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el océano

de francisco pino

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

 

      El  océano

 

 

 Francisco   Pino

   

franciscoepino@ono.com

 

 

NOTA  DE  AUTOR

 

El Océano   es el drama de un futuro próximo.  Pieza coral donde se impone el destino aceptado de unos seres terminales, en una institución dedicada a facilitar la muerte voluntaria.

 

La posible regulación social de la eutanasia, su hipotética promoción estatal o en centros de capital privado. El avance técnico o farmacológico de la medicina paliativa, de la neurología, que pudieran promover un tránsito no traumático, incluso dulce, eliminando acaso el dolor y la angustia. El acceso a otro estado de muerte, la posibilidad de la crionización…

 

Dignidad, filantropía, servicio social o negocio… Y en el último acto, ante el telón de boca, el ser solo enfrentado a ese último silencio.

 

                                       

 

      

 Personajes:

  

Miguel               Hombre bien conformado a su tiempo. Personalidad en su acmé.

Celia                  Poderoso fatum.  Imantada a la muerte.

Tomás               Demasiado humano,  de agua y tierra.

Nora                 De aire,  mas no acaba de alzar el vuelo.

María                Ligera, pero no hasta la insignificancia.

Lete                   Niño regalado que no entiende el silencio.

 

Abdón             Ángel de la muerte, o solo hombre.

Julia                 La que otorga el sosiego y clama en los acantilados.

 

Emilio                Deudor,  que vio el cuerpo sumergido.

Juana                  Mujer que conocerá la ausencia.

Oscar                 Portador de la palabra.

Antonio             Alguien que no sabe qué pasa.

 

                   Dos ancianos

         Un padre

         Un hijo                       

              

 

 

 

                                   1.  El barco hundiéndose en el agua/1 

 

 

            El escenario vacío,  en densa penumbra.  Solo una  mesa escueta, donde TOMÁS  escribe.  A su lado CELIA, de pie.  Ambos pasan de los setenta y cinco.   Aunque seguramente tienen mucha más edad de la que aparentan.

 

 

TOMÁS 

Es el mar que nos aleja de la tierra firme

que nos lleva hacia los días sin luz

hacia el color opaco del silencio...

(…)  Ah, esta pluma está jodida.  Sale la tinta a borbotones, como de una arteria mayor destrozada.  Mira: la página se ha convertido en una tremenda sangría azul. Un encadenamiento de dramáticos borrones sucesivos. Como la vida misma.  Guardamos la esperanza de que en algún instante cesará el desangrarse; de que el solo acto de escribir acabará regulando el líquido caudal del sentido. Pero lo que se restaura en un renglón, haciéndonos concebir el espejismo de la salud recuperada, una milésima de futuro más allá torna a descomponerse en un nuevo desastre, un nuevo tachón, una nueva muerte anticipada sobre el papel blanco.  Todo se disuelve así en la tinta que otra vez emborrona el espíritu y la letra. Tal vez el hecho absurdo de estar vivos no consista en otra cosa que en un folio emborronado e ilegible.  Que finalmente se estruja y se arroja al fuego y se olvida.

(Ha estrujado el folio en una bola que mete en un bolsillo de la chaqueta)

Bueno. Debería haber sido yo el primero en hablar del Océano.

Después de todo,  un poeta  -y más si es aficionado-

pasa media vida coqueteando con la muerte.

Después de todo,  todo es una larga costumbre literaria.

 

CELIA

Pero he sido yo la que abrió la caja de los truenos.

Y no hace literatura una mujer dispuesta

a entrar sin retorno en el Océano.

 

TOMÁS

(Se levanta y le toma la mano)

Yo conocí otro mar, Celia.

Alguna vez te he hablado de eso.  Cuando era joven

(porque alguna vez debimos haber sido jóvenes)

escribí un lejano recuerdo infantil.  En forma de poema

cómo no.

Ahora solo recuerdo el final: 

De niños veíamos el barco

hundiéndose en el agua,

anegándose en la nada negruzca.

Era la imagen de una litografía de almanaque

que había en casa de mis abuelos. Debía tener tres o cuatro años. Un mar y un cielo confundidos en la ira de una galerna oscurísima... Y en aquella desatada e increíble violencia

un buque mercante aparecía vencido, ya hundida parte

de su popa; la proa hacia el cielo, como el último estertor de un moribundo perplejo y aterrorizado.

 

CELIA

(Que se ha soltado y camina unos pasos)

Sí,  alguna vez me has hablado de eso.

 

TOMÁS

Qué se le va a hacer... la vejez es  la reiteración

de dos o tres motivos sustanciales. Y aquella imagen es la primera de todas. Todos los días de la infancia aparecen ahora detenidos en el mismo instante crítico;

perpetuándose en la tragedia, en ese pavoroso minuto indefinido entre la vida y la nada... una nada que se me antojaba tan bella en aquel mar de oscurísimos

azules y verdes, de grises y negros... una nada que desde entonces me hizo concebir la eternidad con enorme indulgencia...

(…)  Ah,  qué distinto es este acumular años sin término.

Recuerdo que miraba aquella imagen con la esperanza

de que algún día el barco hubiera desaparecido

para siempre,  de ver el mar por fin aquietado,

de que una nueva luz desconocida borrara para siempre

las huellas del crimen.

Pero era inútil

allí estaba cada día la catástrofe,  todos aquellos marinos

y gente de a bordo, que yo imaginaba con sobrehumano pavor, aferrados a cualquier sólido asidero, golpeados, lanzados al mar;

cuerpos rotos,

reventados en camarotes y cubiertas, luchando exhaustos

en la sala de máquinas contra enormes tuercas

y tuberías que revientan...  Finalmente vencidos.

(...)  Con aquella imagen liminar impresa aquí dentro

necesariamente habría de resultar un tipo literario

y mortuorio. Un tipo poco apto para la vida, Celia.

 

CELIA

Un perfecto inútil.

 

TOMÁS

Sí.  Por eso resulta más extraño que hayas sido tú

la primera en hablar del Océano... La mujer de voluntad

de hierro, Celia la Brava, asumiendo la inapelable derrota, rindiendo armas.

 

                                                                           OSCURO.

 

 

2.     Residencia en primera línea.

 

  

       Al iluminarse el espacio escénico debería provocar cierto sobrecogimiento, una claustrofobia del espíritu, como si entrásemos en un tanatorio. Sin embargo puede ser un lugar luminoso, incluso demasiado luminoso.

            Salón social de El Océano. Un confortable corredor de la muerte de aspecto soleado y vacacional, situado frente a un abrupto paisaje de acantilados que se recortan sobre un horizonte ultramarino. Se adivina en el recogido silencio de la noche el fragor cercano de aquel rompeolas.

Al fondo una amplia terraza o galería que da al mar, y en ella un telescopio de pie fijo. Otro gran ventanal por donde se divisa gran parte de los acantilados.  A la izquierda una puerta que da a una sala de telecine. A la derecha, un hueco abierto a un pasillo por donde se accede a este salón y que estará pegado al fondo. Paredes sin cuadros. El mobiliario de aspecto futurista y aséptico, de una blancura rutilante. Pequeña barra con vitrinas repletas de botellas de color y copas blancas. Varias mesas de velador y sillas. En primer término un conjunto de sofá en dos piezas, todo ello igualmente en piel blanca.

En escena CELIA y TOMÁS.  Ella, sentada en el sofá de piel,  él curioseando en la cristalería del mueble bar.  Esperan al Gerente.

 

 

CELIA                   Por qué no te sientas,  Tomás.   Estás nervioso.

 

TOMÁS                Sí, bastante más que en la consulta del dentista.

 

CELIA                   Tú siempre tan aprensivo... Anda, échale un poco de valor,  enseguida estaremos afuera.

 

TOMÁS                Supongo que me debería ir acostumbrando, si queremos seguir con esta historia.  Pero pensar en ese cuarto que vimos, en esa gente que...

 

CELIA                   ¿No estás convencido, verdad?

 

TOMÁS                No lo sé, Celia, no lo sé.  Quizá habría otra forma. Tú y yo, sin que nadie más interviniera.

 

CELIA                   Y por qué no me dejas sola. Un instante,  cierro los ojos y desapareces.  Sí, deberías dejarme aquí. Yo estoy convencida, pero tú...

 

TOMÁS                Ni hablar. Vamos en la misma yunta.

 

CELIA                   Simplificaría mucho las cosas. Tú no estás preparado.

TOMÁS                ¡Sí estoy preparado!  Lo que no sé, lo que no sabemos,  es el modo.  Por eso estamos aquí, para saber.  Hagamos bien las cosas,  Celia. No te precipites.

 

CELIA                   No sé, creo que sería lo mejor. Yo podría quedarme aquí, para qué darle más vueltas.  Y tú tendrías tiempo de pensar.

 

                                                      Entra Abdón.

 

ABDÓN                De pensar qué (...) Perdonen. Me entretuvo un pequeño asunto administrativo.

 

TOMÁS                No se preocupe. Aquí se está muy bien.  Ese catalejo tiene un gran alcance.

 

ABDÓN                Sí,  es un buen entretenimiento. Aunque parezca mentira siempre hay cosas nuevas que mirar por el telescopio, cosas que ocurren en los acantilados o en el mar.  (...)  Bien, pues lo que han visto es todo lo que puedo enseñarles de momento.  Este es el salón social y ahí hay una sala de telecine.  No sé si todo esto será del gusto de ustedes.

 

CELIA                   Sí, está muy bien.  Y la habitación es...  muy confortable.  Con unas vistas magníficas,  ya lo creo.

 

TOMÁS                Un lugar de ensueño, si olvidamos el fin que nos trae.  Pero este olor a mar, esta luz...  Casi dan ganas de seguir adelante.

 

ABDÓN                (Con humor)  ¡Ah, no fastidie!  Le aseguro que no es ese nuestro propósito, eh.  Menuda complicación (...)  ¿Les apetece beber algo?

 

TOMÁS                Por mí no, gracias, hemos tomado una limonada hace un rato.   (Celia deniega)

 

ABDÓN                (Ordenando sus papeles y desmontando el bolígrafo sobre un cuestionario donde tomará sus notas)  Entonces, si les parece, me responden unas preguntas (...)  ¿Tienen pensada alguna fecha posible?

 

CELIA                   No, no... Aunque nos gustaría que fuese pronto. En principio pasaríamos aquí unos quince días, a partir del ingreso. Supongo que para entonces estaríamos preparados.

ABDÓN                Seguro que sí (...)  Bien.  Desde que entran aquí tienen ustedes garantizado el derecho de elegir su momento.  Así que pueden adelantar o atrasar el trance a voluntad. Siempre que sea dentro de unos límites razonables, naturalmente (...) ¿Vendría alguien con ustedes o... prefieren estar solos?

 

TOMÁS                Mejor solos ¿no?  No creo que quisieran venir nuestros hijos.

 

CELIA                   De todas maneras yo preferiría que no lo hicieran, Tomás.  Despedirnos en casa.  O, mejor, no despedirnos.

 

ABDÓN                ¿Cuantos hijos tienen?

 

TOMÁS                Dos (ahora). Un  chico y una chica. Bueno, ya son mayores, claro.

 

ABDÓN                ¿Alguien más en la familia?

 

TOMÁS                Sí,  un nieto.  De mi hijo.  La chica vive sola.

 

ABDÓN                Entiendo. Así que son abuelos... Es importante que alguien tome el relevo ¿no? (...)  Antes de que me olvide les diré de todas formas que  solemos ofrecer una comida de homenaje, despedida, o como quieran llamarle, para que se pueda estar con la familia o amigos que deseen invitar. Naturalmente es un servicio optativo y, en todo caso, gratuito para los residentes.  Suele llevarse a cabo un par de días antes de morir,  pero también eso queda a su elección.  (...)  Bien… esta pregunta no están obligados a contestarla; tan solo en el caso de que se tratara de una enfermedad infecto-contagiosa estarían obligados a declarar.  ¿Alguno de ustedes padece alguna enfermedad grave que pueda ser determinante a la hora de decidirse por la muerte voluntaria?

 

TOMÁS                Vejez, otra no.

 

ABDÓN                (Que sigue tomando notas.)  Muy bien.  Si me permiten un comentario…  Es estupendo cuando se toma así una decisión, en plenitud de facultades.

 

TOMÁS                No tanto, amigo, no se pase.

 

ABDÓN                Quizá no debiera decirlo, pero hay muchas personas que llegan aquí en un estado lamentable, empujadas por el dolor o por el miedo.  Lo cual, como pueden imaginar, complica mucho las cosas.

TOMÁS                Todos, en cierta medida, venimos empujados por el dolor o por el miedo.

 

ABDÓN                Sí,  es posible.  Pero asumir el final de nuestra vida con nuestro juicio intacto, con dignidad,  como una decisión que nos compete y que está en nuestra mano hacerla nuestra... eso es algo que tiene para mí un gran valor.  Yo creo, incluso, que esa actitud nos garantiza en el último instante el sosiego, esa paz con uno mismo por la que quizá hemos luchado durante toda la vida.

 

TOMÁS                Bueno, a saber lo que nos deparará el último instante.

 

CELIA                    Sí...  A mí, ya ven, me resulta algo duro estar aquí, hablando de estas cosas como si nada.

 

ABDÓN                ¿Por qué,  Celia?  Yo creo que es usted muy valiente. Y la actitud de ustedes, enormemente positiva.  Primero, como les digo, porque ambos parecen estar en plenitud de facultades...

 

CELIA                   ¡Ah, qué más quisiéramos!

 

ABDÓN                Luego, porque es una decisión compartida;  y me atrevería a decir, sin conocerles, que bien meditada. Van a estar juntos en todo momento, y juntos van a ir hacia el fin, con la satisfacción de compartir también ese último instante.  He visto ya algún tránsito como el de ustedes y casi me atrevería a asegurarles que se respira paz.  Creo que incluso puede ser hermoso.

 

TOMÁS                ¿Hermoso?  ¡Cielo santo!  Hermoso… como un caballo negro y apacible (…) ¿Usted, por casualidad, no ejercerá también funciones de capellán en esta institución?

 

ABDÓN                No, no hay capellanes aquí.  Como puede usted imaginar,  la filosofía del Océano no coincide exactamente con la eclesial. Además el Movimiento por la Muerte Voluntaria, al que me honro pertenecer como uno de sus primeros socios, ha sido y sigue siendo tremendamente demonizado por la iglesia, ya saben.

 

TOMÁS                Sí... Pues volviendo a eso del ultimo instante, no creo, en fin, que tengamos la oportunidad de confirmar sus impresiones.  E imagino que tampoco sus encuestas dejarán muy claro el asunto, ¿verdad?.  Qué dicen los residentes muertos… ¿fue hermoso?

 

ABDÓN                No, no queda nada claro, nada claro... Sin embargo usted, Celia, tiene un marido muy ocurrente,  debe pasarlo bien a su lado.

 

CELIA                   No puedo quejarme después de todo.  Aunque a estas alturas, incluso el ingenio es un bien escaso.  Y por lo demás, es un sujeto bastante imposible.

 

TOMÁS                Un perfecto inútil.

 

CELIA                   Así que mejor acabar ahora que todavía no nos tomamos el café de espaldas.

 

TOMÁS                Sí,  mejor acabar. También con el café, de frente o de espaldas.

 

ABDÓN                (…) Bien. Algún problema de alcoholismo, drogadicción…

 

TOMÁS           Me gusta el vino.  Pero eso nunca ha sido un problema, sino todo lo contrario: media botellita de buen Rioja ante cualquier contrariedad y el problema se dilucida solo.  Es un consejo que le doy,  joven,  si me lo admite.

 

ABDÓN                Por supuesto que sí.  Solo que tengo el problema de ser ligeramente abstemio.

 

TOMÁS                Pues para ese problema no hay nada como media botellita de un buen caldo,  créame.

 

CELIA                   ¿Quieres dejar de decir tonterías? Estamos con algo bastante serio, Tomás, no sé si te has dado cuenta.

 

TOMÁS                Vamos, Celia, no seas tan dramática. (...)  Y, a propósito, esa copa que antes me ofreció...

 

ABDÓN         (Levantándose hacia la barra.)  Sí, desde luego... pero me temo que no haya vino.

 

TOMÁS                Pues un poquito de whisky.  Con agua o soda, si es posible.

 

       ABDÓN      (Sirviendo un vaso, que luego pasará a Tomás) ¿Quiere usted un poco, Celia?

               

CELIA                   No, gracias, yo tampoco bebo.

 

ABDÓN                (…) Bien. Pasemos a la siguiente pregunta si les parece… Tienen dos hijos, me han dicho.  ¿Han consultado con ellos?  ¿Cuentan con su… comprensión?

 

CELIA                   No saben nada.

 

TOMÁS                Ese es un punto filipino.

 

CELIA                   El diálogo con nuestros hijos es a veces un poco complicado.

 

ABDÓN                Pues es un pequeño inconveniente que deberían  solucionar antes de su ingreso.

 

CELIA                   Y si ellos no lo admiten...

 

ABDÓN                Bueno, no es la mejor de las hipótesis. Lo más deseable es que haya conformidad, que todas las partes afectadas hayan meditado en conciencia y puedan estar finalmente de acuerdo.

 

CELIA                   No sé si eso será posible, francamente.

 

ABDÓN                También les digo que, en última instancia, ustedes y solo ustedes son los responsables de su acto. Y a no ser que alguno de los dos estuviese claramente incapacitado, lo cual no parece ser el caso, la decisión es siempre suya. (...) Aunque lo más razonable, como les digo, es que haya armonía y no exista ninguna perturbación ajena a lo que debe ser el fin que persiguen. Si de algo les sirve mi humilde experiencia, les diré que en la mayoría de los casos el tema familiar acaba siempre resolviéndose.  Lo importante es que la decisión tomada sea firme y así se les haga ver a los hijos.

 

CELIA                   No creo que ellos puedan comprenderlo.

 

ABDÓN                Tal vez no al principio. Puede que tengan remordimientos… Evocarán tal vez el olvido o el mal trato que les dan o alguna vez les dieron,  incluso puede que les asalten complejos de culpa…  Pero, como les digo, lo importante es que la decisión sea firme y sepan comunicar esa firmeza a sus hijos.

 

TOMÁS                No, no lo admitirán.

 

ABDÓN                No sé... De todos modos hablen con ellos.  Háganles desechar por absurdo cualquier atisbo de culpabilidad. Muestren este tema como en realidad es:    un acto positivo,  deseado por ustedes, una decisión que ellos deben respetar, aceptándola con paz interior, dignamente.

 

CELIA                   Ah, ojalá pudieran entenderlo.

 

ABDÓN                Lo entenderán, Celia. Antes o después acabarán entendiendo.

 

CELIA                   No sé,  ojalá tenga razón.

 

ABDÓN        (Volviendo al cuestionario.)  ¿Podrían decirme cómo nació, o en su caso,  de quién nació la idea de acudir a la muerte voluntaria?

 

CELIA                   De mí,  fui yo la primera que lo propuse.

 

ABDÓN               ¿Qué pensó usted entonces?

 

TOMÁS                Bueno, al principio tuve la sensación de que me había contado un pésimo chiste.  Cuando supe que iba en serio, me pareció algo ridículo,  necio,  impropio de mi mujer.  Esa es la verdad (...)    Luego tuve miedo,  la certeza de que esto era el inicio de algo muy desagradable... así me lo parecía entonces. La incómoda sensación de que la vida tiraba con fuerza de la alfombra en la que estábamos plantados, y que era inútil oponerle resistencia.  No sé, pensamientos de vértigo, sin duda tenebrosos.

 

          ABDÓN               (Renunciando a escribir.)  Bien, algo que obviamente no cabe en un ridículo cuestionario.

 

         TOMÁS         Me temo que no. Lo que puede meterse en un cuestionario es siempre lo que menos importa.

 

ABDÓN                Sí… ¿Algún hecho personal o familiar que haya afectado sus vidas de manera importante en los últimos tiempos?

 

CELIA       (Apartando su mirada del gerente hacia Tomás.)  Perdimos un hijo el año pasado…  un accidente.

 

ABDÓN                Vaya, lo siento.

 

CELIA                   Sí...  era el menor.

 

ABDÓN                Eso siempre es muy duro.  (...)   Bien, una última cuestión y lo dejamos…  Ya conocen alguno de nuestros métodos.  Con la información de que disponen ahora  ¿por qué opción de muerte voluntaria se decantarían?

 

TOMÁS                Hemos pensado que quizá el que ustedes llaman método Sócrates. Aunque también parece apropiado el de la bañera.

 

ABDÓN                Si me permiten mi opinión personal, creo que este último es el más recomendable en su caso.  Le llamamos Océano porque este centro se identifica de manera muy especial con él, debido sobre todo a sus buenos resultados.

 

TOMÁS            Algo así como la especialidad de  la casa...

 

ABDÓN         Sí… podemos llamarle así si usted quiere. Creo que para ustedes dos es perfecto.  Les confieso además que pensando en él les mostré esa habitación que vieron.  El baño es amplio, como habrán comprobado.  La intimidad y la reserva,  absolutas.

 

CELIA                   Pero nos inquieta un poco la duración, no quisiéramos que se prolongara demasiado.

 

ABDÓN                Deben procurar eliminar la angustia…  Sí, ya sé que eso se dice fácil.  Pero quiero que sepan que ese es precisamente nuestro principal campo de actuación…  En ese sentido, ya conocerán más adelante alguna de nuestras propuestas.  De cualquier modo, les adelanto que tienen asignado un asistente psíquico durante todo el tiempo de residencia, a su disposición las veinticuatro horas del día.   Aunque,  no sé por qué,  creo que ustedes le van a dar poco trabajo.  Una vez aquí,  las cosas se ven de otra manera, créanme.

 

TOMÁS                 Y, volviendo al método... Océano  ¿Puede ampliarnos un poco en qué consiste?

 

ABDÓN                Sí, cómo no. En esencia se trata de unas sales de baño que actúan a través de la piel, relajando el sistema nervioso en general, pero activando el centro del placer; de forma que las sensaciones percibidas y emitidas por nuestra mente han descartado por entero cualquier pulsión desagradable. Así que… creo que no deberían preocuparse en absoluto por la duración.  Pudiera ser que llegaran incluso a desear que no acabase tan pronto,  quién sabe...  Sepan, de todas formas, que está en sus manos acortar el proceso a voluntad, sólo tendrían que verter el contenido íntegro del frasco en el agua.  La sensación de bienestar es igualmente intensa, pero todo se resuelve en pocos segundos.

 

TOMÁS               ¿Cuantos?

 

ABDÓN                No sé, quince, veinte, treinta segundos... Ya tendremos tiempo de hablar de ello. Pero yo siempre recomiendo que no se tenga prisa y que la cantidad de sales vertida no exceda de un tercio. Eso  permite  entrar  poco a poco en las sombras, disfrutando las sensaciones, abandonándose lentamente al sosiego...

 

CELIA                    Vaya, parece que lo hubiera experimentado usted mismo.

 

ABDÓN                Verá, he asistido a alguna persona cumpliendo su expreso deseo…  Ah, cuando se llega a saber que se puede morir de esa manera...

 

TOMÁS                ¿Cree usted que entonces todo es distinto?

 

ABDÓN                ¿Distinto?  Sí, creo que sí... Realmente lo que tememos no es tanto la muerte, como la angustia, el dolor, la agonía…

 

TOMÁS                Y si todo eso llegara a suprimirse  -lo cual, si usted me permite, no es para mí más que una dudosa hipótesis-… y si al final, realmente, solo nos aguardara un caballo negro y apacible ¿cree que iríamos con mejor disposición a su encuentro?

 

ABDÓN                Cuando lleve aquí unos días, quizá usted mismo pueda responderse esa pregunta,  quizá le sorprenda la nueva relación que llega usted a entablar con su muerte.

 

                Mientras lentamente se va haciendo el oscuro.

 

TOMÁS                (Citando a Quevedo.)

                               Ya formidable y espantoso suena

                               dentro del corazón el postrer día;

                               y la última hora, negra y fría,

                               se acerca,  de temor y sombras llena.

 

 

OSCURO  y Sarabande de la Suite nº 5 para violoncelo de J.S. Bach.

 

 

  

3.   Para una demolición de la vida cotidiana.

 

 

 

       En la cerrada penumbra del principio,  TOMÁS  y  CELIA.  Luego la familia se amplía.

 

 

TOMÁS                (Escribe) Mi hijo no sabe nada de la vida en el Océano.  Diríase por su carácter que si hay algo que jamás podría interesarle a Miguel… eso es la biología marina.  Norita es diferente, ha heredado bastante de la inutilidad paterna. No creo pues descabellado pensar que algún día pueda plantearse preguntas.  Incluso puede que ya lo haya hecho con ocasión de la muerte de su hermano… Ella también escribe con plumas estropeadas que llenan su vida de borrones. (La deja displicente sobre el papel escrito)  Hace ya mucho tiempo, Celia, mucho, que Miguel conduce con pulso firme los destinos de este pequeño clan amenazado de extinción.  Con tu ayuda, ocupó mi lugar. Y yo asistí complacido a mi liberación.  No entiendo por qué no quieres compartir con él lo que ahora sabes del Océano.

 

CELIA                   Solo complicaríamos las cosas.  Les haremos sufrir inútilmente.

 

TOMÁS                Quizá a él no le sea inútil el sufrimiento.  El triunfo excesivo vuelve la tierra baldía.  No viene mal un tiempo en barbecho.

 

CELIA                   Ya lo tuvo,  ya lo hemos tenido todos. No hace un año que murió su hermano.

 

TOMÁS                Y él ha seguido triunfando.

 

CELIA                   ¿Todavía esperas su ruina, Tomás?  No soportas que tu hijo te haya enseñado cómo andar en tierra firme.

 

TOMÁS                Caerá al agua y no sabrá nadar.

 

 CELIA                  Al menos sus pasos no se habrán confundido con el dubitativo andar de un borracho  (...)  

¿Estás solo?

 

Aparece Miguel en escena, se ilumina una cocina moderna y confortable.

 

 

MIGUEL                Sí.  María no tardará mucho.  Sois puntuales..  Padre  ¿hace un jerez?                 

 

TOMÁS               Sí,  un jerez. (Husmeando)  Aquí se huele que alimenta…  ¿Asado?

 

MIGUEL               Esa es la intención, ya veremos lo que sale…  He aprovechado para invitar también a Norita.  De momento come con nosotros.

 

CELIA                   ¿De momento?  

 

MIGUEL                Me ha dicho que hará todo lo posible por venir.  Si no puede me avisará.

 

CELIA                   Yo hablé con ella esta mañana. Me dijo que vendría.

 

MIGUEL                Ah, muy bien...  Si te lo ha dicho a ti, puede que vaya en serio.  Pondré otro cubierto, entonces.

 

CELIA                   ¿Quieres que te ayude en algo?

 

MIGUEL               No, no es necesario. Siéntate...  ¿Qué tal ese viaje?

 

CELIA                   Algo cansado, pero bien. De vez en cuando hay que cambiar de aires… Y a ti  ¿cómo te va?

 

MIGUEL               Bien, madre, no puedo quejarme. (Pasándole el jerez a Tomás.)  Sabéis, el consejo de administración me ha felicitado.  Este año el balance de resultados ¡schzzz!…   se disparó. Y parece que yo tuve algo de culpa en eso. ¡Un diez para el departamento de gestión de recursos! (… )  Sí, hicieron buen negocio contratándome, ya lo creo.

 

TOMÁS                Me alegro por ti, Migue.  Sé que trabajas duro, es estupendo que sepan reconocértelo.

 

MIGUEL               Ya lo creo que saben reconocérmelo. Me han hecho además un estupendo regalo... Ah, pero eso os lo diré a los postres, es una sorpresa que os afecta.

 

CELIA                   ¿A nosotros?  Vaya, qué misterio.

 

TOMÁS                A propósito de regalos, hemos traído un pequeño obsequio para María.

 

MIGUEL               Dios, por qué os molestáis... Siempre lo mismo, eh.  Coméis con nosotros un par de veces al año y siempre con el regalo por delante. ¿Es una compensación? Casi me queda la impresión de que os pagarais la comida.

 

TOMÁS                (…)  Ves, Celia, no soy yo solo;  tu hijo también sabe ser brutal cuando se lo propone.

 

MIGUEL               Bueno, tampoco quería decir eso… perdonad. Pero me da rabia que todo sea tan formal entre nosotros. Deberíais venir por aquí más a menudo, vuestro nieto casi que no os conoce.

 

TOMÁS                 Tu madre es inflexible en el cumplimiento de sus lemas, y aquel se lo aprendió bien:  pocas visitas, consejos ninguno y muchos regalos.  Y, a propósito, también nos acordamos de mi nieto. (Saca otro pequeño envoltorio.)

 

MIGUEL               No te digo... pero si tiene de todo, papá.

 

TOMÁS                No importa, correremos el riesgo.

 

MIGUEL               En fin... lo estamos malcriando perfectamente bien entre todos.

 

CELIA                    Bueno, no exageres. ¿Comerá con nosotros?

 

MIGUEL               Sí, María pasará a recogerlo. Deben estar al caer.

 

TOMÁS                (A Celia.)    Deberíamos hablar ahora con tu hijo.

 

CELIA                   No, no, luego...   Quizá después de comer.

 

MIGUEL               ¿Ocurre algo?

 

CELIA                  Nada, queremos comunicaros un asunto…  Pero eso después.

 

MIGUEL               No será nada importante... ¿O también guardáis sorpresas para los postres?

 

TOMÁS                Pudiera ser...  Oye, el horno lo tienes encendido, no me gustan los asados con carbonilla, eh.

 

MIGUEL               Está bajo control, papá, no te preocupes.

 

 

 (Por si acaso se acerca a mirarlo... Tránsito hacia el oscuro. Cuando de nuevo se hace la luz: sentados a la mesa, aparecen también María, Lete, de unos diez años, y Nora.) 

 

NORA                  Me habéis dejado intrigada...  Acabáis de llegar de la costa y ya tenéis planeado otro viaje.  ¿Dónde pensáis ir?  Si no es una pregunta indiscreta.

 

CELIA                    Seguramente volveremos allí.

 

TOMÁS                Oye, el asado está superior. (A la nuera, por su hijo.)  No puedo creer que sólo sea mérito de éste.

 

MARÍA                 Enteramente suyo, papá...,  hasta el último piñón.

 

LETE                     (Descubriendo de su envoltorio un catalejo dorado)  Es muy bonito…  pero tengo uno igual.

 

TOMÁS                ¿Igual?

 

LETE                     Idéntico.

 

TOMÁS                Dios… este niño es un monstruo.  ¿Sabes… sabes lo que pasa?

 

LETE                     No.

 

TOMÁS                Pues que tú no eres Polifemo, coño. Tienes dos ojos  ¿no?  Pues, hale, ya estás servido.

 

LETE                     Me lo regaló tío Alberto.

 

CELIA                   Cómo…

 

LETE                     El catalejo.  Me lo regaló tío Alberto.

                              

Se hace un silencio general en torno al niño.

 

MARÍA                 Es cierto. Fue unos días antes del accidente. Pasaron la tarde juntos.

 

TOMÁS                Vaya, qué coincidencia.  Estaba seguro de que era un regalo original,  no contaba con eso (…)  ¿Me pones un poco de vino, por favor?

 

                                          Miguel sirve a su padre  y  a sí mismo

 

MIGUEL               Bueno.  Entonces lo habéis pasado bien en la costa.

 

CELIA                    Estuvimos en el cabo, en la zona de los acantilados,  no sé si conocéis aquello…

 

NORA                   Ah, dicen que es muy bonito.

 

TOMÁS                Sí, impresionante, muy hermoso.

 

MARÍA                 Podíamos ir un fin de semana,  Miguel,  no debe haber más de tres horas de camino, ¿verdad?

 

TOMÁS                 Sí, aproximadamente.

 

CELIA                   Visitamos  El Océano.

 

MIGUEL                El Océano…

 

TOMÁS                 Es un centro para la eutanasia.

 

MIGUEL               ¿Un asilo? ¿Un club de viejos?  Padre, eso no va contigo, a quién se le ocurre. Tú estás bien en tu casa.

 

NORA                   No es ningún chiste,  Miguel.  El Océano es realmente un centro para la muerte voluntaria.  No hace mucho dieron un reportaje en televisión.

 

MIGUEL               ¿Sí?  No lo he visto…  ¿Y qué demonios se os perdió allí a vosotros?  ¿No había lugares más agradables para hacer turismo?

 

CELIA                   Queríamos saber cómo funcionaba.

 

MIGUEL              (...)   Una curiosidad algo morbosa, ¿no?

 

LETE                     Si me hubierais preguntado a mí… La gente allí se muere cuando quiere. Hice una redacción en el colegio sobre eso.  Además tienen una página web muy interesante.

 

CELIA                Hemos decidido…  que quizá hagamos uso de sus servicios.

 

MIGUEL               (...)  Ah, muy bien…  es cuestión de ir pensando en algo, desde luego.  Norita, pásame la mahonesa,  por favor.

 

TOMÁS                Estamos hablando en serio, Miguel.

 

MIGUEL               En serio, por supuesto.  Pero tenéis el día un poco macabro ¿no?  ¿Qué me decís del crucero de mi empresa que os ofrezco?  Con un poco de suerte podríais revivir la tragedia del Titanic.

 

CELIA                   Lete,  ¿quieres traernos algo de postre?

 

LETE                       ¿Ya?  ¿Tan pronto?

 

CELIA                   Sí… Anda,  pon unas piezas en el frutero y lávanos algo de uva.  Seguro que sabes hacerlo tú solo.

 

LETE                      Claro, yo solo…  Pues que sepáis que también sé lo que ocurrió en el Titanic, el mayor desastre ocurrido a un barco de pasajeros.

 

TOMÁS                Un gran barco hundiéndose en el agua.  Sí, un desastre.

 

Lete fue hacia el fondo de la cocina y en torno a la mesa se hace un silencio. Miguel come y los demás están algo expectantes.

 

CELIA                   Hace algún tiempo que vuestro padre y yo hemos decidido…  acabar.

 

MIGUEL               Bueno, ya está bien con la broma, madre.

 

NORA                   Me parece que no es broma.

 

MIGUEL               (A su padre.)  ¿Estáis hablando en serio?

 

TOMÁS                En serio.

 

MIGUEL          ¿Eh, qué ocurre aquí?... Un momento, qué ocurre...  ¿Hay algo grave que no sepamos?  ¿Habéis ido al médico últimamente?

 

TOMÁS                No, nada de eso. Estamos perfectamente bien de salud.  O casi.

 

                             Otro silencio general donde la tensión va subiendo

 rápidamente, sobre todo en Miguel.

 

 

MIGUEL               (Dejando caer los cubiertos sobre el plato, con alguna violencia.)   Ah, esto… esto es el colmo… ¿Tan mal os va?   ¿O es sólo que pretendéis hacernos sentir culpables de algo?

 

TOMÁS                Pronto salió.

 

MIGUEL               ¿Pronto salió?  ¿Qué salió?  ¿A qué coño estamos jugando?  ¡Queréis explicaros!

 

LETE                     Los abuelos quieren…

 

MIGUEL               ¡Tú cállate!

 

CELIA                   (…) Tu padre y yo decidimos acabar. Así de simple.

 

MIGUEL               ¿Así de simple?   Así de simple… Oh, esto es el colmo.

 

CELIA                   Intenta entender.

 

MIGUEL              ¿Entender? ¿Qué debo entender?  ¿Estáis desahuciados? ¿Tenéis unos dolores insufribles?  ¿Pasáis además el día a la intemperie, mendigando unas monedas para poder comer algo?  ¿Así de simple…?

 

CELIA                   Hay un dolor profundo que se agarra a la vida y otro dolor que sólo se explica con la muerte.

 

MIGUEL              Ah, madre, ¡cuanta filosofía! (...)    ¡Maldita sea!  Hace unos meses hablé con un amigo neurólogo, el cual me recomendó a un psiquiatra para que te viera.  Hablé con él, te dio cita… Y no te dio la gana de acudir.   De aquellos barros vienen estos lodos.  Tienes una depresión de caballo,  lógica después de la muerte de tu hijo,  pero que de haberse tratado a tiempo ya estaría levantando el vuelo.  Este año no ha sido fácil para ninguno de los que estamos aquí,  créeme.  Pero estas cosas ocurren todos los días, y hay que apretar los dientes,  y llorar en silencio, y seguir… seguir.

 

CELIA                  Miguel,  tu padre y yo no queremos seguir.

 

MIGUEL               ¿Y tú por qué no hablas por ti sola?  ¿También has tenido que meterle a él en esto?

 

TOMÁS                Miguel,  por favor…

 

MIGUEL                Sí…  ¿también para ti resulta así de simple?  Te metes en el Atlántico…

 

TOMÁS                Océano.

 

MIGUEL               Sí… Océano…  Te metes en el Océano,  te dan tu ración de… Nembutal,  como el que te ofrece un Rioja…  Y si te vi no me acuerdo.  Así de simple,  ¿no, padre?

 

TOMÁS                Aproximadamente.

 

María está con el niño al fondo, convenciéndole al parecer para que salga de la cocina.  Miguel se apercibe.

 

MIGUEL               Lete,  ve a tu cuarto, por favor.

 

LETE                     ¿Pero por qué?

 

MIGUEL               (Violento.)       ¡Te he dicho que vayas a tu cuarto!

 

                                          Salen María y el niño.

 

NORITA               Esto es increíble… Os hemos dejado demasiado tiempo solos.

 

TOMÁS                No es eso,  Nora.  A algunas personas nos llega un momento en que añoramos otro estado.

 

MIGUEL               Eso es ridículo, padre, sólo se puede añorar lo que se ha vivido.

 

TOMÁS                Lo que se ha vivido es sólo ya cansancio.

 

MIGUEL               Ah, qué verso tan bonito, padre. Apúntalo, te ha quedado redondo…  Pero a ti te sigue gustando el vino,  y comer bien,  ya lo creo. Creo incluso que si una putona se te pusiera a tiro,  no le harías ascos  ¿me equivoco?

 

TOMÁS                Ten un poco de respeto a tu madre, Miguel. Todo eso solo es vanidad.

 

MIGUEL               ¡Pues bendita vanidad!    No te das cuenta,  madre,  este hombre todavía le tiene gusto a vivir.  Este hombre es partidario de ese otro dolor profundo que se agarra a la vida.

 

TOMÁS                Miguel, yo estoy cansado… No debe confundirte un vaso de vino.

 

                                                      Entra María.

 

NORA                  Tú sólo tienes miedo, papá.  Por ti y por mi madre.  Temes que lleve a cabo su idea y no querrías dejarla sola en ese trance.  Temes  no poder soportar quedarte solo.

 

TOMÁS                     No, solo temo seguir viviendo.  ¿Para qué?  ¿Hasta cuando? ¿Sabes la edad que tengo?  ¿Cuantos años tendré que vivir todavía?  ¿Con qué objeto?   No... Todo, lo poco o mucho que tuviera que hacer en este mundo,  ya lo hice.  No es ninguna pose,  estoy francamente cansado.

 

MIGUEL               Parece que la depresión es contagiosa.  Aunque no acabo de creerte, sabes.  Tú serás un poeta aficionado,  pero no uno de esos filósofos a los que gusta coquetear con la nada…  Mientes.  Quizá te mientas a ti mismo.  Tú temes por tu mujer, Nora tiene razón,  quieres acompañarla... aunque te lleve al puto infierno.

 

TOMÁS                Tú crees…

 

MIGUEL               ¿No?  ¿Y de quién nació si no esta disparatada idea?   Si puede saberse.

 

TOMÁS                Eso qué importa…

 

MIGUEL               ¡Claro que importa!  Importa mucho.  Tanto como saber si uno tiene ideas propias o sólo va uncido al yugo, hasta donde le lleve (…)  Sabéis,  lo que más profundamente me duele no es vuestra determinación, que nunca llevaréis a cabo mientras yo viva,  sino los sentimientos que la han inspirado, lo poco que nosotros hemos tenido que ver en todo este asunto.

 

CELIA                   Miguel, debes empezar a saber que no eres dueño y señor de los seres que quieres.  Yo  -hablo en nombre propio para no irritarte- tengo el derecho de hacer con mi vida lo que quiera.  También tengo ahora el derecho de elegir como quiero mi muerte.

 

MIGUEL               Oh, madre, hablas como una adolescente… El derecho de hacer con mi vida lo que quiera… es de escándalo.  Tantos años enseñándonos a vivir, a entender,  y ahora sales con esas.  No has aprendido siquiera que eso es mentira, que solo eres un nudo en la red, que también yo soy parte de tu voluntad, como lo es tu hija o tu nieto, como lo es, si me apuras, la vecina de enfrente de tu casa.  ¿De verdad no has aprendido eso?

 

CELIA                   Sí, pero también he aprendido que puedo romper el nudo.  Que nada puede condenarme contra mi deseo,  y que él es más fuerte que todos vosotros.

 

MIGUEL               Tu deseo está enfermo, madre… y podría sanar.

 

CELIA                   No, no te engañes, Miguel.  No es la depresión.  No hay fracaso ni desesperanza… ni siquiera tristeza.  Los estados de ánimo sólo sufren de agotamiento.  Y yo sólo busco ese término racional que me permita apagar la luz y salir del cuarto sin hacer demasiado ruido.

 

TOMÁS         Todo esto,  por mucho dolor que os cause, es algo que nos compete a tu madre y a mí.  Tendréis que aprender a respetarlo.

 

NORA                  (...)  Sólo una cosa… ¿De verdad no hay algo importante que todavía no sepamos?

 

TOMÁS                Ya lo hemos dicho.  Si te refieres a eso, no hemos sido desahuciado ninguno.  Estamos perfectamente bien de salud, dentro de lo que cabe,  naturalmente.

 

NORA                  Yo… no entiendo nada.

 

MIGUEL               Sí... es difícil entender (...)   Está bien. Si hay un compromiso de vuestra parte,  yo estaría dispuesto a llegar a un acuerdo.  Yo podría respetar vuestra voluntad,  siempre y cuando un especialista me asegurase que vuestras facultades anímicas no están perturbadas… ¿Puedo pedir cita para vosotros?

 

CELIA                   Miguel, somos nosotros los que hemos de romper el nudo.  No tú, ni un siquiatra, ni la vecina de enfrente de mi casa.  Entiéndelo.

 

MIGUEL               Creo que lo que pido es razonable.  (A su padre.)  Y tú qué dices…

 

TOMÁS                No me gustan nada los siquiatras, Miguel.

 

MIGUEL               Entonces… creo que tendréis mi oposición.

 

NORA                  Sí… Yo estoy contigo.

 

CELIA                   Haced lo que creáis oportuno.

 

MARÍA                 (…) Sí… pero antes oid todos el silencio. Oid (…)  ¿Tomaremos café?

 

                               Lentamente OSCURO.  Sarabande de la Suite nº5,  Bach.

                                                     

 

 

4.   Acercamiento al paisaje final que urde el silencio.

 

 

            Salón social del Océano. EMILIO está en la terraza, mira por el telescopio hacia los acantilados.  JUANA escribe sentada en un velador.  ANTONIO hojea los periódicos como si leyera,  pero en una acción carente de sentido, pues no parece enterarse de nada.  Entra OSCAR, despacio, ensimismado.  Maquinalmente se dirige al bar y se sirve un vaso largo de una botella.  Toma asiento junto a ANTONIO en los sillones de piel.  Silencio apenas roto por el ruido del periódico al pasar las hojas.

 

 

EMILIO                Hoy los acantilados están concurridos.  Hay una excursión de muchachos que lo están llenando todo de cuerdas, montando sus tirolinas, bajando entre las rocas hasta que el agua les moja el culo... Si algunos padres vieran lo que yo estoy viendo les daría algo.

 

JUANA                 (Sobresaltada)    ¿Y mi hijo?

 

EMILIO                Tranquila... Está aquí, en la playa.  Ayuda al encargado con las sombrillas

 

JUANA                 ¡Qué estúpida!  Todavía me preocupa que pueda ocurrirle algo.

 

EMILIO                Vamos, Juana... No soy quién para decirte lo que debes hacer,  pero quizá habéis llegado demasiado pronto.

 

JUANA                 No. Lo está pasando mal desde hace algún tiempo.  Cuanto antes suceda, mejor.

 

EMILIO                 Bueno, tú sabrás... (...)  ¿Qué dice hoy la prensa, Antonio?...  Ah, me olvido de que está como una tapia. Este hombre sería feliz en una hemeroteca, todo el día pasando páginas de periódico… (Pausa. Mirando y luego quitándose de pronto el telescopio de los ojos)   ¡Dios! ¡Me están poniendo los pelos de punta!  Esos críos…  Me da la impresión de que sus monitores, o lo que quiera que sean esos dos, son un  par de cretinos.  No sé qué placer se puede hallar en el riesgo de que una criatura acabe despanzurrándose contra las rocas. No lo entiendo.  (Mirando hacia abajo)  Vaya, en un minuto se ha llenado la playa de pingüinos, nuestros mayores ya han desembarcado y toman posiciones. (En voz alta.)  Antonio  ¿no bajas a la playa?

 

ANTONIO           ¿Si?

 

EMILIO                ¡¿Que si no bajas a la playa?!

 

ANTONIO           Después. Estoy hojeando la prensa.

 

EMILIO                ¿Algo interesante?

 

ANTONIO           No, lo de todos los días.

 

EMILIO                Ya...

 

Se  abre la puerta de la izquierda y aparece una pareja de ancianos. El hombre va en una silla de ruedas, de la que empuja la mujer. Cruzan la escena en silencio, salen por el pasillo.

 

JUANA                 (Sin dejar de  escribir.)   Emilio,  ¿sigue ahí mi Róber?  ¿Puedes verle?

 

EMILIO                Sí, mujer, está ahí.  Ahora está repartiendo las colchonetas a los pingüinos.

 

JUANA                 ¿Lleva puesta la gorra?

 

EMILIO                Sí, lleva puesta la gorra, no te preocupes... Lo está pasando bien,  se le ve divertido entre los viejos.

 

JUANA                  Pero no debería tomar el sol...

 

Entra JULIA, con papeles bajo el brazo.

JULIA                    ¡Hola, buenos días!

 

EMILIO                Buenos...

 

JUANA                 ¡Hola, Julia!

 

JULIA           (Tomando asiento junto a Antonio)  ¿Qué, no bajas hoy a la playa?

 

ANTONIO           Luego… estoy hojeando la prensa.

 

JULIA                    Sí, pero se va haciendo tarde. Deberías dejar la prensa para después, tienes todo el día por delante.

 

ANTONIO           (Como poniendo más atención en el diario)    Luego, luego...

 

JULIA                    ¿Qué tal, Oscar?

 

OSCAR                 Bien... (Da un trago largo a su vaso)    El jueves se acaba el mundo, Julia.

 

JULIA                    Sí, ya lo sé, me lo ha dicho Abdón... Y qué tal, ¿cómo lo llevas?  ¿Quieres hablar de ello?

 

OSCAR                 No lo sé, estoy algo nervioso. Tomé la decisión anoche,  no he pegado ojo.

 

JULIA                    ¿Quieres Placib ?

 

OSCAR                 No, de momento, no...  Intentaré pasar sin él, llevo demasiada mierda metida en el cuerpo. Además, me gustaría estar consciente,  no sé si tendré fuerzas.

 

JULIA                    No serías el primero.

 

OSCAR                 No... (Por el vaso.) Quizá esto me ayude un poco. Pero me está triturando el estómago, maldita sea.

 

EMILIO                  Si quieres, esta tarde podemos salir. Podríamos ir a la zona del malecón, hay unas tascas muy interesantes.

 

OSCAR                 Ah, no es mala idea... Aunque creo que si me tomo dos como éste… maldita la falta que me va a hacer  El Océano,  la atención de Julia,  ni la cicuta de nembutal.

 

EMILIO                (Por el vaso.)  Qué mejor cicuta que esa...  Esta tarde te tomas siete y revientas por un costado. Y que le den por saco al Océano y a todos nosotros...  Todo, claro está, con permiso de la madrecita Julia,  aquí presente.

 

         JULIA                    Hay otras formas, Emilio. No creo que esa sea la más recomendable, francamente... Pero podías probarla tú.  Ahogado en whisky, no es mal epitafio.  Ya llevas aquí bastante tiempo  ¿no?

 

EMILIO                Mientras me quede un solo euro en la cuenta corriente, Julia.    Y aquí,  la verdad es que gasto poco...  Oye ¿no te estarás impacientando conmigo,  verdad?

 

JULIA                    No, descuida...  Pero quería hablar con Oscar,  si no te importa.

 

EMILIO                Oh, perdona.  Me doy un punto en la boca…  Miraré si se ha despeñado ya algún muchacho en los acantilados.

 

JULIA                    (Lo mira sin entender, luego a Oscar.)  Bien, no sé que iba a decirte... Bueno, la tensión nerviosa de ahora es algo normal, como es lógico, y no indica nada sobre cómo evolucionará en los próximos días. Hay algunos ejercicios de relajación y de optimización que tú has aprendido y que puedes realizar;  sobre todo a la hora de conciliar el sueño.  Te han venido bien anteriormente...

 

OSCAR                  Sí, pero esta noche... no podía relajarme.

 

JULIA                     No te preocupes, insiste en ello. Pero tampoco te obsesiones, Oscar. Podría  ocurrir que entonces aumentara tu ansiedad, llevándote antes a la enervación que al relajamiento...

 

EMILIO                ¡Ah,  dulcemente pedante Julia!

 

OSCAR                 Esta noche me ha pasado. Cuando el pensamiento intentaba llegar a algún lugar relajante de mi niñez; cuando he intentado incluso el recuerdo prenatal al que hace unos días me condujiste...  algo en mí me ha zarandeado violentamente, obligándome a enfrentarme a la angustia.

 

JULIA                    Bien.  No te preocupes… Para esta tarde me gustaría que hiciésemos una excursión a los acantilados.  Puedes venir con nosotros si quieres, Emilio.

 

EMILIO                Creí que para esta tarde teníamos otros planes,  me estaba haciendo a la idea  de tomarnos unas copas.

 

JULIA                    Podéis ir más tarde, si os quedan fuerzas. Juana,  ¿quieres venir con nosotros?

 

JUANA                 ¿Con Róber?

 

JULIA                    No,  mejor sola.  Hoy el niño está muy bien, no tardaremos más de un par de horas.

 

JUANA                 No,  creo que me quedaré aquí,  no me gusta dejarlo solo.

 

JULIA                    Como quieras, pero es algo que te iría muy bien. Quizá lo hagamos los tres, otro día.  Es un ejercicio contra la ansiedad, te aseguro que tiene unos efectos increíbles.

 

EMILIO                Julia, si pretendes despeñarnos desde lo alto, mejor que no cuentes conmigo.

 

JULIA                    No, Emilio… Se trata de una terapia de gritos.

 

EMILIO                ¿De gritos?  Oh, no  ¡mal momento! Mal momento... Hay en los acantilados una excursión de muchachos funámbulos.  Si entramos allí dando gritos, alguno se nos cae del trapecio, seguro.  Mira por aquí, Julia,  mira…

 

     JULIA                   (Haciéndolo por el telescopio)  Bueno, lo mismo para esta tarde ya se han ido.  O podemos buscar otro sitio, ya veremos. Aunque la sensación que se tiene en los acantilados es inmensa. Todo el aire se llena de ecos, y hasta el rugido del mar parece un clamor de otro mundo... Y gritas mas fuerte, y todo te responde. Y quieres gritar más fuerte,  y más fuerte...

 

          EMILIO               Tendremos que buscar otro sitio, Julia...  O, mejor, nos vamos directamente de copas, los tres… Eh, Juana  ¿te animas?

 

 JUANA                 Otro día,  Emilio,  quizá otro día.

 

 JULIA                    Eso sería la segunda parte del programa.  Si pasamos la primera y nos quedan fuerzas.

 

 EMILIO                Entonces…,  ¿vendrías con nosotros?

 

 JULIA                     Es posible, pero no te aseguro nada.

 

 EMILIO       (Exultante, le da un sonoro beso en la mejilla)    Ah, Julia, Julia… mi bello ángel de la muerte.  Estoy loco por ti.

 

Antonio, perplejo, deja el diario mirándolos. Oscar se levanta y va corriendo hacia un rincón, donde se le oye vomitar.  Julia acude en su auxilio.

 

JULIA                    Eh, tranquilo, Oscar... ¿Qué ha pasado?  Te encuentras mal...

 

 

OSCAR                   No es nada.  Déjame...  Ya estoy mejor... sí.

 

JUANA                 (Acercándose a Julia.)  ¿Qué tal?

 

JULIA                    Parece que el whisky no le ha caído bien.

 

EMILIO                Yo creo que es un ataque de celos.  Compulsivo.

 

JULIA                    No te hagas el gracioso, Emilio. Como comprenderás, la segunda parte del programa queda cancelada.

 

OSCAR          (Acercándose a los otros.)  Lo siento, no he podido evitarlo.

 

JUANA                 No te preocupes.  ¿Estás bien?

 

OSCAR                 Sí,  ya estoy bien,  gracias.

 

JULIA                    No debes probar el alcohol, Oscar, lo puedes pasar muy mal.  ¿Te encuentras con fuerzas para esta tarde o lo dejamos?

 

OSCAR                 Sí, estoy bien.  Me vendrá bien esa excursión

 

Entra el Gerente, preocupado.

 

ABDÓN                Juana... al chico le duele un poco la cabeza... Le di un analgésico de los suyos.

 

JUANA        (Muy alarmada, corriendo hacia la salida.)    ¡Mierda!  ¡Lo sabía!

Todos quedan en silencio, muy afectados.

 

EMILIO                (…) Los gritos habría que darlos aquí dentro, Julia.   (Dando una patada al aire, en gesto de rabia.)    ¡Mierda!  (Sale.)                                                                   

ABDÓN                (...)  Antonio, te esperan en la playa para jugar al caliche.

 

ANTONIO           Después, estoy hojeando...

 

ABDÓN                Sí, sí, ya sé, ya sé... Anda,  ve con ellos, llévate el diario si quieres... (Le empuja suavemente,  y Antonio sale.   A Julia.) ¿Ocurre algo?

 

JULIA                    Nada, a Oscar le sentó mal un whisky,   pero ya se le ha pasado.

 

ABDÓN                Entiendo...  Te vendrá bien ir a las rocas,  Oscar,  vendrás como nuevo.

 

OSCAR                Como nuevo... claro. (...)  ¿Cómo podéis soportar todo esto?

 

ABDÓN                Esa es la madre de las preguntas, la cuestión de cabecera...  Supongo que porque alguien tendría que hacerlo.  O porque hay gente para todo.

 

JULIA                    La estancia de Róber aquí nos afecta a todos de un modo especial.  Es algo que suele ocurrir.

 

OSCAR                 Tranquila, Julia, unos cuantos casos más y también será una rutina.

 

JULIA                    Eso es ruin de tu parte, Oscar.  O una soberana estupidez. Yo no soy ninguna funcionaria de la muerte.  Y aunque lo fuese… deberías juzgarme de otra manera.

 

ABDÓN                ¿En serio crees que no nos afecta todo esto?

 

OSCAR                 Supongo que sí.  Pero comprendo que el negocio es el negocio.

 

ABDÓN                Maldita sea tu estampa doliente, muchacho.  ¿Cuanto dinero crees razonable para pagar mi trabajo?  Para ti no habría dinero en el mundo que te llevara a hacer algo semejante,  lo sé.  Pero ya cuento con que tú eres mejor que yo.

 

OSCAR                 (...) Abdón, quiero salir de aquí.  Ahora,  pasar el día fuera.

 

ABDÓN                Está bien…  ¿Quieres que te acompañe alguien?

 

OSCAR                 No.  Prefiero ir solo.

 

JULIA                    ¿Vendrás a tiempo para ir a los acantilados?

 

OSCAR                 No lo sé,  Julia.

 

ABDÓN                Oscar...  dime una cosa:  ¿olvidamos de momento el último día?

 

OSCAR                 No, de ninguna manera.  El jueves se acaba el mundo.                    

  

 

    5.  Insomnes.

  

 

       El mismo espacio escénico,  salón social del Océano.  CELIA, en una mesa velador juega con un viejo bombo de loterías.  Con los números que extrae, en un ruido acompasado y monótono, hace una especie de solitario.  TOMÁS se entretiene mirando por el telescopio.  JUANA,  JULIA Y OSCAR,  cada uno en un velador distinto, no intervienen en principio en la acción, son presencias ausentes.  Despacio, entra EMILIO,  un libro abierto en una mano,  en la otra muerde el final de un bocadillo.

 

 

EMILIO                Hola…  ¿Qué tal su primera noche en el... proceloso  Océano?   ¿Pudieron dormir?

 

TOMÁS                Mi mujer como un niño recién amamantado.  A mí me costó… debe ser que no puedo acostumbrarme al romper de las olas.

 

CELIA                   Hay a quien le relaja.

 

TOMÁS                Pero no a ti, querida.  Lo que te relaja a ti es la presencia del pastillero repleto en la mesita de noche.

 

CELIA                   Sí,   hace años que soy una adicta,  lo confieso.

 

EMILIO                El sueño huye cuando perdemos el gusto por seguir siendo inocentes.  Hay que convocarlo entonces ofreciéndole alguna golosina.

 

TOMÁS                Esta casa también debe estar llena de insomnes.

 

EMILIO                El mundo está lleno de insomnes, Tomás.  Es asombroso que durante el día todavía pueda seguir produciéndose el movimiento  ¿no cree?

 

TOMÁS                Sí…

 

CELIA                   ¿Sabe usted algo de Julia?  Habíamos quedado aquí con ella, pero parece que se retrasa.

 

EMILIO               Hay un señor que nos deja esta noche.  Seguramente estará con él.  En días como éste anda un poco atareada.

 

CELIA                   Bueno, esperaremos.  Tampoco tenemos ninguna prisa.

 

TOMÁS                Y, dígame una cosa Emilio, usted lleva más tiempo aquí…  ¿Qué pasa en los días como éste?  ¿Son distintos?

 

EMILIO                Digamos que son un poco peculiares, sólo eso.  Alguien se va, otros vendrán.  Un dibujo a pequeña escala de la vida,  donde retomamos el nacimiento, triunfo, pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo.

 

CELIA                   ¿Es usted creyente?

 

EMILIO                No,  señora.   Cínico.

 

TOMÁS                Y estos días son de pasión…

 

EMILIO                (Acercándose a él, lo mira a los ojos.)  Usted lo que desea saber es si podrá soportarlo ¿no es eso?  (...)  Pero…  ¿qué podría yo decirle sobre eso?

 

TOMÁS                La verdad es que no entiendo muy bien por qué tenemos que maquillar este asunto con unas espléndidas vacaciones.  Sería más sencillo pedir hora, como el que va a sacarse una muela, pasar un mal rato…  y acabar.  Y si no tienes tiempo de escupir,  pues mala suerte,  que pase el siguiente.

 

EMILIO                Sí, eso sería fácil.  Tan fácil como descerrajarse un tiro en el paladar…  Pero para ese viaje no necesitábamos alforjas. Yo creo que en este asunto, tan importantes o más que las cuestiones éticas son las cuestiones estéticas.  Y ocurre que nuestra época ya no soporta la iconografía del hombre balanceándose al extremo de una cuerda en rictus burlesco;  ni la del envenenado, color de la violeta;  ni tan siquiera la importante cabeza destrozada sobre una mesa Luis XV,  con un discreto hilillo de sangre manando sien abajo o por la comisura de los labios.  No, la muerte voluntaria no debe dejar ningún recuerdo truculento.  Debe ser limpia y confortable,  como ya no puede ser la vida en nuestro siglo.

 

TOMÁS                Dudo que morir pueda ser confortable, no logro convencerme de eso.

 

EMILIO                ¡Vamos!  Está usted en una empresa altamente especializada.  Debería usted confiar en su tecnología punta.

 

CELIA          ¿Les importaría cambiar un rato de conversación?  Los números se me están negando.

 

TOMÁS                Perdone, mi mujer es algo sensible a estos temas.  Ya tomó su decisión y por nada del mundo quisiera volver sobre ello.

 

CELIA                   Sí… Espero que esta chica no tarde  mucho,  me gustaría bajar un rato a la playa.

 

       La escena se ilumina, emergiendo ahora los otro personajes antes en penumbra.

 

JULIA                    Estoy aquí, Celia.  Acabaremos pronto…  Emilio, háblanos del sol, si te parece.  Concéntrate en su reflejo en el cuerpo húmedo de los bañistas,   a la orilla del agua.

 

EMILIO                Preferiría dejar el juego para mejor ocasión,  Julia.  Hoy el sol no me sugiere nada.

 

OSCAR                 Una pregunta. ¿Qué hacías cuando estabas ahí fuera,  Emilio?

 

EMILIO                Bueno.  Fui ingeniero de computadoras.

 

OSCAR                 ¿Computadoras?  Te refieres a los sistemas…

 

EMILIO                Sí, es el viejo nombre.  Un poético antecedente de los sistemas de redes.

 

OSCAR                 Ya… ¿Y ahora por qué estás aquí?

 

EMILIO                Bueno, digamos que todavía hay algo que no he logrado procesar adecuadamente.  Maté a mi hermano.

 

TOMÁS                Entonces…  no está usted enfermo.

 

EMILIO                No en el sentido fisiológico.  Estoy aquí por el mero gusto de matarme.  Soy un suicida en sentido estricto, un suicida de libro.  El remordimiento me lleva a la inmolación...  Tan sólo cabría otro móvil,  la venganza.  Pero no es el caso.

 

TOMÁS                Y la desesperación,  el dolor,  el cansancio…

 

EMILIO                Están contenidos en esos dos…  como aquello de los mandamientos.

 

JULIA                    (…)  Y usted,  Tomás  ¿qué nos puede decir del sol?

 

TOMÁS                Del sol…  Sí… recuerdo un domingo en la pequeña ciudad provinciana de mi niñez,  a la salida de misa de doce.  Mi padre. Alto, recién reconciliado con Dios gracias a los sacramentos.  Y el sol tibio sobre la piedra de la catedral.  Nos sentamos en la terraza de una cafetería, en la plaza vetusta, frente al pórtico.  Mi padre en silencio, sorbiendo un vermut color de ámbar, con los trocitos de hielo irisado y una aceituna.  Sus ojos entornados, olvidando mi presencia, ajeno a todo, único…  Tan sólo una existencia milagrosa a la que palpa un sol tibio.  Y lo demás era un silencio hecho con el amortiguado rumor de conversaciones corteses en la plaza...  y olvido,  que es plenitud de sólo ser un cuerpo tocado por la tibieza del astro,  refrescado por la visión ámbar,  por el trago aromático que sube pituitaria arriba,  hasta dulcemente tocar los occipitales…  lo que le lleva a abrir una ranura entre párpado y párpado, apenas lo imprescindible para una visión borrosa del pórtico soleado…  Y saber que también la piedra y sus apóstoles agradecen el cálido beso, el tibio don de existir… un domingo, a la salida de misa de doce.

                                                                                                      (...)

 

JULIA                    Oscar…

 

OSCAR                 Yo no puedo entender en qué consistía la salida de misa de doce. Mi tiempo ha reducido la religión a una práctica supersticiosa, a una inocua extravagancia. O a un compromiso de violencia atroz, degollamiento ritual de corderos inocentes. Mi tiempo, igualmente, me ha hecho sujeto de la necesidad y de la huida;  también  ha recuperado los versos con angustiosa celeridad,  para ver si aún podía salvarse del horror de la historia.  Pero creo que llegó tarde,  el desierto vomita si alguien meramente intenta implantarle un cacto…  Mi tiempo se ha llenado de apestados,  y somos sus únicos nutrientes.  Acarrea la tristeza de la impotencia, la conciencia culpable impide toda reacción.  Existir es un valor depreciado, una moneda inservible con la que obtienes bien poco. Un planeta irrespirable y seco, una vida degradada y violenta…  Si la moneda cae por la alcantarilla no nos importará demasiado;  sólo si la guardábamos de amuleto sentiremos su pérdida.  Pero era ya algo demasiado sobado y sucio,  algo inútil y molesto para tan poco valor.

 

JULIA                    ¿Y tú?  ¿Qué has hecho con esa moneda?

 

OSCAR                 No me sirve de nada. El espíritu me ha tocado con su lengua de fuego,  el último virus que asola nuestras ciudades me ha sido revelado.  Soy el portador de la palabra.

 

                                                                                          (...)

 

JULIA                    Vamos, Emilio… haz algo con esa moneda.

 

EMILIO                Sí… tal vez para mí todavía signifique algo.  Con ella puedo pagar mi deuda.  Estimo además  esta moneda en lo que vale.  Más allá de su valor de cambio, era hermosa.  Estaba hecha de noble metal,  sin duda acuñada por un artista notable;  anverso y reverso de exquisita caligrafía y noble dibujo.  Ese busto de joven laureada me enamoró ya en la niñez, desde que supe detenerla en mis dedos y mirar.  Creí que siempre la llevaría conmigo y, día tras día, me iría desvelando nuevos secretos de su belleza.  Pero mi hermano se fue al fondo del océano y la llevó consigo.  Sólo me fue devuelta entonces para pagar mi deuda.  El dibujo ya casi ha desaparecido,  el noble metal esta sepultado bajo una espesa capa de mugre.  Deseo entregarla y quedar en paz.  Pero también ocurre que le tomas cariño a las cosas…  Así que retardo la paz por no romper el hábito de poseer.

                                                                                         (...)

 

JULIA                    Juana…

 

JUANA                 Yo no quiero mi paz,  sino la suya.  Pido para mí el dolor, o la culpa, o la nada.  Pero ni tan siquiera deseo el indulto de acabarme.  Parí para la muerte, no más que cualquier otra mujer, pero más que vida yo parí el germen de una despiadada venganza.  He sido el arma para que Dios cometa su crimen.

                                                                                         (...)

 

JULIA                     Celia…

 

CELIA                    (...)     No tengo nada que decir.

 

JULIA                    Nada.

 

CELIA                    No sé… creo que no me importará morir, pero ahora me horroriza hablar de ello. Y no entiendo que podáis hacerlo vosotros.  Enfrentados a la única resolución que no admite mentiras ni adornos,  todavía recurrís a la palabra.  ¿Qué es lo que os impulsa todavía a hablar de vosotros, a intentar ser entendidos?   Yo sólo aspiro al silencio y quiero que cuanto antes el silencio obre.

 

                                                                              OSCURO.

 

                              

 

6.   Si te quieres matar ¿por qué no te quieres matar?

 

 

Salón social del Océano.  EMILIO en los sillones de piel lee un libro.  Entra OSCAR.  De su actitud corporal y ensimismamiento se desprende que está bajo los efectos de una fuerte droga.  Con él entra JULIA.  OSCAR se dirige al telescopio y Julia toma asiento junto a Emilio.

 

 

EMILIO                (Sin apenas levantar los ojos del libro, a Oscar.)  Qué  ¿siguen ahí esos muchachos?  (...)   Eh… ¡Oscar!

 

JULIA                    Déjale.  Ha estado tomando Placib.  (...)  ¿Qué lees?

 

EMILIO                Me lo ha dejado Tomás.  Es su poeta preferido.

 

JULIA                    Ah,  Pessoa… (leyendo de las manos de Emilio)  “Si te quieres matar  ¿por qué no te quieres matar?”

 

EMILIO                Sí,  es una buena pregunta… “¿Haces falta?  ¡Oh sombra fútil llamada gente! / Nadie hace falta.  No le haces falta a nadie… / Sin ti saldrá todo sin ti”.   (…)  ¿No tienes ninguna duda,  Julia?

 

JULIA                    Claro que tengo dudas.  Tengo todas las dudas del mundo.  Pero creo que ayudo a mis semejantes.

 

EMILIO                Vaya, la benefactora del género humano…  Hace algunos años  -o quizá ahora mismo en otro punto alejado del planeta-  tu trabajo estaría considerado como un crimen contra la humanidad.  Sin embargo, es cierto, tú eres una mujer altruista, que hace esto por vocación…

 

JULIA                    (Leyendo por encima de su hombro.)  “Ah, pobre vanidad de carne y hueso llamada hombre. /  No ves que no tienes importancia absolutamente ninguna”.   Si te quieres matar, ¿por qué no te quieres matar, Emilio?

 

EMILIO                Por miedo, por costumbre, porque todavía me queda algo de curiosidad… porque todavía me queda algo de dinero.

 

JULIA                    ¿Tu crees que hay otra vida?  ¿Que seremos juzgados?

 

EMILIO      Ya somos juzgados, Julia, continuamente somos juzgados…  Aunque,  como dijo el otro:  “cualquier estrafalaria cosa es posible,  incluso la perpetuidad de un infierno”.

 

JULIA           Yo no creo que Dios se parezca mucho a nosotros, Emilio.

 

EMILIO          ¿No?   En fin, vete a saber.  Yo a ese señor lo entiendo poco, la verdad.  Suponiendo que esperase algo de “esta sombra fútil llamada gente” -lo cual por cierto no tengo nada claro- ¿qué sería?   Resignación, generosidad, rebeldía, orgullo… amor a la vida, o a la muerte…  Ah,  si todavía me quedase tiempo podría escribir mi propio evangelio:  y el Hombre creó a Dios a su imagen y semejanza:  contradictorio.

 

JULIA                    (...)  Esta mañana he pedido a Abdón que curse mi baja del Océano…  Para mí ya es suficiente.  He mirado directamente el rostro de Dios y me ha cegado.

 

EMILIO                Me alegro por ti, Julia.  Hay otras formas de aspirar a la santidad,  aunque no sean tan claras como ésta.

 

JULIA                    Déjate de coñas, por favor.

 

EMILIO                Lo digo en serio.  Una muchacha como tú no debería hacer este trabajo.  (Con un grito repentino.)  ¡Oscar!  (El otro se vuelve lentamente.)    Ah, todavía atiende por su nombre,  Julia,  todavía experimenta dolor.

 

JULIA                    Sí, es posible…  Pero mañana todo será distinto para él.

 

EMILIO                Suponiendo que mañana él siga significando un remoto algo.  La sombra de una sombra  (...)   ¿Te gusta matar, Julia?

 

JULIA                    No.  Quiero pensar que sólo lucho por evitar el dolor.

 

EMILIO                Pero la vida es en el dolor donde realmente se siente.

 

JULIA                    ¡No! Esa es una consideración... morbosa. Eclesialmente morbosa.  Me niego a aceptar lo indigno de ese pensamiento.  El dolor niega la vida y lucha por su derrota, el dolor es el enemigo de la vida.

 

EMILIO                Sí, puede ser… Pero nos estamos poniendo demasiado filosóficos  (...)   Me alegro de que dejes esto,  Julia, te lo digo en serio.                                                                   

JULIA                    (...) ¿Has pensado alguna vez en la hibernación,  Emilio?

 

EMILIO                No, no, de ninguna manera. Esa palabra me da escalofríos…  Ponerte a más de doscientos cincuenta grados bajo cero… joder.

 

JULIA                    Hoy es una técnica segura.  Ya se ha conseguido reanimar animales y pronto regresarán los primeros individuos de los años setenta. Quizá deberías darte otra oportunidad. Para dentro de treinta o cuarenta años…

 

EMILIO                Perdería el dinero.  Para entonces no quedará nadie que me despierte, Julia.

 

JULIA                    En serio, habla con Abdón.  Me consta que aquí hay varios cuerpos hibernados.  Y tú no tendrías problemas…  No es algo que se pueda ofrecer a todo el mundo, desde luego. La conservación es un procedimiento  caro.

 

EMILIO                Encima.

 

JULIA                   Pero la técnica es bien sencilla, sin riesgos.  Anestesia, un pequeño cortocircuito cardiaco,  e inmediata bajada térmica hasta la temperatura del helio líquido…  La reanimación será igual de sencilla:  elevar la temperatura, restablecer el cortocircuito, despertar en otro tiempo… Piénsalo, Emilio, habla con Abdón.

 

EMILIO                No…  Es inútil, Julia.  Habría cambiado todo,  pero yo sería el mismo.

 

JULIA                    (...)   ¿Por qué no quieres hablar de lo que ocurrió con tu hermano?

 

EMILIO                ¿Por qué habrías tú de saberlo todo, Julia?

 

JULIA                    Quizá podría ayudarte.

 

EMILIO                Ah, que encantadoramente arrogante eres…  Aunque comprendo que solo es una deformación profesional.  Pero, dime,  estás tú en algún secreto de Dios que yo por ventura desconozco.  O conoces mi alma tan bien que te atreverías a conducirla sorteando los peligros del mundo y de mi propia mente…  Qué poder tan extraordinario os habéis arrogado los chamanes, los curas, los psicólogos, los echadores de cartas… ¿Quieres contarme entre la parroquia de tus feligreses, Julia… asumir la dirección espiritual de mi alma?

 

JULIA                    Sólo sé que tienes una historia que necesitas contar.

 

EMILIO                También tú debes tener una historia que contar.  ¿Por qué estás aquí, Julia?

 

JULIA                    Ya te lo he dicho,  creo que ayudo a mis semejantes.

 

EMILIO                 Sí, pero hay muchas formas de ayudar a tus semejantes.  ¿Por qué estás aquí?  ¿Qué te empujó a ayudar de este modo a tus semejantes?

 

JULIA                    (...)  Trabajé un par de años como enfermera,  en la unidad de cuidados paliativos de un gran hospital, con enfermos incurables…   He visitado el infierno,  Emilio.

 

EMILIO         ¿Y por qué sigues en él?  Esto no debe ser muy diferente.  Seguro que incluso en algunos momentos es bastante peor.

 

JULIA                    Creo en lo que hago.  Creo sinceramente que este es el camino…  Bueno, al menos lo creía hasta ayer mismo… Morir con dignidad es un derecho del hombre  (...)  En el tiempo de nuestros  abuelos todavía se podía decir de alguien que murió de muerte natural.  Luego vino un largo y oscuro periodo donde nada hubo menos natural que la muerte.  Yo supe lo extraordinariamente difícil  que podía ser llegar a morir para un enfermo incurable.  Yo he asistido durante años a hombres y mujeres cuya única esperanza era ya que su infinita postración y angustia llegasen a conmover a alguien que tuviese el poder de decidir si ya era suficiente su agonía.  Alguien con el suficiente poder para poder desconectar un aparato de diálisis o desentubar un cuerpo que sólo era ya un inhumano instrumento de tortura   (...)  No es fácil estar aquí, Emilio, el dolor sigue existiendo.  Pero al menos aquí puedes enfrentarte con él dignamente.  Nadie decide por ti.  Sea cual sea tu decisión, alguien te ayudará a hacerla más llevadera   (...) En aquel hospital un día sorprendí a un hombre que había desentubado a su mujer y apretaba un almohadón contra su cara.  Quedé paralizada, dejé que ocurriera.  Sólo sentí no haberle evitado yo ese momento, haciéndolo antes

 

EMILIO                (...)  Julia, mira a Oscar.  ¿Te parece un ser digno?

 

JULIA                    También tenemos derecho al miedo.  No lo juzgues, sólo ponte en su lugar.

 

EMILIO                No lo estoy juzgando a él, Julia.  Te juzgo a ti.

 

JULIA                    Me ha pedido ayuda y yo se la he dado.  Nada más(...) ¿Estuviste en tratamiento, Emilio, antes de entrar aquí?

 

EMILIO                Sí, hace ya muchos años.  Me temo que no me sirvió de mucho.

 

JULIA                    Por qué.

 

EMILIO                Bueno… no había mucho dónde escarbar.  No había traumas ocultos.  Todo estaba en la superficie… menos mi hermano (...)  Bien, parece que acabaré contándote mi historia, Julia…  Tenía catorce años, él once.  Había mar de fondo.  Él era prudente, no tenía grandes cualidades natatorias y lo sabía.  Prefería mantenerse donde hiciera pié.  Pero yo le espoleé para que me siguiera… una y otra vez.  ¡Vamos! ¡Cógeme!  Eres un pato.  ¡Vamos!  Adelante,  ¿De qué tienes miedo?  Cua, cua,  vamos patito, nada un poco… Me estaba divirtiendo a su costa.  Notaba que él se cansaba, y yo me divertía. ¡Un poco más adentro!  Alcancemos esa boya… Cua, cua… (…)   Eh, no te pongas nervioso, estamos llegando,  me tienes aquí… Tranquilo, no seas idiota, ¡mueve los brazos y las piernas! ¡Vamos! ¡Tranquilo! ¡Mueve los brazos! ¡Socorro! (…)  ¡Dios!  ¿Por qué no me hundí con él entonces?  ¿Por qué luché tanto por soltarme de su abrazo?  (...)  He intentado muchas veces terminar de ese modo.  He entrado muchas veces al mar con la firme determinación de no salir por mi pié…  Pero cuando el agua me ha llegado a la cintura un indecible pavor me ha paralizado.

 

JULIA                    Y la culpa te ha perseguido todo este tiempo.

 

EMILIO                Sí, todo este tiempo… Hasta que finalmente me ha inhabilitado para la vida.  Sólo alcanzaré el perdón el día en que mi cuerpo se hunda.  Sólo el día que me libere del peso de mi cuerpo.

 

                                                                                   Entra JUANA,  abatida.

 

JULIA                    Juana… ¿Eh, te encuentras mal?  ¿Y Róber?

 

JUANA                 Duerme.  Ha pasado una noche horrible. Ahora está sedado. (JULIA le toma las manos, se sientan en un velador.)  Creo que ha llegado el momento, Julia.                     

                                                     

JULIA                    (...)   Sí… Cuando quieras, Juana.

 

JUANA                 Pero… quizá mañana esté mejor, no sé (...)  Si él supiera por qué está aquí…

 

JULIA                    No te atormentes, estás haciendo lo mejor para él, Juana.  Lo mejor.                                                   OSCURO.

 

 

7.      El barco hundiéndose en el agua / 2

 

 

 

 

 

Escena en penumbra.  Tomás y Celia.

                       

 

CELIA                   Quiero que suceda pronto, Tomás,  lo antes posible. Así que tendré que ir sola.  Has hecho lo que has podido.

 

TOMÁS                Iremos juntos.  Ahora o más tarde, pero juntos.

 

CELIA                   No. No me fío de ti.

 

TOMÁS                (…)  Nada te hará dudar, Celia.  Ni siquiera la espera… La negra oscuridad que nos aguarda. La cesación de todo impulso. De toda proximidad. De todo último gesto compasivo.  Ni siquiera la abolición de los árboles y los crepúsculos. La súbita inmersión del frenesí de la ciudad en la densa sombra paralizante, el apagón inapelable de los neones, la instantánea fuga del color de las carrocería y el inmediato advenimiento de lo negro… Nada te hará dudar, Celia (…)  Ante mí se despliega de nuevo la litografía de mi niñez, y estoy todavía perplejo y aterrorizado ante la sombra inminente que ya celebra su triunfo.  ¿Qué pasará cuando el barco se hunda definitivamente en el agua?  ¿Cuándo no sienta ya la presión y el calor de tu mano?  ¿Cuándo ya el último, desvaído, recuerdo de la vida quizá solo sea el acre sabor de un último vómito?  Y después…

 

CELIA                   Después… Quiero saberlo.  Por eso espero que suceda pronto.

 

TOMÁS                ¿Y no tienes miedo?

 

CELIA                   No. Solo curiosidad. Avidez. Un deseo inmenso de saber qué hay detrás del horizonte.

 

TOMÁS                Pero si no hay nada, Celia.  ¡Nada!

 

CELIA                   No importa.

 

TOMÁS                Pero acabar… Quedarte sin aire por más que lo buscas, quedarte tan absolutamente solo. Perder todo asidero. Toda proximidad. Toda certeza. Todo pensamiento.  Toda concupiscencia.  Todo recuerdo… Perder pie. Como un barco hundiéndose en el agua.  Saber que ya nada te contiene, porque estás desapareciendo,  porque ya no eres nada ni nada ha de quedar dentro de ti… Solo esa inmensa y trágica soledad que nos aguarda.  Porque estaremos solos, por más que vayamos juntos… Y tengo miedo.  Un miedo como nunca he conocido, un miedo que crece a cada instante que pasa…

 

CELIA                   (Lo abraza)   Ah, mi inútil poeta…  Sal de aquí. Déjame sola.  Ten esa última valentía.

 

TOMÁS                Ven conmigo.  Todo terminará de otra forma.

 

CELIA                   No, Tomás.  Me acucia un deseo apasionado de conocer la muerte.  Quiero entregarme a ella, como en otro tiempo me entregué al más bello de los amantes.

 

                                                                  OSCURO.

 

8.    Un jueves del fin del mundo.

 

 

 

El salón del Océano, vacío.  Entra NORA, pasea por la escena con inquietud.  Mira por el catalejo, toma asiento, se levanta.  Finalmente espera sentada en el sofá.  Entra la pareja de ancianos con la silla de ruedas, la mujer lleva al marido como antes a la sala de telecine.  NORA los ve cruzar la escena y desaparecer en silencio.  Al poco entrará CELIA.  Madre e hija se miran largamente sin decir nada.

 

 

NORA                   ¿Por qué no me has avisado?

 

CELIA                    Hubiera preferido que llegado el momento lo hiciese un extraño.  Evitaros en lo posible este dolor.

 

NORA                   Tenemos derecho, madre…  No podéis esconderos de nosotros.

 

CELIA                   Siéntate…  Tu padre está en la playa.  No le he avisado todavía, prefiero que hablemos a solas…  ¿Cómo has sabido que estábamos aquí?

 

NORA                   He pasado por casa.  Todo tan ordenado. No era difícil imaginar.

 

CELIA                   No.  Y Miguel... ¿sigue en su cartuja?

 

NORA                   Me  parece que le habéis dado las vacaciones.  He hablado con él.

 

CELIA                   Ah, no debiste hacerlo…  lo siento.

 

NORA                   Viene de camino.  Esta noche estará aquí.

 

CELIA                   Es absurdo… e inútil.  Al menos en mi caso.  Estoy firmemente decidida,  Nora.

 

NORA            No perderías nada dándote otra oportunidad. Todo esto es tan increíble, madre… Sólo se me ocurre que te estás vengando de tus hijos.  Y no sé por qué...  no lo entiendo.

      

CELIA             Tonterías (…) Creo que tu padre no está convencido.  Quizá puedas sacarlo de aquí.

 

NORA                  Y tú,  ¿lo dejarías solo?

 

CELIA                   Por supuesto.  Os tiene a vosotros.  Creo que él todavía puede sacarle algo más a todo esto.  Teníais razón, todavía le queda cierta capacidad de gozo, cierta curiosidad. (...)  Ahora está haciendo ejercicio físico, es increíble.  Da largos paseos, se baña en el mar…  Llevo cuarenta años sin poder convencerle de que se meta en el agua y ahora… Es curioso, pero creo que está disfrutando por primera vez desde hace mucho tiempo.

 

NORA                  Entonces  ¿crees que todavía es posible disfrutar?

 

CELIA                   ¡Sí!  Claro que sí… Ah, Nora,  no hay que darle tantas vueltas al asunto… No lo pongamos más difícil.  (Enfática.)  Yo he decidido que, para mí,  es mejor acabar.  Yo quiero morir.  Lo quiero,  ¿me entiendes, hija?

 

NORA                No, no te entiendo.

 

CELIA                Pues… resígnate a no entenderme.

 

NORA                No es fácil, madre.

 

CELIA               Ya lo sé, Nora, ya lo sé… (…) Habla con tu padre.  Pero déjale que sea él quien decida.  No intentes convencerle… ya sabes como es.

 

NORA             ¿Por qué no salís de aquí?   Los dos…  sólo una semana.  Ya conocéis esto,  ahora tenéis elementos de juicio.  Pero la última decisión deberíais tomarla fuera de aquí.

 

CELIA                   Yo la tomé fuera de aquí, Nora.  Ahora quiero llevarla a cabo.  Antes de una semana todo habrá terminado.  Sería bueno que lo aceptaseis.

 

NORA                  Mamá,  Miguel no está dispuesto a aceptar tu suicidio…  Traerá un informe médico.

 

CELIA                   Pero…  a mí no me ha visto ningún médico.

NORA                  Sí, pero con tus antecedentes y nuestro testimonio… Un psiquiatra estaba dispuesto a firmar un informe, un certificado.  Parece que, cuando menos,  tu decisión podría dilatarse.

 

CELIA            Entiendo…  Está bien,  mediremos las fuerzas entonces. Creo que no deberíais hacerme esto.

 

NORA                  Tú también debes intentar comprendernos.

 

CELIA                   Sí… Vamos, bajemos a la playa.  Tu padre lleva ya dos horas en remojo.  Le dará gusto verte.

 

Entra Julia con Oscar, en silla de ruedas.

 

JULIA          (Intentando disimular su retraimiento, a Nora.)    Ah, encontró al fin a su madre…  Celia,  dejaremos para otro día la visita a los acantilados, si te parece.

 

CELIA                   No, no… Yo iré.  Mi hija se quedará con mi marido.  Así tendrán tiempo de hablar de sus cosas. A mí me vendrá bien esa excursión.  No tardaremos más de un par de horas, ¿verdad?

 

JULIA                    No, no creo…  Saldremos después de comer.  Juana y Emilio vendrán con nosotras.

 

CELIA          (Tras un pequeño silencio, mirando emocionada a Oscar.)     ¿Qué día es hoy?

 

NORA                  Jueves,  mamá.

 

CELIA                   Jueves…  (A Julia.)  ¿Puedo darle un beso?

 

Julia afirma con la cabeza y Celia besa a Oscar,  que aparece  enajenado, vegetal.  Luego,  Celia y su  hija salen en silencio.

 

Julia toma asiento en el sofá, tras poner a Oscar frente a ella.  Un largo silencio en que lo mira tristemente. Entra Emilio y se para en el umbral mirando a los otros.

 

EMILIO                Bien.  Bebamos a la salud del que nos deja.

 

Se dirige al bar y sirve dos vasos largos, pasando uno a Julia. Beben en silencio. Entra Abdón.

 

ABDÓN                Julia… cuando quieras  (…)  Todo está listo.

 

                                                                             

JULIA                    (...)   No puedo hacerlo, Abdón… Esta vez no puedo hacerlo.    

      

ABDÓN                Está bien, Julia, no te preocupes.  Tómate el día libre. Suspende esa excursión de esta tarde.

 

JULIA                    No será necesario.  A mí también me vendrá bien ir a los acantilados.

 

Emilio va junto  a Oscar y lo abraza emocionadamente.  Julia le toma la mano un instante.  Luego Abdón coge la silla, despegándolo lentamente de la mano de Julia.  Sale Abdón llevándose a Oscar.  Un largo silencio.  Emilio levanta su vaso hacia el lugar por donde salió Oscar…  y bebe.  

 

OSCURO.

  

                9.    El mar de los acantilados.

  

 

Salón Social de El Océano.  Entran Tomás y su hija. El primero, con aspecto cansado, se dirige al sofá, donde se deja caer con alivio.

 

 

TOMÁS                Hemos andado más de la cuenta, Norita… creí que no llegaba  (...)  No me doy cuenta de que ya no tengo veinte años…  hasta que me doy.

 

NORA                  Pues has adelgazado.  Estás mucho mejor que hace un par de meses.

 

TOMÁS                ¿Sí?    No sé,  me canso mucho.

 

NORA                  Es la falta de costumbre, padre. Si sigues moviéndote,  dentro de muy poco te encontrarás en plena forma.

 

TOMÁS                (Irónico)   No será posible. Dentro de muy poco creo que tendré que estarme quieto  (...)  ¿A qué hora has dicho que llegará tu hermano?

 

NORA                  Esta noche, papá,  a eso de las diez o las once.

 

TOMÁS                Es una locura.

 

NORA                  Sí,  todo es un locura.

 

TOMÁS                Todavía no hemos decidido la fecha  ¿a qué vienen estas prisas?

 

NORA                  Bueno, estáis aquí ¿no?

 

TOMÁS                Sí.

 

NORA                   (…)  ¿Cómo pensáis hacerlo?

 

TOMÁS                Y eso qué más da (…)  Rápidamente,  desde luego.

 

NORA                   Rápidamente…

 

TOMÁS                 Sí, nos han asegurado que quince o veinte segundos  son  suficientes  (...)  ¿Y tú crees que tu hermano traerá hoy ese informe?

 

NORA                   Lo traerá,  padre…  lo traerá.

 

TOMÁS                Bien, admito que puede complicarnos las cosas.  Aunque tal vez no…  En fin, está visto que no se puede tener consideración con los hijos.  Si no os hubiésemos dicho nada (...)  Oye  ¿por qué no miras por el telescopio?  Igual ves a tu madre en los acantilados.

 

NORA                  Sí…  (Se acerca y mira)   No,  no se ve a nadie.  

 

TOMÁS                Es raro… Puede que no hayan llegado todavía.  Aunque desde aquí es posible que no se vean, el camino asciende por el otro lado y nos queda oculto.

 

NORA                  ¿No es mucho trecho para mamá?

 

TOMÁS                No creas, ella está fuerte.

 

NORA                  Sí, está fuerte… Es una locura. ¿Qué os ha traído de verdad hasta aquí?  ¿Puedes intentar ser sincero conmigo?

 

TOMÁS                Sí…  Pero no  sé por qué estamos aquí, Nora.  Creo que la muerte de tu hermano fue determinante.  Tú sabes lo unido que estaba a tu madre…

 

NORA                  Tanto que ni siquiera intentó salir de casa.

 

TOMÁS                Bueno,  estaba obligado por las circunstancias.  Nunca tuvo demasiada continuidad en sus trabajos…  La independencia, tú lo sabes, también hay que ganársela.

 

NORA                  Dudo que Alberto pudiera llegar un día a ser independiente.  Entre las virtudes de tu mujer no está precisamente la de ser generosa.

 

TOMÁS                Nora, por favor…

 

NORA                  Sí, perdona… No sé lo que me digo,  no quería decir eso  (...)  ¿Crees en Dios?

 

TOMÁS                Ah, menuda pregunta para después de andar tres kilómetros sin una pausa…

 

NORA                  Nunca te oí hablar de ello.

 

TOMÁS                Bueno, tú sabes que soy agnóstico.  Lo que quiere decir limitado en el conocimiento de muchas cosas…  Confieso que el cosmos me impresiona.  La amenaza que desde hace algunos años pende sobre nosotros, y que todos los gobiernos y sus científicos se empeñan denodadamente en desmentir,  esa próxima absorción de nuestro planeta por el sol… no deja de ser una minúscula anécdota.  Tan notable, tan impresionante,  como que una larva de boquerón sea engullida por una sardina en mitad del océano.  Somos insignificantes,  Nora.  ¿Por qué nos damos tanta importancia?

 

NORA                  Porque pensamos,  porque somos capaces de tener sentimientos,  porque nos necesitamos.

 

TOMÁS                Sí, pero cómo puede la larva de boquerón trascender el océano?

 

NORA                  (...)  ¿Tú quieres morir, padre?

 

TOMÁS                No sé si quiero morir.  Quiero estar con tu madre.

 

NORA                  Pero morimos solos… como nacemos.  Tú decides sólo por ti.

 

TOMÁS                Ah, Nora, estoy confuso. Tal vez no quiero morir (…) Quizá estoy agotando cualquier remota posibilidad de que tu madre…  pudiera cambiar de opinión.

 

NORA                  (Súbitamente contenta.)  Ah, papá  ¿lo dices en serio?

 

TOMÁS                No lo sé,  Nora,  no sé lo que quiero.

 

Entra  MIGUEL.

 

NORA                  ¡Miguel!  ¿Cómo has venido tan pronto?

 

MIGUEL               Ya veis,  pude adelantar el viaje… ¿Y mamá?

 

TOMÁS                Está en una excursión.  Ha ido a los acantilados.    (Indicando)   Se ven por el telescopio.

 

MIGUEL               Bien… Y ¿tardará mucho en volver?

 

TOMÁS                No sé, una hora quizá.

 

MIGUEL               Bueno, podemos ir a pasear un poco entonces…  Este sitio no me gusta demasiado.

 

NORA -                Acabamos de regresar, Miguel.  Papá esta cansado.

 

TOMÁS                (Por el sobre que el otro lleva en la mano.)  Veo que has traído ese informe.

 

MIGUEL               (A su hermana.)  Se lo has dicho…  Sí, he traído un informe, padre.  No podemos dejar que hagáis ninguna tontería.  Mamá está enferma, no puede decidir en ese estado… Al menos, con esto tendréis más tiempo para meditarlo.

 

Entra Emilio,  algo agitado,  como si viniese  corriendo.                                                                                            

   

EMILIO                Tomás…

 

TOMÁS                ¿Ya estáis aquí?

 

EMILIO                Tomás…  Ha ocurrido un accidente.

 

TOMÁS                ¿Celia?

 

EMILIO                Sí… Celia… Cayó por los acantilados.

 

NORA                  Mamá…

 

TOMÁS                ¿Ha muerto?

 

Emilio asiente,  Nora se abraza a su padre.

 

NORA                  Papá…

(...)

 

TOMÁS           Miguel, hazme un favor… Rompe ese informe.

 

Miguel mira a su hermana, que no sabe qué decir. Finalmente rompe el sobre, mientras se va haciendo el

                                                                                       OSCURO

  

 

10.  Toda la noche hemos velado sus cenizas.

  

 

Tomás, en la silla de ruedas que empuja Julia.  Está bajo los efectos de fuertes sedantes o drogas.  Junto a ellos,  Emilio.

 

 

EMILIO                ¿Dónde has estado?

 

JULIA                    Cogí el coche.  He debido hacer doscientos… o trescientos kilómetros, no sé.

 

EMILIO                ¿Dónde fuiste?

 

JULIA                    No lo sé. Tampoco sé cómo he vuelto aquí...  Solo recuerdo que en el coche he oído La Pasión según San Mateo,  supongo que varias veces… Confieso que me he sentido reconfortada (…)  Pero quizá no debí dejarla sola esta noche.

 

EMILIO                La has acompañado hasta el último momento.  Ella te está muy agradecida por todo, Julia.  Creo que ya se encuentra mejor.

 

JULIA                    ¿Qué dijo cuando me fui?

 

EMILIO                Nada. Debió entenderlo.

 

JULIA                    Estuviste con ella hasta el final.

 

EMILIO                Sí… Toda la noche hemos velado sus cenizas…  Al amanecer cogimos el paquebote y nos hicimos a la mar.  Parecía que el cielo, muy encapotado, quisiera negarnos la ya excesiva luz del día… ayudar quizá a que todo fuera más apacible.  Cayeron unas gotas…

 

JULIA                    Sí… ha llovido esta mañana.

 

EMILIO                La lluvia en alta mar era hermosa, como una promesa de algo, como una esperanza renovada…  Mandamos que parasen los motores.  Juana se asomó por la borda hasta meter la urna de su hijo en el mar.  Mojada hasta los codos, la abrió.  El polvo pareció emerger un instante, luego se perdió en el agua.  Juana dejó caer la caja al fondo… Subió los cuencos de sus manos llenos de agua y se lavó la cara…

                                                                                        

Silencio.  Entra JUANA, abatida,   cansada.

 

JUANA                 Julia, estás aquí…

 

JULIA                    Sí,  he pasado la noche fuera. Acabo de volver.

 

JUANA                 Entiendo… ¿Estás bien?

 

JULIA                    Sí… ¿Y tú?

 

JUANA                 Bien  (…) Vacía…  pero bien.

 

EMILIO                (...)   ¿Y las maletas, Juana?

 

JUANA                 He pensado que no me llevaré nada. No quiero recuerdos.  Julia, ocúpate de mis cosas… y de las de Róber,  hazme ese favor.  Haz con ellas lo que quieras.

 

JULIA                    Sí,  Juana.

 

JUANA                 Gracias por todo… Sin ti,  no sé que hubiera sido sin ti…

  Se abraza a Julia.

 

JULIA                    ¿Qué haréis ahora?

 

EMILIO                Estar juntos… Vamos a empezar de nuevo.  Vamos a vivir por ellos  (...)  Adiós, Julia.   Sal pronto de aquí.

 

JULIA                    Sí… pronto.

 

EMILIO                            (Acercándose a Tomás, le toma la mano. Cae entonces la estilográfica al suelo)   Tomás… da un beso de mi parte a Celia  cuando la veas…  (Cogiendo la pluma)  Gracias.  La guardaré como recuerdo de un poeta  (…)  ¿Vamos, Juana?

 

JUANA                 Sí…

                                          Salen EMILIO y JUANA.

 

TOMÁS                (Vegetal  en su silla,  mira a Julia y recuerda el nombre.)    Ce li a.  Tú…

 

JULIA                    No, no soy  Celia…  Soy...

TOMÁS                Ce lia .  Ce lia…

 

Julia acaricia la mejilla de Tomás  (...)   Entra Abdón, un anciano y su hijo.

                  

ABDÓN        Y éste es el salón social, el principal punto de encuentro en El Océano… (Aparte.)  Ah, Julia,  en veinte minutos estaré contigo.  ¿Te importa comprobar si todo está…  Ah, los documentos.  Supongo que no…

 

JULIA              Todo está en su sitio,  Abdón, todo en orden (...)   Esperaré abajo.

 

ABDÓN           Sí…

Sale JULIA con TOMÁS.

 

ABDÓN                Allí hay una sala de telecine y una videoteca…  Ese balcón da a la playa.  Al fondo pueden ver los acantilados,  una vista magnífica que pueden acercar con el telescopio.

 

HIJO                       Bueno.  La verdad es que todo está muy bien,  muy bien… ¿No te parece,  padre?

 

PADRE                 (Sin convicción.)   Sí,  muy bien.

 

ABDÓN                Y ahora… (Al padre.)  Si me permite usted,  quisiera hacerle  algunas preguntas…  Pero antes,  quizá quieran tomar  una copa…

 

PADRE                Sí…  Un vaso de vino.

 

ABDÓN                Ah, lo siento, pero parece que hemos agotado las existencias.  Un whisky, quizá…

 

PADRE                 Bueno… lo que quiera.  Póngame usted lo que quiera…

 

Mientras lentamente se va haciendo el oscuro, y aquella sarabande de la suite nº 5…   VOZ en off,  quizá de Emilio o Celia.

 

VOZ                      …la negra oscuridad que nos aguarda.

La cesación de todo impulso. De toda proximidad.

De todo último gesto compasivo. La abolición de los árboles

y los crepúsculos.  La súbita inmersión del frenesí de la ciudad en la densa sombra paralizante.

El apagón inapelable de los neones.

La instantánea fuga del color de las carrocerías. Y

el inmediato advenimiento de lo negro…

Perder todo asidero.

Toda proximidad. Toda certeza. Todo

pensamiento. Toda concupiscencia. Todo recuerdo.

Perder pie. Como un barco hundiéndose en el agua.

Saber que ya nada te contiene.

Porque estás desapareciendo, porque ya no eres

nada, ni nada ha de quedar dentro de ti…

Solo esa inmensa y trágica soledad que nos aguarda

(...)  Y luego…

 

 

OSCURO FINAL. 

  

 

 

“ El Océano”  está publicado junto a “ Una caja de cartón enmohecida”   en la colección Textos Centrales de la Editora Regional de Murcia. 

ISBN:  84-7564-298-5

 

franciscoepino@ono.com

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