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NEW YORK

de Daniel Dalmaroni

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

NEW YORK

 

de Daniel Dalmaroni

 danieldalmaroni@gmail.com

 

Personajes

Ernesto, el padre

Marta, la madre

Dolores, la hija

Mario, el tío

 

La escena

Patio de la casa de Ernesto, Marta y Dolores. Todas las escenas se desarrollan en el patio de la casa. Es un patio de pasto. Hay una pileta. El calor es abrumador. Ernesto, Marta y Mario visten ropas de baño: shorts, los hombres y malla enteriza, Marta. No llevan nada en el torso, ni están calzados. Dolores, en cambio, llevará siempre un vestidito suelto y corto y sandalias. Hay una reposera, una mesa y sillas de patio o playa. Durante toda la pieza, Ernesto gira la cabeza de vez en cuando. Como si tuviera un ticks nervioso o una contractura en las cervicales.

 

 

ESCENA I

(Mario y Ernesto, sentados dentro de la pileta que está llena de agua)

 

MARIO.- Yo la violé. Entendelo bien, hermano: La violé. Y no lo digo en un sentido metafórico, como quien quiere expresar que no respetó una regla, lo que en este caso sería como no haber respetado sus tiempos o el tiempo de sus deseos. No. A ver si me entendés, porque veo que no reaccionás. Yo violé a tu hija. A mi sobrina, Ernesto. La violé en algunos de los sentidos con que el diccionario define al abuso sexual: haberlo cometido contra su voluntad, o cuando la víctima se encuentra sin sentido, o cuando es menor de edad, o aprovechando algún trastorno mental. Bueno, Dolores no tiene trastornos mentales, ni se encontraba sin sentido, ni es menor de edad...

 

ERNESTO.- De dieciocho, no, pero sí de veintiuno.

 

MARIO.- Ahora no es menor de edad... pero...

 

ERNESTO.- ¿Qué?

 

MARIO.- Pero cuando todo empezó, sí. Y fue contra su voluntad. ¡Por eso siento que la violé! Puedo contarte detalles, si querés o te los puedo ahorrar, si con mi confesión te basta. ¿Sabés lo que es la culpa, vos?

 

ERNESTO.- Me lo podés contarmelo vos a mi, si te hace bien.

 

MARIO.- ¿Y a vos?

 

ERNESTO.- (Con el seño fruncido) ¿Cómo decís?

 

MARIO.- Que si a vos te hace bien.

 

ERNESTO.- Es mucho más inteligente el que escucha que el que habla. Y a vos se ve que hoy te hace bien hablar. Sos mi hermano. Y menor, por si fuera poco.

 

MARIO.- Parece mentira que no te des cuenta que este es un problema de todos. Te preguntaba si sabés lo que es la culpa. ¿Y el remordimiento, sabés lo que es?

 

ERNESTO.- Hacés preguntas difíciles.

 

MARIO.- ¿Y cómo se llama lo que hice, si no sólo violó a la niña una vez, sino que lo repití muchas veces?

 

ERNESTO.- No se. Pero, desahogate.

 

MARIO.- Ustedes, vos y Marta se habían ido a el supermercado porque ella había insistido en que la nena no tomaba la leche porque se la hacían con Toddy y el Toddy, a diferencia del Nesquik no es instantáneo y siempre le quedan pelotitas de chocolate flotando a la leche. Vos te pusieron como loco con  la teoría de Marta. Discutías con ella, hasta que se pusieron de acuerdo y fueron al supermercado a comprar Nesquik y una leche para probar la teoría.

 

ERNESTO.- Acá siempre compramos Nesquik.

 

MARIO.- No, siempre, no. Compran Nesquik desde aquella vez.

 

ERNESTO.- Bueno, siempre se aprende algo. Y las cosas, viste, cuando las aprendés bien, te quedan grabadas. Aprehender se llama eso. Va con “h” en el medio. A mi se ve que me quedó tan grabado el Nesquik que no me acuerdo del Tedy.

 

MARIO.- Toddy. Toddy, Ernesto. Sos disperso. Para algunas cosas prestás atención y para otras sos uno... Decís que hay que escuchar a la gente, pero te dispersas y no escuchás nada de lo que te dicen.

 

ERNESTO.- Pero ¿tanto lío para contarme lo del Nesquik? Está bien, tenías razón. Ahora usamos Nesquik. ¿Esto era lo tan importante que tenías que confesarme? Perdoname, pero me suena un poco invisible.

 

MARIO.- ¿Invisible? Inverosímil, querrás decir.

 

ERNESTO.- Sí, inverosímil. ¿Qué dije?

 

MARIO.- Mirá, lo del Nesquik no es importante. Lo mencioné para ubicarte. A ver si recordabas el momento. Nada más. Violé a tu hija, a mi sobrina, Ernesto. Hace años que me acuesto sistemáticamente con Dolores. Tu hija. Mi sobrina. Y el remordimiento y la culpa de todos estos años ultrajando a esa niña...

 

ERNESTO.- (Frunciendo el seño) ¿Qué decís?

 

MARIO.- Que violé a Dolores.

 

ERNESTO.- Perdoná. En algún lugar me distraje de nuevo. Bueno, vos también con el tema de la chocolatada...

 

MARIO.- No reaccionás. No me creés.

 

ERNESTO.- (Como en otra cosa) ¿Cómo no te voy a creerte yo a vos? ¿No le voy a creerle a mi propio hermano, a mi propia sangre?

 

MARIO.- ¿No entendés que soy una basura? Una porquería. No merezco nada de vos, ni de Marta, ni de Dolores, ni de nadie. La cárcel, merezco. Que digo la cárcel, el infierno es lo que me merezco. Un animal soy, un mal nacido, una bestia bruta. Un ser humano no hace lo que yo he hecho. Una acción de semejante naturaleza no puede ser llevada a cabo por un individuo con raciocinio. Y si te lo digo, hermano, no es por hacerte sufrir, es porque lo tenía atragantado, acá, como una estaca, como una bola en la tráquea que no me pasaba...

 

ERNESTO.- Un bolo fecal.

 

MARIO.- No, un bolo fecal es otra cosa. Parecés boludo, a veces. No doy más, Ernesto y necesitaba contártelo a vos, a Marta, para que ahora hagan de mí lo que quieran. Me denuncien, me maten, me torturen. Lo que quieran. No merezco ser sangre de tu propia sangre. No merezco pertenecer a tu familia. (Larga pausa) No te convecés. (Pausa) Dolores tenía puesto un vestidito rosa a lunares o con florcitas, no me acuerdo bien.

 

ERNESTO.- ¿Un vestido?

 

MARIO.- Sí, un vestido. Bien no me acuerdo si eran lunares o flores, pero del vestido me acuerdo. Era cortito. Ese tipo de vestidos que le dicen bobos.

 

ERNESTO.- Qué cosa, ¿no? Cuando vos decís “un vestido”, ¿a qué te referís?

 

MARIO.- ¿Cómo a qué me refiero?

 

ERNESTO.- Sí. Por ejemplo ¿vos ahora estás vestido?

 

MARIO.- Bueno, más o menos.

 

ERNESTO.- ¿Cómo?

 

MARIO.- Que más o menos.

 

ERNESTO.- No, más o menos, no. Vos estás vestido. Para la ocasión, que es estar en la pileta, pero estás vestido. Nadie va a pretender que para meterte en la pileta te pongas un traje. Bah, un traje de baño, sí. (Se ríe) Pero bueno, el asunto es que estás vestido.

 

MARIO.- Sí.

 

ERNESTO.- Y sin embargo, no tenés puesto “un vestido”. ¿Entendés? (Pausa. Se miran) Un vestido, Mario. Un vestido, en el sentido de vestidito rosa con lunares o florcitas. ¿Entendés?

 

MARIO.- Sí, entiendo. ¿Y eso qué tiene que ver?

 

ERNESTO.- Lo complejo del idioma. ¿Viste qué rico que es el idioma? (Pausa. Se miran) Ojo, el idioma castellano, porque el inglés es mucho más sencillo, menos complejo, más directo. Yo no sé inglés, pero dicen eso, los que saben. (Pausa. Se miran) Hablando de inglés, y cuidado que reconozco que te estoy haciendo una trampa... Repito. (Enfatiza las palabras) Hablando de inglés. Hablando de inglés ¿Te dije cuál es el primer idioma en Nueva York?

 

MARIO.- No.

 

ERNESTO.- El castellano. ¿Podés creer? (Pausa. Se miran) ¿Y? Te maté. Te quedaste helado. Claro dije “hablando de inglés”, pero a la vez te dije que reconocía que te estaba haciendo una trampa... y te maté. (Pausa. Se miran. Ernesto se incorpora y toma un toallón) ¿Salimos y nos secamos que ya debe estar la comida? (Le alcanza otro toallón a Mario) Te decía que yo no sé un carajo de inglés, pero la nena es una experta. Estudió mucho. Desde chiquita. Porque es verdad que es más sencillo, pero aprenderlo más o menos, porque aprenderlo bien, cuesta. Mirá, por ejemplo, están las expresiones propias de cada lugar. Por ejemplo: acá le decimos puto a lo que allá le dicen gay, pero cuando decimos puta, no significa lesbiana, significa en inglés otra cosa.

 

MARIO.- Bitch.

 

ERNESTO.- Bueno, ponele. (Pausa) Por ejemplo si yo digo: (Dice algo que suena a inglés pero ninguna de las palabras significan nada, ya que no sabe inglés) Im de morneyng laifes ate eit hathawey o clifert. ¿Vos qué entendes?

 

MARIO.- Nada. Eso no es inglés.

 

ERNESTO.- Ya sé. Si dije cualquier cosa. Pero tratá de imaginar esto que te digo ahora. Vamos a suponer que lo que dije recién, significara literalmente: “Yo no entiendo cómo podés comerte un gato crudo”. Literalmente. Bueno, por ahí, “comerse un gato crudo” en inglés es una expresión que en realidad significa “animarse a hacer una cosa semejante”. Entonces la frase (Repite lo que se acuerda de lo que inventó) “ Im de mornei laites wathawy o cliforts” debería traducirse como “Yo no entiendo cómo te animaste a una cosa semejante”. ¿Entendés? (Pausa. Se miran) ¿Entendés, hermanito?

(Apagón)

 

ESCENA II

(Marta y Dolores)       

 

MARTA.- Tu abuelo paterno tenía ya como cincuenta y ella, tu abuela, paterna, apenas alcanzaba los quince. Imaginate, por más que hubiera sido educada en una familia muy tradicional, muy conservadora, cuando tu abuela cumplió los treinta, tu abuelo ya andaba por los...

 

DOLORES.- Sesenta y cinco.

 

MARTA.- Sesenta y cinco. Ella en la flor de la edad y él, un viejo choto que apenas se podía tener en pié. Porque no es lo mismo un tipo de sesenta y cinco de ahora que en aquella época. Fijate vos que antes un tipo a los cincuenta ya era un viejo y a los setenta se había muerto seguro. En cambio ahora dura mucho más la gente. Es la ciencia, la medicina, pero también los conservantes de las latas...

 

DOLORES.- ¿Los conservantes de las latas?

 

MARTA.- Sí. Mirá. Cuando una persona se muere, ahora, en la actualidad, me refiero, el cuerpo no se descompone tan fácilmente, no se pudre enseguida, porque el tipo ha consumido tantos conservantes que se le han como incorporado al cuerpo. Los conservantes de las latas de conserva. ¿Por qué creías que se les llamaba “latas de conserva”? Ese producto químico se incorpora al organismo humano y queda ahí y cuando uno se muere el cuerpo dura un poco más, como los palmitos o los tomates en las latas, que duran años. Bueno, en vida, los conservantes también hacen su efecto y la gente dura viva más tiempo.

 

DOLORES.- El abuelo y la abuela, mamá.

 

MARTA.- Ah, sí. ¿Por dónde iba?

 

DOLORES.- Que el abuelo era un viejo a los sesenta y cinco y la abuela estaba en la flor de la edad.

 

MARTA.- Imaginate. Encima, vos la conociste, una belleza la madre de tu papá. A los treinta años y una belleza y con un marido que... bueno... ya te expliqué. Conoce a un señor de treinta y cinco, apenas cinco años mayor que ella. Apuesto. Buen hombre, trabajador. Soltero. La principal virtud en aquella época en un tipo de esa edad.

 

DOLORES.- Mamá... ¿por qué das vueltas? Contá de una vez por todas.

 

MARTA.- Tenés que escuchar la historia completa. Es la historia de tu padre, de tu familia, Lolita y la tengo atragantada desde hace años. Tu padre nunca quiso contártela, menos tu abuela, pero yo me veo en la obligación como madre de que no vivas más en la mentira. Lo tengo como atragantado, como atravesado en la traquea, como una bola... Como un bolo fecal.

 

DOLORES.- ¿Cómo un bolo fecal?

 

MARTA.- No. ¿Cómo decís eso? Un bolo fecal es otra cosa. (Pausa) Tu abuela, no sé si te percataste hasta ahora en este relato, no había tenido hijos. Tu abuelo ya no hacía nada al respecto. Tu abuela empezó a ser frecuentada por este señor... bueno ya a esta altura pongámosle su nombre... su nombre era Francisco. (pausa) ¿Ay, cómo decírtelo?

 

DOLORES.- Decime que papá y el tío son hijos de la abuela y de Francisco.

 

MARTA.- (Rompe en llanto sostenido) A veces me asombra tu intuición. ¿Estás muy impresionada, hijita? (Apagón)

 

ESCENA III

(Música. Ernesto y Mario están sentados a la mesa. Marta y Dolores ingresan con la comida. Se trata de un pollo al horno o al spiedo humeante y papas fritas. En silencio, comen. Mario lo hace con desesperación. Se lleva las presas a la boca con la mano y come desprolijamente y muy rápido. También come las papas fritas, les pone mayonesa o ketchup y las come con las manos. Dolores es la única que no come. Cada uno está en lo suyo. Nadie se da cuenta de cómo come Mario ni de que Dolores no lo hace. Terminan el pollo y las papas fritas. Dolores se levanta de la mesa y baila, sola. Se corta la música de golpe en el momento en que, sorpresivamente, Ernesto emite un ruidoso y prolongado eructo. Silencio. Sin embargo, Dolores, sigue bailando sin música, un momento.)

 

DOLORES.- (Deja de bailar. Se acerca a la pileta de lona plástica y comprueba con la mano la temperatura del agua. A Ernesto) Mamá me dijo que vos y el tío son hijos de la abuela y de un tal Francisco. Que la abuela le metió los cuernos...

 

MARTA.- Lola, callate.

 

ERNESTO.- ¿Qué dice?

 

MARIO.- Habla de Francisco y mamá.

 

DOLORES.- De la abuela y Francisco.

 

MARTA.- (Le grita) De Francisco y tu mamá, Ernesto.

 

ERNESTO.- (Empieza a reírse a carcajadas, carcajadas histéricas e interminables. Primero lo hace un largo rato sin pronunciar palabras. Todos lo miran, serios.) ¿Y quien es Francisco? ¿Qué boludeces le decís a la nena? Mirá las cosas que hay que escuchar.

 

MARTA.- (Sigue llorando) Hay que asumir la verdad, hay que sacarla afuera, hay que desahogarse. Cuando uno tiene las cosas atragantadas en la traquea como un... Como un...

 

MARIO.- Como un bolo fecal no, por favor.

 

MARTA.- Nadie habló de bolo fecal. Como una bola, iba a decir.

 

MARIO.- Perdón, me pareció que... (Dolores le tapa la boca con la mano de manera prepotente)

 

ERNESTO.- (Que sigue riendo a carcajadas) Che, Mario, ¿seguís jugando al golf? (a Marta) Marta, ¿sabías que Mario empezó a jugar al golf? ¡Qué garca, jugar al golf....! No puedo creer que mi hermano juegue al golf. Me resulta increíble.

 

MARIO.- No, ya no juego. Fue para probar. Los amigos me insistían, pero la verdad, no es para mí... Además es caro. Primero te dicen que no, pero al final resulta caro.

 

ERNESTO.- ¿Andas seco?

 

MARIO.- Mirá, desde que dejé la profesión. Bah , ella me dejó a mi, en realidad... Pero lo que me tiene mal, sabés que no es eso. (Enfático) ¡Ernesto!(Duda. Pausa) Ahora, respecto a lo de mamá y Francisco...

 

DOLORES.- ¿El golf no es para vos? ¿Qué? ¿Es muy violento el golf?

 

ERNESTO.- (que se sigue riendo a carcajadas) ¿Violento? ¿Violento, dijiste? Si este es un pan de Dios.

 

MARTA.- Un flor de tipo.

 

DOLORES.- En la flor de la edad.

 

MARTA.- ¿Cuántos años tenés vos, Mario? Pará, pará. No me digas, que saco la cuenta. A ver... Si Ernesto tiene.... (A Ernesto) No te asustés. No voy a decir tu edad. Voy a sacar la cuenta mentalmente. (A Mario) Si Ernesto tiene, vos entonces tenés, esperá... (A Dolores) ¿Cincuenta menos ocho son...?

 

DOLORES.- Cuarenta y dos.

 

MARTA.- Eso.

 

MARIO.- Exacto. Cuarenta y dos, quién diría.

 

ERNESTO.- (Que no para de reírse a carcajadas) ¿Cómo?

 

MARIO.- “Quién diría”, dije.

 

ERNESTO.- ¿Quién diría qué?

 

MARTA.- Lo que haya que decir. Hay que sacar las cosas afuera.

 

DOLORES.- Hablando de eso... yo saco la basura, mamá, ¿vos vas sirviendo el postre?

 

MARTA.- ¿Y la llamás “la basura”?

 

DOLORES.- Es basura y está en una bolsa negra en el tacho de basura, ¿cómo querés que la llame?

 

MARTA.- Me refería a...

 

ERNESTO.- (Se sigue riendo) Eso, sirvan el postre. Qué distraída que resultó esta cena, che.

 

MARTA.- Divertida, Ernesto, divertida.

 

ERNESTO.- Sí, divertida. ¿Qué dije? (Salen Dolores y Marta)

 

MARIO.- Hablemos de lo de mamá y Francisco...

 

ERNESTO.- ¿Quién es Francisco?

 

MARIO.- Tu papá y el mío, Ernesto.

 

ERNESTO.- (Divertido) ¡Ufa! ¿Cómo fue? ¿No me vas a decir que el abuelo los había dejado solos porque se había ido al supermercado a comprar Nesquik y una leche? (Pausa) Cuando nosotros nacimos no existía el Nesquik. (Pausa) Antes de ir a dormir ¿no te da para otra remojadita en la pile? (Pausa. Lo mira fijo) Che, respecto a la charla anterior, la de antes de comer, ahí en la pileta...

 

MARIO.- (Tenso. Se miran fijo) Sí, decíme, hablemos.

 

ERNESTO.- ¿Me entendiste lo que quise decirte con el tema del vestido?

 

(Apagón)

 

ESCENA IV

(Marta y Ernesto)

 

MARTA.- (Le habla de un solo costado. A un solo oído) A vos todo te resulta divertido. Para vos la vida es una joda permanente. (Burlándose) “Cena divertida”. La vida no es una jauja. La vida es muchas otras cosas. Angustia, pasión, entrega, dolor...

 

ERNESTO.- Ahora que hablás de dolor... ¿Dolores se fue a dormir?

 

MARTA.- Sí. Se fue a su pieza. Viste que se acuesta pero nunca se duerme temprano cuando está el tío, charlan hasta la madrugada.

 

ERNESTO.- Se ponen al día. ¿Le preparaste la cama a Mario en lo de Lolita?

 

MARTA.- No, lo mandé a dormir a nuestra casa de campo. ¿Dónde se la voy a armar, Ernesto? Claro, como siempre. La cucheta, le armé.

 

ERNESTO.- Ya te dije que no se llama cucheta. Cuchetas son las que está una encima de la otra.

 

MARTA.- ¿Esas no son marineras?

 

ERNESTO.- (Duda, luego dice seguro) Cucheta.

 

MARTA. Bueno, cucheta. (Juega con el sonido) Cucheta. Cucheta. ¿Te conté alguna vez lo que le pasó a la prima de Rosita con unas camas cuchetas?

 

ERNESTO.- ¿Quién es Rosita?

 

MARTA.- ¡Ay, Ernesto, mirá lo que salís preguntando! ¿Cómo quién es Rosita? ¿Te conté lo que le pasó a la prima con una cucheta? (Se ríe a carcajadas. Habla muy aceleradamente) Resulta que la hija dormía en una cama marinera. ¡No, en una cucheta! A la chica le gustaba dormir en la de arriba, pese a que en la de abajo no dormía nadie. Estaba, justamente, por si había huéspedes. Era la noche antes de que se fueran de vacaciones. En el verano pasado. La chica se acuesta y el perro, un pekinés horrible se acuesta en la de abajo. La cama se ve que estaba ya rota, vieja o era muy berreta. La cosa es que se cae la cama de arriba y aplasta al perro. La piba se pegó un flor de golpe y la tuvieron que llevar a la guardia, por las dudas. No tenía más que un buen golpe y unos raspones, pero eso hizo que se olvidaran del perro. Que ni se dieran cuenta que el perro había quedado abajo. Bueno, viste que la hija de la prima de Rosita es más bien gordita. Tiene doce años, pero es una gorda, la nena. Parece que los fierros y maderas de la cama de arriba lo mataron al pekinés. Esa noche  la nena durmió con los padres y a la mañana siguiente se fueron de vacaciones. Dicen que buscaron el perro por todos lados, pero que a ninguno le se ocurrió fijarse debajo de la cama cucheta de arriba..., o arriba de la cama cucheta de abajo. Entre las dos cuchetas, bah. Volvieron quince días después y sintieron un olor a podrido bárbaro. Era el perro que estaba muerto y pudriéndose entre las dos camas cuchetas. Claro, los perros no comen cosas en latas de conserva y se pudren más pronto que los seres humanos. ¿Te dije ya que los conservantes de las latas...? Ernesto. Ernesto. Me dejás hablando sola. Te dormís y me dejás hablando sola. Despertate, querés. (Lo zamarrea. Le habla al oído) ¿Soy yo la que está loca? Decíme. ¿Soy yo la que está loca? No. No soy yo. Lo que pasa es que vos nunca me prestás atención. Bah, hacés como que me prestás atención, te ponés serio, me mirás y te quedás callado. Y ese es el problema, que te quedás callado. No abrís la boca ni por un segundo. No, me equivoco, a veces la abrís. Para bostezar. Pero mirá si serás desconsiderado. Bostezar justo cuando yo te estoy hablando. Y no me digás que el bostezo no se puede contener, que es una reacción fisiológica del cuerpo ni ninguna de esas pavadas que inventás.

 

ERNESTO.- ¿Querés que hable? ¿Vos querés que hable? Bueno, está bien. Vos te lo buscaste. Te lo voy a decirtelo yo a vos. Pero, después no me andés diciendome que yo ando con planteos o cosas raras.

 

MARTA.- Decíme.

 

ERNESTO.- Bueno, estoy así porque me preocupa Mario.

 

MARTA.- ¿Qué le pasa a Mario? Está bárbaro. Siempre tan pintón, tan buen mozo, tan...

 

ERNESTO.- No, no es eso. ¿Vos te imaginás la alergia que yo tengo de tenerlo nuevamente en casa? Cada visita de él es una alergia tan grande para mi.

 

MARTA.- (Sin voluntad, casi para sí) Alegría, Ernesto.

 

ERNESTO.- Pero está deprimido. Esta vez vino deprimido. Dice que tiene sentimientos de culpa. Remordimientos.

 

MARTA.- Entonces hay que distraerlo.

 

ERNESTO.- Hablá vos con la nena. Ella se lleva tan bien con el tío... decile a ver si lo puede distraer un poco. Decile, dale.

 

(Apagón)

 

ESCENA V

(Marta y Dolores)

 

DOLORES.-¿Puedo hablar con vos sobre esto? ¿Puedo?

 

MARTA.- Mirá, hijita, conmigo podés hablar siempre. Pero no se trata, Lola. de inventar pavadas para que parezca que charlamos y nos comunicamos. Me voy a meter un ratito. Quiero nadar un poco. Hace bien a la circulación. ¿Vos no querés? (Dolores no contesta. Marta se mete en la pileta y nada lo poco que se puede en una pileta tan pequeña. Pero ella nada como si no lo fuera)

 

DOLORES.- ¿Me escuchás, mamá?

 

MARTA.- Claro que te escucho. Pero una cosa es hacerse la graciosa y otra, muy distinta, comunicarse en serio. Hay que sacar afuera los verdaderos sentimientos, las cosas que tenemos mordidas, ocultas, secretas.

 

DOLORES.- ¿Y qué es lo que quiero hacer desde hoy, mamá?

 

MARTA.- Pero nena, yo no sé si vos discutiste ayer con tu tío, si te peleaste por algo y ahora querés vengarte, pero lo cierto es que no pretenderás que te crea semejante estupidez.

 

DOLORES.- ¿Querés detalles?

 

MARTA.- Si a vos te sirve, contá. Por ahí, hasta es un cuento divertido. Ahora, ni se te ocurra contáselo a tu papá. Lo conozco y a él no le va a resultar nada divertido.

 

DOLORES.- Yo tenía quince años. Vos y papá habían ido al Supermercado. Resulta que habían discutido porque el tío decía que yo era fiaca para caminar, haragana, porque las zapatillas que usaba eran dos números más chicos que los que debía usar. Mis zapatillas eran treinta y cinco y el tío aseguraba que yo tendría que usar treinta y siete porque los dedos de los pies los debía tener apretaditos para que no me doliera, pero que, por eso mismo, era imposible que yo quisiera caminar. Papá se puso del lado del tío y dijo que yo no decía nada porque era muy tímida. Entonces vos y papá se fueron al supermercado a comprarme cualquier zapatilla que hubiera del número treinta y siete. El tío y yo nos quedamos solos...

 

MARTA.- Lola, vos a los quince años calzabas como treinta y nueve...

 

DOLORES.- ¿Cómo iba a calzar treinta y nueve, si ahora calzo treinta y ocho, mamá?

 

MARTA.- Ves, debía tener razón tu tío, porque ahora tampoco caminás mucho, sos bastante haragana. Debe ser porque usás treinta y ocho y deberías usar treinta y nueve o cuarenta. Bah, capaz que más todavía...

 

DOLORES.- Cuánto calzo no es lo importante, mamá.

 

MARTA.- A los diecinueve no sabés cuánto calzás, usás zapatos dos números más chicos, eso hace que no te guste caminar porque los zapatos te aprietan, no lo decís porque sos tímida ¿y te parece que no es lo importante? ¿Y me querés hacer creer que el tío inventó todo lo de los zapatos para hacerse el gracioso o qué?

 

DOLORES.- A ver si lo entendés, yo nunca tuve problemas con los zapatos, ni a los quince ni ahora y tampoco soy tímida. Me aburre hablar con ustedes, eso es todo. Pero una vez que decido hacerlo, una vez que Mario decide hablar con papá sobre el tema, que el remordimiento y la culpa lo hacen decidirse a confesar todo...

 

MARTA.- (Sale de la pileta. Se seca con un toallón. Imperativa) No sé si sos tímida o no, pero la verdad verdadera es que no confiás en tu familia y no te animás a contarnos por qué te peleaste anoche con tu tío. Es como cuando me viniste con que te gustaba tu amiga Laura.

 

DOLORES.- Sí, era la verdad.

 

MARTA.- A mí también me gusta tu amiga Laura. Es una chica bárbara. Me encanta que sean amigas.

 

DOLORES.- Lo que quise explicarte esa vez era otra cosa. No me gustan los chicos.

 

MARTA. Ya te van a gustar. Sos muy chica todavía. Ya te van a gustar. Mirá, contale a tu papá que no te gustan los chicos y él, que es tan celoso de vos, se va a poner chocho. ¿Viste que siempre dice que no quiere un novio en esta casa hasta que termines la facultad?

 

(Apagón)

 

ESCENA VI

(Marta y Mario)

 

MARTA.- (Con un disco de vinilo en la mano, de entre varios que parece estar ordenando o limpiando) La mujer podía identificar discos de música de todo tipo con sólo ver el dibujo de los surcos. Los de plástico... ¿cómo es que se llaman?

 

MARIO.- Vinilo. Discos de vinilo.

 

MARTA.- Eso, vinilo. ¡Qué boba! No me salía. La mujer esta miraba el disco, lo inclinaba de derecha a izquierda, así, después de izquierda a derecha, lo miraba, lo giraba, miraba los surcos detenidamente, movía la cabeza en círculos, así, como siguiendo los surcos y zaz, te decía: es tal tema, de tal cantante o tal orquesta. En menos de un minuto. Increíble. Pero real. Y tenías que verle los ojos a la mujer, miraba el disco como desorbitada, como que los ojos se le salían de los agujeros. Encima tenía problemas de tiroides y entonces tenía los ojos saltones, como todos los que tienen enfermedades de la tiroides. Viste, así, saltones y te daba más impresión todavía. Una genia.

 

MARIO.- (Sin embargo, con desinterés) Disculpá, pero, cuando le daban los discos ¿no leería las etiquetas del centro? Del centro del disco, digo, donde están los datos del autor y el título y esas cosas.

 

MARTA.- (Duda. Como si nunca hubiera pensado esa posibilidad. Luego, segura:) Mario, ¿sos tonto? Si hubiera sido así, ¿cuál era la gracia? Está claro que a la mujer le debían tapar las etiquetas. Mirá, un día, dicen que le mostraron un disco desde más de cinco metros de distancia y lo identificó igual. Lo miró, lo miró, pidió que se lo giraran un poco para un lado, un poco para el otro, para que no le hicera reflejo la luz. Giró la cabeza como loca, un poco más que de costumbre y ahí les largó: “Sinfonía tanto en Sol Menor, de Shubert, por la New no sé cuanto Orquesta, baja la dirección del maestro Fulano”. No me olvido más. Increíble, la mujer ésta. Era rusa o armenia, no me acuerdo bien. (Pausa)

 

MARIO.- Marta.

 

MARTA.- ¿Qué?

 

MARIO.- Marta... Hace rato que quiero confesar algo...

 

MARTA.- ¿Viste que la mayoría de los músicos clásicos tienen nombres que empiezan parecido?

 

MARIO.- ¿Eh?

 

MARTA.- Shubert. Shumann. (Pausa) Lo cierto es que lo que la mató fueron los CD’s. A la armenia. Ahí se ve que no había caso, no podía. Y se fue perdiendo su fama en el barrio y al tiempo no supimos más nada de ella. No apareció más. Y mirá que hacía guita con las demostraciones. Pero, claro, ahora ¿quién tiene un disco en su casa? No hay forma de hacer la cosa. Acá debe ser una de las pocas casas donde los conservamos. No sé para qué, porque ella no pasa más y el combinado lo vendimos hace rato. (Pausa) Pero... la tipa leía los surcos de los discos. ¿Qué me decís?

 

MARIO.- Interesante. Muy interesante, Marta. Pero yo estaba tratando de hablarte de otra cosa.

 

MARTA.- Cierto, perdoname. Sí, hablá. Es que a mí también me gusta hablar, decir las cosas. Pero, claro, hablo, hablo y me olvido de los demás. Te cuentos mis problemas, como recién y me olvido de los tuyos. Contame. ¿Sabías que hablando se entiende la gente? Hay que decirse todo. La verdad nos hará libres. ¿Te gusta esa frase? Es mía. Se me ocurrió un día, una vecina me dijo que era muy buena y ahora la uso siempre.

 

MARIO.- Un día, vos y Ernesto se había ido al Supermercado...

 

MARTA.- Ay no, por favor. ¿No me digas que lo de las zapatillas de Dolores era cierto?

 

MARIO.- ¿Qué zapatillas?

 

MARTA.- ¡Viste! ¡No sabés de lo que te estoy hablando! Yo sabía que no podía ser cierto. Mirá si yo no voy a saber cuánto calzaba mi hija a los quince años. ¡Esta Lola es una! (Pausa) Shopen. Federico Shopen. Shubert, Shuman, Shopen. Shopenhauer.

 

MARIO.- ¿Nunca te preguntaste por qué nunca me casé?

 

MARTA.- Porque sos un don Juan, Mario. Además viajabas todo el tiempo, hasta hace poco. Y lo bien que hacés. Mirá, el matrimonio...

 

MARIO.- Viajaba, si. Hasta hace poco, no. Hace bastante ya. Pero eso no tiene nada que ver.

 

MARTA.- (Canturrea jocosamente) Marinero, marinero. Ay, te imagino: una novia en cada puerto.

 

MARIO. Yo no era marinero.

 

MARTA.- No, ya sé, tonto. Era una manera de decir. Pero viajabas. Conociste mundo, como se dice. Siempre fuiste el orgullo de la familia. ¿Tu hermano sabés cómo se llena la boca hablando de vos? Y lo de no casarte... bueno, ya te llegará. A la vejez viruela, pero te va a llegar.

 

MARIO.- No entendés nada, Marta.

 

MARTA.- (Segura de lo que dice. Firme) Más de lo que vos creés. (Apagón)

 

 

ESCENA VII

(Marta, Ernesto, Dolores y Mario)

 

MARIO.- ¿Podemos hablar, ahora que estamos todos?

 

ERNESTO.- ¿Y cuándo no pudimos? ¿Qué venimos haciendo desde que llegaste? ¿Acaso te hice el vacío? ¡Es un gracioso éste!

 

MARTA.- Pero él parece que quiere hablar más, Ernesto. Ahora que estamos todos, hablemos de una vez por todas. Hablemos en esta casa. Digamos lo que hay de decir.

 

ERNESTO.- (Divertido con la situación) Bueno, hablemos, Dale, hablemos, Martita. Decite algo. (Pausa)

 

MARTA.- (Tensa) ¿Yo? ¿Siempre tengo que hablar yo? ¿Siempre tengo que decir las cosas yo?

 

ERNESTO.- Bueno, si no querés, no digas nada. Está bien. Hablo yo. ¿Saben cuál es el primer idioma en Nueva York?

 

DOLORES.- ¿Qué querés decir con “primer idioma”?

 

ERNESTO.- El que más se habla. A eso se le llama “primer idioma”.

 

MARTA.- (Aliviada y burlona) El inglés, ¿cuál va a ser?

 

ERNESTO.- Error. El castellano.

 

MARTA.- ¿El castellano?

 

ERNESTO.- Sí, el castellano. Allá les enseñan a hablar el castellano a los chicos en las escuelas. Pero les enseñan bien. No como acá que uno estudia en el secundario y después no se acuerda un pomo. Les enseñan en serio. Desde chiquitos. En la primaria. Y después en la prepa.

 

MARTA.- “Prepa” en inglés es preparatoria, que es la preparación para la Universidad, aunque allá ir a la Universidad es carísimo y todos se pelean por ir a Harvard o a Oxford con una beca, porque pagando es para los ricos únicamente.

 

DOLORES.- (Desinteresada) “Prepa” en inglés no significa preparatoria y Oxford no queda en los Estados Unidos.

 

MARTA.- No, ya se, quise decir que allá le llaman así al secundario. Siempre corrigiendo a tu madre, vos. Un día podrías imitarla en algo, en lugar de, siempre, verle los defectos, ¿no? (Pausa) ¿Oxford dónde queda?

 

ERNESTO.- En Londres.

 

MARTA.- En Inglaterra, querrás decir.

 

ERNESTO.- Es lo mismo.

 

MARTA.- No es lo mismo. Porque eso es como decir que Concordia queda en Buenos Aires en lugar de Argentina.

 

ERNESTO.- Sí, está bien.

 

MARTA.- O como decir que el Cuzco queda en Lima.

 

ERNESTO.- Está bien, en Inglaterra.

 

MARTA.- O que Sevilla queda en Madrid. (Pausa. Ernesto la mira fastidiado) O como decir que Milán queda en Roma.

 

ERNESTO.- Está bien. Me equivoqué.

 

MARTA.- O que San Pablo queda en Río de Janeiro.

 

ERNESTO.- Decía que les enseñan bien el castellano desde chiquitos. Si a eso le sumás la cantidad de puertorriqueños, latinoamericanos, mexicanos y tucumanos que viven en Nueva York, la estadística dice que el primer idioma es el castellano.

 

MARTA.- Bueno, está bien, el castellano, pero ¿qué hay con eso?

 

ERNESTO.- Que ya no necesitamos saber inglés para ir a Nueva York.

 

MARTA.- ¿Y quién iba a ir a Nueva York? Nunca escuché que quisieras ir a Nueva York. (Mira a todos) ¿Alguien pensó en ir a Nueva York?

 

ERNESTO.- No, pero si se nos ocurriera ir, no necesitaríamos saber inglés. Aunque si vamos con la nena, ella sí sabe y nos podría ayudar. ¿Te acordás todavía del inglés?

 

DOLORES.- Yes, father.

 

MARTA.- Más te vale, que con lo que nos costó el Británico...

 

DOLORES.- Yes, mather.

 

MARTA.- Bueno, cortala con “yes, father y yes, madre” que eso lo sabe cualquiera y si pagamos lo que pagamos para que digas “yes”...

 

DOLORES.- This is a pencil. That is the blackboard. The Table is brown. It’s twelve o’clock.  (pausa) My name is Dolores. My mother is Marta. (Pausa. Mira a todos) Nobody is listening to anyone. Do you want to know the truth? Does anyone want to hear the truth in this house? Dare to listen. Is anyone able to face it? (Sale)

 

MARTA.- (Desesperada) ¿Qué dijo? ¿Qué dijo? Me nombró.

 

ERNESTO.- No sé. No escuché.  No entendí nada, pero para mí que te insultó, que te rajó una puteada. No entendí, pero sonaba a puteada.

 

MARTA.- (A Ernesto) Vos nunca escuchás. Y si escuchás no entendés. A veces, hartás.

 

MARIO.- O como decir que Colonia queda en Montevideo. (Marta y Ernesto lo miran fijo)

 

MARTA.- (A Dolores) Nena, vení para acá y explicale a tu madre... (Sale por el mismo lugar donde lo hizo Dolores)

 

ERNESTO.- ¿Qué cosa los chicos, no?

 

MARIO.- ¿Estuviste pensando lo que charlamos ayer? Lo de Dolores...

 

ERNESTO.- ¿Dormiste bien anoche?

 

MARIO.- Sí, pero...

 

ERNESTO.- (Que se ha quedado pensando en la conversación anterior) Fluido, ¿no?

 

MARIO.- ¿Qué cosa?

 

ERNESTO.- El manejo del inglés que tiene la nena.

 

MARIO.- (Resignado) Sí.

 

ERNESTO.- ¿Te dije cuál es el primer idioma en Nueva York?

 

MARIO.-(Como resignado) No.

 

ERNESTO.- ¿Te dije cuál es el primer idioma en Nueva York?

 

MARIO.- (Grita) Te dije que no.

 

ERNESTO.- El castellano. ¿Podés creer?

 

(Apagón)

 

ESCENA VIII

(Ernesto, Marta y Mario)

 

MARIO.- Yo quise que lo supieras, Ernesto. Con Marta no lo hablé. No pude hablarlo. No me dejó. Me contó una historia de una mina que leía los discos...

 

MARTA.- (A Mario) Los surcos de los discos. (A Ernesto, al oído) La rusa.

 

MARIO.- (A Ernesto) ¿Vos le contaste?

 

ERNESTO.- (A Marta) Armenia era. (A Mario) No, ella me contó a mí. Un gesto muy lindo de tu parte. Aunque te aclaro que no esperaba otra cosa de vos.

 

MARTA.- (A Ernesto) ¿Armenia? Creí que era más bien rusa. (A Mario) Bueno, era más bien armenia. (A Ernesto) Le conté lo de la armenia que leía los surcos de los discos. Porque las cosas hay que contarlas, hablarlas, sacarlas afuera.

 

ERNESTO.- (A Marta y Mario) De todos modos insisto en que se lo tenían escondido, ¿eh?

 

MARTA.- ¿Qué cosa? ¿Quiénes?

 

ERNESTO.- Vos y Mario.

 

MARTA.- Ah. (A Mario) Nosotros no te lo hubiéramos pedido nunca, pero... la verdad verdadera que esperábamos que saliera de vos.

 

MARIO.- ¿En qué sentido?

 

MARTA.- En el sentido de que vos lo propusieras. ¿En qué sentido iba a ser?

 

ERNESTO.- (Como en otra cosa) Después dicen que los encuentros familiares son un bajón, que la gente se dice cosas terribles, se agrede...

 

MARIO.- Ernesto.

 

ERNESTO.- Hoy siento que recuperé... que realmente... tengo una familia. (A Mario) Y vos estás acá, hermanito. ¿Sabés lo importante que es para mi? Te tenía tantas ganas de verte yo a vos, hermano. (A todos) Bueno déjenme a mí. A veces me pongo un poco semental.

 

MARTA.- Sentimental, Ernesto, sentimental.

 

ERNESTO.- Sí, sentimental. ¿Qué dije?

 

(Entra Dolores)

 

DOLORES.- Verónica le tiró una botella en la cabeza a Ramón.

 

MARTA.- ¿Y desde cuándo te importan los problemas de los vecinos?

 

DOLORES.- Decía, nada más.

 

MARTA.- (a Mario, mientras Ernesto trata de escuchar a través de la pared del patio) Son los vecinos de al lado. Ella, pobrecita, una sacrificada. Se hace cargo, ella solita, de las tres hijas. Porque, lo que es él, como si no fuera el padre. Bueno, en cierto modo no lo culpo, porque dos son de él, pero la del medio es de otro. Parece que es de un primo de ella o de él.

 

ERNESTO.- ¿Un primo o un tío?

 

MARTA.- Un primo. (Le grita) Un primo, dije. La más chiquita y la mayor son de Ramón, pero la del medio no. Un primo, creo, pero tal vez sea un tío ¿qué se yo?

 

ERNESTO.- No, era un primo, nomás.

 

MARTA.- (a Mario) Y aunque te parezca mentira, es ella la que lo faja a él, porque él es de mala bebida y llega todas las noches hecho un desastre. El asunto es que la mina lo faja y hay veces que le deja la cara hecha una morcilla.

(A todos) Hablando de morcilla. ¿Sabían que el tamaño de los penes flácidos no tiene nada que ver con el de los penes erectos?

 

ERNESTO.- (riendo) Claro, erecto es más grande.

 

MARTA.- No, Ernesto. Digo que un pene puede medir flácido unos cinco centímetros y erecto unos dieciocho y otro de siete flácido, apenas llegar a los dieciséis erecto. Además, depende desde dónde hasta dónde se mida y con qué tipo de centímetro. Porque hay centímetros de plástico que se estiran y al tiempo miden mal. Los mejores son los entelados que no se estiran nunca, como la cinta aisladora de antes que no es como la de ahora que da trabajo cortarla porque el plástico se estira.

 

ERNESTO.- ¡Mirá ésta, midiendo penes!

 

MARTA.- No mido penes. Pero fijate que sé más que vos, que tenés uno.

 

ERNESTO.- Vos a veces tenés uno entre las piernas.

 

MARTA.- Grosero.

 

ERNESTO.- ¿Yo soy el grosero? ¿Quién empezó hablando de caras como morcillas y penes? Hablábamos de los vecinos. De la mujer que faja al gordo... que no se cómo Ramón está tan gordo.

 

MARTA.- Es del alcohol. La gordura es del alcohol.

 

ERNESTO.- ¿Qué pasa con el alcohol?

 

MARTA.- Es lo que lo engorda, Ernesto. ¿No sabías que lo que engorda más a las personas es el alcohol? La comida se puede eliminar, de alguna manera. El cuerpo humano -porque en general, que yo sepa, los animales no toman alcohol-, el cuerpo humano puede eliminar las grasas que producen los alimentos. Uno se las puede arreglar para eliminar un churrasco, un kilo de papas, unos ravioles a la príncipe de Nápoles, pero el alcohol, no. El alcohol se aloja entre la carne exterior del cuerpo y los órganos internos. Se forma como una pared interna de líquido que cuanto más tomás, más gruesa se hace. Es una pared gruesa que se forma en todo el cuerpo, pero fundamentalmente en el lugar al que primero fue a parar la bebida: el estómago. De ahí la panza de los gordos. Esa pared no la sacás más. Salvo con liposucción.

 

ERNESTO.- ¿El líquido lo sacan con liposucción?

 

MARTA.- Justamente lo que succionan es el líquido, el alcohol. Liposucción. Lipidus en latín significa líquido, que en este caso es el alcohol que toman los borrachos y los engorda.

 

ERNESTO.- No me imagino a Ramón haciéndose una liposucción.

 

MARTA.- Yo tampoco. Va a ser gordo toda la vida, el gordo. Por más que deje de comer. ¡Qué cosa... un gordo bárbaro y la mujer que lo faja!

 

ERNESTO.- Eso ya no es una familia, Marta. ¿Vos qué pensás, Marito?

 

MARIO.- (que al igual que Dolores ha permanecido en silencio hasta ahora) Nada, estaba pensando en otra cosa.

 

ERNESTO.- (Pausa) Bueno, vamos a darle la noticia a Lola. Nena, acá el tío te ofrece que cuando te vayas a la Universidad, en marzo, vayas a vivir en la casa de él.

 

DOLORES.- Ya le había dicho.

 

ERNESTO.- ¿Cómo?

 

DOLORES.- Que ya me lo dijo.

 

ERNESTO.- Ah, yo pensé que era una sorpresa. ¿Bueno, y qué te parece?

 

MARTA.- ¿Qué le va a parecer, Ernesto? Yo no pienso pagar una pensión o un departamento cuando el tío le ofrece su casa.

 

DOLORES.- OK, I think that’s right.

 

MARTA.- ¿Viste? Le parece bien.

 

DOLORES.- If it is right for you…

 

MARTA.- Claro que a nosotros nos parece bien, Lola.

 

ERNESTO.- El tío no va a ser un guardabosques, pero... Mario, me la controlás a la nena, che. (A Dolores) Ojo con salir mucho de noche, andar atormentando por ahí...

 

MARTA.- Atorranteando, Ernesto, atorrantenado.

 

ERNESTO.- Sí, atorranteando. ¿Qué dije?

 

MARTA.- Pero, de todos modos, mirá las cosas que decís. Es tu hija.

 

DOLORES.- Dont worry, mammy.

 

ERNESTO.- (Comienza a reírse a carcajadas) ¿Viste? Dice que no te preocupes.

 

MARTA.- Ya la escuché.

 

ERNESTO.- Además, era un chiste, che. (Se acerca a Mario) ¡Qué bueno que hayas venido, hermanito!

 

MARIO. Sí.

 

ERNESTO.- ¿Cenamos o no cenamos en esta casa?

 

MARTA.- En un rato.

 

ERNESTO.- ¿Qué?

 

MARTA.- Dije que en un rato.

 

ERNESTO.- Ah, no te había entendido.

 

MARTA.- No entendiste, no. No escuchaste, que es distinto. (Silencio. Se miran. Ernesto mira a Marta como amenazante) ¡¿Qué?!

 

ERNESTO.- (Amenazante) Marta, no.

 

MARTA.- ¿Qué? Es tu hermano. ¿Es tu hermano o no es tu hermano? (Se miran todos) Vengo repitiendo desde hace rato que hay que sacar las cosas afuera. Que no hay que guardáserlas. No se puede vivir en la mentira toda la vida, Ernesto. (Pausa larga. Todos se miran. La miran a Marta)

 

ERNESTO.- ¿Te lo podés callartelo vos?

 

MARTA.- ¿Qué? ¿Me estás amenazando, acaso? (Pausa)

 

ERNESTO.- Decilo. Me importa un carajo. Igual, no me vas a arruinarme a mí esta reunión familiar. (Larga pausa)

 

MARTA.- (A Mario) Es sordo. (Larga pausa) Bueno, casi. (Pausa) De un oído no escucha nada y del otro poco. Lola y yo siempre le hablamos del lado que escucha. Si le hablás del otro costado no escucha nada y si le hablás de frente, sólo palabras sueltas, pedazos de oraciones. Y a partir de eso inventa lo que cree que le dicen. Y contesta. A veces le pega, a veces, no. Encima, va perdiendo el vocabulario. Como no escucha mucho, se va olvidando de las palabras. De cómo se ordenan, incluso, las palabras. Se confunde, mezcla, repite. Yo creo que un día nos vamos a levantar y vamos a descubrir que habla en otro idioma. Uno inventado por él. Parecido al castellano, pero distinto. (Larga pausa. Ernesto la mira fijo. Marta grita) ¡¿Qué?! Hay que decir las cosas. Tu hermano no podía vivir toda la vida en la mentira. (Ernesto baja la vista. Pausa. Marta gira y se coloca del otro lado de Ernesto. A Mario. Está emocionada) Fue en la pileta. No ésta. ¿Te acordás que antes teníamos una más grande? Una como esta, también, pero más grande. Bueno, se puso a hacer la plancha... Mirá que cosa, él se puso a hacer la plancha mientras yo, adentro, en la cocina, planchaba sus camisas. (Pausa. A Mario) No me mires así. Suena tierno, pero fue una tragedia. Le entró agua podrida en los oídos, se le hizo una infección, se le pudrió todo, el tímpano, el oído medio, todo. Agua podrida. La mezcla de orín, caca de mosquitos y moscas, otros tantos bichos muertos. Todo eso pudre el agua. No hay cloro que pueda con ellos. (Pausa) Por eso compramos esta pileta más chica, así, le renovamos el agua más seguido. (Pausa) Además, con tan poca agua, no puede hacer la plancha. Apenas se remoja, como hoy. Se saca el calor, el pobre. ¿Sabías que desde ese día contratamos una chica que viene dos veces por semana a planchar la ropa? (Se emociona) No sé, pero desde que pasó eso, no puedo ni tocar la plancha. ¿Será porque yo estaba justo planchando o porque lo asocio con “hacer la plancha”? En el agua, digo. La pileta grande la regalamos. A Rosita. ¿La conocés a Rosita? Rosita, sí, tenés que conocerla. (Mario no contesta. Marta como enojada) Bueno, no importa. Se la regalamos a Rosita. (Larga pausa) Vos no sabés lo duro que es, a veces, vivir con un hombre como él. (Pausa)

 

MARIO.- No hables así, delante de él.

 

MARTA.- No creo que haya escuchado nada. ¿No ves que estoy hablando del otro lado? (Pausa) ¿Cómo se siente ser el hermano de un discapacitado? (Pausa) ¿Comemos?

 

DOLORES.- ¿Por qué no se miran un poco? Son patéticos. Los tres. Los tres son patéticos.

 

MARTA.- ¿Qué decís? (Los tres la miran)

 

DOLORES.- Sí, miren. Miren. Miren, a ver si me ven de una vez por todas. Son patéticos. (Por Mario) Éste, que cree que me hizo mujer hace años e intenta decírselos a ustedes que no entienden nada. Mujer. Sí, vos, tarado. A vos me refiero. Mujer. ¡Qué sabrás vos lo que es una mujer! Me mirás y pensás que soy una mujer. Y sí, soy una mujer, pero no por vos. (Pausa larga) ¡Te admiré tanto! ¿Vos sabés lo que eras para mí? Me acuerdo cuando yo tendría unos ocho o nueve años... y después también... Vos llegabas lleno de regalos a contarnos las historias de tu último viaje. Eras tan distinto a papá. Tan fuerte, tan seguro, tan... Y contabas de tus aventuras por países que yo nunca había visto en el mapa. Y yo disfrutaba tanto tus relatos, tus cuentos fantásticos a partir de una foto que me mostrabas. ¿Sabés que eras genial contando historias? Ahora no sé si todas eran reales o las inventabas, pero en aquel entonces... ¡te admiraba tanto, Mario! (Pausa) Eras geólogo y para mí eso era maravilloso. Mucho no entendía qué era, pero era genial. En cambio ahora... Ya no contás historias. ¿Qué vas a contar? Si ahora sos jardinero. Paisajista decís vos, ¿no? Jardinero, se llama, Mario. Jardinero. Y en la capital. Me hacés reír. ¿Qué hacés? ¿Le acomodás las macetas del balcón a unas viejitas jubiladas?

 

MARIO.- Sí, era geólogo, pero vos decías que era ingeniero. Ingeniero, me decías. Eras chica. Pero, bueno, igual no entiendo cómo siempre confunden a los ingenieros con los geólogos. (Didáctico como Marta) Geólogo es otra cosa. Es un estudioso de la tierra, de la constipación de la tierra... (duda) ¿Qué dije?  (Se da cuenta del error. Se corrige) De la constitución de la tierra. De su origen. De los materiales que la componen interior y exteriormente. (Se distrae. Habla igual a Marta cuando cuenta sus teorías) ¿Te conté alguna vez que un geólogo alemán descubrió que con el excremento de ciertos animales se podía producir gas? Gas similar y de la misma utilidad que el de la red domiciliaria de gas. ¿Entendés? El tipo, un alemán o ruso, no me acuerdo, sostenía que juntando montañas importantes de excremento de ciertos pájaros se podía fomentar... (Mira a Ernesto, se sorprende de haber dicho lo que dijo) ... digo fermentar y producir un gas similar al que usamos en las casas. Un genio, el tipo. Un alemán o ruso, más bien ruso creo que era, no me acuerdo bien. Pero cuando su teoría fue conocida por una serie de organizaciones ecologistas, lo empezaron a perseguir, lo tildaron de terrorista y su cabeza tuvo precio. Además, una corriente científica contraria a su teoría hizo correr el tumor de que era necesaria...

 

DOLORES.- ¿Qué tumor? ¿De qué hablás? (Ansiosa) Además estaba hablando yo. Dejame terminar.

 

MARIO.- ¿Quién dijo tumor? ¿De qué hablás vos? Decía que esta corriente científica hizo correr el rumor de que era necesaria una montaña de cien mil toneladas de excremento de aves para producir apenas el contenido de una garrafa de diez kilos de gas. Lo cierto es que el tipo nunca logró financiamiento para juntar tantos pájaros, hacerlos cagar bastante, almacenar la caca y probar su sistema. Una pena, la verdad. ¿Te había contado? (Se detiene. Se mira a sí mismo. Mira a Marta consternado. Cae rendido en una silla)

 

DOLORES.- (Mira a Mario. Se da cuenta que ya no la interrumpirá. Dice a todos) Sí, miren, vean. Acá hay una mujer. No, mamá, no una mujer como vos. Una mujer moderna. Una mujer de este siglo. Tampoco una feminista. Las odio. Una mujer de hoy, de este siglo. Del siglo veinte... (duda) veintiuno. Una mujer práctica. (A Mario) Y sí, me voy a vivir a tu casa. ¿Qué me importa? ¿Quieren que me vaya a vivir a tu casa?, me voy a vivir a tu casa. ¿Te creés que me importa? Un pepino, me importa. Me voy a ir a vivir a tu casa, si eso los tranquiliza, pero eso no quiere decir que vaya a vivir con vos, idiota. (Mario está agobiado) Me voy a la capital, pero para ser libre. Libre de ustedes. Voy a salir sola. (Pausa) De shopping. Me voy a comprar lo que quiera. (Pausa) En el shopping. (A Marta) No me mires de ese modo. Hay buena ropa en los shoppings. Voy a ser otra. (Pausa) Una mujer moderna voy a ser. Con tatuajes. Me voy a hacer unos tatuajes. Me voy a tatuar toda. Una teta, me voy a tatuar. (Se señala uno de sus senos) Ésta me voy a tatuar. (Se señala el otro seno) Ésta no porque tengo un lunar. Toda tatuada la teta me va a quedar. Y me voy a poner aros por todos lados. Body Piercing. Re linda voy a quedar con los aros y el tatuaje en la teta. (Se la vuelve a señalar) Ésta. (Pausa) Y me voy a conseguir una novia en la capital. Una novia linda. Gorda. (Pausa) Pero linda. Que les va a dar envidia. Y voy a salir con ella. De shopping. (Pausa) Y voy a ser feliz. (Silencio)

 

MARTA.- ¿Qué dijo, Ernesto?

 

ERNESTO.- No sé. Sabés que no sé idiomas.

 

MARTA.- ¿Qué dijiste, nena?

 

ERNESTO.- (A Mario) Te dije que hablaba fluido. Lo habla tan bien, tan rápido que no se le llega a entender nada. Además debe haber usado expresiones propias del idioma. Lo que te contaba el otro día, Mario.

 

MARTA.- Expresiones idiomáticas.

 

ERNESTO.- Eso. (A Mario) Vos se ve que algo le entendías, ¿no?

 

(Mario ha quedado en la silla, exhausto. Marta y Ernesto se dirigen a la mesa. Se sientan. Se preparan para comenzar la cena. Marta ordena la mesa)

 

ERNESTO.- Hablando de idiomas, ¿les dije cuál es el primer idioma en Nueva York?

 

MARTA.- (A Mario) ¿No ves que es sordo? (Pausa. Vuelve a mirar a Ernesto)

 

ERNESTO.- ¿Y? ¿Les dije cuál es el primer idioma en Nueva York?

 

DOLORES.- (De frente al público, con los ojos llenos de lágrimas, como si hiciera largo rato que está llorando) El castellano. ¿Podés creer? (Sale lentamente)

 

ERNESTO.- Epa, Mario, ¿qué pasa, hermanito? A levantar ese ánimo.

 

MARTA.- Claro, Mario. Arriba, che. ¿Jugamos un crocket? ¿O un scrabel, si andan con fiaca? Dale, un scrabel. (Marta y Ernesto se acercan a Mario, lo rodean, casi lo abrazan, le dan palmaditas fraternas)

 

ERNESTO.- ¿Sabés qué tenés que hacer vos, hermanito? Ahora que la nena va a vivir allá con vos, te tendrías que venir con ella todos los fines de semana para acá. Aprovechar que viene ella y venirte vos. Estás muy solo allá, vos. Te venís acá. Todos los fines de semana en familia, con nosotros, es como una bocanada de aire fresco.

 

MARTA.- Te oxigenás.

 

ERNESTO.- Respirás aire puro. (Pausa)

 

MARIO.- Está bien, está bien. Perdonen. Pero debe ser, justamente, el aire libre, el crocket, la pileta, la actividad física... Perdonenme, estoy un poco calmado a esta hora. Estoy bastante calmado.

 

MARTA.- (Acostumbrada) Cansado, Mario, cansado.

 

MARIO.- (Sorprendido, mira a ambos) Sí, cansado. Cansado. ¿Qué dije?

 

APAGÓN FINAL 

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