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NOTICIAS TEATRALES
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REALITY SHOW

de  salvador Enríquez

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 

Salvador Enríquez

editor@noticiasteatrales.es

REALITY SHOW

 

Drama en un acto

Teatro breve

Cuadro de texto: Reservados todos los derechos. El autor o su representante legal, la Sociedad General de Autores y Editores de España, son los únicos encargados de autorizar la representación, lectura pública, adaptación o traducción de esta obra.


 

 

 

© El autor

 (Sinopsis al final)

El Grupo de teatro EREMSO-SEMS (Universidad de Guadalajara) estrenó la obra REALITY SHOW el 11 de Junio del 2003 en el teatro de Atequiza (Jalisco México)

 

con el siguiente

 

REPARTO

Julia............................................ Maricela Robles González

Joaquín....................................... Salvador Álvarez Moreno

Marisa......................................... Elizabeth Torres Martínez

Silvia........................................... Paulina Natalie García Cortes

EQUIPO TÉCNICO

Vestuario..................................... Adriana Gómez Villalobos y Silvia Sánchez Rodríguez

 

Maquillaje.................................... Milka Betzabe Ramírez Estrada

 

Iluminación.................................. Adriana Barajas Pérez

 

Escenografía............................... Karen Jazmín Zavala de Horta y Miguel Ángel Enríquez Pérez

 

Dirección: Juan Manuel Alfaro Rodríguez

 


 

 

PERSONAJES

(POR ORDEN DE INTERVENCIÓN)

 

Julia (La madre, 40 años)

Joaquín (El padre, 45 años)

Marisa (La hija, 19 años)

Silvia (Una amiga, 40 años)

 

  

Términos del público

(Sinopsis en última página)

 

 

Acto único

 

                   Porche y jardín de un chalet adosado en una urbanización de las afueras de Madrid. En el foro, a la derecha, facha del edificio en la que hay una puerta que comunica con el interior de la vivienda, con sendos faroles a los lados. En el centro, de perfil, una cancela que da paso al jardín que ocupa la parte la parte izquierda del escenario y al fondo de éste un banco de piedra que apenas si se ve, tapado por flores y arbustos. De fondo una cámara azul oscuro que simula el cielo; será translúcida para que, en su momento, pueda verse en ella durante unos momentos la silueta de Julia, sustituyendo la imagen que se vería en el televisor, así como la sombra del paso de un tren. Ante la puerta de entrada y junto a la cancela, mobiliario convencional de un chalet de la clase media alta: sillones de materia plástica, una mesa redonda en el centro, sobre ella un teléfono inalámbrico y algunas revista del corazón.  De perfil al espectador, cerca de la cancela, hay un televisor con vídeo. Aún con el telón bajado, se oye la sintonía del programa de Televisión Española (TV) ¿Quién sabe dónde? Dedicado a la localización de personas desaparecidas; luego una voz que dice: "Quiero decir también que es muy importante; que yo, como presidente del consejo gitano, máxima autoridad de León, juro ante Dios y doy mi palabra de honor, de que el que tenga a esa criatura retenida, sea mayor o menor, ningún gitano va a molestarle en nada. Que nos lo deje libre. Con eso es bastante, y desde aquí mismo le doy las gracias; si ese señor o señora le tiene, que noslo deje libre para que lo recojan sus padres que están sufriendo demasiao"

                   Se alza el telón y la escena está vacía. La voz del presentador del programa dice: "Muy buenas noches a todos. La voz del patriarca gitano de León y su firme mensaje, nos recuerda cómo está viviendo, con qué grado de tensión, toda una comunidad que vive a la espera de noticias acerca del pequeño Antón Hernández desde hace unas semanas. La capital leonesa, según vamos a poder ver enseguida en las imágenes que les mostraremos, fue escenario este sábado pasado, por la tarde, de una multitudinaria manifestación de apoyo a la familia en su búsqueda del pequeño Antón".

                   Es verano, última hora de la tarde. No muy lejos se oye el paso de un tren. A lo largo de la función, de vez en cuando, se dejan oír las chicharras que hay en el campo cercano. Suena el teléfono. A los pocos segundos entra en escena Julia, una mujer atractiva. Viste ropa cómoda veraniega. Apaga el televisor y saca la cinta de vídeo.

                   JULIA.- Ese sonido del tren me pone nerviosa. (Cogiendo el teléfono) ¿Sí? ¡ah! ¿eres tu? ¿qué tal estás? (Se sienta, dejándose caer en un sillón) ¿Qué me cuentas? Pues yo...  bien, como de costumbre... con la lavadora puesta,  (Sonriendo) y... escuchando un vídeo... sí, el programa "¿Quién sabe dónde?"; no lo pude ver el otro día y lo grabé... (Con una sonrisa enigmática) ¡No! no es que yo piense desaparecer, pero es un programa que me gusta. No sé si por la emoción de cómo buscan a la gente o... por el morbo que tiene el que alguien no aparezca. Es curioso, siempre que ocurre eso piensan que lo han raptado, que lo han asesinado... y nunca se les ocurre que puede haber desaparecido adrede. (Pausa)¿No? ¿tú crees que no? pues yo pienso que sí, que más de uno se larga porque  está hasta las narices de todo... bueno, tú puedes pensar lo que quieras... (Vuelve a sonreír con ironía y hace una pausa) Sí, hace un calor tremendo; con este calor agobiante no hay quien haga nada... ¡No! ¡no! el teléfono inalámbrico lo dejé aquí, en el porche, así puedo controlar más a quien pueda venir (Sonriendo pícaramente) por si tú me llamabas. No digas esas cosas que me vas a poner nerviosa... sí, sí, sí, no sé... quizá algún día me decida, pero por ahora no. Tú me pareces un chico muy joven y yo... ya soy algo madurita; una cita  a ciegas podría ser una decepción para los dos. Creo que, de momento, es mejor que nos hablemos por teléfono. (Pausa) Mi hija se fue al pueblo a ver a unos amigos y a tomar unas copas... supongo, y él aún n o ha venido. Me dijo que tenia trabajo en la oficina y que quizá vendría algo más tarde, pero a la hora que es... debe estar a punto de llegar... de modo que si corto la comunicación es que no he tenido más remedio ¿conforme? (Pausa) Bueno, dime tú algo, tú eres quien me ha llamado ¿no? (Sonríe satisfecha mientras que suavemente de acaricia el cuerpo) Sí, claro que me gustaría que me lo hicieras tú... por la voz creo que debes de ser un chico muy... cariñoso. (Pausa) ¡Escribirme, no! mi dirección no te la voy a dar. Tengo que ser prudente... no olvides que estoy casada... con una hija, situada... no puedo poner en juego todo esto. ¡Estas loco! El teléfono es otra cosa. Si me llamas y no estoy sola... con decir que se han confundido de número... ¡es suficiente! Y si no soy yo quien se pone... tú cuelgas. (Pausa) Mira, cariño, en serio, yo no había llamado nunca a esas líneas de party...  aquel día lo hice por casualidad... vi el número en una revista y... llamé, quizá por aburrimiento, por ver cómo era eso... oí tu voz, me gustó y, lo mismo que tú, yo te di mi teléfono para que me pudieras llamar, quizá pudo ser una imprudencia, pero... confío en ti. Pero de eso a otras cosas... ¡no! no insistas, de verdad, por el momento no. (Se abanica con una de las revistas que hay sobre la mesa) ¿El ruido? Es que me estoy haciendo aire; entre al calor que hace y... lo que tú me dices... me entran verdaderos sofocos. (Se oye el motor de un coche) ¡Perdona! (Nerviosa) tengo que colgar, creo que llega él... he oído el coche... ya te llamaré yo o... lo haces tú en otro momento, pero... ¡por favor! sé  prudente. (Corta la comunicación y se pasa las manos por la cara en un intento de disimilar el rubor).

                   JOAQUÍN.- (Aparece por la izquierda. Es un hombre bien vestido, chaqueta al brazo y corbata aflojada. En la mano lleva un portafolios) ¡Hola! (A Julia) ¿Qué te cuentas? (La besa en la mejilla de forma maquinal) ¿Eh?

                   JULIA.-  Pues... ya ves, poca cosa; (Un poco azorada) había puesto la lavadora y...

                   JOAQUÍN.- (Extrañado) La lavadora aquí... ¿en el porche?

                   JULIA.- ¡No! (Con apatía) la lavadora está dentro... ¡pareces tontito! Salí porque sonó el teléfono.

                   JOAQUÍN.- Lo podías haber cogido dentro ¿no? ¿quién era?

                   JULIA.- Me hace ilusión hablar desde aquí, desde el porche... ¿no lo puedo hacer?

                   JOAQUÍN.- (Insistente. Suelta la chaqueta y el portafolios en un sillón) Te pregunté que quién era, que quién había llamado.

                   JULIA.- (Azorada) Pues nadie... digo ¡sí! Pero se habían equivocado de número.

                   JOAQUÍN.- No sé si será por el calor... pero la gente parece que está tonta...  ¡estoy hasta las narices de esas llamadas equivocadas!

                   JULIA.- (Enfadada) ¡Y yo qué culpa tengo!

                   JOAQUÍN.- Pues ya estoy cansado de esos errores, de esas llamadas extrañas... cada dos por tres se confunden de teléfono...

                   JULIA.- (Irónica) Lo dices como si dudaras... ¿Te vas a poner celoso a estas alturas?

                   JOAQUÍN.- (Displicente) ¡En absoluto! Sé que te tengo segura. Pero tengo la sensación de que alguien quiere controlarme, saber si estoy o no en casa. Es... como si quisieran meterse en mi intimidad, seguirme... ¡Se oyen tantas cosas hoy en día... secuestros... cosas así!

                   JULIA.- (Riendo)¡No eres tan importante como para que te quieran secuestrar! (Transición. Intentando cambiar la conversación) Bueno, no vamos a discutir por eso... ni a preocuparnos, ya sabes que hay bromistas, despistados... algún pesado que otro que, por aburrimiento, se dedica a hacer el tonto... o gente que, simplemente, está sola y llama por teléfono, sin tener nada que decir, sólo para saber que hay alguien más en el mundo; ¡olvídalo! Dime cómo llevaste el día.

                   JOAQUÍN.- (Con mal genio. Se sienta) ¡Bueno! ¡Estoy hasta las narices, por no decir otra cosa! Apenas si he tenido tiempo para comer; el día ha sido de reuniones ¡Estoy muy cansado! Menos mal que hoy es viernes y tengo por delante el fin de semana... ¡aunque siempre se hace corto!

                   JULIA.- (Sin mucho interés)Tómate unos días de vacaciones... a lo mejor te vienen bien para descansar.

                   JOAQUÍN.- (Con suficiencia) ¡Imposible! De momento de vacaciones nada; hay mucho trabajo y me necesitan en la empresa.

                   JULIA.- ¿Tan importante eres allí? (Irónica) No sabía que tenía un marido tan importante.

                   JOAQUÍN.- Importante quizá no, pero necesario sí.

                   JULIA.- (Intentando ser amable y cambiar de conversación) Era una simple broma (Transición) ¿Quieres algo de beber?

                   JOAQUÍN.- Sí, dame un güisqui, pero con bastante hielo... ¡estoy frito! Este calor tan agobiante...

                   JULIA.- (Saliendo por la puerta de la derecha) Ahora te lo traigo.

                   JOAQUÍN.- (Encendiendo un cigarrillo) ¿Y la chica?

                   JULIA.- (Desde dentro) Dices la chica como si fuera la criada... ¡es tu hija!

                   JOAQUÍN.- Bien... ya lo sé, es mi hija; ¿y Marisa?

                   JULIA.- (Desde dentro) Se fue al pueblo, había quedado con unos amigos para tomar algo... aquí se aburre, ya sabes...

                   JOAQUÍN.- ¡Pues no lo entiendo! Aquí se está mejor que en el pueblo... ¡y aún mejor que en la capital!

                   JULIA.- (Desde dentro) ¡Eso tú... que eres un cuarentón, pero ella es joven... tienes que entenderlo! (Entra con dos vasos de güisqui y los pone sobre la mesa) Toma... el tuyo con mucho hielo.

                   JOAQUÍN.- ¿Tú también vas a tomar güisqui?

                   JULIA.- Sí,  ¿no puedo? (Se sienta)

                   JOAQUÍN.- Poder sí, pero... no sea que te siente mal... como no estás acostumbrada... como solamente lo tomas en algunas ocasiones especiales, en reuniones de amigos...

                   JULIA.- Solo un trago, por acompañarte.

                   JOAQUÍN.- (Cambiando de conversación) Pues no entiendo lo de la chica... perdona, lo de Marisa; el pueblo estará lleno de gente, los bares a tope, las terrazas sin una mesa libre...

                   JULIA.- (Intentando hacerse comprender) Sí, pero Marisa tiene 19 años... no pretenderás que a esa edad se pase aquí el día contemplando el césped y los geranios.

                   JOAQUÍN.- Pues a mí esto me relaja.

                   JULIA.- A ti sí, pero a ella... le parece lo contrario; está en plena juventud y el cuerpo le pide "marcha".

                   JOAQUÍN.- (Despectivo) ¡Marcha! ¡Vaya palabrita..! ¡Y tú vas a terminar hablando como ella

                   JULIA.- Perdona, pero... si a eso no le llamas "marcha" ¿cómo le llamas? ¿juerga?

                   JOAQUÍN.- (Dudando) No sé, pero hay veces que no entiendo a mi hija (Se levanta) Bueno...  voy a cambiarme de ropa, estoy hasta las narices de la corbata, la chaqueta, los  zapatos... me voy a poner cómodo (Sale de escena por la puerta de la derecha, llevándose el portafolios, la chaqueta y el vaso de güisqui).

                   JULIA.- (Suspira con gesto teatral. En tono bajo) No entiendes ni a tu hija ni a tu mujer. Lo importante para ti es el trabajo, la empresa. A ella, a Marisa, esto le aburre tanto como a mí. (Mirando a los lados) ¡Unas casitas a las que llaman chalet adosados, en mitad del campo, donde el vecino te oye hasta la respiración, donde no tienes más entretenimiento que mirar a las estrellas y soñar... ¡cuando te dejan, claro! o soportar (Irónica) el dulce y campestre ruido de las chicharras. El resto del día igual que hacía en el piso de Madrid: guisar, lavar... y sentir una tremenda soledad. Prefiero la ciudad; al menos puedes salir, ver escaparates, observar a la gente... pero ¡esto es tremendo! Los días resultan infinitos y la apatía te hace bostezar cada dos por tres; solamente puedes hablar con alguna vecina...

                   JOAQUÍN.- (Desde dentro) ¡Julia! ¿Dónde has puesto mi pantalón corto?

                   JULIA.- (A Joaquín) ¡Lo tengo en la lavadora! Ponte el vaquero, esta noche puede refrescar.

                   JOAQUÍN.- (Desde dentro) ¡Qué demonios va a refrescar! ¡Si hace un calor que no deja espirar!

                   JULIA.- (A Joaquín) ¡Bueno, ponte los que quieras! Pero el pantalón corto había que lavarlo (Bebe pausadamente y enciende un cigarrillo) ¡Qué vida esta! (Se desespera. A Joaquín) ¡O cómprate otro pantalón corto!

                   JOAQUÍN.- (Desde dentro) ¿Y mis zapatillas?

                   JULIA.- (Con tono de cansancio) Las dejaste cada una por su lado y las puse en el baño... cógelas tú; están en el mueble del calzado. (Toma una revista de las que hay en la mesa y la hojea con gesto de matar el tiempo. Por la revista) ¡Esto sí es vivir! Fiestas, cenas, copas hasta el amanecer, yates...

                   JOAQUÍN.- (Entra por la puerta de la derecha, con pantalón vaquero y una camisa veraniega) ¿Dices yates? ¡No querrás ahora un yate ¿verdad? (Sonriendo estúpidamente) Además... habría que ir al mar, el verano es corto...

                   JULIA.- Sí, y los inviernos son angustiosamente largos. (Transición. Más irónica aún) Bueno, pues podíamos navegar por este secano... ¿qué te parece? ¡No te fastidia!

                   JOAQUÍN.- (Con enfado) ¡A mí lo que me fastidia a veces es tu forma de hablar! Resultas cáustica y tengo la sensación de que en todo lo que dices hay una segunda intención. Pare como si buscaras en cada momento una ocasión para discutir.

                   JULIA.- (Irónica) ¿Discutir? ¡No! simplemente hablar, comentar, dar opiniones... o ¿es que no puedo hacerlo?

                   JOAQUÍN.- ¡Siempre estás con la misma expresión!: ¿puedo hacerlo? ¿no puedo hacerlo? ¡Como si yo te prohibiera algo! Sí... ¡claro! eres muy libre, pero... (Dudando) no sé, en ocasiones, cuando vuelvo del trabajo o de un viaje, tengo la sensación... no sé... te noto como cambiada. No eres la misma Julia de otros tiempos, de cuando nos casamos, de cuando vivíamos en el piso de Madrid.

                   JULIA.- (Sonríe forzadamente) Puede ser, todos cambiamos con el tiempo... envejecemos, nos salen arrugas, modificamos nuestra forma de pensar... y de estar.

                   JOAQUÍN.- (Con gesto de alarma) ¡No me irás a decir que vives mal, que te falta algo! Además... yo no te noto envejecida. Lo de cambiar de forma de pensar y de estar ya es otra cuestión.

                   JULIA.- No se trata de envejecer por fuera, lo malo es envejecer por dentro. Sentir como si todo hubiera terminado y que estás llegando al fin o... a convertirte en un vegetal. Y faltarme en lo material... pues no, la verdad no puedo decir que me falte nada; pero hay otras cosas... digamos personales, íntimas, (Señalando las revistas) como escribirían en esas revistas: cosas del corazón. (Transición) Por cierto, voy a ver la lavadora... la ropa debe estar para sacarla. Perdona, ahora vengo (Sale por la puerta de la derecha).

                   JOAQUÍN.- (Para sí) La verdad es que no la entiendo... yo creo que todo eso que lee (Por las revistas) le llenan la cabeza de pájaros y... ¡hasta habla de cosas del corazón! Eso queda para la juventud, para los chicos jóvenes que tienen la cabeza a pájaros, pero a cierta edad... ¡hay que tener los pies en el suelo y dejarse de volar!

                   JULIA.- (Desde dentro) ¿Puedes ayudarme un momento, Joaquín? ¡Parece que aquí algo no funciona!

                   JOAQUÍN.- (Con gesto de cansancio) ¡Estoy descansando, mujer! ¿Tiene que ser ahora, precisamente ahora, cuando tenga que ir? ¿No se puede dejar lo que sea para mañana?

                   JULIA.- (Desde dentro. Con tono de resignación) Bueno... lo dejaremos para mañana... es que parece que se sale el agua, como si la cañería estuviera atascada (Pausa. Entra en escena llevando en la mano una botella de güisqui) pero bueno, como ya terminé de lavar... se puede dejar para otro día.

                   JOAQUÍN.- Habrá que llamar al fontanero.

                   JULIA.- A lo mejor no es preciso y nosotros mismos lo podemos arreglar... con un alambre se puede intentar desatrancar el tubo. Traen un  fontanero aquí... ¡nos saldría por un ojo de la cara! (Irónica) ¡Un fontanero que venga al desierto! ¡Necesitaría un camello!

                   JOAQUÍN.- (Enfadado) Mira, Julia, estoy hasta las narices de tus bromas sobre esta casa, sobre este chalet... sobre este lugar; parece que nunca te cayó bien venirte a vivir aquí, ¡y aquí es donde se puede respirar... no en un piso de Madrid! Además... la gente como nosotros, de cierta posición, vive en las afueras... ¡convéncete!

                   JULIA.- Pues si quieres que te diga la verdad... prefiero contaminarme en la ciudad, rodeada de gente, que sanear mis pulmones en esta tremenda soledad. Lo que pasa es que como (Muy irónica) a los ejecutivos les ha dado por lo ecológico, como tenemos esta posición social... ¡algunos os tenemos que fastidiar! Y tú no ibas a ser menos que los otros bobos de tu oficina... ¡claro, tú no ibas a ser menos! y nos trajiste aquí. Así puedes presumir ante los compañeros y ante los amigos... ¡un chalet en campo! Pues si quieres que te diga la verdad... prefiero contaminarme en la ciudad, rodeada de gente, que sanear mis pulmones en esta tremenda soledad. Lo que pasa es que como (Con ironía) a los ejecutivos les ha dado por lo ecológico, como tenemos esta posición social... ¡algunos nos tenemos que fastidiar! Y tú no ibas a ser menos que los otros bobos de tu oficina... ¡claro, tú no ibas a ser menos! Y nos trajiste aquí. Así puedes presumir ante los  compañeros y ante los amigos... ¡un chalet en el campo! aunque se inunde cada vez que caen dos gotas de lluvia... ¡el señor no podía ser menos que los demás!

                   JOAQUÍN.- (Reparando en la botella de güisqui) ¿Te has traído la botella? No sé si beberé más... tengo un ligero dolor de cabeza...

                   JULIA.- Pero yo... a lo mejor sí. Hoy me apetece un trago...

                   JOAQUÍN.- Un trago ¡vale! pero... te puedes pasar, no tienes costumbre.

                   JULIA.- (Con desprecio) ¡Y tú qué sabes de mis costumbres! Sales por la mañana, vuelves por la tarde o por la noche; viajas... tres, cuatro  días fuera, y eso es todo. Esa es toda la relación que tenemos. El resto son diálogos tontos para cubrir el tiempo, para envolver la rutina.

                   JOAQUÍN.- (Se levanta y pone el vídeo del programa "¿Quién sabe dónde?". Vuelve al asiento y con el mando a distancia enciende el televisor. Los destellos de la pantalla dan a entender que funciona, pero no se oye nada, solamente al principio una ráfaga de la sintonía) Bueno, pues... vanos a entretenernos con esto.

                   JULIA.- (Despreciativa) ¡Así se arregla todo: viendo la televisión! (Se pone un poco de güisqui).

                   JOAQUÍN.- Quizá sea esta una forma de soñar. Todos necesitamos soñar, es posible.

                   JULIA.- Sí, soñar no es malo... siempre que de vez en cuando se pongan los pies en la tierra... como tú dices.

                   JOAQUÍN.- (Algo enfadado) Mira, Julia, te he dicho que tengo un ligero dolor de cabeza, estoy cansado de tener problemas en el trabajo durante todo el día... ¡no hagas que me ponga más nervioso de lo que estoy! Parece que disfrutas llevándome la contraria, oponiéndote a todo lo que yo hago... ¡A ti también te gusta este programa, lo pones cien veces y yo no digo nada! Parece que no me comprendes o... que no me quieres comprender.

                   JULIA.- (Irónica) Pero... ¿cómo nos vamos a comprender... sin no nos conocemos?

                   JOAQUÍN.- (Asombrado) ¿Que no nos conocemos? ¡Pues llevamos algunos años casados!

                   JULIA.- Sí, cierto, pero... apenas nos conocemos; ahí está el problema.

                   JOAQUÍN.- (Mirando el televisor y sin hacer caso a lo que Julia le dice) ¡Mira... (Señalando al televisor) parece que lo encontraron!

                   JULIA.- (Con gesto de cansancio) ¿A quién han encontrado? (Pausa) ¡Ah! sí... ya lo he visto.

                   JOAQUÍN.- (Sin escuchar el final de la frase de Julia) ¡Al tipo del que hablaron  la semana pasada! Al que desapareció de su casa... que padecía amnesia... o algo así.

                   JULIA.- (Despectiva) ¡Y quién sabe si realmente desapareció por tener amnesia y no saber volver! o... ¿no se iría él voluntariamente?

                   JOAQUÍN.- (Sin hacerle caso) Están bien estos programas (Sigue mirando muy atento al televisor) son tan reales...

                   JULIA.- (Despacio, con voz paciente) Por eso le llaman "Reality"... "Reality show" por lo de realidad (Más irónica aún) ¡So hechos reales, como la vida misma!

                   JOAQUÍN.- (Mirando a la pantalla con verdadero interés) ¡Anda! ¡Pues estaba en Barcelona! Y lo ha localizado un amigo que estaba viendo el programa.

                   JULIA.- ¡Dichoso amigo! Puede que piense él. A lo mejor no tenía amnesia, no había perdido la memoria; simplemente quería desaparecer. Puede que al ver su foto en la pantalla y a la familia gimiendo para que volviera... se escondiera debajo de la cama, disfrazado con una peluca, un bigote y una barba, para  no ser reconocido. ¿Tú crees que todas esas personas que buscan en la "tele", en los "reality show", son auténticos desaparecidos? Yo pienso que muchos... ¡y muchas! han huido de lo que les rodeaba, han querido escapar de una vida que no les convencía, que les aburría tremendamente, que les llevaba a la depresión... por eso se han ido de casa, para intentar comenzar de nuevo, para tratar de conocer una vida diferente, lejos de todos...

                   JOAQUÍN.- ¿Tú cree eso? ¡Qué inocente eres! La gente no se va de casa así como así. ¿Tú lo harías?

                   JULIA.- (Sonriente) ¡No! pero algunas personas se van de casa por los motivos que te he dicho; algunas, otras quizá no. (Transición) Pero... no cambies de conversación: ¿Tú crees que realmente nos conocemos? El tener una hija y llevar casados bastantes años... no quiere decir mucho. Puede que no nos conozcamos.

                   JOAQUÍN.- (Con gesto de fastidio) ¡Cuando te da por hacer filosofía... eres la leche!

(Fuera se oye acercarse una moto)

¿Quién viene? ¿La niña? ¿Marisa?

                   JULIA.- Creo que sí, debe ser ella; se llevó el ciclomotor.

                   JOAQUÍN.- No me gusta que salga con la moto para volver de noche... puede ser peligroso. ¡Es peligroso!

(Por el jardín aparece Marisa. Viste pantalón vaquero y camiseta)

                   MARISA.- ¡Hola! ¿qué hay? (A Joaquín) ¿Qué te cuentas, viejo?

                   JOAQUÍN.- No me llames viejo... ni en broma. No lo soy.

                   MARISA.- Bueno, hombre, bueno... no hay que enfadarse. Lo dije cariñosamente. He venido para coger un jersey, más tarde puede que haga fresco ¡ah! y si de paso...

                   JOAQUÍN.- De paso... ¿qué?

                   MARISA.- De paso me das algún dinero... ¡mejor! No me gusta ir con lo justo, ni que me lo paguen todo.

                   JOAQUÍN.- Pues en mis tiempos, cuando se salía con una chica... se le invitaba a todo.

                   MARISA.- ¡No seas "carroza", papá! Eso ya no se lleva... pero aunque seas un "carroza" ¡te quiero!

                   JOAQUÍN.- (Sin querer entrar en más discusión) Por eso me quieres ¿verdad?

                   MARISA.- (Cariñosa) ¡No, padre! te quiero... porque sí, al margen de que te pida unos duros [1] y me los des.

                   JULIA.- Marisa, a tu padre no le gusta que vayas de noche con el ciclomotor.

                   MARISA.- Y... ¿cómo voy al pueblo? ¿andando? Y... ¿cómo regreso? Además, no pasa nada... aquí todos somos conocidos. (Observando la televisión) ¡Anda! ¿estáis viendo el vídeo ese de... los desaparecidos? Es que os come el coco.

                   JOAQUÍN.- Bueno... a tu madre le entretiene, y a mí; cada uno tiene sus gustos. No hablemos más del asunto.

                   MARISA.- Pues... tiene morbo la cosa ¿no?

                   JOAQUÍN.- (Muy serio y explicativo)¿Morbo? No, hija. Esto es tan real como la vida misma... son casos auténticos. Y televisión, con estos programas, ha conseguido incluso reunir a familias que ni se conocían.

                   MARISA.- Y... si no se conocían ¿qué interés podían tener en encontrarse?

(Suena el teléfono inalámbrico. Julia se lanza a por él un poco nerviosa)

                   JULIA.- (Al teléfono) ¿Sí? Diga... (Pausa) ¡Hola... maja..! ¿qué es de tu vida? (Pausa) Espera un momento, voy dentro; estamos en el porche y la "tele" no me deja oír. (Sale por la puerta de la derecha con el teléfono. Joaquín la sigue con la mirada).

                   JOAQUÍN.- (Distraído) ¿Qué me decías, Marisa? Perdona, estaba distraído.

                   MARISA.- (Sonriendo) ¿Te preocupa que llamen a mamá las amigas? (Transición) Bueno, decía que si me puedes dar unos duros...

                   JOAQUÍN.- (Condescendiente) Sí, mujer (Saca la cartera y le da un billete) ¿Qué me estabas diciendo antes?

                   MARISA.- (Tomando el dinero) Gracias (Transición) Preguntaba que esas familias (Señalando al televisor) que ni se conocían y de buenas a primeras se encuentran... ¿qué interés pueden tener en conocerse? Serán unos extraños los unos para con los otros, ¿no?

                   JOAQUÍN.- No era eso, me refería a algo que habías dicho sobre las llamadas de las amigas a tu madre.

                   MARISA.- ¡Ah! sí, te pregunté si es que te molestaba que llamen a mamá sus amistades... cuando se ha ido con el teléfono la has seguido con una mirada llena de curiosidad.

                   JOAQUÍN.- (Dudando) Bueno... no me preocupa ni me molesta ¡qué tontería! Pero como yo estoy todo el día, en el trabajo, con el teléfono en el oído... es algo que odio y me cuesta ver cómo a ella le puede ilusionar. Eso es todo.

                   MARISA.- ¡Ya! te entiendo (Transición) Bueno, viejo, digo... papá ¡hasta luego! (Sale por el jardín y se oye el ruido del ciclomotor que se aleja).

                   JOAQUÍN.- ¡Adiós, hasta luego, Marisa! (Pensativo) ¡El teléfono! No es que me vaya a poner celoso a estas alturas, pero... parece que la gente no tiene otra cosa que hacer... ¡solo llamarse para decir chorradas! Les debe sobrar el dinero y el tiempo; eso es lo que hace que me enfade. ¡Y su justificación es que se aburre! No sé... con todo lo que hay que hacer en casa; ocuparse del jardín, la limpieza, la comida y... la "tele" tiene más que suficiente para todo el día. A lo mejor es cosa de la edad... (Observa de nuevo el televisor. Pensativo y con curiosidad) ¿Será cierto que haya gente que desaparece voluntariamente? ¡No lo creo! Nadie deja su casa y a su familia así como así... ¡vamos, digo yo!

                   JULIA.- (Entra. A Joaquín) Era Silvia, dice que ahora se acerca a vernos; (Sonriendo) parece que ella también se siente inundada de soledad... se aburre.

                   JOAQUÍN.- (Apaga el televisor. Algo enfadado) ¿Sabes que me empieza a cansar la palabra "aburrirse"?

                   JULIA.- (Irónica) ¡Chico! ¡Tampoco es para enfadarse! ¿Tú no te aburres nunca? Por mí no quites la "tele"... si eso te distrae.

                   JOAQUÍN.- Mira... yo no tengo tiempo para aburrirme... sólo me dedico a trabajar para que vivamos lo mejor posible. La "tele" y el vídeo están puestos... por vicio, para que metan ruido, nada más... y a veces para curiosear.

                   JULIA.- O... para sentirse en compañía de algo o de alguien. (Transición) Pues el trabajo también puede aburrir, sobre todo si es un trabajo impuesto, como el tuyo, y no elegido voluntariamente.

                   JOAQUÍN.- Poca gente trabaja en lo que realmente le gusta y no por eso se aburren... a lo sumo se siente harta.

                   JULIA.- ¿Y qué diferencia hay? Aburrirse o hartarse para mí... es casi igual. Percibir que tienes limitado el horizonte de las ilusiones, que todos los días son iguales; que tu vida se repite, implacablemente, día tras día, y lo pero es cuando te das cuenta de que cada vez eres... menos necesario... (Triste) y eso lo noto con Marisa; antes, de muy pequeña, yo le hacía falta hasta para darle de comer; hoy, vuela a su aire, hace su vida, se defiende por sí sola... ya no me necesita; lo noto, sí, lo noto. Le vengo bien para lavarle la ropa, ponerle la comida, pero... en cualquier momento se marchará, iniciará una nueva vida independiente y...  se acabó. Nos veremos de vez en cuando... y poco más.

                   JOAQUÍN.- Bueno, la vida es así. Las aventuras solo existen en el cine, en el teatro, en las novelas...

                   JULIA.- ¿Y tú no crees que esas aventuras puedan ser realidad? ¿tanta fantasía crees que tienen los autores?

                   JOAQUÍN.- Yo creo que sí.

                   JULIA.- ¡Pues a mí me gustaría vivir una aventura!

                   JOAQUÍN.- (Alarmado) ¡Qué dices! (Dudando) ¿Te vas a buscar un amante o... ya lo tienes?

                   JULIA.- (Con sorna) ¿Y... porqué la palabra aventura la relacionas con amante, con otro? Vosotros, los hombres, tenéis un estúpido concepto de la exclusividad. Hay muchos tipos de aventura sin que, precisamente, haya un hombre en medio: llegar a una ciudad desconocida y comenzar una vida en ella; iniciar una amistad con alguien a quien no se conoce, sea hombre o mujer; visitar viejas ciudades y soñar que se está viviendo en  el siglo quince... una aventura puede ser romper con lo cotidiano, dejarlo todo a un lado y empezar de cero.

                   JOAQUÍN.- Suena muy bien, puede ser atractivo, pero es irrealizable. Uno ya se ha hecho a una forma de vida: unas costumbres, una vivienda, un trabajo, una familia, un lugar... y todo esto, cada día, puede ser una aventura... como tú dices. ¡No es preciso irse de casa, empezar de nuevo desde cero!

                   JULIA.- ¡Pues esos que salen en la "tele", que tanto me atraen, que han desaparecido, que los buscan, que los encuentran, que se juntan con la familia... bien que te entusiasman... aunque lo intentes disimular! ¿No será que tú sueñas con hacer algo así?

                   JOAQUÍN.- ¡No, nunca lo haría! Precisamente lo que admiro es que se encuentren, que se vuelvan a unir. ¡Huir, escapar, me parece una locura!

                   JULIA.- Una locura... ¿o es que no te atreverías a hacerlo? Que no es lo mismo.

                   JOAQUÍN.- ¡Puede ser! Quizá soy a conservador, por eso Marisa me llama a veces "carroza", pero... ¿qué quieres que te diga? A mí ahora no me hace ninguna ilusión la idea de empezar de cero... lo vivido, vivido está y punto.

                   JULIA.- (Pausada) ¿Por qué sois los hombres así? Os falta fantasía, sueños... ilusiones... utopías. Leí que en mayo del 68 decían: "¡Seamos razonables, pidamos lo imposible!"

                   JOAQUÍN.- Mira, Julia: yo no puedo tener fantasías ahora, lo que necesito es trabajar muchas horas para pagar la hipoteca de esta casa, para mantener el coche, para costear los estudios de la chica, para que tú vivas... lo mejor posible...

                   JULIA.- Hablas de mí como si fuera un objeto... un jarrón, de plata, eso sí, pero jarrón a fin de cuentas, al que hay que darle limpiametales de vez en cuando para que brille; para que, cuando lleguen las visitas, digan: ¡Qué maravilla! ¡Cómo luce!

                   JOAQUÍN.- (Intentando disculparse) ¡Mujer, por Dios!

                   JULIA.- ¡Y no es eso! ¡Mi trabajo en casa también vale! y los problemas que hay los asumo yo; pues tú, como están siempre en la oficina, trabajando o viajando, no te puedes ocupar de otras cosas! Solo falta que me digas: (Grandilocuente) ¡te tengo como a una reina!

                   JOAQUÍN.- (Sin saber qué contestar) Bueno... ¡tampoco hay que ponerse así! (Tímidamente)  yo quería decir que... lo hago todo por vosotras, por ti y por Marisa, y que con esas necesidades no tengo tiempo ni gana de soñar, imaginar, pensar en aventuras... como un niño de diez años.

(Joaquín apura el vaso de güisqui, se despereza. Se oye el timbre de la puerta de entrada y la voz de Silvia)

                   SILVIA.- (Desde dentro) ¡Julia! ¡Julita!

                   JULIA.- (Grita) ¡Voy! ¡Voy enseguida! (Inicia el mutis por el jardín. A Joaquín) No te molestará que reciba a una amiga ¿no? (Sale).

                   JOAQUÍN.- ¡No, mujer! (Ya solo) Quizá sea bueno que charle con la vecina, así se cuentan sus cosas y a mí me deja en paz... esta mujer se mete en unas discusiones que... no sé por donde salir.

(Por el jardín entra Silvia y detrás Julia. Joaquín se pone en pie)

                   SILVIA.- ¡Hola, Joaquín! ¿Qué tal? Venía a charlar un rato con Julia... como mi marido está muy ocupado en su despacho... me sentía sola y...

                   JOAQUÍN.- ¡Me parece muy bien! Me alegro de verte, Silvia. (Pausa) Bueno, yo os dejo que charléis tranquilamente. Voy arriba, tengo algunas cosas que hacer (Sale por la puerta de la derecha con su vaso de güisqui).

                   SILVIA.- (Mirando al jardín) ¡Qué bonito tienes el jardín! ¡Da gusto verlo todo tan verdecito, con tantas flores..! (Las dos cruzan la cancela y entran en el jardín) Me encantaría que el mío estuviera así, pero... tengo tan mala mano para las plantas... no sé qué me ocurre pero... las siembro y no prospera ni una; a los dos días... ¡secas!

                   JULIA.- A veces las plantas notan el ambiente, el entorno, y actúan en consecuencia. Siéntate. (Se sienta).

                   SILVIA.- (Sentándose) No entiendo ¿qué quieres decir?

                   JULIA.- Quiero decir que si en la casa hay apatía, abandono, frialdad... a ellas les pasa igual y apenas crecen... no prosperan. El que éstas florezcan parece un milagro. Creo que no tienen muchos motivos para hacerlo. (Transición) ¿Quieres una copa?

                   SILVIA.- No, déjalo. (Pausa) No llego a entenderte. En mi casa el ambiente es agradable... en la tuya también ¿no¿

                   JULIA.- (En un rasgo de sinceridad) Tu casa es un aburrimiento, como la mía... aunque yo me busco ilusiones y quizá por eso las plantas florecen; a lo mejor se contagian de mi vitalidad... aunque parezca estar adormecida. ¿Porqué nos engañamos, Silvia?

                   SILVIA.- (Pensativa) ¿Tú crees que nos engañamos?

                   JULIA.- Sí, Silvia; tu marido se pasa el día trabajando... tiene el síndrome del ejecutivo: no sabe relajarse, hablar contigo, pasear... sólo piensa en ganar dinero para poder conseguir... ¡pero no tiene tiempo de disfrutarlo! A mí me ocurre algo similar, lo que pasa es que nos falta confianza para reconocerlo. A veces me pregunto para qué me sirvió estudiar una carrera... ¡sacar buenas notas..! sólo para satisfacer a mis padres ¡sólo para eso!

                   SILVIA.- No hables así, Julia... tener una carrera siempre puede ayudar; pero... (Dudando) sobre lo que decías antes... quizá sea cierto y no nos atrevemos a aceptar que es así. (Pausa) Y tú... ¿qué ilusiones tienes? Siempre te tuve por una perfecta ama de casa; con estudios, sí, pero ama de casa a fin de cuentas... y feliz con tu familia.

                   JULIA.- ¡De feliz nada! (Sonriente) No sé si debería... pero ¡bueno! Confío en ti: Mira... hace poco se me ocurrió hacer una llamada de teléfono, a esos números de "party line", y conocí a un chico.

                   SILVIA.- (Con asombro) ¡No me digas! (Con verdadero entusiasmo)  ¿Y os habéis visto? ¿Os habéis conocido?

                   JULIA.- ¡No! ni me atrevo. Solamente nos llamamos por teléfono... tiene la voz agradable, parece dulce, comprensivo... muy cariñoso y hasta un punto erótico.

                   SILVIA.- ¿Le llegarás a conocer? ¿Os llegareis a ver?

                   JULIA.- (Dudando) No lo sé... ¡no! no me atrevo; él ha insistido, insiste en que nos veamos y nos conozcamos. Yo le he dicho que estoy casada, él... no sé si lo estará, pero ahora me parece más bonito imaginar... ¡me asusta la realidad! Si lo conociera... a lo mejor no es como yo lo imagino, como supongo que es, y a lo peor se rompe  el encanto ¿sabes? Eso es lo que me asusta. Pero, aún así, no deja de ser una ilusión. Es bonito creer que una aún puede despertar sentimientos en los demás, en un hombre... aunque sea más joven que yo.

                   SILVIA.- (Comprendiéndola) Bueno... una aventurilla puede no venir mal... creo yo, pero guardaré el secreto; ahora... ten cuidado. No me gusta dar consejos, pero ¡todo depende de cómo te lo tomes! Si lo tomas muy en serio... puede complicarte la vida ¿no? Tu situación... no es mala y la podrías poner en  juego... con muchas posibilidades de perder.

                   JULIA.- (Con gesto triste) Pues... a veces me entran ganas de romper con todo, aunque sea perdiendo. Mi posición económica no es mala, no; tengo todo, o casi todo, lo que materialmente necesito, pero... ¡eso no basta! Es necesario tener algún motivo para levantarse por la mañana... que no sea solo preparar el desayuno; algo que nos ilusione, que nos haga creer que, en cualquier momento, algo hermoso puede ocurrir. Por eso sueño, por eso me emocionan las llamadas de este chico; pero eso que tú dices, por la estabilidad, no me atrevo a más. No sé si soy cobarde o conservadora... pero me produce una gran ilusión. (Señalando el entorno) ¿Sabes una cosa? Que todo esto está muy bien, pero me siento  prisionera.

                   SILVIA.- (Con gesto triste) Bueno... puestas a hacer confidencias... yo siento algo similar, pero lo soporto como mejor puedo. Pienso que a muchas mujeres nos ocurre igual; nosotras no somos las únicas: la monotonía, el hacer siempre lo mismo... es algo que nos agobia; sentirnos a la vuelta del tiempo como un objeto más de la casa nos hace envejecer; pero... ¿a quién no le ocurre algo similar? Eso es lo que me consuela.

                   JULIA.- ¡Pues a mí, en muchas ocasiones, me entran ganas de desaparecer! ¡Poner tierra por medio y empezar de nuevo! Esa es otra de las ilusiones que me mantienen... aunque no sé si la realizaré.

                   SILVIA.- Un poco arriesgado ¿no? Además (Sonriendo, queriendo quitar dramatismo a la situación) tu marido y tu hija te buscarían... ¡a lo mejor hasta iban a uno de esos programas de televisión en los que se dedican a buscar a la gente!

                   JULIA.- (Ríe sin gana) Sería gracioso: ¡mi foto en la pantalla y yo disfrazándome para no ser reconocida!

                   SILVIA.- ¡Pues no serías la primera ni la única! más de uno y más de una "se" han desaparecido... quiero decir que se han perdido adrede...

(Se levantan lentamente, van al jardín y se sientan en el banco. Nuevamente se oye el paso del tren. Julia manifiesta nerviosismo. La luz baja lentamente, anunciando la cercanía de la noche)

y prefieren que no los busquen, que no los encuentren. Yo a veces lo he pensado y comprendo que en muchos casos puede ser así. (Reparando en el nerviosismo de Julia) ¿Qué te ocurre? Estás... pareces muy nerviosa.

                   JULIA.- (Disimulando) No tiene importancia, es que... el sonido del tren me altera... debe ser por el ruido que hace. (Volviendo a la conversación anterior) ¿Lo ves? Todos nuestros razonamientos y todo lo que conocemos nos viene de la "tele" ¡es una pena! Lo que estudiamos... de poco nos sirvió, ya está casi olvidado. (Pausa) ¿Tú sabes, Silvia, cuando me sentí yo más libre?

                   SILVIA.- No... ¡cuéntame!

                   JULIA.- ¡Pues una noche que pasé encerrada!

                   SILVIA.- (Riendo) No lo entiendo ¡explícate!

                   JULIA.- Sí, verás: entonces vivíamos en Madrid, en el piso, y fui a una grandes almacenes... no sé si a comprar algo o a matar el tiempo. El caso es que era a última hora de la tarde, la hora del cierre. Yo bajaba en un ascensor con varias personas y se estropeó... no sé qué ocurrió con la electricidad. Cerraron los almacenes y nadie reparó en nosotros. Pudimos salir del ascensor pero no del comercio; nadie tenía las llaves y... parece que el sistema electrónico no permitía que se abriera hasta el día siguiente por la mañana. Al principio sentí miedo: no por estar allí encerrada con otras personas, sino por no llegar a casa, por lo que mi marido pudiera temer o... por lo que pudiera pensar... Sabía que tenía que hacer la cena, fregar los platos... todo eso me preocupaba;  hasta que, pasadas unas horas, ¡empecé a sentirme libre! Al día siguiente  la prensa lo contaría, yo estaría justificada ante mi familia. ¡Por fin una noche no tendría que hacer la cena, ni fregar los platos... ni oír los ronquidos de mi marido! Estaba entre gente desconocida, pero cada uno con sus problemas, con sus alegrías, con sus inquietudes; éramos gentes desconocidas a las que un fortuito corte de electricidad nos había unido durante unas horas.  Pude hablar con desconocidos, pude soñar, pude vivir unas horas de libertad... hasta que, por la mañana, se abrieron las puertas y regresé a la realidad.

                   SILVIA.- ¡No sabía que te había ocurrido eso!

                   JULIA.- Sí, ¡ya hace algunos años! y fue una experiencia muy interesante, bonita incluso. No sé exactamente lo que pensaban las otras personas que estaban allí, pero... juraría que se sentían lo mismo que yo: la liberación de quitarte la máscara diaria y manifestarte tal como eres. ¡Fue una auténtica liberación!

                   JOAQUÍN.- (Aparece en la puerta de la derecha) ¿Aún estáis de charla?

                   JULIA.- (Sobresaltada) Sí, aquí se está bien; se presenta un anochecer... digamos apacible.

                   SILVIA.- (También sobresaltada) ¿Ya terminaste tu trabajo?

                   JOAQUÍN.- Sí... sólo era hojear unos papeles con vistas a una reunión que tenemos el lunes. (Pasa al jardín y se sienta. Con curiosidad) Cuando he aparecido... parece que os comieron la lengua... ¿no?

                   SILVIA.- (Riendo forzadamente)  No, Joaquín, por Dios; contigo tengo confianza, lo que pasa es que no te esperábamos y... ¡nos sorprendiste! Pero hablábamos... de nada... de cosas de mujeres.

                   JULIA.- (Nerviosa) Sí, eso... ¡de cosas de mujeres!

                   SILVIA.- (Poniéndose en pie) Bueno, a la hora que es creo que me debo marchar, hay que cenar y descansar...

(Julia y Joaquín se ponen en pie para despedirla)

¡y aún no he preparado la cena!

                   JOAQUÍN.- Como quieras...

                   SILVIA.- (A Julia) Bueno, pues... ya seguiremos charlando con más tiempo ¿vale?

(Se oye acercarse el ciclomotor de Marisa)

Aquí parece que llega tu hija; Marisa, quiero decir (Sonriendo con cierta malicia) quizá también se aburría.

                   MARISA.- (Aparece por el jardín) ¡Hola! ¿Qué tal Silvia? ¿Ya te marchas?

                   JOAQUÍN.- (A Marisa) ¿Tan pronto regresas?

                   MARISA.- (A Joaquín) Sí... es que te quería decir que esta noche no volveré; cenaré y pasaré la noche en casa de una amiga que ha organizado una fiesta.

                   JULIA.- (Está muy nerviosa. No sabe a quién atender, si a Silvia que se marcha, a su hija que acaba de llegar o a Joaquín) Bueno... pues nada... a descansar.

(Suena el teléfono. Julia pasa al porche y se lanza a por él. Al teléfono:)

¿Sí? ¡No, no! aquí no es, se ha confundido de número.

(Silvia sonríe y sale por el jardín, seguida por Joaquín que la despide, mientras observa con curiosidad a Julia. Marisa sale también. En el centro del porche queda Julia que suspira mientras se tapa la cara con las manos. Se hace un breve oscuro durante el cual, una especie de sombra chinesca, hace que se vea pasar el tren en la cámara azul del fondo. Vuelve la luz lentamente, pero muy tenue, azulada. La decoración es la misma, menos el jardín cuyas plantas se están secando y aparecen caídas, dejando ver el banco de piedra. La escena está sola; es de madrugada. Julia entra, vestida de calle, por la puerta de la derecha y con una gran bolsa de viaje en la mano. Entra en el jardín, va al banco de piedra y deja la bolsa tras él, como escondida. Se sienta. El silencio es casi absoluto, únicamente se oyen insistentemente los grillos que hay en los jardines cercanos)

                   JULIA.- (Respirando profundamente) ¡El tren! Ese símbolo de esperanza, de escapada, de libertad. El primer tren que pase, a donde quiera que vaya, sería mi salvación. (Pausa. Suspira de nuevo) Me gusta la noche, da la sensación de que el tiempo no pasa; durante el día ves cómo cambia el sol... cómo baja hacia poniente, cómo se acerca la tarde... esas tardes tristes, aburridas, llenas de silencios, desesperanza y miradas que te observan. (Pausa. Enciende un cigarrillo) Estoy cansada de que me miren, de que me sigan, de que intenten averiguar mis pensamientos. Ahora, de madrugada, en la oscuridad y con esta soledad... ¡nadie puede seguir mi vida, mis proyectos, mis ilusiones... o mis desilusiones! Aún soy una mujer joven y no quiero sepultar mi madurez bajo la frialdad de un hombre que ha hecho del trabajo y del consumo el centro de su vida, de una hija que se me va de las manos... ¡y es lógico, a la edad que tiene..! (Mirando a las plantas secas) y un jardín seco, lleno de maleza, como un anuncio de que la vida se acaba, No quiero vivir el resto de mi existencia bajo un aparente bienestar. ¡Solo se vive tres días... (Sonriendo con desgana) y yo llevo ya día y medio! (Suspira. Pausa. Mira a un lado y a otro por si alguien la observa) A veces no hay más solución que poner tierra por medio, como un cortafuego en el monte, poner entre uno y los demás una franja de tierra que nos separe. (Mira al teléfono inalámbrico que está sobre la mesa. Por un momento duda si acercarse a él o no) ¡Mira que si sonara ahora! ¡Si se le ocurriera llamarme... porque está despierto y necesita hablar..! ¡Yo también necesito compañía, alguien que me escuche, que me hable! No hay peor soledad que la de encontrarse con gente que tiene los oídos tapados, que no saben o no quieren escuchar. (Se levanta del banco y va a la mesa donde está el teléfono, lo coge y se queda mirándolo, dudando si llamar o no) Me da miedo molestarlo... la más fácil es que esté durmiendo, pero... a lo mejor ¡quién sabe! Está esperando que lo llame... puede que esté desvelado... ¡tengo ese presentimiento! (Marca un número y se sienta mirando a hurtadillas a la casa por si la pudiera sorprender Joaquín. Pausa. Al teléfono, en voz baja) ¡Hola! ¿Eres tú? bueno... podía haberme equivocado y a estas horas... perdona que te llame de madrugada... estarías durmiendo ¿no? pero yo no podía, no puedo dormir; estoy nerviosa, triste y... necesitaba hablar con alguien, por eso lo hice. (Pausa) Estoy a punto de tomar una decisión. ¿ Vernos? ¡no! ya te dije que, de momento, eso ni hablar. Sí... quizá un día nos lleguemos a conocer, pero ahora necesito estar sola... libre... poner en orden mis ideas y ver hasta qué punto soy capaz de ser independiente o si, por el contrario, necesito... una compañía. No es fácil tomar esta decisión ¿sabes? (Pausa) ¿Qué decisión? pues... me marcho de casa. Aquí tengo un bolso de viaje con lo necesario y algún dinero que conseguí ahorrar. Espero salir adelante, pero... lo primero que necesito es... ¡sentirme libre! (Pausa) ¿Mi familia? pues... les dejaré una nota... ya la tengo escrita... ¿quieres que te la lea? (Saca del bolsillo un sobre y extrae el papel que hay en su interior. Lee:) "Me marcho -les digo- necesito aire nuevo y aquí... me ahogo. No os preocupéis por mí, saldré adelante. A ti, Joaquín, apenas te hago falta; con el trabajo tienes todo tu tiempo ocupado. Y tú, Marisa, pronto volarás sola, de echo ya lo haces; ya no me necesitas... espero que, como mujer, lo comprendas mejor que tu padre. Los hombres no suelen entender estas cosas. No penséis que me fugo con un señor... ¡no! tranquilos, vuestra reputación no se verá dañada. A los vecinos les podéis decir, si alguno pregunta, que me marché una temporada a casa de mi familia... que mi madre está enferma y me necesita. A Silvia... le podéis decir la verdad, ella lo entenderá. Adiós". (Pausa. Deja caer unas lágrimas mientras guarda el papel en el sobre, lo cierra y lo deja encima de la mesa. Aparte) Así lo verán a primera hora. (Al teléfono) No... hablaba sola. Reflexionaba en voz alta sobre la nota que te he leído; quizá es que esté un poco confusa... no sé. Pero la decisión está tomada. No soporto más ser "la señora de", el ama de casa elegante y atenta que recibe a las visitas... cada dos o tres meses, cuando los amigos pueden desplazarse a este infernal desierto... renuncio a pasar los días charlando con mi vecina Silvia, tan aburrida como yo, y a ratos viendo revistas "del corazón" que no hacen otra cosa sino despertar mis deseos de vivir. (Pausa) No, ahora no puedo decirte a dónde voy... ni yo siquiera lo sé, pero te llamaré, prometo que un día te llamaré... ¿vernos? no insistas... siento temor de ello. ¿Quieres que te diga la verdad? Pues... por la voz deduzco que eres un hombre joven, te lo dije en alguna ocasión, y yo soy "madurita"... ya te dije; el vernos podría ser una desilusión para ambos, mientras que el hablar sin vernos, por medio del teléfono, nos hace soñar. Yo seré como tú me quieras imaginar y tú eres para mí... el ideal de ese hombre que se busca y... que creo que no existe. (Pausa) Bueno, voy a colgar... te llamaré tan pronto pueda, debo salir ahora, cuando él duerme... odio las escenas. Prefiero salir sin más. El tren llegará dentro de poco, y en este apeadero para sólo unos segundos... ¡y cuando hay viajeros! (Deja asomar una sonrisa llena de amargura) Si me retraso lo pierdo. Adiós... tendrás noticias mías... un beso.

(Cuelga el teléfono. Enjuga las lágrimas, toma la bolsa de viaje  y sale por el jardín. La escena queda sola unos instantes; se oye llegar el tren, pita y de nuevo se oye la marcha de éste al tiempo que su sombra se proyecta en la cámara azul. Se hace un silencio mientras se escuchan los grillos. Entre tanto la luz de la escena ha ido subiendo de intensidad. Amanece)

                   JOAQUÍN.- (Entra por la puerta de la derecha. Viste ropa deportiva y bajo el brazo lleva unos papeles que pone sobre el sillón) ¡Por fin! ¡un sábado precioso... el cielo está limpio y el aire cargado de oxígeno!

                   JULIA.- (Entra por el jardín vistiendo ropa de casa. A Joaquín) ¡Hola! Buenos días.

                   JOAQUÍN.- ¡Buenos días! ¿Qué hacías? ¿Arreglando el jardín? Decía que hace un día magnífico... precioso.

                   JULIA.- No te fíes, a lo lejos se acercan nubes y el aire se contaminará muy pronto... cuando empiecen a pasar por la carretera los clásicos "domingueros" (Riendo) camino del aburrimiento.

                   JOAQUÍN.- (Extrañado) ¿Camino del aburrimiento? Querrás decir camino del chalet... ¿no?

                   JULIA.- ¿Y qué diferencia hay entre lo uno y lo otro? Llagan al chalet, tienen que limpiarlo, después de haber estado cerrado más de una semana, ir al mercadillo a por la comida... mirar al televisor y esperar a que dé la hora para volver a la ciudad... ¡siempre con el tiempo suficiente para no coger caravana!

                   JOAQUÍN.- (Sin darle importancia) A veces dices cosas que no entiendo. (Toma los papeles del sillón y se pone a leerlos).

                   JULIA.- No te preocupes, son cosas mías. (Aparte) ¡Un sábado más! Me duele la cabeza... he tenido una pesadilla i un buen sueño... no sé... no sé... (Ve la carta que dejó sobre la mesa. Con asombro) o... ¿tal vez ha sido realidad? Este sobre... es el que yo soñé que dejaba aquí... Dicen que se sueña con lo que se teme o con lo que se desea. Lo mío ha sido por partida doble. Sentí la liberación de irme, pero... a un tiempo temía dejarlo todo... ha sido angustioso y hermoso a un tiempo. Vivo en una tremenda confusión de ideas. (Se sienta y enciende un cigarrillo) No sé qué sería mejor, que el futuro no existiera o que, al existir, lo pudiéramos conocer... ¡aunque eso sería más horrible aún!  Pero... (Guardando el sobre en un bolsillo) ¡no ha sido un sueño... yo estuve esta noche aquí... no cabe duda!

                   JOAQUÍN.- ¿Qué dices? (Distraído mirando los papeles) A veces me hablas y no entiendo lo que me quieres decir.

                   JULIA.- Es que (Dudando) a veces, cuando hablo, no hablo contigo, perdona; lo hago conmigo misma.

                   JOAQUÍN.- Pues no lo entiendo ¡no es lógico!

                   JULIA.- (Con enfado) ¡Tú siempre con tu lógica! ¡Buscado la razón de todo! ¿Es que nunca te dejas llevar por los impulsos? ¿es que todo ha de estar calculado y bien calculado? ¿todo tiene que estar basado en la pura realidad?

                   JOAQUÍN.- Pues... sí Julia, sí; si en mi trabajo todo o parte de ello lo dejara al azar fracasaría.

                   JULIA.- (Gritando) ¡Olvida de una puñetera vez el trabajo! ¿No puedes hacerlo? ¡Te hablo de sentimientos, no de fríos cálculos matemáticos!

                   JOAQUÍN.- (Suelta los papeles, se levanta y va hacia Julia intentando calmarla) Bien... tranquilízate. Cuéntame lo que quieras.

                   JULIA.- (Con desprecio) ¡Cuéntame lo que quieras! Lo dices igual que se contesta a un niño pequeño para que  nos deje en paz!

                   JOAQUÍN.- (Intentado hacerle razonar) Mira, Julia, gracias a mi trabajo, a esos fríos cálculos matemáticos, como dices, vivimos y... vivimos bien. Tienes, tenemos, coche, esta casa... con jardín (Irónico) aunque últimamente las plantas estén mustias...

                   JULIA.- Sí, están mustias por la apatía, por la soledad... ¡como yo!

                   JOAQUÍN.- (Sin hacer caso de lo que dice Julia) Y tienes lo necesario para que vivamos como unos señores... ¿qué más quieres?

                   JULIA.- (Gritando) ¡Libertad! ¡Vivir!

                   JOAQUÍN.- (Extrañado) ¿Libertad? ¿Acaso yo te impido hacer algo?

                   JULIA.- ¡No lo entiendes... no lo entiendes! ¡Necesito la libertad de sentirme viva, útil! Necesito no sentirme sola. Tú siempre con tu trabajo, tus reuniones, los papeles de la oficina que te traes a casa... ¡tu afán de subir peldaños! pero te olvidas de lo principal: de hablar, de comunicarte con los tuyos, ¡con tu hija y conmigo!

                   JOAQUÍN.- (Intentando calmarla) Mira, Julia, quizá te convendría visitar a un sicólogo... te noto muy nerviosa y como... confusa. ¿Quieres que vayamos?

                   JULIA.- (Llorosa) ¡No! Ahora déjame en paz.

                   JOAQUÍN.- No te puedo dejar... tienes que curarte... y ¿sabes? A veces esas depresiones... amargan la vida y... ¡todo no es tan malo como tú pareces verlo!

                   JULIA.- Tu hija aún no ha vuelto; pasó la noche fuera de casa y... ¡ni te preocupas!

                   JOAQUÍN.- Mi hija, como tú dices, ¡nuestra hija! Ya es mayor de edad, sabe lo que se hace... Además, nos lo avisó. Nunca me gustó que no pasara la noche aquí, pero... la realidad se impone ¡dale a ella la libertad que tú dices no tener!

                   JULIA.- (Resuelta) ¡No es eso! Para irse a la cama con un amigo... lo mismo lo puede hacer de día que de noche; lo que me apena es que ni siquiera preguntes por ella al levantarte... parece como si todos te importáramos poco. ¡Sólo te importa la oficina, tu trabajo, los ascensos, el dinero! pero no sabes disfrutar de la vida; realizar algo que no sea a cambio de monedas... hacer algo diferente, algo que sea una sorpresa para ti mismo. Por ejemplo: tomar el primer tren que pase, montar en él y apearte... ¡en cualquier sitio! ¡en cualquier lugar desconocido para ti! ¡A mí eso me ilusiona! Te lo digo muy en serio.

                   JOAQUÍN.- Mira, Julia; (Serio) esto no puede seguir así y quiero que las cosas queden claras. Yo no voy a poner en juego mi futuro por un capricho tuyo, ¡por una locura!

                   JULIA.- ¿Sabes qué he soñado? Que me marchaba de casa, que desaparecía, empezaba una nueva vida y me sentía feliz.

(Hay una pausa, mientras Joaquín inicia el mutis por la puerta de la derecha mirando a Julia entre sorprendido y cansado)

Marisa... lo entendía y tú, entretanto, como un perrito abandonado (Ríe irónica) acudías a la "tele" para que me buscaran... suplicando que volviera, diciendo que me amabas... pero realmente lo que echabas de menos es quien te lavara las camisas, quien te planchara las corbatas y quien... se acostara contigo cuando tú tenías gana. (Ríe casi con histerismo) ¡Qué papel más ridículo hacías en la pantalla!

                   JOAQUÍN.- (Serio y preocupado) Mira, Julia... el lunes vamos al médico... creo que necesitas un tratamiento. (Hace una pausa, un gesto de preocupación) Me voy a preparar un café. (Sale por la puerta de la derecha).

                   JULIA.- (Saca el sobre del bolsillo y lo deja de nuevo sobre la mesa. Lentamente va al jardín y coge la bolsa de viaje) El lunes no iremos... ¡no! el lunes no iremos al médico. (Sale de escena por la izquierda).

(La luz de escena baja lentamente. Se hace un breve oscuro que funde con una suave luz azul y la silueta de Julia, como si fuera un plano a contraluz, enmarcada en una pantalla de televisión, se proyecta en la cámara del fondo. Por la puerta de la derecha entran despacio Joaquín, que lleva en la mano la nota que dejó Julia, y Marisa. Se sientan frente al televisor y lo encienden. Entra la sintonía del programa "¿Quién sabe dónde" y la voz del presentador que dice):

                   VOZ EN OFF.- (Lentamente baja la sintonía del programa) Acabamos de recibir en nuestro control una llamada telefónica de doña Julia, la señora que abandonó su casa dejando una nota para su marido y su hija, y que buscábamos desde hace semanas. No desea pasar a antena, pero nos dice que se encuentra bien, que se marchó por propia voluntad y nos pide, por favor, que dejemos de buscarla, y así lo comunicamos a su familia. Por nuestra parte es un asunto cerrado.

(Entra de nuevo la sintonía del programa y cae el

TELÓN


 

SINOPSIS

  Una familia -padre, madre e hija- de economía "media-alta" han mudado su vivienda desde en centro de Madrid a un chalet en una urbanización de las afueras.

  El padre -Joaquín- pasa su tiempo ocupado con el trabajo de la oficina, tiene el síndrome del ejecutivo, y apenas se ocupa de las relaciones humanas en su casa. La hija -Marisa- ha llegado a la mayoría de edad y comienza a hacer vida independiente, y la madre -Julia- se siente sola.

  Julia, para ocupar sus ratos de ocio se dedica a grabar en vídeo y ver, una y otra vez, los reality show de la televisión, entre ellos ¿Quién sabe dónde? [2] dedicado a localizar a personas desaparecidas.

  Paralelamente ha hecho algunas llamadas a las líneas telefónicas de party line y en una de ellas ha conocido a un joven, con el que no llega a encontrarse personalmente, pero por el que siente una especial atracción, quizá por general en ella unos sueños e ilusiones que le ayudan a vivir.

  Tiene algunas confidencias con una vecina -Silvia- que se encuentra tan aburrida como ella, a la que le explica el hastío que siente por la vida que lleva, tan cómoda que llega a cansarle y a aburrirle. Así surge en ella la idea de marcharse de casa en busca de la liberación que desea y necesita.

  Una noche sueña que se marcha y este sueño lo hace realidad. Cuando el marido y la hija tratan de localizarla con la ayuda del programa de televisión, Julia hace una llamada diciendo que se encuentra bien, pero que no la busquen.

 

Salvador Enríquez

Apartado de Correos 16.187

28080 Madrid (España)

 

Teléfono y Fax: + (34) 91-3667058

 

e-mail editor@noticiasteatrales.es

Web: http://salvadorenriquez.galeon.com

    http://www.cervantesvirtual.com/portal/AAT/Enriquez/

 


[1] En España fue, popularmente, moneda que equivalía a 5 pesetas.

[2] Programa emitido en Televisión Española

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