están ayudado no van a denunciarnos, no van a decir dónde estamos todos y cada uno.

EL HOMBRE.- Sí, claro... pero me temo que ellos tienen medios y tiempo para encontrarnos. A lo peor... ¡no sé, no sé!

EL COMPAÑERO.- Te noto extraño, nervioso y... como si ocultaras algo ¿tienes problemas?

EL HOMBRE.- ¡Pues no me pasa nada! Solamente te he preguntado si no has pensado en que... no tuvieras más remedio que volver. Eso es todo. Lo demás... a lo mejor son tonterías, fantasías, imágenes negras... cuando uno está pesimista lo ve todo así, aunque sea en sueños.

EL COMPAÑERO.- Cierto, los sueños no siempre son agradables.

EL HOMBRE.- Depende de quién sueñe, creo.

(Hay un silencio durante el cual los dos hombres se observan)

EL COMPAÑERO.- (Pensativo. Para sí) Sí, habrá quien todo lo sueñe de colores. (A EL HOMBRE) Bien... si te dan ese trabajo y te marchas al pueblo ese, ya me lo dirás ¿no?

EL HOMBRE.- Sí, claro. Pero... aunque me fuera estaríamos en contacto ¿sabes?

EL COMPAÑERO.- (Sin creerle) Sí, naturalmente. (Pausa) Bien... voy un momento al lavabo, ahora vuelvo (Sale por la izquierda).

 

Escena XII

(EL HOMBRE queda solo en escena. Repite la posición que tenía en la Escena III poniendo los papeles sobre un cajón y estirándolos cuidadosamente. La luz baja y sólo un foco le ilumina)

EL HOMBRE.- (Leyendo) “...Por un plazo improrrogable de noventa días...” (Deja de leer) y el plazo se va cumpliendo. Se acerca el final y... ¡tengo que decidir! (Pensativo, entre triste y enfadado) ¡Maldita sea! ¡Esta vida nos pone, sin buscarlo, en el disparadero! Yo necesito el trabajo que ese hombre me ofrece, pero... lo que me pide a cambio... ¡no! no quisiera... (Pausa) Aunque quizá él tenga razón. En estas condiciones se van a morir de hambre poco a poco. Quienes nos están ayudando se cansarán, no podrán mantener por mucho tiempo a tanta gente en la clandestinidad... lo mejor sería facilitarles el regreso. Quizá lo que yo ahora veo como una delación (mirando a la izquierda, por donde salió EL COMPAÑERO) sea un bien para él y en mejores momento pueda volver... ¡no sé! (Furioso) ¡O será el maldito destino! el inalterable destino, lo que está escrito que se ha de cumplir... Alguien dijo que no existe la predestinación, que el ser humano es libre para determinar el rumbo de su vida... ¡los que tiene dinero y poder, sí! Sospecho que mi destino es colaborar con ese hombre, aceptar su propuesta, a cambio del trabajo que me dé su amigo y facilitar el regreso de (Señalando a la izquierda) ese... no sobre cuatro tablas y pagando dinero, como vino, sino en un barco como Dios manda.

 

Escena XIII

 (Se apaga el foco y vuelve luz general a escena, mientras que por la izquierda aparece EL COMPAÑERO que observa a EL HOMBRE y éste guarda apresuradamente los papeles).

EL COMPAÑERO.- Lo he pensado y... es que no puedo volver. Si regreso me detienen... ya sabes que me tenían marcado. (Sonriendo, sin gana) La policía de aquí me persigue por no tener papeles, y la de allí por tener demasiados. (Transición) Por cierto... ¿qué leías cuando entré?

(Se oyen pasos en la escalera. Los dos hombres se ponen tensos)

Alguien sube.

EL HOMBRE.- Será ella, bajó a por unas cervezas... ¿no lo recuerdas?

EL COMPAÑERO.- Sí, es verdad. (Transición) No me has contestado (Sospechando que EL HOMBRE le oculta algo) Te pregunté qué leías...

 

Escena XIV

(Por la izquierda entra LA MUJER que lleva en la mano una bolsa con botes de cervezas)

LA MUJER.- (Intentado mostrar un tono festivo) ¡Venga! ¡Vamos a celebrarlo! (Pasa unos botes de cerveza a los dos hombres y ella toma otro)

EL COMPAÑERO.- (Serio) No, antes tenemos que hablar (Señalando a EL HOMBRE) él y yo. Tenemos que hablar, quiero que me cuente...

LA MUJER.- (Extrañada) ¿Ocurre algo? ¿Qué tiene que contarte?

EL HOMBRE.- (Confuso, tratando de disimular) No sé... no sé a qué se refiere.

EL COMPAÑERO.- Te pregunté qué leías cuando entré... te vi con unos papeles, veo que tienes papeles. Te pregunto y tratas de evitar la respuesta. No quiero pensar mal, pero ya no me fío de nadie.

EL HOMBRE.- ¿Crees que te he robado algo?

EL COMPAÑERO.- No, no me puedes robar, ¡qué me ibas a robar! ¿La miseria?

EL HOMBRE.- ¿Entonces?

LA MUJER.- ¡Vamos a ver! ¿qué pasa aquí? Os estáis poniendo nerviosos... eso no conduce a nada.

EL COMPAÑERO.- (A LA MUJER) ¿No te das cuenta? Me oculta algo... dijo que a lo mejor le daban un trabajo, el amigo de no sé qué amigo... ¡y tiene unos papeles que oculta cuando yo entro! (Para sí) Papeles, papeles...

LA MUJER.- (A EL HOMBRE) No me voy a meter en tu vida, en tus cosas, pero... aquí hay que ir con sinceridad. Estáis todos en el mismo barco y...

EL HOMBRE.- (Interrumpiendo) ¡Barco! ¿No tienes otro ejemplo? ¡No vamos en un barco sino en un bote de mala muerte y que, para colmo, hace aguas!

EL COMPAÑERO.- (A LA MUJER) Hay alusiones que mejor sería no hacerlas.

LA MUJER.- (A EL COMPAÑERO) Perdona, es verdad, perdona. (A EL HOMBRE) Te digo, te quiero decir, que el problema es de todos, tenéis que estar unidos y no mantener reservas entre vosotros.

EL COMPAÑERO.- (A EL HOMBRE) Tú, no parece que vayas en un barco; creo que estás en tierra firme. Yo, en cambio, siento que aún voy a nado.

(La mujer va al fondo y se sienta en el centro del foro, con la cabeza agachada, triste y pensativa. EL COMPAÑERO avanza hacia el proscenio y se sitúa a la izquierda de frente al público. EL HOMBRE hace lo mismo, situándose a la derecha. Baja la luz de escena y entra una iluminación difusa, azul, como si fuera de noche)

EL HOMBRE.- (Habla lentamente) Tengo que vivir, lo deberías de comprender. Cuando crucé las aguas me juré que no volvería. Sé que a lo mejor hago mal, pero mi dios me sabrá perdonar. En este drama no tengo ni nombre... sólo soy “El Hombre”, sin más datos que el color de mi piel y mi pobreza.

EL COMPAÑERO.- (Habla también lentamente) No sé cómo me han encontrado, quizá alguien se lo dijo, les avisó de dónde me refugiaba. Si me obligan a volver será mi fin. Aunque pienses, como ellos dicen, que es por mi bien. Yo quería encontrar aquí mi lugar, mi sitio en la vida, mi futuro. Intentaba ser alguien, no aparecer simplemente como “El Compañero”.

 

Escena XV

EL DEL NORTE.- (Entra por la izquierda, se sitúa en el centro de la escena ocultando con su cuerpo a LA MUJER) Habla pausadamente, mirando al público, como recitando un texto aprendido de memoria) Se acabó la protección de esa mujer, las autoridades han decidido que tenéis que marchar, vais a ser devueltos a vuestra tierra... es lo mejor para vosotros. Las leyes prohiben que estén aquí los “sin papeles”.

EL HOMBRE.- (Mirando al público) Tú eres “El del Norte”, el hombre poderoso, y me habías prometido... me habías dicho que si te ayudaba, si te decía... si colabora...

EL DEL NORTE.- (Con desprecio) ¡El del Norte! Qué tontería, solamente hago que se cumpla la ley... ¡La ley es la ley! En el norte y en el sur.

EL COMPAÑERO.- (Con desprecio) Una ley hecha por los poderosos, una ley que excluye a los débiles.

EL HOMBRE.- ¡Volveremos! ¡Lo intentaremos de nuevo!

EL COMPAÑERO.- ¡Pagué hasta tres viajes... me quedan dos intentos!

EL DEL NORTE.- ¡Vamos! (Se acerca a EL HOMBRE, lo toma por los hombros y lo lleva a la izquierda; después hace lo mismo con EL COMPAÑERO. Con gesto de falsa amistad los saca de escena por la izquierda) ¡Vamos! El barco espera, pronto zarpará.

LA MUJER.- (Les sigue) ¡Espere! ¡Espere! (Sale por la izquierda)

(En la cámara del fondo se proyecta una luna llena mientras se dejan oír el oleaje de la mar así como los motores y la sirena de un barco que zarpa. La luz azul desaparece, la escena solamente queda iluminada por la luna que lentamente desciende por el horizonte hasta desaparecer y queda la escena en oscuro)

 

TELÓN

 

Madrid, septiembre de 2001

Salvador Enríquez

Apartado de Correos, 16.187

28080 Madrid (España)

Teléfono + (34) 649 402705

 

 

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